9 de abril de 1975
Leeds, «Ciudad-autopista de los setenta». Un eslogan lleno de orgullo. Sin asomo de ironía. En algunas calles todavía parpadea la luz de gas. Así es la vida en una ciudad del norte.
Los Bay City Rollers en el número uno. Bombas del IRA por toda la región. Margaret Thatcher es la nueva líder del Partido Conservador. A principios de mes, en Albuquerque, Bill Gates funda lo que se convertirá en Microsoft. A fin de mes, Saigón cae ante el ejército norvietnamita. El programa The Black and White Minstrel Show todavía se emite en la televisión y John Poulson sigue en la cárcel. «By Bye Baby, Baby Goodbye». En medio de todo aquello, la única preocupación de Tracy Waterhouse era el agujero en una puntera de las medias. Con cada paso que daba se hacía más grande y eran recién estrenadas.
Les habían dicho que era en el piso quince del edificio de apartamentos de Lovell Park y, cómo no, los ascensores no funcionaban. Los dos agentes de policía subían por las escaleras entre jadeos y resoplidos. Cuando ya se acercaban a la cima, tenían que descansar en cada rellano. La agente Tracy Waterhouse, una chica grandota y desgarbada recién salida del período de prueba, y el agente Ken Arkwright, un blanco corpulento de Yorkshire con un corazón que era pura grasa, estaban ascendiendo el Everest.
Ambos verían los inicios de la fiebre asesina del Destripador, pero Arkwright se jubilaría mucho antes de que llegara a su fin. Aún no habían capturado a Donald Neilson, la Pantera Negra de Bradford, y es probable que Harold Shipman hubiese empezado ya a matar a pacientes lo bastante desafortunados para caer en sus manos en el Pontefract General Infirmary. Así era West Yorkshire en 1975, un lugar lleno de asesinos en serie.
Tracy Waterhouse aún estaba un poco verde, aunque no lo habría admitido. Ken Arkwright había visto más que la mayoría de la gente, pero seguía siendo paternal y optimista, un buen poli para que una novata trabajara bajo su tutela. Había manzanas podridas en el cesto: la negra nube de la muerte de David Oluwale todavía proyectaba una larga sombra sobre West Riding, pero Arkwright no se encontraba debajo de ella. Podía mostrarse violento cuando era necesario, y a veces cuando no lo era, pero no discriminaba por motivos de raza a la hora de recompensar o castigar. Y las mujeres eran con frecuencia unas «frescas» y unas «guarras», pero había ayudado a unas cuantas chicas de la calle, dándoles dinero y cigarrillos, y quería a su mujer y a sus hijas.
Pese a los ruegos de sus profesores de que siguiera con los estudios e «hiciera algo con su vida», Tracy había abandonado la escuela a los quince años para hacer un curso de taquigrafía y mecanografía e ir derecha a las oficinas de la empresa textil Montague Burton, ansiosa por poner en marcha su vida adulta. «Eres una chica lista —le había dicho el tipo de personal ofreciéndole un cigarrillo—. Podrías llegar lejos. Nunca se sabe, algún día quizá llegas a ser secrepé del mandamás.» Tracy no sabía muy bien qué quería decir con «mandamás». Y tampoco lo tenía muy claro con «secrepé». El tipo se la había comido con los ojos.
A los dieciséis, nunca la había besado un chico, nunca había tomado vino, ni siquiera Blue Nun. Nunca había comido aguacate ni visto una berenjena, nunca había viajado en avión. En aquellos tiempos todo era distinto.
Se compró un abrigo de tweed en Etam y un paraguas nuevo. Lista para lo que fuera. O tan lista como llegaría a estarlo nunca. Dos años después estaba en la policía. Nada podría haberla preparado para eso. «Bye Bye, Baby.»
Le preocupaba no ser capaz de marcharse de casa. Se pasaba las veladas delante del televisor con su madre mientras el padre bebía, moderadamente, en el club de conservadores de la zona. Juntas, Tracy y su madre, Dorothy, veían El show de Dick Emery o Steptoe e hijo o a Mike Yarwood imitando a Steptoe y su hijo. O a Edward Heath, que sacudía los hombros al reírse. Debió de ser un día triste para Mike Yarwood cuando Margaret Thatcher se hizo con el poder. Un día triste para todo el mundo. Tracy nunca había entendido la atracción que ejercían los imitadores.
El estómago le rugió como un tren. Llevaba una semana con una dieta a base de requesón y pomelo. Se preguntó si era posible morir de inanición cuando se seguía teniendo sobrepeso.
—Por los clavos de Cristo —jadeó Arkwright, inclinándose para apoyar las manos en las rodillas, cuando por fin llegaron al piso quince—. Antes era ala de rugby, lo creas o no.
—Ah, bueno, ahora no eres más que un tipo gordo y viejo —respondió Tracy—. ¿Qué número es?
—El veinticinco. Al fondo.
Un vecino había hecho una llamada anónima para denunciar el mal olor («una peste tremenda») procedente de ese apartamento.
—Ratas muertas, probablemente —dijo Arkwright—. O un gato. ¿Te acuerdas de los dos perros de aquella casa de Chapeltown? Oh, no, eso fue antes de que tú llegaras, nena.
—He oído hablar de eso. Un tipo se largó y los dejó sin comida. Acabaron comiéndose mutuamente.
—No se comieron mutuamente —corrigió Arkwright—. Uno de ellos se comió al otro.
—Eres un maldito pedante, Arkwright.
—¿Un qué? Soy un vulgar caradura. Bueno, allá vamos, colega. Joder, Trace, se huele desde aquí.
Tracy Waterhouse pulsó el timbre de la puerta con el pulgar y no lo retiró. Bajó la vista hacia los feos zapatos reglamentarios, negros y de cordones, y meneó los dedos en las feas medias negras reglamentarias. El dedo gordo ya le asomaba por el agujero y una carrera ascendía hacia una de sus grandes rodillas de futbolista.
—Será algún viejo que lleva semanas ahí fiambre —dijo—. Los aborrezco.
—Yo aborrezco a los que se tiran al tren.
—Yo a los críos muertos.
—Sí, eso es lo peor —convino Arkwright. Los críos muertos ganaban de calle, siempre.
Tracy retiró el pulgar del timbre y probó a hacer girar el pomo de la puerta. Estaba cerrada con llave.
—Ah, caray, Arkwright, ahí dentro apesta. Sea lo que sea, no se levantará ni saldrá caminando, eso seguro.
Arkwright aporreó la puerta y exclamó:
—Hola, es la policía, ¿hay alguien ahí dentro? Mierda, Tracy, ¿oyes eso?
—¿Moscas?
Ken Arkwright se agachó y miró a través del buzón.
—Oh, Dios mío…
Se apartó del buzón tan deprisa que lo primero que pensó Tracy fue que alguien le había rociado los ojos con algo. Le había pasado a un sargento unas semanas antes, un chiflado con una botella de jabón líquido llena de lejía. Había sido la causa de que todo el mundo dejase de mirar por los buzones. Sin embargo, Arkwright se puso en cuclillas, volvió a levantar el buzón y empezó a hablar con tono tranquilizador, como haría uno con un perro nervioso.
—Tranquilo, tranquilo, no pasa nada. ¿Está tú mamá ahí? ¿O tu papá? Vamos a ayudarte. No pasa nada. —Se incorporó y se dispuso a echar la puerta abajo. Arrastró los pies, exhaló aire por la boca y le dijo a Tracy—: Prepárate, nena, esto no va a ser agradable.
Seis meses antes
Una tarde fría en las afueras de Munich. Grandes y perezosos copos de nieve caían como confeti blanco sobre el capó del coche de fabricación alemana y aspecto anodino.
—Bonita casa —comentó Steve. Era un tipo un poco chulo y que hablaba demasiado. Seguramente no se llamaba Steve—. Una casa grande —añadió.
—Sí, una casa grande y bonita —repuso él, más que nada por hacer callar a Steve.
Una casa grande y bonita y rodeada, por desgracia, por otras casas grandes y bonitas, en la clase de calle que tenía vecinos vigilantes y alarmas antirrobo diseminadas como brillantes forúnculos en las paredes. Un par de las más grandes y bonitas contaban con puertas de seguridad y cámaras instaladas en los muros.
La primera vez se echa un vistazo, la segunda se presta atención y la tercera se hace el trabajo. Esa era la tercera vez.
—Un poco germánica para mi gusto, por supuesto —añadió Steve, como si tuviera a su disposición la cartera entera de las propiedades inmobiliarias europeas.
—A lo mejor tiene que ver con el hecho de que estemos en Alemania —respondió él.
—No tengo nada contra los alemanes —prosiguió Steve—. Tuvimos un par en el Deuxième. Buenos chicos. —Tras unos segundos de contemplación, añadió—: Buena cerveza. Y buenas salchichas.
Steve comentó que había estado en los paracaidistas; al licenciarse, descubrió que no soportaba la vida de civil, y se alistó en la Legión Extranjera francesa. «Uno se cree duro, y entonces averigua qué significa ser duro de verdad.»
Vale. ¿Cuántas veces había oído aquello? En sus tiempos había conocido a varios tipos de la legión, ex militares que escapaban del punto muerto de la vida civil, desertores de divorcios y litigios por paternidad, fugitivos del aburrimiento. Todos ellos huían de algo, ninguno acababa de ser el proscrito que imaginaba ser. Desde luego Steve no lo era. Esa era la primera vez que hacían un trabajo juntos. El tipo era un poco agresivo y gilipollas, pero no estaba mal, prestaba atención. No fumaba en el coche, no quería escuchar emisoras de radio de mierda.
Algunos de esos sitios le recordaban a las casitas de chocolate y caramelo, hasta en el azúcar glas de la nieve que bordeaba tejados y canalones. Había visto una de esas casas de repostería a la venta en el mercado de Christkindl en que habían pasado la velada anterior, paseando por la Marienplatz, bebiendo Glühwein en tazas navideñas, con todo el aspecto de turistas corrientes. Habían tenido que dejar una fianza por las tazas, por lo que se había llevado la suya de vuelta al Platzl, donde se alojaban. Un regalo para su hija Marlee cuando volviera a casa, aunque probablemente arrugaría la nariz al verla o, peor incluso, le daría las gracias con indiferencia y no volvería a mirarla.
—¿Hiciste aquel trabajo en Dubai? —quiso saber Steve.
—Sí.
—He oído decir que el asunto acabó mal, ¿no?
—Ajá.
Un coche dobló la esquina y ambos miraron instintivamente sus relojes. Pasó de largo. No era el coche que esperaban.
—No son ellos —dijo Steve sin que hiciera falta.
Una de las ventajas era que el largo sendero de entrada describía una curva más allá del portón y estaba bordeado por un montón de matorrales, de forma que no se veía la casa desde la calle. No había iluminación de seguridad, ni luces con sensores de movimiento. La oscuridad era la amiga de los agentes encubiertos. Hoy no, estaban haciendo eso a la luz del día, pero la luz no era ni plena ni brillante, porque la tarde llegaba a su fin. El día declinaba.
Otro coche dobló la esquina, esta vez era el que esperaban.
—Ahí viene la niña —dijo Steve en voz baja.
Tenía cinco años, el cabello liso y negro y grandes ojos castaños. No tenía ni idea de lo que estaba a punto de ocurrirle. «La cría paqui», la llamaba Steve.
—Es egipcia. A medias —corrigió él—. Se llama Jennifer.
—No soy racista.
Vaya.
La nieve seguía cayendo, en copos que se pegaban durante un segundo al parabrisas antes de fundirse. Lo asaltó el repentino e inesperado recuerdo de su hermana entrando en casa, riendo y sacudiéndose flores de la ropa, del cabello. Pensó en la ciudad en que ambos crecieron, un sitio sin árboles, y sin embargo así aparecía ella en el recuerdo, como una novia, con una lluvia de pétalos como rosadas huellas dactilares contra el velo oscuro de su cabello.
El coche enfiló el sendero y desapareció de la vista. Él se volvió para mirar a Steve.
—¿Listo?
—Al pie del cañón —repuso Steve poniendo en marcha el motor.
—Recuerda, no le hagas daño a la niñera.
—A menos que no me quede más remedio.
Miércoles
—Cuidado, el dragón anda suelto.
—¿Dónde?
—Ahí. Acaba de pasar por delante de Greggs.
Grant señaló la imagen de Tracy Waterhouse en uno de los monitores. El aire en la sala de control de seguridad siempre estaba enrarecido. Fuera hacía un precioso día de mayo, pero dentro el ambiente era como el de un submarino que llevase demasiado tiempo sumergido. Se acercaba la hora de comer, el momento más ajetreado del día para los que robaban en las tiendas. La policía andaba todo el día entrando y saliendo, todos los días. En aquel instante había una pareja de agentes, muy bien provistos con los abultados cinturones, chalecos a prueba de navajazos y camisas de manga corta, «escoltando» a una mujer hacia la salida de Peacocks, con las bolsas llenas de prendas que no había pagado. A Leslie le entraba sueño cuando miraba los monitores. A veces hacía la vista gorda. No todo el mundo era un criminal estrictamente hablando.
—Vaya semana —comentó Grant haciendo una mueca—. Vacaciones de medio trimestre en los colegios y los bancos hacen fiesta. Va a ser un absoluto desastre. Una carnicería.
Grant estaba mascando un Nicorette como si su vida dependiese de ello. Tenía una mancha en la corbata. Leslie se planteó si debía mencionarle la mancha. Decidió no hacerlo. Parecía sangre, pero era más probable que fuese ketchup. Tenía un acné tan terrible que parecía radiactivo. Leslie era guapa y menuda y se había licenciado en ingeniería química por la Universidad de Queen en Kingston, Ontario, y el empleo como guardia de seguridad en el centro comercial Merrion de Leeds suponía un breve cambio de dirección, no del todo desagradable, en el viaje de su vida. Estaba inmersa en lo que su familia llamaba su «gira mundial». Había estado en Atenas, Roma, Florencia, Niza, París. No era exactamente el mundo entero. Había ido a Leeds a visitar a unos parientes, y decidió quedarse a pasar el verano después de enrollarse con un posgraduado en filosofía llamado Dominic, que trabajaba en un bar. Leslie había conocido a sus padres cuando acudió a una comida en su casa. La madre de Dominic le calentó una ración individual de lasaña vegetariana de Sainsbury's mientras los demás comían pollo. La madre se puso a la defensiva: le preocupaba que Leslie se llevara a su hijo a un continente lejano y que todos sus nietos tuviesen acento raro y fueran vegetarianos. Leslie quiso tranquilizarla, decirle «Solo es un romance de verano», pero probablemente aquello tampoco le habría sentado muy bien.
«Leslie con "ie"», tenía que recordarle a todo el mundo en Inglaterra, porque lo pronunciaban «Lesley». «¿Seguro», preguntó la madre de Dominic, como si la misma Leslie fuese un error de pronunciación. Trató de imaginarse llevando a Dominic a conocer a su propia familia, presentándoselo a sus padres; qué poco impresionados quedarían. Echaba de menos su casa, el piano Mason & Risch en el rincón, a su hermano, Lloyd, su vieja golden retriever, Holly, y su gato, Mitten. No necesariamente en ese orden. En verano, su familia alquilaba una casita en el lago Hurón. No podía ni empezar a explicarle esa otra vida a Grant. Tampoco es que quisiera hacerlo. Grant la miraba todo el rato cuando creía que ella no lo veía hacerlo. Estaba desesperado por acostarse con ella. No dejaba de ser divertido, en realidad. Preferiría clavarse cuchillos en los ojos.
—Ha pasado de largo el gimnasio Workout World —dijo Grant.
—Tracy es buena gente —repuso Leslie.
—Es una nazi.
—No, no lo es. —Ella tenía la vista puesta en un grupo de adolescentes con sudaderas de capucha que merodeaba ante la óptica Rayners. Uno de ellos llevaba alguna clase de máscara de Halloween. Le sonrió a una anciana, que se encogió al verlo—. Siempre andamos juzgando —añadió como si se tratara de una broma privada.
—Atentos —dijo Grant—. Tracy está entrando en Thornton's. Querrá completar sus raciones del día.
A Leslie le caía bien Tracy, una siempre sabía a qué atenerse con ella. No se andaba con gilipolleces.
—Es una gorda de la hostia —añadió Grant.
—No está gorda, solo es grandota.
—Ya, eso dicen todas.
Leslie era menuda y delicada. Un pajarito, la chica más frágil que podía haber, en opinión de Grant. Era especial. No como esas putillas que rondaban por ahí.
—¿Seguro que no quieres ir a tomar una copa después del trabajo? —preguntó, siempre esperanzado—. A una coctelería en el centro, un sitio sofisticado para una damisela sofisticada.
—Atentos —dijo Leslie—. Unos chavales con mala pinta acaban de entrar en City Cyber.
* * *
Tracy Waterhouse salió de Thornton's metiendo las provisiones en el bolso feo y grande que llevaba cruzado en bandolera sobre el generoso pecho. Trufas vienesas, el lujo que se concedía a mediados de semana. Patético, en realidad. Otros iban al cine por las noches, a restaurantes, pubs o salas de fiestas, visitaban a los amigos, tenían relaciones sexuales, pero Tracy ansiaba arrellanarse en el sofá a ver Tienes talento con una bolsa de trufas vienesas de Thornton's. Y un pollo bhuna que iba a comprar de camino a casa y a zamparse con un par de latas de Beck's. O tres o cuatro, aunque fuera miércoles. Un día lectivo, aunque hacía más de cuarenta años que Tracy no asistía al colegio. ¿Cuándo era la última vez que había cenado con alguien en un restaurante? ¿Un par de años atrás, con aquel tipo de la agencia de contactos, en el Dino's de Bishopsgate? Recordaba qué había pedido ella —pan de ajo, espaguetis y albóndigas, seguidos por un flan—, y sin embargo no se acordaba del nombre del tipo.
—Eres una chica grandota —comentó él cuando se encontraron para tomar una copa en Whitelock's.
—Sí, lo soy —contestó Tracy—. ¿Buscas pelea o qué?
A partir de ahí todo fue cuesta abajo, en realidad.
Entró en Superdrug a comprar Advil para el dolor de cabeza con que despertaría al día siguiente por culpa de las Beck's. La chica de la caja ni siquiera la miró. Eso era servicio con cara de pocos amigos. En Superdrug era muy fácil robar, había montones de cosas a mano que meterse en el bolso o en un bolsillo: barras de labios, pasta de dientes, champú, Tampax; difícilmente podía culparse a la gente por robar, era casi como si la invitaran a hacerlo. Tracy echó un vistazo a las cámaras de seguridad en torno a ella. Sabía que había un punto ciego justo en la sección de esmaltes de uñas. Podías coger todo lo necesario para un año entero de manicuras y nadie se enteraría. Posó una mano protectora en su bolso. Contenía dos sobres llenos de billetes de veinte, cinco mil libras en total, que acababa de sacar de su cuenta en el Yorkshire Bank. Le gustaría ver a alguien tratando de birlarle ese dinero: estaba deseando hacerlo papilla con las manos desnudas. Se dijo que el sobrepeso no tenía sentido si una no estaba dispuesta a derrocharlo por ahí.
El dinero era para pagar a Janek, el obrero que estaba ampliando la cocina en la casa adosada en Headingley que se había comprado con lo que sacó de la venta de la casa de sus padres en Bramley. Qué alivio que hubiesen muerto por fin, con solo unas semanas de diferencia, mucho después de que sus mentes y sus cuerpos hubiesen dejado atrás la fecha de caducidad. Ambos habían llegado a los noventa y Tracy empezaba a pensar que trataban de vivir más que ella. Siempre habían sido personas competitivas.
Janek empezaba a las ocho de la mañana, acababa a las seis y trabajaba los sábados; polaco, cómo no. A Tracy le daba vergüenza sentirse tan atraída por Janek pese al hecho de que tuviera veinte años menos que ella y midiera unas tres pulgadas menos. Era un hombre meticuloso y muy educado. Cada mañana, Tracy le dejaba té, café y un plato con galletas tapado con film transparente. Cuando volvía a casa, las galletas ya no estaban. La hacía sentirse querida. El viernes siguiente empezaba una semana de vacaciones, y Janek le había prometido que todo estaría acabado cuando volviera. Tracy no quería que se acabara; bueno, sí quería, estaba hasta las narices de aquello, pero no quería que él, Janek, se acabara.
Se preguntó si se quedaría si ella le pedía que hiciese el baño. Janek se moría de impaciencia por marcharse a su país. Todos los polacos estaban volviendo. No querían quedarse en un país en bancarrota. Antes de que cayera el muro de Berlín, daban lástima; ahora, se les tenía envidia.
Cuando Tracy estaba en la policía, sus compañeros en el cuerpo —hombres y mujeres— daban por hecho que era lesbiana. Ahora tenía más de cincuenta años, y tiempo atrás, cuando entró en la policía de Yorkshire del Oeste como cadete novata, había que ser un chico más para apañárselas. Por desgracia, una vez habías establecido que eras una arpía dura de pelar, se hacía difícil admitir que llevabas dentro una mujer dulce y tierna. De todas formas, ¿por qué iba a querer nadie admitir algo así?
Tracy se había retirado con un caparazón tan grueso que apenas quedaba espacio dentro. Vicio, delitos sexuales, tráfico de personas —el punto vulnerable del departamento de drogas y crímenes a gran escala—, ella había visto todo eso y más. Ser testigo de lo peor de la conducta humana era una buena forma de aniquilar cualquier cosa dulce y tierna.
Había pasado tanto tiempo ahí metida que era una humilde soldado de infantería cuando Peter Sutcliffe aún patrullaba por las calles de Yorkshire del Oeste. Recordaba el miedo, ella misma lo había sentido. Era la época anterior a los ordenadores, cuando el peso mismo del papeleo bastaba para empantanar una investigación.
«¿Existió una época anterior a los ordenadores? —se burló uno de sus colegas más jóvenes e impertinentes—. Guau, el jurásico.»
Tenía razón, ella pertenecía a otra era. Tendría que haberse ido antes, solo seguía allí porque no sabía cómo llenar los largos días vacíos de la jubilación. Dormir, comer, proteger, y vuelta a empezar; esa era la vida que ella conocía. Todo el mundo tenía fijación por pasar treinta años, dejarlo, conseguir otro empleo y disfrutar de la pensión. Cualquiera que se quedara más tiempo era considerado un imbécil.
Tracy hubiera preferido morir con las botas puestas, pero sabía que había llegado el momento de dejarlo. Había sido comisaria de policía; ahora era «pensionista de la policía». Sonaba dickensiano, como si tuviera que estar sentada en un rincón de un asilo de pobres, envuelta en un chal sucio. Había considerado el voluntariado en una de esas organizaciones que ayudaban a baldear después de desastres y guerras. En realidad era algo que llevaba toda la vida deseando hacer, aunque al final hubiese aceptado ese empleo en el centro comercial Merrion.
En la fiesta de despedida le habían regalado un ordenador portátil y vales por un total de doscientas libras para el Waterfall Spa en Brewery Wharf. Se sintió agradablemente sorprendida, incluso halagada, de que la creyeran la clase de mujer que acudiría a un balneario. Ya tenía portátil y sabía que el que le habían regalado era uno de esos que Carphone Waterhouse daba gratis, pero lo que importaba era el detalle.
Cuando aceptó el empleo en el centro comercial Merrion se dijo que era «borrón y cuenta nueva» e hizo algunos cambios: no solo se mudó de casa sino que también se depiló el bigote, se dejó crecer el pelo para tener un aspecto más dulce, se compró blusas con lazos y botones de perla y zapatos con un poquito de tacón para llevarlos con el consabido traje chaqueta negro. No funcionó, por supuesto. Fue consciente de que, con o sin vales para el balneario, la gente seguía considerándola una tipa vieja, hombruna y mandona.
A Tracy le gustaba tener una relación cercana y personal con los clientes. Pasó por delante de Morrisons, el local vacío donde antes estuviera Woolworths, y por el Poundstretcher, las cadenas de ventas al por menor favoritas del lumpenproletariado. ¿Había una sola persona feliz en aquel sitio frío e impersonal? Leslie, quizá, aunque la chica no soltaba prenda. Al igual que Janek, tenía una vida en algún otro sitio. Tracy imaginaba que Canadá era un buen sitio para vivir. O Polonia. Quizá debería emigrar.
Ese día hacía calor. Confiaba en que el tiempo siguiera así en sus vacaciones. Una semana en una casita del National Trust, en un enclave encantador. Tracy era miembro de esa organización que velaba por el patrimonio arquitectónico. A una le pasaba eso cuando se hacía mayor y no tenía nada con que llenar su vida, se hacía miembro del Patrimonio Nacional o de English Heritage y se pasaba los fines de semana recorriendo jardines y casas que no le pertenecían o contemplando ruinas, presa del aburrimiento y tratando de reconstruirlas mentalmente: monjes desaparecidos tiempo atrás cocinando, orinando y rezando entre muros de fría piedra. Gente de mediana edad y de clase media que no tenía amigos. Excursiones, clases de historia del arte, visitas a museos; todo muy reposado. Tracy se apuntó pensando que sería agradable irse de vacaciones con otras personas, pero no había funcionado. Se pasó todo el tiempo tratando de huir de ellas.
El mundo iba cuesta abajo y sin frenos. La relojería The Watch Hospital, Costa Coffee, Wilkinson's Hardware, muebles Walmsley, la joyería Herbert Brown («Presta y gasta» era un eslogan extravagante para un prestamista, eterno amigo de la clase marginal). Toda forma de vida humana estaba presente allí. Gran Bretaña, capital europea del hurto, más de dos billones de libras que se esfumaban cada año por «fugas de existencias», una denominación ridícula para algo que, después de todo, no era más que puro y simple robo. Y había que duplicar esa cifra si se contaba todo lo que afanaba el personal. Increíble.
Y pensar en todos los niños hambrientos a los que se podría alimentar y educar con todo ese dinero perdido. Aunque tampoco es que fuera dinero, ¿no?, no era dinero real. Ya no existía el dinero real, no era más que un acto de imaginación colectiva. Ahora daremos todos una palmada y creeremos… Por supuesto, las cinco mil libras que llevaba en el bolso tampoco iban a engrosar las arcas de Hacienda, pero la evasión modesta de impuestos era un derecho del ciudadano, no un crimen. Había crímenes y crímenes. Tracy había visto un montón de la otra clase, las que empezaban por «p»: pedofilia, prostitución, pornografía. Todo era tráfico. Comprar y vender, eso hacía la gente. Podías comprar mujeres, podías comprar niños, podías comprar cualquier cosa. La civilización occidental había tenido su buena racha, pero ahora prácticamente se había extinguido a sí misma con tanto comprar y vender. Todas las culturas tenían una fecha de caducidad programada, ¿no? Nada era para siempre. Excepto los diamantes, quizá, si la canción estaba en lo cierto. Y las cucarachas, probablemente. Tracy nunca había tenido un diamante, y era probable que nunca lo tuviera. El anillo de compromiso de su madre había sido de zafiros y siempre lo llevó en el dedo; se lo puso el padre de Tracy cuando le pidió que se casara con él, y se lo quitó el tipo de la funeraria antes de meterla en el ataúd. Tracy lo había hecho tasar: dos mil libras, menos de lo que esperaba. Había intentado ponérselo en el dedo meñique, pero no le entraba. Ahora estaba en el fondo de algún cajón. Compró un donut en Ainsleys y lo metió en el bolso para después.
Se fijó en una mujer que salía de Rayners' y que le resultó familiar. Se parecía a aquella madama que regentaba un burdel en una casa de Cookridge. Tracy había participado en una redada cuando aún llevaba uniforme, mucho antes de verse expuesta al despliegue de horrores de Antivicio. La madama ofrecía a sus «caballeros» todas las comodidades, una copa de jerez, platillos con frutos secos, antes de que subieran a cometer actos degradantes tras las cortinas de encaje. Tenía una mazmorra en el sótano, donde antes estuvo la carbonera. Las cosas que había ahí abajo dejaron impresionada a Tracy. Las chicas ni se inmutaron, ya nada podía sorprenderlas. Aun así, estaban mejor en aquella casa, tras las cortinas de encaje, que en la calle. Antes era la pobreza lo que llevaba a las mujeres a prostituirse; ahora eran las drogas. Últimamente, apenas había una chica en las calles que no fuera adicta. Shopmobility, Accesorios Claire's. A la hora de comer, Tracy compró un hojaldre de salchicha en Greggs.
La madama había muerto tiempo atrás, sufrió un derrame cerebral en el City Varieties durante el rodaje de The Good Old Days. Ataviada con sus mejores galas eduardianas y muerta en el asiento. Nadie se dio cuenta hasta el final. Tracy se había preguntado si la cámara lo habría filmado. En aquellos tiempos no hubiesen sacado un cadáver en la televisión, hoy en día probablemente sí.
No, no era el fantasma de la madama muerta, era aquella actriz de Los Collier. Por eso le resultaba familiar esa cara. La que interpretaba a la madre de Vince Collier. A Tracy no le gustaba esa serie, era una absoluta gilipollez. Prefería Ley y orden: Unidad de víctimas especiales. La actriz que se parecía a la madama de Cookridge se veía más vieja que en la pantalla. El maquillaje que llevaba era un desastre, como si se lo hubiera puesto sin espejo. Le daba cierto aspecto de desequilibrada. Y era obvio que llevaba peluca. Quizá tenía cáncer. La madre de Tracy, Dorothy Waterhouse, murió de cáncer. Cuando una pasa de los noventa, lo lógico es pensar que morirá de vieja. Hablaron de tratarla con quimioterapia, y Tracy se había opuesto a que desperdiciaran recursos en alguien tan viejo. Se preguntó si podría ponerle un brazalete con la orden de No Reanimar en la muñeca sin que nadie se diese cuenta, pero entonces su madre los había sorprendido a todos al morirse. Tracy había esperado tanto tiempo ese momento que tuvo cierta sensación de anticlímax.
Dorothy Waterhouse solía alardear de que el padre de Tracy nunca la había visto sin maquillaje; Tracy no entendía por qué, pues daba la impresión de que nunca le había gustado su marido. Había puesto muchísimo empeño en ser Dorothy Waterhouse. Tracy le dio instrucciones al de la funeraria de dejar a su madre au naturel.
«¿Ni siquiera un poquito de pintalabios?», preguntó él.
Electricidad por todas partes. Todas aquellas superficies tan relucientes. La época en que todo era de madera y se iluminaba con la luz del fuego y las estrellas había quedado muy atrás. Tracy vislumbró su reflejo en el cristal cilindrado de Ryman's, vio a una mujer de ojos desorbitados, al borde del abismo. A alguien que había empezado el día cuidadosamente ensamblada y se estaba desencajando con lentitud en el transcurso del mismo. Tenía la falda arrugada a la altura de las caderas, las mechas le daban un aspecto chabacano y la panza de bebedora de cerveza le sobresalía en una parodia de embarazo. La supervivencia de los más gordos.
Tracy se sintió una fracasada. Bajó la vista y se quitó una pelusa de la chaqueta. Las cosas solo podían ir a peor. Photo Me, Priceless, Sheila's Sandwiches. Oyó llorar a un niño en algún lugar; formaba parte de la banda sonora de los centros comerciales en todo el mundo. Era un sonido todavía capaz de perforar la cáscara como una aguja al rojo vivo. Un grupo de adolescentes apáticos merodeaba en la entrada del City Cyber, dándose empujones de un modo que a ellos les parecía muy ocurrente. Uno de ellos llevaba una máscara de Halloween, una calavera de plástico donde debería haber estado la cara. La puso nerviosa durante un instante.
Tracy habría seguido a los adolescentes al interior de la tienda, pero el crío que lloraba estaba cada vez más cerca y la distrajo. Oía al niño, pero no lo veía. Su angustia era alarmante. Le crispaba los nervios.
Se arrepentía de varias cosas. De muchas, en realidad. Le hubiera gustado encontrar a alguien que la apreciara, tener niños y aprender a vestirse mejor. Le hubiera gustado seguir en la escuela, quizá hasta hacer una carrera. Medicina, geografía, historia del arte. Era lo de siempre. En realidad era exactamente igual que todo el mundo, quería amar a alguien. Y si la correspondían, mejor incluso. Se estaba planteando tener un gato. Pero la verdad era que no le gustaban los gatos, lo cual podía suponer un pequeño problema. Le gustaban bastante los perros, no esos estúpidos falderos que cabían en el bolso, sino los sensatos y listos. Un buen pastor alemán, quizá, el mejor amigo de una mujer. No había mejor alarma antirrobo.
Oh, cómo no… Kelly Cross. Ella era la razón por la que lloraba aquella criatura. No le sorprendía. Kelly Cross. Prostituta, drogata, ladrona, pícara de pies a cabeza. Una ruina de mujer. Tracy la conocía. Todo el mundo la conocía. Kelly tenía varios críos, la mayoría en hogares de adopción, y esos eran los afortunados, que ya era decir mucho. Avanzaba con furibundas zancadas por el corredor central del centro comercial Merrion, como una posesa, soltando chispas de ira como pequeños cuchillos. Era sorprendente que pudiese desprender tanta energía, con lo menuda y flaca que era. Llevaba un chaleco que revelaba varias magulladuras, las delicadas huellas de una vida miserable, y tatuajes carcelarios. En el antebrazo, lucía un corazón mal dibujado con una flecha atravesándolo y las iniciales K y S. Tracy se preguntó quién sería el desafortunado «S». Kelly hablaba por teléfono, poniendo verde a alguien. Había birlado algo, casi seguro. Las posibilidades de que esa mujer saliera de una tienda con un recibo de caja válido eran prácticamente nulas.
Llevaba a una niña de la mano, arrastrándola porque no había forma de que la cría pudiese seguir su furibundo ritmo. Imagínense que no hace mucho que han aprendido a andar y de pronto se les exige que corran como un adulto. De vez en cuando, Kelly la levantaba del suelo de un tirón, de forma que la niña parecía volar. Berreaba sin parar. Agujas al rojo vivo que atravesaban la cáscara, que taladraban los tímpanos y penetraban en el cerebro.
Kelly Cross partía en dos la multitud de compradores como un profano Moisés atravesando el mar Rojo a grandes zancadas. Muchos espectadores quedaban claramente horrorizados, pero nadie tenía agallas para enfrentarse a un basilisco como Kelly. Y no se les podía culpar por ello.
Kelly se detuvo tan de repente que la cría siguió avanzando como si fuera de goma. Kelly le dio un buen golpe en el trasero, que la hizo elevarse como si estuviera en un columpio, y entonces, sin decir palabra, echó a correr otra vez. Tracy oyó una voz aburguesada, con tono sorprendentemente alto, una voz de mujer, que exclamaba:
—Alguien debería hacer algo.
Demasiado tarde. Kelly ya había dejado atrás Morrisons y salido del centro a Woodhouse Lane. Tracy la siguió, a medio galope para no perderla, y cuando consiguió alcanzarla en la parada de autobús tenía los pulmones a punto de estallar. Madre mía, ¿desde cuándo estaba en tan baja forma? Desde hacía unos veinte años, probablemente. Debería rescatar las viejas cintas de Rosemary Conley de las cajas de la habitación de invitados.
—Kelly —dijo casi sin aliento.
Kelly se dio la vuelta en redondo para gruñir:
—¿Qué coño quieres? —Hubo un destello de reconocimiento en su malévolo rostro cuando miró furibunda a Tracy.
Tracy la vio barajar posibilidades hasta que dio con «poli». Hizo que Kelly pareciera aún más furiosa, si cabía.
De cerca tenía peor pinta: cabello sucio y lacio, piel grisácea de cadáver, ojos de vampiro inyectados en sangre y un nerviosismo de yonqui que le produjo a Tracy deseos de retroceder, pero aguantó donde estaba. La niña, con churretes de lágrimas en la cara sucia, había dejado de llorar y la miraba boquiabierta. La hacía parecer tarada, pero Tracy supuso que tenía vegetaciones. Los mocos verdes que le colgaban de la nariz no ayudaban a mejorar su aspecto. ¿Qué tendría, tres años? ¿Cuatro? No estaba muy segura de cómo se sabía la edad de un crío. Quizá por los dientes, como pasaba con los caballos. Los de esa niña eran pequeños. Tenía unos más grandes que otros. Tracy no pensaba ir más lejos con esa clase de suposiciones.
La niña iba vestida en distintos tonos de rosa, con el añadido de una pequeña mochila rosa pegada a la espalda como una lapa, de modo que la impresión general era de un malvavisco contrahecho. Alguien —Kelly no, sin duda— había tratado de recogerle en trenzas el esponjoso cabello. El rosa y las trenzas indicaban su género, que no era obvio a primera vista a partir de las facciones regordetas y andróginas.
En general daba la impresión de ser una niña bastante cortita, pero había una chispa de algo en sus ojos. De vida, quizá. Estaba tocada, pero no trastornada del todo. Todavía. ¿Qué posibilidades tenía la cría con una madre como Kelly, siendo realistas? Kelly aún la llevaba de la mano, pero más que sujetársela parecía aferrarla como si la niña estuviese a punto de salir volando.
Se acercaba un autobús, con el intermitente puesto y aminorando la marcha.
Algo cedió en las entrañas de Tracy. Una pequeña compuerta de la que manaron desesperanza y frustración mientras contemplaba el lienzo en blanco pero ya manchado del futuro de la niña. No supo cómo ocurrió. Estaba allí de pie, en una parada de autobús de Woodhouse Lane, observando la ruina humana que era Kelly Cross, y un instante después le decía:
—¿Cuánto?
—¿Cuánto qué?
—¿Cuánto quieres por la niña? —preguntó Tracy hurgando en el bolso para desenterrar uno de los sobres con el dinero de Janek. Lo abrió y se lo enseñó a Kelly—. Aquí hay tres mil. Puedes quedártelas a cambio de la cría.
Impidió que Kelly viera el segundo sobre con las restantes dos mil libras por si tenía que subir la apuesta. No le hizo falta, sin embargo, porque de repente Kelly se puso tan alerta como una mangosta. Su cerebro pareció desconectarse un instante, con los ojos moviéndose rápidamente de un lado a otro, y entonces, con inesperada velocidad, su mano salió disparada y agarró el sobre. En el mismo segundo soltó la manita de la niña. Luego rió con verdadera alegría justo cuando el autobús se detenía detrás de ella.
—Muchas gracias —dijo, y subió al autobús.
Mientras Kelly hurgaba en busca de monedas, de pie en la entrada del autobús, Tracy levantó la voz para preguntar:
—¿Cómo se llama? ¿Cómo se llama tu hija, Kelly?
Kelly cogió el billete que escupía la máquina y respondió:
—Courtney.
—¿Courtney? —Típico nombre hortera; Chantelle, Shannon, Tiffany. Courtney.
Kelly se volvió con el billete en la mano.
—Sí —dijo—. Courtney. —Y le dirigió una mirada perpleja, como si a Tracy le faltara un tornillo—. Aunque no es… —empezó a decir, pero las puertas del autobús se cerraron, sofocando sus palabras.
El autobús se alejó. Tracy se quedó mirándolo. En su caso no tenía vegetaciones, era corta. Notó una repentina punzada de ansiedad. Acababa de comprar una niña. No se movió hasta que una manita caliente y pegajosa se introdujo en la suya.
—¿Adónde ha ido Tracy? —preguntó Grant escudriñando el tablero de monitores—. Ha desaparecido.
Leslie se encogió de hombros.
—No lo sé. Échale un ojo a ese borracho que hay delante de Boots, ¿quieres?
* * *
—Alguien debería hacer algo.
Tilly se sorprendió al encontrarse diciéndolo en voz alta. Y muy alta, además. Y decididamente aburguesada. «¡Resuena! —oía exclamar a su antigua profesora de declamación en la facultad de arte dramático—. ¡Resuena! ¡Tu pecho es una campana, Matilda!» Franny Anderson. Señorita Anderson, nadie osaría utilizar un apelativo más familiar. Con la espalda más recta que un palo de escoba, hablaba un inglés de Morningside. Tilly todavía hacía los ejercicios que le había enseñado la señorita Anderson, todas las mañanas al levantarse, antes de haber tomado siquiera una taza de té. El piso en que vivía, en Fulham, tenía las paredes como de papel, los vecinos debían de pensar que estaba loca. Había pasado más de medio siglo desde que Tilly era estudiante de arte dramático. Todo el mundo pensaba que la vida empezó en los sesenta, pero el Londres de los cincuenta había sido muy emocionante para una ingenua muchacha de dieciocho años de Hull, recién salida del instituto. En aquel entonces, a los dieciocho años se era más joven que ahora.
Tilly había compartido un pisito en el Soho con Phoebe March, que era ahora dame Phoebe, por supuesto; se armaba la gorda si te olvidabas del título. Tilly había hecho de Helena y Phoebe de Hermia en Stratford; Dios santo, hacía ya varias décadas de eso. Lo cierto es que empezaron en igualdad de condiciones, y ahora Phoebe siempre interpretaba a reinas y llevaba vestidos impresionantes y diademas. Los Oscar (como actriz secundaria) y los Bafta le salían por las orejas, mientras Tilly se veía embutida en un delantal y unas zapatillas fingiendo ser la madre de Vince Collier. Mira por dónde.
Nada de igualdad de condiciones, en realidad. El padre de Tilly había tenido una pescadería en una calle llamada Land of Green Ginger, menos romántica de lo que su nombre sugería, mientras que Phoebe, aunque se las daba de «chica norteña», procedía en realidad de las clases terratenientes, con una casa diseñada por John Carr de York cerca de Malton, y era sobrina de un primo del viejo rey, y disponía de una mansión en Eaton Square a la que podía recurrir si las cosas se ponían feas en el Soho. Las historias que ella podía contar sobre Phoebe —dame Phoebe— pondrían los pelos de punta a cualquiera.
La señorita Anderson ya llevaría mucho tiempo muerta, por supuesto. Y no era de las que se pudrían y armaban un estropicio en la tumba. Tilly la imaginaba convertida en una momia apergaminada, sin ojos y consumida, tan ingrávida como un helecho marchito. Pero todavía con una dicción perfecta.
Tilly sabía que su indignación no servía de nada, pues no era ella quien iba a enfrentarse a la temible mujer tatuada. Era demasiado vieja, gorda y lenta. Y estaba demasiado asustada. Pero alguien debería hacerlo, alguien más valiente. Un hombre. Los hombres ya no son lo que eran, pensaba. Si lo habían sido alguna vez. Muy nerviosa, observó el centro comercial a su alrededor. Dios santo, qué sitio tan espantoso. No habría vuelto de no haber tenido que recoger las gafas nuevas en Rayners'. En realidad jamás habría ido a un sitio como ese, pero una ayudante de producción, una chica agradable, Padma —india, ahora todas las chicas agradables eran asiáticas—, le había pedido hora. «Ya está, señorita Squires, ¿puedo hacer algo más por usted?» Qué adorable. Tilly se había sentado encima de las gafas viejas. Era fácil hacer algo así. Sin ellas era ciega como un topo. Resultaba difícil conducir el viejo cacharro sin ver nada.
Y después de todo aquel tiempo enterrada en el campo, le había apetecido estar en una ciudad. Aunque no en esa, quizá. En Guildford o Henley tal vez, en algún sitio civilizado.
La habían plantado en medio de ninguna parte durante todo el rodaje. Como artista invitada en Collier, con un contrato de doce meses y un personaje al que mataban al final, aunque no lo sabía cuando aceptó. «Oh, cariño, tienes que hacerlo —dijeron todos sus amigos del teatro—. Será divertido, ¡y piensa en el dinero!» ¡Ya lo creo que pensaba en el dinero! Últimamente vivía más o menos en la precariedad. Hacía ya tres años que no le ofrecían nada en el teatro. Los guiones eran peliagudos, y su memoria ya no era la de antes. Tenía muchísimas dificultades para aprenderse los papeles. Antaño nunca había sido un problema, empezó en una compañía de repertorio a los dieciocho. La ingenua. (Aprendió a recitar de memoria en el colegio, por supuesto; ahora ya no estaba de moda.) Una obra distinta cada semana, se sabía todos sus papeles y los de los demás también. En una ocasión hacía mucho tiempo, solo para probarse que era capaz, se había aprendido de memoria Las tres hermanas entera, ¡y solo interpretaba a Natasha!
«Vieja arpía senil», había oído decir a alguien el día anterior. Era verdad que todo se estaba debilitando. «Las luces se están apagando en toda Europa. Los niños padecen.» ¿Debería ir en busca de un policía? ¿O llamar a emergencias? Parecía un paso terriblemente dramático.
Lo último que había hecho para la tele era un episodio de Casualty en el que interpretaba a una ancianita que había manejado un cañón antiaéreo en la guerra y que moría de hipotermia en un bloque de apartamentos, lo que llevaba a los personajes a retorcerse las manos con nerviosismo («¿Cómo puede pasar algo así hoy en día?», «Esta mujer defendió a su país en la guerra», etcétera). Por supuesto, en realidad no era lo bastante mayor para el papel. Aún era una niña durante la guerra y solo recordaba ciertas cosas espantosas sobre ella, a su madre llevándola a toda prisa al refugio en plena noche, el olor a tierra mojada que había dentro. Hull fue terriblemente castigada.
A su padre, de pies planos, le dieron un trabajo de oficina en el Cuerpo de Provisiones del Ejército. De todas formas no había mucho pescado que vender durante la guerra, dado que las barcas pesqueras habían sido requisadas por la marina. Las que seguían faenando volaban por los aires, y los cuerpos de los pescadores descendían en espiral hasta las gélidas profundidades. «Esas perlas fueron sus ojos.» Había interpretado a Miranda en el colegio. «¿Has pensado en dedicarte al teatro, Matilda?» A la directora no le parecía que sirviera para mucho más. «No tienes lo que se dice inclinaciones académicas, ¿verdad, Matilda?»
A Tilly le hubiera gustado ser lo bastante vieja para luchar en la guerra, para ser una chica valiente con un cañón antiaéreo.
Los productores de Collier la habían seducido en el Club at the Ivy, ante un cóctel llamado estrellita, una nomenclatura algo perturbadora para Tilly puesto que era así como su mojigata madre se refería a los genitales femeninos. A ella siempre le había gustado la palabra «vagina», sonaba a chica empollona o a una tierra recién descubierta.
La primera vez que la había visto, la niña iba dando saltitos, cantando «Brilla, brilla, estrellita». El himno de los niños en todas partes. A Tilly le hizo pensar en su madre otra vez. La niñita apretaba los puños (¡diminutos!) y cada vez que cantaba la palabra «estrellita» volvía a abrirlos, como pequeñas estrellas de mar. Cantaba bien, con una afinación perfecta; alguien debería haberle dicho a su madre que la criaturita tenía talento. Alguien debería haber dicho algo.
Cuando Tilly volvió a verlas, diez minutos después, la pobre cría ya no cantaba. La madre, una mujer brutal con burdos tatuajes y un teléfono móvil pegado a la oreja, le estaba chillando.
«Joder, cállate de una vez, Courtney, ¡me estás hinchando las pelotas!»
Estaba furiosa, tironeaba de la niña y le gritaba. Ya se sabía qué les pasaba a esos niños al llegar a casa. De puertas adentro. Abusos a la infancia. Cortaban de cuajo todos los capullitos para que nunca pudiesen florecer.
«Una cosita negra entre la nieve.» Eso era de Blake, ¿no? Aunque la niñita de «Brilla, brilla, estrellita» no era negra. Más bien todo lo contrario, como si nunca viera el sol. «Llora que te llora, con tono de aflicción.» Era sorprendente que no hubiese más niños raquíticos. Quizá sí los había. La abuela de Tilly había tenido raquitismo; había una fotografía suya de niña, la única que tenía, tomada en un estudio en alguna parte lóbrega y gris de East Riding. «Con la marea del Humber yo me lamentaría.» La abuela, con tres años como mucho, tenía las arqueadas piernecitas metidas en botas ortopédicas; a Tilly se le encogía el corazón ante el pasado. No se puede cambiar el pasado, solo el futuro, y el único sitio en que puede cambiarse el futuro es en el presente. O eso decían. No le parecía que ella hubiese cambiado nunca nada. Excepto de opinión. Ja, ja. «Muy graciosa, Matilda.»
Collier no había resultado tan divertida, después de todo. Desde luego no era nada divertido andar por el plató (básicamente, un gran hangar en medio de la nada) a las seis y media de la mañana, con un frío del carajo. El plató se había instalado en el terreno de una gran casa solariega perteneciente a un conde o un duque de no sé qué. Curioso, pero también era verdad que últimamente la aristocracia siempre andaba buscando formas de sacar dinero. «Es un plató construido para la ocasión —le contaron los productores—. Ha costado millones, supone un compromiso con la longevidad.» Antes, Collier se emitía una vez por semana; ahora la daban tres días, y hablaban de hacerlo cuatro. Los actores parecían burros haciendo girar una rueda de molino.
Habían pensado en Tilly para interpretar el papel de la madre de Vince Collier porque querían un personaje «más humano», más vulnerable. Ella había trabajado antes con el actor que hacía de Vince Collier, cuando era un adolescente, y no paraba de llamarlo por su verdadero nombre, Simon, en lugar de Vince. Ese día habían hecho falta siete tomas solo para despedirse de él en el umbral. «Adiós, Simon» seis veces; en la séptima toma, se limitó a decir: «Adiós, querido». «Gracias, joder», oyó decir al director (un pelo demasiado alto). Sencillamente, Tilly no acertaba a recordar aquel nombre («Vince, Vince, por Dios —musitó el director—, ¿tan difícil es?»). Lo tenía en la cabeza pero no conseguía encontrarlo.
Un chico agradable, ese Simon. La ayudaba a repasar su papel constantemente, le decía que no se preocupara. Tenía más pluma que un pato. Todo el mundo lo sabía, era el secreto peor guardado de la televisión. Aunque no se podía decir nada porque se suponía que Vince Collier era muy macho. El novio de Simon, Marcello, se alojaba con él en la casita de alquiler, más bonita que la de Tilly. Una vez la habían invitado a cenar, con mucha ginebra y un pollo «a la siciliana» cocinado por Marcello. Después tomaron un ron muy bueno que los chicos se habían traído de unas vacaciones en isla Mauricio y jugaron al cribbage. Acabaron los tres deliciosamente achispados. (Ella no era una borrachina como la dame ya saben quién.) Fue una velada con un toque anticuado encantador.
Pensaba que contaban con ella para toda la serie («Mi pensión», murmuró encantada ante su tercer estrellita) y entonces, la semana anterior, le habían dicho que no le renovarían el contrato y que moriría al final de su temporada. Solo le quedaban unas semanas. No le habían dicho cómo moriría. Empezaba a preocuparla de un modo curiosamente existencial, como si la Muerte fuera a sorprenderla en cualquier esquina, balanceando la guadaña y exclamando: «¡Bu!». Bueno, quizá no diría «bu». Confiaba en que la Muerte fuera un poco más solemne.
Ella misma empezaba a sentir que su compromiso con la longevidad flaqueaba. Había días en que el viejo reloj se le antojaba un nudo en el pecho; otros, parecía un pajarillo que aleteaba, tratando de escapar de la cárcel de sus costillas. Sospechaba que su álter ego, la pobre anciana Marjorie Collier, más que expirar con elegancia en su lecho, iba a tener un final peliagudo. Y entonces, justo cuando salía de Rayners', se encontró cara a cara con la Muerte, tal como había temido. Pensó que iba a caer redonda allí mismo, pero no era más que algún chaval idiota con una máscara de calavera. Le sonreía con sorna, dando brincos como la marioneta de un esqueleto. No deberían permitir esas cosas.
Campanilla, ese era el nombre de la casita en la que se alojaba. Un nombre inventado, claramente. Antes era una vivienda para jornaleros. Pobres campesinos, para ellos todo era barro y sangre y levantarse al alba para salir al campo con los animales. Había hecho un papel de Hardy, años atrás, para la BBC, y en el curso del mismo aprendió muchas cosas sobre los peones agrícolas.
«Le hemos conseguido una casita preciosa —dijeron—, que suele alquilarse en vacaciones.» Tenían a los actores y el equipo de rodaje repartidos por todas partes: en pensiones y casas con alojamiento y desayuno, hoteles baratos en Leeds, Halifax, Bradford, pisos de alquiler, incluso caravanas. Más les hubiera valido montar una agencia de alquiler de habitaciones en el plató. A Tilly le habría gustado estar en un hotel bonito, con tres estrellas se habría conformado. Lo que no le dijeron fue que iba a compartir la casita con Saskia. Tampoco se lo dijeron a Saskia, a decir por la cara que puso. No es que tuviera nada contra Saskia per se. Estaba en los huesos, demasiado delgada, vivía del aire y de cigarrillos, la dieta de dame Phoebe March.
—No te importa, ¿verdad? —le dijo a Tilly la primera vez que sacó un paquete de Silk Cut—. Solo fumo en mi habitación, o fuera.
—Oh, adelante, querida —repuso ella—, he pasado la vida rodeada de fumadores. —Era un milagro que no estuviese muerta.
No quería pelearse con ella. Tilly detestaba pelearse con la gente. Curioso, porque Saskia era una chica muy limpia (tanto que rayaba en la obsesión, claramente tenía un problema, con su guerra en solitario contra los gérmenes) y fumar era un hábito muy sucio. Las bailarinas de ballet eran las peores, por supuesto, en el instante en que salían de clase se prendían como chimeneas. Tenían los pulmones negros de humo. Tilly había compartido piso un tiempo con una bailarina de ballet. Fue después de que Phoebe se marchara del piso del Soho (1960, resultó una década de aúpa para ambas), para subir de nivel e irse a vivir con un director en Kensington, un tal Douglas. Había sido suyo al principio, pero Phoebe no podía soportar que Tilly tuviera algo que ella no tenía. Un hombre guapísimo. También con un pie en la otra acera, por supuesto. «No hay nada más raro que la gente», como dicen en el norte. Phoebe lo utilizó y lo dejó atrás al cabo de un año más o menos. Tilly y Douglas habían seguido teniéndose mutuo cariño hasta el final. Hasta el final de él, por lo menos.
Saskia interpretaba a la compañera de Vince Collier, la sargento Charlotte «Charlie» Lambert. No se lo digan a nadie, pero no era la mejor actriz del mundo. Parecía tener tan solo dos expresiones. Una era «preocupada» (con la variante «muy preocupada») y la otra «malhumorada». Un registro muy limitado, pobre chica, aunque, como les pasa a tantas, quedaba bien en la tele. Tilly la había visto en una obra en el National. Estuvo horrible, simplemente horrible, pero nadie pareció advertirlo. El traje nuevo del emperador. (De nuevo la sombra de dame Phoebe.)
Ahora que ya tenía las gafas y por fin veía, era terrorífico. Antaño, los miércoles se cerraba media jornada. Su padre bajaba las persianas de la tienda en Land of Green Ginger y se marchaba a vivir su misterios
