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El avance del navío resquebrajaba las brumas a su paso. El entorno se iba volviendo definido, sólido. Carlos de Gante dio unos pasos en la cubierta y distinguió por primera vez el lugar que para él, hasta ese momento, había sido tan solo una idea. El piloto mayor acababa de pedirle perdón por haber desviado la flota real hacia quién sabe qué sitio del norte de Castilla, que sin duda no era Laredo, donde tenían previsto recalar. Carlos no había querido rectificar el desembarco. Le valía ese emplazamiento que, a medida que se acercaban, se iba manifestando más ridículamente pequeño para el atraco de las cuarenta naves de la expedición. Le valía porque el viaje había sido largo, acompañado de tormentas terribles que habían zarandeado los barcos a su antojo; y porque antes de esa travesía había sufrido otra, de un año y medio, que se inició con la muerte de su abuelo Fernando y a la que él quería poner fin haciéndose cargo del gobierno de España.
Carlos elevó los hombros para que su cuerpo estuviera a la altura de la dignidad del momento. Su traje de seda y encajes flamencos le envolvía en grandeza, pero el rostro dejaba a la vista la evidencia de que tan solo tenía diecisiete años. Sus rasgos eran una lucha entre la dulzura y la determinación. El pelo rubio, la palidez y la mirada curiosa le hacían sensible; su mentón, tan marcado, rubricaba su rostro con la dureza que se le pide a un hombre de Estado.
Envuelto en el silencio que tan propio le era Carlos escudriñó el paisaje que se extendía ante él. Sabía que siempre recordaría esa primera impresión del reino: las altas montañas verdosas, la playa exigua, la aldea de unas pocas casas bajas. Desde niño había tratado de hacerse una idea de ese dominio en el que habitaban dos de sus hermanos, Fernando y Catalina, a los que nunca había visto; ese reino que era también la tumba de sus padres Felipe y Juana, sin vida ya él y sin apenas vivir ella, enclaustrada en el palacio de Tordesillas. Carlos confió en llegar a amar ese lugar y en que se disipase esa sensación punzante que llevaba robándole la paz desde que salió del puerto de Flesinga, incluso desde que se había despedido de su tía Margarita, la madre que la vida le había dado al tiempo que desdibujaba la suya. Sintió una nostalgia y una aprensión que no quiso confesar a nadie, porque a todo gran hombre se le presupone audacia y frialdad, y más a él, que al año de vida se había convertido en duque de Luxemburgo, a los seis había heredado los Países Bajos y, desde entonces, había vivido sobre el aviso de que España sería suya algún día.
Un estrépito le sobresaltó y le obligó a asomarse. Los marineros estaban dejando caer sobre el agua los botes que llevarían al séquito a tierra.
—¡Cuidaos, majestad!
Una mano firme le ayudó a descender a su bote; la de Guillermo de Croy, que no dudó en tomar sitio en la misma barca. Una vez Carlos hubo estado a seguro, el intitulado señor de Chièvres lo miró y enseguida lo notó nervioso. Para la mayoría de quienes lo conocían, el hijo de Felipe y Juana constituía un misterio imposible de desentrañar. Era callado y contenido en la expresión, se diría que se afanaba por no revelar su alma. Pero Chièvres, que era su consejero, su confidente, su sombra diaria desde los nueve años, sabía leerle a la perfección: aunque fingiera serenidad, Carlos le necesitaba entonces más que nunca. Y si algo complacía a Chièvres era justo esa necesidad, construida por él piedra a piedra a lo largo de casi una década. El consejero, de rasgos inclementes y pelambrera negra que ya encanecía, se había entregado siempre de tal modo a su labor que la mala fama que arrastraba consigo poco importaba a Carlos. Donde muchos denunciaban en Chièvres ambición desmedida y pocos escrúpulos, él veía un apoyo constante y la llave maestra que le conduciría a la gloria. Gracias a su consejo había llegado a gobernar los Países Bajos con tan solo quince años, pues Chièvres había convencido al emperador Maximiliano, abuelo de Carlos, de que la minoría de edad no era un óbice tan insalvable. Y gracias también a él no había esperado a esa travesía para proclamarse rey de Castilla y Aragón; lo había hecho, bajo su sugerencia, en Bruselas. No eran pocos los que veían en esos manejos el interés egoísta del consejero que, como tantos asesores reales, ambicionaba gobernar por medio de su pupilo. Pero Carlos se preguntaba quién de los dos era más egoísta, si quien buscando una porción de poder se ensuciaba para engrandecerle, o él mismo, que se beneficiaba de sus manejos y conservaba la inocencia.
El bote llegó a la orilla rodeado por un anillo de tropas a modo de escolta. Mientras, en Laredo, una grandilocuente comitiva esperaba en vano el desembarco real.
—En este rincón del mundo no hay hueco para vuestra grandeza, hermano —dijo Leonor desde su propio bote, oteando la costa.
La hermana de Carlos, apenas dos años mayor que él, era el único familiar que le acompañaba en el viaje. Su piel transparente y la melena cobriza le otorgaban un aspecto de vulnerabilidad cortesana que engañaba respecto a su fortaleza. Leonor había sobrellevado la travesía leyendo a los antiguos e infligiendo un castigo de silencio a su hermano. Su actitud había extrañado a todos menos a Carlos, que ni siquiera se había mostrado ofendido. Él sabía, porque lo había oído, que existía un mal llamado amor, y que Leonor lo padecía por el conde Federico del Rin, de quien se había visto obligada a separarse a causa del viaje.
La escolta armada puso al fin pie en tierra. Era tan numerosa y el enclave tan pequeño que pronto apenas quedó arena a la vista. Carlos contempló el despliegue de sus soldados por la costa y notó en su pecho que ese reino empezaba a pertenecerle. Pero una salva de gritos desgarrados rompió sus pensamientos solemnes: desde el margen de la playa que lindaba con la aldea, una lluvia de piedras empezó a precipitarse sobre los soldados, con la furia de una condena bíblica. Desprevenidos, pocos se protegieron a tiempo. Varios de esos proyectiles resultaron mortales.
—Están atacándonos… ¡Están atacándonos! —gritó Carlos.
Chièvres, decidido incluso en el más inesperado de los trances, se apresuró a cubrirlo para protegerlo. En el horizonte de la playa los atacantes comenzaron a hacerse visibles. Pocas eran las casas en la aldea, pero sin duda ninguno de sus moradores faltaba en el tropel. Espontáneamente armados con palos y enseres de labranza, los lugareños se lanzaban hacia los recién desembarcados al tiempo que se alentaban con gritos.
—¡Muerte al infiel! —bramaban los aldeanos.
—¡Nos toman por turcos! —concluyó Chièvres—. ¡Tres columnas de hombres para salvar al rey!
Cuando los soldados respondieron a la llamada y Carlos estaba protegido por sus cuerpos y sus armas, Chièvres entresacó de sus ropajes una cruz que llevaba al cuello y la colocó sobre su pecho para hacerla visible. Acto seguido, el consejero saltó del bote. Carlos trató de retenerlo, pero su empeño fue inútil. Reconoció al que avanzaba contra la resistencia del agua, lo había visto una y mil veces obstinarse en los despachos con el mismo brío que exhibía ahora. Sabía que era insensible al miedo en las negociaciones; en ese instante tuvo la certeza de que a Chièvres la muerte le espantaba menos que ver frenados sus deseos.
—¡Escudaos, al menos! —Carlos se resignó.
Su voz reveló un temblor: si algo no esperaba de su llegada a España era temer por su vida.
Pero Chièvres no atendió a palabra alguna. Desde su bote, y aunque tapiado por los hombres que lo custodiaban, Carlos distinguió a su consejero ya en la playa, saliendo al encuentro de los aldeanos armados. Estos se detuvieron en seco, desconcertados. La cruz que Chièvres llevaba al pecho se convirtió en un freno para los atacantes, que ahora no entendían a quién se estaban enfrentando. Desde las ventanas de las viviendas, las mujeres, aferradas a sus hijos, murmullaban rezos para que los invasores fueran al menos franceses.
—¡Recibid como se merece a vuestro rey! O se os tendrá por traidores —les conminó Chièvres.
Los aldeanos se agarrotaron. La idea de que el rey hubiera recalado en Tazones, tan modesta y apartada, no era fácil de asimilar. Así que ese era Carlos, el nieto del gran Fernando y de la aún más grande Isabel, el hijo del condenado Felipe y de la pobre Juana, el extranjero que tardaba en llegar. Uno a uno los palos y las azadas fueron cayendo sobre la arena.
Una vez apaciguados los aldeanos, Carlos renegó del temor que todavía sentía y desembarcó. En apenas unos pasos se situó frente a sus súbditos. Se miraron. Ellos nunca habían visto ropajes semejantes, ni esa apostura flamenca, ni el diseño de esos barcos que formaban un horizonte tras él. Ni tampoco Carlos había sentido miradas que le entendieran tan poco como aquellas. Se diría que rey y súbditos eran dos desconocidos que se encontraban por primera vez ya en el altar, abocados a unirse y a vivir juntos hasta que la muerte los separase; dos desconocidos que no por saberse condenados a su ligazón dejaban de mirarse con recelo, preguntándose qué futuro les esperaba juntos.
A las pocas horas, un vecino de Tazones, con nervios mal disimulados, puso ante Carlos un plato de huevos fritos y unto. Sin que Leonor lo desease vio cómo también a ella se le dispensaba otro. La vivienda, como todas en la villa, poseía la sencillez de un dibujo infantil: cuatro paredes desnudas y el mobiliario imprescindible. Quien la había levantado nunca hubiera imaginado que un rey se vería obligado a hacer noche en ella. Las recargadas vestimentas de Carlos, Leonor y Chièvres destacaban en el lugar como la luna en una noche oscura. El aldeano les sirvió vino aguado en copas de barro bajo la mirada agradecida de Carlos, que hubiera deseado sentirse más cómodo en ese ambiente tan humilde. El anfitrión se disculpó con un gesto antes de dejarlos solos. Leonor miró la comida como si no la entendiese ni quisiera hacerlo.
—Deberíamos haber desembarcado en Laredo —dijo.
—Guardad por un momento vuestro paladar de Malinas —zanjó Carlos mientras tomaba sus cubiertos.
Leonor oyó Malinas y sintió un golpe candente en el pecho, pero no porque sintiera nostalgia de la corte en la que Carlos y ella habían pasado la vida, con su etiqueta exquisita y ese lujo festivo que la habían acunado desde niña. Leonor oyó Malinas y pensó en su conde, y el poco apetito que tenía le desapareció. Ofreció su plato a Carlos, que, aunque con una mirada de reproche, lo aceptó.
—Lo cierto es que resulta pobre agasajo para compensar la benevolencia que habéis mostrado con ellos —dijo Chièvres.
—Verme repelido a pedradas me ha desazonado más que a vos, creedme —contestó el soberano—. Pero la furia contra el turco, que creían tener ante sí, no deja de complacerme. ¿Cómo castigarlos?
Chièvres asintió. Él estaba más dotado para el resentimiento que Carlos, pero sabía que las dificultades que les esperaban en Castilla y Aragón serían mayores de mostrarse implacables con esos pobres necios que los habían recibido. La generosidad se le antojaba un arma de la que servirse de cuando en cuando, aunque su uso le dejase a uno insatisfecho. «En el fondo este dislate tiene su lado bueno —pensó Chièvres—. Los recelos que nos aguardan en estas tierras parecerán caricias en comparación.» El consejero llevaba meses afanándose en minimizar ante Carlos los problemas a los que, estaba seguro, se enfrentarían a fin de afirmarse en el trono de España. Pero, a decir verdad, el rey solo había fingido creerse las predicciones tranquilizadoras de Chièvres. Sabía bien que la verdadera travesía empezaba ahora.
Cuando la corte de Castilla recibió la noticia de la llegada de Carlos, la inquietud que había permanecido en duermevela durante año y medio se despertó de golpe. Los murmullos se intensificaron. Las miradas se cargaron de significado. Adriano de Utrecht, enviado al reino por Carlos hacía ya un año, se sintió como un Atlas moderno que sostuviera sin ayuda la bandera del rey frente a las amenazas. Una labor dura para sus casi sesenta años. Cierto era que el cardenal Cisneros, regente de España, con el beneplácito de Carlos, desde la muerte de Fernando de Aragón, se había mantenido fiel al mandato que este había ordenado en su testamento y había dado por bueno al flamenco como heredero. Pero en cuanto supo del desembarco del rey en Tazones, su reacción tuvo poco de entusiasmo. El cuerpo enjuto del cardenal se agitó de indignación.
—¿Cómo ha podido despreciar el recibimiento que le esperaba en Laredo?
El galeno que atendía a Cisneros fingió no escuchar, dejando que solo Adriano reaccionase a sus palabras. El de Utrecht tomó asiento buscando energías para la conversación.
—Tempestades, supongo —respondió.
—O un desdén por el protocolo del que ya dio buena cuenta en Bruselas. Y valorad que dejo en falta lo que fue más bien un…
La frase se vio interrumpida por algunas toses del cardenal. Adriano lo agradeció; estaba cansado de oír la acusación aquella de que Carlos había cometido un golpe de Estado.
—Sabéis tan bien como yo que si la proclamación se hubiese demorado, habríais despedido vuestra regencia con una guerra entre hermanos —dijo Adriano.
Cisneros no tenía fuerzas para darle la razón, así que calló y apuró de un trago el brebaje que le ofrecía el médico. Confiaba en que esos cuidados le concediesen una prórroga. Le sorprendía no querer morir. La voluntad de Dios llevaba un tiempo mostrándose bien clara: lo quería consigo. Pero ¿cómo dejar el reino a la deriva?
—¿Ha anunciado ya cuándo se encontrará conmigo? —preguntó Cisneros.
—Lo dirán los caminos, eminencia.
—Que los ande ligero, o no me alcanzará la vida. Le he sido más leal de lo que Castilla me alentó. Le he defendido cuando no había motivos para ello. Sin mí, los partidarios de su hermano se habrían hecho fuertes hace tiempo, y habría tenido que batirse con la espada por la corona.
—El rey sabe de vuestra ayuda, eminencia —dijo Adriano—. Pronto se reunirá con vos.
La promesa no calmó la urgencia del cardenal.
—No se trata solo de cederle la regencia, sino de instruirle sobre lo que con el tiempo he aprendido de estos reinos. Ignoráis cuánto va a necesitar saber más de lo que conoce.
En la estancia se hizo un silencio que dejó al cardenal meditabundo.
—A veces me pregunto si genero desgracia —dijo Cisneros—. No os imagináis la grandeza de esta corte cuando la reina Isabel me llamó a su lado. —Se santiguó—. Para echar abajo todo ese esplendor hacía falta mucha mala fortuna. La que ha venido sucediéndose, golpe a golpe, ante mis ojos.
—La suerte es caduca. Tanto la buena como la mala —contraatacó Adriano—. Confiad. Carlos es prudente y tiene la ambición justa. Él lee a Erasmo, no a Maquiavelo. Poco se parece a Felipe. El mal recuerdo del padre será borrado por el hijo.
—Hasta ahora aquí solo se le cuentan faltas: su proclamación, el haber nombrado a ese tal Chièvres contador mayor del reino…
—El buen gobierno se aprende —se apresuró a decir Adriano, evitando que la lista de faltas, que sabía más extensa, se enumerara entera—. No dudéis ahora, eminencia.
—Duda el reino, no yo —sentenció.
—¿Y Fernando? ¿Duda él?
Cisneros se guardó ante el de Utrecht el recuerdo de su último encuentro con el hijo castellano de Juana y Felipe. Algo en el joven negaba cada palabra de obediencia a Carlos que profería. Su mirada se rebelaba ante el destino. «Seré vasallo de mi hermano, pues así lo quiso mi abuelo», decía. Pero aunque sus palabras parecían sensatas, su ceño gritaba: ¡injusticia!
En el salón de la residencia de Fernando de Austria bien podría haberse formado un bache, de tanto como en los últimos meses los grandes de España habían hincado la rodilla en él. Pero por entonces nadie se dejaba ver por allí, sobre todo desde que el regente Cisneros, lleno de alarma, hubiera lanzado una bandada de espías para que diesen cuenta de toda conspiración contra Carlos. La sospecha había condenado a Fernando a la soledad. Esa mañana, como casi todas, salió a cabalgar por los campos de Valladolid. El sol se escondía tras nubes de tormenta. Fernando las contempló y enseguida pensó que no se entendía. Debería sentirse aliviado, ¿no era eso lo que quería? Que cesasen las intrigas. Que dejasen de poner a prueba su lealtad. Que el comendador mayor de Calatrava no insistiese más en que él, y no Carlos, era quien merecía el trono. Que el obispo de Astorga dejase de llamar a su hermano «usurpador extranjero», con una mueca de desprecio. «El más grande rey que nunca hubo, don Fernando, os educó para gobernar.» Las palabras de los conspiradores, al verterse, le habían atacado como un veneno: sin violencia pero, finalmente, haciéndolo enfermar. Debería sentirse aliviado, sí, porque desde hacía un tiempo no tenía que oírlas. Pero el silencio parecía algo sólido entonces, a los pies del cerro de San Cristóbal, y el malestar permanecía. Ese maldito veneno. Quizá lo llevase ya dentro.
Fernando regresó con frío de su mañana en el campo. Ni había cazado ni se había detenido a hacer un fuego con el que calentarse. Su ánimo solo le había dejado cabalgar sin rumbo, en círculos, helándole el rostro y provocándole el llanto. Cuando entró en la sala de estudio vio que alguien le esperaba. Se trataba de un hombre vestido con lujo disimulado, maduro ya, de figura tan sólida como sus principios. Fernando lo conocía bien; todos conocían bien a Fadrique Álvarez de Toledo, grande de España, duque de Alba. Sus visitas a Mojados, a la residencia del infante, se habían sucedido a lo largo de los últimos meses. Todas habían transcurrido del mismo modo: el tono paternalista de Fadrique; aquí y allá un recuerdo del rey Fernando, a quien el de Alba había servido con celo durante años; las preguntas que parecían inocuas sin serlo, y los consejos, siempre los mismos: «La lealtad es el mayor valor de un hombre», «Carlos necesita nuestro servicio», «No prestéis oídos a quienes os piden traición, no os sirven a vos, solo a ellos mismos».
—Vuestro hermano está ya en Castilla.
Fernando llevaba tanto tiempo preparándose para oír esas palabras que cuando al fin las escuchó no sintió nada.
—Ha llegado la hora de que demostréis que no sois noble solo de cuna. Fidelidad a los deseos de vuestro abuelo, alteza.
A la caída de la noche, Fernando salió de nuevo a cabalgar. Las advertencias del duque de Alba le habían provocado una ira que él mismo reconocía pueril, como la que le provocaba su abuelo el rey cuando le enmendaba cada falta; ese enfado injusto de quien sabe que yerra pero odia que se lo recuerden. Los cascos del caballo de Fernando resonaban indiscretos al dejar atrás su palacete. Quería que los espías de Cisneros le siguieran, que dieran cuenta al cardenal, que el reino entero pronunciara su nombre en corrillos nerviosos.
En la residencia de Germana de Foix las noches eran largas. A la viuda de Fernando de Aragón hacía tiempo que le daba miedo dormir. La pesadilla era siempre la misma: un desierto infinito, como solo conocía por relatos, y una voz divina que le obligaba a recorrerlo hasta un extremo que se intuía pero no se divisaba. Lo había soñado por primera vez el día en que había muerto su esposo, cuando España se había preguntado qué haría con esa viuda incómoda, con esa mujer altiva, bella pero sagaz en exceso, con esa francesa que ni siquiera le había dado un hijo al rey para unirse a estos reinos. Era además demasiado joven para que se apiadasen de ella. Dieciocho años y esposa, veintiocho y viuda. Mientras fue consorte Germana nunca intentó encandilar a los súbditos, porque sabía que su pecado era original, irreparable: ella no era Isabel, pero ocupaba su lecho. En esos años apenas había sido capaz de entablar un solo afecto, y esa noche ese afecto estaba a su puerta, con los labios morados por el viento cortante y la pelambrera revuelta, recién descabalgado: Fernando.
En el salón de Germana, amplio para cualquiera menos para quien había sido reina, Fernando y ella tomaron asiento.
—Diez misivas me ha costado que me visitéis —dijo Germana.
—No os ofendáis. He ignorado tanto las vuestras como todas las demás.
—Y os arrepentís de haberlo hecho.
Fernando dio un sorbo a un vaso de aguardiente. Le quemó los labios. Percibió que en cambio Germana lo bebía sin inmutarse, como si fuera néctar. «Ojalá esa fuerza para mí», se dijo. Aunque apenas nueve años mayor que él, era lo más parecido que tenía a una madre. La que vivía en Tordesillas era poco más que una carga vergonzante para él. Su infancia había constituido una labor de Estado de Fernando y de Germana, pero no había faltado el cuidado amoroso, el único calor que en su vida le habían dedicado.
—Mi esposo os tenía como preferido —dijo Germana—. El testamento no era el que ahora es.
Fernando no sabía qué decir, cómo resolver la batalla que se libraba en su interior entre la obediencia y la rabia orgullosa de quien hacía un año, antes de que su abuelo cambiase tan solo unas letras de sus últimas voluntades, iba a ser rey.
—¿Qué dicen los reinos, si es que no han callado ya? —preguntó Fernando.
—Se hincan ante vos. Poco efecto han tenido las maniobras del cardenal para aislaros. Carlos está condenado en el corazón de los españoles. ¿Qué esperar de quien ha faltado a su propia madre proclamándose rey sin su beneplácito? ¿Qué mal hijo da buen rey?
—Habláis de mi hermano.
—La deslealtad a Carlos sería la mayor muestra de devoción a Castilla y Aragón que podríais dar —replicó Germana—.Vos nacisteis aquí, amáis estas tierras y sois amado por ellas.
Germana miró a los ojos a Fernando y se preguntó si ese cariño exigente que sentía por él era el propio de las madres. Pero no se engañó: se sabía interesada, pragmática. Si quería a Fernando en el trono se debía, ante todo, a que con él al mando su futuro no se asemejaría a un inmenso desierto que recorrer. Por el contrario, Carlos era una incógnita. ¿Qué haría el de Gante con ella cuando gobernase? Dejar que languideciera en un palacete que a nadie recibía, ofrecerle si acaso un título con rentas ridículas; convertir a quien había sido consorte en una eterna buscavidas.
Sin mediar palabra Germana abandonó la estancia. Cuando volvió tomó la mano de Fernando y la abrió con cuidado, como una flor. Acto seguido, dejó caer una sortija en su palma. Él la observó y tomó aire, porque sintió de golpe que le faltaba.
—El sello real —anunció Fernando.
—Vuestro abuelo habría querido que fuese para vos.
Fernando estudió el anillo y creyó verse reflejado en él: su cara deformada por la curvatura, su cara dorada.
—Si no actuáis, querido mío, será lo único de rey que tendréis.
Una hilera de carromatos, carruajes y caballería avanzaba bajo la mirada de hombres y mujeres atónitos. Habían salido a comprobar que los rumores eran falsos. Pero ahí estaba, ante sus ojos, el estandarte de Castilla, que apenas se aguantaba quieto a causa de un viento feroz. En los caminos de Llanes nadie había visto nunca algo semejante. Ya resultaba insólito que los recorriera un forastero, un funcionario pedigüeño o un mercader; pero ¡el rey! El suelo, indiferente a la dignidad del que lo pisaba, entorpecía la estabilidad de la caravana con piedras y desniveles. En el interior del carruaje regio, Carlos era una cabeza pálida bajo capas y capas de pieles que se escurrían con el bamboleo del transporte. Chièvres y Leonor, aunque también arropados, soportaban mejor el frío.
—Creo recordar el perfume de mi madre —murmulló Carlos—. No así sus ojos, o sus manos.
—Yo sí guardo buena memoria de su rostro, tenía ya ocho años cuando la vi partir hacia Castilla —dijo Leonor.
—Sois afortunada por atesorar ese recuerdo.
—¿De veras?
A veces Chièvres se sorprendía de hasta qué punto sus planes funcionaban. Las razones políticas por las que se encaminaban hacia Tordesillas, y no al encuentro con el cardenal Cisneros en Valladolid, se habían eclipsado para Carlos. Ahora todo era Juana y la reunión con ella. Tal y como el consejero había previsto, el rey no había preguntado dos veces por qué no acudían antes a entrevistarse con un regente moribundo que estaba ansioso por conocerle y por cederle el mando. El deseo de Carlos de desvelar al fin el enigma que era su madre le impidió pensar en otra cosa. Había bastado con una frase del consejero para convencerle: «Las voces que se han alzado contra vuestra proclamación en Bruselas serán silenciadas cuando consigamos el respaldo de Juana. El cardenal puede esperar». «Pero quiera Dios llevárselo antes», pensó Chièvres. Desearle una pronta muerte al cardenal, quien en toda ocasión se había mostrado laborioso y leal con ellos, no provocaba apuro alguno en el alma de Chièvres. A decir verdad, habría querido para él una larga vida si no fuese un obstáculo para su principal interés: que Carlos tomara el mando de España solo bajo su influencia, sin que ese anciano, desde su cima de autoridad y sensatez, inoculara en el joven siquiera una sola idea que el consejero no quisiera que tuviera. Para dar tiempo a la Providencia a que hiciera su trabajo con el purpurado, Chièvres había elegido la ruta más larga y tortuosa para viajar de Asturias a Tordesillas.
Los espías de Cisneros apenas tardaron unas horas en informar al regente de la visita del infante Fernando a Germana de Foix, y de que poco después la viuda recibió a los cabecillas del bando conspirador. El cardenal nunca había sabido qué esperar de la viuda del rey Fernando, pero siempre había intuido que acabaría dando problemas. Cisneros maldijo su cálculo. Creía que la ausencia de Carlos había sido el alimento de los conspiradores, y que su llegada zanjaría cualquier maniobra contra él. Pero la angustia de ver al fin al rey encaminarse al trono estaba espoleando a los que no lo querían en él.
—El infante va a dudar.
Cisneros masculló su mal augurio ante Adriano de Utrecht, que solo necesitó esas cinco palabras para apresurarse a su escritorio y redactar una misiva en el tono más alarmante del que se veía capaz. El destinatario: Chièvres.
Carlos llevaba horas sin asomarse al paisaje, que era un continuo de montañas y valles verdosos. El viaje le fatigaba, pues no lo había imaginado tan largo. Soportaba el balanceo del carruaje y ese frío húmedo, pero no así la inquietud creciente que le hacía sentir el reencuentro con su madre. A lo largo de su vida, Juana había sido apenas un nombre pronunciado en voz baja. Las menciones a ella, nunca demasiadas, se habían ido apagando al tiempo que había crecido la certeza de que no saldría jamás de su encierro castellano. ¿Qué sentido habría tenido recordarle a un niño que a cientos de leguas habitaba una sombra? Tan solo algún aya indiscreta le había contado cosas que Carlos hubiese querido no saber. Así que confiaba en no padecer demasiado cuando le pidiera a su madre que le dejara a él la labor de reinar. Se lo estaría exigiendo a una extraña a la que nadie, ni el rey Fernando, ni su padre Felipe, ni el regente Cisneros, había querido en el trono.
El cielo crujió encima de la caravana. Instantes después un aguacero cayó con furia sobre la comitiva. Las maniobras para guarecerse movilizaron a todos, desde el ayuda sin nombre hasta el propio rey. Mientras buscaba a la vera del camino un techo rocoso en el que resguardarse, Carlos agradeció a Dios que le hubiera obligado a salir de sus pensamientos.
—Raspaduras de unicornio y su alteza se repondrá en dos jornadas.
Chièvres se congratuló de haber encontrado a un galeno de recursos en aquella parada forzosa. Carlos tosía bajo sus pieles, sentado en una amplia butaca granate. La estancia en la que se encontraban ganaba con mucho en dignidad a aquella en la que se habían hospedado en Tazones. Palencia tampoco estaba preparada para acogerlos, pero desde su llegada los señores del lugar se habían desvivido por que no lo pareciera. Carlos estaba ingiriendo el remedio cuando una presencia se asomó con timidez desde la puerta.
—¿Majestad?
Las miradas de Carlos y Chièvres buscaron el origen de la voz. Las vestimentas de arzobispo del recién llegado bastaron para invitarle a acompañarlos.
—Tened al arzobispo de Burgos como vuestro más leal servidor —dijo el visitante, ya postrado ante Carlos—. Deseo juraros la obediencia debida.
Carlos, entre fiebres, escuchó el juramento del arzobispo. Cuando este hubo terminado y aun deseando la soledad más que ninguna otra cosa, ofreció asiento a su invitado. Este miró a Chièvres a la espera de que los dejase solos, pero el consejero permaneció en el sitio como si tuviese los pies clavados al suelo. Al arzobispo no le quedó otra que asumir su presencia.
—Soy el primero de los muchos que vienen de camino a juraros. Castilla está con vos. Desoíd a quienes digan lo contrario.
—¿Siguen diciéndolo? —preguntó Chièvres.
El arzobispo, afanado en demostrar su lealtad, comenzó un relato de dimes y diretes, de cuchicheos entre nobles, de veladas en las que el nombre del infante Fernando se pronunciaba demasiado a menudo. Carlos contempló al consejero, que sonreía como si en lugar de intrigas contra ellos estuviesen oyendo poesía. Este estaba seguro de que bastaría con su visita a la reina Juana en Tordesillas para que el bando fernandino se disolviera como la suciedad en el agua.
—La lealtad de Fernando está fuera de toda duda —dijo Chièvres, sin creérselo—. Y quien trató de amenazarla pintando para él un futuro absurdo ya ha sido castigado por ello.
El arzobispo se preguntó si debía corregir a Chièvres y explicarle que el recelo hacia ellos seguía existiendo, que los cargos castellanos concedidos a los flamencos habían indignado a muchos, que los gastos de la corte bruselense de los que España se había hecho cargo se habían considerado abusivos, que la legitimidad de su proclamación había despertado dudas. Pero ¿qué necesidad tenía él de ensombrecer al rey? Quedaría así marcado para siempre con un aura de desgracia, como el agorero del que nadie guarda buen recuerdo. Por eso optó solo por permitirse despejar una duda, y hablaba por muchos.
—Dicen también que vuestra… amistad con Francia es tal que Navarra volverá a sus manos en breve tiempo. Habladurías, ¿no es cierto?
—Bendito sea el destino.
Era todo lo que Francisco I de Francia tenía que decir acerca de la llegada de Carlos al reino de Castilla. En el salón del consejo del castillo de Amboise estaban acostumbrados a que el rey despachase sin mucho interés los asuntos de Estado, pero el barón de Montmorency, siempre puntilloso, exigió que se extendiera en la cuestión.
—¿Qué cuestión? —preguntó Francisco—. Vasallo de Francia fue su padre, vasallo es y será él.
Aunque no había sido la cuna, sino la habilidad de su madre, Luisa de Saboya, la que había llevado a Francisco al trono, cualquiera hubiera dicho al verle que su aspecto no valía para otra cosa que para portar un cetro. Sus dos metros de altura y sus espaldas anchas le impedían la sumisión a otro. La nariz infinita era su determinación hecha carne y hueso. Solo sus deseos, tan variados como imperiosos, le ponían bajo las riendas. Había nacido insaciable; una sola nodriza no bastaba para alimentarlo. Y su apetito no se había aminorado con el tiempo, solo había dejado de ceñirse a la leche tibia para convertirse en ansia de tierras, de amantes y de conocimiento. ¿Cómo podría, desde ese ímpetu que nada se privaba, sentirse amenazado por un jovencito flamenco que al poco de proclamarse rey de España se había apresurado a recordarle a Francia que seguía siendo su vasallo? El asunto perturbaba tan poco a Francisco que aprovechó el consejo para releer la misiva que había recibido hacía dos días y que desde entonces le acompañaba allí donde fuera. «¿Qué queréis de mí?», leyó, y se excitó. La caligrafía de Francisca de Foix era fina y cortante como ella misma, con cierres sinuosos en algunas letras, lo que el rey entendió como una promesa de sensualidad.
—El Tratado de Noyon que firmasteis con Carlos no es motivo para tanto optimismo —aclaró su madre, siempre en los consejos—. Aunque nada guía mejor a Francia que vuestra confianza, mi césar.
El equilibrio imposible entre la severidad y la devoción: así era Luisa de Saboya con Francisco. La madre del rey no vivía para sí misma desde que él le había desgarrado las entrañas al nacer. La primera mirada entre ambos había sellado un pacto al que el destino se sumó dejando sin heredero al rey Luis XII, tío de Francisco. Pero la consanguineidad no lo hizo todo, y sí, en cambio, Luisa, a quien la viudedad temprana le había dejado la vida entera para dedicársela a sus hijos Margarita y Francisco, con entrega y ambición desmedidas a este último. Este, tan pronto se hubo sentado en el trono, se había levantado para partir a su primera batalla, como si hubiese estado conteniendo su fuerza y la corona la hubiese liberado al fin. Con su victoria en Marignano no solo se había hecho con Milán, sino también con lo que más buscaba: que Europa supiese que el nuevo rey de Francia iba a marcar una época con su osadía. Luisa atesoraba toda la atención del mundo en su cuerpo menudo, y aquella codicia se personificaba en su hijo, en ese hombre cuyas hechuras enormes parecían darle la razón: ella se había consumido para engrandecerlo.
—No os confiéis. A Carlos se le tiene por un joven sin sangre, pero los castellanos correrán a envenenarle con su odio a Francia, y él se servirá de ello para aspirar a la Borgoña y quién sabe si al ducado de Milán que yo gané para vos.
Quien decía esto era el duque de Borbón. Sus palabras, no por desatinadas, provocaban siempre un espasmo de desagrado en Francisco. Cuando el rey posó sus ojos en él no vio a un hombre fino, de mirada astuta y apostura eternamente digna, sino al duque de Auvernia y Chatellerault; al dueño de los condados de Montpensier y Gien, la Marche y Clermont-en-Auvergne y Forez; al señor de Combrailles, Beaujolais, Roannais, Thiers y Annonay. La mayoría de esos títulos le fueron asignados al desposarse con Susana de Borbón, la achacosa hija de Ana de Francia, pero su grandeza era tal que a Francisco le exasperaba, y poco le importaba si su origen estaba en la cuna o en un matrimonio tan ventajoso. Se trataba del único hombre de Francia al que el monarca no percibía como el súbdito que debía ser. Le había nombrado jefe de los ejércitos franceses y gobernador de Milán, joya que el Borbón había ganado en el campo de batalla. Pero las prebendas, con las que Francisco había buscado sentir al fin su superioridad (¿acaso puede un hombre permitirse ser generoso con quien le sobrepasa?), no habían suavizado su inquina hacia él. Quizá se debiera al sempiterno odio que el monarca francés sentía por el linaje que el duque representaba. Hacía no demasiado la casa del rey, la de Angulema, vivía avergonzada de su humildad frente a sus vecinos de tierras, los Borbón. Francisco se había servido de la corona para enriquecer a los suyos y así compensar ese pasado de título sin gloria, pero no existía oro suficiente que convenciese al rey de que el duque no rivalizaba en eminencia con él.
—Carlos es tan vasallo mío como vos —dijo el monarca—. Cuanto mayor sea su rango, más grande me hará. Mas os haré caso y me guardaré de él. Tanto como de vos.
—No será necesario, alteza —respondió el duque—. Solo amenaza quien envidia. ¿Y cómo podría envidiaros, si vuestros antepasados fueron felices siendo escuderos de los míos? —En la sala del consejo se hizo un silencio—. No es envidia lo que siento por vos, sino devoción y amor —añadió el duque con tal serenidad que más que enmendar la ofensa la acrecentó.
—¿Qué otra cosa podría hacer el mejor galgo de mi jauría? —sentenció el rey.
Acto seguido, tomó la misiva de Francisca y levantó el consejo. Mientras abandonaba el salón notó cómo le hervía la sangre. Nunca dejaba sin réplica las insolencias del duque, pero le encendía el mero hecho de que este se las permitiera. En su fuero interno estaba convencido de que si ambos no fueran quienes eran, la sangre hacía tiempo que se hubiera derramado.
El pasadizo que unía la residencia real de Amboise con el castillo de Clos-Lucé se asemejaba a una lengua negra a esas horas de la noche. El candil que llevaba Francisco apenas iluminaba a su alrededor. Para no dar pasos en la oscuridad Francisca de Foix se veía obligada a caminar pegada a la espalda del rey. De una manera o de otra, se dijo, Francisco se acercaba un poco más a cada encuentro. Ahora que caminaba ante ella y no la veía, la mujer se permitió mirarlo con deseo. Desde que se había sabido objeto de la atención del monarca se había afanado por fingirse ofendida, desinteresada y cansada de su insistencia, pero se cuidaba siempre de dejar una grieta pequeña en sus rechazos, para animar a Francisco a seguir cortejándola. La impostura la agotaba, pero su amor propio le impedía sumarse a la lista infinita de mancebas del rey; era nada menos que la condesa de Chateaubriand, no una de las tantas damitas de título risible que pululaban por la corte y que se sentían honradas cuando Francisco las tomaba en un estancia a oscuras, sin mediar palabra y solo una vez. El amor a su esposo era otro freno, pero su relación con Jean hacía tiempo que resultaba demasiado dulce. Las miradas de deseo de Francisco alimentaban su vanidad y la encendían sin que pudiera evitarlo; sus conversaciones, agudas como las que una mujer de su ilustración requería, empezaban a serle necesarias.
Una vez agotado el pasadizo, se abrió al fin para ellos Clos-Lucé. Tras recorrer en silencio varios pasillos y salas vacías del castillo llegaron ante la puerta de una estancia. Francisco se volvió a mirarla.
—Ningún hombre os regalará lo que yo ahora —dijo él.
Francisca jugó a no impresionarse con su promesa, pero cuando el rey franqueó la puerta y la adentró en el lugar, su contención se desvaneció. Giró sobre sí misma, fascinada. La Gioconda le devolvió la mirada. Y con ella, otras tantas obras maestras de Leonardo. Su San Juan Bautista posó sus ojos dulces sobre la condesa.
—Si el maestro se enterase de que hemos entrado sin su permiso, me castigaría —confesó Francisco—. Y yo dejaría que lo hiciese. Le admiro tanto que mi corona nada me envanece ante él.
La condesa estaba al corriente, como toda Francia, de que Leonardo da Vinci vivía en Clos-Lucé desde hacía ya un año, bajo el sueldo y el amparo del rey. Pero el soberano guardaba al genio con tanto celo y afecto que la visita a su estudio solía ser una petición denegada. Francisca se acercó a una mesa de trabajo sobre la que se amontonaban planos de arquitectura. Tomó uno de ellos con lentitud, respetuosa. Francisco se situó tras ella y aspiró el perfume de su pelo negro. Ella lo notó.
—¿Os arriesgáis a enfadar a quien tanto estimáis solo por complacerme? —preguntó Francisca.
—Ofendería a Dios por vuestro favor —replicó él.
—Ya lo hacéis. Estoy casada, sire.
—¿Acaso no lo estoy yo?
Entretanto, en un lujoso dormitorio del castillo de Amboise, desde el que habían partido para llegar a la residencia de Leonardo, la reina de Francia, Claudia, dormía sola, como tantas veces.
—Pero yo no soy hombre, ni rey —sentenció la condesa.
—Si es pecado, ¿por qué ha avivado Dios este deseo febril por vos en mi alma? —insistió el soberano.
—No le culpéis a Él de lo que solo es falta vuestra —replicó ella—. ¿No contáis a Epícteto entre vuestras lecturas? «El deseo y la felicidad no pueden vivir juntos.»
—Bien lo sé. Es teneros lo único que podría colmarme.
Francisca no respondió. El cuerpo del rey estaba tan próximo al suyo que podía notar cómo la calentaba.
—He de irme —dijo volviéndose a Francisco.
Se sostuvieron la mirada en un silencio cargado de promesas. El rey la tomó de la mano y, obediente, se dirigió con ella a la salida. En la fina muñeca de la condesa se percató de su pulso agitado, y sonrió.
El palacio de Tordesillas esperaba. Con serenidad, sin hacer apenas ruido, el Duero discurría a sus pies, como si no quisiera perturbar a Juana, que llevaba años encerrada a su vera. Era una mañana fría, de nubes pasajeras. Tres carruajes se detuvieron a la puerta principal, en paralelo al río. Carlos no tardó en apearse del primero de ellos. Las dos plantas del palacio se alzaban ante él como una amenaza mucho mayor que su altura. Llevaba días preparándose para ese encuentro, pero en ese instante se le escaparon todas las reflexiones, todos los modos de apaciguarse que había estado buscando durante el trayecto. Había pensado que el funeral por su padre, recién celebrado donde reposaban sus restos, en el convento de Santa Clara, a poca distancia de donde se encontraban, le causaría tal tristeza que le ayudaría a distraerse. Pero había ocurrido justo lo contrario: la preocupación por el encuentro con su madre le había impedido toda emoción ante la tumba de Felipe, su progenitor.
—El ánimo de vuestra madre es vulnerable, ha de ser preparado para emoción tan grande —le advirtió Chièvres mientras se alisaba los ropajes, arrugados por el viaje—. Yo anunciaré vuestra llegada.
Leonor tomó a Carlos del brazo. Los hermanos avanzaron hasta la puerta del palacio, siguiendo a Chièvres. Antes de cruzarla, se miraron y prefirieron callar.
A Chièvres le costó habituarse a la oscuridad de la cámara de Juana. «La reina no quiere luz», le había avisado Beltrán de Fromont, su aposentador. Al cabo de unos instantes Chièvres percibió la presencia de Juana, pero no la divisaba. Cerró los ojos para acostumbrar su vista a la negrura, y cuando los abrió, la figura de ella, entretejida de sombras, se le dibujó como un espectro.
—Alteza.
—Esa voz… Es de Flandes —dijo Juana.
—Allí tuvo lugar nuestro último encuentro. Hace más de diez años.
—Señor de Chièvres.
Chièvres se sentía como en un sueño: dos voces del pasado que se reencontraban en esa oscuridad densa, de purgatorio. La hija de Isabel y Fernando hacía tiempo que había dejado de juzgar su existencia. Su vida habían sido sus primeros treinta años; en ellos había amado, odiado, se había rebelado y había sufrido con una intensidad que nunca nadie quiso entender. Cuando su padre había ordenado encerrarla en Tordesillas para gobernar Castilla en su nombre, de eso hacía casi una década, Juana ya había agotado su interés por el trabajo de vivir. Lo cierto era que Felipe había sido al final un buen esposo: se la había llevado con él al morir.
—¿Cómo han crecido mis hijos? —preguntó Juana, y por su tono se entendió que podría soportar cualquier respuesta.
—Felices. Ingeniosos. Sanos.
—Qué dicha.
—Alteza, han venido a visitaros.
La silueta de Juana se agitó como una rama al viento.
—¿Por qué ahora y no antes, o nunca? —preguntó.
—Porque habéis de tener trato y avenencia con aquel con quien ahora reináis —explicó Chièvres.
La figura de la reina se aquietó.
—¿Mi padre ha muerto?
El consejero se sorprendió; «Un encuentro nunca se prepara lo suficiente», pensó. Jamás había imaginado que Juana ignoraría la muerte del rey Fernando, de la que ellos le habían dado cuenta por carta desde Bruselas. Alguien la había interceptado. O quizá ella la había leído y sus demonios, benévolos, habían decidido que la noticia cayera en el olvido.
—El gobierno será ahora vuestro en nombre y de vuestro hijo Carlos en esfuerzo. Mucho ansía veros y ser bendecido por vos.
Chièvres aguzó el oído para percibir su reacción, pero no hubo otra cosa que mutismo. Por un momento el consejero se dejó alcanzar por la compasión. Imaginó el alma de la reina, anestesiada desde hacía años, esforzándose por asumir de un solo golpe que su padre había muerto, que nadie había querido darle la noticia y que en la sala contigua le esperaba el hijo del que se había separado hacía una década y que entonces se anunciaba como su rey consorte. Al fin, un eco: Chièvres oyó un sollozo ahogado y se dio media vuelta para respetar su llanto.
—Tengo el mejor consuelo para vuestra alma.
Al otro lado del patio del palacio, en una estancia sin uso, Leonor, incapaz de distraerse, ocupaba una butaca. Cerca de ella Carlos contemplaba el tapiz que cubría el muro. El palacio estaba decorado con multitud de ellos, pero ese le había llamado la atención. En él la Virgen María, que ocupaba el centro del dibujo, mostraba un gesto de pesar infinito. A su alrededor se acumulaban decenas de personajes que apenas le dejaban espacio; todos dirigían su mirada hacia ella, admirados pero a la vez exigentes. A los pies del manto de la madona estaba su Hijo, desnudo, triste también. Carlos entendió lo que la Virgen y el Niño estaban sintiendo: el anhelo de ser tan solo una madre y un hijo, sin agasajos, sin la carga de lo que el destino había decidido para ellos.
—¿Quién va? —dijo Leonor con alarma.
Carlos se volvió justo a tiempo para divisar, en la sala contigua, una figura que huía. Leonor saltó de la butaca y corrió tras ella. Carlos la siguió. La sala en la que se adentraban, también forrada con tapices, estaba protegida del sol por unos cortinajes plomizos. Tras uno de ellos se percibió una agitación.
—Presentaos ante vuestro rey o haré que mis soldados os apresen —dijo Carlos.
Un gemido infantil salió de los cortinajes. Parecía el de una niña. Ya sin temer, Carlos descorrió la tela. La niña se encogió en el suelo, acobardada sobremanera.
—Ha de ser una lavandera —le susurró Leonor a Carlos, atenta a sus ropajes humildes.
La niña escuchó el comentario y la ofensa la obligó a levantarse con energía.
—Soy la infanta Catalina —dijo con irritación—. ¿Quién sois vos, y por qué jugáis a llamaros rey?
A Carlos y Leonor les costó creer que ese animalillo tembloroso, delgado y transparente de tan pálido, disfrazado de criada, fuera su hermana Catalina, la hija que había tenido Juana estando Felipe ya muerto, la que había vivido desde los dos años entre los muros de ese palacio como consuelo inútil de su madre. A punto estuvo Carlos de apartar la mirada de la niña, de tanta tristeza que le provocó.
—Somos vuestros hermanos.
A Catalina le temblaron los labios. Hasta entonces, su vida en Tordesillas se había sucedido como una rueda de días idénticos: almuerzos que nunca sorprendían, unas pocas horas junto a su madre hasta que esta perdía la mirada y pedía soledad, la oscuridad de su cuarto sin ventanas al que no llegaba sonido alguno. La aparición de sus hermanos resultó para ella tan inesperada y emocionante que le aterraba y la incitaba a huir; pero no lo hizo.
—Nuestra madre ha debido de hablaros de nosotros —dijo Leonor.
—Mi madre es callada —replicó Catalina.
La niña se fijó en los ricos bordados que lucía Leonor. Admirada, llevó su mano hasta ellos y los acarició; luego sus pendientes y su tocado. Eran tactos nuevos para ella. Leonor contuvo el llanto.
—¿Cómo es… la vida aquí? —Carlos buscó la manera de preguntarle a Catalina si su existencia se asemejaba al infierno—. ¿Recibís visitas?
Catalina calló.
—¿Os instruyen? ¿Oís música?
Catalina calló de nuevo.
—Y el río, ¿lo paseáis?
—¿Qué río? —contestó la niña.
Carlos se apresuró a abandonar la estancia para quedarse a solas en la contigua. Siempre le había avergonzado derrumbarse ante los demás.
—Vuestra madre os espera —anunció Chièvres, que instantes después reparó en la turbación de Carlos—. ¿Qué os ocurre?
Del mismo modo que Chièvres, Carlos y Leonor tardaron un tiempo en adaptarse a la penumbra de la alcoba. Un destello amarillo rompió la oscuridad: Juana estaba encendiendo un candelabro de cinco brazos.
—Avanzad, avanzad.
Ambos hermanos obedecieron y cayeron así bajo la iluminación de las velas. Por un momento nadie respiró ni dijo palabra. Carlos y Leonor observaron a su madre con avidez, resarciéndose de los años en que no habían podido hacerlo. El aspecto de Juana relataba su historia: una belleza agotada, surcada por las emociones pasadas, de ojos inertes; una belleza sin sentido, pues quien debía admirarla, Felipe, ya no existía.
—Pero… ¿sois mis hijos? —preguntó Juana, arremetida por un golpe de vida.
Carlos percibió aquel perfume materno que todavía recordaba. Le causó una emoción violenta: algo peor que la alegría y mejor que la tristeza, y que en ese instante sentía por vez primera.
—Madre.
El hijo tenía tantas preguntas que prefirió no hacerlas. Se impuso el hombre de Estado que habitaba en él y que terminó hablando.
—Quería que supieseis que, nada más llegar a la villa, hemos honrado a nuestro padre con una misa de gran esplendor.
—Muchas han sido las lágrimas derramadas por él —mintió Leonor.
Entretanto, Chièvres seguía el encuentro desde más allá de la zona iluminada por el candelabro. Le incomodaba el exceso de emoción. Temía que pudiera tambalear la voluntad de Carlos.
—Vuestro hijo tiene una gran noticia para vos —interrumpió el consejero—. Se ofrece a descargaros de la tarea del gobierno, que tantos pesares os podría causar…
Juana miró a Carlos, como si Chièvres no existiera. Tomó las manos de su hijo, que notó húmedas y frías, puro nervio.
—Si algo ya no poseo es inocencia, hijo mío. No finjáis que vuestra ambición es una cortesía. Sois el último de muchos en buscar lo mismo de mí.
Carlos se ave
