La casa de los amores imposibles

Cristina López Barrio

Fragmento

La casa de los amores imposibles

1

Olía a pólvora en el pueblo castellano, a sangre de perdiz y de conejo, a humo de chimenea. Los cazadores, envueltos por el otoño, lucían sus presas entre las primeras ráfagas de un viento dorado. En las puertas de las casas, las ancianas se sentaban formando hileras de toquillas de luto con las vecinas para murmurar acerca de los que pasaban junto a ellas. Sus voces, curtidas por una vida de sabañones, pucheros y misas, se confundían con el arrastrar de las hojas secas. En cambio, las mujeres más jóvenes se ocultaban tras los visillos de las ventanas para mirar a los cazadores sin que las vieran, para hablar de ellos sin sentir la cercanía de la muerte.

Con la última luz del atardecer y después de haberse desollado los hocicos rastreando los montes, las jaurías tomaban la plaza y orinaban contra el pilón de la fuente de piedra con tres caños. También, si se les antojaba, orinaban en los portones de la iglesia cuyo campanario ofrecía vistas del Duero, o en las casas que mostraban escudos de armas erguidos en sus fachadas. Los ladridos asustaban a los burros, a los niños de las casas nobles y a los gatos, que se escondían entre los haces de leña apilados en los patios. Pero los cazadores, ajenos al escándalo, se entregaban al calor de la taberna de la plaza, donde el vino tinto y el cabrito asado los ayudaban a desprenderse de las serranías. A la salida, ebrios, encontraban a los perros apuñalados por las estrellas.

Acudían al pueblo con la esperanza de cazar, además de perdices y conejos, un jabalí o un ciervo; y ese deseo fue el que, a finales de 1897, arrastró a un joven hacendado andaluz hasta el pueblo castellano. Llegó en la diligencia de la tarde acompañado de dos criados y un carro con la jauría de podencos canela que los había seguido a través de Despeñaperros y la meseta. Ocupó tres habitaciones de la mejor posada y un corral entero para los podencos canela. Sin embargo, las cuernas del ciervo que traía reflejadas en sus pupilas de aceituna se le borraron de golpe al amanecer del día siguiente, cuando salió a pasear y se chocó en una callejuela con unos ojos ámbar, los ojos de Clara Laguna.

—Parecen de oro, chica, qué hermosa eres. —La tomó de un brazo.

Ella intentó zafarse y derramó el cántaro que llevaba apoyado en la cintura. El agua resbaló como una culebra por las piedras de la callejuela.

—Yo te lo llenaré otra vez en la fuente.

—Puedo hacerlo sola. —Clara escapó hacia la plaza, pero él, riendo, la siguió.

En aquella época del año, una niebla metálica cubría de madrugada la plaza. El hacendado andaluz vio cómo la silueta de la muchacha se hundía en ella hasta desaparecer. Detuvo sus pasos. Un viento gélido le azotaba el rostro y le despeinaba los rizos aceitados de la nuca. El mundo se había espesado de repente, sumiéndolo en una ceguera que le impedía seguir a la muchacha. Quiso llamarla, pero la niebla era una mordaza de hielo. Le asaltó el recuerdo templado de su cortijo, de los naranjos reventando de azahar bajo la brisa, hasta que las campanas de la iglesia tocaron las ánimas y su recuerdo se desvaneció lentamente junto con la niebla. Tras aquel tañido de muerto, Clara Laguna apareció en la fuente llenando el cántaro.

—Está pálido —le dijo cuando él se le acercó atusándose los rizos—. Le está bien empleado por no dejarme en paz.

—La culpa es de este tiempo castellano; cuesta acostumbrarse a él.

—Si no le gusta, váyase por donde ha venido.

Él se apoyó en el borde del pilón, sonriéndole. En sus botas de montar estallaba el último resplandor del amanecer.

—Pero qué bonita eres, chica, y qué hosca.

—Usted debería interesarse por saber ciertas cosas, como por qué sólo aparece esa niebla espesa en la plaza cuando se acerca el día de los difuntos.

—Lo que quiero saber es tu nombre para adornar con él tus ojos.

—Disimule ahora con galanterías, pero hace unos minutos estaba blanco del susto que traía encima.

—Está bien, muchacha, reconozco que me asusté, pero no de la niebla, ni del repicar triste de las campanas. Me asusté al no verte de pronto, al creer que ya te había perdido, así, nada más encontrarte; me asusté de que hubieras desaparecido como desapareció después esa niebla del demonio, que no me importa de dónde viene ni adónde va, porque sólo me importa mirarte.

Clara contempló el brillo de sus ojos.

—Al amanecer de los últimos días de octubre, nadie debe aventurarse en la plaza hasta que toquen las campanas. Las almas de los caballeros enterrados en la iglesia salen de sus tumbas, atraviesan los portones y forman esa niebla y ese viento. Están condenadas a luchar entre ellas con sus armaduras y espadas fantasmales hasta que consigan purgar sus culpas. Pero tras el toque de ánimas, regresan a los sepulcros, y el pueblo reza por su descanso en paz. ¿Comprende lo que le digo? Mientras no toquen las campanas, la plaza es de los caballeros difuntos, y eso se les dice bien clarito a los cazadores nuevos, y si no respetan la tradición, tendrán que atenerse a lo que pueda pasarles.

—¿Y tú, muchacha? Tú te internaste en la plaza y desapareciste.

—En este pueblo, yo prefiero a los muertos que a los vivos. Me llevo mejor con ellos.

—Parece que eres lista.

—Y por eso le digo que me deje en paz y se vaya a cazar.

—Llegué aquí con la ilusión de cazar un ciervo, pero creo que me he encontrado con algo mucho más hermoso.

Clara se pasó una mano por su larga cabellera castaña.

—No soy un animal, señor.

—Está bien, déjame entonces que te lleve el cántaro hasta tu casa para que me perdones. No quiero que se te quiebre la linda cintura con el peso.

—Mi linda cintura viene todos los días a por agua a la fuente y luego se dobla en mi huerta de tomates, así que no se preocupe por ella. Y no le conviene asomar la nariz por mi casa; sepa que mi madre es hechicera. Ella me ha hecho este amuleto para protegerme de hombres como usted. —Clara blandió un hueso de liebre emplumado, que llevaba en un cordel alrededor del cuello.

—Yo sólo soy un caballero que quiere ayudarte.

—Los únicos caballeros que quedan en este pueblo están bajo su sepultura en la iglesia… bueno, lo que queda de ellos.

—Yo no soy un caballero castellano, vengo de Andalucía.

—¿Y eso dónde está?

—Al sur, donde el sol se va tostando al atardecer y se parece a tus ojos.

—Mis ojos, entérese, son como las llanuras de un sitio que se llama La Mancha y se parecen a los de mi padre, que era de allí. Eso es lo que siempre me ha dicho mi madre.

Se ajustó el cántaro a una curva de su cintura y echó a andar hacia una de las calles estrechas que nacían en la plaza. En el cielo se acumulaban jirones de nubes grises. El amanecer se había agotado. Un aroma a tocino y a pan tierno recibió a la muchacha cuando se internó en la callejuela. Las puertas de los patios estaban abiertas y se podían ver los haces de leña brillantes de rocío, los burros con las alforjas ya cargadas de loza o vellones, los perros guardianes con las orejas alerta. Clara giró la cabeza y descubrió al joven a poca distancia. Caminaba muy erguido con los pantalones de montar.

—Dime tu nombre.

—Me llamo Clara, Clara Laguna. Y a mucha honra.

Al fondo de la callejuela, aparecieron dos mujeres de mediana edad con sus abrigos de paño grueso y cuello de pieles, y sus sombreritos de mañana coronados por una pluma de faisán. Clara entregó el cántaro al joven. Estiró su talle cuando las mujeres estuvieron más cerca y le dedicó, por primera vez, una sonrisa encantadora. Al contemplar aquello, una de las mujeres agarró el brazo de la otra y le murmuró algo al oído. El hacendado andaluz les cedió el paso mientras las señoras se lo agradecían con una ínfima inclinación de cabeza.

—Tienes una sonrisa preciosa, aunque se la hayas dedicado, en verdad, a aquellas damas y no a mí.

—Ya puede irse a cazar y dejarme tranquila. —Le arrebató el cántaro y se lo ajustó de nuevo en la cintura.

Pero permitió que el joven la acompañara hasta su casa a las afueras del pueblo, donde el empedrado de las calles se convertía en barro y la pobreza distanciaba unas viviendas de otras. Tenía las tejas descoloridas por la humedad y el abandono, y en la fachada se había instalado un musgo perpetuo. Alrededor deambulaban perros famélicos distrayendo sus rabos con los remolinos de hojas crujientes. La casa parecía despeñarse al borde de una torrentera seca en la que la muchacha había plantado una huerta de tomates. En la parte trasera había un corral con cuatro gallinas y una cabra. Más allá se extendía un pinar atravesado por la carretera de tierra que conducía hasta el pueblo vecino. La muchacha vivía con su madre, una mujer envejecida que inventaba hechizos para ahuyentar el mal de ojo o para curarlo, preparaba amuletos que proporcionaban buena caza, cosía virgos y leía el futuro en un esqueleto de gato que guardaba, como un tesoro, en un saco rígido tras untarlo con una mezcla de resina y savia de lirio.

Clara se detuvo ante la puerta. La envolvía el perfume de los pinos blandos por el relente del otoño y el de la tierra encharcada de setas. Del interior de la casa se escapaban los ronquidos de la madre, pues había pasado la noche leyendo el futuro en el esqueleto de gato a la mujer y a las hijas del boticario.

—Mañana, a esta hora, vendré a buscarte para dar un paseo.

—Haga usted lo que le venga en gana.

Cerró la puerta, pero se apresuró a asomarse por una de las ventanas. Lo vio alejarse con las manos resguardadas bajo la capa.

Quizá no vuelva, pensó Clara Laguna, mientras fregaba los pucheros de los hechizos de su madre; quizá no vuelva, pensó cuando fue al corral para dar de comer a las gallinas; quizá no vuelva, pensó mientras ordeñaba la cabra; quizá no vuelva, después de que despertara la madre al mediodía y almorzaran unas migas con chorizo; quizá no vuelva, a la tarde sembrando una nueva mata de tomates; quizá no vuelva, al descender el sol entre las copas rojas de los pinos; quizá no vuelva, mientras preparaba los hilos y las anestesias de flores para el remiendo del virgo de la hija de un cacique; quizá no vuelva, cenando un puchero de legumbres con ajo; quizá no vuelva, soñando con los ojos de él. Pero a la mañana siguiente, tras regresar de la plaza con el cántaro y el chal de los domingos, el hacendado andaluz, a lomos de un caballo tordo, la esperaba al pie de la torrentera seca.

—He venido por ti —le dijo desmontando.

—Pues se ha dado un paseo en balde.

La muchacha, con el corazón martilleando el barro del cántaro, se encerró en su casa.

Era una mañana brumosa, la última del mes de octubre. El joven se dirigió hacia una de las ventanas, apoyó un codo en el alféizar polvoriento y se puso a entonar una canción, pues, además de a la caza, era aficionado a la copla y tenía una voz muy bella.

—¿Es que quiere alborotarme las gallinas? —le preguntó Clara abriendo la puerta.

Tras la muchacha, el hacendado descubrió a una mujer con un moño de cabellos canosos y tuerta del ojo izquierdo.

—Le presento mis respetos, señora, y mis disculpas si la he despertado.

—Buenos días, joven —dijo la mujer con una garganta rocosa—. ¿Qué te trae tan temprano por aquí con esos cantos?

—¿Sería tan amable de decirme si es usted la madre de Clara? —preguntó esforzándose en no mirar la pupila grisácea y seca del ojo tuerto.

—Así es. Aunque te cueste creerlo, hubo un tiempo en que yo también fui hermosa como ella.

—Desearía, entonces, pedirle permiso a usted o al padre de Clara para dar un paseo con su hija.

La mujer soltó una carcajada.

—Muy lejos tendrías que irte para pedir permiso al padre. En esta casa los permisos siempre los he dado yo y sólo yo, y antes de mí, mi madre, que espero que la tierra se la esté tragando bien. —Le tembló la pupila negra del ojo derecho—. Eres cazador.

—Desde luego.

—Pues debes comprarme un amuleto.

La mujer desapareció dentro de la casa, pero regresó enseguida con un colmillo de jabalí recubierto de plumas de perdiz.

—Te lo aseguro, muchacho, con esto los animales saldrán a tu encuentro por los montes. No errarás el tiro.

El hacendado andaluz le entregó unas monedas.

—Puedes irte de paseo con Clara. Mi hija ya hace lo que le viene en gana, pero por el vestido y el chal que se ha puesto, creo que aceptará.

—No diga tonterías, madre, sólo me he arreglado para ir a la plaza.

El hacendado montó primero en el caballo tordo y después ayudó a Clara a subirse en la grupa.

—Hay un encinar no muy lejos de aquí, si quiere puedo enseñárselo.

Siguiendo las indicaciones de la muchacha, dirigió el caballo hacia el pinar e hizo que se internara en él, alejándose de la carretera de tierra por donde transitaban las carretas y la diligencia. Enredaba la mañana un viento helado que traía el rumor de los disparos de los cazadores ocultos en los montes.

—Hágale galopar, hágale galopar.

—Puede ser peligroso entre los pinos.

—No sea cobarde —insistió Clara con el rostro húmedo.

Él agitó las riendas y el caballo se puso al galope. Al mismo tiempo que latía el corazón de Clara, los cascos del animal golpeaban la tierra poblada de musgo y helechos amarillos. Abrazada a su cintura, sentía la espalda fuerte y el aroma a olivas de los rizos. Jamás había cabalgado como aquel día, y jamás podría olvidarlo: los brazos tensos manejando las riendas para esquivar los árboles y las rocas que surgían entre ellos; las águilas planeando en la bruma, el relincho del caballo cuando resbalaron sus cascos sobre un lecho de agujas y el hacendado comenzó a sudar una fragancia de naranjas. Una llovizna les atravesó, prietos los muslos del joven contra la carne del caballo y los de Clara prietos contra los de él, y cuando llegaron a los últimos pinos desperdigados al pie de una colina, estalló la tormenta.

—Este animal necesita descanso.

—El encinar ya está cerca.

Mientras el caballo ascendía la colina, Clara le soltó la cintura y sintió los brazos doloridos. En lo alto, surgió la silueta de un valle donde se hundían las copas de unas encinas gigantes. Llovía con fuerza, un relámpago alumbró la tierra que se había tornado rojiza y pastosa. Bajo la capa empapada, él se estremeció. Ella apretó el pecho contra su espalda para calentarle.

Cuando llegaron al encinar la bruma se disipó, cesaron también los truenos y los relámpagos; el cielo se abrió dejando paso a una lluvia diáfana. Antes de desmontar, Clara Laguna se arrancó su amuleto y lo metió en un bolsillo del vestido. El viento se hizo más débil.

El encinar estaba atravesado por un río, cuyas aguas corrían entre remolinos y pozas. Ella se resguardó bajo una encina que, desmelenada por los siglos, yacía junto a una de sus riberas; se apoyó en el tronco negruzco y esperó a que el joven se ocupara del caballo. El rumor de las aguas parecía susurrar leyendas. Él no tardó en recorrer con los dedos su garganta hasta llegar a aquel hueco suave donde antes reposaba el amuleto y ahora se acumulaba la lluvia. Estaba serio. Clara cogió su mano; la piel de la palma se había desgarrado al sujetar las riendas.

—Se ha herido.

No dijo nada. Elevó su barbilla y, antes de besarla, sintió los ojos ámbar y el olor a hechizos húmedos de su cabello.

A la hora de almorzar, el hacendado regresó a la posada. Salió a recibirlo un mozo que se llevó el caballo tordo a la cuadra, resollando. Uno de sus criados lo ayudó a quitarse las botas y la ropa mojada y encendió la chimenea. Tomó el almuerzo junto al fuego, una sopa castellana y perdices estofadas, con un vino tinto que le adormeció en un butacón hasta más de media tarde. Cuando despertó, bajó a los corrales para comprobar cómo se encontraban sus podencos canela. Lo recibieron con los hocicos nerviosos, pues permanecían encerrados desde que llegaron al pueblo.

—Pronto, muy pronto, iremos al monte.

Tras la tormenta de la mañana, el cielo se había despejado, pero el crepúsculo lo sumió poco a poco en una oscuridad inundada de estrellas. Las calles se fueron impregnando de la fragancia de los pucheros, y no quedó en ellas ni rastro de las ancianas que se sentaban a ver pasar a los cazadores. El hacendado andaluz se dirigió a la taberna de la plaza. El murmullo de la fuente de tres caños le trajo el recuerdo de Clara Laguna. Ni siquiera durante la siesta logró apaciguar el ansia que sentía por ella. Le había asegurado que iría a buscarla a la mañana siguiente para dar otro paseo, por eso deseaba que la noche transcurriera deprisa y llegara el alba.

La taberna rebosaba humo de cigarrillos y puros. De las paredes de cal rugosa colgaban cabezas disecadas de ciervos. Al hacendado le impresionó una con unas cuernas enormes sobre la chimenea de piedra. Antes de que Clara Laguna se cruzara en su camino, había soñado con cazar un ejemplar como ése. Se acercó a la barra mientras esperaba una mesa libre. Dos hombres del pueblo apuraban chatos de vino y, al verlo, avisaron a la tabernera, una pelirroja de unos cuarenta y tantos que secaba vasos con un trapo. La mujer, a la que apodaban «la Colorá», escudriñó al hacendado con unos ojos claros, casi transparentes.

—¿Va a cenar, señor?

—Si es posible, un buen cabrito asado.

—La taberna está muy llena. Si le parece bien, puede sentarse con aquellos señores de Madrid. —La mujer señaló a tres jóvenes que conversaban en una mesa cerca de la chimenea—. También son cazadores y muy agradables.

—Si no les importa.

A lo largo de la cena, comprobó que la mujer estaba en lo cierto. Pasó una velada muy divertida junto a ellos, comieron cabrito asado, se bebieron cuatro botellas de tinto e intercambiaron anécdotas sobre la afición que compartían.

Cuando la taberna olía a hombres y montes, a colillas de cigarros y a eructos de vino, el hacendado se despidió de sus compañeros. La tabernera, que estaba limpiando las mesas, fue a su encuentro.

—¿Lo ha pasado usted bien?

—Estupendamente. Ha sido muy atenta conmigo, gracias.

—Permítame entonces que le advierta, señor, y no me tome por descarada sino por mujer de buenas entrañas que previene de los peligros. Parece ser que le han visto en varias ocasiones acompañando a la hija de la bruja. Ya sabe a quién me refiero, la chica de los ojos de trigo.

Él sintió que el deseo por la muchacha regresaba a su corazón como un veneno. La Colorá le dio un golpecito en el antebrazo.

—Sepa que la Clara está maldita, por muy hermosa que sea. Maldita y bien maldita, como todas las de su familia, se lo juro por éstas. —Se besó dos dedos con la pasión de las confidencias.

—No la comprendo. —El tinto le burbujeaba en la cabeza.

—¿Acaso en la tierra de usted no saben de ninguna maldición?

—En mi tierra, señora, tampoco nos privamos de supersticiones.

—Pues lo que usted llama supersticiones, aquí es una maldición grande como boñiga de vaca, y más aún cuando se trata de las mujeres Laguna, y de la Clara, que es la última de la estirpe. Sepa usted que, hasta donde le alcanza al pueblo la memoria, todas y cada una de las Laguna han sufrido la maldición.

—Así que los hombres de la familia quedan libres de ella.

—¡Hombres! —La Colorá se golpeó el muslo con gusto—. ¿Qué hombres? Jamás el vientre de una Laguna ha engendrado un varón, como tampoco ninguna de ellas ha contraído matrimonio. Están condenadas a la deshonra, y a parir sólo hembras solteras que correrán la misma suerte.

—¿Y ningún hombre…?

—Ninguno, señor —le interrumpió—, ninguno se ha atrevido a romper la maldición. Tenga en cuenta que sólo se presagian desgracias para el que se decida a hacerlo.

—¿Qué tipo de desgracias?

—No se sabe con certeza. Parece ser que la bruja Laguna, como se la conoce, hace años intentó hechizar a alguno con sus bebedizos, pero no le dio resultado, y luego se quedó tuerta.

A la mañana siguiente, nada más despertarse, el hacendado andaluz recordó al hombretón que lo acompañó hasta la posada porque había bebido demasiado, y le dijo:

—Si yo le entiendo a usted, yo y todo el personal masculino del pueblo. Si no estuviera tan maldita la Laguna de los ojos de trigo…

Era día de difuntos y el pueblo había amanecido exhalando un aliento a domingo. Tras el tañido de las campanas al alba, se disipó la niebla, y sus habitantes se echaron a las calles, vistiendo la lana de los festivos, para recordar a sus muertos. En cada esquina de la plaza se había colocado un puesto de flores. Mujeres ataviadas de luto vendían claveles rojos y blancos, margaritas, algunas rosas para los ricos. De un lateral de la iglesia ascendía una cuesta empedrada, que al dejar atrás las últimas casas del pueblo, se convertía en un camino de tierra y matorrales que iba a darse de bruces con el cementerio. Arrebujada en un portalón de esa cuesta, la bruja Laguna vendía lirios para los difuntos rociados con una pócima que aseguraba la permanencia del espíritu en la tumba. Pasaban por delante de ella decenas de enaguas susurrantes con sombreros velados y boinas con pantalones de pana. Esquivando las miradas de sus vecinos, muchas le compraban aquellos lirios que les librarían de una visita del ánima de algún pariente.

El camposanto estaba asediado por un torrente de cipreses. Una media docena de panteones ostentaba los mismos escudos que las fachadas de las casas nobles. El resto era un revoltijo de tumbas. Conforme penetraba la muchedumbre en el cementerio, las urracas daban la bienvenida con sus graznidos y alas brillantes. El adecentamiento de las lápidas era el ritual que precedía a los rezos y las flores. Las mujeres sacaban los estropajos y frotaban letras doradas de epitafios y retratos ovalados, los hombres arrancaban las malas hierbas de alrededor. Los que tenían sus muertos en los panteones, se llevaban a sus criados para que éstos se los adecentaran con sus manos rojas. Al mediodía, el camposanto apestaba a suelo recién fregado.

El hacendado pasó la mañana en su habitación bebiendo café para la resaca, y recordando la advertencia que le hizo la tabernera sobre la maldición de las Laguna. Mientras tanto, Clara lo estuvo esperando en su casa para dar otro paseo a caballo. Después del almuerzo, se marchó a los montes en compañía de los cazadores madrileños. Su jauría de podencos canela siguió en varias ocasiones el rastro de un ciervo, pero cuando lo divisaba, agazapado entre las matas, y el animal se le ponía a tiro, la escopeta le temblaba en las manos, el lomo castaño de la presa se convertía en la melena de la muchacha, y el ciervo se perdía en el monte. Tampoco consiguió ninguno de los conejos que rastrearon los podencos; le distraían las hojas amarillentas de las hayas tan parecidas a los ojos de Clara, y olvidaba para qué había subido al monte aquella tarde. Sentado sobre los helechos, mientras la humedad le mojaba los pantalones, la escopeta guardaba silencio. Los cazadores madrileños se preguntaban qué podría sucederle a aquel compañero que había atravesado media España para cazar en tierras castellanas, y ahora se arrastraba por ellas incapaz de disparar un tiro.

Cuando el monte ya se había tragado el sol, regresaron al pueblo. No aceptó la invitación de los cazadores madrileños para cenar en la taberna, se disculpó y pidió que le ensillaran el caballo tordo. Poco más tarde le clavaba los estribos en los flancos y partía al galope.

Una luna llena de difuntos alumbró su llegada a casa de Clara Laguna. La madre se encontraba en el pueblo entrando por las puertas traseras con el esqueleto de gato para leer en cocinas y saloncitos el porvenir de vivos y muertos. El hacendado la encontró sentada en la torrentera seca, junto a unos tomates como perlas gigantes. Bajó hasta aquel pedregal murmurando: «… y qué me importa a mí que esté maldita, y qué me importa a mí si ya no puedo hacer nada». Ella, en cuanto lo vio, se puso en pie. Tenía el rostro sucio de las lágrimas que había llorado mientras le esperaba. Él hincó las rodillas en la tierra y le cantó una copla. Aullaron los perros de la calle, quejosos de aquel jaleo andaluz que perturbaba sus sueños. Ulularon las lechuzas del pinar en la noche cálida para ser de difuntos. Clara le lanzó una piedra que le abrió una pequeña herida en la frente. El hacendado sintió el discurrir lento de un hilo de sangre, y se puso a cantar una saeta. Brilló la luna intensamente para alumbrar la pasión de Cristo, y la muchacha no tiró ninguna piedra más. Contempló el pelo azulado, la frente sangrienta, las aceitunas de sus ojos iluminadas como las de un mártir. Lo besó en los labios, le limpió con la falda la herida. Él la dejó hacer. Luego la tomó por el talle y la llevó en volandas hasta la grupa del caballo tordo.

Cabalgaron hasta el encinar. Las estrellas clavadas en las hojas tiesas; desmontaron besándose y, pisando las sombras de animales prehistóricos que dibujaban los árboles, llegaron hasta el río. Él se quitó la capa, que extendió sobre la tierra roja donde goteaba su herida, ella, el chal de lana y el amuleto que había vuelto a ponerse. El viento los ayudó a desnudarse de hechizos, de cananas enfiladas de cartuchos, de sayas y pantalones de caza. La piel se les hundió en un lecho de limo. Clara Laguna sintió los besos, las manos, el pecho de él bajo el susurro encarnado de las aguas, y el dolor de la primera vez le supo al musgo de la orilla.

2

El hacendado no se marchó a su cortijo hasta las primeras nieves de diciembre. Se reunía con Clara en el encinar, su sitio preferido para amarse; sólo cuando el viento les congeló los besos, buscaron refugio en casa de la muchacha. La madre partía al pueblo cargando con el esqueleto de gato, y ellos revolvían los pucheros de cocer los hechizos y los tarros de ingredientes mágicos, porque en la única habitación de aquella casa se cocinaba, se dormía y se amaba. Él regresaba a la posada con la piel resbaladiza de bálsamo contra el mal de ojo, y el pubis enredado con plumas de perdiz, pero no le importaba mientras que también se llevara el aroma a tierra húmeda escondido en el vientre de Clara. Alguna vez fueron a su habitación, pero ella no se sentía a gusto en aquel lecho de sábanas almidonadas que calentaba una chimenea inmensa, donde el crepitar de los troncos le recordaba a las bocas del pueblo.

De los amores de la Laguna de los ojos de trigo con aquel joven andaluz se hablaba en todas partes. Las viudas en la iglesia, entre cuenta y cuenta de rosario, o en las hileras de toquillas; las sirvientas en las cocinas de las casas blasonadas, y sus señoras merendando en los saloncitos de encaje y café con leche; las mujeres jóvenes en la fuente, con el cántaro indignado en la cintura, en el río mientras lavaban la ropa; los hombres en las cuadras, en los arados de los bueyes, y en la taberna apurando un anisete.

Una noche el hacendado fue a cenar a la taberna después de una jornada de caza en la que había matado un ciervo. La escopeta no le tembló, ni el lomo del animal le recordó la cabellera de ninguna muchacha,pues sabía que Clara Laguna lo estaba esperando y ella era un trofeo mucho más hermoso que el ciervo. Tras aguardar un rato en la barra, la Colorá le acomodó en una mesa. Los cazadores madrileños habían regresado a su tierra.

—Puedo ofrecerle unas orejas de cerdo muy sabrosas —le dijo escudriñándolo con sus pupilas claras.

—Tráigame también una botella de buen tinto. Tengo que celebrar que cacé un ciervo.

—Espero que no sea usted el cazador cazado. No quiso tener en cuenta mi consejo.

—Usted es una mujer hermosa y debe saber que hay veces en que los hombres no queremos renunciar a ciertas cosas. Y ahora tráigame las orejas de cerdo, que los montes dan hambre de lobo.

Saboreó las orejas de cerdo, el vino de la tierra, las miradas de los hombres del pueblo y de los cazadores. Había en sus ojos un velo de envidia. Aquel joven andaluz había conseguido lo que muchos, aunque lo desearan, no se atrevían a intentar, y a los que se habían atrevido, ella los había despreciado. La tarde anterior a su partida, el hacendado se dirigió a casa de Clara, que lo esperaba al pie de la torrentera. Desde que comenzaron sus amores, ella le había enseñado los parajes más bellos de las afueras: los campos de trigo y cebada, los cerros cobalto con buitres leonados sobrevolando las cimas, las cañadas que serpenteaban pastos de ovejas y refugios de pastores. Pero la última tarde quiso enseñarle un lugar que aparecía furtivamente en sus sueños, un lugar que le empapaba la melena de un sudor de flores y, al amanecer, hacía que le brotaran margaritas en las hebras castañas. A unos tres kilómetros del pueblo, siguiendo la carretera de tierra que atravesaba el pinar, había una granja deshabitada. La vivienda constaba de dos plantas y un desván y, a pesar del moho y la suciedad, en sus fachadas sobrevivía un color rojizo. La rodeaba un jardín descomunal custodiado por una tapia de piedras. En la parte delantera, la maleza trepaba por las paredes del establo y se enroscaba en el abrevadero y las cercas de los corrales. También invadía las matas de hortensias y dondiegos alineadas en jardineras de granito, los troncos de perales y melocotoneros, y el de un castaño que daba sombra a un banco de piedra. En la parte trasera del jardín había un huerto de tomates y calabazas que crecían solas por pura costumbre. A continuación de éste, la vegetación se adensaba primero en una vorágine de madreselvas con un claro en el centro, y después en un bosquecillo de lilos y una rosaleda silvestre.

El caballo se detuvo frente a las altas puertas de barrotes de hierro por las que se entraba a la propiedad. Montada sobre la grupa, Clara abrazó a su amante mientras contemplaba el camino que se extendía desde las puertas hasta el umbral de la casa; era de piedras grandes y lo serpenteaban unas vetas de tierra.

—Es una granja magnífica, aunque hay algo en ella que me resulta inquietante, quizá porque tiene un aspecto triste —dijo él.

—Será por el abandono.

—¿Te gustaría vivir aquí algún día?

—Creo que sí. —Clara apretó una mejilla contra la capa del joven—. Conozco un sitio por donde podemos pasar al jardín. Quiero mostrarle algo.

Penetraron en la rosaleda a través de una brecha abierta en la tapia. Estaba formada por numerosas sendas circulares, donde los tallos se enganchaban en unas guías creando una pérgola de esqueletos. Desordenadas en el cielo, las nubes de tormenta descendían hasta las sendas y se filtraban por el entramado de tallos convirtiéndose en una niebla opalina. El viento del pinar rastrillaba los últimos pétalos que se pudrían sobre las hojas secas y los restos de nieve. Clara condujo al hacendado hasta la senda en la que una rosa amarilla despuntaba entre la niebla.

—Si ella ha sobrevivido a las primeras nieves, yo también podré hacerlo hasta que vuelva —susurró.

Él la tomó en sus brazos y la besó.

—Regresaré el próximo otoño, y si mis tierras me lo permiten, antes, al final del verano. Espérame, no ames a otro, no mires siquiera a otro. Eres mía.

—¿Me promete que volverá?

—Volveré, muchacha, volveré.

Cuando el hacendado regresó a la posada se acomodó en el butacón frente a la chimenea, y se dispuso a templar los huesos vapuleados por el frío castellano. Apuró una copa de vino y cerró los ojos. Añoraba la calidez de su cortijo, la tierra rebosando naranjos y olivos, el sol chorreando aceite, el pelo negro de los toros de sus ganaderías, los caballos enjaezados de cascabeles, las coplas de los mozos gitanos que la brisa robaba en los establos y desperdigaba por sus tierras. Debía recorrer de nuevo la meseta, ahora tomada por la nieve, y arrastrar a la jauría de podencos canela en aquel carro que acecharían los castillos encaramados en las lomas.

Unos golpes resonaron en la puerta de la habitación, y apareció frente al joven el ojo tuerto de la madre de Clara, acompañado de la pupila negra y la cabellera ceniza despeinada por el viento. La mujer sostenía en una mano el saco rígido con el esqueleto de gato, y en la otra, una hermosa uña de buitre atada a un cordel.

—Vine a traerte este amuleto —le dijo ofreciéndole la uña—, para que te proteja en el viaje de vuelta.

—Creo que me hará buena falta. El que le compré para la caza fue muy efectivo: me llevo en el equipaje las cuernas de un gran ciervo.

—Y algo más, joven, algo más. —Chasqueó la lengua.

—Déjeme que le dé unas monedas.

—No esperaba menos. Unas monedas le hacen mucha falta a una mujer como yo, que debe cuidar, además, de su única hija.

—Cuídela mucho hasta que yo regrese. —Le entregó el dinero y ella le colgó el amuleto del cuello.

La mujer olía a ratas de despensa y a la melancolía de los presagios.

—Así que piensas regresar.

—En cuanto me lo permitan mis tierras, vendré a ver a Clara, y a cazar otro ciervo, si es posible.

Intentó sonreír, pero aquella mujer le producía una terrible inquietud en las entrañas.

—Piénsatelo bien. Mi hija ya está perdida, nada puede salvarla. Pero tú aún estás a tiempo. ¿Supongo que en el pueblo te habrán hablado de la maldición? —le preguntó mientras se le iluminaba la pupila tuerta.

—Ya me vinieron con el cuento en la taberna, sí: que si estaban malditas, que si sólo tenían hijas, que si estaban condenadas a la deshonra. —Carraspeó, arrepentido de haber pronunciado la última palabra.

—Han olvidado contarte cuál es nuestra verdadera condena. Es cierto que sólo parimos hembras solteras y que a eso lo llaman deshonra, pero aún estamos condenadas a algo mucho peor, mi querido amigo: estamos condenadas al mal de amores. Estamos condenadas a sufrir por amor, por un único amor que se lleva nuestra alma. Por eso no hay hechizo que pueda romper nuestro sufrimiento o hacérnoslo olvidar. Donde no hay alma, ya no funciona ningún hechizo para males del alma.

—Le prometí a Clara que volvería al pueblo y mantendré mi promesa.

El hacendado sentía en las mejillas el fuego de la chimenea.

—Mi hija es un ejemplar de pura raza, como lo fue su padre. —Miró al techo y la pupila tuerta se le quedó en blanco—. Es muy bonita, y muy orgullosa y valiente, ya sabe cuidarse sola. Lo tuyo tarde o temprano tenía que pasar. Ese amuleto que le hice no sirve para nada. Sólo la protegía de los hombres hasta que llegó el que tenía que llegar. Pero de ellos ya sabía protegerse. Clara teme a la maldición; creo que es lo único que teme. Dame un poco de vino —señaló la botella de tinto que reposaba en una mesa—, hablar de maldiciones seca la boca.

Él sirvió un vaso que la bruja apuró de un solo trago.

—Y ahora dime si quieres que te lea el futuro en mi esqueleto de gato. La posición en que queden los huesos de la cola después de que los arrojes nos indicará si vas a tener hijos varones.

—Tengo que levantarme temprano para tomar la diligencia de la mañana, quizá a mi vuelta haya tiempo.

—Ya veo, muchacho. —Asomó su lengua por entre los labios, y él pudo contemplar la punta ennegrecida de catar los pucheros de los embrujos—. Dame entonces otro par de monedas por algo que te será más útil. —De un zurrón que llevaba colgado en bandolera, sacó un frasquito verdoso y se lo entregó—. Si te bebes esta pócima una noche de cuarto menguante, y luego te lavas la parte del pecho donde reside tu corazón con agua de tomillo y romero, te ayudará a olvidar, y así no tendrías que volver.

—No quiero olvidar.

—Tú quédatelo y págame; no he de entretenerte más.

La bruja Laguna cogió el saco rígido y las monedas y abandonó la habitación de la posada, mientras el hacendado, inmóvil con el frasquito entre las manos, sentía un latido diminuto tras el vidrio, y lo dejaba caer al suelo, y estallaba en cientos de cristales entre los que se escurría un líquido amarillento que olía a higos podridos, y donde braceaba un rabo de lagartija.

Apenas pudo conciliar el sueño durante la noche, y cuando lo hizo se le secó la boca y soñó con el aroma de la pócima para olvidar y con reptiles descuartizados. Se montó en la diligencia de primera hora de la mañana, con los ojos inyectados de insomnio, y emprendió el camino de regreso a Andalucía; tras él, el carro de los podencos ladrándole en las sienes.

Clara Laguna se dispuso a esperarlo. Continuó yendo al amanecer a la plaza para llenar su cántaro, y todo aquel con el que se cruzaba, ya fuera hombre o mujer, joven o viejo, le examinaba el vientre para comprobar si había crecido, para comprobar si se escondía en él otra mujer Laguna. Pero transcurrían los meses, Clara atendía su huerta de tomates, limpiaba el corral, daba de comer a las gallinas y la cabra, ayudaba a su madre a coser virgos y a remover pucheros, iba al encinar para que aquellos árboles le hablaran de amor y el río le susurrara leyendas, y a la granja para contemplar cómo la rosa amarilla resistía el tedio de las estaciones; y aquel vientre que todos esperaban descubrir hinchado, permanecía liso, mudo.

Recibía cartas del hacendado andaluz cada dos o tres meses con papeles empapados en aceite de oliva y secados al sol, flores de azahar y jazmines envueltos en papel de seda, en vez de párrafos de amor, porque Clara era analfabeta. Ella le contestaba con hojas duras de encina, corteza de sus troncos, pétalos de rosa amarilla, agujas de pino, mechones de pelo con aroma de hechizo, en unos sobres de color azul que había comprado, temblorosa, en el almacén del pueblo, y que rellenaba copiando el remite de su amante con una caligrafía de terremoto.

A mediados de primavera, cuando las margaritas y las amapolas estallaban en los campos, Clara Laguna enfermó de impaciencia y rogó a su madre que consultara en el esqueleto de gato si el regreso del hacendado estaba próximo. Volcó los huesos sobre el catre y después fue cogiéndolos y arrojándolos pensando en él.

—Volverá con el celo de los ciervos, lo veo claramente en la posición de las tibias.

La bruja Laguna no se equivocó. Comenzó a amarillear septiembre, y él llegó al pueblo de nuevo en la diligencia de la tarde, acompañado por sus dos criados, pero sin el menor rastro de los podencos canela. Bramaban los ciervos en los montes, en los pinares, en las llanuras, cuando se instaló en las habitaciones de la misma posada, bramaban desesperados por aparearse con las hembras, cuando clavó los estribos en los flancos de un caballo y se dirigió a casa de Clara; el eco de los bramidos de amor, que llegaba ronco y siniestro hasta las afueras del pueblo, envolvió los besos del encuentro. Partieron al galope hacia el encinar, donde se amaron bajo el clamor redondo de la luna, los choques de las cuernas de los ciervos que luchaban entre machos por el sabor de las hembras, y los gemidos de los victoriosos.

Él traía la tez morena, agitanada aún por la alegría de las noches del verano, y escondido en la piel un perfume a mar que Clara desconocía. Pero no fue el único que se presentó en el pueblo con rastros del océano. En la diligencia de la mañana llegó el hombre que estaba dispuesto a guiar las almas de los fieles desde el púlpito de la iglesia.

El último párroco había muerto un par de meses atrás blasfemando contra la vejez y contra su hígado, así que los feligreses habían tenido que desplazarse hasta el pueblo vecino para asistir a misa. Cuando el cura nuevo se enteró, creyó que ese pedazo de tierra inhóspita y sus habitantes habían quedado expuestos durante ese tiempo a los caprichos del maligno. Desde el seminario arrastraba un apasionamiento por el diablo, y estaba convencido de que era una simple cuestión de oportunidad que éste se presentara en el mundo. Esa obsesión se había agravado después de que solicitara servir como sacerdote de las tropas españolas que partían a luchar contra los independentistas cubanos. Se había pasado dos años dando la extremaunción precipitadamente a muchachos despedazados por las bayonetas, la pólvora o las fiebres, y escondido entre mosquitos, cañas de azúcar y plantas tabaqueras. Aunque se había prometido no regresar a España mientras las tropas no alcanzaran la victoria, lo trajeron de vuelta, contra su voluntad, después de que el bat

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