Capítulo 1
La chispa destellante de la velita de su minipastel le recordaba, a cada segundo, la vida que había dejado atrás. Apagó la tenue flama sin pedir ningún deseo, la vida no estaba como para esas cursilerías. Cumplía treinta y cuatro años, y todo a su alrededor era un completo desastre.
Deberían demandar al que se le ocurrió producir la película Quisiera tener treinta porque ella había llegado a esa edad y la había superado por varios años y no, definitivamente no era próspera, no tenía una carrera superexitosa. Gozaba de un buen empleo, pero nada fuera de lo normal, por no hablar de que tampoco tenía una vida fantástica. Y por supuesto, aún no aparecía un Matt en su vida como en la película, mucho menos se sabía la coreografía de «Thriller».
¡Vaya locas ideas las que te vende la televisión! ¿Cómo se supone que conseguirás tener una vida fructífera y ser la persona más feliz del mundo, al llegar a los treinta, si tienes tu vida patas para arriba?
La culpable de todo eso solo era ella, no había nadie más a quien hacer responsable de su desgracia. A Peyton o Peich, como le decían las locas de sus amigas porque, según ellas, «se escuchaba más fresa».
Bueno, pero, retomando lo anterior, a Peyton desde pequeña le gustaban los retos, y prácticamente todo en su vida era uno. Trabajaba en una revista de moda llamada Golden Style. Sí, vamos, ya lo sé que en español sería «estilo dorado»; aunque, sin duda alguna, en inglés le daba más categoría.
De cualquier manera, como les seguía diciendo, el meollo del asunto es que Peyton todo lo tomaba como un reto, y su mayor y más grande ambición era convertirse en vicepresidenta de esa revista. Vamos, que la presidencia no la alcanzaría nunca porque, si quería ese puesto, tenía que matar a la dueña y hacerla firmar antes un poder notarial donde la nombrara su heredera universal.
¡Vale!, ya se estaba asomando su vena asesina en este asunto y esa era mejor dejarla guardada en un cajón.
Bien, como decía, la vicepresidencia era lo que más le interesaba, y no había nada en este mundo que hiciera que renunciara a ella. Pero, en lo que su adorado puesto llegaba, no le quedaba más que cubrir la edición de la revista mensual en la sección del corazón y los chismes de famosos.
Aunque, aparentemente, tenía una vida plena. Vamos que, si bien no tenía el puesto de vicepresidenta, sí ganaba lo suficiente como para permitirse un bonito apartamento en la mejor zona de la ciudad. Después de buscar por bastante tiempo un lugar que se adecuara a ella, había encontrado un lujoso bloque de departamentos donde únicamente se permitía que lo habitaran matrimonios jóvenes sin hijos y, por supuesto, sin mascotas; o solteros sin hijos e, igual, sin mascotas.
Vamos, el mensaje era claro: nada de niños chillones ni de mascotas sucias. Y para Peyton eso era más que perfecto porque no soportaba el berrinche o chantaje de esas pequeñas criaturas, ni mucho menos toleraba los ruidos de las mascotas. Bueno, eso, tal vez, se lo debía a que un perro caniche la había mordido cuando era niña. Desde ese entonces, no podía ver a ningún perro; fuera chico, grande o mediano, les tenía un pavor enorme.
Y ya hablando de miedos y traumas, su psicóloga le decía que su renuencia a entablar una relación estable con un hombre bueno, que la amara por sobre todas las cosas, se debía al abandono al que había sido sometida.
Le habían dicho que su madre biológica no había podido costear su manutención; de manera que, a las horas de nacida, la pequeña Peyton había sido encontrada envuelta en unas cobijas, dentro de una bolsa de plástico, y había sido depositada en un contenedor de basura.
Sí, al parecer, eso de crecer en centros de acogida —dirigidos por las carmelitas descalzas— y llegar hasta la adolescencia dentro de un convento, de alguna forma, te causaba algún tipo de trastorno mental. Aunque, personalmente, Peyton culpaba más a que los hombres eran todos iguales: unos embusteros a los que solo les interesaba el sexo.
Eso, también, lo repetía la hermana sor Patricia: «Niñas, deben evitar cualquier acercamiento con los hombres; ellos solo quieren una cosa». Y cuando le preguntaban qué cosa era, siempre contestaba que tampoco lo sabía. Pero suponía que, si las hermanas lo decían, era cierto, ¿no?
Claro que, años después, lo comprobaría en primera persona. Vale, que ahí estaba de nuevo despotricando acerca del sexo masculino. Pero era inevitable no pensar de esa manera. Bastaba con ver cómo eran de primitivos: una falda pegada y un par de piernas kilométricas los hacían perder el norte.
De todas maneras, una de las normas para que su reinserción a la sociedad fuera la más adecuada era que debía asistir a terapias de grupo y sesiones con la psicóloga del último internado donde había estado.
La verdad era que, con el paso de los años, ella y Sonia —que era como se llamaba la psicóloga— se fueron convirtiendo en buenas amigas. Claro que eso no evitaba que la psicoanalizara por cualquier situación, pero su amiga estaba mal. Por supuesto que quería una relación estable, pero primero quería tener todo aquello que no había logrado conseguir antes.
Las mujeres son unas soñadoras innatas, pero no todas sueñan lo mismo. Unas quieren tener grandes triunfos profesionales; algunas, simplemente, se sienten plenas al tener una hermosa casa llena de hijos, mientras esperan a un esposo amoroso al llegar la tarde. A muchas mujeres les agrada viajar y conocer el mundo, o luchar por ideales.
Aunque Peyton tenía muchas emociones encontradas. En el tema de viajar..., pues claro que le gustaba viajar, pero no se sentía plena con ello. ¿Grados profesionales?, contaba con los suficientes para conseguir un buen empleo bien remunerado. Lo de la casa y los niños lo pasaba de largo porque la verdad era que no estaba preparada para algo así.
Posiblemente, en las palabras de su amiga, sí había algo de razón, y estaba medio loca y había desarrollado un trauma que le hacía rechazar a todo tipo de hombre que se acercara a ella con intención de formalizar algo.
¿Vida sexual?, pues claro que tenía. Por suerte, su primera experiencia había sucedido con un chico muy mono pero no guapo. Posiblemente, estaba más ciega de lo que pensaba aunque, bueno, es que fue en una borrachera de campeonato; la verdad era que no se había enterado de nada.
La segunda vez había sido con un chico de la universidad. Ambos estudiaban periodismo y conectaban bastante bien, pero fue ver que la relación se estaba apoderando de su espacio y Peyton no tardó más que unos días para mandar a volar su relación.
No hace falta decir que se puso una borrachera, cuando lo hizo, porque algo dentro de ella le gritaba que le dolía el rompimiento. Pero era ella la que se negaba a entablar una relación, así que se dijo que era una locura y terminó acostándose con un hombre comprometido, que estaba festejando su despedida de soltero. Otro punto más para saber que los hombres no eran de fiar. Mira, que serle infiel a su futura esposa, con una desconocida que vagaba por el bar...
Pensándolo bien, todas las veces que había terminado en la cama con un hombre, había una bebida de por medio. Ya no sabía si el alcohol la orillaba a arrojarse a los brazos de los sujetos en cuestión, o si le tenía tanto pavor a una relación que la única manera de iniciar una era con una buena dosis de licor en las venas.
Se levantó con el sonido de las gotas de lluvia al golpear el cristal del enorme ventanal de su habitación. Genial, de nuevo amanecía lloviendo, como si eso no fuera suficiente.
En cuanto entró en la ducha, se dio cuenta de que los días difíciles que le llegan al mes a cada mujer se habían adelantado para ella. Vale, su reloj biológico le estaba diciendo que le quedaba un óvulo menos.
Suspiró pensando en que odiaba al mundo ese día, o que el mundo la odiaba a ella; lo confirmó al ver que sus toallas femeninas no estaban en su lugar. Gimió al recordar que había comprado un mentado chisme que encontró en internet; al parecer, era una copa de silicona que se doblaba y se introducía en esa parte específicamente íntima de una mujer.
Cogió el chisme ese y lo dobló tal cual decían las instrucciones, mientras maldecía mil veces las campañas engañosas. ¿Cómo diablos iba a meter esa cosa en aquel asunto? «Madre del amor hermoso», dijo. En el instructivo parecía tan fácil, pero... «Maldición, maldición, maldición», repitió.
No, definitivamente, ella no era muy buena para los cambios. Vamos, que incluso comparaban esa cosa con un tampón. Ya de por sí era toda una proeza que supiera ponerse un tampón de la manera más correcta.
Después de doblar y desdoblar aquella copa sin ningún éxito, se dio por vencida y decidió hacer unas compras de pánico a la farmacia. El simple hecho de pensar en andar todo el día con esa copa incrustada en su zona íntima le ponía los nervios de punta. Vale, tal vez, la tacharan de anticuada, pero por nada del mundo cambiaría sus cómodas compresas femeninas.
Sonrió pensando que, seguramente, la hermana Patricia la enviaría directo al confesionario a rezar veinte mil cadenas de oración. «El cuerpo de la mujer es un templo no deben profanarlo»... Ya la podía escuchar pero, si seguía su consejo, corría el riesgo de que aquel asunto se le llenara de telarañas.
Margarita
Ingredientes:
1 1/2 onza tequila de su elección
1/2 onza triple seco de su elección
2 onzas jugo natural de limón
1 onza jugo natural de lima 1 rodaja lima
Hielo
Copa para margaritas
Procedimiento:
Vierte todos los ingredientes en una coctelera Manhattan y mezcla, agitando con fuerza, durante 10 segundos. Cuela y sirve en una copa para margaritas. Decora con una rodaja de lima y, si lo deseas, antes de este paso, escarcha el borde con azúcar o sal.
Capítulo 2
Se vistió a toda prisa. Por suerte, en la farmacia le habían confirmado que le llevarían su pedido dentro de menos de veinte minutos. Se maldijo mil veces por ser tonta; le tocaría retrasarse ese día. Esperaba que su jefa no le dijera nada, pero Peyton era una mujer a la que no le gustaba llegar tarde a ningún lugar. Creía que la impuntualidad era para la gente maleducada.
Claro, eso lo había aprendido a punta de castigos. Si te demorabas a la comida en el internado, las hermanas se encargaban de inculcarte el hábito de la puntualidad, o bien castigándote sin comer, o fregando platos en la cocina.
Pero, a veces, había aventuras que valían la pena el castigo, como pasar horas charlando con su amiga Valery. Ambas habían estado muy unidas desde los dos años hasta el último día en el internado. Se contaban sus miedos, sus alegrías, y abrazadas lloraban cada vez que se acercaban las fechas en las que los niños eran adoptados.
Muchas veces lloraban de tristeza porque se encariñaban con los pequeños; otras lloraban de desolación porque, conforme pasaban los años, sabían que era imposible que las adoptaran; los matrimonios preferían a niños pequeños, pues eran más fáciles de moldear, y no a unas niñas adolescentes con las cuales estar batallando.
Suspiró y salió de sus pensamientos en cuanto el metro se detuvo en la estación donde ella lo tomaba cada mañana. Se había puesto una falda entallada en color verde botella, en conjunto con una blanca blusa de seda y con la chaquetilla del mismo color de la falda. El repiquetear de sus tacones se escuchaba por el andén de entrada. Prácticamente, corrió para alcanzar llegar a la puerta.
Media hora después entraba sudando a la recepción de las oficinas de la revista. Lory, la recepcionista, la saludó mientras tomaba una llamada. Era una de sus mejores amigas, junto con Sonia y Valery, y se encargaba de una sección del corazón en la revista. Eran el cuarteto invencible, todas solteras y sin compromisos.
Lory era una morenaza de treinta años que trabajaba como recepcionista; en realidad, ella tenía, incluso, un máster en Lenguas Extranjeras, pero decía que estaba muy cómoda con ese empleo.
Sonia era psicóloga, daba sesiones en algunas casas de asistencia social y contaba con una consultora particular con la que le estaba yendo muy bien. Tenía un impresionante cabello castaño, con unos ojos color miel. Era la más alta de todas y, también, la que tenía mejor cuerpo; por lo tanto, la que más ligaba.
Valery era como una hermana. O bueno, ya sabes... Puedes tener muchas amigas, pero siempre, entre todas, habrá una más cercana. En su caso, era Valery.
Desde que habían salido del internado, fueron inseparables. Eran la única familia que había conocido y ambas eran capaces de dar la vida por la otra.
Valery poseía una hermosa cabellera rojiza y los ojos más verdes y chispeantes que alguien pudiera imaginar. A diferencia de Peyton, que tenía una rubia melena cortada a la altura de los hombros; le gustaba traerlo así porque, con la humedad, tendía a rizársele, lo que creaba un nido de pájaros en su cabeza. Y ella, por supuesto, sus ojos eran de un azul tan claro que casi se podía decir que eran de color gris. Su estatura era mediana, con un cuerpo mediano: nada extravagante. Curva
