La Villa

Danielle Steel

Fragmento

1

El sol destellaba sobre el elegante tejado abuhardillado de la casa de campo cuando Abe Braunstein tomó el último recodo de aquel sendero que parecía interminable. De haber sido otra persona, la visión de la imponente mansión francesa le hubiera dejado sin respiración. Era un edificio espectacular, y había estado allí docenas de veces. La Villa era una de las últimas casas legendarias de Hollywood, una reminiscencia de los palacios construidos por los Vanderbilt y los Astor en Rhode Island a principios del siglo pasado, al estilo de un château francés del siglo XVIII, opulenta, hermosa, elegante, exquisita hasta el último detalle. Se había construido en 1918 para Vera Harper, una de las grandes estrellas del cine mudo. Ella fue una de las pocas estrellas de la primera época del cine que conservó su fortuna, hizo más de un buen casamiento y vivió en la casa hasta que murió ya muy mayor en 1959. Un año más tarde Cooper Winslow compró la casa a su administrador. Vera no había tenido hijos ni herederos, y dejó todo lo que tenía, incluyendo la casa, a la Iglesia católica. Cooper Winslow pagó una bonita suma por ella, porque en aquel entonces estaba en su mejor momento como actor. La operación suscitó un cierto revuelo. Era una casa demasiado extraordinaria para un joven de veintiocho años, por muy estrella que fuera. Pero Coop no tuvo ningún reparo en vivir en aquella casa palaciega, que estaba seguro de que era digna de él.

La casa estaba rodeada por cinco hectáreas y media de parques y jardines impecablemente cuidados en pleno centro de

Bel Air; tenía pista de tenis, una enorme piscina con un mosaico azul y dorado y diferentes fuentes repartidas por los jardines. Al parecer el diseño de los jardines se había copiado de Versalles. Era un lugar especial. Por dentro, la casa tenía techos altos y abovedados, muchos de ellos pintados por artistas a quienes se hizo venir especialmente de Francia. El comedor y la biblioteca estaban revestidos de paneles de madera, y las boiseries y los suelos de la sala de estar procedían de un château francés. Fue un bonito hogar para Vera Harper y había sido una casa espectacular para Cooper Winslow. Y si por algo estaba agradecido Abe Braunstein era por que Cooper Winslow la hubiera comprado cuando lo hizo en 1960, aunque había hecho dos hipotecas más sobre la casa desde entonces. Pero ni siquiera eso la desmerecía. Era con diferencia la propiedad más importante de Bel Air. Hubiera sido difícil ponerle un precio. Sin duda no había casas que pudieran compararse a aquella, ni en la zona ni en ningún otro sitio salvo, tal vez, en Newport, aunque el hecho de que estuviera en Bel Air encarecía mucho su valor, a pesar de que estaba algo descuidada.

Cuando Abe bajó del coche, había dos jardineros arrancando malas hierbas alrededor de la fuente principal, y otros dos arreglando un macizo de flores cercano. Había que reducir el número de jardineros al menos a la mitad. Cuando miraba a su alrededor, lo único que veía eran números, y billetes de dólares que salían volando por las ventanas. Sabía casi hasta el último penique que a Winslow le costaba mantener aquello. Una cantidad obscena desde cualquier punto de vista, y desde luego también en opinión de Abe. Él llevaba la contabilidad de al menos la mitad de las estrellas más importantes de Hollywood y hacía tiempo que había aprendido a no quedarse boquiabierto, pestañear, desmayarse o hacer gestos evidentes de indignación cuando oía lo que gastaban en casas, coches, pieles y gargantillas de diamantes para sus chicas. Comparadas con Cooper Winslow, las extravagancias de los demás no eran nada. Abe estaba convencido de que Coop Winslow gastaba más que el rey Faruk. Llevaba casi cincuenta años haciéndolo, gastaba el dinero como el agua, y no había tenido un papel destacado en ninguna película importante en más de veinte años. En los últimos diez años se había limitado a pequeños papeles y apariciones concretas por las que le pagaban muy poco. De todos modos, fuera cual fuera la película, el papel o el atuendo, Cooper siempre parecía interpretar al mismo casanova atrevido, encantador y fabulosamente guapo o, más recientemente, a un libertino entrado en años e irresistible. Pero, por muy irresistible que siguiera siendo en la pantalla, cada vez había menos papeles para él. De hecho, aquel día que Abe tocó el timbre de la casa y esperó a que vinieran a abrir, hacía algo más de dos años que Coop no tenía ningún papel, aunque él decía tener entrevistas con directores y productores cada día. Abe iba a la casa para hablar del tema sin rodeos y aconsejarle que recortara su presupuesto drásticamente. Llevaba cinco años ahogado en deudas y viviendo de promesas y a Abe no le interesaba que hiciera anuncios para la carnicería del barrio, Coop tenía que ponerse a trabajar y pronto. Tenía que hacer cambios. Recortar drásticamente gastos, reducir su personal, vender algunos de sus coches, y dejar de comprar ropa y alojarse en los hoteles más caros del mundo. O eso o vendía la casa, que es lo que Abe hubiera preferido.

Abe estaba ante la puerta con expresión grave, con su traje de verano gris, camisa blanca y corbata gris y negra, cuando el mayordomo le abrió, ataviado con su librea. El mayordomo lo reconoció enseguida y le saludó con un gesto silencioso de la cabeza. Livermore sabía por experiencia que cuando el contable iba a la casa, su jefe se ponía de un humor terrible. A veces hacía falta una botella entera de champán Cristal para que recuperara el buen humor y en algunos casos también una lata entera de caviar. Livermore había puesto ambas cosas en hielo en cuanto Liz Sullivan, la secretaria de Coop, le dijo que el contable iría esa mañana.

Liz había estado esperando a Abe en la biblioteca; en cuanto oyó el timbre atravesó el vestíbulo principal con una sonrisa. Estaba allí desde las diez de la mañana, revisando algunos papeles para preparar la reunión, y desde la noche anterior tenía un nudo en el estómago. Había tratado de advertir a Coop del motivo de la reunión, pero el hombre estaba demasiado ocupado para hacerle caso. Tenía que asistir a una fiesta de gala, y quería asegurarse de que le daba tiempo de cortarse el pelo, hacerse un masaje y echarse una siesta antes de irse. Liz no le había visto esa mañana. Cuando llegó, él había ido a desayunar al hotel Beverly Hills con un productor que quería hablarle sobre un posible papel. Era difícil atrapar a Coop, sobre todo cuando se trataba de malas noticias o cosas desagradables. Tenía una especie de instinto, una especie de radar supersónico que le advertía casi físicamente de las cosas que no quería oír. Y el caso es que siempre se las arreglaba para esquivarlas, como un misil Scud. Pero Liz sabía que esta vez tendría que escucharle, y el hombre prometió estar de vuelta a mediodía. En el caso de Coop, eso significaba casi las dos.

—Hola, Abe, es un placer verle —dijo Liz con gesto cordial. Llevaba unos pantalones caquis, jersey blanco y un collar de perlas. En los veintidós años que llevaba trabajando para Coop su figura se había expandido considerablemente, así que ninguna de las tres cosas le sentaba especialmente bien. Pero tenía un rostro encantador, y su pelo era rubio auténtico. Cuando Coop la contrató era realmente guapa, como un anuncio de champú Breck.

Fue un amor a primera vista, aunque no literalmente en el caso de Coop. A él le pareció fantástica, y valoraba mucho su eficiencia y el esmero maternal con que lo había cuidado desde el principio. Cuando la contrató ella tenía treinta años y él cuarenta y ocho. Ella lo adoraba y, durante años, estuvo secretamente enamorada de él. Se dedicó en cuerpo y alma a los asuntos de Cooper Winslow, trabajando catorce horas al día, siete días a la semana si hacía falta, y en el proceso se olvidó de casarse o de tener hijos. Pero ella aceptó el sacrificio gustosa, pues seguía pensando que Coop lo valía. Últimamente la tenía muy preocupada. La realidad no era importante para Cooper Winslow, él la veía como un pequeño inconveniente, nada más, como un mosquito molesto, y la evitaba a toda costa. Con buena fortuna en la mayoría de los casos, eso pensaba él. En realidad, casi siempre. Coop solo oía lo que quería oír, o sea, las buenas noticias. El resto se esfumaba antes de que llegara a su cerebro o sus oídos. Y, hasta la fecha, había salido bien librado. Aquella mañana, Abe iba a darle una dosis de realidad, tanto si le gustaba como si no.

—Hola, Liz. ¿Está en casa? —preguntó Abe con expresión grave. Detestaba hablar con Coop. Eran antagónicos en todos los sentidos.

—Todavía no —dijo ella con una sonrisa amistosa mientras lo acompañaba a la biblioteca—. Pero llegará de un momento a otro. Tenía una entrevista sobre un papel protagonista en una película.

—¿En qué película? ¿De dibujos animados?

Liz, muy diplomática, no contestó. No le gustaba que la gente dijera cosas feas de Coop. Pero también sabía que el contable estaba muy irritado con su jefe.

Coop no había seguido ninguno de sus consejos y, en los últimos dos años, su precaria situación económica había llegado al borde del desastre. Las últimas palabras que Abe le dijo al teléfono el día antes fueron «Esto tiene que acabarse». Aunque era sábado, iba especialmente a la casa para comunicarle el mensaje personalmente, y le molestó mucho ver que, como de costumbre, Coop llegaba tarde. Siempre llegaba tarde. Y como era quien era y cuando a él le interesaba podía ser de lo más encantador, la gente siempre esperaba. Incluso Abe.

—¿Quiere tomar algo? —preguntó Liz haciendo de anfitriona, mientras Livermore se quedaba allí plantado con cara de piedra. Tenía una única expresión, que utilizaba en todas las situaciones: ninguna. Aunque corría el rumor de que, en una o dos ocasiones, cuando Cooper le tomaba el pelo de forma implacable, había llegado a sonreír. Pero nadie lo había visto, así que se trataba más de una leyenda que de un hecho. Por mucho que Coop jurara que era cierto.

—No, gracias —dijo Abe, casi tan inexpresivo como el mayordomo, aunque Liz se dio cuenta de que su irritación aumentaba por momentos.

—¿Un té helado? —Ingenuamente, Liz, trataba de hacer que se sintiera a gusto.

—No iría mal. ¿Cree que tardará mucho? —Eran las doce y cinco, y los dos sabían que a Coop no le parecía importante llegar con una o dos horas de retraso. Se presentaría con una excusa plausible y una sonrisa deslumbrante que hubiera derretido a cualquier mujer. A Abe no.

—Esperemos que no. Solo es una reunión preliminar. Tenían que darle el guión para que lo lea.

—¿Por qué?

Sus últimos papeles habían sido de mero figurante, o lo mostraban entrando o saliendo de algún estreno, o en algún bar, abrazando a alguna chica. Casi siempre con traje de etiqueta. En la pantalla era tan encantador como en la vida real. Tanto que, incluso ahora, las gratificaciones que se incluían en sus contratos eran legendarias. De alguna forma siempre se las arreglaba para quedarse con los trajes, y negociaba su guardarropa, hecho a medida por sus sastres favoritos de París, Londres y Milán. A lo que, para disgusto de Abe, había que sumar que cada vez que iba a esas ciudades, compraba y compraba más ropa, además de antigüedades, cristalerías, ropa de cama y objetos de arte increíblemente caros para la casa. Las facturas se amontonaban en el despacho de Abe, junto con la de su último Rolls-Royce. Corría el rumor de que le había echado el ojo a un Bentley Azure descapotable de edición limitada con motor turbo que costaba medio millón de dólares. Sería un bonito añadido a los dos Rolls-Royce, el descapotable y el sedán, y la limusina Bentley hecha a medida que tenía en el garaje. Para Coop, los coches y la ropa no eran un lujo, sino una necesidad. Eso eran los elementos básicos, lo demás eran aderezos.

Un criado apareció con dos vasos de té helado en una bandeja de plata. Livermore había desaparecido. El joven aún no había salido de la habitación cuando Abe miró a Liz con el ceño fruncido.

—Tiene que despedir al personal. Hay que solucionar esto hoy. —Liz vio que el criado miraba atrás por encima del hombro con gesto preocupado, y ella le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

Su trabajo era tener a todo el mundo contento y pagar tantas facturas como pudiera. Los salarios de los empleados siempre eran lo primero, pero a veces incluso eso se retrasaba uno o dos meses. Estaban acostumbrados. Y ella misma no cobraba desde hacía seis meses. Tuvo ciertas dificultades para hacérselo entender a su novio. Siempre se recuperaba cuando Coop conseguía algún anuncio o un pequeño papel en alguna película.

Liz podía permitirse esperar. A diferencia de Coop, ella tenía algunos ahorros. Nunca tenía tiempo para gastar y llevaba una vida bastante frugal desde hacía años. Y Coop era generoso con ella cuando podía.

—Quizá podríamos ir despidiéndolos poco a poco. Esto va a ser muy duro para ellos.

—No puede pagarles, Liz, y usted lo sabe. Tendré que aconsejarle que venda los coches y la casa. No conseguirá gran cosa por los coches, pero si vende la casa, podemos liquidar la hipoteca y sus deudas, y podrá vivir con holgura con lo que le quede. Puede comprar un apartamento en Beverly Hills y volver a estar en forma. —Hacía años que no lo estaba.

Pero Liz sabía que la casa era parte de Coop, como podía serlo una pierna o un brazo o un ojo. Era su vida. Formaba parte de su identidad desde hacía más de cuarenta años. Coop hubiera preferido morir a vender la casa. Y no se desprendería de los coches, de eso estaba segura. Era impensable imaginar a Coop al volante de un coche que no fuera un Rolls-Royce o un Bentley. Su imagen formaba parte de lo que era, o más bien, era todo lo que era. Y la mayoría de la gente no sabía que estaba en una situación económica tan apurada. Simplemente, pensaban que no tenía prisa por pagar las facturas. Unos años atrás tuvo algunos problemas con Hacienda, y Liz se aseguró de que los ingresos íntegros por una película que Coop rodó en Europa fueran a ellos instantáneamente. No había vuelto a suceder. Pero últimamente las cosas no iban bien. Lo único que necesitaba era una película importante, eso decía él. Y Liz se lo decía a Abe. Ella siempre había defendido a Coop, llevaba veintidós años haciéndolo. Pero con un comportamiento tan irresponsable cada vez le resultaba más difícil. Coop era así y los dos lo sabían.

Abe estaba cansado de jueguecitos.
—Tiene setenta años. Hace dos años que no tiene ningún papel en una película, y veinte que no tiene ningún papel importante. Si hiciera más anuncios ayudaría. Pero seguiría sin ser suficiente. No podemos seguir así, Liz. Si no arregla este embrollo, acabará en la cárcel. —Liz había estado recurriendo a tarjetas de crédito para pagar el crédito de otras tarjetas desde hacía más de un año. Abe lo sabía y le ponía malo. Y había facturas que quedaban sin pagar. Pero la idea de que Coop acabara en la cárcel era absurda.

Era la una en punto cuando Liz pidió a Livermore que trajera un bocadillo al señor Braunstein, y por la cara que puso Abe parecía que le iba a salir humo de las orejas. Estaba furioso, y solo el aprecio que sentía por su trabajo consiguió que se quedara donde estaba. Estaba decidido a hacer lo que había ido a hacer, con la ayuda de Coop o sin ella. No entendía cómo Liz podía haber seguido apoyándolo durante todos esos años. Siempre había sospechado que tenían una aventura, y le hubiera sorprendido mucho descubrir que no era así. Coop era demasiado listo para eso, y Liz también. Ella lo adoraba, pero nunca se habían acostado. Ni él se lo había pedido. Algunas relaciones eran sagradas, y Coop jamás se hubiera arriesgado a ensuciar lo que había entre ellos dos. Al fin y al cabo, ante todo era un caballero.

A la una y media Abe se había terminado su bocadillo y Liz le estaba hablando de los Dodgers, su equipo favorito. Liz sabía que era un apasionado del béisbol. Una de las cosas que mejor se le daba era hacer que la gente se sintiera a gusto. Cuando Liz volvió la cabeza, Abe casi se había olvidado de la hora. Había reconocido el sonido del coche en la grava, aunque Abe no había oído nada.

—Ya está aquí. —Liz le sonrió, como si anunciara la llegada de los tres reyes magos.

Como siempre, ella tenía razón. Coop llegó al volante del Bentley Azure descapotable que el concesionario le había prestado por unas semanas. Era una máquina espléndida y le iba como anillo al dedo. Llevaba puesto un CD de La Bohème cuando tomó la última curva del camino y detuvo el coche frente a la casa. Era un hombre arrebatadoramente guapo, con los rasgos cincelados y el mentón hendido. Sus ojos eran de un intenso azul, la piel clara y suave, y sus cabellos canosos estaban cortados y peinados de forma inmaculada. Incluso con la capota bajada, no llevaba ni un pelo fuera de sitio. Nunca llevaba un pelo fuera de sitio. Cooper Winslow era la perfección en todos los sentidos. Masculino, elegante, espontáneo. Rara vez perdía los nervios, o se le veía alterado. Tenía un aire aristocrático del que él había hecho un arte y que se había convertido en algo espontáneo. Procedía de una antigua familia de Nueva York, con antepasados ilustres y sin dinero que se había hecho su propio nombre.

En sus buenos tiempos, siempre hizo papeles de chico rico de clase alta, como un Cary Grant moderno, con un aire a lo Gary Cooper. Nunca había hecho de malo, solo de ligón o de héroe con vestimenta impecable. Y a las mujeres les encantaba su mirada afable. No tenía ni un gramo de mezquindad en su cuerpo, jamás se mostraba cruel o tacaño. Las mujeres con quienes salía lo adoraban, y seguían adorándolo incluso cuando lo dejaban. Cuando se cansaba de una mujer, Coop siempre se las arreglaba para que fuera ella quien lo dejara. Era un genio con las mujeres, y todas las que habían tenido una aventura con él, al menos las que él recordaba, hablaban bien de él. Se divertían con él. Mientras duraba, Coop hacía que todo fuera agradable y elegante. Y casi todas las actrices importantes de Hollywood habían sido vistas de su brazo en un momento u otro. Coop había sido un soltero de oro y un playboy toda la vida. A sus setenta años, había conseguido escapar a lo que él llamaba «la trampa». Y no aparentaba ni de lejos la edad que tenía.

Se cuidaba mucho, casi se podría decir que había hecho de ello su carrera, y no aparentaba más de cincuenta y cinco años. Cuando bajó de aquel extraordinario vehículo, con su americana, pantalones grises y una camisa azul exquisitamente almidonada hecha en París, quedó patente que era ancho de hombros y tenía un físico impecable y unas piernas larguísimas. Medía metro noventa y cinco, algo no habitual en Hollywood porque los grandes actores siempre habían sido bajitos. Pero Coop no. Cuando saludó a los jardineros con la mano no solo enseñó sus dientes perfectos en una sonrisa; una mujer se hubiera fijado también en sus bonitas manos. Cooper Winslow parecía un hombre perfecto. Y su encanto se hubiera hecho notar en un radio de cien kilómetros a la redonda. Atraía irremediablemente a hombres y mujeres por igual. Y solo unas pocas personas que le conocían bien, como Abe Braunstein, eran inmunes a sus encantos. Pero para el resto del mundo tenía un magnetismo irresistible, una especie de halo que hacía que la gente se volviera a mirarlo y sonriera con gesto reverente. Era un hombre espectacular.

Livermore también lo había visto llegar y le abrió la puerta. —Tiene buen aspecto, Livermore. ¿Se ha muerto alguien hoy? —Coop siempre le tomaba el pelo por su carácter sombrío. Para él era un desafío hacerle sonreír. Livermore llevaba cuatro años en la casa y Coop estaba muy contento con él. Le gustaba su dignidad, su rigidez, su eficiencia, su estilo. Le daba a la casa exactamente la imagen que él quería. Y se ocupaba de forma impecable de su guardarropa, cosa que para él era muy importante. Era una parte esencial de las tareas del mayordomo.

—No, señor. La señorita Sullivan y el señor Braunstein están aquí, en la biblioteca. Acaban de terminar el desayuno. —No le dijo a su jefe que le esperaban desde las doce. Cooper tampoco le hubiera dado importancia. Desde su punto de vista, Abe Braunstein trabajaba para él y si tenía que esperar, que se lo cobrara.

Pero al entrar en la habitación, le dedicó una sonrisa triunfal a Abe, con aire ligeramente divertido, como si compartieran alguna broma. Abe no picó el anzuelo, pero tampoco podía hacer nada. Cooper bailaba al son que él quería.

—Espero que te habrán servido una buena comida —dijo, como si llegara temprano y no con dos horas de retraso. Su estilo normalmente dejaba a la gente desarmada y les hacía olvidar lo enfadados que estaban por el retraso, pero a Abe no. Él fue directo al grano.

—Estamos aquí para hablar de sus finanzas, Coop. Tenemos que tomar algunas decisiones.

—Desde luego. —Coop rió, al tiempo que se sentaba en el sofá y cruzaba las piernas. Sabía que, en cuestión de segundos, Livermore le serviría una copa de champán, y no se equivocó. Era el Cristal reserva que siempre bebía, a su temperatura adecuada. Tenía docenas de cajas de ese champán en la bodega, junto con otros fabulosos vinos franceses. Su bodega era tan legendaria como su buen gusto—. Subámosle el sueldo a Liz —dijo sonriéndole, y el corazón de la mujer se deshizo. También ella tenía malas noticias que darle. Había estado pensándolo toda la semana, y al final prefirió dejarlo para el fin de semana.

—Hoy voy a dar el finiquito a todo el servicio doméstico —dijo Abe sin rodeos; Cooper lanzó una risotada en el mismo momento en que Livermore abandonaba la habitación con gesto inexpresivo. Como si no hubiera oído nada. Cooper dio un sorbito a su champán y dejó la copa en una mesa de mármol que había comprado en Venecia cuando un amigo vendió su palazzo.

—Eso sí que es una novedad. Y ¿cómo se te ha ocurrido? ¿Te parece que los crucifiquemos o mejor les pegamos un tiro? ¿Por qué darles el finiquito? Parece tan de clase media...

—Hablo en serio. Tienen que irse. Acabamos de pagarles el sueldo. Hacía tres meses que no cobraban y no podemos volver a pagarles, no podemos mantener este gasto. —De pronto el tono del contable se había vuelto lastimero, como si supiera que nada de lo que pudiera hacer o decir haría que Coop le tomara en serio. Cuando hablaba con Coop era como si de pronto le hubieran bajado la voz—. Les daré la noticia hoy mismo. Tienen que estar fuera en dos semanas. Solo se quedará una doncella.

—Qué maravilloso. ¿Puede planchar? ¿A cuál me piensas dejar? —Tenía tres doncellas, además de la cocinera y el ayudante que les había servido la comida. Livermore, el mayordomo. Ocho jardineros. Y un chófer a quien pagaba a tiempo parcial para las ocasiones importantes. Se necesitaba mucho personal para mantener aquella casa tan enorme, aunque hubiera podido arreglarse sin la mayoría. Pero le gustaba estar bien atendido, que lo agasajaran.

—Dejaremos a Paloma Valdez. Es la más barata —dijo Abe con gesto pragmático.

—¿Y esa quién es? —Miró a Liz. No recordaba a nadie con ese nombre. Dos de las criadas eran francesas, Jeanne y Louise, se acordaba, pero no le sonaba ninguna Paloma.

—Es la guapa salvadoreña que contraté el mes pasado. Pensé que le gustaba —dijo Liz, como si le hablara a un niño, y Coop pareció confundido.

—Pensaba que se llamaba María, al menos yo la he estado llamando así, y ella no me ha dicho nada. Ella no puede ocuparse de toda la casa. Es ridículo —dijo afablemente, volviendo a mirar a Abe. Coop parecía notablemente poco afectado por la noticia.

—No tiene alternativa —dijo Abe secamente—. Tiene que despedir al personal, vender los coches y no comprar absolutamente nada, y quiero decir nada de nada, ni un coche, ni un traje, ni siquiera un par de calcetines, o un cuadro o un mantel individual durante un año. Y a lo mejor entonces podrá empezar a salir del agujero donde se ha metido. Me gustaría que vendiera la casa, o al menos que alquilara la casa del guarda y parte de esta; eso supondría unos ingresos. Liz me ha dicho que nunca utiliza el ala para invitados de la casa principal. Podría alquilarla. Seguramente podríamos conseguir un buen precio, así como por la casa del guarda. No necesita ninguna de las dos cosas. —Abe lo había meditado mucho, era muy concienzudo en todo lo que hacía.

—Nunca sé cuándo va a venir gente de fuera. Es ridículo alquilar parte de la casa. ¿Por qué no limitarnos a tener huéspedes? ¿O a convertirlo en un pensionado? Una escuela para señoritas tal vez. Propones cosas absurdas. —Coop parecía bastante divertido, como si no tuviera intención de hacer nada de todo aquello, pero Abe lo miraba furioso.

—Creo que no comprende plenamente la situación en que se encuentra. Si no acepta mis ideas, tendrá que poner la casa entera en venta en seis meses. Está al borde de la bancarrota, Coop.

—Eso es ridículo. Lo único que necesito es un papel en una película importante. Hoy me han pasado el guión de una buenísima —dijo con aire complacido.

—¿Cómo de importante sería su papel? —preguntó Abe implacable. Ya sabía de qué iba la cosa.

—Todavía no lo sé. Están considerando la posibilidad de incluirme en el guión. El papel será tan importante como yo quiera.

—A mí me suena a aparición de figurante —dijo Abe, y Liz pestañeó. Detestaba que la gente fuera tan cruel con Coop. Y la realidad siempre parecía demasiado cruel, por eso nunca la escuchaba. Se limitaba a dejarla al margen. Él quería que la vida fuera agradable, divertida, fácil y hermosa en todo momento. Para él lo era. Simplemente, no podía pagarla, aunque eso no impedía que viviera como él quería. Nunca vacilaba a la hora de comprar un nuevo coche o encargar media docena de trajes o de comprarle a una mujer alguna hermosa joya. Y la gente siempre estaba encantada de hacer negocios con él. Les daba prestigio que se pusiera o condujera sus productos. Suponían que podía pagar lo que él quisiera tarde o temprano, y la mayoría de las veces lo hacía. De alguna forma, con el tiempo, las facturas se pagaban, sobre todo gracias a Liz.

—Abe, sabes tan bien como yo que con una película importante volveremos a nadar en la abundancia. Podría conseguir diez o quince millones de dólares por una película la semana que viene. —Vivía de sueños.

—Yo diría que uno, y con suerte. O, lo que es más probable, quinientos, o trescientos o doscientos mil. Ya no puede esperar que le paguen las grandes cifras. —Lo único que no dijo era que Cooper Winslow era viejo. Incluso Abe conocía los límites de lo que podía y no podía decirle. Pero lo cierto es que tendría suerte si conseguía cien o doscientos mil dólares. Cooper Winslow era demasiado viejo para hacer un papel protagonista, por muy guapo que fuera. Sus días de gloria ya habían pasado—. No puede esperar una ganga así. Si le dice a su agente que quiere trabajar, puede conseguirle algunos anuncios, por cincuenta o incluso cien mil si el producto es importante. No cuente con grandes sumas, Coop. Y mientras ese dinero no llegue, tendrá que controlarse. Deje de gastar el dinero a espuertas, despida a casi todo el personal, alquile la casa del guarda y parte de esta y volveremos a estudiar la situación de aquí a unos meses. Pero se lo advierto, si no lo hace, tendrá que vender la casa antes de que acabe el año. En mi opinión sería lo mejor, pero Liz parece pensar que está usted decidido a quedarse aquí.

—¿Desprenderme de La Villa? —Esta vez la risa de Coop fue aún más sincera—. Eso sí que es un disparate. Hace más de cuarenta años que vivo en esta casa.

—Bueno, pues si no empieza a apretarse el cinturón, pronto habrá otra persona. No es ningún secreto. Se lo avisé hace dos años.

—Sí, lo hiciste, y aún estamos aquí, ¿no es cierto? Ni estoy en la quiebra ni en la cárcel. Quizá lo que necesitas son estimulantes, Abe, que te ayuden a combatir esas ideas tan negativas que tienes. —Siempre le decía a Liz que Abe parecía de una funeraria, y se vestía como si lo fuera. Coop no lo dijo, pero no le parecía nada bien que Abe llevara un traje de verano en pleno febrero. Ese tipo de cosas le molestaban, pero no quería avergonzar al hombre haciendo algún comentario. Al menos no había dicho que vendiera también su guardarropa—. Lo del personal lo dices en serio, ¿verdad? —Coop lanzó una ojeada a Liz, que lo miraba con gesto compasivo. Detestaba pensar lo incómodo que se iba a sentir.

—Creo que Abe tiene razón. Gasta muchísimo dinero en salarios, Coop. Quizá tendría que hacer algunos recortes durante un tiempo, hasta que vuelva a tener ingresos. —Siempre trataba de dejar lugar a sus sueños. Los necesitaba.

—¿Cómo va a ocuparse de toda la casa esa salvadoreña? —dijo Coop, con aire perplejo. La idea era absurda. Al menos para él.

—No tendrá que hacerlo si alquila parte de la casa —apuntó Abe, siempre tan práctico—. Sería un problema menos.

—Coop, hace dos años que no utiliza el ala de invitados, y la casa del guarda lleva cerrada casi tres. No creo que vaya a echar de menos ninguna de las dos cosas —le recordó gentilmente Liz, como una madre que trata de convencer a su hijo para que dé algunos de sus juguetes a los pobres o se coma la carne.

—¿Y por qué demonios iba a meter a gente extraña en mi casa? —preguntó Abe con aire perplejo.

—Porque necesita conservar la casa, por eso —dijo Abe obstinado—, y si no lo hace no podrá conservarla. Hablo muy en serio, Coop.

—Bueno, ya lo pensaré —dijo Coop con tono impreciso. Todo aquello no le parecía lógico. Aún estaba tratando de imaginar lo que sería su vida sin su servidumbre. No sonaba nada divertido—. Y, sup

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