1
Cómo se da una sorpresa
Yo debía de tener once años, o quizá diez, o quizá doce, el día en que papá vendó teatralmente los ojos de mamá con un paño de cocina y la condujo a ciegas al salón. Mamá reía y le decía que era bobo, que era tonto perdido.
–¡Bobo, más que bobo!
Qué bonito era oírla reír así. Mamá no se reía a menudo, y cuando lo hacía era por cosas que nosotros no terminábamos de entender: por alguna frase suelta en la televisión que le hacía gracia, o por algo que había recordado repentinamente y que no nos explicaba. Y aquel día, sin embargo, reía como las heroínas de las películas, y parecía más joven y más guapa mientras papá la llevaba del brazo para evitar que se chocara con las paredes, como si la estuviera protegiendo de mil peligros. Como si nuestro pequeño piso albergara peligros ocultos entre la cocina y el salón. Papá llevaba colgada al cuello su cámara de fotos, como un reportero en zona de guerra.
Mi hermano Miguel y yo íbamos detrás de ellos por el pasillo, tratando de averiguar qué había preparado nuestro padre en los quince minutos en los que no nos había dejado entrar en el comedor. Éramos cuatro exploradores en mitad del África negra avanzando en fila india, fantaseaba yo. En cualquier momento podían aparecer bosquimanos con sus cerbatanas de dardos envenenados. Desde detrás de la cómoda, por ejemplo. Una picadura repentina en el cuello, como la de una avispa, y nos desplomaríamos. Muerte instantánea.
–Chicos, cerrad los ojos. Sin hacer trampas.
Miguel y yo cerramos los ojos, sin hacer trampas. Miguel los apretó como cuando yo le decía, la noche de Reyes, que oía a los Reyes Magos subir (¡ya están en el segundo piso!), y que si lo pillaban sin dormir se quedaría sin regalos (¡el tercer piso!, ¡sólo les queda uno!), y él cerraba los ojos aterrado por la posibilidad de que descubrieran que aún no se había dormido. Yo sí hice un poco de trampa, la verdad, porque ya era mayor, y caminaba por el pasillo con los ojos sólo entrecerrados, viendo a través de las pestañas. Por si atacaban los bosquimanos.
–¡Los ojos cerrados he dicho! ¡A que os quedáis sin entrar en el comedor!
Apreté los ojos, porque noté que mi padre empezaba a impacientarse.
–¡Los tengo cerrados! –dijo Miguel. Me agarró la mano para que yo lo llevara por el pasillo sin tropezarse. Papá me cogió del hombro y me guió hacia un lado y a Miguel conmigo. Hizo que me diera la vuelta para que estuviera de cara a la pared.
–Abrid los ojos, pero no os deis la vuelta hasta que yo lo diga.
Abrí los ojos. Mamá aún reía, pero medio para dentro. Era ya más jijiji que jajaja. La risa de mamá nos ponía de buen humor a todos, como si nos desanudara algo por dentro. Papá se aclaró la garganta.
–Buenas tardes, dama y caballeros. Ha llegado el momento de descubrir la gran sorpresa que teníamos preparada para todos ustedes. Cuando cuente tres, vosotros os daréis la vuelta, y tú puedes quitarte la venda.
Era absurdo, pero estaba nervioso; hasta notaba un hormigueo en los dedos.
–Uno… dos…
Miguel quería darse la vuelta ya, pero yo le sujetaba de la mano para que no hiciera trampas.
–Dos y medio…
Mamá volvió a reírse. Nosotros protestamos.
–Vamos, Ángel –dijo mamá–. Que todavía tengo que hacer la cena.
–Dos y tres cuartos…
Miguel tiraba de mí, y lo cierto es que yo también estaba deseando ver qué nos tenía preparado papá. ¿Y si me daba la vuelta sin más? ¿Qué podía pasar? Ya casi había contado hasta tres. ¿Cómo me iba a castigar? A lo mejor me regañaría, pero de todas maneras yo ya habría…
–¡Y tres! ¡Tachán!
Nos dimos la vuelta como si fuéramos atletas olímpicos tras el disparo de salida. Mamá se quitó la venda. ¡Hala! Papá disparó su cámara de fotos para inmortalizar el momento. Clic. Meses más tarde revelamos el carrete y vimos la cara de incredulidad de mamá, con el trapo que había servido de venda a punto de caerse al suelo; nosotros salimos con las bocas abiertas por la sorpresa, entusiasmados.
Papá, con gesto triunfal, esperó a que dijéramos algo: frente a nosotros, donde debía estar nuestro pequeño televisor, había una televisión enorme, reluciente. Miguel y yo gritamos:
–¡Hala!
Yo no sabía cómo demostrar lo emocionado que estaba sin usar palabrotas, y en casa estaba prohibidísimo usar palabrotas a menos que fueras papá. ¡Hala! ¡Hala! ¡Huala! ¡Buah, macho! Era lo único que podíamos decir. Aquella televisión era inmensa comparada con nuestro viejo televisor. De ancho era como uno de nosotros con los brazos abiertos, si no los estirábamos mucho. Medía el doble que la que teníamos. El salón parecía más pequeño con aquella televisión gigantesca y atómica llena de botones.
Mamá había dejado de reírse.
–¿Y esto?
–Una televisión nueva, Marta –dijo papá, como si le tuviera que explicar algo a un niño pequeño y no muy espabilado. Como si se lo estuviera contando a Miguel, pensé–. Es una Philips K-12, a color. De veinticinco pulgadas.
–¿Qué es una pulgada, papá? –preguntó Miguel.
–La distancia que recorre una pulga al saltar –contestó papá, sonriendo debajo de su frondoso bigote negro. Yo me di cuenta de que estaba de broma, pero Miguel no y miró asombrado la televisión, calculando distancias.
Papá dio dos pasos y se acercó a la tele. Nosotros queríamos tocarla, pero no nos atrevíamos, como si fuera un objeto sagrado. Nos daba miedo romperla, o descubrir que en realidad no era una televisión de verdad, sino fruto de nuestra imaginación, como si papá nos hubiese hipnotizado a todos. A lo mejor por eso había dicho: ¡Tachán! Era un truco de magia. Ahora chasqueaba los dedos y el aparato desaparecía.
–Ya tenemos una televisión –dijo mamá.
–Esta es mejor, y además la otra está muy vieja –contestó papá.
–Pero la otra funciona todavía.
Los dos decían la verdad. Nuestra televisión era vieja, y funcionaba aún, más o menos. Era una Telefunken pequeñita, en blanco y negro, que tenía un transformador que tardaba un cuarto de hora en calentarse lo suficiente para dar energía y poner en marcha la tele. Así que si querías ver algo tenías que encenderla con tiempo suficiente. Era angustioso esperar a que se encendiese la pantalla para ver Sandokán, por ejemplo, sin saber si le iba a dar tiempo a ponerse en marcha antes de que el Tigre de Mompracem empezara a liquidar perros ingleses.
Casi todos en mi clase tenían televisión a color.
Papá no contestó a mamá. En vez de eso, apretó el botón de encendido. La televisión se puso en marcha al instante. ¡Tachán! Eso sí que parecía magia. En la pantalla, enorme, casi como si estuviera allí en el salón con nosotros de grande que salía, Ramón Sánchez Ocaña estaba hablando de resfriados con ese tono de saber absolutamente de todo, desde virus a física cuántica, que me encantaba. ¡Y en color! En la nueva televisión su cara tenía color de cara, no de cenicero; su traje era azul y no gris como antes. Qué maravilla de la ciencia.
Mamá no dijo nada.
–Tiene diez botones para cambiar de canal –continuó papá.
¡Madre mía! ¡Diez botones! Estaban dispuestos en dos filas horizontales. Debajo de ellas había tres palanquitas puestas en el centro de tres surcos que no sabía para qué servían.
–¿Y para qué queremos diez botones si sólo hay dos canales?
Papá miró a mamá, como si no pudiera creer que mi madre tuviera tan poca imaginación, tan poco gusto por la aventura.
–Se cambia tocando el botón, sin más. No hace falta ni apretarlo. Es táctil.
Lo demostró pulsando los botones, apenas rozándolos, uno detrás de otro. La imagen quedaba en negro durante una décima de segundo y luego mostraba a Ramón Sánchez Ocaña, negro, Sánchez Ocaña, negro, Sánchez Ocaña. Papá pasó a la segunda fila y vimos en la pantalla una película de vaqueros (todavía no se llamaban westerns). Un vaquero disparó a un indio, negro, el indio cayó de su caballo, negro, el vaquero disparó a otro indio, negro, volvió a salir Ramón Sánchez Ocaña; papá había vuelto a tocar un botón de la fila de arriba.
–¿Puedo cambiar yo, papá? –pregunté, aunque estaba seguro de que me diría que no.
–Pero no aprietes mucho.
Toqué el primer botón con el cuidado con el que rozaría la tecla de un piano. Primero una fila, luego la otra, y la pantalla cambiaba de inmediato. Madre mía, madre mía.
–¡Ahora yo! –dijo Miguel, y puso su manaza en los botones sin que yo quitara el dedo. La televisión entró en una danza frenética de imágenes cambiando de canal caóticamente. Los tiros de la película de vaqueros se mezclaban con las palabras de Sánchez Ocaña.
–Dejad de cambiar de canal, que me vais a volver loca –dijo mamá. Apretó el gran botón de encendido y la imagen se fue con una línea multicolor, tras un parpadeo.
Hasta apagándose era mejor que nuestra tele vieja.
–Mamá, ¿a ti no te gusta la tele nueva?
Era como si la risa de cuando tenía los ojos vendados perteneciese a otra vida. Ahora sus labios estaban apretados y muy pálidos, y el puño derecho estrujaba el trapo de cocina.
–Ángel, no podemos permitírnoslo.
Lo dijo sin mirar siquiera a papá. Papá sí que sonreía. Debajo de su gran mostacho negro sus labios se curvaban con guasa.
–Claro que podemos. Para eso se han inventado los plazos.
–¿Y con qué dinero vamos a pagar los plazos?
La sonrisa de papá se hizo más amplia. Se tocó el espeso bigote de mosquetero, retorciéndose las puntas como hacía siempre que iba a decir algo importante. Dio unos golpecitos a la televisión, como si fuera un perro, y dijo:
–Empiezo a trabajar el lunes.
¡Tachán! Papá hizo un gesto triunfal, un cómo te quedas. Le faltaba tocar un violín invisible como si fuera Juan Tamariz. Mamá lo miraba incrédula, sin atreverse a preguntar. Papá continuó explicando: a través de un amigo había conocido a un hombre llamado Raúl Álvarez, don Raúl, que tenía varias licencias de taxi y estaba buscando conductores. Papá le tenía que pagar una pequeña cuota al mes por el derecho a usar el taxi, y un quince por ciento de lo que facturara; el resto era limpio para nosotros. Don Raúl ponía el vehículo y papá las horas de trabajo. La única parte mala era que algunos días trabajaría por las mañanas y otros por las noches.
–Me ha enseñado el coche ya. Es un Seat 131. Está casi nuevo.
Nos mostró las llaves del coche como prueba. ¡Buah! ¡Papá iba a ser taxista! Hasta entonces había sido dos veces camionero, una vendedor de zapatos y otra trabajador en una fábrica. Y había estado cinco o seis veces en el paro, o quizá siete. Era la primera vez que conseguía un trabajo que molaba.
Papá había estado calculando lo que se podía sacar al mes y para celebrarlo había comprado la televisión nueva. A pagar en veinticuatro meses.
–¿Y qué va a pasar si…?
–Marta, de verdad: todo va a salir bien –dijo papá, fingiendo que se ofendía un poco.
Mamá no estaba convencida.
–¿Se puede devolver?
Papá endureció el gesto. A veces daba miedo cuando se ponía serio. Mamá se enfadaba muchas veces a lo largo del día, por todo tipo de motivos, mientras que papá solía estar alegre; pero cuando él se enfurecía nosotros nos quedábamos aterrorizados, porque sus gritos eran feroces. Casi nunca nos daba azotes, pero cuando lo hacía el culo nos escocía un buen rato.
–¿Y por qué íbamos a devolverla, Marta? Ya te he dicho que la podemos pagar. La podemos pagar de sobra.
Estuvieron unos segundos mirándose, mientras Miguel y yo asistíamos en silencio al duelo, aguantando la respiración.
–¿Qué has hecho con la televisión vieja?
–La he puesto en el cuarto de estar.
En casa no teníamos dinero pero sí un cuarto de estar, que en la práctica era la única ilusión de mi madre: tener un cuarto de estar perfectamente decorado que pudiéramos mostrar a las visitas. Era un cuartito en el que había un sofá, una mesa camilla con un mantel de ganchillo y dos sillas: no cabía nada más en él. Mamá enseñaba orgullosa el cuarto a las vecinas, o a los primos lejanos del pueblo cuando venían de visita, les decía que allí tomaba café o hacía costura y luego nos íbamos todos al salón, porque allí no cabíamos. Pero durante unos segundos mamá sonreía, llena de orgullo. Si me hubieran preguntado, yo les habría dicho que era mejor que esa habitación fuera el dormitorio de Miguel, en vez de tener que compartir la mía con él.
–Así los niños pueden ver la televisión allí si no quieres que te molesten cuando hagas ganchillo –dijo mi padre.
A mamá se le relajó el rostro un poco. Si había algo que le sentara mal era desperdiciar cosas. En casa no se tiraba nada. Lo que sobrara de comida se servía al día siguiente, o se utilizaba para hacer croquetas. El aceite y otras grasas se guardaban para hacer pastillas de jabón. Los pantalones no se tiraban a la basura aunque estuvieran rotos: se zurcían, se les ponía rodilleras, se sacaba el dobladillo, pasaban de mí a mi hermano. Los juguetes se guardaban en lo que llamábamos «el calambuco», un tambor usado de detergente Colón. Todo se podía reutilizar. Cuando algo se rompía, se arreglaba. Yo le decía a mi hermano que si él seguía en casa era porque a mi madre no le gustaba tirar las cosas que no servían para nada.
–Todo va a salir bien –insistió mi padre, con voz suave. A veces se le ponía voz de hipnotizador, como a la serpiente de El libro de la selva: «Confía en mí». A veces mi madre confiaba en él.
–Bañaos mientras hago la cena –dijo mamá, y se fue a la cocina sin volver a mirar la Philips, ni a papá ni a nosotros. Pensé que era una retirada estratégica, como las de los generales en las batallas, y que la tele nueva aún podía desaparecer de nuestro salón, pero Miguel y yo nos fuimos a bañar sonriendo como si nos hubiese tocado la lotería.
De cena hubo tortilla de jamón de York y empanadillas de atún, que a mi madre le salían espectacularmente bien. A veces nos dejaba que la ayudáramos a hacerlas. Abría el paquete de obleas de La Cocinera y nosotros las extendíamos en la encimera de la cocina.
Cuando era más pequeño pensaba que el dibujo de La Cocinera era un dibujo de mamá. Mamá también salía en el logotipo del Scotch-Brite y en las latas antiguas de Cola Cao; en ambos la madre dibujada llevaba delantal, como mamá, y la misma melena negrísima; la única diferencia era que en estos dibujos las madres sonreían todo el tiempo. En cambio mamá no tenía nada que ver con la mujer que salía en el logo de Nanas (que en realidad parecía una niña) o de La Lechera (que llevaba delantal pero parecía de pueblo, y era rubia).
Mamá ponía en el centro de cada oblea un poco de la mezcla de atún y tomate frito. Si nos dejaba hacerlo a nosotros siempre echábamos de más y al doblar la oblea para prensarla el atún se salía por los extremos, así que los repasábamos con el dedo y nos lo comíamos, aunque estuviera frío. Cuando la pasta estaba doblada, formando una media luna, cogíamos el tenedor y apretábamos en el borde, siguiendo la línea de la oblea. A ella le quedaban unos dientes perfectos, como si le hubiera puesto una cremallera a la empanadilla. Nosotros presionábamos demasiado y estábamos a punto de romper la pasta, o no apretábamos lo suficiente y quedaba medio suelta.
La verdad es que cuando las hacía ella sola quedaban mucho mejor.
–¿Puedo echarlas en el aceite, mamá?
Casi nunca nos dejaba echarlas en la sartén porque el aceite estaba muy caliente y no se fiaba de que pudiéramos hacerlo bien sin abrasarnos.
–Sólo me faltaba tener que salir corriendo a urgencias porque os habéis achicharrado la cara.
La masa de las empanadillas burbujeaba en la sartén. A papá le gustaba que las empanadillas estuvieran muy fritas, casi quemadas. Le encantaba que el borde dentado quedara duro y crujiente. Nosotros, en cambio, las preferíamos menos hechas y que su color fuera más claro.
Lo que más disfrutaba de comer empanadillas era cuando rompía con la lengua las burbujitas de aire que se formaban en la pasta frita. También me encantaba agujerear con los dientes el lado más grueso y luego sorber el relleno, dejando la oblea frita como una cáscara vacía. A mamá le sacaba de quicio que hiciera eso con las empanadillas.
–¿Podemos poner la televisión para cenar?
Mamá dijo que no. Miramos a papá con la esperanza de que dijera que sí, pero se encogió de hombros. En eso no iba a discutir.
–Ya habéis oído a vuestra madre.
Cenamos con la televisión al lado, apagada, y no hablamos mucho. No éramos una familia muy habladora, de todas maneras, y se percibía el ambiente de guerra fría de las grandes ocasiones.
Cuando terminamos de cenar y recoger la mesa nos sentamos en el sofá. Papá ya había encendido la televisión. Una pareja de amigos y residentes en Madrid decía en voz alta nombres de prendas de vestir: sombrero, chaqueta, pantalones, calzoncillos, calcetines, gorra, jersey. Sonó una sirena para marcar el final del tiempo («¡Campana y se acabó!»). Doce respuestas acertadas, a treinta y siete pesetas, cuatrocientas cuarenta y cuatro pesetas.
Era maravilloso.
El color chillón del traje de Mayra Gómez Kemp, el decorado extravagante de las Hermanas Tacañonas, las azafatas con las gafas enormes, los vestidos minúsculos, las sonrisas descomunales, las piernas larguísimas. Habíamos visto muchas veces el comienzo del Un, dos, tres (nos dejaban ver la primera parte, la de las preguntas, con la excusa de que así aprendíamos cosas), pero nunca a color. El programa era mucho más hermoso que en blanco y negro, más real que la misma realidad. El rubio de la cabeza de la presentadora era el más brillante que yo había visto nunca; el color rojo de los labios de mi azafata favorita, Silvia Marsó, el más rojo que se podía imaginar.
–A acostaros, que es tardísimo.
Mamá había terminado de fregar los cacharros justo cuando acababa la fase de las preguntas. En el quicio de la puerta del salón, se secaba las manos con el trapo que papá había usado para vendarle los ojos. Se le notaba en la cara que no estaba de humor para discutir ni negociar, pero aun así Miguel y yo lo intentamos:
–¡Mamá, déjanos un poquito más, por favor!
¿Cómo podía dejarnos tan poco tiempo para disfrutar de la televisión nueva? No había llegado ni a un cuarto de hora en total.
–El próximo día podréis quedaros más tarde –dijo papá–. La televisión no se va a ir de la casa, no tiene patas.
Él estaba muy seguro, pero yo no lo tenía tan claro: mamá seguía sin estar convencida y cuando mi madre se empeñaba en algo era difícil que no lo consiguiera. Eso decía papá: «Como tu mujer se empeñe en que te tires por la ventana, más te vale que vivas en un primero».
–Pero, papá…
–Venga, id a acostaros.
–Y lavaos los dientes.
Mamá era la única que se acordaba de que había que lavarse los dientes. Era otra de sus obsesiones: niños con dientes blanquísimos y fuertes, como en los anuncios, así que insistía en que nos cepillásemos todas las noches tres minutos enteros, arriba y abajo, izquierda y derecha. Mamá habría dado su vida por bien aprovechada si sus hijos hubieran sido dos tiburones con triple fila de colmillos. Y si se los limpiaran todas las noches, claro.
Mientras nos cepillábamos les oímos empezar a discutir. No habían esperado siquiera a que nos acostásemos como otras veces. Siseaban para que no nos enteráramos; pero sí nos enterábamos.
–No te cepilles los dientes tan fuerte, que no oigo.
Miguel dejó de cepillarse, pero aun así no distinguíamos lo que estaban diciendo. Hablaban demasiado bajo. Además sus voces se mezclaban con las de los anuncios. Oímos pasos y de nuevo nos pusimos a frotar los dientes frenéticamente.
–¿Todavía estáis aquí? A la cama.
Obedecimos. Mamá nos arropó y nos dio un beso en la frente de buenas noches. Quise decirle que nos dejara quedarnos con la televisión, pero no me atreví. Volvió al salón y al poco reanudaron la discusión. Mayra Gómez Kemp tapaba sus palabras al principio, pero enseguida el volumen de la pelea creció. Nos llegaban palabras sueltas, frases atropelladas, algún grito. La discusión era cada vez más agria, y ya no hablaban de la televisión, sino de la vida, de viejos rencores. Como les pasaba siempre. De pronto se callaron. Durante unos segundos se escuchó sólo la tele, una música alegre, hasta que unos segundos más tarde también la música se acabó. Me imaginé el televisor apagándose con aquella línea multicolor. Luego oímos la puerta de casa abrirse y cerrarse. Quizá papá había ido a bajar la basura. Quizá se había ido a algún bar, como hacía a veces. O a lo mejor había cogido la televisión y estaba yendo a devolverla.
Mi hermano Miguel empezó a llorar.
–¿Por qué lloras? Que te van a oír y entonces te vas a enterar de lo que es bueno.
–Las pulgas de la televisión van a salir y me van a picar.
Hipaba un poco. Daba pena lo pequeño que era para muchas cosas, cómo se creía todo lo que le contaban. Ya no lloraba, pero le oía temblar debajo de la manta. Me di la vuelta y cerré los ojos muy fuerte hasta que me quedé dormido.
2
Cómo se hace un entierro vikingo
El dónut de los recreos era sagrado.
En casa no tomábamos ni Phoskitos ni Tigretones porque a mamá no le gustaban; los Bollycao yo creo que ni siquiera existían aún. Mamá los miraba con la desconfianza del que piensa que si para venderse tienen que regalar un cromo o una pegatina es que no deben de ser gran cosa. Era una mujer que por definición sospechaba de las ofertas. Algo tendrán que ocultar, pensaba; por eso llevan envoltorio de plástico. Ni se le ocurría que tal vez pudiera ser por higiene. Así que nos daba a elegir entre comprarnos un dónut o un cuerno de chocolate.
Siempre elegíamos el dónut.
Cada día, mi madre me daba dos monedas de cinco duros y se quedaba fuera del ultramarinos para que yo comprara los dos dónuts del recreo, el mío y el de mi hermano. Lo primero que yo hacía, mientras entraba, era mirar si las monedas tenían la cara de Franco o del rey. Yo prefería que estuviera el rostro del rey, porque la imagen de Franco me resultaba un poco desagradable, pero en la cruz me gustaba más el águila imperial que la corona, que me parecía muy sosa. Si había que jugarse algo a cara o cruz yo elegía siempre cara si la moneda era con el rey, y cruz si la moneda era de Franco.
El tendero, con su bolígrafo siempre apoyado en la oreja, me daba los buenos días, esperaba a que le dijera lo que quería, como si hiciera falta (siempre pedíamos lo mismo: dos dónuts de azúcar, por favor; él debía de conocernos como «los de los dónuts»), y luego cogía con unas pinzas de acero uno de una caja de cartón en la que estaban alineados, lo ponía en una hoja de papel estraza y envolvía el dónut con movimientos pausados, milimétricamente. Doblaba los bordes como si estuviese envolviendo un regalo precioso. Un regalo de Reyes cada día de colegio. Después repetía la operación con el de mi hermano y me tendía los dos bollos envueltos mientras yo le daba las dos monedas de veinticinco pesetas.
Metíamos los dónuts en las carteras (¡andá, la cartera!) y nos íbamos al colegio.
Cuando llegaba la hora del recreo el papel de estraza ya estaba traslúcido, marcado por la grasa que rezumaba del dónut, con las lascas de azúcar medio disueltas (¡eran, os lo juro, lascas de azúcar, no polvo de azúcar!). Muchas veces el dónut estaba aplastado por un lado u otro por culpa del peso de los libros, hasta que parecía más bien un dónut cubista. Pero estaba igual de rico que si tuviera la forma perfecta, y dudo mucho de que ningún millonario del mundo disfrutara más con su langosta que yo con mi rosquilla de los recreos. Desenvolvía el papel de estraza, lo cogía con tres dedos y le daba un gran mordisco.
La felicidad es el primer mordisco a un dónut en el recreo de las once.
Luego arrugaba el papel de estraza en una bola (¿cómo de dura se puede hacer una bola de papel?) mientras me comía el resto del dónut. A veces me comía primero todo el borde, mordisco a mordisco, hasta que tenía un agujero de dónut rodeado nada más que de una fina línea de masa. Y lo mejor es que mamá no estaba allí para decirme cómo tenía que comerme el dónut o que era un cochino por comérmelo de esa manera. Mamá se pasaba el día diciéndonos cómo teníamos que comer y cómo no.
–Con la comida no se juega.
–¿Por qué?
–Porque no.
–Pero ¿por qué?
–Porque con la comida sólo juegan los cerdos, no las personas.
Yo nunca había visto a un cerdo jugando con la comida, aparte de en los dibujos animados, pero cuando mamá se encabezonaba en algo era mejor abandonar.
Cuando acababa el dónut (qué poco duraba) chupaba los dedos húmedos por el dulce. Dos veces cada dedo. Qué rico.
–¿Por qué tu madre nunca te hace bocadillos? –me preguntó una vez en el recreo Iván Manrique, que siempre tenía bocadillos de queso o de salchichón que le costaban un mundo terminar.
Al principio no supe qué decirle. Me encogí de hombros.
–Me los hace para merendar.
Por la tarde mamá nos hacía bocadillos de chorizo de Cantimpalos o de chocolate si teníamos suerte, o nos daba quesitos de El Caserío. A veces nos ponía bocadillos de fuagrás, que yo me comía a regañadientes porque me daba un poco de asco su textura. Más a menudo, el bocadillo era de chopped. A mí me hacía gracia el nombre, que me parecía extranjero pero no sabía decir de dónde exactamente. ¿Por qué se escribía «chopped» si luego se pronunciaba «chope»? Qué exótico. También me gustaba que pareciera que estaba hecho de retales de embutido. Si sacabas la rodaja de chopped del bocata y la mirabas con atención podías ver caras.
–¿Sabes de qué hacen el chopped, Miguel? De gente.
–Mentira cochina.
–Jo que no. Mira aquí: ¿esto es un señor o no es un señor?
A Miguel no le gustaba el chopped y ponía cara de mártir cuando nos lo daban. A mí sí me gustaba el sabor, pero me mareaba un poco si lo olía.
–Fíjate, Miguel, el chopped huele a pie. Luego dices que no está hecho de gente.
Por la tarde no había dónuts ni bambas de nata ni cuernos de chocolate y a mi madre le habría resultado chocante que lo hubiéramos sugerido. En mi familia nos gustaban las costumbres, la rutina hecha de acero inoxidable, resistente a todo. Las cosas se hacían siempre de la misma manera porque siempre se habían hecho así. Punto y final.
–A mí para merendar siempre me ponen fruta –dijo Iván con tono de que sus padres se preocupaban por su salud, no como los míos. O a lo mejor con tono de que mis padres sí que molaban, no como los suyos. O a lo mejor con tono de las dos cosas.
Iván Manrique, Iván para los compañeros, Manrique para algunos profesores, era mi mejor amigo. Se sentaba a mi lado en clase, y nos comíamos juntos el almuerzo durante el recreo en el porche del colegio, antes de salir a jugar. Nos llevábamos bien. Yo era mejor que él a las chapas, las canicas y la peonza. Él era mejor al Rescate y al Látigo. Jugando a Vikingos o a Churro va, éramos parecidos. Yo sacaba mejores notas que él en Matemáticas, Lengua e Inglés, pero a él se le daban mejor Sociales y Naturales, y desde luego, Dibujo: yo dibujaba auténticos churros y él era el mejor de la clase.
Los dos éramos del Real Madrid a muerte, pero jugábamos al fútbol tan mal que ni siquiera se nos ocurría pensar quién era el peor de los dos. De todas maneras no podíamos jugar mucho en el colegio, porque el campo siempre estaba ocupado por los de séptimo y octavo, que en cada recreo celebraban entre ellos un partido caótico y multitudinario. Como mucho a veces nos refugiábamos en el porche de detrás del colegio y echábamos entre varios un gol regañao usando como balón una pelota de tenis o, si no había, una lata aplastada.
Le conté a Iván lo de la televisión nueva mientras dábamos un paseo por el patio pequeño. En el colegio había dos patios. El situado junto a la entrada era el más chico y estaba completamente asfaltado. Ahí se formaban las filas por las mañanas, jugaban los más pequeños y las chicas saltaban a la comba o a la goma. Como era más estrecho que el otro patio, también se usaba para jugar al Látigo. El patio grande, en cambio, estaba detrás del edificio y era en su mayor parte de tierra. Ahí se jugaba a la peonza, a las canicas, y a todo lo que necesitara espacio para correr, como el Rescate o el Pañuelo. Era también donde estaban los campos de fútbol sala y de baloncesto que usaban los mayores.
Iván tenía todavía el bocata de queso a medias. Al final muchas veces acababa tirando su bocadillo en una papelera o dándoselo, si era de chorizo, al Piraña, que era como el camión de la basura de los restos de bocadillo del colegio (le llamábamos Piraña porque era como el Piraña de Verano azul, claro; seguramente no había ningún colegio en el país sin al menos un Piraña). Yo iba con las manos metidas en los bolsillos porque hacía mucho frío. Todos los días parecía que se iba a poner a nevar, aunque al final no cayera ningún copo. Odiaba el invierno. Cuando era más pequeño pensaba que el vaho que salía de la boca si hacía frío era parte del alma, que abandonaba poco a poco el cuerpo.
Para explicarle lo grande que era nuestra televisión nueva tuve que sacar las manos de los bolsillos. Qué rasca. Estiré los brazos. Igual exageré un poco. Él me miraba con ojos escépticos, sin dejarse impresionar.
–¿Y cambia el canal con sólo tocar el botón?
–Sí, ya te lo he dicho.
–¿Quieres bocadillo?
–No –dije yo, que no estaba dispuesto a soltar la presa–. Lo tocas y, zas, cambia de canal. Instantáneamente. Es una Philips.
Tiró el bocadillo en una papelera. Con la de niños que se mueren de hambre en Etiopía, como decía mi madre, o la suya, o cualquier madre del mundo, excepto las de Etiopía. Caminamos hacia el patio grande. A nuestro alrededor había grupos de niñas jugando a la goma, a la comba, niños persiguiéndose a toda carrera, niños que comían sus bocadillos, niños tirando la peonza, niños jugando al Tú la llevas. ¿Cómo es posible que no haya accidentes continuos en el caos de los patios de los colegios? Un profesor vigilaba tieso como un guardia desde una esquina del porche mientras fumaba.
–¿No es japonesa? Las mejores televisiones son japonesas.
–Porque tú lo digas.
–Las mejores son las Sony. Nosotros tenemos una Sony. Y el vídeo también es Sony.
Sony no parecía un nombre muy japonés. Japonés era Kawasaki, o Banzai, o Kamikaze, o Samurai. Sony parecía americano, pero no debía de serlo, claro, porque los padres de Iván eran comunistas de los de entonces, de los que estaban en contra de todo lo que viniera de Estados Unidos: la OTAN, Rambo, Carl Lewis, el McDonald’s. Ellos eran partidarios del Pacto de Varsovia, de Ben Johnson y la ensaladilla rusa. De hecho Iván se llamaba Iván, me había dicho una vez, porque era un nombre ruso.
–¿Tu televisión se cambia sin apretar los botones?
Yo había estado cientos de veces en su casa y sabía de sobra que su televisión no lo hacía. Y era más pequeña que la nuestra.
–No –admitió por fin.
–Pues entonces.
Era mi mejor amigo, sí, pero a veces me daban ganas de darle un soplamocos para que se enterara de lo que valía un peine. Mi madre decía mucho eso: te vas a enterar de lo que vale un peine. ¿Cuánto valía un peine? Nunca lo decía, y nunca era el momento bueno para preguntárselo. Caminamos unos segundos en silencio. Estábamos medio enfadados, o a punto de enfadarnos.
–A color todas las películas molan más –dijo Iván. Era una tregua sin forma de tregua, como todas las que valen realmente algo, y la acepté.
Estuvimos un poco más hablando de una película de vaqueros que habíamos visto los dos el sábado, en Primera Sesión. John Wayne era un sheriff, aunque estaba gordísimo, y se enfrentaba a un tipo rico y sus compinches. Tenía una barriga de campeonato pero era rapidísimo desenfundando. Bang, bang, bang. Los enemigos de John Wayne caían como moscas. Jugamos a ver quién desenfundaba primero. Discutimos porque él decía que había sacado el revólver más rápido que yo, y era mentira. Quedamos en que había sido empate. Luego jugamos al Rescate con más amigos y formamos parte del mismo equipo. Estuvo bien porque aplastamos al equipo contrario, en el que estaba nuestro archienemigo común, un compañero de clase por el que compartíamos una aversión mutua: el Espagueti. Al Espagueti lo llamábamos el Espagueti no porque fuera italiano (
