Introducción
Entre los símbolos que representan la nacionalidad, la identidad y la unidad política de los diversos grupos que componen el mosaico mexicano destaca la bandera. Se trata de un estandarte forjado por los procesos históricos que tejieron la identidad nacional. Este libro presenta un recorrido por el largo proceso de choque y fusión de símbolos de identidad que dio pie a la actual bandera mexicana. En este análisis podremos notar que desde los primeros siglos de la historia mexicana los símbolos visuales fueron los transmisores más eficaces de mensajes políticos y culturales para la sociedad. Esta constatación debería animar a los estudiosos de la historia de México a explorar con otros ojos la riquísima información iconográfica atesorada en el territorio y en los monumentos, además de la que se encuentra en los archivos y bibliotecas.
Por otra parte, esta lectura de los símbolos de identidad contradice la tesis de los historiadores y antropólogos que afirmaron que la conquista española hizo tabla rasa de las antiguas culturas mesoamericanas.1 La revalorización que aquí se hace del emblema del águila y la serpiente muestra que los símbolos de las culturas mesoamericanas resistieron con éxito la invasión de los símbolos europeos y a la postre se impusieron a ellos.
Algunos antropólogos, el estudiar los procesos de la dominación española en Mesoamérica, afirmaron que los actores europeos desempeñaron el papel protagónico, mientras que los grupos indígenas se mantuvieron pasivos, o se aislaron en sus comunidades, sin participar en los acontecimientos que modelaron la sociedad colonial. Apoyados en esas ideas, la mayoría de los estudios modernos y contemporáneos que se refieren a los orígenes de la nación mexicana, o a los temas de nación y nacionalismo, comienza con la Conquista o con la Independencia, sin referirse al pasado indígena.2 Este ensayo, por el contrario, parte de la raíz indígena y muestra que desde el siglo XVI hasta el fin del periodo colonial los grupos indígenas y mestizos no cesaron de participar en los procesos sociales y culturales que definieron la historia de la Nueva España y de la nación independiente.
Contra la idea de una cultura indígena inerte, este ensayo muestra que en la época colonial y en las primeras décadas del siglo XIX los grupos indígenas y mestizos defendieron tenazmente sus símbolos de identidad y mantuvieron un comercio activo con los legados procedentes de Europa. No sólo resistieron la cultura invasora, sino que imaginaron los artificios más sutiles para instalar sus propias tradiciones como símbolos representativos de grandes sectores de la población. Es cierto que en el triunfo de esos símbolos fue decisiva la participación de los criollos y mestizos, quienes los asumieron como símbolos de identidad propios. Pero esa revalorización no hubiera sido posible sin la motivación de la población indígena para promoverlos como representaciones intransferibles de su identidad y sin la decidida voluntad de defenderlos como emblemas de la nación aborigen.
Estos argumentos y otros semejantes vienen a sumarse al animado debate que se ha desatado sobre las identidades nacionales y los símbolos que las representan. Pero al menos este ensayo sugiere que el enfoque histórico continúa siendo un instrumento de comprensión incisivo y abarcador, pues muestra cómo los distintos actores colectivos, al hacer valer sus propias reivindicaciones, mudaron y renovaron los antiguos emblemas de identidad. Al chocar estos conceptos unos con otros y al enfrentar a los que llegaron de fuera, produjeron símbolos ingeniosos que intentaron recoger lo viejo en lo nuevo, bajo distintos ropajes conceptuales y recurriendo a variados medios simbólicos. En otras palabras, el análisis histórico muestra que las identidades colectivas no son entes inmutables, cristalizados en el tiempo para siempre. Por el contrario, como se verá aquí, son concepciones constantemente recreadas y cambiantes. Por otra parte, el análisis histórico, al mantener el oído atento a los murmullos del pasado y a los asedios del presente, no puede olvidar la amonestación del poeta, quien nos recuerda la hondura que tiene entre nosotros la herencia indígena, y nuestra responsabilidad para hacerla parte de la cultura mestiza que juntos hemos forjado. Dice Alfonso Reyes:
Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común. Pero cuando no se aceptara lo uno ni lo otro –ni la obra de la acción común, ni la obra de la contemplación común–, convéngase en que la emoción histórica es parte de la vida actual y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como teatros sin luz. El poeta ve, al reverberar de la luna en la nieve de los volcanes, recortarse sobre el cielo el espectro de [los innumerables mitos y ensoñaciones colectivas formados por los antiguos grupos indígenas que poblaron el territorio]: no le neguemos la evocación, no desperdiciemos la leyenda. Si esa tradición nos fuere ajena, está como quiera en nuestras manos y sólo nosotros disponemos de ella.3
1 Por ejemplo, el historiador francés Robert Ricard aseveró, en su conocido e influyente libro La conquista espiritual de México (México, Jus Polis, 1947), que los indígenas del centro y sur de México habían sido completamente cristianizados, adoptando con entusiasmo la nueva fe y sus valores. Una crítica a esta interpretación puede verse en Jorge Klor de Alva, “Spiritual Conflict and Accomodation in New Spain: Toward a Typology of Aztec Responses to Christianity”, George A. Collier, Renato I. Rosaldo y John D. Wirth (comps.), The Inca and Aztec States 1400-1800: Anthropology and History, Nueva York, Academic Press, 1982, pp. 356-366; y James Lockhart, The Nahuas after the Conquest, Stanford, Stanford University Press, 1992, pp. 2-5.
2 El primero en proponer esta interpretación fue el gran historiador conservador Lucas Alamán en su obra Historia de Méjico, desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente, publicada en cinco tomos entre los años 1849-1852. En tiempos más recientes han seguido este parteaguas temporal los siguientes autores, entre muchos otros: José Vasconcelos, Breve historia de México, México, Botas, 1937; Silvio Zavala, Apuntes de historia nacional, 1808-1974 (primera edición 1940-1943), México, FCE, 1990; Josefina Vázquez de Knauth, Nacionalismo y educación en México, México, El Colegio de México, 1970; David A. Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, Era, 1980; Cecilia Noriega Elio (comp.), El nacionalismo en México, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1992; Héctor Aguilar Camín, “La invención de México. Notas sobre nacionalismo e identidad nacional”, Nexos, julio de 1993, pp. 49-68.
3 Alfonso Reyes, México en una nuez y otras nueces, México, FCE, 1996, pp. 35-36.
LOS ORÍGENES DEL ESCUDO NACIONAL,
1325-1824
I. De Aztlán a Tenochtitlan
La famosa peregrinación desde el mítico Aztlán a la fundación de México-Tenochtitlan es el crisol que fragua la identidad mexica, el periplo que hace manifiesta su misión como pueblo escogido de Huitzilopochtli, y el trayecto que desvela el cumplimiento de las profecías de su dios protector: la apropiación de un nuevo territorio y la fundación de su ciudad, señalada a ser la capital de la ecúmene. Por contener en su narración los episodios formadores de la identidad mexica, por su lenguaje y por la circunstancia en que fueron elaborados, los relatos de la peregrinación han sido objeto de contrastadas interpretaciones. Un primer acercamiento a ellos los dividió en dos clasificaciones irreconciliables. Una los señaló como relatos puramente míticos, sin relación con la realidad histórica de su tiempo,1 y otra les atribuyó la calidad de narraciones fidedignas.2
Otros estudios sobre su origen y composición interna advierten que se trata de relatos elaborados en fechas posteriores a los años de la peregrinación, y sugieren que fueron pintados o escritos inmediatamente después del triunfo de los mexicas sobre los tepanecas en 1428. Más tarde, al aumentar el interés por estos documentos, la crítica advirtió que todos ellos fueron redactados en los años siguientes a la conquista de México-Tenochtitlan.3 Se trataría, entonces, de relatos construidos en fechas posteriores al momento en que ocurrieron los hechos narrados, obra de una mirada retrospectiva, cargada con la intencionalidad mexica de exaltar la victoria y reinterpretar el pasado desde la perspectiva de las hazañas logradas.4 Confirma esa hipótesis la decisión que tomó el tlatoani mexica Itzcóatl después del triunfo sobre los tepanecas, quien mandó destruir los códices y tradiciones que guardaban la memoria antigua.5 Las historias que han llegado hasta nosotros sobre el origen, el desarrollo incontenible y las conquistas portentosas del pueblo mexica son precisamente un espejo magnificado de esas empresas, una historia oficial del Estado mexica. Entre esas imágenes destacan los símbolos que señalaron su identidad con el islote conquistado en el medio de la laguna.
En las imágenes que los códices proporcionan de Aztlán se pintan los calpolli asentados en la isla (figura 1), o a los dirigentes de esos grupos (figura 2), llamados huexotzincas, chalcas, xochimilcas, malinalcas, tlahuicas, tepanecas y matlatzincas. Pero se trata de representaciones anacrónicas que falsifican la realidad histórica. Como se advierte, esas imágenes se refieren a un estadio social y cultural que no corresponde al de los primitivos cazadores que entonces vagaban por las estepas norteñas. La organización en calpolli, la presencia de templos de cal y canto, el uso del sistema calendárico, la concepción teológica del dios Huitzilopochtli y de los cargadores (teomama) del bulto (tlaquimilolli) con su imagen (figura 3), y la indumentaria de algodón de estos personajes es una representación de los pueblos mesoamericanos que habitaban el México central en los tiempos dorados del reino de Tollan-Teotihuacán o de los toltecas de Tula. Así como la descripción del paisaje natural de Aztlán es una proyección anacrónica del paisaje real de la región de los lagos del Valle de México, así también los rasgos culturales del grupo que inicia la peregrinación corresponden al nivel más alto de la civilización mesoamericana.6
FIGURA 1. Representación de Aztlán y los cuatro calpolli.
FIGURA 2. Representación de Aztlán en el Códice Boturini.
FIGURA 3. Cuatro teomamaque cargando su respectivo bulto.
Desde la salida de Aztlán al arribo a Tenochtitlan transcurren 260 años, exactamente cinco vueltas del siglo mesoamericano de 52 años. Un largo peregrinar sembrado de obstáculos, privaciones y añagazas para desviar a los viajeros de su meta. Pero gracias a la protección inquebrantable de Huitzilopochtli esos impedimentos son derrotados y los sucesivos desafíos se convierten en otras tantas victorias del pueblo escogido. Desde la salida de Aztlán, Huitzilopochtli asume la tarea de guía pundonoroso de su pueblo. En la isla de Aztlán, que se ubica, como la Tenochtitlan futura, en la mitad de una laguna, Huitzilopochtli les ordena iniciar la partida el día 1 pedernal (1 técpatl), fecha mágica que más tarde marcará la encarnación de Huitzilopochtli en el cerro de Coatépec, la llegada a Chapultépec, el preludio de la fundación de Tenochtitlan, la designación de su primer tlatoani (Acamapichtli) o el ascenso al trono de Itzcóatl, el vencedor de los tepanecas y creador de la Triple Alianza.7 El camino de la peregrinación está pautado por estas fechas sagradas y por escenarios simbólicos que, más que precisar un derrotero, señalan el cumplimiento de un destino.
Aun cuando diversas fuentes indican que estos migrantes procedían del norte, de regiones esteparias y secas, los códices que relatan su itinerario describen sólo parte del México central y particularmente la entrada en la región de los lagos del Valle de México.8 Las fuentes escritas reproducen y a veces detallan el recorrido transcripto en los códices, pero al igual que éstos se concentran en etapas y escenarios simbólicos, en momentos trascendentes que parecen revelar el sentido del periplo y su propósito final. De los innumerables acontecimientos de la peregrinación aquí sólo vamos a referirnos a Aztlán, el lugar de origen, y a los episodios que tienen lugar en Tula-Coatépec, Chapultépec, Colhuacan y el islote donde se funda México-Tenochtitlan.
En la primera lámina de la Tira de la Peregrinación se ve la isla de Aztlán con un templo en el centro y a los lados seis casas que se refieren a las tribus o barrios que la poblaban. A la derecha un personaje en una canoa indica el abandono de la isla en la fecha 1 técpatl (1 pedernal), bajo la guía del dios patrono del grupo, Huitzilopochtli. Las huellas de pies señalan que los viajeros han llegado al lugar de la montaña torcida del lado derecho, en cuyo interior hay una enramada, bajo la que se advierte la cara del dios saliendo del pico de un pájaro. Las volutas que escapan de su boca sugieren que está hablando, transmitiendo su mensaje a la gente que ha dejado Aztlán e inicia una larga peregrinación. Las láminas siguientes narran ese periplo y muestran que éste se realiza bajo las señales y la autoridad de Huitzilopochtli.9
Aún hoy día, a pesar de numerosas especulaciones, no se ha localizado el misterioso Aztlán, el lugar del que proviene el gentilicio azteca. Las fuentes que relatan los orígenes de los aztecas identifican este sitio con el famoso Chicomóztoc, el lugar de las siete cuevas (figura 4). Las voces Aztlán y Chicomóztoc se refieren al sitio de donde salieron los antepasados, a los orígenes remotos. Chicomóztoc es un símbolo de las agrestes tierras del norte y evoca, “al mismo tiempo, un modo de vida, el de los chichimecas”.10 En estos relatos y en las crónicas y monumentos posteriores los mexicas se esforzaron por hacer constar sus orígenes chichimecas. Al poco tiempo de salir de Aztlán ocurre otro acontecimiento que confirmó la elección de pueblo escogido y les otorgó el nombre que los distinguiría de los demás chichimecas. Al morir el sacerdote principal que los guiaba volvieron a escuchar la voz de Huitzilopochtli, quien dijo:
Desde ahora ya no os llamaréis aztecas, [porque] yo os doy un nuevo nombre; en adelante [os llamaréis] mexitin. También allá les embiznó las sienes, cuando les cambió su nombre por el de mexitin; y les dio asimismo la flecha, el arco, el escudo y la red, pues los mexitin flechaban a todo lo que vuela.11
FIGURA 4. Llegada de Icxicóhuatl y Quetzaltehuéyac a la gran montaña para hablar con los siete grupos chichimecas, en el mítico Chicomóztoc.
Investidos de esa identidad singular reinician la marcha y pasan por Tula, deteniéndose en un cerro cercano llamado Coatépec, “el cerro de la serpiente”, donde los saluda otro portento (figura 5). En este lugar Huitzilopochtli ordena a sus seguidores represar el río que por ahí corría y al punto nace en las riberas una laguna y un vergel con tules, sembradíos y abundancia de animales. Milagrosamente Coatépec se transforma en una copia de las antiguas capitales toltecas, con su plaza central, el templo prominente dedicado al dios protector, el juego de pelota y el tzompantli sobrecogedor. El disfrute de este paraíso indujo a una parte de los mexicas a demandar asentarse en ese lugar, que Huitzilopochtli había indicado era apenas un anticipo del final de la peregrinación.12 Los instigadores de esta propuesta son los llamados centzohuitznahua, “los 400 surianos”, que según otros textos son los hermanos de Coyolxauhqui, una hija de Coatlicue. Los relatos que narran el mito de Coatlicue dicen que ésta tenía bajo su cuidado el templo situado en la cima del cerro Coatépec. Un día, mientras hacía la limpieza del templo, una bola de plumas finas cayó en su seno y quedó embarazada. Al descubrir la preñez de su madre, Coyolxauhqui y los centzohuitznahua montaron en cólera y planearon su muerte. Cuando estaban a punto de acabar con ella, Huitzilopochtli salió de las entrañas de su madre completamente armado con su escudo de plumas de águila y su xihucóatl, la Serpiente de Fuego (figura 6), y con gran ímpetu decapitó a Coyolxauhqui, la precipitó por las escaleras del templo y procedió a sacrificar a los centzohuitznahua, abriéndoles el pecho y extirpándoles el corazón. En la mitología mexica el episodio de Coatépec simboliza el nacimiento del dios protector de ese pueblo y la encarnación de la fuerza avocada a destruir a sus enemigos.13
FIGURA 5. La montaña sagrada Coatépec, “el cerro de la serpiente”.
La estancia en Coatépec es un episodio crucial en esta interpretación retrospectiva de la peregrinación mexica. Ilustra un pasaje decisivo en la representación de Huitzilopochtli, pues éste deja de ser el bulto sagrado (tlaquimilolli) que cargaban en sus espaldas los sacerdotes guía, para volverse la encarnación en cuerpo entero del dios, resuelto a conducir a su pueblo a la última meta, transformado en implacable exterminador de sus enemigos y en guerrero invencible.
FIGURA 6. Cabeza de la serpiente de fuego Xiuhcóatl.
Luego de ser testigos de este portento, los mexicas abandonan Coatépec, llegan al lado occidental de los lagos, se detienen brevemente en Tenayuca, pasan por Azcapotzalco y arriban hacia 1280 a Chapultépec, el cerro del chapulín, donde padecen la hostilidad de los pueblos ahí asentados (figura 7). A partir de estos años las crónicas y los códices registran con mayor detalle los acontecimientos y dan cuenta de las guerras que desatan los pueblos de las riberas contra los invasores mexicas. En Chapultépec, una de estas guerras se origina por divisiones entre los mismos mexicas y acaba con la muerte de Cópil, el líder enemigo de los seguidores de Huitzilopochtli. Otra ocurre en 1285, promovida por los malinalcas, y una más en 1295, impulsada por los chalcas.14 En esos tiempos difíciles las crónicas informan del ascenso de Huitzilíhuitl al cargo de gobernante de los mexicas.15
FIGURA 7. Llegada de los mexicas a Chapultépec.
FIGURA 8. Los jefes mexicas son llevados ante Coxcox,
señor de Colhuacan.
La Crónica Mexicana de Hernando de Alvarado Tezozómoc consigna la formación de una poderosa coalición de los pueblos asentados en las cercanías de los lagos contra los mexicas. Los tepanecas se aliaron entonces con los azcapotzalcas, colhuas, chalcas y xochimilcas para expulsar a los temibles mexicas, cuyo denuedo y belicosidad se habían convertido en una amenaza para esos pueblos. El embate fue tal que esos ejércitos confederados derrotaron a los mexicas, tomaron prisionero a Huitzilíhuitl, y luego de infligirles un trato humillante a él y a su hija, los sacrificaron. Las crónicas narran que las mujeres, los niños y los prisioneros fueron deportados y sometidos a servidumbre. Muchos mexicas quedaron muertos en las riberas de la laguna, otros se refugiaron en islotes inaccesibles y muy pocos lograron asentarse en los alrededores. El pueblo de Huitzilopochtli fue casi aniquilado. La Tira de la Peregrinación informa que los sobrevivientes pasaron a ser servidores y tributarios de Colhuacan (figura 8).16 Muchos años después, cuando los mexicas se habían refugiado en la isla de Tenochtitlan, recordaron con amargura los trágicos acontecimientos del año 1 tochtli:
[…] en Chapultépec […] entonces la oscuridad se abatió sobre nosotros, y la herencia del año 1 Tochtli fue [sólo] el llanto. Ya son llevados los mexicas, que antes estaban en Chapultépec, van lamentándose los mexicas […] con los escudos volcados perecimos entre las rocas de Chapultépec […] Los viejos mexicas que lograron escapar se perdieron entre las aguas y se revistieron de cortezas en Acolco […] El macehual y el noble señor [padecieron] por igual cuando abandonamos Colhuacan; nos afligimos los mexicas y se alzó el llanto.17
Las fatigas de la peregrinación culminaron en la visión anunciada por Huitzilopochtli, cuando les ordenó salir de Aztlán. Al buscar cerca de la laguna tierras donde asentarse, los sacerdotes cargadores del dios guía vieron ante sí el lugar de la blancura: el ahuehuete blanco, el tule blanco, la rana y la culebra blancas, los peces blancos y dos cuevas. Dicen los textos que en cuanto vieron esto lloraron al punto los ancianos y dijeron:
De manera que aquí es donde será, puesto que vimos lo que nos dijo y ordenó Huitzilopochtli. [Al día siguiente Huitzilopochtli llamó otra vez a los sacerdotes líderes y les dijo que volvieran a la parte de la laguna antes descrita, donde encontrarían un] tenochtli en el que veréis se posa alegremente el águila, la cual come y se asolea […], allí estaremos, dominaremos […] nos encontraremos con las diversas gentes […] con nuestra flecha y escudo nos veremos con quienes nos rodean, a todos los que conquistaremos, apresaremos, pues ahí estará nuestro poblado, México-Tenochtitlan, el lugar en que grita el águila, se despliega y come, el lugar donde nada el pez, el lugar donde es desgarrada la serpiente, México-Tenochtitlan.18
Es natural entonces que el encuentro con el lugar señalado por Huitzilopochtli ocupe un lugar privilegiado en las representaciones plásticas del arribo de los mexicas a Tenochtitlan. Casi todos los códices que narran la peregrinación mexica coronan su relato con la escena de la fundación de Tenochtitlan (figuras 9 a y b).
El águila, la serpiente y el nopal
En el glifo que señala la fundación de Tenochtitlan destacan tres figuras: el águila, la serpiente y el nopal. Veamos entonces cómo estas tres figuras se convierten en símbolos de la identidad de Tenochtitlan y del pueblo mexica.
Si procedemos de abajo hacia arriba, el primer misterio de este símbolo es el de la piedra de la que brota el nopal. Los estudiosos de los orígenes del pueblo mexica llegaron a la conclusión de que esa piedra en la mitad de la laguna alude al corazón sacrificado de Cópil, quien era hijo de Malinalxóchitl, la hermana mayor de Huitzilopochtli. Malinalxóchitl cayó en desgracia por causa de un conflicto con su hermano y fue apartada de la tribu; se refugió entonces en Malinalco y ahí procreó a Cópil, a quien le inculcó su odio a Huitzilopochtli. Más tarde, cuando los mexicas llegaron a Chapultépec y comenzaron a ser hostigados por los pueblos vecinos, Cópil aprovechó la ocasión para sublevar a los pobladores del valle contra la tribu de los mexicas, comandados por Huitzilopochtli. Luego de instigarlos contra los invasores, Cópil subió a una colina para contemplar la destrucción de sus enemigos.
FIGURA 9 A. Escena fundacional de Tenochtitlan
en el Códice Mendoza.
Pero el poder clarividente de Huitzilopochtli se anticipó a esas intrigas. Con la ayuda de sus capitanes logró capturar a Cópil y él mismo decapitó al traidor. Le arrancó el corazón y se lo entregó a uno de sus sacerdotes, quien lo arrojó al centro de la laguna, donde se convirtió en la piedra de la que surge el nopal. El simbolismo de este episodio sugiere que Tenochtitlan se fundó sobre el corazón sacrificado de los enemigos de Huitzilopochtli y, por extensión, del pueblo mexica.19
FIGURA 9 B. Escena fundacional de Tenochtitlan en el Manuscrito Tovar.
FIGURA 10. Representación del árbol cósmico en el centro del tablero de la Cruz Foliada de Palenque.
FIGURA 11. Teocalli de la Guerra Sagrada, monumento con la representación del lugar donde se fundó México-Tenochtitlan.
El nopal que surge del corazón sacrificado de Cópil es el árbol emblemático de los mexicas. En la antigüedad mesoamericana el árbol fue un símbolo común, pues se usó para representar los tres niveles del cosmos: el inframundo, la superficie terrestre y el espacio celeste. Sabemos que desde las primeras culturas de Mesoamérica, entre los olmecas por ejemplo, el árbol del maíz significaba esos tres espacios. Asimismo, en los monumentos mayas de la época clásica el árbol cósmico se representó por la planta del maíz (figura 10). De esta tradición proviene la costumbre mesoamericana de representar a una región por su árbol emblemático, de modo que así como la tierra maya fue reconocida por la presencia de la ceiba, o la tierra mixteca por el árbol del pochote, las tierras situadas al norte de Tenochtitlan se identificaron con los cactus, las plantas propias de esa región agreste. Basados en esa tradición los mexicas hicieron del nopal su árbol emblemático y, como tal, es símbolo de su identidad.
En el Museo Nacional de Antropología se conserva el monumento más antiguo que conocemos sobre la fundación de México-Tenochtitlan, llamado Teocalli de la Guerra Sagrada (figura 11). En él vemos un águila real parada en un nopal, el árbol heráldico, lanzando el grito de guerra que hizo famosos a los mexicas: atl tlachinolli, que quiere decir agua hirviente o quemada. El árbol emerge de la roca o corazón de Cópil, y sobre él se posa el águila.
Una de las características de este árbol son sus frutos: la tuna de pulpa jugosa que alimenta y calma la sed. Como lo advirtió con agudeza Alfonso Caso, esta fruta tiene un lugar destacado en la iconografía sacrificial de los mexicas, pues representa el corazón humano y, más precisamente, el corazón de los guerreros sacrificados.20 El Códice Florentino, al referirse a este símbolo, dice: “los corazones de los cautivos sacrificados los llamaban quahunochtlitlazoti”, las preciosas tunas del águila. El monumento llamado Teocalli de la Guerra Sagrada y la primera lámina del Códice Mendocino confirman esa interpretación: en ambas imágenes el águila apresa la tuna, que tiene forma de corazón humano. De modo que en la imagen y en los símbolos la fundación de Tenochtitlan aparece asociada con el sacrificio de corazones para alimentar al sol, Tonatiuh, la deidad nacional mexica.21
Las imágenes de la guerra y el sacrificio se unieron en la figura del águila, que es una representación de Tonatiuh, el sol. En la simbología de los mexicas el águila es el doble del sol: encarna su faz divina y el movimiento ascendente hacia el cenit. Es el ave solar por excelencia, un depredador, un cazador. Simboliza el momento en que el sol surge triunfador de las tinieblas de la noche y se instala vencedor en el cielo diurno. La imagen que representa el águila devorando pájaros o una serpiente alude a la victoria del sol sobre sus enemigos y expresa el triunfo de los guerreros sobre los antiguos pueblos agrícolas.
La oposición entre el águila y la serpiente es una imagen recurrente y antigua en la iconografía de Mesoamérica. Desde tiempos remotos se enc
