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CHUCK PALAHNIUKGuionDibujoCAMERON STEWARTColorDAVE MCCAIGRotulación del originalNATE PIEKOS, DE BLAMBOT®Cubierta y portadillasDAVID MACKLa jugada maestraTraducciónJAVIER CALVO


Título original: Fight Club 3 Esta edición contiene los números # 1- # 12 de Fight Club 3Edición en formato digital: abril de 2021 © 2020, Chuck Palahniuk. Dark Horse Books® y Dark Horse logo son trademarks de Dark Horse Comics, LLC, registrados en varias categorías y países. Reservados todos los derechos© 2021, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona© 2021, Javier Calvo Perales, por la traducciónPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideasy el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva.Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyrightal no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso.Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando librospara todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos,http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-17910-53-2 Compuesto en M. I. Maquetación, S. L.Composición digital: Newcomlab S.L.L: Tarjeta sanitariaSR. TITULAR¡¡Sacar la basura!!President and publisher Mike RichardsonEditor Scott AllieDark Horse Books


INTRODUCCIÓNINTRODUCCIÓNSi repasamos los últimos treinta años en busca de los escritores y obras que han cambiado de forma significativa la narrativa contemporánea, hay sorpren-dentemente pocos candidatos. La mayoría de lo que se denomina «literatura seria» suele venir pegado al obligatorio suplemento de que dicha obra tiene«valores positivos». Esto suele significar una declaración de adhesión a losestilos de vida y valores de la (menguante) población que tiene tanto el tiem-po como la capacidad de concentración necesarios para leer «literatura se-ria», es decir, el sector libresco de la burguesía; da igual que sean de izquier-das o de derechas. Esa es la gente que suele leer, publicar y criticar novelas.Apenas nadie disputa el declive secular de la novela como puntal de la cultura. En nuestra turbulenta pero conformista época, a las poderosas corporaciones de venta al público les resulta más fácil promocionar narrativa escapista de género, cuyos autores escriben para los nichos de «terror», «crimen e intriga» o«novela romántica»: literalmente espacios de las librerías que disparan esasunidades al público. Otro dato a tener en cuenta es que las series televisivasde formato largo son de factolas nuevas novelas; los libros se han convertidoprincipalmente en argumentos de venta de adaptaciones televisivas y solotienen una vida comercial significativa en tanto que voluminosos folletospromocionales para unas producciones televisivas obsesionadas con las se-cuelas. Pero, como pasa con todo en el Occidente neoliberal, casi nunca seanuncia la verdad subyacente al argumento socioeconómico: lo que se des-cribe habitualmente y a menudo con pomposidad como «narrativa seria» noes en sí misma más que otro género. Podríamos llamarlo perfectamente «na-rrativa pija». Escribir sobre personajes de clase media-alta que se enamoranose desenamoran (preferiblemente en esos trasfondos sensualmente evoca-dores donde la burguesía suele pasar las vacaciones, como por ejemplo partesselectas de México y del Caribe, de la Toscana, del sur de Francia, Grecia,etc.) sigue siendo el material habitual que gana los premios. A esos equiva-lentes culturales convencionales de las fotos de vacaciones se les ha añadidouna bienvenida condescendiente e imperialista a los escritores del «tercermundo», a menudo autores negros y asiáticos educados en Occidente y pro-cedentes de la élite socioeconómica de sus países anfitriones, a fin de promo-ver ese espejismo de «integración multicultural» que tanto gusta a los crea-dores progresistas de tendencias.Con contadas excepciones, toda esa clase de novelas contemporáneas carecen de diversidad temática y ofrecen los mismos personajes arquetípicos con sus nobles luchas de rigor. Es difícil que esto cambie, teniendo en cuenta la insi-diosa «profesionalización» de las artes. Casi todas las universidades ofrecen ya programas de escritura, invitando a los chavales de clase media a entregar a los bancos el dinero, los ahorros y las casas de sus padres. Igual que la aten-ción sanitaria y que la vivienda, la educación ha pasado de estar centrada en la, bueno, en la «educación», a su actual encarnación como estafa descarada,


que apenas consiste en algo más que la transferencia de riqueza de esos gru-pos al 1 por ciento.Y a medida que todo esto pasaba, hemos reemplazado la transgresión genuinapor la indignación de pega y el subidón barato que produce el estruendo de ladopamina en nuestros perfiles de redes sociales, donde exhibimos nuestrasneurosis para que otros se burlen, nos hagan el vacío o se identifiquen con no-sotros. ¿Y qué produce todo esto? Cuasirobots en una sociedad postartística:furiosa por la extinción de la luz de la verdadera humanidad. Luchando para noconvertirse en la cosa misma que ha sido tecnológicamente diseñada para reem-plazarnos: esas formas de vida basadas en el silicio que propagarán con mayoreficiencia nuestro virus de conquista, control y sometimiento por el espacio exterior. Pero transgredir de verdad, volver a «sentir» algo, ir al club de boxeo del barrio y dar puñetazos y recibirlos, soportando la belleza y la fealdad de esaviolaciónmutua…¿hay alguna emoción que merezca realmente ese nom-bre si no es visceral? ¿Hay algo más honesto y más humano?Este interminable (pero necesario) preámbulo nos lleva a la obra de uno de losescritores más importantes de nuestra época, Chuck Palahniuk. Su escritura lehabla primordialmente a la primera generación de estadounidenses (y a las si-guientes) que son más pobres que sus padres. Para alguien de mi edad de Eu-ropa Occidental es difícil entender que es ahí donde ha terminado el sueñoamericano (blanco); viejos ricos de piel rubicunda con sus esposas de Stepfordarrugadas y sus amantes androides de plástico, codiciándolo todo y al mismotiempo odiando a los recién venidos (marrones, negros, amarillos), a los quesupuestamente iba a liberar su llegada a este país. La generación de El club dela luchafue el primer batallón de chavales estadounidenses de clase obrera yclase media que fueron usados como objeto de trueque por parte de un sistemacorporativo que beneficia a los superricos. Donde ser estadounidense significapasarte la vida entera pagando a los bancos los préstamos de las inútiles titula-ciones requeridas para trabajar de cara al público a cambio de salarios cada vezmás bajos, que tienden a cero, mientras las contribuciones fiscales del 1 porciento van en la misma dirección. La otra opción, «no ir a la universidad», porlo general conlleva interminables chanchullos en los márgenes de la sociedady una implicación nada edificante en estafas cada vez de más poca monta,hasta quedar dilapidada la afabilidad jactanciosa de la juventud y completarsela triste transmutación en la persona hundida y desesperada que vive en la ca-lle. Por lo demás, el destino de los jóvenes es la servidumbre: que te valorensolo como artefacto capaz de despertar la culpa de tus padres para que se des-prendan del capital que tanto les ha costado ganar. Y luego que te caiga encimael muerto de cuidar de unos zombis que van a vivir para siempre gracias a losproductos de las grandes farmacéuticas, pero que pasan sus últimos cincuentaaños siendo unos simples sacos de huesos que solo tragan pastillas y apenasson conscientes de nada.Tyler Durden y Balthazar entraron a golpes en este mundo, guerreros amateursde artes marciales mixtas en el sótano, perdiendo dientes y puliendo su oficio sobre la marcha. Calando hondo en Estados Unidos, inquietos y ya no tan


cómodo consigo mismo, y luego volviéndose virales, infiltrándose en sitios donde aquella cultura de la violencia no se conocía o bien la reprimían las jerarquías reprobadoras, o, en algunos casos, en ubicaciones donde era endé-mica en el tejido social. El Reino Unido, por ejemplo, hace generaciones quetiene clubes de la lucha, que se denominan pintorescamente «bandas de gam-berros del fútbol». Esas bandas siguen existiendo, aunque a escala más peque-ña y marginal, a pesar de los esfuerzos histéricos de políticos y agencias poli-ciales. En la Gran Bretaña de hoy en día, una pelea a puñetazos de un viernespor la noche les granjeará a sus participantes un aviso de la policía. En el peorde los casos, puede que tengan que pasar una noche en el calabozo, entredolor de contusiones y bullir de remordimientos, mientras duermen la mona.Una conducta similar pero los sábados por la tarde y en las inmediaciones deun estadio de fútbol tiene más números de mandarte cinco años a la cárcel.Y sin embargo la crisis de la economía, la tecnología y la sociedad que ca-racteriza la fase neoliberal del capitalismo tardío se ha representado en na-rrativa básicamente de la forma habitual, como la tragedia del hombre esta-dounidense blanco, de mediana edad, culto y rico. Sus preocupaciones sedesignan de facto como las preocupaciones por defecto de las mujeres, delos negros y, muy importante también, de la gente de clase obrera de origeneuropeo y blanco.Por suerte Chuck Palahniuk y unos cuantos escritores como él se rebelaroncontra esto. El club de la luchapuso en el escenario central a esta clase dejóvenes estadounidenses siervos de la deuda y despojados de derechos polí-ticos. Su mirada a este desastre de sociedad no se cortó un pelo, y, en el es-pejo de sus creaciones ficticias, la rabia, la frustración, la desilusión y elhorror nos devolvieron la mirada. Pero, además, las armas de la resistenciahumana estaban perfectamente a la vista, lo cual significaba que meterse enaquella historia iba a ser la hostia de «divertido»: el humor negro, la rabiavisceral, pasar absolutamente de todo, el egocentrismo descarado, el dis-traerse jugueteando, la schadenfreudeen la que todos caemos de vez encuando. Y lo más importante, la subversión de las vanidades y manías de lospoderosos, pomposos y rectos, representada con vivacidad por los protago-nistas de Chuck. Por eso, esa figura parecida a Pan que es Tyler Durden seconvirtió en «el hombre». Sí, aquello era literatura entendida como afirma-ción, pero para una generación entera de gente alienada por los temas litera-rios tradicionales.El club de la luchaempezó siendo un verdadero furor subterráneo, una nove-la escabrosa defendida por un editor visionario (Gerry Howard) en una edito-rial independiente de Nueva York. Al principio pareció que los escépticos de la casa iban a salir ratificados, porque el libro solo se vendió a una banda pe-queña pero devota de seguidores. La película sufrió el mismo destino, y la Fox solo mantuvo la adaptación cinematográfica de David Fincher en cartel un par de semanas, debido a la baja recaudación en taquilla. Pero luego la película obtuvo una segunda vida en DVD, cimentada por los chats de internet, y así nació el «culto» de El club de la lucha. Llegado aquel punto, Chuck hizo


Irvine WelshAutor de Trainspotting y Dead Men’s Trousersexactamente lo que debía y emprendió una maniobra que no lleva a cabo todo escritor enfrentado a un éxito así: siguió escribiendo, transformando aquel legado en su propia Iglesia, produciendo unas obras de ficción asombrosas e incendiarias, creando un movimiento no solo con su prodigiosa producción, sino también con la extremadamente imaginativa y tremendamente exhausti-va promoción que hacía de ella. A lo largo de los años he tenido el privilegio de participar con él en eventos tanto en Estados Unidos como en Reino Unido, y no conozco a otro novelista que trabaje tan incansablemente para conectar con su público. Y conozco a muchos escritores que se esfuerzan mucho.El club de la lucha 2tiene formato de novela gráfica, un cambio caracterís-ticamente aventurado pero del todo apropiado. Ambientada diez años des-pués de la primera parte, muestra al narrador de la novela, convertido endespojo quemado de mediana edad y casado por los pelos con una Marlatodavía aburrida y curiosa. A partir de un inicio tan mundano y arquetípico,la historia se convierte en la clase de locura provocativa que podemos espe-rar cuando reaparece Tyler, y cuando el arte lucha para seguirle el ritmo a unmundo real, donde quienes tienen las llaves del manicomio se han vueltodemasiado vanidosos y sociópatas incluso para esconder su propia locura. Acontinuación, El club de la lucha 3se lanza al único destino al que podemoslanzarnos desde ese punto: el apocalipsis completo. Dependiendo de tu posi-ción, verás estas obras como proclamas de que «estamos jodidos» o simple-mente como cuentos con moraleja. Vista en su conjunto, la trilogía de El clubde la luchaperfila unos Estados Unidos grotescos que antaño fueron innova-dores, pero que ahora se han vuelto bastante convencionales. Cuando hablo con los miembros adultos de El club de la lucha, todos me di-cen lo mismo: este fue el libro que les hizo entrar en la literatura. La inmer-sión en la obsesión, la adicción y la necesidad de abrir agujeros a golpes en un mundo cada vez más limitador y lleno de horror y confusión cotidianos; todo eso alimenta su entusiasmo y su pasión por la obra de Chuck. Sí, desde enton-ces han leído y han disfrutado a otros escritores, y a unos cuantos les ha ido lo bastante bien para amar también el caparazón protector de la novela burguesa y sus autoengaños dulces y tranquilizadores. Y por supuesto, si todo el mundo escribiera como un Chuck Palahniuk o como un William S. Burroughs, el mundo sería un sitio todavía más turbulento de lo que es ahora. Sin embargo, la clave es que hay gente que lo necesita, y tenemos que dar gracias por ello, porque la literatura y el arte también existen para desafiar y para dar energía y no solo para entretener de forma complaciente mientras se afirma el statu quo. Si perdemos esa necesidad impulsora de ir en contra de la corriente, entonces sí que estaremos completamente jodidos, más que nunca. La nueva primera regla de El club de la luchaes que realmente necesitamos hablar de El club de la lucha.Si perdemos esa necesidad impulsora de ir en contra de la corriente, entonces sí que estaremos completamente jodidos, más que nunca. La nueva primera es que realmente necesitamos hablar de El club de


La jugada maestra


Capítulo 1: In memoriam


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