Una promesa peligrosa

Aura M. Romo

Fragmento

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Capítulo 1

Consiguiendo un escenario

La carretera rumbo al rancho Lewis estaba totalmente desierta. Isabella Martin, a pesar de tener puesto su CD favorito a todo volumen, no podía olvidar el compromiso que tenía con su amigo y jefe: Charles Weinstein. Le había prometido que haría su mejor intento en lograr conseguir el rancho Lewis como locación principal para la película Una tierra apasionante. Cuando a Charles se le metía entre ceja y ceja una obsesión, no cejaba en su empeño y, normalmente, Isabella era la que tenía que cumplir esa obsesión. Pero lo de Charles ya era un capricho. Había más de cinco ranchos estupendos y disponibles para filmar la película, pero lo que había hecho que Charles se encaprichara con el rancho Lewis era la manada de toros cuernilargos que había allí.

—Isabella, gatita, por favor, tienes que conseguir que ese viejo Lewis nos rente el rancho… necesito que esta película salga formidable… otra nominación al Oscar no me caería nada mal…

—Charles…, sabes que te quiero, te adoro, pero ¿de verdad me harás manejar hasta Texas?

—Gatita…, solo en ti puedo confiar… Mandé a Hannah, mandé a Laura, mandé a los inútiles de Nick y Andrew y dijeron que ni siquiera pudieron ver al viejo… solo lograron hablar con su mano derecha, un tal John… y los mandó directito al infierno por órdenes del tal Lewis…

—Entonces no esperes demasiado… tal vez a mí tampoco me reciba…

—Te mando a ti porque eres linda y comprometida conmigo y con tu trabajo… eres mi asistente personal, gatita…

—Tal vez no le agraden a ese viejo las chicas lindas…

—A todo mundo le gustas, Isabella…

Ojalá que Charles tuviera razón. Isabella sintió una punzada de nervios en el estómago. ¿Y si no conseguía la tan ansiada entrevista con el tal Liam Lewis? No solo tenía que lograr la entrevista, tenía que convencerlo de que prestara su rancho para filmar por tres meses la película de Charles. Sería tarea difícil. Mientras finalizaba su canción favorita, alcanzó a divisar una imponente hacienda y suspiró profundamente. Tomó la vereda que guiaba hacia la casa y estacionó su auto. Revisó que su maquillaje y peinado estuvieran impecables y, después de morderse los labios por un segundo, tocó a la puerta. Una señora de no más de cincuenta años, con cabello rizado y algunas canas plateadas y mandil, le abrió la puerta.

—Buenos días, me llamo Isabella Martin, tengo una cita con el señor Liam Lewis.

—Ah, sí. Usted viene de los estudios cinematográficos, ¿no es así? Pero me parece que John la iba a atender, pero no está, se encuentra con Liam en las caballerizas…

—No —dijo Isabella decidida—. No hablaré con ningún John. Mi cita es con el señor Liam Lewis. Si fuera tan amable de informarme dónde están las caballerizas, iré directo hacia allí si el señor Lewis no se encuentra en casa.

—¿De verdad? —La señora se impresionó por la determinación que mostraba Isabella—. Disculpe, no me he presentado con usted. Mi nombre es Carol, soy el ama de llaves. No creo que las caballerizas sean un lugar para una señorita como usted…

—No se preocupe. Vine a una cita y si el señor Lewis no está aquí en su casa, yo iré a buscarlo. Dígame cómo llego a las caballerizas, por favor.

—Tendría que tomar usted un camino de terracería que rodea la casa, pero…

—Pero ¿qué?

—Está muy mojado… se expondría a que su auto se atascara… además…

—De eso no se preocupe. Creo que sé manejar lo suficientemente bien para no atascarme. Gracias por las indicaciones, señora Carol. Con su permiso…

Isabella ya se daba media vuelta cuando la voz de Carol la detuvo.

—Señorita Martin…

—¿Sí?

—¿Le molestaría llevar esta canasta de bocaditos para los chicos? Ya es tarde y probablemente no han almorzado… ¿Podría usted…?

—Por supuesto… démela.

Minutos más tarde, Isabella tomaba el camino de terracería que Carol le había indicado con una canasta llena de comida al lado. Olía delicioso y de no ser que estaba a punto de toparse con el tal señor Lewis, hubiese tomado algo de la canasta. Pero quería lucir lo más presentable y profesional que pudiera. Volvió a poner su música favorita, pero apenas iba a introducir el CD cuando sintió cómo el auto se cimbraba hasta detenerse de una manera agitada. Isabella suspiró. Volvió a prender el auto y solo oyó cómo las llantas traseras giraban en torno a su eje y se atrevió a mirar por el retrovisor. Cerró los ojos mientras sentía cómo una sarta de palabrotas se le venían a la boca. Se había atascado tal y como lo había predicho Carol. Un lodazal inmenso la había atascado y ahora era imposible salir. ¡Demonios, demonios, demonios! Abrió la puerta del auto, intentó bajarse con todo el cuidado del mundo y sus tacones Manolo Blanhik se hundieron completamente en el fango. ¡Maldita sea! Lo único que quedaba era quitarse los ya arruinados zapatos, las medias e intentar ver si podía levantar un poco el auto y salir del atolladero. Error. No dio ni un paso y cayó totalmente de frente arruinando su carísimo traje sastre. Otro río de palabrotas vino a su boca. Total, faltaba mucho para llegar a las caballerizas hasta que oyó una voz masculina.

—Vaya que sabe maldecir como un auténtico vaquero…

Isabella volteó y, por un momento, el sol la encandiló. ¡Genial! ¡Lo único que le faltaba, que un idiota llegara en el momento más humillante de su vida! Sin contener su rabia, le contestó.

—No sea insolente y si tiene tantita caballerosidad, ayúdeme… ¿Que no ve que se me atascó el auto?

—Eso cualquiera lo ve… aunque desde luego, también veo otras cosas… —Se le quedó viendo lascivamente al pecho.

Isabella bajó su mirada hacia su saco abierto y su blusa totalmente adherida al cuerpo por el lodo. Maldijo su suerte una vez más. ¡Maldito vaquero de mierda y maldito Liam Lewis! Si el viejo bastardo se hubiera presentado en su casa a la hora acordada no hubiese tenido que estar pasando semejantes penurias delante de ese mequetrefe.

—¡Cínico! ¡Patán! ¡Quítese de aquí! Lo primero que haré en cuanto vea al señor Lewis es la manera en que sus empleados tratan a las personas aquí…

—No me diga…

—¡Sí le digo! ¿Al menos puede decirme cómo llego a las caballerizas?

—Veinte metros más adelante, pero ya no va a encontrar a nadie. Todos se fueron a almorzar.

—¡Yo traigo el almuerzo, estúpido!

—Pues lo debiera haber dicho antes…

El vaquero se quitó del sol que le impedía a Isabella verle la cara, abrió el auto y tomó la canasta que Isabella llevaba consigo. Ante la mirada atónita de la chica, comenzó a comer y a gritar a los chicos que venían más atrás que el almuerzo había llegado. Isabella sentía que explotaría en cualquier momento.

—¡Chicos! No lleguen hasta la casa, Carol mandó todo, aquí está el almuerzo…

—Nefasto… —murmuró Isabella.

—Lo sé… soy nefasto… —El vaquero le sonrió y Isabella por fin pudo verle la cara. Tenía los ojos de color zafiro, no parecía tener más de veintiocho años y tenía el cabello negro. Su cara tenía una sonrisa desenfadada, casi cínica y la veía con un dejo de interés y sensualidad. Isabella, a su pesar, no pudo evitar pensar que era sumamente atractivo. Los músculos de los brazos, la cintura, la espalda… Pero lo patán, ni quién se lo quitara.

—Hey, John…

—Sí, jefe… aquí estoy.

¿Jefe? ¿Jefe? No… no podía ser. ¿Acaso ese vaquero nefasto y engreído era el jefe? No, había escuchado mal.

—Agarra esos tacones, ese saco, saca este carro de este lodazal y llévalo a la casa. Yo voy a llevar a la señorita.

—Ni loca…

—Sí, Liam, nos vemos allá.

¿Liam? Isabella solo se tapó los ojos mientras el vaquero le retiraba la mano de los ojos con arrogancia.

—Así es. Este patán es el señor Lewis. Y si usted es la señorita Isabella Martin y fue capaz de venir hasta las caballerizas para hablar conmigo, supongo que tendré que oír su propaganda cinematográfica…

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Capítulo 2

Confusión. ¿Afortunada?

Isabella no podía dejar de morderse los labios y maldecir su suerte. ¡Demonios! ¿Qué iba a hacer ahora? Con lo sucia que estaba, con todo lo que ya le había dicho a Liam Lewis y con el resultado positivo que Charles esperaba, todo estaba resultando una atrocidad. Miró de reojo cómo el llamado John, un vaquero de cabello pelirrojo, se reía con Liam mientras recogía sus arruinados Manolo Blanhik. Pronto, Liam se dirigió a ella.

—Venga. Suba a Starlight. Permitiré que arruine mi mejor silla de montar.

—Puedo caminar… —Isabella tenía ganas de estamparle una bofetada por su arrogancia.

—¿Descalza? ¿Hasta mi casa? —Liam se carcajeó y miró a John que estaba por arrancar el auto de Isabella y también contuvo una pequeña risa lo que hizo que la castaña temblara de rabia.

—Sí, señor Lewis. Y no se preocupe. No tendrá que oír mi propaganda cinematográfica.

Decidida y sin voltear, comenzó a caminar. ¡Al diablo con Charles, con el rancho Lewis y con la película! Nunca se había sentido tan humillada como en ese instante. Lo primero que haría sería encontrar a alguien que no trabajara para el tal Liam Lewis, conseguir un teléfono, llamar a Charles y pedir que la recogieran, ya fuera por taxi o en helicóptero o tal vez…

—¿Qué le pasa? ¡Suélteme! —Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando sintió cómo unos brazos fuertes la sujetaron y la ponían sobre el caballo llamado Starlight.

—Guarde silencio, señorita Martin… la voz se le va acabar de tanto gritar… —Liam la inmovilizó y no permitió que se moviera y puso a cabalgar a Starlight de manera que en pocos minutos estuvieron en la puerta de la casa—. Listo. No era para tanto, ¿verdad?

—Adiós, señor Lewis. No fue un gusto conocerlo y…

—¿Se irá sin realizar su cometido? —Liam se llevó la mano derecha a la sien y se le quedó viendo fijamente—. Veamos, señorita Martin… Su jefe… ¿Charles?

—Charles Weinstein… —Completó Isabella rabiosa.

—Weinstein. Me manda primero a una castaña escandalosa llamada Hannah Taylor que ni mi mejor amigo John pudo tolerar. Después me envía a una espigada creída y créame que John la pudo poner en su lugar sin ningún problema. Las mujeres que envía Charles Weinstein no son del agrado de mis amigos. Y encima intenta mandar hombres citadinos…. ¡Por favor!...

—Al menos Andrew y Nick son caballeros…

—Y usted cree que yo no puedo serlo, ¿verdad?

—No lo ha demostrado…

—Me ha desafiado, señorita Martin. Y eso es un desafío que acepto. La espero en una hora para cenar. Y después de eso, me hablará de la película de Weinstein y le diré mi respuesta.

Isabella iba a replicar, pero en ese momento, Carol apareció en la puerta y Liam, sonriente, le dio órdenes.

—Carol, supongo que conoces ya a la señorita Martin…

—Claro, Liam…

—Bien… pon la cena en el comedor. Hoy ceno con ella. Llévala a la recámara de huéspedes, préstale algo con que cubrirse en lo que te encargas de limpiar su ropa, que se asee… yo haré lo mismo…

—Desde luego, Liam…

—No me quedaré a…

La negativa de Isabella se quedó en el intento. Liam había desaparecido en el interior de la imponente casa y, a su pesar, ella se vio forzada a seguir la bondadosa figura de Carol. Cruzó unas escaleras sumamente elegantes, ridículamente ostentosas para una hacienda lo que la hizo pensar que además de arrogante, aquel hombre era también asquerosamente rico. Carol abrió la puerta de una habitación que casi parecía la suite de un hotel de categoría diamante y dejó que se metiera en la ducha que le calmó la piel. Tenía que encontrar la manera de salvar la situación. Ese hombre lo que tenía de apuesto y rico, lo tenía de arrogante y grosero.

—Señorita, Liam ya la espera. Sus medias y su ropa interior ya están limpias y secas pero el resto de su ropa tardará una hora en secarse. Mientras tanto, puede ponerse esto.

—¿Una bata de encaje azul? Señora Carol, discúlpeme, pero…

—No se preocupe. No hay ninguna señora ni amante ni novia Lewis en esta casa si eso es lo que le preocupa. Es de la madre de Liam. A veces viene a pasar unos días a la hacienda, pero esta vez es lo único que dejó.

—¿De verdad? ¿El señor Lewis no es casado? —Isabella se mordió el labio por preguntar mientras se ponía la bata que acentuaba sus ojos azules.

—No… aunque una vez estuvo a punto de casarse… —Isabella rápidamente se cepilló el pelo y se maquilló con el maquillaje que traía en su bolso—. Disculpe, ¿usted es actriz?

—No… solo soy asistente de un director… ¿Por qué la pregunta?

—Usted es muy bella… pero presiento que por ser de la industria cinematográfica es por lo que Liam se portó un poco…

—¿Grosero? —Completó Isabella.

—No lo tome a mal… lo que sucede es que… cuando estuvo a punto de casarse… fue precisamente con alguien del medio…

—Ah… —Isabella suspiró—. Y ese alguien, ¿se parece a mí?

—¡Por dios criatura, claro que no! —Carol se santiguó—. Ella era pelirroja, un poco más alta que usted, se llamaba Charlotte y nunca paraba de hablar. Mi Jacob decía que Liam no terminaba de proponerle matrimonio porque Charlotte no se lo permitía con tanta habladera…

—Bien, estoy lista. Vamos.

Ambas bajaron y Liam ya estaba en el comedor. Cuando ella llegó, él se levantó y ella se sintió fuera de lugar puesto que él se había cambiado y vestía un traje color caqui con botas cafés y camisa blanca desabotonada que dejaba entrever los marcados músculos del pecho. Se había afeitado y perfumado y le recorrió la silla para que se sentara. Apenas un sirviente puso el primer plato en la mesa e Isabella decidió que era momento, Liam habló.

—Cuando ceno, no me gusta hablar de negocios.

Isabella ni siquiera tenía hambre. Se sentía casi desnuda con aquella bata de encaje delante de aquel hombre ahora tan elegante. Mientras cenaban en silencio, trató de memorizar todos los detalles de cómo abordar la propuesta para que Liam prestara el rancho para la filmación de Una tierra apasionante. Finalmente, Liam habló.

—Muy bien, señorita Martin. Pasemos al despacho. Ya hemos cenado. Ya podemos hablar de su propuesta.

Entraron al despacho y Liam se colocó detrás de su escritorio donde figuraban varios libros de agricultura que se veían bastante consultados. Abrió una caja de madera y encendió un cigarrillo. Le ofreció uno a la castaña, pero esta no aceptó.

—¿Y bien? Comience.

—Señor Lewis —Isabella se aclaró la garganta y se concentró tratando de no estropear las cosas más de lo que ya estaban—, el motivo de mi visita es que vengo representando a Charles Weinstein, el director de cine…

—Sí, sí, ya sé, el nominado y ganador del Oscar, puede omitir esa parte… —dijo Liam con un dejo de fastidio mientras jugaba con el humo de su cigarrillo—. Vaya al grano.

—Está bien. Charles Weinstein quiere pedirle que por favor nos rente su rancho para filmar su último proyecto. Se llama Una tierra apasionante. Hemos visto otros ranchos, pero Charles quiere como locación principal el suyo porque es exactamente igual al que se describe en la historia, además de que usted es el único que posee una manada de toros cuernilargos como la historia lo exige. Usted pone la suma y nosotros nos encargaríamos de entregar la locación tal cual y como la encontremos. Por favor… es muy importante… —casi suplicó.

—Levántese, señorita Martin.

Isabella se levantó y se dejó llevar por el ranchero. Liam levantó la cortina y vio los increíbles prados, las pasturas, aquello era increíblemente hermoso. Pero la voz de Liam la sacó de su ensoñación.

—¿Tiene usted idea de lo que un cigarrillo podría hacerle a mis tierras? ¿Un cable mal conectado? ¿Sus cámaras? ¿Sus remolques?

—Le repito que le entregaremos todo tal y como lo encontremos…

—No le creo y no me convence… al menos no de esta manera…

Isabella frunció el ceño. ¿Qué quería decir con eso?

—Dejémonos de tonterías, señorita Martin. Es obvio que Charles Weinstein mandó su mejor carta para el final. Y esa carta es usted. Por cierto, le queda perfectamente la bata azul de mi madre. Y le quedaría mejor aún si se la quitara…

—¿Qué está usted insinuando? —Isabella se puso roja de rabia mientras retrocedía y Liam avanzaba peligrosamente hacia ella.

—No se haga la tonta. Usted vino a conseguir lo que su jefe desea. Y es el as bajo la manga de Charles Weinstein. Así que, ¿por qué no se quita esa bata, se quita esa cara de inocencia y me deja disfrutar de ese bien formado cuerpecito?

El sonido de la bofetada que recibió Liam resonó por todo el despacho. Isabella ni siquiera se detuvo a pensar en lo que diría Charles cuando se enterara que nunca tendría el rancho Lewis para filmar su película. Solo quería salir de ahí.

—Es usted el más perfecto de los imbéciles… no hay nada de caballero en usted. Me da asco… Hasta nunca, señor Lewis.

Isabella salió disparada hacia la habitación que le había sido asignada, afortunadamente encontró su ropa, se la puso rápidamente, salió corriendo de esa maldita casa y se topó con Carol.

—Señora Carol, ¿tiene usted las llaves de mi auto?

—Sí, claro, aquí están, pero…

—Un placer conocerla… hasta luego.

Isabella tomó las llaves, encendió el coche y arrancó a toda prisa, tomó la carretera y durante todo el camino soltó la sarta de palabrotas que llevaba conteniendo desde en la mañana. Cuando se calmó, prendió el radio. Le parecía imposible que un hombre tan apuesto fuera tan rudo y descortés. Ahora el problema era decirle a Charles que había fracasado. Llegó a su hotel, pidió la tarjeta y se dejó caer en la cama king size. Solo quería dormir para soñar que nada de lo ocurrido en ese día había sucedido, pero de pronto el teléfono sonó. Pensando que fuera Charles, contestó algo tensa.

—¿Sí? ¿Bueno?

—Señorita Martin…

¡Maldición! ¿Cómo sabía aquel hombre donde se hospedaba? ¡Demonios! Con gusto iba a colgar, pero la voz insistió.

—Señorita Martin, ¿aún le interesa el rancho Lewis?

—¿Está bromeando conmigo, señor Lewis?

—Vuelvo a preguntarle, ¿aún le interesa el rancho?

—Bien sabe que sí. Pero si piensa que…

—Está bien. Dígale a Charles Weinstein que ha logrado su cometido.

—¿De verdad? —Isabella estaba incrédula ante lo que escuchaba.

—Sí.

—¿Cuánto costará la renta del rancho Lewis?

—Una promesa, señorita Martin.

—¿Qué dice?

—No habrá dinero de por medio.

—Está loco, nadie me creerá que nos rentará el rancho sin dinero de por medio.

—El rancho se le rentará a Charles Weinstein con una condición.

—¿Cuál? —Isabella tembló a su pesar sabiendo que tendría que aceptar fuera lo que fuere.

—Usted será la responsable de todo lo que suceda. Y tendrá que informarme diariamente.

—Está bien, si esa es la promesa, tenga por seguro que todos los días lo llamaré y…

—Se equivoca, señorita Martin… Usted no me llamará… Vendrá a mí todos los días porque si no se presenta ante mí todos los días que dure la filmación… usted y Charles Weinstein tendrán serios problemas…

Colgó. E Isabella no tenía ni la menor idea de lo que acababa de suceder ni de lo peligroso de la promesa que acababa de hacer.

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Capítulo 3

Reportes

—¡Gatita! Por fin… Se me hicieron eternos estos tres días… dime que traes buenas noticias para mí… —Charles abrazó a Isabella, la levantó y giró con ella mientras Isabella hacía un gesto que no hacía desde que era pequeña. No sabía exactamente si el reporte que le iba a dar a su jefe era bueno. Bueno para él, tal vez sí. Pero, para ella…, definitivamente no.

—Charles, bájame por favor… ve esta oficina… ¡es un desastre!

—Lo sé… pero eso pasa cuando mando a mi asistente lejos… —Charles le guiñó un ojo—. Siéntate, gatita, por favor, no puedo más con esta angustia, tengo encima a los productores, los presupuestos, por favor… haz de mí una persona feliz… ¿Qué pasó con el anciano ese? ¿Lograste persuadirlo?

Isabella suspiró y lentamente se sirvió un café para al fin sentarse frente a un Charles que anhelaba noticias. Al fin habló.

—Liam Lewis no es un anciano, Charles…

—¿Qué?

—No, no es un anciano… —Isabella cerró los ojos y no pudo evitar estremecerse al admitir que de hecho era demasiado apuesto—. Es bastante atractivo y muy joven… no pasa de veintiocho años…

—No te creo, gatita…, ¿Liam Lewis tiene veintiocho años?

—Sí… y además tiene un carácter…

—¿Agradable? —Charles sonrió—. Te prestó el rancho, ¿verdad?

—No y sí.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Digamos que… —Isabella se mordió los labios. Si le contaba a Charles, que además de ser su jefe, era su amigo desde hacía años, se arriesgaba a crear un problema de consecuencias catastróficas. Lo mejor era callarse—. Digamos que es el típico junior que se cree la gran cosa por ser multimillonario y siente que el mundo no lo merece. Pero bueno, logré lo que querías. Prestó el rancho a final de cuentas.

—¡Eso es maravilloso! En este momento podría hasta besarte…

—No lo hagas… prefiero un aumento de sueldo… —Isabella sonrió.

—Concedido. —Charles comenzó a teclear en su laptop y de pronto miró a Isabella con ojos pícaros—. Por cierto, mientras te divertías con el creído Lewis, ya elegí a los protagonistas de la película y te tengo una sorpresa. Te hice caso a final de cuentas…

—¡No! ¿De verdad? —A Isabella se le iluminó la cara.

—Lo conseguí, gatita…, por supuesto que un cuarto del presupuesto se me va a ir en pagarle, pero es excelente actor y hará buena química con Rooney Wings… Sí. Contraté para el protagónico a Chris Moyes-Belli.

—¡Ay, Charles! Los dos son guapísimos… harán una excelente pareja… créeme que no pudiste escoger mejores actores para la película…

—Ahora dime… ¿cómo conseguiste que Lewis prestara el rancho gratis?

Isabella se quedó de hielo. ¿Cómo Charles ya sabía esa parte? ¿O es que estaba tan distraída que ya lo había dicho?

—Gatita, tienes que decirme cómo lo logras…

—¿Cómo es que lo sabes? —Isabella se controló para no tartamudear.

—Estoy leyendo en este momento un mail de Liam Lewis. Me dice que la única condición es que tienes que presentarte todos los días al finalizar las grabaciones para darle el reporte del día. Isabella…, ¿es que ocurrió algo entre ustedes que no me estás contando? —Charles levantó la ceja.

—¡No, por supuesto que no, Charles!

—¿Entonces?

—Pues es lo único que solicitó por prestarnos el rancho y tú querías la locación, ¿no? —Isabella replicó con fastidio.

—Bueno, le responderé al tal Liam Lewis y le diré que yo con mucho gusto le haré los reportes porque tú eres mi asistente… pero… ¡ah! Espera… Otro mail… Mira…

De: Liam Lewis

Para: Charles Weinstein

Asunto: Recordatorio

Le vuelvo a recordar que, aunque la señorita Martin sea su asistente personal, el trato lo realicé con ella. Ella será la única que me reporte lo ocurrido todas las noches. Así que absténgase de enviarme algún mail argumentando que cualquier otra persona será quien la sustituirá. O es Isabella Martin la que se presenta todas las noches en mi despacho a reportarme lo que ocurre en mi rancho durante la filmación de su película, o considere nulo el trato.

Liam Lewis

—Increíble… Hasta parece lector de mentes… Gatita…, ¿estás segura de poder hacer esto por mí? Quiero que esta película salga lo mejor posible, pero si te incomoda el sujeto…

—No te preocupes, Charles… —Isabella de pronto respiró profundamente, recordó los ojos zafiros de Liam Lewis y su actitud arrogante y decidió que, si él podía jugar, ella también—. Tienes el rancho… y yo soy mujer de palabra. Reportaré todas las noches a Liam Lewis.

Isabella comenzó a empacar sus cosas para tres largos meses de filmación en Texas. Sabía que no necesitaba mucho. Sus mejores amigos: jeans, flats y camisetas. Sin embargo, no resistió la tentación de meter algunos pares de tacones, blusas sensuales y un vestido de coctel. No faltaba la ocasión que Charles organizaba para su equipo de filmación alguna noche de fiesta. Su celular sonó.

—¿Lista para compartir cuarto de hotel, amiga?

—Por supuesto, Hannah, si no contigo, ¿con quién?

—¿Crees que cuando me toque ir al rancho contigo me tope con algún vaquero guapo? —Hannah rio alocadamente mientras Isabella ponía los ojos en blanco riéndose también.

—Seguro que sí… ¿aunque puede que tengas la oportunidad de poner en su lugar al pelirrojo ese que te recibió en lugar del odioso señor Lewis?

—Ah… sí… John… —Hannah suspiró triste—. Si tan solo no hubiera sido tan grosero, me le hubiese lanzado encima a besos. ¿Es posible ser tan bueno y andar por las pasturas legalmente?

—¡Hannah! —reprendió Isabella.

—Ya… ya… nos vemos en el hotel en Texas…

—Nos vemos…

El vuelo en avión fue placentero para todos los demás viajeros menos para Isabella. Ella era la única que viajaba primero con el equipo técnico y remolques y ese sería el primer día que tendría que presentarse ante Liam Lewis. Charles, Hannah, maquillistas y demás staff llegarían al día siguiente y los actores llegarían dos días después

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