Mi familia se diluyó rápido. Cuando era muy chico podía verla como a un álbum de figuritas imposible de llenar pero cuando cumplí catorce y mi hermano Pablo se casó con María, me resigné. Primero vivieron cerca, en un departamento de dos ambientes en Congreso, pero Pablo soñaba con vivir en una casa construida por él en un lugar abierto, así que se fueron mudando hasta llegar al borde de un río, en Dique Luján. Se volvió el hombre de una nueva familia, con cuatro hijos, perro y visitas los domingos al mediodía.
En cambio, ni Mariano, ni Soledad, ni yo pudimos armar algo parecido. Viajar nos abrió la cabeza pero nos cerró el corazón. Siempre tuvimos a mano ese argumento, esa foto donde dormimos los tres desparramados sobre el asiento de una camioneta.
Cuando cumplí dieciocho, los tres nos alquilamos un PH lejos de mamá y papá, que volvían a ensayar, como malos actores, la escena de estar juntos. Todavía me acuerdo de sus discusiones, los globos explotando de noche, uno a uno en el cuarto con luz, cuando nosotros intentábamos dormir.
Por primera vez, a la distancia, los veía como a dos personas grandes tratando de sostener el amor. ¡Al final eran dos tontos enamorados! Tontos que se sorprendían para no entender: ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que me hagas esto? ¿Cómo es posible? Y así una y otra vez, como en un juego, con la música de fondo, corriendo los dos alrededor de una silla.
Esa distancia fue mi independencia, mis años felices, donde pude trabajar y llegar a fin de mes con mi propia plata, salir todas las tardes a tomar algo con mis amigos y volver a preparar la ropa del día siguiente.
Durante un tiempo estuve enamorado, pero enseguida me alejé, estaba claro que la vida en pareja no era lo mío. Cuando charlaba con Mariano y Soledad, nos reconocíamos en eso, lo aceptábamos sin compadecernos, tratando de encontrar otros caminos, otras formas de felicidad. Te ofrecen respuestas, decía Mariano, están en todos lados, pero lo que hay que cambiar es la pregunta; eso es lo que tenemos que cambiar, nuestras preguntas.
Los treinta es una edad importante para los hombres de la familia. Papá, Pablo y yo tuvimos nuestro primer hijo a los treinta. Pero Mariano no quería tener hijos tan joven, a los veintiocho se fue a vivir a Salta y puso un hostel. Yo tenía veintidós y lo seguí unas semanas después, dejé la carrera de Psicología y llegué en mi Volkswagen Combi para que armáramos juntos un pequeño paraíso. Desde el bar de la terraza se podía ver el valle. Pasábamos horas tomando cerveza con los turistas y jugando al ping-pong en la mesa que teníamos en la casa de los abuelos, cerca del Winco y los parlantes que todavía sonaban.
Hoy no sé si realmente estuve ahí, todo quedó tan borroso que no me acuerdo de los grandes asados y fiestas y torneos de ping-pong que terminaban en orgías cosmopolitas, con holandesas altísimas, alemanas de pelo en brazo y porteñas desatadas en su último día de vacaciones. Sí me acuerdo del día en que Mariano sacó el registro en Cerrillos con una dirección falsa: Palo Marcado, S/N.
Lo ayudé a aprender a manejar (esa vez, por primera y única vez, probé ser un hermano mayor, aunque Mariano me llevara seis años). Él se había negado a hacerlo hasta que una vez fuimos a Tucumán y agarró el volante en los pocos kilómetros de autovía. Manejó bien pero en una curva aceleró de más; la altura y el esfuerzo hicieron recalentar el motor. Tuvimos que parar. Ahí me dijo que había perdido el tiempo en Buenos Aires, que el hostel lo debería haber abierto por lo menos cinco años antes.
—Perdí mucho tiempo —me dijo.
En el horizonte, un camino rojo cruzaba entre dos cerros. El cielo celeste aparecía detrás sin una sola nube. Mariano abrió la puerta lateral de la combi y se acomodó de costado sobre el asiento. Tenía las piernas cruzadas colgando hacia afuera. Yo me senté sobre la tierra de la banquina.
—No te preocupes, todavía sos joven.
—Solo digo que podría haberlo hecho antes —me contestó.
Mariano se estiró hacia adentro de la combi y agarró un paquete de galletitas.
—¿Querés? —me preguntó.
—No, no tengo hambre.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Tenés que dejar de ser tan tímido, boludo. Decí lo que pensás y listo, sin tanta vuelta —me dijo.
Ese golpe no me lo esperaba. No solíamos ser tan directos entre nosotros. Solo era directo en las cartas que me escribía cuando viajaba, en las que juzgaba mi personalidad. Lo hacía con buena intención, pero no por eso me molestaba menos. Y en ese momento, dicho así, de frente, no logró otra cosa que dejarme mudo.
Levantamos la cabeza hacia el cielo cuando pasó un avión de un lado al otro. El ruido pasajero de las turbinas fue suficiente para justificar mi silencio.
—¿Vos sabés cuál es uno de los principales motivos de los accidentes aéreos? —me preguntó.
—No.
—La vergüenza de los copilotos.
Me reí, pensé que era un chiste, pero Mariano hablaba en serio.
—Cuando el error es del piloto, muchas veces los copilotos se dan cuenta, pero no se animan a decírselo. Parece que la vergüenza es más fuerte que la posibilidad de sobrevivir.
—¿Probamos si ahora prende? —cambié de tema.
—Dale.
Saltó del asiento y me estiró la mano para que me levantara del piso. Rodeamos la combi y yo entré en la cabina de adelante. Cuando escuchamos el ruido parejo del motor, me puse el cinturón. Mariano me cerró la puerta y lo vi pasar rápido por delante del parabrisas para sentarse a mi lado.
Mis recuerdos son brotes de una germinación mal hecha. Me acuerdo de la vez que discutimos sobre inseguridad. No había salteño que no hablara de la inseguridad de Buenos Aires; la mayoría no conocía pero hablaba por boca de los noticieros, se imaginaban que al llegar a Retiro tenían que alquilar un coche blindado. Ya me había acostumbrado a su provincianismo, a su desconfianza hacia los porteños, a su anhelo de centralidad. Dije: las cárceles no sirven para nada. Y todos nos quedamos en silencio, pensativos.
La última vez que vi a Mariano fue el día de mi despedida, antes de irme a España. La idea era viajar y conocer, pero terminé trabajando en Bobadilla, un pueblito perdido de Andalucía.
Hicimos un asado y nos quedamos charlando después de comer. Tenía puesta una remera blanca y unas bermudas con bolsillos a los costados. Se recostó sobre la silla y se quedó mirándome.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—No puedo creer que hoy te vayas —me dijo.
Su expresión era serena. Podía darme cuenta de que le hacía bien que yo estuviera con él en el hostel pero también se sentía feliz de que me fuera, lo veía como un crecimiento para mí. Él mismo me había alentado a viajar, a no quedarme estancado ahí. Él tampoco lo iba a hacer. El hostel no era su mayor proyecto de vida, solo el trampolín que le permitiría armar una estructura sólida para poder seguir viajando.
—Supongamos que te va bien y no querés volver, ¿abandonarías la carrera? —me preguntó.
—Ya abandoné la carrera —le contesté.
—Pero digo para siempre.
—No sé.
Noté que quería hablar de cosas importantes, pero yo lo eludí y salí con una pavada: —Te vas a quedar sin compañero de ping-pong.
—Igual sos demasiado fácil —se rio.
Se refregó la nariz. Era noviembre, la época del año en que le volvía la alergia. Se estrujaba la nariz con la palma abierta de la mano como si buscara rascarse una picadura imaginaria.
Mi idea era viajar durante seis meses. Tenía pasaje para las ocho de la noche pero no podía arrancar. Subí a la terraza y lloré con la mochila al lado, solo, y después bajé. Mariano no quiso ir a despedirme a la terminal. Nos abrazamos en la puerta del hostel y lloriqueamos tímidos. Te quiero, me dijo, y se metió para adentro.
Las cajas de la mudanza están ahí, en la baulera, como un edificio de cosas acumuladas. Siento la humedad oscura del subsuelo y busco el video. Encuentro unas zapatillas, todavía atadas. Mariano se las sacaba así, vago, y desataba los cordones antes de tener que volver a ponérselas.
No recuerdo si se dice el video o la video, es igual. También está la montaña de TDK grabados con mala señal: la década dorada de Vélez campeón, las canciones de los ochenta y Amnesty International. Algunos cumpleaños; mis diecisiete, sus veintidós. Hay casetes, Varios I y II, y cada plástico reproduce un recuerdo diferente. La bandera blanca con letras azules que dice MARIANO.
Bajé a la baulera porque quiero que Carlitos, mi hijo, lo conozca. Prendo la luz y jugamos a ser carceleros de cosas rotas: televisores cuadrados, cajas hundidas y muebles de familia. Carlitos me saca las llaves, quiere abrir el candado de mi celda pero no puede, usa mi mano como extensión, como futuro. Quiere meterme en ella, encerrarme y tiranizarme, agarrar un palo y caminar y frotarlo contra las rejas.
—Cuando yo sea grande, ¿Lupe va a ser viejita? —me pregunta.
—Sí, pero los perros no viven tanto, doce años o un poco más —le contesto.
Trato de caminar sin que las cajas me toquen; me llenen de polvo.
—¿Y yo cuánto voy a tener?
Calculo.
—Dieciocho.
—Eso es un montón —me dice.
Mira el video y la caja de zapatos que llevo en la mano.
—¿Qué es eso?
—Fotos, cartas —le digo—. Acá tengo todos los mails que acumulé cuando todavía no había internet.
Volvemos al departamento y prendemos la televisión. Carlitos sube el volumen para tapar el ruido que viene de la calle. Sus sentidos se llenan de una pulsión invocante: ¡Arrancá la moto sierra, papá, quiero escucharla sonar! El frasco está lleno de Sonrisas, Carlitos lo lleva a mi cama.
—¿Las personas vienen con nombres? —pregunta con sus bigotes de Cíndor.
—No, los padres los eligen —le respondo no muy convencido.
—¿Y si son nenas o nenes? ¿Lo eligen los padres también o ya vienen?
—Ya vienen, creo.
Le pido que baje el volumen y me pongo serio, insoportablemente solemne. Vemos el video y Carlitos no puede creer que yo haya sido un chico. Tengo dieciséis años, el pelo largo, me falta la barba y la panza. La distancia entre él y mi vida no es más que una anécdota. Y Mariano ya no es Mariano, es el tío Mariano, un personaje armado en mi cabeza para él, un muñequito coleccionable, un superhéroe que trabaja en la industria de mi imaginación.
En las fotos puedo recrear todas esas sensaciones mortales. Hay una en la que estamos en el hostel, sonriendo abrazados. Nos habíamos peleado el día anterior jugando al TEG. Mariano no podía creer que no atacara Sumatra, si no atacaba Sumatra era directamente un boludo. Esa pelea ya
