Los desatinos de Cupido (Contigo a cualquier hora 8)

S. F. Tale

Fragmento

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Prólogo

Italia

23 de junio

Esa noche de San Juan era demasiado calurosa, incluso pegajosa, ya que la ropa, por muy fina que fuese, se adhería a la piel. La brisa que a veces soplaba no refrescaba. La gente iba y venía corriendo; los jóvenes reían casi enloquecidos, embrujados por la magia que desprendía esa fecha; las conversaciones de los turistas, la música de los locales que había cerca de la Fontana di Trevi no distraían a Galadriel y a Mikey, su mejor amigo, en su intención de tirar una moneda a las aguas de la afamada fuente. Gala evitaba mirar a las parejas de enamorados y al resto de las personas que hacían lo que ellos no se atrevían.

—¡Ale, tú primero! —le dijo Gala, poniéndose de espaldas a la fuente.

—No, tú. —Se la devolvió Mikey.

—¿Qué pasa? ¿No te atreves?

—¿Me estás retando? —inquirió Mikey, haciéndose el ofendido.

—Puede.

—A mí no me reta ni Rita la Cantaora, ¿me entiendes? Y te recuerdo que salí del armario una noche de botellón, con eso zanjo todo.

Gala se fijó cómo Mikey se colocaba en posición, alzaba el brazo, cerraba los ojos, inspiraba profundo y tiraba la moneda.

—Deseo pedido: se precisa urgentemente un neozelandés empotrador —confesó su amigo todo emocionado.

—Los deseos no se pronuncian, si no, no se cumplen.

—No te lo he dicho a ti, se lo he contado a la luna. —Señaló al astro nocturno con la cabeza—. Ahora, guapita de cara, que ya me tienes hasta la seta, tira tu moneda de una vez.

Gala miró a la luna que se asomaba entre los tejados de los edificios, respiró e impulsó la moneda: «Me gustaría encontrar el amor verdadero en Nueva Zelanda», solicitó sin mucha fe.

—A ver, cuéntale a Mikey, ¿qué deseo pediste? —Su amigo se puso delante de ella.

—No voy a decírtelo.

—¡Pues díselo a la luna, entonces!

—De eso nada, se queda para mí.

«Estoy segura de que ni se va a cumplir. Pedazo de chorrada», pensó para sí misma.

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Capítulo 1

Nueva Zelanda

Un año más tarde

La música y el griterío de la fiesta llegaban hasta la sala de juntas; sin embargo, Gala lo percibía muy a lo lejos. Ya nada le importaba desde que su mirada se cruzó con la de él por primera vez. Un simple «hola» fue suficiente para que una chispa casi desconocida, olvidada también, la prendiese en llamas. Había sido más que eso: fueron esos ojos azules, profundos como el océano, y su mirada lobuna los que la hipnotizaron.

No era una ilusión.

Había caído rendida a sus pies. Su atractivo era irresistible y, a su pesar, muy sexual. En él se conjugaba perfectamente el chico malo con el gentleman. Además, su perfume amaderado, especiado con unas leves notas de lavanda, despertó en Gala sus sentidos más sensuales y sombríos de los que no tenía conciencia que tuviese, lo que hacía a aquel hombre más atrayente.

Sus lenguas se enroscaban en un sabroso beso; se buscaban, peleaban por dominar a la otra —lo que les calentaba más—, mientras los dedos se le perdían entre los cortos mechones de su pelo. ¡Jamás pensó que lo haría en el trabajo! Sabía que la urgencia de aquel momento los subyugaba a los dos. Gala en toda su vida se había sentido tan excitada como cuando él comenzó a desatarle el lazo del vestido que tenía anudado al cuello. Le costó un poco más de lo normal. Al conseguirlo, la tela vaporosa se deslizó cayendo a sus pies como una nube de algodón. La estrechó entre sus brazos sin inmutarse de que no llevase ropa interior; la besó, haciéndola partícipe de su inmensa erección. Aquellos labios finos abandonaron su boca para deslizarse hasta su clavícula y bajar a sus pechos, los que succionó con ganas. Gala gemía de placer con la espalda arqueada para que no parase. ¡Era demasiado bueno!

En un arrebato de ardor, se irguió. Cogió el bajo de su camiseta. Él se apartó unos centímetros —lo suficiente para que ella echase ya de menos el calor de su boca y el tacto de su piel— para sacársela. Así descubrió el gran tatuaje maorí que le cubría el hombro derecho, le pasaba por el pecho, el costado y le bajaba por el brazo. «Me encanta este tā moko», confirmó para sí misma. Su excitación aumentó, convirtiendo a ese hombre en el objeto de sus deseos más oscuros. Sus manos temblorosas por la ansiedad, por la anticipación de lo que estaba a punto de pasar, le desabrocharon el cinturón de los vaqueros y, sin ningún pudor, le sacó los pantalones junto con la ropa interior. Gala se percató del atisbo de sonrisa que pretendía dibujarse en sus labios. Él no era consciente del efecto que cualquier gesto tenía en ella. La extasiaba por completo. Gala se fijó en la tableta de chocolate. Se relamió —todavía podía paladear el sabor del whisky que él le había dejado— y un deseo irrefrenable de lamerlo se clavó en su bajo vientre. En vez de eso, apoyó las yemas en su tórax: era cálido, firme, aquel perfecto cuerpo masculino era muy delgado, pero al mismo tiempo fibroso. No dejó ningún hueco sin tocar. Al contrario, se recreó. Bajó hasta el vientre y le acarició la punta hinchada del pene, de donde salía una gotita plateada que parecía brillar por la tenue luz que entraba por los ventanales. ¡Nunca había visto algo igual! Los músculos de su pecho se contrajeron, luego se relajaron.

De un golpe él separó una silla, sin dilaciones, la tomó por la cintura y la subió a la mesa. Ella separó las piernas para darle acceso y las enroscó alrededor de sus caderas. Sus cuerpos encajaban a las mil maravillas. Él se fue acercando a ella poco a poco, como el depredador lo hacía con su presa. Le rozó el labio inferior con la punta de la lengua, Gala abrió la boca y de nuevo comenzó una lucha sin cuartel que provocaba que se excitaran todavía más. ¡Lo quería dentro ya!

Aquello era sexo en estado puro y lo estaba gozando. Hacía mucho que no percibía la necesidad de entregarse de aquella manera tan pasional a alguien. Menos a un hombre al que acababa de conocer.

De pronto, sintió su miembro en la trémula entrada de su vagina —palpitaba hasta casi rozar el dolor—. Le echó una mano al cuello, bajo ella notó la piel rugosa, ¿una cicatriz? Al pasarle el dedo pulgar, él tembló.

—Perdóname si sufro una eyaculación precoz —susurró con voz enronquecida.

—¡Por Dios! —murmuró contra su boca—. Hombre, no lo fastidies.

A la vez que le volvía a invadir la boca con su sedosa lengua, la penetró de un solo empellón. Gala exhaló un grito placentero.

—¿Estás bien? —gimió él.

—S... Sí —afirmó, clavándole los talones en las nalgas, agarrada ya a sus hombros.

Él colocó la frente sobre la suya y empezó a moverse con cierta suavidad, sin permitirle que se acostumbrara a su intromisión y envergadura. Gala arqueó la espalda extasiada, alzando los pechos contra su tórax, empujó las caderas hacia delante para percibirlo más hondo si cabe. Con cada nueva embestida, ella perdía consciencia por ese deleite que él le estaba regalando. Nunca había disfrutado de un polvo como ese. Nunca había hecho el amor de ese modo casi salvaje. Él entraba y salía cada vez con más fuerza, ¡la atravesaba! Acalló sus gemidos con un ardiente beso, mientras sus cuerpos enredados, envueltos en sudor, colisionaban, ya que Gala, involuntariamente, movía las caderas.

—Contigo entre mis brazos he encontrado a mi Hinemoa —le resolló al oído.

Tras escuchar aquellas románticas palabras, un arrebatador orgasmo la hizo explosionar. Él soltó un prolongado gruñido de satisfacción. Todavía unidos, él se inclinó sobre ella y la besó en el centro del pecho. Al juntarse sus torsos, Gala se dio cuenta de que sus desbocados corazones palpitaban al unísono.

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Capítulo 2

Unos días después

Nicholas Thompson estaba reunido con toda su junta directiva tras haber conseguido el tan esperado contrato con una multinacional norteamericana. Todos habían trabajado mucho; incluso su hermano Javier, desde España, se había roto la cabeza para conseguirlo. En aquellos instantes, Stella —la gerente de Marketing— estaba enumerando las nuevas directrices que se tenían que llevar a cabo, pero Nick estaba distraído con otra cosa que le daba vueltas en la cabeza y no le permitía atender a sus empleados.

«Aquí sucedió algo, estoy convencido. ¡Maldita sea! ¡¿Qué ocurrió en esta mesa, joder?!» rumió. En cuanto dirigió la vista hacia donde estaba sentada Priscila, la directora del departamento de Economía, su mente cobró vida propia dando comienzo a una serie de flashes en los que aparecía la misma mujer sin rostro de la cual ni se acordaba. La estrechaba entre sus brazos con fervor y sentía la imperiosa necesidad de estar dentro de ella, deseo que ella compartía. Revivir por un breve instante cómo sus músculos le rodearon el pene, el roce de sus pezones sobre su piel o cómo tembló al rozarle la cicatriz del cuello, su zona erógena por excelencia, le provocó una enorme erección. «¡Mierda, joder!», protestó. Se recolocó en la silla como pudo. Entornó los ojos para comprobar que nadie había notado su incomodidad. Aun así, quería buscar una explicación. «En ese asiento sucedió algo, ¿el qué? Ni idea; a saber: ni sé cómo llegué a casa ni quién me metió en cama aquella noche. ¡Maldito alcohol! ¡A Dios pongo por testigo que en mi vida vuelvo a mezclar bebidas! Solo generan agujeros negros de dimensiones tan estratosféricas que hasta la NASA se sorprendería», respiró hondo, agobiado con aquella situación. «Contigo he encontrado a mi Hinemoa», al recordar esa frase y darse cuenta de las dimensiones que cobraba todo, se atragantó con la saliva, pues había roto una promesa. «¡Joder, joder, joder! Javi no se puede enterar de esto o me mata», bufó, preocupado, ya que su hermano, cuando se cabreaba, era letal como su padre.

—¿Estás bien, Nicholas? —le preguntó Sam, el director de Tecnología—. Pareces ausente.

—Nooo... —Estiró de más la palabra, alzando las cejas por la sorpresa—. Para nada, os estaba escuchando y tomando notas mentales. —«Joder, espero que cuele». Habló a todos los presentes—: Estamos con la resaca de la firma del viernes, creo que dentro de unos días nos deberíamos reunir de nuevo para exponer de forma más clara y concisa los objetivos a desarrollar a partir de ahora, ¿estáis de acuerdo? —Todos asintieron—. No se hable más, pues.

«Necesito salir de aquí o me volveré loco».

—¿Comemos? —Le ofreció Sam ya de pie y recogiendo todo.

—Por supuesto. —«Mejor, distraerme me vendrá bien».

***

Galadriel estaba frente a las puertas plateadas del ascensor en el vestíbulo —de baldosas grises y paredes de granito blanco—, enorme y luminoso debido a las grandes cristaleras que daban al exterior de TEC, la empresa en la que llevaba un año trabajando en el departamento de Archivos gracias a Mikey. Aquel no era el trabajo de su vida, pero le daba una estabilidad económica y contaba con muy buenos compañeros.

Debía subir a Administración para recoger los documentos correspondientes al reciente contrato con los americanos, para archivarlos. Estaba viendo el reflejo de su vestido rojo en el aluminio, cuando las puertas se abrieron y apareció él. El hombre que le rondó la cabeza todo el fin de semana estaba arrebatador con ese traje gris hecho a medida.

—¡Nick, hola! —lo saludó con una expresiva sonrisa.

Se le fue borrando poco a poco al ver que no era correspondida. Sus ojos azules que le habían atravesado el alma se habían transformado en dos témpanos de hielo.

—¿La conozco, señorita? —lo preguntó con tal desafecto que se quedó congelada e hizo que el corazón se le parara en seco.

«¿Me está tomando el pelo?», se cuestionó sin apartar la mirada de él.

—Yo... Tú... Tú y yo... —Las palabras se le atascaban en la garganta.

—Esta es una empresa seria. —La miró de arriba abajo. Gala se sintió incómoda con esa situación que la sobrepasaba, pues la trataba como a una extraña—. Guárdese las familiaridades para sus allegados o amigos, si los tiene. —Él echó a andar y se unió a Sam, el de Tecnología.

Allí plantada, vio cómo se alejaban. Era tan surrealista lo que acababa de vivir que creyó que la poca gente que salía del ascensor la regañaba al mirarla o le reprochaba su comportamiento. Era la primera vez que la impotencia, la desilusión y un cabreo incipiente le generaron tal bola en el estómago que comenzó a temblar, y tuvo que controlar las lágrimas y las ganas de gritarle que se fuera a la mierda. Aquel hombre, sin pretenderlo, la había dañado, ni ella entendía el porqué, solo había sido un polvo sin más, no debía repercutir en ella, no los ataba nada; pero, como si eso no fuera suficiente, la avergonzó delante de algunos trabajadores. Lo que más le dolía fue la indiferencia que él mostró. ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo se olvidase de ella? ¿Es que aquella noche no había significado nada para él? Las ilusiones, sus fantasías, incluso las más ardientes, se esfumaron de un plumazo. Cabizbaja, escondiéndose de todos, pensó: «¡Qué mala mano tengo para los hombres!».

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Capítulo 3

—Mikey, de verdad, ¡se ha olvidado de mí! ¿Cómo tengo que decirlo? —expresó Gala toda indignada y dolida.

—A ver. —Mikey guardó el último plato en el cajón, que cerró después—. Lo que sé y hasta donde sé es que os presenté, a partir de ahí todo me es desconocido. Pero no me ocultes nada, porque no es normal que por una simple presentación tengas semejante rebote.

Gala tiró el estropajo al fregadero con saña y se limpió las manos en el bajo de su camiseta de Animal Crossing, su juego favorito de Nintendo. Se sentó junto a su amigo —a quien había invitado a cenar, siguiendo la cultura neozelandesa en la que se le concedía una gran importancia a esa última comida del día, ya que era el momento más familiar—, en la mesa redonda que ocupaba el centro de la cocina: una estancia de tamaño pequeño y techos altos de los que pendía una pequeña lámpara led de tubo muy moderna, y que Gala se había esmerado en decorar en tonos pastel.

—Al irte continuamos charlando. Él empezó al flirtear y, entre cóctel y cóctel, terminamos en la mesa de la sala de juntas —confesó sin pelos en la lengua.

—¡Acabo de caer muerta en la bañera! —exclamó su amigo, que boqueó como un pez y abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a salir de las órbitas.

—Sí, allí dimos rienda suelta a la pasión...

—Y a ver, cuéntame, ¿está bueno?

—Tiene un cuerpo diez y un tā moko precioso.

—¡Qué suerte tienes! Ya lo has catado.

—Fue el mejor polvo de mi vida. —Debía reconocerlo.

—Me lo dices o me lo cuentas. —Mikey se llevó una mano a la frente imitando un desmayo.

—La verdad, no sé de qué me valió, porque no se acuerda y estoy convencida de que si le cuento lo ocurrido es capaz de negarlo. Qué razón tenía Carmen Sevilla al cantar: «Aunque digas muchas cosas son mentiras nada más. Embustero, embustero que de tu cariño ya no me importa ná».

—Me encanta cuando te cabreas, te vuelves de un folclórico que entiendo por qué me llevo tan bien contigo.

—No intentes quitarle hierro al asunto...

—Ni se me ocurriría —la interrumpió.

—Es serio, nunca me pasó que me acostara con un tío y el muy gañán, por no llamarle cabrón...

—Ya lo has llamado —apuntó él.

—No se acuerda de nada. ¡Vamos! ¿Quién se cree eso? —Su frustración iba en aumento.

—Gala, seamos sensatos. —Su amigo se puso serio—. Esa noche todos estábamos muy perjudicados, y cuando digo mucho, es mucho y me quedo corto. Nick llevaba un pedal que aún no sé cómo se podía sostener de pie. Así que, sí, puede que no se acuerde de nada.

—¡Mátame camión, no se acuerda de mí por la cogorza que tenía! Esto es todavía más patético.

—No sé si es así, no he hablado con él. Lo que sí es cierto es que lo conozco y nunca lo había visto tan mal, claro que no todos los días se firma un contrato multimillonario. A lo que voy es que el agua espirituosa corría más por nuestras venas que la sangre.

«Perdóname si sufro una eyaculación precoz», se acordó Gala de aquella frase que iba a pasar a la historia desde ese mismo instante bajo el título: «Expedientes extraños con hombres».

—Muy roja te has puesto, mujer. ¿Qué te pasa?

—Nada. —Gala carraspeó a la vez que intentaba arrinconar aquel recuerdo. Nunca en su vida un tío le había dicho cosa semejante en pleno acto—. En el fondo los rumores que corren por los pasillos sobre Nicholas Thompson son ciertos, y yo de tonta voy y engroso su lista de conquistas. —Bufó. Colocó el codo sobre la mesa y hundió la mejilla en la palma de la mano.

—¡Ni caso sobre eso, me oyes! —soltó Mikey.

—Mucho lo defiendes, huele un poquito mal. —Ella se dio golpecitos en la punta de la nariz con el dedo índice.

—Soy amigo de los dos, porque te recuerdo, reina, que soy el secretario de Nick y muchas de esas zorrupias me tienen hasta la seta, ¿me entiendes? Hablan por despecho, saben que él ni se les acercaría, ni las tocaría con el palo de la escoba, ¿estamos? La envidia hace estragos hasta en la más pintada.

—¡Hola, Romeo, cariño! —Cogió en brazos a su gato color gris con ojos amarillos—. Tú nunca me abandonarás, ¿verdad? —El minino maulló y se relamió los bigotes—. Claro que no me fallarás. Eres el mejor.

—Gala, cari, creo que me voy, no me siento muy allá. —Mikey se levantó y cogió la cazadora que tenía colgada en el respaldo de la silla.

—¿Qué tienes? —Se acercó a él, preocupada.

—Estoy de repente un poco revuelto.

—¿Quieres ir al médico?

—No, mañana estaré bien, ya verás. Un besito. —La besó en la mejilla; y a Romeo, entre las orejas—. Mañana nos vemos; y duerme, por favor, que te conozco y sé que estás más cabreada que una mona.

—Sí, dormiré. Pero si algo tengo claro es que por unos pantalones no voy a cambiar.

Lo acompañó a la puerta.

Nada más terminar de recoger la cocina, cogió a Romeo y el móvil para irse a la cama y echar su partida nocturna en el Animal Crossing Pocket Camp. Se dispuso a bajar el estor, con la cinta en la mano alzó la vista al cielo estrellado. Había leído en algunas guías y revistas de viajes que Nueva Zelanda era el lugar perfecto para contemplar el brillo de las estrellas. Esa bóveda oscurecida, salpicada por haces de luz tintineantes, la retrotrajo a aquella noche de San Juan, más concretamente a la tarde, en la que Antonella, la suegra de su hermana Arwen, le había hecho una tirada de cartas: «En este viaje te encontrarás a ti misma, también conocerás a un hombre muy influyente, con una situación laboral envidiable y una estabilidad económica que ya le diera a muchos. Pero en lo personal sufre muchas carencias. Tú llegarás a su lado para darle sentido a su vida», le había descifrado la mujer.

—No, Gala, tranquila. Nick no puede ser ese hombre, Antonella me habría dicho que sufre problemas de memoria y no dijo ni una palabra. Así que, él no es. Es más, a lo mejor ese tipo ni aparece.

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Capítulo 4

Desde la terraza que se abría en el área de descanso de TEC, Gala tenía unas vistas privilegiadas: podía observar el puerto de Auckland, la capital económica de Nueva Zelanda, y el volcán Rangitoto, que dominaba el puerto de la ciudad. No era el único, en las dos islas que componían el país había bastantes más. Nueva Zelanda le había regalado una tranquilidad personal y una paz mental que ningún otro lugar le habría proporcionado. Solo llevaba un año, y todo fueron buenas sorpresas. Al poco tiempo de su llegada, encontró un trabajo en una biblioteca; poco después, Mikey la enchufó en la empresa. Siempre había pasado desapercibida, siempre todos la habían saludado con una sonrisa o con afabilidad. Sin embargo, con lo ocurrido en los ascensores parecía que había cometido un pecado capital al tratar de modo tan cordial al presidente, algunos compañeros de otros departamentos la miraban de reojo o, simplemente, evitaban hablarle.

«Vaya chorrada», pensó para sí misma apoyada en la barandilla de cristal para pasar del tema.

Pero la realidad era muy diferente: le estaba afectando mucho. Una empresa tan grande como esa, con tantos trabajadores, y ella en el punto de mira.

«Cojonudo, Gala, cojonudo. Lo has bordado», se recriminó. La considerada tierra de Tolkien, uno de sus escritores favoritos, ya no era tan idílica.

—Hola, guapi —la abordó Mikey desde atrás.

Gala se giró hacia él.

—Hola.

—Toma tu caffè latte. —Le dio el vaso de plástico—. Vamos a aquella mesa, que hay muchas orejas pendientes. Bueno, en general, aquí todas las paredes tienen oídos.

—¿Qué pasa? —A Gala no le gustaba tanta discreción por parte de su amigo.

Se sentaron en la mesa del fondo del interior de la zona de descanso. Un sitio ultramoderno, de mesas de cristal y sillas blancas como las paredes y el techo, lleno de pequeños focos led, que hacían que la claridad se reflejara en cualquier lugar de la estancia.

—Habla que me estás matando.

—He hablado con Nick —le reveló.

—¡¿Que has hecho qué?! —Alzó la voz más de lo normal. Al darse cuenta, Gala miró por encima del hombro y notó que las pocas conversaciones se habían acallado durante unos instantes.

—No te pongas en modo «histérico on», no va contigo, chati.

—¿Le has hablado de mí?

—¿Y tú quieres callarte y dejarme contarte? —le devolvió la pregunta—. Hablé con él, y no, no le di tu nombre.

—¿Entonces? —Tomó un sorbo de su café.

—Le pregunté por aquella noche y se derrumbó.

—¡Perdona! —Controló como pudo la sorpresa.

—Sí, lo que oyes. Estaba abatido.

—Vamos, que ahora el gran señor va de víctima.

—¡Que no, pesadilla! No lloró ni nada por el estilo, bueno, solo faltaba. Está abatido porque, literalmente, no se acuerda de nada. Verás, nada más llegar, solemos repasar la agenda, entonces, cuando terminamos, le pregunté, como que no quiere la cosa, por la amiga que le había presentado; cállate —le ordenó Mikey poniendo una mano delante de su cara—. Ni se acuerda de tu cara ni de nada de aquella noche. Nena, no estamos hablando de una pequeña laguna, no, no, estamos hablando del lago Michigan, cuanto menos.

—¡Por Dios! —exclamó Gala sin dar crédito.

—Eso mismo pensé yo. Te lo juro, está muy mal, es algo exagerado, es más, te aseguro que me quedo corto.

—¿Estaría drogado? —Gala empezaba a dudar de su jefe.

—¡Qué va! Este no toma sustancias extrañas ni esnifa cacao en polvo, ¿me entiendes? Esto fue el alcohol, hasta él mismo lo sabe, que ya es algo bueno. Está tan mal que me preguntó quién lo llevó a casa, hasta ahí todo normal; entonces, le expliqué que fuimos Peter y yo, añadiéndole que tuve que acostarlo. Ahora agárrate bien las bragas, no va el tío y me pregunta, palabras textuales: «¿Hicimos algo tú y yo?».

Gala prorrumpió en carcajadas. Se dobló sobre la mesa, apoyando la cabeza en un codo.

—No te rías, cabronceta, que te has llevado la parte mejor, que no te pide que lo saques del armario. Y me pregunto yo: ¿en serio culminasteis?

Dejó de reírse.

—Sí. —Fue rotunda en su afirmación.

—A trancas y barrancas.

—De eso nada, fue todo muy fluido.

—Pues quién lo diría, porque este no sabría cómo metérsela a una muñeca hinchable. —Chasqueó la lengua—. ¿Y te cabreas? Más molesto debería estar yo por sus insinuaciones. Ya le dejé claro que a mí la necrofilia con hombres, por muy buenos que estén, no me pone. —Cogió una servilleta de papel—. ¡Anda! Hablando del rey de Roma, por la puerta asoma.

Gala giró la cabeza; allí, en la entrada, estaba Nick, con las manos metidas en los bolsillos. Su actitud imponía.

—Me voy.

—Pero, mujer...

—Chao.

Gala se levantó y dejó su café a medio terminar. Bajó la cabeza para esconderse de él. Al pasar por su lado, sin querer, inhaló las notas de aquel perfume que, por mucho tiempo que pasara, despertaba sus instintos. Sin darse cuenta del rumbo que había tomado, terminó en los baños. Abrió las puertas para cerciorarse de que estaba sola. No había ni un alma. Puso las manos en el mármol del lavabo con la barbilla hundida en su pecho. Debía sincerarse, delante de él no era valiente. No era capaz de sostenerle esa mirada azulada que se podía adentrar en lo más hondo de ella, que la cautivaba y la empujaba a romper las distancias entre ambos. No podía estar cerca de él, le dominaba todos sus sentidos. Le dominaba el alma.

La había marcado de un modo extraño que no alcanzaba a comprender. Había dejado en ella una impronta y no podía borrarla de la noche a la mañana por mucho que le pesara, ¡le era imposible! Su madre siempre decía que en la vida no había nada imposible. Ella siempre creyó que su madre se equivocaba, pero en los baños confirmó que tenía razón.

Se miró al espejo que le devolvió la imagen de una mujer rubia, de rostro ovalado de piel anacarada, heredada de su abuela materna; mejillas arreboladas por el rencor y la tristeza; ojos azules como los de su padre, brillantes, no de felicidad, sino acuosos. Nick Thompson hacía temblar los cimientos del pequeño mundo que había reconstruido sobre las cenizas que otro había dejado. Aquella tristeza la hizo salir huyendo, poner kilómetros de distancia y empezar de cero. La nueva oportunidad había llegado en aquel país que estaba más cerca de la Antártida que de cualquier otro continente, y cuando parecía que nada podía perturbarla, otro hombre la ponía en jaque.

Abrió el grifo, cogió agua entre sus manos y se refrescó la cara, lo necesitaba antes de que las lágrimas se le derramasen por las mejillas. Aquello era culpa suya. No tuvo que haberse cruzado en su camino. Nick Thompson le gustaba a rabiar, la había hipnotizado, cautivado como ningún hombre había logrado. La había hecho suya; aunque, por momentos la situación fuese divertida, le dolía y lo llevaba clavado en sus entrañas. Se secó con una toallita de papel que tiró a la papelera, maldiciendo:

—Estúpido amor, ¡todos los hombres son iguales! Anda que Cupido no está desatinado conmigo.

***

«Vaya piernas tan bien hechas y torneadas», reconoció Nick.

La chica que lo había saludado en los ascensores había salido despavorida del área de descanso como si viera al mismo Lucifer. La siguió con la mirada hasta que la vio meterse en los baños.

—¿Necesitas algo? —le inquirió Mikey con esa alegría tan innata en él.

No supo en qué momento se le había acercado, tan absorto que estaba en aquella chica. Miró a su secretario que con el tiempo se había convertido en un gran amigo. Se empujaba las gafas de pasta negra con el dorso del dedo índice, y sus ojos negros —igual que la espesa barba que solo dejaba entrever un rostro alargado y unos labios ni finos ni gruesos— le sonreían como siempre.

—¡Ay! Te comió la lengua el gato, como a los niños —lo bromeó.

—¿Conoces a esa chica? —Nada más formular la pregunta, supo que la curiosidad le podía jugar una mala pasada.

—Claro, hombre, es mi mejor amiga, Gala. —Vio cómo se ponía a jugar con los pelos de la barba bajo su labio inferior.

—¿Trabaja aquí? —preguntó dubitativo.

—Sí, en Documentación.

—Es que ayer me saludó de una forma muy familiar cuando salía del ascensor... ¿Me la presentaste?

Nick se fijó en que su amigo se estaba callando algún tipo de información. Sus cejas un tanto alzadas y la manera de retorcer los pelos de la barba eran muy particulares. Lo conocía lo bastante bien como para saber cuándo le era completamente sincero y cuándo no.

—Seguro que alguna vez. —Le encasquetó—. Lo tuyo ya es muy grave.

—¿Por? —Aquella afirmación lo hizo sentirse perdido, más de lo que ya estaba.

—Estás fatal, ¿en serio expulsaste todo el alcohol del cuerpo?

—Creo que sí.

—¿Te das cuenta de que no te acuerdas de nada?

—Ya, y no sabes lo que jode. Si es cierto que me la presentaste, fui un poco grosero con ella, la verdad.

—No me digas.

—Sí, porque no supe dónde ubicarla. Creo que le debo unas disculpas.

El motivo era otro. Nunca una mujer le había despertado tal interés que no podía separar la vista de donde ella estaba, lo atraía, no de un modo superficial, al contrario, deseaba conocerla más que a nada en el mundo, y resultó que fue un capullo con ella. Debía buscarla para arreglar las cosas. Quería tenerla cerca, hablar, saber todo de ella. Iba a ser difícil, había que ser sincero. Asimismo, el leve ronroneo de cabeza que a veces lo cabreaba —no solo eso, sino el exceso cometido durante la fiesta— le podía ocasionar una bronca de las grandes con su hermano, ya que se habían prometido que en la empresa debían dar siempre ejemplo. Aquella noche...

«No lo pienses o te acabarás haciendo el harakiri», se recomendó.

—¿Cómo se llama?

—Gala. Bueno, realmente es Galadriel —le explicó Mikey.

La chica salió del baño sin mirarlos. Se colocó la media melena rubia detrás de los hombros y echó a andar. Él se fijó en el insinuante movimiento de sus caderas.

—Galadriel —dijo hipnotizado en voz baja. Su nombre se le enredó en la lengua de un modo que le erizó el vello.

—A ti te gusta —insinuó Mikey.

—¿Qué? —Frunció el ceño en su dirección.

—Te gusta Gala, ¡¿eh?! Mikey tiene olfato para estos asuntos y esas miradas tuyas echan chispas.

—No, tío.

—Sí, ya, ya, todos decís lo mismo y luego se os ve el plumero.

«¡Será cabronazo! Espérate».

—Oye, te han salido unos cuantos granos, ¿no? —Nick quería chincharlo, no obstante la jugada no le salió tal y como esperaba.

—Síjosí, es lo que tiene la pubertad tardía. —Mikey se pasó las yemas de los dedos por el pómulo donde había tres granos haciendo un triángulo.

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Capítulo 5

Al mediodía siguiente, Gala y Mikey se dirigieron a Viaduct Harbour, más concretamente a la calle Quay, donde se ubicaba uno de sus restaurantes favoritos en la ciudad, el Lula Inn. Un local de moda que contaba con una preciosa terraza que daba al puerto y de la que se podía disfrutar los siete días de la semana en cualquier época del año, ya que contaba con una cubierta especial para cada estación. Allí se acomodaron. El bar no solo era conocido por su estupendo menú, sino también por el Lula’s Bottomless Brunch, la música en directo y más actividades que organizaban. La calidez que despedían los rayos del sol a esa hora se rebajaba gracias a la ligera brisa marina que soplaba de vez en cuando y que transportaba ese olor tan característico que el mar cobraba en Nueva Zelanda. Gala no podía compararlo con el de las playas batidas a las que acudía de niña en Galicia con sus abuelos, pues solo en ellas se podía oler el yodo. Esos recuerdos le abrieron más el apetito. Si Nueva Zelanda la había conquistado fue, entre otras cosas, por la comida.

—¿Por qué siempre que venimos pides lo mismo? —la inquirió Mikey, que se rascaba la nuca.

—Este fish and chips con salsa tártara y limón supera con creces al que se puede comer en Londres —explicó Gala chupándose el pulgar, que lo tenía pringoso—. Yo que tú no me rascaría, tienes muchos granos...

—Ya, creo que algo me sentó mal —la interrumpió—. La piel me pica y es ese picor contagioso que cuanto más rascas, más te pica.

—Tienes que ir al médico —le aconsejó a su amigo.

—Sí, mami.

—Lo digo de veras, no es normal que aquí —señaló con las manos el bar— no comas nada y solo estés con un agua con gas.

—No tengo apetito. —Mikey arrugó la nariz.

—Si quieres ir al hospital, avísame y te acompaño.

—Vale.

—Nunca se debe ir solo. —Gala se metió en la boca una patata.

—Se nota que eres hija de un médico.

—Siempre lo dijo mi padre. —Se encogió de hombros.

—Déjalo ya. No hablemos más de mí, tú eres más interesante.

—¿Yo? —No se tomó en serio aquella insinuación.

—Sí, Cenicienta.

—¿Qué pasa conmigo?

—Tienes a Nick loquito —le reveló su amigo a la ligera.

—¡¿Qué?! —Soltó los cubiertos, que cayeron sobre el plato haciendo un gran estruendo que sonó a lo largo y ancho de la terraza. De la impresión notó que su corazón saltaba varios latidos, y empezó a sudar.

—No me mires con esa cara de estar viendo un zombie.

Gala se inclinó sobre la mesa y habló con voz baja solo para su amigo:

—No me coñees.

—¿Quién te coñea?

—Mikey. —Sonaba a una clara advertencia.

—No me das miedito, que lo sepas, guapa. A ver, ayer cuando salías de los baños, ¿sabes quién te comía con la mirada?

—Yo qué sé.

—¡Nick! —exclamó gesticulando con las manos como si fuera algo tan obvio que debía saber—. No voy a ser yo, que no sabría ni qué hacer con tu vagina.

—¡Mikey! —protestó.

—Le gustas, Gala, lo digo en serio.

—Sí, ya, por eso no se acuerda de mí.

—Queda claro que de aquella noche no, pero sí de lo que os sucedió en el ascensor.

Aquella confesión le hizo sospechar que Mikey algo sabía por parte de Nick.

—¡Qué vergüenza pasé! Creo que la gente me mira mal desde que lo llamé por su diminutivo.

—No seas paranoica.

—No lo soy —le rebatió, volviendo a comer.

—Ayer fui testigo de la mirada que te echaba, era lobuna y, para tu información, añadió que debía pedirte disculpas porque no te trató bien.

«¡Me cago en la madre que lo parió! Bueno, la señora no tiene la culpa de tener un hijo que hizo un doctorado en gilipollez integral», pensó para sí con un cabreo encendiéndose en sus entrañas.

—¡Ay, nena! Si las miradas desnudasen, tú serías Eva en el paraíso.

—Sí, y él con una hoja de parra en el pene, no te jode. —Se volvió a chupar el dedo a la vez que comía un trozo de pan con el que había sopeteado la salsa.

—Si eso lo ve Nick, se pone todo palote.

—¡Arg! De verdad... —Apartó el plato, ya se le habían quitado las ganas de seguir comiendo.

—Lo digo en serio, le gustas más de lo que creemos.

—Mikey, le gusto ¿y el muy so lerdo no se acuerda de nada?

—Se acuerda del ascensor, eso, bueno, porque te aseguro que todavía tiene alcohol en vena.

—Será eso. —Bebió un poco de Coca-Cola, así se callaba un insulto.

—Nunca te he mentido, ¿verdad? —Mikey se estaba poniendo serio.

—Jamás —reconoció. Como ella a él.

—Esta vez guíate por el olfato de Mikey.

—¿Como lo tuviste con Jeffrey? —Le encasquetó con cierta malicia.

—Ahí fue otra cosa: «Se nos rompió el amor de tanto usarlo». —Cantó.

Gala enarcó una ceja. Era muy fácil deci

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