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Cómo escribir una historia de amor

Fragmento

Prólogo
Las razones del amor

Podría comenzar este libro dando unas cuantas razones teóricas de por qué escribo novelas románticas. Sin embargo, indagando en mi interior, llegué a la conclusión de que quienes leemos o escribimos sobre el amor es porque tal vez, en nuestra memoria lectora, hubo algún libro del género que nos marcó. Cuando hablo de marcar no me refiero a esos que nos abren la cabeza, sino más bien a esos que nos quedan aleteando en la piel. Esos que nos despiertan una ansiedad y emoción desconocidas, esos que apelan al sentir. En concreto: me refiero a esos libros que no podemos soltar ni siquiera cuando el reloj marca las 3 am y sabemos que el despertador sonará a las 6.30… A mi entender, son esos los libros que nos introducen en el mundo lector. Tienen el poder de abrir un apetito voraz, que con el correr de los años irá saciándose con diferentes platos: tradicionales, artesanales, exóticos, de autor… Incluso es probable que pasado el tiempo recordemos ese primer libro como una lectura naif, pero siempre le tendremos un afecto especial. Será esa suerte de portal mágico que —tal como le ocurrió a la Alicia de Lewis Carroll— nos hizo descubrir “el otro mundo”.

En mi caso sí hubo un libro con esas características: Una chica a la antigua. Lo leí por primera vez a los 12 años (luego lo releí unas cuantas veces, tal vez hasta los 15). Mientras las adolescentes de mi generación morían por Mujercitas, yo me inclinaba por esta otra novela de Louisa May Alcott. Una menos popular, que gozó de cierto éxito gracias a lo cosechado por las hermanas March. Sin embargo, en materia romántica, me atrajo mucho más. Adoraba a Polly Milton, amaba esa confusa relación que mantenía con dos muchachos: Tom Shaw y Arthur Sidney. El primero era un amigo cercano, un chico rebelde que siempre andaba en líos. El segundo, una especie de “candidato” ideal, con dinero y encantador... Recuerdo que por ese entonces no solo me dedicaba a la música como la protagonista, sino que yo también estaba enamorada de dos chicos a los que intentaba hacer encajar en esos estereotipos. Los describía en mi diario íntimo llamándolos con los nombres ficticios de Tom y Arthur. Y así, empezaba a transitar esa delgada cornisa en la que realidad y ficción se tocan. Una “locura exquisita” que solo conocemos los lectores voraces.

Cuando un libro se mete sin querer en nuestras vidas y nos hace pensar no solo en esa historia sino en la nuestra, no pasa de largo sino que se queda. Una chica a la antigua se quedó y despertó en mí la fascinación por el romance. Luego llegaron más títulos, muchos de ellos que poco y nada tenían que ver con las clásicas historias de amor. Pero Una chica a la antigua me dejó ese gusto por el género.

Quizás por eso, a la hora de sentarme a escribir, me gusta diseñar algún vínculo amoroso en el centro de la escena. Me encanta imaginar cómo construyen el amor esas personas, de qué manera se enamoran o desenamoran, y cuáles serán los obstáculos que deberán atravesar. Me esfuerzo por evitar ciertos clichés (esos que tanto daño les hacen a la literatura en general y a las novelas románticas en particular), y hay dos preguntas que suelen obsesionarme: ¿por qué esas personas pueden atraerse, enamorarse o desenamorarse? ¿Qué de único y distintivo tiene ese amor para ellos?

El amor, tantas veces bastardeado por los cánones intelectuales de la literatura, es quizás uno de los temas más universales y complejos de escribir. Su complejidad reside en que todos, todas y todes alguna vez lo experimentamos. Cualquiera sea la edad, la condición social, cultural, sexual... El amor, cuando irrumpe en nuestras vidas, nos cambia, nos enrarece y se transforma en algo difícil de definir. Es justamente en ese “enrarecimiento” donde emerge el embrión de un relato romántico. Porque no todos nos “enrarecemos” de igual manera. Hay quienes viven como en las nubes, hay quienes se vuelven más felices, hay quienes se la pasan pendientes del celular (a la espera de una llamada o un mensaje), hay quienes se tornan más vulnerables, hay quienes hacen locuras, hay quienes se resisten… La “rareza” es un territorio de exploración, y la literatura encuentra allí una pulsión vital.

Escribimos sobre un tema universal, aunque cada historia sea particular y única. Sin olvidar que el amor y las formas de relacionarnos van cambiando, deconstruyéndose y poniéndose en tensión… Allí, tal vez, reside otro de los grandes desafíos del género.

¿Hay malas novelas románticas?

Claro que las hay malas, malísimas. Suelen ser esas novelas “rosas” (que se las llame así ya debería ser una alerta) en las que los estereotipos se repiten una y otra vez, los conflictos son siempre los mismos y las resoluciones, simplistas y poco verosímiles. Son historias que dejan al lector o a la lectora mirando, como espectadores, un universo lejano, imposible, que nada tiene que ver con su ser.

¿Puede que nos entretengan? Es muy probable, y que un libro sea entretenido no deja de ser meritorio (nunca entendí esa idea de que un libro debe ser aburrido hasta el hartazgo para ser conceptuado como “un hallazgo” o “muy interesante”). Pero también es cierto que esas historias hechas a base de fórmulas probadas suelen cansarnos rápidamente. Después de leer dos o tres títulos con esas características tenemos la sensación de que todo es más de lo mismo…, y lo es. Sin embargo, el mayor problema de esas novelas consiste en que nunca hablan de nosotros, nunca nos interpelan, y eso no es bueno para una obra literaria ni para el arte en general.

Explorar en el terreno del amor es algo más profundo. Es una de las ventanas por las cuales podemos entender el mundo en el que estamos inmersos, porque sin dudas el modo de vincularnos afectivamente con otras personas habla de nuestras condiciones culturales, sociales y políticas.

Transitar literariamente el tema del amor es tratar de encontrar razones, respuestas y preguntas sobre esa llama vital que ha mantenido encendida por siglos y siglos a la humanidad.

El difícil camino de la legitimación

Pese a situarse como uno de los géneros más vendidos en el mercado editorial, suele ser bastante menospreciado en el mundillo intelectual literario. Y eso no es algo nuevo. La escritora George Sand (cuyo nombre verdadero era Aurore Dupin) no apreciaba las novelas románticas. Sin embargo, sus obras se vieron atravesadas por sus amores.

Su alocado romance con el novelista y poeta francés Alfred de Musset la impulsó a escribir la novela Ella y él (vale decir que Musset también plasmó el vínculo de ambos en La confesión de un hijo del siglo). Luego, su amorío con Frederic Chopin dio vida a Un invierno en Mallorca. En esas páginas, George Sand narraba —a modo de crónica de viaje— su traslado y estadía en Mallorca acompañando al músico, su amante. Él estaba enfermo y había esperanzas de que allí se recuperara. Más tarde, su relación con el socialista Pierre Leroux la condujo a trabajar sobre textos con otro compromiso social, como El molinero de Angibaut.

Es decir que incluso a ella (con su historia fascinante de mujer rebelde, audaz e inteligente) le fue inevitable escribir por fuera de ese universo pasional que la rodeaba. El amor no fue el tema central de su obra, pero sus amores sí fueron una fuente de inspiración.

Sorprende cuán difícil es que una novela romántica se imponga en premios internacionales u obtenga un lugar destacado en la sección de críticas de los medios convencionales y hegemónicos.

Recuerdo un comentario que hicieron de una de mis novelas en un diario de tirada nacional. Al parecer, la periodista no era una lectora habitual del género y no se mostró muy interesada por mi libro. Entonces —y calculo que solo por cordialidad— escribió unas veinte líneas que no reflejaban en nada el argumento. Solo había reparado en un detalle histórico que estaba presente en no más de dos páginas de las casi 400 que tenía el libro. Me pregunté si un lector o lectora podría entender de qué trataba la novela con esa reseña. La respuesta claramente era no. Me parecía válido y respetable que no le gustara el libro, al fin de cuentas los críticos leemos muchísimos textos que no nos agradan (incluso me ha pasado con aquellos que llegan con el aval de la crítica especializada). Lo que me pareció absurdo es que en términos reales ella no pudiera entender la lógica o el engranaje de un relato que, más allá de todos sus condimentos, tenía al amor como motor vital. Días más tarde, me entrevistó un psicólogo social y me sorprendieron las innumerables lecturas que había hecho de la misma novela. Habló sobre el sentido filosófico de los nombres de los personajes (algo en lo que no había reparado), la territorialidad del cuerpo femenino, la conformación de los colectivos de trabajadores a principios del siglo XX, la participación de la mujer en el mundo periodístico. Más aún, terminamos debatiendo si realmente era amor o no lo que unía a los protagonistas. Era obvio que ese entrevistador no estaba contaminado de los prejuicios literarios. Y de pronto, en esa mirada, había una riqueza que le permitía al libro infinidad de relecturas.

Pero el prejuicio no concluye ahí. Se extiende incluso a las invitaciones que suelen hacernos para integrar mesas que, en la mayoría de los casos, suelen coordinar referentes destacados del ámbito literario. Más de una vez me he encontrado respondiendo las mismas preguntas genéricas, y yo —que desde hace más de veinte años me dedico al periodismo cultural— me doy cuenta rápidamente de que quien me interroga no ha leído ni siquiera la primera página de alguna de mis novelas. “¿Cómo viven el boom de la novela romántica?” (sí, “boom” y después es el género lo que está fuera de moda) o “¿La novela romántica debe tener erotismo?”, “¿qué opinan de los finales felices?”... Rara vez podemos narrar con profundidad sobre cómo construimos la psicología de nuestros personajes, cuáles fueron los desafíos narrativos de esa historia, en qué consistió la investigación, qué lecturas nos nutrieron en el proceso o cómo trabajamos el lenguaje. Creo que se llevarían una sorpresa. Detrás del género hay tanta lectura, tanto trabajo, tanta búsqueda y tanto compromiso como en cualquier otro. No quiere decir que una novela romántica sea necesariamente buena, sino que puede ser tan buena o mala como cualquier otro libro.

Sin embargo, la legitimidad del género en el mapa literario es aún un tema pendiente.

Lo que no puede negarse es que las historias que sobrevuelan el tema del amor (digo sobrevuelan porque hay muchísimos subgéneros que se desprenden de este, como el juvenil fantasy, ciencia ficción, narrativa femenina, etc.) siguen conectando con la audiencia lectora. Eso transforma al género en uno de los más populares dentro del mundo editorial.

Pero, volviendo al inicio, ¿por qué escribo historias de amor? Escribo historias de amor porque con 12 años me enamoré del libro Una chica a la antigua (aún guardo mi ejemplar de colección Robin Hood ya con hojas amarillas y medio rotas). Y no solo sentí que era una historia que hablaba de Polly, la protagonista, sino que esa lectura me llevó —en plena preadolescencia— a pensar en mí, en mis sentimientos, en mi modo de ver y sentir el mundo.

En estas páginas los invito a bucear por este género a través del testimonio de escritoras y escritores que encontraron en el amor su lenguaje. Pero también a través de la mirada y experiencia de críticos/as, dramaturgos/as, lectores/as y editores/as, que, en muchos casos, no están vinculados al género y ofrecen un aporte valioso y significativo sobre el tema.

Escribir es un desafío. Y escribir bien sobre el amor es un desafío aun mayor. A fin de cuentas, todes, todas y todos experimentamos el amor y el desamor.

Capítulo 1
Por qué nos gusta leer historias de amor
(y también escribirlas)

Hace unos años vi una película titulada Manchester frente al mar. Me resultó sumamente movilizador el drama detrás del drama (no diré más para no spoilear). Hace poco volví a verla. No completa, la plataforma streaming me permitía ir pasando algunas escenas. Pero hubo dos que captaron mi atención de manera especial. En ambas actúan Michelle Williams y Casey Affleck. En la película ellos habían sido pareja, habían construido una familia, pero una tragedia los separa para siempre. La primera escena transcurre durante un velorio. Ambos se reencuentran después de una triste y traumática ruptura. Casey mira intensamente a Williams, y en ese gesto hay tanto dolor/amor, que es imposible para el espectador no emocionarse con la hondura de esos sentimientos. En la segunda, ambos vuelven a encontrarse de manera casual, en medio de la calle. Ella está con su bebé (producto de su nueva relación). Williams intenta decirle muchas cosas, la voz se le entrecorta, las palabras no le alcanzan, no encuentra el modo. Él procura evitar que ella hable, solo le dice que está bien, que no debe decir nada (en realidad no quiere que diga nada, sabe que esas palabras pueden abrir las compuertas de una angustia que no podría tolerar). Finalmente ella logra decirle que lo ama y él solo responde: “No hay nada allí”.

De las muchas escenas de amor que he visto, esa es sin dudas una de las que más me ha conmovido. Relata un amor que no responde a estereotipos, sino que puede ser comprendido solo a partir de lo que han vivido esos dos seres, de esa fatalidad que incluso les ha robado las palabras.

Aclaro: Manchester frente al mar no es una película romántica, pero tiene el coraje de mostrar que el amor puede narrarse desde un lugar diferente, desde la debilidad y la culpa humana. Desde un dolor que desgarra… El amor es un tema infinito, universal. Todos los amores en algo se parecen, pero todos los amores son definitivamente diferentes. Porque se moldean a partir de seres humanos (con sus particularidades, tragedias, sombras, luces e historias a cuestas). No es solo el romance por el romance mismo lo que nos gusta, sino cómo esos personajes (en ese contexto histórico, geográfico y personal) viven el amor o el desamor.

Eso vuelve única a cada historia. Y por eso podemos leer muchas historias de amor, porque sabemos que cada una será particular (siempre que esté bien escrita y no sea el plagio de otros tantos plagios).

En un mundo material donde todo se puede comprar, la persistencia de un sentimiento que no tiene valor monetario nos conmueve. Por eso tal vez nos gusta leer románticos, por eso tal vez apostamos por escribirlo también.

No importa si se trata de dos que se enamoran a primera vista y que deben sortear toda clase de obstáculos para llegar a estar juntos (al estilo Romeo y Julieta, de William Shakespeare) o si tal vez se odian desde el inicio pero casi sin querer se ven envueltos en un sentimiento pasional (muy al modo de Elizabeth Bennet y Mr. Darcy, de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, o, como Tom Hanks y Meg Ryan, en una de mis películas favoritas, Tienes un email). No importa que sean amigos de toda la vida que de repente empiezan a mirarse con otros ojos (un clásico de las comedias románticas). No importa incluso que no puedan volver a estar juntos, porque el dolor es más fuerte que el amor (como en la película Manchester frente al mar

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