1
Todo comenzó, si mi memoria no me traiciona, a mediados de noviembre de 1929.
La ciudad de Burgos se despertó triste y gris. El viento sorteaba los chapiteles de la catedral y azotaba los edificios de la ciudad. Las calles comenzaban a poblarse de gente envuelta en sus abrigos. Aquella mañana, había quedado con mi amigo Gustavo en una céntrica cafetería de la ciudad, el café Salionca. Me iba a proponer un asunto a fin de aliviar mi apurada situación económica, aunque él me lo había explicado de otra manera, evitando mencionar mi necesidad. Había perdido mi empleo como bibliotecario del ayuntamiento hacía ya algunos meses y mis recursos se habían reducido en extremo. Y no es que el salario fuera espectacular, más bien todo lo contrario, pero carecer del mismo suponía una barrera difícil de superar.
Gustavo era un buen amigo, nos conocíamos desde la más temprana juventud. Los años y las experiencias compartidas habían consolidado una bella y sincera amistad. Él era un joven abogado y una buena persona a pesar de su fingido desdén hacia el mundo. Disfrutaba mostrándose insensible ante lo que sucedía a su alrededor. Y aunque exhibía una fachada ruda y un trato distante, gozaba de un alma compasiva y una clara idea de la justicia. Así era Gustavo Hernández.
Cuando llegué a la cafetería ya estaba esperándome. Tras un tosco saludo, comenzó a hablarme con una vaguedad perfectamente medida. Una vez superado el ritual de rigor me expuso el asunto de nuestra cita. Conocía a un rico anticuario de Madrid, el señor Monsalve, interesado en conseguir libros antiguos; por tanto, aprovechando el amplio conocimiento que yo tenía en ese campo, se trataba de ayudar a Gustavo a buscar cualquier libro o publicación con una fecha de impresión lo suficientemente pretérita para considerarse objeto de coleccionismo. La idea no me entusiasmó en exceso pero, en cualquier caso, no tenía nada mejor que hacer, por lo que acepté la oferta de mi amigo.
Mientras nos terminábamos los cafés, comenzamos a establecer nuestro plan de trabajo.
—Yo creo que lo mejor es empezar nuestra búsqueda por las librerías y establecimientos de antigüedades de la ciudad. Más adelante ya indagaremos por el resto de la provincia.
—Excelente idea, Gustavo. Aunque creo que las posibilidades de recoger frutos fuera de Burgos es sensiblemente inferior.
Al menos eso es lo que pensábamos; confundíamos aglomeración con calidad, aunque me temo que eso, lejos de haberse corregido, se ha acentuado en mis torturados días.
El día siguiente lo pasé encerrado en mi habitación, hurgando entre mis terriblemente desordenados archivos y carpetas. Formaban parte del botín de la biblioteca municipal que generosamente me había adjudicado para celebrar mi despido. Sabía que podía conseguir sin salir de mi propia casa la mayor parte de la información que necesitábamos, o al menos la principal. Tras varias horas de búsqueda y bastante paciencia, conseguí unas cuantas direcciones en apariencia interesantes, la mayor parte de las cuales se encontraban en Burgos capital. Lo consideré suficiente para comenzar. Así que, empujado también por el estado lamentable de mi habitación, decidí salir al encuentro de Gustavo.
Era ya bastante tarde. El crepúsculo dejaba paso a la oscuridad de la noche. A medida que iba acercándome a la casa de mi amigo, la luz artificial de los faroles se hacía cada vez más visible. La ciudad comenzaba a recogerse. La cercanía del invierno se percibía en el reducido número de viandantes que quedaban en las calles. Curiosamente esta era una de las épocas del año que más me gustaban. Saboreaba días como aquel, a pesar de su triste grisura y corta duración. El recuerdo de ese atardecer permanece extrañamente inalterable. Sea como fuere, supone la última parcela inmaculada de mi memoria, dado que, a partir de entonces, el resto de las imágenes proyectadas por mi mente aparecen mancilladas por lo que habría de venir, marcando el final de mi vida y el comienzo de mi agonía.
La puerta se abrió permitiendo que la luz del interior del piso perfilara ante mí la figura de Gustavo. Tras invitarme a pasar se internó en la vivienda sin preocuparse de que yo le siguiera o de cerrar la puerta. Aquello eran formulismos para él. Una vez dentro pude comprobar que su casa presentaba un aspecto casi tan desastroso como la mía. No obstante, he de admitir que igualarme en esta materia era humanamente imposible. Por lo visto, los años no habían hecho mella en su parsimonia, en ese caso, confundida con descuido y desorden.
—¿Qué tal? ¿Qué te trae por aquí? —me preguntó mientras intentaba mejorar la apariencia de su salón, no de gran tamaño pero magnificado por una bella lámpara que le había regalado su tía Eugenia el día que se graduó.
—He estado todo el día buscando en mis archivos y tengo algunas direcciones por las que podemos comenzar nuestro itinerario.
—Eso es estupendo, Ismael. Suerte tengo de tus grandes recursos de bibliotecario. Me he buscado un buen socio — añadió, con los brazos en jarra y dedicándome la mejor de sus sonrisas. Tal alegría y agradecimiento denotaban la gran satisfacción que sentía Gustavo.
—Estaría bien que les echáramos un vistazo, ¿no crees? — le dije obviando sus cumplidos. Aunque siempre he intentado hacer gala de una gran humildad, las palabras de mi amigo habían compensado mi laboriosa tarea.
—Sí, claro — repuso, haciendo sitio en la mesa.
La medianoche nos sorprendió elaborando nuestro plan de trabajo. Su premura en comenzar la búsqueda de inmediato reveló que su situación económica era tan precaria como la mía. De ahí su alegría de tenerme como socio. Hasta aquel momento había pensado que era nuestra amistad lo que le había movido a proponerme aquel negocio. Pobre Gustavo. Aunque nuestra relación era estrecha, siempre había sido muy celoso de su intimidad; y no era la desconfianza lo que le llevaba a ello, sino más bien una sana intención de no molestar a los demás con sus problemas; aun cuando esta actitud denotara rigidez y frialdad, era a veces su sensibilidad lo que le llevaba a ello. Pero, en el fondo, Gustavo era un hombre de recursos y de férreos principios. Sin embargo, aquello no pudo esconderlo, ya le conocía demasiado para saber que algo no iba bien.
—Tienes problemas, ¿verdad, Gustavo?
Levantó la mirada, olvidando los papeles extendidos sobre la mesa, y la fijó en mí; el brillo de sus ojos desapareció en un instante.
—Me confié, Ismael, y ahora el trabajo es más escaso que nunca. — Se encogió de hombros. Su sinceridad había aflorado, pero unos segundos después volvió a su papel—. Un abogado como yo sale de todas, ya sabes
Gustavo había estado disfrutando del patrimonio familiar heredado, y había vivido unos meses realmente distendidos, si se comparaba con el nivel medio de vida de la mayor parte de los burgaleses de la época.
Quizá en otras circunstancias me habría molestado que no me lo hubiera comentado antes, especialmente porque yo estaba en su misma situación, pero sabía que no había sido mala intención, al contrario, y aquello borraba cualquier tipo de recelo.
Era curioso observar cómo la vida nos trataba a ambos. No lo consideraba extraño en mí. Mi afición a navegar en mares fantásticos alejados de cualquier puerto tangible siempre había impedido mi asentamiento en el mundo cotidiano y real. En cambio, Gustavo era un hombre con un singular sentido práctico de la vida. Supuse que la suerte, en la cual decía no creer, se había cruzado en su camino de una forma tan inesperada como desagradable.
Era ya tarde, así que decidimos dar fin a nuestra reunión, dejando para el siguiente día nuestras ilusiones.
2
De nuevo me encontraba en el café Salionca. También aquel día el gélido viento y la áspera atmósfera ralentizaban la puesta en marcha de la ciudad.
En esta ocasión había sido yo el primero en llegar. No me importaba esperar. El café recién servido, el periódico y una estufa cercana me producían una placentera sensación de bienestar.
Habíamos decidido comenzar la búsqueda esa misma mañana. Las viejas librerías y establecimientos de antigüedades que habíamos seleccionado la noche anterior estaban en el centro de la ciudad, y eso convertía la cafetería en una excelente base de operaciones. Mientras hojeaba, despreocupado, el periódico, vislumbré a Gustavo a través de los cristales empañados de la puerta.
—Buenos días, Gustavo — dije.
—Buenos días, estírate y págate algo, anda — repuso en
su habitual tono rudo. Aquello denotaba que estaba de buen
humor.
—¿Un café? — pregunté sin molestarme. Sabía, por otra parte, que esa introducción implicaba una pelea posterior para ver quién pagaba y quizá algún intento de quitarme el dinero de la mano para impedirme abonar la consumición.
—Bien, sin azúcar, por favor — añadió innecesariamente. Por supuesto, sabía que los camareros dejaban el azúcar a disposición de los clientes, para que se sirvieran a su gusto.
A menudo imaginaba a Gustavo como alguien que afrontaba la vida como si fuera una obra que debía ser interpretada permanentemente y que había elegido para ello el papel de duro, a imagen y semejanza de los señores abogados más respetables de la ciudad.
—Para empezar, tenemos estas dos librerías — le dije a Gustavo tendiéndole la lista que habíamos hecho la noche anterior.
—De acuerdo... Y también marcamos esta tienda de antigüedades en la calle de Vitoria.
Teníamos puestas buena parte de nuestras esperanzas en esta última. No obstante, el itinerario lógico nos conducía primero a las dos librerías. De esa manera, conseguimos ocultar nuestra ansiedad y dejamos que fuese el sentido común el que guiase nuestra búsqueda.
Las visitas realizadas a las librerías fueron completamente aciagas. A pesar de invertir varias horas en cada una, no encontramos ningún artículo que pudiera encerrar un mínimo valor para alguien interesado en rarezas antiguas. Aquello aumentó nuestra agitación, y también nuestro temor, a medida que nos acercábamos a la que sería nuestra última visita del día, la tienda de antigüedades.
En el establecimiento no se veía un alma; ni siquiera un dependiente. El local desprendía un difuminado olor a rancio. Tenía la sensación de que las polillas se encontrarían verdaderamente cómodas allí. Nuestras miradas se perdían entre la multitud de objetos polvorientos que, desordenadamente distribuidos, abarrotaban la estancia. El voluminoso montón de libros apilados en una de las esquinas alivió nuestra emergente sensación de desengaño.
—Buenas tardes, ¿hay alguien ahí? — rompí el denso silencio.
De la puerta entreabierta en la pared posterior de la tienda, que sugería la existencia de un almacén anexo, surgió una voz grave:
—¿Desean algo los señores?
No nos sorprendió en absoluto la figura del hombre cuando apareció ante nosotros. En realidad encajaba a la perfección en el entorno. Era casi un anciano. Ligeramente encorvado y con el pelo cano, transmitía un cansancio intenso conformado por una mezcla de fatiga física y mental.
—Buenas tardes... Sí, mire, mi compañero y yo trabajamos para un anticuario de Madrid que está interesado en publicaciones antiguas de cualquier tipo. Hemos pensado que quizá, aquí, podríamos encontrar lo que andamos buscando.
— Gustavo tenía la facilidad de palabra y el decoro necesario que un buen abogado debe tener.
El hombre, que se presentó como don Martín, mostró una profesionalidad tan exquisita que provocó un cambio radical en la impronta originada por su aspecto: modales cuidados, lenguaje impecable y conocimiento exhaustivo de las características, peculiaridades e historia de los artículos que tenía a la venta.
Dos objetos centraron nuestro interés, si bien éramos conscientes de que su singularidad no era excepcional. El primero de ellos era un volumen relativamente bien conservado con tapas de piel oscurecidas por el tiempo. Su título era El Arte de la Guerra y estaba escrito por un tal Alonso de Zamacona. Había sido impreso en Gijón en 1789 y, tras hojearlo con sumo cuidado, pude comprobar que se trataba de una traducción del milenario tratado chino del general Sun-Tzu.
El otro aparentaba ser bastante más antiguo, dada la técnica de encuadernación que su desgastado exterior revelaba. Por otra parte, su estado de conservación no podía ocultar el paso de los siglos. Era un libro escrito en lengua inglesa y en la parte superior de la cubierta podía leerse The Astronomy and the Earth. Estábamos ante un viejo libro de astronomía que databa, probablemente, de principios del xviii
. La zona en la cual se encontraba impreso el nombre del autor estaba seriamente deteriorada y era difícil descifrarlo. Se trataba de otro autor también desconocido, al menos para nosotros, cuyo nombre era sir James Dunsany.
No fue muy complicado llegar a un acuerdo con el dueño acerca del precio de ambos volúmenes. Satisfechos por nuestras primeras adquisiciones nos dispusimos a abandonar la tienda. No habíamos alcanzado la puerta de salida cuando, de nuevo, fuimos sorprendidos por la voz, grave y resquebrajada, del dueño:
—¿Quieren ustedes encontrar libros verdaderamente antiguos e interesantes?
—Sí, por supuesto — contestamos estupefactos e impacientes.
Sin más, el anciano garabateó algo en un pedazo de papel y, tras doblarlo con suma delicadeza, nos lo entregó. Nuestro agradecimiento obtuvo un simple asentimiento como respuesta.
Ya nos encontrábamos en la calle cuando examinamos el contenido de la nota. Solamente dos nombres aparecían en ella. Uno era, evidentemente, el de una persona. El otro correspondía al de una población burgalesa: «Nicolás Herrera de Quintana. Poza de la Sal».
3
El coche de línea nos dejó en la parte baja del pueblo. Una lóbrega mañana ofició nuestro recibimiento a Poza de la Sal. Siguiendo las instrucciones del conductor, y tras ascender una empinada cuesta, llegamos a la plaza Mayor. Una vez allí preguntamos a un anciano que, desafiando el agreste comienzo de aquel día, paseaba entre los árboles de la plaza. Recuerdo el rostro de aquel hombre: curtido y surcado de arrugas que reflejaban una vida de duro trabajo, con un brillo enérgico en los ojos, cuya intensidad se acentuó al preguntarle por la tienda de Nicolás Herrera de Quintana. Pudimos advertir una mueca de extrañeza en su rostro.
—Conozco a don Nicolás, pero no sabía que vendiera nada — dijo el anciano.
En aquel momento no concedimos ninguna importancia a esa observación. Supusimos que el tal don Nicolás sería un excéntrico personaje enrarecido por años de coleccionismo de antiguallas o algo semejante. Siguiendo las orientaciones del anciano nos dirigimos hacia la casa del anticuario, en la calle de las Procesiones, muy cerca de ahí.
Poza de la Sal era una villa de estructura y aire medieval. Calles estrechas y empedradas, casas con fachadas de acabado en piedra, estuco y madera. Aún podían verse restos de la muralla que, tiempo atrás, protegía y guardaba a sus gentes.
La áspera atmósfera acompañaba la cadencia de nuestros pasos. Sentíamos el aire de otra época, de otro tiempo. Fue aquella una sensación que aún percibo con perfecto detalle. Sigue adherida a mi piel. Sigue apareciendo como prólogo de mi angustia.
Encontramos la calle. Un zapatero que se hallaba trabajando en su taller nos indicó, con recelo, dónde estaba la casa que buscábamos.
—Es ahí enfrente, la puerta grande — dijo el zapatero.
La puerta de dos cuerpos de madera, pintada de color ocre muy oscuro, permanecía cerrada. Tampoco las ventanas ofrecían signos de que hubiera alguien dentro de la casa; estaban todas las contraventanas cerradas.
—¿Sabe si se encuentra alguien en la casa? — pregunté. —Sí, está dentro — respondió el zapatero.
Nos pareció que esas hoscas y escuetas respuestas indicaban algo más que recelo. Supusimos que no existían relaciones demasiado buenas entre ambos vecinos, algo que, por otra parte, no podía ser considerado como algo fuera de lo normal.
—Muchas gracias, caballero. Que tenga un buen día — concluyó Gustavo.
El zapatero bajó la vista y continuó con su trabajo, como si ya nos hubiera dedicado demasiado tiempo.
Gustavo golpeó la puerta con la aldaba y a los pocos segundo oímos el sonido de unos pasos lentos y cadenciosos. La puerta se abrió y tras ella apareció la figura esbelta de un hombre de mediana edad. Aprecié cierta dureza en sus rasgos, quizá por la acentuada seriedad que modelaba su rostro. Sus ojos, carentes de cualquier emoción, nos miraron impasibles. Era un hombre alto y delgado, el pelo cano y bien peinado contrastaba fuertemente con una oscura sombra bajo sus ojos. El gusto y distinción de su vestimenta, así como su porte impecable, insinuaban una elegancia heredada.
—Buenos días, buscábamos a don Nicolás Herrera. —Ante ustedes está. ¿Qué deseaban? — respondió nuestro interlocutor.
Aunque su actitud no era excesivamente amable, su educación y exquisitos modales confirmaban lo que su apariencia indicaba.
—Buenos días don Nicolás, mi nombre es Gustavo Hernández, para servirle, y este es mi compañero Ismael Velasco. Estamos muy interesados en la compra de libros antiguos y un anticuario de Burgos nos ha dado su nombre.
Don Nicolás levanto levemente una ceja; no supe identificar ese gesto pero no cabía la menor duda de que nuestra visita le sorprendió. Durante unos segundos pensé que habíamos hecho ese viaje en vano. Sin ningún entusiasmo, nos invitó a entrar.
—¿Así que les han comentado que yo vendo libros antiguos? — nos preguntó. Su tono no ofrecía modulación alguna, nada en su voz expresaba la mínima emoción.
—No nos han dicho nada de usted. El anticuario de Burgos sabía lo que buscábamos y únicamente nos dio su nombre —respondió Gustavo, un tanto seco.
Pasamos a una gran sala decorada con mucho esmero, llena de objetos que denotaban un nivel de vida acomodado y un marcado interés por el arte. Tanto los muebles como los cuadros que vestían las paredes hubieran encajado perfectamente en cualquier museo. Un sofá que no parecía posterior al siglo xvi
, espejos con marcos de madera de un talle exquisito, butacas, lámparas, alfombras persas, cuadros de diversos movimientos pictóricos, objetos de porcelana, figuras de un claro estilo tribal... Todo un mundo a lo largo de la historia en una misma estancia. Las cortinas y el papel de la pared conjuntaban en aquel espacio de gusto, valor y riqueza.
Curiosamente no pudimos ver allí ningún libro, por lo que nuestras miradas se cruzaron con una sensación de incertidumbre que, estoy seguro, no pasó desapercibida para nuestro anfitrión.
—¿Qué es lo que buscan exactamente? — la voz de don Nicolás rompió nuestro mutismo.
—Cualquier tipo de publicación antigua — le indiqué con suma prudencia—. Preferentemente ediciones anteriores al siglo xviii
. En la tienda de don Martín, el anticuario que nos dio su nombre, hallamos dos ejemplares de esa época, que encajan más o menos con nuestros intereses; así que si tuviera libros o manuscritos anteriores sería, si usted nos los permite y los tiene a la venta, de nuestro agrado poder echarles un vistazo.
Una ligera pero perceptible tensión emergió de su cuerpo. Ni siquiera llegué nunca a comentarlo con mi amigo, pero aquella sensación me indicó que algo extraño estaba sucediendo en aquella habitación y que, tal vez, no había sido buena idea llegar hasta allí.
Don Nicolás, no obstante, mostró un ánimo aparentemente solícito ante nuestra demanda. A partir de entonces, su ánimo, aunque tímidamente, se avivó. Nos comentó que hacía ya mucho tiempo que no vendía nada pero que, quizá, podría proporcionarnos algún libro de nuestro interés. Nos invitó, de nuevo, a seguirle y abandonamos la sala. Tras ascender un corto tramo de escalera decorado a ambos lados por una completa colección de armas medievales, nos encontramos ante una puerta de roble macizo, curiosamente tallada con formas y figuras barrocas más propias de un templo religioso que de una vivienda. Don Nicolás abrió la puerta con llave y le seguimos al interior de la habitación. La tenue luz que invadía el cuarto a través de las cortinas de un estrecho ventanal, nos permitió advertir que estábamos ante una verdadera colección de libros antiguos. Cuando don Nicolás encendió una lámpara, ante nuestros ojos tomó forma un espectáculo increíble. Las sombras fueron desplazadas súbitamente y pudimos apreciar innumerables tipos de libros, probablemente clasificados en función de su género o disciplina. No se veía una mota de polvo sobre ellos, lo cual indicaba un cuidado exquisito en su conservación. Un primer vistazo fue suficiente para percatarnos de la existencia de ejemplares de gran valor.
—¡Ustedes dirán...! — exclamó, lacónicamente, don Nicolás.
—¿Todos están a la venta? — pregunté incrédulo.
—Sí — respondió. Nos miró a ambos, y tras pasear una
mirada lenta a su alrededor, añadió—: Todos.
Puedo asegurar que, en aquel momento, no sabíamos por dónde empezar. Nuestras expectativas habían quedado por completo desbordadas. Estábamos desconcertados. Era, sin duda alguna, lo que necesitábamos. Tras pasear, extasiados, nuestro entusiasmo por toda la habitación, comenzamos a hablar de precios con don Nicolás. De esta manera, y tras una intensa y larga deliberación, decidimos adquirir cinco volúmenes. Estos eran una traducción al francés de la Historia Natural de Plinio editada en La Rochelle en 1598; un ejemplar de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha editado en Madrid en 1721; un volumen de El Peregrino en su Patria de Lope de Vega publicado en Toledo en 1605, el cual debía pertenecer a una de las primeras ediciones, dado que la original estaba datada en 1604; una reproducción manuscrita de 1754 de los Comentarios del Apocalipsis del Beato de Liébana realizada en el Monasterio de El Escorial, y, por último, un pequeño tomo con los Cuentos de Hoffman editado en Dresde en 1819. En verdad el lote de libros que compramos debía ser considerado como magnífico. Pensábamos que, con argumentos fehacientes, podríamos conseguir un buen precio por ellos.
Una vez cerrada la operación, y no sin antes evaluar con don Nicolás la oportunidad de posteriores negocios, salimos de aquella habitación y volvimos a la sala. Al bajar la escalera pude fijarme mejor en las armas que colgaban de ambas paredes: espadas, escudos, alabardas, lanzas, hachas, mazas. Todas ellas brillantes e impecables, mostraban un cuidado excelente, ni una mota de polvo manchaba sus filos.
Don Nicolás nos dejó unos minutos solos mientras nos preparaba el paquete de libros. Aunque la satisfacción de nuestro negocio inflaba nuestros pechos no cruzamos ni una sola palabra entre nosotros. El valioso mobiliario de aquella habitación nos tenía boquiabiertos. Don Nicolás volvió con los libros impecablemente empaquetados. Sus manos cogían con fuerza el bulto y con decorosa delicadeza me lo entregó. Sus ojos no se apartaban de los libros; en aquel instante, parecía apreciar con intensidad aquello que nos había vendido hacía un instante.
Ya en la puerta nos despedimos con un cortés apretón de manos. Y Gustavo no pudo menos que agradecerle.
—Ha sido una suerte encontrarle, don Nicolás. Su fabulosa colección es una delicia y ha conseguido que nuestra búsqueda sea un auténtico éxito. Espero con ansias volver a hacer negocios con usted.
Don Nicolás había vuelto a la impasibilidad con la que nos había recibido, aunque, en ese momento, un extraño brillo centelleaba en sus ojos. Fue tan solo un instante fugaz pero en el momento justo que me daba la vuelta creí ver una sonrisa inquietante cruzar su rostro. Es posible que no sea capaz de explicar con exactitud aquella percepción, pero no me cabe la menor duda de que sentí algo que incrustó en mi cuerpo una espina de intranquilidad. Mientras deshacíamos el camino oí como don Nicolás cerraba la puerta. Aquel sonido fue el prólogo de nuestra desgracia.
En cualquier caso aquella misteriosa sensación no consiguió mitigar el júbilo que me acompañaba mientras nos dirigíamos de nuevo a la plaza Mayor. Entramos en uno de los bares que se encontraban en la plaza, para esperar la hora a la cual salía el coche que nos llevaría de vuelta a Burgos.
Recuerdo perfectamente cómo, tras pedir dos vinos tintos, nos sentamos orgullosos y contentos en una mesa sobre la cual, a modo de trofeo, pusimos el paquete de los libros que con mucho esmero nos había preparado don Nicolás.
—No podríamos haber empezado mejor — dijo Gustavo alzando la copa.
—¡Salud, amigo! — Brindé con él.
Vaciamos, dichosos, las copas. Y entre carcajadas nos dimos un apretón de manos. Los pocos que moraban en el local nos miraban con desazón.
—En gran parte ha sido todo gracias a ti — me dijo Gustavo. —Bien, si no hubiera sido por la ayuda de don Martín... —Mañana mismo escribiré a Madrid para dar la buena nueva al señor Monsalve.
—¡Mozo, más vino por favor!
4
Ya estábamos de vuelta en Burgos. El ambiente continuaba siendo el mismo. Como ya era tarde, amén del cansancio provocado por tan fructífera jornada, optamos por retirarnos cada uno a nuestra casa. Gustavo se quedó con los libros. Dado que yo debía despl
