Crecí en los suburbios de Lisboa, en Benfica, por aquel entonces pequeñas quintas, travesías, casas bajas, oyendo a las madres que llamaban a la hora del crepúsculo
–Vííííííííítor
con un grito que, salido de la Rua Ernesto da Silva, alcanzaba a las cigüeñas en la copa de los árboles más altos y ahogaba a los pavos reales en el lago bajo los álamos. Crecí junto al castillete de las Portas que nos separaba de la Venda Nova y de la Estrada Militar, en un país cuyos puestos fronterizos eran la droguería del señor Jardim, la tienda de comestibles del Careca, la pastelería del señor Madureira y la mercería Havaneza del señor Silvino, y me entretenía por la tarde en el taller de calzado del señor Florindo, golpeando suelas en un cubículo oscuro rodeado de ciegos sentados en banquillos bajos, envueltos en el olor a cuero y a miseria que se mantiene como el único olor de santidad que conozco. Doña Maria Salgado, delgada, muy pequeña, siempre de luto, transportaba la Sagrada Familia en una caja, de vivienda en vivienda, y mis abuelos recibían en la sala durante quince días a esas tres figuras de barro en una caja de cristal empañado que las criadas iluminaban con mariposas de aceite. Crecí entre el señor Paulo que curaba con cuerdas y cañas las alas de los gorriones, y los Ferra-O-Bico, cuya tía se fugó con un gitano y leía el destino en las playas, embozada de negro como la viuda de un marinero que nunca hizo puerto. Mis amigos tenían nombres propios tremendos
(Lafaiete, Jaurés)
y vivían en bajos con ventanas a la altura de la calzada, donde se distinguían aparatos de radio gigantescos, tiestos de albahaca y madrinas con chinelas. El perro de la tenería encendía ladridos fosforescentes en las noches de julio, cuando el polen de la acacia llovía en mis párpados, yo, muerto de amor por la mujer de Sandokán, me descubría unicornio encerrado en el servicio de la escuela, y el brigadier Maia, con boina vasca, bajaba a la Adega dos Ossos gesticulando contra el régimen. En la época en la que, a los trece años, me inicié en el hockey sobre patines del Fútbol Benfica, el portero acolchado como un barón medieval me señaló ante el pasmo de los compañeros
–El padre del rubio es médico
en lo que constituyó de inmediato mi primera gloria deportiva y la primera tenebrosa responsabilidad, a partir del momento en que el entrenador, palpándome los músculos con los ojos, advirtió con una mueca de duda:
–Me gustaría ver si das la talla, rubio, que tu padre en el ring era una fiera para los golpes.
El dueño de la Farmacia União hacía solitarios, la esposa del propietario de la Farmacia Marques era una griega suntuosa con nalgas de ánfora y pupilas encendidas, que me hacía olvidar a la mujer de Sandokán al verla los domingos camino de la iglesia, el campanero a quien llamaban Zé Martelo y que tocaba el Papagaio Loiro en la Elevación de la misa del mediodía en vez del A treze de Maio obligatorio, poseía una empresa funeraria cuyo folleto-reclamo comenzaba «¿Para qué insiste usted en vivir si por cien escudos puede tener un bonito funeral?», y yo escribía versos en los descansos del hockey, fumaba a escondidas, una de mis extremidades tocaba a Jesus Correia y la otra a Camões, y era indecentemente feliz.
Hoy, si voy a Benfica no encuentro Benfica. Los pavos reales se han callado, ninguna cigüeña en la palmera de Correos
(ya no existe la palmera de Correos, la quinta de los Lobo Antunes fue vendida)
el señor Silvino, el señor Florindo y el señor Jardim murieron, se construyeron edificios en el lugar de las casas, pero sospecho que por debajo de esas construcciones de cinco y seis y siete y ocho y nueve pisos, en un sitio cualquiera bajo marquesinas y sucursales de banco, el señor Paulo aún cura, con cuerdas y cañas, las alas de los gorriones, doña Maria Salgado aún se afana de vivienda en vivienda con la Sagrada Familia en su caja de cristal empañado, Lafaiete y Jaurés juegan a los cromos en la Calçada do Tojal rodeados de tiestos de albahaca y madrinas en chinelas. No hay pavos reales ni cigüeñas pero la acacia de mis padres, obstinada, resiste. Tal vez sólo resista la acacia, sólo ella quede de aquel tiempo como el mástil, horadando las olas, de un barco sumergido. La acacia me basta. Arrasaron las tiendas y los patios, no tocan el Papagaio Loiro en la campana, pero la acacia resiste. Resiste. Y sé que junto a su tronco, si cierro los ojos y acerco el oído a su tronco, he de oír la voz de mi madre llamando
–Antóóóóóóóónio
y un chico rubio atravesará el patio, con una bolsa de canicas en el bolsillo, pasará delante de mí sin verme y desaparecerá en la habitación de arriba, soñando que al menos la mujer de Sandokán no lo obligaría nunca a comer puré de patatas ni sopa de nabizas durante el suplicio de la cena.
En los últimos cuarenta años, con entusiasmo, fervor y admiración, he visto jugar a casi todos los grandes porteros portugueses, desde el inolvidable Azevedo, el Hércules del Barreiro, hasta José Pereira, el Pájaro Azul
(de quien conservé durante varios meses una preciosa biografía ilustrada con muchas fotos, una de las cuales mostraba a un señor esmirriado y pequeñito al lado de una locomotora con el impresionante pie Su padre, Amadeu Pereira, en sus funciones de guarda del túnel del Rossio)
he visto al gigantesco Ernesto, del Atlético, el terror de los extremos, he visto a Abraão, del Olhanense, cuyo nombre mágico poseía para mí apocalípticas resonancias de catecismo, he visto a Cesário, del Sporting de Braga, en la tarde gloriosa del partido del Benfica en el que defendió todos los chutazos de Palmeiro, Arsénio, Águas, Rogério y Rosário, he visto a Capela, de la Académica, y a Sebastião, el rubio Nero del Estoril Praia, célebre por sus vuelos acrobáticos, he visto el estadio Francisco Lázaro rendirse absolutamente al fantástico Aníbal, con el tupé peinado con gomina, a propósito de quien mi tío João Maria exclamaba Sólo lo supera el de las Guerras Púnicas, he visto al caprichoso Carlos Gomes dar puntapiés a fotógrafos antes de trasladarse a España y de amenazar al presidente del club, cuando no le pagaban, con la sabia frase No hay dinero no hay portero, he seguido cariñosamente a Vital, del Lusitano de Évora, que surcaba el césped con el talón pensativo de la bota para marcar el centro de la meta, y sin embargo, para mi disgusto y frustración, nunca llegué a ver ningún partido de mi ídolo, Frederico Barrigana, el Mãos de Ferro, guardameta del Futebol Clube de Oporto. En el intento de compensar tal desdicha recortaba embelesado del periódico las instantáneas que lo mostraban saltando con un delantero que le hincaba en sus partes una rodilla disuasoria
(¿por qué partes si son enteras?)
con el fin de apaciguar los ímpetus asesinos del adversario; admiraba su calvicie y la gorra que la cubría con una exactitud de cápsula; coleccionaba sus entrevistas
(ejemplo de una declaración suya profética: Los muchachos del Elvas han de jugarse el todo por el todo)
y escuchaba boquiabierto en la radio de mi padre, con los dedos como pantalla en la oreja, los relatos de Artur Agostinho que, los domingos a las tres de la tarde, narraba con tono épico las proezas del gran Frederico Barrigana en un estadio lleno de gente a reventar. A los doce años, si no hubiese deseado con tanta pasión ser escritor, habría querido ser el Mãos de Ferro. Pero, claro, tenía la suficiente conciencia de mis limitaciones como para comprender que no se puede querer ser el gran Frederico Barrigana; se es, por don divino, perfecto como él desde el principio.
El dolor de no haber presenciado nunca un solo partido del gran Frederico Barrigana me acompañó toda la vida entre accesos de melancolía periódica que me llevaban a despreciar con un encogimiento de hombros a todos los otros guardametas, portugueses o extranjeros, que el Estádio da Luz me presentaba: era el Síndrome de Barrigana
(entidad nosológica que aún no he renunciado a hacer incluir en los libros de Medicina)
taladrándome el cerebro: el Mãos de Ferro se convirtió en el metro-patrón ideal, inalcanzable, de platino iridiado como el del Instituto de Pesos y Medidas
(para más aclaraciones véase la reproducción en el Manual de Física del tercer año del liceo)
que servía para evaluar todo en la vida, fuesen políticos, poetas, virreyes o escultores.
En 1973, en la Baixa do Cassanje en Angola, quiso el Altísimo que mis sueños y mis oraciones fuesen finalmente atendidos. En un intervalo de dramas guerreros en la frontera con el Congo que no importan ahora, pasaba yo por el campo de fútbol del Ferroviário de Malanje cuando reparé en un hombre de cierta edad, calvo y barrigón, chutando con ropa de entrenamiento a la meta defendida por un mulato con raya abierta a navaja en la maraña de rizos de su pelo, y en un grupo de niños negros que por detrás de la red aplaudían con entusiasmo al grito de
–Dale, Barrigana
–Sacúdele, Barrigana
–Mátalo, Barrigana
me acerqué primero incrédulo, después extasiado: era Él. En un campo perdido de África, en medio de los baobabs y mangos plagados de murciélagos, el Mãos de Ferro con silbato al cuello enseñaba fútbol a los chicos de las chabolas poseído de un espíritu misionero y de una devoción pedagógica que me transportaron y enternecieron. A cada chute del genio, los muchachos admirados gritaban
–Dale con todo, Barrigana
con una familiaridad que irritó a mi ídolo. Nadie, desde su punto de vista y desde el mío, Jefe de Estado, mariscal de campo, Papa o dentista, tenía derecho a tutear al divino Frederico Barrigana. Justamente indignado con tamaño ultraje, el Mãos de Ferro inmovilizó con un gesto patricio al mulato con raya a navaja que se cuadró de inmediato, sumiso, avanzó con el índice levantado hacia los niños paralizados del susto y ordenó con una voz terrible de Juicio Final, para hacerles hablar bien enseñándoles la respetuosa cortesía debida a los dioses que muy de vez en cuando la misericordia de Júpiter envía a nuestro encuentro para justificarnos la existencia, conquistadores, santos, geómetras y recaudadores de impuestos.
–Ni Barrigana ni de tú. De usted: señor Barrigana.
Y nunca lo admiré tanto como ese día.
Odio los semáforos. En primer lugar porque están siempre en rojo cuando tengo prisa y en verde cuando no tengo ninguna, sin hablar del amarillo que me provoca una indecisión horrible: ¿freno o acelero? ¿Freno o acelero? ¿Freno o acelero? Acelero, después freno, vuelvo a acelerar y al frenar de nuevo ya me ha entrado una furgoneta por la puerta, ya se ha juntado un montón de gente con la ilusión de la sangre, ya un tipo empuñando una llave inglesa ha salido de la furgoneta llamándome Pedazo de gilipollas, ya la compañía de seguros me propone calurosamente que la cambie por una cualquiera de la competencia, ya no tengo coche por una semana, ya me sitúo en el bordillo de la acera haciendo señales de náufrago a los taxis, ya pago un dineral por cada viaje y para colmo tengo que aguantar la luciérnaga mágica y la virgen de aluminio del salpicadero, el esqueleto de plástico colgado del retrovisor, el autoadhesivo de la chica de pelo largo y sombrero al lado de la advertencia «No fume que soy asmático», proximidad que m
