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Era un hombre tirando a gordo, con una sonrisa deshonesta que estiraba como un centímetro las comisuras de su boca, dejando tensos los gruesos labios y enfriando sus ojos. Para lo gordito que era, caminaba despacio. Casi todos los gordos tienen andares vivos y ligeros. Llevaba un traje gris de espiga y una corbata pintada a mano en la que se veía parte de una chica zambulléndose. Su camisa estaba limpia —lo cual me tranquilizó—, y sus mocasines marrones, que pegaban tan poco con aquel traje como la corbata, brillaban como si los acabaran de lustrar.
Pasó de lado ante mí mientras yo sostenía la puerta que comunica la sala de espera con mi sala privada de meditación. Una vez dentro, echó una rápida mirada a su alrededor. Si me hubieran preguntado, yo le habría clasificado como un mafioso de segunda fila. Por una vez, acerté. De llevar un arma, tendría que ser en los pantalones. La chaqueta le quedaba demasiado ajustada para ocultar el bulto de una funda sobaquera.
Se sentó con cuidado, yo me senté enfrente y nos miramos el uno al otro. Su cara reflejaba una especie de ansiedad taimada. Sudaba un poco. La expresión de mi cara pretendía mostrar interés, pero no camaradería. Eché mano a una pipa y al humidificador de cuero en el que guardo mi tabaco Pearce’s. Empujé un paquete de cigarrillos hacia él.
—No fumo.
Tenía una voz herrumbrosa. Me gustó tan poco como su ropa o su cara. Mientras yo llenaba la pipa, él metió la mano en su chaqueta, hurgó en un bolsillo, sacó un billete, lo miró y lo tiró sobre el escritorio, delante de mí. Era un bonito billete, limpio y nuevecito. Mil dólares.
—¿Alguna vez le ha salvado la vida a alguien?
—De vez en cuando, es posible.
—Salve la mía.
—¿Qué pasa?
—Me han dicho que usted juega limpio con los clientes, Marlowe.
—Por eso sigo siendo pobre.
—A mí aún me quedan dos amigos. Sea usted el tercero y saldrá de pobre. Le esperan cinco de los grandes si me libra de esta.
—¿De qué?
—Está usted de lo más parlanchín esta mañana. ¿No se figura quién soy?
—No.
—¿Nunca ha estado en el Este?
—Sí, claro. Pero no en su ambiente.
—¿Y cuál cree que es mi ambiente?
Aquello ya me estaba cansando.
—Deje de ser tan puñeteramente evasivo o recoja su billete y piérdase.
—Soy Ikky Rosenstein. Y estaré perdido, absolutamente perdido, si no encuentra usted una salida. Adivine.
—Ya lo he adivinado. Dígamelo usted y dígamelo deprisa. No tengo todo el día para ver como me lo va dando con cuentagotas.
—He desertado de la Organización. A los mandamases no les gusta eso. Para ellos, eso significa que tienes información que crees poder vender, que tienes ideas independientes, o que has perdido el coraje. Yo lo perdí. Estaba hasta aquí. —Se tocó la nuez con el dedo índice de una mano estirada—. He hecho cosas malas. He intimidado y dado palizas a gente. Nunca he matado a nadie. A la Organización, eso le da igual. Yo he faltado a las reglas. Así que cogen el lápiz y tachan mi nombre. Me han dado un soplo. Hay dos operadores en camino. Metí la pata hasta el fondo. Intenté esconderme en Las Vegas, con la esperanza de que ellos no se imaginaran que sería capaz de ocultarme en su propia guarida. Fueron más listos. Lo que yo hice ya se había intentado antes, pero yo no lo sabía. Cuando cogí el avión a Los Ángeles, alguien debía de ir en él. Saben dónde vivo.
—Múdese.
—Ya no sirve de nada. Me tienen echado el ojo.
Yo estaba seguro de que tenía razón.
—¿Por qué no se han ocupado ya de usted?
—No es su estilo. Siempre especialistas. ¿No sabe cómo funciona?
—Más o menos. Un tío con una bonita ferretería en Buffalo. Un tío con una pequeña lechería en Kansas City. Siempre con una buena fachada. Reciben órdenes de Nueva York o de donde sea. Cuando suben al avión la costa Oeste, o dondequiera que vayan, llevan pistolas en los maletines. Son discretos, van bien vestidos y no se sientan juntos. Podrían ser un par de abogados, o de asesores fiscales… cualquier oficio propio de gente educada que no llama la atención. Toda clase de gente lleva maletines. Hasta las mujeres.
—Exacto. Y cuando aterricen, los guiarán hasta mí, pero no desde el mismo aeropuerto. Tienen sus métodos. Si acudo a la poli, alguien se enterará. Por lo que yo sé, hasta puede que tengan un par de chicos de la Mafia en el Ayuntamiento. Ya ha ocurrido antes. Los polis me darán veinticuatro horas para salir de la ciudad. No serviría de nada. ¿México? Peor aún que aquí. ¿Canadá? Mejor, pero sigue sin servir. También tienen contactos allí.
—¿Australia?
—No puedo sacarme el pasaporte. Llevo aquí veinticinco años… como ilegal. No pueden deportarme a menos que se demuestre que he cometido un delito. La Organización se encargaría de que no tirara adelante la acusación. Suponga que me meten en el trullo. Saldría por orden judicial en veinticuatro horas. Y mis amables amigos tendrían un coche esperando para llevarme a casa… Y no solo a casa.
Yo tenía mi pipa encendida y tirando bien. Miré con el ceño fruncido el billete. Me vendría de maravilla. Mi cuenta bancaria podía besar la acera sin agacharse.
—Vamos a dejarnos de rodeos —dije—. Supongamos, solo supongamos, que puedo encontrarle una salida. ¿Qué haría a continuación?
—Conozco un sitio… si puedo llegar allí sin que me sigan el rastro. Dejaría aquí mi coche y cogería uno de alquiler. Este lo dejaría nada m
