El mar de las Sirtes

Julien Gracg

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Con sus párrafos de prosa elegante y suntuosa, con su desfilar incesante y melodioso de largos períodos de rico, sensual y antiguo vocabulario, esta novela, refractaria a los lectores perezosos y apresurados, es la más ambiciosa y más espléndida obra de arte de cuantas han salido de las manos y de la mente de Julien Gracq (Saint Florent-le-Vieil, 1910), un clásico en vida, un nonagenario discretísimo que vive en su pueblo natal en Maine-et-Loire, al que la cultura francesa considera, con todas las razones, como su mejor escritor vivo, el final de una serie formidable que se ha alargado durante dos siglos. En cuanto al argumento —la espera, en una guarnición fronteriza, de la llegada de un ejército enemigo, belicoso y brutal, que se demora, que apenas envías señales de existencia—, ha sido tratado repetidamente en la literatura contemporánea; a veces el temible invasor no se presenta, para decepción de quienes le aguardaban como a «una solución, después de todo»; otras veces se presenta demasiado tarde, cuando el protagonista ya no se halla en condiciones de recibirlo como merece y medirse con él; y otras veces hay que ir a buscarlo y recordarle su tarea aniquiladora. Y algún psicólogo de colectividades podría deducir que este argumento se corresponde con formas inmanentes en la psique del ciudadano occidental del siglo XX, nostálgico, en su cotidianeidad burguesa, pacífica y tediosa, de lucha, de sacrificio y catástrofe; un síndrome del que son señaladas variantes El desierto de los tártaros de Buzzati (que fue traducido al francés en 1949, dos años antes de que se publicase Le rivage des Sirtes), o Esperando a los bárbaros de Coetzee, y, en poesía, la célebre composición de Kavafis también titulada Esperando a los bárbaros o Zangra, la canción de Jacques Brel; el mismo Gracq volvió al cabo de pocos años al mismo tema, desde un punto de vista más a ras de la realidad, en Los ojos del bosque.

Le rivage des Syrtes es una fiesta de la prosa que camina hacia su desembocadura lenta y solemnemente pero sin vacilación ni pausa. Novela atmosférica, minuciosamente descriptiva de la geografía y los humores de un país imaginario, es la obra de un científico con fantasía, de un topógrafo imaginativo y de un retórico formidable. Sobre la geografía pantanosa, putrescente, de tonalidad fúnebre, a la que cada capítulo va añadiendo nuevas y fascinantes comarcas, entre los palacios y fortalezas de esas ciudades roídas por el tiempo y la desidia de sus habitantes, los personajes son menos agentes que consecuencias de una Historia larvada —de una guerra que dura trescientos años y de la que nadie se acuerda, una guerra suspendida por desinterés y tedio— y los acontecimientos son vagos, insignificantes en sí mismos. La geología, la vegetación, el aire, el clima, la atmósfera, las fuerzas de la naturaleza, las leyes de la gravedad, las variaciones de la luz, los fenómenos sensoriales y los accidentes geográficos en el país imaginario de Orsenna, y en el mar abandonado, y en la otra orilla, en el país enemigo, mestizo, más vigoroso, del Farghestán, son descritos con lujo de detalles; es la acumulación de esos detalles la que hace que la mera observación por los enfebrecidos protagonistas Aldo y Vanesa Aldobrandi, del volcán Tängri, con su base envuelta en bruma, como suspendido sobre el mar, en el séptimo capítulo, presente resonancias de alucinación, de paroxismo surrealista y de éxtasis lírico. Y es un buen ejemplo de cuáles son los poderes narrativos de Gracq el hecho de que la contemplación de una montaña sea el fenómeno más llamativo, el pasaje de mayor tensión de su mejor novela. Por el contrario, la psicología o el aspecto físico de los personajes quedan al albur de la imaginación del lector, indefinidos como figuras de sueño representadas de forma sumaria, que actúan de forma más instintiva que racional y que son observados desde un punto de vista emocionalmente alejado y desde un considerable nivel de abstracción. Siempre los personajes de Gracq están lejos de casa, sin familia ni ataduras sociales, sin necesidad de trabajar, idealmente sueltos, listos para entregarlo todo a un capricho que esconde una ley de la fatalidad. Claro que todo esto, desde la primera frase («Pertenezco a una de las familias más antiguas de Orsenna») hasta la última, va a contrapelo de los gustos de los lectores de hoy, y también de las tendencias literarias dominantes en la época en que apareció la novela, cuando se estilaba la reflexión existencialista y políticamente comprometida de Sartre o el detallismo del Nouveau Roman. Frente a ello o a su lado, la prosa de Gracq tiene un aire inequívocamente clásico, intemporal y aristocratizante.

El autor, un profesor de instituto extremadamente reservado, que se rebautizó con el seudónimo de Julien Gracq para separar su vida familiar, social y laboral de sus actividades artísticas; que después de denunciar por escrito, en su manifiesto La litterature à l’estomac, la creciente degeneración de la esfera literaria en comercialidad, rechazó el premio Goncourt y calificó la insistencia del jurado en distinguirle como un «abuso de poder»; Gracq, que se ha negado siempre a comparecer en televisión, pues la pequeña pantalla «solo es capaz de reflejar la imagen del escritor, pero no su literatura», no ha hecho un misterio de su poética o sus fuentes de inspiración, sobre las que se ha extendido en algunas entrevistas a fondo (reunidas en Entretiens) y en sus ensayos fragmentarios sobre literatura Lettrines y En lisant en écrivant. En unas y otros se ha referido a las intenciones que le animaban al escribir esta novela sobre el deslizamiento voluntario hacia su final de un país antiguo, vetusto, decadente y cansado de sí mismo, a manos de la decisión de una sola persona, una especie de sonámbulo fatal. Seguramente pensaba Gracq en la alegría suicida con la que Francia y Alemania, pudiendo haberse ahorrado la Primera Guerra Mundial, se lanzaron a ella alegremente, con un entusiasmo juvenil que está sobradamente documentado; y seguramente le inspiró también el rumor de engranajes bélicos, al principio apenas perceptible, luego más claro, hasta hacerse atronador, que «el oído interior» de algunos espíritus como el suyo percibían en la Francia de entreguerras, un país y una época en las que «no hubo industrialización, construcciones nuevas; las ciudades no crecían, no cambiaban; en 25 años, la producción apenas aumentó. Francia era un viejo país rural, basado en la arquitectura». La lenta puesta en marcha de nuevo de la Historia en un mundo reconfitado en su senilidad es una ilustración de la lectura de El declive de Occidente, de Spengler, cuya tesis sobre el ciclo vital al que, como los cuerpos, están sometidas las civilizaciones, tan influyente fue para las generaciones del primer tercio del siglo XX. Escribe Gracq: «Lo que intenté hacer, entre otras cosas, en El mar de las Sirtes, más que contar una historia intemporal fue liberar por destilación un elemento volátil, el “espíritu-de-la-historia”, en el sentido con el que hablamos del “espíritu del vino”, y a refinarlo suficientemente para que pueda incendiarse al contacto con la imaginación. En la Historia hay un sortilegio emboscado, un elemento que, aunque mezclado con una masa considerable de excipiente inerte, tiene la virtud de embriagar».

En cuanto al país imaginario, el «muy antiguo y noble señorío de Orsenna», ciertamente reconocemos en él una especie de Venecia podrida, y también el resto de la nomenclatura de la novela tiene resonancias italianas; en Lettrines se comenta ese reflejo de la laguna: «La perfecta podredumbre noble de la cosa política, la carne de Estado en su punto, es para mí la Venecia de Tiépolo y Goldoni. Las flores más bellas de la Dolce Vita crecieron sobre ese estercolero de la República Serenísima: época maravillosa, quizá única en la historia, donde todo se extenuaba junto, hasta la última fibra: palacios, galeras, dogo, conventos, senadores y bellas máscaras». Pero es probablemente un ejercicio estéril el de poner referentes de la realidad al autosuficiente mundo de ficción de Gracq. También lo sería alargar estas palabras de introducción a El mar de las Sirtes, que, como todas las grandes obras de la literatura, en su texto completo llevan toda la explicación e interpretación que requieren y que admiten, y cuyo mejor resumen son ellas mismas, desde la primera hasta la última palabra.

IGNACIO VIDAL-FOLCH

Una toma de posesión

UNA TOMA DE POSESIÓN

Pertenezco a una de las familias más antiguas de Orsenna. Conservo de mi infancia el recuerdo de unos años tranquilos, de sosiego y plenitud, entre el viejo palacio de la calle San Domenico y la casa de campo de la ribera del Zenta, a la que íbamos cada verano y por la que acompañaba ya a mi padre, cabalgando por sus tierras o repasando las cuentas de sus administradores. Terminada mi carrera en nuestra vieja y famosa universidad, un natural bastante soñador y la fortuna que recibí al morir mi madre fueron causa de mi poca diligencia en decidirme a elegir una profesión. La Señoría de Orsenna vive como a la sombra de una gloria que le ganaron, siglos atrás, el triunfo de sus armas contra los infieles y los fabulosos beneficios de su comercio con Oriente; es como una persona muy anciana y muy noble, que se ha retirado del mundo y a la que, pese a la pérdida de su crédito y a la ruina de su fortuna, sigue defendiendo su prestigio contra las afrentas de los acreedores; su actividad escasa, pero todavía apacible y como majestuosa, es la de un anciano cuya apariencia, robusta mucho tiempo, deja incrédulo sobre los progresos de la muerte en él. Los cargos públicos y el servicio del Estado, en los que se hizo legendario el celo del antiguo patriciado de Orsenna, ofrecen, pues, en su actual estado de invalidez, poco atractivo para lo que hay de bullicioso e ilimitado en los ímpetus de la juventud; el declinar de los años señala el momento en que con más eficacia se asciende a los cargos de la Señoría. Algo aventurero y ocioso flotaba, pues, sobre la vida libre y, en muchos aspectos, poco edificante que llevaban en la ciudad los jóvenes de la nobleza. Yo me sumé de buena fe a sus diversiones febriles, a sus entusiasmos de un día y a sus pasiones de una semana —el bostezo precoz es el tributo de las clases asentadas desde muy antiguo en la cúspide—, y tuve muy pronto acceso a las delicias, celebradas entre la juventud dorada de la ciudad, del aburrimiento superior. Mis días se repartían entre la lectura de los poetas y los paseos solitarios por el campo; en los atardeceres tormentosos del verano, que hacen gravitar sobre Orsenna como una capa de plomo, me gustaba hundirme en los bosques que cercan la ciudad; el placer de cabalgar sin rumbo fijo se multiplicaba en mí con las horas, como se multiplica la velocidad de un animal generoso; a menudo no volvía grupas hasta el anochecer. Me gustaban aquellos regresos en medio de la oscuridad creciente; así como la punta de sus estandartes se ennoblece para nosotros con un reflejo más valioso porque asciende de una bruma de siglos, las cúpulas y los tejados de Orsenna brotaban más nítidos de la niebla, los pasos sosegados de mi caballo hacia la ciudad me parecían llevar el peso de un secreto. Por la noche eran más frívolas mis ocupaciones: medía mis fuerzas con los jóvenes de mi edad en las justas platónicas de las Academias, que florecen en Orsenna a medida que queda vacío el Senado; daba mucho al amor, mostrándome tan ardiente y libre como el que más. Un día me abandonó mi amante; al principio solo sentí enfado, y no me alarmé de veras hasta comprobar bruscamente lo poco inclinado que estaba a sustituirla por otra. Esta vulgar rotura en el entramado de unas ocupaciones, cuyas mallas, sin saberlo yo, se habían ido aflojando poco a poco de modo desmesurado, redujo de pronto a jirones ante mis ojos aquello que pocos días antes consideraba aún como una vida aceptable; mi existencia me apareció irreparablemente vacía; el terreno mismo en que tan despreocupadamente había estado construyendo se me hundía bajo los pies. De pronto sentí deseos de viajar y solicité a la Señoría un cargo en alguna provincia lejana.

El gobierno de Orsenna, como el de todos los Estados mercantiles, se distinguió siempre por una celosa desconfianza respecto de los jefes, y hasta de los oficiales subalternos, de sus ejércitos terrestres y marítimos. Contra los riesgos de intrigas o de golpes de Estado militares, tanto tiempo temidos en una época en que las guerras continuas la obligaban a mantener movilizadas a fuerzas considerables, la aristocracia de Orsenna no creyó precaverse lo bastante imponiendo la mayor sujeción de los mandos militares al poder civil; desde muy remotos tiempos las familias más nobles no creen rebajarse delegando a su juventud cerca de aquellos, con unas funciones que se acercan mucho a la práctica del espionaje y cuyo efecto consistió durante mucho tiempo en hacer abortar cualquier tentativa de conspiración armada. Son los célebres «ojos» de la Señoría: sus poderes mal delimitados, pero en realidad apuntalados siempre oficiosamente por el peso de un gran nombre y el crédito de una antigua familia, suelen dejarles, por lo general, la más amplia iniciativa, incluso en el transcurso de una campaña; la unidad de visión y la energía en la dirección de las guerras de Orsenna sufrió a veces el espíritu de desconfianza y la falta de firmeza en el mando que engendran semejantes prácticas, pero se considera, en cambio, que la situación falsa que se les crea ayuda a desarrollar muy pronto el tacto político y el sentido de la diplomacia en aquellos a quienes tiene destinados la Señoría para ocupar los cargos más elevados. Estos comienzos ambiguos de espía acreditado vinieron a ser de este modo durante mucho tiempo la vía obligada para las más altas distinciones. Orsenna, en el estado de decrepitud y enervamiento en que han caído hoy día sus fuerzas, hubiera podido aflojar sin grandes riesgos una vigilancia tan recelosa pero, como en todos los imperios que se desmoronan, en Orsenna crece la fuerza de las tradiciones a medida que se manifiesta más abiertamente, en los mecanismos del gobierno y de la economía, la acción preponderante de todos los principios de inercia. Se delega a los «ojos» a los hijos de buena familia con el mismo espíritu anodino con que se les manda en otras partes a viajar al extranjero y a participar en las grandes cacerías, pero se les delega siempre; incluso un ceremonial, medio burlesco al cabo de los años, pero religiosamente conservado, sigue marcando esta especie de imposición de la toga viril. Desde su semirretiro, mi padre había permanecido enterado de mi vida disipada; recibió con agrado la noticia de mis nuevos propósitos y apoyó mi gestión cerca de la Señoría con todo el peso de su crédito, que seguía siendo grande. A los pocos días de haberle informado de una decisión en principio favorable, un decreto del Senado me confirmó en las funciones de Observador cerca de las Fuerzas Ligeras que mantenía la Señoría en el mar de las Sirtes.

Con su voluntad decidida de alejarme de la capital y dominarme por el cansancio de una vida más ruda, me había prestado mi padre un servicio quizá muy superior a las aspiraciones de mis confusos deseos de cambio. La provincia de las Sirtes, perdida en los confines del sur, es como la última Thule de los territorios de Orsenna. Malas y descuidadas carreteras la unen a la capital a través de una región semidesértica. La costa que la bordea, llana y festoneada de bajíos peligrosos, nunca permitió el establecimiento de un puerto utilizable. El mar que la baña está vacío; vestigios y ruinas antiguas hacen más sensible la desolación de sus accesos. En efecto, en aquellos arenales estériles tuvo asiento una civilización rica, en la época en que los árabes invadieron la región y la fertilizaron con sus ingeniosos regadíos, pero, desde entonces, la vida se ha ido retirando de aquellas extremidades lejanas, como si ya no les llegara la sangre excesivamente avara de un cuerpo político momificado; se afirma también que su clima se va haciendo progresivamente más seco y que sus pocas manchas de vegetación se van encogiendo año tras año por sí mismas, como corroídas por los vientos que soplan del desierto. Los funcionarios del Estado suelen considerar las Sirtes como un purgatorio en que se expía alguna falta de servicio durante larguísimos años de aburrimiento; al que se queda allá por gusto le atribuyen en Orsenna modales toscos y medio salvajes: el viaje «al fondo de las Sirtes», cuando hay que emprenderlo por obligación, va acompañado de un cortejo infinito de bromas. Ninguna de ellas faltó en el banquete de despedida que ofrecí a mis compañeros de libertinaje la víspera de mi partida; y sin embargo, en los intervalos entre los brindis y las risas, reinaba a veces en torno a la mesa como un imperceptible malestar, un silencio difícil de llenar, por el que cruzaba una sombra de melancolía; mi exilio era más serio y más lejano de lo que al principio parecía; todos sentíamos que la vida se disponía a cambiar de veras para mí; el nombre bárbaro de las Sirtes me desterraba ya de la alegre camarilla. Por primera vez se iba a abrir una brecha definitiva —estaba abierta ya— en aquel corro de amistades frescas; ya era molesta mi presencia por mantenerla demasiado visible; oscuramente deseaban todos que me marchara para taparla de nuevo. Al ir a despedirnos en el umbral de la Academia me abrazó de repente Orlando con una expresión tensa y ensimismada, que contrastaba con la ligereza de cuanto se había dicho durante la cena, y me deseó que tuviera «buena suerte en el frente de las Sirtes». Salí de Orsenna muy temprano a la mañana siguiente en el coche rápido que llevaba el correo oficial a las Sirtes.

Tiene un gran encanto el dejar una ciudad que nos es familiar muy de mañana y sin saber qué destino llevamos. Nada se movía aún en las calles soñolientas de Orsenna; por encima de los muros ciegos se abrían con mayor amplitud los grandes abanicos de las palmas; sonaba la hora en la catedral despertando una vibración sorda y atenta en las viejas fachadas. Corríamos a lo largo de calles conocidas y ajenas ya por todo cuanto su dirección parecía elegir con tanta firmeza para mí en una lejanía aún indefinida. No me pesaba aquella despedida: no paraba de saborear el aire ácido y el placer con ojos despiertos, lejanos ya en medio de toda aquella somnolencia confusa; salíamos a la hora reglamentaria. Desfilaron sin atractivo los huertos de los suburbios; un aire glacial se estancaba sobre los campos húmedos; me acurruqué al fondo del coche y empecé a examinar con curiosidad el contenido de una voluminosa cartera de piel que había recogido el día antes en la Cancillería al ir a prestar juramento. Tenía entre mis manos una prueba concreta de mi nueva importancia; era muy joven aún para no experimentar un gozo casi infantil al sopesarla. Contenía diversos documentos oficiales referentes a mi nombramiento —eran bastantes, y eso me puso de buen humor— y algunas instrucciones sobre las obligaciones de mi cargo y la conducta que debía seguir en la plaza que iba a ocupar; decidí leerlas con más tranquilidad. Lo último era un sobre amarillo de papel recio, sellado con el escudo de la Señoría; la inscripción, manuscrita y esmerada, atrajo bruscamente mi mirada: «Ábrase únicamente después de recibidas las instrucciones especiales de urgencia». Eran las órdenes secretas; me incorporé imperceptiblemente y recorrí con mirada determinada el horizonte. Lentamente ascendía hasta mí un recuerdo entre disparatado y misterioso que venía punzándome sordamente desde que me habían destinado a aquella plaza remota de las Sirtes: en la frontera a la que me dirigía, Orsenna estaba en guerra. Lo que quitaba gravedad a la cosa era que llevaba trescientos años en guerra.

Poco se sabe en la Señoría acerca del Farghestán, que está frente a los territorios de Orsenna, al otro lado del mar de las Sirtes. Las invasiones que lo han barrido de manera casi continua desde los tiempos antiguos —la última fue la invasión mongólica— han hecho de su población una arena movediza en la que cada oleada, apenas formada, ha sido cubierta y borrada por otra; y de su civilización, un mosaico bárbaro, en el que el supremo refinamiento oriental roza el salvajismo nómada. Sobre estas bases mal consolidadas se ha desarrollado una vida política en forma de pulsaciones tan brutales como desconcertantes; unas veces se derrumba el país, víctima de las disensiones, y parece pronto a desmenuzarse en clanes feudales opuestos por unos odios de raza irreconciliables; otras veces una oleada mística, nacida en el vacío de sus desiertos, funde todas las pasiones en una sola para convertir momentáneamente el Farghestán en una antorcha enarbolada por un conquistador ambicioso. En Orsenna, lo poco que se suele saber del Farghestán —y no se desea saber más— es que ambos países —y eso se aprende en los bancos de la escuela— se hallan en estado oficial de hostilidad. En efecto, hace ahora tres siglos —en una época en que la navegación no había desaparecido aún de las Sirtes— la incesante piratería de los farghestaníes en todo su litoral desencadenó, por parte de Orsenna, una expedición de represalias que se presentó frente a la costa enemiga y bombardeó todos sus puertos sin contemplaciones. Siguieron algunas escaramuzas y, luego, las hostilidades, que no ponían en juego intereses mayores por ninguna de ambas partes, se fueron espaciando y se extinguieron del todo por sí solas. Las guerras de clanes paralizaron durante largos años la navegación en los puertos farghestaníes; la de Orsenna fue cayendo a su vez en un lento letargo; uno tras otro abandonaron sus navíos aquel mar secundario en el que decaía el tráfico insensiblemente. Así, el mar de las Sirtes se convirtió gradualmente en un verdadero mar muerto, que a nadie se le ocurría surcar ya; en sus puertos, cegados por la arena, solo amarraban embarcaciones costeras de ínfimo tonelaje; en la actualidad Orsenna asegura no mantener en una base ruinosa más que unos pocos avisos del tipo menos agresivo, cuya única función consiste en vigilar la pesca en los bancos de esponjas durante la estación veraniega. Pero en medio de aquel embotamiento general faltaron las ganas de zanjar legalmente el conflicto al mismo tiempo que las de continuarlo con las armas; Orsenna y Farghestán, arruinados como estaban y privados de sus fuerzas, seguían siendo dos países arrogantes, orgullosos de un viejo pasado de gloria y tanto más dispuestos a no echar en saco roto sus justos derechos, cuanto que el defenderlos costaba muy poco ahora. Reticentes uno y otro en dar el primer paso para un arreglo pacífico, se encastillaron ambos en un resentimiento puntilloso y altivo, y, de tácito acuerdo, se esforzaron desde entonces en descartar celosamente cualquier contacto. Orsenna prohibió la navegación fuera de sus aguas costeras y todo permite creer que, por aquella misma época, tomó el Farghestán disposiciones parecidas. Según se iban acumulando los años de aquella guerra tan llevadera, las autoridades de Orsenna llegaron poco a poco a considerar tácitamente la simple idea de una gestión diplomática pacífica como un paso excesivo que comportaba algo demasiado tajante, demasiado vivo, con el riesgo de revolver inoportunamente en su tumba el cadáver de una guerra que había muerto hacía muchísimo tiempo de muerte natural. Esta conclusión vaga proporcionaba una inmensa libertad de exaltación, sin réplica, de las grandes victorias de Orsenna y de su honor intacto; lo cual, por otra parte, era una garantía más para la tranquilidad general; los últimos suspiros bélicos hallaban fácil salida en las fiestas que seguían conmemorando el aniversario del bombardeo; y cuando el Senado, cambiando de intención, decidió destinar el presupuesto, concedido inicialmente para una embajada, a la erección de un monumento al almirante que había dirigido las operaciones contra el Farghestán, no hubo nadie que no alabara aquella decisión esencialmente juiciosa y sintiera que por aquellos labios de bronce había exhalado realmente su último suspiro la guerra del Farghestán.

Este era el aspecto plácido, y hasta sazonado con una pizca de humor benigno, con que solía considerarse la cuestión del Farghestán en Orsenna. Pero había otro.

Leyendo a los poetas de Orsenna, sorprendía ver hasta qué punto aquella guerra abortada, a lo sumo extraordinariamente trivial, y en la que ningún episodio pintoresco parecía poder aguzar la imaginación, ocupaba en sus escritos un lugar incomparablemente mayor que el que se le concedía en los manuales de historia. Y quizá más aún que el empeño con que la sacaban a colación en sus parrafadas líricas, llamaba poderosamente la atención la libertad excesiva que se tomaban exagerando de modo desmesurado los hechos conocidos y añadiéndoles amplificaciones y más amplificaciones gigantescas a aquella guerra de tercera categoría, como si en ella hubieran encontrado una fuente de rejuvenecimiento inagotable para su genio. Por otra parte, era fácil descubrir un poderoso eco de aquellos poetas cultos en las tradiciones populares: los eruditos habían podido constituir un catálogo bastante impresionante únicamente con los relatos folclóricos referentes al Farghestán. Sutilmente resucitados así en la lengua de los poetas, resultaba significativo observar que hasta la lengua muerta de los documentos oficiales más corrientes hacía cuanto podía por su parte para conservar intactas las cenizas de aquel cadáver histórico; así, con un pretexto falaz de lógica, nunca había consentido la Señoría en cambiar una sola palabra en el vocabulario de los tiempos de guerra: en las oficinas públicas, la costa de las Sirtes seguía siendo «el frente de las Sirtes»; «la escuadra de las Sirtes» eran los miserables barcuchos que me habían dado por misión vigilar; y «las etapas de las Sirtes» eran los poblados que jalonaban de trecho en trecho la ruta del sur. Del expediente formado en la Cancillería tres siglos atrás no se había perdido ni una cuartilla; lo había podido comprobar durante el período de prácticas exigido por la Escuela de Derecho Diplomático en sus oficinas; allí dormían las acusaciones formuladas antaño contra el Farghestán, alineadas como el primer día. «Son setenta y dos», me había confirmado el jefe del departamento del sur, igual que se cuentan los cañones de una flota de alto bordo; y yo había comprendido que aquellas setenta y dos acusaciones las fundía él para siempre, con una inflexión de voz, en el patrimonio de Orsenna, y que solo con la vida entregaría aquel depósito precioso. A la luz de aquellos vagos indicios cabía pensar con cierto asombro que el no haberse terminado aquella guerra, cosa que en realidad denotaba una pérdida irremediable de tensión, era precisamente la particularidad esencial que vivificaba aún algunas imaginaciones barrocas; como si acá y allá se hubiera esbozado una conspiración latente por parte de algunas manos empeñadas aún en mantener absurdamente abiertos los labios de aquel acontecimiento, dispuestos a cerrarse definitivamente por sí solos; como si en todo aquello hubiese un inexplicable amor a la extraña anomalía de un hecho histórico incompleto en su desarrollo, que no había dado toda su energía, ni había agotado la totalidad de su savia.

Cruzábamos ahora la zona montuosa y poblada de árboles que cierra la campiña de Orsenna por el sur. Asomaban a trechos las losas romanas en medio de aquellas carreteras estrechas, cubiertas a veces como cenadores por unas bóvedas de apretado follaje, en las que las vides se enlazaban aún con las ramas; al final de aquellas perspectivas, apuntadas como el cañón de un arma, abríanse unas lejanías formadas por valles de un azul matutino. Desde todas aquellas campiñas impregnadas de otoño llegaba al corazón el esplendor maduro y la opulencia de Orsenna; por encima de nosotros, el frescor se escurría gota a gota de las ramas, diluyéndose como un olor en el aire transparente; grandes entramados de sol se filtraban hasta la carretera. Una plenitud tranquila, una bienvenida de juventud pura subían de aquella mañana profunda. Yo bebía como un vino ligero aquel huir plácido a través de campos despejados; pero no era tanto el futuro abierto, como la continuidad de una presencia segura y familiar a mi alrededor —condenada sin embargo ya— lo que henchía mi corazón; mientras a toda velocidad me alejaba de mi capital, respiraba Orsenna con toda la fuerza de mis pulmones. Pensaba en lo profundas que eran las fibras que me unían a aquel lugar, como a una mujer cuya belleza demasiado madura y tierna a la vez nos mantiene cautivos; luego, de vez en cuando, como un soplo vivo y alarmante en una noche tibia, se deslizaba por aquel enternecimiento melancólico una palabra inquietante: «la guerra», y, a mi alrededor, los colores tan puros del paisaje tomaban como un imperceptible matiz de tormenta. Cansáronme al fin aquellas fantasías sin vigor ni consistencia —llegamos a Mercanza— y empecé a fijar en el paisaje una mirada más interesada.

Pasadas las murallas de la vieja fortaleza normanda, ya se dejaba notar el soplo del sur en el empobrecimiento progresivo de la vegetación. Al vaho vaporoso que flotaba sobre los bosques húmedos de Orsenna había seguido una sequedad luminosa y dura, desde cuyas lejanías lanzaban crudos destellos los muros blancos y bajos de las alquerías aisladas. Allanándose bruscamente, el suelo mandaba a nuestro encuentro grandes estepas desnudas, en las que a

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