1878El Gobierno británico negocia una alianza con Turquía y se hace con la administración de Chipre, si bien la isla sigue perteneciendo al Imperio otomano.
1914Gran Bretaña se anexiona Chipre cuando el Imperio otomano se alía con Alemania durante la Primera Guerra Mundial.
1925Chipre se convierte en colonia británica.
1955La EOKA (Organización Nacional de los Combatientes Chipriotas), bajo el mando de George Grivas, comienza su campaña de violencia contra los británicos. Su objetivo es la enosis (la unión con Grecia).
1959Gran Bretaña, Grecia, Turquía y las comunidades grecochipriotas y turcochipriotas llegan a un acuerdo para solucionar el problema de Chipre: el Tratado de Londres. El arzobispo Makarios es elegido presidente.
1960Chipre se convierte en una república independiente, pero el Tratado de Garantías les otorga a Gran Bretaña, a Grecia y a Turquía el derecho a intervenir. Gran Bretaña conserva dos bases militares.
1963El presidente Makarios presenta trece propuestas de reformas para la Constitución chipriota y se producen enfrentamientos entre las comunidades grecochipriota y turcochipriota. Se divide Nicosia en dos y la frontera la controlan las tropas británicas. Los turcochipriotas abandonan entonces el Gobierno conjunto.
1964Se producen más incidentes y se desata una violencia intracomunitaria grave. La ONU envía un contingente de fuerzas de paz. Los turcochipriotas se refugian en comunidades cerradas.
1967Se producen más incidentes entre comunidades. Hay un golpe de Estado en Atenas y la tensión aumenta entre el presidente Makarios y el régimen griego.
1971George Grivas vuelve de Grecia en secreto y forma la EOKA B, con el renovado objetivo de la enosis.
INTRODUCCIÓN
Enero de 2015
La isla de Chipre, donde se desarrolla la acción de La ciudad huérfana, es una república independiente situada en el Mediterráneo oriental. Famagusta, en la costa este, fue en una época el complejo vacacional más glamuroso de Europa, un destino para la jet set de los años setenta. Hospedaba a casi la mitad de la población turística de la isla y sus kilómetros de playas de arena blanca y aguas cristalinas atraían a miles de veraneantes todos los años. Junto con los turistas, los cuarenta mil habitantes de la ciudad disfrutaban de una vida llena de cultura, arte, música y teatro, referentes en la isla.
Dado que era el puerto de más calado de todo Chipre, Famagusta controlaba más del ochenta por ciento del tráfico de mercancías, consistente en toneladas de cítricos recolectadas en los miles de hectáreas de huertas. También florecía una incipiente industria, además del turismo y la agricultura.
El distrito moderno, donde se levantaban los hoteles y los apartamentos de lujo, estaba ocupado en su mayoría por grecochipriotas, y la ciudad amurallada que contenía los tesoros históricos de Famagusta (incluidas numerosas iglesias bizantinas y una catedral espectacular del siglo XIV) estaba habitaba casi en exclusiva por turcochipriotas. Por cada cuatro grecochipriotas, había un turcochipriota.
En agosto de 1974, hace solo cuarenta años, el reino de Famagusta, paraíso para isleños y turistas, llegó a un abrupto e inmerecido final.
Tras el golpe militar griego llevado a cabo en julio de 1974, con el que se depuso al presidente Makarios, el ejército turco invadió la isla, con el pretexto de restaurar el orden constitucional y proteger a la minoría turcochipriota. Tras un brevísimo alto el fuego y unas negociaciones infructuosas, Famagusta fue bombardeada. Después, los tanques turcos empezaron a avanzar. El 14 de agosto, la población grecochipriota huyó presa del pánico, ya fuera en coches, en autobuses o a pie, y la mayoría tan solo se llevó la ropa que llevaba puesta. Esperaban la ayuda de fuerzas extranjeras, pero no la obtuvieron. Su evacuación, que esperaban que durase unos pocos días como mucho, se convirtió en una ausencia de semanas que pasaron a ser meses y luego décadas.
Realicé mi primera visita a Chipre cuatro años después de la guerra. Había contestado a un pequeño anuncio en una revista para un viaje a Chipre sin saber que me dirigía a una zona ocupada militarmente. Tenía dieciocho años y era muy inocente. Tuve que ver los edificios agujereados por las balas y los destrozos que los bombardeos habían causado para comprender que serían unas vacaciones peculiares. En la actualidad hay cuarenta mil soldados turcos en el norte de Chipre, pero en 1978 había muchísimos más.
Me encontré en una isla donde los turcos habían trazado una línea real que dividía el norte del sur y que aislaba Famagusta y otras ciudades de sus habitantes grecochipriotas, que habían huido rumbo al sur. Durante una de mis excursiones por el norte de la isla con unos cuantos soldados de permiso, recuerdo ver una enorme ciudad muy moderna a lo lejos y que me dijeron que allí estaban las mejores playas. Pregunté si podíamos ir. «No —me contestaron—. Está prohibido.» Ahora comprendo que esa ciudad era Famagusta.
El año de mi primera visita, la frontera estaba cerrada a cal y canto, y permaneció de esa manera otros veinticinco años. Después, en 2003, las autoridades turcas la abrieron para permitir que la gente pudiera visitar sus antiguas casas en lo que se conoce como la República Turca del Norte de Chipre (una denominación que la comunidad internacional no reconoce) y que los griegos denominan «las zonas ocupadas».
Una parte de Famagusta sigue cerrada por una alambrada de espino oxidada y por las celosas tropas turcas. Esa zona, conocida como Varosha, representa alrededor del 20 por ciento de Famagusta y era la zona turística más cotizada, con la franja de playa dorada, tras la cual se levantan los esqueletos de los hoteles y los edificios de apartamentos bombardeados, así como las calles llenas de tiendas, restaurantes y mansiones que han padecido los saqueos. Y todo ha sufrido además el destrozo del paso del tiempo.
La ciudad fantasma, tal como se la conoce, está rodeada por muchos soldados, y los explícitos carteles no dejan lugar a dudas de que no se puede pasar de ninguna de las maneras. Pese a todo, hay enormes agujeros en las redes de plástico que ofrecen una provocadora vista de la destrucción que hay al otro lado. Si se echa un vistazo a través de uno de esos agujeros y se ven los matorrales que crecen en las aceras y los ventanales rotos, el ambiente es espeluznante y siniestro. Resulta evidente que el empeño de mantener esa zona constantemente vigilada, como si de un rehén se tratase, debe de tener un objetivo.
Después de 2003 muchos residentes visitaron sus antiguos hogares en Famagusta y descubrieron que sus casas estaban habitadas bien por turcochipriotas, bien por colonos procedentes de Turquía. Fue una experiencia traumática en todos los sentidos, sobre todo si la casa había sido destruida o alterada hasta un punto que resultaba irreconocible. Las preciosas huertas de naranjos y los jardines habían desaparecido casi por completo.
En la zona circundante a Varosha se han construido numerosos edificios en los últimos años, de modo que los antiguos habitantes casi no reconocen la ciudad. También existe una numerosa población de colonos trasladados desde Turquía, cuyo estilo de vida y cultura son muy distintos de los de los turcochipriotas. Para los grecochipriotas es muy doloroso ver cómo reconstruyen su adorada ciudad.
Esta situación genera mucha ira en la gente, pero también tristeza. El principal motivo, por supuesto, es el hecho de que diez mil personas perdieron todo lo que tenían. Y otro es porque en el pasado, muchos grecochipriotas y turcochipriotas vivían y trabajaban juntos alegremente.
En una visita reciente estuve en la iglesia de Agios Georgios Exorinos, un edificio del siglo XIV situado en la antigua ciudad de Famagusta. Varios detalles del interior me llamaron la atención. En primer lugar, los frescos mutilados. Han arañado los murales hasta borrar la cara y la cruz, de manera que el blanco de la pared supone un enorme contraste. Ha habido numerosos casos de vandalismo cultural, y en muchas iglesias griegas ortodoxas del norte han desaparecido tesoros y se han encontrado iconos destrozados. En segundo lugar, vi un epitafio en un rincón, un féretro cubierto de flores que tradicionalmente se saca en procesión el Viernes Santo. Por primera vez desde 1958, se celebró una misa en la iglesia, en abril de 2014. Miles de grecochipriotas cruzaron la frontera para participar en ese momento tan simbólico.
En verano de 2014 asistí a una reunión en la que se conmemoraban los cuarenta años de la fecha en la que los habitantes de Famagusta (tanto los de dentro como los de fuera de Varosha) perdieron sus hogares.
Para llegar hasta el lugar donde se celebraba el encuentro, tuve que viajar por una carretera paralela a la línea que divide Chipre. Cada cierto número de kilómetros podían verse puestos de vigilancia ocupados por soldados turcos que nos observaban con prismáticos. Entre ellos y nosotros se extendía una zona cubierta de matorrales bajos.
Otras reuniones similares han tenido lugar todos los años desde que se produjo la división de la isla y se celebran en Dherynia, una ciudad situada en el distrito de Famagusta, cerca de la «frontera». Desde esa población, la ciudad fantasma se ve claramente durante el día. Sus hoteles de varias plantas quedan delineados contra el horizonte, con el resplandeciente mar detrás. Por la noche desaparece. No hay luces dentro de esos edificios.
La noche que se celebró el día del Recuerdo de Famagusta, caminé junto a una multitud formada por varios cientos de personas que atravesó la ciudad desde el Centro Cultural de la Famagusta Ocupada para entregar un documento en el puesto de control de las Naciones Unidas. Se trataba de una carta, dirigida a Ban Ki-moon, en la que se pedía que se devolviera Famagusta a sus verdaderos habitantes. Con sus banderas ondeando al viento, les cantaron canciones sobre su ciudad perdida a las tropas de las Naciones Unidas que estaban de guardia. Fue una demostración pacífica y serena, pero en el fondo la amargura y la pena estaban presentes.
Se entonaron canciones muy emotivas sobre la ciudad cuya silueta se adivinaba a la luz de la luna, y las palabras del alcalde de Famagusta resonaron en nuestros oídos. Me pregunté si los amplificadores llevaron también dichas palabras hasta los soldados que vigilaban la ciudad y sentí que me remordía la conciencia como ciudadana europea que soy:
«Nos marchamos con la certeza de que pronto regresaríamos, creyendo que el mundo civilizado jamás aceptaría este crimen contra Chipre. Nos equivocamos. Los días se convirtieron en meses, los meses en años y los años en décadas», dijo Alexis Galanos, el alcalde en el exilio (existe otro alcalde turcochipriota al otro lado de la frontera).
Como todos los años, y ya han transcurrido cuarenta, una enorme multitud de habitantes de Famagusta renovó su compromiso y su determinación para tratar de lograr la reunificación y volver a su ciudad natal.
Los griegos se refieren a Famagusta con el nombre de «Ammohostos», que significa «enterrada en la arena». Muchos antiguos habitantes de la ciudad temen que jamás se llegue a tratar el tema de su retorno, tal como les corresponde por derecho.
He intentado reproducir algunas de las emociones y experiencias que este dramático y repentino cambio obró en las vidas de las personas, con el trasfondo de la invasión y de la ocupación posterior.
La ciudad huérfana narra la historia de unos personajes totalmente ficticios. Algunos son grecochipriotas y otros, turcochipriotas. Quería contar una historia que mostrara lo desastrosos que fueron para las dos comunidades los acontecimientos que tuvieron lugar en Chipre, y que sugiriera que el tema del «bien» y el «mal» no tiene nada ver con las etnias. Lo que cuenta al final son las elecciones personales.
1
Famagusta, 15 de agosto de 1972
Famagusta era dorada. La playa, los cuerpos de los bañistas y las vidas de aquellos que la habitaban estaban bendecidos por el calor y por la buena suerte.
La arena, blanca y fina, y el mar de color turquesa habían creado juntos la bahía más perfecta de todo el Mediterráneo, y los más hedonistas se acercaban desde cualquier rincón del mundo para disfrutar de su calor y de la dicha de sus aguas tranquilas, que rompían con suavidad en la orilla. Era como vislumbrar el paraíso.
La vieja ciudad fortificada, con sus gruesas murallas medievales, se alzaba al norte del complejo playero, y los turistas la visitaban acompañados por guías para aprender cuáles fueron sus orígenes y para admirar los techos abovedados, los detallados relieves y los arbotantes del magnífico edificio que otrora fue la catedral de San Nicolás pero que a esas alturas se había convertido en una mezquita. Visitaban los restos históricos del siglo XIV, escuchaban los relatos de las Cruzadas, de los ricos reyes de la dinastía Lusignan y de la llegada de los otomanos. Toda esa información, impartida por un guía bienintencionado bajo el sol del mediodía, pasaba rápidamente al olvido cuando regresaban a los hoteles, se zambullían en las piscinas y sentían el sudor y el polvo de la historia desvanecerse.
Lo que la gente apreciaba de verdad era el progreso del siglo XX y, tras su incursión en la historia, los turistas regresaban alegremente a las comodidades modernas, con sus paredes rectas y sus enormes ventanales, gracias a los cuales podían admirar las maravillosas vistas.
Las aspilleras de las murallas antiguas bastaban para localizar al enemigo, pero apenas dejaban pasar la luz y, aunque el diseño de la fortaleza medieval tenía como fin impedir la entrada de los invasores, el objetivo de la nueva ciudad era el de dejar pasar a los visitantes. Su diseño arquitectónico estaba enfocado al exterior y hacia arriba, al brillante azul del cielo y del mar, no al interior. La Famagusta de los años setenta era una ciudad acogedora, orientada y diseñada para recibir con los brazos abiertos al visitante. La visión de un invasor al que había que contener parecía algo sacado de otra era.
Se trataba de uno de los complejos hoteleros más lujosos del mundo, construido para el placer con un diseño basado en la comodidad absoluta del turista. Los altos edificios que se extendían a lo largo de la costa eran en su mayor parte hoteles con pequeñas cafeterías y tiendas de lujo entre ellos. Eran construcciones modernas y sofisticadas, que recordaban a Mónaco y a Cannes, levantadas con el único propósito del disfrute y el relax de esa nueva jet set internacional lista para dejarse seducir por los encantos de la isla. Durante el día, los turistas se contentaban con el mar y la arena. Cuando el sol se ponía, había cientos de lugares donde comer, beber y divertirse.
Además de su atractivo turístico, Famagusta también poseía el puerto más importante y activo de Chipre. La gente que vivía en tierras lejanas podía disfrutar del sabor de la isla gracias a las cajas de cítricos que salían del puerto cada año.
De mayo a septiembre los días eran prácticamente iguales, con algunos cambios impresionantes de temperatura durante los cuales el sol parecía salvaje. El cielo estaba casi siempre despejado de nubes, los días eran largos, con calor seco y el frescor del mar, pero resultaban agradables. En la larga extensión de arena fina, los bronceados turistas yacían en sus tumbonas, disfrutando de bebidas heladas bajo las coloridas sombrillas, mientras que los más activos jugueteaban en la orilla o presumían practicando esquí acuático, deslizándose con agilidad sobre las estelas que ellos mismos dejaban.
Famagusta prosperaba. Residentes, trabajadores y turistas disfrutaban por igual de una alegría inconmensurable.
La hilera de hoteles ultramodernos se extendía por la costa, la mayoría con más de doce pisos. En la parte meridional de la playa se emplazaba un edificio nuevo. Era, con sus quince plantas, más alto y más ancho que el resto y de muy reciente construcción, tan reciente que ni siquiera tenía un cartel con su nombre.
Desde la playa parecía tan minimalista como los demás, y se fundía con la ristra de hoteles que enfilaban la curva de la bahía. Si uno se acercaba desde la carretera, sin embargo, conseguía una vista más grandiosa, gracias a sus imponentes puertas y a sus altas verjas.
Ese caluroso día de verano, el hotel estaba lleno de gente. No vestían ropa veraniega, sino que llevaban monos y petos de trabajo. Eran obreros, técnicos y artesanos que llevaban a cabo los últimos retoques de un plan cuidadosamente trazado. Aunque el exterior del hotel parecía acomodarse al estilo general de la zona, el interior era muy distinto del de sus rivales.
Los dueños aspiraban a transmitir una sensación de «grandiosidad» y consideraban la zona de recepción como uno de los espacios más importantes del hotel. Los huéspedes debían enamorarse a primera vista. Si no conseguían impactar desde el primer momento, sería un fracaso. No había una segunda oportunidad.
Lo primero que debía impresionar era su tamaño. Al verla, cualquier hombre debía recordar un campo de fútbol. Cualquier mujer, un hermoso lago. Ambos se percatarían del magnífico brillo del suelo de mármol y experimentarían lo que sería «caminar sobre el agua».
La persona con dicha visión era Savvas Papacosta. Tenía treinta y tres años, aunque parecía mayor, con alguna que otra cana en el pelo oscuro y ondulado. Era un hombre fornido que siempre iba muy bien afeitado, y ese día, como todos los demás, llevaba un traje gris (el mejor sistema de aire acondicionado del mercado mantenía a todo el mundo fresco) y una camisa de color blanco roto.
Salvo por una excepción, todos los que trabajaban en el área de recepción eran hombres. La única mujer, morena y de punta en blanco con un vestido de color crema, era la esposa de Papacosta. Ese día había ido para supervisar las cortinas que se iban a colgar en el vestíbulo y en el salón de baile, aunque durante los meses previos ya había elegido las telas y los muebles más cómodos para las quinientas habitaciones. Aphroditi adoraba ese papel y tenía un don especial para interpretarlo. El proceso de crear un esquema para cada estancia, empleando un estilo ligeramente distinto en cada planta, era muy parecido a elegir ropa y encontrar accesorios que la complementaran.
El gusto de Aphroditi Papacosta convertiría el hotel en una belleza una vez terminado, pero sin ella jamás habría sido construido. La inversión procedía de su padre. Trifonas Markides poseía numerosos bloques de apartamentos en Famagusta y era el dueño de una empresa naviera que comerciaba con enormes cantidades de fruta y otras mercancías que exportaba desde el puerto.
La primera vez que vio a Savvas Papacosta fue en una reunión de una asociación de empresarios. Markides reconoció su ambición, ya que se vio a sí mismo cuando era joven. Tardó bastante en convencer a su mujer de que un hombre que regentaba un pequeño hotel en la parte menos atractiva de la playa pudiera tener un futuro prometedor.
—Aphroditi tiene veintiún años —le dijo—. Debemos empezar a pensar en su matrimonio.
Artemis consideraba a Savvas socialmente inferior a su preciosa y culta hija, incluso le parecía un poco «tosco». No solo por el hecho de que sus padres trabajaran la tierra, sino porque la propiedad que poseían era muy pequeña. Trifonas, sin embargo, veía a su potencial yerno como una inversión económica. Habían discutido su plan de construir un segundo hotel en más de una ocasión.
—Agapi mou, su ambición es inmensa —le aseguró a Artemis—. Eso es lo importante. Sé que llegará muy lejos. Hay fuego en sus ojos. Puedo hablar de negocios con él. De hombre a hombre.
Cuando Trifonas Markides invitó a Savvas Papacosta a cenar en Nicosia por primera vez, Aphroditi supo cuáles eran las esperanzas de su padre. No hubo un coup de foudre, pero no había salido con muchos jóvenes y en realidad desconocía qué era lo que debía sentir. Lo que ninguno de los presentes comentó, aunque el mismo Savvas podría haberse percatado del hecho si hubiera mirado la fotografía colocada en un lugar de honor en la pared, fue su parecido con el difunto hijo de Markides, el único hermano de Aphroditi. Savvas era un hombre musculoso, como lo había sido Dimitris, con el pelo ondulado y una boca grande. Incluso serían de la misma edad.
Dimitris Markides tenía veinticinco años cuando murió durante los enfrentamientos entre los grecochipriotas y los turcochipriotas que tuvieron lugar en Nicosia a comienzos de 1964. Había muerto a menos de dos kilómetros de su casa, y su madre creía que solo fue una víctima del fuego cruzado.
La «inocencia» de Dimitris aumentaba la tragedia de su muerte para Artemis Markides, pero tanto su padre como su hermana sabían que no se trató de una simple cuestión de mala suerte. Aphroditi y Dimitris lo habían compartido todo. Ella le había guardado las espaldas cuando él se escabullía de casa, había mentido para protegerlo e incluso en una ocasión escondió una pistola en su dormitorio, a sabiendas de que allí nadie buscaría.
Los hijos de los Markides habían disfrutado de una infancia privilegiada en Nicosia, con idílicos veranos en Famagusta. Su padre tenía un don mágico para las inversiones financieras y había dedicado gran parte de su fortuna al boom inmobiliario que tenía lugar en el complejo hotelero de la costa.
Cuando Dimitris murió, todo cambió. Artemis Markides no podía ni quería superar la pena. Sobre sus vidas descendió una oscuridad física y emocional que no los abandonaba. Trifonas Markides se lanzó de cabeza al trabajo, pero Aphroditi pasaba gran parte de su tiempo encerrada en la sofocante atmósfera de su silencioso hogar, donde los postigos de las ventanas se cerraban a cal y canto incluso durante el día. Ansiaba alejarse, pero su única vía de escape sería el matrimonio, y cuando conoció a Savvas comprendió que esa podía ser su oportunidad.
Pese a la falta de chispa, era consciente de que su vida sería más fácil si se casaba con alguien que su padre aprobara. Además, también sospechaba que podía haber un papel para ella en sus planes hoteleros, y eso la atraía.
Dieciocho meses después de conocer a Savvas, sus padres organizaron la boda más fastuosa que se había celebrado en Chipre en diez años. La ceremonia la ofició el presidente, Su Eminencia el arzobispo Makarios, y asistieron más de mil invitados (que bebieron otras tantas botellas de champán francés). El valor de la dote de la novia solo en joyas se estimaba en más de quince mil libras. El día de la boda, su padre le regaló un collar de exóticos diamantes azules.
Al cabo de unas semanas, Artemis Markides empezó a insinuar que quería marcharse a Inglaterra. Su marido aún se beneficiaba del crecimiento de Famagusta, de hecho sus negocios florecían, pero ella no podía soportar seguir viviendo en Chipre. Habían pasado cinco años desde la muerte de Dimitris, y aun así los recuerdos de aquel espantoso día todavía estaban nítidos en su memoria.
—Necesitamos empezar de cero en algún sitio —insistía—. Hagamos lo que hagamos aquí, vivamos donde vivamos, este lugar ya no será lo mismo para nosotros.
Con muchas reservas, Trifonas Markides accedió. Con su hija casada, sentía que el futuro estaba asentado y aún tendría parte de su vida en su país natal.
Savvas no lo decepcionó. Le demostró a su suegro que era capaz de sacar beneficios de la tierra misma. Había pasado la infancia observando a su madre y a su padre trabajar duramente en el campo para sacar lo justo con lo que sobrevivir. Cuando tenía catorce años, ayudó a su padre a añadirle una habitación más a su casa. Disfrutó mucho del trabajo, pero lo más importante fue que comprendió que con la tierra se podían hacer otras cosas además de escarbar sobre la capa superior y plantar unas cuantas semillas. Aborrecía el interminable ciclo de dicho proceso. Le parecía absolutamente inútil.
Cuando vio que se levantaba el primer hotel en Famagusta calculó con rapidez el beneficio que se podía obtener por hectárea de tierra al construir edificios de varias plantas en vez de arar para plantar semillas o árboles que necesitaban agotadores e incesantes cuidados. Su único problema fue cómo comprar la tierra para poner su plan en marcha. Al final, tras conseguir varios empleos, trabajar de sol a sol y solicitar un préstamo bancario (el director reconoció su ambición nada más verlo), logró reunir lo suficiente para adquirir una pequeña parcela sin urbanizar donde construir su primer hotel, el Paradise Beach. Desde entonces, había visto crecer el complejo hotelero de Famagusta y sus aspiraciones habían ido aumentando a la par.
Trifonas Markides era el mayor inversor en su nuevo hotel y habían trazado el plan juntos. Savvas pretendía construir una cadena que algún día sería una marca internacional y tan reconocible como Hilton.
En ese momento el primer paso estaba a punto de completarse. La construcción del mayor y más lujoso hotel de Famagusta había llegado a su fin. El Sunrise estaba casi listo para su inauguración.
Savvas Papacosta se mantenía ocupado por el constante flujo de personas que le pedía inspeccionar su trabajo y aprobarlo. Sabía que la imagen final la componían miles de detalles, de modo que los observaba con lupa.
Las lámparas de araña estaban colocadas en su sitio, y sus cristales creaban un caleidoscopio de colores y dibujos que se movían por el techo y se reflejaban en el suelo. Puesto que no quedó realmente satisfecho con el resultado, ordenó que las bajaran un poco, exactamente dos eslabones de sus cadenas. De esa manera, era como si los reflejos se duplicaran.
En el centro del gran espacio habían instalado tres delfines dorados en un estanque. Eran de tamaño real y parecía que saltaban del agua, con sus brillantes ojos de cristal mirando directamente al observador. Dos hombres ajustaban los chorros de agua que manaban de sus hocicos.
—Un poco más de presión, creo —ordenó Savvas.
Seis artistas aplicaban con gran meticulosidad las capas de pan de oro a los detalles neoclásicos del techo. Trabajaban como si dispusieran de todo el tiempo del mundo. Como si quisieran recordarles que no era así, otros operarios instalaban cinco relojes en la pared situada tras el mostrador de caoba de la recepción, que tenía una longitud de veintisiete metros. Al cabo de poco rato, cada uno de ellos contaría con una placa que identificaría la hora de los centros financieros más importantes del mundo, y sus manecillas marcarían la hora con exactitud.
Las columnas decorativas, colocadas para recordar la antigua ágora de la cercana ciudad de Salamina, se pintaban con delicadeza para simular las vetas del mármol. En una serie de andamios, un equipo de pintores realizaba un mural trampantojo que representaba varias escenas clásicas. Afrodita, la diosa de la isla, era la figura central. La habían representado saliendo del mar.
En las plantas y en los pasillos superiores, trabajando sin cesar cual abejas en una colmena, las camareras se ocupaban por parejas de extender las sábanas nuevas sobre las camas y de enfundar las gruesas almohadas de plumas.
—Mi familia entera podría vivir en esta habitación —comentó una.
—Hasta el cuarto de baño es más grande que mi casa —replicó su compañera, con tono de desaprobación.
Ambas rieron, ya que lo encontraban gracioso y no se sentían celosas. La gente que se alojara en un hotel semejante debía de proceder de otro planeta. En su opinión, cualquiera que exigiera una bañera de mármol y una cama tan grande como para acostar a cinco personas debía de ser muy extraño. Ni se les pasó por la cabeza que debían envidiar a dichas personas.
Los fontaneros que daban los últimos toques a los cuartos de baño y los electricistas que corrían de un lado para otro a fin de colocar las últimas bombillas eran de la misma opinión. Muchos de ellos convivían en la misma casa con familiares de varias generaciones. Cuando dormían, casi sentían las respiraciones de los demás. Debían esperar con paciencia para usar el cuarto de baño situado fuera de la casa, y cuando la luz del día desaparecía y la luz eléctrica empezaba a parpadear, se iban a la cama. El instinto les decía que las extravagancias no equivalían a la felicidad.
En la planta inferior, cerca del lugar donde los trabajadores alicataban con esmero una piscina cubierta (que no se usaría hasta noviembre), dos mujeres, ambas ataviadas con batas de nailon, trajinaban en una habitación cuyos espejos multiplicaban la cegadora luz. Una de ellas tarareaba.
Estaban preparando el salón de peluquería del hotel para la gran inauguración, una vez completado el inventario de todo lo que se había entregado durante los últimos días. Secadores de pie de último modelo, rulos de todos los tamaños imaginables, tintes para el pelo y los productos químicos para aplicar permanentes. Todo estaba ordenado. Horquillas y pinzas, tijeras y maquinillas, cepillos y peines, todo guardado en sus cajones o dispuesto en carritos con ruedas. El equipo básico de una peluquería era relativamente sencillo. Todo dependía de la habilidad del estilista, como muy bien sabían Emine Özkan y Savina Skouros.
En cuanto quedaron satisfechas con el orden, cuando todo estuvo brillante y limpio como los chorros del oro, le dieron un último toque al mostrador, repasaron los seis lavacabezas y le pasaron un paño limpio a los espejos y a los grifos por quinta vez en el día. Una de ellas enderezó los botes de champú y de laca para que el nombre, del que tan orgullosas estaban, quedara perfectamente alineado: Wella Wella Wella Wella Wella.
Esperaban tener mucho trabajo gracias a las huéspedes femeninas, que querrían domar su cabellera después de todo un día expuestas al sol y a la arena. Estaban seguras de que durante los próximos meses todos los sillones del salón estarían ocupados.
—¿Te lo puedes creer?
—No, la verdad…
—Somos muy afortunadas…
Emine Özkan le cortaba el pelo a Aphroditi Papacosta desde que era una adolescente. Hasta hacía poco tiempo, Savina y ella trabajaban en un pequeño salón de peluquería en la parte comercial de Famagusta. Emine se trasladaba todos los días en autobús desde Maratha, un pueblo a dieciséis kilómetros de distancia. Cuando el moderno complejo hotelero empezó a expandirse y a florecer, y su marido también encontró trabajo en él, trasladaron a la familia y se mudaron a las afueras de la nueva ciudad, ya que preferían esa localización a la antigua ciudad amurallada, habitada en su mayor parte por ciudadanos turcochipriotas.
Era la tercera vez que la familia de Emine se mudaba en pocos años. Casi una década antes, habían huido de su pueblo tras un ataque de los grecochipriotas, que le prendieron fuego a su casa. Después vivieron durante un tiempo en un enclave donde contaban con la protección de las tropas de las Naciones Unidas, antes de establecerse en Maratha.
El caso de Savina era similar, ya que tampoco había nacido en Famagusta. Había crecido en Nicosia, pero el violento enfrentamiento que se produjo nueve años antes entre ambas comunidades también le dejó profundas heridas. Entre las comunidades grecochipriota y turcochipriota se estableció tal desconfianza y miedo que el país recurrió a las tropas de las Naciones Unidas para mantener la paz y se creó una frontera en la ciudad, denominada la Línea Verde, que separaba a ambas comunidades. Eso afectó mucho a la vida de su familia.
—No nos gustó nada que nos separaran de esa forma —le explicó a Emine un día que estaban compartiendo recuerdos—. Teníamos buenos amigos a los que dejamos de ver de repente. No te lo puedes imaginar. Fue terrible. Pero los griegos y los turcos se estaban matando, así que supongo que se vieron obligados a hacerlo.
—Maratha no era así. Allí todos nos llevábamos muy bien, los griegos y nosotros —replicó Emine—. De todas formas, aquí somos mucho más felices. ¡No pienso mudarme otra vez!
—A nosotros también nos va mejor aquí —convino Savina—, pero echo mucho de menos a mi familia…
La mayoría de los grecochipriotas estaba en paz con los turcochipriotas en esos momentos y ya no se preocupaba por los grupos paramilitares. Por irónico que pareciera, lo que había era rivalidad y violencia entre la propia comunidad grecochipriota. Una minoría quería la enosis, la unificación de Chipre y Grecia, y su objetivo era conseguirla a través de medios violentos e intimidatorios. Dicha circunstancia se les ocultaba a los turistas, y la mayoría de los habitantes de Famagusta intentaba olvidar la existencia de la amenaza.
Ambas mujeres estaban de pie frente al espejo. Eran de idéntica estatura y constitución física, rechonchas, y llevaban el pelo corto a la moda y las batas protectoras que se usaban en las peluquerías. Se miraron a los ojos y sonrieron. Emine era diez años mayor que Savina, pero el parecido entre ellas era sorprendente.
Ese día, la víspera de la inauguración del hotel, su conversación fluía de la misma manera que siempre, como un río en primavera. Pasaban juntas seis días a la semana, pero nunca se quedaban sin tema de conversación.
—La hija mayor de mi hermana pequeña vendrá la semana que viene a pasar unos días con nosotros —anunció Emine—. Le gusta caminar de un lado para otro una y otra vez, viendo escaparates. La he visto haciéndolo. Se queda de pie delante de ellos y mira, mira, mira.
Emine imitó a su sobrina (una de las quince que hasta la fecha habían tenido sus cuatro hermanas), hipnotizada por un escaparate invisible.
—¿La que va a casarse?
—Sí. Mualla. Esta vez sí que podrá comprar algo.
—Bueno, pues aquí tendrá mucho que admirar.
Famagusta poseía un sinfín de tiendas de artículos de novia, cuyos escaparates estaban a rebosar de vaporosos vestidos confeccionados con satén y encaje. La sobrina de Emine necesitaría varios días para visitarlas todas.
—Quiere comprarlo todo aquí. Zapatos, vestido y medias. Todo.
—¡Puedo decirle dónde compré mi vestido! —exclamó Savina.
Las dos mujeres siguieron ordenando y limpiando mientras hablaban. A ninguna le gustaba la ociosidad, ni siquiera momentánea.
—Y también quiere comprar cosas para la casa. La juventud quiere más cosas que nosotros en nuestra época. —Emine Özkan no aprobaba la ambición de su sobrina.
—Unos cuantos manteles de encaje, fundas de almohadas bordadas… hoy en día no son suficientes, Emine. Lo que quieren son cosas modernas, eso es lo que quieren.
Puesto que vivía en una ciudad que no paraba de crecer, en la que la industria florecía a la par que el turismo, Savina había desarrollado un gusto por los chismes de plástico, que compartían espacio en su cocina con otros utensilios más tradicionales.
—Bueno, ¿cómo quiere llevar el pelo la señora Papacosta para la inauguración de mañana? ¿Igual que lo llevó el día de su boda?
Aphroditi sería la primera clienta de la peluquería.
—¿A qué hora vendrá?
—A las cuatro.
Se produjo un silencio momentáneo.
—Ha sido muy buena con nosotras, ¿verdad?
—Sí —contestó Savina—. Nos ha ofrecido una gran oportunidad.
—Pero las cosas no serán iguales aquí… —replicó Emine.
Ambas sabían que echarían de menos el ambiente de Euripides Street. Su antiguo lugar de trabajo era un centro de encuentro y un refugio para las mujeres, que iban para compartir confidencias, el equivalente femenino del kafenion. Se pasaban horas con los rulos puestos, conscientes de que sus secretos no saldrían de los confines de la peluquería. Para muchas era la única salida de la semana.
—Nuestras clientas habituales no vendrán. Pero siempre he querido tener mi propia peluquería.
—Y estas señoras serán distintas. Quizá sean más…
—¿Como esas? —sugirió Emine, señalando las fotografías en blanco y negro que habían colgado ese mismo día. Mostraban una serie de glamurosas modelos con recogidos nupciales.
—Espero tener unas cuantas novias, la verdad.
Las mujeres habían hecho todo lo que estaba en sus manos. Al día siguiente empezarían a aceptar clientas. Savina le dio un apretón a su compañera en el brazo y sonrió.
—Vámonos —dijo—. Mañana será un día importante para nosotras.
Colgaron sus batas blancas y salieron del hotel por la puerta trasera.
El turismo era una importante fuente de ingresos para los restaurantes, los bares y las tiendas, así como para los hoteles. Muchas familias se habían visto atraídas a la ciudad debido a la oportunidad comercial que les brindaba, pero también por su lánguida belleza, que apreciaban en la misma medida que lo hacían los extranjeros.
Los locales, chicos jóvenes en su mayoría, compartían el mar y la arena con los huéspedes de los hoteles. De hecho, la mezcla entre ambos acababa frecuentemente con promesas de amor eterno y lágrimas en el aeropuerto.
Durante esa típica tarde estival, un niño pequeño, de unos tres años, jugaba en la playa, justo enfrente del Sunrise. Estaba solo, ajeno a todos los que lo rodeaban, pasándose puñados de arena de una mano a la otra, cavando cada vez más hondo hasta alcanzar el punto donde la arena estaba fresca.
Una y otra vez jugaba con la arena. La filtraba sin cesar entre sus pequeños dedos hasta que solo quedaban los granos más pequeños, que caían como si fuera agua de vuelta al suelo. Era un movimiento que no se cansaba de repetir.
Esa tarde llevaba una hora observando al grupo de chicos mayores de piernas y brazos largos que estaban jugando a waterpolo en el agua, y ansiaba que llegara el día de poder jugar con ellos porque ya fuera lo bastante mayor. De momento tenía que sentarse y esperar a su hermano, que era uno de los jugadores.
Hüseyin tenía un trabajo durante los meses de verano colocando las tumbonas y recogiéndolas después; pero cuando acababa, se metía corriendo en el agua y se ponía a jugar. Desde que un entrenador le dijo que poseía potencial para convertirse en un atleta, se sentía dividido entre dos sueños: llegar a ser un jugador profesional de voleibol o de waterpolo. A lo mejor podía combinar ambas cosas.
—¡Tenemos que conseguir que pongas los pies en el suelo! —se burlaba su madre.
—¿Por qué? —protestaba su padre—. ¡Míralo! Con esas piernas tan fuertes que tiene puede conseguirlo.
Mehmet se levantó y agitó una mano cuando vio a Hüseyin caminando por la playa. En un par de ocasiones, su hermano, que siempre estaba pensando en las musarañas, se había olvidado de que estaba a cargo del niño y se había ido a casa sin él. Mehmet no corría peligro alguno, aparte de la incapacidad de un niño de tres años para orientarse, algo que lo habría llevado a tomar el camino equivocado a casa. En el pueblo donde sus padres habían nacido muchos años antes, un niño pequeño solo jamás se perdería. Famagusta era un mundo completamente distinto.
Mehmet solía escuchar de labios de su madre que era un pequeño milagro, pero el mote de Hüseyin, que lo llamaba «pequeño incordio», le parecía más adecuado. Así era como se sentía el niño cuando estaba cerca de sus dos hermanos mayores.
—Vamos, Mehmet, es hora de irse a casa —le dijo Hüseyin, al tiempo que le daba un guantazo en una oreja.
Hüseyin echó a andar hacia la carretera con su hermano de la mano y con una pelota en la otra. Una vez que llegaron a la superficie asfaltada, empezó a botar la pelota sin cesar. La repetición los hipnotizó a ambos. A veces era capaz de llegar a casa, un paseo de quince minutos, sin romper el ritmo ni una sola vez.
Estaban tan absortos en lo que hacían que no oyeron que alguien los llamaba.
—¡Hüseyin! ¡Mehmet! ¡Hüseyin!
Su madre, que se encontraba a unos noventa metros de la puerta trasera del Sunrise, trataba de alcanzarlos.
—Hola, preciosos —dijo al tiempo que cogía a Mehmet en brazos.
El niño detestaba que hiciera eso en la calle, así que comenzó a retorcerse furioso. Ya no era un bebé.
Su madre lo besó en la mejilla antes de dejarlo en el suelo.
—¿Mami?
A unos cuantos metros había un cartel, la ilustración de un niño sonriente, con una sonrisa deslumbrante y descarada, que sostenía un vaso a rebosar de limonada efervescente. Mehmet miraba esa imagen todos los días y nunca perdía la esperanza.
Emine Özkan sabía lo que iba a preguntarle.
—¿Por qué quieres una bebida que alguien ha metido en una botella cuando puedes beberte una recién hecha? No tiene sentido.
Tan pronto como llegaron a casa, a Mehmet le darían un vaso de líquido claro y sin burbujas, endulzado con mucho azúcar, pero lo bastante ácido como para obligarlo a morderse los carrillos. No tenía burbujas, como si fuera leche. Algún día, después de un partido de waterpolo en el que habría resultado ganador, iría a un quiosco y se compraría una botella él solo. Haría un ruido chispeante cuando le quitara el tapón y el líquido sería burbujeante.
Algún día, pensaba Mehmet. Algún día.
Tanto Mehmet como Hüseyin se aferraban con fuerza a sus sueños.
2
A las 18.15, ni un minuto más ni uno menos, pese a todo lo que sucedía a su alrededor, Savvas Papacosta miró su reloj por instinto.
Había llegado el momento de irse a su otro hotel. Aphroditi y él iban a celebrar un cóctel para los huéspedes del Paradise Beach.
Antes de marcharse, Aphroditi se retocó en el aseo del casi terminado hotel. Echó un vistazo a su alrededor, a las paredes de mármol y a las conchas de piedra tallada que contenían el jabón, y se enorgulleció al ver que las toallas bordadas con el monograma ya estaban en su sitio. Se aplicó otra capa de pint
