I
TRES DE MARZO
1930: La campanilla
Toda la luz en un punto. Fulgor tan vibrante como un sonido. El pálido sol invernal converge en ese foco que lo acapara, oscurece el entorno, absorbe la atención, obsesivo, hipnótico...
Cruza arriba una nube y el fulgor se apaga, el foco se hace objeto visible: una campanilla de plata cuyo mango es una sirena finamente labrada, posando su cola en la cima. El mundo se reconstruye alrededor: la mesa isabelina con papeles, la pantalla de porcelana verde, el retrato del rey en la pared frontera... Y la voz, la voz que insiste... Marta vuelve de su obsesión y escucha:
—¿Le ocurre algo, señorita?... Le he preguntado si llegó esta mañana.
—Sí señor, perdone. En el tren, a eso de las diez.
—Ya, el de las nueve cincuenta —puntualiza el caballero. Cincuentón, delgado, perfil de pájaro con el pelo a raya tapando celosamente la calva. Lentes de pinza sujetos a la solapa con negro cordoncillo. Sonrisa a la vez cortés y de superioridad.
Marta se fija en el cuello de celuloide, mientras explica que el ómnibus de la estación la dejó en el Hotel Pastor. El caballero la mira con sorpresa mientras coge un papel y lo aproxima a sus ojos. Ella reconoce la carta en que la recomienda el conde de Aybar, Intendente General de la Real Casa y Patrimonio.
—Tiene usted muy buenas cualificaciones —afirma el caballero mirándola de nuevo—. Espero que el señor administrador acuerde admitirla.
A Marta el corazón le da un vuelco. Si aún no estaba decidido, ¿para qué la han hecho venir a Aranjuez? Se fuerza a no gritar que la enfermedad final de su madre agotó sus recursos, que vive desalentada por la reciente injusticia sufrida, que no quiere mendigar asilo en casa de un pariente lejano...
Su interlocutor la nota angustiada:
—No se inquiete, señorita. Prácticamente es cosa hecha, pero es decisión de don Miguel y ha estado ausente hasta ayer... Como suele telefonear a esta hora, ¿por qué no espera un momento en el jardín? El ujier le indicará la salida. Vaya, parece que marzo nos ofrece un buen día. Y no se preocupe.
¿Un buen día? Marta no lo ve así. No tiene ánimo para pasear y se sienta en un banco adosado a la pared del Palacio, en blanca piedra y ladrillo rosado. Aún hace frío, pero hay menos nubarrones. Ante ella se extiende el Parterre, donde verdean las borduras y algunos arbustos, mientras los árboles entretejen sus ramas desnudas en un encaje gris, salvo esa hilera verde de redondeadas copas y sobre todo, frente a ella, un altísimo gigante vegetal. Apuntado cono verde oscuro, tan sombrío que a su pie aún persiste una delgada capa de hielo. Más lejos, hacia la puerta, las estatuas de una fuente monumental, pero Marta no está en condiciones de admirarlas.
Sólo piensa en que pueda ser inútil este gasto del viaje... ¡Volver a Madrid otra vez derrotada, como tras las recientes oposiciones! ¿Oposiciones? ¡La plaza estaba dada, hasta el público alborotó al oír la votación!... La sostuvo en el trance su antigua profesora doña Clemencia, llevándosela a su casa, moviéndose incansable hasta conseguir la valiosa recomendación para organizar una biblioteca con fondos almacenados en el Palacio de Aranjuez... ¡Si esto también fracasase...!
¡Ah, el ujier! Vuelve al despacho, donde ahora se encuentra también, de pie junto a la mesa, una muchacha de cara redonda, pelo negro ondulado con flequillo sobre la frente y ojos castaños que se fijan en Marta, mientras sonríe mostrando sus pequeños y blanquísimos dientes.
El caballero anuncia en el acto la admisión de la candidata. Marta consigue reprimir unas lágrimas. Es presentada a Quina, la mecanógrafa, que la acompañará a la biblioteca. Escucha enhorabuenas, advertencias sobre horas de oficina y trámites formularios, pero apenas se entera pues no se ha repuesto aún de su congoja. Al fin consigue balbucear su gratitud, cuando ya la mano de la compañera se posa en su brazo guiándola hacia otra puerta. «Me llamo Joaquina —le dice al salir—, pero me quito el Joa que suena feo, ¿verdad?»
Cruzan una habitación con estanterías ocupadas por legajos y luego una sala con muebles antiguos almacenados de cualquier modo. Al fondo del corto pasillo entran por fin en la biblioteca con la llave que trae Quina y que deja puesta, advirtiendo a Marta que cierre siempre al acabar su trabajo y la entregue en la oficina.
Están en un gran salón rectangular con sus dos paredes más largas y la de enfrente cubiertas por estanterías de libros hasta el techo, cerradas en su parte baja. Sólo tiene esa puerta y dos ventanas grandes al jardín. Junto a la más próxima se encuentra una mesa dieciochesca y, encima, una elegante escribanía.
Quina no cesa de hablar informando a Marta sobre el trabajo. Advierte que habrá mucho polvo en los estantes, pero al menos ha mandado limpiar la mesa, el sillón y la silla.
—Estarás a gusto, ya verás. Pídeme lo que necesites. Don Celes se da importancia, pero es un buenazo... Por cierto, ¿paras en el Hotel? Es caro, te lo advierto. Siete leandras al día.
—Allí me llevó el ómnibus. Pero, desde luego, no puedo quedarme.
Quina sonríe. «Como si se alegrara», piensa Marta.
—La Fonda del Comercio es más barata. Viajantes y eso.
Ante el gesto de Marta suelta Quina la risa, dejando ver su encía superior entre los labios jugosos, muy pintados en arco de Cupido.
—Mira, chica, yo estoy de pensión completa con la señora Sole por nueve reales. No hay otro huésped y tiene un cuarto libre. Ella cose para fuera y la casa es de patio, sin lujos. Sólo tenemos ducha, el retrete está en el altillo y la fontanería hace ruido de tripas... ¡Te lo aviso!
Marta acepta. El precio es una solución, al menos transitoria. Más adelante verá.
—Me alegro —concluye Quina—. Y ahora te dejo. A la salida recogeremos tus cosas en el Hotel y te llevaré a la señora Sole... ¡Madre, cuánto libro! ¡Trabajo tienes!
Marta queda sola, envuelta en denso silencio, olor a cerrado y ante la triple pared de libros, que parecen escrutar a la intrusa. Se siente pequeña, desarmada. Atrás han quedado las aulas, esto es la profesión, su vida: ha traspasado algo más que una puerta. Algo como el espejo de Alicia, sí, y se siente absorbida, como la niña cayendo por el agujero.
Recuerda a su padre y reacciona con ánimo, con responsabilidad. Da un paso hacia la mesa. Pulida caoba de suave tacto. La escribanía es de plata bien labrada: con su tintero, salvadera, caja con obleas, campanilla y cañón para las plumas. Curioso: la plata brilla; ¿la habrán limpiado también? Más curioso aún, ¡sorprendente!, el tintero contiene tinta negra y espesa, en la salvadera hay arenilla y las dos plumas no son de adorno, sino de ave y talladas correctamente, como hoy ya no se hace... Sin embargo, le han dicho que la biblioteca lleva cerrada muchos años. Resulta inexplicable.
Cavilando en ello Marta se desplaza a lo largo de los estantes. Magníficas encuadernaciones con blasones reales estampados. Desorden, aunque cierta agrupación por temas o reinados. Las excavaciones de Pompeya encargadas por Carlos III en soberbias láminas, libros de caza y de artesanía —relojes, tallas— con las armas de Carlos IV, las Cárceles de Piranese, música, numismática, historia, sermonarios, equitación, esgrima... Ningún libro de este siglo, muy pocos posteriores a Isabel II. Entre los extranjeros uno cuyo título asombra a Marta: De sodomia tractatus in quo exponitur nova de sodomia foeminarum a tribadismo distincta, París, 1883, por Louis-Marie Sinistrari D’Ameno. Nombre ignorado por Marta, supone que un teólogo escribiendo para confesores casuistas.
Abre una hoja de la alta ventana e irrumpe un alegre rumor de agua a borbotones. Se sienta en el sillón y enciende la lámpara. Los cajones se deslizan al abrirse con la suavidad del mueble bien construido. Aunque los limpiaron, al fondo de uno de ellos aparece una guía de Viena, un Baedeker de 1893 encuadernado en terciopelo azul con un blasón germánico en oro. De entre sus hojas cae una esquela con una fecha de 1894 y una dirección en letra gótica, con anticuada caligrafía... Marta cavila no sabe cuánto rato, con ese tomito en su mano.
Se levanta del sillón y, al volverse, descubre en la pared a su espalda el retrato de un militar del XVIII, con rizada peluca blanca de oficial, el tricornio bajo el brazo y a la cintura la empuñadura de un sable. Parece mirar el paisaje descubierto por una ventana a su lado: altos riscos sobre el mar, que le recuerdan a Marta el cabo melillense de Tres Forcas. En el cristal de la ventana un blasón inspirado, al parecer, en el propio paisaje: tres agudos picachos negros sobre las aguas y en sus cimas sendas ramitas con hojas verdes. La serena bondad del rostro, con un punto de melancolía —más propio de su probable cincuentena que de su bélico uniforme— atrae vivamente a Marta, apaciguando sus cavilaciones. Ya no se siente sola, ya le resulta todo menos extraño. Ya no es una intrusa: ese caballero le da la bienvenida y estará ahí a diario, guardándole la espalda mientras ella trabaja.
La irrupción de Quina, siempre parlera, corta sus fantasías. Para su sorpresa ya es la una y cierran la oficina durante el mediodía. «Vamos, vamos, ya está bien para la primera mañana. ¡Afuera!»
Afuera una luz victoriosa. Dispersas las nubes, el sol hace vibrar no sólo aquella campanita sino el mundo entero. Se agradece su tibieza invernal, tan inesperada. El Parterre es otro. Pero ¿dónde corre el agua sonora si el río Tajo se ve embalsado en una vasta lámina verde, con el puente al fondo? «¡En las Castañuelas!», aclara rápida Quina, doblando con su amiga la esquina del Palacio. Allí el embalse rebosa sobre una pendiente de piedra labrada con resaltes a modo de grandes castañuelas tendidas, de modo que el agua parece trepar en vez de caer. El rumor y el movimiento son una delicia, pero Quina apremia a Marta: no quiere hacer esperar a la señora Sole.
Retroceden y pasan frente al verde gigante vegetal. Ahora Marta identifica a la araucaria, por entre cuyos ramajes se entremete el sol alegremente. La placa de hielo la absorbió la tierra y el árbol es un mensaje de nobleza vital, de certidumbre: un monumento a la esperanza. ¿Cuántos inviernos habrá vivido?
Los redondeados árboles con hojas de charolada superficie verde son magnolios como el que Marta conoce en el patio de la Universidad. Salen las muchachas a la glorieta de Rusiñol, pasan entre el pabelloncito de la Comisaría de Turismo y la embocadura del puente llamado de Barcas, continúan a lo largo de dos merenderos junto al río y llegan hasta el Hotel, cuyo magnífico acceso, con escalones de piedra en una sola pieza de tres metros cada uno, sorprendió por la mañana a Marta. En el zaguán no está el mismo portero sino un chico moreno de unos doce años, espigado y flaco, cara alargada con mejillas algo hundidas, pelo casi al rape, frente despejada, labios delgados y barbilla voluntariosa. Viste pantalón corto, dejando ver las rodillas huesudas, y calza alpargatas.
Quina besa al chico, a quien presenta como Agustín, que clava en Marta la mirada viva y profunda de sus ojos negros.
—A la señorita ya la vi esta mañana —dice el chico aludiendo a la viajera—, cuando dejó aquí la maleta y salió corriendo para Palacio.
—Pues ahora bájale su equipaje porque se viene a vivir con la señora Sole.
—¿De veras? —contesta Agustín alegre—. La maleta ya se la llevaré luego a la casa. Tengo el carretillo.
—Tendrá que abonar un día —interrumpe el portero de la mañana, apareciendo por una puerta lateral.
Agustín le ataja, con desprecio de adulto.
—¿Abonar, y ni pisó la escalera? ¡No quieres tú, si no sí!
Las muchachas se alejan. Agustín se queda mirando la nueva silueta, cuya falda negra ondula con ritmo al aire de la pisada. «¡Parece de cine! ¿De verdad se quedará en la casa?»
—Ya estamos —señala Quina después de un breve trecho por una calle muy ancha y recta, con casas bajas a ambos lados—. Tu hotel, Casa Sole: calle del Capitán esquina a la de Primavera. El Pastor es más lujoso, fue palacio de Godoy, el que se amotinó.
—Fue al revés —ríe Marta—. Se amotinaron contra él.
—Tú sabrás. Yo entonces no vivía aquí.
Entran directamente desde la calle a una habitación usada como salón, comedor, cuarto de estar y taller. Una gran mesa camilla, sillas de anea y de madera curvada, un espejo de cuerpo entero, un mueble entre aparador y armario, una máquina de coser, una cesta con ropas y telas, un par de oleografías en la pared, un almanaque de anuncio. A la máquina está sentada una mujer que se vuelve al oírlas, deja resbalar por su nariz los ovalados lentes de acero y mira sin ellos a Marta. Es delgada y, aun sentada, resulta alta. Cara flaca, boca grande de labios finos en gesto escéptico, magnífico pelo entrecano recogido en un moño y ojos color de ámbar que se clavan al mirar. Viste toda de negro, con falda larga que deja ver las medias de algodón y las también negras alpargatas, calzando unos pies grandes. Pasa de los cincuenta, pero se la advierte vigorosa, llena de nervio y voluntad.
Quina explica la situación con palabras en las que Marta nota cierta inseguridad ante la mujer, que escucha en silencio mientras observa a la recién llegada: de buena estatura como ella misma, piernas largas y pechos pequeños pero altos, cara oval de pómulos marcados, nariz fina con punta graciosamente respingada, pelo castaño y liso recogido atrás, largo cuello y ojos grandes y reflexivos, de color entre castaño y verde. Le agrada la muchacha pero vacila ante el buen gusto del vestido y la estampa toda de señorita.
—Sí, tengo libre el cuarto —dice al fin con una voz ronca, pero de inflexiones femeninas—. ¿Cree usted que le irá bien con nosotras? Ya lo está viendo: una casa de gente obrera.
—Yo también trabajo, señora —responde Marta suavemente.
—¿Lo ve? Me llama señora y yo no lo soy.
—Vamos —interviene Quina—, que yo también la llamo señora Sole. Mire, he traído a Marta porque la conozco... Ya sé, no me lo diga: que ayer no la conocía. Bueno, pues ya me cae bien. Es otra como yo y me oye decirlo y no se ofende —Marta sonríe—. Si puedo estar yo, igual ella... Con probar no se pierde nada. Para pelearnos ya habrá tiempo.
Concluye risueña. La mujer se muestra más acogedora:
—Dispense si la he ofendido, pero soy muy a las claras. Del Maestrazgo, de Cantavieja, gente bien dura. Si usted lo dice, puede que esté a gusto. Y si no, con marcharse tan amigos, se arremató... Bueno, y ya sabrá lo que necesito cobrarle.
Marta se muestra conforme y da las gracias.
—No se merecen. Sea usted la bienvenida.
La naturalidad con que lo dice no impide una resonancia casi señorial.
Se excusa por volver a su trabajo. Quina enseña a Marta la vivienda. Tras una puerta de cristales con cortinillas se entrevén dos camas, una ocupada por la madre de Soledad, que apenas puede levantarse. La cocina, un cuarto con trastos y útiles de plancha, la alcoba de Quina, la escalera al famoso altillo —«tenemos ducha y todo: medio tonel abajo y una regadera colgada encima»— y, por fin, la habitación libre, con una pequeña ventana por donde se ven, cercanos, los grandes plátanos de sombra de la calle de la Reina, ahora desnudos, y detrás los del Jardín del Príncipe. Está amueblada como la de Quina, con una cama sencilla, una ancha repisa que sirve de armario gracias a la tela estampada que tapa las perchas, un lavamanos, una mesita y una silla. Paredes blanqueadas y, en el alféizar, una lata con tierra.
—He plantado semillas de albahaca. ¡Verás cómo huele en el verano! Y si quieres un grillo, para el cante, Agustín te lo traerá.
Quina vuelve con Marta a la cocina y abre una puerta al gran patio común de manzana. Crece una olma en el medio y hay una fuente en una esquina. Los respectivos lavaderos están junto a la puerta de cada casa, bajo un tejadillo de chapa ondulada. En el terreno central juegan unos críos y en el ángulo al sol varias mujeres forman corro en sillitas bajas y hacen punto o calceta. Miran con curiosidad a Marta y va a iniciarse una conversación cuando, al oír a Agustín en el cuarto de estar, ambas muchachas acuden a recoger la maleta. Además, la señora Sole está ya disponiendo la mesa para el almuerzo.
MARTA
No me lo creo del todo, pero aquí estoy, es verdad, esta celda de monja, muy limpia, toda la casa, la cena «comida de pobres» según la señora Sole, qué mujer, qué fibra, pues más que suficiente, mamá no lograba tanto la pobre, ¡tan corta la pensión!, «¡si a tu padre no le hubiesen robado la laureada!», le dolía la injusticia, no el dinero, ¡pobrecilla, no alcanzó este momento!, cuando empiezo a ganar, mejoraría su vida, aquellos mitones, defender sus manos, tan esclavas del punto, los jerseys de encargo, calentándoselas bajo las faldas de la camilla, burlándose de sus guantes: «parecen de señorona con pretensiones pero es el frío, hijita, ¡los sabañones hacen tan feo!» presumía de manos, debieron de ser bonitas, con sus mitones murió, guardados los tengo, ¡y no me di cuenta! ¡sentada frente a ella y no lo noté! ni suspiró siquiera, nunca molestó a nadie, dobló la cabeza como un pajarito, no me contestó, ¡no me lo perdono! ahora pasearía por los jardines, ¡qué araucaria! ¿tendrá un siglo, siglo y medio? ¡qué envidia los árboles! ¿y si no me dejan fija? pero hay trabajo para rato, mucho tiempo la biblioteca abandonada, ¿quién escribe entonces?, pues alguien usa la escribanía, ya veremos, me va a ser utilísima, de ahí salen temas, documentaciones inéditas, ahí preparo mi tesis, mi época favorita, el XVIII, me instalaré mejor en cuanto cobre, falta un mes, ¡pagan atrasado!, necesito aquí una mesa más grande, quitaré el horrible cromo de almanaque, pobre gente, sin ofenderlas, trayendo cosas mías, pagando esta pensión ahorraré, ¡vaya suerte esta Quina! y doña Soledad, bueno, la señora Sole, llevando esto adelante como capitán de barco, su madre enferma, apenas se levanta, se la oye toser, jadear, la hija lo afronta todo, y aún regala comida a ese Agustín, qué avispado, qué alerta, así el chico puede asistir al colegio a la tarde, sin perder unos realillos que saca en el Hotel por la mañana, y Quina es la alegría, ha salido, «un amiguete que quiere camelarme» se disculpó, tiene un habla graciosa, y muy lista, mejor quedarme sola, digerir tantos sucesos, esto es otro mundo, vega inesperada, agujero en el tiempo, lo descubro a hora y pico de Madrid, ¿o acaso lo redescubro? de pronto esta tarde ese recuerdo imposible, al ver las Huérfanas de Infantería con la monja, hilera de hormigas, de tres en tres las chicas de uniforme, ¿vistas ya antes? ¿me traería mi padre muy pequeña? ¿a ver a la hija de un compañero?, es absurdo, no ocurrió nunca, donde sí me llevó fue a Tres Forcas, el cabo de Melilla, excursión a mis seis o siete años, farallones como en el retrato, idénticos, ¿quién será el personaje? papá hubiera sido igual a esa edad, le recuerdo ya con esa misma mirada, le identificaré, lo aclararé en los papeles amontonados en los bajos, ¿vivió alguna vez en Melilla? ¿tuvo allí algún mando? hubo ataques marroquíes varias veces, entonces sólo Melilla la Vieja, dentro de las murallas, el mundo de mi infancia, mar todo alrededor, mamá feliz aquellos años, salvo el miedo cuando papá salía de operaciones, ¡y ahora volvería a disfrutar! «Dios lo ha querido», diría ella, siempre la injusticia, ¡qué susto esta mañana, cuando todo en el aire! se me acabó el mundo, casi me desmayo, como antes con la campanilla iluminada, me hipnotizaba, pero verme rechazada era la catástrofe, lo vi todo negro, la recomendación papel mojado con el nuevo gobierno, Primo de Rivera derrocado, ¡qué cambios!, no veía el jardín, ¡tanto golpe tras golpe!, esta mañana en el límite, sin fuerzas, y de pronto sin problemas, la vida por delante, entra frío por la ventanita, lástima cerrarla, ese olor húmedo y vegetal, «la hierba crece de noche» ¿del Enrique V?, me envuelven los jardines, aquí por todas partes, al revés que el Retiro: árboles entre casas, no me duermo recordando, tantas cosas desde esta mañana, la sucia estación, humo y carbonilla, las tablas y el traqueteo del vagón, el campo desolado, Ciempozuelos con sus locos, de pronto el estrépito, el puente de hierro, el río verde, la estación, un acierto comprarme los zapatos, y no cortarme el pelo, recogido detrás hace más serio, creo haber dado buena impresión, necesito aquí un espejo, mañana estreno la ducha, igual se me cae encima la regadera, ¡Quina y sus divertidas explicaciones!, todo lo hace fácil, asombrada de que yo no haya visto a Josefina Baker, «¡mujer, viviendo en Madrid! ¡la Sacerdotisa del Charlestón, como la llama el periódico!», la ha visto en el cine, le apasiona «¿has visto ya el sonoro?», una tarabilla, sin parar mientras se arreglaba para salir, «al mozo le gusta esta falda, me doy la vuelta de golpe, se me revolea y ve las ligas: les atonta, chica», seguro que es decente pero es así, ya ha vuelto a casa y aún no son las once, ¡tengo que dormirme!, no me deja el cansancio, algo más: el desconcierto, ¿vivo realidad o sueño? esa biblioteca como un pozo, sólo libros y muebles pero algo más, esas plumas inverosímiles, cortadas y preparadas según recomienda Torío en su Arte de escribir, esa rara tinta, ese Baedeker, ¿a quién guiaría en Viena?, puedo buscar el blasón de su dueño, ¡qué más da! el retrato sí me importa, va a ser mi compañero, ¡qué exageración!, necesito dormir, ¿contar borregos? mamá me recomendaría rezar un rosario, basta de pensar, dejarlo para mañana, empieza mi vida, entré hoy en ella por la puerta de la biblioteca, entré y ocurrió algo, esa puerta una frontera, mi nueva vida es en el mundo antiguo, qué curioso, mi futuro en el pasado, pero no cavilar, no cavilar... ya se verá... mañana.
1807: La araucaria
El Aposentador Mayor del rey don Carlos IV, que Dios guarde, contempla una vez más el desolado paisaje a través de los cristales de su berlina, en ruta hacia el Real Sitio de Aranjuez. Tierras entre gris y ocre donde el cereal apenas verdea, retrasado en este principio de marzo. Menos árboles en aquel cerro de Valdemoro, quizás roído por las exigencias en leña de la Casa de Fogones. En cambio, de trecho en trecho, jóvenes olmos plantados a lo largo de la ruta por la Inspección de Caminos del Ingeniero Bethancourt. Lejanía de cerros gredosos con corros de bosque bajo nubes plomizas escamoteando el sol.
—¿Compraste la Gazeta en la librería de Castillo? —pregunta a su criado, que se la ofrece en el acto.
El viajero pasa rápidamente sobre un informe de Londres que muestra el «maquiavelismo del gabinete inglés». También sobre los anuncios: venta del Catecismo de Ripalda y de los Gemidos de la Madre de Dios afligida, del padre Teodoro Almeyda. Se detiene en las Noticias del Exército Grande:
«Llegadas que hubieron las avanzadas de Su Majestad Imperial ante la plaza de Kovsk, defendida por bizarras tropas del Mariscal Duque de Hassemberga, y alentadas éstas por el prometido socorro de sus aliados rusos, el ataque francés aseguraba ser costoso en pérdidas humanas y retrasos de tiempo para el ala derecha del Exército Grande. A dificultar ese socorro ruso concurrió la esclarecida visión estratégica de Su Majestad Imperial, con los felices resultados que aseguran las noticias recién llegadas de París. Por ellas sabemos...»
El viajero deja el periódico y exclama:
—¿Hasta dónde piensa llegar ese hombre?
—¿Quién, señor?
—Napoleón, ¡quién va a ser! No le basta lo que tiene: tronos para toda la familia. Su hermano José en el de Nápoles usurpado a nuestro infante don Fernando, Luis en el de Holanda, Elisa a punto de arrebatar Etruria a nuestra María Luisa, su hijastro Eugenio de virrey en Italia y el otro hermano, Jerónimo, ya casi monarca en Westfalia... Ahora avanza sobre Rusia tras atropellar a Prusia... ¿Quizás piensa en Constantinopla?... ¿Adónde va?
—Mientras no sea para acá, señor, no se me da nada.
Don Alonso Vázquez de Andrade envidia la tranquilidad de Roque, a su servicio desde que le asistía en la Real Armada, a bordo del Habanero. Cuarentón, pequeño de estatura y pantorrillas casi esqueléticas, el criado parecería vulgar si no fuera por su viva mirada, sus gestos de ardilla y la destreza de sus manos.
—¿Y si le diera por venir?
—Pues vería que los españoles tenemos sangre en las venas. Además, todavía no le ha hincado el diente a la Inglaterra, con los barquitos que viene preparando.
Roque siempre está informado. Bien le consta a Alonso, pero le sorprende ese conocimiento de los planes franceses para la invasión de las islas, adquirido sin duda por la vía de sus paisanos, los pescadores gallegos de alta mar.
—Ya no piensa en eso, Roque. Trafalgar le dejó sin los navíos necesarios.
La voz se tiñe de tristeza y Roque sabe por qué. En Trafalgar murió el único hijo de don Alonso, embarcado en el Bahama, a las órdenes de Alcalá Galiano. Hace año y medio de la batalla y su amo no se repone de la pérdida.
—Si hubiésemos amigado con los ingleses, en vez de con esos ateos de la Revolución...
—¿Con los ingleses, que sólo piensan en soliviantar nuestras Indias y acaban de atacarnos en Buenos Aires?
—Pues ni los unos ni los otros, digo yo. Godoy parece un mandado de Napoleón y eso no es de ley.
—No puede hacer otra cosa. Ya combatió a Francia en el noventa y tres, y trató con Inglaterra y hasta con Rusia... Aún se arriesgó todavía en octubre pasado, con aquella proclama patriótica, y hubo de tragársela cuando poco después Napoleón venció en Jena... Estamos entre el yunque y el martillo: Francia que quiere Europa, e Inglaterra, que quiere el mar y las Indias.
—Usía lo sabrá mejor. De todos modos ese choricero, con perdón...
—Ya estás otra vez contra el Príncipe de la Paz.
—¿No voy a estar, si el pueblo no puede vivir, con los precios subiendo y los tributos? Nada irá bien si quienes nos mandan se pelean entre ellos como perros y gatos. No se puede navegar con el timón a un rumbo y las velas a otro.
—Es verdad que hay facciones rivales en la Corte, pero no tanto.
—¡Si hasta dicen que a la pobre Princesa de Asturias, muerta no hace un año, le dieron un tósigo!
—¡Calumnias, Roque; no las repitas!... Aunque la Princesa informaba en secreto a los ingleses, por vía de su madre la reina de Nápoles, lo del veneno es falso. Estaba tísica, la pobre.
Para adelantar a una galera con pellejos de aceite la berlina se sale del camino y amaga un vuelco que el cochero evita diestramente. Alonso se lleva la mano a la cabeza para recolocarse la peluca, olvidando que viste de viaje.
—¿Va bien sujeta la maceta, Roque? ¡Si se malogra la planta le da un pasmo al Jardinero Mayor! No hay otra araucaria de Indias en toda España y la van a plantar en el Parterre.
Roque le asegura que va bien sujeta a la zaga, y Alonso le cree. Le ha visto estibar el equipaje cuando salieron de casa, en la calle del Tesoro, junto al convento de San Gil: el baúl de vaqueta, el cofre marinero de alcanfor compañero de todos sus embarques, el estuche con las dos pelucas, la sombrerera, la arqueta de documentos y el portabastones de cuero donde van también el espadín de gala y el sable de reglamento.
Cruzan o adelantan frecuentemente a vehículos, jinetes, arrieros y caminantes, que se multiplican en estas fechas previas a la llegada a Aranjuez de las Reales Personas. Ahora alcanzan a la diligencia bisemanal, que transporta en sus ocho asientos a «personas bien vestidas», según disponen las ordenanzas del servicio.
—Estos días va llena en todos los viajes —comenta Roque.
—Cazadores de bolsas y prebendas. Pretendientes, arbitristas, litigantes, abastecedores y otros ilusos buscadores de fortuna. ¡Qué pocos llegarán a lo alto de la cucaña y cogerán el premio!
—No todos logran que les empuje una reina, como el señor Godoy. En doce años ha pasado de Guardia de Corps a Príncipe y Generalísimo. Y ahora lo que faltaba: Gran Almirante, aunque nunca se haya mojado en la mar.
—Tú no puedes criticar a quienes se apoyan en mujeres, que mucho las cultivas —replica burlón Alonso, buen conocedor de los éxitos falderos de Roque, tan insospechables dado su aspecto—. Nadie puede negar los méritos de don Manuel; lo demás son calumnias. La reina tiene cincuenta y seis años, sin dientes y envejecida por catorce partos. Godoy, además de esposa, tiene a la señora Tudó y dicen que a otras. ¿Crees que Su Majestad está para pensar en amoríos?
—Serán hablillas pero don Fernando, el Príncipe de Asturias, se las cree. Por fuerza ha de mirar mal a su propia madre y odiar al favorito.
—A don Fernando le excitan ese odio quienes quieren medrar a su lado. Ahora es el marqués de Ayerbe, más que otros, desde el destierro del canónigo Escóiquiz. Pero qué voy a decirte, si estás más al tanto que yo de las intrigas cortesanas.
—Eso sí. Los de escaleras abajo vemos a los grandes más de cerca, y no sólo en los salones, como sus señorías. Nosotros les vestimos y les desnudamos, como quien dice... Hay dos palacios, señor, uno dentro del otro: el de los estrados y el de los corredores de servicio. Nuestra Casa de Oficios tiene su corte en esos pasadizos, con sus rangos y sus preeminencias. Las azafatas y las camaristas, los mozos de cuadra y los lacayos, el sangrador o los barberos, la lavadora de medias y la de blanco... Cada cual en su puesto con los ojos abiertos. Entre todos sabemos verdades desconocidas en la Casa de Caballeros.
—Yo sí las conozco, porque tú me las cuentas.
Ríen ambos. Alonso, en efecto, siempre escucha a Roque, a veces buen pronosticador de acontecimientos que acaban verificándose. Y como ambas Casas están contiguas en un solo edificio, el Aposentador ha instalado a Roque en una vivienda separada de la suya sólo por el muro medianero, en el que ha perforado un conducto por el que puede llamarle siempre que le necesita.
—Pues la verdad es que no le cuento a usía ni la mitad. ¡Muchos casos ocurren en la Corte que no son para ser creídos!
—Ahí y en todas partes, Roque. El mundo navega desnortado. Vamos a la deriva, empezando por los gobernantes. Jorge de Inglaterra est
