I
Sabía a sal… Olía a sal… Sentía la sal… Una rasposa y salada sensación le limaba la garganta a Gonzalo Guerrero, quien, sumergido aún en la inconsciencia, percibió a lo lejos un estruendoso retumbo. ¡Tum…! En la penumbra de su colapso intentó descifrar el origen de aquel sonido que golpeteaba lentamente, una y otra vez en aquel silencio ahuecado. ¡Tum…! (Silencio.) ¡Tum…! (Silencio.) ¡Tum…! (Más silencio.) Algo pretendía comunicarle su descalabrada memoria. ¡Tum…! Nuevamente aquel sabor a sal le rasguñó las paredes de la boca. La oscura prisión de su desmayo le brindó otra pista: viento. Zumbaba el viento… Sentía el viento… Olía el viento… El viento olía a sal, sabía a sal. Las renuentes persianas de sus ojos impedían la entrada de los primeros rayos de sol de aquel amanecer de 1511.
Sus párpados lo encarcelaron en un lapso de incertidumbre. Recordó un poco de lo ocurrido la noche anterior: agua, agua, mucha agua. Su cuerpo empapado, el sabor a sal, el aroma de la sal, más sal, el viento, un estallido, el crujir de la madera, sal, un ensordecedor trueno. ¡Más agua! ¡Agua salada! ¡Olas! Una tormenta vomitaba sobre ellos. De nada sirvió su esfuerzo por mantenerse a flote. Una ola monumental devoró la embarcación. Con gran aprieto alcanzaron la superficie pero el agua los succionaba constantemente. Un silencio los inundaba, sacudían los brazos y piernas a todo lo que toleraban sus cansados músculos. ¡Gritos, gritos y más gritos!
¡Auxilio!
Luego, los alaridos de socorro enmudecieron.
Soplaba el viento… ¡Tum…!
(Silencio.)
¡Tum…!
Jaló aire, enterró los dedos en la arena, liberó un gemido y por fin abrió los ojos. Apareció frente a él un cielo despejado y colmado de gaviotas… había amanecido. Gonzalo Guerrero yacía boca arriba, a la orilla del mar envuelto en una grumosa capa de arena mojada. El sol brotaba caluroso en el horizonte; las olas retumbaban una y otra vez, empapándole hasta las rodillas. Rodó la cabeza a la izquierda y escupió la arena que se acumuló en su boca durante la madrugada. Una ola lo empapó hasta la cintura. No era una pesadilla; había sobrevivido al naufragio.
Se encontraba con vida, pero muy lejos de casa en Palos de la Frontera, en la provincia de Huelva, Andalucía. Se sentó sobre la arena e intentó buscar, lentamente con la mirada, en aquellas aguas, los restos del batel que se había hundido la noche anterior. Al parecer, estaba solo.
Dio oídos a un ruido extraño y giró temerosamente la cabeza a su derecha hasta notar que a su espalda lo observaba una docena de hombres tostados, de cuerpos y rostros pintados, con enormes argollas en las orejas y narices, y lanzas en las manos. Sobre sus cabezas surcaron el cielo unas gaviotas hambrientas. Gonzalo Guerrero alzó las manos sin quitar la mirada de los hombres, que de igual manera lo observaban con asombro. Muy despacio se puso de pie. Luego de mirarse mutuamente por un rato, el náufrago concluyó que no pretendían hacerle daño y señaló el agua con el dedo índice y con las manos les dio a entender que no pretendía huir, sino enjuagarse los grumos de arena en su rostro. Los hombres señalaron el agua e imitaron el gesto. El español caminó en reversa hasta que el agua le llegó a la cintura; sin quitar la mirada se hincó y se zambulló. Cuando salió, con los ojos cerrados, exprimió su larga cabellera y la echó hacia su espalda, al mismo tiempo que dirigía la mirada al cielo. Al abrir los ojos le sorprendió encontrar a los hombres junto a él, imitando sus movimientos, mojándose entre las olas. Se preguntó si eso era un ritual de aquellos hombres para saludar, o si ellos lo hacían pensando lo mismo.
Comenzaron a hablar en una lengua desconocida, mientras a él, en su cabeza, una lista de preguntas le desordenaba las fichas en el tablero de su lucidez. En interminables tertulias, todos los marineros que había conocido divagaban sobre cómo reaccionarían si algún día naufragaban; había escuchado infinidad de historias y consejos. Pero la realidad superaba las expectativas. Sus temores lo empujaban a la caverna de la demencia. ¿Qué ocurriría? ¿Lo matarían? ¿Lo harían esclavo? Sólo unos cuantos conocían esas tierras.
Los hombres de piel tostada salieron del agua e hicieron señas al náufrago para que los siguiera. Temeroso, dio unos cuantos pasos forzados entre las olas hasta llegar a la arena seca y ahí se detuvo por un instante, caviló en correr, ¡sí!, ¡claro!, ¿quién no lo haría?, ¡huir!, ¡salvar la vida! Pero comprendió que lo alcanzarían; cualquiera de esas lanzas que sostenían surcaría la poca distancia que él lograra poner entre ellos, e inevitablemente le perforaría la espalda.
Al inferir lo que decían los gestos de aquellos hombres, la ruta a seguir sería tierra adentro. Dirigió su mirada en varias direcciones y pronto descubrió un casi imperceptible punto negro a la orilla del mar. Señaló con desesperación. Los hombres dispararon la mirada hacia aquel sitio y se dirigieron con prontitud. Conforme se acercaron, Gonzalo Guerrero distinguió la silueta de otro hombre en la orilla del mar. Caminó hacia él.
—¿Aguilar? —corrió. Los hombres de piel morena lo siguieron—. ¡Aguilar! ¡Aguilar! ¡Aguilar! —gritó al reconocer a aquel hombre sentado sobre la arena—. ¡Aguilar! ¡Os encontráis vivo, Jerónimo! —sonrió Gonzalo Guerrero y dejó escapar una carcajada mientras corría.
Jerónimo de Aguilar, al encontrarse con la imagen de uno de sus acompañantes, sintió un bálsamo de tranquilidad.
—¡Sobrevivimos al temporal! —gritó Jerónimo al ver mucha gente a lo lejos, y se puso de pie.
—¡Sí! —sonrió Guerrero y siguió corriendo.
Aguilar intentó distinguir los rostros de sus demás compañeros, y al descubrir que éstos no eran sino unos extraños hombres con los cuerpos y caras pintadas, se encontró sumergido en otro chubasco de temor.
—¿Pero qué es esto?
—No os preocupéis —dijo Gonzalo al estar frente a él—, no pretenden haceros daño.
Aguilar no dejaba de mirar a los hombres con desdeño y desconfianza.
—Andaos —dijo Guerrero—, que ellos nos darán alimento.
—¿Dónde estamos? —preguntó Jerónimo a los desconocidos—. ¿Cómo se llama vuestra tierra?
Uno de ellos disparó las cejas al cielo y dijo:
—¡Yucatán, Yucatán! —que en su lengua significaba ¡No entiendo, no entiendo!1
—¿Yucatán? —preguntó Guerrero—. ¿Así se dice este lugar?
—¡Yucatán!
—Debemos buscar a los demás —dijo Aguilar.
Guerrero hizo señas a los hombres de piel tostada para que le ayudaran en la búsqueda. Así recorrieron la orilla de la playa por un largo rato sin encontrar un solo sobreviviente. Hasta que los hombres de piel morena les dieron a entender que ya era tiempo de volver.
El par de náufragos se miró mutuamente. Su destino se elevaba como una oscura nube de humo por un rumbo plagado de incertidumbres. Cual cubetazo de hielo, la añoranza de una carabela encallada en los bajos de las Víboras se escurría melancólica por todo su cuerpo. Los acontecimientos de los días anteriores repercutían en la memoria de los náufragos. No bien había caído la noche cuando el cielo se iluminó por las constantes ráfagas de ensordecedores truenos en el lóbrego horizonte; luego un ventarrón y una recua de olas. La carabela dirigida por el español de nombre Valdivia, que salió del Darién con rumbo a Santo Domingo, encalló en los bajos de las Víboras. Encalló porque Valdivia y el capitán del navío se encontraban inmersos en una absurda disputa por dinero. Luego llegó el desorden, la histeria, la crisis. Dieciséis hombres y dos mujeres lograron abordar un pequeño bote salvavidas, el cual se hundió días más tarde tras la embestida de otra tormenta. Ninguno de los dos sobrevivientes volvió a ver a sus compañeros, les perdieron el rastro entre las monumentales olas.
Esa mañana de 1511, los náufragos que encallaron accidentalmente en los bajos de las Víboras, en la península maya, Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, los únicos sobrevivientes, fueron llevados tierra adentro entre la espesa y húmeda selva a la ciudad de Maní, perteneciente a Xaman Há, donde encontraron una civilización desconocida. La gente detenía sus actividades para verlos pasar. Se les llevó ante el halach uinik de los cocomes, quien ordenó que se les diese de comer. Los náufragos tuvieron que hacer malabares para darse a entender. Aguilar intentó explicar que él pertenecía a una orden religiosa; con lenguaje corporal señaló al cielo, con las manos pintó figuras sagradas en el aire, y mostró reverencia a su dios crucificado. El halach uinik sonrió cuando creyó que por fin había entendido lo que significaban aquellos gestos y mímicas; se puso de pie, levantó las manos y dijo con voz estruendosa:
—¡Mizcit Ahau! —sonrió y levantó los brazos.
Los pobladores ahí presentes también sonrieron y repitieron al unísono:
—¡Mizcit Ahau! ¡Mizcit Ahau! ¡Mizcit Ahau!
II
La prolongada sombra de un hombre en medio del pavimento fue lo único que logró distinguir la cansada mirada de una anciana, quien luego de asomarse tras la cortina de su ventana sintió un escalofrío bajar a cascadas por todo su cuerpo. Aseguraba que a esas horas de la madrugada sólo las ánimas en pena deambulaban por aquellos rumbos. Quitó los dedos de la cortina, se persignó, puso la chalina que tejía sobre la mesa y se fue a dormir. Afuera, un perro empapado ladró defensivo, mas no se acercó al hombre encapuchado que caminó sigiloso por la calle. Segismundo, el abarrotero, lo tuvo frente a él antes de abordar su camioneta rumbo a la Central de Abasto en la ciudad de México, pero no le dio importancia: debía ir y volver antes de las seis de la mañana cargado de mercancía. No distinguió su rostro, pues se mantenía inmóvil junto al poste de luz más cercano en la esquina, y la capucha dibujaba una telaraña sombría al desconocido sobre la cara.
La llovizna de aquella madrugada de 1993 era escasamente una brisa, las sobras de un aguacero. Sólo se escuchaban el coro de sus pasos apaleando los charcos y algunas goteras encaprichadas en seguir aplaudiéndole al chubasco que les había dado vida. La sombra se escurrió ágilmente entre las callejuelas hasta llegar a la parroquia de Atotonilco, que tenía meses cerrada desde la misteriosa muerte del padre Juan Carlos Palomares. Sin preámbulo, con un hacha que llevaba bajo la gabardina, el encapuchado partió en dos el candado de la puerta que daba al patio lateral; luego encendió su linterna y llegó hasta una pesada puerta de madera, único acceso que le impidió el paso al antiguo monasterio. No había candado y destrozarla a golpes despertaría a los vecinos. Tras buscar apresuradamente una manera alterna de ingresar, se filtró entre los arbustos y el muro hasta dar con una ventana. Con un ligero golpe rompió una parte del cristal, por donde introdujo la mano izquierda para abrir. Tuvo que dar un brinco para alcanzar el borde de la ventana y entrar, con lo cual se cortó el antebrazo con un pedazo de vidrio. Las gotas de sangre sobre el piso amenazaron con denunciarlo, pero la suela de su zapato camufló la evidencia al tallar un poco y forrar el área con una gasa de polvo. Su sombra se tatuó enorme en uno de los muros, y un roedor temeroso se dio a la fuga antes de que una ráfaga de viento azotara la ventana. El encapuchado se apresuró a cerrarla; luego caminó a la puerta. Del otro lado se encontró con un amplio pasillo de paredes de altura considerable; bajó por unas escaleras, llegó a otro pasillo, se dirigió al fondo de éste hasta topar con una gruesa y pesada puerta de madera que daba a la mazmorra, donde se hallaba una habitación vacía de grandes proporciones. El hueco en el piso que daba a la mazmorra estaba sellado con tablones y una ligera capa de concreto. Comenzó a golpear con el hacha el piso. La sombra en la pared triplicaba las dimensiones de su cuerpo: las manos que levantaban y enterraban el hacha parecían gigantescas. El grosor de los muros enclaustraba el ruido, era imposible que se escucharan los golpes desde la calle. Cuando por fin logró remover la capa de concreto, sacó un martillo y una uña de acero y comenzó a extraer los largos clavos que se aferraban al piso. Se astilló una mano al jalar uno de los tablones: removió tres de ellos, suficiente para poder entrar; introdujo una escalera arcaica de madera que se encontraba a un lado y bajó prontamente, linterna en mano. El Arzobispo Primado de México, Gregorio Urquidi Montero, yacía en el suelo. Se acercó a él y le tomó el pulso: aún se encontraba con vida.
—Urquidi —dijo al tocarle el pecho ligeramente—, Urquidi, ¿me escucha?
No reaccionó.
—Gregorio —insistió—. Urquidi. Despierte.
El hombre no se movió.
—¡Urquidi! —lo abofeteó—. ¡Reaccione!
Lo zarandeó, lo cacheteó, le tapó la nariz.
— ¡Despierte!
El cuerpo de Urquidi respondió con un fuerte latigueo de brazos y piernas al despertar de golpe. Tardó en ubicarse; reparó en la sombra que se dibujaba titánica en los oscuros muros de la mazmorra, el piso empolvado y la luz de la linterna. Tres días en la mazmorra no fueron suficientes para quitarle la vida al Arzobispo Primado de México, un hombre poderoso e intocable; uno de los dueños de México, uno de los consentidos del Vaticano; después del Papa, el religioso más importante y venerado del país, un hombre capaz de mover a las masas, socio de los grandes magnates y políticos, clave indiscutible en las elecciones nacionales, manipulador de los votos desde los púlpitos.
Levantó la mirada y se encontró con el rostro del encapuchado que lo rescataba de aquel infierno en el que estaba a punto de morir. Si bien no dijo una sola palabra, no fue por falta de vocablo sino por un gesto de complicidad y agradecimiento: infló los ojos y sonrió rebosante.
—Tengo un auto en la entrada del pueblo —dijo sin volver a mirarlo—. Lo llevaré a su casa.
La sombra del encapuchado eclipsó gran parte del muro. Urquidi permaneció en silencio sin moverse del piso; observó detenidamente al hombre que le había salvado la vida, inhaló aire de manera pausada; por un instante dudó que aquello fuese real: temió que sólo se tratara de un delirio, un vago deseo en su inconsciencia que rogaba que alguien lo sacara de esa mazmorra. Se masajeó la nuca, se talló los ojos, se frotó la espalda baja. No estaba delirando, seguía con vida. En unas cuantas horas estaría de vuelta en su casa tomando una copa de vino. Sonrió nuevamente y se puso de pie. Tuvo dificultad para subir las escaleras de madera. Al salir caminaron un largo tramo para llegar al auto, que se encontraba escondido entre matorrales afuera del pueblo.
El encapuchado manejó de vuelta a la ciudad de México. Urquidi agradeció, prometió lealtad, ofreció dinero y juró gratitud. El hombre no respondía ni aceptaba los lujos ni el poder que se le ofrecía en charola de plata.
Llegó el silencio. Mientras ambos veían la carretera apenas iluminada por los focos del auto, Urquidi comenzó a pensar en Delfino Endoque y el anciano Salomón Urquidi, quienes lo habían encerrado en esa mazmorra días atrás:
«Eres un imbécil, Delfino Endoque. Si hubieras entendido. Las venganzas deben ser lentas pero asertivas. No habrá más errores.»
Unas cuadras antes de llegar a la casa del arzobispo el encapuchado detuvo el auto.
—Aquí lo dejo —dijo sin mirarlo—. Hay muchos periodistas en la puerta de su casa.
Urquidi agradeció una vez más y lo invitó a tomar una copa. El encapuchado le dio a entender con una mirada que eso sería una imprudencia y lo rechazó con un ligero movimiento de cabeza. El Arzobispo Primado de México no insistió y bajó del auto. Caminó varias cuadras, frotándose los brazos para contrarrestar los embates del frío. Al cruzar la esquina encontró un tumulto de reporteros en espera de la nota del año; principalmente el trágico anuncio de su muerte; en segundo plano una explicación de su desaparición por tres días, y finalmente alguna excusa barata e inverosímil pero creíble para las masas. Uno de los reporteros lo descubrió caminando cansado al final de la calle y corrió hacia él; otra veintena lo siguió. Lo acorralaron, lo bañaron con reflectores, le impidieron el paso, cuestionaron su ausencia, preguntaron si había sido víctima de un secuestro.
—¿Se encuentra bien? ¿Qué le ocurrió? ¿Dónde estaba? ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Por qué se encuentra en este estado, señor Arzobispo? ¿Le hicieron daño?
—No —respondió firmemente—. Déjenme pasar, por amor de Dios. Mañana daré una conferencia de prensa.
Cuatro de sus guardias de seguridad estaban de pie en la puerta, temerosos a la reacción del arzobispo. ¿Cómo era posible que, teniendo escolta, hubiese desaparecido el Arzobispo Primado de México por tres días? Por obvias razones: él no les notificó que saldría a ajustar cuentas pendientes; y mucho menos imaginó que el tiro le saldría por la culata y lo dejarían encerrado en una mazmorra. Jamás volvería a reaccionar con tal arrebato. Los guardias acudieron al auxilio del arzobispo y ordenaron a los reporteros que se hicieran a un lado. Uno de ellos se quitó el saco para cubrir a Gregorio Urquidi.
Pronto las puertas de su mansión se abrieron ante él. Sus tres cocineras, cuatro mucamas, dos choferes, tres jardineros, y otros seis guardias de seguridad, secretarios, asistentes, monjas y sacerdotes se encontraban de pie esperando su llegada a la orilla del enorme jardín lleno de diversos tipos de flores. Por protocolo se abstuvieron de correr a él y atiborrarle con preguntas. Se escucharon rezos en voz baja. Santísima Virgen de los Milagros, gracias por mantener a nuestro Santo Arzobispo sano y salvo. El Arzobispo de Guadalajara se acercó a él y le ofreció sus manos.
—Bendito sea Nuestro Señor Jesucristo que lo trajo de vuelta a casa. El Nuncio de Roma lo está esperando en su despacho.
Urquidi asintió con la cabeza y caminó sin demora. Al entrar a su oficina encontró al Nuncio sentado en su silla con un puro Cohiba entre los dedos y una copa de Pinot Gris Clos Jebsal, perteneciente a la elite de los vinos de Alsacia.
—Alabado sea el Señor que bien sabe por qué hace las cosas —dijo con acento italiano.
—Amén.
—Y bien —agregó intrigado—. Dígame qué le ocurrió en estos tres días. Nuestro Santo Papa no ha podido dormir por la preocupación. Y vaya que le ha dado muchos dolores de cabeza últimamente.
Urquidi respiró profundamente y bajó la mirada. Dudó por un instante de lo que iba a responder.
—Me… —cerró los ojos, intentó forzar una lágrima, pero no pudo. Pensó en lo que realmente le había ocurrido: en su fracaso, en el intento de culminar su venganza en contra del anciano Salomón Urquidi, a quien mantuvo encerrado por años en una mazmorra pestilente, pero no pudo llorar. El Nuncio de Roma alzó las cejas en espera de una respuesta.
—Me secuestraron, me torturaron —dijo frente al Nuncio—. Esos narcos son unos cabrones. Exigen que apoye su movimiento y su partido político.
—¿Su antecesor no le informó antes de su muerte? —preguntó el Nuncio de Roma.
—¿De qué?
—Creo que no —movió la cabeza de izquierda a derecha.
Gregorio Urquidi comprendió que había errado enormemente y corrigió:
—¡No! Yo no hablo de ellos sino de los otros. Usted sabe.
—Ya habíamos pactado con ellos. Aceptaron las reglas y ahora se aguantan. Arreglaré ese asunto.
Urquidi había errado una vez más. Y a su vez comprendió que el Vaticano no tenía idea de los acontecimientos en Atotonilco. Sabía que culpar a los otros de su secuestro le traería complicaciones. Programó mentalmente un encuentro con ellos para evadir malos entendidos.
—Debido a los últimos acontecimientos nacionales —dijo el Nuncio con propiedad—, políticos, religiosos y económicos, el Papa ha considerado prudente su muerte.
A Urquidi se le enroscaron las tuercas de los huesos. Estuvo a punto de confesar todo lo que había ocurrido en los últimos meses, pero el Nuncio de Roma en México le impidió hablar.
—A dos personajes de la política nacional se les aniquilará —el Nuncio hizo un gesto sarcástico de tristeza—, literalmente. Para que una conspiración sea creíble, y sobre todo que no se culpe a la Iglesia como hace muchos años con el asesinato de Álvaro Obregón, debe haber otro homicidio. Y lo mejor será que usted sea el… otro.
Urquidi tragó saliva. Su corazón tamborileaba. Simuló no temer a lo que escuchaba, caviló en huir del país, pero, ¿cómo? Siendo sacerdote se puede huir de un gobierno, pero jamás del Vaticano, cuyas redes son ineludibles. Su única salida era que corriera bajo el cobijo de los judíos o los musulmanes.
—Culparemos a los narcos —continuó el Nuncio de Roma—. Ellos no lo negarán pero tampoco aceptarán los cargos. Usted tendrá libertad económica, política e internacional: le daremos una nueva identidad y podrá salir y entrar a cualquier país cuando usted guste. Será intocable. Aunque alguien lo reconozca, jamás habrá una nota que lo denuncie. Ése es el privilegio de los muertos que no están muertos. No por ello dejará de servir al Vaticano. Usted moverá los listones de esta enorme marioneta. Estamos perdiendo muchos católicos y es imperativo rescatarlos de alguna u otra forma. Por eso crearemos una nueva religión protestante, y usted será quien lleve a cabo esta labor. Pero, antes de todo eso, deberá refugiarse un año en la Casa Alberione.
Urquidi no pudo ocultar su felicidad al saberse liberado. Sería un fantasma a partir de entonces. Señor de la impunidad y la corrupción.
Dos semanas más tarde una camioneta salía del aeropuerto internacional de la ciudad de México y, justo cuando entraba al Circuito Interior, dos autos le cerraron el paso. Otros dos lo bloquearon por atrás. Un par de conductores molestos tocaron el claxon con desesperación por el estancamiento vial, mientras otros hicieron malabares para librar el caos. Frente a los espectadores bajaron tres hombres con metralletas AK47 y AR15; fueron hacia la camioneta y vaciaron cuarenta y seis tiros desintegrando los vidrios en segundos y dando una muerte instantánea al chofer y al hombre que viajaba en el asiento trasero. El tránsito se detuvo por completo, la gente en los autos y camiones se mantuvo estupefacta en sus asientos, los peatones se escondieron temerosos. Los sicarios abordaron sus autos y se retiraron veloces sin que alguien intentase detenerlos.
Ese día se anunció en todos los medios que el Arzobispo Primado de México había sido acribillado al salir del aeropuerto en su camioneta. La escena del cuerpo ensangrentado fue tan obvia que no hubo, entre las masas, quien dudara de la muerte de Gregorio Urquidi Montero. Los únicos que supieron parte de la verdadera versión fueron políticos y algunos periodistas; que jamás tendrían el permiso —en algunos casos, agallas— para divulgarlo.
III
—Hay tres cosas en este país con las que debes cuidar tus palabras: la política, la religión y el narco —el piano del bar propagaba una nostalgia ineludible—. El periodismo en esta nación no tiene cabida para los héroes. Ya lo sabes, cabrón, entre veinte y cuarenta reporteros mueren cada año. Víctor, entiéndelo, no te metas, aléjate, no te la juegues, deja eso, sigue con tus reportajes, vas bien, tu denuncia sobre la trata de personas fue un trancazo.
—Pero…
—¿Qué tanto valen las agallas de un periodista? ¿Vale la pena arriesgar la vida y la de los seres queridos para denunciar la corrupción y la impunidad? ¿Quién colgaría a su hijo de un árbol para salvar a la patria? Y siendo así, ¿la salvaría? ¿La sacaría del inmenso hoyo de mierda en que se encuentra? En México los héroes mueren en el intento. La impunidad aún predomina: carcome a la nación, invade los hogares, hipnotiza a los jóvenes en la política hasta bañarlos en el pantano de la corrupción, hechiza a los burócratas, y convence a los ciudadanos de que quien no tranza no avanza. Los petardos del periodismo deben ser discretos. Aunque haya dudas, la versión oficial debe ser respetada.
—Mi fuente es buena —Víctor Tobón intentó convencer con ese pueril comentario al jefe de redacción.
—¡Eso qué importa, cabrón! ¡No te apendejes! —arrugó el gesto don Segoviano.
El reportero de nota roja se recargó en el respaldo de su silla y tomó su cigarrillo, jaló humo y lo exhaló lentamente. El cantinero apareció frente a ellos y preparó dos bebidas: una Perla negra y un Dry Martini. El reportero miró al jefe de redacción, quien mantuvo una reputación envidiable en el periodismo, hasta que el gobierno le quitó su programa de radio con más de treinta años al aire, por lo cual perdió sus propiedades tras un largo litigio, que lo llevó al borde de la ruina. Aún así, don Segoviano estaba de pie, fuerte, ahora como jefe de redacción del diario La Denuncia.
—¿Quieres saber por qué duré treinta años al aire? —don Segoviano puso los codos sobre la barra y se inclinó hacia el reportero para explicar—. Porque supe llevar buenas relaciones con el gobierno. Cada vez que entraba un nuevo presidente nos invitaban a los medios a comer a la residencia presidencial. Nos trataban como reyes, y luego de un par de whiskys, el presidente sacaba sus cartas y nos ponía bien claro qué era lo que estaba permitido denunciar. Eso hice, hasta que la oposición llegó al poder. Y todo se fue por el caño, por pendejo, por creer que había llegado la democracia. Imbécil —don Segoviano encendió un cigarrillo y con éste entre los labios siguió hablando—. Nos quedamos sin publicidad en la radio por órdenes de allá —el jefe de redacción señaló con su dedo índice hacia el techo.
Bajo luces rojas, azules y amarillas, opacadas por nubes de nicotina, y el suspiro melancólico de un saxofón, a una mesera se le cayeron un par de vasos; uno de los clientes se apresuró a auxiliarla; el pianista siguió su partitura, indiferente al acontecimiento; y el cajero anotó en una libreta para más tarde pasarle la factura.
—Ella era mía —escuchó Víctor a su derecha, en la barra.
La mesera desapareció tras una cortina con los trozos de vidrio. El cantinero sirvió un par de mojitos cubanos y un Liquid Cocaine. Otra mesera llegó apurada por su comanda. Sacó de la blusa un par de billetes y ajustó cuentas con el cajero.
—En verdad —insistió Tobón—, este caso se puede denunciar, don Segoviano.
—Sí, sí, sí, ya me lo explicaste… —don Segoviano contó con los dedos—: ocho veces, ya sé lo que ocurrió: encontraron un monolito al hacer las excavaciones para la nueva línea del metro.
—¡Claro! Si lo hacemos público antes de que el gobierno intervenga, no habrá forma de que lo escondan.
—Sí, cabrón, pero las elecciones están a la vuelta de la esquina. ¿Tú crees que van a detener la obra para hacer público el descubrimiento de una piedra? ¡Ya lo viví! A la gente le importa más un progreso vial que un hallazgo arqueológico. La población aplaude que un gobernador les haga su camino al trabajo más fluido; no que les bombardeen con una piedra que labró quién sabe quién. ¡Ponte las pilas, hijo! ¡Despierta! Supongamos que sí se publica tu nota. Te van a elogiar unos días, pero en un par de semanas lo van a olvidar. Entiende la política. Es un pinche negocio. Nada más.
—No es una piedra cualquiera, don Segoviano —corrigió Tobón—. Es un monolito. Y si no hacemos algo lo van a tirar a la basura. O lo venderán en el mercado negro, o a algún extranjero, qué sé yo.
—¿Y qué? —el jefe de redacción acercó su rostro hacia Víctor Tobón lo más que pudo, con intenciones de intimidarlo.
—Nuestra nación pierde.
—¿Qué pierde? —dijo con su cigarrillo entre los labios.
La pregunta taladró en la mente del reportero de la nota roja. ¿Qué perdía su país? ¿Qué perdía una nación indiferente a su pasado? ¿Qué perdía una población ausente?
—Ella era mía —insistió el hombre a la derecha de la barra.
En la pequeña tarima, en una esquina, un trompetista intervino; el vocalista le otorgó el escenario. El reportero giró la mirada hacia el fondo del bar. La nostalgia se apoderó del lugar, el pianista aprovechó para darle un trago a su coñac, y al voltear la mirada descubrió que uno de los clientes introducía sigilosamente su mano en la blusa de su compañera mientras se besuqueaban.
—Le encantaba jugar con los dedos —dijo el hombre a la derecha de la barra, hundido en su ebriedad.
Con el sexto cigarrillo de la noche entre los labios, Tobón hizo evidente que le perturbaba saber que había un gran hallazgo arqueológico y nadie estaba dispuesto a mover un dedo. Ahí estaba, a cinco metros bajo tierra, en manos de un grupo de ingenieros, topógrafos y medio centenar de obreros indiferentes a su pasado. Se encontraba atado de manos, sin el permiso del jefe de redacción. Podía vender la nota a una cadena extranjera, pero corría el riesgo de jamás ser contratado en su país.
—Ya qué, don Segoviano, ¿qué puedo hacer? —dijo y le dio un trago a su Chivas Regal.
El pianista dio inicio a una melodía más tortuosa.
—La tarde que me abandonó —dijo el borracho a su derecha y luego le dio un trago a su tequila y encendió un cigarrillo. El hombre al que le contaba su historia lo ignoraba con obviedad. Contemplaba su mano, a la que le faltaban tres dedos—, juré que me cobraría todo ese sufrimiento…
Harto de escuchar al desconocido, el hombre de dos dedos sacó la cartera y echó a volar un billete sobre la barra; el cantinero hizo un gesto de aprobación, y el hombre salió del Jones & Rut’s bar.
—Ya tengo que irme a trabajar, don Segoviano —el reportero se preparó para pagar la cuenta pero el jefe de redacción lo detuvo con la mano y un amistoso “yo pago, muchacho, ve a hacer lo que tengas que hacer”.
Don Segoviano sonrió y recordó cuando Víctor Tobón, sin licenciatura en comunicaciones, tras una cadena de senderos laberínticos, había llegado al periódico, donde él, don Segoviano, lo empleó como hueso o ayudante; luego fue escalando puestos, hasta que apareció la oportunidad de cubrir la nota roja. La razón por la que le había dado el puesto era su atrevimiento e instinto osado de informar y denunciar todo tipo de calamidades. Detestaba la desvergonzada inmunidad de los políticos, la avaricia de los comerciantes, el descaro de los burócratas, la indiferencia de los funcionarios y la ausencia de su nación. Y ese apetito de denuncia lo llevó esa noche a investigar en las excavaciones que se llevaban a cabo para la construcción de la nueva línea del Metro. Su fuente era un ingeniero otoñal de apellido Mateos, que, sin deseos de lucro, le había informado del hallazgo.
Ambos se conocieron mientras el reportero de La Denuncia cubría la nota de una fuga de agua que inundó dos kilómetros a la redonda y cuyo responsable era Obras Públicas del Distrito Federal; pero, dado el caso de que esto había ocurrido en zona federal, culpó a la constructora en la que trabajaba Mateos. Tobón creía tener en sus manos la gran nota. El titular sería: “Compra responsabilidad de constructora el Gobierno de la Ciudad”. Al llevar su reportaje a la redacción descubrió que también el periódico anunciaría la noticia oficial: “Constructora rompe tuberías de agua”.
Aquella tarde Tobón volvió a la construcción e invitó unos tragos al ingeniero Mateos, quien ya entonado le platicó de los hallazgos encontrados mientras se llevaba a cabo la construcción de la enorme biblioteca en Buenavista, al norte de la ciudad.
—¿Qué pasó? —preguntó Tobón.
—Pues, ¡qué chingados va a pasar! En este país eso no importa. Las vendieron, así como chácharas. Les fue mejor que a los restos de un dinosaurio, que se hallaron en la construcción del metro Azcapotzalco y que fueron a dar a la basura.
—¿Y usted qué hizo?
—¿Cómo que qué hice? Pues nada. ¿Qué podía hacer? Soy un empleado. Estas constructoras no dependen de uno. Aquí somos como los envases de cerveza: canjeables y prescindibles. Pero te propongo que si volvemos a encontrar algo, te aviso. Pero tú —el ingeniero Mateos se tapó los labios con el dedo índice—, chitón. Si mencionas mi nombre, voy a decir que ni te conozco.
Un año más tarde el mismo ingeniero Mateos era responsable de las excavaciones de la segunda etapa del túnel para la nueva línea del Metro. Justo donde debía quedar una de las estaciones se encontraba una línea eléctrica, y para evitar accidentes en esa parte tenían que trabajar a pico y pala. Uno de los obreros anunció al ingeniero Mateos el descubrimiento de una piedra labrada. El ingeniero bajó al túnel para revisar el área.
—¿Cuántos golpes le diste, Juan? —preguntó al quitar con la mano un poco de tierra de la pieza.
—Pues, como cinco… o diez —dijo el obrero—, pero está bien dura.
El ingeniero Mateos bajó la mirada y suspiró profundo. Luego ordenó que llevaran una manguera para quitarle con agua la tierra a la pieza sin maltratarla. Al salir a la superficie caminó a su camioneta y buscó en su agenda el número telefónico del reportero que había conocido un año atrás.
—Te tengo una nota —espetó y dio la ubicación de la zona de construcción.
Veinte minutos más tarde llegó Víctor Tobón en una de las motocicletas del periódico. El ingeniero Mateos lo esperaba en la entrada de la obra, la cual estaba restringida a todo tipo de personas y en particular a periodistas.
—¡No me jodas, cabrón! —dijo Mateos al verlo llegar con uniforme de cuero y cámara fotográfica—. Si ven la moto todos se darán cuenta de que hay medios en la obra. Ve a esconder tu chingadera y quítate ese traje. A la vuelta hay un estacionamiento.
Tobón volvió diez minutos después. El ingeniero le proporcionó un casco, botas, guantes, gafas y chaleco para disimular.
—Toma —le extendió unos planos—, si te preguntan algo, responde que eres ingeniero eléctrico y que vienes a ver el cableado en el túnel.
Cruzaron por una zona llena de grúas, retroexcavadoras, muros prefabricados, varillas, camiones cargados de tierra lista para salir del área de construcción, obreros caminando de un lado para otro. La supervisora de seguridad industrial se acercó al ingeniero y le pidió que se pusiera el casco; el ingeniero Mateos obedeció y siguió caminando. Al llegar al hueco de la excavación ambos bajaron por las escaleras de unos andamios. La pieza ya estaba lavada. El reportero sacó su cámara y comenzó a presionar el disparador.
—¿Cuándo la encontraron? —preguntó Tobón sin quitar la mirada de la pieza.
—Esta mañana.
—¿Quién más sabe de esto?
—Algunos obreros y tú. Tienes solamente un día para publicar tu nota.
—¿Un día? —giró la cabeza el reportero.
—Así es. Yo tengo que avisar hoy mismo a mi jefe. Mañana no te puedo asegurar que esto se encuentre aquí. Si tu reportaje sale publicado mañana temprano, la constructora tendrá que devolver la pieza. Pero si te tardas más tiempo ni los medios le darán importancia a tu noticia. Sé muy bien lo que te digo. Cuando encontramos los restos del dinosaurio en la construcción del metro Azcapotzalco, un reportero quiso publicarlo tres días después; nadie le creyó. No había pruebas. Jamás se publicó.
—¿Cuánto tiempo puede demorar el informe con su jefe?
—Tres horas, a lo mucho.
Tobón se frotó la frente con las yemas de los dedos, levantó los pómulos y asintió. El ingeniero Mateos acompañó al reportero hasta la salida. Tobón fue por su motocicleta y se dirigió a la redacción del periódico La Denuncia. Se dirigió a su cubículo y comenzó a redactar su nota. El sonido de los teléfonos, las impresoras, la gente hablando, los noticieros en los televisores parecieron enmudecer en ese momento. Tobón no prestó atención a ningún sonido. Tenía en las manos su gran noticia. Cuando por fin terminó su nota, se dirigió a la oficina de don Segoviano, quien se encontraba ocupado. Intentó interrumpirlo, pero su secretaria se lo impidió. Esperó una hora. Cuando salió la persona que hablaba con el jefe de redacción, Víctor Tobón intentó entrar a la oficina pero don Segoviano ya iba de salida con su saco colgado al hombro sostenido por los dedos índice y medio.
—Don Segoviano…
—Lo siento, muchacho, tengo una junta, en cuanto salga te atiendo.
—Pero es una gran nota…
—¿A quién mataron?
—A nadie…
—Entonces espera.
Víctor caminó a su lado y explicó:
—Encontraron un monolito en las excavaciones de la nueva línea del Metro. Nadie lo sabe aún.
El jefe de redacción siguió su camino indiferente a lo que acababa de escuchar:
—Eso no es nota de primera plana.
—Será nota si denunciamos que intentan esconderlo. O si lo venden. O si lo tiran a la basura.
—¿Quién?
—El gobierno.
—Entonces no podremos publicarlo.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Tú lo has dicho: quieren ocultarlo. Estás hablando de un hallazgo en la construcción de la nueva línea del Metro. No van a detenerla por eso. Las elecciones son en un año.
Don Segoviano se puso el saco, se detuvo frente a una puerta y miró al reportero.
—Eso no es nota.
Mientras tanto el ingeniero Mateos se hallaba en la sala de espera de su jefe. El plazo acordado con Tobón se había vencido.
—Pase —dijo la secretaria amistosamente.
Apenas cruzó la puerta vio a su jefe sentado frente a su escritorio, viendo el noticiero en un televisor colgado de la pared.
—Cabrón, qué gusto verte. ¿Cómo va el pedo? —en cuanto notó la seriedad en el rostro de Mateos cambió su actitud—. No me digas que ya se mató alguno de esos pendejos.
—¡No! ¿Cómo crees?
El dueño de la constructora cambió su semblante:
—¿Entonces?
—Encontramos restos arqueológicos.
—Ni modo, tenemos muy pocas opciones.
—¿Tirarlo a la basura? —respondió con una mueca el ingeniero Mateos.
—No me mires así —el dueño de la constructora arrugó la cara y volvió la mirada al noticiero—. No es mi decisión —dirigió su atención a la computadora que anunciaba un nuevo correo—. Voy a llamar al jefe de gobierno —dijo con apatía—. Que él se las arregle —levantó el teléfono y marcó a la oficina del jefe de gobierno, Eulalio Valladares Lasso.
—Señor, encontramos una pieza arqueológica —Mateos observaba desde el otro lado del escritorio.
—Sabes bien que no podemos detener la obra —dijo Valladares y se rascó la sien—. ¿Quién más sabe de esto?
—Sólo mi ingeniero de confianza.
—Pues ya sabes qué hay que hacer.
—¿A quién?
—No lo sé. Necesito buscar un buen comprador. Ocúpate de que la saquen hoy mismo con mucho cuidado. Guárdala en un lugar seguro y yo te aviso.
Pero esa noche alguien se adelantó: llegó a la obra un grupo de hombres encapuchados que brincaron la reja improvisada y caminaron sigilosos al cuarto donde se encontraba el guardia de seguridad, un joven desnutrido que perdía el tiempo viendo la televisión. Dos golpes en la puerta no fueron suficientes para alertarle del peligro que lo acechaba. Apenas si tuvo tiempo de abrir ingenuamente cuando alguien le inyectó un sedante en el cuello que lo derrumbó en segundos. Los encapuchados revisaron ágilmente el área. Luego de un rato entraron al túnel; encendieron sus linternas y observaron la pieza. Le tomaron fotos. Y con pico y pala comenzaron a remover la tierra que la tenía adherida a la pared.
Afuera, el reportero Víctor Tobón esperaba fotografiar a los ladrones del monolito. De pronto vio una luz intensa emerger del túnel. Varios minutos después uno de los encapuchados salió cargando a otro de ellos en hombros; los demás llevaban la herramienta de vuelta a la camioneta. Apurados abrieron la reja de la obra y se fueron, dejando la pieza tal cual la habían encontrado.
A la mañana siguiente Víctor Tobón llegó apurado a la oficina del jefe de redacción.
—¡Se lo llevaron! —dijo con el rostro agotado—. ¡Ya no está el monolito!
Don Segoviano le dio un sorbo a su taza de café sin exaltarse.
—¿Qué pasó?
—No sé. Llegué esta mañana a la obra y el ingeniero que me dio la información me dijo que la pieza ya no estaba.
—¿Lo comprobaste?
—¡Sí! ¡Yo mismo entré al túnel! Ya no estaba. Sólo había obreros trabajando, como si nada hubiese ocurrido.
El jefe de redacción se mantuvo en silencio sin mirar al reportero. Tomó su taza de café y fijó la mirada en el oscuro líquido.
