PRÓLOGO
Creo que no nos damos cuenta de ese día de inmediato. Simplemente llega. Ese día en el que te das cuenta de que simplemente comes por comer y es mejor voltear la cara para otro lado, que comprender que comer y nutrirse son dos cosas diferentes. Oyes que alguien habla de “nutrición” y eso inmediatamente suena a “quiero bajar de peso” o a “quiero convertirme en un modelo de fitness”. Seguimos así por la vida omitiendo el grito que nuestra salud cada día nos recalca más, hasta que de pronto llega la enfermedad y en un arranque de inmediatez, como si yo no tuviera nada que ver con mi enfermedad, solo grito: “¡Doc, deme ya mi pepa para que se me quite esto!”, y así seguimos por la vida.
Creo que uno tiene diferentes posibilidades de cambio, posibilidades de transmutar este modelo del corto plazo en salud, creado en su gran parte por el placer del sabor. De la indulgencia plástica de la industria. Podemos enfermarnos y recibir las campanas, que ya no suenan tan distantes, como un mensajero que sí tiene que ver conmigo. La otra es ser padre, o por qué no, ¿ambas?
Esa labor tan fácil. ¿Qué puede tener de raro cambiar pañales y poner un biberón en la boca del bebé que saco de un tarro de leche en polvo? Eso no tiene nada de raro. Al final eso me permite seguir con mi vida de ejecutivo o con mi MBA. Lo que no nos damos cuenta es que ese tarrito de “leche” en polvo poco tiene que ver con la leche materna real. Luego la megaindustria nos trae sus hermosas creaciones llenas de colorantes y azúcares que a los niños simplemente les encantan y que rápidamente los convierten en zombies adictos a productos que introducen por su boca pero que claramente no son comida. Sin pensarlo, están sentenciando su salud en la niñez y, por supuesto, durante el resto de su vida.
Al final, cuando ese día llega (si es que nos llega), nos damos cuenta de que estamos llamados a despertar para nosotros. Nos damos cuenta de que, si yo quiero lo mejor para mi hijo, primero debo comprender cómo darme lo mejor a mí mismo. Ese día el clic es tan evidente que empezamos a darnos cuenta de que somos los únicos dueños de nuestra salud y que por ende, si yo entiendo y vivo la mía, voy a entender y a enseñar a mi hijo a vivir la suya. Ese día empiezo a vivir el “bienestar”. Esa palabra tan manoseada hoy porque pensamos que todo es bienestar, o como algunos prefieren llamarlo: wellness. Pero su mismo nombre lo dice, es: BIEN-ESTAR. Eso, para quienes pensamos en una medicina centrada en el paciente, es lo que yo llamo la “vitalidad positiva”, que es sentirme completamente pleno dentro de mí en mi cuerpo y en mi mente, pero no por no tener síntomas, sino porque realmente siento y vivo la salud. La comprendo o al menos la investigo. Profundizo en mi salud porque sé que soy el dueño de ella.
Qué gran regalo ser padre. Eso me invita a ser mi propio guía y, al serlo, saber que estoy guiando a mi hijo. Qué labor, qué responsabilidad, qué observación tan hermosa.
Nadie dijo que esto es fácil, nadie dijo tampoco que es difícil. Es tan solo cuestión de parar. Dedicar tiempo para mí, sentir mi cuerpo como mi tesoro y usar mi aprendizaje en salud como un regalo para mi familia. Vendrán las cátedras, la suegra que no quiere hacer cambios, la tía que comenta todo, los amigos que ya no te quieren porque eras mejor cuando “comías de todo”. Pero el propósito y la claridad, y ante todo el conocimiento, dan libertad y la absoluta transparencia de que tu mente y el propósito dentro de ti están alineados con el amor que vibra para crear una conciencia de salud diferente.
Así sueño una transformación en salud global, donde todos seamos dueños con conocimiento y con-ciencia de nuestra salud, porque la entendemos y la vivimos. Por eso admiro y honro a mi querido amigo y colega el doctor Mendoza, quien, con el cariño, la sencillez y el carisma que lo caracterizan, hoy, siendo atrevido y audaz, nos entrega parte de su amor a través de este texto. Nos invita a ser y a hacernos dueños de nuestra salud y a empezar científicamente a impactar la de nuestros hijos. ¡Qué regalo!
Piensa por favor por un minuto en cualquier enfermedad que tengas. Quiero que sepas que es muy probable que el origen de lo que hoy tienes puede venirse acumulando desde tu infancia por múltiples caminos. Esto claramente no es culpa de tus padres, ellos no tenían la información que tú hoy tienes en tus manos. Ahora piensa por un momento si habrías querido que ellos tuvieran esa información y que eso hubiese contribuido a una salud diferente en ti. No me tienes que responder a mí. La respuesta es obvia. Ahora tú tienes esa posibilidad. Bienvenido a un mundo donde tú eres el arquitecto de tu propia salud. Gracias, porque hoy eres un regalo en tu salud y la de tu familia.
Con amor,
Dr. Carlos Jaramillo
Medicina Funcional
@drcarlosjaramillo
INTRODUCCIÓN
Para serte honesto, ya perdí la cuenta de cuál es la versión que estás leyendo en estos momentos. Me costó mucho organizar estas líneas introductorias, pero las palabras finalmente hallaron su lugar. Así fue todo el proceso de escritura de este libro. Comencé a redactarlo en febrero de 2019, en Bogotá; continué con la misión, que a veces parecía imposible, en la ciudad donde nací, Chaparral, en el departamento del Tolima, pero no estaba satisfecho con el resultado. Decenas de borradores se fueron directo a la papelera de reciclaje. Empezaba a perder la paciencia. Las versiones iniciales eran demasiado académicas, estaban repletas de citas y artículos científicos que respaldaban con fortaleza cada una de las ideas que proponía, pero no reflejaban el estilo con el que usualmente suelo dirigirme a mis pacientes. No era mi voz. No escribía yo. Escribía el profesional que me enseñaron a ser en la facultad de Medicina. No escribía para ti, escribía inquieto, pensando en los posibles vacíos teóricos que pudiera encontrar algún especialista en la materia.
Fue en Chaparral, en la casa de mi madre, Martha Luz —mi maestra de vida—, donde el libro tomó su forma verdadera. Tuve que volver a mis raíces para comprender qué fallaba. Mientras reescribía en esas cálidas mañanas tolimenses, recordaba el hogar de mi infancia, ubicado en una gasolinera, “La Estación de Servicio Mendoza”. Ahí crecí junto con mi mamá y mi viejo, Héctor Mendoza, quien fue el alcalde del municipio en 1978. Era muy conocido. Un líder. Un buen tipo. Pero también un hombre muy enfermo, era diabético, hipertenso, sufría de enfermedades coronarias, tuvo dos paros cardíacos y murió de un infarto cuando yo tenía diecinueve años. Crecí con un buen padre, pero era un padre enfermo. Creo que esa fue la principal razón por la que elegí estudiar Medicina, quería ayudar a las personas a sanarse. Y ahora que repaso mi juventud entiendo que esta decisión también la tomé porque Óscar, el mejor amigo de papá, era médico. Mi viejo lo admiraba mucho.
Estudié mi carrera en la Universidad del Bosque, en Bogotá. No sabía qué especialización seguir, solo tenía claro que los pediatras me parecían bichos raros y no quería ser uno de ellos. Sin embargo, la vida puso todo en orden y terminé matriculándome en Pediatría —la historia de cómo llegué a ella es demasiado larga, quizás te la cuente en otro libro—. Pienso que era apenas obvio que siguiera esta rama. Fui un niño sobreprotegido, el fruto de una de las primeras fertilizaciones in vitro de mi país, un hijo único muy amado por sus padres, pero me cuidaban en exceso; era temeroso y solitario. La pediatría me ha permitido sanar y abrazar a mi niño interior, y me ha dado el privilegio de ayudar a centenares de pequeños y a sus padres. Por eso amo mi oficio y me hace tan feliz.
Una etapa decisiva
Te decía que este, mi primer libro, tomó forma en Chaparral. Allí dejé mis miedos de lado y las frases comenzaron a encajar. Entendí que en estas páginas debía incluir todo el conocimiento que he adquirido de la medicina tradicional, de la medicina biológica, de la homeopatía y de la medicina funcional, complementado con lo que he aprendido de mis pacientes; pero debía contarlo de manera clara, amena y precisa. Reescribí siguiendo los consejos de varios amigos editores. Dejé de jugar al “sabio” e hice esta guía para ti, que vas a ser madre o padre; una que espero que tengas a mano, que puedas entender, poner en práctica y compartir con las personas que consideres pertinentes. Sin embargo, quiero que sepas que cada consejo que te daré está respaldado por estudios, investigaciones y artículos de publicaciones especializadas; y todos ellos los podrás encontrar al final de este libro. Espero que, si así lo deseas, dichas referencias bibliográficas puedan complementar tu aprendizaje.
A través de los años he notado que uno de los momentos más desafiantes para los nuevos padres es la etapa de la alimentación complementaria (AC), que es justo cuando en la dieta de los menores se incluyen sólidos o líquidos diferentes a la leche materna. Este periodo alimentario suele comenzar después de los primeros seis meses de vida y les trae muchas dudas a los padres. Ellos tienen un afán genuino, natural, por darles lo mejor a sus niños, y no quieren equivocarse. Pero, ¿cómo acertar? ¿Cómo lograrlo en medio de tanta desinformación?
Cada semana atiendo a muchas parejas que no saben qué camino elegir. Es apenas entendible. Sus madres y abuelas les dan sus sugerencias de antaño, las cadenas de WhatsApp les indican lo contrario, las madres influencers de Facebook e Instagram aconsejan otras alternativas —algunas, tristemente, pagadas por marcas de alimentos poco aptos para los menores— y el motor de búsqueda del “Doctor Google”, en tan solo 0,37 segundos arrojará más de 932.000 resultados al preguntarle por este tema. Es aterrador. En medio de millones de datos disponibles, los pobres padres comienzan a extraviarse y a preguntarse qué es cierto y qué no. La plétora informativa mal manejada solo provoca dudas y en ocasiones propicia discusiones entre ellos.
Si te sucede algo similar, este libro te será muy útil. Yo me he especializado, justamente, en esa fase trascendental para tu pequeño y para ti; comprendo muy bien la relevancia de la alimentación complementaria y creo firmemente que esta es una etapa fantástica para incorporar otros cambios. Por ejemplo, es un momento ideal para incentivar la autonomía de tu bebé y, con el debido cuidado y la vigilancia necesaria, ayudarlo para que él mismo seleccione la comida que quiere darle a su cuerpo. Te parecerá una locura. Pensarás que un bebé de seis meses no puede llevarlo a cabo, les preguntarás a tus papás si eso es posible y ellos te dirán que no, que nunca lo hicieron así contigo, y te aconsejarán que alejes este libro de tu vida; pero te aseguro que es una experiencia inolvidable —y divertida—.
No es una ocurrencia mía. Así lo sugieren métodos tan interesantes y fiables como el Baby-Led Weaning (BLW) o su versión recargada, el BLISS (Baby-Led Introduction to SolidS); te los explicaré en detalle más adelante. Me parece muy lindo ver a un niño de 24 semanas, que cumple con las destrezas sensoriales y motoras necesarias, elegir entre la variedad de alimentos que sus padres ponen frente a él
