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El mundo es lo que es: los hombres que no son nada, que se permiten llegar a no ser nada, no tienen lugar en él.
Nazruddin, el hombre que me vendió la tienda a bajo precio, no creía que me fuera a ser fácil reanudar el negocio. El país, igual que otros de África, había pasado sus dificultades después de conseguir la independencia. La ciudad del interior, asentada en el recodo del gran río, casi había dejado de existir, y Nazruddin afirmaba que yo tendría que empezar desde el principio.
Viajé en mi Peugeot desde la costa. Fue uno de esos viajes que nadie sería capaz de emprender ahora en África: desde la costa oriental hasta el centro. A lo largo del camino, demasiados lugares han sido cerrados o manchados de sangre. Aun entonces, cuando las carreteras estaban más o menos abiertas al tránsito, tardé más de una semana en llegar.
No fue solo por culpa de las dunas, el barro, las estrechas, tortuosas y destruidas carreteras de las montañas. Fueron las continuas detenciones en los puestos fronterizos, todas aquellas discusiones en la selva a las puertas de chozas de madera con astas en que ondeaban banderas extrañas. Tuve que dar muchas explicaciones para que yo y mi Peugeot pudiéramos pasar los controles de hombres armados, tan solo para adentrarnos más y más en la selva. Y después tuve que hablar aún más, soltar unos cuantos billetes y regalar latas de comida para que yo y mi Peugot pudiéramos salir de los lugares donde nos habíamos metido gracias a mi labia.
Algunos de aquellos parlamentos me ocupaban medio día. El jefe solía pedirme sumas ridículas, dos mil o tres mil dólares. Me negaba a pagarle. El hombre entraba en su choza, como si no hubiera nada que añadir; yo me quedaba merodeando por los aldos horas, entraba en la choza o bien él salía y acordábamos el pago de dos o tres dólares. Era lo que Nazruddin me había dicho cuando le pregunté qué visado debía llevar y él contestó que los billetes de banco eran mejor que nada. «En esos lugares siempre puedes entrar. Lo difícil es salir. Es una lucha particular. Cada cual se las arregla como puede.»
A medida que me adentraba en África –el monte bajo, el desierto, las cuestas pedregosas de las montañas, los lagos, las lluvias vespertinas, el fango, y luego el lado más húmedo de la montaña, los bosques de helechos y los bosques de gorilas–, a medida que me internaba, pensaba: «Esto es una locura. Voy en la dirección equivocada. Al final de esto no puede haber una vida nueva».
Pero seguía adelante. Cada día de conducción era una hazaña; con la hazaña de cada día me resultaba más difícil dar marcha atrás. Y no podía dejar de pensar que así debió de haber sido en el pasado para los esclavos. El mismo trayecto, aunque a pie, naturalmente, y en dirección opuesta, del centro del continente a la costa oriental. Cuanto más se alejaban del centro y de las regiones de sus tribus, menos probabilidades tenían de escapar de la caravana y correr a casa, más nerviosos se ponían al ver a su alrededor a aquellos extraños africanos, hasta que al final, ya en la costa, dejaban de constituir un problema y solo ansiaban embarcar en las naves que los llevarían a otros lugares seguros allende el mar. Igual que el esclavo lejos de casa, ahora yo solo ansiaba llegar. Cuanto más me desanimaba el viaje más ganas tenía de seguir adelante y de adoptar mi nueva vida.
Al llegar me di cuenta de que Nazruddin no me había mentido. El lugar había pasado sus dificultades: más de la mitad de la ciudad asentada en el recodo del río estaba destruida. El antiguo barrio residencial europeo, junto a los rápidos, había sido incendiado, y la maleza crecía entre las ruinas; apenas podía distinguirse lo que había sido jardín de lo que había sido calle. Aún sobrevivían la zona comercial y la ocupada por edificios oficiales junto al puerto, así como algunas calles residenciales del centro. Pero no quedaba mucho más. Incluso las cités africanas se hallaban habitadas solo en los extremos y todo lo demás era ruina; la mayoría de las casas de cemento, bajas, cuadradas como cajas das con emparrados tropicales crecidos y moribundos, y esteras marrones y verdes.
La tienda de Nazruddin se hallaba en la plaza del mercado, en el barrio comercial. Olía a ratas y estaba llena de excrementos, pero se conservaba intacta. Había comprado la mercancía de Nazruddin, pero no quedaba nada. Había comprado también la clientela, pero eso no significaba nada pues casi todos los africanos habían vuelto a la selva, a la seguridad de sus aldeas, bien escondidas entre arroyos inaccesibles.
Después de mi ansiedad por llegar, comprendí que allí no tenía mucho que hacer. Pero no estaba solo. Había otros comerciantes, otros extranjeros; algunos habían vivido los disturbios. Esperé con ellos. La paz se mantuvo. La gente fue volviendo a la ciudad; los patios de la cité se llenaron poco a poco. La gente empezó a tener necesidad de los bienes de que podíamos abastecerla. Los negocios se reanudaron lentamente.
Zabeth fue una de mis primeras clientas habituales. Era marchande, no una vendedora del mercado, sino una humilde detallista. Pertenecía a una comunidad de pescadores, casi una pequeña tribu, y todos los meses bajaba desde su aldea a la ciudad para comprar al por mayor.
A mí me compraba lápices y cuadernos, hojas de afeitar, jeringas, jabones, pastas y cepillos de dientes, ropa, juguetes de plástico, cacerolas de hierro, sartenes de aluminio, platos y tazones esmaltados. Esas eran algunas de las cosas sencillas que la comunidad pesquera de Zabeth necesitaba del mundo exterior y de las que habían tenido que prescindir durante los disturbios. No eran indispensables ni lujosas, pero hacían más fácil la vida diaria. La gente de aquel lugar tenía muchas habilidades; eran capaces de valerse por sí mismos. Curtían el cuero, tejían telas, forjaban el hierro; ahuecaban los grandes troncos para convertirlos en barcas y los troncos más pequeños para fabricar morteros. Pero para esa gente, que siempre buscaba recipientes que no se mojaran, se ensuciaran con la comida ni gotearan, ¡qué bendición del cielo no supondría un cuenco esmaltado!
taba y cuánto podían o querían pagar por todos y cada uno de los artículos. Los comerciantes de la costa (mi propio padre incluido) solían decir – en especial cuando querían consolarse por alguna mala compra– que a la larga todo encontraba un comprador. Pero esa máxima no se cumplía en mi tienda. La gente se interesaba por las cosas nuevas –como las jeringas, que fueron una sorpresa para mí– y aun por las cosas modernas; sin embargo, sus gustos se quedaban fijos en los primeros ejemplares de aquellas cosas que habían aceptado. No confiaban más que en algún diseño particular o en alguna marca de fábrica. Era inútil que me esforzara en «vender» algo a Zabeth; debía ceñirme en lo posible a artículos conocidos. Así me evitaba complicaciones, aunque las transacciones resultaban muy aburridas. Eso contribuía a hacer de Zabeth una mujer de negocios eficaz y directa, cualidades no muy comunes entre los africanos.
No sabía leer ni escribir. Llevaba en la cabeza una larga y complicada lista de compras y recordaba con exactitud lo que había pagado por cada artículo en transacciones anteriores. Jamás pedía que se le fiara; detestaba la idea. Pagaba al contado y sacaba el dinero de un pequeño neceser que siempre traía a la ciudad. Todos los comerciantes conocían el neceser de Zabeth. No es que desconfiara de los bancos; sencillamente no los entendía.
Cuando charlaba con ella en el variopinto dialecto ribereño, solía decirle:
–El día menos pensado, Beth, alguien te arrebatará el neceser. No es prudente viajar con tanto dinero encima.
–El día que eso suceda, Mis’ Salim, sabré que ha llegado el momento de quedarme en casa.
Me parecía un extraño modo de pensar; pero era una mujer extraña. «Mis’», como Zabeth y otras personas me llamaban, era un apócope de «míster». Me daban el título de «míster» porque era extranjero, había venido de una costa lejana y hablaba inglés; y también porque así me distinguían de otros residentes extranjeros, llamados «monsieur». Eso era, por supuesto, antes de que llegara el Gran Hombre, y nos convirtiera a todos en citoyens y citoyennes. Lo cual estuvo muy bien durante un tiempo, hasta que la sarta de mentiras con que nos enredaba a todos llenó de confuerte que él, se decidió poner fin a la intolerable situación y volver a empezar desde el principio.
La aldea de Zabeth estaba a solo nueve kilómetros de distancia. Pero se encontraba lejos del camino, que no era más que un sendero, y también distaba varios kilómetros del gran río. Tanto si se iba por tierra como por el río, el trayecto era dificultoso y duraba dos días. Viajar por tierra durante la estación de las lluvias requería tres días. Al principio Zabeth venía a la ciudad por tierra, y avanzaba penosamente con sus ayudantas hasta que llegaba al camino, donde esperaban una camioneta, un camión o un autobús que las llevara. Cuando los barcos de vapor volvieron a navegar, Zabeth siempre iba por el río, aunque el viaje no era mucho más fácil.
Los recónditos y estrechos canales que partían de la aldea eran poco profundos, estaban llenos de obstáculos y de nubes de mosquitos zumbadores. Por esos canales Zabeth y sus compañeras tiraban y a veces empujaban sus piraguas hasta el gran río. Una vez allí esperaban junto a la orilla a que pasara el barco de vapor, con las piraguas abarrotadas de mercancía –comestibles, por regla general– para venderla a la gente que viajaban en el barco de vapor y en la barcaza que este llevaba remolque. Los comestibles eran, sobre todo, pescado o carne de mono, frescos o boucané, es decir, ahumados a la manera del lugar, con una gruesa costra negra. A veces también llevaban culebras ahumadas, o algún pequeño cocodrilo ahumado, un buen pedazo de carne negra de procedencia irreconocible, pero con una carne blanca o rosa debajo de costra carbonizada.
Cuando aparecía el barco de vapor con la barcaza de pasajeros a remolque, Zabeth y sus compañeras se apresuraban a remar o a impeler las piraguas con palos hasta la mitad del río; se quedaban flotando en el borde del canal transitado por los vapores y se dejaban llevar por la corriente. Pasaba el barco de vapor; las piraguas se balanceaban por el oleaje, y llegaba el momento crítico en que se acercaban a la gabarra. Zabeth y sus mujeres lanzaban cuerdas sobre la cubierta inferior de esta, donde siempre había manos dispuestas a agarrarlas y atarlas a cualquier mamparo; y las piraguas, que se habían dejado llevar por la corriente hasta deteción contraria, mientras los pasajeros arrojaban pedazos de papel y de tela sobre el pescado y la carne de mono que querían comprar.
Ese sistema de atar las piraguas a la gabarra o al barco en movimiento se practicaba en cualquier parte del río, pero era peligroso. Después de casi todas las travesías del barco de vapor corría la noticia de una piragua naufragada en algún lugar del recorrido de mil millas y de gente ahogada. Pero valía la pena correr el riesgo: una vez superado, Zabeth, como cualquier marchande que vendía género, viajaba a remolque por el río hasta llegar a la ciudad sin ningún esfuerzo por su parte, y entonces desenganchaba las piraguas cerca de las ruinas de la catedral, poco antes de los muelles, a fin de eludir los oficiales de la aduana, ansiosos por reclamar el pago de algún impuesto. ¡Menuda travesía! Tantos peligros y fatigas solo para vender algunos comestibles y llevarse otras mercancías para la gente de la aldea.
Un par de días antes de la llegada del vapor, el solar que había a las puertas de los muelles estaba ocupado por un mercado y un campamento. Zabeth se instalaba en él mientras se hallaba en la ciudad. Si llovía se quedaba a dormir en la veranda de un almacén o una cantina; más adelante se hospedó en una posada atendida por africanos; pero al principio nada de eso existía. Cuando Zabeth entraba en mi tienda, no había nada en su apariencia que delatara las penurias del viaje y las noches pasadas al raso. Iba vestida con pulcritud, envuelta en una tela de algodón de colores vivos, al estilo africano, con pliegues y drapeados que acentuaban su gran trasero. Usaba turbante –al estilo de las mujeres que vivían río abajo– y sujetaba el neceser, con los billetes arrugados que le había dado la gente de su aldea y los pasajeros del vapor y la barcaza. Hacía sus compras, pagaba y, pocas horas antes de que el barco partiera de regreso, las mujeres que la acompañaban –flacas, de corta estatura, pelo escaso y vestidas con andrajosa ropa de trabajo– acudían a cargar la mercancía.
La navegación río abajo era más rápida. Pero resultaba igualmente peligrosa, con las mismas operaciones de acoplamiento y despegue entre las piraguas y la barcaza. En aquellos días, el barco zarpaba de la ciudad a las cuatro de la tarde; por consiguienpunto en que debían soltar las amarras de las piraguas. Zabeth siempre se aseguraba de que nadie descubriera el acceso a su aldea. Soltaba las amarras y esperaba a que desaparecieran las luces del barco de vapor y la barcaza. Entonces, Zabeth y sus ayudantes remaban río arriba, o se dejaban llevar por la corriente hasta entrar en su canal secreto, donde se reanudaba la penosa tarea nocturna de remar y empujar bajo las ramas colgantes de los árboles.
¡Regresar a casa de noche! En muy contadas ocasiones navegué en el río por la noche. Nunca me gustó. Sentía que no controlaba la situación. Sumido en la oscuridad del río y la selva uno no estaba seguro de nada, excepto de lo que veía, y ni siquiera en las noches de luna podía verse mucho. Cuando uno hacía algún ruido –como al meter el remo en el agua– le parecía que era otra persona la que lo había hecho. El río y la selva eran presencias, y mucho más poderosas que uno mismo. Me sentía indefenso, un intruso.
De día –pese a que los colores podían ser muy pálidos y espectrales, con la calima que a veces insinuaba un clima más frío– uno podía imaginar que reconstruían y agrandaban la ciudad.Uno podía imaginar que se arrancaban los bosques y se tendían carreteras que atravesaban arroyos y marismas. Uno podía imaginar que esa tierra formaba parte del presente: así fue como lo expresó el Gran Hombre, mientras nos ofrecía la visión de un «parque industrial» de trescientos veinte kilómetros a lo largo del río. (Pero nunca habló en serio; solo pretendía aparecer como el mago más poderoso de cuantos había conocido la región.) De día, sin embargo, uno podía creerse esa visión de futuro. Uno podía imaginar que se hacía lo posible para volver normal esa tierra, un lugar adecuado para un hombre como uno mismo, igual que, por un breve periodo antes de la independencia, se había logrado volver normales algunas partes de esa región, las mismas partes que ahora estaban en ruinas.
Pero por la noche, si estabas en el río, todo era distinto. Uno tenía la sensación de que la tierra lo arrastraba hacia algo familiar, algo que había conocido en el pasado pero que había olvidado o ignorado con el tiempo, pero que siempre estaba allí. Uno senatrás, a lo que había estado allí siempre.
¡Esas travesías de Zabeth! Se diría que en cada ocasión la mujer salía de su lugar oculto para arrebatarle algo al presente (o al futuro), algún cargamento precioso que llevar a su gente –aquellas hojas de afeitar,
