Los cuentos

Cesare Pavese

Fragmento

Tierra de exilio*

I

Arrojado por extrañas peripecias de trabajo al mismísimo final de Italia, me sentía bastante solo y consideraba aquel asqueroso pueblecito en parte como un castigo —que nos aguarda, al menos una vez en la vida, a cada uno de nosotros—, en parte como un buen retiro donde recogerme y hacer extravagantes experimentos. Y fue castigo, por los muchos meses que estuve allí, si bien en cuanto a observaciones exóticas, quedé no poco desilusionado. Soy piamontés y miraba con ojos tan huraños las cosas de allá abajo que se me escapaba su probable significado. Y ahora, en cambio, lo recuerdo todo, los burros, los cántaros en las ventanas, las salsas abigarradas, los chillidos de las viejas y los pordioseros, de un modo tan violento y misterioso que de veras lamento no haberle prestado una atención más cordial. Y si vuelvo a pensar en la intensidad con que entonces añoraba los cielos y las calles del Piamonte —donde ahora vivo tan inquieto— no puedo llegar a otra conclusión que la de que somos así: solo lo que ha transcurrido o cambiado o desaparecido nos revela su rostro real.

Allá abajo estaba el mar. Un mar remoto y deslavado, que aún hoy se vislumbra detrás de mis melancolías. Allí acababa la tierra en playas desnudas y bajas, en una vaga inmensidad. Había días en los cuales, sentado en los guijarros, miraba fijamente ciertos nubarrones acumulados en el horizonte marino, con una sensación de aprensión. Me habría gustado que todo estuviera vacío al otro lado de aquella sima inhumana.

La playa estaba desolada, pero no era repelente. De buena gana —tan aburrido era el pueblo— caminaba por ella, por la mañana o al atardecer, siguiendo la zona de guijarros para no fatigarme por la arena, y me esforzaba por disfrutar con las matitas de geranios florecidos o las poderosas hojas de pita. Todas las veces me irritaba el tallo arenoso de alguna chumbera arrancada o rota, donde la pulpa verde de ciertas hojas estaba seca y revelaba la retícula de las fibras.

Recuerdo una mañana de julio, tan intensa que el mar no se diferenciaba del cielo. Unos pasos más arriba, en el arenal, se agolpaban las barcas descoloridas y deterioradas, y alguna, reclinada, parecía descansar después de la pesca nocturna. Las olas apenas chascaban en la orilla, como aplastadas por la desmesurada extensión de agua.

Sentado a la sombra junto a una barca vi al obrero confinado. Miraba hacia la colina, a la cima blancorrocosa de murallones, donde estaba el pueblo antiguo. Parecía embelesado con aquella claridad del cielo, que lo aligeraba y lo velaba todo. No se volvió cuando pasé. Tenía una gorra de visera echada sobre los ojos y el traje marrón roto por los codos e informe en las rodillas.

Cuando hube pasado, oí que me llamaba. Por mi bolsillo asomaba perfectamente reconocible un diario de Turín.

Mientras el joven leía, yo respiraba acurrucado a la sombra de la barca. Había un olor a madera soleada y a arena ardiente.

—¿No se baña? —le pregunté al cabo de un rato.

—Estos periódicos dicen todos lo mismo —respondió el otro, y se hurgó en los bolsillos—. ¿Tiene tabaco?

Le di tabaco. Empecé a desnudarme al sol.

—No soy un político —prosiguió—. Yo en los periódicos no busco la política. Me gusta leer lo que sucede en mi casa. Y solo hablan de política.

—Creía que era…

—Soy un común —cortó, rápido—. Me lié a puñetazos con un fascista, pero soy un común. —Se echó la gorra sobre los ojos—. Se los di por motivos personales.

Me puse el bañador y me senté al sol. Miraba hacia el mar trémulo e inmóvil. Saboreaba de antemano la espuma de las brazadas, la frescura del fondo, los jaspeados del sol bajo el agua. Me daba grima aquel cuerpo vestido que vislumbraba bajo la barca. Mangas largas, pantalones gruesos, gorra calada. ¿Cómo no se ahogaba?

—¿Se baña? —pregunté de nuevo.

—Prefiero el agua de río —respondió absorto.

—Aquí no la hay —dije.

Volví a la orilla chorreando y me tiré en la arena. Tenía los ojos cerrados.

Cuando los abrí y me senté, eché una mirada confusa a la ladera. Sobre la palidez desesperada de las plantas carnosas y de las contiguas casas rosadas seguía azotando el sol. Mi traje formaba una mancha oscura junto a la barca.

—¿También está usted confinado? —gritó desde allí el joven.

—Aquí lo estamos un poco todos —dije en alto—. El único alivio es meterse en el agua.

—Y en invierno, ¿qué alivio hay?

—En invierno pensamos en nuestra tierra.

—Yo pienso también en verano.

Se acercó a mí y se sentó en la arena. Se había quitado la chaqueta; llevaba una camisa oscura, sin mangas.

—¿En qué tierra cree que piensa la gente de aquí? —preguntó.

—Piensan en la Alta Italia más que nosotros.

—Sí, pero su tierra es esta. A ellos no les falta nada.

Cruzando la vía del tren, entre la playa y las primeras casas desconchadas del barrio marinero, pasaba un grupo de mujeres. Iban a su rincón entre los escollos, ladera abajo, a tomar el baño. Eran viejas, vestidas de marrón y bajas; entre ellas, una muchacha de blanco.

Dije algo.

—En el Po se nada mejor, eso sí. Hay menos sol y más comodidad.

—¿Dónde vivía usted en Turín?

Se lo dije.

—¿Y qué hace en este pueblo?

—Trabajo en la carretera provincial. Soy el ingeniero.

El confinado se restregó la nariz con el dorso de la mano.

—Yo era mecánico —dijo, mirándome—. ¿Recibe usted correo de Turín?

—De vez en cuando.

—Yo recibí el otro día. —Se sacó del bolsillo una postal con una vista de la estación—. ¿Conoce este sitio?

Miré un rato, sonriendo, la ilustración, y se la devolví, cortado.

—Son recuerdos de una muchacha. Si me manda recuerdos significa que me pone los cuernos. Las conozco.

Me desagradó su jactancia. Encendí un cigarrillo sin contestar: esperaba el resto. Pero el otro calló. Al cabo de un rato me devolvió el periódico con un brusco saludo y se marchó tropezando por la arena.

II

Ciertas tardes, al regresar del trabajo, cruzaba el pueblo marinero y cada vez me resultaba más incomprensible que, para algún hijo suyo perdido por el mundo, aquella tierra fuese la única, el sello y el refugio de la vida. No pensaba en la penuria de los campos y de las aguas, en la falsa rareza de las plantas carnosas y retorcidas, en la desnudez de la costa. Estas cosas son solo naturaleza y yo mismo las combatía asfaltando una carretera.

Ingrato y vacío era el propio vivir de la gente: palabras y usos de una chapucera realidad que desnaturalizaban restos de un pasado remoto impenetrable. Los hombres salían a todas horas con indolente vivacidad de las casuchas para ir a la barbería. No parecían tomarse en serio el día. Se pasaban el tiempo en la calle o sentados a las puertas charlando, y hablaban aquel dialecto que, allá lejos, en las montañas del interior, utilizaban rabadanes y carboneros. Quizá trabajaban de noche, o a escondidas, en las casas celosas y sofocantes, pero a la luz del sol, de la mañana a la noche, parecían solo huéspedes aburridos, en libertad. Y ninguno quería ver en la calle a su mujer. Salían las viejas, salían las niñas, pero las recién casadas, las mujeres lozanas, esas no salían.

Por eso, seguramente, el pueblo era antipático. Aquellos hombres parecían estar allí provisionalmente. No se encarnaban en su campiña y sus caminos. No los poseían. Estaban como desarraigados, y su perenne vivacidad traicionaba una inquietud animal.

Sin embargo, al anochecer, también el pueblo se dulcificaba bajo el cielo. De la playa llegaba un poco de aire y por las calles se revolcaban chiquillos semidesnudos y las viejas chillaban. Las puertas exhalaban olores de frituras y yo solía sentarme en una fonda, frente a la estación desierta. Veía pasar el rebaño de cabras que daba leche al pueblo y me adormilaba en la penumbra saboreando la soledad. Me sumía en una amarga conmoción la idea de que a mis espaldas, más allá de las montañas, el ancho mundo seguía viviendo y que un día yo volvería a cruzarlo. Allá arriba había quien me esperaba y esta seguridad me daba un tácito desapego de todo y proporcionaba a cada tedio una indulgencia ensoñada. Encendía un cigarrillo.

Inmediatamente aparecía Ciccio:

—Caballero, ¿me da algo? —Y, frotándose las manos a la espera—: También yo fumo. Gracias, servidor.

Ciccio era bajito, muy bronceado, con barbita gris y ojos astutos. Se abrigaba con una capa descolorida y tenía los pies envueltos en trapos sujetos con hebillas. Cuando se había gastado en vino las limosnas, se escondía para no dar el espectáculo. Venía de un pueblo del interior, y su leyenda era conocida. Me habían hablado de ella —como de todas sus cosas— con orgullo.

Ciccio era tonto y de vez en cuando le daba la excitación y se ponía a renegar él solo por la calle contra ciertos fantasmas. Lo había convertido en eso su mujer, al desaparecer con un tipo. Y Ciccio lo dejó todo, trabajo, casa y dignidad, y rebuscó durante un año por aquellas laderas, sin saber a quién buscaba. Luego lo metieron en el hospital, pero él no quiso y regresó a su tierra y se convirtió en el verdadero Ciccio, el mendigo simbólico, que prefería una colilla o un vaso a un gran plato de potaje.

Cuando jugaban a las cartas en la tasca, lo echaban por pelmazo. Pero cuando se aburrían o pasaba un forastero, Ciccio valía su peso en oro. Era un ejemplo convincente del carácter local.

En sus primeros tiempos de mendicidad lo habían encarcelado varias veces por aquellas costas y le había quedado tal horror al encierro que incluso en invierno dormía bajo los puentes.

—Si no, ¿qué penar sería? —me dijo de golpe con su voz trabajosa.

Pensé con frecuencia en esa frase. ¿Acaso habían sobrevivido en él remordimientos que dieran ahora un motivo a su vida? Aunque chiflado, Ciccio no era siempre estúpido. Un golpe como el que sufrió, una pena como para entontecerlo, podía muy bien haber sacado a la luz una culpa suya verdadera o presunta y haber truncado el derecho a los lamentos. Pero de ser así —privado incluso del consuelo de quejarse de la injusticia— Ciccio habría sido realmente demasiado infeliz. En aquel tiempo yo prefería creer que había hablado sin sentido, como por lo demás hacía en demasía cuando limosneaba.

A ciertas groseras indiscreciones sobre su desgracia, Ciccio respondía con una maraña de razones que desviaban la conversación. Cuando llegó de la ciudad la rubita, traída a escondidas y compartida durante dos días en la carnicería, el propio carnicero le explicó a Ciccio:

—Ya ves, Ciccio, deberías haber matado a tu mujer. Ahora también es una puta, como esta.

Pero Ciccio, con aire despierto dijo:

—Si la mujer peca, el placer es suyo y el pecado del hombre. Mientras aún sepamos divertirnos…

III

De noche llamaba al sueño sentándome en la playa y escuchando el chapoteo del mar en la oscuridad. A veces me quedaba en el hotel estudiando el plan de las obras o releyendo mis periódicos, y fumaba fantaseando sobre el traslado, que no podía tardar.

Una tarde regresaba inquieto de la playa al pueblo, cuando me llamó una voz. Me volví y entreví al obrero turinés sentado en un murete. Me sorprendió: sabía que su reglamento le prohibía salir a esas horas.

—¿Qué tal, Otino?

Me dio un cigarrillo y empezamos a pasear por la carretera flanqueada de olivares. Bajo el cielo fresco se olía el áspero perfume del campo en septiembre. El confinado no hablaba. Caminamos unos cincuenta metros, luego regresamos, pasando y repasando por delante de las casuchas donde él vivía.

—Es un buen sistema para estar en casa y tomar el aire, al mismo tiempo —dije finalmente.

El otro callaba; por lo que veía, con los labios apretados. Y miraba fijamente al suelo por donde caminaba.

—¿Le queda todavía mucho?

Tampoco esta vez me hizo caso, pero con una especie de esfuerzo, como si tuviera la garganta cortada, dijo sin mirarme:

—Le rompo la cabeza a alguien.

Me detuve, lo agarré de un brazo.

—¿Qué demonios ocurre?

Él se soltó y se paró.

—No lo digo por usted —farfulló adusto, huraño—. Las mujeres son unas cabronas. Yo aquí, como un fraile, y ella se deja follar.

—¿La de la postal? Pero si le escribe…

El mecánico me miró con odio.

—Era mi mujer.

Lo contemplé aterrado.

—Cuando estaba en chirona, venía todos los días a verme y lloraba y quería venirse conmigo. Pero ¿cómo iba a vivir aquí? Aquí no hay fábricas. Luego lo entendí y le escribí que viniera. No me contestó. En este momento está en la cama con alguien.

—Pero ¿no están…?

—Vivíamos juntos. —Se aclaró la garganta y yo miraba al suelo.

—Ya —dije luego, confuso.

Estábamos apoyados en el murete, donde el mecánico se sentaba antes. Las sombras recortadas de los olivos formaban un muro a nuestro alrededor. Mi compañero respiraba como si tuviera las costillas rotas. Luego saltó:

—Caminemos. —Seguimos andando, a buen paso.

—Pero que no le escriba —empecé en cierto momento— no quiere decir…

—Cuentos —cortó él—, ella no. No es una mujer como es debido. Incluso cuando yo estaba me tocaba volver a empezar todos los días. Nunca dejaba ver sus intenciones. No es que mandase en mí, no, pero era dura, dura. Solo me quedé tranquilo cuando la vi llorar. Durante dos años la he tenido. Ahora me la ha jugado.

Diciendo estas cosas, parecía atenazado. Dudaba entre hablar o callarse, y no podía contenerse. Los músculos tensos de la mandíbula le enflaquecían aún más la cara.

—¿Por qué no le escribe usted, Otino? Las chicas de Turín son amables. Verá como le contesta.

—Ella no. Hace seis meses le escribí que viniese enseguida, tres cartas le escribí. Ya ve la respuesta.

Siguió hablando en su guarida amueblada. Me aclaró que estaba confinado por haber metido a puñetazos la política en la cabeza de un fascista que cortejaba a aquella mujer. Tenía para cinco años y aún no había acabado el primero. Se quería dar de cabezazos contra las paredes.

—¿Por qué no pide un indulto? —pregunté, cauto.

—¿El indulto? Lo pediré —dijo mirando furioso la vela—. Lo pediré. Hay que… Total, me caerán veinte años —agregó seco—. Si vuelvo.

Lo miraba, incómodo. Había una mesa carcomida, cargada de periódicos enrollados, un plato sucio y la vela encendida, clavada en una botella. Una mezcla de olor a sudor, a humo y a cama oprimía aquella luz.

Él caminaba de un lado a otro. Desde el taburete donde me había sentado, lo escrutaba. Conocía aquel talante suyo brusco y taciturno. No sabía qué más decirle.

—¿Y no puede vivir sin esa chica? —aventuré por fin.

—¡Lo hago! —gritó—. Lo he hecho durante un año. —Y se apoyó en la pared—: Y lo haré aún más. Pero no quiero que ella pueda vivir sin mí. Ya lo sabe —prosiguió, seco—. Oiga, le hablo como amigo, aunque no lo seamos. Si tiene una chica, déjela preñada. Es la única manera de conservarla.

—Eso requiere calma.

IV

En el tedio de la jornada y del pueblo, la obsesión del confinado que paseaba sin tregua por su habitación o por la plaza, siempre solo, con los ojos fijos, me hacía compañía. Se dejaba ver poco —yo le recordaba su dolor—, pero bastaba un saludo a distancia o que alguien lo mencionara para advertir con un insólito vuelco del corazón que no estaba solo en aquella tierra abandonada, que alguien sufría como habría podido sufrir yo. La pena, casi un remordimiento, que la exasperación del confinado me infligía, me arrebató el último interés que pudiera sentir por aquella vida. Ahora anhelaba irme como de una isla desierta y, sin embargo, al acercarse el probable día de la despedida, me abandonaba cada vez más con amarga complacencia al ambiente desolador de aquel lugar.

Entre los hombres que abrían zanjas en la carretera, algunos habían corrido mundo sin hacer la menor fortuna, o disipándola. Me los encontraba de madrugada, unos pelanas, en el umbral del barracón que habíamos levantado en la cabeza del puente de la desembocadura, ya terminado. Fumaba con ellos en el aire frío, contra el bajo horizonte marino, aspirando húmedas bocanadas.

Los obreros parloteaban.

—Por la mañana en Niú Orleán me quedaba en cama con la mujer. El trabajo era poco y la vida era fácil. Maldita ocurrencia tuve al volver aquí.

—La fortuna es la fortuna. Si te pones a trabajar estás jodido.

—Pregúntaselo a Vincenzo Catalano, que fregaba los cascos de los vapores y dormía en el suelo con los negros.

—No hay que ser gilipollas. Quienes te joden son tus paisanos.

—Solo rodando mundo se vive bien.

—Basta con ir a la Alta Italia.

—Basta con no ser gilipollas.

—Había una avenida de palmeras a orillas del mar, donde una vez caminé de la mañana a la noche sin ver el final. Por la noche estaba aún en la ciudad y fue en aquel café donde encontré…

Ahora que el puente estaba acabado, me tocaba hacer de vigilante. Todo mi trabajo consistía en mirar cómo aquellos tres o cuatro encendían la caldera y clavaban los jalones. Junto a la caldera había una pita requemada. La bruma del alquitrán se mezclaba con el olor salobre de la playa y al ascender velaba un sol pálido, que hacía daño a la vista.

Entonces me alejaba poco a poco del mar, carretera desnuda arriba, entornando los ojos ante aquellas montañas desconocidas.

Carretera abajo me encontraba a veces con aldeanos montados en burros. Más pequeño que su amo, el animal trotaba paciente y pasaba a mi lado sin mirarme, mientras el aldeano se quitaba la gorra. Venía de aquellas laderas, silencioso, de una casucha secular o de una cabaña, y me escrutaba un instante con hoscas ojeras. Para alguno de ellos el mar era una incierta nube azul. A veces una rechoncha campesina vestida de castaño, cocida por el sol y por las arrugas, pasaba descalza con una cesta en la cabeza, o un cerdito atado a una cuerda, trotando con las tres patas libres. No me echaba una mirada: clavaba ante sí los ojos inmóviles.

Estos encuentros no me producían hastío. Esta era gente desconocida, que vivía su vida en su tierra.

Regresaba a los barracones, y los obreros me esperaban sentados, al haber surgido alguna dificultad que no era de su competencia resolver. Así llegaba el mediodía, y luego la noche y el día siguiente, y con octubre comenzó el diluvio.

Seguir asfaltando era imposible. Llovía tanto que parecía una cascada. Escribí a la empresa que ahorrara en mí y no malgastara el dinero, y me encerré días enteros en la tasca.

Una vez el carnicero me llevó aparte.

—Ingeniero, ponga diez liras y entre en la sociedad. El domingo escribo. La mercancía llega el miércoles, y hasta el viernes a cualquier hora que le apetezca llama con tres golpes y le espera el amor.

La rubita saltó del tren una tarde de viento y agua, el carnicero la tapó con un paraguas, otro le cogió el maletín, desaparecieron por la calleja oscura de detrás de la iglesia.

Todo el pueblo lo sabía, pero en la fonda se siguió hablando de ello solo entre los de confianza, alardeando el carnicero de que así encontraría algún otro cliente para Concetta. La alimentaban con carne y aceitunas, pero la tenían encerrada. Unos iban, otros venían. Yo fui la segunda tarde. En la tienda oscura entreví dos cabritos abiertos en canal colgando de los ganchos sobre un barreño. El carnicero acudió a mi encuentro, me abrió otra puerta carcomida y, apretándome la mano, me hizo entrar.

V

Sobre Concetta se discutió a menudo en la fonda. Unos la encontraban sosa, otros proponían volver a llamarla pronto.

—El caso es que en la ciudad estas chicas se cansan demasiado. Otra vez tiene que venir más descansada.

Les había impresionado especialmente el contraste entre el cutis oscuro y grasiento y la levedad exótica del cabello rubio.

—Viene de un cruce —explicó el barbero—. Creció en la inclusa. Son las mejores. Cuando yo estaba en Argel, fui con una árabe blanca como la leche, de cabello rojo. Decía que era hija de un marinero.

Yo blasfemaba para mis adentros, no me volverían a pillar. Y aquellas conversaciones póstumas tampoco me agradaban demasiado. Oír a hombres de otra tierra hablar de mujeres es envilecedor. Cambié de tema:

—¿Alguien ha visto al confinado?

—¡Más bajo! —silbó un jovenzuelo, bajando su cara hasta las nuestras—. ¡Bajísimo! Ayer llegó alguien de la comisaría a interrogarlo. Hay por medio un homicidio.

—Gentuza.

—¿A quién han matado?

—A nadie. No lo detuvieron. Querían solo aclaraciones. El crimen ocurrió en la Alta Italia.

—¿Qué saben ustedes?

—Yo lo vi anoche andando por la playa como un loco. No llevaba gorra y llovía.

Corrí a buscarlo. En su casa no estaba. Pregunté a los vecinos. Había salido de madrugada, como siempre. Regresé por la playa; encontré a Ciccio bajo una barca invertida, vendándose los pies.

Ciccio lo había visto.

—Se lo enseño. Con permiso.

Cruzamos el pueblo. La gente sentía curiosidad. Subimos dando la espalda a la ribera. En mitad de la ladera había un soportal que daba sobre los tejados de abajo. Al pie de una columna se sentaba Otino, mirando al suelo.

Alzó una cara fastidiada y doliente. Me hizo un ademán de saludo.

—¿Qué ha ocurrido, Otino?

—Lo que tenía que ocurrir.

Desde la otra columna, donde había corrido a sentarse, Ciccio me hizo el gesto de quien fuma. Lo mandé al infierno.

—He sabido que alguien de la comisaría…

—Todo acaba sabiéndose —dijo Otino, con aire sombrío. Luego miró a su alrededor y escrutó a Ciccio.

—Es un tonto que no entiende —solté—. Si quiere contármelo, puede hacerlo.

—¿El que se le escapó la mujer? Hay que ser un buen pelafustán para acabar así.

—Otino, llevo media hora buscándolo; me dijeron que estaba mal.

—¿Yo? —saltó—. ¿Yo? Una sola cosa —y destacó las palabras con labios descoloridos— se me ha atragantado: que ahora ya no podré hacerlo yo.

—¿Hacer qué? —balbucí.

—¡Déjelo ya! —me gritó a la cara—. Aquí las cosas se saben. ¿A qué viene fingir?

—Otino, se lo aseguro, puede creerme. He sabido que alguien de la comisaría le habló, pero no tengo la menor idea de lo que le ha dicho o de qué aclaraciones quería.

—Deme tabaco —dijo brusco. Alargué un cigarrillo; luego miré a Ciccio y le arrojé el suyo, que cogió al vuelo.

—Oiga, entonces. Mi mujer —e intentó esbozar una sonrisa—, mi mujer ha muerto a manos de un compañero de trabajo con el cual convivía desde hacía seis meses, y tenía relaciones desde hacía dos años. El que suscribe es interrogado porque trataba a la víctima, trataba, y podría arrojar luz sobre importantes precedentes. ¿Y sabe lo mejor? —soltó luego, agarrándome del brazo—. Le disparó siete tiros, todos en la cara.

Ya no intentaba reír. Hablaba con seca determinación, repitiendo las palabras como por obligación, sin que su tono de voz se alterase. Cuando hubo acabado, se quedó bamboleando la cabeza, mirando el cigarrillo aún intacto entre los dedos. Luego estalló. Apretó el cigarrillo en el puño y lo tiró con un rugido, como si arrojase también la mano.

Sentí el sobresalto en el brazo apresado. Soltándome dije bajito:

—Disculpe, Otino.

—Lo que se me atraganta es que ya no puedo hacerlo yo —gimió otra vez—. Desde hace dos años. —Y se cogió la cabeza entre las manos—. Desde hace dos años.

Me marché endurecido y acoquinado de aquel soportal abierto sobre el mar. Los dos que se quedaron no eran tipos de mucha compañía. Y, sin embargo, los vi unos días después, en la plaza, sentados en el largo tronco. No hablaban, pero estaban juntos.

Pasé los últimos días ganduleando incluso bajo la lluvia. Evitaba mirar el mar: estaba sucio, revuelto, pavoroso. El pueblo y los campos se habían como empequeñecido. Con unos cuantos pasos llegaba a cualquier sitio y regresaba insatisfecho. No podía más. Todos los colores estaban sumergidos y, con el mal tiempo, las montañas habían desaparecido. Ahora a aquel pueblo le faltaba también el fondo, que en el pasado había dado un horizonte a mis caminatas.

Solo quedó la colina, bien visible desde la ventana del hotel, entre la lluvia, la colina requemada con murallones blancosucios en lo alto: el pueblo antiguo. Con aquella visión en los ojos, una mañana en que como de ordinario la luz agonizaba, partí para mi destino.

Gafe*

Un día oí decir a la cajera:

—Ahí lo tienes, parece un enfermo. ¡Qué odioso es!

Y me volví muy sorprendido. Hablaban de mi compañero, que asomaba lentamente por la escalera con una brazada de libros. En el momento en que me volví solo emergía del suelo su cabeza calva; luego aparecieron los hombros encorvados, el largo guardapolvo gris, y Berto vino a dejar los libros que llevaba en rimero contra el pecho en el mostrador. Había en su cara una inmóvil tensión de angustia, como la de quien se esfuerza por no llorar, y sus ojos parecían extrañamente hundidos bajo los párpados, brillantes como el agua de un pozo.

—Y eso que no está casado —susurró el primer dependiente a la cajera, que tenía aún la boca encrespada por la mueca.

Me miró a mí, que los escuchaba, y me hizo un gesto. Acerqué la cabeza a sus cabezas inclinadas y me trajo a la memoria ciertas tardes cuando uno sale de la tienda a la tibieza primaveral. Nunca había estado tan cerca de aquella mujer, inalcanzable para mí, un simple mozo.

—Gigi nos está oyendo —dijo sonriendo.

—¿Tiene siempre esa cara en el almacén? —me preguntó el dependiente, sombrío.

—Pero, señor, todos tenemos una cara —respondí.

—Eres un muchacho despierto —prosiguió—. ¿No te dice qué le pasa, no se queja contigo? No hay derecho a mirar a la gente de ese modo sin un motivo.

—Yo un buen día reclamo —dijo la cajera.

—Si la tienda se hubiera incendiado o despidieran a alguien, diría que es gafe; pero no soy supersticioso —soltó el otro, preocupado—. ¿Tú qué dices, Gigi?

—A mí cuando pasa por delante me da repelús —silbó la cajera—. Temo que haya salido de la cárcel.

—Edad tiene: unos cuarenta años.

Yo nunca había tenido tales sospechas. Era entonces muy joven y poco propenso a estudiar las caras ajenas; y mucho menos la del silencioso Berto. Lo veía muy poco, porque yo andaba todo el día en bicicleta entregando pedidos. Las raras horas que pasaba en el almacén deshaciendo paquetes o buscando volúmenes para los dependientes, casi siempre veía a Berto de espaldas, vuelto hacia las estanterías, buscando con la cabeza inclinada a un lado. O bien cruzaba con pasos rápidos, como una sombra, mirándome sin decir nada. Si le gritaba algo, se daba la vuelta sobresaltado y me servía enseguida. Alguien avejentado, me parecía, quizá impotente. Una vez que regresé empapado de lluvia me lanzó una media sonrisa, estirando la cara y guiñando aquellos ojos distantes.

De veras parecía un enfermo, como decía la cajera. Pero un enfermo de fotografía, con expresión inmóvil y grabada indeleblemente encima. Hasta el amarillento malsano de las fotos viejas se vislumbraba a su alrededor, en la cansada reverberación de las bombillas baratas. Pero él ni siquiera se quejó nunca de esa tacañería del dueño, que hacía que nos doliera la frente al leer estanterías arriba, salvo con la muda desnudez de aquellos ojos, siempre a punto de llenarse de lágrimas. Una vez que me estaba desojando para encontrar un libro en un rincón, maldije aquel tinglado y encendí una cerilla. Berto vino corriendo y la apagó. Luego dijo, lleno de indignación, que había peligro de incendio.

Era la tarde en que me había enterado del disgusto de los dependientes. Miré a Berto y lo encontré repelente. Aquella cabeza pelada; la boca caída, enderezada a fuerza de muecas; y la piel toda arrugada, contraída, como por una fiebre congelada en los huesos o en el alma, me irritaron.

—¿Te duele la barriga, o qué? —le voceé enderezándome.

Berto me repitió con su voz apagada que no se podía encender, que él fumaría de buena gana en el almacén, pero que el dueño se lo había dicho muy clarito y tenía toda la razón. Se me escapó una risita y le expliqué que me refería de veras a una enfermedad: cólicos, gastritis, intestinos.

—¿O tienes purgaciones, tal vez? —concluí.

—Las tuve a tu edad —dijo Berto, vacilando—. Feo percance. Pero me curé bien.

—Y ahora, ¿qué te duele?

—¿Ahora? —El estupor, superponiéndose a la tensión habitual, le blanqueó aún más la cara. Movió los ojos—. No tengo nada. ¿Por qué? ¿Estoy mal?

Era sincero, con toda seguridad.

—Pareces un muerto, eso es lo que tienes. ¿Te pegan en tu casa?

La animación de Berto se desvaneció.

—Muchacho —dijo luego hablando bajito—, yo vivo solo. Hace mucho tiempo que nadie me pega. Habré cogido frío; soy viejo, por eso tengo mala cara.

Aquel modo serio y estupefacto de recibir las preguntas me impidió continuar. Era como andar por la arena: mucha fatiga y poco camino. Pero no había mentido, no. Y, por lo demás, si se estudiaba un poco, en su rostro no se descubrían indicios de enfermedad. Habría sido preciso un dolor lancinante, continuo, para contraerle la boca de aquel modo y hundirle los ojos tan a fondo. Y, además, ¿qué enfermo no aprovecha ávidamente una ocasión de quejarse? Lo de Berto era más bien desolación, como la que aparece en la cara de un niño mimado a punto de llorar. También yo empezaba a sentirme malo en su presencia. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Al día siguiente, al subir a buscar un paquete, aproveché un momento en que dos clientas pelmas preguntaron por el dueño para no sé qué lío, y me acerqué al primer dependiente que las miraba lívido y correcto.

—Parece que no está enfermo —le murmuré, orgulloso de la confidencia.

—¿Qué? ¿Quién? —me acosó él.

—Berto —dije intimidado.

—¡Al diablo! La culpa de que no salgan los pedidos es de ustedes. Al mirarles a la cara, uno se olvida de los libros. ¿Qué hacen siempre ahí abajo?

Me escabullí como pude. La cajera, en cambio, a mediodía, me llamó muy amable en el pasillo y, poniéndose el sombrero, me dijo que si no podría subir los libros yo solo.

—Tú, Gigi, eres más rápido; y además en la tienda hacen falta personas de buena presencia. ¿Cómo se puede soportar a ese viejo imbécil? —Y agregó, agitándose toda—: Lo veo incluso de noche, a oscuras, como un fantasma.

Le respondí que yo encantado de servir los libros, pero que cuando andaba de recados tenía que hacerlo Berto. La guapa Luisa se marchó sonriendo.

Durante varios días, después de la tarde de la cerilla, no vi mucho a mi colega. Ahora nos despedíamos a la salida, y a menudo notaba aquellos ojos sobre mí y, al encontrarlos, recibía una penosa sonrisa. Esa mueca suya me alarmaba y me provocaba un malestar casi físico. Subyacía siempre aquella angustia cobarde, aquella despiadada soledad de los ojos. ¿Cómo se colorearía el mundo a través de aquellos ojos?

Una tarde salimos juntos; ya era de noche y yo, exaltado por una brisa que traía olor a nieve, invité a Berto a sentarnos y tomar un trago en una taberna. Recuerdo que al doblar la esquina Berto alzó la cabeza hacia el gran edificio de la Central, que al anochecer ensartaba hasta el cielo innumerables ventanas iluminadas, y dijo deteniéndose:

—Cuánta gente trabajando. Esos estarán toda la noche.

—¿Y tú qué haces por la noche?

—Me meto en la cama a leer. No tengo otras satisfacciones.

Ya sabía qué leía. Casi todas las tardes, me había dado cuenta unos días antes, al salir se metía en el bolsillo interior del gabán algún libro, que reponía con furtiva delicadeza a la mañana siguiente. Unas veces era un manual de historia, con más frecuencia una novela. Por lo demás, yo sospechaba que la cajera hacía lo mismo. En la taberna bebí un cuartillo y Berto tomó café. Eso me calentó un poco la sangre y olvidé el malestar de su presencia. Le expuse mis proyectos, mi aspiración a convertirme en primer dependiente, y confesé que, mientras, me contentaría con llevar a la cajera a la colina.

Berto escuchaba con su habitual mueca de sufrimiento.

—Eres joven —me dijo—. Tienes mucho tiempo; hasta puedes convertirte en propietario. Olvídate de la cajera: por bien que te salga, una mujer no puede darte más que hijos. Tienes mucho tiempo por delante. Ahora piensa en ganar dinero.

—Y a ti, ¿qué te han hecho las mujeres? —le pregunté.

Apretando los ojos como si quisiera sonreír, Berto respondió gravemente:

—Nada. —Luego repitió—: Nada. Y ojalá te ocurra lo mismo, Gigi. A muchos les hacen daño. Piensa que solo hay una mujer apropiada para cada hombre, y no siempre se la encuentra.

—¿Solo una? —dije preocupado.

—Pero somos injustos —continuó Berto—. A las mujeres les pasa lo mismo. ¿Qué les damos nosotros a las mujeres? Muchos las maltratan.

—Yo no —repliqué.

En resumen, aquella tarde la figura de Berto se me veló de niebla, y al dejarlo hasta le di la mano. Pero ya por la noche, dormitando, experimentaba una vaga aprensión por haberme mostrado tan abierto ante aquellos ojos muertos. Al amanecer recordé con un estremecimiento que su mueca angustiosa la había visto en mi propia cara, reflejada en un escaparate, una vez que de niño mi padre me echó de casa chillando y dando patadas. Luego había encontrado trabajo y había vuelto a casa, pero todavía recordaba temblando tamaña aventura. Los pensamientos que había tenido entonces —el más alegre había sido tirarme al río— volvieron a mi mente. Ahora bien, Berto tenía justamente la cara de quien se ha tirado. Y aún lo lamenta. Siempre, de la mañana a la noche.

Al día siguiente había nuevas remesas que subir a la tienda y los dos íbamos y veníamos con grandes brazadas de libros, vigilados por el primer dependiente. Durante toda la mañana este anduvo con los nervios de punta y a Berto en especial no le dejaba pasar ni una. Yo me escurría en silencio y noté que, a la primera aparición del pobrecillo, un dependiente próximo a la caja se rebuscó en el bolsillo de los pantalones con vigor y le dijo algo a la guapa Luisa. Esta soltó una risita y luego le echó una ojeada resentida a Berto, que se tambaleaba bajo su carga. El dueño asomaba la cabeza de vez en cuando por su cubículo y volvía a meterse en él satisfecho.

A eso del mediodía hubo un momento de respiro, y el primer dependiente me llamó para encargarme unos mandados.

—Berto es un buen hombre, ¿sabe? Debe de haberlo dejado plantado su mujer —dije con desenvoltura.

El otro me miró fijamente.

—Que lo haya plantado quien quiera, pero trata mal los libros.

—¡Cómo! Si los lee nuevecitos, sin hacerles un doblez… —dije.

—¿Cuándo lee?

Me mordí la lengua.

—No sé…, en el almacén, un vistazo, en los ratos libres. También yo leo algo.

—¿Qué? ¿Es que los dependientes leemos durante la venta? ¡Ah! ¡Por eso no subís cuando se os llama! Que sea la última vez.

—No, hombre, no es eso. Berto no pierde el tiempo. Y yo habré leído tres páginas en dos meses. Solamente me ha dicho que le gusta la lectura.

—Pero no compra libros —concluyó, sombrío.

Pasé toda esa tarde por la ciudad repartiendo paquetes. Saltaba a la bicicleta y a correr. Era un trabajo sin futuro, como el de mozo de carnicero, y a veces humillante, pero hoy quisiera volver a aquellas escapadas a tumba abierta por las calles más dispares, siempre alegre e irresponsable. A veces llegaba a avenidas lejanas, tranquilas, donde no había estado nunca, y hacía tales sprints por el asfalto que no me parecía que aquello fuera trabajar. Luego regresaba despreocupado, serpenteando a paso de hombre, y miraba a las chicas y terminaba el pitillo. Me pagaban por aquello.

Por la tarde regresé cuando ya había oscurecido. Había lucido un poco el sol en la ciénaga helada de las calles, y casi no sentía los dedos en el manillar. Entré en la tienda cuando la estaban cerrando.

Encontré al primer dependiente, muy seco, paseando con aire ofendido por delante de la caja, donde la guapa Luisa se dedicaba a examinarse las uñas. Del cubículo de dirección llegó una voz colérica:

—¿Sabe que lo suyo es casi un robo?

Crucé miradas con los otros dos dependientes, quienes me hicieron con las manos el gesto de quien se va. Creí que lo decían por mí y me flojearon las piernas. Eché otro vistazo alrededor y nadie se movía. Entonces crucé toda la sala, levantando la bici sobre el parquet, y bajé al almacén. La luz estaba ya apagada.

Me quedé a oscuras, indeciso, hasta que ya en el último peldaño oí cómo la voz histérica gritaba:

—¡Váyase, le digo! Y deje de mirar de ese modo.

Viaje de bodas*

I

Ahora que, a fuerza de cardenales y remordimientos, he comprendido cuán necio es rechazar la realidad a cambio de fantasías y pretender recibir cuando no se tiene nada que ofrecer, ahora Cilia está muerta. A veces pienso que, resignado al trabajo y a la humildad como vivo ahora, sabría adaptarme con gozo a aquel tiempo, si volviera. O quizá sea esta otra de mis fantasías: maltraté a Cilia cuando era joven y nada debía agriarme, la maltrataría ahora por la amargura y el malestar de una mísera conciencia. Por ejemplo, aún no me ha quedado claro del todo en estos años si de veras la quería. Ahora la echo de menos, no cabe duda, y la hallo en el fondo de mis pensamientos más íntimos; no pasa un día sin que hurgue dolorosamente en mis recuerdos de aquellos dos años, y me desprecio por haberla dejado morir, sufriendo más por mi soledad que por su juventud; pero —lo que importa— ¿la quise de veras, entonces? Ciertamente no del modo sereno y consciente que se debe amar a una mujer.

En verdad, le debía demasiadas cosas, y no sabía corresponder sino con ciegas sospechas sobre sus motivos. Y por suerte mi innata ligereza no supo hundirse en estas turbias aguas, y entonces me contentaba con una instintiva desconfianza y negaba peso y cuerpo a ciertos pensamientos sórdidos que, acogidos en el fondo del alma, me la hubieran envenenado del todo. De todas formas, ciertas veces me preguntaba: ¿por qué se habrá casado Cilia conmigo? No sé si lo que me proponía la pregunta era la conciencia de una recóndita valía mía, o de una profunda ineptitud; el caso es que cavilaba.

No cabía duda de que era Cilia quien se había casado conmigo, no yo con ella. Aquellas tardes de abatimiento transcurridas en su compañía paseando sin tregua por las calles, llevándola del brazo, fingiendo desenvoltura, proponiendo en broma saltar juntos al río —no daba yo mucha importancia a estas ideas, porque estaba acostumbrado— la trastornaron y la enternecieron, tanto que, de su sueldo de dependienta, quiso ofrecerme una pequeña suma para sostenerme mientras buscaba un trabajo mejor. No quise el dinero, pero le dije que me bastaba con encontrarme con ella por la tarde, aunque no fuéramos a ningún sitio. Así fuimos resbalando. Empezó a decirme con mucha dulzura que me faltaba una compañía digna con la cual vivir. Y que yo daba demasiadas vueltas por las calles, y que una mujer enamorada habría sabido arreglarme una casita tal que, solo con entrar en ella, me pondría alegre, por cansado o disgustado que me hubiera dejado el día. Traté de contestar que ni siquiera solo apenas lograba salir adelante, pero sabía bien que esa no era la razón.

—Entre dos se ayudan —dijo Cilia— y ahorran. Basta con quererse un poco, Giorgio.

Yo estaba cansado y abatido esas tardes, Cilia era cariñosa y seria, con el bonito abrigo que se había hecho ella y el bolso agrietado. ¿Por qué no darle aquella alegría? ¿Qué mujer más apropiada para mí? Conocía el trabajo, conocía las privaciones, era huérfana de obreros; no le faltaba un talante activo y grave, más que el mío, de eso estaba seguro.

Le dije divertido que si me aceptaba brusco y haragán como era me casaría con ella. Estaba contento, aliviado por el calor de la buena acción y por el valor que descubría en mí.

—Te enseñaré francés —le dije.

Ella me respondió riendo con sus ojos humildes y colgándose de mi brazo.

II

En aquellos tiempos me creía sincero y puse también en guardia a Cilia sobre mi pobreza. Le advertí que apenas ganaba para vivir al día y que no sabía lo que era un sueldo. El colegio donde enseñaba francés me pagaba por horas. Un día le dije que, si pretendía alcanzar una posición, debía buscar a otro. Cilia me ofreció enfurruñada seguir trabajando de dependienta.

—Sabes perfectamente que no quiero —rezongué.

Con estas disposiciones nos casamos.

Mi vida no cambió sensiblemente. Cilia ya había venido antes algunas tardes a estar conmigo en mi cuarto. El amor no fue una novedad. Cogimos dos habitaciones atestadas de muebles; el dormitorio tenía una ventana clara, a la que acercamos la mesa con mis libros.

Cilia sí se convirtió en otra. En mi fuero interno, había temido que una vez casada mostrara un vulgar desaliño que me imaginaba que su madre había tenido, y en cambio la encontré incluso más atenta y fina que yo. Siempre arreglada, siempre aseada; hasta la pobre mesa que me preparaba en la cocina tenía la cordialidad y la atención de aquellas manos y aquella sonrisa. Su sonrisa, en efecto, se había transfigurado. Ya no era la de la dependienta que hace una escapada, entre tímida y maliciosa, sino el trepidante aflorar de una íntima alegría, sosegada y solícita a la vez, seria, sobre la flaca juventud del rostro. Yo experimentaba una sombra de resentimiento ante aquella señal de una alegría que no siempre compartía. Se ha casado conmigo y se lo pasa en grande, pensaba.

Solo por la mañana, al despertarme, mi corazón estaba sereno. Volvía la cabeza de su lado, en la tibieza, y me acercaba a ella, que dormía o lo fingía, y le soplaba en el cabello. Cilia, riendo soñolienta, me abrazaba. Tiempo atrás, en cambio, mis despertares solitarios me helaban y me dejaban acoquinado mirando el tenue resplandor del alba.

Cilia me amaba. Una vez levantada, para ella se iniciaba una nueva alegría: moverse, poner la mesa, abrir ventanas, mirarme a hurtadillas. Si me sentaba a la mesa, andaba a mi alrededor con cautela para no molestar; si iba a salir, me seguía con la mirada hasta la puerta. A mi regreso, se ponía en pie con rapidez.

Había días en que no volvía a casa de buen grado. Me crispaba pensar que inevitablemente la encontraría esperándome —aunque ya sabía simular desinterés—, que me sentaría a su lado, que le diría más o menos las mismas cosas, o a lo mejor nada, y que nos miraríamos incómodos, y sonreiríamos, y lo mismo al día siguiente, y lo mismo siempre. Bastaba un poco de niebla o un sol gris para empujarme a tales pensamientos. Otras veces era una límpida jornada de aire claro o un destello de sol sobre los tejados o un perfume en el viento el que me envolvía y arrobaba y me rezagaba por las calles, reacio ante la idea de no estar ya solo y no poder vagabundear hasta la noche y comisquear en una taberna al final de una avenida. Con lo solitario que siempre había sido, no traicionarla ya me parecía hacer mucho.

Mientras aguardaba en casa, Cilia se había puesto a zurcir y ganaba algo. El trabajo se lo daba una vecina, una tal Amalia, de unos treinta años, que una vez nos invitó a comer. Vivía sola, debajo de nosotros; poco a poco cogió la costumbre de subir a trabajar con Cilia, y pasaban juntas las tardes. Tenía la cara desfigurada por una quemadura horrible, que se había hecho de pequeña al caerle en la cabeza una olla hirviendo, y dos ojos tristes y tímidos, llenos de deseos, que cedían bajo las miradas, como para disculpar con su humildad sus rasgos deformados. Era una buena chica. Le dije a Cilia que me parecía su hermana mayor y bromeé y le pregunté si, de abandonarla yo un buen día, se iría a vivir con ella. Cilia me concedió traicionarla con Amalia si quería, pero si lo hacía con otra, ¡ay de mí! Amalia me llamaba señor y se mostraba tímida en mi presencia, algo que a Cilia le daba una alegría loca y a mí me halagaba una pizca.

III

El escaso bagaje de estudios que ha sustituido malamente en mí la práctica de un oficio, y que es la raíz de muchas de mis aberraciones y malas acciones, podía haber resultado un buen medio de comunión con Cilia si no hubiese sido por mi inconsistencia. Cilia era muy despierta y deseaba saber cuanto yo sabía, porque, como me quería, se sentía culpable de no ser digna de mí y no se resignaba a ignorar nada de lo que yo pensase. Quién sabe, si yo hubiera logrado darle esa pobre alegría quizá habría comprendido en la tranquila intimidad de la ocupación común cuán digna era ella, y hermosa y real nuestra vida, y quizá Cilia viviría aún a mi lado, con aquella sonrisa que en dos años helé en sus labios.

Comencé con entusiasmo, como siempre hago. La cultura de Cilia consistía en unas cuantas novelas por entregas, las crónicas del periódico y una dura y precoz experiencia de la vida. ¿Qué debía enseñarle? De momento ella habría querido aprender francés, un idioma que, quién sabe cómo, ya sabía un poco y que, sola en casa, consultaba en mis diccionarios; pero yo aspiré a más y pretendí enseñarle cabalmente a leer, a entender los mejores libros, algunos de los cuales —mi tesoro— tenía en la mesa. Me lancé a explicarle novelas y poesías, y Cilia hizo lo que pudo por seguirme. Nadie me supera en reconocer lo que de hermoso y exacto tiene una fábula, un pensamiento, y en decirlo con frases encendidas. Me esforzaba por hacer que sintiera la frescura de páginas antiguas, la verdad de todos aquellos sentimientos, experimentados cuando ni yo ni ella estábamos siquiera en el mundo; y cuán bella y distinta ha sido la vida para tantos hombres y en tantas épocas. Cilia me escuchaba atenta, me hacía preguntas y a menudo me ponía en aprietos. A veces, mientras andábamos por la calle o cenábamos en silencio, ella emitía una voz cándida para pedirme que le aclarara ciertas dudas, y un día que le respondí sin convicción o con impaciencia —no recuerdo— se le escapó la risa.

Me acuerdo de que mi primer regalo de casado fue un libro, La hija del mar. Se lo hice un mes después de la boda, precisamente cuando empezamos las lecturas. Hasta entonces no le había comprado ni cacharros ni ropa, porque éramos demasiado pobres. Cilia se puso muy contenta y forró el volumen, pero no lo leyó nunca.

Con nuestros escasos ahorros íbamos alguna vez al cine, y Cilia se divertía de veras. Le gustaba también porque podía apretarse contra mí y pedirme de vez en cuando explicaciones, que sabía entender. Nunca quiso que Amalia viniera con nosotros al cine, aunque una noche esta le pidió permiso. Nos habíamos conocido en un cine, me decía, y en aquella dichosa oscuridad teníamos que estar solos nosotros.

La creciente frecuencia de Amalia en casa y mis merecidas desilusiones pronto me hicieron que descuidara, y luego abandonara, las lecturas educativas. Ahora, cuando me daba la vena cordial, me contentaba con bromear con las dos muchachas. Amalia perdió parte de su apocamiento y una noche que regresé del colegio muy tarde y nervioso llegó a clavarme en la cara su tímida mirada con un relámpago de desconfiado reproche. A mí me desazonó aún más la horrenda cicatriz de aquel rostro. Intenté malignamente hallar sus rasgos desfigurados, y, una vez solos, le dije a Cilia que a lo mejor Amalia de pequeña había sido parecida a ella.

—Pobrecilla—soltó Cilia—, gasta todo el dinero que gana en intentar curarse. Espera encontrar marido.

—¿Es que las mujeres no saben hacer otra cosa que buscar marido?

—Yo ya lo he encontrado —sonrió Cilia.

—¿Y si te hubiera ocurrido como a Amalia? —reí burlón.

Cilia se acercó a mí.

—¿No me querrías? —preguntó, balbuciendo.

—No.

—Pero ¿qué te pasa esta noche? ¿Te disgusta que Amalia venga por casa? Me da trabajo y me ayuda.

Me pasaba que aquella noche no podía dejar de pensar que también Cilia era una Amalia y las dos me disgustaban, y yo mismo me daba rabia. Miraba a Cilia con ojos duros y su ofendida ternura me apiadaba y me irritaba. Había visto en la calle un marido con dos niños sucios en brazos, y detrás una mujercita marchita, su esposa. Me imaginé a Cilia vieja, desfigurada, y se me hizo un nudo en la garganta.

Fuera había estrellas. Cilia me contemplaba silenciosa.

—Voy a dar un paseo —le dije con una fea sonrisa, y salí.

IV

No tenía amigos y a veces me daba cuenta de que Cilia era toda mi vida. Al cruzar las calles pensaba en eso, y me dolía no ganar lo bastante para pagarle mi deuda con comodidades y no tener que avergonzarme más al volver a casa. No derrochaba nada de nuestros ingresos —ni siquiera fumaba— y, orgulloso de ello, consideraba asunto mío al menos mis pensamientos. Pero ¿qué hacer con estos pensamientos? Regresaba a casa paseando, miraba a la gente, me preguntaba cómo muchos lograban la fortuna, y anhelaba cambios y extraños azares.

Me paraba en la estación y escrutaba el humo y la agitación. Para mí la fortuna era siempre la aventura remota, la partida, el barco sobre el mar, la entrada en el puerto exótico entre fragor de metales y gritos, la eterna quimera. Una noche me detuve aterrado, comprendiendo de pronto que si no me apresuraba a hacer un viaje con la Cilia joven y enamorada, después una mujer ajada y un crío chillón me lo impedirían para siempre. Si apareciese de verdad dinero, reflexioné. Con dinero se hace todo.

Hay que merecer la fortuna, me decía, aceptar las cargas de la vida. Me he casado, pero no deseo un hijo. Por eso soy mezquino. ¿Será cierto que con un hijo viene la fortuna?

Vivir siempre absorto en uno mismo es deprimente, porque el cerebro habituado al secreto no se atreve a soltar tonterías inconfesables, que mortifican a quien las piensa. Mi aptitud para las sospechas recelosas no tenía otro origen.

A veces fantaseaba mis sueños incluso en la cama. Ciertas noches sin viento, inmóviles, me sorprendía de improviso el silbido remoto y brusco de un tren, y hacía que me estremeciera pegado a Cilia, a la vez que me despertaba de mis desasosiegos.

Una tarde que pasaba apresuradamente por delante de la estación, me topé de pronto con una cara conocida y me gritó un saludo. Malagigi: diez años sin verlo. Estrechándonos las manos, nos paramos a festejarnos. Ya no era sucio y maligno, demonio de manchas de tinta y complots en el retrete. Lo reconocí por su risa.

—Malagigi, ¿aún estás vivo?

—Vivo y contable. —La voz ya no era la suya. Me hablaba un hombre—. ¿Te marchas tú también? —me preguntó enseguida—. Adivina adónde voy. —Mientras tanto recogió del suelo una maleta de cuero, a juego con el claro impermeable y la elegancia de la corbata, y me cogió del brazo—. Acompáñame al tren. Voy a Génova.

—Tengo prisa.

—Luego me marcho a China.

—¡No!

—Todos igual. ¿No se puede ir a China? ¿Qué tenéis contra China? En vez de desearme suerte… Podría no volver. ¿Tú también eres como una mujer?

—Pero ¿a qué te dedicas?

—Me voy a China. Entra, vamos.

—No, no puedo. Tengo prisa.

—Pues entonces ven a tomar un café. Eres el último del que me despido.

Tomamos café en la estación, en la barra, mientras Malagigi me informaba inquieto, a saltos, de su destino. No estaba casado. Había tenido un hijo que nació muerto. Había dejado la escuela después que yo, sin acabar los estudios. Había pensado en mí una vez al repetir un examen. Su escuela había sido la lucha por la vida. Todas las empresas se lo disputaban. Hablaba cuatro lenguas y lo mandaban a China.

Insistiendo en la prisa que no tenía, irritado y descompuesto, me libré de él. Llegué a casa aún agitado por el encuentro; en mi interior brincaban convulsos pensamientos por el inesperado regreso de la adolescencia descolorida, con la exaltante impertinencia de aquel destino. No es que envidiase a Malagigi o me agradase, pero la repentina superposición sobre un recuerdo gris, que había sido también el mío, de aquella intensa y absurda realidad, malamente entrevista por mí, me atormentaba.

La habitación estaba vacía, porque ahora Cilia bajaba a menudo a trabajar con la vecina. Me quedé un rato meditando en la oscuridad apenas velada por el resplandor azulado del hornillo de gas, sobre el cual hervía quieta la olla.

V

Muchas tardes transcurrieron así, solo en el cuarto, esperando, dando vueltas o tirado en la cama, absorto en aquel intenso silencio del vacío que la neblina del crepúsculo llenaba y mitigaba poco a poco. Los rumores de la calle o más lejanos —vocerío de chiquillos, fragores, chillidos de pájaros y alguna voz— apenas me llegaban. Cilia pronto advirtió que no me ocupaba de ella al volver y alargaba la cabeza, sin dejar de coser, desde el pisito de Amalia para oírme pasar y llamarme. Yo entraba con indiferencia —si me oía— y decía algo, y una vez le pregunté en serio a Amalia por qué no subía a nuestra casa, donde había mucha luz, y nos obligaba a mudarnos todas las noches. Amalia no dijo nada y Cilia, desviando la vista, se ruborizó.

Una noche, por contarle algo, le hablé de Malagigi y la hice reír, feliz, con aquel estrambótico tunante. Pero me quejé de que él hiciera fortuna y fuera a China.

—A mí también me gustaría —suspiró Cilia— que fuésemos a China.

Hice una mueca.

—Quizá en una fotografía, si se la mandamos a Malagigi.

—¿Y para nosotros no? —preguntó—. Giorgio, aún no tenemos una fotografía juntos.

—Dinero tirado.

—Hagámonos una fotografía.

—No vamos a separarnos. Ya estamos juntos día y noche. A mí no me gustan.

—Estamos casados y no tenemos un recuerdo. Hagámonos una.

No contesté.

—Costará poco. La guardaré yo.

—Háztela con Amalia.

A la mañana siguiente, Cilia, de cara a la pared, con el cabello sobre los ojos, no quería mirarme. Después de unas cuantas carantoñas advertí que se resistía y salté de la cama fastidiado. También Cilia se levantó y, tras lavarse la cara, me dio el café con reservada calma, bajando la mirada. Me marché sin decir nada.

Regresé al cabo de una hora.

—¿Cuánto hay en la cartilla? —voceé.

Cilia me miró sorprendida. Estaba sentada a la mesa con aire desalentado.

—No lo sé. La tienes tú. Trescientas liras, creo.

—Trescientas quince con sesenta. Ahí las tienes. —Y dejé el rollo sobre la mesa—. Gástalas como quieras. Vámonos de juerga. Son tuyas.

Cilia se levantó y vino hacia mí.

—¿Por qué haces esto, Giorgio?

—Porque soy un estúpido. Oye, no tengo ganas de hablar. El dinero, cuando se tiene poco, no importa. ¿Sigues queriendo la fotografía?

—Pero, Giorgio, quiero que estés contento.

—Estoy contento.

—Te quiero.

—Yo también. —Le cogí un brazo, me senté y la atraje sobre mis rodillas—. La cabeza aquí, ea. —Y puse la voz mimosa de la intimidad. Cilia no decía nada y apoyaba su mejilla en la mía—. ¿Cuándo vamos?

—No importa —susurró.

—Pues entonces, oye. —Le cogí la nuca y le sonreí. Cilia, todavía palpitante, me abrazaba el hombro y quiso besarme—. Cariño. Razonemos. Tenemos trescientas liras. Demos una patada a todo y hagamos un viajecito. Pero enseguida. Ahora. Si lo pensamos, nos arrepentiremos. No se lo digas a nadie, ni a Amalia. Estaremos fuera solo un día. Será el viaje de bodas que no hemos hecho.

—Giorgio, ¿por qué no lo quisiste hacer entonces? Decías que era una tontería.

—Sí, pero esto no es un viaje de bodas. Ves, ahora nos conocemos. Somos como amigos. Nadie sabe nada. Y, además, lo necesitamos. ¿Tú no?

—Claro, Giorgio, estoy contenta. ¿Adónde vamos?

—No lo sé, pero pronto, ¿eh? ¿Quieres que vayamos al mar? ¿A Génova?

VI

Ya en el tren mostré cierta preocupación, y Cilia, que cuando salimos trataba de hacerme hablar y me cogía la mano y no cabía en sí, al encontrarme tan receloso comprendió y se puso a mirar con una mueca por la ventanilla. Yo contemplaba en silencio el vacío y escuchaba en el cuerpo el traqueteo cadencioso de ruedas y engranajes. Había gente en el vagón, en la que apenas me fijaba; a mi lado escapaban prados y colinas; enfrente Cilia, doblada sobre el cristal, también parecía escuchar algo, pero a ratos esbozaba una sonrisa con ojos fugaces. Me espió así, largamente.

Llegamos de noche, y encontramos refugio en un gran hotel silencioso, oculto entre los árboles de una avenida desierta. Pero antes subimos y bajamos en una eternidad de tortuosas búsquedas. Hacía un tiempo gris y fresco, que daba ganas de pasear sintiendo el aire en la cara. Cilia, en cambio, se colgaba de mi brazo muerta de cansancio, y me alivió mucho encontrar donde sentarnos. Habíamos vagado por muchas calles deslumbrantes, por muchas callejas oscuras con el corazón en un puño, sin llegar nunca al mar, y la gente no se fijaba en nosotros. De no haber sido por la tendencia a salirnos de las aceras y por las miradas ansiosas de Cilia a transeúntes y casas habríamos parecido una pareja de paseo.

Aquel hotel nos iba: ninguna elegancia, un mozalbete huesudo comiendo arremangado en una mesita blanca. Nos acogió una mujer alta y desdeñosa, con un collar de coral sobre el pecho. Me alegré de sentarme porque, de todos modos, pasear con Cilia no me dejaba concentrarme en lo que veía o en mí mismo. Preocupado y molesto, tenía que llevarla a mi lado y responderle al menos con gestos. Ahora bien, yo quería —quería— contemplar, conocer, solo yo, la ciudad desconocida; había ido adrede.

Esperé abajo, tembloroso, encargando la cena, sin siquiera subir a ver la habitación y a discutir también yo. Aquel mozalbete me llamaba la atención, bigote rojizo, mirada nublada y solitaria. En el antebrazo debía de tener, descolorido, un tatuaje. Se marchó tras recoger una remendada chaqueta azul claro.

Cuando cenamos era medianoche. En nuestra mesita Cilia se rió mucho del aire altanero de la dueña.

—Nos creen recién casados —balbució. Luego, con ojos cansados y tiernos, preguntó, acariciándome la mano—: Lo somos, ¿verdad?

Nos informamos de dónde estábamos. Teníamos el puerto a cien pasos, al fondo de la avenida.

—Figúrate —dijo Cilia.

Tenía sueño, pero quiso dar ese paseo.

Llegamos a la barandilla de una terraza con el aliento entrecortado. Era una noche serena pero oscura, y las farolas hacían aún más profundo aquel fresco abismo negro que teníamos delante. No dije nada y aspiré estremecido el perfume salvaje.

Cilia miraba a su alrededor y me indicó una hilera de luces, trémulas en el vacío. ¿Una nave? ¿El muelle? De la oscuridad llegaban lábiles efluvios, rumores, ligeros chapoteos.

—Mañana —dijo extasiada—, mañana lo veremos.

De regreso al hotel, Cilia se apretaba tenazmente contra mi costado.

—Qué cansada estoy, Giorgio, qué bonito. Mañana. Estoy contenta. ¿Estás contento? —Y me restregaba la mejilla sobre el hombro.

Yo casi no la sentía. Caminaba con las mandíbulas apretadas, respiraba, me acariciaba el viento. Estaba inquieto, lejos de Cilia, solo en el mundo. A la mitad de la escalera le dije:

—No tengo aún ganas de dormir. Sube tú. Voy a dar una vuelta por el paseo y regreso.

VII

Y también aquella vez fue lo mismo. Todo el daño que le hice a Cilia y por el cual me entra aún hoy un desolado remordimiento, en la cama, de madrugada, cuando no puedo hacer nada ni huir, todo ese daño yo ya no podía evitarlo.

Lo hice todo siempre como un necio, un bobo, y solo me fijé en mí mismo al final, cuando hasta el remordimiento era inútil. Ahora vislumbro la verdad: me complací tanto en la soledad que atrofié todo sentido de relación humana y me incapacité para tolerar cualquier ternura y corresponder a ella. Cilia era un obstáculo para mí; simplemente no existía. Si por lo menos hubiera comprendido esto y sospechado cuánto daño me hacía a mí mismo mutilándome así, la habría podido resarcir con una inmensa gratitud, teniendo su presencia como mi única salvación.

Pero ¿ha bastado alguna vez el espectáculo de la angustia ajena para abrirle los ojos a un hombre? ¿O son menester, en cambio, sudores de agonía y la pena viva que se levanta con nosotros, nos acompaña por la calle, se acuesta a nuestro lado y nos despierta de noche siempre despiadada, siempre fresca y vergonzosa?

Bajo un alba neblinosa y húmeda, cuando la avenida estaba aún desierta, regresé entumecido al hotel. Encontré a Cilia y a la dueña en la escalera, riñendo a medio vestir, y Cilia lloraba. Cuando entré, la dueña, en bata, lanzó un chillido. Cilia se quedó inmóvil, apoyada en la barandilla; tenía una cara espantosa, deshecha, y todo el cabello y la ropa alborotados.

—Ahí lo tiene.

—¿Qué pasa, a estas horas? —pregunté, severo.

La dueña, apretándose el seno, empezó a vociferar. La habían despertado a medianoche, faltaba un marido: lloros, pañuelos destrozados, teléfono, comisaría. ¿Qué modos eran esos? ¿De dónde venía?

Yo no me tenía en pie y la miré ausente e irritado. Cilia no se había movido: solo respiraba hondo con la boca entreabierta, y su rostro alargado ardía.

—Cilia, ¿no has dormido?

No respondió. Lloraba inmóvil, sin pestañear, y tenía las manos unidas sobre el vientre, retorciendo el pañuelo.

—Fui a dar un paseo —dije, sombrío—. Me detuve en el puerto. —La dueña estuvo a punto de replicar, encogiéndose de hombros—. Bueno, no me he muerto. Y me caigo de sueño. Déjenme echarme en la cama.

Dormí hasta las dos, profundamente, como un borracho. Me desperté de pronto. La habitación estaba en penumbra; llegaban ruidos de la calle. Como por instinto, me quedé quieto: Cilia estaba sentada en un rincón, me miraba y miraba a la pared, se escrutaba las manos, estremeciéndose a veces.

Al rato susurré, cauto:

—Cilia, ¿estás de guardia?

Cilia alzó la mirada con brío. Aquella mirada trastornada de antes se le había congelado en la cara. Movió los labios para hablar, y no dijo nada.

—Cilia, no está bien eso de vigilar al marido —proseguí con vocecita burlona de niño—. ¿Has comido? —La pobrecilla negó con la cabeza. Entonces salté de la cama y miré el reloj—. A las tres y media sale el tren, Cilia, démonos prisa, que la dueña nos vea alegres.

—Luego, como no se movía, me acerqué a ella y le levanté el rostro sujetándole las mejillas.

—Oye —le dije mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—, ¿es por lo de anoche? Habría podido mentir, contarte que me había perdido, darte jabón. Si no lo hice es porque no me gustan los melindres. Quédate tranquila, he estado siempre solo. Tampoco yo —y la sentí sobresaltarse—, tampoco yo me he divertido demasiado en Génova. Pero no lloro.

Misoginia*

I

Aquel hotelito estaba bajo las montañas, en un recodo oscuro de la carretera. Giusto odiaba los grupos de excursionistas y servía en esos casos solo por equidad con su hermana. Por eso, al empezar el verano, se volvía cada vez más huraño.

Una noche desierta de octubre, el joven se sirvió un vaso de una botella mediada, bajó la lámpara y se sentó, con los pies en la mesa, a hojear un periódico atrasado. Echaba de menos a alguno de sus clientes habituales, para distraerse una horita.

—Si te quedas, cierra bien la puerta —dijo su hermana.

Luego se fue sin ganas escaleras arriba, suspirando.

Giusto se quedó solo con el vino y, mirando el periódico, pensó en sus cosas. Detrás del mostrador, los anaqueles de los licores crujían en la penumbra; a lo mejor eran demasiado viejos o corría por allí un ratón. De fuera solo llegaba el hálito de la oscuridad por la ventana entornada, y ni siquiera se sentía borbollar el torrente, porque el verano había acabado y en el fondo de los prados debía ahora de estancarse la niebla. Sin embargo, la paz era tan grande que se habría dicho que se oía estremecerse la hierba o rodar alguna piedra. Cuando al final un grillo se puso a cantar, Giusto se removió en su silla y cogió el vaso.

Harta ella y harto yo. ¿Trabaja demasiado? Que se case y así trabajará con motivo. Pero no la quiere ni un carretero.

Giusto se mojaba otra vez los labios cuando lo detuvieron unas pisadas en el patio y voces ahogadas. Recordó haber oído poco antes vibrar un coche en la distancia y alzó la mirada. Vislumbró un rostro humano en la ventana, alguien dijo «Sí, sí» deprisa, y la puerta se abrió.

Cogidos de la mano, se deslizaron dentro un jovencito flaco y circunspecto, todo hombros, y una morenita de ojos grandes, embutida en un impermeable claro. Los dos se detuvieron en el umbral, mirando a Giusto, en silencio. La mujer arrastraba una maleta, y el jovencito desgreñado se tocaba y volvía a tocar la frente.

—Buenas noches —dijo Giusto.

El jovencito dio un brinco y, sin avanzar, preguntó, agresivo, si había gasolina.

—¿Y dónde está el automóvil? —dijo Giusto.

El automóvil esperaba en la carretera. Se había parado solo. Había que darse prisa.

—No tengo gasolina —contestó Giusto con tranquilidad, mirando a la mujer de soslayo.

El jovencito palideció; Giusto lo vio cerrar un instante los ojos. Apareció un rostro exangüe bajo la frente huesuda. En cuanto a la mujer, se derrumbó sobre la maleta, mirando a su compañero como pendiente de aquel rostro.

—No digas nada, no nos digamos nada, Renato —exclamó precipitadamente, apretando los dientes—. ¿De quién es la culpa? Da igual, no digas nada. ¿Y ahora adónde vamos, Renato?

Giusto dirigió la mirada al hombre y lo encontró jadeante. Se le escapó una risita y preguntó por qué no pasaban la noche en el hotel.

—No podemos —farfulló la mujer—. ¿Y el coche? No podemos quedarnos aquí.

Giusto, resentido, masculló que después de todo no serían los primeros.

—Pero ¿y el coche?

—El coche vamos a empujarlo el señor y yo. ¿Está lejos? ¿De dónde vienen?

Tras muchas confusiones y réplicas, ambos admitieron que se dirigían a Francia.

—Estupendo. Mañana mandamos al primero que pase en bicicleta a buscar un bidón al pueblo, y solucionado lo de ustedes. Se van a donde quieran, pero si se quedan sin gasolina en las montañas otra vez, de esa no los saca nadie.

—¿Y no se puede ir ahora mismo al pueblo?

—Les he dicho que no, caray, los de la gasolinera duermen fuera.

—No le hagas caso, Renato, no le creas, solo quiere retenernos; vámonos.

El joven se había recobrado un poco mientras tanto. Cerró la puerta y se acercó al centro de la sala. Ofreció el doble de la pensión de una noche si le decía toda la verdad. ¿Se podía encontrar gasolina enseguida? Giusto estuvo a punto de escupirle en los pies, pero advirtió que el pobrecillo estaba furioso. La mujer, acurrucada, tampoco le quitaba la vista de encima, febrilmente. Negó con la cabeza y llamó a Tosca. Luego se puso en pie y dijo en voz alta:

—Hasta mañana, nada de gasolina. ¿Quiere que vayamos a buscar el coche?

Entonces la mujer, dando un salto, empujó con el pie la maleta hasta la pared y se aferró al brazo de su compañero, suplicando que no la dejara allí sola.

—Aquí está mi hermana —dijo Giusto—. Ahora baja. —Y acabó su vaso.

Durante todo el paseo, entre la negrura de los prados, Giusto no abrió la boca. Cuando encontraron el coche encendieron los faros y empezaron a empujarlo lenta y trabajosamente. Giusto no respondió a alguna observación que aventuró el otro, sino que rezongó que habría sido mejor, entre el coche y la chica, haberse olvidado de la chica.

De regreso, palpitantes y acalorados, encontraron la salita vacía. El sombrero de la mujer yacía en el suelo, junto a la maleta, y Giusto lo recogió. Se acercó a la escalera y oyó a las dos mujeres trajinar arriba.

—Somos nosotros —voceó.

—No contestan —dijo un instante después el joven.

Giusto lo tranquilizó y le preguntó si querían irse a dormir ya.

—¿A dormir?

—Me imagino —dijo Giusto, impaciente—. Naturalmente, si la señorita lo permite.

—Pobrecita —replicó el otro, con una mueca descarnada—. Pobrecita. No, no me voy a dormir. —Y se pasó una mano por el cabello.

Giusto fue despacio hasta el mostrador y cogió una botella. Sirvió dos copas e invitó al joven.

—Coñac —dijo chascando la lengua.

El otro bebió de un trago, con los ojos cerrados. Luego corrió escaleras arriba.

II

Giusto volvió a sentarse a la mesa, donde había tirado el periódico. Durante un instante le zumbaron los oídos; luego todo fue silencio, interrumpido apenas por algún roce y crujidos de pasos en el piso de arriba. En este hotel haría falta un perro, pensaba. La gente va y viene y nadie se ent

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