Masters of Sex

Thomas Maier

Fragmento

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Prefacio

 

 

 

 

«¿Qué es eso que llaman amor?»

COLE PORTER

 

 

El sexo, en todas sus gloriosas expresiones, siempre ha formado parte de la experiencia estadounidense en mis cuatro biografías, respectivamente las de Si Newhouse, Benjamin Spock, los Kennedy, y ahora también la de Masters y Johnson. Como me dijo una vez con impactante honestidad el doctor Spock, el experto superventas que crió a la generación del baby boom estadounidense, «¡Todo es sexo!». Ciertamente, con su poder y su trascendencia, el sexo es el motor de la evolución de las especies y la más íntima forma de expresión entre adultos.

La historia de William Masters y Virginia Johnson, posiblemente como ninguna otra, trata de los eternos misterios del sexo y el amor. Su vida pública supone una ventana sin parangón hacia la revolución sexual estadounidense y los cambios culturales históricos que nos acompañan hasta nuestros días, mientras que su relación privada refleja muchos de los deseos básicos, las tensiones y las contradicciones existentes entre los hombres y las mujeres. Entrevisté por primera vez al doctor Masters cuando se jubiló en diciembre de 1994, víctima ya de los primeros síntomas del Parkinson que lo llevaría a la muerte en 2001. Después de varias salidas en falso, obtuve la absoluta colaboración de Virginia Johnson en 2005, con numerosas horas de entrevistas, incluida una prolongada visita a su casa de Saint Louis. A pesar de la fama mundial, «éramos, sin duda, las dos personas más discretas sobre la faz de la Tierra», me confió Johnson. «Nadie nos conocía demasiado bien. La gente ha especulado mucho, pero no sabía nada».

Durante años, el trabajo de Masters y Johnson estuvo envuelto en una estricta confidencialidad que obedecía a su propio deseo de evitar el escrutinio público. Solo ahora, gracias a la buena disposición de muchos de los entrevistados y el acceso a sus cartas, documentos privados y las propias memorias inéditas de Johnson, podemos entender la relevancia de sus vidas y los tiempos que vivieron. A pesar del enorme conocimiento clínico que obtuvieron a resultas del mayor experimento sexual realizado en Estados Unidos (con cientos de hombres y mujeres y más de diez mil orgasmos), su historia versa más sobre lo elusivo e indefinible de los aspectos que afectan a la intimidad humana. Como muchos se preguntan hoy: «¿Qué es eso que llaman amor?».

 

T. M.

Long Island, Nueva York

Abril de 2009

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FASE UNO

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Gini de joven

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1
La chica de Golden

 

 

«A menudo comienza en el asiento trasero de un coche.
Es rápido y al grano. El asiento trasero
de un coche difícilmente proporcionará la posibilidad
de expresar la personalidad de uno.»

WILLIAM H. MASTERS

 

 

En la oscuridad, dos haces de luz mostraban el camino. Los penetrantes faros de un Plymouth hendían la impenetrable oscuridad de los campos de Missouri. Lentamente, el coche que llevaba a Mary Virginia Eshelman y su novio del instituto, Gordon Garrett, atravesaba la ruta 160, una vasta extensión de asfalto carente de alumbrado, donde solo las estrellas y la luna iluminaban el cielo nocturno.

Para su cita con Mary Virginia, Gordon había tomado prestado el recién estrenado coche de la familia Garrett, un sedán verde de 1941 con una lustrosa parrilla de cromo, una protuberante capota, poderosos guardabarros y un amplio asiento trasero. Pasaban por delante de granjas y campos de cultivo arrancados a las praderas. Esa noche habían quedado con unos amigos en el Palace, el único cine del pueblo, donde las melodías y los bailes de los musicales de Hollywood les invitaban a escapar del aburrimiento de Golden City. La prensa les daba a conocer un mundo mucho más amplio más allá de su diminuto pueblo de ochocientos habitantes. Lindando con las montañas de los Ozarks, Golden City estaba más cerca de la Oklahoma rural que de la gran ciudad de Saint Louis, ambas envueltas en millas polvorientas y el férreo puño de la Biblia.

Antes de regresar a casa, Gordon detuvo el Plymouth a un lado de la carretera y apagó los faros. El sonido de los neumáticos mordiendo el apartadero de grava se detuvo repentinamente, seguido por un silencio palpable. Apretados la una contra el otro, Mary Virginia y su novio habían aparcado en una zona deshabitada donde nadie podría verlos.

En el asiento delantero del coche, Gordon le desabrochó la blusa, le aflojó la falda y presionó su piel contra la de ella. Ella no se movió ni se resistió, sino que se lo quedó mirando asombrada. Mary Virginia nunca había visto un pene antes, salvo, según recordaba, cuando su madre cambiaba el pañal de su hermano lactante. Esa noche, poco después de su decimoquinto cumpleaños, Mary Virginia Eshelman (más tarde conocida como Virginia E. Johnson) se adentró en los misterios de la intimidad humana. «Yo no tenía la menor idea de todo aquello», confesó la mujer cuya importantísima colaboración con el doctor William H. Masters algún día se tornaría en sinónimo de sexo y amor en Estados Unidos.

En su puritano hogar del Medio Oeste, Mary Virginia aprendió que el sexo era pecaminoso, algo muy ajeno a los vertiginosos relatos románticos de los que se había impregnado antes de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que muchas mujeres de su generación, aprendió que el sexo, en el mejor de los casos, era un deber ingrato, mejor postergado a los confines del matrimonio y a la crianza de una familia. Años después, se referiría anónimamente a Gordon Garrett como «el chico de pelo rojo intenso». Ocultó su identidad del mismo modo que ocultó cualquier verdad desagradable de su vida, cualquier recuerdo de un amor esquivo. Décadas más tarde, admitió que «nunca me casé con los hombres que de verdad me importaban». Pero jamás olvidaría a Gordon Garrett ni esa noche a las afueras de Golden City, cuando dos adolescentes perdieron su inocencia.

 

 

Junto a la carretera, la joven pareja se abrazaba entre las sombras, besuqueándose en el asiento delantero hasta que se deslizaron a la parte de atrás. El pesado aliento empañaba las ventanas. Los automóviles, aún raros en lugares como Golden City, proporcionaban un lugar de cierta intimidad en el que estar a solas. Gordon tiró de la palanca del freno de mano para asegurarse de que el coche familiar no se iba rodando mientras su atención estaba puesta en otras cosas.

A lo largo de sus años de instituto, Mary Virginia había madurado junto a Gordon. De algo más de metro ochenta y el físico de un granjero, era lo suficientemente fornido para jugar en el equipo de fútbol americano del instituto, pero también compartía el más sutil interés de Mary Virginia por la música. Formaron una pareja estable durante el año de graduación, siempre juntos. Gordon era su chico.

Tras saltarse dos cursos, Virginia era mucho más joven que el resto de su clase del instituto de Golden City, incluido el pelirrojo Gordon Garrett, que ya había cumplido los diecisiete. Ansiosa por complacer, tenía un cabello castaño claro rizado en espirales, enfáticos ojos azules grisáceos y unos recatados labios ligeramente fruncidos. Siempre lucía una enigmática mueca al estilo de la Mona Lisa, que podía ampliarse fácilmente en una atractiva sonrisa. Al igual que otros Eshelman, gozaba de una particular estructura ósea que resultaba en prominentes mejillas y una postura erguida, así como unos hombros perfectamente equilibrados. Su esbelta complexión sugería unos pechos con el justo volumen como para hacerla pasar por madura, aunque los chicos podían ser extremadamente desagradables en sus apreciaciones al respecto. «Era una muchacha alta, delgada y plana», recordaba Phil Lollar, por entonces un compañero más joven que vivía cerca de su granja. «Una chica del montón.» Pero la mayoría de los adolescentes de Golden City admiraban el sentido del estilo de Mary Virginia en aquel lugar que tanto lo necesitaba. En aquel micromundo rural, ella hablaba, se vestía y actuaba como una joven dama, tanto que sus compañeros de clase de la promoción de 1941 no eran capaces de discernir su edad. Su atributo más llamativo era la voz, un cautivador instrumento de refinados matices que desarrolló en su faceta de cantante. La hermana mayor de Gordon, Isabel, decía que la ropa de Mary Virginia siempre estaba en perfecto estado, a diferencia del aspecto de los hijos de granjeros de la complicada década de 1930. La novia de su hermano «siempre se mantenía limpia y decididamente femenina», recordaba Isabel. «Era muy guapa.»

Conducir el recién estrenado Plymouth de Garrett padre se antojaba lo más adecuado, lo más parecido a un regio carruaje que Gordon pudiera conseguir para su princesa rural. A diferencia de otros jóvenes de la época de la Depresión, Mary Virginia siempre se mostraba confiada acerca de su futuro, quizá porque su madre, Edna Eshelman, no habría permitido lo contrario. «Creo que Gordon estaba prendadito», recordaba su otra hermana, Carolyn. «Su madre era de las de “solo vale lo mejor”, y Mary Virginia no era muy distinta.» Las hermanas Garrett creían que Mary Virginia era una buena chica, la persona a la que Gordon llevaría orgullosamente al baile de graduación y con la que, tal vez, acabaría casándose algún día. Ciertamente, creían, no era de las que se pasarían al asiento de atrás del coche familiar para besuquearse.

A esa tierna edad, Mary Virginia ya conocía las ambigüedades de la vida moderna que afectaban a las chicas estadounidenses como ella. Sabía qué decir, qué costumbres respetar y la hipocresía de los fanáticos y fundamentalistas que insistían en dictar la vida de una mujer. Y aun así, decidió no perder jamás esa porción de independencia. Aceptaría la vida según sus propias condiciones, independientemente de lo que dijeran su madre o cualquiera. Se esforzó por desempeñar el papel de la «buena chica», tanto en casa como en el instituto, aunque sabía en el fondo de su corazón que no lo era. «Siempre encarné la fachada de la damisela de mamá, pero nunca dejé de hacer lo que quería», explicó. «Simplemente me limité a que nadie lo supiera.»

La noche que perdió la virginidad, la experiencia de Mary Virginia no resultó forzada, sudorosa o profana. Simplemente la culminó en cuestión de minutos. El sexo le resultaba agradable, aunque aún ajeno. Cualquier idea sobre orgasmos, rendimiento sexual o satisfacción mutua (objeto de los intensos experimentos que llevaría a cabo durante toda su vida junto a Masters) se encontraba en la periferia más apartada de su mente. Más bien confiaba en que su novio supiera lo que estaba haciendo. Solo más adelante llegaría a la conclusión de que, probablemente, también fue la primera vez para él.

«Simplemente evolucionó y se hizo más natural», dijo, melancólica y divertida a la vez, recordando ese encuentro en un asiento trasero. «Mi madre se habría muerto del susto.»

 

 

Muchos acontecimientos de la vida de Mary Virginia fueron fruto del azar, incluida la forma en que su familia acabó en Golden City. Su padre, Hershel Eshelman, a quien todo el mundo se refería por su segundo nombre, Harry, y su esposa Edna vivían en Springfield cuando nació su hija, el 11 de febrero de 1925. Los padres de Harry eran mormones procedentes del cercano condado de Christian, aunque ninguno de los dos era especialmente religioso. Los Eshelman descendían de uno de los muchos soldados mercenarios alemanes que habían llegado a América para luchar en la guerra de Independencia. Durante la Primera Guerra Mundial, el sargento Harry Eshelman, de la Batería A, Quinto de Artillería de campo, vio suficiente sangre y muerte para toda su vida en Francia, el mismo escenario bélico donde su hermano menor, Tom, fue herido pero consiguió sobrevivir. Tras la guerra, Eshelman regresó al suroeste de Missouri (al igual que Harry Truman, originario de Independence) con veintinueve años en busca de una vida sencilla para él y para su novia, Edna Evans. Se habían conocido a través de la hermana menor de Harry, que estudiaba en el aula de una escuela del vecindario en la que enseñaba Edna, de veinte años. Sin embargo, la nueva señora Eshelman dejó claro que no se limitaría a las humildes aspiraciones de Harry. «Madre estaba decidida a casarse, y a casarse con él», relató una Virginia ya adulta.

A pesar de gozar de las habilidades naturales de un caballero granjero, Harry Eshelman no ardía de ambición precisamente. Alto y delgado, parecía satisfecho con sus tierras y la absoluta entrega a su única hija. Las fotografías de Harry, de cara alargada y altos pómulos, muestran su similitud con Ray Bolger, el afable espantapájaros de El mago de Oz. A Mary Virginia le encantaba ser el ojito derecho de su padre. «Siempre me han dicho que me parezco más a mi padre y a su familia», dijo llena de orgullo años más tarde. «Sin duda, era la niña de papá.» Harry se desenvolvía bien con casi todo, desde construir una casa hasta resolver los problemas de álgebra de su hija. Como antiguo soldado de caballería, sin duda conocía muchas cosas sobre los caballos, lo suficiente para realizar algunos trucos y entretener a los vecinos o permitir a su hija montar los anchos lomos de los sementales percherones que tenían en el patio trasero. «Madre siempre lo reprendía, “¡Cuidado con la niña!”, pero él se limitaba a sonreír y a subirme a los caballos», recordaba. En casa, Harry enseñó a su hija a plancharse la falda plisada y a hacerse unos zuecos con cartones como parte de su disfraz para la función de la escuela. «¡Ese hombre hacía de todo!», decía.

Cuando cumplió los cinco años, los padres de Mary Virginia decidieron mudarse del suroeste de Missouri, sintiendo ya el aliento de la Depresión. Se adentraron por tren en California en busca de un nuevo comienzo. En Palo Alto, Harry encontró trabajo cuidando de los frondosos invernaderos y jardines del hospital estatal donde se atendía a los soldados heridos. «Era un buen trabajo», recordaba Virginia. «Vivíamos en las propias instalaciones, donde había unas parcelas preciosas con casas igualmente bonitas.» Inscrita en una escuela progresista con jardín de infancia, destacó como alumna. Su destreza verbal y la agudeza de su mente le permitieron acabar el octavo curso a los doce.

Para quienes huían de las áridas llanuras de Missouri, ese hospital debió de asemejarse mucho al Edén, un jardín donde cobijarse de los embates de la Depresión. En vez de contemplar cómo grises nubes de polvo recorrían el cielo, disfrutaban de la indómita majestuosidad del Pacífico, perdiendo la mirada a lo largo del brumoso esplendor de sus costas. Durante una festividad, recordaba Virginia, su padre acudió a la playa enfundado en un traje y con un sombrero de fieltro. Una fotografía suya de ese día mantiene vivo su recuerdo de infancia. «Yo llevaba un pequeño bañador y jugaba con el oleaje», describió. «Salí un poco y me atrapó una ola. Era una canija.» Las olas arrastraron a Virginia a lo profundo. Harry Eshelman, si bien completamente ataviado, no perdió un solo segundo en su despliegue de heroísmo a ojos de su hija. «Papá se metió y me salvó la vida», recordó.

Edna ya había tenido más que suficiente de California, era inevitable. Había sido idea suya emigrar al Estado Dorado, junto a muchos otros atribulados habitantes del Medio Oeste. Pero no tardó en desarrollar cierta morriña y desencanto por el trabajo de su marido como jardinero venido a más en el hospital. Para lamento de su marido y su hija, Edna lo tenía muy claro, y Harry sabía que cualquier cosa era mejor idea que enzarzarse en una discusión con ella. Se sometió a los deseos de su esposa sin demasiados aspavientos. «Mi madre insistió en que quería volver a casa, con su familia y sus amigos», explicó Virginia, a pesar de que la mayoría de los allegados de su madre se habían mudado a California. «Solo quería volver.» Harry contactó con su padre, que aún se encontraba en el condado de Christian, para que le echase una mano a encontrar una nueva granja cerca de Springfield, lo cual consiguió, a unas cincuenta millas al oeste de la ciudad. Los Eshelman y su hija pequeña hicieron las maletas y regresaron en el coche familiar a un lugar de Missouri incluso más desesperado del que habían salido corriendo. «Volvimos, y la única tierra que el abuelo había conseguido se encontraba en Golden City», relató Virginia. Ese giro del destino se vio agravado por la propia insignificancia de Golden City. «Era un sitio diminuto», dijo, «literalmente vacío». Golden City se jactaba de ser la «capital del heno» de toda la nación. Para los más jóvenes con sueños de grandeza, «Golden City era el sitio del que había que huir», recordaba Lowell Pugh, uno de sus contemporáneos, que llegó a director de pompas fúnebres del pueblo. Las chicas como Mary Virginia tenían, según él, dos opciones en la vida: «casarse o salir del pueblo; ese era el objetivo de cualquier chica que no estuviese ya casada y preñada».

El éxodo de los Eshelman de California a Missouri destacó otro hecho importante: si bien Mary Virginia veneraba a su padre, era su madre quien gobernaba en la familia. Su permanente pulso de voluntades acabaría marcando el principal drama vital de la joven Mary Virginia. Los ideales femeninos de Edna eran la norma. Su hija aceptaba obediente esos principios, al menos siempre que estaba ante ella, rebelándose en cuanto se alejaba de su ámbito de influencia. En la casa de Eshelman, las apariencias siempre lo eran todo. «Tenía muy claro el concepto de lo que debía ser una mujer y una madre… ¡Puro teatro!», explicaba Virginia. «Realmente se consideraba por encima del resto del mundo, o eso deseaba.»

Edna Evans se había criado como la hermana mediana en una familia más humilde todavía que los Eshelman. Era atractiva, delgada, ágil y tenía el pelo castaño y corto. Si su marido contemplaba el mundo con ojos amistosos e ingenuos, los de Edna albergaban un matiz mucho más escéptico y socialmente ambicioso. Siempre parecía hallarse en una especie de competición tácita. Pocas cosas en su vida de casada se habían desenvuelto como ella esperaba. Atrapada en Golden City, al parecer adoptó la determinación de controlar su mundo al máximo y transmitir las lecciones aprendidas a su hija. «Todos me mimaban en exceso y crecí con la sensación de que el logro y el talento eran cosas maravillosas, si bien lo esencial en la vida era el matrimonio», recordó Virginia. La señora Eshelman insistió en que sus vecinos se dirigiesen a su hija tanto por el primer nombre como por el segundo, Mary Virginia. «Quería llamarme por mis dos nombres en una época en la que todo el mundo se llamaba “Judy Ann” o “Donna Marie”.» Naturalmente, en un arranque de resistencia adolescente, ella indicó a sus amigos del instituto de Golden City que la llamasen Virginia a secas.

 

 

Madre aspiraba a las cosas más refinadas. Apuntó a su hija a clases de piano y canto y la instruyó en las artes de la costura y la cocina. Cuando su marido no estaba, Edna le enseñaba que también podía asumir el papel del hombre. «Un verano, durante la época de la cosecha, madre —mi pequeña y diminuta madre— salió a los campos en un tractor y esas cosas», recordó Virginia. «Si era necesario, podía encargarse de cualquier cosa.»

Vivir en una granja a cinco millas del centro de ese polvoriento pueblo de nombre tramposo[1] hizo que Edna desesperase por recibir atenciones y disfrutar de una vida social. Una vez al mes, la señora Eshelman se juntaba con la señora Garrett y las demás matriarcas de Golden City en un encuentro que iba rotando de una casa a otra. Allí charlaban, intercambiaban chismes y disfrutaban de la compañía femenina, a menudo escasa en las llanuras. «Edna era una persona más vivaz [que Harry], ambiciosa para su familia y para sí misma», dijo Isabel Garrett Smith. «Estaba muy orgullosa de Mary Virginia. La educó bien.» A pesar de que su marido acabó siendo un demócrata del New Deal como reacción al chabolismo que asolaba toda la nación, Edna pensó que su oportunidad la aguardaba en el Partido Republicano estatal. «Se pasó la vida intentando diferenciarse», explicó Virginia. La política supuso un raro momento de emoción en una vida, por lo demás desabrida, en la granja de los Eshelman. Nadie sentía más ese aislamiento que la propia Mary Virginia. Un peral situado en la parte de atrás de la granja se convirtió en su sala de lectura, donde, en las tardes más agradables, hojeaba una Biblia o alguna novela oculta a ojos de su madre, soñando con el mundo que se extendía más allá del horizonte. «No tenía compañeros de juego», recordaba. «Me limitaba a leer sobre la gente. Siempre quería saber cómo serían sus vidas. Mis abuelos, familiares y otros adultos solían visitarnos, y cuando eso pasaba no paraba de hacerles preguntas. “Háblame de cuando eras pequeño”. Me encantaba escuchar historias de la vida de los demás porque, supongo, me sentía sola como la hija única que era.»

En verano, Mary Virginia visitó a la hermana mayor de Edna, que permitió a su sobrina recorrer libremente su espacioso apartamento. Rebuscando en un cajón, encontró las posesiones privadas de su tía, incluido un montón de cartas escritas por un hombre que dirigía una escuela masculina a los pies de las colinas de Missouri. Según la sabiduría familiar, su tía, por entonces ya entrada en los cuarenta, casi llegó a casarse con él. Mary Virginia descubrió por qué no lo hizo. «Encontré esas maravillosas cartas de amor escritas con tanta pasión que nunca las olvidaré, y estaban atadas con un lazo», explicó. «Resultó que había dejado embarazada a una lugareña y ella ni siquiera le devolvió la palabra desde entonces. Se alejó y nunca se casó con nadie. Era un drama fabuloso.»

Relatos secretos como ese, sobre los peligros del amor carnal, sin duda afectaron a la percepción de Edna acerca de los flirteos de su hija con la sexualidad y alimentaron su determinación para mantenerla alejada de toda tentación. «Jamás me contó nadie lo que era la menstruación», dijo Virginia. «Existía un férreo rechazo a cualquier cosa que insinuase la sexualidad. No se hablaba de ello.» Claro que, en una granja llena de caballos, cerdos y otros animales de sangre caliente, era difícil, si no imposible, abstraerse de alguna ardiente demostración de los hechos de la vida. Los historiadores de los Ozarks, esas arboledas que se extienden por las praderas, confirmaron la naturaleza obscena de la vida. Por ejemplo, cuando no seguían las escrituras del Señor, algunos vecinos del ámbito rural practicaban su propia versión del paganismo durante la década de 1890, practicando relaciones sexuales en los campos para asegurar su fertilidad. «A medida que crecía, aprendí lo que era el miedo de las mujeres a quedarse embarazadas y la puta del pueblo», recordaba Virginia. La Golden City de la generación de Mary Virginia, según el director de pompas fúnebres Lowell Pugh, que también ejercía como historiador de facto del pueblo, produjo tres jóvenes que se convirtieron en prósperas damas de la noche de Kansas City.

Esquivar el asunto de la intimidad se hizo más complejo cuando madre se quedó embarazada y dio a luz a un niño, Larry, doce años menor que Virginia. Con todo, Edna decidió que cualquier lección relacionada con el sexo (como las más importantes que impartía a su hija) se llevaría a cabo según sus propias condiciones. Una noche, antes de la hora de irse a dormir, Virginia estaba leyendo un libro cuando su madre la llamó desde su dormitorio. Madre empezó a mascullar algo sobre el sexo, empleando términos extraños y frases elípticas. «Yo era muy joven cuando intentó hablarme sobre el embarazo y cómo se producía este.» Recordaba Virginia. «Para mí no tenía el menor sentido.» La joven Mary Virginia escuchó en silencio, pero no prestó ninguna atención.

Cuando Mary Virginia alcanzó la pubertad y su cuerpo empezó a madurar, sus sentimientos de soledad en su propia casa se hicieron insoportables. A medida que crecía su interés por los chicos, se dio cuenta de que podía atraer su atención esbozando una sonrisa de aprobación, adoptando cierta postura o con un movimiento del cabello. Vaughn Nichols, un compañero de escuela que vivía cerca, recordaba los tórridos días de verano en los que llegaba a la casa de los Eshelman en su furgoneta. En sus visitas semanales, solía llevarse dos o tres cajas de huevos (a treinta docenas la caja) y otros productos para vender en el mercado. La granja Eshelman no era gran cosa. Harry y Edna vivían en una casa de dos plantas de casi un siglo, rodeados de 160 acres de maíz, trigo, avena, alfalfa y heno. Unos trescientos pollos ponían sus huevos alrededor de su granero, algunas vacas aguardaban a ser ordeñadas y los cerdos se revolcaban en el barro. Pero Vaughn era incapaz de apartar la mirada de Mary Virginia. Grabada a fuego en su memoria estaba su imagen vestida con «pantalones muy cortos —realmente cortos— por el mero hecho de que yo iba a visitarles, o eso creo». Aun así, si le gustaba a Virginia, «ella jamás me lo dijo», admitió. Tras ver una película en el Palace, Vaughn y otros chicos se iban a bailar con otras chicas del instituto, entre las que se incluía la propia Mary Virginia. Tras la pantalla, en el Palace había una pequeña cafetería llamada The Green Lantern, donde bailaban el foxtrot y se relacionaban. «Las chicas bailaban mucho mejor que nosotros», admitió Vaughn entre risas. «Mary Virginia sobresalía especialmente.» Pero en el instituto nadie estaba más por Mary Virginia que Gordon Garrett, cuya familia vivía a dos millas de la granja Eshelman. «Lo cierto es que nunca había salido con nadie antes que ella», relató su hermana Isabel. «Creo que ella era una de esas chicas capaz de aunar el valor suficiente para hablar con él.»

A pesar de ser un joven muy apuesto y formal, Gordon, conocido por los apodos de «Red» o «Flash», era capaz de meterse un par de cervezas con los amigos sin que nadie lo pillase en aquel Missouri de la Prohibición. También se las arreglaba para que nadie lo pillase en sus excursiones en coche con Mary Virginia, bajo la luz de la luna. Gordon no solía alardear de sus conquistas como los demás chicos. En vez de ello, daba a entender el lugar especial que ocupaba en la vida de ella. «Él era consciente de haber sido mi primer chico», dijo ella. «Hizo alguna referencia al respecto. Siendo hombre, ¿cómo no saber que eres el primero? Era bastante obvio.» Puede que, temiendo haberle hecho daño, Gordon le preguntase con suma ternura si ella estaba bien tras el acto. «No era un poeta nato», recordó ella, «pero tuvo el detalle de preguntarme acerca de mis sentimientos al respecto. No sé cómo llegó ahí, pero fue considerado y se mostró preocupado. No supe cómo responder». Mary Virginia no tenía la menor intención de confirmarle que había sido la primera vez para ella. No era necesario, «porque simplemente lo sabía».

En el anuario de la clase de graduación, las fotos de ambos aparecen intencionadamente juntas. La sección de «profecías», que predice el futuro de los compañeros de clase con no poca sorna, anunciaba lo que todo el mundo esperaba que se cumpliese:

 

CHICAGO: El señor y la señora Gordan [sic] Garrett anuncian la inscripción de su hija en la Selecta Escuela para Chicas de Virginia Townley de Sunny Slope, en Chicken Creek. La señora Garrett era conocida de soltera como la señorita Mary Virginia Eshelman.

 

Durante la graduación de la primavera de 1941, el mundo de Mary Virginia en Golden City, antaño tan lento y soso, se amplió rápidamente a medida que se aproximaba la amenaza de una nueva guerra a toda su generación. El hermano mayor de Gordon se alistó en la Guardia Costera y fue destinado a Nantucket durante el conflicto. A Gordon le fue concedida una prórroga de un año para poder trabajar en el rancho de los Garrett. «La única razón por la que no me casé con él —o ni siquiera lo pensé— era que no deseaba vivir en una granja», argumentó Virginia. «Deseaba estudiar en la universidad y conocer el ancho mundo.» Algunos también consideraron que, de acuerdo con los criterios de la familia Eshelman, Gordon no era lo bastante bueno para ella. «Dejó a Gordon», recordaba su hermana Carolyn. «No lo quiso porque era un granjero. Ella quería dejar atrás todo aquello. Nada de granjas. Tenía un paladar muy fino.» Los Eshelman decidieron enviar a Mary Virginia a la Universidad de Drury, en Springfield, para cursar estudios de música. «Mi mayor deseo era cantar en el Metropolitan o convertirme en una cantante clásica de talla internacional», solía decir. Finalmente, Harry y Edna se mudaron también de Golden City, de regreso a su vieja Springfield.

Al año de graduarse, Gordon decidió alistarse, empujado por el fervor patriótico que siguió a lo de Pearl Harbor. El día de su marcha, tal como Edna recordaba las palabras de la señora Garrett, Gordon permaneció de pie, en silencio junto a su familia, en la estación de tren, a la espera de ser llevado a la sede del condado en LaMar, junto al resto de voluntarios. Esperaba que Mary Virginia se presentase para despedirse. Mirando en derredor lleno de desilusión, se giró hacia su sobrina pequeña y le dijo: «Tú tendrás que hacer de mi novia, porque ya no la tengo».

Cuando Edna contó esa triste historia a su hija, Mary Virginia llevaba ya mucho tiempo lejos de Golden City. «No me importó. No podría haberme importado menos», recordó haber dicho sobre la partida de Gordon. «Por aquel entonces ni siquiera salíamos juntos. De hecho, yo ya había estado con mucha gente. Cuando vuelvo la mirada a ese tiempo, me digo: “Dios bendito, ¿de verdad era tan insensible?”. No era ni remotamente consciente de lo que le estaba haciendo. Todos sabían en el pueblo que no se casaría con nadie que no fuese yo».

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2
Terruño

 

 

«No dejes que las estrellas se te metan en los ojos.

Guarda tu corazón para mí, porque algún día volveré,

Y sabrás que eras la única a la que siempre amaré.»

Don’t Let the Stars Get in Your Eyes,
cantada por Red Foley

 

 

Con un profundo suspiro, Virginia enderezó la espalda, como adoptando la posición de firmes, y entonó una emotiva interpretación del himno nacional. Su rostro irradiaba una constante sonrisa mientras se armonizaba con el cuarteto de la Universidad de Drury, en 1942. «Sobre la tierra de los libres», cantó, adornando el final. «Y el hogar… de los… valientes».

Todos los presentes en la sala de baile (congresistas de Missouri, senadores del estado, políticos, abogados y diversos funcionarios) aplaudieron agradecidos a las jóvenes que estaban frente a los micrófonos. Jefferson City se encontraba en estado de guerra. El ataque japonés a Pearl Harbor, el avance contra los nazis en Europa, todo aquello se había aglomerado en el ánimo de la capital del estado de Missouri, transmitiendo la certeza de que el mundo había cambiado para no volver a ser el mismo. Jamás había cundido en la ciudad tamaño fervor bélico, salvo cuando Jefferson City se dividió durante la guerra de Secesión entre unionistas y confederados.

El cuarteto de Virginia actuaba en eventos políticos, a veces en iglesias. «Cantaba Barras y estrellas en casi todos los encuentros de carácter político que se celebraran en Jefferson», recordaba Virginia. «Disfrutaba con todo tipo de canto en grupo. Con mi voz, podía hacer casi cualquier cosa». Una vez, actuaron en un evento organizado por la esposa del gobernador de Missouri, Forrest C. Donnell, un republicano electo en medio de un océano de demócratas adeudado con la maquinaria de Pendergast, la misma que elevó a Harry Truman al Senado de los Estados Unidos. Missouri era un marco de rivalidades tribales y creencias políticas encontradas; un microcosmos representativo del propio Estados Unidos. Virginia aprendió que hombres de ambos partidos acudían a esos y otros tipos de encuentros políticos solo para pasarlo bien. «Conocí a un montón de gente nueva», dijo. «Todo el mundo se entrecruzaba; era una ciudad pequeña llena de clanes.»

Virginia se unió al cuarteto después de dar clases de canto en la Universidad de Drury, una institución local antaño conocida como «la Yale del Suroeste», situada a varias millas de Jefferson City. No son pocas las notas biográficas que señalan que Virginia estudió en Drury durante dos años, pero lo cierto es que no se dedicó nunca a ello a tiempo completo. «Iba a clase de música en Drury, pero nunca me matriculé», aclaró. «Como estudiante de música, acudía una vez a la semana.» Tras dejar su casa, su vida se desenvolvió alrededor del capitolio de Jefferson, donde se aseguró de que todo el mundo la conociese como Virginia, a secas, omitiendo la costumbre del doble nombre. Como hija de Edna Eshelman, enérgica miembro del comité republicano del condado de Barton, Virginia recibió con agrado las labores de secretaria, puesto que le permitiría acceder a un mundo mucho más vasto que el de la granja familiar. «Salí de mi casa a los dieciséis para no volver nunca…, y estaba sola», recordó. «Durante una época breve, mi madre adquirió una posición de bastante poder en su condado. Decidió que, antes de ir a la universidad, debía pasar un año en el mundo. Así que conseguí un empleo público en Jefferson City, en el Departamento de Seguros Estatal.» Virginia siguió participando en la legislatura, asistiendo a un senador cuyo distrito abarcaba Springfield.

 

 

Madre sabía que Jefferson City sería el lugar adecuado para que Virginia encontrase un marido adecuado, mejor que cualquier paleto de alguna granja perdida de la mano de Dios. A pesar de que ella había renunciado a sus propios sueños, Edna Eshelman no iba a permitir que las perspectivas de su hija se evaporasen. En este sentido, y más de lo que jamás habría admitido, Virginia se parecía más a su madre que a su padre. No le gustaban sus manipulaciones, pero no tardó en aplicarlas en su entorno más sofisticado. En el ocaso de su adolescencia, Virginia parecía lo suficientemente madura y atesoraba tanto arrojo como para aparentar más años de los que tenía. Trabó amistad con los poderosos, así como con sus asistentes y demás funcionarios rasos. «Cuando quería que me llevasen a Springfield, solo tenía que hacer un repaso a la comunidad para conseguir transporte…, podía ser cualquiera», dijo. «Muchas veces fui a casa con el senador, el de Springfield.»

Mientras cantaba el himno nacional en otra gala política celebrada en Jefferson City, Virginia conoció a un alto cargo del gobierno de Missouri. Este político, elegido para dirigir la política de seguridad del Estado, era un viudo con varios hijos de una edad cercana a la de la propia Virginia. Enseguida cayó cautivo de sus encantos, su aspecto juvenil y puede que del hecho de estar disponible, siempre que sus citas permaneciesen en la discreción de las sombras del capitolio. En unas semanas, ya estaban hablando de matrimonio. Sin embargo, tuvieran lugar o no los votos matrimoniales, la verdad varía mucho según quien la cuente. «Para empezar, solo tenía diecinueve años y aquello fue cosa de dos días», relató Virginia al Washington Post en 1973, que le contaba ya cuatro maridos. «Tenía un alto cargo político, y una novia de diecinueve años no era lo más conveniente. Ahora está muerto.» Este amago de primer marido consta en algunas biografías oficiales como tal, pero no en la mayoría. Nunca se han hallado documentos que demuestren legalmente esta unión. Años después, Virginia insistió en que solo se había casado tres veces, y ofreció su propia versión al respecto. «Tuve un romance con un político de muy alto rango», que aspiraba a ascender más si cabe, explicaba de forma más bien tangencial. Su relación parecía condenada desde el principio. «Solo llamábamos la atención cuando acudíamos a un mitin al aire libre [celebrados a las afueras de Jefferson City] escoltados por la policía de carreteras.» La presencia de una atractiva mujer sentada junto al flamante cargo electo (y sin figurar en la lista oficial de su comitiva) solo podía tener un significado para los círculos sensacionalistas. Si bien su amor nunca se disipó del todo, los instintos de supervivencia del político ganaron la mano. «Tomó la decisión de presentarse a gobernador», recordó Virginia. «Ni siquiera había presentado aún la candidatura. Rompimos antes para que no se le complicase la carrera. Los poderes fácticos habían decidido que no había forma humana de presentarse al cargo mientras estuviese liado con una mujer de la edad de sus hijos. Y así acabó la historia.»

En Jefferson City, Virginia se fue dando cuenta poco a poco de la realidad social que les tocaba a las mujeres jóvenes y de mente independiente como ella misma. A pesar de que la Segunda Guerra Mundial había proporcionado oportunidades de trabajo sin precedentes (como la tan publicitada imagen de Rosie la remachadora y demás mujeres que ocuparon puestos tradicionalmente masculinos en fábricas y otros sectores para sustituir a los soldados del frente), seguían existiendo límites intocables, tanto en lo público como en lo privado. «La propaganda bélica enfatizaba la femineidad al tiempo que exhortaba a las mujeres a ocupar puestos nada tradicionales en la industria», observó Katherine T. Corbett en su relato sobre las mujeres de Saint Louis. En ninguna otra parte era esta duplicidad más flagrante que en lo referente al sexo. La ignorancia de las mujeres sobre sus propios cuerpos era abrumadora a ojos de Virginia. En un evento social celebrado al aire libre, recordaba, una de sus amigas se le acercó con mirada preocupada.

«Tengo una pregunta para ti», le dijo. «Mejor vamos al coche y allí te la hago.»

Virginia la siguió hasta el cercano automóvil, cuyos asientos delanteros ocuparon, manteniendo las ventanillas bien cerradas. A tenor de la descripción de su amiga, estaba claro que se había visto envuelta en una aventura sexual con un hombre con el que no tenía intención de casarse y estaba preocupada por las consecuencias.

«¿Debería…?», preguntó, dubitativa. «¿Puede alguien saber que he perdido la virginidad?»

Si bien Virginia apreciaba que las demás acudieran a ella con confianza en busca de su consejo, tenía claro que no podía ayudar a esa amiga. «Le dije: “No tengo la menor idea”», recordó. «¡Ni siquiera sabía lo que era el himen, por el amor de Dios!»

Virginia odiaba la hipocresía de las que jugaban a la niña buena y casta hasta el sábado por la noche, para volver a la misma farsa de virtud a la mañana siguiente. «Existía un buen número de mujeres sexualmente activas, pero las “chicas buenas”, las que gozaban de esa etiqueta y entre las que yo me contaba, por cierto, no», explicó Virginia, que jamás se comportó con aires provocadores para atraer a ningún hombre. «Nunca salí a “la caza” de nadie que yo supiera.» Practicaba el sexo según sus condiciones, por las razones que se le antojaban, según los parámetros que ella misma definía. Jamás fingió desinterés. «Jamás salí con nadie, literalmente, con quien no mantuviera relaciones sexuales. Disfrutaba del sexo.»

Durante la guerra, Virginia conoció a muchos soldados destinados en Fort Leonard Wood, la boyante instalación militar de Waynesville, Missouri, a unas cuarenta millas al sur de la capital. Su cuarteto femenino actuaba en los cierres de espectáculos que se celebraban en el escenario dispuesto en las instalaciones. Allí actuaban también grupos de baile y talentos locales, y alguna que otra vez el cómico Bob Hope y su compañía teatral de la USO. En medio de piezas populares y patrióticas, Virginia desarrolló cierto gusto por la música country, escuchando las baladas de Hank Williams y llegando a conocer a Red Foley, que cantaba sobre los caprichos del amor romántico con guitarra y armónica. Finalmente ella misma se arrancó a cantar baladas country como Virginia Gibson para la cadena de radio KWTO (advirtiendo en sus letras de que debían cuidarse los Ozarks). La inspiración para su nuevo nombre artístico le vino del patrocinador del programa, la empresa cafetera Gibson.

En Fort Leonard Wood, los días de verano y los fines de semana trajeron algunos de los momentos más apasionados de la joven vida adulta de Virginia. De los hombres que pasaron por su vida aprendió que el amor romántico (tan celebrado en las canciones populares) a menudo era esquivo en la vida real. En las instalaciones militares, los jóvenes hombres y mujeres como ella maduraban con el telón de fondo de la guerra. Las decisiones importantes sobre la vida o la muerte se cernían sobre ellos desde lugares lejanos. Durante esas sesiones de la USO, Virginia se sentía realmente viva, como parte de algo más grande que ella misma. «Siempre estaba al día porque cantaba en distintas instalaciones militares», recordaba. «Y siempre estaba con alguien.» La mayoría de las veces, Virginia satisfacía sus deseos sin ninguna complicación de orden emocional. La guerra no solo había dado acceso a las mujeres del país a los puestos dejados por los hombres, sino también a la libertad en los asuntos íntimos derivados de ella. Al referirse a una de sus aventuras, Virginia recordaba a un oficial divorciado «estilo Ranger de Texas» que funcionaba muy bien en la cama. Sus conversaciones de almohada incluían su pugna con su exmujer, una cabaretera de Las Vegas, por la custodia de su hijo pequeño. Virginia nunca se vio a sí misma como otro factor de complicaciones en la vida de aquel hombre, sino más bien como la otra parte de dos amigos que pasaban la noche juntos. «Era un bailarín excepcional y un hombre encantador», dijo Virginia sobre él. «Era imposible no responderle sexualmente.» No había ninguna pretensión romántica entre ellos, ninguno de los elementos sancionadores de una relación íntima en los que su madre tanto había insistido como condición previa. Virginia descubrió que la ausencia de devoción no significaba necesariamente que no pudiera disfrutar en el dormitorio. El amor no era indispensable para alcanzar el clímax físico, esa intensidad sensorial seguida de una sacudida liberadora. «Jamás experimenté dificultad alguna», dijo a propósito del orgasmo. «Con unos era más natural que con otros. De hecho, no llegué a darme cuenta de lo maravillosos que eran algunos hombres hasta que desaparecían de la foto.» Poco después, ese oficial divorciado de la cabaretera se fue a la guerra, llevándose también sus increíbles habilidades sexuales.

Algunos hombres eran capaces de engañar la mente de Virginia más incluso que su sentido del atractivo. A tenor de estas experiencias, ella aprendió lo poco que podía significar la atracción sexual en bruto para una relación. Uno de sus novios, un dotado violinista reclutado desde la Sinfónica de Pittsburgh, proporcionó a Virginia una perspectiva muy valiosa sobre la música y su potencial como cantante. Hombres como aquel atraían a su alma y satisfacían sus anhelos intelectuales, si bien Virginia seguía siendo sorprendentemente vulnerable a sus juicios y opiniones. «Era un auténtico prodigio», decía del violinista, que revisaba las piezas musicales que ella cantaba en sus funciones castrenses. «Siempre encontraba mis arreglos encantadores.» No obstante, a pesar de su penetrante conocimiento de la música, su talento como niño prodigio se reflejaba negativamente en lo tocante a ritmos de cama. «Era muy ingenuo e inexperto», constató acerca de su amante músico. «Creo que realmente lo era [virgen]. Lo recuerdo con ese aire de compungimiento. Estoy convencida de que no sabía qué era lo que debía hacer.» A pesar de sus limitaciones sexuales, Virginia se planteó fugazmente la posibilidad de casarse con ese hombre de talento que había prometido desvelarle el mundo de la música. «Ese joven músico era un compañero sexual pésimo, pero eso no me afectaba en lo más mínimo», explicó. Lo que más enfrió su relación fue la condescendencia de Edna Eshelman acerca de su religión. «Era católico y mi madre hizo un comentario», recordó Virginia. «Ella nunca había abogado por que no me casara con alguien católico, pero creo que, al mismo tiempo, lo contemplaba como una fuente de dificultades potencial. Quería que yo lo tuviese en cuenta, pero aquello no tuvo nada que ver con mi alejamiento.» Ciertamente, quien dirimió finalmente fue el propio Tío Sam, que no tardó en destinar al hábil violinista al conflicto europeo. Virginia no volvió a verlo; otro amante que se iba a la guerra.

 

 

Virginia siempre se las arreglaba para salir ilesa de sus juergas y aventuras. Jamás se le rompió el corazón, no de la manera que tanto cacareaban Red Foley o Hank Williams en sus canciones enfermas de amor. Jamás se sintió así hasta que salió con un capitán del Ejército tras una función en Fort Leonard Wood. Un tramoyista le avisó de que alguien la esperaba en su camerino. Allí se encontró al atractivo capitán al que había conocido poco antes en una piscina. La fragilidad de la vida en los tiempos de guerra, las pasiones de juventud y los íntimos bailes al son de lentas melodías en la base sumaron intensidad a aquel romance. «El amor de tu vida siempre tiene más que ver con el momento y el lugar que con cualquier otra cosa», explicaría más tarde. «Ese capitán habría sido mío, supongo.» En él, Virginia encontró a un hombre tan listo y carismático como físicamente atractivo, un contemporáneo suyo con ese conocimiento del mundo que ella tanto admiraba, e incluso anhelaba. «Él tenía veintiséis años y yo apenas pasaba de los dieciocho», dijo. «Era todo un mago de las relaciones interpersonales.»

A partir de ese verano, los dos se hicieron inseparables. Si bien se sentían atraídos por el físico, el capitán del Ejército proyectaba la suficiente presencia intelectual como para permitir que Virginia supiera que había otra mujer en su vida. «Cuando nos conocimos, sabía que estaba con alguien porque dijo: “Me recuerdas a mi prometida”», evocó, «pero siguió saliendo conmigo». Virginia apartó esto a un lado, convencida de que su pasión y su amor hacia él serían suficientes. Pasó a formar parte del círculo social del capitán, aceptada por sus mejores amigos del cuerpo, así como por sus esposas y novias. El mejor amigo del capitán en Fort Leonard Wood era un hombre algo mayor que él, de su mismo rango, casado y con un hijo pequeño, que se las arregló para mantener su coche dentro de la base. Se lo prestaba al capitán y a Virginia siempre que lo necesitaban. En sus largas excursiones por los campos de Missouri, solían aparcar bajo los árboles y hacían el amor con desenfreno. Segura de sus sentimientos, Virginia lo convenció para conducir setenta millas hasta Springfield para presentarle a sus padres y familiares. «Siempre estábamos juntos; así íbamos a todas partes y lo hacíamos todo», recordaba ella. «Le llevé a casa de mi abuela y le presenté a la familia.»

Al cabo de casi un año, Virginia estaba segura de querer casarse con él. Se había olvidado de su fugaz conversación sobre una prometida de una rica familia. Pero una noche, la actitud del capitán, antaño tan abierta y cariñosa, se tornó hosca y contrita. Le costaba expresar con palabras lo que quería decir. «Le costó un mundo decirme que iba a casarse», rememoró Virginia. «Cuando optó por casarse con su prometida, me hizo añicos.»

Mientras la noticia se extendía por la base, su círculo de amigos se quedó casi tan anonadado como la propia Virginia. «Se reunieron a mi alrededor y se enfadaron mucho con él», recordó. «Se sentían completamente sacudidos por su decisión: tanto tiempo conmigo y, de repente, llega un día en el que dice que se va a casar.» Las esposas y las novias, puede que preocupadas por la fragilidad de sus relaciones en tiempos de guerra, compadecieron a Virginia. El mejor amigo del capitán, el casado que les prestaba el coche, no dejaba de decirle: «¡Yo me casaré contigo, yo me casaré contigo!», como si estuviese aplicando algún tipo de bálsamo emocional para quitarle la espina. Poco después, otra de las parejas del círculo se casó y Virginia acudió a la boda sola, con una cámara Brownie. Tras la ceremonia, se quedó fuera de la capilla anglicana mientras los invitados arrojaban arroz sobre la feliz pareja. «Estaba yo haciendo fotos cuando alguien me quitó la cámara de las manos y me hizo una a mí. Tenía el mismo aspecto que si se hubiese muerto toda mi familia. Mi yo de la foto estaba insondablemente triste. No me había recuperado. Estaba destrozada.» Más tarde, Virginia metió la borrosa fotografía de sí misma en un álbum olvidado. «Puede que por eso jamás me casara con nadie que me importase realmente», reflexionó acerca del capitán. «Porque seguía persistiendo el eco de ser desechada, de ser abandonada. Lo cierto es que no me rechazó. No fue eso realmente. Pero tampoco estuve nunca entre sus planes.»

Temerosa de que volvieran a hacerle daño de alguna manera, a lo largo de los años siguientes Virginia se enzarzó en una serie de relaciones que quizá fuesen íntimas y sexuales, pero en las que jamás se dejó llevar por la esperanza de hallar el amor pleno y duradero. Aprendió a separar el amor del deseo, tanto con los hombres con los que salió como con los que finalmente se casó. «Tenía un interés activo en el sexo», explicó, «pero nunca hacia los hombres con los que me relacionaba».

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3
La señora Johnson

 

 

«Se preguntó si no habría habido algún modo, en circunstancias diferentes, de conocer a otro hombre; e intentó imaginar esos acontecimientos que no habían ocurrido, esa vida diferente, ese marido al que no conocía.»

GUSTAVE FLAUBERT, Madame Bovary

 

 

En la capilla, todo era de color blanco, tan fresco y puro. Virginia llevaba un vestido de crepé blanco y sombrero a juego de ala ancha trenzada mientras atravesaba el pasillo central de la Iglesia Central Cristiana, a pocas manzanas de la casa de sus padres en Springfield. Sostenía entre sus brazos una Biblia blanca decorada con orquídeas pálidas y gipsófilas. Un acompañante interpretaba desde el fondo temas clásicos sobre el amor eterno y la devoción.

La inocencia de esta boda, celebrada un sábado por la tarde del mes de junio de 1947 (cuando la «hasta ahora Mary Virginia Eshelman», como indicaba el anuncio de prensa, se casaba con Ivan L. Rinehart) matizaba la diferencia entre sus edades. Ella tenía veintidós años. Su novio, un abogado de la cercana West Plains, cuarenta y tres. A la mayoría de los presentes esto no parecía molestarles. El hermano mayor del novio, Homer, ejerció de padrino. Su madre, Nora, estaba sentada satisfecha en un banco cercano. Patti, la prima de Virginia, ataviada con un vestido rosa pálido y un ramillete de gardenias, estaba encantada con haber sido elegida dama de honor a sus trece años. Pero Edna y Harry Eshelman se mostraron reservados durante la pequeña ceremonia familiar. No les gustaba que su única hija fuese a casarse con Rinehart, un hombre que prácticamente le doblaba la edad. Tal como recordaba Virginia: «Mis padres estaban conmocionados».

Terminada la Segunda Guerra Mundial, Virginia temía acabar en alguna granja perdida de Missouri. Ya no se celebrarían más espectáculos de la USO y la vida volvería a la normalidad. Con el suspiro de alivio que se extendió por la nación tras el Día de la Victoria en Europa, los estadounidenses deseaban volver a la rutina, a la cómoda vida doméstica que ofrecía el matrimonio y un nido lleno de hijos. A los veintidós años, Virginia era de todo menos una moza entrada en años, si bien muchas de sus antiguas compañeras de escuela ya estaban casadas o prometidas. Su corta estancia en la Universidad de Drury dio paso a la inscripción en la Universidad de Missouri, donde formó parte de dos hermandades y el grupo de cantantes universitarias, aunque nunca se sacó ninguna licenciatura. El matrimonio suponía para ella huir de los desdeñosos juicios de su madre y las indulgencias de su padre. Ivan y Virginia se habían conocido pocos años antes en el Departamento de Seguros Estatal de Jefferson City, donde ella trabajaba como secretaria y él como abogado. A pesar de que Ivan poseía otras cualidades indudables, no era un hombre particularmente atractivo, con la frente ancha, nariz aguileña y los ojos bizcos. De pie junto a ella, luciendo su traje de chaqueta cruzada a rayas, parecía más su padre que su novio. Virginia se mostró inflexible en su intención de casarse con aquel hombre, puede que para demostrarles algo a sus escépticos padres. Al dirigirse hacia el altar, Virginia sintió que por fin podría ser ella misma. Aun así, incluso durante la boda se mostró ambigua.

Antes del comienzo de la ceremonia, recordaba Virginia, el pastor se percató de que faltaba algo. A diferencia de la mayoría de bodas, no había ningún fotógrafo en la sala. «Y dijo el pastor: “¿No quieren que llame a uno?”», recordó.

Virginia negó con la cabeza. Por alguna razón, no quería fotógrafos. «Le dije: “No, no quiero recuerdos de esto”.» De forma intuitiva, Virginia no quiso tener los rostros felices y sonrientes de su marido y suyo enmarcados para la posteridad. «No me estaba casando de corazón», recordó. «Supongo que me había cansado de estar sola.»

El modesto convite tuvo lugar en el salón de una iglesia, al que siguió una semana de luna de miel. Ivan tenía previsto regresar a West Plains como socio minoritario del bufete Roberts y Rinehart. Como abogado en ejercicio, Ivan ofrecía una base sólida, aunque nada excitante, para los planes de Virginia de crear una familia, aunque él nunca verbalizó que esa fuera su intención. En West Plains, cerca de la frontera de Arkansas con el sur de los Ozarks, la nueva Virginia Rinehart no tardó en caer en el desencanto. «Creía que nos habíamos casado para tener una familia», relató. «Cuando me di cuenta de que él no tenía la menor intención de atender a su responsabilidad, me divorcié.» Para aplacar a su joven esposa, Ivan accedió a mudarse a una gran ciudad y afianzar su carrera. Ese cambio no varió el veredicto de Virginia sobre su matrimonio. «Nos fuimos a Saint Louis y él empezó a trabajar en un bufete local, bufete en el que obtuve mi divorcio», dijo. «Visto en retrospectiva, lo cierto es que no se me ocurre por qué demonios me casé con él.»

Virginia encontró un trabajo administrativo en el St. Louis Daily Record, una publicación sobre abogados, jueces y empresarios (el lugar ideal para encontrar nuevo marido). A través de un amigo mutuo del Daily Record, Virginia conoció a George Johnson, de edad mucho más cercana a la suya. Había estudiado Ingeniería en la Universidad Washington y, puede que lo más importante, era el líder de una banda musical que tocaba en clubes nocturnos. «Si algún día necesitáis una cantante», le comentó a George el amigo mutuo, «Virginia sabe hacerlo».

A George Johnson era tan fácil encontrárselo en los puntos más calientes de Saint Louis como al propio Benny Goodman. Vestía impecablemente y lucía un peinado perfecto, un cuidado bigote, lentes de montura de cuerno y tenía unos labios apretados, a resultas de una buena embouchure. Johnson había aprendido por sí mismo a tocar los instrumentos de viento de madera (clarinete, saxófono alto y saxófono tenor) y había asimilado el conocimiento musical suficiente para hacer los arreglos de su propia orquesta, representando los sonidos big band del momento. «Era un gran músico, y eso fue lo que me atrajo», recordó Virginia, quien tuvo sus dudas antes de aceptar su primera cita con él. «Sentía que había demasiados cabos sueltos. Una amiga no dejaba de hacer de alcahueta y siempre iba detrás de mí: “Sal con él, sal con él”. Ella me presionaba y supongo que yo me sentía sola. Y no era lo que más me apetecía.»

Para Virginia, George Johnson implicaba un encanto irresistible: un micrófono y un foco. Tras años cantando en coros de iglesia, cuartetos universitarios y espectáculos de la USO, Virginia finalmente se decidió a hacerse profesional, cantando en la banda de George. Su mundo nocturno aderezado con voces rotas, síncopas ricamente texturizadas y bailes en la penumbra se antojaba tan lejano a la languidez de su juventud en la granja. Puede que fuese ingeniero de profesión, pero George parecía dedicado a la música en cuerpo y alma. Se casaron en junio de 1950, en el jardín de una iglesia presbiteriana en cuyo coro había cantado Virginia. El novio vestía una chaqueta clara con una corbata de cachemira y un pañuelo a juego en el bolsillo delantero. Virginia, que jamás había estado más adorable que aquel día, volvió a recorrer un pasillo central, una vez más ataviada con un sombrero de ala ancha. Esta vez tampoco hubo fotógrafo, sino un amigo que sacó una simple fotografía tras la ceremonia. «Tengo fotos a color del exterior, pero ninguna de carácter formal», dijo. «Jamás he querido fotos en mis bodas.»

Tanto en casa como en el club nocturno, Virginia parecía feliz con su marido y líder de banda. «Les ayudé con la pintura cuando se mudaron a su nuevo apartamento», dijo Ken Barry, amigo y compañero músico. «Estábamos los tres solos, bebiendo cerveza y pintando. Creo que la suya era una relación muy buena.» Con voz grave y sensual, Virginia actuaba con la banda de su marido en los locales de Saint Louis, incluido el Winter Garden, el Forest Park Highland y el más famoso de todos: el Casa Loma Ballroom, donde también había actuado Frank Sinatra. Viajar con la banda resultaba de lo más emocionante para Virginia. Parecía haber conseguido la vida con la que siempre había soñado, su medio para obtener algún tipo de reconocimiento.

Al cabo de muchos meses, el agotamiento hizo que su rutina nocturna perdiese algo de lustre para Virginia y aquello pasó factura al matrimonio. Antes de su primer aniversario con George, Virginia encontró un trabajo administrativo en el departamento de publicidad de la cadena de radio KMOX. Su frenética agenda era «una especie de carrera continua», recordaría tiempo después George, que animó a su mujer a que viese a un médico, quien le acabaría recomendando «que se dedique a algo menos estresante». Así que decidió convertirse en maestra de baile en un estudio del vecindario.

Como marido, y a diferencia de Ivan Rinehart, George Johnson no tenía inconvenientes en tener hijos. Virginia, a sus veintiséis años, parecía más decidida que antes si cabe al respecto. «De no haber tenido hijos, me habría sentido absolutamente incompleta, fracasada como ser humano», recordó. «Solo sabía que los niños eran importantes para mí.» Poco después de su matrimonio, Virginia dio a luz a un hijo llamado Scott, seguido a los pocos años de una hija llamada Lisa. La suma de nuevos miembros a la familia Johnson, no obstante, supuso una importante carga, un peso emocional con el que la pareja no fue capaz de lidiar.

«Las cosas fueron bien hasta que nacieron mis hijos», observó Virginia. «Pero los músicos somos seres nocturnos, a diferencia de los niños. Ambos conceptos eran incompatibles.» Le costaba mucho ser desagradable con George, y más cuando este no dejaba de animarla en sus esfuerzos musicales. Pero sus limitaciones fuera del escenario eran demasiado palpables. «No compartíamos las mismas ideas u objetivos», dijo él. «Lo único que teníamos en común era la música.»

George pasaba mucho tiempo fuera de casa, acudiendo a sus actuaciones en clubes nocturnos y en bodas los fines de semana. Así las cosas, la vida para Virginia se hizo insoportable. Ya no contaba con la banda. La idea de quedarse en su barrio residencial con los niños (el ideal televisivo de June Cleaver sobre la maternidad, extendido durante la posguerra) no era nada atractiva para Virginia. Había salido de Golden City para ir a la universidad y en busca de oportunidades, no para verse encallada así. Su ausente marido era de poca ayuda. Ella siempre estaba alterada, como madre trabajadora que era, atrapada entre lo que quería sacarle a la vida y lo que los demás esperaban de ella. «Vengo de una época en la que ser madre era algo importante», dijo. «Me interesa menos limpiar cortinas que vivir la vida y compartir cosas.» Su condición de madre trabajadora la obligó a depender de una niñera, a confiar a extraños el cuidado de sus hijos. Una tarde, después del trabajo, Virginia se encontró a Scott, por entonces de seis años, solo en casa. «Mi hija había desaparecido, y también la mujer que la cuidaba», recordó. Frenética, Virginia llamó a la policía para denunciar la desaparición. «Lo que no sabía (y supimos luego) era que ella [la niñera] era alcohólica y que había salido para buscar algo que beber», dijo Johnson. «Se había llevado a mi hija pequeña, de unos dos años, en autobús hasta su casa, donde pensaba coger una botella antes de regresar.»

Cargada con los dos hijos, Virginia tomó la decisión de deshacerse del matrimonio. Anfitrión amable hasta la saciedad, George no se resistió. Simplemente preguntó el porqué.

«Ya no me queda nada que darte», recordó haberle dicho antes de salir por la puerta. Aun así, mantuvo su apellido de casada: Virginia Johnson.

Inflexible ante su decisión de irse, Virginia se sentía, no obstante, inquieta por sus dos fracasos matrimoniales consecutivos y las repercusiones personales en una época donde el divorcio en Estados Unidos seguía siendo relativamente infrecuente. Había disfrutado con el sexo y el afecto compartido con ambos, pero no había llegado a establecer el lazo profundo que siempre había deseado, el amor auténtico y duradero del que mucho cantaba y poco conocía. Por motivos que Virginia era incapaz de explicar, se había casado con dos hombres (puede que tres, si hemos de creer algunas versiones) a los que nunca amó en realidad y que nunca le importaron genuinamente. «Cuando vuelvo la mirada hacia atrás, me pregunto por qué», reflexionó. «No tengo respuestas.»

Los que conocían bien a Virginia en esa época decían que era demasiado ambiciosa y vehemente para conformarse con la monotonía de vivir con un hombre como George Johnson. «Me decía que, en cierto modo, le avergonzaba ser la esposa del líder de una banda musical», reco

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