Una casa para el señor Biswas

V.S. Naipaul

Fragmento

1PASTORAL

Poco antes de que naciera el señor Biswas, hubo otra pelea entre su madre, Bipti, y su padre, Raghu, y Bipti se llevó a los tres hijos, andando bajo el ardiente sol hasta el pueblo en el que vivía su madre, Bissoondaye. Allí, Bipti lloró y contó la vieja historia de la tacañería de Raghu: que controlaba cada centavo que le daba, que contaba cada galleta de la lata, y que era capaz de caminar quince kilómetros con tal de no pagar un penique por un carro.

El padre de Bipti, incapacitado por el asma, se incorporó en la hamaca y dijo, como hacía siempre en los momentos de desgracia: «El Destino. No se puede hacer nada».

Nadie le prestó la menor atención. El Destino le había llevado de la India a la plantación de caña, le había avejentado rápidamente y le había dejado que muriese en una choza de barro a punto de desmoronarse en medio de los pantanos; sin embargo, hablaba del Destino con frecuencia y con afecto, como si, por el simple hecho de sobrevivir, fuera especialmente afortunado.

Mientras el anciano seguía hablando, Bissoondaye llamó a la comadrona, preparó comida para los hijos de Bipti y les hizo la cama. Cuando llegó la comadrona, los niños estaban dormidos. Al cabo de un rato los despertaron los chillidos del señor Biswas y los alaridos de la comadrona.

—¿Qué es? —preguntó el anciano—. ¿Niño o niña? —¡Niño, niño! —exclamó la comadrona—. Pero ¿qué niño es este? Con seis dedos y nacido al revés.

El anciano gimió y Bissoondaye dijo:
—Lo sabía. No tengo suerte.

Inmediatamente, a pesar de que era de noche y el camino estaba solitario, salió de la choza y se dirigió al pueblo más próximo, donde había un seto de cactos. Volvió con hojas de cactos, las cortó en tiras y colgó una tira sobre cada puerta, cada ventana, cada abertura por la que pudiese entrar un mal espíritu a la choza.

Pero la comadrona dijo:
—Hagáis lo que hagáis, este niño devorará a su madre y a su padre.

A la mañana siguiente, cuando, a la brillante luz, daba la impresión de que todos los malos espíritus habían abandonado la tierra, llegó el pandit, un hombre bajo, delgado, de rostro afilado y sarcástico y modales altaneros. Bissoondaye le acomodó en la hamaca, de la que habían echado al anciano, y le contó lo ocurrido.

—Hum. Conque nacido al revés. Y dices que a medianoche.

Bissoondaye no tenía forma de saber la hora, pero tanto la comadrona como ella estaban convencidas de que había sido a medianoche, la hora desfavorable.

Mientras Bissoondaye estaba sentada ante él, con la cabeza cubierta e inclinada, el pandit se animó de repente.

—Bueno, no importa. Siempre hay formas y maneras de superar estas desgracias. —Desató el hatillo rojo que llevaba y sacó el almanaque astrológico, un fajo de hojas sueltas, alargadas y estrechas, metidas entre tablas. Las hojas se habían puesto pardas con el tiempo, y su olor a humedad estaba mezclado con el de la pasta roja y ocre de sándalo que las había salpicado. El pandit levantó una hoja, leyó un poco, se mojó el índice con la lengua y levantó otra hoja. Por último, dijo:

—En primer lugar, las características de este desgraciado muchacho. Tendrá buenos dientes, pero serán bastante anchos, y con huecos entre medias. Supongo que sabéis lo que eso significa. El chico será lascivo y manirroto. Posiblemente, también mentiroso. Es difícil saber qué pasará con los huecos entre los dientes. Pueden significar solo una de esas cosas o las tres.

—¿Y lo de los seis dedos, pandit?
—Desde luego, es una señal sorprendente. Lo único que puedo aconsejar es mantenerle alejado de los árboles y del agua. Sobre todo del agua.

—O sea, ¿no bañarle nunca?
—No quiero decir exactamente eso. —Levantó la mano derecha, juntó los dedos y, con la cabeza ladeada, dijo lentamente—: Hay que interpretar lo que dice el libro. —Dio unos golpecitos sobre el tambaleante almanaque con la mano izquierda—. Y cuando el libro dice agua, pienso que se refiere al agua en su forma natural.

—En su forma natural.
—En su forma natural —repitió el pandit, pero sin mucha convicción—. Quiero decir —se apresuró a añadir, un tanto fastidiado—, mantenerle alejado de ríos y charcas. Y, por supuesto, del mar. ¡Ah, y otra cosa! —añadió con satisfacción—. Sus estornudos traerán mala suerte. —Se puso a recoger las alargadas hojas del almanaque—. Gran parte de los males que sin duda traerá este niño se mitigarán si se le prohíbe al padre que le vea durante veintiún días.

—Nada más fácil —dijo Bissoondaye, expresando emoción por primera vez.

—El día vigésimo primero, el padre debe ver al niño. Pero no en carne y hueso.

—¿En un espejo, pandit?
—Me parecería poco aconsejable. Mejor en un plato de latón. Bien limpio.

—Sí, claro.
—Tienes que llenar el plato con aceite de coco (que, dicho sea de paso, debes hacer tú misma con cocos recogidos con tus propias manos), y el padre debe ver la cara de su hijo en el reflejo de ese aceite. —Ató el almanaque y lo enrolló en el algodón rojo que también estaba salpicado de pasta de sándalo—. Creo que eso es todo.

—Nos hemos olvidado de una cosa, pandit. El nombre. —En eso no puedo ayudar mucho. Pero me parece que un prefijo conveniente sería Mo. Después, es cosa vuestra añadirle algo.

—¡Ay, pandit, tiene que ayudarme! Lo único que se me ocurre es hun.

El pandit se quedó sorprendido y realmente encantado. —Pero si es estupendo. Estupendo. Mohun. Ni yo mismo hubiera podido pensar nada mejor. Porque, como bien sabrás, Mohun significa el amado, y es como llamaban las vaqueras a Krisna.

Sus ojos se dulcificaron al pensar en la leyenda, y dio la impresión de que se olvidaba de Bissoondaye y del señor Biswas durante unos momentos.

Del nudo al extremo del velo, Bissoondaye sacó un florín y se lo dio al pandit, murmurando excusas por no poder darle más. El pandit le dijo que había hecho lo que estaba en su mano hacer y que no se preocupara. En realidad, estaba encantado; esperaba menos.

El señor Biswas perdió el sexto dedo antes de diez días. Sencillamente se le desprendió una noche, y Bipti se llevó un buen susto cuando, al sacudir las sábanas una mañana, vio el minúsculo dedo caer al suelo. Bissoondaye lo consideró una señal excelente y lo enterró detrás del establo, en la parte trasera de la casa, no lejos de donde había enterrado el cordón umbilical del señor Biswas.

Durante los siguientes días, el señor Biswas recibió un trato atento y respetuoso. Abofeteaban a sus hermanos y hermanas si le despertaban, y la flexibilidad de sus miembros se consideraba asunto de gran importancia. Le daban masajes con aceite de coco mañana y noche. Ejercitaban todas sus articulaciones; le cruzaban brazos y piernas en diagonal sobre el reluciente cuerpo rojo; llevaban el dedo gordo del pie derecho hasta el hombro izquierdo, el dedo gordo del pie izquierdo hasta el hombro derecho, y ambos dedos hasta la nariz; por último, juntaban piernas y brazos sobre el vientre y después, con una palmada y una carcajada, los soltaban.

El señor Biswas respondió bien a esos ejercicios, y Bissoondaye adquirió tal confianza que decidió celebrar una fiesta el noveno día. Invitó a la gente del pueblo y les ofreció comida. También fue el pandit, quien, inesperadamente, se mostró afable, si bien con su actitud dio a entender que, de no haber sido por su intervención, no hubiera habido fiesta. Jhagru, el barbero, llevó su tambor, y Selochan hizo la danza de Siva en el establo, con el cuerpo completamente cubierto de ceniza.

Hubo un momento desagradable: cuando apareció Raghu, el padre del señor Biswas. Había ido a pie; llevaba el dhoti y la chaqueta sudados y llenos de polvo.

—Vaya, vaya. Estupendo —dijo—. Una fiesta. ¿Y qué pasa con el padre?

—Vete de esta casa inmediatamente —dijo Bissoondaye, saliendo de la cocina que estaba en un lateral—. ¡El padre! ¿Cómo puedes decir que eres padre, cuando echas a tu mujer de casa cada vez que se le hincha la barriga?

—Eso no es cosa tuya —replicó Raghu—. ¿Dónde está mi hijo?

—Venga, adelante. Dios te ha dado lo que te mereces por tu jactancia y tu mezquindad. Se te comerá. Con seis dedos, y nacido al revés. Anda, ve a verle. Además, sus estornudos traen mala suerte.

Raghu se detuvo en seco.
—¿Que sus estornudos traen mala suerte?
—Ya te he advertido. Solo puedes verle el vigésimo primer día. Si ahora haces alguna tontería, tú serás el único responsable.

El anciano insultó a Raghu en voz baja desde la hamaca: «Sinvergüenza, canalla. Cuando veo la conducta de este hombre empiezo a pensar que ha llegado la Era de la Oscuridad».

La pelea y las amenazas posteriores despejaron el ambiente. Raghu confesó que había obrado mal y que ya había sufrido suficiente por ello. Bipti dijo que estaba dispuesta a volver con él. Y él accedió a regresar el día vigésimo primero.

En preparación para ese día Bissoondaye empezó a recoger cocos secos. Los descascaró, ralló la pulpa y extrajo el aceite que había prescrito el pandit. Fue una larga tarea: hervir, espumar y volver a hervir, y le sorprendió la cantidad de cocos que se necesitaban para sacar un poquito de aceite. Pero el aceite estuvo listo a tiempo, y Raghu apareció, bien vestido, con el pelo alisado con fijador, brillante, el bigote recortado, y fue muy correcto cuando se quitó el sombrero y entró en la oscura habitación interior de la choza que despedía un cálido olor a aceite y paja vieja. Sujetó el sombrero contra el lado derecho de la cara y miró el aceite en el plato de latón. Oculto a ojos de su padre por el sombrero, y bien arropado de pies a cabeza, colocaron al señor Biswas boca abajo sobre el aceite. No le hizo ninguna gracia; arrugó la frente, apretó los ojos con fuerza y soltó un berrido. El aceite, claro como el ámbar, ondeó, rompió el reflejo de la cara del señor Biswas, ya distorsionado por la rabieta, y se acabó la visión.

Al cabo de unos días, Bipti y sus hijos regresaron a casa. Y allí, la importancia del señor Biswas fue disminuyendo poco a poco. Llegó un momento en el que dejaron de darle los masajes diarios.

Pero siguió llevando una carga. Nunca llegaron a olvidar que era un niño con mala suerte y que sus estornudos traerían especial mala suerte. El señor Biswas se resfriaba con facilidad, y en la época de lluvias representaba una amenaza de pobreza para su familia. Si, antes de que Raghu tuviera que ir a la plantación de caña, el señor Biswas estornudaba, Raghu se quedaba en casa, trabajaba en el huerto por la mañana y pasaba la tarde confeccionando bastones y zuecos, o tallando cachas de machete y empuñaduras de bastón. Su diseño favorito era un par de botas de goma; nunca había tenido semejante cosa, pero se las había visto al capataz. Hiciera lo que hiciese, Raghu nunca salía de casa. Aun así, tras un estornudo del señor Biswas ocurrían con frecuencia pequeños incidentes: faltaban tres peniques después de la compra, se rompía una botella, se caía un plato. En cierta ocasión, el señor Biswas estornudó tres mañanas consecutivas.

—Este chico va a devorar en verdad a su familia —dijo Raghu.

Una mañana, justo después de que Raghu hubiera cruzado el arroyo que corría entre el patio y la carretera, se detuvo bruscamente. El señor Biswas había estornudado. Bipti salió corriendo y dijo:

—No importa. Ha estornudado cuando ya estabas en la carretera.

—Pero le he oído. Con toda claridad.

Bipti le convenció de que fuera a trabajar. Una o dos horas más tarde, mientras limpiaba el arroz para la comida, oyó gritos en la carretera, y cuando salió vio a Raghu tendido en un carro tirado por bueyes, con la pierna derecha envuelta en vendas ensangrentadas. Gemía, no de dolor, sino de cólera. El hombre que le llevaba se negó a ayudarle a llegar hasta el patio: los estornudos del señor Biswas eran demasiado conocidos. Raghu tuvo que ir cojeando, apoyándose en el hombro de Bipti.

—Este chico nos va hundir en la miseria a todos —dijo Raghu.

Pronunció estas palabras movido por un profundo temor. Aunque ahorraba y lograba que su familia y él pasaran sin demasiadas cosas, no dejaba de pensar que estaba a punto de caer en la indigencia. Cuanto más acumulaba, más creía que tenía que malograr y perder, y más precavido se hacía.

Todos los sábados se ponía a la cola con los demás trabajadores a la puerta de la oficina de la finca para recoger su salario. El capataz se sentaba a una mesita, sobre la que reposaba su salacot de color caqui que, aunque quitaba espacio, era símbolo de riqueza. A su izquierda se sentaba el administrativo indio, todo importante, serio, conciso, que escribía esmeradamente los guarismos en tinta negra y roja en el alargado libro de contabilidad con sus pulcras manitas. Mientras el administrativo apuntaba cifras y decía los nombres y las cantidades con voz aguda, precisa, el capataz seleccionaba monedas de níquel y cobre de los montones que tenía ante sí, y con mayor cuidado extraía billetes azules del fajo de un dólar, del de dos dólares rojos, más pequeño, y del de cinco dólares verdes, bastante magro. Pocos trabajadores ganaban cinco dólares a la semana; los billetes estaban allí para pagar a quienes recogían al mismo tiempo el sueldo del marido o de la mujer además del suyo. Alrededor del salacot del vigilante, como si lo protegieran, había bolsas de papel duro, azul, dentadas en el borde, con grandes cifras impresas, que se mantenían erguidas por el peso de las monedas que había dentro. Unas perforaciones redondas dejaban entrever las monedas y, según le habían contado a Raghu, les permitían respirar.

Aquellas bolsas fascinaban a Raghu. Había conseguido varias, y tras muchos meses y unos cuantos trucos —cambiar un chelín por doce peniques, por ejemplo—, las llenó. A partir de entonces no había podido parar. Nadie, ni siquiera Bipti, sabía dónde escondía las bolsas; pero se había propagado el rumor de que enterraba el dinero y que posiblemente era el hombre más rico del pueblo. Tales cotilleos asustaron a Raghu y, para detenerlos, incrementó su austeridad.

El señor Biswas creció. Los miembros, masajeados y frotados al principio con aceite dos veces al día, quedaban cubiertos de polvo y barro, sin lavar, durante días enteros. La desnutrición que le había proporcionado el sexto dedo de la desgracia le perseguía con eccemas y ampollas que se hinchaban, estallaban, formaban costra y volvían a estallar, hasta que apestaban: le afectaba sobre todo a los tobillos, las rodillas, las muñecas y los codos, y las heridas le dejaban cicatrices como marcas de vacuna. La desnutrición le dotó del pecho más hundido que se pueda imaginar, de unos brazos y piernas delgadísimos; impidió que creciera y le produjo una tripa blanda, hinchada. Y sin embargo, se notaba que crecía. Nunca tuvo conciencia del hambre. No le importaba el hecho de no ir al colegio. La vida se le hacía desagradable únicamente porque el pandit le había prohibido acercarse a los ríos y las charcas. Raghu nadaba maravillosamente y Bipti quería que enseñara a los hermanos del señor Biswas. De modo que, todos los domingos por la mañana, Raghu se llevaba a Pratap y a Prasad a nadar en un río, no muy lejos, y el señor Biswas se quedaba en casa, donde Bipti le bañaba y le abría todas las ampollas a base de frotar con el jabón azul. Pero al cabo de un par de horas desaparecía la rojez en carne viva, empezaban a formarse costras, y el señor Biswas volvía a estar como si tal cosa. Jugaba a las casitas con su hermana Dehuti. Mezclaban tierra con agua y hacían chimeneas de barro; cocían unos cuantos granos de arroz en latas de leche condensada vacías y, en las tapas de las latas, hacían rotis.

Prasad y Pratap no participaban en tales entretenimientos. De nueve y once años respectivamente, ya habían superado semejantes frivolidades y habían empezado a trabajar, colaborando de buena gana en las fincas en la violación de la ley sobre el trabajo infantil.

Habían adquirido gestos de adulto. Hablaban con briznas de hierba entre los dientes; bebían dando ruidosos sorbetones, suspiraban y después se restregaban la boca con la palma de la mano; comían enormes cantidades de arroz, se daban golpecitos en la barriga y eructaban, y todos los sábados se ponían a la cola para recibir la paga. Su trabajo consistía en cuidar de los búfalos que tiraban de los carros de caña. La querencia de los búfalos era una charca de agua empalagosamente dulce, cenagosa, no lejos de la fábrica; allí, junto a otra docena de chicos de delgados miembros, ruidosos, alegres, sobrados de energías y con pleno sentido de su importancia, Pratap y Prasad se movían todo el día por el barro entre los búfalos. Cuando volvían a casa llevaban las piernas cubiertas de lodo que, al secarse, se ponía blanco, de modo que se parecían a los árboles de los parques de bomberos y las comisarías, que se encalaban hasta la mitad del tronco.

Por mucho que lo deseara, no parecía probable que el señor Biswas pudiera ir con sus hermanos a la charca de los búfalos cuando le llegara la edad. Estaba la prohibición del pandit sobre el agua; y aunque se podía alegar que el lodo no es agua, y aunque un accidente allí podría haber eliminado la causa de la angustia de Raghu, ni Raghu ni Bipti habrían hecho nada contrario a los consejos del pandit. Al cabo de dos o tres años, cuando pudiera confiársele una hoz, obligarían al señor Biswas a ir con los chicos y chicas de la cuadrilla de segadores. Entre ellos y los chicos de los búfalos había continuas disputas, y no cabía duda de quiénes eran superiores. Los chicos de los búfalos, con sus polainas de lodo, hacían cosquillas a los animales, les daban de palos, les gritaban y los controlaban: tenían poder, mientras que los niños de la cuadrilla de segadores, que caminaban con ligereza por la carretera en fila india, con la cabeza prácticamente tapada por los fardos de hierba húmeda, altos y anchos, sin apenas poder ver, y por el peso sobre la cabeza y la hierba que les caía sobre la cara, incapaces de replicar sino breve e incomprensiblemente a las burlas, eran fácil objeto de ridículo.

Y el señor Biswas estaba destinado a la cuadrilla de los segadores. Más adelante pasaría a las plantaciones de caña, a escardar, limpiar, plantar y recoger; le pagarían según las tareas que desempeñase, y mediría sus tareas un vigilante con una larga caña de bambú. Y en eso se quedaría. Jamás sería vigilante ni pesador, porque no sabría leer. Tal vez, al cabo de muchos años, podría ahorrar lo suficiente para comprar un poco de tierra en la que plantar su propia caña, que vendería a la finca al precio que ellos fijaran. Pero esto lo lograría únicamente si tenía la fortaleza y el optimismo de su hermano Pratap. Porque eso fue lo que hizo Pratap. Y Pratap, analfabeto toda su vida, se haría más rico que el señor Biswas; tendría casa propia, una casa grande, recia, bien construida, muchos años antes que el señor Biswas.

Pero el señor Biswas nunca fue a trabajar al campo. Los acontecimientos que tuvieron lugar le apartaron de aquello. No le llevaron a la riqueza, pero le dieron la posibilidad de consolarse en la última etapa de su vida con las Meditaciones de Marco Aurelio, mientras descansaba en la cama doble de la habitación que albergaba la mayor parte de sus cosas.

Dhari, el vecino de la casa de al lado, compró una vaca preñada, y cuando nació el ternero, Dhari, cuya mujer trabajaba fuera de casa y no tenía hijos, le ofreció al señor Biswas el trabajo de darle agua al ternero durante el día, a razón de un penique a la semana. Raghu y Bipti estaban encantados.

El señor Biswas adoraba al ternero, por su enorme cabeza que parecía tan precariamente unida al delgado cuerpecillo, por las patas huesudas, vacilantes, por sus grandes ojos tristes y el absurdo hocico rosa. Le gustaba observar al ternero tirando furiosa y torpemente de las ubres de su madre, con las delgadas patas extendidas, la cabeza casi oculta bajo el vientre de la madre. Y hacía algo más que darle agua. Lo llevaba a pasear por húmedos prados de hierba afilada y por los surcados senderos entre las plantaciones de caña, deseando darle de comer hierba de múltiples clases e incapaz de comprender por qué al ternero le molestaba que lo llevaran de un sitio a otro.

Fue durante uno de aquellos paseos cuando el señor Biswas descubrió el arroyo. No podía ser allí donde Raghu llevaba a nadar a Pratap y Prasad: había muy poca agua. Pero sin duda era allí donde iban Bipti y Dehuti los domingos por la tarde a hacer la colada, y volvían con los dedos blancos y arrugados. Entre matas de bambú, el arroyo discurría sobre piedras lisas de múltiples tamaños y colores, con el fresco ruido del agua mezclándose con el susurro de las afiladas hojas, con el crujido de los altos bambúes cuando se balanceaban y sus gemidos cuando se frotaban unos contra otros.

El señor Biswas se metió en el arroyo y miró hacia abajo. El rápido movimiento del agua y el ruido le hicieron olvidar su escasa profundidad, notó las piedras resbaladizas y, asustado, se arrastró hasta la orilla y miró el agua, de nuevo inofensiva, mientras el ternero se quedaba a su lado, parado y triste, sin interés por las hojas de bambú.

Siguió yendo al arroyo prohibido. Las delicias que albergaba parecían infinitas. En un pequeño remolino, oscuro a la sombra de la ribera, se topó con un banco de pececitos negros, tan bien adaptados al fondo que podían confundirse con algas. Se tumbó sobre las hojas de bambú y extendió una mano lentamente, pero en cuanto rozó el agua con los dedos, los peces se alejaron, dando coletazos y serpenteando. A partir de entonces, cuando veía los peces no intentaba cogerlos. Los contemplaba y después tiraba cosas al agua. Una hoja seca de bambú podía provocar un leve estremecimiento entre los peces; un tallo de bambú podía asustarlos más; pero si se quedaba quieto y no tiraba nada, los peces volvían a tranquilizarse. Entonces escupía. Aunque no podía escupir tan bien como su hermano Pratap que, violentamente, pero como sin darle importancia, podía hacer resonar el escupitajo allí donde cayera, al señor Biswas le gustaba ver el suyo trazar lentamente un círculo por encima de los peces negros antes de ser arrastrado por la corriente. Intentó pescar alguna vez, con una delgada caña de bambú, un cordel, un alfiler torcido y sin cebo. Los peces no picaban; pero si agitaba con fuerza el cordel, se asustaban. Cuando había mirado los peces suficiente tiempo, tiraba un palo al agua: le encantaba ver cómo el banco se deshacía como un rayo.

Y un día el señor Biswas perdió el ternero. Se había olvidado de él, contemplando los peces. Y cuando, tras tirar el palo y dispersarlos se acordó del ternero, el animal había desaparecido. Buscó por las riberas y por los sembrados cercanos. Volvió al prado donde lo había dejado Dhari aquella mañana. El poste de hierro, con la cabeza aplastada y brillante por los continuos golpes, seguía allí, pero no había ni cuerda ni ternero atados a él. Pasó un largo rato buscando, por campos llenos de altos hierbajos de cabezuelas vellosas, por las regueras, como limpias cuchilladas rojas, entre los prados y entre las plantaciones de caña. Lo llamó, mugiendo suavemente para no llamar la atención.

De repente, llegó a la conclusión de que el ternero estaba definitivamente perdido, de que, al fin y al cabo, el animal podía cuidar de sí mismo y lograría volver con su madre al patio de Dhari. Entretanto, lo mejor que podía hacer era esconderse hasta que encontraran el ternero, o quizá lo olvidaran. Se estaba haciendo tarde y decidió que el mejor sitio para esconderse era su casa.

Casi había pasado la tarde. Por el oeste el cielo era de oro y humo. La mayoría de los aldeanos había vuelto del trabajo, y el señor Biswas tuvo que regresar a casa con cautela, pegado a los setos y a veces escondiéndose en las regueras. Sin que nadie le viera, subió hasta la linde trasera de su parcela. Sobre una plataforma entre la choza y el establo vio a Bipti fregando platos de esmalte, latón y hojalata con ceniza y agua. Se ocultó tras el seto de hibisco. Llegaron Pratap y Prasad, con briznas de hierba entre los dientes, los ceñidos sombreros de fieltro húmedos de sudor, la cara abrasada por el sol y sudada, las piernas enfundadas en barro blanco. Pratap se puso un trozo de tela de algodón blanco alrededor de los sucios pantalones y se desnudó con la modestia de un adulto experimentado antes de echarse agua del gran barril negro de petróleo con la calabaza. Prasad se subió a un tablón y se puso a raspar el barro de las piernas.

Bipti dijo:
—Chicos, tenéis que ir a buscar leña antes de que oscurezca.

Prasad se enfadó; y, como si al quitarse el barro blanco de las piernas hubiera perdido la compostura de los adultos, tiró el sombrero al suelo y gritó como un niño:

—¿Por qué me dices eso ahora? ¿Por qué me dices eso todos los días? No pienso ir.

Raghu fue a la parte trasera, con un bastón a medio terminar en una mano y en la otra un alambre humeante con el que había estado grabando dibujos en el bastón.

—Oye, chico —dijo Raghu—. No creas que porque ganas dinero ya eres un hombre. Haz lo que te dice tu madre. Y ve enseguida, antes de que te dé con este bastón, aunque está sin terminar.

Sonrió ante su propio chiste.

El señor Biswas se puso nervioso.

Rabiando, Prasad recogió el sombrero, y fue con Pratap a la parte delantera de la casa.

Bipti llevó los platos a la cocina, en la galería delantera, donde Dehuti la ayudaría a preparar la cena. Raghu volvió a la hoguera, delante de la casa. El señor Biswas se deslizó por entre la cerca de hibisco, atravesó la reguera, estrecha, de escasa profundidad, de un negro grisáceo, con un ruido chapoteante por el agua cenicienta de la plataforma de fregar y el agua embarrada del baño de Pratap, y se dirigió hacia la galería trasera, donde había una mesa, la única pieza de carpintería del mobiliario de la choza. Desde la galería entró a la habitación de su padre, pasó bajo la doselera de la cama —unas tablas apoyadas sobre troncos verticales clavados en el suelo de tierra— y se dispuso a esperar.

La espera fue larga, pero la soportó sin molestias. Bajo la cama, el olor a tela vieja, a polvo y paja vieja creaban un agobiante olor a moho. Sin nada que hacer, para pasar el rato intentó distinguir los diversos olores, mientras sus oídos recogían los ruidos dentro y alrededor de la choza. Sonaban lejanos y dramáticos. Oyó a los chicos regresar y tirar la leña seca que habían traído. Prasad seguía rabioso, Raghu regañaba, Bipti trataba de tranquilizarlos. De repente, el señor Biswas se puso alerta.

—¡Eh, Raghu! —reconoció la voz de Dhari—. ¿Dónde está tu hijo pequeño?

—¿Mohun? ¿Dónde está Mohun, Bipti?
—Con el ternero de Dhari, supongo.
—Pues no está —dijo Dhari.
—¡Prasad! —gritó Bipti—. ¡Pratap! ¡Dehuti! ¿Habéis visto a Mohun?

—No, mai.
—No, mai.
—No, mai.
—No, mai. No, mai. No, mai —dijo Raghu—. ¿Qué demonios os habéis creído? Id a buscarle.

—¡Dios mío! —exclamó Prasad.
—Y tú también, Dhari. Fue idea tuya coger a Mohun para que atendiese al ternero. Te considero responsable.

—El juez dirá algo distinto —dijo Dhari—. Un ternero es un ternero, y para alguien que no es tan rico como tú...

—Estoy segura de que no ha pasado nada —dijo Bipti—. Mohun sabe que no debe acercarse al agua.

Al señor Biswas le sobresaltó un gemido. De Dhari. —¡Agua, agua! ¡Ay, ese desgraciado de chico! No satisfecho con destrozar a su madre y a su padre, también me va a destrozar a mí. ¡Agua! ¡Ay, madre de Mohun! ¿Qué has dicho?

—¿Agua?

Raghu parecía confuso.
—¡La charca, la charca! —gimió Dhari, y el señor Biswas le oyó gritar a los vecinos—: ¡El hijo de Raghu ha ahogado mi ternero en la charca! Un ternero tan bonito. Mi primer ternero. Mi único ternero.

Rápidamente se congregó una multitud de chismosos. Muchos habían estado en la charca aquella tarde; unos cuantos habían visto un ternero deambulando por allí, y un par de ellos incluso habían visto a un chico.

—¡Qué tontería! —dijo Raghu—. El chico sabe que no debe acercarse al agua. —Se calló y después añadió—: El pandit le prohibió acercarse al agua en su forma natural.

Lakhan, el carretero, dijo:
—Vaya hombre. Al parecer, no le importa si su hijo se ha ahogado o no.

—¿Cómo sabes lo que piensa? —dijo Bipti.
—Déjale, déjale —dijo Raghu en tono ofendido, indulgente—. Mohun es mi hijo. Y si me importa que se haya ahogado o no es cosa mía.

—¿Y mi ternero? —dijo Dhari.
—No me importa tu ternero. ¡Pratap! ¡Prasad! ¡Dehuti! ¿Habéis visto a vuestro hermano?

—No, padre.
—No, padre.
—No, padre.
—Voy a bucear y le encontraré —dijo Lakhan.
—Estás deseando lucirte —dijo Raghu.
—¡Ay! —exclamó Bipti—. Ya está bien de discutir. Vamos a buscar al chico.

—Mohun es mi hijo —dijo Raghu—. Y si alguien va a bucear para encontrarle, ese soy yo. Y ruego a Dios que cuando llegue al fondo encuentre tu maldito ternero, Dhari.

—¡Testigos! —dijo Dhari—. Os pongo a todos por testigos. Habrá que repetir esas palabras en el juzgado.

—¡A la charca! ¡A la charca! —dijeron los aldeanos, y se gritaba la noticia a quienes llegaban: «Raghu va a bucear en la charca para buscar a su hijo».

Bajo la cama de su padre, el señor Biswas oyó todo aquello, al principio con agrado, después con recelo. Raghu entró en la habitación, respirando pesadamente y soltando maldiciones contra la aldea. El señor Biswas le oyó desnudarse y gritarle a Bipti que fuera a frotarle con aceite de coco. Ella entró, le frotó y ambos salieron de la habitación. En la carretera se elevó el ruido de conversaciones y pisadas, y fue desvaneciéndose poco a poco.

El señor Biswas salió lentamente de debajo de la cama y se quedó consternado al ver que la choza estaba a oscuras. En la habitación de al lado alguien se echó a llorar. Fue hasta la puerta y miró. Era Dehuti. Había descolgado la camisa y dos camisetas del señor Biswas del clavo que había en la pared y las estrechaba contra su cara.

—Hermana —susurró.

Ella le oyó y le vio, y sus sollozos se tornaron en gritos. El señor Biswas no sabía qué hacer. «Vamos, vamos, no pasa nada», dijo, pero sus palabras resultaron inútiles, y volvió a la habitación de su padre. Justo a tiempo, porque en aquel momento entró Sadhu, el hombre muy viejo que vivía dos casas más allá, y preguntó qué ocurría, con las palabras silbándole entre los huecos de los dientes.

Dehuti siguió chillando. El señor Biswas se metió las manos en los bolsillos de los pantalones, y a través de los agujeros que tenían, se apretó los muslos.

Sadhu se llevó a Dehuti.

Fuera, en un lugar desconocido, croó una rana, y después hizo un ruido gorgoteante, de succión. Los grillos ya estaban chirriando. El señor Biswas estaba solo en la choza oscura, y asustado.

La charca se encontraba en la zona pantanosa. Crecían hierbajos por toda la superficie, y desde lejos no parecía más que una depresión de poca profundidad. En realidad, estaba llena de escarpadas hondonadas y a los aldeanos les gustaba pensar que eran insondables. No había árboles ni colinas alrededor, de modo que, aunque se había puesto el sol, el cielo seguía brillante e iluminado. Los aldeanos se quedaron en silencio en la orilla más segura de la charca. Las ranas croaban y el chotacabras empezó a pronunciar las enloquecidas palabras por las que lleva ese nombre. Los mosquitos ya habían empezado a funcionar; de vez en cuando, un aldeano se daba una palmada en un brazo o levantaba una pierna y le daba un bofetón.

Lakhan, el carretero, dijo:
—Lleva demasiado tiempo ahí abajo.

Bipti frunció el ceño.

Antes de que Lakhan pudiera quitarse la camisa, Raghu subió a la superficie, hinchó los carrillos, escupió un arco de agua largo y delgado y tomó varias bocanadas de aire, profundas y resonantes. El agua le resbalaba por la piel aceitosa; pero el bigote se le había desplomado sobre el labio superior y el pelo le colgaba como flecos sobre la frente. Lakhan le tendió una mano para que subiera.

—Creo que hay algo ahí abajo —dijo Raghu—. Pero está muy oscuro.

A lo lejos, los árboles bajos se recortaban negros contra el cielo desteñido; las rayas naranjas del crepúsculo estaban manchadas de gris, como dedos sucios.

Bipti dijo:
—Deja que se meta Lakhan.

Alguien dijo:
—Vamos a dejarlo para mañana.
—¿Hasta mañana? —dijo Raghu—. ¿Y que se nos envenene el agua a todos?

Lakhan dijo:
—Iré yo.

Jadeante, Raghu movió la cabeza.
Mi hijo. Mi obligación.
—Y mi ternero —dijo Dhari.

Raghu no le hizo caso. Se pasó las manos por el pelo, hinchó los carrillos, se puso las manos en los costados y eructó. Al cabo de unos momentos volvía a estar en el agua. La charca no permitía zambullirse con estilo; Raghu se limitó a dejarse caer. La superficie del agua se rompió y onduló. El destello del cielo estaba desvaneciéndose. Mientras esperaban descendió un viento fresco desde las colinas, soplando hacia el norte; entre los hierbajos temblorosos, el agua relucía como lentejuelas.

Lakhan dijo:
—Está subiendo. Creo que ha encontrado algo. Comprendieron lo que era por el grito de Dhari. Entonces,

Bipti se puso a chillar, y también Pratap y Prasad y todas las mujeres, mientras los hombres ayudaban a levantar el ternero hasta la orilla. Uno de los costados estaba verde por el limo; sus delgadas extremidades estaban rodeadas de hierbas como hojas de vid, aún frescas, gruesas y verdes. Raghu se sentó en la orilla, mirando el agua oscura por entre las piernas.

—Déjame bajar a buscar al chico.
—Sí, hombre —le rogó Bipti—. Déjale que baje.

Raghu se quedó donde estaba, aspirando profundas bocanadas de aire, con el dhoti ceñido a la piel. Después se metió otra vez en el agua y los aldeanos volvieron a guardar silencio. Esperaron, mirando el ternero, mirando la charca.

Lakhan dijo:
—Algo ha pasado.

Una mujer dijo:
—Déjate de bobadas, Lakhan. Raghu bucea muy bien. —Lo sé, lo sé —dijo Lakhan—. Pero lleva demasiado tiempo ahí dentro.

De repente todos se quedaron inmóviles. Alguien había estornudado.

Se volvieron y vieron al señor Biswas a cierta distancia, en medio de la oscuridad, rascándose un tobillo con el dedo gordo del otro pie.

Lakhan estaba en la charca. Pratap y Prasad se apresuraron a echar de allí al señor Biswas.

—¡Ese chico! —exclamó Dhari—. Ha matado a mi ternero y ha devorado a su propio padre.

Lakhan sacó a Raghu inconsciente. Le hicieron rodar por la hierba húmeda y le sacaron agua por la boca y por las fosas nasales. Pero era demasiado tarde.

«Recados», decía Bipti sin cesar. «Tenemos que enviar recados.» Y los recados llegaron a todas partes, por boca de aldeanos bien dispuestos y agitados. El recado más importante fue para la hermana de Bipti, Tara, que vivía en Pagotes. Tara era persona distinguida. Era su destino no tener hijos, pero también era su destino haberse casado con un hombre que, de golpe, se liberó del campo y adquirió riquezas: ya poseía una taberna y una cacharrería, y fue uno de los primeros en comprar un coche en Trinidad.

Tara llegó y de inmediato se hizo cargo de todo. Llevaba los brazos cubiertos de pulseras de plata, que siempre recomendaba a Bipti, desde la muñeca hasta el codo: «No son muy bonitas, pero un golpe con este brazo le arregla las cuentas a cualquiera que quiera atacarte». También llevaba pendientes y una nakphul, «flor de nariz», un yugo de oro macizo alrededor del cuello y gruesas ajorcas de plata en los tobillos. A pesar de tantas joyas era enérgica y competente, y había adoptado la actitud imponente de su marido. Dejó el duelo para Bipti y ella se ocupó de todo lo demás. Llevó a su propio pandit, al que arengaba continuamente; dio instrucciones a Pratap sobre la conducta que había que seguir durante las ceremonias, e incluso llevó a un fotógrafo.

Instó a Prasad, Dehuti y al señor Biswas a portarse con dignidad y no entremeterse, y ordenó a Dehuti que se encargase de que el señor Biswas fuera vestido debidamente. Como el pequeño de la familia, los dolientes le trataron con respeto y simpatía, si bien con cierto temor. Avergonzado por sus atenciones, deambulaba por la choza y por el patio, creyendo distinguir un olor nuevo, fuerte. Además, notaba un sabor extraño en la boca: nunca había comido carne, pero le daba la impresión de haber comido carne blanca cruda; le subía constantemente una saliva repugnante por la garganta y no paró de escupir hasta que Tara dijo:

—¿Qué te pasa? ¿Estás embarazado?

Bañaron a Bipti. Le dividieron el pelo, aún húmedo, en dos mitades, y le cubrieron la raya con henna roja. Después le quitaron la henna y cubrieron la raya con polvo de carbón vegetal. Era viuda para siempre. Tara emitió un breve chillido y a esa señal las demás mujeres se pusieron a gemir. En el negro pelo de Bipti, húmedo, aún había manchas de henna, como gotas d

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