En un principio habría podido parecer un trastero, silencioso y mal ventilado, en un atardecer cálido, pero entonces se movió una sombra, alguien salió de ella, apartó las cortinas y abrió las ventanas de par en par. Era una mujer, que en ese momento avanzaba rápidamente hasta una puerta y salía sin cerrarla. La habitación que ahora quedaba a la vista estaba en verdad llena a rebosar. A lo largo de una pared se hallaban todas las evidencias de la evolución técnica —un aparato de fax, una copiadora, un ordenador, teléfonos— pero, por lo demás, el lugar podía muy bien ser un almacén teatral, con un busto dorado de alguna mujer romana, de tamaño mayor que el natural, máscaras, una cortina de terciopelo carmesí, carteles y pilas de partituras o, más bien, fotocopias que habían reproducido fielmente originales amarillentos y arrugados.
En la pared, encima del ordenador, había una gran reproducción del Mardi Gras, de Cézanne, también deteriorada: rota y recompuesta con cinta adhesiva.
La mujer de la pieza contigua se ocupaba enérgicamente de algo: trasladaba objetos de un lado a otro. Luego reapareció y se quedó de pie mirando la habitación.
No era una mujer joven, pese a que el vigor de sus movimientos pudiera haber hecho creer lo contrario cuando se la veía medio en sombras. Una mujer de cierta edad, como dicen los franceses, o incluso un poco más vieja, y vestida no para presentarse ante nadie, sino con unos viejos pantalones y una camisa.
La mujer se mantenía alerta, llena de energía, pero no parecía complacerle lo que miraba. No obstante, se desentendió de todo y se dirigió al ordenador, se sentó, alargó una mano para conectar una grabación. Enseguida la habitación se llenó con la voz de la Comtessa de Dia, de ocho siglos atrás (o una voz capaz de persuadir al oyente de que ella era la Comtessa), cantando sus perpetuos lamentos:
A chantar m’er de so q’ieu no voldria,
tant me rancur de lui cui sui amia
care eu l’au mais que nuilla ren que sia.[1]
La mujer moderna, sentada y con las manos dispuestas a atacar las teclas, era consciente de que se sentía superior a aquella compañera de antaño, por no decir que la condenaba. Y este sentimiento la incomodaba. ¿Se estaba volviendo intolerante?
El día anterior había llamado Mary desde el teatro para decir que Patrick se encontraba en un torbellino sentimental porque, de nuevo, se había enamorado, y ella había respondido con un comentario cortante.
—Vamos, Sarah —la había reprendido Mary.
Luego Sarah le había dado la razón y se había reído de sí misma.
Con una sensación de inquietud, no obstante. Parece existir una regla según la cual lo que condenamos aparecerá antes o después en nuestras vidas. En algún momento de su pasado ella había escrito una nota: Ojo con condenar a los otros, o cuidado contigo misma.
La Comtessa de Dia resultaba demasiado perturbadora y Sarah desconectó su lamento.
Silencio. Se sentó para sumergirse en él. Era evidente que se veía demasiado afectada por esa antigua trobairitz y trovera musical. Casi no había escuchado otra cosa durante días, para establecer el tono de lo que tenía que escribir. No solo la Comtessa sino también Bernart de Ventadorn, Pere Vidal, Giraut de Bornelh y otros antiguos vates la habían dejado en un estado de... Se sentía inquieta, se sentía febril. ¿Cuándo, con anterioridad, la música la había afectado tanto? Probablemente nunca. Espera un momento. Hacía tiempo había estado escuchando jazz, especialmente blues, día y noche, durante meses. Pero eso había sido cuando murió su marido y la música había alimentado su melancolía. Pero no recordaba... sí, en un principio se vio arrastrada por el dolor y luego escogió la música para adecuarse a su estado. Pero esto era algo completamente distinto.
Su labor esa noche no era difícil. El tono de las anotaciones para el programa era demasiado rígido: esto se debía a que, al escribirlas, había temido dejarse llevar en exceso por el encanto del tema. Y le encantaba la voz sensual de la Comtessa... o de la joven Alicia de la Haye.
No era el momento de escribir las notas del programa. En realidad, había establecido una regla según la cual no trabajaría al atardecer en casa: una regla que últimamente no había cumplido. Para qué engañarse, había estado incumpliendo sus propias prescripciones para el equilibrio y la buena salud mentales.
Permaneció sentada escuchando en silencio. Un gorrión gorjeó.
Pensó: Consultaré aquel poema provenzal de Pound; a fin de cuentas, a esto no se le puede llamar trabajo.
Su escritorio estaba abarrotado de libros de referencia, archivadores con recortes y, a un lado, estantes de libros que llegaban hasta el techo. Había un libro abierto a un lado del ordenador.
Envejecer con gracia... Esta era la señal en el camino. Podría decirse que las instrucciones están escritas con una letra invisible que se hace lentamente legible cuando la vida la va sacando a la luz. Luego solo hay que pronunciar las palabras apropiadas. La verdad es que los ancianos no lo hacen mal. El orgullo es una gran cosa, y las actitudes y estoicismos necesarios resultan fáciles porque los jóvenes no saben —está oculto para ellos— que la carne se marchita alrededor de un corazón inmutable. Los ancianos comparten entre ellos ironías propias de fantasmas en un festín, pero solo ellos los captan, y no los invitados cuyas bufonadas y conductas contemplan, sonriendo, recordando.
Muchos de los que están envejeciendo suscribirían este juego de plácidas frases, llenas de autorrespeto, sintiéndose bien representados e, incluso, defendidos por ellas.
Sí, estoy de acuerdo, pensó Sarah. Sarah Durham. Un buen nombre inteligente para una mujer inteligente.
El libro donde había encontrado tales frases había estado en el caballete de un mercado callejero, las memorias de una mujer de sociedad, famosa en otro tiempo por su belleza, escritas en la vejez y publicadas hacía dos décadas, cuando casi contaba cien años. Era extraño, pensó Sarah, que ella hubiera seleccionado el libro. En otro tiempo ni siquiera habría abierto un libro de una persona anciana: hubiera considerado que no tenía nada que ver con ella. Pero ¿acaso hay algo más extraño que la manera en que los libros que armonizan con nuestra condición o situación en la vida vienen al encuentro de nuestra mano?
Apartó aquel libro, pensó que los versos de Pound podían aguardar y decidió disfrutar de aquel atardecer en el que no se esperaba nada de ella. Un atardecer de abril y aún había luz. Aquella habitación era tranquila, por regla general tranquilizadora y, como las otras piezas del piso, guardaba treinta años de recuerdos. Las habitaciones en las que se ha vivido durante mucho tiempo pueden ser como orillas del mar llenas de escombros, en las que es difícil saber de dónde proviene esta o aquella rocalla.
Sabía exactamente la procedencia de cada uno de aquellos trastos teatrales: qué obra, o qué actor. En el alféizar de la ventana había un cuenco con guijarros coloreados que ella había recogido en las afueras de un pueblo de la Provenza, donde había ido a pasear con sus dos hijos, que entonces contaban doce y trece años. ¿Cómo se llamaba el pueblo? Había estado varias veces en aquella región y siempre había recogido piedras para llevarse a casa. Ristras de cuentas con todos los matices de rojo estaban colgadas en forma de abanico en un tablero que llenaba buena parte de una pared. ¿Por qué había guardado aquello? Pilas de libros sobre teatro trepaban por las paredes: algunos de ellos llevaba años sin abrirlos. Y estaba el cartel del Mardi Gras. Lo había tenido a la vista durante décadas, aquel arrogante y atractivo joven con el brillante traje de cuadros rojinegro y su aspecto de mírame-y-no-me-toques. Era como su propio hijo... bien, sí, de eso hacía mucho tiempo y George ahora era un científico casi de mediana edad. En aquellos días, cuando ella sí miraba el cartel (a fin de cuentas, no miramos demasiado lo que está en nuestras paredes), sus ojos se dirigían hacia aquel impreciso joven pensativo de ojos oscuros y con el traje de Pierrot que no le iba bien. Su hija, de quince años, había pedido un traje de Pierrot. Y ella, la madre de Cathie, había comprendido que se trataba de una declaración. «Soy como él. Preciso un disfraz, desearía no sentirme insegura sino como el Arlequín, que sabe lo bello que es.» Ahora ya no había nada inseguro en Cathie, una próspera matrona con hijos, un trabajo, un marido satisfactorio.
Sarah sabía que ella veía el cuadro como retratos de sus propios hijos. ¿Por qué lo guardaba allí? A menudo los padres, en secreto, miman fotografías de sus hijos que nada tienen que ver con sus edades presentes, y estos no son siempre niños atractivamente indefensos.
Tendría que librarse de toda aquella porquería... Y entonces, de repente, se enderezó en su butaca, y luego se puso en pie y empezó a rondar por la habitación. No era la primera ocasión en que tenía aquel pensamiento. Años antes, dando un vistazo a la habitación, llena de cosas que habían acabado allí por una razón u otra, ya había pensado: Debo librarme de todo esto.
El cartel estaba allí porque su hija Cathie lo había llevado a casa. No tenía nada que ver con ella, con Sarah. ¿Qué podía decir que era suyo? Los libros, los volúmenes de consulta: sus materiales de trabajo. ¿Y el resto de su hogar? Una ronda suplementaria entonces, repetida ahora, la llevó frente a los platos de conchas que habían coleccionado sus hijos décadas antes, una alacena que aún guardaba su ropa vieja, postales, clavadas en un tablero de corcho, de gente en vacaciones. ¿Su ropa? ¿Podía decir que estaba allí porque ella la había elegido? Bien, sí, pero la moda la había dictado.
En aquel atardecer de años atrás había llegado a la inquietante conclusión de que muy poco de lo que había en aquellas cuatro amplias habitaciones se debía a una elección propia y meditada. Una elección de aquella parte suya que ella consideraba como ella misma. No, así que había decidido ir habitación por habitación y tirarlo todo... bien, casi todo: había algo que se quedaría aunque todo lo demás acabara en los cubos de basura. Era una fotografía auténtica, importante en sí misma. Un hombre agradable, ¿quizá algo preocupado, o cansado?: una red de finas líneas alrededor de unos sinceros y amistosos ojos azules, y canas en el pelo rubio (cuya dulce suavidad ella podía sentir en sus dedos), probablemente la primera señal del ataque de corazón que le abatiría tan joven, a los cuarenta. Estaba sentado con sus brazos alrededor de los dos hijos, niño y niña, de ocho y nueve años. Los tres sonreían a Sarah. El marco de la fotografía era de plata y a Sarah no le gustaba, pero se lo había regalado su marido, que lo había recibido de su madre. ¿Debería tirar el marco porque nunca le había gustado?
¿Por qué no lo había tirado todo? Porque había estado demasiado ocupada. Una nueva pieza teatral, probablemente. Siempre había trabajado duro.
Sarah se detuvo ante un espejo. Contempló a una interesante mujer que parecía de mediana edad, con un cuerpo elegante. Su pelo, siempre recogido en suaves cintas por comodidad —no podía perder el tiempo con peluqueras—, se calificaba de rubio en su pasaporte, pero era más bien de un amarillo apagado, como el latón descuidado. A estas alturas ¿no debería tener por lo menos alguna que otra cana? Pero aquella tonalidad a menudo no se convierte en gris o blanca, por lo menos hasta la auténtica vejez. Cuando son jóvenes, quienes la poseen anhelan un color animado y puede que se lo tiñan, y con los años, agradecidas, lo dejan tal cual y se las acusa de teñirlo. Ella no se miraba al espejo con frecuencia: no sentía ansiedad por su aspecto. No había motivo. A menudo la consideraban veinte años más joven. Mirándose desde la puerta en el espejo del dormitorio, incluso parecía más joven. Podía ver el reflejo si se contoneaba un poco. Su espalda estaba erguida y llena de vitalidad. Su osteópata, cuando la medicó por problemas de espalda (que parecían estar volviendo en esos días), le preguntó si había sido bailarina. Los dos espejos estaban allí porque décadas antes su marido había dicho: «Sarah, estas habitaciones son demasiado oscuras. ¿No podríamos hacer entrar un poco de luz?». Pintaron las paredes de blanco brillante, pero se habían apagado, y las cortinas que habían sido blancas ahora eran de color crema oscuro. Cuando brillaba el sol, la habitación se llenaba de luz, sombras y reflejos móviles, un lugar de sugerencias y posibilidades. Sin sol, los espejos mostraban los muebles plantados allí en una luz fija, como agua. Una luz perlada. Sedante. Le gustaban aquellas habitaciones, no podía pensar en nada peor que tener que dejarlas. Se las podía criticar por estar desastradas. Su hermano decía que lo estaban, pero a ella le parecía que la casa de él era distinguida y horrorosa. En la de ella no había cambiado nada durante años. Las habitaciones habían ido apagándose suavemente hasta llegar a la aceptación: tanto de la constante ocupación de su dueña que, en el fondo, nunca se había preocupado demasiado, como de la forma en que se acumulaban los años, dejando posos, libros y fotografías, postales y cosas de teatro.
Todos aquellos cachivaches deberían desaparecer... Allí en la pared de su dormitorio, había un grupo de fotografías. Algunas eran de su abuela y abuelo en la India, posando ceremoniosos, cumpliendo con su deber, pero ella había añadido un recorte de una revista, el de una muchacha vestida a la moda del año en que Sarah Anstruther se presentó para casarse con su prometido, que hacía carrera en el cuerpo de funcionarios de la India. Aquella muchacha no era la abuela de Sarah Durham, pero todas las fotografías que Sarah tenía de aquella mujer a la que nunca había conocido mostraban a una joven matrona enfrentándose con decisión al mundo, y aquella desconocida tímida, asustada —Sarah Durham estaba bastante segura— la reflejaba mejor. Una muchacha de dieciocho años, que viajaba a un país del que nada sabía, para convertirse en una memsahib...[2] algo corriente en aquellos tiempos, pero menudo valor.
La vida de Sarah Durham no había exigido elecciones tan dramáticas. En una condensada biografía, como las que se ven en las solapas de los libros o en programas teatrales, aparecería así:
Sarah Durham nació en 1924 en Colchester. Dos hijos. Su hermano estudió medicina. Ella fue a un par de prestigiosos colegios de señoritas. En la universidad estudió francés e italiano y después pasó un curso en la Universidad de Montpellier aprendiendo música y viviendo con una tía que se había casado con un francés. Durante la guerra fue conductora de la Francia Libre en Londres. En 1946 se casó con Alan Durham y tuvieron dos hijos. Él murió y la dejó viuda antes de cumplir los cuarenta años. Ha vivido en Londres, con sus hijos.
Una mujer tranquila y razonable... Cierto que la muerte de Alan la había sumido en la infelicidad durante un tiempo, pero ya pasó. Así lo expresaba ella ahora, sabiendo que elegía no recordar la tristeza de aquella época. Memoria hipócrita... amable memoria que le permitía reclamar una vida plácida.
Volvió a su estudio y leyó una vez más aquel pasaje ejemplar del libro, el que empezaba: «Envejecer con gracia...». Era el que acababa un capítulo, y el siguiente se abría con: «Lo que más me gustaba de mi estancia en la India eran las primeras horas de la mañana, antes de que el calor se hiciera insoportable y tuviéramos que permanecer en el interior. Cuando decidí no casarme con Rupert, estoy segura de que, a fin de cuentas, lo que rechazaba era el calor, más que a él. No estaba enamorada de él, pero entonces no lo sabía. Aún no había comprendido qué es estar enamorada».
Por tercera vez leyó: «Envejecer con gracia...» hasta el final del capítulo. Sí, le sentaría bien. Era una mujer de sesenta y seis años que contaba a sus amigos más jóvenes que no estaba mal hacerse viejo: era bastante agradable en verdad, porque, si algo bueno desaparecía, hacía entonces aparición todo tipo de placeres insospechados para los jóvenes, y a menudo una se encontraba preguntándose cuál sería la siguiente sorpresa. Decía este tipo de cosas de buena fe, cuando observaba los problemas sentimentales de quienes contaban diez años menos que ella, e incluso se permitía recónditos estremecimientos ante la sola idea de pasar por todo aquello de nuevo; y en ello incluía al amor. Por lo que se refiere a estar enamorada, se le ocurrió que habían pasado veinte años desde la última vez que se había sentido enamorada, ella que en otras épocas se había enamorado con facilidad —tenía que admitirlo—, incluso con ansiedad. Le parecía inconcebible volver a enamorarse. Y lo decía con complacencia, olvidando la implacable ley que afirma que uno tendrá que padecer aquello que desprecia.
No iba a sentarse y trabajar... Se le ocurrió que una razón para aquella exagerada negativa a pasar otra tarde haciendo lo que había hecho durante todo el día era su —sí, esa tenía que ser la palabra— miedo a aquella música. Aquellos lamentos de antaño eran una droga. ¿Alguna vez se había sentido tan embargada por el jazz como ahora por Comtessa de Dia y Bernart, Pere y Giraut? ¿Y qué decir de la mujer que era, en esos días, su ocupación, Julie Vairon, cuya música se hallaba en amarillentos montones sobre la mesa? No, ella desconfiaba de la música. Se encontraba en buena compañía, a fin de cuentas; muchos de los grandes y de los sabios habían considerado la música como un amigo dudoso. Siempre la había escuchado con el ánimo de: No vas a apoderarte de mí, ¡ni lo pienses!
No, nada de trabajo, nada de música. Estaba lo bastante inquieta como para escalar una montaña o andar treinta kilómetros. Sarah se encontró arreglando la habitación, que ciertamente lo precisaba. Podía muy bien pasar el aspirador... ¿por qué no a las cuatro habitaciones? La cocina. El baño. Hacia las doce su piso era un dechado. Podía dar la impresión de que aquella mujer se enorgullecía de sus habilidades como ama de casa. Tenía una mujer de la limpieza una vez por semana, y eso era todo.
Naturalmente no estaba nerviosa por reunirse —como debía hacer al día siguiente— con Stephen Ellington-Smith, conocido burlonamente en la compañía como Nuestro Ángel. No podía recordar haber estado nerviosa nunca con anterioridad ante ese tipo de encuentros. Después de todo, formaba parte de su trabajo encontrar y calmar a patrocinadores, benefactores y ángeles; lo hacía constantemente.
Los recuerdos de Sarah dividían su vida en dos eras, o distintos paisajes, uno soleado y sin problemas, y otro todo esfuerzo y dificultad. (No obstante, la guerra con sus ansiedades era algo instalado en el primer tramo iluminado por el sol. ¿Cómo podía ser? ¿Y todas aquellas dificultades económicas de su familia? Tonterías, meras menudencias, comparadas con lo que siguió.) La muerte de su marido, fue entonces cuando había empezado aquella Sarah Durham, pobre y desesperada. Sus padres no tenían demasiado dinero. No había ningún seguro. En realidad no podía permitirse aquel piso, pero decidió que se quedaría para preservar la continuidad a unos niños ya traumatizados. Ganó dinero para ella y para ellos mediante todo tipo de colaboraciones con diarios y revistas, editores y el teatro, un teatro en particular, The Green Bird,[3] por aquel entonces no más que un grupo que montaba obras con reducido reparto donde podían, a veces en pubs. En los años sesenta había muchas compañías, pequeñas e intrépidas, que probaban suerte. Cierta obra italiana que ella les había traducido y cuyos derechos ellos creían tener resultó inasequible, y para llenar el hueco adaptó de una novela unas piezas cortas de tema contemporáneo. Fue un éxito y se encontró formando parte de los que dirigían el teatro: primero, su presencia allí durante todo el día, eligiendo el reparto y luego dirigiendo; más tarde, un sueldo regular. También un teatro regular. Era uno de los cuatro que decidieron arriesgarse a un largo contrato de arrendamiento. Los otros tres eran sus más íntimos amigos, puesto que la gente con la que uno pasa todo el día y la mayor parte de las noches tiene que serlo. Durante diez años habían sobrevivido precariamente, y luego, hacía cinco años, una obra pasó a representarse en el West End, con éxito, y parecía que iba a estar en cartel para siempre. The Green Bird estaba ahora considerado como uno de los mejores teatros marginales y los críticos aparecían en los estrenos. De ser casi una aficionada, mal pagada y al margen del teatro auténtico, ahora se la conocía en el mundo del teatro como la influyente administradora de The Green Bird y, en ocasiones, como directora de una obra. La verdad es que los cuatro lo hacían todo, y así había sido desde el principio. Su éxito les había procurado las lógicas envidias y se les conocía —inevitablemente— como La Banda de los Cuatro. Aquellos cambios habían necesitado varios años, y en ningún momento ella había reclamado nada para su persona. A veces se maravillaba, en privado, de que aquel trabajo duro y —naturalmente— la buena suerte hubieran dado tan buenos resultados: como puede verse, no era una mujer engreída, ni siquiera una mujer ambiciosa.
¿Quiénes eran aquellos colegas con los que tanto había compartido? Mary Ford había sido una bonita menudencia con grandes y brumosos ojos azules y una temblorosa carita obstinada, pero los años habían convertido a aquella criatura desamparada en una mujer sólida y competente de unos cuarenta años, cuya labor principal en el teatro eran la publicidad y la promoción. Roy Strether, otro paradigma de competencia, era oficialmente el director de escena. Era un hombre sólido, aparentemente lento, que nunca se dejaba alterar por nada, fuera cual fuese el problema. Se burlaba de sí mismo diciendo que era un futbolista malogrado. Era grande, descuidado, incluso patoso. Lo recordaban de joven, cuando era un disidente de los sesenta que se ganaba la vida, al igual que muchos futuros personajes de éxito, pintando casas. El cuarto miembro del personal fijo era Patrick Steele. Solían bromear, ante él o a sus espaldas, de lo bien que iba que los tres fueran tan aburridamente impasibles y dignos de confianza, puesto que él era volátil, estridente y dado a cambios de humor; un muchacho ligero, de aspecto de pájaro (seguía siendo un muchacho, mientras a ellos los años los habían ido cambiando), de pelo negro y suave como un plumaje, y negros y entusiastas ojos. Era homosexual y, en aquellos días, estaba bastante asustado. No se sometería a análisis, porque decía que si era seropositivo no quería saberlo, pero mientras tanto era responsable y no suponía ningún peligro para nadie. Lloraba a menudo, puesto que su vida sentimental le procuraba causa frecuente para las lágrimas. Era brillante, un mago: podía crear la luz de la luna, un lago, una montaña, con luz y papel de plata y sombras. Otros teatros intentaron atraerlo, pero fracasaron, puesto que estos cuatro compartían la creencia de que sus talentos juntos eran mayores de lo que podrían ser por separado. Patrick era versátil como todos ellos. Había escrito un libreto para un musical que había rozado el éxito, por lo que bromeando decían que la próxima vez él se montaría en la fama y ellos le perderían para siempre.
Estas eran sus personalidades públicas, sus «imágenes», tal como les veía la gente desde fuera, quizá mientras se sentaban para su diaria discusión conjunta en una pequeña oficina que podía compararse con una platea o una sala de máquinas. La típica mezcla de elegante tecnología, cada aparato ya obsoleto casi antes de que lo instalaran, y viejas sillas y mesas de las que no parecían muy dispuestos a desprenderse.
Cuatro individuos a los que la competencia y el éxito les daban energía. Detrás de cada uno existía ese interior al que llamamos vida personal, que en este caso no se dejaba de lado en absoluto durante las horas de trabajo.
Mary no estaba casada —ni tenía ningún hombre— puesto que debía cuidar de su madre, quien padecía esclerosis múltiple y tenía pocas defensas. Cuando no podía encontrar a alguien que la cuidara, a veces podía verse a una anciana de manos temblorosas sentada en una silla de ruedas en un pasillo, mirando los ensayos.
Roy Strether estaba casado y tenía un hijo. El matrimonio no funcionaba. A veces colocaban al muchachito en una butaca junto a la de su padre en un ensayo y todo el mundo lo alababa por su buen comportamiento. Cansado o deseoso de atención, solía sentarse en el regazo de la anciana, y ella estaba encantada de poder ser útil, aunque fuera solo un poco.
Las responsabilidades de Sarah se las había impuesto ella misma. Desde hacía diez años sus energías vitales —sentimentales— habían estado dedicadas no hacia sus propios hijos y nietos, felizmente instalados en otros continentes (India, Norteamérica), sino hacia la hija menor de su hermano, Joyce. Hal y Anne tenían tres hijas, las mayores normales y exactamente como las hijas de todo el mundo. Joyce había sido un problema desde el nacimiento. ¿Por qué? ¿Quién lo sabe? Fue un bebé que berreaba, una criatura que gimoteaba, una niña desagradable. Cuando la llevaron al colegio, inmediatamente enfermó y tuvieron que mandarla a casa. Sencillamente, no podía aguantar la escuela ni a las otras niñas. Debido a que sus padres eran médicos, nunca le faltaron diagnósticos. Los informes sobre ella eran voluminosos y los había en varios hospitales. Un psiquiatra recomendó que le permitieran quedarse en casa. Recurrieron a Sarah, y Joyce se pasó los días con ella, en la habitación que había sido la de los niños. En aquel tiempo, Sarah trabajaba a menudo en casa y, cuando salía porque tenía compromisos, Joyce se quedaba felizmente sola. ¿Qué hacía? Nada de nada. Se preparaba tazas de té, miraba la televisión y, a veces, marcaba al azar números de teléfono, hasta que alguien deseara hablar con ella, por lo que en ocasiones podía estar hablando durante una hora o dos. Las facturas del teléfono fueron cuantiosas, y Hal y Anne no se ofrecieron a pagarlas.
Joyce se convirtió en una anoréxica e ingresó de nuevo en un hospital. La «estabilizaron» y la devolvieron a Sarah, quien se quejó de que aquello no era justo ya no podía ocuparse más de Joyce. Hal había dicho, a su manera amablemente juiciosa, que podía resultar agradable para Sarah tener a Joyce cerca cuando sus propios hijos se encontraban tan lejos. Pero cuando la insegura y doliente Pierrot, ahora eficiente madre de dos niños en California, o el muchacho arrogantemente bello, ahora un biólogo marino con dos hijos, llegaron con los nietos para visitar a la abuela, Joyce volvió a su casa y no se discutió más. Cuando Joyce cumplió los quince, dieciséis, diecisiete, las cosas fueron de mal en peor. Intentos de suicidio, crisis, llamadas de auxilio. Fue Sarah quien la llevaba al hospital y hablaba con los médicos, quienes ya habían recibido informes, naturalmente, de sus padres. Siempre se convocaba a tía Sarah. De vuelta a casa, Joyce se metía en cama. Sarah luchó con ella y a menudo sucumbía a ese lento y doloroso estado que amenaza a quienes se hacen cargo del peso psíquico de los que —según la fórmula habitual— no pueden hacer frente a la vida cotidiana. Había ocasiones en que sentía que también a ella le apetecía meterse en cama y quedarse allí, pero sus colegas la ayudaron. Y luego, de repente, todo cambió. Una de las personas, una chica, que había hablado con Joyce por teléfono, sugirió que debían conocerse. Sarah llamó a su hermano para decirle que hacía unos días que no veía a Joyce, y entonces le tocó a él, a ellos, los padres de Joyce, tomar decisiones. Cuando Hal dijo que, sintiéndolo mucho, Joyce consideraba a Sarah su verdadera madre («Eres su verdadera madre, Sarah, seguramente lo sabes»), Sarah dijo que lo sentía mucho, pero que ya había cumplido con su parte. Naturalmente, eso no fue todo. Se preocupó terriblemente por Joyce. Como resultado de un programa de televisión sobre gente que vivía a la brava, se dirigió a la policía, que sugirió cierta cafetería en King’s Cross. A aquellos adictos, drogados y prostitutas les sonaba el nombre de Joyce. Sarah volvió a llamar a su hermano, quien dijo: «Ya es lo bastante mayor como para ser responsable de sí misma», y luego añadió con el animado rencor que le era característico, como si su interlocutora tuviera que disfrutar tanto como él de la mala intención: «Hace tiempo que queremos decírtelo. Deberías hacer algo respecto de ti misma. ¿Qué tal una mano de pintura?».
Posponiendo la mano de pintura, se fue al psiquiatra al que había consultado con más frecuencia respecto a Joyce, y allí se enteró de que la escapada de Joyce al gran mundo se podía considerar un paso hacia la madurez. Curiosa teoría la de que el desarrollo de un chica chiflada se pudiera propiciar juntándose con consumidores de droga, camellos y prostitutas, en vez de refugiarse en su familia. Pero no había nada que ella, Sarah, pudiera hacer. Finalmente podría llevar las riendas de su propia vida. No, no esperaba que la sensación de alivio al haberse quitado el lastre interminable y la esclavitud de Joyce fuera inmediata. Entonces empezó a ocuparse por fin de sí misma. Se examinó en los oscuros espejos, encendiendo todas las luces. No está mal, pensó. Contempló a una elegante matrona de mediana edad. Una peluquera había mejorado su peinado: aquella cabeza pequeña y suave iba bien con aquellas ropas, las más caras que había comprado desde hacía años. En el teatro sus colegas la alabaron. También le hicieron reconocer que había dejado que los demás abusaran de ella y que debía defenderse.
Además, todos necesitaban que las energías no se disgregaran. Estaban trabajando en el montaje más ambicioso de todos los que habían emprendido. Solo un año antes, Julie Vairon estaba en la lista de posibilidades, y ahora era una gran coproducción, con dinero francés, inglés y norteamericano. Sabían que deberían contratar a más gente, abrirse, pero descartaron hacerlo. Reconocían que había algo perturbador en el tirón irresistible de Julie Vairon, y Mary Ford se preguntaba en voz alta si hubieran escogido Julie de haber sabido en qué cataclismo resultaría, pero Patrick dijo que el problema no era Julie Vairon sino Julie Vairon; y habló con la caprichosa autocomplacencia que se considera, debido a una secreta identificación, halagadora.
En los años ochenta del siglo pasado, en la Martinica, una bella muchacha —una mestiza, como la Josefina de Napoleón— fascinó a un joven oficial francés. Así empezaba Julie Vairon, la obra, o, como se anunció más tarde, un espectáculo. Era la hija de una mujer mulata que había sido la amante del hijo del propietario de una plantación. Cuando aquel heredó la plantación, se casó convenientemente con una pobre aunque aristocrática muchacha de Francia, pero siguió siendo el protector de Sylvie Vairon, aunque se rumoreaba que era mucho más que eso. Dispuso que la muchacha recibiera educación, por lo menos al mismo nivel que las hijas de la rica familia vecina, también propietaria de tierras. Quizá le remordiera la conciencia, pero se decía, igualmente, que era un hombre de ideas avanzadas que solo se concretaban en eso, en la educación de Julie. Recibió clases de música y de dibujo y leyó numerosos libros recomendados por los profesores particulares que compaginaban aquellas clases con las más formales que impartían a las ricas muchachas de la gran casa situada a siete kilómetros. Los profesores particulares eran ardientes jóvenes que lamentaban no haber nacido en tiempos de la Revolución, o por lo menos para luchar en los ejércitos de Napoleón, de la misma manera que en nuestra época jóvenes hombres o mujeres se lamentan por no haber estado en París en el 68. «Pero el 68 fue un fracaso», puede protestar una persona mayor sensata, solo para verse despreciada por unos apasionados ojos burlones. «¿Y qué? ¡Imagina lo emocionante que debió de resultar!»
Una de las jóvenes damas, más emprendedora que sus compañeras, decidió satisfacer su curiosidad sobre la misteriosa Julie y se las ingenió para visitarla secretamente en la casa del bosque donde Julie vivía con su madre. La dama presumió de su hazaña, que era una demostración de su valiente desprecio por las convenciones, y se sumó a los ya sonoros rumores. La visita resultó provechosa para Julie, puesto que hasta entonces no había tenido nada contra lo que medirse. Supo que ella era más inteligente que aquellas muchachas respetables —se suponía que su visitante era de las más sagaces—, pero también supo su gran desventaja social, puesto que la habían educado por encima de sus expectativas e, incluso, posibilidades. También supo por qué sus profesores particulares estaban tan dispuestos a darle clases. Puede que estuvieran enamorados de ella.
De sí misma, en aquella época, escribió unos diez años más tarde. «Dentro de aquella cabecita bonita, menuda olla podrida de incompatibles ideas. Pero envidio a aquella muchacha su inocencia.» Había leído a los enciclopedistas, adoraba a Voltaire, mientras que Rousseau, tan atractivo para cualquiera que dependa de la justicia natural, la influyó mucho. Podía discutir (y lo hacía, sin fin, con sus profesores) sobre las acciones y los discursos de todos los que estuvieron en el gran escenario de la Revolución, como si ella la hubiese vivido. Sabía otro tanto de los héroes de la guerra de la Independencia norteamericana. Adoraba a Tom Paine, reverenciaba a Benjamin Franklin, estaba convencida de que Jefferson y ella estaban hechos el uno para la otra. Sabía que, caso de tener más años, se habría subido a un barco hacia América para cuidar a las víctimas de la guerra civil. Pero, en realidad, estaba viviendo en la república bananera de su padre como la hija algo negra (era de color marrón oscuro, como una francesa o italiana meridionales) e ilegítima de una dama negra cuya casa, en el sofocante bosque, era adonde sucesivas olas de jóvenes oficiales, todos hartos hasta la saciedad de aquella bella pero aburrida isla, iban para divertirse, bailar, beber, comer y escuchar el agradable canto de la bella Julie. Un oficial muy joven, Paul Imbert, se enamoró de ella. La adoraba, pero ¿acaso la adoraba lo bastante como para casarse con ella o incluso llevársela a Francia? Probablemente no, pero ella se había negado a ver las dificultades e insistido en que debían escaparse juntos. Los padres de él eran gente respetable que vivía no lejos de Marsella; su padre era juez. Se negaron a recibir a Julie. Paul encontró para ella una casita de piedra en un paisaje montañoso y romántico, y allí visitó diariamente a su amor durante un año, cabalgando a través de aromáticos pinos, chopos y olivos. Luego intervinieron sus padres, el ejército perdonó el lapsus del joven y lo mandaron de servicio a la Indochina francesa. En ese punto Julie se encontró sola en los bosques, sin medios para subsistir. El juez le mandó dinero. Había vislumbrado a la muchacha paseando con su hijo por las colinas. Envidiaba a Paul. No era esta la razón por la que mandaba dinero. Paul había confesado, con el remordimiento conveniente, que Julie estaba embarazada. Durante un tiempo ella había creído que lo estaba. Con solo unos francos entre ella y la inanición, devolvió el dinero al padre de Paul, diciendo que era cierto que había estado embarazada, pero que la naturaleza había acudido rápidamente en su ayuda, en ayuda de todos ellos. De esta manera dio un toque de atención al hombre, a sus sentimientos de responsabilidad. Ella le agradeció su interés y le pidió que la ayudara a encontrar empleo en casas burguesas del pequeño pueblo cercano, Belles Rivières. Sabía dibujar bien y pintaba acuarelas... desgraciadamente los óleos eran demasiado caros para ella. Tocaba el piano. Sabía cantar. «Creo que en estos campos demostraré no ser inferior a los profesores particulares que se emplean en esta localidad.» Pedía mucho más que la generosa suma de dinero que él le había ofrecido. A aquellas alturas todo el mundo sabía de la bonita pero dudosa muchacha que había intentado entrampar al hijo de una de las familias más respetadas, y que vivía sola, como una salvaje, en los bosques. El padre de su amante se lo pensó durante mucho tiempo. Probablemente no habría respondido de no haberla vislumbrado con Paul. Fue a verla y se encontró con una joven con conocimientos, ingeniosa y cautivadora, con el trato más encantador del mundo. No consiguió sentir rechazo hacia ella, le dijo que hablaría favorablemente de ella a escogidas familias, pero se mantuvo en su posición al hacerle prometer que nunca más volvería a entrar en contacto con ningún miembro de su familia. Ella respondió con un rápido e impaciente desdén, que él tuvo que notar que era auténtico: «Suponía, monsieur, que vos ya lo dabais por sobrentendido».
Durante cuatro años dio clases a las hijas de un médico, de dos abogados, de tres farmacéuticos y de un próspero tendero. Todos le suplicaron que se trasladara a vivir al pueblecito, «donde estará más cómoda». Querían decir que ellos se sentían incómodos porque aquella muchacha, pese a su buena educación e inteligencia, vivía por sus medios a unos cinco kilómetros de Belles Rivières. Ella se negó, delicada pero firmemente, hablándoles de los grandes bosques de la Martinica, con sus flores y mariposas y pájaros brillantes, por donde ella había vagado absolutamente sola. No se sentiría feliz viviendo en una calle, dijo, a pesar de que la verdad era que soñaba con las calles de París y cómo llegar a ellas sin empeorar su posición ya precaria. Si iba a probar suerte en la gran ciudad, tendría que ser ahora, mientras todavía era joven y bonita, pero ella aún soñaba con Paul. Muy pronto había sabido que estaba destinada a perderlo, y sabía que, si él volvía del ejército, ella no podría tenerlo. Vivir como ella insistía en vivir, libre pero sola, era una forma de decirle a todo el mundo que seguía esperándolo, y todos —padre, madre, hermanas— le escribirían y se lo contarían. Lejos de atraerlo, esto lo desanimaría, tal como su propia intuición, así como la mundana sabiduría impartida por su madre, le decían. Pero ella no podía abandonar el lugar. ¡Libertad! ¡Fraternidad!, a menudo gritaba para sí, vagabundeando por los bosques.
¿Qué aspecto tenía por aquel tiempo? ¿Cuáles eran sus expectativas? ¿Hasta qué punto sorprendía a la buena gente a cuyas hijas enseñaba? ¿Cómo la sorprendían ellos? Lo sabemos. Lo sabemos todo. Se pasó la vida dibujando autorretratos, no porque no tuviera otra modelo, sino porque estaba enzarzada en descubrir su real, escondida naturaleza: tenemos una frase sobre esta búsqueda. Llevó un diario desde la época en que llegó a Francia. Y está su música, que nos lo habría contado todo incluso sin sus diarios. La imagen que surge no es meramente la de una mujer inteligente y atractiva, sino la de una mujer perturbadora y desafiante aun sin proponérselo, que toda su vida alimentó a maliciosas lenguas, que siempre tenía a hombres enamorados de ella aunque no esperara que se enamoraran ni intentara atraerlos. Cuando fue aceptada como profesora en aquellas buenas casas, se comportó como un dechado de corrección, pero sabía que bastaría un pequeño error para que se le cerraran las puertas. Caminaba sobre el filo de una navaja, puesto que por encima de todo poseía encanto, un don de doble filo, que levantaba más expectativas de las que podía cumplir. Sin duda decepcionaba a las jóvenes damas a las que enseñaba, quienes le decían que era su mejor amiga y la defendían ante padres y madres llenos de dudas, pero secretamente esperaban algo más que su prudente consejo: «¿De verdad quieres ser como yo?», preguntaba dulcemente cuando una hija superprotegida le pedía ayuda en alguna pequeña rebelión: «Haz lo que te dicen tus padres, y cuando te cases podrás hacer lo que te venga en gana». Ella lo había aprendido de las cartas de Stendhal a su hermana.
En sus diarios escribió que casi prefería ser «una paria», a ser una de aquellas muchachas privilegiadas.
Cuando contaba veinticinco años, subió un importante peldaño en la escala social. Enseñó a las dos hijas del conde Rostand. Los Rostand eran la principal familia de la región. Vivían en un gran y antiguo château y le mandaban un carruaje dos veces por semana. Fue cuando dio lecciones de noche así como de día, puesto que antes del carruaje ella había insistido en que, al tener que andar tantos kilómetros de ida y de vuelta desde su casita, solo daría clases en el pueblo durante el día. Esto provocó sarcásticos comentarios. Todos sabían que vagabundeaba por el lugar a solas por la noche, por sus bosques. Y en cambio, ¿era demasiado delicada para volver a oscuras de la ciudad? Y qué decir de sus bailes a solas entre las rocas, haciendo sonar una pandereta, o algo parecido, probablemente de aquel país primitivo del que provenía. Bailaba desnuda; algunos aseguraban haberla visto.
¿Lo hacía? No hay mención en sus diarios, aunque cuando empezó a consignar sus actividades solo incluía notas y apuntes, y solo más adelante se convirtieron en un comentario fluido sobre su vida. Hay, no obstante, un dibujo de una mujer bailando en un escenario de árboles y rocas. Una luna llena. Desnuda. Este dibujo es tan distinto de todo lo suyo que sorprende. Resulta interesante observar la reacción de algún admirador de Julie cuando se le facilita una pila de dibujos. Se le hiela la cara, una inhalación y —luego— risa. La risa proviene de la sorpresa. Pero ¿cuán a menudo el sobresalto no es más que un momento de revelación de algo que esperábamos a medias? Se abre una puerta (quizá literalmente) a una escena que es bella, o fea, algo agresivo o sorprendente, en cualquier caso, la otra cara del mundo bien iluminado y ordenado que nosotros conocemos: ahí está, la verdad. Pero ¿por qué no mencionó nunca en sus diarios el baile? Tal vez solo tuvo lugar en una ocasión y ella sintió una especie de miedo. Un poco arriesgado, bailar así. Ella sabía que la gente la espiaba. Los gendarmes, por supuesto; pero si alguno de ellos echaba una mirada a través de su ventana sin cortinas ni postigos —ella odiaba sentirse encerrada, decía—, vería a la joven formal de los salones, de pie frente a la tela o tocando el arpa o escribiendo en una mesita bajo una lámpara de aceite que mostraba el libro abierto, su caligrafía bien perfilada con la pluma, su cara, sus mechas de pelo negro, su suave busto en un vestido que subía hasta la garganta, donde lucía un pequeño collar blanco.
Los gendarmes podían informar de que había muchos libros. Si realizaran una inspección exhaustiva cuando ella había salido para ir a la ciudad, se darían cuenta de que no había allí nada que pudiera ser calificado de sedicioso o perturbador. Pues, aunque para ella era una cuestión de principios amar lo revolucionario —no se habría considerado una persona seria si no hubiera sido así—, ahora sus estantes procuraban una dieta más equilibrada. Montaigne instalado al lado de madame Roland, madame de Sévigné con Émile. Clarissa —aquella novela cuya influencia sobre la literatura europea había sido y aún era tan fuerte— se encontraba en una pila con las Confesiones de Rousseau, mientras que Victor Hugo y Maupassant, Balzac y Zola no veían motivo para no poder compartir espacio con Voltaire. Junto a su cama —pequeña y estrecha, con un solo almohadón— había evidencias de que estaba tomando posesión de la parte de Francia en que ella se encontraba, pues leía todo lo que podía encontrar sobre literatura regional, se había enamorado de los antiguos poetas provenzales, y ellos y el novísimo poeta, Mistral, se encontraban junto al pequeño candelero de esmalte azul con su modesta y blanca vela en su mesita de noche.
Una joven con conocimientos, incluso una literata, decían, junto con otros rumores más picantes, y el hecho de que el château enviase el carruaje a Julie —tenía que esperarlo a más de un kilómetro de su casa, y entonces tan solo había un camino de carro— significaba que los Rostand nada sabían de sus actividades nocturnas, o quizá no les importaran o, por lo menos, respetaban su insistencia en que se la considerara, siquiera por mor de las convenciones, como uno de ellos.
El menor de los hijos, Rémy, muy pronto se enamoró fatalmente de ella. Si Paul había sido la esencia del héroe romántico, moreno, guapo, impetuoso, lleno de temperamento, Rémy era el amor maduro, sobrio, paciente, observador, con ese humor un poco lacónico que gusta a las mujeres como signo de seriedad, de experiencia.
Cuando ella empezó a amarlo fue contra su mejor criterio, y luego abandonó toda precaución, tal y como había hecho en la Martinica con Paul, y le amó de forma total. El carruaje ya no la esperaba donde acababa el camino de carro, puesto que dejó de impartir clases en el château, pero él la visitaba en su casa del bosque y a veces se quedaba con ella durante días. La familia sabía que él lo superaría, y esperaba. Él les suplicó que le dejaran casarse con ella. Ella soñaba con casarse con él, al tiempo que el sentido común le decía que se refrenara. Todo esto duró meses —en realidad, tres años— de felicidad, de angustia, o de desesperación, cimas y abismos de todo tipo. Ella siguió dando clases en la ciudad, mientras él le suplicaba que confiara en él. Los ciudadanos pudieron no hacer caso de los desagradables rumores al mostrarse tan fría su aristocrática familia y tan discreta la pareja. Nunca se les vio juntos. Además, la joven era una maestra tan extraordinaria... Y, por encima de todo, los honorarios eran tan moderados...
En esta ocasión Julie se quedó embarazada, y los amantes se sintieron felices y soñaron con la vida que llevarían con su hijo. Nació el bebé, un niño saludable, pero murió de una enfermedad aparentemente sin importancia, como ocurría tan a menudo con los niños por aquel entonces. Los dos enfermaron de dolor, pero pronto supieron que los rumores en la ciudad no solo eran desagradables: eran peligrosos. Críticas de Julie, reprimidas durante tanto tiempo gracias a su reserva y habilidad, y al hecho de que ella siempre parecía tener protectores poderosos, ahora salían a la luz con el rumor de que ella había matado a la criatura. Se sabía dónde y cómo. A menos de un kilómetro de su casa, un río discurría rápido cuesta abajo sobre rocas, hasta adentrarse en un frío estanque. La muerte del niño acabó con la paciencia de la familia. Le dijeron a Rémy que se alistara en el ejército. Contaba veintitrés años. Julie, veintiocho. Los dos se despidieron en una agonía de dolor, apenas capaces de moverse, como si los detuviera un frío mortal, un hielo invisible. Se dijeron el uno al otro que nunca lo superarían y, de una u otra manera, no lo superaron.
Ella no había podido dar clases en la ciudad desde que resultó evidente su embarazo. Con lo que había ahorrado, y con lo que Rémy pudo darle cuando se fue, tenía lo bastante para vivir durante un año. Mientras se recuperaba lentamente —y sus diarios nos hablan de lo muy doloroso que fue el proceso—, hizo lo que ya había hecho antes. En una carta que empezaba: «No hay nadie más indefenso ni infeliz que una mujer sin familia, sin protector...», pedía al conde Rostand trabajo como copista de música. Él la atendió. Sabía que ella estaba más que adecuadamente preparada para algo así. La familia era muy aficionada a la música. Músicos reconocidos y aficionados tocaban en sus salones en los días de fiesta, y la propia música de Julie se había interpretado en aquellas veladas y, en ocasiones, a cargo de ella misma. Era una música extraña... pero ella provenía de una isla exótica. La familia sabía que ella era un músico auténtico, que componía música seria.
Durante años vivió plácidamente por sus propios medios, se ganó la vida de diversas maneras. Copió música e, incluso, si se lo solicitaban, componía obras para ocasiones especiales. Cantó en las más respetables fiestas o en festivales, siempre atenta a rechazar una invitación que pudiera rebajar su condición de mujer respetable. Dibujó y pintó, con pasteles y acuarelas, los pintorescos ambientes en los que vivía, y realizó estudios de pájaros y animales. Estos cuadros los vendía a un impresor de la ciudad. Nunca fue una mujer acomodada, pero tampoco pobre. En sus diarios muchas veces figura la relación de oportunos obsequios de dinero de los Rostand, presumiblemente a petición de Rémy.
Esta historia romántica —probablemente el lector ya lo ha pensado hace rato— apenas resulta insólita. Bellas jóvenes sin apoyo familiar y con alguna desventaja —en este caso doble, tanto por ser ilegítima como de color— escriben a menudo este tipo de historias. En las partes ricas del mundo. Y muy especialmente en los países pobres del Tercer Mundo. Incluso en el Segundo Mundo (pero ¿existe esto?), muchachas pobres y bonitas ponen en sintonía los sueños con las esperanzas, pero con sus corazones, no con sus cabezas.
La cabeza de Julie estaba muy lejos de ser más débil que su corazón. Como demuestran sus diarios. Y sus autorretratos. Y, no menos, su música. Mientras que su historia, desgraciadamente no insólita, seguía su curso, su mente quedaba —por desgracia para ella— por encima de todo ello, como si Jane Austen estuviera reescribiendo Jane Eyre, o Stendhal una novela de George Sand. Incómoda tarea la de leer sus diarios, puesto que ya resulta bastante deplorable que tuviera que padecer todo aquel dolor y soledad, para tener que soportar además su severa opinión sobre sí misma. Quizá adorara a su amante Paul, y más aún adoró a Rémy, pero a menudo se refirió a aquellas pasiones como si un médico atareado tomara notas sobre calamitosas enfermedades. Y no es que ella arrumbara tales calamidades como algo sin valor o sin sentido: por el contrario, les confería todo el peso y sentido que en verdad tenían en su vida.
Al cabo de cinco años de la pérdida de su amante Rémy, la pidió en matrimonio un hombre de cincuenta años, Philippe Angers, dueño de la imprenta donde ella vendía sus pinturas. Era un viudo acomodado, con hijos mayores. Ella le quería. Dejó escrito que hablar con él era lo mejor de su vida, después de la música. Él la visitaba abiertamente en su propia casa, su caballo y, en ocasiones, su carruaje permanecían debajo de los pinos y robles turcos donde se acababa el camino de carro. Paseaba con él por un jardín público en Belles Rivières. Pasaron un día juntos en una fête en Niza. Esta era la forma de decir al mundo que él aprobaba a Julie y su manera de vivir, y que se proponía unirse a ella sin tener en cuenta la opinión pública. Pero, por entonces, la gente estaba encantada de que aquella vagabunda y perturbadora de ánimos al fin resultara inocua.
Ella escribía: «Le quiero tanto, y no hay nada insensato en esta proposición. ¿Por qué, pues, le falta convicción?». Reflexionaba sobre el hecho de que la palabra «convicción» era interesante en aquel contexto. Paul había resultado convincente y, ciertamente, Rémy lo era. ¿Qué quería decir con esto, no obstante?
Durante un largo y sobrio año, Julie y el dueño de la imprenta planearon su matrimonio. Los hijos de él la conocieron y, presumiblemente, dieron su aprobación. Uno de ellos, Robert, era agricultor. Julie nos habla de que Robert se reunió con el impresor y ella para comer juntos. «Podría amar a este hombre —observa—. Y ciertamente él podría amarme. En cuanto nos miramos, lo supimos. Esto tendría convicción, ¡muy bien! Pero no importa. Vive con su mujer y sus cuatro hijos cerca de Béziers. Probablemente nunca volveremos a vernos.»
Siguen observaciones sobre su futuro marido, y son tranquilas, sensatas, se podría decir que respetuosas. Hay, no obstante, una entrada en la que describe un día de su vida de casada.
Me despertaré en aquella cómoda cama junto a él, cuando entre la doncella para preparar la chimenea. Igual que lo hacía su esposa. Luego, le besaré y me levantaré para preparar café, puesto que a él le gusta mi café. Luego le besaré cuando se disponga a bajar a la tienda. Luego, daré instrucciones a la doncella. Al fin me iré a la habitación que él dice que puedo tener para mi exclusivo uso, y pintaré. Óleos, si me apetece. En este aspecto podré permitirme todo lo que me gusta. Por regla general, él no vendrá para la comida, así que yo la pasaré por alto y pasearé por los jardines y conversaré con la gente del pueblo, que ansía perdonarme. Luego tocaré un poco el piano, o mi flauta. Él no ha escuchado la música que estoy escribiendo estos días. No creo que le gustara. Querido Philippe, tiene tan buen corazón; aparecieron lágrimas en sus ojos cuando enfermó el perro. Vendrá para la cena y tomaremos sopa. Le encanta mi sopa, le encanta cómo cocino. Luego hablaremos de su jornada. Es interesante el trabajo que realiza. Luego hablaremos de los periódicos. A menudo podemos estar en desacuerdo. ¡Seguro que no admira a Napoleón! Se va a la cama temprano. Esto será lo más duro, verse encerrada en una casa toda la noche.
Ni en una sola ocasión hay una sugerencia de cálculo económico. No obstante, ella estaba bastante sola en el mundo. Su madre había muerto en el terremoto del monte Pelée, cuando visitaba a una hermana que vivía en Saint Pierre, que quedó en ruinas. No hay constancia de que Julie hubiera pedido ayuda a su padre.
Una semana antes de que el alcalde, un antiguo amigo de Philippe, los casara en el ayuntamiento, ella se ahogó en el estanque donde los rumores decían que había matado a su bebé. No creyeron que se hubiera suicidado. ¿Por qué iba a hacerlo ahora, cuando se habían resuelto todos sus problemas? Ni tampoco había resbalado y se había caído, como determinó la policía. ¡Absurdo!... después de haber estado brincando por aquellos bosques durante años, como una cabra. No, la habían asesinado y, probablemente, había sido un antiguo amante de quien nadie sabía nada. Vivir sola a kilómetros de la gente decente era pedir a gritos que pasara algo así.
Hubo las condolencias debidas hacia el ciudadano que había perdido a su amor, puesto que nadie dudaba de que él la adoraba, pero la gente dijo que librarse de todo eso había sido lo mejor para él. Los gendarmes reunieron los papeles de ella, sus bosquejos, sus pinturas, un gran número de partituras y, a falta de una idea mejor, lo depositaron todo en una gran caja de embalaje que fue a parar al sótano del museo provincial. Luego, hacia 1970, los descendientes de Rémy hallaron parte de su música entre los papeles familiares, les encantó, recordaron que
