Iceberg (Dirk Pitt 2)

Clive Cussler

Fragmento

PRÓLOGO

PRÓLOGO

El sueño inducido con drogas se disipó, y la muchacha inició la torturante lucha por recobrar el conocimiento. Una luz tenue y difusa llegó a sus ojos, que se abrieron lentamente, mientras un repugnante hedor invadía sus fosas nasales. Estaba desnuda, con la espalda apretada contra una pared húmeda, amarilla, cubierta de cieno. Al despertar intentó convencerse de que todo era irreal, absurdo. Tenía que ser una horrorosa pesadilla. Entonces, de pronto, antes de que hubiera tenido ocasión de combatir el pánico que crecía en su interior, el lodo amarillo del suelo se elevó y subió por los muslos de su cuerpo indefenso. Aterrada, empezó a gritar… a gritar como enloquecida, mientras el cieno reptaba por su desnuda piel sudorosa. Con los ojos desorbitados, forcejeó desesperadamente. Era inútil, tenía las muñecas y los tobillos fuertemente encadenados a la superficie de la pared cubierta de limo. Lenta, muy lentamente, la masa repugnante de lodo alcanzó sus pechos. Y entonces, en el preciso instante en que el cieno tocaba los labios de la joven, un rugido vibrante y una voz espectral, invisible, repercutieron en el tenebroso recinto.

–Lamento interrumpir su período de estudio, teniente, pero el deber lo reclama.

El teniente San Neth cerró con violencia el libro que sostenía en las manos.

–Maldición, Rapp –dijo al hombre de rostro agrio que iba sentado a su lado en la carlinga del estrepitoso aeroplano–, cada vez que llego a una parte interesante, me interrumpe.

El alférez James Rapp señaló con la cabeza el libro. La tapa en rústica mostraba a una muchacha debatiéndose en un charco de cieno amarillo… mantenida a flote, según dedujo, gracias a sus enormes senos.

–¿Cómo puede leer esa basura?

–¿Basura? –repitió Neth con una mueca de dolor–. ¡Usted no sólo invade mi intimidad, alférez, sino que se cree mi crítico literario! –Levantó las manos con fingido desaliento–. ¿Por qué siempre me asignan un copiloto cuyo cerebro primitivo se niega a aceptar el estilo y el refinamiento contemporáneo?

Puso el libro en un estante toscamente construido que colgaba del panel lateral sostenido por una percha. En el anaquel también había varias revistas manoseadas que mostraban cuerpos femeninos desnudos en numerosas posiciones seductoras. Era evidente que a Neth no le interesaban precisamente los clásicos de la literatura.

Después de suspirar, se enderezó en su asiento y por el parabrisas contempló el mar que se extendía abajo.

Hacía cuatro horas y veinte minutos que el avión de reconocimiento de la Guardia Costera estadounidense volaba cumpliendo una aburrida inspección rutinaria de vigilancia de icebergs, que constituía, al mismo tiempo, una misión cartográfica. La visibilidad era buena, el cielo estaba despejado, y el viento apenas movía el ondulante oleaje; algo excepcional en el Atlántico Norte en pleno mes de marzo. En la carlinga Neth, con cuatro de los tripulantes, pilotaba el enorme boeing cuatrimotor, mientras los otros seis miembros de la tripulación instalados en la sección de carga, vigilaban las pantallas de radar y otros instrumentos científicos. El teniente consultó su reloj y luego hizo virar el avión en un gran arco para dirigirlo hacia la costa de Terranova.

–Misión cumplida –exclamó tranquilo, y cogió de nuevo el libro de terror–. Por favor, Rapp, muestre un poco de iniciativa. No más interrupciones hasta que lleguemos a Saint John.

–Haré lo posible, teniente –respondió Rapp con acritud–. Si ese libro es tan interesante, ¿por qué no me lo presta cuando lo haya terminado?

–Lo siento –dijo Neth al tiempo que bostezaba–. Tengo por principio no prestar jamás mi biblioteca privada. –De pronto el auricular chisporroteó en sus oídos y tomó un micrófono–. ¿Qué pasa, Hadley?

En el vientre del avión, tenuemente iluminado, el marino de primera Buzz Hadley contemplaba con atención el equipo de radar, cuya pantalla arrojaba sobre su rostro un verde resplandor espectral.

–Veo algo misterioso, señor. A veinte kilómetros, rumbo tres cuatro siete.

Neth movió el interruptor del micrófono.

–Vamos, vamos, Hadley. ¿Qué quiere decir con eso de «algo misterioso»? ¿Ha divisado un iceberg o tiene en su pantalla una vieja película de Drácula?

–Tal vez haya captado su terrorífica novela pornográfica –gruñó Rapp.

De nuevo se oyó a Hadley:

–A juzgar por la configuración y el tamaño, es un iceberg, pero mi señal es demasiado fuerte para tratarse de hielo común.

–Está bien –suspiró Neth–. Echaremos un vistazo. –Miró a Rapp con el entrecejo fruncido–. Pórtese bien y pónganos en rumbo tres cuatro siete.

Rapp asintió con la cabeza e hizo girar la columna de control para cambiar el rumbo. El avión, acompañado por el constante bramido de los cuatro motores PrattWhitney a pistón y su incesante vibración se ladeó suavemente hacia un nuevo horizonte.

Neth cogió unos binoculares y los enfocó sobre la interminable extensión de agua azul. Ajustó las perillas de enfoque y los sostuvo con la mayor firmeza posible, pese al temblor del avión en movimiento. Entonces lo divisó: un inmóvil punto blanco que flotaba serenamente sobre el reluciente mar color zafiro. Lentamente el iceberg se agrandó dentro de los túneles circulares de los binoculares, a medida que el parabrisas de la carlinga cerraba la distancia. Entonces Neth cogió el micrófono.

–¿Qué le parece, Sloan?

El teniente Jonis Sloan, el experto en las grandes masas de hielo a bordo del avión patrullero, estaba observando el iceberg por una puerta de carga semiabierta, detrás de la cabina de control.

–Es de los comunes, variedad doméstica –se oyó por los auriculares la voz mecánica de Sloan–. Un iceberg tabular, con cima en forma de meseta. Calculo que tendrá unos sesenta metros de altura y probablemente pese alrededor de un millón de toneladas.

–¿Común? –Neth parecía sorprendido–. ¿Variedad doméstica? Gracias, Sloan, por su detallada descripción. Estoy impaciente por visitarlo algún día. –Se volvió hacia el alférez–. ¿A qué altitud estamos?

–Trescientos metros –dijo Rapp con la mirada fija hacia adelante–. La misma que hemos mantenido todo el día… y ayer… y anteayer…

–Sólo estaba verificando, gracias –interrumpió Neth en tono pontifical–. Rapp, no sabe usted qué seguro me siento de llegar a viejo estando usted en los controles, con su capacidad y talento.

Se protegió los ojos con unas gafas gastadas de aviador y se preparó para soportar el golpe de frío antes de abrir la ventanilla lateral para ver más de cerca.

–Allí está –dijo haciendo una seña a Rapp–. Haga dos o tres pasadas y veremos lo que hay que ver.

Neth tardó apenas unos segundos en sentir la cara como la castigada superficie de un alfiletero; el aire helado le azotó la piel hasta que, por suerte, se le entumeció. Sin dejar de rechinar los dientes, no apartó la mirada del iceberg.

La enorme masa de hielo, que flotaba con elegancia bajo las ventanillas de la carlinga, parecía un navío fantasma. Rapp tiró hacia atrás las válvulas reguladoras y movió levemente los controles, inmediatamente el avión patrullero se ladeó a babor. Haciendo caso omiso del indicador de ladeo y de viraje, calculó el ángulo correcto mirando la reluciente montaña de hielo por encima del hombro de Neth. Tres veces voló en círculo esperando una señal del teniente para nivelar el aparato. Finalmente éste metió de nuevo la cabeza en la carlinga y tomó el micrófono.

–¡Hadley! Ese iceberg está más desierto que la cabeza de un calvo.

–Hay algo allá abajo, teniente –dijo Hadley–. Tengo una hermosa señal en mi…

–Creo haber avistado un objeto oscuro, teniente –interrumpió Sloan–. Cerca de la línea de flotación del lado oeste.

Neth se volvió hacia Rapp.

–Descienda a sesenta metros.

El alférez tardó apenas unos minutos en cumplir la orden. Pero transcurrieron muchos más, y aún seguía volando alrededor del iceberg a una velocidad de sólo veinticinco kilómetros por hora.

–Más cerca –murmuró Neth con intensidad–, otros treinta metros.

–¿Por qué no aterrizamos de una vez ahí encima? –propuso Rapp en tono casual.

Si estaba más inquieto que de costumbre, no lo demostró. Al contrario, por la expresión de su rostro parecía estar a punto de dormirse. Solamente unas minúsculas gotas de sudor en su frente delataban su plena concentración en la arriesgada maniobra que llevaba a cabo. Las ondas azules parecían tan cercanas que tenía la sensación de poder tocarlas si tendía la mano por encima del hombro de Neth. Y para agregar combustible a su creciente tensión, las paredes del iceberg se alzaban en esos momentos cerca del avión, mientras que su cima desaparecía por encima de los bordes de las ventanillas de la carlinga. Una sacudida, pensó; una corriente de aire atravesada, y la punta del ala de babor chocaría contra la cresta de una ola y transformaría instantáneamente el gigantesco aparato en una rueda que se destruiría a sí misma.

Entonces Neth advirtió algo… algo distinto, algo que cruzaba el umbral invisible entre la imaginación y la realidad. Lentamente ese algo se materializó en un objeto tangible, una forma de hechura humana. Por último, al cabo de un tiempo que a Rapp le pareció una eternidad, Neth volvió a meter la cabeza en la cabina, cerró de nuevo la ventanilla lateral y apretó el interruptor del micrófono.

–¿Ha visto eso, Sloan?

Las palabras sonaron tensas y apagadas, como si el teniente hablara a través de una almohada. Al principio Rapp creyó que era debido a que Neth tenía las mandíbulas y los labios helados de frío, pero entonces, al echarle una rápida ojeada, le sorprendió ver que tenía la cara helada, no por el frío, sino por una expresión de verdadero asombro.

–Sí, teniente, lo he visto. –La voz de Sloan llegó por el intercomunicador como un eco mecánico–. Es increíble.

–Sí –dijo Neth–, pero allí está… Un barco, un condenado barco fantasma incrustado en el hielo. –Se volvió hacia Rapp moviendo la cabeza como si no diera crédito a sus propias palabras–. No he podido distinguir ningún detalle. Sólo un borroso contorno de la proa, o tal vez de la popa, imposible decirlo con seguridad.

Se quitó las gafas y con el pulgar de la mano derecha hizo una señal hacia arriba. Con un suspiro de alivio, Rapp niveló el avión patrullero de forma que ganó un tranquilizador margen de espacio entre la parte inferior del aparato y el frío océano Atlántico.

–Discúlpeme, teniente –dijo Hadley por los auriculares. Estaba inclinado sobre su equipo de radar estudiando minuciosamente una pequeña señal blanca, situada casi en el centro exacto de la pantalla–. Creo que le interesará saber que el largo del barco que hay en el iceberg es de alrededor de cuarenta metros.

–Lo más probable es que sea un pesquero náufrago –sugirió Neth, mientras se masajeaba vigorosamente las mejillas, esbozando una mueca de dolor cuando se reanudó en su cara la circulación de la sangre.

–¿Quiere que me comunique con la jefatura de distrito en Nueva York y pida un equipo de rescate? –preguntó Rapp.

Neth negó con la cabeza.

–No es necesario movilizar un barco de rescate. Es obvio que no hay supervivientes. Haremos un informe detallado en cuanto aterricemos en Terranova.

Hubo una pausa; luego se oyó la voz de Sloan.

–Sobrevuele el iceberg, jefe. Lanzaré una señal colorante sobre él para facilitar su identificación.

–De acuerdo, Sloan. Tírela cuando se lo indique –dijo Neth; luego volviéndose nuevamente hacia Rapp añadió–: Diríjase hacia la parte alta del iceberg, a cien metros.

El boeing, cuyos cuatro motores seguían funcionando con potencia reducida, sobrevoló el majestuoso iceberg como un monstruoso pájaro del mesozoico en busca de su nido primitivo. Atrás, en la puerta de carga, Sloan levantó el brazo y esperó. Después, al oír la orden de Neth, arrojó al espacio un frasco lleno de tintura roja, que se fue haciendo pequeño hasta convertirse en una mota diminuta que chocó finalmente contra la faz lisa del blanco al cual iba dirigido. Al mirar hacia atrás, Sloan vio un brillante chorro bermellón que corría lentamente de arriba abajo por la montaña de hielo de un millón de toneladas.

–Acertó –dijo Neth en tono jovial–. El equipo de exploración no tendrá dificultades en descubrirlo. –Después, bruscamente serio, miró con fijeza el sitio donde yacía sepultado el desconocido barco–. Pobres diablos. Quién sabe si alguna vez sabremos qué les pasó.

En los ojos de Rapp apareció una expresión pensativa.

–No podrían haber pedido una lápida más grande.

–Es sólo provisional. Lo que quede de ese iceberg dos semanas después de que penetre en la corriente del Golfo no bastará para enfriar un cajón de cerveza.

En la cabina se hizo el silencio, un silencio que parecía intensificado por el incesante zumbido de los motores del avión. Por un rato ninguno de los dos habló, sumido cada uno en sus propios pensamientos. Sólo podían contemplar el imponente pináculo blanco que se elevaba desde el mar, y reflexionar acerca del enigma encerrado bajo su manto helado.

Por fin, Neth se arrellanó en su asiento, en posición casi horizontal, y recobró su imperturbabilidad habitual.

–Alférez, sugiero que, salvo que ansíe hundir este vehículo en aguas a cinco grados de temperatura, nos lleve de vuelta antes de que los indicadores de combustible mueran de sed. Y, por favor, nada de interrupciones –agregó con una sonrisa amenazante.

Después de lanzar a Neth una mirada fulminante, Rapp se encogió de hombros e hizo virar de nuevo el avión de reconocimiento rumbo a Terranova.

Cuando el avión desapareció y se extinguió en el frío aire salado el último rumor de sus motores, el enorme iceberg quedó de nuevo envuelto en la mortal quietud que lo rodeaba desde que, separado de un glaciar casi un año antes, se había visto empujado al mar junto a la costa occidental de Groenlandia.

Entonces, de pronto, en el hielo, hubo un movimiento leve pero imperceptible, justo encima de la línea de flotación del iceberg. Dos formas indistintas se transformaron lentamente en dos hombres que se incorporaron y miraron hacia el avión que se alejaba. A más de veinte pasos de distancia, habrían pasado inadvertidos para el ojo humano, ya que ambos llevaban trajes blancos para la nieve que se confundían perfectamente con el ambiente incoloro.

Permanecieron largo rato inmóviles, aguardando y escuchando pacientemente. Cuando estuvieron convencidos de que el avión patrullero ya no volvería, uno de ellos se arrodilló y, apartando el hielo, dejó a la vista un pequeño transmisor y receptor de radio. Extendiendo la antena telescópica, de tres metros de alto, estableció la frecuencia y dio vueltas a la manivela. No tuvo que hacerla girar con mucho empeño ni durante mucho tiempo. En alguna parte, alguien mantenía estrecha vigilancia en esa misma frecuencia, y la respuesta fue casi inmediata.

Capítulo 1

1

El capitán de corbeta Lee Koski apretó un poco más los dientes sobre la boquilla de su pipa, hundió los puños cuatro centímetros más en su abrigo forrado en piel y se estremeció bajo el intenso frío. Tenía cuarenta y un años y dos meses y había pasado dieciocho años de su vida al servicio de la Guardia Costera estadounidense. Koski era bajo, muy bajo, y sus gruesas y abundantes ropas lo hacían parecer casi tan ancho como alto. Bajo el hirsuto cabello color trigo, sus ojos azules relucían con una intensidad que nunca parecía disminuir, cualquiera que fuese su estado de ánimo. Tenía la confiada actitud de un perfeccionista, cualidad que había sido determinante a la hora de ser nombrado comandante del más nuevo superescampavía de la Guardia Costera, el Catawaba. De pie en el puente como un gallo de pelea, con las piernas abiertas y bien afirmadas, no se molestó en volverse cuando se dirigió al hombrón que estaba junto a él.

–Incluso con radar les costará mucho encontrarnos con este tiempo –dijo con tono tan incisivo y penetrante como el aire frío del Atlántico–. La visibilidad es nula a más de un kilómetro.

Lenta y premeditadamente, el teniente Amos Dover, oficial ejecutivo del Catawaba, lanzó una colilla de cigarrillo tres metros al aire en línea recta, y observó con interés analítico cómo el viento atrapaba el humeante cilindro blanco y lo arrastraba sobre el puente de la nave a lo lejos, en el ondulante mar.

–Da lo mismo que nos encuentren o no –murmuró. Tenía los labios morados por la brisa helada–. Tal como estamos cabeceando, el piloto de ese helicóptero tendría que ser sumamente estúpido, o estar ebrio, o ambas cosas a la vez, para pensar siquiera en descender a la pista.

Y señaló con la cabeza hacia la popa, donde se hallaba la plataforma de aterrizaje del Catawaba, mojada por el agua que el viento arrastraba.

–Hay quienes no dan importancia al modo de morir –dijo severamente Koski.

–Nadie podrá decir que no se les advirtió –repuso Dover, que no sólo se asemejaba a un oso sino que tenía una voz que parecía retumbar desde las profundidades de su estómago–. En cuanto el helicóptero partió de Saint John, le envié un mensaje para informarle de la inminente tormenta y aconsejar que desistiera de encontrarse con nosotros. Lo único que obtuve del piloto fue un cortés «Gracias».

Entonces comenzó a lloviznar, y el viento arrojó la lluvia sobre la nave en violentas cortinas que no tardaron en obligar a todos los hombres que cumplían tareas sobre cubierta a correr en busca de sus impermeables. Afortunadamente para el Catawaba y su tripulación, la temperatura del aire se mantuvo a cuatro grados, todavía lejos del peligro de congelación, desagradable situación que habría cubierto rápidamente toda la nave con un manto de hielo.

Koski y Dover acababan de ponerse sus impermeables cuando el altavoz del puente lanzó un chisporroteo mecánico.

–Capitán, hemos captado el helicóptero en el radar y lo estamos guiando hacia aquí.

Koski tomó el transmisor manual y acusó recibo del mensaje.

–Me temo que se esté urdiendo un complot –dijo volviéndose hacia Dover.

–¿Le extraña tanta urgencia por recibir pasajeros? –preguntó Dover.

–¿Y a usted no?

–Desde luego. También me extraña que las órdenes de estar atentos y permitir el aterrizaje de un helicóptero civil hayan venido directamente de la comandancia en Washington, y no de nuestro comandante de distrito.

–Qué falta de consideración la del comandante –rezongó Koski–, al no decirnos qué quiere esa gente. Una cosa es segura: no se van a encontrar en un viaje de placer a Tahití.

De pronto, Koski se enderezó y aguzó el oído hacia el inconfundible golpeteo de la hélice de un helicóptero. Por un breve instante el aparato fue invisible entre las densas nubes. Después ambos hombres lo divisaron al mismo tiempo. Venía del oeste, a través de la tenue lluvia, en línea recta hacia el barco. Koski lo reconoció inmediatamente como una versión civil de dos asientos del Ulysses Q-55, un aparato que podía volar a casi trescientos kilómetros por hora.

–Está chiflado si lo intenta –comentó secamente Dover.

Sin contestarle, Koski tomó de nuevo el transmisor.

–Hagan señales al piloto de ese helicóptero –dijo bruscamente–, y díganle que no intente descender cuando estamos atravesando olas de tres metros de altura. Díganle que no me haré responsable de sus acciones descabelladas.

Koski esperó unos segundos sin apartar la mirada del helicóptero.

–¿Y? –preguntó después.

El altavoz chisporroteó en respuesta.

–Dice el piloto que agradece mucho su preocupación, capitán, y respetuosamente solicita que tenga algunos hombres preparados para sujetar el mecanismo de aterrizaje en cuanto toque la pista.

–Hay que reconocer que el desgraciado es muy educado –gruñó Dover.

Sacando un poco más la mandíbula, Koski apretó con mayor fuerza todavía la boquilla de su pipa.

–¡Qué educado ni qué demonios! Es muy probable que ese idiota arruine un buen pedazo de mi barco –dijo encogiéndose de hombros con resignación; luego cogió un megáfono y gritó–: ¡Capataz Thorp! Tenga listos a sus hombres para sujetar ese helicóptero en cuanto aterrice. Pero, por amor de Dios, manténgalos a cubierto hasta que haya finalizado la maniobra de aterrizaje… y tenga un equipo de primeros auxilios a la espera.

–En este preciso momento –comentó Dover en voz baja– no me pondría allá arriba en el lugar de esos individuos ni por todas las bellezas de Hollywood.

Koski calculó que el Catawaba no podía enfrentar directamente el viento, porque la turbulencia despedida por la superestructura lanzaría el helicóptero a una segura destrucción. Por otro lado, si la nave iba a través del mar, el excesivo balanceo impediría al helicóptero aterrizar en la pista. Tantos años de pericia y buen criterio, junto con el conocimiento de las características de manejo del Catawaba, hicieron que su decisión fuese rutinaria.

–Los recibiremos con el viento y el mar plenos de proa. Reduzca la velocidad y haga el cambio de rumbo necesario.

Dover asintió con la cabeza y desapareció dentro de la caseta del timón:

–Pleno de proa, como se ordenó, y lo más firmes que permite el mar –dijo apareciendo en el puente al cabo de un momento.

Presas de helado temor, Koski y Dover contemplaron con fijeza el helicóptero amarillo que atravesaba rápidamente la niebla, enfrentaba el viento y se acercaba a la popa del Catawaba en ángulo de treinta grados por encima de la amplia estela del barco. Aunque el viento azotaba con fuerza el Ulysses, el piloto logró mantenerlo nivelado. A unos cien metros de distancia, comenzó a disminuir la velocidad hasta que finalmente se detuvo en el aire, cerniéndose como un colibrí sobre la pista de aterrizaje, que subía y bajaba. Por un momento, que a Koski le pareció una eternidad, el helicóptero se mantuvo a esa altura, mientras el piloto calculaba el punto alto de la bovedilla del escampavía cada vez que se elevaba en la cresta de una ola pasajera. Entonces, bruscamente, cuando la pista de aterrizaje alcanzaba su punto más alto, el piloto del helicóptero detuvo sus reguladores y el Ulysses se posó limpiamente en el Catawaba, apenas un segundo antes de que la popa bajara con una sacudida al seno de la ola siguiente.

Los patines apenas habían tocado la pista cuando cinco tripulantes del escampavía se precipitaron por la cubierta en declive y forcejearon bajo las violentas ráfagas de viento para sujetar el helicóptero antes de que fuera arrastrado al agua por la borda. Pronto el escape del motor se apagó, las paletas giratorias se detuvieron, y en un lado de la carlinga se abrió una portezuela. Después dos hombres, agachando las cabezas para protegerse de la fuerte llovizna, saltaron a la plataforma.

–Grandísimo hijo de perra –murmuró Dover, maravillado–. Realmente hizo que pareciera fácil.

Las facciones de Koski se endurecieron.

–Les conviene tener credenciales de primera… y les conviene que su autoridad provenga de la jefatura de la Guardia Costera de Washington.

–Tal vez sean parlamentarios en gira de inspección –dijo Dover sonriendo.

–No es probable –contestó Koski con aspereza.

–¿Los acompaño a su camarote?

–No. Transmítales mis felicitaciones, y llévelos al comedor de oficiales… En este preciso instante, lo único que me interesa de veras es una taza de café caliente –agregó con sonrisa socarrona.

Dos minutos exactos tardó el comandante Koski en estar sentado ante una mesa del comedor de oficiales, calentando agradecido sus manos frías alrededor de una humeante taza de café. La tenía medio vacía cuando se abrió la puerta y entró Dover seguido por un sujeto regordete con grandes gafas sin armazón y cuya calva se veía bordeada de cabello blanco largo y despeinado. Al principio a Koski le recordó la imagen estereotipada de un científico loco, pero el individuo tenía la cara redonda y bonachona, y unos ojos castaños que reflejaban una amplia sonrisa. Al divisar al comandante, el desconocido se acercó a la mesa y tendió la mano.

–El comandante Koski, supongo… Soy el doctor Bill Hunnewell. Lamento causarle tantas molestias.

Koski se puso de pie y estrechó la mano de Hunnewell.

–Bienvenido a bordo, doctor. Por favor, siéntese y tome una taza de café.

–¿Café? No, gracias –dijo Hunnewell con tristeza–. Pero vendería mi alma por una taza de chocolate.

–Tenemos chocolate –dijo amablemente Koski, y, echándose atrás en su silla, alzó la voz para llamar–: ¡Brady!

De la cocina salió un camarero con chaqueta blanca. Era alto y enjuto, y su andar delataba su procedencia tejana.

–A la orden, capitán. ¿Qué desea?

–Una taza de chocolate para nuestro huésped, y dos cafés más para el teniente Dover y… –Koski se interrumpió y buscó con la mirada detrás de Dover–. Me parece que falta el piloto del doctor Hunnewell.

–Vendrá dentro de un minuto –dijo Dover, cuyo rostro expresaba descontento como queriendo hacer una advertencia a Koski–. Se ha quedado comprobando que el helicóptero estuviera bien sujeto.

Koski miró pensativo a Dover, pero al fin renunció a adivinar.

–Está bien, Brady… y deje la cafetera, me vendrá bien otra taza.

El camarero se limitó a asentir con un movimiento de cabeza y luego regresó a la cocina.

–Es un verdadero lujo estar rodeado de nuevo de cuatro paredes sólidas –dijo Hunnewell–. Estar sentado en esa cometa vibratoria con una burbuja de plástico entre los elementos y yo basta para encanecer a cualquiera. –Sonrió, mientras se mesaba los pocos mechones blancos que aún le rodeaban el cráneo.

Koski dejó su taza sin sonreír.

–Doctor Hunnewell, me parece que no se da cuenta de lo cerca que ha estado de perder el resto de su cabello, además de su propia vida… Fue una temeridad por parte de su piloto el pensar siquiera en volar con este tiempo.

–Le aseguro, señor, que este viaje era necesario –contestó Hunnewell en tono benévolo, el mismo que podría haber utilizado para sermonear a un escolar–. Usted, su tripulación, su barco, tienen una función vital que desempeñar, y el tiempo es la dimensión decisiva. No podemos permitirnos el lujo de perder un solo minuto. –Sacó del bolsillo delantero de su camisa un papel que pasó a Koski por encima de la mesa–. Mientras le explico por qué hemos aterrizado en su barco, debo pedirle que ponga rumbo inmediato hacia esta posición.

Koski tomó el papel sin leer su contenido.

–Discúlpeme, doctor Hunnewell, pero no estoy en condiciones de llevar a cabo su petición. La única orden que tengo de la comandancia es la de recibir dos pasajeros a bordo. No se mencionó nada en cuanto a darle a usted carta blanca para dirigir mi barco.

–Usted no comprende…

Por encima de su taza de café, Koski fijó en Hunnewell una mirada penetrante.

–Eso no es explicación suficiente, doctor. ¿Cuál es exactamente su misión? ¿Por qué se encuentra aquí?

–Tranquilícese, comandante. No soy un agente enemigo a punto de sabotear su valioso barco. Soy oceanógrafo, y en la actualidad trabajo para la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas (ANIM).

–No he querido ofenderlo –dijo Koski sin alterarse–. Pero eso deja todavía una pregunta sin contestar.

–Tal vez yo pueda contribuir a despejar sus dudas.

La nueva voz era suave, pero firme, con una resonancia que transmitía autoridad.

Enderezándose en su silla, Koski se volvió hacia la figura que se apoyaba con negligencia en el marco de la puerta: un hombre alto, bien proporcionado. El rostro tostado del color del roble, los rasgos duros, casi crueles, los penetrantes ojos verdes sugerían que no era un individuo al que se pudiera pisotear. Vestido con chaqueta de vuelo y uniforme azul de la fuerza aérea, alerta, aunque distante, ofreció a Koski una tolerante sonrisa.

–Ah, llegó por fin –dijo Hunnewell en voz alta–. Comandante Koski, permítame presentarle al mayor Dick Pitt, director de proyectos especiales de la ANIM.

–¿Pitt? –repitió Koski con voz inexpresiva. Miró a Dover y elevó una ceja. Dover se limitó a encogerse de hombros con aire incómodo–. ¿Por casualidad es usted el mismo Pitt que aclaró el caso de contrabando submarino en Grecia el año pasado?

–Hubo por lo menos otras diez personas implicadas en ese trabajo, cuyo mérito es tan grande como el mío –contestó Pitt.

–Un oficial de la fuerza aérea trabajando en programas oceanográficos… Está un poco fuera de su elemento, ¿verdad mayor? –preguntó Dover.

Pequeñas arrugas bordearon los ojos de Pitt cuando éste sonrió.

–No más que los hombres de la armada que fueron a la luna.

–No le falta razón –admitió Koski.

Apareció Brady, que sirvió el café y el chocolate. Se marchó y volvió de nuevo para dejar una bandeja con sándwiches antes de retirarse por última vez.

Koski empezó a inquietarse de veras. Un científico enviado por un destacado organismo gubernamental… malo. Un oficial de otra rama del servicio, famoso por sus peligrosas aventuras… peor aún. Pero la combinación de ambos, sentados allí, del otro lado de la mesa, y diciéndole qué hacer y adónde ir… una peste absoluta.

–Como le iba diciendo, comandante –insistió Hunnewell con impaciencia–. Debemos llegar a la posición que le he indicado lo antes posible.

–No –repuso Koski sin rodeos–. Si mi actitud parece terca, lo siento, pero aceptarán ustedes que estoy en mi derecho al rechazar sus exigencias. Como capitán de este barco, las únicas órdenes que estoy obligado a obedecer provienen de la jefatura de distrito de la Guardia Costera en Nueva York, o de la comandancia en Washington. –Hizo una pausa para servirse otra taza de café–. Y mis órdenes fueron recibir dos pasajeros, nada más. He obedecido, y ahora voy a reanudar mi rumbo inicial de patrulla.

Los ojos de Pitt sondearon los graníticos rasgos de Koski como un experto en metalurgia podría examinar una vara de acero en busca de una falla. De pronto se irguió, se acercó cautelosamente a la puerta de la cocina y miró adentro. Brady estaba ocupado vertiendo una gran bolsa de patatas en un enorme caldero humeante. Entonces Pitt, siempre con cautela, se volvió y escrutó el pasadizo, junto al comedor. Pudo advertir que su ardid daba resultado; Koski y Dover cambiaron miradas perplejas mientras observaban sus movimientos. Finalmente, aparentando satisfacción por la ausencia de mirones, Pitt volvió a la mesa, se sentó y, acercándose a los dos marinos, bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

–Bien, caballeros, les diré lo que pasa. La posición que les dio el doctor Hunnewell es la ubicación aproximada de un importante iceberg.

Aunque enrojeció un poco, Koski logró mantenerse impasible.

–Y si puedo preguntárselo sin parecer estúpido, ¿qué es lo que usted considera un iceberg importante, mayor?

Pitt hizo una pausa para lograr mayor

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