El amante diabólico

Victoria Holt

Fragmento

La llamada al castillo

En un ardiente día de junio descubrí el secreto de mi padre, secreto que iba a cambiar toda mi vida y la suya también. Nunca olvidaré el horror que me asaltó. El sol era brillante, implacable. Había sido el junio más caluroso desde hacía muchos años. Yo estaba sentada mirando a mi padre. Parecía que había envejecido diez años en el espacio de diez minutos. Cuando volvió sus ojos hacia mí, vi en ellos desesperación, el súbito abandono del fingimiento. Sabía que no podía ya ocultarme la tragedia.

Era inevitable que yo fuera quien lo descubriera. Había estado siempre más cerca de él que cualquier otra persona, incluso que mi madre cuando vivía. Lo entendía en todos sus estados de ánimo; sabía de sus entusiasmos, sus luchas, sus frustraciones de artista, de creador. El hombre al que conocía en este estudio era distinto del ser afable, más bien sin complicaciones, en que se convertía al salir de él. Desde luego, el estudio le absorbía la mayor parte del tiempo. Era su vida. Se había criado en él. Desde los cinco años de edad, en esa misma casa —que fue el hogar de los Collison durante un siglo— había acudido al estudio para ver trabajar a su padre. Se contaba en la familia que a los cuatro años creyeron que se había perdido y su ama lo encontró aquí, pintando en un pedazo de pergamino con uno de los más finos pinceles de pelos de marta de su padre.

Collison era un nombre conocido en el mundo del arte. Había estado siempre asociado con la pintura de miniaturas y no había ninguna colección de cierta importancia en toda Europa que no contara por lo menos con un Collison.

La pintura de miniaturas era una tradición de nuestra familia. Mi padre afirmaba que era un talento que se transmitía de generación en generación, y que para llegar a ser un gran pintor debía comenzarse desde la cuna. Así había sido con los Collison. Habían pintado miniaturas desde el siglo XVII. Nuestro artista había sido discípulo de Isaac Oliver, que a su vez fue aprendiz nada menos que del famoso miniaturista, de los tiempos de la reina Isabel, Nicolas Hilliard.

Hasta la presente generación, siempre hubo un hijo que siguiera a su padre y continuara no solo la tradición, sino también el nombre. Mi padre falló y todo lo que pudo producir fue una hija: yo.

Debió de ser una gran decepción para él, aunque nunca lo dijo. Como ya indiqué, fuera del estudio era persona afable, y siempre tenía en cuenta los sentimientos de los demás. Hablaba lentamente, porque pesaba sus palabras antes de pronunciarlas y consideraba el efecto que podían ejercer en los otros. Era distinto cuando trabajaba. Parecía entonces completamente poseído; se olvidaba de las comidas, las citas, las obligaciones. A veces pensé que trabajaba febrilmente porque creía que iba a ser el último de los Collison. Ahora comenzaba a darse cuenta de que quizá no sería así, pues yo también había descubierto la fascinación de los pinceles, la vitela y el marfil. Aprendía, para continuar la tradición familiar. Iba a demostrar a mi padre que no había que despreciar a una hija, que podía hacerlo tan bien como un hijo. Esa fue una de las razones por las que me entregué a la alegría de pintar. La otra —mucho más importante— era que, independientemente de mi sexo, había heredado el deseo de producir aquellas intrincadas pinturas. Tenía la aspiración —y me atrevía a creer que el talento— de competir con cualquiera de mis antepasados.

En aquel momento, mi padre se acercaba a la cincuentena. Parecía más joven, a causa de sus claros ojos azules y de su embrollado cabello. Era alto —le había oído llamar larguirucho— y muy flaco, lo que le hacía parecer algo desgarbado. Sorprendía a la gente, creo, que ese hombre más bien torpe pudiera producir tan delicadas miniaturas.

Se llamaba Kendal. Había habido generaciones de Kendal en nuestra familia. En otros tiempos, una muchacha de la región de los Lagos se había casado con un Collison, y ese nombre venía de su lugar de nacimiento. Era tradición familiar que todos los hombres llevaran nombres que comenzaran con K, y las iniciales K. C. —grabadas en un ángulo, tan pequeñas que casi no se veían— eran como la marca de las famosas miniaturas. Eso causaba a veces cierta confusión porque Collison había pintado tal o cual miniatura, y a menudo debía deducirse la fecha por el tema y otros elementos de la pintura misma.

Mi padre permaneció soltero hasta los treinta. Solía deshacerse de cualquier cosa que pudiera distraerlo de su trabajo. Y así lo hizo también con el matrimonio, aunque advertía que su deber —algo así como el de un monarca— era producir un heredero que continuara la tradición familiar.

Solo cuando acudió a la mansión del conde de Langston, en Gloucestershire, su deseo de casarse se convirtió en algo más que un deber para con la familia. Lo habían llamado para pintar retratos de la condesa y de sus dos hijas, lady Jane y lady Katherine, conocida esta por lady Kitty. Siempre decía que la miniatura de lady Kitty era su mejor obra.

—En ella puse amor —comentaba.

Era muy sentimental.

El resultado fue ciertamente romántico, pero el conde tenía otros planes para su hija. No le interesaba el arte, quería simplemente unas miniaturas de Collison porque había oído decir que «ese Collison es bueno».

—¡Filisteo! —lo llamó mi padre.

El conde creía que los artistas eran sirvientes a los que los ricos debían proteger. Además, confiaba en cazar a un duque para su hija.

Pero resultó que lady Kitty era una muchacha a la que le gustaba salirse con la suya y que se había enamorado del artista tanto como este de ella. Se fugaron, y lady Kitty recibió el recado de su padre de que las puertas de la mansión de Langston permanecerían eternamente cerradas para ella. Ya que había cometido la locura de convertirse en Kitty Collison, no tendría más relación con la familia de los Langston.

Lady Kitty recibió la noticia con un encogimiento de hombros y se preparó para la que, a sus ojos, debía ser la humilde existencia de la casa de los Collison.

Un año después de la boda hice mi dramática entrada en el mundo, causando muchas molestias y costando a lady Kitty su nunca muy robusta salud. Cuando quedó medio inválida e incapaz de tener más hijos, hubo de enfrentarse con la desastrosa verdad: el único retoño era una chica y con ella se acababa la línea de los Collison.

Nunca dejaron traslucir que yo hubiese sido una decepción. Lo descubrí por mí misma cuando fui conociendo las tradiciones familiares y me acostumbré al amplio estudio y a sus enormes ventanales, situados de modo que por ellos entrara la fuerte y penetrante luz del norte.

Me enteré por los chismes de los criados, pues sabía escuchar con avidez, y pronto me di cuenta de que podía informarme mejor de lo que me interesaba por ellos que preguntando a mis padres.

—A los Langston siempre les costó mucho tener hijos varones. Mi sobrina sirve allí con unas primas suyas. Dice que es un palacio. Cincuenta criados por lo menos, y eso solo en el campo. Nuestra señora no estaba destinada a esta clase de vida.

—¿Crees que lo lamenta?

—Supongo que sí. A la fuerza. Todos esos bailes y títulos y otras cosas… Si habría podido casarse con un duque…

—Sí, claro, pero el señor es un caballero de verdad. Hay que reconocerlo.

—Sí, te doy la razón en esto. Pero es solo una especie de comerciante… Vende cosas… Ya sé, ya sé que son pinturas y dicen que eso es distinto; de todos modos son cosas y las vende. Nada marcha bien cuando se sale de su propio mundo. Y no hay ningún varón… solo miss Kate.

—Pero es lista; de eso no hay duda. Una pequeña señora; eso es lo que es.

—No se parece a ninguno de los dos.

—¿Sabes lo que pienso? Que el señor hubiera debido casarse con una mujer joven y fuerte, de su propia clase. Una señora, desde luego…, la hija de un caballero o algo así. Apuntó demasiado arriba. Entonces ella hubiese podido tener un hijo todos los años hasta que les saliera un varoncito, que pudiera aprender a pintar y esas cosas. Eso es lo que hubiese debido hacer. Si no…, mira lo que se saca con casarse fuera de la clase de uno…

—¿Crees que a él le importa?

—Claro que le importa. Quería un hijo. Y entre tú y yo, te diré que a la señora no le interesa mucho eso de la pintura. Claro que si no hubiera sido por la pintura, nunca la habría conocido, ¿verdad? Y ¿quién puede decir si no hubiese sido mejor así?

De este modo lo supe todo.

Cuando descubrí el secreto, llevaba ya transcurrido un año desde la muerte de mi madre. Fue un duro golpe para todos. Había sido muy hermosa y tanto a mi padre como a mí nos gustaba sentarnos a mirarla. Solía vestir de azul, en armonía con el color de sus ojos, y sus vestidos estaban siempre adornados con encajes y cintas. Como estuvo medio inválida desde mi nacimiento, sentía cierta responsabilidad; pero me consolaba pensando que a ella le gustaba estar recostada en el sofá, y recibir visitas como una reina en sus aposentos. Tenía lo que ella llamaba «días buenos», en los cuales tocaba el piano, arreglaba las flores y, a veces, recibía visitas, casi todas de los alrededores.

Estaban los Farringdon, que vivían en el castillo y poseían la mayor parte de las tierras de la comarca; el vicario y el doctor, con sus respectivas familias. Todos se sentían honrados al recibir una invitación de lady Kitty, incluso lady Farringdon, que daba mucha importancia al prestigio social; los Farringdon, aunque ricos, eran solo caballeros de segunda generación. Lady Farringdon estaba encantada de ser amiga de la hija de un conde.

Mi madre no se ocupaba del gobierno de la casa. Esto era cosa de Evie, sin la que nuestra vida hubiese sido mucho menos cómoda. Evie contaba solamente diecisiete años cuando vino a casa. Yo tendría entonces un año de edad y mi madre se había ya deslizado con elegancia hacia su casi invalidez. Evie era una prima lejana de mi madre, formaba parte de ese ejército de parientes pobres que existe casi siempre en torno de las familias ricas. Una pariente lejana se había casado con un hombre de clase inferior —es decir, contra los deseos de la familia—, y se perdió en la oscuridad. Evie era un fruto de esa rama, pero se había mantenido en contacto con la familia, quién sabe por qué razón, y, cuando había alguna urgencia, la llamaban para que ayudara.

Ella y mi madre se habían hecho amigas y cuando la hermosa lady Kitty descubrió que debería pasar mucho tiempo recostada en su sofá, se le ocurrió que Evie era exactamente la persona a la que podía apelar para que se ocupara de todo.

Evie vino y nunca se arrepintió. Ni nosotros. Confiábamos en Evie, dependíamos de ella. Dirigía la casa y la servidumbre, era buena compañera de mi madre, una eficiente ama de llaves, una madre para mí, y además sabía arreglárselas para que mi padre pudiese trabajar sin que nada lo distrajese.

Teníamos, pues, a Evie. Organizaba pequeñas fiestas para mi madre y vigilaba que todo marchara bien cuando venían visitas a hacer encargos a mi padre. Si este tenía que marcharse —lo cual ocurría con frecuencia—, podía hacerlo tranquilo, sabiendo que estaríamos bien cuidadas.

A mi madre le encantaba escuchar el relato de las aventuras de mi padre, al regreso de este. Le gustaba creerle un pintor famoso, constantemente abrumado por los encargos, aunque no se interesaba realmente por lo que hacía. Me había fijado en que su mirada se apagaba cuando él hablaba con entusiasmo, pero yo sabía de lo que hablaba, pues corría por mis venas la sangre de los Collison, y nunca me sentía más feliz que con un fino pincel de marta entre los dedos trazando finas líneas sobre un pedazo de marfil o de pergamino.

Me llamaba, como mi madre, Katherine, pero todos me conocían como Kate, para distinguirme de Kitty. No me parecía en absoluto a mis padres. Era mucho más morena que ellos.

—Es un salto atrás hacia el siglo dieciséis —decía mi padre, que naturalmente se consideraba una autoridad en rostros—. Debes parecerte a algún Collison del pasado, Kate. Esos pómulos altos y ese toque rojizo en tu cabello… Y tienes los ojos leonados… Es difícil capturar ese color. Para obtenerlo hay que mezclar muy cuidadosamente los colores. Nunca me gusta hacerlo, para un trabajo delicado. El resultado puede ser confuso.

Me hacía reír la manera como su trabajo se inmiscuía siempre en la conversación.

Debía tener seis años cuando hice un voto. Fue después que escuché a las criadas hablar de la decepción de mi padre porque yo era muchacha.

Fui al estudio y, poniéndome bajo la luz que entraba por un ventanal, dije:

—Seré una gran pintora. Mis miniaturas serán las mejores que se hayan conocido.

Y como era una chica muy seria, que sentía una apasionada devoción por mi padre, y tenía el convencimiento innato de que yo había nacido para eso, me dispuse a poner en práctica mis intenciones. Al principio, mi padre se divertía, pero me enseñó cómo estirar el pergamino sobre un rígido cartón blanco, prensarlo entre hojas de papel y bajo algo muy pesado, para que se alisara.

—La piel es grasienta —me explicó—. Por eso hay que lijarla. ¿Sabes lo que es lijar?

Pronto lo aprendí, frotando la superficie con una mezcla de talco y piedra pómez pulverizada.

Luego me enseñó a usar las pinturas al óleo, la témpera y la aguada.

—Pero los colores de acuarela son los mejores para el trabajo más minucioso, el más pequeño —me advirtió.

Cuando me dio el primer pincel, me sentí encantada. Y estallé de alegría cuando vi la cara de mi padre después de mi primera miniatura.

Me abrazó y estrechó contra su pecho, para que no viera las lágrimas que le arrasaban los ojos. Mi padre era muy emotivo.

—Kate, tienes facultades —exclamó—. Eres de los nuestros.

Enseñó a mi madre el producto de mis primeros intentos.

—Es muy bonito —dijo—. Kate, tú también serás un genio… Y yo, pobre de mí…, que ciertamente no soy un genio…

—No tienes que serlo —le contesté—. Basta con que seas hermosa.

Era un hogar feliz. A través del trabajo, mi padre y yo nos entendíamos cada vez mejor y yo me pasaba horas y horas en el estudio. Tuve institutriz hasta mis diecisiete años. Mi padre no quería que fuera a la escuela, porque esto interrumpiría el tiempo que pasaba en el estudio.

—Para ser un gran pintor hay que trabajar todos los días —decía—. No esperes a tener ganas. No esperes hasta que te sientas dispuesta a acoger la inspiración. Estate ahí, aguardándola para cuando se digne venir.

Lo comprendía muy bien. ¿Cómo hubiese podido soportar estar lejos del estudio? Mantenía mi decisión de ser tan gran artista como cualquiera de mis antepasados —pero no más—. Sabía que tenía talento.

Mi padre iba a menudo al extranjero y a veces estaba fuera un mes o dos. Había visitado incluso algunas de las cortes europeas y pintado retratos de familias reales.

—Me gustaría llevarte conmigo, Kate —solía decirme—. Eres tan buena como yo. Pero no sé qué pensarían de una mujer pintora. No creerían que el trabajo fuera bueno… si lo había hecho una mujer.

—Pero podrían ver por sí mismos el trabajo.

—La gente no siempre ve lo que sus ojos les dice que está ahí. Ve lo que ha decidido ver. Me temo que decidirían que algo que salga de las manos de una mujer no puede estar tan bien hecho como si lo hace un hombre.

—¡Tonterías! —exclamaba yo—. Me pone furiosa pensarlo. Deben de ser imbéciles.

—Mucha gente lo es —suspiraba mi padre.

Pintábamos miniaturas, que los joyeros vendían en todo el país. Hice muchas de ellas. Las firmaba con las iniciales K. C. Todos decían «Es un Collison», sin saber, claro, que era la obra de Kate y no de Kendal Collison.

Cuando era niña me había parecido, a veces, que mi padre y mi madre vivían en mundos distintos: mi padre, el artista distraído cuyo trabajo era su existencia plena; mi madre, la hermosa y delicada anfitriona a la que le gustaba tener gente a su alrededor. Uno de sus mayores placeres era verse rodeada de admiradores, tan contentos de que los recibiera la hija de un conde que se olvidaban de que era meramente la esposa de un artista.

Cuando servían el té, estaba a menudo con ella, para ayudarla a atender a los invitados. Algunas veladas daba pequeñas cenas y después se jugaba al whist o se interpretaba música. Ella tocaba exquisitamente el piano.

A veces se sentía de humor para hablar y me explicaba su vida en el castillo de Langston. ¿Lamentaba haberlo dejado por lo que era una casa muy pequeña, comparada con el castillo?, le pregunté una vez.

—No, Kate —me contestó—. Aquí soy la reina. Allí era solamente una de las princesas… sin importancia. Estaba allí esperando a que me casaran con la persona adecuada…, que sería la que mi familia quisiera y probablemente yo no.

—Debes ser muy feliz —le dije—, porque tienes el mejor marido que se pueda tener.

Me dirigió una mirada enigmática y contestó:

—Quieres mucho a tu padre, ¿verdad?

—Os quiero a los dos —repuse con vehemencia.

Me incliné para besarla y me atajó:

—No me despeines, querida.

Luego me tomó la mano y la apretó.

—Me alegro de que lo quieras tanto. Lo merece más que yo.

Me desconcertó. Pero siempre se mostraba tierna y bondadosa y se alegraba de que pasara tanto tiempo con mi padre, Sí, había sido un hogar muy feliz, hasta ese día en que Evie, al llevar el desayuno de chocolate a mi madre, en su cuarto, la encontró muerta.

Padecía un resfriado, que se convirtió en algo peor. Toda mi vida había oído decir que debíamos cuidar de la salud de mi madre. Raramente salía, y cuando lo hacía era en el coche y solo hasta la mansión de los Farringdon, donde la ayudaban a apearse y los lacayos casi la llevaban en andas.

Porque siempre había estado delicada y suponíamos que la muerte nos rondaba, porque había sido así, durante tantos años, la muerte casi se había convertido en un miembro de la familia…, y pensábamos que continuaría rondándonos. Pero de repente se acercó y se la llevó.

La echamos enormemente de menos. Fue entonces cuando me di cuenta de lo mucho que la pintura significaba para mi padre y para mí, pues aunque nos sentíamos abrumados por la pena, la olvidábamos mientras estábamos en el estudio, donde no existía para ambos nada más que la pintura.

Evie se mostraba muy triste. Mi madre había estado tantos años a su cuidado personal… Tenía entonces treinta y tres años, de los que nos había dedicado diecisiete.

Dos años antes, Evie se había prometido en matrimonio. La noticia nos había inquietado. Oscilábamos entre nuestro placer por la felicidad de Evie y nuestra consternación por lo que sería nuestra existencia sin ella.

No había habido peligro inminente, pues el novio de Evie era James Callum, el asistente vicario de nuestra parroquia. Tenía la misma edad que Evie y debían casarse tan pronto como él tuviera medios de vida propios.

—Roguemos para que nunca lo consiga —solía decir mi madre. Y agregaba rápidamente—: ¡Qué egoísta soy, Kate! Espero que no llegues a serlo tanto como yo. No hay cuidado. Tú eres de las fuertes. Pero, de veras, ¿qué haremos, qué haré yo sin Evie?

No tuvo que enfrentarse a este problema. Cuando mamá murió, el vicario todavía no tenía medios propios, de modo que sus plegarias habían sido escuchadas, en cierto modo.

Evie trataba de consolarme.

—Estás creciendo, Kate —me decía—. Pronto encontrarás a alguien para sustituirme.

—No habrá nadie como tú, Evie. Eres insustituible.

Me sonreía. Se encontraba desgarrada entre sus temores por nosotros y su anhelo de casarse.

En el fondo de mi corazón sabía que algún día Evie tendría que dejarnos. Se respiraba un aire de cambio y yo no deseaba ningún cambio.

Pasaron los meses y James Callum seguía sin encontrar parroquia propia. Evie afirmaba que desde la muerte de mi madre tenía muy poco que hacer y ocupaba sus horas preparando conservas de fruta y bebidas de hierbas, como si quisiera llenarnos la despensa para cuando ya no estuviese con nosotros.

Seguimos con nuestra rutina diaria. Mi padre se negaba a pensar en la posible marcha de Evie. Siempre vivía día a día. Me hacía pensar en alguien que pasa la cuerda floja y se mantiene en alto porque nunca mira para abajo y no ve los posibles desastres. Avanza paso a paso, sin ver lo que hay debajo, y así llega al otro lado, sano y salvo. Pero algún día puede surgir un obstáculo infranqueable y entonces tiene que detenerse y ponderar qué hacer.

Trabajábamos juntos, con armonía perfecta, en el estudio, cuando la luz era apropiada. Dependíamos de la luz, pues ocupábamos mucho tiempo en la restauración de viejos manuscritos. Me consideraba ya una pintora completa. Incluso acompañé a mi padre a una o dos mansiones donde había labores de restauración. Explicaba mi presencia diciendo:

—Mi hija me ayuda en el trabajo.

Sé que se imaginaban que preparaba las herramientas, limpiaba los pinceles y me ocupaba de su comodidad. Esto me molestaba. Me enorgullecía de mi trabajo y él cada día me dejaba que me ocupara de más cosas en el estudio.

Nos hallábamos en este, una mañana, cuando me di cuenta de que sostenía en una mano una lupa, mientras con la otra manejaba el pincel.

Me quedé asombrada, porque siempre había dicho que no convenía emplear lupa, ya que si se adiestraban los ojos, estos eran mejores que la lupa. «Un pintor posee ojos especiales. Si no los tuviera, no sería pintor», afirmaba.

Vio que le miraba con sorpresa y, soltando la lupa, dijo:

—Es un trabajito muy delicado. Quería asegurarme de que no había calculado mal.

Unas semanas después, una orden religiosa del norte de Inglaterra nos mandó un manuscrito. Algunas de las iluminaciones se habían descolorido y algunas deteriorado. Ya expliqué que una de las especialidades de nuestro trabajo consistía en restaurar manuscritos. Si eran muy valiosos —y muchos lo eran, pues los había hasta del siglo XI—, mi padre iba al monasterio para llevar a cabo allí su trabajo, pero nos traían los menos valiosos. En estos últimos había trabajado mucho recientemente, lo cual era la manera que tenía mi padre de decirme que yo ya era una hábil pintora. Si mi trabajo no era satisfactorio, solo se perdía un pedazo de vitela o de marfil, pero solo podía permitirse a una mano muy segura tocar esos inapreciables manuscritos.

Aquel día de junio, mi padre tenía ante él el manuscrito y trataba de obtener el tono adecuado de rojo. No era cosa fácil, pues tenía que ser igual al pigmento rojo llamado minio, que empleaban en el pasado, y que era la palabra misma de la que se derivaba «miniatura».

Lo observé, mientras él mantenía el pincel encima de la pequeña paleta. De pronto lo soltó con un aire de desamparo que me sobrecogió.

Me acerqué y le pregunté:

—¿Qué te pasa?

No me contestó. Se inclinó hacia delante y se cubrió el rostro con la mano.

Fue un momento aterrador, con el sol brillando afuera, la deslumbradora luz sobre el antiguo manuscrito y el súbito conocimiento de que iba a suceder algo terrible.

Me incliné y le puse una mano en el hombro.

—¿Qué ocurre, padre?

Dejó caer la mano y me miró con sus ojos azules, que ahora tenían una expresión trágica.

—No puedo callar más, Kate —musitó—. Tengo que decírselo a alguien. Me estoy quedando ciego.

Lo miré fijamente. No podía ser. Sus ojos tan preciosos…, la puerta de su arte, de su dicha. ¿Cómo podría vivir sin su trabajo, para el cual lo más indispensable eran los ojos? Era lo que daba sentido a su vida.

—No —murmuré—. No puede ser.

—Pero es.

—Pero… —tartamudeé—. Estás bien, puedes ver…

Movió la cabeza.

—No tan bien como antes. Y cada día veré menos. No de repente, sino gradualmente. Lo sé, he ido a un especialista. Durante mi último viaje. Fui a Londres. Me lo dijo.

—¿Cuánto hace?

—Tres semanas.

—¿Y no me lo has dicho en tanto tiempo?

—Traté de no creerlo. Al principio pensé que… Bueno, no sé lo que pensé. No podía ver tan claramente…, no con bastante precisión. ¿No te has dado cuenta de que te he dejado muchos trabajos?

—Creí que lo hacías para alentarme, para darme confianza en mí misma.

—Kate, querida, no necesitas más confianza en ti. Eres una artista. Eres tan buena como tus antepasados.

—Cuéntame lo que te dijo el médico. Dímelo todo.

—Tengo lo que llaman una catarata en cada ojo. El doctor dice que hay pequeñas manchas blancas en el centro de cada pupila. Son pequeñas, de momento, pero crecerán. Puede pasar algún tiempo antes de que pierda la vista, pero puede ser rápido.

—Es imposible que no puedan hacer algo.

—Sí, pueden operarme. Es arriesgado y mis ojos nunca serán bastante buenos para esta clase de trabajo, ni siquiera si la operación tiene éxito. Ya sabes la vista que necesitamos y que parece que tengamos un poder especial en ella. Lo sabes, Kate, porque tú lo tienes. Pero esto…, la ceguera. Eso es el fin…

Me abrumó la situación. Su vida era su trabajo y se vería privado de él. Era lo más trágico que pudo haberle sucedido.

No sabía cómo consolarlo, pero lo hice.

Por lo menos, había hablado. Lo regañé suavemente por no habérmelo dicho antes.

—No quiero que nadie lo sepa todavía, Kate —insistió—. Es nuestro secreto.

—Bueno —repuse—: si así lo quieres, así será. Nuestro secreto.

Lo abracé y lo estreché contra mi pecho.

Lo oí murmurar:

—Tú eres mi consuelo, Kate.

No puede vivirse abrumado indefinidamente. Al principio, la noticia me aplastó, como si una catástrofe hubiese caído encima de nosotros, pero después de reflexionar, mi optimismo natural me ayudó y empecé a darme cuenta de que no era el fin, que el proceso era gradual. Mi padre no podía ver tan bien como antes. No podría hacer los trabajos más delicados. Pero todavía podía pintar. Tendría que cambiar de estilo, cierto. Parecía imposible que un Collison no pintara miniaturas. Mas ¿por qué no podía pintar en escala mayor? ¿Por qué la tela no podía ocupar el lugar del pergamino o el marfil?

Al pensar en esto, pareció que su carga se había aligerado. Hablamos mucho en el estudio.

—Tendrás que ser mis ojos, Kate —me dijo—. Tendrás que vigilarme. A veces creo que puedo ver bien…, pero no estoy seguro. Ya sabes cuán desastrosas pueden ser unas pinceladas mal aplicadas.

Le contesté:

—Ahora ya me lo has dicho. No debiste guardártelo. No es como si de repente te hubieses vuelto ciego. Has recibido un aviso con tiempo y debes prepararte.

Me escuchaba casi como si fuese un niño, aferrándose a mis palabras. Sentía una gran ternura por él.

—No te olvides: de momento, ni palabra de esto a nadie —me recordó.

Asentí. Tenía la absurda esperanza, que sabía sin fundamento, de que se recobraría y las manchitas blancas desaparecerían.

—Bendita seas, Kate —dijo—. Doy gracias a Dios por tenerte. Tu trabajo es tan bueno como el mío… y todavía mejora. No me sorprendería que superaras a todos los Collison. Esto sería mi consuelo.

Hablamos y trabajamos, pues, juntos, y me encargué de la labor más delicada en aquellos manuscritos, para que no tuviera que poner a prueba su vista. No había duda que todo esto me había estimulado y que mi mano era aún más segura que antes.

Transcurrieron algunos días. Era maravilloso ver la obra del tiempo y creí que, siendo mi padre como era, acabaría reconciliándose con su situación. Siempre lo vería todo con ojos de artista y siempre pintaría. No podría hacer el trabajo que amaba tanto, pero no lo perdería todo…, no, por el momento al menos. Esto era lo que yo le decía.

Más o menos una semana después, fue cuando me enteré.

Habíamos regresado de una cena en casa del doctor. Invitaban siempre a Evie, porque, en la comarca, la consideraban como de la familia. Incluso lady Farringdon, tan puntillosa, la invitaba, pues Evie era, a fin de cuentas, miembro de una familia que comprendía a un conde.

Fue una velada como cualquier otra. Asistió también el reverendo John Meadows, con sus dos hijos mayores, Dick y Frances. Dick estudiaba para dedicarse a la Iglesia, y Frances, desde la muerte de su madre, se ocupaba de la casa. Los conocía bien. Antes de tener institutriz, acudía a la vicaría todos los días, para que el vicario adjunto me diera clase, no el novio de Evie, sino su predecesor, un caballero serio y de mediana edad, que era un testimonio viviente de que los vicarios adjuntos a veces pueden permanecer toda su vida en tan bajo escalón eclesiástico.

El doctor Camborne, su esposa y sus hijas mellizas nos habían acogido con calor. Las mellizas se parecían tanto que raramente podía decir quién era quién. Me interesaban. Cuando estaba con ellas, me preguntaba cómo me sentiría si otra persona se pareciera tanto a mí que casi fuese igual y fuera tan cercana a mí. Las habían bautizado, creo que con cierta ironía, Faith y Hope (Fe y Esperanza).

—Lástima que no fueran tres, porque falta la Caridad —decía de ellas mi padre.

Hope era la más atrevida. Era la que hablaba cuando alguien se dirigía a ellas. Faith confiaba completamente en ella. Siempre la miraba, en busca de apoyo, antes de abrir los labios. Era nerviosa y tenía cierto grado de audacia. A menudo pensaba que las virtudes y debilidades humanas habían sido distribuidas claramente entre las dos mellizas.

Hope era lista en el estudio y siempre ayudaba a Faith, que aprendía trabajosamente y era más lenta. Faith era pulcra y siempre ponía orden detrás de Hope, según me había contado su madre. Faith era hábil con las manos, y Hope, torpe. «Me alegro de que se quieran tanto», había dicho su madre a mi padre.

No cabía duda que existía cierto lazo místico entre ellas, cosa que se encuentra a menudo en los gemelos. Eran iguales y, sin embargo, muy diferentes. Pensé que sería interesante retratarlas y ver qué salía, pues con frecuencia, cuando tratamos de trasladar a la miniatura los rasgos de un rostro, se revela como por milagro su carácter.

Dick Meadows habló mucho de sí mismo. Casi había terminado su educación y pronto comenzaría a buscar una colocación. Es listo, me dije, y sé de seguro que lo encontrará antes que el James de Evie.

Frances Meadows se mostró sesuda, como de costumbre, satisfecha, al parecer, con dedicar su vida a los problemas del templo y a dirigir cuidadosamente la vicaría.

Fue una de esas veladas de las que hay tantas. Caminando de vuelta a casa, pensaba en lo convencional que era mi existencia y la de todos nosotros. Podía imaginar a Frances ocupándose de la vicaría hasta que llegara a la edad madura. Así sería su vida, ya trazada para ella. ¿Y yo? ¿La pasaría en un pueblecito, con mi actividad social limitada más o menos a cenas como la de esa noche? Agradable, cierto, y compartida con gente por la que sentía afecto, pero ¿seguiría así hasta llegar a la edad madura?

Me quedé pensativa. A veces, mirando hacia atrás, me pregunto si ya entonces me daba cuenta, subconscientemente, de los acontecimientos que estaban a punto de estallar, destruyendo para siempre mi pacífica existencia.

Ciertamente, comenzaba a sentirme inquieta. Cuando mi padre regresaba de sus viajes al extranjero, le hacía ávidas preguntas sobre lo que había visto. Estuvo en las cortes de Prusia y Dinamarca y, más importante todavía, la de Napoleón III y su fascinadora esposa, la emperatriz Eugenia. Me describía la grandeza de esas cortes y las costumbres y modales de quienes vivían en ellas. Hablaba en colores y me hacía ver la rica púrpura y el deslumbrante oro de los vestidos reales, los suaves matices pastel de las casas francesas y los menos sutiles de las cortes alemanas.

Siempre había ansiado ver por mí misma esas cosas, y uno de mis sueños secretos consistía en que se me reconociera como gran pintora, igual que mi padre, y se me invitara. Si hubiese nacido hombre, podía esperarlo. Pero me encontraba encarcelada en mi sexo, en un mundo que los hombres habían creado para ellos. En ese mundo, las mujeres tenían su utilidad. Eran necesarias para la reproducción de la raza humana y podían cumplir con esta tarea fundamental mientras proporcionaban una agradable diversión; podían dar elegancia a la mesa y al hogar del hombre; podían incluso ayudarlo a subir y estar a su lado, pero siempre un poco más atrás, siempre cuidadosas de que la luz cayera sobre él.

Era el arte lo que me importaba; pero cuando me di cuenta de que mis miniaturas proporcionaban una recompensa tan grande como las de mi padre, pero solo porque creían que eran suyas, me enfurecía la injusticia y la estupidez del mundo, y podía comprender por qué algunas mujeres se negaban a aceptar la presunción de la superioridad masculina.

Al llegar a casa, aquella noche, nos encontramos con James Callum.

—Perdóneme por venir a estas horas, señor Collison —dijo—. Pero tenía que ver a Evie.

Estaba tan excitado que apenas lograba hablar. Evie se le acercó y trató de calmarlo poniéndole una mano en el brazo.

—¿Qué ocurre, James? No será que has obtenido un puesto.

—No, eso no. Pero sí una propuesta. Depende de lo que Evie diga.

—No sería mala idea que me lo preguntaras y supieras la respuesta —señaló Evie, que siempre era muy práctica.

—Se trata de eso, Evie: me han pedido que vaya a África, como misionero.

—¡James!

—Sí, y creen que debería llevar conmigo a una esposa…

Vi la alegría en el rostro de Evie, pero no miré hacia mi padre. Sabía que estaría luchando con sus encontradas emociones.

Le oí decir:

—Evie, ¡es maravilloso! Serás magnífica y pondrás orden en todo.

—Evie —tartamudeó James—, no has dicho…

Evie sonreía.

—¿Cuándo emprendemos el viaje? —preguntó.

—Me temo que no tenemos mucho tiempo. Han sugerido que, si es posible, salgamos dentro de un mes.

—Tendrán que anunciar inmediatamente la boda —intervino mi padre—. Creo que llevará tres semanas.

Me acerqué a Evie y la abracé.

—Será terrible vivir sin ti, pero serás maravillosamente feliz. Es justo lo que te va. Te mereces lo mejor de todo.

Nos quedamos abrazadas. Fue uno de esos momentos excepcionales en que Evie se permitía mostrar la profundidad de sus sentimientos.

Por ser como era, Evie hizo suyo nuestro problema, y en medio de la dicha y el ajetreo de los preparativos no nos olvidó.

Nunca la vi tan excitada como en esos días. Leyó libros sobre África. Se mostraba decidida a que James y ella tuvieran éxito en su misión.

—Ocupará el puesto de otro, que se vino de vacaciones y enfermó del pecho. No puede regresar. Esto ha dado a James su oportunidad.

—Se la mere

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