Prólogo
La gente ya no cree en los ángeles. Y menos aún se oye a alguien contar haber visto a uno a lo largo de una vida. Ya nadie dedica una mirada al cielo ni se para a encender una vela, pero allí arriba, en su reino, los ángeles siguen desempeñando sus tareas, observando a la humanidad y velando por nuestro destino y el orden en el universo. Amaya era una de esas personas, aunque no sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Hacía mucho que los ángeles no intervenían en el curso de la humanidad, pero esta será una ocasión que requerirá su atención. Existen ciertas reglas que no se deben romper, y desafiar las leyes del reino celestial puede llegar a tener consecuencias devastadoras.
***
Se giró rápidamente sobre su hombro, pero no vio a nadie, a pesar de estar segura de que alguien la observaba. Una ráfaga de viento agitó su melena junto a un sonido de fuerte aleteo, y sus ojos se movieron de un lado a otro de la playa en busca del origen. No vio nada. Solo estaba ella en la pequeña cala, sentada muy cerca de la orilla, con los pantalones ahora cubiertos de arena debido al cambiante capricho del viento. Aún con el corazón inquieto, clavó sus ojos verdosos en el vaivén de las olas. Siempre le había gustado la tranquilidad con la que el agua se movía en aquel trozo de paraíso, escondido de las fuertes corrientes y del ajetreo de los barcos pesqueros que poblaban la costa. Seguía viniendo cada semana a visitar su lugar secreto. El lugar de los dos. Aunque ahora solo estuviera ella. Los granos dorados de arena se escurrieron entre sus dedos cuando cogió un puñado. Imaginó que sostenía la mano de Álvaro en lugar de la cálida arena, aunque el sol de la tarde y el rumor de las olas ahora le parecían más fríos que nunca. Quizá fuera su alma la que se había helado, al menos eso era lo que decía la gente del pueblo. La chica del corazón de piedra, la que no tiene sonrisa. Sacudió aquellos pensamientos de su cabeza. Nunca le había gustado formar parte de los chismorreos de los vecinos.
—¿Por qué no me llevaste contigo? —le dijo al viento. Aunque en realidad aquellas palabras iban dirigidas a él.
Su cara de pillo apareció ante ella como una vieja foto.
«No seas tonta, aquí te aburrirías como una ostra» habría respondido. Eso le decía cada vez que Amaya sugería quedarse en el pequeño pueblo costero junto a él y sus padres. Su hermano sabía que las inquietudes de ella iban más allá de las bonitas calas y los fines de semana navegando en el mar. La había visto devorar una y otra vez los libros de Julio Verne cuando era pequeña, su favorito era La vuelta al mundo en ochenta días. Le gustaba jugar a imaginarse la protagonista de su propia aventura, donde debía recorrer todos los lugares maravillosos del planeta para encontrar la felicidad, igual que en el final de la novela. Y no es que ella hubiera sido infeliz durante su niñez, era la preferida de las vecinas por su simpatía y su risa contagiosa. Incluso los marineros de los barcos de pesca se desvivían por hacerla reír cuando acompañaba a su padre durante alguna jornada tranquila. Él era el patrón del barco Celestina, que había pertenecido a su familia durante varias generaciones.
«Un barco pesquero no es lugar para una niña de seis años», habría gritado su madre al regresar del mar, esperándoles a ambos ansiosa en el muelle y con una cuchara de cocina en la mano, como si fuera a darles un escarmiento con ella. Suspiró con nostalgia ante aquellos recuerdos. A veces su madre se preocupaba demasiado, pero luego sonreía al ver la enorme dorada que su marido había guardado para ella. Le encantaba invitar a los vecinos a cenar y enseñar orgullosa sus deliciosos platos. En ningún lugar se comía tan bien como en aquella casa, era el hogar del pescador y la mejor cocinera de Leira. Casi pudo evocar el olor humeante a patatas asadas y romero de la última vez que las había degustado, aunque ahora se daba cuenta de que no había sido en mucho tiempo. Su madre, tras el fallecimiento de Álvaro, había terminado cogiendo un trabajo como cocinera en el mesón del pueblo. Decía que la ayudaba a estar distraída, aunque sus platos ya no tenían ese toque especial de antaño.
Todo había cambiado en casa y, aunque su padre se esforzaba por mantener el ánimo, Amaya sabía que la ausencia de su hermano era al que más le dolía. Álvaro llevaba varios años ayudándolo con la pesca, desde que acabó el instituto. Quería ser tan bueno como él para un día convertirse en el patrón de la Celestina, como en su día su padre tomó el relevo de su abuelo. Habían pasado tanto tiempo juntos que se le hizo muy difícil salir a navegar tras lo ocurrido, aunque al final pasó a convertirse en una rutina más, algo que debía hacerse para seguir trayendo dinero a casa, pero solo eso.
Se incorporó para estirar las piernas y sacudirse la arena. Dio un par de pasos hacia la orilla. La burbujeante espuma acarició sus pies desnudos, haciéndola estremecer. El sol había hecho bien su trabajo durante el día, y el agua no estaba tan fría para ser todavía el comienzo de la primavera. El aroma a sal le inundó las fosas nasales. Aspiró profundamente. Ya no quería salir en busca de aventuras ni viajar por el mundo. Se aferraba a aquella playa, a los acantilados y al mar como si fuera lo único que le quedaba de él. No podía abandonarlo.
Cuando la luz del sol comenzó a atenuarse, dio media vuelta para recoger sus cosas. Mientras se ataba las zapatillas, el viento arrastró algo hacia su lado. Estiró la mano para recogerlo. Sus ojos se abrieron con sorpresa. Era una pluma. Una larga e inmensa pluma blanca que resplandecía con un tono plateado a pesar de la escasa luz de la tarde. No halló al animal de la que podía provenir, ni allí en la playa ni surcando el cielo, y, acariciándola con suavidad, se preguntó cómo de grande debía ser. Le pareció un bonito gesto del destino, o quizá un obsequio de su hermano allí donde estuviese, por lo que guardó la pluma cuidadosamente en el bolso.
Mientras caminaba de vuelta a casa no despegó su mirada del camino, a pesar de seguir teniendo esa rara sensación de que alguien la observaba. Se preguntó si sería él, velando por ella.
Capítulo 1. Amaya
Los frascos de cristal tintinearon cuando pasó los dedos por la estantería.
«Aceite de eucalipto, romero, argán, monoï, árbol de té...», leyó los nombres de las etiquetas de cada frasco. «¿Dónde va el aceite de rosa mosqueta?».
—Sebastián —lo llamó, tímida. Ya era la cuarta vez que le pedía ayuda en solo una mañana.
Este apareció junto a ella como un rayo, esbozando una sonrisa. Parecía disfrutar cada situación en la que Amaya rompía su silencio para dirigirse a él.
Esta le hizo un gesto desde la escalera de madera en la que estaba subida, mostrándole la caja llena de frascos de aceite de rosa mosqueta.
—¿Sabes dónde va esto?
—Estabas bien encaminada. —Alzó las manos hacia lo alto de la estantería. No necesitaba una escalera para llegar a la repisa como ella. Desde que pegó el estirón hacía un par de años, se volvió el chico más alto del instituto, lo que le daba una gran ventaja en los partidos de baloncesto frente al resto de sus compañeros. Y ahora, un año tras haberse graduado, le servía para ayudar a su madre en el herbolario. La señora Marisa era una mujer menuda, pero lo que le faltaba de altura le sobraba de dicharachera. Normalmente se encontraba en el mostrador, cogiendo recetas y cobrando a los clientes, y muy a menudo haciendo uso de sus habilidades de comerciante para incluir algún ungüento o dos de más en la cesta de sus clientes.
Sebastián hizo hueco en la estantería.
—Ahí tienes. Ponlos junto al resto de aceites. No nos había llegado rosa mosqueta en bastante tiempo. Apuesto a que las vecinas se volverán locas.
Amaya sonrió con desgana. Las vecinas del pueblo estaban obsesionadas con los productos de belleza naturales que vendía doña Marisa. A veces se obsesionaban con uno en concreto por un tiempo, como la vez que se corrió la voz de que algunas actrices famosas de la capital bañaban su pelo en cerveza para tenerlo más lustroso. Doña Marisa estuvo vendiendo champú de levadura de cerveza durante un mes. O la vez que la hija del panadero se casó con el hijo de la alcaldesa, y prácticamente todas las mujeres de los pueblos cercanos estuvieron usando cápsulas de ácido hialurónico y otros tratamientos para el rejuvenecimiento de la piel durante meses antes de la boda. «Nunca sabes cuándo puedes encontrar marido», repetían, ansiosas por conocer a los primos y amigos del novio, que venían de todas partes del país. A veces la vida en aquel pueblo podía ser repetitiva, por lo que tener tantos invitados y caras nuevas era una novedad. En ocasiones se preguntaba si acabaría siendo como ellas.
«¿Cuál es el remedio para curar corazones rotos? Un par de esos para llevar, por favor», decía para sí.
—Escucha, no sé si tendrás planes para esta tarde...
Se le había olvidado que Sebastián seguía ahí, absorta en sus pensamientos como de costumbre. Este se revolvía el cabello rubio con nerviosismo. En los últimos años su cara había cambiado bastante, y una fina barba le sombreaba el rostro, haciéndole parecer mayor.
—¿Te gustaría pasarte por la heladería y tomar algo? Ya empieza a hacer buen tiempo, por lo que había pensado que quizá...
—No puedo —se apresuró a contestar, algo cortante. Se arrepintió de sus palabras al ver su semblante descomponerse. Aun así, el chico se esforzó por esbozar una amplia sonrisa.
—Tranquila, lo entiendo, tienes otros planes. ¿Otra vez entonces?
Su boca se torció en un intento por devolverle la sonrisa.
—Sí, otra vez. Gracias por la ayuda —dijo, dirigiendo la atención de nuevo a su trabajo.
Su familia había sido muy amable tanto con ella como con sus padres desde lo de su hermano. Estaba eternamente agradecida a doña Marisa por darle un empleo con el que poder distraerse, y Sebastián siempre había sido muy atento con ella, aunque cuando eran más jóvenes apenas se había fijado en él. Nunca había sido de los populares en el instituto, siempre se había centrado en sus estudios y en sus cómics, pero ahora que ambos pasaban tanto tiempo en el herbolario, se podía decir que eran amigos… aunque la mayoría de las tardes Amaya prefería la única compañía de sí misma. Sebastián lo respetaba, aunque no perdía la esperanza de que en algún momento se animara y accediera a hacer algo fuera de la rutina de trabajo.
—Dale tiempo —escuchó a Marisa susurrar a su hijo cuando pasó por el mostrador. Casi pudo imaginarla guiñándole un ojo.
El día pasó despacio, moviendo cajas de un lado a otro y reponiendo estanterías. El herbolario también hacía de farmacia, y era la única en varios kilómetros de distancia, por lo que tenían bastantes clientes habituales que venían cada semana. El invierno había terminado, y ahora los productos para el catarro y los resfriados daban paso a los antialérgicos y los repelentes de insectos. A veces se sorprendía por la variedad de cosas que vendían allí. Podría haber aceptado el trabajo que le ofrecieron como camarera en el mesón, pero allí trabajaba ya su madre de cocinera y quería hacer algo que no le recordase tanto a su hermano. Aprender sobre hierbas, pomadas y remedios, sin embargo, le empezaba a gustar, por lo que a veces se distraía leyendo las etiquetas de los botes y frascos que reponía. De vez en cuando le preguntaba a Sebastián para qué servían, mostrando especial interés en las hierbas con propiedades curativas. A pesar de mantener esa apariencia seria, de vez en cuando echaba de menos algo de conversación, por lo que aquella era su forma de intercambiar algunas palabras con alguien que pudiera sacarla de su cabeza, aunque solo fuera por un par de minutos. Además, parecía ponerle una sonrisa en la cara a Sebastián, contento de hablar con una persona de su edad en lugar de escuchar las largas conversaciones que su madre mantenía con los vecinos.
Al llegar la tarde, doña Marisa solía ponerles al día mientras preparaban la tienda para cerrar.
—¡Esta sí que es buena! —anunció cuando el último cliente salió por la puerta y las campanillas dejaron de tintinear. Casi no cabía en sí de la emoción.
—Al parecer ha llegado un visitante de fuera, un extranjero.
—Siempre hay alguien que viene de visita de alguna ciudad —contestó Sebastián con un resoplido. No parecía impresionado por el cotilleo.
—Este no, ha venido para quedarse. Se hospeda en el mesón, pero cuando Carmina, la dueña, le preguntó cuántas noches se iba a quedar, este dijo que solo era temporal, que estaba arreglando el apartamento del final de la calle del muelle para instalarse.
—¿El de las ventanas azules? —preguntó el chico, ahora intrigado.
—Sí, el de la antigua familia Donovan. El que lleva abandonado tantos años.
—¿Es que es algún miembro lejano de la familia?
—Podría ser. Lo que sí que sé es que la hija de Carmina, Simone, no ha parado de suspirar desde que ese hombre apareció por allí.
La cara de Sebastián derrochaba incomprensión.
—¡Que está más bueno que el pan!
—¡Mamá, por favor! —Las mejillas de Sebastián se ruborizaron al instante.
Amaya rio a sus espaldas. Madre e hijo se giraron, estupefactos. Esa risa no se había escuchado en mucho tiempo, no desde que trabajaba en el herbolario. Amaya carraspeó, intentando recobrar la compostura.
—En cualquier caso —añadió Marisa continuando su historia, lo cual Amaya agradeció— probablemente no conozca a nadie del pueblo, así que estaría bien que le dierais la bienvenida cuando pase por aquí.
—¿Y por qué iba a pasar por aquí? —preguntó Sebastián. Su madre fingió ofenderse.
—Todos pasan por aquí en algún momento, ya lo verás.
Ambos continuaron su conversación, y Amaya dejó de prestarles atención. Un forastero en el pueblo. Pues vaya novedad. Probablemente pasaría un fin de semana, dos como mucho, y cuando se hartase de lo tranquilo y monótono que era aquello se marcharía sin mirar atrás, como hacían todos los demás.
Aquella tarde no paseó por la zona de los acantilados como de costumbre.
***
El aroma del mar entró por la puerta y lo inundó todo.
—¡Por Dios, date una ducha antes de que se quede el olor en el salón! —gritó Elena desde la cocina cuando su marido entró por la puerta.
A veces también traía un intenso hedor a pescado.
Este apareció por la cocina y les dio un beso a ambas. Arrugaron la nariz, aunque Elena no pudo ocultar una sonrisa.
—¿Y bien? —inquirió su madre.
Felipe era el mejor pescador de la zona norte, por lo que su mujer se había malacostumbrado a tener las mejores piezas de pescado en casa.
Soltó una pesada bolsa sobre la encimara de la cocina. Elena miró dentro.
—¿Sardinas?
—Lo siento, cariño, las doradas están haciéndose difíciles de encontrar esta temporada.
Sus ojos parecían entristecidos.
—Las sardinas a la plancha estarán estupendas —dijo su esposa rápidamente. Aquel año no había sido fácil para ninguno de los dos, pero aun así seguían apoyándose el uno al otro para seguir adelante. Amaya les envidiaba. Ella solía tenerle a él.
Felipe fue directo a asearse, y ella y su madre se quedaron a solas en la cocina. Se dividieron el trabajo cortando diferentes verduras y preparando el pescado para cocinarlo.
Antes hablaban más, pero en algún momento Amaya enmudeció y se convirtió en la hija retraída de la cocinera y el pescador. Aun así, no le importaba ayudar a sus padres en las tareas de la casa. Desde que su madre comenzó a trabajar en el mesón tenía menos tiempo, por lo que solían repartírselas entre los tres. A pesar de entablar poca conversación, a su madre le seguía gustando tener ese momento al final del día en que todos se sentaban a la mesa, aquel momento familiar al que quería aferrarse, aunque faltara una pieza del puzle. Tal vez era una forma de evocar los buenos momentos, aunque para Amaya era como aguijones en el pecho. La silla que permanecía vacía. La voz enmudecida de Álvaro.
Por algún motivo le costaba centrarse en el aquí y ahora, tenía a su hermano presente en casi todo momento, como la última página de un capítulo de un libro sin acabar. El libro continuaba, pero ella seguía estancada en la última frase.
Amaya cenó casi en silencio, mientras oía a sus padres de fondo entablar una conversación sobre los sucesos del día.
—Creo que es una maravillosa idea, ¿qué dices, Amaya?
Levantó la vista de la sardina a la que le quitaba cuidadosamente las espinas.
—¿Eh?
—Ayudar a tu padre a pintar el velero —repitió su madre.
El velero era un barco pequeño, apenas para cuatro personas, y lo solían usar ella y Álvaro cuando salían a explorar las calas o invitaban a algún amigo a pasar el día en el mar y hacer un picnic a bordo. No lo habían usado en más de un año, desde que Álvaro cayó enfermo. Para ella no tenía mucho sentido cogerlo sin él, Álvaro solía hacer de patrón de barco y a ella le gustaba más salir a navegar en su compañía. Quizá darle un nuevo aspecto le ayudara a sanar su herida, a pasar esa página en la que no terminaba de ver el punto final.
—Sí, me parece bien.
Elena y Felipe se miraron con asombro.
—Me encargaré de recoger la pintura mañana por la mañana, podemos empezar este fin de semana.
Amaya asintió y volvió a centrarse en su sardina. No captó la sonrisa de complicidad que se dirigieron sus padres.
El resto de la velada transcurrió tranquila. El susurro del mar llenaba los silencios. Su casa era una de las más cercanas a la costa, y tenía un amplio ventanal en el salón en el que el azul llenaba la vista. A su madre le gustaba pasar el rato observando la inmensidad del agua y las puestas de sol que pintaban el horizonte de un abanico de colores. En otras ocasiones se cruzaba de brazos y mantenía la vista fija en el oleaje cuando había tormenta, frunciendo el ceño con preocupación hasta que veía asomar a la Celestina en la lejanía. Los barcos evitaban salir a la mar cuando se anunciaba mal tiempo, pero a veces las previsiones no eran acertadas y les sorprendía una violenta sacudida del cielo mientras hacían su trabajo. A Amaya siempre le había impactado cómo el color celeste podía tornarse en un gris oscuro con tanta rapidez, como si fuera el capricho de un dios que, al chasquear los dedos, lo convirtiera todo en un caos de truenos y relámpagos.
Elena mantenía una leve sonrisa mientras recogía la mesa.
—Parece que has tenido un buen día —mencionó Amaya, sacándola de algún pensamiento.
—¿Quién? ¿Yo? —Se ruborizó, lo cual le pareció aún más extraño.
—¿Ha pasado algo en el mesón? ¿Alguna noticia que contar?
Su padre estaba en el salón, pero aun así Elena se asomó por la puerta de la cocina para comprobar que no podía oírlas.
—Había un hombre joven a la hora de comer, jamás le había visto antes por el pueblo.
«Por Dios...», pensó Amaya.
—El extranjero.
—¿Lo conoces? —dijo su madre, probablemente en un tono más elevado del que pretendía. Echó una ojeada de nuevo, pero su padre no parecía haberse inmutado, pasaba las páginas del periódico, distraído.
—No, pero doña Marisa lo mencionó esta tarde.
—¡¿Doña Marisa lo conoce?!
—No, una de las vecinas le vino con el chisme. —Su hija la miró, ahora extrañada por tanta exaltación—. ¿Por qué tiene tanta importancia?
—No, nada —contestó mientras fingía recobrar la compostura—. Parece... alguien especial.
Amaya soltó el plato que tenía en las manos y se giró con indignación hacia su madre, recordando el comentario de doña Marisa sobre lo atractivo que era.
—¡¿Se puede saber qué dices?!
Los ojos de Elena se abrieron como platos.
—¡Qué diría papá! —le espetó, tratando con todo su ser de no elevar la voz más de lo debido. Empezaba a irritarle la tontería que se traían las mujeres del pueblo con el extranjero.
Su madre rio. Lo cual le enfureció aún más.
—Hija, qué cosas tienes. Ese chico podría ser mi hijo. —Se produjo un silencio incómodo—. A lo que me refiero —prosiguió en un intento de quitarle hierro al asunto—, es a que el joven es más de tu edad que de la mía.
Amaya respiró hondo. Sí era cierto que doña Marisa había mencionado que Simone, la hija de la dueña del mesón, no le podía quitar los ojos de encima, y ambas eran del mismo año de promoción del instituto.
—Es que me pareció que había algo distinto en él.
—Ni si quiera sabemos quién es o qué hace en el pueblo.
La mirada de Elena parecía distraída.
—Tal vez. Es solo que salí de la cocina un momento durante la hora de comer porque alguien quería felicitar a la cocinera, y cuando me acerqué a la mesa, tan solo me cogió la mano, me miró muy detenidamente a los ojos, y dijo «gracias», y de repente sentí... —Enmudeció al instante. Quizá algo avergonzada de compartir aquel pensamiento en voz alta.
—¿Qué?
Suspiró antes de contestar.
—Paz —dijo, volviendo a esbozar una sonrisa.
Amaya no supo cómo tomarse aquello. Lo cierto era que no había visto a su madre sonreír durante tanto tiempo seguido desde hacía mucho, y a pesar de que la historia sonaba un poco a chorrada en su cabeza, si un atractivo desconocido apreciando su talento culinario era lo que hacía falta para hacerla feliz, entonces se alegraba por ella. A lo mejor necesitaban más extranjeros atractivos en el pueblo.
***
Se desplomó sobre la mullida cama enterrando el rostro en el edredón. Por fin sola. El aroma a lavanda de las sábanas recién lavadas la calmó. Era viernes por la noche, la primavera traía temperaturas más suaves, y
