Un mundo de posibilidades

Kaui Hart Hemmings

Fragmento

1

Finjo no ser de aquí. Soy una mujer de Idaho, de vacaciones con unos amigos. Soy una recién casada de Indiana. Una huésped corriente del hotel Village que visita Breckenridge, Colorado, y que está esperando que un aparcacoches le traiga su coche alquilado. Una gota de agua me cae en la cabeza. Alzo la mirada a la marquesina verde y me muevo para resguardarme mejor. Un Escalade negro con la música a todo volumen entra en la rotonda. El coche es enorme, y espero que alguien también enorme baje de él, pero quienes lo hacen son tres muchachos jóvenes: el conductor, bajo; los pasajeros, altos. El aparcacoches, también un chico joven, coge las llaves del conductor sin decir una sola palabra, le entrega un tíquet y asiente con la cabeza.

Mi hijo, Cully, que trabajaba aquí como aparcacoches hace solo tres meses, me dijo que detestaba aparcar coches para personas de su edad, y entiendo muy bien por qué. Cuando yo era joven sentía lo mismo, una vergüenza al trabajar delante de mis amigos y compañeros. El peor empleo que tuve consistía en ponerles botas de esquí a las chicas que venían aquí en las vacaciones de primavera, procedentes de lugares como Florida o Texas. Siempre se lamentaban de que las botas les hacían daño, y yo decía que era normal y se las apretaba más.

También trabajé como camarera en Briar Rose, donde anotaba lo que pedían los alumnos del instituto que venían con sus padres, fingiendo que no nos conocíamos. Recuerdo a Leslie Day chupando la pinza de su bogavante y haber pensado: «Solo los ricos son capaces de hacer eso. Yo ni siquiera sabría por dónde empezar». Aunque de ninguna manera éramos pobres, a veces lo parecía, sobre todo si nos comparábamos con las familias de muchos recién llegados, cuyos padres venían a la ciudad a retirarse con solo cuarenta años.

Los uniformes de los aparcacoches se componen de unos pantalones negros y un forro polar negro, algo que a Cully le daba vergüenza llevar. Algunos de ellos llevan riñoneras negras en torno a la cintura. Cully habría preferido perder dinero. Le visualizo corriendo y abriendo las puertas de los coches, cogiendo las propinas, sin mirar la cantidad hasta que se han ido. Fingiendo que no le importa.

Miro a esos muchachos de la edad de mi hijo, a esos muchachos que tienen madres y padres, esperanzas y problemas, y me asalta el embarazoso impulso de abrazarles. De cogerles en brazos, algo que Cully, de pequeño, siempre quería que hiciese. A menudo me enfadaba. «Ya eres mayor. Puedes caminar.» A veces me suponía una carga sumamente molesta, sobre todo cuando era un recién nacido y yo solo contaba veintiún años. Parecía un proyecto escolar, el huevo que yo tenía que llevar de un lado a otro sin soltarlo ni romperlo.

Debería marcharme. Dispongo de diez minutos más antes de tener que ponerme a trabajar. Aunque esta semana he estado haciendo entrevistas previas, hoy será mi primer día delante de la cámara después de una ausencia de tres meses. No me muevo. Miro a uno de los aparcacoches, alto, con el pelo negro y liso como un casco; le contemplo como si fuese una especie de dios. «Por favor, dame fuerza. Fuerza para regresar, para volver a mi vida.» Mi plan consiste en reincorporarme sin problemas, llamando lo menos posible la atención. Reapareceré llevando una gorra imaginaria, similar a la que llevaba mi hijo de veintidós años, como las que se ponen los jóvenes: una gorra que oculte los ojos, la cara. Una gorra que diga: «Estoy pero no estoy».

Cully está muerto. Murió. Por eso dejé el trabajo. Buena razón, aunque en realidad no tengo ninguna buena para volver, para emerger de la hibernación. Creo que siento haber llegado a ese límite social no expresado que te sugiere que hagas un esfuerzo por salir adelante. Siento que es hora de empezar a trabajar para llegar a alguna otra parte, a alguna otra periferia o atalaya. No necesito ascender, sino quizá hacerme a un lado.

El aparcacoches me sorprende mirándole y desvío la vista hacia mi reloj de pulsera. Llevo puesto uno de verdad y he dejado de mirar mi teléfono móvil. Cully me lo regaló por Navidad cuando aún estaba en el instituto, y lo encontré hace poco en el cajón donde guardo las joyas. Cogí el vulgar reloj de oro como si llevase toda la vida buscándolo. Debió tomarse su tiempo para elegirlo, pensando probablemente que era elegante. Llevo en mí la idea de él comprándolo, su idea más joven de mí. Llevo en mí la expresión de su cara cuando abrí el estuche, como si fuese yo quien le hubiese hecho un regalo a él.

Seis minutos más. Vuelvo a mirar al aparcacoches. Era más guapo de lejos. De cerca, tiene una piel muy porosa, moquea y parece tener caspa en las cejas. Así que de eso se trata. Una vida puede desaparecer sin más, y una puede seguir adelante, una nariz puede seguir moqueando. Me avergüenza el montón de tiempo que me pasé enfadada con él. Las batallas en la trona: «Usa la cuchara, no los dedos. ¡Cully! Usa la cuchara». ¡A quién le importa que usase los dedos! ¡A quién le importa! Aun así, los errores dibujan una sonrisa en mi rostro. A mí me importaba.

Otro coche se para a un lado y un muchacho distinto corre hasta el lado del conductor. Este chico es delgado, de peso medio, aunque de aspecto fuerte. Le abre la puerta a un hombre de mi edad que lleva un ajustado jersey blanco de cuello alto que brilla a la luz. La gente baja de sus coches de modo diferente cuando les abren la puerta. El hombre emerge protegiéndose los ojos del sol como si fuese una nube de paparazzi, aunque lleva unas gafas de sol con las lentes como el mercurio. Le pregunta al muchacho si sabe conducir esa clase de coche, un Porsche rojo.

El chico echa un vistazo al interior del coche.

—Sí, señor —dice—. Estoy familiarizado con los coches con cambio automático.

Esbozo una sonrisa. El hombre parece dubitativo, reacio a marcharse. Cuando por fin echa a andar hacia el vestíbulo de entrada, dándose unas palmaditas en el bolsillo en busca de las llaves que ha dejado en el contacto, el aparcacoches hace el gesto de darle una patada en el culo. Entonces se percata de mi presencia. Sonrío, siguiéndole la broma. Cully habría hecho lo mismo, seguro. Sería como este tipo. Es el mejor aparcacoches.

Me mira, sonríe. Le devuelvo la sonrisa, tratando de comunicarle que he oído lo que le ha dicho a ese tipo. Lo entiendo. Te conozco. Soy una clase de adulto diferente. Tuve un hijo igual que tú.

—¿Tiene su tíquet? —pregunta, con la misma voz fría y desdeñosa que ha utilizado con el hombre.

Me doy unas palmaditas en el bolsillo.
—Creo... creo que me iré a pie.

Me marcho a toda prisa, como si me hubiesen sorprendido cometiendo alguna perversidad. Me vuelvo. Me preocupa que esté esbozando el gesto de darme una patada en el culo, pero veo que le está abriendo la puerta a una mujer. Una auténtica huésped. Esa mujer es perfecta. Hermosa, serena, arreglada. A veces las uñas bien limadas de otra mujer bastan para hacer que te sientas como una fracasada. A veces la falta de reconocimiento —se suponía que el aparcacoches tenía que verme, entenderme— basta para romperte el corazón.

La mujer no le mira mientras baja del coche blanco y se ajusta el largo abrigo de color verde claro. «Yo te habría mirado», quisiera decirle.

2

Me arrellano en el asiento incómodo e inestable colocado en una leve pendiente, entre el telesilla del Pico 9 y el quiosco donde se venden los forfaits. Nubes tenebrosas empiezan a avanzar desde lados opuestos del cielo. Miro su lenta progresión, el cielo que se arrebuja en un viejo abrigo gris. Todo ha adoptado un tono diferente, como debe ser. ¿De qué sirve el cambio si nada ha cambiado?

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Katie.

Es mi compañera, aunque ella diría que yo soy la suya. Katie Starkweather, antes mujer del tiempo en las noticias de las seis de KRON 5. Aunque se muestra efusiva y escandalosa, socialmente enérgica como una peluquera, es organizada y diligente. Nuestro cámara, Mike, no cree que Starkweather sea su auténtico apellido. Piensa que se lo inventó en la facultad de Meteorología. Somos las presentadoras de Huellas frescas, un programa que se emite en las habitaciones de los hoteles. Les decimos a los huéspedes dónde comer, qué comprar, qué ropa ponerse, qué aventuras programar y qué experimentar aquí en Breckenridge.

—¿A qué te refieres?

La miro y suavizo mi expresión. Es como si aún me sorprendiese cuando me hablan. Todavía espero que nadie se dirija a mí directamente, como si fuese un bicho raro o una reina.

—¿Cómo llenamos el tiempo? —pregunta Katie. —Igual que siempre, supongo. Como antes.

«Hace una mañana preciosa.» «Compre algo.» Eso es lo que decimos siempre. Katie parece poco satisfecha. Recuerdo que siempre se pone de los nervios antes de empezar, aunque no estemos en directo. Supongo que a mí también me ocurría. Tenía un sentimiento de trascendencia, como si importase lo que estás haciendo.

—Casi no tenemos nada —dice Katie—. Me pregunto cómo podemos vestirlo puesto que...

Descruzo las piernas y me recojo el plumón debajo del cuello.

El sol cálido y frío me obliga a adaptarme constantemente.

—La pepita de oro más grande jamás encontrada en América del Norte fue descubierta aquí —digo—, el 3 de julio de 1887, por un hombre llamado Tom Groves. Pesaba cuatro kilos doscientos ochenta gramos. La llamaron «El bebé de Tom» porque Tom la llevaba a todas partes como si fuese un recién nacido. Tenía el tamaño aproximado de un niño de seis meses. —Miro a Katie—. Podríamos decir eso.

—Te encanta el trivial —dice.
—¡Desde luego! —contesto—. No sé por qué.

Se relaja ligeramente.
—En serio —digo—. Si nos quedamos sin nada que decir, no me importa. A los turistas les gusta.

Me encanta hablar de mitos y curiosidades, contar cosas que sucedieron ayer y que han hecho del presente lo que es. Me recuerda a mí misma y a los visitantes las vidas de quienes nos precedieron y de los residentes permanentes. He vivido aquí desde que nací, a excepción de los tres años y seis meses que pasé en Denver durante mis estudios. Mi padre apenas ha salido de este pueblo. Nuestras raíces se remontan hasta el año 1860, cuando vino su bisabuelo para explotar una mina hidráulica que acabó provocando la devastación de las laderas y reservas hídricas. El mismo año en que, según dicen, la población tomó el nombre del vicepresidente de la nación con la esperanza de conseguir una oficina de correos propia. Breckinridge. La «i» se convirtió en una «e» cuando los lugareños obtuvieron su oficina de correos y decidieron que el vicepresidente de la nación era un idiota.

Miro a mi alrededor: los bloques de apartamentos, las notas del concierto de primavera... Pese al desarrollo de la población y las nuevas incorporaciones, como One Ski Hill, Shock Mountain y los restaurantes modernos con nombres de una sola palabra, sigue siendo el mismo pueblo en que nací. Sin embargo, me siento como una turista, recorriendo un lugar que es de todos y de nadie, una pizarra en blanco donde no dejaré huella. Me siento como si estuviera de paso.

—Beneficios —masculla Katie, meneando la pierna derecha. Me entran ganas de detenerla con la mano. Ha estado estudiando frenéticamente, punto por punto, las notas que Holly nos ha preparado—. Seguridad. Entonces, ¿seguiremos esta lista? ¿El valor y los beneficios?

Katie lleva un ceñido jersey amarillo. Va muy puesta y, aunque me parecía que yo también iba así al salir de casa, a su lado me siento desaliñada. Mi pelo, de un rubio oscuro, aparece revuelto. Katie tiene un pelo ideal para la tele, un cabello rubio claro que le enmarca la cara como un gorro de pieles. Sus labios eran finos, pero han cambiado en mi ausencia. Ahora presentan un grosor artificial, como si estuviese sorbiendo un batido espeso a través de una delgada pajita. Tiene cinco años menos que yo, pero parece aún más joven porque no tiene hijos. Va por el cuarto novio en un año, un contable que siempre está soltando datos raros sobre sí mismo, como: «Nunca digo palabrotas» y «Los quesos blandos me producen urticaria».

—¿Quieres repasarlas? —pregunta, tendiéndome las notas. —No me hace falta —contesto.

Se abstiene de mostrar ninguna clase de reacción facial o verbal. La muerte es un jaque mate. La muerte es incómoda. Me entran ganas de decirle que no me deje ganar así. Mike prueba nuestra imagen, cosa que siempre parece hacer que se sienta violento. Tiene que mirarnos, pero prefiere hacerlo solo a través de la lente.

—Supongo que grabarás mucho material adicional, ¿no? —le dice Katie—. No tenemos demasiado para trabajar.

—Yo me encargo.

Suspira como si conseguir imágenes alternativas fuese una tarea de la que dependiese el mundo entero. Yo apreciaba a Mike, pero él tardó unos doce años en apreciarme a mí, así que borré mis sentimientos. Tiene un sentido del humor simplón y esa personalidad, típica de los hombres bajitos, propensa a la rabia y los celos.

Katie sigue teniendo ese brillo nervioso en los ojos, como si estuviésemos a punto de entrevistar a un terrorista.

—Todo irá bien —digo.
—Oh, ya lo sé, es que...

Deja la frase a medias y estudia las notas, menea la pierna. Esta vez la izquierda.

Tiempo atrás yo me habría puesto muy nerviosa si la persona que tuviéramos que entrevistar decidiese no presentarse. Comprendo ese miedo, y quizá me asalte una vez que hayamos empezado, pero si fracasamos, si no funciona, pues lo tiramos a la basura y no pasa nada. Podemos hacerlo todo de nuevo, tenemos otra oportunidad. La idea me pone nostálgica. Sé que en cualquier empleo es esencial tener la sensación de que lo que haces es importante, pero la convicción del peso de mi trabajo, la búsqueda de significado, me resulta completamente esquiva.

Ayer un hombre llamado Gary Duran le dio una paliza a su esposa embarazada en su casa de Dillon. Ella y la criatura que tiene que nacer fueron trasladados a Denver en un helicóptero de emergencias. Todo el mundo está esperando a ver si ella y su bebé logran salir adelante, pero nosotras no informamos sobre cosas como esa. Si lo hiciésemos, quizá me sentiría bien. Si informásemos de la falta de viviendas para personas de bajos ingresos que trabajan aquí pero se ven obligadas a vivir en otra p

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