21
Para Ashling aquel tampoco estaba siendo el mejor domingo de su vida. Se había despertado emocionadísima respecto a Marcus Valentine. Curiosa y expectante, se sentía preparada para cualquier cosa: para una cita, para un poco de coqueteo, para una tanda de halagos. Para lo que fuera, pero para algo...
Se pasó la mañana deambulando por el piso, en un ambiente de calidez, con todas sus facultades positivas en alerta máxima. Pero a medida que pasaban las horas y seguía sin recibir la esperada llamada, su sonrisa interna se fue transformando en irritabilidad. Para pasar el rato y gastar el exceso de energía hizo un poco de limpieza.
La verdad era que Marcus no le había dicho cuándo iba a llamarla. La desilusión de Ashling no se debía al rechazo, sino a la sensación de que estaba dejando pasar una excelente oportunidad. Porque aunque no podía decir con seguridad que Marcus le gustara, sospechaba que podría acabar gustándole. Estaba decidida a averiguarlo, desde luego. Y ahora se sentía como si se hubiera arreglado para salir y no tuviera a dónde ir, y no era una sensación nada agradable.
Qué desastre, pensó mientras fregaba enérgicamente la bañera para descargar su frustración. Ya he pasado por esto otras veces: colgada del teléfono esperando la llamada de un hombre. Se dio cuenta, aunque demasiado tarde, de lo mucho que había disfrutado de aquel breve intervalo en que ya no estaba disgustada tras romper con un chico y todavía no estaba chiflada por otro. Me lo merezco por ser superficial y enamorarme de un famoso, pensó.
Cómo lamentaba no haberlo llamado cuando tuvo ocasión. Y ahora era demasiado tarde porque no encontraba la nota que le había dado Marcus. No recordaba haberla tirado: si lo hubiera hecho se acordaría, porque le habría parecido un gesto cruel. Pero la buscó en todos sus bolsillos y en los cajones de la mesilla de noche. Lo único que encontró fueron recibos y un folleto con publicidad de ordenadores que solo la hicieron sentir aún más culpable.
Siguió limpiando. Pero después de fregar el microondas por dentro necesitaba un incentivo, así que decidió echar un vistazo a su futuro. Las cartas de adivinación de los ángeles no le prometieron nada, así que, para acelerar la llamada de Marcus, Ashling sacó, con cierta timidez, su Kit de los Deseos, que no había visto la luz desde los últimos días de Phelim. Ashling era consciente de que aquello no presagiaba nada bueno.
El kit lo componían seis velas, cada una con una palabra estampada (amor, amistad, suerte, dinero, paz y éxito) y su correspondiente caja de cerillas. Las velas de la amistad, el dinero y el éxito todavía no las había estrenado; las de la paz y la suerte todavía estaban bastante enteras; pero la del amor era la que estaba más gastada. Ashling encendió la última cerilla del amor con solemnidad y prendió la vela, que ardió alegremente durante unos diez minutos hasta que se le acabó la mecha; entonces, tras un breve parpadeo, la llama se apagó definitivamente.
Mierda, pensó Ashling, espero que no sea un augurio.
A última hora de la tarde apareció Ted, que sufría la típica depresión posterior a una noche de subidón. Pese a que había conocido a un montón de chicas, no le había gustado ninguna.
—¿Qué me dices de aquella tan fantástica con la que estabas hablando cuando me marché? ¿Te has acostado con ella?
—No.
—¡Pero Ted! No puedes decir eso. Aunque no te la hayas tirado, tienes que decir que sí, para proteger su honor.
A Ted no le hizo gracia.
—Dijo que olía raro. Que olía como su abuela.
—La gente está loca.
—No, no. Tenía razón. —Ted estaba enfadado—. Olía como su abuela.
Ashling le quitó importancia diciendo que Ted no podía saber cómo olía la abuela de aquella chica, pero Ted le interrumpió con tono acusador:
—¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Por ese maldito ungüento que me pusiste antes de salir.
—Ah, el aceite de lavanda. —A veces Ashling tenía la sensación de que no se la valoraba.
—Es un olor típico de abuelas, ¿no? —Ted no se rendía.
—Creía que olían más bien a orina —replicó ella, ofendida por su ingratitud.
—Bueno, de todos modos no era mi tipo —confesó Ted malhumoradamente—. Son todas demasiado jóvenes y demasiado tontas, y unas interesadas. Oye, tu amiga Clodagh —dijo de pronto—, ¿sigue estando casada?
—Pues claro.
—¿Te pasa algo? —Al parecer él no era el único que estaba bajo de moral.
Ashling se lo pensó bien y decidió no quejarse de que Marcus no la hubiera llamado. Él todavía no había roto ninguna promesa, y podía llamar en cualquier momento. Así que dijo, sin darle importancia:
—Depre del domingo por la tarde.
Había hablado muchas veces con Ted, Joy y Dylan (de hecho, con cualquiera que trabajara) del terror que te entra los domingos por la tarde a eso de las cinco, cuando te das cuenta de que el lunes por la mañana tienes que ir a trabajar. Es como si te cayera encima una tonelada de ladrillos. Aunque todavía quedan unas horas de fin de semana, a efectos prácticos ha terminado cuando surge dentro de ti esa aplastante certeza.
Ted miró su reloj y no desconfió de aquella explicación.
—Las cinco y diez —dijo—. Puntual, como siempre.
—Tengo claustrofobia. ¿Por qué no salimos? —Ashling acababa de recordar una de las reglas básicas de las relaciones hombre-mujer. Era lógico que Marcus no hubiera llamado: ¡Ashling no se había separado del teléfono! Lo único que tenía que hacer era salir del piso, y entonces Marcus llamaría, sin ninguna duda.
Antes de salir, Ashling cogió un par de libros para Boo. La noche anterior no llevaba ninguna novela en el bolso para dársela al mendigo. Pero al meter Trainspotting en su bolso, la asaltaron las dudas. ¿Se ofendería Boo si le daba un libro sobre la adicción a la heroína? ¿Pensaría que ella estaba insinuando algo?
Para mayor seguridad, dejó Trainspotting y cogió Fiebre en las gradas y una novela de ciencia ficción que le había regalado Phelim por su cumpleaños, hacía dos años, y que ella todavía no había leído. Un libro para chicos. Pero al llegar a la calle no vio a Boo.
Ted y Ashling fueron al Long Hall, donde tomaron un par de copas discretas; después fueron a Milano, donde comieron una sencilla pizza, y volvieron a casa. Lo primero que hizo ella al entrar en el piso fue mirar si la luz roja del contestador automático estaba parpadeando. Y ¡sí, parpadeaba! Se había preparado tan concienzudamente para el desengaño que creía que lo estaba provocando. Se quedó de pie contemplando el contestador, mientras la lucecita roja se encendía y se apagaba. Circulito rojo encendido, circulito rojo apagado, circulito rojo encendido, circulito rojo apagado... Era un mensaje, no había duda. Apretó el play y la asaltó una idea espantosa. Si es de Cormac diciendo que va a entregar un cargamento de arbustos el miércoles, me tiro por la ventana.
Pero resultó que el mensaje no era ni del misterioso proveedor de material de jardinería ni de Marcus Valentine, sino del padre de Ashling.
Ostras, ¿qué habrá pasado?
Su voz iba precedida de un silencio cargado de crujidos y chisporroteos. Luego le decía a otra persona que estaba con él: «¿Ya puedo hablar?».
La otra persona (la madre de Ashling, seguramente) decía algo que Ashling no entendió, y a continuación Mike Kennedy decía: «Han sonado unos cuantos cortos, y luego uno largo. ¡Cómo odio estos aparatos! Ashling, soy papá. Me siento como un imbécil hablando con una máquina. Mamá y yo estábamos comentando que hace tiempo que no sabemos nada de ti. ¿Estás bien? Nosotros estamos estupendamente. Janet nos llamó la semana pasada; nos dijo que tenía que deshacerse de su gato, porque le pegaba cabezazos por la noche. Y hemos recibido una carta de Owen. Cree que ha descubierto una tribu nueva. Bueno, relativamente nueva, claro. Nueva para él, en cualquier caso. Supongo que estarás muy ocupada con tu nuevo trabajo, pero no te olvides de nosotros, ¿vale? ¡Ja, ja, ja! Hasta pronto, hija».
Más chisporroteos y ruido de respiración. Entonces su padre decía: «¿Qué hago ahora? ¿Colgar? ¿No hay que apretar ningún botón?».
Ashling se sintió culpable y se olvidó por completo de Marcus Valentine. Ya podía irse preparando para ir a Cork a ver a sus padres. Como mínimo tendría que llamarlos. Sobre todo si su hermana menor, Janet, había logrado salvar la diferencia de ocho horas para llamar desde California, y si su hermano Owen había podido enviarles una carta desde la cuenca amazónica.
Le echó un vistazo a la fotografía que tenía encima del televisor. Llevaba tanto tiempo allí que Ashling ya ni la veía. Pero aquella llamada telefónica había avivado sus emociones; cogió la fotografía y se quedó mirándola, como si buscara en ella alguna pista.
Era evidente que Mike Kennedy había sido guapísimo de joven. Llevaba una camisa estampada y sonreía a la cámara con desparpajo, con sus patillas años setenta y el largo cabello rizado. Ashling tuvo una sensación extraña: por una parte era su padre, pero por otra parecía de esa clase de hombres a los que veías en una fiesta y te atraían inmediatamente, pero de los que tu instinto te aconsejaba alejarte cuanto pudieras.
Mike rodeaba con un brazo a Janet, que tenía cuatro años. Ella estaba inclinada y tenía el puño entre las piernas (tenía ganas de ir al lavabo; la cámara siempre producía en ella el mismo efecto). Apoyándose en Mike estaba Monica, que llevaba a Owen, de tres años; iba ataviada con una blusa de poliéster de mangas anchas. La madre sonreía feliz; parecía increíblemente joven, tenía el cabello liso y bien peinado, y unas pestañas espectaculares. Y en el centro del grupo, entre los dos adultos, estaba Ashling, de seis años, poniendo los ojos bizcos.
Lucifer antes de la caída, pensaba siempre cuando miraba aquella fotografía. Parecían la familia perfecta. Pero Ashling se preguntaba a menudo si ya entonces las cosas habían empezado a decaer.
Dejó la fotografía en su sitio y volvió al presente. Hacía tres semanas que no llamaba a sus padres. No era que no se hubiera acordado de hacerlo: pensaba mucho en ellos, pero siempre se le ocurría alguna excusa para no hacerlo.
Con todo, no siempre estaba satisfecha con aquella falta de comunicación. Ashling sabía que Clodagh llamaba a su madre todos los días. Aunque Brian y Maureen Nugent eran muy diferentes a Mike y Monica Kennedy. Quizá si Brian y Maureen hubieran sido sus padres, ella los habría llamado más a menudo.
22
Lunes por la mañana. Tradicionalmente, la mañana más deprimente de la semana (con la única excepción de la semana con lunes festivo, caso en que pasa a serlo el martes por la mañana). Aun así, Lisa estaba muy animada. La perspectiva de ir a la oficina le hacía sentir que volvía a llevar las riendas de la situación; al menos podría hacer algo para mejorar su estado de ánimo. Pero entonces quiso ducharse y comprobó que el agua salía helada.
Tuvo que aplazar temporalmente su intención de coger por banda a Jack y preguntarle cuándo pensaba arreglar el temporizador de la caldera porque a la señora Morley se le escapó que Jack se había pasado todo el fin de semana trabajando, apaciguando a enfurecidos electricistas y cámaras. Estaba agotado y de muy mal humor.
Ashling, que había llegado tarde y también estaba deprimida, tampoco estaba teniendo un buen día. Para colmo, Jack Devine asomó la cabeza por la puerta de su despacho y, con tono cortante, dijo:
—¿Doña Remedios?
—¿Sí, señor Devine?
—¿Puedo hablar contigo un momento?
Ashling, alarmada, se levantó demasiado deprisa y tuvo que esperar un momento a que su sistema circulatorio se recuperara y le devolviera la visión.
—O tienes un grave problema, o te acuestas con él —susurró Trix con regocijo—. Ya me lo contarás...
Ashling no estaba de humor para las bromitas de Trix. No tenía ni idea de por qué Jack Devine quería hablar con ella en privado. Fue hacia su despacho temiéndose lo peor.
—Cierra la puerta —pidió él.
Me van a despedir. Ashling tenía los pelos de punta.
La puerta se cerró detrás de ella e inmediatamente la habitación se encogió y oscureció. Jack, con su oscuro cabello, sus oscuros ojos, su traje azul oscuro y su oscuro humor, solía causar aquel efecto. Por si fuera poco, no estaba detrás de su mesa, sino delante y apoyado en ella, y quedaba muy poco espacio entre Jack y Ashling, que se sentía sumamente incómoda.
—Quería darte esto, sin que lo vieran los demás.
Ella no pudo evitar echarse hacia atrás para apartarse de él, aunque no tenía a dónde ir. Jack le tendió una bolsa de plástico que ella aceptó con desconcierto. Reparó, aturdida, en que era demasiado grande para contener una carta de despido.
Se quedó con la bolsa en las manos; Jack soltó una risita impaciente y dijo:
—Mira dentro.
Ashling abrió la bolsa y, sorprendida, vio que la bolsa contenía un cartón de Marlboro, con un lazo rojo atravesado en el envoltorio de celofán.
—Por los cigarrillos que te he gorreado últimamente —aclaró Jack—. Lo siento —añadió, aunque no sonó muy sincero.
—Es muy bonito —balbució ella, sorprendida por aquel indulto, y por el lazo rojo.
Jack rió como Dios manda por primera vez desde que Ashling lo conocía. Soltó una sonora carcajada, echando la cabeza atrás y luego inclinándose hacia adelante.
—¿Bonito? —exclamó, muerto de risa—. Bonitos son los barcos de vela, las olas de tres metros, pero... ¿los cartones de tabaco? No sé, a lo mejor tienes razón.
—Creía que me ibas a despedir —le espetó Ashling.
Él se quedó sorprendido.
—¿Despedirte? Pero... doña Remedios —dijo con picardía, adoptando un tono dulzón—, ¿quién nos proporcionaría tiritas, aspirinas, paraguas, imperdibles, esa cosa para los sustos... ¿cómo se llama? ¿Pócima curativa?
—Bálsamo curalotodo. —Por cierto, a ella no le vendría mal un poco. Tenía que salir de aquel despacho para recobrar el aliento.
—¿De qué tienes tanto miedo? —le preguntó Jack con un tono aún más dulce. A Ashling le pareció que se acercaba un poco más a ella.
—¡De nada! —gritó.
Jack se quedó mirándola con los brazos cruzados. El modo en que las comisuras de su boca se curvaban hacia arriba hizo que Ashling se sintiera tonta e infantil; tenía la impresión de que su jefe se estaba mofando de ella. De pronto fue como si él perdiera el interés.
—Ya puedes irte —dijo rodeando la mesa para sentarse en su butaca—. Pero no se lo cuentes a los demás —añadió señalando la bolsa—. Si no, todos vendrán a reclamar su cartón.
Ashling volvió a su mesa con la sensación de que sus piernas pertenecían a otra persona. ¡Paren las prensas! Jack Devine no era tan capullo como parecía. Pero lo más curioso era que en cierto modo Ashling lo prefería de la otra manera. De todos modos, aquella misma tarde las aguas volvieron a su cauce.
Mercedes entró precipitadamente en la oficina, y todos estuvieron a punto de caerse de la silla al ver que exteriorizaba sus sentimientos, cosa rara en ella. Obedeciendo las órdenes de Lisa, había ido a ver si podía entrevistar a la chalada de Frieda Kiely. Y aunque Mercedes se había pasado todo el fin de semana en Donegal haciendo fotografías para un reportaje de doce páginas sobre la ropa de Frieda, esta la hizo esperar una hora y media, y luego manifestó que nunca había oído hablar de Colleen.
«¿Para qué revista dice que trabaja? —le preguntó—. ¿Para Colleen? ¿Qué demonios es eso? ¿Qué demonios es esto?»
—Es una enferma. Una imbécil —masculló Mercedes, y luego tuvo otro ataque de humillación—. ¡Una imbécil de mierda!
—Una zorra psicótica con síndrome premenstrual. —Kelvin estuvo encantado de ponerse a favor de Mercedes.
—Una histérica engreída —aportó Trix.
—Y una anoréxica —terció Bernard el soso, que no tenía ni idea de qué aspecto tenía Frieda, pero al que le gustaba cotillear, como a cualquier hijo de vecino—. Hay más carne en el bastón de un gitano después de una buena pelea.
Trix lo miró con desdén y dijo:
—Eso es un cumplido, idiota. ¡No tienes ni idea!
Siguieron poniendo verde a Frieda Kiely; la única que no participó fue Ashling, que había leído en algún sitio que verdaderamente estaba loca. Por lo visto padecía esquizofrenia leve y no se tomaba la medicación.
—¿No creéis —les interrumpió, creyendo que alguien tenía que defenderla— que antes de criticarla deberíamos conocerla mejor?
—Exacto —dijo Jack, que acababa de asomarse por la puerta para ver a qué se debía tanto alboroto—. Así podríamos fotografiarla persiguiéndonos con un zapato en la mano. No me parece mala idea. —Le lanzó una sonrisa burlona a Ashling, y luego bramó—: Por el amor de Dios, Ashling, compórtate de acuerdo con la edad que tienes, y no como una anciana que ha sobrepasado el límite de velocidad.
A Lisa le hizo gracia la broma.
—¿Cuál es el límite de velocidad en este país? —preguntó.
—Setenta —contestó Jack, y volvió a cerrar la puerta.
Ashling volvía a odiar a Jack. Todo volvía a la normalidad.
Aunque Marcus Valentine no tenía su número del trabajo, Ashling tragó saliva cuando, a las cuatro menos diez, Trix le pasó el teléfono y dijo:
—Preguntan por ti. Es un hombre.
Ashling cogió el auricular, esperó un momento para serenarse y luego dijo:
—¡Hola!
—¿Ashling? —Era Dylan, y parecía desconcertado—. ¿Qué te pasa? ¿Estás resfriada?
—No. —Ashling, desilusionada, volvió a adoptar su voz normal—. Creía que eras otra persona.
—¿Cómo lo tienes esta noche? Puedo bajar al centro a la hora que te vaya bien.
—Vale. —Así no tendría que quedarse en casa pendiente del teléfono—. Pásate por la oficina sobre las seis.
A continuación llamó a su casa para ver si había algún mensaje. Solo hacía un cuarto de hora que lo había hecho, pero nunca se sabía.
O quizá sí se sabía, porque no había llamado nadie.
A las seis y cuarto Dylan causó una pequeña conmoción cuando, con el rubio cabello tapándole los ojos, se presentó en la oficina de Ashling con un elegante traje de lino y una inmaculada camisa blanca. Se plantó delante de la mesa de Ashling, y ella le encontró algo raro: tenía un hombro torcido, como si se lo hubiera dislocado.
—¿Te encuentras bien? —Ashling se levantó, dio una vuelta alrededor de Dylan y descubrió que la razón por la que todo su cuerpo estaba inclinado hacia un lado era que estaba intentando ocultar una bolsa de HMV detrás de la espalda—. Dylan, no voy a decirle a nadie que has estado comprando discos.
—Lo siento. —Se encogió de hombros, avergonzado—. Eso me pasa por trabajar en Sandyford, lejos de la civilización. Cada vez que vengo al centro, pierdo la cabeza en las tiendas de discos. Y luego me siento culpable.
—No temas, tu secreto está a salvo conmigo.
—¿Chaqueta nueva? —le preguntó Dylan mientras Ashling apagaba el ordenador.
—Pues... sí.
—Déjame ver.
Dylan se empeñó en que se quedara quieta un momento, pasó la mirada por sus hombros, asintió y dijo: «Sí». Ashling intentó en vano meter el estómago mientras él bajaba la mirada por las costuras laterales, volvía a asentir y repetía, con más aprobación aún: «Sí». Cuando hubo terminado, la miró, sonriente, y dijo:
—Te queda bien. Muy bien.
—Eres un granuja. —Ashling se sintió muy halagada por el examen de Dylan. Este nunca escatimaba piropos; sin embargo, pese a saber que lo hacía casi automáticamente, era difícil no creérselo aunque solo fuera un poco, y más difícil aún disimular el placer que sentía—. Eres un auténtico peligro— añadió, radiante.
»Ya podemos irnos. —Ashling se dio la vuelta y vio que Jack Devine estaba cerca, buscando algo en una carpeta que había en la mesa de Bernard, con aire taciturno. Le dijo adiós con una sonrisilla nerviosa, y por un instante temió que Jack fuera a ignorarla. Pero entonces él soltó un profundo suspiro y dijo:
—Adiós, Ashling.
Lisa venía del lavabo, donde había ido a arreglarse el maquillaje porque aquella noche tenía una cita con un famoso chef irlandés al que quería convencer para que les hiciera artículos sobre gastronomía. Iba corriendo hacia su mesa para recoger su chaqueta, y al pasar por la puerta tropezó con un individuo rubio al que nunca había visto. Le golpeó el pecho con el hombro y notó, aunque brevemente, el calor que atravesaba su camisa.
—Perdona. —Dylan le puso las manos sobre los hombros—. ¿Estás bien?
—Creo que sí. —Lisa se enderezó y ambos se miraron con interés. Luego Lisa reparó en que Ashling estaba a su lado. ¿Quién era aquel tipo? ¿Su novio? No, no podía ser.
—¿Quién era esa? —preguntó Dylan cuando ya se habían cerrado las puertas del ascensor.
—Eres un hombre felizmente casado —le recordó Ashling.
—Solo pregunto.
—Se llama Lisa Edwards, y es mi jefa. —Pero inmediatamente Ashling se acordó de la conversación que había tenido con Clodagh sobre aquellas reuniones a las que iba Dylan. ¿Le pone cuernos?, pensó—. ¿Adónde vamos? —preguntó.
Dylan la llevó al Shelbourne, que estaba abarrotado de gente que salía del trabajo.
—Tendremos que quedarnos en la barra —observó Ashling—. Jamás conseguiremos una mesa.
—No seas tan pesimista —dijo Dylan, risueño—. Espera un momento.
Se acercó a una mesa, charló brevemente con sus ocupantes y luego regresó junto a Ashling.
—Ven, esos ya se marchan.
—¿Cómo que ya se marchan? ¿Qué demonios les has contado?
—¡Nada! Es que he visto que casi habían terminado.
—Hummm. —Dylan era tan encantador y tan persuasivo que sería capaz de vender sal a Siberia.
—Siéntate aquí, Ashling. ¡Adiós! ¡Muchas gracias! —Se despidió con una ancha sonrisa de los clientes que le habían cedido la mesa. Luego, con una velocidad sospechosa, se perdió entre la muchedumbre y regresó con dos copas. A Dylan todo le salía bien; mientras él le ponía el gin-tonic delante, Ashling se preguntó cómo sería estar casada con él. Una maravilla, se imaginaba.
—Cuéntamelo todo sobre este fabuloso nuevo empleo —le pidió Dylan—. Quiero saberlo absolutamente todo.
Ashling se dejó llevar por el contagioso entusiasmo de Dylan. Se lo pasó la mar de bien describiendo a sus compañeros de Colleen y las relaciones que había entre ellos (o las que no había).
Dylan, que al parecer lo encontraba todo muy gracioso, rió mucho, y Ashling estuvo a punto de caer en la trampa de pensar que era una gran anectodista. Era el mismo rollo que con la chaqueta: el gran don de Dylan consistía en lograr que los demás se sintieran bien con ellos mismos. Lo hacía sin darse cuenta. Ashling sabía que no se trataba de que fuera falso; se pasaba un poco, sencillamente. Y ella no podía cometer el error de contarle las mismas historias patéticas a otras personas y esperar de ellas carcajadas como las de Dylan.
—Qué graciosa eres, Ashling. —Dylan, elogioso, entrechocó su vaso con el de ella. Aquellos comentarios insinuantes siempre daban a entender algo más de lo que él estaba dispuesto a expresar con palabras. Aunque Ashling no se los tomaba en serio. Al menos ya no se los tomaba en serio a estas alturas.
—¿Cómo va tu negocio de informática? —le preguntó al fin.
—¡Uf! ¡Increíblemente bien! La verdad es que no damos abasto.
—¡Ostras! —Ashling sacudió la cabeza, admirada—. Y eso que cuando te conocí no estabais seguros de que la empresa lograra superar el primer año. ¡Ya ves!
El tono de la conversación experimentó un breve declive, casi imperceptible, cuando Ashling mencionó los viejos tiempos. Pero afortunadamente casi se habían terminado las copas, así que Ashling se levantó de un brinco.
—¿Lo mismo?
—Siéntate. Iré yo.
—No, ni hablar, yo...
—Siéntate, Ashling. Insisto.
Aquella era otra de las características de Dylan: era sumamente generoso, y cuando te invitaba lo hacía sin ningún esfuerzo.
Cuando Dylan volvió con las bebidas, Ashling le preguntó:
—¿Tenías algún motivo concreto para pedirme que nos viéramos?
—Pues... sí —contestó Dylan mientras jugueteaba con un posavasos—. Sí, tenía un motivo. —De pronto parecía muy incómodo, y eso no era nada propio de él—. ¿No has notado... nada...?
Se detuvo y no siguió hablando.
—Nada... ¿de qué?
—En Clodagh.
—¿Qué quieres decir?
—Estoy... —hizo una pausa— un poco preocupado por ella. Nunca está contenta, está muy irritable con los niños y a veces hasta... un poco irracional. El otro día Molly acusó a Clodagh de haberla pegado, y nosotros nunca hemos pegado a los niños.
Otra incómoda pausa; luego Dylan prosiguió:
—Ya sé que te parecerá una tontería, pero Clodagh se pasa la vida decorando la casa. En cuanto acaba de cambiar una habitación ya empieza a pensar en otra. Y no sirve de nada que intente hablar de este tema con ella. No sé si... He pensado que quizá esté deprimida.
Ashling reflexionó. Ahora que lo pensaba, últimamente Clodagh parecía insatisfecha, y estaba un poco intratable. Y era verdad: se estaba pasando con la decoración. Además, a Ashling le había sorprendido el que le hubiera dicho a Molly que Barney había muerto. Es más, la había impresionado. Aunque la defensa de Clodagh, alegando que ella también tenía sentimientos, parecía razonable. Sin embargo ahora, en el contexto de la inquietud de Dylan, aquel detalle recuperó su calidad de mal augurio.
—No lo sé. Puede que sí —dijo Ashling, pensativa—. Pero los niños dan mucho trabajo. Son muy absorbentes. Y teniendo en cuenta que tú tienes un horario de trabajo muy largo...
Dylan se inclinó, escuchando con atención a Ashling, como si pudiera coger sus palabras con las manos. Pero aprovechando un momento en que ella se quedó callada, sumida en un lamentable silencio, dijo:
—Espero que no te moleste que te diga esto, pero he pensado que quizá tú sepas reconocer los síntomas. Por lo de tu madre... Tu madre... —insistió al ver que Ashling se había quedado muda—. Tenía depresión, ¿no? —La sutileza de Dylan no fue suficiente para hacer hablar a Ashling—. Y he pensado que Clodagh podría tener el mismo problema... —añadió.
De pronto Ashling se vio transportada al pasado, envuelta en el caos, el desconcierto, el terror constante. Los viejos gritos y chillidos resonaban en sus oídos, y tenía los músculos de la boca paralizados por la determinación de no hablar de ello. Con firmeza, casi agresivamente, dijo:
—Lo de Clodagh no tiene nada que ver con lo que le pasaba a mi madre.
—¿No? —dijo Dylan, esperanzado, y con una pizca de curiosidad.
—Decorar el salón no es un síntoma de depresión. Bueno, al menos no que yo sepa. No le cuesta levantarse de la cama, ¿verdad? Ni te ha dicho que le gustaría estar muerta, ¿no?
—No. —Dylan sacudió la cabeza—. No, qué va. Nada de eso.
Aunque lo de su madre no había empezado de aquel modo. Había sido una cosa gradual. Ashling se trasladó contra su voluntad al pasado y volvió a ser una niña de nueve años, la edad que tenía cuando se dio cuenta de que algo no acababa de funcionar. Estaban de vacaciones en Kerry y su padre, que contemplaba la espléndida puesta de sol, comentó:
—Un hermoso final para un hermoso día, ¿verdad, Monica?
Monica, con la vista al frente, respondió con gravedad:
—Menos mal que se pone el sol. Estoy deseando irme a la cama.
—Pero si ha sido un día perfecto —repuso Mike—. Ha hecho sol, hemos jugado en la playa...
Monica se limitó a repetir:
—Estoy deseando irme a la cama.
Ashling dejó de pelearse con Janet y Owen; se sentía excluida e inquieta. Se suponía que los padres no tenían sentimientos; al menos, no sentimientos de aquel tipo. Podían quejarse cuando no hacías los deberes o no te acababas la cena, pero no se les permitía sentirse desgraciados.
Pasadas las dos semanas de vacaciones volvieron a casa, y su madre, que era joven, guapa y feliz, se transformó de la noche a la mañana en una mujer callada y triste, y dejó de teñirse el pelo. Y lloraba. Lloraba constantemente, en silencio, dejando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.
—¿Qué te pasa? —le preguntaba Mike una y otra vez—. Pero ¿qué te pasa?
—¿Qué te pasa, mamá? —le preguntaba Ashling—. ¿Te duele la barriga?
—Me duele el alma —susurraba ella.
—Tómate un par de aspirinas infantiles —decía Ashling, repitiendo lo que su madre le decía a ella cuando le dolía algo.
Las desgracias de los demás hundían a Monica. Pasó tres días llorando por culpa del hambre que asolaba África. Pero cuando Ashling llegó a casa para darle la buena noticia (que a ella le había transmitido la madre de Clodagh) de que ya habían empezado a mandarles comida, Monica rompió a llorar por un recién nacido al que habían encontrado abandonado en una caja de cartón. «Pobre criatura —se lamentaba entre sollozos—. Pobre criatura indefensa.»
Mientras su madre lloraba, su padre sonreía por los dos. Sonreía mucho. Se pasaba la vida sonriendo. Tenía un trabajo importante que lo mantenía muy ocupado. Eso era lo que todo el mundo le decía a Ashling: «Tu padre tiene un trabajo muy importante y está muy ocupado». Era vendedor y tenía que viajar: de Limerick a Cork, de Cavan a Donegal; parecían las aventuras de los fenianos. Tan ocupado estaba y tan importante era su trabajo que muchas veces estaba fuera de casa de lunes a viernes. Ashling estaba orgullosa de su padre. Los padres de todas sus amigas volvían a casa a las cinco y media cada tarde, y ella se sentía superior y pensaba que aquellos padres debían de tener trabajos insulsos.
Entonces llegaba el fin de semana, y su padre se pasaba el día sonriendo, sonriendo y sonriendo.
—¿Qué podemos hacer hoy? —decía dando una palmada y mirando, radiante, a su familia.
—¿Qué más me da? —murmuraba Monica—. Me estoy muriendo por dentro.
—Vaya, qué tontería. ¿No se te ocurre nada más divertido? —bromeaba él.
Luego miraba a Ashling, sonreía y decía, como si ambos compartieran un secreto:
—Tu madre tiene temperamento artístico.
Su madre siempre había escrito poesía. Incluso le habían publicado un poema en una antología, cuando Ashling era muy pequeña, y desde que empezaran los llantos y la tristeza, escribía mucho más. Ashling sabía lo que eran los poemas: hermosas palabras rimadas sobre atardeceres y flores, generalmente narcisos. Pero un día, instigada por la traviesa Clodagh, leyeron a hurtadillas algunos poemas de Monica, y Ashling se quedó horrorizada. Sintió una profunda angustia, y solo daba gracias por una cosa: porque Clodagh apenas sabía leer.
Los poemas no rimaban, el número de sílabas de los versos era irregular; pero lo peor, lo que más confusión le causó, fueron las palabras tomadas individualmente. En los poemas de Monica Kennedy no había flores, sino palabras extrañas, brutales, que Ashling tardó mucho tiempo en descifrar:
Vivo en un silencio suturado.,
Mi sangre es negra.
Soy cristales rotos,
soy acero herrumbrado,
soy el castigo y el delito.
Ashling regresó al presente y se encontró frente a Dylan, que la miraba con interés y consternación.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
Ella asintió.
—Creí que te había dado algo.
—Estoy bien —insistió Ashling—. Clodagh no habrá empezado a escribir poesía, ¿verdad? —Se esforzó por sonreír.
—¿Poesía? ¡Qué va! —Dylan chascó la lengua, como si acabara de darse cuenta de lo tonto que había sido—. Así que si se pone a escribir poemas puedo empezar a preocuparme, ¿no?
—Bueno, pero de momento no te preocupes. Seguramente lo único que le pasa es que está cansada y necesita un respiro. ¿No podrías preparar algo agradable? Llevártela de vacaciones para que se anime un poco, o algo así. —Otra vez, pensó, resentida. No le hacía demasiada gracia que Dylan le pidiera consejo a ella sobre cómo hacerle la vida aún más agradable a Clodagh.
—Ahora no puedo tomarme vacaciones —explicó Dylan.
—Pues... llévala a cenar a un restaurante de lujo.
—Clodagh no se fía de las niñeras.
—¿Por qué? ¿Qué les pasa a las niñeras?
Dylan rió, un tanto abochornado.
—Le da miedo eso de los abusos deshonestos. O que peguen a los niños. La verdad es que a mí también me preocupa, a veces.
—Ostras, ya no saben qué inventar para que la gente se preocupe. No sé, buscad a alguien de confianza. ¿No podríais dejárselos a tu madre?
—¿A mi madre? —Dylan hizo un mohín, disimulando su alarma—. Verás, no creo que fuera muy buena idea...
Ashling asintió. Dylan tenía razón. Las únicas ocasiones en que Clodagh y su suegra se miraban a la cara era cuando discutían abiertamente (por lo general sobre la mejor forma de ocuparse de Dylan y de los hijos de Dylan).
—Y la madre de Clodagh está casi inmovilizada por la artritis —añadió Dylan—. No podría con los niños.
—Si quieres, yo puedo haceros de niñera —se ofreció Ashling.
—¿El fin de semana? ¿Una joven sin compromiso como tú?
Ashling vaciló y dijo:
—Sí... sí —repitió, con más firmeza y tono ligeramente desafiante—. ¿Por qué no?
Si estaba ocupada de verdad, aumentarían las probabilidades de que Marcus Valentine la llamara.
—Eres genial. —Dylan se enderezó, y agregó—: Gracias, Ashling, eres un amor. Reservaré una mesa para el sábado por la noche. A ver si encuentro sitio en L’Oeuf.
Claro, pensó Ashling, ¿dónde si no? L’Oeuf era el no va más de los restaurantes elegantes de Dublín. Tenía ese toque de distinción único de los establecimientos que nunca pasan de moda, aunque no sirvieran cocina asiática ni cocina irlandesa moderna. Los platos eran tan exquisitos que te hacían llorar. Y los precios también.
—Tu madre ya está mejor, ¿verdad? —Dylan quiso reparar la torpeza de haber sacado aquel tema a colación.
«Mejor» era un concepto relativo, y de todos modos no siempre lo estaba, pero para complacer a Dylan, Ashling asintió y dijo:
—Sí, sí. Ya está mejor.
—Eres una chica estupenda, Ashling —dijo Dylan al despedirse.
Sí, pensó ella con amargura. ¿Verdad que sí?
23
A poca distancia del bar donde estaban Dylan y Ashling, en el Clarence, Lisa cenaba con el famoso chef Jasper French. Jasper había pedido que lo llevaran allí, porque así tendría ocasión de comprobar que la comida que servían no era ni la mitad de buena que la que servía él en su epónimo restaurante. Era guapo, antipático, evidentemente se consideraba un genio y se moría de celos de sus competidores.
—Aficionados —declaró enarbolando su sexta copa de vino—. No son más que unos aficionados y unos diletantes. ¿Marco Pierre White? ¡Un aficionado! ¿Alasdair Little? ¡Un aficionado!
Madre mía, qué pelmazo de tío. Lisa asintió, sonriente. Suerte que los hombres difíciles eran su especialidad.
—Por eso te hemos elegido a ti para que participes en el éxito de Colleen, Jasper.
Aquello no era del todo cierto. Habían elegido a Jasper porque Conrad Gallagher ya había rechazado la oferta, alegando exceso de trabajo.
Mientras Jasper se bebía buena parte de la segunda botella de vino, Lisa lo sorprendió hablándole de sinergia. Sin llegar a prometérselo, insinuó que la columna de Colleen podía llevarlo fácilmente a tener su propio programa en el Canal 9, el canal de Randolph Media.
—¡Trato hecho! —decidió Jasper—. Envíame un contrato mañana por la mañana.
—No será necesario. Aquí tengo uno —dijo Lisa gentilmente; lo mejor era actuar de inmediato.
Él estampó su firma, y lo hizo justo a tiempo, porque hubo un momento crítico cuando el camarero le retiró el plato a Lisa, que, como de costumbre, había movido la comida por el plato, pero no había probado bocado.
—¿No le ha gustado el plato? —preguntó el camarero.
—Sí, sí. Estaba delicioso, es que... —Lisa se dio cuenta de que Jasper la miraba fijamente, y modificó rápidamente su veredicto para darle un tono más neutral—: Estaba correcto.
—Si estaba tan estrepitosamente malo como el mío, no me extraña que no haya podido ni probarlo —intervino Jasper, desafiante—. ¿Blinis de morcilla? Eso es más que un tópico. ¡Es un chiste!
—Lo lamento mucho, señor. —El camarero miró con indiferencia a Jasper y su plato vacío. Había trabajado para aquel capullo—. ¿Tomarán postres?
—¡Ni hablar! —contestó Jasper con vehemencia, lo cual disgustó mucho a Lisa, que aquella semana estaba haciendo un régimen a base de postres. Sólo comía los más ligeros, por supuesto: fruta fresca, sorbetes, mousses de fruta. Hacía más de una década que no probaba el chocolate.
Bueno, no importaba. Lisa pagó la cuenta y se levantaron de la mesa (Jasper con paso menos seguro que ella). Cuando llegaron a la puerta del restaurante se estrecharon la mano, y entonces él intentó abalanzarse sobre Lisa, pero ella lo esquivó con mucho tacto. Suerte que ya tenía el contrato firmado.
Jasper se alejó por la acera, tambaleándose y con gesto sombrío, y en cuanto se quedó sola, a Lisa volvió a invadirla la tristeza. ¿Por qué? ¿Por qué aquí todo resultaba tan difícil? En Londres ella estaba bien. Incluso después de la ruptura con Oliver, había seguido adelante. Había seguido trabajando, llevando sus ideas a la práctica, haciendo cosas, convencida de que tarde o temprano obtendría una recompensa. Pero la recompensa se la llevó otra persona, y ahora ella estaba en Irlanda, y sus recursos para sobrellevar las dificultades no parecían funcionar tan bien aquí.
El día anterior no había telefoneado a su madre, aunque era domingo. Estaba demasiado deprimida. Sólo se había vestido para bajar a la asquerosa tienda de la esquina y comprarse un tarro de helado y cinco periódicos, y en cuanto regresó a casa volvió a ponerse la bata y pasó el resto del día envuelta en una nube de humo de cigarrillos, sin hacer nada. El único contacto que tuvo con la humanidad fue el de los niños de ocho años del barrio, que golpeaban repetidamente la puerta de su casa con la pelota de fútbol.
Antes de parar un taxi entró en un quiosco para comprar cigarrillos, y se animó un poco al ver que ya había salido el último número de la revista Irish Tatler, una de las rivales de Colleen: podía dedicar el resto de la noche a analizarla y criticarla. De repente ya no le deprimía tanto la idea de volver a casa.
—¡Hola, Lisa! —le gritaron unas niñas que estaban jugando en la calle cuando se bajó del taxi—. Qué vestido tan sexy.
—Gracias.
—¿Qué número calzas?
—El seis.
Las niñas se apiñaron para deliberar. ¿Era muy grande el número seis? Decidieron que sin duda era demasiado grande para ellas.
Lisa entró en casa, dejó el bolso en el suelo, enchufó la tetera eléctrica y miró si había mensajes en el contestador automático. No había, lo cual no la sorprendió, porque casi nadie sabía su número. Con todo, eso no impidió que se sintiera fracasada.
Se quitó los bonitos zapatos, colgó el vestido en el respaldo de una silla y cuando se estaba poniendo unos sencillos pantalones con cordón y una camiseta cortita sonó el timbre de la puerta. Debía de ser una de aquellas niñas para preguntarle si les regalaría su bolso cuando ya no lo quisiera.
Lisa exhaló un suspiro y abrió la puerta de par en par, y allí, plantado en el escalón, y con la cabeza un poco agachada para caber en el umbral, estaba Jack.
—Oh —dijo Lisa, desprevenida.
Era la primera vez que lo veía sin el traje. Llevaba una camisa larga sin cuello, con los primeros botones desabrochados. Y no por una cuestión de estilo, sino porque faltaban los botones. Los pantalones caqui parecían haber sobrevivido a las dos guerras mundiales, y tenían un desgrarrón en la rodilla derecha que dejaba entrever una rótula lisa y un cuadradito de piel con vello. Iba aún más despeinado de lo habitual, y no se había afeitado.
Apoyándose en el marco de la puerta, Jack exhibió un aparatito que tenía en la palma de la mano, como si fuera un policía y mostrara su placa de identificación.
—Tengo un temporizador para tu caldera —dijo, y sus palabras sonaron vagamente sugerentes—. Siento haber tardado tanto. —Vaciló un momento y añadió—: ¿Te pillo en mal momento?
—No, no —dijo ella—. Pasa, por favor.
Lisa estaba sorprendida, porque en Londres nadie iba a verte sin avisar. Ella nunca había quedado para recibir a nadie sin antes abrir su agenda y montar aquel numerito de «estoy más ocupada y soy más importante que tú». Se trata de un ritual elaborado, gobernado por reglas muy estrictas. Tienen que ofrecerte y tienes que rechazar al menos cinco fechas hasta que aceptas una. «¿El martes que viene? No puedo. Estoy en Milán.» Eso le da pie a la otra persona a replicar: «Y a mí no me va bien los miércoles porque tengo clase de reiki». Una respuesta aceptable a eso sería: «Pues yo no puedo los jueves porque es el día que viene mi profesor particular de Técnica Alexander». A lo que el otro puede contraatacar: «Y el fin de semana que viene es imposible: me voy a una casita en el Lake District con unos amigos». Y el contrincante, si tiene estilo, dice: «Pues la otra semana ni hablar. Estoy en Los Ángeles, por negocios». Una vez se ha establecido una fecha, sigue siendo aceptable (es más, se considera lógico que lo hagas) cancelar la cita el mismo día, alegando jet lag, una cena con un cliente o tener que viajar a Ginebra para despedir a setenta empleados.
La escasez de tiempo era un símbolo de estatus, igual que las gafas de sol Gucci o los bolsos Prada. Cuanto menos tiempo tuvieras, más importante eras. Evidentemente, Jack no lo sabía.
Jack miró alrededor, admirado.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Tres o cuatro días? Y la casa ya parece mucho más bonita. Mira eso... —Señaló un cuenco de vidrio lleno de tulipanes blancos—. Y eso... —Un jarrón de flores secas le había llamado la atención.
Suerte que no puede ver las tazas que hay debajo de la cama, que están a punto de criar moho, pensó Lisa. Sus casas siempre eran un triunfo del estilo sobre la higiene. Tenía que buscarse una asistenta...
—¿Quieres tomar algo? —preguntó a Jack.
—¿Tienes cerveza?
—No, cerveza no, pero tengo vino blanco.
Lisa experimentó un ridículo placer cuando Jack aceptó una copa.
—Voy a buscar mis cosas al coche —dijo él; salió a la calle y volvió poco después con una caja metálica azul.
¡Dios mío! ¡Una caja de herramientas! Lisa tuvo que sentarse sobre las manos para no tocarlo, para no arrancarle los últimos botones de la camisa, dejando al descubierto su ancho tórax, cubierto por la cantidad perfecta de vello, y deslizar sus manos por la suave piel de la espalda...
—¿Te importa que abra la puerta de atrás? —Jack interrumpió el achuchón que Lisa le estaba dando mentalmente.
—No, no, ábrela.
Fue hacia la puerta y quitó el cerrojo que Lisa no había tocado desde la última vez que él estuvo allí. Una fragante brisa entró en la cocina, y les trajo el denso aroma nocturno de la vegetación y los silbidos y las piadas de los pájaros que se recogían para pasar la noche. Muy bonito, si te gustaba aquel tipo de cosas.
—¿Cómo se está en el jardín? —preguntó Jack.
Ni idea. Todavía no lo he estrenado, pensó Lisa.
—Estupendamente —mintió Lisa.
—Ahí fuera se está tan tranquilo que parece mentira que estés en una ciudad —observó Jack señalando el jardín con la cabeza.
—Tienes razón. —¡Y que lo digas!
—Vamos a ver. —Miró la caldera y explicó—: En teoría es un trabajo muy sencillo, pero nunca se sabe.
Jack se arremangó la camisa, dejando al descubierto unos musculosos antebrazos, y puso manos a la obra. Lisa se sentó en la cocina, deleitándose con la presencia de un hombre atractivo en su casa. Decidió que, pasara lo que pasase, no iban a hablar de los problemas de captación de publicidad. No quería estropear con conversaciones deprimentes aquella estupenda ocasión de ligar que se le presentaba.
—Háblame de ti —le pidió Lisa con coquetería, segura de sí misma. Jack estaba de espaldas.
—¿Qué quieres saber? —dijo él en un tono poco cortés mientras golpeaba metal contra metal. Entonces se dio la vuelta y, un tanto indignado, exclamó—: ¡Por el amor de Dios, Lisa, una pregunta así te deja en blanco!
—Cuéntame cómo has llegado a director ejecutivo de un canal de televisión, una emisora de radio y varias revistas de éxito con solo treinta y dos años. —De acuerdo, estaba exagerando un poco, pero al fin y al cabo de eso se trataba.
—Es un trabajo como otro cualquiera —respondió Jack escuetamente, como si temiese que ella se estuviera cachondeando de él—. Me despidieron de mi anterior empleo, y tengo que ganarme la vida de alguna forma.
¿Que lo habían despedido? Eso no sonaba muy bien.
—¿Por qué te despidieron?
—Propuse una política radical que implicaba pagar al personal lo que se merecía y dejarlos participar en la dirección de la empresa. A cambio ellos tenían que hacer ciertas concesiones respecto a la delimitación de atribuciones y las horas extras; pero la junta decidió que yo era un rojillo peligroso y me largó.
—¿Rojillo? —Lisa no les tenía mucha simpatía a los rojillos. Te hacían ir a manifestaciones y tenían unos coches espantosos. Trabants, Ladas... Eso, suponiendo que tuvieran coche. Pero Jack tenía un Beemer.
—Podríamos decir que cuando era joven, en mi época idealista —le asestó un tremendo porrazo a la cañería con la llave inglesa—, era socialista.
—Pero ahora ya no lo eres, ¿verdad? —preguntó Lisa, alarmada.
—No. —Rió entre dientes y añadió—: Pero no te asustes, mujer. Tiré la toalla cuando vi que la mayoría de los trabajadores son felices jugando a la lotería o comprando acciones de empresas estatales privatizadas, y que de su bienestar económico ya se encargan ellos mismos sin problemas.
—Tienes razón. Lo único que hay que hacer es trabajar duro. —Lisa se tranquilizó. Al fin y al cabo, eso era lo que había hecho ella. Pertenecía a una familia de clase trabajadora (bueno, teóricamente, porque en la práctica su padre no había trabajado mucho), y eso no la había perjudicado en absoluto.
Jack se dio la vuelta y esbozó una complicada sonrisa. Irónica y triste al mismo tiempo.
—Hazme un breve resumen de tu carrera —pidió Lisa.
Él siguió manipulando la caldera y, sin mostrar ningún entusiasmo, recitó:
—Hice un master en comunicaciones, luego hice las prácticas de rigor en el extranjero (dos años en un grupo de comunicación de Nueva York, cuatro en San Francisco, en un canal de televisión por cable); regresé a Irlanda justo cuando se estaba produciendo el milagro económico, trabajé en un grupo de prensa y me despidieron, como te he contado. Y hace dos años Calvin Carter me metió en Randolph Media.
—Y ¿qué haces para desconectar del trabajo? —preguntó Lisa mientras se regodeaba contemplando su tensa camisa sobre los músculos de la espalda—. ¿Juegas a golf? —añadió con una sonrisa traviesa, que desgraciadamente Jack no pudo ver.
—Es la última vez que vengo a arreglarte la caldera —protestó él.
—Ya. No me cuadraba que fueras aficionado al golf —dijo ella con una risita tonta—. En serio, ¿qué haces para relajarte?
—Lisa, no me hagas estas preguntas, por favor. Ya sé que... —Giró la cabeza y esbozó una fugaz sonrisa—. Arreglo calderas. Me presento en las casas sin avisar y me empeño en arreglarle la caldera a la gente. A veces lo hago aunque no estén estropeadas. —Se quedó callado y concentrado mientras atornillaba concienzudamente un tornillo, y luego agregó—: ¿Qué más? Salgo con mi novia. Voy a navegar.
—¿En un yate? —preguntó Lisa con entusiasmo, ignorando que Jack había mencionado a Mai.
—No, no. Qué va. Es una embarcación par
