Lucy Sullivan se casa

Marian Keyes

Fragmento

1

Cuando Meredia me recordó que el lunes siguiente las cuatro compañeras de la oficina teníamos una cita con una adivina, noté una sacudida en el estómago.

—No te acordabas —me acusó Meredia, y su carnoso rostro tembló ligeramente.

Exacto.

Dio una palmada en su mesa y me previno:
—Ni se te ocurra decirme que no piensas ir. —Mierda —susurré, porque eso era precisamente lo que había estado a punto de hacer.

Yo no tenía inconveniente en que me leyeran el futuro. Al contrario: siempre lo había encontrado divertido. Sobre todo cuando me decían eso de que el hombre de mis sueños estaba a la vuelta de la esquina. Esa parte la encontraba comiquísima.

A veces hasta me reía.

Pero resulta que estaba pelada. Pese a que acababa de cobrar, mi cuenta bancaria era un páramo posnuclear sembrado de cadáveres, porque el mismo día que me pagaron me había gastado una fortuna en aceites de aromaterapia que prometían rejuvenecerme, infundirme vigor y elevarme el espíritu.

Y arruinarme, aunque eso no lo ponía en las etiquetas. Pero supongo que la idea era que estaría tan rejuve necida, vigorizada y elevada que mi situación económica ya no me importaría.

De modo que cuando Meredia me recordó que me había comprometido a pagarle treinta libras a una mujer para que me dijera que viajaría atravesando una extensión de agua y que yo también era un poco adivina, comprendí que me había quedado sin almuerzo para dos semanas.

—No sé si podré pagarlo —dije, nerviosa. —¡Ahora no puedes echarte atrás! —bramó Meredia—. La señora Nolan nos hace descuento porque somos cuatro. Si tú no vas, las demás tendremos que pagar más.

—¿Quién es la señora Nolan? —preguntó Megan con recelo apartando la vista del ordenador, donde estaba jugando al solitario. Se suponía que estaba revisando la lista de los clientes que se habían retrasado más de un mes en el pago.

—La pitonisa —contestó Meredia.
—¿Cómo es posible que se llame señora Nolan? —preguntó Megan.

—Es irlandesa —declaró Meredia.
—¡No! —Megan, enojada, sacudió su reluciente melena rubia—. Me refiero a cómo es posible que una adivina se llame señora Nolan. Debería llamarse Madam Zora o algo parecido. No puede llamarse señora Nolan. ¿Cómo nos vamos a creer una sola palabra de lo que nos diga?

—Pues se llama así, qué quieres que te diga —dijo Meredia, un tanto dolida.

—Y ¿por qué no se ha cambiado el nombre? —insistió Megan—. Es facilísimo, según tengo entendido. ¿No es así, «Meredia»?

Una pausa elocuente.
—¿O debería llamarte «Coral»? —continuó Megan, triunfante.

 —No —dijo Meredia—. Me llamo Meredia.
—Ya —repuso Megan con sarcasmo.
—¡Me llamo así! —afirmó Meredia, vehemente. —Pues enséñame tu certificado de nacimiento —la retó Megan.

Megan y Meredia no estaban de acuerdo en casi nada, y menos aún en lo relativo al nombre de Meredia. Megan era una firme y eficiente australiana con un bajo umbral para las sandeces. Desde su llegada, tres meses atrás, en calidad de empleada temporal, estaba empeñada en que Meredia no era el verdadero nombre de Meredia. Seguramente tenía razón. A mí me caía muy bien Meredia, pero aun así tenía que reconocer que su nombre sonaba a apaño improvisado.

Sin embargo, a diferencia de Megan, a mí eso me importaba un rábano.

—¿Seguro que no te llamas «Coral»? —Megan sacó un pequeño bloc de su bolso y tachó algo.

—No —respondió Meredia fríamente.
—De acuerdo. Entonces, hemos acabado con la C. Ahora nos toca la D. ¿Daphne? ¿Deirdre? ¿Dolores? ¿Denise? ¿Diana? ¿Dinah?

—¡Cállate! —exclamó Meredia. Estaba a punto de llorar.

—Basta. —Hetty le puso la mano sobre el brazo a Megan, suavemente. Típico de Hetty. Aunque era algo carca, también era muy buena persona, y siempre trataba de apaciguar los ánimos. Lo cual significaba que no era muy graciosa, claro, pero nadie es perfecto.

En cuanto la conocías, te dabas cuenta de que Hetty era carca. No sólo por su físico, sino porque llevaba una ropa espantosa. Aunque sólo tenía unos treinta y cinco años, llevaba unas faldas de tweed y unos vestidos de flores que parecían reliquias de familia. Hetty nunca se compraba ropa, y era una lástima, porque uno de los principales medios de las empleadas para estable cer vínculos entre ellas era exhibir los botines del día después del día de cobro.

—Estoy hasta el gorro de esa australiana —le murmuró Meredia a Hetty—. Ojalá se largue.

—No creo que tarde mucho —la tranquilizó Hetty. Entonces dijo algo típico de ella:
—¡Arriba ese ánimo!
—¿Cuándo te marchas? —preguntó Meredia a Megan.

—En cuanto tenga la pasta, gorda.

Megan estaba haciendo un viaje por Europa y se había quedado sin dinero. Y siempre nos estaba recordando que en cuanto hubiera reunido dinero suficiente para continuar el viaje, se marcharía a Escandinavia, o a Grecia, o a los Pirineos, o al oeste de Irlanda.

Hasta entonces, Hetty y yo teníamos que poner remedio a las violentas peleas que se desataban regularmente.

Yo estaba convencida de que gran parte de aquella animosidad se debía a que Megan era alta, delgada y guapísima. Mientras que Meredia era bajita, gorda y fea. Meredia envidiaba la belleza de Megan, mientras que Megan despreciaba a Meredia por su exceso de peso. Cuando Meredia no encontraba ropa de su talla, en lugar de hacer ruiditos solidarios, como hacíamos las demás, Megan le espetaba: «¡Deja de lloriquear, bola de grasa, y ponte a régimen!»

Pero Meredia nunca le hacía caso. Y mientras tanto estaba condenada a hacer que los coches viraran bruscamente cuando ella pasaba por la calle. Porque en lugar de intentar disimular su talla con rayas verticales y colores oscuros, se vestía como si quisiera realzar su volumen. Le gustaba ponerse capas y más capas de tela. Pero mucha. Hectáreas de tela, metros y más metros de terciopelo, drapeados, recogidos y atados, fijados con broches, unidos mediante pañuelos, sujetos y distribuidos a lo largo de su considerable contorno.



Y cuantos más colores, mejor. Carmesí, bermellón, naranja, rojo fuego y morado.

Y eso sólo en el pelo. Porque a Meredia le encantaba la henna, como a cualquier buena asistenta social.

—O ella o yo —murmuró Meredia mientras miraba a Megan torvamente.

Pero no era más que una pataleta. Meredia llevaba mucho tiempo trabajando en nuestra oficina —según ella, desde los albores; en realidad, unos ocho años—, y nunca había conseguido otro trabajo. Tampoco la habían ascendido. Eso ella lo atribuía con amargura a una dirección con prejuicios sobre las tallas. (Aunque por lo visto no había ningún impedimento para que muchos hombres rechonchos alcanzaran el éxito, llegando a todo tipo de elevadas posiciones en todos los departamentos de la empresa.)

En fin, yo, que era un pelele, cedí frente a Meredia sin oponer mucha resistencia. Hasta me convencí de que me convenía quedarme sin un céntimo, pues verme obligada a renunciar al almuerzo durante dos semanas me ayudaría a poner en marcha el régimen que siempre quería empezar y nunca empezaba.

Además, ella me recordó una cosa que yo había pasado por alto.

—Acabas de romper con Steven —dijo—, así que de todos modos tenías que ir a visitar a una adivina.

Seguramente Meredia tenía razón, aunque a mí no me gustara admitirlo. Ahora que había descubierto que Steven no era el hombre de mis sueños, tarde o temprano tendría que hacer algún tipo de investigación paranormal para averiguar quién era yo exactamente. Así era como funcionábamos mis amigas y yo, aunque nos lo tomábamos en broma y en realidad nadie creía en las adivinas. Al menos ninguna de nosotras estaba dispuesta a admitir que creía en ellas.

Pobre Steven. Qué desengaño me había llevado con él.



Sobre todo teniendo en cuenta que al principio todo parecía muy prometedor. Lo encontraba guapísimo; el cabello rubio y rizado, los pantalones de piel negros y la moto elevaban su atractivo, más bien normal, a la categoría de Adonis. Lo encontraba temerario, peligroso y despreocupado. ¿Acaso la moto y los pantalones de piel negros no eran el uniforme de los hombres temerarios, peligrosos y despreocupados?

Yo pensé que no tenía ninguna esperanza con él, por supuesto; un joven tan atractivo como él tenía chicas para elegir, y seguro que no le interesaría una chica tan normal como yo.

Porque yo era francamente normal. Mi físico era normal. Tenía el cabello castaño y rizado, y me gastaba un dineral en productos para alisármelo. Tenía los ojos castaños y, como castigo por ser hija de irlandeses, cerca de ocho millones de pecas, una por cada irlandés muerto durante la hambruna de la patata, como solía decir mi padre cuando estaba un poco borracho y se ponía nostálgico.

Pero pese a aquel físico tan normal, Steven me preguntó si quería salir con él, y empezó a comportarse como si yo le gustara.

Al principio yo no entendía por qué un hombre tan sexy como Steven quería estar conmigo. Y, naturalmente, no me creía ni una de las palabras que salían por su boca. Cuando él decía que yo era la única mujer que había en su vida, yo suponía que me mentía; cuando me decía que era adorable, yo le buscaba los tres pies al gato, para ver qué quería de mí en realidad.

En realidad no me importaba; suponía que ésas eran las condiciones para salir con un hombre como Steven. Tardé un tiempo en darme cuenta de que Steven era sincero y de que aquello no se lo decía a todas.

Así que llegué a la conclusión de que estaba encantada, pero en realidad lo que estaba era desconcertada.



Yo estaba convencida de que Steven llevaba una doble vida, y de que me ocultaba secretos de los que yo no sabía nada. Salidas de madrugada en la Harley para tener relaciones sexuales en la playa con mujeres desconocidas, y cosas así. Steven parecía de ésos.

Yo me había imaginado una aventura corta, apasionada, vertiginosa, durante la cual me pasaría el día con los nervios a flor de piel esperando su llamada, para sumirme en un éxtasis inenarrable cuando por fin me llamara.

Pero Steven siempre me llamaba cuando tenía que llamarme. Y siempre me decía que estaba preciosa, llevara lo que llevase. Pero yo, en lugar de sentirme feliz, me sentía incómoda.

Steven era tal como aparentaba, y a mí me parecía que la vida no había sido justa conmigo.

Empecé a gustarle demasiado.

Una mañana desperté y lo vi apoyado en un codo, contemplándome.

—Eres preciosa —murmuró, y no pegaba nada. Cuando echábamos un polvo, Steven decía «Lucy, Lucy, oh, Lucy» millones de veces, febril y apasionadamente, y yo intentaba imitarlo y ponerme febril y apasionada, pero sólo conseguía sentirme idiota.

Y cuanto más le gustaba a Steven, menos me gustaba él a mí, hasta que al final apenas soportaba su presencia.

Su adulación me asfixiaba, su admiración me abrumaba. No podía evitar pensar que yo no era tan atractiva, y si Steven creía que lo era, significaba que algo funcionaba mal.

—¿Por qué te gusto? —le preguntaba yo, una y otra vez.

—Porque eres preciosa —me contestaba Steven. O «Porque eres sexy», o «Porque eres muy femenina». Esa clase de respuestas nauseabundas.

—No, no es verdad —replicaba yo, desesperada—. ¿Por qué dices que lo soy?

 —Cualquiera diría que intentas que te tome antipatía —decía él con una tierna sonrisa en los labios.

Seguramente fue la ternura lo que me hizo decir basta. Sus tiernas sonrisas, sus tiernas miradas, sus tiernos besos, sus tiernas caricias... Tanta ternura convirtió mi relación con él en una pesadilla.

¡Y era tan condenadamente táctil! Me sacaba de quicio.

Siempre me cogía la mano, exhibiéndome con orgullo, para que todos supieran que yo era «su mujer». Cuando íbamos en coche me ponía la mano en el muslo, cuando mirábamos la televisión casi se me tumbaba encima. Siempre me estaba tocando: acariciándome el brazo o frotándome el cabello o masajeándome la espalda, hasta que yo no podía más y tenía que decirle que se apartara.

Al final lo llamaba el hombre Velcro.

Y acabé por decírselo a la cara.

Fue pasando el tiempo, y cada vez que Steven me tocaba me daban ganas de arrancarme la piel, y la idea de acostarme con él me producía náuseas.

Un buen día Steven me dijo que le encantaría tener un jardín enorme y una casa llena de niños. Fue la gota que colmó el vaso.

Rompí con él, i

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos