Prólogo
No abro los ojos aún porque tengo miedo de ver qué ha sucedido, aunque no sé si es peor el hecho de imaginármelo con los ojos cerrados. Mi cuerpo está en tensión, esperando, por si tengo que echar a correr de nuevo. Siento que esto es lo único que he estado haciendo durante mucho tiempo. Me duele. Y, aun así, sigo precavida, paciente.
No sé qué me ha pasado. Me vienen a la cabeza imágenes que no consigo identificar. Solo noto mi cara a salvo, sana, sin dolor. La cabeza, sin embargo, parece que me va a explotar en cualquier momento, y creo que nunca sufrí una jaqueca tan intensa.
Al final termino por impacientarme y la curiosidad gana al dolor, de modo que empiezo a entreabrir un poco los párpados, armándome de valor porque realmente me aterroriza lo que pueda estar ocurriendo. Aunque nunca he sido una cobarde y hoy no va a ser el primer día. Me decido después de lo que se me antoja una eternidad y abro los ojos.
Al principio me ciega una luz blanca. ¿He muerto? No. Si me hubiera muerto, dudo que aún sintiera un dolor tan agudo. Tiene que ser mucho más liberador, estoy segura, si no sería una auténtica putada. Frente a mí, lo primero que puedo observar es un televisor de pantalla plana y unas paredes de color celeste. No huelo nada especial, y una puerta a mi derecha me deja ver un pequeño mostrador al fondo, fuera de la habitación en la que estoy. Y lo comprendo.
«Mierda.»
Estoy en un hospital y no tengo ni idea de cómo he llegado, conque la situación debe de ser grave. Intento hacer memoria durante unos minutos y decido mirar a mi alrededor muy lentamente. En la habitación reina un completo silencio, ni siquiera en el pasillo se oye nada. ¿Estaré sorda? Madre mía, me he quedado sorda. Empiezo a moverme, reuniendo todas mis fuerzas, para comprobar si estoy sola.
Justo en ese momento noto que alguien se mueve a mi derecha. Luca está ahí, sonriéndome con cara cansada y unas líneas de expresión muy marcadas que hasta ahora no le había visto jamás.
—Hola, dormilona. Vaya susto —me dice en un tono de voz muy bajo. Ha tenido que ser un susto tremendo, porque aprecio la preocupación en su rostro. Va con el cabello alborotado y los rizos despeinados.
Acto seguido observo sus ojos: le han salido unas ojeras inmensas y muy pronunciadas. No sé cuánto llevará sin dormir, pero calculo que, como mínimo, un par de días. Sin duda, ha sido grave. Quiero quitarme esta idea de la cabeza de inmediato y por un instante no pensar en el dolor, así que le sonrío.
—Ya sabes, bicho malo nunca muere. —No sé cómo sale la voz de mi garganta. Me escucho extraña, desubicada, pero supongo que es normal. Al fin y al cabo, he despertado en un hospital.
—Es una suerte entonces. —Habla otra vez en voz muy baja y me cuesta comprenderlo.
—¿Por qué susurras?
—Yo... no estoy susurrando. —Vuelvo a adivinar la preocupación en su rostro, incluso el pánico. Aunque intenta discretamente y de la peor de las maneras que yo no lo perciba, lo veo ahí. En cada movimiento, en cada expresión.
Examino lo que hay a mi alrededor y comienzo a observar mi cuerpo para intentar averiguar qué me ha podido pasar. Me miro las manos y advierto que están llenas de llagas y heridas, aunque están cubiertas con una tela blanca muy fina que deja entrever unos pequeños puntos de sangre seca.
Ahora soy yo a quien le entra el pánico. Me falta el aire en los pulmones. Por más que intento respirar con serenidad mi cuerpo no me hace caso, e instintivamente mi pecho empieza a moverse muy rápido. Sollozo sin control. Comienzo a entender por qué mi cuerpo está en tensión, por qué me arde cada poro de mi piel. Tengo las piernas quemadas también.
Siento un escalofrío. Y es entonces cuando de pronto me llegan pequeñas fracciones de imágenes a la cabeza, recordándome lo que he vivido, cómo he llegado hasta aquí. No sé si me está dando un ataque de ansiedad, jamás he sentido nada semejante. Me asfixio y me pongo a llorar desesperada, histérica. Quiero irme de aquí, no puedo quedarme. Necesito escapar, necesito seguir corriendo.
—¿Te duele? ¿Llamo a alguien? Tranquila, ya estás bien, tienes calmantes puestos. ¡Por favor! —suplica—. ¡Que venga alguien, por favor! ¡Enfermera! —Sé que ha gritado, pero yo no lo oigo—. Todo ha sido culpa mía. Perdóname, Mera —se disculpa desesperado.
Pocas veces he oído gritar a Luca, pero ese momento es diferente: grita angustiado. Lo veo en su rostro, en su boca y en la vena cada vez más abultada en su cuello, aunque mi oído no lo perciba de ese modo. Así que empiezo a gritar para escucharme mejor a mí misma.
1
Mera
Septiembre de 2019
Despertó gritando, entre sudores, creyendo que la pesadilla que acababa de vivir en su subconsciente era real, que aún la perseguía. Y no andaba muy equivocada, pues la llevaba persiguiendo desde hacía muchos años y tenía que convivir con ella más de lo que le gustaba admitir. Aunque esta vez, Mera estaba corriendo. Corría sin parar al descubrir que algo, o alguien, la seguía sin descanso. Normalmente en sus pesadillas le ocurría lo contrario, se quedaba del todo paralizada viendo las lápidas de las personas a las que quería. Los árboles hablaban mientras el viento les atizaba, no pronunciaban palabras pero le vaticinaban tormenta y soledad.
Aun así, no corría. Nunca corría. Hasta esa noche.
«Si no sufriéramos pérdidas, nunca seríamos lo suficientemente fuertes para enfrentarnos a lo que nos resta de vida. Si el dolor que hemos padecido no lo transformáramos en vitalidad y energía para sobrevivir cada día, estaríamos completamente perdidos.» Esto es lo que se decía todas las mañanas al despertarse y ver la fotografía de sus padres encima de la mesita de noche. Ya habían pasado casi veinte años, y aún no se acostumbraba a su ausencia.
Su padre era español, un hombre moreno, alto y bronceado de ojos avellana que conquistó a su madre durante un viaje de estudios que realizó ella en su segundo año de filología. Su madre, Eleanor, era una mujer de armas tomar: jamás se dejó encandilar por un «españolito» (como ella misma decía), aunque todo el mundo sabía que en cuanto lo vio se enamoró de él. Siempre que pensaba en su historia, a Mera le parecía tan arquetípica de comedia romántica que dudaba que fuera real, y pensaba con asiduidad que la habían edulcorado para relatársela a sus hijas como un cuento de hadas. La paradoja era que a ella nunca le gustaron los cuentos de hadas y, en cambio, siempre le repetían aquella historia.
La verdad era que el enorme vacío que había dejado la ausencia de sus padres, sus abuelos y su hermana lo habían rellenado con recuerdos de una infancia feliz, llena de cariño y amor.
Suspiró. Volvía a estar en la realidad de su dormitorio. El sudor había hecho que se le pegaran las sábanas al cuerpo y odiaba esa sensación. Salió con pesadumbre de la cama y fue a echar las sábanas a lavar con cuidado de no despertar a nadie, pero el parquet crujía bajo sus pies fríos. Aunque suponía que el abuelo estaría rondando por la casa y no sería mucha molestia para él. Se metió corriendo en la ducha porque necesitaba que el agua bien fría la despejara. Observó su piel mientras se frotaba con la esponja los brazos, que todavía seguían un poco bronceados gracias a las playas españolas. Sonrió. Le encantaba verse la piel de aquel tono tan poco común en ese pueblo. Al terminar recordó que aún le faltaba hacer algo y cogió el cuaderno de topos blancos y fondo celeste que tenía en la mesita de noche. Empezó a anotar la pesadilla que había vuelto a su cabeza como tantas otras noches. Mientras la escribía le pareció menos terrorífica de lo que realmente era. Si algún día necesitaba recordarlo, lo tendría escrito para no olvidar ningún detalle.
«Siempre hace falta recordar», se decía para sus adentros.
Aquel era el primer día que volvía al trabajo después de unas vacaciones veraniegas en Málaga, la ciudad de su padre. La ciudad que le daba un poco más de vida y le hacía sentirse más cerca de él. Era un lugar muy parecido a Torquay, una ciudad pesquera muy turística del sur del país, aunque a Mera le gustaba mucho más porque tenía mejor clima y sus calles estaban repletas de gente más alegre. Pasaba cada verano en Málaga desde que había cumplido la mayoría de edad, y aprovechaba para seguir en contacto con su familia paterna y conocer nuevos lugares de aquel tramo de la costa del Mediterráneo. El sol abrasador de agosto, la feria de la ciudad que se celebraba ese mismo mes e incluso las lluvias torrenciales que caían algún que otro verano y refrescaban el ambiente caldeado habían pasado a ser algo familiar y a formar parte de ella.
Mera echó un vistazo a su alrededor, observando las paredes de papel pintado con flores enmarcadas en arcos con volutas. Su habitación era considerablemente más grande que la que tenía en casa de sus padres, una casa que ella y su hermana, cuando fueron mayores de edad, decidieron vender sin pensárselo dos veces para disponer de unos ahorros cada una. Además, no la necesitaban: vivían con sus abuelos, y tanto Mera como su hermana Emma tenían claro que no querían separarse de ellos.
Desde muy pequeña se había hecho suya esa habitación: tenía un sofá vintage, el favorito de su abuela, que se lo había cedido de buen grado, y una pequeña mesa en la que pasaba innumerables horas, con una tetera rosa de flores estampadas y una pila de libros perfectamente ordenados, algunos con artículos de periódico metidos dentro, haciendo de marcapáginas, recordando sucesos, y otros llenos de reportajes asombrosos de otras personas a las que admiraba profesionalmente.
Miró su móvil mientras se cambiaba de ropa y abrió el icono cuadrado rojo con dos letras blancas dentro, «BE», de Barton Express, el periódico donde trabajaba.
En el titular de letras grandes se podía leer: «La amenaza con la que Torquay se despierta».
—¿Cómo? —exclamó en voz alta.
Ojeó rápidamente el artículo y lo releyó varias veces para asegurarse bien de que lo había comprendido la primera vez. Estaba firmado por Luca Moore, su sustituto. Suspiró y puso los ojos en blanco. Había leído varios artículos suyos; mejor dicho, solo los que él había escrito mientras ella estaba de vacaciones. Era condenadamente bueno. Tenía frescura, era elocuente y no divagaba haciendo conjeturas conspiranoicas. Sin embargo, esta era una noticia rápida, informativa y sin detalles. Lo más probable es que reprodujera el primer comunicado de prensa que habían pasado por la mañana sin haber podido ampliar la información para explicar una historia, para no perder la exclusiva de lo ocurrido, o al menos no quedarse atrás respecto a los demás medios de comunicación de la zona.
Terminó de vestirse y salió volando de su habitación. Miró por la ventana y advirtió nubes negras a lo lejos, así que cogió su paraguas a rayas mientras se despedía con la mano de su familia, sin dar tiempo a sus abuelos y a su hermana, a quien pilló con un cruasán en la boca, para responder. Al marcharse dio un portazo inevitable por culpa del viento que azotaba fuera.
Se metió en su coche, un Mini rojo de hacía unos ocho años, que había comprado de segunda mano con sus ahorros. Nada más sentarse y poner las llaves en el contacto detectó la vibración del móvil, que al momento empezó a sonar con estridencia. Mera conectó el manos libres. Era John.
—¿Qué ocurre, jefe? —preguntó en tono serio, intentando que no se notara su voz de recién levantada.
Normalmente no solía llamarla durante sus vacaciones porque no había nada que decirle tan urgente que no pudiera esperar a que regresara a la oficina. Las vacaciones eran sagradas para él. A Mera siempre le había extrañado su actitud. Por lo general, los directores estaban obsesionados con el trabajo bien hecho y con tener las noticias lo más actuales y contrastadas posible. También solían ser más estrictos con respecto a los días libres o las vacaciones. En cambio, John parecía una excepción a la regla en cuanto a la disciplina. Era un jefe tan seguro de sí mismo que en ningún momento se dejaba pisotear por el estrés.
—Mera, tienes que venir enseguida, dime que estás de camino —le dijo con voz apremiante, preocupado.
Comprendió al escucharlo que algo había sucedido. Sopesó unas cuantas ideas en su mente en una fracción de segundo, intentando imaginar qué pasaba, pero no pudo hacer ninguna conjetura satisfactoria.
—Claro, John. Ya estoy casi ahí, ¿qué pasa? —dijo, mintiendo descaradamente.
—Tenía que asegurarme de que no tardarías. Es urgente, no puede esperar. En cuanto llegues pasa por mi despacho, por favor, sin preámbulos. —Colgó de repente y sin posibilidad de réplica.
«Es jodidamente importante», fue lo primero que pensó, y pisó el acelerador.

No solía tomar atajos, le gustaba más ir tranquila hacia la redacción y disfrutar de la ciudad, sobre todo cuando acababa de volver y aún no había tenido la oportunidad de readaptarse a la rutina. Pero parecía que ese día no iba a ser así.
Echó un vistazo al cielo a través del parabrisas. Septiembre los estaba amenazando con un tiempo frío y lluvioso, con un cielo encapotado y sensación de bajas temperaturas, impropias de la época, ya que normalmente por aquellas fechas solían gozar de unos grados más y un ambiente envidiable para algunos puntos de Gran Bretaña. El mal tiempo impedía a los jubilados del barrio salir tanto como deseaban, lo que hacía que Mera extrañara verlos en sus caminatas diarias en compañía de un amigo, un familiar o sus mascotas.
Llegó relativamente pronto a la redacción del Barton Express. En el aparcamiento se encontró un Tesla de color negro estacionado en su plaza, la que tenía reservada para ella. Le sorprendió. Aparcó justo enfrente, maldiciendo para sus adentros. En el periódico, nadie, a excepción de John, tenía el poder adquisitivo suficiente para alardear de semejante coche. Con llantas Sonic Carbon Twin Turbine, nada más y nada menos. Seguramente, el propietario sería una de esas personas que quieren ayudar al medio ambiente con un coche eléctrico, siempre que sea con el mayor lujo posible, sin reparar en gastos. El coche parecía estar equipado con todos los detalles. Mera ya sabía quién era el dueño de ese coche, no le cabía la menor duda. Nadie le quitaría su plaza, a no ser que estuviera sustituyéndola.
Enseguida traspasó las puertas de cristal de la redacción, de mala gana, y se encaminó escaleras arriba con toda la energía que podía reunir a esas horas de la mañana.
Un chico con el pelo moreno y despeinado de unos veinte años la esperaba sentado en una silla de mala muerte en la sala donde solían aguardar las personas que iban a ser entrevistadas o venían para alguna reunión, ya fuera con John, con ella o con otro miembro del equipo.
—Bienvenida, jefa —saludó sonriente, pero con unas ojeras inmensas que mostraban el cansancio acumulado.
«¿Cuánto tiempo llevará sin dormir?», pensó Mera.
—John me dijo que te recogiera en la entrada para acompañarte al despacho sin que te desviaras —comentó al no recibir respuesta de ella.
—Pero ¿qué le pasa a ese hombre? —le dijo llevándose una mano a la frente, algo indignada por el grado de control de su jefe.
—Es el jefe y mandar es lo suyo, aunque cuando no estás siempre pierde un poco la cordura —le explicó con una media sonrisa.
—Eso me lo imagino; al fin y al cabo, no hay nadie que le plante cara de vez en cuando. Por cierto, ¿estás bien? Tienes pinta de cansado, Daniel —le dijo con verdadera inquietud.
Daniel no le servía de mucho si estaba exhausto, era su becario y lo necesitaba en plena forma, sobre todo porque era un chico realmente hábil y atento, al que no se le escapaba ningún detalle, y había pocos becarios tan eficaces. A ella no le gustaba que tuviera exceso de trabajo y que se aprovecharan de él.
Había conectado con él desde que llegó y se puso a su cargo. En uno de los descansos de la mañana, el chico le contó que su madre había muerto de cáncer hacía unos años y que vivía solo con su padre en una casa que tenían en las afueras. Pronto se fue a estudiar a la Universidad de Bristol para labrarse un buen futuro como periodista, o al menos intentarlo. Mera sabía lo que era perder a una madre, así que empatizó con él al instante.
Cuando iban caminando por el pasillo de la redacción, Mera se fijó en que solo había unas ocho o nueve personas trabajando en la sala; los demás irían llegando a la hora que les tocara según su jornada. Fue saludando a sus compañeros y compañeras al pasar por su lado, aunque más de uno apenas soltó un pequeño murmullo a modo de respuesta. Estaban medio dormidos. Mientras seguía por el pasillo le llegaba el olor familiar del incienso de su compañera Lia; hoy parecía que tocaba lavanda.
—La verdad es que me falta un poco de sueño —admitió Daniel—. John nos llamó a unos cuantos para que estuviéramos aquí a las cinco de la mañana y diéramos el primer boletín informativo. Al principio no quiso llamarte tan pronto porque suponía que estarías cansada del vuelo, pero después parecía que le importaba más bien poco. Ten por seguro que lo habría hecho de no ser por tu sustituto, que le hizo entrar en razón.
—¿Moore?
El chico asintió con la cabeza
—Ahora lo conocerás, está en el despacho del señor Barton. Ciertamente es bastante simpático, no me lo imaginaba así viniendo del Daily Mirror. Ya sabes, los que han trabajado en lo mejorcito del país suelen alardear —dijo encogiéndose de hombros. Ella sonrió para sí al ver que pensaba igual.
Al fin llegaron al despacho de John. Su placa, en la puerta, muy brillante y casi nueva, rezaba: JOHN BARTON CRAIG. DIRECCIÓN GENERAL.
—Gracias por acompañarme, Daniel, casi me pierdo —le dijo con ironía, y le hizo un movimiento con la cabeza indicándole que podía seguir con sus tareas.
—Solo sigo las órdenes del jefazo.
Ella resopló y negó con la cabeza.
Dio dos toques con la mano en la fría puerta y escuchó un «Pasa» muy grave proveniente del interior, aunque ella ya estaba girando el pomo antes de oír la orden.
Mera no podía imaginar que al abrir aquella puerta su vida cambiaría radicalmente.
No solo por lo que le contaría su jefe, sino por conocer al dichoso Luca Moore.
A partir de entonces su vida iría a todo gas, cuesta abajo y con los frenos rotos.
Sus pesadillas empezarían a hacerse realidad.
2
Mera
Septiembre de 2019
Al girar el pomo y abrir la puerta encontró a John sentado en el borde de su mesa hablando en un tono un poco angustiado con un muchacho notablemente más alto que él y de sonrisa pícara, que se frotaba el pelo de manera insistente. Se fijó en que lo tenía dorado y con rizos revueltos.
—¡Buenos días, Mera! Te estábamos esperando. ¿Has visto al becario? —preguntó John, zanjando la aparente conversación con el hombre.
—Sí, me ha traído él. Me parece vergonzoso que le mandes esperarme en la sala, como si no fuera a venir aquí, o peor aún, como si me fuese a perder —le replicó con un deje que denotaba cierto enfado.
—Lo siento, quería que vinieras directamente y tenía que asegurarme. Además, así el muchacho ha podido descansar un poco del estrés matutino de la oficina. Lo he hecho por su bien —dijo sonriéndole. En ese momento, John miró al chico con el que hablaba y después de nuevo a Mera—. Ah, perdona, ¡qué maleducado! Este es Luca Moore, te ha sustituido durante tus vacaciones. Es un viejo y buen amigo mío de la infancia. ¡Ni siquiera recuerdo cuándo nos conocimos! —añadió, dirigiéndose a Luca entre risas.
—Creo que en Infantil —dijo el nuevo, sonriendo a su jefe y sin mirar aún a la chica. Tenía una voz aterciopelada y cuidada.
—¡Por lo menos! —exclamó John. Mera percibía un claro tono de compañerismo entre ambos—. Viene de Londres. Estaba en el Daily Mirror, como bien te comenté antes de irte —aclaró—, y era jefe de la sección de deportes, pero quería un cambio de aires. Así que aquí lo tenemos, en Torquay de nuevo.
Mera lo observó con más atención. Aparentaba unos treinta y pocos años, y cuando el chico alzó los ojos para mirarla por primera vez, ella se encontró con unos iris cristalinos. Él se levantó del asiento y le tendió la mano a modo de saludo. Mera se pasó el paraguas a la mano izquierda para corresponderle, y se la estrechó lo mejor que pudo, mirándolo fijamente sin pudor. Él seguía sonriéndole de manera encantadora.
—Gracias por la presentación magistral, jefe, te ha faltado decirle mi grupo sanguíneo —dijo a John con sorna—. Encantado. He oído hablar mucho de ti. —Retiró la mano e hizo un gesto para que se sentara en la silla junto a él—. Siempre bien. Creo que no he estado a tu altura en ningún momento; es sorprendente lo joven que eres y lo mucho que has hecho en este periódico.
—Es difícil acostumbrarse a una nueva redacción en tan poco tiempo, pero gracias por sustituirme en mi período vacacional. —Intentó que su voz sonara lo más neutra posible, casi como si de un robot se tratara, obviando el piropo profesional—. No ha debido pasar nada grave, puesto que no he recibido ni una llamada de emergencia hasta el día de hoy. Menos mal que me reincorporaba ya, porque esto parece una catástrofe —terminó Mera en tono educado—. ¿Qué noticia os ha puesto patas arriba?
De verdad agradecía que la hubiera sustituido, ya que así pudo desconectar del trabajo y disfrutar de su tiempo libre. Sin embargo, presentía que no le caería bien aquel chico. Sabía que estaba dejándose llevar por los prejuicios, guiándose por las primeras observaciones, pero rara vez se equivocaba. Parecía un chico adinerado. Tenía claro que el coche era suyo; teniendo en cuenta las pocas personas que había en la redacción y que las conocía a todas, era imposible que fuese otro el dueño. Solo John podría haberlo sido, pero Mera conocía su coche, que además estaba aparcado en su plaza de director. Otra cosa que se advertía a simple vista era que se trataba de un hombre extrovertido, sin pudores, hablador. El apretón de manos, el tono despreocupado, el pelo alborotado... Aunque también debía reconocer que se sentía amenazada por él.
Mera salió de sus pensamientos e intentó con todas sus fuerzas centrarse en el motivo que la había llevado hasta allí, ya tendría tiempo para preocuparse por Luca.
—Exacto, es difícil acostumbrarse al principio —dijo John, sentándose detrás de su mesa. Se dirigió a Luca con gesto serio—. De hecho, me gustaría que hablásemos antes de vosotros. Quiero exponeros un par de cambios que he pensado hacer para poder ponernos a trabajar cuanto antes y explicarte lo que pasa, Mera.
John cogió con decisión el café que tenía encima de la mesa y le dio un sorbo. Su pelo azabache, que en una época anterior fue de un negro azulado, estaba ya un poco canoso. John era el típico empresario atractivo y simpático. Mera conocía de sobra su fama de mujeriego, pero le valía con que fuese un buen jefe e hiciese su trabajo bien. Su vida personal era insignificante para ella. Así que no preguntaba.
Por otro lado, al verlo al lado del nuevo no pudo dejar de hacer comparaciones; costaba creer que tuvieran la misma edad. Luca parecía al menos cinco años más joven.
—Chicos —carraspeó para aclararse la voz antes de proseguir—, debemos hablar de vosotros como compañeros. Quiero que trabajéis juntos. —Hizo una pequeña pausa y continuó—: Mera, eres la mejor. No es por halagar, ya lo sabes. Esta redacción no sería lo mismo sin ti. Luca lo ha hecho muy bien y me gustaría que, como estás siempre hasta arriba de trabajo, él te ayudara en todo lo que fuera posible. Vas a seguir siendo la jefa de redacción y mi mano derecha, pero necesito que tengas un subjefe que te desocupe de tantos asuntos. Sé que cuentas con tus jefes de sección, pero este es un periódico local y una sola persona lleva varias secciones, sin poder apoyarte en nada más. Por otro lado, el becario aún no ha adquirido la experiencia suficiente para tomar ciertas decisiones cuando tú no estás, por mucho que insistas en que tiene potencial. —Mera quiso rebatirle, pero terminó asintiendo. Solo quería pegarle un puñetazo en la cara. Por un momento empezó a sentirse traicionada, como si el director no confiara en ella o no reconociera que había hecho durante el año todo ese trabajo sola y había salido triunfante.
—John, no lo dirás por mí, ¿verdad? Me refiero a que sabes que puedo con mi tarea, nunca he necesitado a nadie. Y, además, es un pueblo tranquilo —soltó ella, controlando deliberadamente los decibelios de su voz.
—Sí. Lo sé. No pienses que esto es porque no has podido darlo todo, ni mucho menos. Simplemente veo que tienes mucho estrés y que estaría bien que alguien te echara una mano. Iba a dejar que Luca fuese jefe de sección de deportes, ya que Lia se irá dentro de unos meses. Mientras tanto, me gustaría que Luca te ayudara a quitarte trabajo y de paso aprender cómo es tu manera de trabajar y cómo funciona esta redacción —dijo en tono amable y comprensivo—. Si algún día lo necesitas libre o estás de vacaciones, siempre puede cubrirte.
Lo miró boquiabierta. No sabía qué decir, así que se cruzó de brazos y miró a Luca, esperando una respuesta por su parte. Él se dio cuenta de inmediato de que ella lo estaba mirando y había podido apreciar el gesto de sorpresa por la noticia en su rostro.
—Sería un honor, John. Si Mera no tiene ningún inconveniente —comenzó a decir, volviendo la mirada hacia ella—, yo estaría más que encantado. Además, también le puedo enseñar lo que he aprendido en Londres. En un periódico nacional hay mucho que hacer y se aprenden varios trucos para sobrellevarlo, te lo aseguro. —Le dio a Mera con el codo en el brazo, intentando acercarse a ella con plena confianza. Aquello le puso de los nervios.
Ahora sí que lo odiaba. ¿Pensaba que no sabía gestionar la cantidad de trabajo que tenía? Pero sonrió como si nada. «Esto es una prueba, tranquila», se dijo.
—No lo dudo —le respondió con cierta ironía y fastidio—. Está bien, aunque si el cambio no me convence o veo que no encaja con mi manera de trabajar, espero, John —le advirtió señalándolo—, que pueda quedarme como estaba.
—O sea, sin mí —añadió Luca sin un ápice de molestia en la voz, sonriendo de manera natural.
Eso era exactamente lo que ella quería decir, en cambio, se limitó a negar con la cabeza.
—No me refería a eso —mintió—, pero supongo que es una forma de expresarlo, sí.
—No te preocupes, Mera, así será, pero estoy seguro de que te gustará tener a Luca al lado, es muy trabajador y, aunque no lo parece, cuando quiere es muy serio y profesional. —Ella suspiró y John se dio por satisfecho con la charla. Había ganado aquella batalla—. Ahora quiero contarte por qué estamos aquí —añadió—. Luca ya lo sabe. Como habrás visto, el boletín informativo de esta mañana ha llegado de sus manos.
—Suéltalo ya, John —lo apremió ella, metiéndole bulla.
—Un contacto de la policía local me ha dicho que ha habido robos en el orfanato de Santa María. Me vais a decir: «Bueno, ¿y qué?». —Los miró a ambos con una preocupación que Mera jamás había visto en sus ojos. Tenía una mano cerrada, apretando el puño. Le temblaba un poco, y la palma de la otra mano le sudaba.
Mera alzó los ojos alentándolo a que siguiera con la historia.
—Había una pintada en el despacho, de donde creen que cogieron algunos documentos. Mi amiga policía asegura que es una amenaza seria y que tenemos que andar con cuidado. No saben aún quién la ha hecho, ni cómo, pero ha sido en plena noche, eso seguro. Mi amiga me ha mandado una foto hace un rato para que podamos apreciar el arte del vándalo en todo su esplendor.
Luca y Mera se inclinaron sobre la mesa para ver la foto con claridad. En ella se veía una sala semejante a una oficina bastante antigua, con robustos muebles de madera maciza y totalmente desordenada, con papeles tirados por todos lados y carpetas destrozadas. A Mera le molestó aque
