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Su primer permiso de vuelta a casa había concluido. El hombre que el Nápoles más refinado conocería en adelante como Il Cavaliere, el Caballero, iniciaba el largo trayecto de vuelta a su puesto, al «reino de las cenizas». Así lo había denominado uno de sus amigos de Londres.
Al llegar, todos pensaron que parecía mucho más viejo. Seguía aún tan delgado: un cuerpo hinchado por los macarrones y los pasteles de limón poco habría encajado con una cara alargada, inteligente, de nariz aguileña y cejas muy pobladas. Pero había perdido la palidez de su casta. Algunos observaron el oscurecimiento de su blanca piel desde que se había ido, siete años antes, con algo parecido a la desaprobación. Solo los pobres —es decir, la mayor parte de la gente— estaban tostados por el sol. No el nieto de un duque, el hijo menor de un lord, el compañero de infancia del propio Rey.
Nueve meses en Inglaterra habían devuelto a su cara huesuda una agradable acuidad, blanqueado las arrugas del sol en sus finas manos de músico.
Los grandes baúles, la nueva repisa de la chimenea Adam, las tres cajas con muebles, diez arcas de libros, ocho cajas de platos, medicinas, provisiones para la casa, dos barriles de cerveza negra, el violonchelo, y el clavicémbalo Shudi restaurado de Catherine habían partido quince días antes en un barco mercante que llegaría a Nápoles en dos meses, mientras él viajaría en un bergantín arrendado al efecto que le depositaría
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junto con los suyos en Boulogne para emprender un viaje por tierra de similar duración, con paradas para visitas y contemplación de pintura en París, Ferney, Viena, Venecia, Florencia y Roma.
Apoyado en su bastón de paseo en el patio del hotel de King Street donde se habían instalado su tío y su tía durante aquellas atareadas semanas en Londres, el sobrino del Cavaliere, Charles, aportó su malhumorada presencia a los preparativos finales de dos coches de viajeros. Todo el mundo suspira de alivio cuando exigentes parientes mayores, que viven en el extranjero, dan por finalizada su visita. Pero a nadie le gusta que le dejen atrás.
Catherine ya se ha instalado con su doncella en el amplio vehículo, después de fortalecerse para el agotador trayecto con una poción de láudano y agua ferruginosa. El segundo coche, más ancho y bajo, situado detrás, lo han cargado con la mayor parte del equipaje. Los servidores del Cavaliere, reacios a arrugar sus libreas marrones de viaje, se hacían los remolones y se afanaban con sus propias y concisas pertenencias. Quedaba a cargo de los mozos del hotel y de un lacayo empleado de Charles el trepar a lo alto del coche para cerciorarse de que la docena aproximada de pequeños baúles, cajas, maletas, el arca con lencería y ropa de cama, el escritorio de ébano y, finalmente, las bolsas de tela con la ropa del servicio, quedaban debidamente amarrados con cuerdas y cadenas de hierro en el techo y la parte trasera. Solo el largo embalaje plano, que contenía tres pinturas que el Cavaliere acababa de comprar la semana anterior, fue atado al techo del primer carruaje, para proporcionarle un traslado lo menos agitado posible hasta la barca que esperaba en Dover. Uno de los criados lo supervisaba todo desde abajo con simbólica minuciosidad. El carruaje de la asmática esposa del Cavaliere no debía dar tropezones.
Mientras, trajeron a toda prisa del hotel otra gran maleta de cuero, casi olvidada, y la introdujeron con dificultad en el cargamento que debía llevar el coche, que ahora se balancea
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ba y brincaba un poco más. El pariente favorito del Cavaliere pensó en el barco mercante que llevaba en su bodega muchas más maletas con las posesiones de su tío y que ya podía estar tan lejos como Cádiz.
Incluso para aquella época, cuando la más elevada posición social suponía mayor número y peso de cosas consideradas indispensables para el viajero, el Cavaliere viajaba con un excepcional volumen. Pero menor, hasta llegar a la suma de cuarenta y siete grandes arcas, que cuando había llegado. Uno de los propósitos del viaje del Cavaliere, además de su deseo de ver a amigos y parientes y a su querido sobrino, complacer a su añorada esposa, renovar útiles contactos en la corte, asegurarse de que los secretarios de Estado apreciaban mejor la habilidad con que representaba los intereses británicos en aquella corte completamente distinta, asistir a reuniones de la Royal Society y vigilar la publicación en forma de libro de siete de sus cartas sobre temas volcánicos, era transportar a casa la mayor parte de los tesoros que había coleccionado —incluyendo setecientos jarrones antiguos (mal denominados etruscos)— y venderlos.
Había efectuado la ronda de visitas familiares y tenido el placer de pasar bastante tiempo con Charles, la mayor parte en la finca que Catherine poseía en Gales, que Charles ahora gestionaba por él. Había impresionado a más de un ministro, o así lo consideraba. El Rey le había recibido en dos ocasiones, y en una habían cenado a solas con él, que aún le llamaba «hermano de leche» y en enero le había nombrado caballero de la Orden del Baño, cosa que él, cuarto hijo de una familia, se atrevió a considerar solo un peldaño más arriba en la escalera de títulos que conquistaría por sus propios méritos. Otros miembros de la Royal Society le habían felicitado por sus osadas hazañas de observación a corta distancia del monstruo en plena erupción. Había asistido a algunas subastas de pintura y comprado juiciosamente. Y el Museo Británico le había comprado a su vez los jarrones etruscos, el lote completo, así como pinturas menores, los colla
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res y pendientes de oro de Herculano y Pompeya, algunas jabalinas y cascos de bronce, dados de ámbar y marfil, pequeñas estatuas y amuletos, por la gratificante suma de ocho mil cuatrocientas libras (un poco más que la renta anual de la propiedad de la que Catherine era heredera), a pesar de que la pintura en que había depositado sus mayores esperanzas seguía sin venderse. Abandonaba en Gales, con Charles, la lasciva y desnuda Venus, que sostenía triunfalmente el arco de Cupido sobre su cabeza, por la que había pedido tres mil libras.
Regresaba más ligero, así como más blanco de tez. Pasándose furtivamente una botella los unos a los otros, los lacayos y el cocinero del Cavaliere charlaban con los mozos en un rincón del patio. Brillaba un sol de septiembre con aureola. Un viento del nordeste había introducido una nube de humo y el olor del carbón en Whitehall, y los imponía sobre los espesos efluvios habituales de primeras horas de la mañana. Podría oírse desde la calle el matraqueo de otros carruajes, carros, carretillas y diligencias que partían. Uno de los ponis del primer carruaje se movía inquieto, y el cochero tiraba de las riendas del caballo de vara y hacía sonar el látigo. Charles buscó con la mirada a Valerio, el ayuda de cámara de su tío, para imponer el orden de nuevo entre el servicio. Arrugando el entrecejo, sacó su reloj.
Unos minutos más tarde el Cavaliere salió del hotel, le seguían el obsequioso propietario y su mujer, y también Valerio, quien transportaba el violín favorito de su amo en un adornado estuche de piel. Los criados callaron. Charles esperó una señal; y su alargado rostro había adquirido una expresión más atenta que la que tenía antes, lo que agudizó el parecido entre ellos. El silencio deferente continuó cuando el Cavaliere hizo una pausa, miró hacia el pálido cielo, olfateó el pestilente aire y se sacudió distraídamente una mota de la manga. Luego se dio la vuelta, sonrió con labios tensos a su sobrino, quien acudió rápidamente a su lado, y los dos hombres se dirigieron al carruaje cogidos del brazo.
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Apartando a un lado a Valerio, Charles avanzó y abrió la puerta para que subiera su tío, quien se agachó, entró, luego introdujo el Stradivarius. Mientras el Cavaliere se instalaba en el asiento de terciopelo verde, él se inclinó hacia el interior para preguntar, con una atención e interés no fingidos, cómo se encontraba su tía, y para pronunciar sus últimas palabras de despedida.
Cocheros y postillones están en su lugar. Valerio y los otros criados subieron al carruaje más grande, que se reequilibró ruidosamente un poco más cerca del suelo. Charles, adiós. Se cierra la ventana al aire infestado de carbonilla, tan peligroso para los asmáticos, a los gritos de la partida y los apremios. Se han abierto las verjas y la oleada de cosas y animales, criados y amos se vierte sobre la calle.
El Cavaliere se quitó sus guantes ambarinos, movió los dedos. Estaba dispuesto para el retorno, en realidad esperaba el viaje —le gustaba lo agotador— y los nuevos encuentros y adquisiciones que este le depararía. La ansiedad de partir se había desvanecido en el instante en que subía al carruaje: se convirtió en júbilo por partir. Pero siendo hombre de sentimientos delicados, por lo menos respecto a su esposa, por la que sentía un afecto que nunca había sentido por nadie, no expresaría la creciente dicha que le acometía al pasar lentamente, confinado, a través del clamor que estallaba en las calles cada vez más bulliciosas. Esperaría a Catherine, que había cerrado los ojos y respiraba jadeante con la boca entreabierta.
Él tosió: el sustituto de un suspiro. Ella abrió los ojos. La vena azul que palpita en su sien no es una declaración. En el rincón, sobre un taburete bajo, autorizada a hablar solo cuando le hablen, la doncella inclinaba su rosada y húmeda faz sobre Alarm to the Unconverted, de Alleine, que le había dado su ama. Él buscó con una mano la bolsa que, en su cadera, contenía el doblado atlas de viaje encuadernado en piel, el escritorio de viaje, la pistola y un volumen de Voltaire que ha
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bía empezado a leer. No hay razón alguna para que el Cavaliere suspire.
Qué extraño, murmuró Catherine, sentir frío en un día tan templado. Me temo —ella tenía tendencia, como fruto del deseo de agradar, a alternar una declaración estoica con un alegato de humildad—, me temo que ya me he acostumbrado a nuestros bestiales veranos.
Quizá lleves ropa demasiado gruesa para el viaje, observó el Cavaliere con su voz sonora y ligeramente nasal.
Rezo por no enfermar, dijo Catherine, mientras desplegaba un chal de pelo de camello sobre sus piernas. Si lo puedo evitar, no enfermaré, se corrigió, sonriendo mientras se pintaba los ojos.
También yo siento la tristeza de dejar a nuestros amigos y, en especial, a nuestro querido Charles, respondió el Cavaliere suavemente.
No, dijo Catherine, no me siento desdichada por volver. Aunque por una parte me espantan la travesía y luego las dificultades de... —sacudió la cabeza, se interrumpió—... sé que muy pronto respiraré con más facilidad. El aire... Cerró los ojos por un momento. Y lo que más me importa, regresar te hace feliz a ti, añadió.
Echaré en falta mi Venus, dijo el Cavaliere.
La suciedad, el hedor, el ruido son... como la sombra del carruaje que al pasar oscurece los paneles de vidrio de la fachada de los comercios. El carruaje se balancea, salta, cruje, se tambalea; los vendedores y los portadores de carretillas y los otros cocheros vociferan, pero con timbres distintos a los que él oirá; estas son las mismas calles familiares por donde pasaría para asistir a una reunión de la Royal Society, o para intervenir en una subasta, o para visitar a su cuñado, pero hoy no las recorre hacia sino que las cruza a través: ha entrado en el reino de las despedidas, de lo irrevocable, del privilegio de las últimas miradas que muy pronto se registran como recuerdos; de la expectación. Cada calle, cada esquina ruidosa emite
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un mensaje: el ya, el pronto será. Él va a la deriva entre el deseo de mirar, como para grabar las cosas en su mente, y la inclinación a confinar sus sentidos en el frío carruaje, considerarse (como es en verdad) ya ido.
Al Cavaliere le gustaban los especímenes y podía haber encontrado muchos en las ristras incesantemente reabastecidas de pordioseros, sirvientas, vendedores ambulantes, aprendices, tenderos, rateros, pregoneros, mozos, recaderos que discurren peligrosamente cerca y entre barreras y ruedas en movimiento. Aquí, incluso el miserable se afana. Gentes que no se mezclan, no se agrupan en corros, no bailan, no se divierten: una de las múltiples diferencias entre los habitantes de aquí y los de la ciudad a la que él retornaba que valdría la pena anotar y ponderar... si realmente hubiera motivo para anotarlas. Pero no era costumbre del Cavaliere reflexionar sobre el estrépito y los empellones de Londres; uno es incapaz de considerar pintoresca su propia ciudad. Cuando su carruaje estuvo detenido durante un ruidoso cuarto de hora entre unos tenderetes de fruta y el carro de un airado afilador, no siguió al ciego de cabello rojo que se había aventurado a cruzar unos metros más adelante, extendiendo su vara ante él, sin prestar atención a los vehículos que empezaban a echársele encima. Aquel interior transportable y perfumado, forrado de suficientes aprestos de privilegio como para tener ocupados los sentidos, dice: no mires. No hay nada fuera digno de mirar.
Si no sabe qué hacer con sus ávidos ojos, tiene aquel otro y siempre adyacente interior: un libro. Catherine ha abierto un volumen sobre crueldades papales. La doncella se enfrasca en su alarmante sermón. Sin mirar abajo, el Cavaliere pasó su pulgar por una suntuosa encuadernación de piel, el realce dorado del título y el nombre de su autor favorito. El pordiosero ciego, alcanzado por uno de los carricoches, cae hacia atrás y va a parar bajo las ruedas del carromato de un tonelero. El Cavaliere no miraba. Estaba mirando a otra parte.
En el libro: Candide, ahora en Sudamérica, acude caba
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llerosamente, con su escopeta española de dos cañones, al puntual rescate de dos muchachas desnudas a las que ve correr graciosamente por el margen de una llanura, seguidas muy de cerca por dos monos que les muerden las nalgas. Después de lo cual las muchachas se lanzan sobre los cuerpos de los monos, los besan con ternura, los bañan con sus lágrimas y llenan el aire de gritos lastimeros, revelando a Candide que la persecución, una persecución amorosa, había sido totalmente bienvenida. ¿Monos por amantes? Candide no solo se sorprende, también se escandaliza. Pero el sabio Cacambo, acostumbrado a las cosas mundanas, respetuosamente observa que seguramente habría sido mejor si su querido amo hubiese recibido una educación cosmopolita, adecuada al objeto de que no se sorprendiera siempre por todo. Todo. Porque el mundo es ancho, con espacio suficiente para costumbres, gustos, principios, normas de todo tipo, que, una vez que los sitúa uno en la sociedad de la que han surgido, siempre tienen sentido. Obsérvalos. Compáralos, hazlo, para tu propia edificación. Pero cualesquiera que sean tus gustos, a los que no precisas renunciar, por favor, querido amo, evita identificarlos con mandamientos universales.
Catherine reía suavemente. El sonriente Cavaliere, pens
