Capítulo 1. Un comienzo, una nueva vida
Contemplar la ciudad por la ventanilla del coche desde el asiento del copiloto es una de las mejores sensaciones. Es así porque no tienes que estar pendiente a la carretera y puedes sumergirte en la música. Sobre todo en tus pensamientos, aunque ellos puedan enturbiar tu momento de paz emocional. Para mí este viaje significa el camino hacia una mejor vida, una en la que redescubrir lo que un día aparté sin pensar que luego lo añoraría. Por eso, cuando suena Lose You To Love Me, de Selena Gómez, no puedo evitar enredarme en mi voz interior.
Quisiera ser fuerte, ser como esas personas imparables que ante las dificultades buscan otro camino o las afrontan sin pestañear, y si temen a algo, el miedo no las frena. Después existen individuos como yo, que se dejan dominar por el miedo, que la ansiedad los invade y se ven aplacados por la confrontación de cualquier problema para acabar ahogados en una gota de lluvia.
Me creía una chica de fuertes convicciones y fuerte carácter, pero no es así. Me volví pequeña, no débil, pequeña; y más cuando un gigante te prohíbe salir de su sombra. En la que asomar la punta del pie o descubrir tu mano te trae un gruñido aterrador. En cambio, si obedeces, te juegas una parte de ti. Una parte de autoestima, de amor propio y de cordura.
—Hemos llegado —me avisa mi hermano con una caricia suave en el brazo.
No había reparado en que estaba tan atrapada en mis pensamientos que no he podido contemplar la calle a la que ahora diré que es mía. Emocionada, desciendo del coche tras quitar el cinturón y voy a por mi equipaje. Quería ir ligera porque no deseaba cargas físicas y ni tan siquiera espirituales. Pero mis padres, aliados con mi hermano, han llenado mi mochila como una colchoneta en la que mueren mis pulmones todos los veranos. Apenas la consigo sacar del maletero antes de que llegue mi hermano para apoderarse de ella. El chico me la arrebata de las manos y evito quejarme por su actitud de hermano mayor cuando solo nos llevamos minutos. Sin más, cierra el maletero del coche y la luna trasera me refleja. Me devuelve la mirada esa nueva chica.
Me entretuve en mi aspecto para mejorarlo, por lo que renové mi apariencia. Corté mi largo cabello negro, el que ahora está por los hombros y, tan lacio como siempre, me da un aire moderno. Algo que siempre me ha gustado de mí es mi piel tostada, heredada de mi padre; luego tengo los ojos redondos y castaños de mi madre, la nariz respingona de mi abuelo y los labios ovalados de mi abuela. Mi cuerpo ha vuelto a su peso ideal por lo que he recuperado mi figura de pera. Mi hermano es una copia a su manera, mantiene su tez morena, rasgos y el cabello negro muy corto, en cambio, él es una montaña, alto y musculoso tras años jugando al fútbol. Practicaba con él cuando íbamos al instituto. Me gustaba jugar, pero nunca fue mi gran pasión.
No pierdo más tiempo y persigo a mi hermano, evitando ser atropellada por motocicletas y bicicletas que recorren la estrecha calle con imprudencia. Él abre el portón que lleva al apartamento, cuando lo traspaso tengo que dar un paso atrás para no tropezar con un grupo de chicas que salen entre risas. Nos saludan, animadas, y yo se lo devuelvo por educación. Subimos unas escaleras estrechas que llevan a un rellano donde hay cuatro puertas. Nos dirigimos a la segunda empezando por la derecha, más concretamente, a la que parece de chapa y está pintada de verde fosforito.
Dentro del piso, lo primero que veo es un salón-comedor sencillo de color crema, limpio y ordenado. No hay nada más que una gran mesa de comedor de madera oscura, un gran sofá oscuro, una gran televisión y una pequeña mesa de té. Después contemplo un pasillo con muchas puertas que serán las habitaciones. En el inicio del tour de mi hermano descubro que la cocina, el comedor y el pasillo, que lleva a las habitaciones, están conectados. La cocina es pequeña, combina colores blancos y rojos. Es bonita, ya que la tienen limpia y cuidada.
Me comenta que mi habitación es la primera. Me sorprendo al ver que es grande, más que la que tenía antes en mi antiguo apartamento. He decidido trasladarme a la misma universidad que mi hermano, ya que con quien mejor vivir es con él, salgo ganando. El estilo es sencillo, muebles de madera, paredes blancas y una ventana en la que no me demoro en asomarme. Da a un patio de la planta baja donde se ve un grupo de personas estudiando o más bien charlando en una mesa de playa verde con sillas a juego. Él tira la mochila sobre la cama desnuda y me da su atención, sé qué me dice su mirada y, por ello, le sonrío, intentando que no se sienta tan preocupado por mí, ya que ahora estoy bien.
—Yo tengo que ir a una clase, ¿estarás bien? —interroga, analizándome con esos ojos claros para asegurarse y yo asiento, segura—. Coge lo que quieras de la nevera, volveré luego e iremos a una fiesta que organizan unos amigos. —Me muerdo el labio, eso de ir a una fiesta no me apetece mucho.
—No sé, debería descansar después del largo viaje —me excuso, un poco incómoda.
Lo cierto es que pensar en enfrentar a un gran grupo de personas, la música y el alcohol, me estresa.
—Es más una reunión de amigos; además, necesitas conocer personas, charlar e integrarte —insiste, y su actitud me asegura que no se irá a esa fiesta sin mí—. Tú misma dijiste una vez: «Solo tener de amigo a tu hermano es patético».
—Era una niña idiota —le respondo, encogiendo los hombros, desenfadada.
Él se ríe, divertido porque sigo siendo la misma.
—Te quiero lista para cuando vuelva —me avisa, satisfecho porque sabe que iré.
Comprendo que quiere lo mejor para mí y solo por eso lo intentaré, haré el esfuerzo. Me tomaré la reunión con calma y sin agobios. Mi aceptación, que consiste en un movimiento de cabeza, le contenta y eso me gusta. Su preocupación este último año ha sido fija, me llamaba a diario, me venía a ver siempre que podía y estaba en los momentos más complicados. Mi familia se convertía en un escudo cada vez que tenía que enfrentar al gigante. Ahora, mejor y con fuerzas, debo retomar mi vida. Lo primero en lo que me centro es en reanudar mi carrera universitaria, por ello, agarro de la maleta la carpeta y la abro para observar mi foto. Junto a la fotografía, mis datos, los que leo con ese hormigueo de emoción.
Virginia González, el nombre es por la famosa escritora Virginia Woolf; y mi hermano, en cambio, se llama Federico por el poeta granadino, aunque él prefiere que lo llamen Fede. Tras contemplar ilusionada el logo de la universidad por unos segundos, decido ocupar mi tiempo en cosas que necesitan más mi atención. Deshacer y colocar mis cosas, todo lo que traía en la mochila, aunque para muchos sea un fastidio, para mí es algo divertido.
Escucho un ruido y me preocupo. ¿Hay alguien? No puede ser, porque Fede me dijo que todos sus compañeros estaban en clase. Nerviosa, me asomo por la puerta, esperando oír algo y nada. Decido echar un ojo, camino por el pasillo, cautelosa. Entro en la cocina y no hay nadie. Luego escucho voces en el salón y voy hacia allí, saliendo por la puerta del pasillo. En el salón no hay nadie, ¿me estoy volviendo loca? Creo que sí. Cuando recorro el pasillo hacia la habitación, vuelvo a oír las voces. Corro hacia la dirección en la que provienen y consigo ver la puerta cerrándose. Me paseo por la casa, y noto que esa lata de refrescos espachurrada no se encontraba sobre la encimera de la cocina.
Supongo que son algunos de los compañeros de Fede. Es una pena porque me hubiera gustado conocerlos. Podría espiar en sus cuartos, pero sería desconsiderada. Después de que me han permitido mudarme aquí por un precio inferior al que pedían, ya que la mayoría de ellos se puede permitir vivir tan cerca de la universidad y de la playa. Otros se lo pueden permitir gracias a una beca, mi hermano es uno de ellos, en cambio, yo no tengo tanta suerte, ninguna beca me paga la universidad. Mis notas del instituto no son una maravilla, además no he mejorado mucho en la universidad. Se reza por un aprobado, se vitorea y agradece un cinco raspado.
Me podría llevar horas eligiendo un atuendo adecuado para una fiesta de amigos, sin embargo, no. Termino en unos minutos y todo porque voy lo más casual y cómoda. Debería probar a ir más arreglada, pero eso sería cambiar quién soy y cómo me gusta ir. Por eso luzco unos vaqueros, una camisa ancha, verde oscuro, de tirantes con escote bajo y los acompaño de unas botas altas sin tacón. Mi cabello no necesita atención, ya que cae recto, pero sí me preocupo en maquillarme un poco. Con poco me refiero a la base y algo de colorete para darle color a mi rostro.
Preparada, me siento en el sofá y enciendo la televisión para que el ruido inunde el lugar para empujar a otro sitio la sensación de soledad. Agarro mi abrigo para buscar los caramelos para el viaje y encuentro otra cosa muy distinta. Algo no comestible que cambia las cosas. Mi móvil pesa en mi palma como un ladrillo, como una casa sobre mi pecho y sé que yo no lo guardé en mi bolsillo. Eso limita a los sospechosos a mis padres y a Fede. Vuelvo a tomar asiento y respiro lento mientras lo observo unos segundos.
Sigue apagado después de meses; además cambié de número y bloqueé a todos los que pudieran perjudicar mi situación. Aquellos que pudieran empeorar mi camino hacia estado emocional estable o hacia una mejor yo. Lo enciendo, tomando una respiración profunda. El teléfono tarda en responder y, cuando lo hace, comienza a sonar como loco. Todas las llamadas y los mensajes recibidos en estas últimas semanas aparecen en la pantalla. Salvo algunas notificaciones de amigos de confianza a los que sí les proporcione mi número nuevo, lo demás es propaganda y algún que otro mensaje de mi anterior universidad. Me siento aliviada, esperaba cosas peores, aunque ha resultado ser lo mejor.
Escucho la puerta, esta vez me man
