Libros de caballerías castellanos (Los mejores clásicos)

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Fragmento

cap

INTRODUCCIÓN

1. PERFILES DE LA ÉPOCA

Los libros de caballerías se extienden a lo largo de los Siglos de Oro, compartiendo los cambios culturales y filtrándose en la transformación política y económica de un imperio que a lo largo de estos siglos bien puede decirse que alcanzó sus mayores cotas de poder y que se desplomó en decadencias y bancarrotas... aunque lo peor todavía quedaba reservado al siglo XVII. Del Renacimiento al Barroco, del optimismo con que se cerró el siglo XV al pesimismo con que numerosos investigadores caracterizan al XVII, los libros de caballerías estuvieron llamados a compartir anaqueles de librerías y talleres de imprenta y de escribanos profesionales, con otras tantas obras, con otros tantos géneros que se fueron superponiendo en el gusto de los lectores (y en las estrategias de los libreros). Los Siglos de Oro reciben este nombre, precisamente, por la época dorada de nuestras letras, más allá del dorado oro que venía de América, para perderse —en muchos casos— en los bancos genoveses. La ficción sentimental, con la publicación en 1492 de la Cárcel de Amor de Diego de San Pedro, el género celestinesco, después del éxito de la Tragicomedia de Calisto y Melibea (1501), que superaba —por sacarlo de los ámbitos universitarios en que se había creado— la Comedia (1499) de Fernando de Rojas, sin olvidar la poesía de Cancionero (el Cancionero General de Hernando del Castillo se publicó en 1511), el triunfo petrarquista de la mano de Garcilaso de la Vega, el teatro de Juan del Encina, y más adelante, la picaresca (Lazarillo de Tormes, antes de 1554, o el éxito fulgurante del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, de 1599), o los libros de pastores (La Diana de Jorge de Montemayor, de 1559)... todos ellos, junto a crónicas, traducciones de textos clásicos, de textos italianos y franceses, será el trasfondo cultural sobre el que tendremos que proyectar los libros de caballerías, por más que el género, como un medio más de supervivencia, se vaya a ir desplazando hacia el entretenimiento, ampliando sus límites y los de la literatura de su época.

Al margen del citado moverse en aguas cada vez más aventureras, más maravillosas, más divertidas, los libros de caballerías bien puede considerarse uno de los géneros literarios más vinculados a la realidad histórica de Castilla y Aragón (además de Portugal) durante los siglos XVI y XVII. Género que tenía —en especial en sus primeros momentos— una finalidad claramente ideológica y propagandística (como tantos otros géneros difundidos y apoyados por el poder), por lo que se hacía necesario ir mostrando de manera hiperbólica modelos de conducta, modelos políticos en estrecha relación con los problemas suscitados en cada momento histórico determinado. Y así sucederá con el Amadís de Gaula, después de la brillante relectura de un autor muy vinculado a la Reina Católica, como es Garci Rodríguez de Montalvo, y así lo veremos también con Cervantes y su Don Quijote, que, en este caso, se sitúa en las fronteras del poder, en sus límites... sin llegar nunca a traspasarlos. Pero también los libros de caballerías se entrelazan con los acontecimientos que se sucedieron en los siglos XVI y XVII ya que condicionaron enormemente su difusión. Por este motivo, se hace necesario esbozar una serie de imágenes históricas y culturales de la época, para así poder comprender mejor los textos que forman parte de nuestra Antología.

El reinado de los Reyes Católicos ofrece la primera imagen; una primera imagen del uso de la literatura —de lo que hoy consideramos obras literarias, que no ha de coincidir con las ideas de la época— como medio más de la propaganda política. El reinado de los Reyes Católicos puso las bases del imperio español del siglo XVI; reinado lleno de grandes éxitos, pero también de enormes dificultades. Isabel la Católica llegó al trono castellano en 1474 a raíz de la muerte de su hermano, el rey Enrique IV. Su reinado comenzó como lo habían hecho la mayoría de los Trastámaras castellanos: con disputas nobiliarias y con el debilitamiento de la Corona. A la reina castellana se le opusieron nobles que apoyaban la causa de Juana la Beltraneja, sobrina de Isabel e hija del rey muerto. La batalla de Toro en 1476 supuso no sólo la victoria de Isabel, y su aceptación unánime como reina de Castilla, sino el principio de una nueva forma de gobernar, en donde la monarquía, una monarquía fuerte, se alzaba como motor y protagonista de la política. La ayuda del príncipe Fernando, su esposo, el futuro rey de Aragón, fue crucial, tanto en la victoria de Toro como en la formulación de un nuevo modo de reparto del poder.

Una monarquía fuerte, poderosa (como también se defendió en Castilla en el siglo XIV, de la mano de la política de Alfonso XI, o de obras literarias como el Libro del cavallero Zifar), la constituyeron los Reyes Católicos (en 1479 Fernando es nombrado rey de Aragón, después de la muerte de su padre, Juan II), y no sólo por la unión de sus fuerzas —que les permitió comenzar otras empresas— sino por la absoluta confluencia de sus intereses. El reinado de los Reyes Católicos está lleno de imágenes victoriosas: la toma de Granada en 1492, el descubrimiento de América, la conquista de Nápoles (1501); y también de otras no tanto: la expulsión de los judíos, en el 1492, y el desastre (a corto plazo) de su política de enlaces matrimoniales, que no consiguieron vincular de manera estable a la Corona castellano-aragonesa con las casas reinantes más influyentes de Europa: el príncipe don Juan muere poco tiempo después de su boda con Margarita de Austria (1497) —aunque la unión con el Imperio germánico se consumará con Felipe el Hermoso y Juana la Loca, y, sobre todo, con la figura de su hijo, Carlos V—; el hijo de Manuel el Afortunado e Isabel, la primogénita de los Reyes Católicos, murió; por lo que la unión con Portugal tendrá que esperar hasta Felipe II, cuando hace valer sus derechos de sucesión en 1580 a la muerte del rey don Sebastián; y, por último, Enrique VIII de Inglaterra se divorcia de Catalina, la hija de los Reyes Católicos, con quien contrajo matrimonio en 1509. Pero hay algo más: durante el reinado de los Reyes Católicos se comenzarán tres procesos, de naturaleza bien diversa, que influirán en la vida cultural y política del siglo XVI. Por un lado, la entrada de la imprenta en Castilla y Aragón, apoyada por una serie de medidas fiscales emanadas de la corte; imprenta incunable (hasta 1500) que pasará de ser un arte para convertirse en una industria durante la siguiente centuria. En esta nueva industria, el papel de la impresión de los libros de caballerías castellanos será crucial, constituyéndose como uno de los pilares más estables del comercio editorial hispánico; por otro, la constitución del español como lengua de cultura, de la mano del humanismo, que tendrá en la Gramática Castellana (1492) de Nebrija uno de sus exponentes más precoces; y por último, el establecimiento de la Inquisición, que se crea en Castilla en 1478.

Pero dentro de los acontecimientos históricos de la época, hay uno que quisiéramos rescatar ahora brevemente, por su enorme influjo en la difusión y éxito de los primeros libros de caballerías: la guerra norteafricana, defendida sobre todo por Fernando el Católico y por el cardenal Cisneros, que, después de la caída de Granada, se convierte en un tramo más de la gran cruzada universal que todo rey cristiano tiene que enarbolar contra los infieles. La guerra norteafricana tendrá éxitos en la conquista de plazas y presidios como los de Mazalquivir (1505), Cazaza (1506), el peñón de Vélez de la Gomera (1508) y Orán (1509). Y este espíritu es el que inundará la gran mayoría de los textos caballerescos de estos años, desde la continuación de la saga medieval de Amadís de Gaula, las Sergas de Esplandián de Garci Rodríguez de Montalvo, hasta el Florisando de Páez de Ribera; textos en donde el ideal caballeresco pasa por la defensa de la fe frente a las aventuras mundanas, amorosas; en donde los grandes imperios, como Bretaña o Gaula, son amenazados por los “soldanes” africanos: la victoria final en los libros de caballerías —apoyados por la divinidad— debería ser el deseo ideal del desenlace de las batallas reales de la época.

El imperio de Carlos V, y sus continuas batallas y enfrentamientos bélicos, van a convertir a la caballería, a los textos caballerescos, en los protagonistas ideológicos de su época. Como le sucediera a su abuela, el rey Carlos I va a ostentar una enorme autoridad gracias al éxito inicial de sus campañas militares; en este caso, sobre la revuelta de las Comunidades, que defendían a su madre, la reina Juana, así como de las germanías valencianas. Pero la dimensión europea de las campañas militares y su postrera coronación como emperador, constituyen un modelo literario; al tiempo que la literatura va construyendo los modos de comportamiento ante tal modelo: literatura e historia van estrechando los lazos ante una sociedad que nunca soñó —especialmente la castellana— con una presencia política como la que en aquel momento estaba gozando. Aunque las victorias y las celebraciones del momento imperial se convertirán en las grandes crisis y bancarrotas del reinado de su hijo Felipe II.

En 1556 el que había dominado el mundo abdica y se retira a Yuste. La corona castellana y la corona aragonesa quedan en manos de su hijo, Felipe II, que tendrá que hacer frente a otro tipo de luchas de las que había protagonizado su padre, al tiempo que termina por imponer la primacía de la monarquía frente a la nobleza, aumentando y organizando la administración del Estado. La nobleza, que en los primeros libros de caballerías, podía encontrar modelos de conducta, ahora ha quedado relegada a un segundo plano: la evasión, por tanto, se va a convertir en un modelo literario y vital. Evasión que termina por arrastrar al Imperio español a tres bancarrotas (1557-1560, 1575 y 1596) durante el reinado de Felipe II, y una cuarta (1607) siendo rey su hijo, Felipe III.

No es el momento para precisar datos de la historia de un reinado tan complejo como el de Felipe II, enlazado con el Concilio de Trento, la Contrarreforma, los éxitos (Lepanto) y los fracasos (Armada Invencible) en el campo militar o la cerrazón de la Inquisición... quedémonos con una imagen, que contrasta con el optimismo de la época de los Reyes Católicos, la época del nacimiento de los libros de caballerías como género. El 12 de noviembre de 1572 Felipe II envía una provisión para conocer la situación real de la imprenta en Castilla: Toledo, Burgos, Medina del Campo, Sevilla, Alcalá de Henares y Salamanca, Granada y Valladolid deben remitir sus informes sobre talleres y personal, medios y recursos... Podríamos pensar que la iniciativa era importante; pero no se debe olvidar que en el trasfondo se encuentra la reforma tridentina del Nuevo Rezado: mediante las bulas Quod nobis (1568) y Quo primum (1570), Pío V promulgó la edición del Breviario y el Misal Romano, lo que suponía una efectiva desaparición de los libros diocesanos ante la importancia que adquirían los nuevos textos. En realidad, el final del Concilio de Trento y la recuperación de un control eclesiástico centralizado en el Papa, suponen un durísimo revés —otro más— para las imprentas castellanas, que no están preparadas para abastecer la nueva demanda con la rapidez necesaria, pues aún no habían logrado salir de la crisis de hacía diez años: Plantino en Flandes y las imprentas venecianas y francesas (París y Lyon) serán las grandes beneficiadas. Este fracaso es también el fracaso en tantos otros campos del imperio. En este contexto hemos de situar la escritura y la difusión de algunos libros de caballerías, vinculados a ciudades universitarias, como Alcalá de Henares, y a la paulatina desaparición de los textos caballerescos de los talleres de impresión, con la creciente difusión de manera manuscrita. Dicho de otro modo: que los infolios dejen de publicarse no es una prueba de que su contenido haya dejado de interesar a los lectores, sino de las dificultades que tiene la industria editorial hispánica —especialmente la castellana— para hacer frente a la inversión necesaria: sólo los libros que han demostrado su éxito (en especial, Amadís de Gaula, y algunas de sus continuaciones), y aquellos otros vinculados a ciclos caballerescos de entretenimiento, como el del Espejo de príncipes y caballeros, llegarán a las prensas. Otros muchos se tendrán que difundir en ejemplares de ediciones anteriores o de manera manuscrita. ¿Cuántos libros de caballerías se escribieron y se difundieron durante estos años de crisis, durante estos años en que el imperio en que no se ponía el sol, mostraba también algunas de sus facetas más negras en Castilla? Nunca lo sabremos... año a año se siguen descubriendo nuevos textos manuscritos; pero, seguramente, los conservados, los que hoy conocemos y los que se darán a conocer en los próximos años, son sólo una mínima parte de los que realmente existieron.

Y en este rápido recorrido de imágenes, llegamos al siglo XVII de la mano de los últimos reyes, de Felipe III o de Felipe IV, y de sus validos, como el Duque de Lerma o el Conde Duque de Olivares. Época en donde se rescata, después de la austeridad de Felipe II, el gusto por las fiestas... época en donde el humor se convierte en bálsamo para la situación de un reino que, a pesar del comercio americano, a pesar de las paces establecidas a principios del siglo (Tratado con Inglaterra en 1604, Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas, reconciliación con la Francia de Marie de Médicis), que acabaron con los conflictos armados que estaban desangrando el imperio, no consigue recuperar el espíritu de otras épocas. Reír como un medio de evasión; pero también la magia, la maravilla, el encantamiento, la fuerza sobrenatural de los caballeros y la hermosura (casi) indecente de las damas. Y en este nuevo contexto político, social y económico hemos de situar los dos últimos libros de caballerías conocidos: del Quijote (1605 y 1615) a la Quinta parte de Espejo de príncipes y caballeros (posterior a 1623), dos propuestas bien diferentes de literatura de entretenimiento, que muestran el amplio arco de posibilidades que el género caballeresco había alcanzado después de un siglo de exitoso trote y de más de una victoria literaria.

2. CRONOLOGÍA

AÑO

AUTOR-OBRA

HECHOS HISTÓRICOS

HECHOS CULTURALES

¿1496?

¿Primera edición del Amadís de Gaula, publicada en Sevilla por Meinardo Ungut y Estanislao Polono?

1498

Baladro del sabio Merlín (Burgos, Juan de Burgos).

Vasco de Gama llega a la India

Crónica popular del Cid (Sevilla, tres compañeros alemanes). Historia de Enrique Fi de Oliva (Sevilla, tres compañeros alemanes).

1499

Oliveros de Castilla (Burgos, Fadrique Biel de Basilea).

Primera edición de la Comedia de Calisto y Melibea de Fernando de Rojas. Partinuplés (Sevilla, dos compañeros alemanes).

1500

Historia de la reina Sebilla (Toledo, Pedro Hagembach). Historia de la Doncella Teodor (Toledo, Pedro Hagembach).

1501

Tristán de Leonís (Valladolid, Juan de Burgos).

1504

Muere Isabel la Católica. Fernando el Católico conquista el reino de Nápoles.

1505

Fernando el Católico conquista Mazalquivir, que será tomado del todo en 1508.

1506

Juana y Felipe el Hermoso son proclamados reyes de Castilla. Muere Felipe el Hermoso

El cardenal Cisneros funda la Universidad Complutense.

1507

Comienza en Castilla la regencia de Fernando el Católico.

1508

Primera edición conocida del Amadís de Gaula de Garci Rodríguez de Montalvo (Zaragoza, Jorge Coci).

Conquista del rey Católico del Peñón de Vélez de la Gomera.

Cancionero de Juan de Luzón.

1509

Fernando el Católico toma Orán.

Historia de Fernán González (Sevilla, Jacobo Cromberger). Historia de Roberto el Diablo (Burgos).

1510

Sergas de Esplandián (Sevilla, Jacobo Cromberger) de Garci Rodríguez de Montalvo (edición hoy perdida). Florisando (VI libro amdisiano) de Ruy Páez de Ribera (Salamanca, Juan de Porras). Nace Jerónimo Jiménez de Urrea.

Fernando el Católico ocupa Mostaganem, Tremecén, Tenes y el Peñón de Argel.

Francisco Fernández de Madrid traduce los Remedios contra Fortuna de F. Petrarca. Historia de los siete sabios de Roma (Sevilla, Jacobo Cromberger).

1511

Palmerín de Olivia (Salamanca, Juan de Porras). Tirante el Blanco (Valladolid, Diego de Gumiel)

Se publica el Cancionero General de Hernando del Castillo. Elogio a la locura de Erasmo de Rotterdam.

1512

Primaleón (libro II de Palmerín de Olivia) (Salamanca, Juan de Porras). Guarino Mezquino (Sevilla, Jacobo Cromberger): edición perdida.

Libro del caballero Cifar (Sevilla, Jacobo Cromberger). Crónica particular del Cid (Burgos, Fadrique Biel de Basilea). Historia de Flores y Blancaflor (Alcalá de Henares, Arnao Guillén de Brocar). La poncella de Francia (Sevilla, Dominico de Robertis).

1513

Tablante de Ricamonte (Toledo, Juan Varela de Salamanca).

1514

Lisuarte de Grecia (VII libro amadisiano) de Feliciano de Silva (Sevilla, Jua Varela de Salamanca): no se conservan ejemplares.

Se comienza la edición en Alcalá de Henares de la Biblia Políglota.

1515

Demanda del Santo Grial (Toledo, Juan de Villaquirán).

1516

Floriseo (libros I-II) de Fernando Bernal (Valencia, Diego de Gumiel).

Muere Fernando el Católico, y comienza la regencia del cardenal Cisneros.

Orlando Furioso de Ludovico Ariosto.

1517

Arderique (Valencia, Juan Viñao).

Carlos I, rey de España. Comienza también la Reforma Protestante con la tesis de Wittenberg de Lutero.

1518

Clarián de Landanís (parte I, libro I) de Gabriel Velázquez de Castillo (Toledo, Juan de Villaquirán).

1519

Claribalte de Gonzalo Fernández de Oviedo (Valencia, Juan Viñao).

Historia de Pierres de Provenza (Burgos).

1520

Leoneo de Hungría (Toledo): edición perdida.

Levantamiento de las Comunidades en Castilla, y de las Germanías en Valencia.

1521

Primera edición conservada de las Sergas de Esplandián (Toledo, Juan de Villaquirán). Lepolemo de Alonso de Salazar (Valencia, Juan Jofré).

Historia del emperador Carlomagno. Historia del caballero Clamades (Burgos, Alonso de Melgar).

1522

Clarián de Landanís (parte I, libro II) de Álvar Gómez de Castro (Toledo, Juan de Villaquirán).

1523

Renaldos de Montalbán (I-II) (Toledo, Juan de Villaquirán).

1524

Clarián de Landanís (libro III) de Jerónimo López (Toledo, Juan de Villaquirán). Reimundo de Grecia (Libro III de Floriseo) de Fernando Bernal (Salamanca, Alfonso de Porras).

Historia de Paris y Viana (Burgos, Alonso de Melgar).

1525

Primera edición conservada del Lisuarte de Grecia de Feliciano de Silva (Sevilla, Jacobo y Juan Cromberger). Espejo de caballerías (I), de Pedro López de Santa Catalina (Toledo, Gaspar de Ávila).

1526

Lisuarte de Grecia (VIII libro amadisiano) de Juan Díaz (Sevilla, Jacobo y Juan Cromberger). Polindo (Toledo)

Rebelión de los moriscos en la sierra de Espadán.

Sumario de la Natural Historia de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo. Túngano (Toledo, Ramón de Petras).

1527

Espejo de caballerías (II) de Pedro López de Santa Catalina (Toledo, Cristóbal Francés y Francisco de Alfaro). Primera edición conservada del Guarino Mezquino (Sevilla, Juan Varela de Salamanca).

Saco de Roma por las tropas imperiales. Nace el futuro Felipe II en Valladolid.

Historia de Canamor.

1528

Lidamán de Ganail (parte IV de Clarián de Landanís) de Jerónimo López (Toledo, Gaspar de Ávila).

La lozana andaluza de Francisco Delicado.

1530

Amadís de Grecia (IV libro amadisiano) de Feliciano de Silva (Cuenca, Cristóbal Francés). Florindo de Fernardo Basurto (Zaragoza, Pierres Hardouín).

Carlos V es coronado como emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico por el Papa Clemente VII.

1531

Féliz Magno (I-II) (Barcelona, Carles Amorós): edición perdida.

1532

Florisel de Niquea, I-II (X libro amadisiano) de Feliciano de Silva (Valladolid, Nicolás Tierri). Florambel de Lucea (partes I y II) de Francisco de Enciso Zárate (Valladolid, Nicolás Tierri).

1533

Edición corregida por Francisco Delicado del Amadís de Gaula (Venecia, Juan Antonio de Sabia). Platir (libro III de Palmerín de Olivia) de Francisco de Enciso (Valladolid, Nicolás Tierri). Morgante (libro I) de Jerónimo Aunés (Valencia, Francisco Díaz de Romano). La Trapesonda (tercer libro de Renaldos de Montalbán) (Sevilla, Juan Cromberger).

1534

Lidamor de Escocia de Juan de Córdoba (Salamanca). Tristán el Joven (Sevilla, Dominico de Robertis).

La Segunda Celestina de Feliciano de Silva.

1535

Florisel de Niquea, III (XI libro amadisiano) de Feliciano de Silva (Medina del Campo, ¿Pierres Tovans?): perdido. Morgante (libro II de Jerónimo Aunés (Valencia, Nicolás Durán).

1540

Valerián de Hungría de Dionís Clemente (Valencia, Francisco Díaz Romano).

Silva de varia lección de Pedro Mexía.

1542

Philesbián de Candaria (Medina del Campo). Baldo (libro IV de Renaldos de Montalbán) (Sevilla, Dominico de Robertis).

1543

Primera edición conservada del Félix Magno (Sevilla, Sebastián Trugillo).

1545

Belianís de Grecia (I-II) de Jerónimo Fernández (edición perdida). Cirongilio de Tracia de Bernardo de Vargas (Sevilla, Jácome Cromberger). Cristalián de España de Beatriz Bernal (Valladolid, Juan de Villaquirán). Florando de Inglaterra (Lisboa, Germán Gallarde).

Comienza el Concilio de Trento.

1546

Primera edición conservada del Florisel de Niquea, III (XI libro amadisiano) de Feliciano de Silva (Sevilla, en casa de Juan Cromberger). Silves de la Selva (XII libro amadisiano) de Pedro de Luján (Sevilla, Dominico de Robertis).

Crónica de don Álvaro de Luna.

1547

Primera edición conservada de Belianís de Grecia, I-II de Jerónimo Fernández (Burgos, Martín Muñoz). Roselao de Grecia (libro III de Espejo de caballerías) de Pedro de Reinosa (Toledo, Juan de Ayala). Palmerín de Inglaterra (libro I), traducción de Miguel Ferrel (Toledo, herederos de Fernando de Santa Catalina).

Nace Mateo Alemán en Sevilla. Nace Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares.

1549

Taurismundo (Lisboa, Diego de Cibdad): edición perdida.

1550

Primera edición conservada de Floramante de Colonia (parte II de Clarián de Landanís) de Jerónimo López (Sevilla, Juan Vázquez de Ávila). Palmerín de Inglaterra (libro II), traducción de Miguel Ferrel (Toledo, herederos de Fernando de Santa Catalina).

Coloquios matrimoniales de Pedro de Luján. Jerónimo Jiménez de Urrea publica en Lyon su traducción del Orlando furioso de Ariosto.

1551

Florisel de Niquea, IV (XI libro amadisiano) de Feliciano de Silva (Salamanca, Andrea de Portonaris).

1553

Coloquios satíricos de Antonio de Torquemada.

1554

Muere Feliciano de Silva.

El futuro Felipe II casa con María de Tudor y se le nombra rey de Nápoles.

Primeras ediciones conservadas del Lazarillo de Tormes. Libro de Caballería Celestial de Jerónimo de Sampedro (Amberes).

1555

Espejo de príncipes y caballeros (parte I) de Diego Ortúñez de Calahorra (Zaragoza, Esteban de Nájera).

Paz de Augsburgo.

1556

Felixmarte de Hircania de Melchor Ortega (Valladolid, Francisco Fernández de Córdoba).

Carlos V abdica el trono de Castilla y Aragón en su hijo Felipe, y el Imperio en su hermano Fernando.

1557

Muere Gonzalo Fernández de Oviedo.

Se publica en Valladolid el Libro XX de la segunda parte de la general historia de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo.

1558

Mueren Carlos V y María Tudor, esposa de Felipe II.

Pragmática que regula la impresión de los libros, y su distribución en el reino de Castilla.

1559

La Diana de Jorge de Montemayor.

1563

Leandro el Bel (libro segundo de Lepolemo), traducción de Pedro de Luján (Toledo, Miguel Ferrer).

Concluye el Concilio de Trento. Comienza la construcción del Escorial.

1564

Olivante de Laura de Antonio de Torquemada (Barcelona, Claudio Bornat).

La Diana enamorada de Gil Polo.

1565

Revuelta en los Países Bajos.

Selva de aventuras de J. de Contreras.

1568

Sublevación de los moriscos; comienza la Guerra de las Alpujarras. Mueren el príncipe Carlos e Isabel de Valois. Felipe II nombra a Don Juan de Austria, su hermanastro, Capitán General del Mediterráneo.

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de B. Díaz del Castillo.

1569

La Araucana de A. de Ercilla.

1570

Felipe II se casa con Ana de Austria. Se organiza la Liga Santa.

Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada. Caballería Cristiana de Jaime de Alcalá (Alcalá de Henares).

1571

Batalla de Lepanto. Fin de la guerra de las Alpujarras.

1572

Fr. Luis de León es encarcelado por la Inquisición.

1574

Muere Jerónimo Jiménez de Urrea.

1575

Segunda bancarrota de Castilla.

1576

Febo el Troyano de Esteban de Corbera (Barcelona, Pedro Malo).

Don Juan de Austria, regente de los País Bajos.

1579

Belianís de Grecia, III-IV de Jerónimo Fernández (Burgos, Pedro de Santillana).

1580

Espejo de príncipes y caballeros (libro II) de Pedro de la Sierra (Alcalá de Henares, Juan Íñiguez de Lequerica).

Felipe II es proclamado rey de Portugal.

1583

El pastor de Fílida de L. Gálvez de Montalvo. Celidón de Iberia, de Gonzalo Gómez de Luque.

1586

Última edición del Amadís de Gaula (Sevilla, Fernando Díaz).

Las lágrimas de Angélica de L. Barahona de Soto. Rosián de Castilla de Joaquín Romero de Cepeda (Lisboa).

1587

Espejo de príncipes caballeros (parte III) de Marcos Martínez (Alcalá de Henares, Juan Íñiguez de Lequerica).

Caballero Assissio por Fray Gabriel de Mata.

1588

Derrota de la Armada Invencible.

Florando de Inglaterra.

1591

Flor de varios y nuevos romances de A. de Villalta. El pastor de Iberia de B. de Vega.

1596

Philosophía antigua poética de A. López Pinciano.

1598

Muere Felipe II.

1599

Flor de caballerías de Francisco de Barahona (texto manuscrito).

Se publica la 1ª parte del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (Madrid, Várez de Castro).

1601

La corte se traslada a Valladolid.

1602

Policisne de Boecia de Juan de Silva y de Toledo (Valladolid, herederos de Juan Íniguez de Lequerica).

2ª parte del Guzmán de Alfarache, de Juan Martín (bajo el seudónimo de Mateo Luján), (Valencia).

1603

Quevedo redacta el Buscón.

1604

Segunda parte de Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán (Lisboa, Pedro Crasbeeck). Toledana discreta, por Eugenio Martínez.

1605

Se publica la primera parte del Quijote de Miguel de Cervantes.

Nacimiento del futuro Felipe IV.

1606

La corte vuelve a trasladarse a Madrid.

1607

Nueva bancarrota de España.

1609

Se decreta la expulsión de los moriscos.

Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega.

1610

Caballero peregrino, por Fray Alonso de Soria (Cuenca).

1615

Se publica la segunda parte del Quijote de Miguel de Cervantes.

1616

Muere Miguel de Cervantes en Madrid.

1621

Muere Felipe III. Felipe IV es nombrado rey de España.

POST. 1623

Espejo de príncipes y caballeros (quinta parte): texto manuscrito.

3. LIBROS DE CABALLERÍAS CASTELLANOS: UN CORPUS Y UNA PROPUESTA DE CLASIFICACIÓN

Una nueva pregunta: ¿puede hablarse de los libros de caballerías como un género? O dicho en otras palabras: ¿existe un único género de libros de caballerías? Como siempre, como casi siempre desde el siglo XVII hasta nuestros días, cuando uno se acerca a la comprensión del género narrativo caballeresco, la idea de un personaje cervantino ha venido a delimitar una imagen y, de su mano, un juicio. ¿El personaje? El canónigo de Toledo que en el camino se encuentra con el cura, y con el curioso encantamiento que han ideado para devolver a don Quijote a la aldea de Alonso Quijano. Estamos en el capítulo 48 de la primera parte y las palabras escritas por Cervantes, pero pronunciadas por un canónigo, autor de unos cien folios de un libro de caballerías, son estas:

«—Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la república estos que llaman libros de caballerías; y aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que hay impresos, jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio al cabo, porque me parece que, cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma cosa, y no tiene más este que aquel, ni estrotro que el otro.»

Desde que el Quijote comenzó a comentarse a finales del siglo XVIII (Bowle y Vicente de los Ríos) o principios del XIX (Pellicer y Clemencín), la imagen de los libros de caballerías había sido fijada con una nitidez que, curiosamente en el siglo XXI, se sigue defendiendo en algunos manuales de literatura (e incluso escolares) que podemos concretar de la siguiente manera: los libros de caballerías son textos nacidos a principios del siglo XVI, de la mano de unas obras geniales (o, al menos, muy interesantes), como son la refundición renacentista de Garci Rodríguez de Montalvo de los libros medievales del Amadís de Gaula, o el texto del Tirant lo Blanch (o el Tirante el Blanco, en su traducción castellana de 1511); a partir de este momento, y dado el éxito de esta propuesta narrativa (e ideológica), se van a escribir a lo largo de la centuria (impulsados, sin duda, por el empuje militar y cultural de Carlos V) nuevos textos, pero, al repetirse una serie de fórmulas, de temas, de motivos, se consuma el empobrecimiento del género, hasta llegar a ese “todos ellos son una mesma cosa”, que hizo que los nobles lectores, desde mediados del siglos XVI, atendieran a otros géneros narrativos, como la ficción sentimental (más allá de los primeros decenios del siglo XVI), los libros de pastores (desde la Diana de Montemayor), la picaresca (desde el Lazarillo de Tormes), o la novela bizantina... La facilidad actual de acceso a los textos caballerescos gracias a la edición moderna de los mismos (especialmente desde el Centro de Estudios Cervantinos), y los estudios que se han multiplicado en los últimos veinte años, permiten ahora, a las puertas del siglo XXI, dibujar una imagen del género caballeresco (en estas páginas, un mero esbozo de los distintos aspectos que podrían tratarse) bien diferente a la que la crítica defendió (¡y algunos siguen haciéndolo!) en el siglo XIX.

Ante todo, hemos de situar el género de los libros de caballerías dentro de una “materia caballeresca” mucho más amplia, en donde se deberían englobar obras de diferente naturaleza, pero todas ellas unidas por una serie de características narrativas, ideológicas y empresariales. Entre las primeras, destacarían dos: en la materia caballeresca se muestran las aventuras, las acciones tanto militares como amorosas, de una serie de personajes pertenecientes a la nobleza, a la realeza; personajes en lo más alto del escalafón social. Las historias —como los espacios, los tiempos, las acciones...— girarán en torno a este principio básico, y se organizan en una estructura abierta, que propiciará las continuaciones y la multiplicación de las aventuras, siguiendo el modelo del entrelazamiento narrativo, experimentado ya en los textos artúricos medievales. Estos personajes —el héroe, en una palabra— permitirán, en especial en una primera época, defender un determinado modelo ideológico de sociedad, la defensa de una serie de principios que permitan el mantenimiento de un determinado poder; pero, junto a todo ello, no hemos de olvidar que la materia caballeresca —junto a la celestinesca y, más adelante, la picaresca—, constituye una de las bases de la imprenta hispánica, de la industria de la producción y distribución de libros; de ahí las características empresariales a las que se ha hecho mención con anterioridad.

Sobre caballeros andantes, sobre damas guerreras, sobre amantes, sobre gigantes, sobre enemigos de la fe, sobre encantadores, sobre aventuras de mil cabezas, se puede escribir en verso o en prosa, se puede escribir en un formato folio, en esos volúmenes que el cura llamará “toneles” en el escrutinio de la biblioteca de Alonso Quijano, o en formato más pequeño, e incluso en pliegos de cordel, se puede escribir piezas de teatro, romances... llegándose incluso a la “divinización” de la materia; se puede, por último, romper los límites entre la ficción (las historias fingidas de las que habla Garci Rodríguez de Montalvo en el prólogo de su Amadís [fragmento 1]) y la historiografía, las crónicas que cuentan las hazañas de reyes o de caballeros de la antigüedad, como reyes y caballeros también lo serán los protagonistas de las sagas caballerescas, todas ellas —a excepción del Quijote— situadas en tiempos históricos, en tiempos pretéritos.

De esta manera, se hace necesario precisar un corpus de títulos que se deberían englobar dentro el epígrafe “libros de caballerías”, más acá de los límites (amplios, en exceso) de la materia caballeresca que se ha esbozado en las páginas anteriores; corpus en los que la crítica no se ha puesto de acuerdo. El que aquí presentamos sigue las propuestas que José Manuel Lucía Megías ha realizado en los últimos años (2000 y 2002), frente a otras, como la seguida por Daniel Eisenberg y Mª Carmen Marín Pina, en su excelente bibliografía sobre la materia (2002).

Los libros de caballerías son, a un tiempo, un género literario —con una serie de características, de motivos y de modelos narrativos, que se irán modificando y ampliando a lo largo del siglo XVI hasta límites insospechados—, y un género editorial —con una serie de características externas que se mantienen inalterables a lo largo de la centuria, e incluso más allá de los primeros decenios del siglo XVII—. Esta doble cara de un mismo objeto: a un tiempo, texto y libro, literatura y negocio, permitirá diferenciar los libros de caballerías de otra serie de textos de la materia caballeresca:

a) Por un lado, los textos en verso[1], o los textos caballerescos a lo divino[2], se alejan de los libros de caballerías por unas más que evidentes diferencias literarias; lo mismo que sucede con los textos dramáticos o poéticos.

b) Por otro lado, se puede establecer la diferencia entre las “historias caballerescas breves” estudiadas por Víctor Infantes y por Nieves Baranda, y nuestros textos, en especial, por unas características editoriales (formato cuarto, reducida extensión, difusión en pliegos de cordel...), que también pueden ampliarse a algunas narrativas, que vienen obligadas por su extensión: los amplios ciclos caballerescos de los libros de caballerías permiten absorber y ampliar esquemas y modelos de construcción narrativa que en una historia caballeresca breve resulta del todo imposible.

A esta doble cara, la del libro de caballerías como un texto (literatura) y como un libro (imprenta), habría que sumar un último aspecto, mucho más problemático que los anteriormente citados: la recepción. Dicho en otras palabras: en el género de los libros de caballerías hemos de incluir aquellos títulos que se editaron (industria editorial) y que se leyeron (recepción) como tales, aunando, sin lugar a dudas, una serie de características tipográficas muy precisas (formato, grabado de portada, grabados interiores, etc.) y una lectura dentro del género. ¿Acaso no se leyó el Tirante el Blanco —cuyo original es catalán— o el Palmerín de Inglaterra —de origen portugués—, como libros de caballerías castellanos? ¿Acaso Diego de Gumiel o los herederos de Fernando de Santa Catalina no los imprimieron como libros de caballerías? Y los casos de los textos publicados en Castilla o Aragón en español escritos en francés o italiano se pueden multiplicar, dándose algunos casos curiosos. Sólo comentaremos uno, para saltar rápidamente a otro asunto: Espejo de caballerías se constituye como un ciclo de mediano éxito, vinculado a Toledo. Los dos primeros libros fueron traducidos por Pedro López de Santa Catalina y editados en Toledo en 1525 y 1527, respectivamente; más que traducción en un sentido actual, deberemos hablar de una “reelaboración” (en ocasiones refundición, como la llevada a cabo por el medinés Garci Rodríguez de Montalvo y su Amadís de Gaula) del Orlando Innamorato de M. M. Boiardo (1483-1495), así como aparecerán en ellos episodios procedentes de otros tres poemas que continúan sus aventuras: Il quarto libro de l’inamoramento d’Orlando de N. degli Agostini (1506), Il Quinto Libro de lo Inamoramento de Orlando de R. Valcieco da Verona (1513) y el Sesto libro del Innamoramento d’Orlando de Pierfrancesco Conte da Camerino (1518). Por su parte, la tercera parte de Espejo de caballerías, titulada Roselao de Grecia, la escribe Pedro de Reinosa y ve la luz en 1547. Como en las dos primeras entregas del ciclo, se anuncia que se trata de una traducción del toscano (no se olvide que todos los libros de caballerías se presentan como una “traducción”), pero en realidad, no lo es: se trata de una obra original, que continúa las líneas narrativas comenzadas en los textos anteriores. Ningún lector de la época establecería una diferencia entre las dos primeras partes del ciclo, y esta tercera obra, escrita y publicada unos años después. ¿Acaso los críticos del siglo XXI sí que podemos hacerlo?

Este último factor (el de la recepción, el de la conciencia lectora coetánea de los libros de caballerías) tendrá que ser explorado, siempre pensando en el telón de fondo de la materia caballeresca, que engloba éstos y otros tantos títulos de nuestra literatura. Nos movemos, de una manera un poco resbaladiza, en los límites: se han estudiado las estrategias comerciales de los impresores (y de los libreros) al imitar las características del género editorial de los libros de caballerías a la hora de editar crónicas, o incluso textos medievales, como la Crónica del Cifar (Lucía Megías, 2000); pero aún nos hemos de plantear dónde situar una serie de textos, que, o por el prestigio de su autor (las continuas traducciones de Ariosto, por ejemplo), o por la singularidad de su planteamiento (los Nueve de la Fama, por ejemplo) quedan —inevitablemente— fuera de nuestra cuadriculada, esquemática concepción de la literatura áurea; muchos de ellos fueron impresos dentro del género editorial caballeresco; pero ¿fueron leídos como libros de caballerías, aunque, en especial, el último, por sus características no se acerque a un libro de aventuras como al que nos tiene acostumbrado el género?

En todo caso, estamos ante el único género literario de carácter narrativo que mantendrá su vigencia durante todo el siglo XVI, y más allá. En 1623 se publica en Zaragoza, la tercera y cuarta parte del Espejo de príncipes y caballeros, en las prensas de Pedro Cobarte. En realidad, se trata de la tercera parte que Marcos Martínez publicara en Alcalá de Henares en 1583, ahora dividida en dos libros, para así poderlos vender como fascículos (y acercarse, una vez más, al modelo de los cuatro libros de Amadís de Gaula). En la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva en un códice manuscrito la Quinta parte de Espejo de príncipes y caballeros, que debe ser unos años posteriores. El primer texto caballeresco que podría entrar en nuestro corpus, podría ser el Baladro del Sabio Merlín, publicado en Burgos en 1499, o el Tristán de Leonís de 1501, más cercano a las características externas del género editorial que se va a imponer, gracias, sobre todo, a la primacía editorial en el género de la imprenta de los Cromberger en Sevilla, espléndidamente estudiada por Clive Griffin hace unos años. De este modo, nos estamos moviendo en un arco temporal de unos ciento cincuenta años; y sin límites de fronteras, ya que los libros de caballerías en castellano se van a publicar en todas las ciudades de Castilla y Aragón, así como en Portugal (Lisboa y Évora), Italia (Roma y Venecia) y en, menor medida, en Flandes (una única edición amadisiana en octavo en Amberes); Francia, desde muy pronto, tendrá que preocuparse en dar difusión a las ediciones de las traducciones francesas, así como a las continuaciones. Algunos de los textos caballerescos hispánicos serán traducidos y continuados más allá de nuestras fronteras, tanto geográficas como lingüísticas.

Dentro de este amplio arco temporal, conocemos la existencia (ya que nos han llegado ejemplares de sus ediciones —no todas de la primera edición—) de casi ochenta títulos de libros de caballerías, algunos de ellos difundidos sólo de manera manuscrita, ya que, a partir de las primeras bancarrotas económicas del imperio de Felipe II, la industria hispánica va a entrar en una crisis que le imposibilitaba hacer frente a la enorme inversión de textos de esta naturaleza (editorial, se sobreentiende). La decreciente presencia de los textos caballerescos en la imprenta a partir de la década de los años sesenta del siglo XVI, se había tomado como indicio del paulatino abandono del interés de la nobleza por la lectura de estos textos, así como demostración de su decadencia literaria. Los libros de caballerías manuscritos, aquellos que desde mitad del siglo XVI se escriben para su difusión al margen de las letras de molde, han venido a mostrar la falsedad de este tópico en la recepción del género caballeresco.

El corpus de los libros de caballerías estaría formado, siguiendo los planteamientos antes indicados, por los siguientes títulos [3]:

[1] Adramón

[2] Amadís de Gaula (I-IV) de Garci Rodríguez de Montalvo

[3] Las sergas de Esplandián (V) de Garci Rodríguez de Montalvo

[4] Florisando (VI) por Ruy Páez de Ribera

[5] Lisuarte de Grecia (VII) de Feliciano de Silva

[6] Lisuarte de Grecia (VIII) de Juan Díaz

[7] Amadís de Grecia (IX) de Feliciano de Silva

[8] Florisel de Niquea (X: partes I-II) de Feliciano de Silva

[9] Florisel de Niquea (XI: parte III) de Feliciano de Silva

[10] Florisel de Niquea (XI: parte IV) de Feliciano de Silva

[11] Silves de la Selva (XII) de Pedro de Luján

[12] Arderique

[13] Baladro del sabio Merlín

[14] Demanda del santo Grial

[15] Belianís de Grecia (partes I-II) de Jerónimo Fernández

[16] Belianís de Grecia (partes III-IV) de Jerónimo Fernández

[17] Belianís de Grecia (parte V) de Pedro Guiral de Verrio

[18] Bencimarte de Lusitania

[19] Caballero de la Luna (libros III-IV)

[20] Cirongilio de Tracia de Bernardo de Vargas

[21] Clarián de Landanís (primera parte, libro I) de Gabriel Velázquez de Castillo

[22] Clarián de Landanís (primera parte, libro II) de Álvaro de Castro

[23] Floramante de Colonia (segunda parte de Clarián de Landanís) de Jerónimo López

[24] Clarián de Landanís (libro III) de Jerónimo López

[25] Lidamán de Ganail (cuarta parte de Clarián de Landanís) de Jerónimo López

[26] Claribalte de Gonzalo Fernández de Oviedo

[27] Claridoro de España

[28] Clarís de Trapisonda

[29] Clarisel de las Flores de Jerónimo de Urrea

[30] Cristalián de España de Beatriz Bernal

[31] Espejo de caballerías (libro I) de Pedro López de Santa Catalina

[32] Espejo de caballerías (libro II) de Pedro López de Santa Catalina

[33] Don Roselao de Grecia (libro III de Espejo de caballerías) de Pedro de Reinosa

[34] Espejo de príncipes y caballeros (I) de Diego Ortúñez de Calahorra

[35] Espejo de príncipes y caballeros (II) de Pedro de la Sierra

[36] Espejo de príncipes y caballeros (III[-IV]) de Marcos Martínez

[37] Espejo de príncipes y caballeros (V)

[38] Febo el Troyano de Esteban Corbera

[39] Félix Magno (libros I-IV)

[40] Felixmarte de Hircania de Melchor Ortega

[41] Filorante

[42] Flor de caballerías de Francisco de Barahona

[43] Florambel de Lucea (partes I-II) de Francisco de Enciso Zárate

[44] Florambel de Lucea (parte III) de Francisco de Enciso Zárate

[45] Florando de Inglaterra

[46] Florindo de Fernando Basurto

[47] Floriseo (libros I-II) de Fernando Bernal

[48] Reimundo de Grecia (libro III de Floriseo) de Fernando Bernal

[49] Guarino Mezquino

[50] Leon Flos de Tracia

[51] Lepolemo (El Caballero de la Cruz) de Alonso de Salazar

[52] Leandro el Bel

[53] Lidamarte de Armenia de Damasio de Frías y Balboa

[54] Lidamor de Escocia de Juan de Córdoba

[55] Marsindo

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