Nuestro amigo común (Los mejores clásicos)

Charles Dickens

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

A media novela un maleante es pescado en el Támesis. En la taberna local, donde un médico y cuatro clientes habituales intentan reanimar la inánime carcasa, están todos alborotados. A los primeros signos de vida, los tipos duros rompen a llorar. No derramarían ni una lágrima por un hombre vivo ni por su memoria, en este mundo o en el otro, pero «un alma humana que pugna entre los dos mundos lo consigue fácilmente».

En la última novela de Dickens, casi toda forma de vida se encuentra en un estado de animación suspendida. Nada parece del todo muerto ni del todo vivo. La madera que levanta la taberna de la ribera del río recuerda a los bosques de la que proviene. La pierna de Silas Wegg olvida que es una «ficción de madera» y se comporta como si fuera un miembro de carne y hueso. En la tienda de su amigo, el señor Venus, los esqueletos, los animales disecados y los bebés en frascos son un público entregado a los acontecimientos que presencian. Las muñecas a las que Jenny Wren viste con retales no se distinguen de sus modelos ni de las clientas. La idea de un producto acabado por completo es una ficción, como también que el material sea de primera mano. Todo ya ha sido usado y se volverá a usar. Cada cosa y cada cuerpo está parcialmente formado por algo no-del-todo-muerto, que a su vez será descompuesto para convertirse en otras formas de materia. Mientras tanto, ¿qué hay de la vida que alberga, temporalmente, su «alma»?

Nuestro amigo común comparte, con las anteriores obras de ficción de Dickens, la visión de un mundo donde los vivos y los muertos, los seres y las cosas, la materia y el espíritu, no se pueden distinguir unos de otros. Pero el temple con que disecciona una sociedad corrupta es más pesimista, más sutil y más consternado de lo que nunca antes había sido. En la amplitud de su alcance y en sus peligrosas ambiciones tiene mucho en común con La Casa lúgubre y La pequeña Dorrit, pero su estilo es más sigiloso, tenso y enigmático. Su luz es irregular y tenue; los movimientos son forzados, espasmódicos.

Las cualidades que la caracterizan responden de algún modo a las circunstancias vitales de Dickens en los primeros años de la década de 1860, triste y a la vez enardecido por el distanciamiento de su esposa y la aventura secreta con Ellen Ternan. Había sufrido una serie de pérdidas. En septiembre de 1863 murió su madre («al final, de repente. Su estado era espantoso», escribió);[1] al cabo de unos meses también murió, en la India, su hijo Walter. Le apesadumbraba la pérdida de viejos amigos y colegas como Frank Stone, Arthur Smith, Thackeray, Augustus Egg o John Leech. Y, además, debía atender dolores más mundanos. Había cumplido ya los cincuenta y su cuerpo se resentía cuando lo forzaba. Nunca era feliz si no podía pasear largo y tendido, y rápido, de noche y de día. Hasta con el viento en contra. Sal de la ciudad si puedes, le dijo a Forster en marzo de 1864, aunque él no podía hacerlo: «Ayer (caminé mucho con el viento en contra) hizo un día como para salir volando. Absolutamente abominable y nada saludable» (Nonesuch). Imaginad su enfadado la primavera siguiente cuando tuvo que hacer reposo durante meses porque, según insistía él, tozudo, se le había congelado un pie. El 9 de junio de 1865, durante el viaje de vuelta en tren con Nelly desde París, casi muere en el accidente de Staplehurst. Contó a sus amigos lo horrible que había sido debatirse «entre la vida y la muerte durante horas» (Nonesuch, vol. III). Para tener terminada esta novela a principios de septiembre, tuvo que sobreponerse y conjurar todas sus fuerzas.

Vivía, según sus propias palabras, «sin descanso». En una carta a Forster de junio de 1862 se remontó hasta la infelicidad de su infancia: «La miseria que nunca olvidaré del pasado hizo brotar una sensibilidad retraída en un niño mal nutrido y mal vestido que me ha sobrevenido en la miseria para no olvidar estos últimos tiempos» (Nonesuch). Algunos lectores se han esmerado en buscar trazos de Ellen Ternan en las mujeres de esta última obra, pero hacerlo entre las protagonistas femeninas, Bella Wilfer y Lizzie Hexam, resulta un esfuerzo vano. Es más plausible pensar que la miseria de Dickens se refleja en los protagonistas masculinos, el retraído John Harmon, el disperso Eugene Wrayburn, el endemoniado Bradley Headstone y las distintas emociones que se despiertan entre ellos: compasión, insatisfacción, perplejidad e incluso odio. En el verano de 1863 Dickens confesó que había probado en privado el asesinato en Oliver Twist, pero «había algo tan horrible en ello, que no me atrevo a intentarlo en público» (Nonesuch). Iba a crear otro tipo de asesino, cuya violencia estuviera enmascarada por un deje de decencia, que produjera tanto terror a los lectores de los años sesenta del siglo XIX como había provocado Sikes veinticinco años antes, a finales de los treinta.

El tono de la novela también debe mucho al debate acalorado que tuvo lugar durante los años siguientes a la publicación de El origen de las especies de Darwin (1859) y del controvertido Essays and Reviews, escrito por un grupo de teólogos liberales. Resulta significativo el renovado interés por el origen y el fin de la humanidad; por las nuevas metáforas basadas en la biología evolutiva, el lodo, el cieno y los pantanos de los cuales la vida humana pudo haber evolucionado; y por los pájaros, reptiles y otras formas de vida animales, extintas o no, con las cuales se probó que los seres humanos guardaban mucho más en común de lo que la tradición alegórica jamás había reconocido. Los villanos de la novela tienen dos padres, Ben Jonson y Darwin, la nueva ciencia y la vieja moralidad. ¿Y qué hay de la vieja religión? Existe una creciente curiosidad por la fuerza de los relatos bíblicos y la credibilidad de sus enseñanzas. En realidad, una de las cuestiones más complejas de la novela se articula alrededor de la importancia que tienen las alusiones y las referencias religiosas. ¿Están todos vivos, o muertos? O, como la mayoría de elementos de este mundo de ficción, ¿en la frontera entre unos y otros?

Dickens terminó de escribir Grandes esperanzas en verano de 1861, pero pasaron dos años antes de que se embarcara en esta nueva novela. Estaba previsto que fuera una obra en veinte entregas, el mismo formato que ya había usado, por última vez, en La pequeña Dorrit (1855-1857), y en tantas otras obras anteriores. Decidió el título en otoño de 1862, y la primavera siguiente intentó empezarla, pero no fue hasta octubre de 1863 que se puso a ello. Su Book of Memoranda[2] contiene un gran número de entradas entre 1862 y 1864 relacionadas con la génesis de la novela y con los nombres de Tippins, Twemlow, Harmon, Lammle y Lightword [sic], Rokesmith, Snigsworth, Podsnap, Boffin, Wilfer, Glibbery, Mulvey, Wegg, Kibble, Akershem y Riderhood. En una de las entradas se describe un cartel clavado en una pared cerca de la ribera, «Encontrado ahogado», que parece datar de 1855, pero que el propio Dickens anota como «Hecho en Nuestro amigo». Hay otras que hablan sobre los Hexam y Rogue Riderhood, los Wilfer, los Lammle y los Veneering. Y la más relevante es una nota en la que el mismo Dickens se refiere a Rokesmith: «SUCESO PRINCIPAL PARA UNA TRAMA. Un hombre —¿joven y excéntrico?— finge su muerte, y está muerto a todos los efectos y propósitos ajenos a él, y [...] durante años mantiene esta particular visión de la vida y del carácter». También encontramos varias anotaciones sobre la «muerte» de Wrayburn, el otro protagonista, que incluyen una primera versión del discurso en su lecho, enfermo, o en lo que ahora ya parece ser su lecho de muerte.

En Grandes esperanzas ya había tanteado la idea de usar su propio pasado. Para la siguiente novela mantuvo una perspectiva más amplia sobre lo que significa reciclar material usado. Esta fue una idea que desarrollaría a distintos niveles y planos, no solo en los basureros y los cadáveres, en los carroñeros y los caníbales que aparecen en primer plano, sino también con las historias y formatos propios de las antiguas escrituras y del libro de oraciones, de la ciencia moderna, los cuentos de hadas, las canciones infantiles, las populares, el teatro, los periódicos y la educación. Precisamente la idea de la repetición, con múltiples variaciones, acabaría por convertirse en la pieza clave de la novela.

Después de terminar las dos primeras entregas, Dickens contó a Wilkie Collins que aquel nuevo relato constituía «una mezcla entre lo grotesco y lo romántico»; requería un sinfín de dolores y «un perfecto descarte de puntos que podrían haberse desarrollado» (Nonesuch). El uso de esta expresión es casual, pero coincide con una de las preocupaciones más profundas de la novela, esto es, averiguar qué significa «descartar». Confesó que se sentía extraño al haber regresado al «gran lienzo y a los pinceles gruesos». Era como actuar en el San Carlo después de hacerlo en Tavistock House, en un enorme anfiteatro después de un pequeño escenario en su Londres natal en la década de 1850. Pero Dickens siempre lo había querido todo. Ahora ya no solo buscaba los grandes gestos, sino también un nuevo estilo —elíptico, «sutil»—[3] para el cual el público tuvo que educar el oído. En la primera entrega, por ejemplo, se menciona de paso un cartel colgado en la pared de la casa de Hexam sobre el ahogamiento de un «viejo borracho, que iba en pantuflas y gorro de dormir». Cuando Lizzie Hexam, bastante más adelante, le pregunta a su hermano: «¿Recuerdas los carteles que había en las paredes de nuestra casa?», alguien que leyera la entrega en octubre de 1864 tendría que volver cinco meses atrás para percatarse de la conexión que establece Lizzie, antes de comprender el dolor que se esconde detrás de su habla entrecortada: «Es una compensación… una restitución… da igual la palabra, ya sabes a qué me refiero. La tumba del padre». Otro ejemplo lo encontramos en el peso con que esa «tumba del padre» también recae sobre John Harmon, junto con el recuerdo de su hermana fallecida, cuyas manitas escribieron un día el nombre de él junto al suyo en la pared de una escalera abandonada. «Debemos cuidar de estos nombres», dice el señor Boffin dos veces en voz baja.

Un novelista que tiene que escribir ni más ni menos treinta y dos páginas impresas cada mes se ve obligado a descartar algunos elementos (Michael Cotsell ha documentado algunos de los pasajes que Dickens desechó).[4] En una ocasión, por ejemplo, decidió posponer un capítulo entero (el actual capítulo X del libro primero), y se vio forzado a encontrar algo nuevo con que llenar aquella entrega (capítulo VII del libro primero). Nada ayuda más a la inspiración que la urgencia. Es a ese hecho, y a la sugerencia de su ilustrador, Marcus Stone, a lo que debemos la existencia del inolvidable señor Venus. Más adelante, Dickens confesó que se había excedido en la extensión de una de las entregas, «¡Algo que no había hecho desde Picwick!». Buscaba sentir la adrenalina de antaño, retándose a sí mismo a llenar las páginas y llegar a la fecha de entrega. Este era el desafío que siempre le había hecho avanzar, el poder y la presión del editor, el bedel, el maestro de ceremonias, que invita a las voces que reclaman entrar, y entonces las hace detenerse justo antes de que se desboquen. Pero aquí se dio cuenta de que se iniciaba en un nuevo estilo, en el cual este poder, en cierto sentido, sería más sutil.

Es necesario revisar lo que observó uno de los mejores críticos de Dickens. Humphry House vuelve a ahondar en el conocido comentario de G. H. Lewes, escrito poco después de la muerte de Dickens, sobre la fuerza alucinatoria de sus personajes y escenas. House escribe:

Esta idea resulta, creo, extremadamente útil para explicar la impresión que recibe uno de los libros con instantes mágicos aislados y de una intensa imaginación, que de repente se detienen; también ayuda a explicar la sensación de aislamiento que se desprende de los personajes: una experiencia alucinatoria sucede a otra, excluyéndose mutuamente. No hay una imaginación capital, que lo abarque todo, estructural, que relacione las distintas experiencias, excepto en muy raros ejemplos, que en general tienen que ver con recuerdos de la infancia.[5]

En las décadas que siguieron a este pasaje de House, los lectores empezaron a tolerar el supuesto fracaso de este «dominio» de la imaginación. Muchos aprendieron no solo a dudar de su existencia sino a desdeñar su atractivo. El planteamiento de House hoy en día parece demasiado extremista, o todo o nada. Excluye la posibilidad de que la imaginación de Dickens pueda encontrarse siempre en conflicto con la materia que quiere dominar, y que esta sensación de rivalidad tumultuosa pueda ser precisamente la causa de que los lectores queden absorbidos. Pero en Nuestro amigo común, Dickens da la razón como en ninguna otra obra al juicio de House. La imaginación descarta una posible confesión de su inevitable fracaso en dominarlo todo.

No es que haya nada propiamente nuevo en la «diversidad» de personajes o de escenas en la novela, el mapa fragmentado de una ciudad. Pero hacia la mitad, al final del libro segundo, encontramos un repaso general de los lugares y personajes destacados. En primer lugar, el más importante, el río: la sobrecubierta mensual diseñada por Marcus Stone, y aprobada por Dickens, lo destaca de todo lo demás. En los barrizales de los márgenes del río, hacia el este, encontramos, entre «la escoria acumulada de la humanidad», a los Hexam, padre, hija e hijo, al malvado Rogue Riderhood con su hija explotada, y las islas de ley y orden gobernadas por el inspector de noche y la señorita Abbey Potterson, la comisaría de policía y los Seis Alegres Mozos de Cuerda. En el West End se observa la mesa «nueva» del comedor, de lo más lustrosa pero «un pelín pegajosa», alrededor de la cual la Sociedad se reúne por turnos para hacer circular los chismorreos. Distinguimos las voces de Twemlow, lady Tippins, Podsnap, una joven ya madura y un caballero (que más adelante conoceremos como Sophronia y Alfred Lammle), y los abogados disidentes, aunque indolentes, Mortimer Lightwood y Eugene Wrayburn; todos bajo el ojo impasible de un criado desdeñoso, el Analista Químico. Esta pequeña jungla acogedora nos conduce hacia otros, desde la «soledad absoluta» de los Podsnap y su desesperada hija Georgiana, hasta los turbios y vigorosos Lammle y su recalcitrante inocentón, Fascinación Fledgeby. Hacia el norte, en Holloway, distinguimos el hogar de los Wilfer y su harapienta elegancia: el angelical padre-hijo y la madre monumental, sus hijas díscolas, Bella y Lavvy (y su patético admirador, George Sampson), y el misterioso huésped, John Rokesmith. Entre los Wilfer y Londres se encuentra La Enramada de los Boffin, antes la Prisión de Harmony, ahora montones de basura: aquí, la vieja familia de criados leales, los Boffin, «en las garras de la prosperidad», elucubran qué harán con su fortuna antes de mudarse a la mansión vacía secundados por Silas Wegg, el hombre de letras con «una pata de palo», que despedaza con descaro las baladas; y por último Gibbon, a quien tienen alojado en La Enramada. Wegg atrae a su amigo y cómplice, el señor Venus, con su tesoro escondido de pieles, huesos y pequeños cuerpos que parecen «por un instante —al abrir la puerta—, «animados pero paralíticos». Hacen pequeñas excursiones: una visita desoladora de los Lammle a las playas de la isla de Wight, donde se ven forzados a llegar a un acuerdo; y una salida a la casita de Brentford, aconsejados por el reverendo y la señora Milvey, donde encuentran a un huérfano para los Boffin, que no tienen hijos, criado por Betty Higden y protegido por el desgarbado Fangoso. Muchos personajes clave quedan reservados para el libro segundo: los más notables son la modista de muñecas, Jenny Wren, el maestro, el profesor Bradley Headstone, el buen judío Riah y su amo no cristiano, Fascinación Fledgeby. Cada uno de ellos aporta una nueva localización que contribuye a la cambiante topografía de la novela. Se agudiza la necesidad de asilo y de fuga. Tanto el jardín de la azotea de Riah como el Hospital Infantil se asocian con la asistencia a niños necesitados. Bella Wilfer y su padre huyen a Greenwich, y Betty Higden abandona la novela, o lo intenta, alejándose «de la parálisis y la indigencia». Hacia el final del libro segundo se acaban las audiciones y se cierra el elenco. Aparecen los típicos personajes secundarios, como el señor Muñecas y la señorita Peecher, y todavía está por llegar la extraña y breve irrupción de un viejo pensionista de Greenwich con dos patas de palo, o la pesada «aguafiestas» que atormenta a los Milvey, la señora Sprodgkin. Al inaugurarse la segunda parte de la novela, solo queda por desvelar una localización significativa, río arriba, hacia las fuentes, la Esclusa de la Presa del Molino de Plashwater.

¿Cómo podría la imaginación conectar entre sí este dispar abanico de personas y lugares? La atención del lector está ciertamente concentrada en el río y en los basureros. Son, en efecto, los lugares más característicos del paisaje de la novela, a los que se les ha otorgado más significado, real y potencial, material y económico, psicológico y religioso. Todos los protagonistas o bien se ven conducidos allí o bien no pueden rehuirlos. Son, por asociación con los dos padres fallecidos, Harmon y Hexam, los lugares del poder y la culpa originales. Fuertes presencias, sin duda, pero teniendo en cuenta que las del río son insoslayables, resulta significativo que los montones de basura acaben por desaparecer. La suciedad que han dejado como legado acaba por ser limpiada, como si, así se lo explican los Boffin, el dinero de Harmon hubiera «vuelto a cobrar lustre, tras mucho tiempo oxidándose en la oscuridad». La acción más esencial de la novela tiene que ver con dar lustre a la oscuridad, limpiar la suciedad, convertir los desperdicios en riqueza.

La cambiante topografía de la acción está determinada por los personajes de las dos deseables hijas, Lizzie Hexam y Bella Wilfer, la heredera del río y la heredera de los montones de basura, respectivamente. Ambas han sido heridas y perjudicadas por el dinero sucio desenterrado por sus padres (siendo Bella, en efecto, adoptada por el viejo Harmon). Ambas podrían haber sucumbido al mal, siguiendo la estela familiar. Lizzie está amenazada por el deshonor de los hombres de su pasado, y de su futuro, por el estigma de su clase de origen y su promesa sexual. De una clase más acomodada, Bella está dispuesta a dejarse corromper por los aires de grandeza de la sociedad adinerada y veleidosa. Las dos mujeres se encuentran en apuros. Lizzie intenta redimirse de sus orígenes, pero también mantenerse incólume a los impíos deseos de los hombres a los que atrae, Eugene Wrayburn y Bradley Headstone. Con Eugene en particular, se espera que ella represente su antiguo papel. El nombre de Eugene significa «bien nacido», pero eso no garantiza que sea un caballero de verdad. Sus formas son lánguidas, y divaga. En Dickens, esas son malas señales, y sus predecesores no tranquilizan a ese respecto (Steerforth de David Copperfield, Harthouse de Tiempos difíciles, Gowan de La pequeña Dorrit). Lizzie está a punto de verse implicada en una historia hecha a su medida (la de la pequeña Emily, o hasta la de Martha), y no hay necesidad de que haya leído David Copperfield para que se percate de ello. Bella también está al borde del declive, de la decadencia familiar, pues está casi metida en el papel de esclava que le otorgó el viejo Harmon la primera vez que, siendo aún una niña, captó su atención, pisándole el pie y gritando.

Son experiencias pasadas que las buenas mujeres harían bien en evitar. Pero ¿qué alternativa hay? Dickens no puede encontrar una nueva historia para ellas, no tiene más material. Pero sí puede reproducir viejas historias, incitando a los lectores a ver en ellas la ficción que son. Con este fin usa abiertamente las tramas de dos obras del dramaturgo James Sheridan Knowles. En la primera mitad de la novela, en el momento central de las relaciones entre Lizzie y su padre, se sirve de The Daughter (1837); y en la segunda, para las relaciones entre Bella y Boffin, reproduce la trama de The Hunchback (1832).[6]

En 1825, Hazlitt alabó a Knowles como el trágico más importante de su tiempo por la fuerza de Virginius and William Tell. Esta obra supuso un gran éxito en parte gracias a Macready, y su popularidad se mantuvo hasta los años sesenta del siglo XIX. Pero la obra más importante de Knowles fue The Hunchback, un drama protagonizado por él mismo y Charles y Fanny Kemble. Escribió muchas más obras de éxito (aunque The Daughter no se cuenta entre ellas) y, junto con Bulwer-Lytton, fue el dramaturgo cuyas obras más se representaron con él en vida hasta su muerte en noviembre de 1862, precisamente cuando Dickens intentaba encarrilar esta novela. Durante los dieciocho años que pasó en Sadler’s Wells, de 1844 a 1862, Samuel Phelps llevó a escena seis obras de Knowles, siendo The Hunchback la más frecuente. El mismo Dickens poseía un ejemplar de 1832, pero aunque no fuera así, la conocería de todos modos, pues, como dijo él mismo en una carta de 1854, fue «la obra moderna más conocida por el público» (Letters, vol. VI): una vieja historia.

Tanto The Hunchback como The Daughter tratan sobre la relación entre padres e hijas. En la primera, la hija es corrompida por la vida londinense, y el padre acude a recuperarla disfrazado (el jorobado, «hunchback», Master Walter). Imita su concupiscencia y esnobismo para provocar que ella se rebele contra ellos y contra el personaje en que se ha convertido. Cuando lo consigue, se libera del disfraz de jorobado y se descubre que es su padre (y el conde de Rochdale, dicho sea de paso). Eso encantaba al público victoriano, que se mostraba mucho menos entusiasmado por The Daughter, una obra tempestuosa, como corresponde a una representación que tiene lugar en la costa de Cornualles, entre las rocas que despedazan a los cuerpos que arrastra el mar. Aquí la hija es buena y el padre oscuro, pero no lo suficiente como para haber cometido el asesinato del que el villano intenta acusarlo para conseguir a su hija. La intachable joven testifica en contra de su padre en el juicio y se pone, sin saberlo, a merced del antagonista, pero se libra de casarse con él a la undécima hora por un ardid demasiado banal como para que valga la pena explicarlo.

Lo que Dickens toma prestado de estas obras resulta muy evidente, no solo entre Lizzie y el Jefe o Bella y Boffin. En The Hunchback, el buen hombre, a quien la hija ama de verdad, se ve obligado a trabajar como secretario cuando pierde su fortuna. Knowles escribió otra obra, titulada The Secretary, dedicada a Forster, amigo de Dickens. No resultó un éxito, a pesar de que la protagonizaran Macready, Phelps y Helen Faucit, pero ayuda a confirmar la intención de Dickens al evocar tan abiertamente no solo las tramas, sino las ideas esenciales de las obras de Knowles. Como en las otras dos piezas, el conflicto de The Secretary empieza con el padre. En este caso, en lugar de estar vivo y acusado de asesinato, o de ir disfrazado de jorobado, resulta estar muerto y políticamente caído en desgracia. Pero en todas las tramas, se encuentra la armonía familiar cuando se descubre el nombre del padre y la hija se libra de casarse (y, por supuesto, siempre se exhibe y expulsa al villano). Resulta relevante que la versión más popular de este romance familiar esté protagonizada por la figura paterna más intachable y menos aterradora, el jorobado, Master Walter. También es, de hecho, el que toma el control total de la situación.

Dickens se sirve de estas tramas de Knowles precisamente porque eran muy conocidas, y muy teatrales. Ninguna de ellas se ajusta del todo a la historia de Lizzie o de Bella, pero ese es su secreto. Al final del libro segundo, Lizzie intenta escapar de todas las vicisitudes que la acechan, como su tocaya Betty Higden, y casi huir de la propia novela. Knowles ayuda a Dickens a estructurar algunas líneas narrativas, pero también a subrayar su teatralidad. Todas las viejas historias sobre avaros recicladas de Merryweather, Kirby y Caulfield, se añaden para amplificar este efecto. Es como si Dickens mostrara los cuentos populares para que el lector los reconociera y analizara. No se trata de que estos relatos populares sobre avaros necesitaran mucha reflexión o suscitaran mucho interés; solo los villanos más simples como Silas Wegg se excitan con el dinero sucio, hasta el punto de caer en un «desmayo pecuniario». No, la historia que fascina es la que enlaza la idea del dinero (o su carencia) con el cuerpo atractivo de una mujer joven: la que trata sobre la princesa.

¿Cómo se puede formar una buena familia? Expías la culpa heredada de los perversos padres Harmon y Hexam; matas a los malos padres que aún viven, Rogue Riderhood y el señor Muñecas (puedes evitar a Podsnap, y da gracias a Dios de que no eres su hija); te aferras a los padres benévolos, Boffin y Riah, a pesar de su apariencia desagradable, con la esperanza de que serán bondadosos. Por lo que atañe a las madres, lloras por Betty Higden, te ríes de la señora Wilfer y confías en la señora Boffin. Pero el personaje clave de este laberinto es el de la princesa. Tanto Lizzie como Bella están protegidas, una por su hija-madre Jenny Wren, la segunda por su hijo-padre Rumty Wilfer. Las agujas de Jenny Wren son vestigios del bosque de espinas que protege a la Bella Durmiente del cuento de hadas (y el chasquido que emite su boca nos recuerda que su nombre de nacimiento es Fanny Cleaver [cuchillo]). Sus armas generan momentos cómicos, como el imperdible en la cintura de Lavinia Wilfer con el que se pincha George Sampson, y más dramáticos, como cuando la señorita Peecher clava una aguja en el vestido justo en el lugar donde estaría su corazón si lo llevara puesto. Bella es mucho más accesible, pero John Rokesmith/Harmon casi no posee una presencia sexual como para asustarla. La única forma con que los hombres pueden expresar su fuerza, sexual o física, parece sucia, subrepticia o peligrosamente reprimida. Uno piensa en Eugene Wrayburn y el Jefe Hexam jugando con los cuchillos en la mesa, en el bastón que lleva en brazos Boffin como si fuera un bebé, el otro bastón que Lammle finalmente empuña, los nudillos con que Bradley Headstone golpea contra la pared del patio trasero. Solo entre Lizzie y Jenny, y Bella y Rumty, los guardianes y las custodiadas, hay algo parecido a la ternura erótica o a la sensualidad. En ambos casos uno nota tal atracción cuando juegan con el pelo, la fórmula tan usual en la literatura victoriana para la legitimación de la fantasía sexual. Con todo, la sexualidad en esta novela parece nerviosamente suspendida entre la copa y el labio, por usar el título del libro primero.

Uno de los rasgos más característicos del mundo de esta novela reside en que los de la misma calaña se atraen sin reservas unos a otros, más como compañeros de negocios que como parejas sexuales. Normalmente establecen relaciones entre ellos basándose en los más bajos intereses «comunes», desde la primera escena en adelante, en la que los amigos, el Jefe Hexam y Rogue Riderhood, se pelean. Wegg y Venus, Headstone y Charley, Headstone y Riderhood, Fledgeby y Riah, los Lammle entre ellos y con Fledgeby y Georgiana: todas ellas son alianzas interesadas y traicioneras en muchos sentidos. Solo la virtud residual de la señora Lammle hace que se aleje del complot cuando descubre un vestigio de ella misma en la víctima pretendida; más resuelto, el señor Venus se muestra inmune a las artimañas de su socio-conspirador y lo delata a Boffin.

Todas estas asociaciones malvadas se acaban rompiendo. La más desoladora es el infierno decadente de los Lammle, a quienes vemos bajar por una larga calle cogidos del brazo, una parodia triste del final de La pequeña Dorrit. En cambio, las asociaciones de confianza, las que acaban por conformar una buena familia, son más fructíferas. A este respecto, resultan muy influyentes y significativos los personajes con un papel crucial en las tramas románticas. En la parte de la historia que trata sobre Lizzie, las figuras clave son Jenny Wren y Riah, la niña y el padre viejo que ha perdido a todos sus hijos. Los trazos de fantasía mágica se les adhieren, los conectan con un recuerdo antiguo, de cuento de hadas, con Cenicienta y el «fantasma de un tiempo pasado». La penitencia de Lizzie por la culpabilidad de su padre la lleva a Jenny, que a su vez la conduce a Riah, que le encuentra un tercer asilo, más seguro, río arriba, hacia el oeste, donde el molino de papel donde trabaja lavará la suciedad del antiguo molino, donde empezó. En la historia sobre Bella, el lugar de Jenny y Riah lo ocupan el pequeño Johnny y Betty Higden, el niño y la vieja y afligida madre. Su asociación no es tanto con los cuentos de hadas como con la Biblia y la fe cristiana, con el arca de Noé y la cruz.

La muerte del pequeño Johnny y después la de Betty Higden marcan los puntos de inflexión, y ayudan a que los protagonistas se acerquen los unos a los otros, en especial Bella y Lizzie, las dos bellas mujeres a quien Betty Higden, en su agonía, confunde entre ellas. El pequeño Johnny fallece en los brazos de su tocayo John Harmon, que será su sustituto explícito; también muere Betty Higden en los brazos de su tocaya Lizzie (ambos nombres son diminutivos de Elizabeth). Cuando uno se percata de que el plan de trabajo de Dickens para la primera entrega de la novela muestra que dudaba entre los nombres de «Jenny» y «Lizzie» para la hija del Jefe Hexam, uno empieza a percibir que existe alguna conexión secreta entre estas cuatro mujeres, cuyos nombres guardan relación: Lizzie, Jenny, Betty, Bella. Es la muerte y la enfermedad lo que las une. De todos los rituales que se celebran en la novela, sean sagrados o seculares —cumpleaños, bodas, bautizos, catequismos, cenas, investigaciones—, son los funerarios los que unen a los potenciales miembros de una buena familia: primero la muerte del pequeño Johnny, después la de Betty Higden y finalmente la de Eugene Wrayburn. Así es como se expían los crímenes y culpas de los padres fallecidos. Y es que, después de todo, una buena familia no tiene por qué ser una familia feliz. O así lo sugiere la sombría unión entre Lizzie y Eugene. Su unión crepuscular en el límite occidental de la novela equilibra la alegre unión entre John y Bella en los márgenes orientales, con su «hermosa» canción sobre el amor que hace girar el mundo. Pero quizá es la muerte la responsable de ello. Y que nuestro amigo común sea la muerte.

Las antiguas canciones son la contribución de Silas Wegg a la novela, pero no se pueden calificar precisamente de hermosas. Probablemente algún día lo fueron, esas baladas populares de amor romántico y de valientes héroes, pero no después de que Wegg farfulle sus palabras y les deshaga el ritmo. Su indiferencia resulta tan despiadada como con la que una vez Dick Swiveller fue amado, y su cordialidad tan falsa como verdadera fue en su día la de Dick. Las baladas de Wegg sirven para recuperar con ironía algunas características agradables de La tienda de antigüedades, y, aun así, puede despertarnos cierto afecto. Después de todo, dependemos de él, como también dependemos de la señora Wilfer, para que nos proporcionen los momentos de descanso que tanto se agradecen. Y sus interminables baladas tienen aún otro propósito, complementar el ethos del drama de Knowles: animar al público a creer en todas estas antiguas y hermosas historias sobre el amor, la fidelidad, el honor y la virtud que acaban por prevalecer por encima de todo.

Estas baladas pueden ser un descanso, pero no un consuelo. Los cuentos de hadas consuelan, pero no dan descanso. Jenny Wren se agarra a ellos con cierta necesidad, este «niño… o un enano… o una niña… un algo» que encarna el deseo de cambio mágico de la misma novela. Además, el papel que juegan las alusiones a los cuentos de hadas no es, en general, alentador. La Cenicienta, Jack y las judías mágicas, la Bella Durmiente, la Bella y la Bestia, Barbazul, Caperucita Roja: parece que los oscuros peligros que relatan tienen más posibilidades de hacerse realidad que sus promesas de felicidad. La relación entre Lizzie Hexam y Caperucita Roja parece de mal agüero. En un momento de tensión, el río se convierte en el lobo, un padre/madre que se come a los suyos. En otro lugar, entre escondrijos y recovecos, la esperanza que ofrecen los cuentos de hadas se traduce en un ataque de desesperación, como la creencia vana de la señorita Peecher de que su regadera convertirá sus plantas en judías. O en una alegría momentánea, como la que siente Bella cuando el señor Wilfer se ausenta del banquete de los tres duendes, y el descenso de la mirada de su madre hacia los dos pomos de bronce de la caja fuerte que descansa en un rincón «como los ojos de un adormilado dragón». Jenny Wren pide a Riah que dé golpecitos en la acera con el bastón para que aparezca una carroza y seis caballos, pero, en el fondo, lo que desea es que su mal hijo-padre reciba un golpe y cambie de pies a cabeza. Parece que Fangoso es el único capaz de mantener unos limitados poderes mágicos. De repente, se le compara con Argos, el gigante de cien ojos. Luego, hacia el final, Jenny Wren le da la bienvenida, con calma, como si fuera el gigante del país de las judías mágicas que quiere comerse a Jack para cenar. Pero los poderes mágicos de Fangoso son prácticamente los únicos autorizados por la novela, por lo que termina con un buen trabajo como vigilante de la puerta de la mansión de cuento de hadas de Boffin/Harmon.

Jenny Wren no solo fantasea con la Cenicienta, sino también con ángeles. Durante los últimos años han aparecido trabajos confrontados de críticos como Welsh, Walder, Sanders, Larson y Wheeler sobre el uso que hace Dickens de las alusiones religiosas. No es extraño. Para algunos lectores modernos, las alusiones a la Biblia y al Libro de Oración Común todavía guardan significado y valor, para otros están vacías, otros siquiera las reconocen (mientras que para muchos, suponen algo entre las tres opciones). No tiene mucho sentido preguntarse en qué categoría se incluía Dickens, dadas las diversas formas en que un texto tan complejo como este puede hablar más allá del control del autor. Y resultaría vano especular sobre la reacción de los primeros lectores (¿qué lectores?), dada la amalgama de creencias que confluían en los años sesenta del siglo XIX. Que Jenny Wren vea ángeles es alarmante y problemático. Cuando Lizzie Hexam levanta la cabeza gris ajada por el tiempo de Betty Higden «hasta el Cielo», uno puede dudar de si considerarlo un gesto vacío (de Lizzie, del autor). Las reiteradas imágenes de bautizo, nacimiento y resurrección pueden leerse como creencias religiosas o como realidades psicológicas. Son viejas historias, como otras de las que el texto sigue el patrón, y el lector debe decidir si son o no hermosas. Por su parte, la novela las eleva, las mantiene en alto, y las desecha.

Resulta evidente que la novela conoce sus propios dilemas y los traspasa al lector. ¿Qué significa leer, o saber leer? Boffin hace que Gibbon lea para él a través de Wegg, y Fangoso lee el periódico a Betty. A primera vista, se da mucho protagonismo a la cuestión de la alfabetización. Hay un pasaje febril sobre la experiencia de Charley Hexam en una de las escuelas para niños pobres en las que Dickens se volcó y por las que mostró un gran interés crítico. Por otro lado, Eugene Wrayburn paga un tutor particular para la hermana de Charlie, Lizzie y Jenny Wren. Esto quiere decir que cuando Betty Hidgen muere en sus brazos, Lizzie puede leer la carta que conecta a la vieja con los Boffin (y Riderhood no), y escribir la misiva que le lleva a encontrarse cara a cara con Bella y el secretario. Parece positivo. Pero la novela no se interesa tanto en distinguir aquellos que saben leer de los que no, por muy importante que resulte, por otro lado, en la separación de la familia Hexam. Lo que se pretende diferenciar son las dos clases de lectura, una pasiva y mecánica, y la otra activa y teatral. La mera memorización no solo carece de valor, sino que vacía y extirpa la vida del lenguaje. Es lo que Wegg le hace a Gibbon, lo que ha aprendido Headstone por sí mismo y enseña a sus alumnos, lo que Podsnap espera de las artes: repetición mecánica. La diferencia entre los dos tipos de lectura se manifiesta con el cambio que sufre la relación de Boffin con la literatura. En la primera parte, está absolutamente a merced de Gibbon y Wegg, espantado y a la expectativa de lo que tiene que creer. En la segunda, toma el control y se sirve de los cuentos sobre avaros para sus propósitos, dirigiendo su interpretación, desempeñando un papel. Esta aproximación, que es, o debería ser, una interpretación activa, se explica en el excurso de Eugene, después de escuchar la «lectura» de Mortimer sobre sus flaquezas.

(Por cierto, esa misma palabra, Lectura, en el uso que hace la crítica, también me encanta. La lectura del personaje de una doncella que hace una actriz, la lectura de una danza que hace un bailarín, la lectura que de una canción hace un cantante, la lectura que hace del mar un pintor de marinas, la lectura de un pasaje instrumental que hace un timbal, son frases siempre deliciosas y novedosas.)

Aunque sutil, acarrea una recomendación vital al lector: el análisis, la interpretación y representación son intrínsecos al verdadero sentido de leer, cuyas frases son «siempre deliciosas y novedosas». Y tan alegre y plural como la lista de ejemplos que da Eugene.

El gran elenco de personajes representa, en la novela, las reacciones propias del lector y del escritor. Twemlow, por ejemplo, pasa la mayor parte de la novela en un estado de desconcierto. «Yo… yo… no sé qué hacer», se lamenta en una ocasión. El segundo libro se cierra con él sentado con la mano en la frente y «la cabeza, en un torbellino», el paradigma del lector bienintencionado que no puede seguir leyendo. Una de las pequeñas sorpresas agradables de la novela sucede cuando, casi al final, desafía la lectura que hace la Sociedad sobre el matrimonio de Eugene con una barquera, y concretamente la lectura de Podsnap sobre lo que significa ser un caballero. (El último subtítulo que escribió Dickens fue: «¿Qué dice el señor Twemlow?»).[7] Este entabla una alianza prometedora con Mortimer Lightwood, que finalmente ha encontrado su propia forma de leer los cuentos que explica. Débiles y temblorosos como ambos han sido, acaban la novela con un pequeño gesto triunfal.

Con respecto a quien sabe escribir, encontramos ejemplos desperdigados por todo el texto: un Analista Químico, un inspector de noche, un tabernero, un médico (o dos), una modista de muñecas, un articulador de huesos, una secadora, un secretario. Cada uno a su manera, intervienen en el mundo que les rodea. Intentan darle sentido, elaborar juguetes o esqueletos a partir de él, revivir o aliviar su dolor, darle la dosis justa de alcohol, limpiarlo, ordenar sus documentos. Si se les entregara el poder, conformarían un cuerpo de gobierno muy razonable. Y aún sería un error reclamarles demasiado. Sus papeles se encuentran estrictamente limitados, y a pesar de las buenas intenciones, su impacto en el mundo exterior es insignificante. El señor Venus no acaba nunca su caballero francés, y su único cliente, a parte de Wegg, es un bribonzuelo que lo defrauda con un canario disecado. Sus virtudes permiten, a estos personajes disciplinados, sobrevivir con honor, y poco más.

Los beneficios que, en la novela, aporta escribir también parecen limitados. Encontramos las cartas que escriben Rokesmith y Lizzie Hexam en nombre de Betty Higden; los libros bien guardados del inspector de noche; el orden que Rokesmith pone en los papeles de Boffin; el buen secretario, que es capaz de guardar un secreto. Eugene también encuentra un «secreter» donde almacenar las facturas, aunque no tiene ninguna intención de pagarlas. La pobre insomne, la señorita Peecher, solo tiene una «sencilla caja de costura que contenía los pensamientos […] apenas podía concebir lo que le pasaba, ya que no había en ella recovecos turbios ni sombríos». ¿Puede Dickens imaginar que su novela es igual que el escritorio donde la escribe? Uno de los momentos más felices tiene lugar en los Seis Alegres Mozos de Cuerda, cuando Riah y Jenny Wren llevan a la señorita Abbey el documento que prueba que el Jefe Hexam es inocente del crimen con que empieza la novela. Riah está de pie en el «pequeño mostrador del rincón, donde la señorita Abbey archivaba sus recetas y guardaba sus frascos de muestras» y escribe una copia con su «metódica caligrafía», mientras la modista de muñecas está sentada en medio de su enramada de oro. Es un momento idílico, de ensueño, fuera del tiempo. Y entonces se encuentra otro cuerpo del río, como si la novela volviera a empezar. Más basura, otro asunto sucio. Es sintomático que este acto de escribir coincida con el acto de clarificar y limpiar un nombre.

Eso nos devuelve a la inánime carcasa con la que empezamos, el flirteo de Rogue Riderhood con la muerte. No es el primero ni el último que cae al río. Pocas cosas suceden solo una vez en esta novela. El mismo Rogue se volverá a caer. ¿Es que hay algún principio, intención o plan que decide qué cuerpos se salvan, qué vidas se cambian y cuáles no? ¿Puede uno creer en un cuerpo político, al cual contribuyen estas vidas y estas muertes? Y si es así, ¿está mortificado por el recuerdo de tantos miembros, órganos y facultades? ¿O hay que echar a un basurero, o al mar, la idea misma de tal cuerpo colectivo como si fuera una antigua ficción perniciosa?

La última novela de Dickens plantea algunas preguntas sobre la vida y el alma de la sociedad que representa, y ofrece varias respuestas que no siempre coinciden entre ellas. Algunas de las verdades, encarnadas en los personajes secundarios, conllevan más fuerza que la ficción que sostienen los supuestos protagonistas y su trama, especialmente los Boffin, John Harmon y Bella. La novela regresa una y otra vez a las escenas de poder simbólico sobre las cuales tantos críticos han escrito: el río y los basureros. Engloban ideas sobre el desperdicio, la suciedad y la descomposición, pero también sobre la limpieza, el bautismo y la resurrección. En algún lugar, quizá, un tesoro esquivo. Aun así, es la novela de Dickens más consciente de sus propios procesos. Presenta visiones de terror, de deseo, de buenos y malos sueños, y en especial de estos últimos, pesadillas de parálisis, atrofia, regresión. Y al mismo tiempo, oculta un nuevo espíritu retorcido que pone en duda la credibilidad de las metáforas y las formas narrativas que se supone que la organizan.

Al final, parece que la espera es tan importante como los resultados, proposición extraña si la vida de un hombre pende de un hilo, y más aún su salvación eterna, o la redención de su sociedad entera. Nuestro amigo común no ha renunciado al interés por las grandes cuestiones planteadas a gran escala en las novelas anteriores. Hay momentos en que la voz vieja y atronadora de Carlyle todavía se oye, desafiando al mundo a salvarse o a condenarse, ahora mismo. Y, en realidad, hay un personaje que sufre aún otro apocalipsis Carlyleano, el fin de un mundo. El yo antiguo de Eugene Wrayburn ha de morir para convertirse en un verdadero «buen nacido».

La crisis de Eugene contiene su propia solución, pero se mantiene ensombrecida por su doble oscuro, Bradley Headstone. Como todas las novelas de Dickens, esta se esfuerza por reunir a los virtuosos para que encuentren un pequeño paraíso, o al menos un arca con que poder salvarse; y, por supuesto, por castigar y expulsar a los villanos, los Lammle, Fledgeby, Wegg y Headstone. Pero Headstone posee un poder devastador, como bien han notado muchos lectores. El novelista se regodea en su poder casi divino de emitir juicios, salvar y destruir, con el cual los lectores pueden sentirse identificados con júbilo o culpa. Pero también se deja seducir por sus criaturas, y traiciona a los lectores al obligarlos a compartir el infierno del hombre condenado. Puede hacerles sentir que el hielo y la nieve, la mugre y el lodo, entre los cuales Headstone al fin encuentra la muerte, no son solo propios de él, sino componentes infernales ineludibles del clima y de la materia.

Nuestro amigo común demuestra, en los últimos juicios, menos seguridad que las obras anteriores. Se encuentra un sentido más veraz en la atención más profunda que provocan los momentos de suspense. Como si el autor y sus lectores se complementaran como un médico y sus pacientes, por encima de la totalidad del mundo, cuya alma parece dudar, vacilar, entre la renovación y la extinción. El médico que intenta resucitar el cadáver frío es solo uno de los disfraces del autor. Hay otro que, con delicadeza, alivia el fallecimiento de un niño agónico. Y todavía queda mucho trabajo por hacer con los cadáveres, por parte de los forenses y los patólogos, los sacerdotes y los articuladores de huesos.

Sabemos que T. S. Eliot se quedó prendado de la frase maravillosa de la señora Higden sobre Fangoso, y que la contempló como posible epígrafe para La tierra baldía: «Lee los diálogos de la policía poniendo voces diferentes». Si uno tuviera que encontrar un epígrafe para esta novela, de entre todas sus voces escogería la frase que profiere Bob Gliddery, el hombre de brazos fuertes que vigila la puerta de la taberna de la ribera, del mismo modo que Fangoso vigila la de la mansión de los Boffin: «Por eso hay tanta gente en el río».

O simplemente: «Todos temblaban, y a su alrededor todo parecía temblar».

ADRIAN POOLE

1997

cap-2

CRONOLOGIA

1812El 7 de febrero nace Charles John Huffam Dickens en Portsmouth, donde su padre trabaja como empleado de la oficina de pagos de la Armada Real. Es el primogénito de una familia de ocho hermanos, dos de los cuales murieron a temprana edad.

1817Después de ser destinado a Londres y Sheerness, y de cambiar con frecuencia de domicilio, John Dickens se establece en Chatham con su familia.

1821Asiste a la escuela local.

1822La familia regresa a Londres.

1824Su padre ingresa tres meses en la cárcel de deudores de Marshalsea. Durante ese período y algún tiempo después, Dickens trabaja en una fábrica de betunes, etiquetando botellas.

1825-7Reanuda los estudios en la Wellington House Academy, en Hampstead Road, Londres.

1827Trabaja como ayudante de un abogado.

1830-3Se enamora de Maria Beadnell.

1830Es admitido como lector en el Museo Británico.

1832Trabaja como periodista político después de estudiar taquigrafía. Se pierde una prueba de interpretación en Covent Garden a causa de una enfermedad.

1833Publica su primer cuento, «A Dinner at Poplar Walk», en el Monthly Magazine.

1834-5Aparecen otros cuentos y artículos en el Monthly Magazine y en otras publicaciones periódicas.

1834Empieza a trabajar como periodista en el Morning Chronicle.

1835Se compromete con Catherine Hogarth, hija del editor del Evening Chronicle.

1836Se publican la primera y la segunda entrega de Escenas de la vida de Londres por «Boy». Se casa con Catherine Hogarth. Conoce a John Forster, su consejero literario y futuro biógrafo. Se representan profesionalmente en Londres The Strange Gentleman, una farsa, y The Village Coquettes, una opereta pastoril.

1837-9Dirige la publicación Bentley’s Miscellany.

1837Los papeles póstumos del Club Pickwick se publica en un único volumen (en entregas mensuales durante 1836 y 1837). Nace el primero de sus diez hijos. Muere Mary Hogarth, su cuñada.

1838Bentley’s Miscellany publica Oliver Twist en tres volúmenes (en entregas mensuales entre 1837 y 1839). Visita escuelas en Yorkshire como modelos de Dotheboys, la escuela a la que asistirá Nicholas Nickleby.

1839Se publica Nicholas Nickleby en un volumen (en entregas mensuales entre 1838 y 1839). Se muda al número 1 de Devonshire Terrace, en el Regents Park de Londres.

1841Declina la invitación de presentarse como candidato al Parlamento. Se publican, en volúmenes separados, La tienda de antigüedades y Barnaby Rudge después de aparecer por entregas semanales en Master Humphrey’s Clock entre 1840 y 1841. Se celebra, en su honor, una cena pública en Edimburgo.

1842Desde enero hasta junio realiza su primer viaje a Norteamérica, que narra en los dos volúmenes de Notas de América. Georgina Hogarth, su cuñada, se muda con la familia de forma permanente.

1843Imparte una conferencia sobre la prensa en la Sociedad de Impresores Retirados, seguida de otras a lo largo de su carrera en defensa de múltiples causas. En diciembre se publica «Canción de Navidad».

1844Se publica Las aventuras de Martin Chuzzlewit en un volumen (en entregas mensuales durante 1843 y 1844). Viaja con su familia a Italia, Suiza y Francia. Dickens vuelve a Londres por poco tiempo para leer «Las campanas» a un amigo antes de que se publique en diciembre.

1845Regresa de Italia con su familia. En Navidad se publica «El Grillo del Hogar». Escribe un «Fragmento autobiográfico» (?1845-1846), que no sale a la luz hasta la publicación de The Life of Charles Dickens de Forster (tres volúmenes, 1872-1874), donde se incluye.

1846Es nombrado editor jefe del Daily News, pero renuncia al cargo después de diecisiete números. Se publica Estampas de Italia. Viaja con su familia a Suiza y París. En Navidad se publica «La batalla de la vida».

1847Vuelve a Londres. Participa en la fundación y en la puesta en marcha de un hogar para mujeres sin techo de la señora Burdett Coutts.

1848Se publica en un solo volumen Dombey e hijo (en entregas mensuales entre 1846 y 1848). Organiza y actúa en representaciones teatrales benéficas de Las alegres casadas de Windsor de William Shakespeare y Every Man in His Humour de Ben Jonson, en Londres y otras ciudades. En Navidad se publica «El hechizado».

1850Household Words, un periódico semanal «Dirigido por Charles Dickens», nace en marzo y sigue en funcionamiento hasta 1859. Pronuncia un discurso en la primera reunión de la Asociación Sanitaria Metropolitana. Se publica David Copperfield en un volumen (en entregas mensuales entre 1849 y 1850).

1851Mueren su padre y su hija recién nacida. Más actividades teatrales en ayuda del Gremio de Arte y Literatura, entre ellas, una representación ante la reina Victoria. A Child’s History of England se publica por entregas en Household Words en tres volúmenes (1852, 1853, 1854). La familia se muda a la Tavistock House, en Tavistock Square, Londres.

1853Se publica en un volumen La Casa lúgubre (en entregas mensuales entre 1852 y 1853). Dickens organiza por primera vez lecturas públicas (de «Canción de Navidad») para la beneficencia.

1854Visita Preston, Lancashire, para observar la agitación de los obreros. Tiempos difíciles aparece por entregas semanales en Household Words y se publica en formato de libro.

1855Conferencia a favor de la Asociación para la Reforma Administrativa. Encuentro decepcionante con la ahora casada Maria Beadnell.

1856Compra la casa de campo Gad’s Hill Place, cerca de Rochester.

1857Se publica en un volumen La pequeña Dorrit (en entregas mensuales entre 1855 y 1857). Actúa en el melodrama Profundidades heladas de Wilkie Collins y se enamora de la joven actriz Ellen Ternan. Aparece The Lazy Tour of Two Idle Apprentices en Household Words, relato escrito con Wilkie Collins sobre unas vacaciones en Cumberland.

1858Publica Reprinted Pieces (artículos de Household Words). Se separa de su mujer, y aparece una declaración en esa publicación. Organiza la primera lectura pública para su propio beneficio en Londres, y hace una gira por la provincia. Su cuñada Georgina asume la administración de la casa de Dickens.

1859Nace All the Year Round, un periódico semanal de nuevo «Dirigido por Charles Dickens». Historia de dos ciudades, ambas publicadas por entregas mensuales en All the Year Round, aparecen en un volumen.

1860Vende la casa de Londres y se muda con la familia a Gad’s Hill.

1861Grandes esperanzas se publica en tres volúmenes después de aparecer semanalmente en All the Year Round (1860-1861). Publica The Uncommercial Traveller (artículos de All the Year Round); aparece una edición ampliada en 1868. Más lecturas públicas entre 1861 y 1863.

1863Mueren su madre y su hijo Walter, en la India. Se reconcilia con Thackeray, con quien se había peleado poco antes de la muerte de su hijo. Publica «La pensión de la señora Lirriper» en el número especial de Navidad de All the Year Round.

1865Se publica en dos volúmenes Nuestro amigo común (en entregas mensuales entre 1864 y 1865). Dickens queda bastante afectado tras sufrir un accidente de tren en Staplehurst, Kent, cuando volvía de Francia con Ellen Ternan y su madre.

1866Empieza otra tanda de lecturas. Compra una casa en Slough para Ellen. Aparece «Mugby Junction» en el número especial de Navidad de All the Year Round.

1867Ellen se muda a Peckham. Viaja por segunda vez a América. Ofrece lecturas en Boston, Nueva York y Washington, entre otras ciudades, a pesar de su cada vez más deteriorada salud. Aparece «La declaración de Georg Silverman» en el Atlantic Monthly, y en 1868 en All the Year Round.

1868Vuelve a Inglaterra. Ahora las lecturas incluyen el sensacional episodio de Sikes y Nancy de Oliver Twist. Su salud empeora.

1870Más lecturas en Londres. El misterio de Edwin Drood se publica en seis entregas, y se intenta completar en doce. Muere el 9 de junio, después de un infarto, en Gad’s Hill, a la edad de cincuenta y ocho años. Lo entierran en la abadía de Westminster.

cap-3

Nuestro amigo común

cap-74

Apéndice

Posfacio a modo de prefacio (1865)

cap-74

Cuando concebí esta historia, preví la posibilidad de que un cierto tipo de lectores y comentaristas supusieran que me estaba tomando muchas molestias en ocultar justo lo que me estaba tomando muchas molestias en sugerir: a saber, que el señor John Harmon no había sido asesinado, y que el señor John Rokesmith era él. Contento con la idea de que la suposición pudiera surgir en parte del ingenio del relato, y creyendo que valía la pena, en interés del arte, insinuarle al público que se puede confiar en que un artista (del tipo que sea) sepa lo que se trae entre manos en su profesión, a poco que se tenga con él un poco de paciencia, no me alarmó esa posibilidad.

La parte más interesante y difícil de mi plan fue conseguir que el público no sospechara (a pesar de que se fuese desarrollando de manera constante) de otro propósito que se origina en el incidente principal, y que al final tiene una explicación agradable y útil. Su dificultad se veía incrementada por la manera en que se publicaba; pues no sería muy razonable esperar que muchos lectores de los que siguen una narración de manera fragmentada de mes en mes a lo largo de diecinueve meses, hasta que queda completa, perciban las relaciones de los hilos más sutiles con el dibujo completo que siempre está ante los ojos del tejedor de historias en su telar. No obstante, mi opinión de que las ventajas de este tipo de publicación superan las desventajas es algo que resulta bastante creíble en alguien que recurrió a él en Los papeles póstumos del Club Pickwick tras mucho tiempo en desuso y ha seguido fiel desde entonces.

En este país a veces se da una extraña tendencia a tachar de improbable en la ficción lo que en la realidad son las experiencias más comunes. Por tanto, dejo constancia aquí, aunque a lo mejor sin necesidad, de que hay cientos de casos testamentarios (como se les llama) mucho más extraordinarios que el imaginado en este libro; y que los almacenes del Tribunal Testamentario están atestados de ejemplos de testadores que han redactado, cambiado, contradicho, ocultado, olvidado, anulado y dejado sin anular muchos más testamentos que los que redactó el señor Harmon de la Prisión Harmony.

En las experiencias sociales que he tenido desde que la señora Betty Higden apareció en escena y la abandonó, me he encontrado con adalides del circunloquio dispuestos a discutir acaloradamente conmigo acerca de mi opinión de la Ley de Pobres. Mi amigo el señor Bounderby[47] nunca pudo entender la diferencia entre dejar que los obreros de Coketown siguieran exactamente como estaban y exigirles que se alimentaran de sopa de tortuga y venado con cucharas de oro. Se me han ofrecido en abundancia proposiciones idiotas de naturaleza parecida, y se me ha invitado a admitir que yo le daría las ayudas de la Ley de Pobres a cualquiera, en cualquier lugar y de cualquier modo. Dejando aparte estas absurdidades, he observado en esos adalides una sospechosa tendencia a dividirse en dos bandos; unos afirman que no existen pobres dignos de ese nombre que prefieran morir lentamente de hambre y por las inclemencias del tiempo en vez de la misericordia del funcionario de la beneficencia y ciertos asilos de pobres; los otros admiten la existencia de esos pobres, pero niegan que tengan causa o motivo para hacer lo que hacen. Las noticias de nuestros periódicos, las últimas revelaciones de la revista The Lancet, y el sentido común y los demás sentidos de la gente corriente proporcionan abundantes pruebas en contra de ambas defensas. Pero, para que nadie confunda ni malinterprete mi opinión de la Ley de Pobres, voy a expresarla. Creo que no ha habido una ley en Inglaterra, desde los días de los Estuardo, tan infamemente administrada ni tan a menudo violada abiertamente, ni tan mal supervisada de manera habitual. En la mayoría de los vergonzosos casos de enfermedad y muerte por indigencia, que escandalizan a la opinión pública y deshonran a la nación, la ilegalidad no le va a la zaga a la inhumanidad… y el lenguaje conocido ya lo ha dicho todo sobre su injusticia.

El viernes 9 de junio del presente año, el señor y la señora Boffin (en su atavío manuscrito de recibir al señor y la señora Lammle para desayunar) se hallaban conmigo en el Ferrocarril del Sureste cuando sucedió un accidente terriblemente destructivo. Cuando hube hecho lo que pude para ayudar a los demás, volví a subir a mi vagón —que había quedado inclinado, casi volcado sobre un viaducto— para sacar a la digna pareja. Estaban muy sucios, pero, por lo demás, ilesos. La misma feliz suerte corrió la señorita Bella Wilfer en el día de su boda, y el señor Riderhood al examinar el pañuelo rojo de Bradley Headstone mientras este dormía. Recuerdo con devota gratitud que no he estado más cerca de separarme de mis lectores para siempre que en ese momento, y así será hasta que se escriba junto a mi vida la palabra con las que a día de hoy concluyo este libro: FIN.

2 de septiembre de 1865

cap-3

LIBRO PRIMERO

ENTRE LA COPA Y EL LABIO

cap-4

 

I

OJO AVIZOR

En esta época nuestra, aunque no sea necesario precisar el año exacto, un bote de aspecto sucio y poco honorable, con dos figuras en él, flotaba sobre el Támesis, entre el Southwark Bridge, que es de hierro, y el London Bridge, que es de piedra, cuando una tarde de otoño tocaba a su fin.

Las figuras que se veían en el bote eran la de un hombre recio, de pelo desgreñado y entrecano y la cara bronceada por el sol, y la de una muchacha morena de diecinueve o veinte años, que se le parecía lo bastante como para poder identificarla como su hija. La chica remaba, manejando un par de espadillas con suma facilidad; el hombre, con las cuerdas del timón inertes en sus manos, y las manos abandonadas en la pretina, estaba ojo avizor. No llevaba red, ni anzuelo, ni sedal, y no podía ser un pescador; su bote no tenía cojín para pasajero, ni pintura, ni inscripción, ni más accesorio que un oxidado bichero y un rollo de cuerda, y él no podía ser un marinero; su bote era demasiado frágil y demasiado pequeño para dedicarse a labores de reparto, y no podía ser un transporte de mercancía ni de pasajeros; no había indicio de qué podía estar buscando, pero buscaba algo, pues su mirada era de lo más escrutadora. La marea, que había cambiado hacía una hora, ahora iba a la baja, y sus ojos observaban cada remolino y cada fuerte corriente de la amplia extensión de agua a medida que el bote avanzaba ligeramente de proa contra la marea, o le enfrentaba la popa, según él le indicara a su hija con un movimiento de cabeza. Ella observaba la cara del padre con tanta fijeza como él el río. Pero en la intensidad de la muchacha había una nota de temor u horror.

Era evidente que ese bote y las dos figuras que iban en él, más unidos al fondo del río que a la superficie en virtud del cieno y el lodo que lo recubría, y de lo empapados que estaban, hacían algo que tenían por costumbre, y que buscaban algo que buscaban a menudo. Aunque el hombre tenía un aspecto semisalvaje, sin nada que le cubriera el pelo enmarañado, con los brazos morenos y desnudos hasta la zona comprendida entre el codo y el hombro, con el nudo flojo de un pañuelo más flojo que le colgaba del cuello hasta el pecho desnudo en una maleza de barba y vello, con una vestimenta que parecía fabricada del mismo lodo que ensuciaba el bote, seguía habiendo en su mirada fija una utilidad comercial. Lo mismo ocurría con cada pequeña acción de la muchacha, cada pequeño giro de muñeca; quizá, sobre todo, con su mirada de temor u horror; todo aquello también tenía una utilidad.

—Manténlo alejado de corriente, Lizzie. Aquí la marea es fuerte. Aléjalo de la corriente para que no nos arrastre.

Confiándose a la habilidad de la muchacha y sin hacer uso del timón, escrutó la marea que surcaban con una atención absorta. De la misma manera la muchacha le escrutaba a él. Pero ocurrió en ese momento que un sesgo de luz del sol poniente dio en el fondo del bote, y, alcanzando una mancha oxidada que se parecía levemente al perfil de una forma humana cubierta por una tela, le dio un color como de sangre diluida. La chica lo vio, y se estremeció.

—¿Qué te ocurre? —dijo el hombre, de inmediato consciente de ello, aunque sin dejar de concentrarse en las aguas que surcaban—. No veo nada que flote.

La luz roja desapareció, el estremecimiento desapareció, y la mirada del hombre, que por un momento había regresado al bote, se alejó de nuevo de él. Cada vez que la fuerte marea topaba con un impedimento, su mirada se detenía allí un instante. Sus ojos relucientes lanzaban una mirada ávida a cada maroma y cadena de amarre, a cada bote o gabarra inmóviles que partieran la corriente en una amplia punta de flecha, a las corrientes secundarias procedentes de los embarcaderos del Southwark Bridge, a las paletas de los vapores cuando azotaban las aguas inmundas, a los troncos que flotaban amarrados a cierta distancia de algunos muelles. Más o menos una hora después de que oscureciera, de repente las cuerdas del timón se tensaron en su mano, y se encaminó directamente hacia la orilla de Surrey.

La muchacha, sin dejar de mirar nunca la cara del hombre, respondió al instante a la acción con los remos; enseguida el bote dio media vuelta, temblando como presa de una súbita sacudida, y la mitad superior del hombre se asomó del bote por la popa.

La chica se cubrió la cabeza y la cara con la capucha de la capa que llevaba, y, volviendo la vista hacia atrás de manera que los pliegues delanteros de la capucha apuntaran río abajo, mantuvo el bote en esa dirección, yendo a favor de la corriente. Hasta ese momento, el bote apenas se había desplazado, dando vueltas sobre la misma posición; pero ahora las orillas cambiaban rápidamente, y pasaban ante las sombras cada vez más tupidas y las luces que se iban encendiendo en el London Bridge, y a cada lado se veían hileras de embarcaciones amarradas.

Hasta ese momento la mitad superior del hombre no regresó al interior del bote. Tenía los brazos empapados y sucios, y se los limpió en el agua. En la mano derecha sostenía algo, que también lavó en el río. Era dinero. Lo hizo tintinear una vez, y lo sopló una vez, y escupió encima una vez —«Para dar suerte», dijo con voz ronca— antes de metérselo en el bolsillo.

—¡Lizzie!

La chica se volvió hacia él con un respingo y remó en silencio. Tenía la cara muy pálida. Él era un hombre de nariz ganchuda, y, entre los ojos brillantes y el pelo alborotado, guardaba cierta semejanza con un ave de presa que acabara de erizar las plumas.

—Quítate eso de la cara.

Lizzie se lo echó hacia atrás.

—¡Fíjate, y dame los remos! Yo los cogeré hasta que lleguemos.

—¡No, no, padre! ¡No! De verdad que no puedo. ¡Padre! ¡No puedo sentarme tan cerca de eso!

Él se movió para cambiar de sitio, pero la aterrada objeción de la muchacha lo frenó, y regresó a su lugar.

—¿Qué daño puede hacerte?

—Ninguno, ninguno, pero no puedo soportarlo.

—A fe mía que tú odias la sola visión del río.

—A mí… no me gusta, padre.

—¡Como si no te ganaras la vida con él! ¡Como si no fuera para ti el pan nuestro de cada día!

Con esas últimas palabras, la muchacha volvió a estremecerse, y por un momento dejó de remar, dando la impresión de que iba a marearse. Pero él no se dio cuenta, pues desde la proa se estaba fijando en algo que el bote llevaba a remolque.

—¿Cómo puedes ser tan desagradecida con tu mejor amigo, Lizzie? El mismísimo fuego que te calentaba cuando eras un bebé se recogía del río siguiendo a las gabarras que transportaban carbón. La mismísima cesta en la que dormías, la corriente la transportó a la orilla. Las mismísimas mecedoras que junté para fabricarte una cuna, las corté de un trozo de madera que el agua había arrastrado de algún barco.

Lizzie apartó la mano derecha del remo, se tocó el labio, y por un momento la tendió cariñosamente hacia él; a continuación, sin hablar, siguió remando, y justo en ese momento un bote de aspecto parecido, aunque en mucho mejor estado, salió de una zona oscura y se colocó lentamente a su lado.

—¿Has vuelto a tener suerte, Jefe? —dijo un hombre con una mirada bizca y torcida, que remaba e iba solo—. Por la estela de tu bote he sabido que habías vuelto a tener suerte.

—¡Ah! —replicó el otro de manera escueta—. Así que ya te han soltado, ¿no?

—Sí, amigo.

Sobre el río se derramaba ahora una luz de luna suave y amarilla, y el recién llegado, manteniendo la mitad de su bote a popa del otro, miró intensamente su estela.

—Y me digo —añadió—, nada más verte, ahí está el Jefe, y ha vuelto a tener suerte, ¡por san Jorge si no la ha tenido! Sigue remando, amigo. No temas. Yo no lo he tocado.

Eso fue en respuesta a un movimiento veloz e impaciente por parte del Jefe; y, al mismo tiempo, el que hablaba sacó el remo de su posición, colocando la mano sobre la regala del bote del Jefe y sujetándolo.

—¡Por lo que puedo ver, Jefe, a este tipo lo han zurrado hasta decir basta! Lo han sacudido bastantes mareas, ¿no te parece, amigo? ¡Ya ves qué mala suerte tengo! Debió de pasarme de largo la última vez que subió a la superficie, pues estuve rastreando por aquí, debajo del puente. Casi me parece que eres como los buitres, amigo, que los hueles.

Hablaba en voz baja, y lanzándole más de una mirada a Lizzie, que se había vuelto a poner la capucha. Entonces los dos hombres observaron con un extraño e impío interés la estela del bote del Jefe.

—Entre los dos es pan comido. ¿Quieres que lo suba a bordo, amigo?

—No —dijo el otro.

Lo dijo en un tono tan hosco que el hombre, después de mirarlo sin expresión, lo reflejó con la réplica siguiente:

—¿No habrás comido nada que te haya sentado mal, verdad, amigo?

—La verdad es que sí —dijo el Jefe—. He estado tragando demasiado esa palabra que dices, «amigo». No soy amigo tuyo.

—¿Desde cuándo no eres amigo mío, señor don Jefe Hexam?

—Desde que te acusaron de robar a un hombre. ¡Desde que te acusaron de robar a un hombre que estaba vivo! —dijo el Jefe, con gran indignación.

—¿Y si me hubieran acusado de robarle a un muerto, Jefe?

—Eso NO es posible.

—¿Que no es posible, Jefe?

—No. ¿De qué le sirve a un muerto el dinero? ¿Es posible que un muerto tenga dinero? ¿A qué mundo pertenece un muerto? Al otro mundo. ¿A qué mundo pertenece el dinero? A este mundo. ¿Cómo puede tener dinero un cadáver? ¿Puede un cadáver poseerlo, quererlo, gastarlo, reclamarlo, echarlo de menos? No intentes confundir de esta manera lo que está bien y lo que está mal. Pero el que le roba a un vivo tiene un espíritu miserable.

—Yo te diré lo que….

—No, tú no me dirás nada. Yo te diré lo que es. Te condenaron poco tiempo por meterle la mano en el bolsillo a un marinero, a un marinero vivo. Aprovecha y considérate afortunado, pero no te creas que después de eso me vas a venir a mí con eso de «amigo». En el pasado trabajamos juntos, pero ni ahora, ni en el futuro, volveremos a trabajar juntos. Lárgate. ¡Suelta amarras!

—¡Jefe! No te creas que te vas a librar así de mí.

—Si no me libro de ti así, lo intentaré de otra manera, te daré en los dedos con el travesaño, o te sacudiré la cabeza con el bichero. ¡Suelta amarras! Rema, Lizzie. A casa, ya que no le dejas remar a tu padre.

Lizzie se puso a remar a toda prisa, y el otro bote quedó atrás. El padre de Lizzie, acomodándose a la actitud de quien ha postulado una ética elevada y asumido una posición irrebatible, encendió lentamente una pipa, y fumó, y le echó una mirada a lo que llevaba a remolque. Lo que llevaba a remolque embestía contra el bote de mala manera cada vez que este se detenía, y a veces parecía intentar soltarse, aunque lo más habitual era que lo siguiera de manera sumisa. Un neófito podría haber fantaseado que las olas que pasaban por encima del bulto eran, de un modo espantoso, como leves cambios de expresión en una cara sin vida; pero el Jefe no era un neófito, y no tenía fantasías.

cap-5

 

II

EL HOMBRE DE ALGUNA PARTE

El señor y la señora Veneering eran gente flamante en una casa flamante de un barrio flamante de Londres. Todo lo que rodeaba a los Veneering era nuevo e impecable. Todo el mobiliario era nuevo, todos los amigos eran nuevos, todos los criados eran nuevos, la vajilla era nueva, el carruaje era nuevo, los arneses eran nuevos, los caballos eran nuevos, los cuadros eran nuevos, ellos mismos eran nuevos, eran todo lo recién casados que resulta legalmente compatible con tener un bebé nuevecito, y si hubieran exhibido un bisabuelo, habría llegado con un paspartú del bazar de Pantechnicon, sin un arañazo, lustrado hasta la coronilla.

Pues, en la casa de los Veneering, desde las sillas del vestíbulo con el nuevo escudo de armas, hasta el pianoforte con el nuevo mecanismo, y en el piso de arriba, también, hasta el nuevo mecanismo contra incendios, todo estaba de lo más lustroso o barnizado. Y lo que resultaba observable en los muebles, también lo era en los Veneering: la superficie olía un poco demasiado a taller de restauración y era un pelín pegajosa.

Había un inocente mueble de comedor que iba sobre ruedecitas, y que cuando no se utilizaba se guardaba en una caballeriza de Duke Street, en Saint James, para quien los Veneering eran una fuente de total confusión. El nombre de este artículo era Twemlow. Al ser primo carnal de lord Snigsworth, se le requería con frecuencia, y en muchas casas se podía decir que representaba una mesa de comedor en estado normal. El señor y la señora Veneering, por ejemplo, cuando organizaban una cena, habitualmente comenzaban con Twemlow, y a continuación le iban colocando alas a la mesa, o por decirlo de otro modo, le añadían invitados. A veces la mesa consistía en Twemlow y media docena de alas; a veces en Twemlow y una docena de alas; a veces a Twemlow se le sacaba el máximo partido, alcanzando las veinte alas. El señor y la señor Veneering, en ocasiones ceremoniosas, se colocaban el uno frente al otro en el centro de la mesa, con lo que el paralelo seguía manteniéndose; pues siempre ocurría que, cuanto más se alargaba Twemlow, más lejos se encontraba del centro, y más cerca del aparador que había a un extremo del comedor, o de las cortinas de la ventana del otro.

Pero no era esto lo que llenaba de confusión la cándida alma de Twemlow. A esto se había acostumbrado, y podía valorarlo. El abismo al que no encontraba fondo, y del que surgía la fascinante y siempre creciente dificultad de su vida, era la insoluble cuestión de si él era el amigo más antiguo de Veneering, o el más reciente. A dilucidar este problema el inofensivo caballero había dedicado muchas horas de inquietud, tanto en sus aposentos sobre las caballerizas como en la fresca penumbra, favorable a la meditación, de Saint James Square. Veamos. Twemlow había conocido a Veneering en su club, donde Veneering entonces no conocía a nadie más que a la persona que los había presentado, que parecía ser el amigo más íntimo que hubiera tenido en el mundo, y al que apenas conocía de un par de días; y el vínculo de unión entre sus almas, la nefanda conducta del comité en relación a cómo había que preparar un solomillo de ternera, había sido accidentalmente consolidado en esa fecha. Inmediatamente después, Twemlow recibió una invitación a cenar con Veneering, y cenó: la persona que los había presentado estaba en el grupo. Inmediatamente después recibió una invitación a cenar con esa persona, y cenó: Veneering formaba parte del grupo. En la casa de esa persona había un Diputado, un Ingeniero, un Pagador de la Deuda Nacional, un Poema conmemorando el Tricentenario de Shakespeare, una Queja, y un Funcionario, y ninguno de ellos parecía conocer en lo más mínimo a Veneering. E, inmediatamente después de eso, Twemlow recibió una invitación a cenar en casa de Veneering expresamente para conocer al Diputado, al Ingeniero, al Pagador de la Deuda Nacional, al Poema conmemorando el Tricentenario de Shakespeare, a la Queja, y al Funcionario, y, mientras cenaba, descubrió que se trataba de los amigos más íntimos que Veneering tenía en el mundo, y que las esposas de todos ellos (que también estaban presentes), eran objeto del más devoto afecto y de la mayor confianza de la señora Veneering.

Y de este modo ocurrió que el señor Twemlow se dijo a sí mismo, estando en sus habitaciones con la mano en la frente: «No debo pensar en ello. Esto ya bastaría para reblandecerle el cerebro a cualquiera…». Y sin embargo no podía dejar de pensar en ello, y no alcanzaba ninguna conclusión.

Esa noche, los Veneering ofrecían un banquete. Once alas en la mesa Twemlow; catorce personas en total. Cuatro criados de pecho hundido y vestidos de paisano se alineaban en el vestíbulo. Un quinto sube la escalera con un aire afligido —como si fuera a decir: «Aquí hay otra infortunada criatura que viene a cenar; ¡así es la vida!»— y anuncia:

—¡El se-ñor Twemlow!

La señora Veneering da la bienvenida a su queridísimo señor Twemlow. El señor Veneering da la bienvenida a su queridísimo señor Twemlow. La señora Veneering no cree que al señor Twemlow, de natural, pueda interesarle mucho algo tan insípido como un bebé, pero a un viejo amigo debe complacerle mirar a un bebé.

—¡Ah! Conocerás mejor al amigo de tu familia, Pichurrín —dice la señora Veneering, asintiendo emocionada a ese nuevo artículo—, cuando empieces a darte cuenta de las cosas.

Entonces le pide que le permita presentarle a dos de sus amigos, el señor Boots y el señor Brewer, y está claro que no tiene ni idea de cuál es cada uno.

Pero entonces tiene lugar una espantosa circunstancia.

—¡El se-ñor y la se-ñora Podsnap!

—Querida, los Podsnap —le dice el señor Veneering a la señora Veneering, con un aire de amistosísimo interés, mientras la puerta permanece abierta.

Un hombre grande y demasiado, demasiado sonriente, rodeado de una fatídica espontaneidad, aparece con su esposa, al instante abandona a su esposa y se lanza hacia Twemlow diciendo:

—¿Cómo está? Me alegra mucho conocerle. Tiene una casa encantadora. Espero que no lleguemos tarde. ¡No sabe cuánto me alegra tener esta oportunidad!

Cuando la primera acometida cayó sobre él, Twemlow retrocedió dentro de sus pulcros zapatitos y sus pulcras medias de seda de una moda fenecida, como si se viera impelido a saltar sobre el sofá que había a su espalda; pero el hombre grande llegó hasta él y resultó ser demasiado fuerte.

—Permítame —dijo el hombretón, intentando llamar la atención de su mujer a lo lejos— tener el placer de presentarle a la señora Podsnap a su anfitrión. Estará encantada —en su fatídica espontaneidad, parece encontrar perpetua frescura y eterna juventud en la frase—, estará encantada de tener la oportunidad, ¡estoy seguro!

Mientras tanto, la señora Podsnap, incapaz de originar un error por voluntad propia, pues la señora Veneering es la única señora que hay allí aparte de ella, hace lo que puede para apoyar el de su marido, mirando en dirección al señor Twemlow con un semblante quejumbroso y comentándole a la señora Veneering de manera sentida que, en primer lugar, teme haber estado un tanto descompuesta últimamente; y, en segundo, que el bebé ya se le parece mucho.

Es dudoso que a ningún hombre le guste que lo confundan con otro; pero como el señor Veneering esta noche se ha puesto la pechera del joven Antínoo (en una nueva batista que acaba de llegar al país), no le halaga nada que lo confundan con Twemlow, que es un sujeto seco y arrugado unos treinta años mayor. Al señor Veneering también le contraría que tomen a su mujer por la de Twemlow. En cuanto a este, es tan consciente de proceder de mucha mejor cuna que Veneering, que considera al hombretón un ofensivo zopenco.

En tan complicada tesitura, el señor Veneering se acerca al hombretón con la mano tendida, y sonriendo le asegura a ese incorregible personaje que está encantado de verlo, y este, en su fatídica espontaneidad, le replica:

—Gracias. Me avergüenza decir que en este momento no puedo recordar dónde nos conocimos, pero me alegra tener esta oportunidad de saludarlo, ¡desde luego!

Abalanzándose entonces sobre Twemlow, que le contiene con su escasa fuerza, lo arrastra con él para presentárselo, creyendo aún que es Veneering, a la señora Podsnap, cuando la llegada de más invitados deshace el error. Momento en el cual, tras haber vuelto a estrechar la mano de Veneering como Veneering, vuelve a estrechar la mano de Twemlow como Twemlow, y lo remata todo a su perfecta satisfacción diciéndole al último:

—Un momento ridículo… pero ¡no le quepa duda de que me alegro!

Ahora bien, Twemlow, tras haber pasado por esta terrorífica experiencia, tras haber observado, de manera parecida, la fusión de Boots en Brewer y de Brewer en Boots, y tras haberse fijado en que, de los otros siete invitados, cuatro personajes discretos entran paseando la mirada de un lado a otro y sin querer aventurarse a adivinar quién pueda ser Veneering hasta que Veneering los coge por banda, se da cuenta de que esos estudios le traen el provecho de endurecerle de nuevo el cerebro a medida que alcanza la conclusión de que él es, realmente, el amigo más antiguo de Veneering, cuando de pronto el cerebro se le vuelve a reblandecer y todo se va al garete, pues su mirada se encuentra con Veneering y el hombretón unidos como gemelos al fondo de la sala, cerca de la puerta del invernadero, y los oídos le informan, tras oír hablar a la señora Veneering, de que ese mismo hombretón va a ser el padrino del bebé.

—¡La cena está en la mesa!

De nuevo es el criado melancólico, como si dijera: «¡Bajad y envenenaos, infelices hijos de los hombres!».

Twemlow, al no tener ninguna dama asignada, se queda al final, con la mano en la frente. Boots y Brewer, creyéndolo indispuesto, susurran: «Ese hombre va a desmayarse. No ha comido». Pero solo está atónito por la insuperable dificultad de su existencia.

Revivido por la sopa, Twemlow comenta sin gran entusiasmo con Boots y Brewer las últimas noticias de la familia real. En la primera fase del banquete, Veneering apela a él acerca de la cuestión en disputa de si su primo lord Snigsworth está o no en la ciudad. Concede que su primo está fuera de la ciudad.

—¿En Snigsworthy Park? —pregunta Veneering.

—En Snigsworthy —replica Twemlow.

Boots y Brewer consideran a ese hombre una amistad que hay que cultivar; y Veneering deja claro que se trata de un artículo provechoso. Mientras tanto, el criado da vueltas, como un sombrío Analista Químico, siempre con aspecto de decir, después de «¿Chablis, señor?»: «No lo tomaría si supiera de qué está hecho».

El gran espejo que hay sobre el aparador refleja la mesa y la compañía. Refleja el nuevo blasón de los Veneering, en oro y también en plata, escarchado y luego deshelado, un camello, ni más ni menos. El Colegio de Heráldica descubrió que un ancestro de los Veneering que estuvo en las cruzadas llevaba un camello en su escudo (o lo hubiera llevado, de habérsele ocurrido), y que una caravana de camellos se encargaba de las frutas, las flores y las velas, y se arrodillaba para que la cargaran de sal. Refleja a Veneering: cuarentón, pelo ondulado, oscuro, propende a la corpulencia, taimado, misterioso, vaporoso; una especie de profeta bastante bien parecido y envuelto en velos que no profetiza. Refleja a la señora Veneering: rubia, de nariz y dedos aquilinos, no con tanto pelo como podría haber tenido, espléndida de vestimenta y joyas, entusiasta, obsequiosa, consciente de que una punta del velo de su marido la cubre a ella. Refleja a Podsnap: próspera alimentación, una alita de color claro y peluda a cada lado de la cabeza calva, que tanto podrían ser su cepillo como su pelo, unas perlillas rojas de sudor que se le disuelven sobre la frente, y por detrás se ve una gran cantidad de cuello de camisa arrugado. Refleja a la señora Podsnap: una muestra magnífica para un anatomista, con mucho hueso, cuello y fosas nasales como un caballito de cartón, rasgos duros, tocado majestuoso en el que Podsnap ha colgado ofrendas de oro. Refleja a Twemlow: gris, seco, cortés, sensible al viento del este, cuello y corbata estilo Jorge IV, mejillas hundidas como si hubiera hecho un gran esfuerzo para recluirse en sí mismo unos años atrás, y hubiera llegado hasta allí y ya no hubiera de continuar. Refleja a la joven madura: rizos azabache, y una tez que se ilumina cuando va bien empolvada —como ahora— y que consigue con bastante fortuna cautivar al joven maduro: que tiene demasiada nariz en la cara, demasiado rojo en las patillas, demasiado torso en el chaleco, demasiado centelleo en las botas, los ojos, los botones, la conversación y los dientes. Refleja a la encantadora lady Tippins, a la derecha de Veneering: tiene una cara inmensa y oblonga, obtusa e insulsa, como la cara que se refleja en una cuchara, y un largo camino de cabellos teñidos en lo alto de la cabeza que se constituye en conveniente acceso público al racimo de cabellos postizos que lleva detrás; está encantada de tratar con condescendencia a la señora Veneering, a la que tiene delante, y a esta le encanta que la traten con condescendencia. Refleja a un tal «Mortimer», otro de los amigos más antiguos de Veneering: este nunca ha estado antes en la casa, y no parece que vaya a volver; se sienta desconsolado a la izquierda de la señora Veneering, y ha sido lady Tippins (una amiga de su juventud) quien lo ha camelado para acudir a casa de esas personas y charlar; no dirá palabra. Refleja a Eugene, el amigo de Mortimer: enterrado vivo en el respaldo de la silla, tras un hombro —con una charretera de polvos encima— de la joven dama, recurriendo apesadumbrado al cáliz de champán cada vez que se lo ofrece el Analista Químico. Por último, el espejo refleja a Boots y Brewer, y otros dos atiborrados Parachoques interpuestos entre el resto de la compañía y posibles accidentes.

Las cenas de los Veneering son excelentes —o no acudiría gente nueva— y todo va bien. En particular, lady Tippins ha llevado a cabo una serie de experimentos sobre sus funciones digestivas, tan en extremo complicadas y audaces que, de poder publicarse, sus resultados beneficiarían a la raza humana. Tras haber tomado provisiones en todas las partes del mundo, ese crucero viejo y resistente ha alcanzado por fin el Polo Norte cuando, mientras retiran los platos del helado, las siguientes palabras brotan de ella:

—Le aseguro, mi querido Veneering…

(El pobre Twemlow se lleva la mano a la frente, pues ahora parecería que lady Tippins va a convertirse en su más antigua amiga.)

—¡Le aseguro, mi querido Veneering, que es una cosa rarísima! Como dice la gente de la publicidad, no le pido que me crea sin ofrecerle una referencia respetable. Mortimer, aquí presente, puede dar fe, y está al corriente de todo.

Mortimer levanta sus párpados caídos y abre un poco la boca. Pero una leve sonrisa, que expresa «¡Qué más da!», le cruza la cara, y baja los párpados y cierra la boca.

—Y ahora, Mortimer —dice lady Tipping, golpeando con las varillas de su abanico verde y cerrado los nudillos de la mano izquierda, particularmente rica en nudillos—, insisto en que me cuente todo lo que haya que contar sobre el hombre de Jamaica.

—Le doy mi palabra de que nunca he oído hablar de ningún hombre de Jamaica, como no sea el lema de la Sociedad Antiesclavista de «¿Acaso no soy un hombre y un hermano?».

—Del hombre de Tobago, entonces.

—Tampoco he oído hablar de ningún hombre de Tobago.

—Si exceptuamos —interviene Eugene, de manera tan inesperada que la dama joven y madura, que se ha olvidado completamente de él, con un sobresalto le quita de en medio las charreteras de polvos—, si exceptuamos a nuestro amigo que vivió tanto tiempo a base de budín de arroz y cola de pescado, hasta que, para su gran felicidad, el médico le dijo esta verdad: de cordero se puede zampar un buen asado.[8]

Recorre la mesa la estimulante impresión de que Eugene va a contar todo lo que sabe. Una impresión frustrada, pues no dice más.

—Y ahora, mi querida señora Veneering —afirma lady Tippins—, le pregunto si no le parece la conducta más vil de este mundo. Paseo a mis enamorados, dos o tres a la vez, siempre que se muestren devotos y obedientes; ¡y aquí está mi comandante de enamorados, el jefe de todos mis esclavos, tirando por la borda su lealtad en público! ¡Y aquí está otro de mis enamorados, desde luego un tosco Cimón en la actualidad, pero en el que tengo depositadas fundadas esperanzas de que con el tiempo acabe enderezándose, que finge que ya no se acuerda de las nanas que le cantaba su niñera! ¡Lo hace a propósito para enojarme, pues sabe cuánto me encantan!

Lady Tippins siempre se está inventado espeluznantes historias acerca de sus enamorados. Siempre la escoltan uno o dos, y tiene una lista de enamorados, y siempre está inscribiendo alguno nuevo, o borrando alguno antiguo, o anotando alguno en su lista negra, o ascendiendo alguno a su lista azul, o añadiendo nuevos enamorados, o anotando algo en su libro. La señora Veneering está encantada con su humor, y también el señor Veneering. Quizá este se ve incrementado por un no se sabe qué amarillo en el cuello de lady Tippins, como las patas de un ave que arañara.

—Desde este momento proscribo a ese falso individuo, y le expulso de mi Cupidón (es como llamo a mi libro mayor, querida), esta misma noche. Pero estoy decidida a que me cuenten la historia del hombre de Alguna Parte, y le suplico que se la sonsaque en mi nombre, querida —esto se lo dice a la señora Veneering—, pues yo ya he perdido mi influencia. ¡Oh, perjuro! —Esto se lo dice a Mortimer, con unos golpecitos de abanico.

—Todos estamos muy interesados en el hombre de Alguna Parte —observa Veneering.

Entonces los cuatro Parachoques, haciendo acopio de valor los cuatro al mismo tiempo, dicen:

—¡Qué interesante!

—¡Qué emocionante!

—¡Qué dramático!

—¡El hombre de Ninguna Parte, quizá!

Y entonces la señora Veneering —pues las engatusadoras tretas de lady Tippins son contagiosas— junta las manos a la manera de un niño suplicante, se vuelve hacia el vecino de su izquierda, y dice:

—¡No se haga de rogar! ¡Hable! ¡Hombre de Donde Sea!

A lo cual, los cuatro Parachoques, misteriosamente impulsados de nuevo al mismo tiempo, exclaman:

—¡No puede negarse!

—A fe mía —dice Mortimer de manera lánguida—, me parece tremendamente embarazoso que todos los ojos de Europa se fijen sobre mí de este modo, y mi único consuelo es que todos ustedes, en el fondo de su corazón, deplorarán, de manera inevitable, la petición de lady Tippins, cuando descubran que el hombre de Alguna Parte es un pelmazo. Siento destruir sus fantasías románticas con algo vulgar, pero viene de un lugar concreto, de cuyo nombre no puedo acordarme, pero que a todos les sugerirá ese donde fabrican el vino.

Eugene sugiere:

—Day and Martin’s.

—No, ese no —replica el impertérrito Mortimer—, ahí es donde fabrican el oporto. El hombre del que hablo procede del país donde fabrican el vino de Ciudad del Cabo. Pero fíjese, mi querido amigo, no es algo estadístico, y sí bastante raro.

Siempre es de observar en la mesa de los Veneering que nadie se preocupa demasiado de ellos, y que cualquiera que tiene algo que decir se lo dice preferentemente a cualquier otra persona.

—El hombre —prosigue Mortimer, dirigiéndose a Eugene—, cuyo nombre es Harmon, era hijo único de ese bribón rematado que hizo fortuna recogiendo la basura de las calles.

—¿Esos que visten de pana roja y llevan una campana? —inquiere el sombrío Eugene.

—Y una escalera y un cesto, si quiere. Y mediante esos medios, u otros, se enriqueció encargándose de quitar la basura de las calles, y vivió en la hondonada de una accidentada zona rural compuesta enteramente de desperdicios. En su pequeña propiedad, el gruñón vagabundo levantó su propia cordillera, como un viejo volcán, y su formación geológica estuvo compuesta de polvo. Polvo de carbón, polvo vegetal, polvo de huesos, polvo de loza, polvo tosco y polvo pasado por el tamiz… todo tipo de polvo.

El fugaz recuerdo de la presencia de la señora Veneering induce a Mortimer a dirigirle la siguiente media docena de palabras; tras lo cual vuelve a apartarle la cara, lo intenta con Twemlow y descubre que este no responde, y en última instancia manda sus palabras a los Parachoques, que lo reciben de manera entusiasta.

—El ser moral (creo que esta es la expresión adecuada) de esta persona ejemplar derivaba su mayor satisfacción de anatemizar a sus parientes más directos y expulsarlos de casa. Habiendo comenzado (como era natural) dedicándole esas atenciones a su esposa del alma, luego se tomó la libertad de ofrecerle un reconocimiento similar a las peticiones de su hija. Eligió para ella el marido que él quiso, no el que a ella le gustaba, y procedió a asignarle, como dote matrimonial, no sé qué cantidad de basura, aunque realmente era inmensa. En ese momento, la pobre chica insinuó con todo el respeto que estaba prometida en secreto con ese popular personaje al que los novelistas y versificadores denominan el Otro, y que ese matrimonio convertiría en basura su corazón y su vida; en resumen, la colocaría en un lugar de honor, a muy amplia escala, en el negocio de su padre. De inmediato, su venerable padre (se cuenta que en una fría noche de invierno) la anatemizó y la echó de casa.

En este punto, el Analista (que evidentemente se ha formado una muy pobre opinión del relato de Mortimer) les concede un poco de clarete a los Parachoques; estos, de nuevo misteriosamente impulsados a la vez, se lo atornillan entre pecho y espalda lentamente con un peculiar giro de satisfacción, al tiempo que claman a coro:

—Prosiga, por favor.

—Los recursos pecuniarios del Otro eran, como suele ocurrir, de naturaleza muy limitada. No creo utilizar una expresión demasiado fuerte si digo que el Otro estaba sin blanca. No obstante se casó con la joven y residieron en una humilde morada, probablemente provista de un porche con madreselva y alguna otra enredadera, hasta que ella murió. Debo remitirles al Registro de nacimientos y defunciones del distrito en el que la humilde morada se ubicaba si quieren conocer la causa certificada de la muerte; pero es posible que el pesar y la ansiedad anteriores tuvieran que ver con ella, aunque puede que eso no aparezca en las páginas regladas ni en los impresos. No hay duda que lo mismo le ocurrió al Otro, pues quedó tan mermado por la pérdida de su joven esposa que si la sobrevivió un año ya fue mucho.

El indolente Mortimer siempre parece insinuar que, si la buena sociedad pudiera, en algún caso, dejarse impresionar, él, que forma parte de esa buena sociedad, cedería quizá a la debilidad de dejarse impresionar por lo que ahora está relatando. Es una característica que se esfuerza por ocultar, pero que está en él. Algo parecido le pasa también al sombrío Eugene; pues cuando la espantosa lady Tippins declara que si el Otro hubiera sobrevivido lo habría puesto a la cabeza de su lista de enamorados —y también cuando la dama joven y madura encoge sus charreteras empolvadas, y ríe ante el comentario privado y confidencial del caballero joven y maduro—, su tristeza se ahonda hasta el punto de que se pone a enredar ferozmente con su cuchillo de postre.

Mortimer prosigue.

—Ahora debemos regresar, como dicen los novelistas, y como todos deseamos que no dijeran, al hombre de Alguna Parte. Cuando acaeció la expulsión de su hermana, era un muchacho de catorce años que recibía una educación barata en Bruselas, y pasó cierto tiempo antes de que se enterara: probablemente se lo contó ella misma, pues la madre estaba muerta; aunque eso no lo sé. Al instante se fugó de la escuela y regresó a su casa. Debía de ser un chaval de temple y recursos, pues consiguió llegar con una asignación interrumpida de cinco sueldos a la semana; pero lo consiguió, y se presentó delante de su padre para defender la causa de su hermana. El venerable padre enseguida recurre a la anatemización, y lo echa. Aterrado y muy afectado, el muchacho se marcha, hace fortuna, se embarca, finalmente aparece en tierra firme entre las tierras vinícolas de Ciudad del Cabo: pequeño propietario, granjero, plantador, como quieran llamarlo.

En esa coyuntura se oye un arrastrarse de pasos en el vestíbulo, unos golpes en la puerta del comedor. El Analista Químico se dirige hacia la puerta, dialoga airadamente con quien acaba de llamar, que queda invisible, parece aplacarse al encontrar razones para que hayan golpeado la puerta, y sale.

—Y así lo descubrieron, apenas el otro día, tras haber estado expatriado durante catorce años.

Un Parachoques asombra de repente a los otros tres al separarse del unísono y afirmar su individualidad preguntando:

—¿Cómo fue descubierto, y por qué?

—¡Ah! Claro. Gracias por recordármelo. El venerable padre muere.

El mismo Parachoques, envalentonado por el éxito, dice:

—¿Cuándo?

—El otro día. Hace diez o doce meses.

El mismo Parachoques inquiere con inteligencia:

—¿De qué?

Pero aquí perece ese triste ejemplar, pues los otros tres Parachoques lo contemplan con una mirada pétrea, y ningún mortal le presta ya atención.

—El venerable padre muere —repite Mortimer con el fugaz recuerdo de que hay un Veneering presente en la mesa, dirigiéndose a él por primera vez.

El gratificado Veneering repite con gravedad «muere», y cruza los brazos, y pone un ceño de escucha judicial, cuando de pronto se encuentra de nuevo abandonado en un mundo inhóspito.

—Encuentran su testamento —dice Mortimer, captando los ojos de caballo de cartón de la señora Podsnap—. Está fechado muy poco después de la huida de su hijo. Le deja la más baja de las montañas de basura, con una especie de vivienda al pie, a un viejo criado que es el único albacea, y todo el resto de sus bienes, que son bastante considerables, al hijo. Ordena que lo entierren con ciertas ceremonias y precauciones excéntricas para evitar que vuelva a la vida, con las que no quiero fatigarlos, y eso es todo… exceptuando que…

Y esto acaba el relato.

El Analista Químico regresa, todos lo miran. No porque nadie desee verlo, sino a causa de esa sutil influencia de la naturaleza que insta a la humanidad a abrazar la menor oportunidad de mirar cualquier cosa, en lugar de a la persona que habla.

—… Exceptuando que el hijo heredará solo con la condición de que se case con una chica que en la fecha del testamento tenía cuatro o cinco años de edad, y que ahora es ya una joven casadera. Anuncios e indagaciones descubrieron que el hijo era el hombre de Alguna Parte, y en el momento presente está regresando de allí (sin duda en un estado de gran asombro) para ser el heredero de una enorme fortuna y para tomar esposa.

La señora Podsnap pregunta si esa joven cuenta con encantos personales. Mortimer no tiene respuesta.

El señor Podsnap pregunta qué sería de esa enorme fortuna en el caso de que no se cumpliera la estipulada condición del matrimonio. Mortimer replica que, mediante una cláusula testamentaria especial, todo iría a parar al criado mencionado anteriormente, dejando al hijo sin nada; además, de no haber vivido el hijo, el mismo viejo criado habría sido el único legatario.

La señora Veneering acaba de conseguir despertar a lady Tippins de sus ronquidos, moviendo diestramente una reata de platos y platitos hacia sus nudillos desde el otro lado de la mesa; entonces todos, excepto el propio Mortimer, se dan cuenta de que el Analista Químico le está ofreciendo, como si fuera un fantasma, un papel doblado. La curiosidad detiene unos momentos a la señora Veneering.

Mortimer, a pesar de todas las argucias del químico, se recupera plácidamente con una copa de Madeira, y sigue sin apercibirse del documento que absorbe la atención de todos, hasta que lady Tippins (que posee la costumbre de despertarse totalmente insensible), tras recordar dónde se encuentra, y recuperando la percepción de los objetos que la rodean, dice:

—Falsario don Juan, ¿por qué no coge la nota del Comendador?

A lo cual, el Analista se la pone a Mortimer en las narices, y este mira a su alrededor y dice:

—¿Qué es?

El Analista Químico se inclina y susurra.

—¿Quién? —dice Mortimer.

El Analista Químico se inclina y susurra otra vez.

Mortimer se lo queda mirando y desdobla el papel. Lo lee una vez, lo lee dos veces, le da la vuelta y ve el dorso en blanco, lo lee una tercera vez.

—Esto llega en un momento extraordinariamente oportuno —dice Mortimer a continuación, mirando en torno a la mesa con la faz alterada—: esta es la conclusión de la historia del hombre del que estábamos hablando.

—¿Ya se ha casado? —conjetura uno.

—¿Se niega a casarse? —conjetura otro.

—¿Hay un codicilo entre el polvo? —conjetura un tercero.

—De ninguna manera —dice Mortimer—. Es extraordinario. Todos se equivocan. La historia es más completa y apasionante de lo que imaginaba. ¡El hombre se ha ahogado!

cap-6

 

III

OTRO HOMBRE

Mientras las faldas de las damas ascendían la escalinata de los Veneering hasta desaparecer, Mortimer, que las seguía desde el comedor, dobló para meterse en una biblioteca de libros flamantes, en encuadernaciones flamantes profusamente doradas, y solicitó ver al mensajero que había traído el papel. Era un muchacho de unos quince años. Mortimer observó al mozo, y este observó a los flamantes peregrinos que había en la pared, que se dirigían hacia Canterbury con más marco dorado que procesión, y con más labrado que paisaje.

—¿De quién es esta letra?

—Mía, señor.

—¿Quién te ha dicho que escribieras la nota?

—Mi padre, Jesse Hexam.

—¿Fue él quien encontró el cuerpo?

—Sí, señor.

—¿A qué se dedica tu padre?

El muchacho vaciló, miró con reproche a los peregrinos, como si estos le hubieran metido en dificultades, y a continuación dijo, formando un pliegue en la pernera derecha del pantalón:

—Se gana la vida en la ribera del río.

—¿Está lejos?

—¿El qué, está lejos? —preguntó el muchacho, sin bajar la guardia, y de nuevo por el camino de Canterbury.

—La casa de tu padre.

—Hay un buen trecho, señor. He venido en un coche de punto, y está esperando para cobrar la carrera. Podríamos volver en él antes de que lo pague, si lo desea. Primero fui a su despacho, de acuerdo con la dirección de los papeles que encontré en los bolsillos, y allí solo vi a un chaval de mi edad que me mandó hasta aquí.

En el muchacho había una curiosa mezcla de incompleta barbarie e incompleta civilización. Tenía la voz ronca y basta, la cara era basta, y su atrofiada figura era basta; pero iba más limpio que otros muchachos de su clase; y su letra, aunque grande y redonda, era buena; y observaba los lomos de los libros con una despierta curiosidad que no se limitaba solo a la cubierta. Nadie que sepa leer mira un libro del mismo modo que uno que no sabe, aunque esté en un estante y sin abrir.

—¿Sabes si se tomaron todas las medidas para comprobar si se le podía devolver la vida? —preguntó Mortimer, y buscó su sombrero.

—No me haría esa pregunta, señor, si viera su estado. El gentío que acompañaba al Faraón al ahogarse en el mar Rojo no estaba más lejos de la resurrección. Si Lázaro estaba solo la mitad de muerto, ese fue el mayor de los milagros.

—¡Caramba! —gritó Mortimer, dándose media vuelta con el sombrero en la cabeza—. Pareces estar muy familiarizado con el mar Rojo, mi joven amigo.

—Lo leí con el maestro en la escuela —dijo el muchacho.

—¿Y lo de Lázaro?

—Sí, también lo de Lázaro. ¡Pero no se lo diga a mi padre! Si toca ese tema, no tendremos paz en casa. El que yo haya aprendido es cosa de mi hermana.

—Parece que tienes una buena hermana.

—No es mala —dijo el muchacho—, pero lo más que sabe es leer y escribir, y he aprendido de ella.

El sombrío Eugene, con las manos en los bolsillos, había entrado en la sala y asistido a la última parte del diálogo; cuando el muchacho dijo aquellas palabras despectivas de su hermana, lo cogió bruscamente por la barbilla y le volvió la cara hacia él.

—¡Caramba, señor! —dijo el muchacho, resistiéndose—. Espero que con esto me reconocerá si vuelve a verme.

Eugene no pronunció respuesta alguna, pero le hizo una propuesta a Mortimer:

—Iré contigo, si quieres.

Así pues, los tres partieron en el vehículo que había traído el muchacho; los dos amigos (de niños, compañeros de internado) dentro, fumando sendos cigarros; el mensajero en el pescante junto al cochero.

—Veamos —dijo Mortimer, por el camino—, Eugene, llevo cinco años en la honorable lista de abogados del Tribunal Supremo de la Cancillería, y abogados de lo Penal, durante cinco años; y, a excepción de aceptar órdenes de manera gratuita, con una media de una cada dos semanas, para el testamento de lady Tippins (que no tiene nada que legar), no he tenido entre manos más que este romántico asunto.

—Y yo —dijo Eugene— fui admitido en el Colegio de Abogados hace siete años y no he tenido ningún asunto, ni tendré ninguno. Y si lo tuviera, no sabría qué hacer con él.

—No está muy claro —replicó Mortimer con gran compostura— si en este último aspecto tengo mucha ventaja sobre ti.

—La odio —dijo Eugene, poniendo las piernas en el asiento de enfrente—, odio mi profesión.

—¿Te importa que yo también ponga los pies? —replicó Mortimer—. Gracias. Yo odio la mía.

—Me obligaron a seguirla —dijo el sombrío Eugene—, porque quedó entendido que queríamos un abogado en la familia. Ahora tenemos a uno inapreciable.

—A mí también me obligaron —dijo Mortimer—, porque quedó entendido que queríamos un procurador en la familia. Ahora tenemos a uno inapreciable.

—Somos cuatro, con nuestros nombres pintados en la jamba de la puerta de un agujero negro llamado «habitaciones» —dijo Eugene—, y cada uno de nosotros tiene la cuarta parte de un escribiente, Cassim Babá, el de la cueva de los ladrones de Alí Babá, y Cassim es el único miembro respetable del grupo.

—Yo estoy solo —dijo Mortimer—, en lo alto de una espantosa escalera que domina un cementerio, y tengo a todo un escribiente para mí solo, y lo único que hace en todo el día es mirar el cementerio, y qué será de él cuando llegue a la madurez es algo que no puedo concebir. Si en ese polvoriento nido de grajos planea sabias decisiones o planea asesinarme; si, después de tanta cavilación solitaria, acabará ilustrando a sus semejantes o envenenándolos; es el único interés que tiene por el momento mi profesión. ¿Me das fuego, por favor? Gracias.

—Y luego los idiotas hablan de Energía —dijo Eugene, recostándose, cruzando los brazos, fumando con los ojos cerrados, y con un habla levemente nasal—. Si existe una palabra de la A a la Z en el diccionario de la que abomino, es «energía». ¡Qué superstición convencional, qué parloteo de loros! ¡Qué demonios! ¿Tengo que salir a la calle, agarrar al primer hombre de aspecto adinerado que pase, zarandearle y decirle: «Acuda a la ley de inmediato, perro, y contráteme, o le mato»? Y, sin embargo, eso sería energía.

—Esa es precisamente mi opinión del caso, Eugene. Pero preséntame una buena oportunidad, enséñame algo ante lo que merezca la pena mostrarse enérgico, y yo te enseñaré lo que es energía.

—Y yo —dijo Eugene.

Es muy probable que otros diez mil jóvenes, dentro de los límites del área de entrega del Servicio Postal de Londres, manifestaran la misma esperanzada observación en el curso de la misma velada.

Las ruedas siguieron rodando, y rodaron junto al Monumento y la Torre, junto a los Muelles; por Ratcliffe y por Rotherlithe; por lugares donde la escoria acumulada de la humanidad parecía haber sido arrastrada desde terrenos más elevados, como una suerte de cloaca moral, para quedarse allí hasta que su propio peso los derribara de la orilla y los hundiera en el río. Las ruedas siguieron rodando entre embarcaciones que parecían haber embarrancado y casas que parecían haber echado a flotar, entre baupreses que contemplaban ventanas, ventanas que contemplaban barcos; hasta que finalmente se detuvieron en una oscura esquina, lavada por el río, pero no lavada por nada más, donde el muchacho se apeó y abrió la puerta.

—El resto hay que ir andando, señor; no está lejos. —Habló en singular para expresar la exclusión de Eugene.

—Esto está en el maldito fin del mundo —dijo Mortimer, resbalando sobre las losas y desperdicios de la orilla, mientras el muchacho doblaba la esquina bruscamente.

—Aquí está mi padre, señor; donde ve la luz.

Aquel edificio de poca altura tenía toda la pinta de haber sido antaño un molino. Exhibía una verruga de madera podrida en la frente que parecía indicar dónde habían estado las aspas, pero el interior apenas era visible con la oscuridad de la noche. El muchacho levantó el pestillo de la puerta y accedieron a una habitación circular de techo bajo, donde un hombre estaba de pie junto a un fuego rojo, contemplándolo, mientras una muchacha permanecía sentada cosiendo. El fuego estaba en un brasero oxidado, no adosado al hogar; y una lámpara vulgar en forma de raíz de jacinto humeaba y brillaba dentro del cuello de una botella de piedra colocada sobre la mesa. En un rincón había un camastro o litera, y en otro rincón una escalera de madera que llevaba al piso superior, tan burda y empinada que apenas era mejor que una escala de mano. Contra la pared se apoyaban dos o tres remos o espadillas, y en otra zona de la pared había un pequeño aparador, que exhibía una provisión de los artículos de vajilla y cocina más vulgares. El techo de la habitación no estaba enlucido, sino que lo formaba el reverso del suelo de la habitación superior. Este, además de ser muy viejo, nudoso, con grietas y vigas, le daba a la sala un aspecto aún más bajo; y el tejado, las paredes y el suelo, todos por igual con abundantes manchas de harina, minio (o alguna mancha parecida que probablemente había adquirido cuando servía de almacén) y humedad, ofrecían el mismo aspecto de descomposición.

—El caballero, padre.

La figura que estaba junto al fuego se volvió, levantó la cabeza alborotada, y miró como si fuera un ave de presa.

—Usted es el señor don Mortimer Lightwood, ¿verdad?

—Mortimer Lightwood es mi nombre. Lo que ha encontrado —dijo Mortimer, mirando con aprensión en dirección al camastro—, ¿está aquí?

—No puedo decir que esté aquí, pero está cerca. Lo he hecho todo de manera reglamentaria. He informado de las circunstancias a la policía, y la policía se ha hecho con ello. Ninguna de las dos partes ha perdido el tiempo. La policía ya lo ha puesto en letra impresa, y aquí tiene lo que dice el papel.

Cogió la botella que contenía la lámpara y la mantuvo cerca del papel que había en la pared, donde, debajo del encabezamiento de la policía, se leía «CADÁVER ENCONTRADO». Los dos amigos leyeron el volante que estaba clavado en la pared, y el Jefe los leía a ellos mientras sujetaba la luz.

—Entiendo que el desdichado solamente llevaba papeles encima —dijo Lightwood, desviando la mirada de la descripción de lo encontrado al que lo había encontrado.

—Solamente, papeles.

En ese momento, la chica se levantó con la costura en la mano y se dirigió a la puerta.

—No había dinero —prosiguió Mortimer—, solo tres peniques en los bolsillos de la camisa.

—Tres. Piezas. De penique —dijo el Jefe Hexam en sendas frases.

—Los bolsillos de los pantalones vacíos, y vueltos del revés.

El Jefe Hexam asintió.

—Pero eso es corriente. Si lo arrastró la marea o no, no sé decirle. Ahora bien —acercó la luz a otro cartel parecido—, sus bolsillos fueron encontrados vacíos, y vueltos del revés. Y aquí —y acercó la luz a otro volante—, sus bolsillos fueron encontrados vacíos, y vueltos del revés. Y lo mismo dice este. Y ese. No los puedo leer, ni quiero, pues me los sé del lugar que ocupan en la pared. Este fue un marinero, con dos anclas, una bandera y las iniciales G. F. T. tatuadas en el brazo. Eche un vistazo y vea si no lo fue.

—Exacto.

—Esa era una joven de botas grises, y la ropa interior marcada con una cruz. Eche un vistazo y vea si no lo fue.

—Exacto.

—Ese era el que tenía un feo corte encima del ojo. Este es el de dos hermanas jóvenes que se ataron con un pañuelo. Este es aquel viejo borracho, que iba en pantuflas y gorro de dormir, que se mostró dispuesto (como se descubrió luego) a hacer un agujero en el agua para buscar una botella de cuarto de ron que habían colocado de antemano, y mantuvo su palabra por primera y última vez en la vida. Qué bien empapelan la habitación, ¿eh? Pero me los conozco todos. ¡Soy un erudito!

Recorrió la totalidad con la luz, como si fuera representativa de su erudita inteligencia, y a continuación la dejó sobre la mesa y se quedó detrás, mirando fijamente a sus visitantes. Tenía esa cualidad especial de algunas aves de presa, que, cuando fruncen el entrecejo, la cresta erizada les sube aún más.

—No habrá encontrado usted a todos estos, ¿verdad? —preguntó Eugene.

A lo que el ave de presa replicó lentamente:

—¿Y cuál es su nombre, si puede saberse?

—Es amigo mío —se interpuso Mortimer Lightwood—; es el señor Eugene Wrayburn.

—Así que el señor Eugene Wrayburn, ¿eh? ¿Y qué es lo que me ha preguntado el señor Eugene Wrayburn?

—Simplemente le he preguntado si usted los ha encontrado a todos.

—Y la respuesta es, simplemente, que a casi todos.

—¿Y supone usted que, entre estos casos, se ha producido de antemano violencia y robo?

—Yo no supongo nada —replicó el Jefe—. No soy de los que suponen cosas. Si se ganara la vida sacando cosas del río cada día de su vida, no sería muy dado a las suposiciones. ¿He de enseñarle el camino?

Mientras abría la puerta, buscando una señal de asentimiento por parte de Lightwood, una cara agitada y extremadamente pálida apareció por el vano: la cara de un hombre muy desasosegado.

—¿Ha desaparecido un cadáver? —preguntó el Jefe Hexam, parándose en seco—. ¿O se ha encontrado un cadáver? ¿Qué?

—¡Me he perdido! —replicó el hombre, con tono presuroso y ansioso.

—¿Perdido?

—Soy… soy forastero, y no conozco el camino. Quiero… quiero encontrar el lugar donde pueda ver lo que aquí se describe. Es posible que lo conozca.

Jadeaba y apenas podía hablar; pero mostró una copia del volante recién impreso que aún estaba húmedo en la pared. Quizá el hecho de que fuera nuevo, o quizá la precisión con que observó la situación general, llevó al Jefe a una pronta conclusión.

—Este caballero, el señor Lightwood, se ha interesado por el asunto.

—¿El señor Lightwood?

Hubo una pausa, durante la cual Mortimer y el desconocido quedaron cara a cara. No se conocían.

—¿Creo, señor —dijo Mortimer, rompiendo el incómodo silencio con su altanero dominio de sí mismo—, que me ha hecho el honor de pronunciar mi nombre?

—Lo he repetido, después de este hombre.

—¿Ha dicho que es forastero en Londres?

—Un completo forastero.

—¿Está buscando a un tal señor Harmon?

—No.

—Entonces creo poder asegurarle que su viaje ha sido en balde, y que no encontrará lo que temía encontrar. ¿Quiere venir con nosotros?

Un breve serpenteo a través de algunas embarradas callejas que podían haber sido depositadas por la última y hedionda marea los llevó a la portezuela y al brillante farol de una comisaría; allí encontraron al inspector de noche con pluma y tinta, y regla, poniendo al día sus libros en una oficina encalada, con tanta aplicación como si estuviera en un monasterio en lo alto de una montaña, y como si una mujer borracha no aullara furiosa ni se abalanzara contra la puerta de la celda que había en el patio trasero, a su lado. Con el mismo aire de recluso entregado al estudio, abandonó sus libros para dedicarle un desconfiado movimiento de cabeza de reconocimiento al Jefe, que quería decir sin ambages: «¡Ah! Lo sabemos todo de usted, y algún día se pasará de la raya»; y para informar al señor Mortimer Lightwood y a sus amigos de que los atendería de inmediato. A continuación terminó de trazar líneas en el libro que tenía entre manos (estaba tan tranquilo que parecía que iluminara un misal) de manera muy pulcra y metódica, sin hacer el menor caso a la mujer que se daba de golpes con creciente violencia y chillaba aterradoramente que iba a sacarle el hígado a otra hembra.

—Dame un farol —dijo el inspector, agarrando las llaves, que trajo un satélite deferente—. Y ahora, caballeros…

Con una de las llaves abrió una fría gruta que había al final del patio, y todos entraron. Volvieron a salir rápidamente, y el único que habló fue Eugene, que le comentó a Mortimer en un susurro:

—No está mucho peor que lady Tippins.

De manera que, de regreso en la biblioteca encalada del monasterio, con aquella mujer aún con la vociferante obsesión del hígado, al mismo volumen sonoro, mientras contemplaban la silenciosa noche que habían ido a ver, repasaron las excelencias del caso tal como les fueron resumidas por el abad. No tenían ni idea de cómo el cuerpo había ido a parar al río. Era frecuente que no hubiera pistas. Demasiado tarde para saber con certeza si las heridas se habían recibido antes o después de la muerte; una excelente opinión médica decía que antes; otra excelente opinión médica decía que después. El camarero del barco en el que el caballero iba de pasajero había sido convocado para que lo identificara, y lo había hecho bajo juramento. También había identificado las ropas. Y luego estaban los papeles. ¿Cómo había conseguido desaparecer por completo del barco hasta que lo encontraron en el río? ¡Bueno! Probablemente se metió en algún asunto. Probablemente pensó que era un asunto inofensivo, no estaba preparado para lo que se encontró, y el desenlace fue fatal. Al día siguiente, la encuesta, y sin duda la causa de la muerte se declararía sin resolver.

—Parece ser que a su amigo lo golpearon y lo derribaron —comentó el inspector cuando hubo acabado su recapitulación—. ¡No tuvo suerte!

Esto lo dijo en voz muy baja, y con una mirada escrutadora (no la primera que lanzaba) al forastero.

El señor Lightwood le explicó que no era amigo suyo.

—Ah, ¿no? —dijo el inspector, con un oído atento—. ¿Dónde lo encontró?

El señor Lightwood se lo explicó.

El inspector había pronunciado su recapitulación, y había añadido esas palabras con los codos apoyados sobre el escritorio, y con los dedos y pulgar de la mano derecha unidos a los dedos y pulgar de la mano izquierda. El inspector no movió más que los ojos al añadir, levantando la voz:

—¡Se está mareando, señor! Parece que no está acostumbrado a este tipo de asunto.

El forastero, que se apoyaba en la repisa de la chimenea, con la cabeza gacha, miró a su alrededor y respondió:

—No. ¡Es una visión horrible!

—Me han dicho que tenía que identificarlo, señor.

—Sí.

—¿Lo ha identificado?

—No. Es una visión horrible. ¡Oh! ¡Una visión horrible, horrible!

—¿Quién pensaba que podía ser? —preguntó el inspector—. Denos una descripción. A lo mejor podemos ayudarle.

—No, no —dijo el forastero—. Sería inútil. Buenas noches.

El inspector no se había movido, no había dado ninguna orden; pero el satélite deslizó la espalda contra la portezuela y dejó el brazo izquierdo encima, y con la mano derecha movió el farol que le había cogido a su jefe —sin ninguna ceremonia— hacia el forastero.

—Ha echado en falta a un amigo, o ha echado en falta a un enemigo, y lo sabe, o no habría venido hasta aquí, y lo sabe. Muy bien, pues, ¿no es razonable preguntar de quién se trata? —Así se expresó el inspector.

—Debe perdonarme que no se lo diga. Nadie puede comprender mejor que usted que las familias decidan no hacer públicos sus desacuerdos y desgracias, excepto en caso de máxima necesidad. No le discuto que cumpla con su deber preguntándome; y usted no me discuta mi derecho a guardarme la respuesta. Buenas noches.

De nuevo se volvió hacia la portezuela, donde el satélite, sin perder de vista a su jefe, permanecía como una estatua muda.

—Al menos —dijo el inspector—, no le importará dejarme su tarjeta, señor.

—Si tuviera, no me importaría; pero no tengo. —Se sonrojó y pareció muy turbado al responder.

—Al menos —dijo el inspector sin cambiar de tono o de actitud—, no pondrá ninguna objeción a que anote su nombre y dirección.

—Ninguna.

El inspector mojó la pluma en el tintero, y diestramente la dejó sobre un papel que tenía al lado; a continuación volvió a asumir su posición anterior. El forastero se acercó al escritorio y escribió con la mano trémula —el inspector se fijó de soslayo en cada pelo de su cabeza cuando se agachó—: «Señor Julius Handford, Posada del Tesoro Público, Palace Yard, Westminster».

—Se aloja allí, imagino, señor.

—Me alojo allí.

—Así pues, ¿vive en el campo?

—¿Cómo? Sí, vivo en el campo.

—Buenas noches, señor.

El satélite apartó el brazo y abrió la portezuela, y el señor Julius Handford salió.

—¡Reserva! —dijo el inspector—. Encárguese de este papel, no lo pierda de vista, pero sin molestarlo, asegúrese de que se aloja allí y averigüe todo lo que pueda de él.

El satélite desapareció; y el inspector, transformándose de nuevo en el abad del monasterio, mojó la pluma en la tinta y regresó a sus libros. Los dos amigos que lo habían observado, mostrándose más divertidos por su actitud profesional que suspicaces hacia el señor Julius Handford, le preguntaron, antes de partir, si creía realmente que había algo sospechoso en aquella muerte.

El abad replicó con renuencia:

—No puedo decirles. Si es un asesinato, cualquiera podría haberlo hecho. El crimen con escalo o la profesión de carterista exigen aprendizaje. No así el asesinato. Eso podemos hacerlo todos. He visto venir a identificar a docenas de personas, pero jamás vi a ninguno tan afectado. A lo mejor ha sido el estómago y no la mente. Un estómago un poco raro, de ser así. Pero, desde luego, hay tantas cosas raras… Es una pena que no haya una palabra de verdad en esa superstición que afirma que los cadáveres sangran cuando los toca una mano culpable; los cadáveres nunca dan ninguna señal. Ya arma bastante bulla esta mujer. Ella sola me está dando la noche —se refería a la mujer que daba golpes exigiendo un hígado—, pero de los cadáveres no se saca nada, y siempre ha sido así.

Como no había nada más que hacer hasta que se celebrara la encuesta al día siguiente, los amigos se marcharon juntos, y el Jefe Hexam y su hijo se fueron por su lado. Pero al llegar a la última esquina, el Jefe le ordenó al muchacho que se fuera a casa mientras él se introducía en una taberna de cortinas rojas que se hinchaba hidropésicamente sobre el embarcadero, «para tomar media pinta».

El muchacho levantó el mismo pestillo que había levantado antes y encontró a su hermana de nuevo sentada junto al fuego, con su labor. Esta levantó la cabeza al oírlo entrar y él preguntó:

—¿Adónde has ido, Liz?

—He salido a la noche.

—No hacía falta. Todo ha ido bien.

—Uno de los caballeros, el que no ha dicho nada cuando yo estaba aquí, me miraba mal. Y me daba miedo que adivinara lo que significaba mi cara. Pero ¡en fin! ¡No me hagas caso, Charley! De otro tipo fue el temblor que me dio cuando le confesaste a padre que sabías escribir un poco.

—¡Ah! Pero le hice creer que escribía tan mal que era casi imposible que nadie pudiera leer mi letra. Y entonces escribí muy despacio y lo manché con el dedo, y padre se quedó muy contento, y lo pasó por alto.

La chica dejó a un lado su costura, acercó su silla a la de él, junto al fuego, y le puso la mano cariñosamente en el hombro.

—Procurarás aprovechar el tiempo, ¿verdad, Charley?

—¿No lo haré? ¡Vamos! Esta sí que es buena. ¿Es que no lo hago?

—Sí, Charley, sí. Te esfuerzas mucho por aprender, lo sé. Y yo trabajo un poco, Charley, y hago planes y estratagemas (a veces me despierto con alguna estratagema en la cabeza) para conseguir un chelín ahora, un chelín más tarde, para que padre se crea que te estás empezando a ganar la vida vagabundeando por la orilla del río.

—Tú eres la favorita de padre, y puedes hacerle creer cualquier cosa.

—¡Ojalá pudiera, Charley! Pues si pudiera hacerle creer que aprender es algo bueno, y que mejoraría nuestra vida, moriría tranquila.

—No hables de morir, Liz.

Colocó las dos manos en el hombro de Charley, la una sobre la otra, y posando su mejilla de tez morena sobre ellas mientras contemplaba el fuego, añadió en tono pensativo:

—Por las tardes, Charley, cuando estás en la escuela, y padre…

—En los Seis Alegres Mozos de Cuerda —intervino el muchacho, señalando con la cabeza hacia atrás, en dirección a la taberna.

—Sí. Entonces, cuando estoy sentada junto al fuego, me parece ver en el carbón que quema… como donde hay ahora ese resplandor…

—Es gas, eso es —dijo el muchacho—, y sale de un trozo de bosque que ha estado bajo el barro que a su vez estuvo bajo el agua en la época del arca de Noé. ¡Fíjate! Cuando cojo el atizador… así… y le doy un…

—No lo muevas, Charley, o saldrán llamas. Me refiero a ese resplandor apagado que hay al lado, que viene y va. Cuando lo miro, por las tardes, forma como imágenes de mí, Charley.

—Enséñanos una imagen —dijo el muchacho—. Dinos dónde mirar.

—¡Ah! Hacen falta mis ojos, Charley.

—Abrevia, pues, y dinos qué ven tus ojos.

—Bueno, estamos tú y yo, Charley, cuando eras un bebé que no conoció a su madre…

—No vayas diciendo que no conocí a mi madre —interrumpió el chico—, pues tuve a una hermanita que fue para mí una hermana y una madre.

La chica rió encantada, y sus ojos se llenaron de agradables lágrimas cuando él la rodeó por la cintura con los brazos y la estrechó.

—Estamos tú y yo, Charley, cuando padre se iba a trabajar y nos dejaba fuera de casa, por miedo a que nos incendiáramos o nos cayéramos por la ventana, sentados en el umbral, o en otros portales, sentados en la orilla del río, vagábamos para matar el rato. Pesas bastante, Charley, y a menudo tengo que descansar. A veces tenemos sueño y nos quedamos dormidos en un rincón, a veces tenemos hambre, a veces estamos un poco asustados, pero a menudo lo peor es el frío. ¿Te acuerdas, Charley?

—Me acuerdo —dijo el muchacho, apretándola contra él dos o tres veces— de que me acurrucaba bajo un pequeño chal, y que allí se estaba calentito.

—A veces llueve, y nos metemos debajo de una barca o lo que haya; a veces es de noche y nos paseamos entre las lámparas de gas, nos sentamos a mirar la gente que pasa por la calle. Finalmente aparece papá y nos lleva a casa. ¡Y cómo parece cobijarnos nuestro hogar después de todo el día a la intemperie! Y papá me saca los zapatos, me seca los pies al fuego, y me tiene sentada a su lado mientras se fuma una pipa después de que tú te hayas acostado, y me fijo en que papá tiene la mano grande pero no pesada cuando me toca, y que papá tiene una voz áspera pero nunca enfadada cuando me habla. De manera que crezco, y poco a poco padre confía en mí, y me convierte en su compañera, y, por muy enfadado que esté, nunca me pega.

El muchacho dejó escapar un gruñido en ese punto, como si dijera: «¡Pero me pega a mí!».

—Estas son algunas imágenes del pasado, Charley.

—Abrevia otra vez —dijo el muchacho—, y elige una imagen del porvenir; una del futuro.

—¡Bueno! Ahí estoy, sigo con padre, agarrada a padre, porque padre me ama y yo le amo. No puedo ponerme a leer un libro, pues, si hubiera aprendido, padre habría pensado que iba a abandonarlo, y habría perdido mi influencia. No tengo la influencia que querría, no puedo impedir las cosas horribles que intento impedir, pero sigo esperando y confiando en que llegue el momento en que pueda. Mientras tanto, sé que en algunas cosas soy un apoyo para padre, y que, si no le fuera fiel, él, por decepción o venganza, o las dos cosas, se volvería loco y malo.

—A ver qué dicen de mí estas imágenes del futuro.

—Iba a pasar a ellas, Charley —dijo la muchacha, que no había cambiado de actitud desde que comenzara, y que ahora negaba lastimeramente con la cabeza—, las otras imágenes eran para llegar a esta. Ahí estás….

—¿Dónde estoy, Liz?

—Sentado en el hueco que hay junto al fuego.

—Ese rincón junto al fuego parece la casa del diablo —dijo el muchacho, llevando la mirada al brasero, que, con sus finas y largas patas, parecía un espeluznante esqueleto.

—Ahí estás, Charley, haciendo los deberes de la escuela a escondidas de padre; y ganas premios; y cada vez vas a mejor; y llegas a ser un… ¿qué era eso que me dijiste que querías ser?

—¡Ja, ja! ¡La adivina no sabe el nombre! —gritó el muchacho, al parecer, bastante aliviado por esa omisión de lo que se veía en el hueco junto al fuego—. Aprendiz de maestro.

—Llegas a ser aprendiz de maestro, y sigues mejorando, y acabas siendo un maestro lleno de saber y respeto. Pero padre hace mucho que está al corriente del secreto, y eso te ha separado de él, y de mí.

—¡No es verdad!

—Sí lo es, Charley. Veo, con toda la claridad que es posible, que tu camino no es el nuestro, y que aunque consiguieras que padre te perdonara que lo siguieras (cosa imposible), nuestro camino quedará ensombrecido por el tuyo. Pero veo también, Charley…

—¿Aún con toda la claridad que es posible, Liz? —preguntó el muchacho, en broma.

—¡Sí, aún! Que es algo muy bueno que te hayas apartado de la vida de padre, y que hayas emprendido un nuevo comienzo, y mejor. Así que aquí estoy, sola con padre, manteniéndolo todo lo honesto que puedo, esperando tener más influencia de la que tengo, esperando que gracias a alguna feliz coincidencia, o cuando esté enfermo, o cuando… no sé cuándo… pueda convencerle de querer hacer cosas mejores.

—Antes has dicho que no sabías leer un libro, Lizzie. Pero tu biblioteca es el hueco junto al fuego, creo.

—No sabes cómo me alegraría poder leer libros. Noto mucho mi falta de conocimientos, Charley. Pero lo notaría mucho más si no supiera que es un vínculo entre padre y yo. ¡Ojo! ¡Las pisadas de padre!

Al ser ya más de medianoche, el ave de presa se iba directamente a su percha. A mediodía del día siguiente, reapareció en los Seis Alegres Mozos de Cuerda, asumiendo el papel, por primera vez, de testigo ante el juez de instrucción.

El señor Mortimer Lightwood, además de hacer el papel de uno de los testigos, también interpretaba al eminente abogado que supervisaba el proceso en nombre de los representantes del difunto, como quedó debidamente constatado en los periódicos. El inspector también estuvo atento al proceso, y no compartió con nadie lo que vio. El señor Julius Handford había dado su dirección correcta, y tenía solvencia suficiente para pagar la cuenta, aunque nada más se sabía de él en el hotel, excepto que llevaba una vida muy retirada, y que nadie lo visitaba, por lo que apenas estaba presente en las sombras de la mente del inspector.

El caso interesó al público gracias a la declaración del señor Mortimer Lightwood referente a las circunstancias que habían acompañado el regreso del difunto, el señor John Harmon, a Inglaterra; durante varios días, a la hora de la cena, los Veneering, los Twemlow, los Podsnap, y todos los Parachoques ofrecieron su interpretación privada y exclusiva de las circunstancias, y todos las relataron de manera irreconciliable y contradictoria. También le dio interés el testimonio de Job Potterson, el camarero de la nave, y de un tal Jacob Kibble, otro pasajero, que manifestó que el difunto señor John Harmon transportaba, en una bolsa de mano con la que desembarcó, la suma obtenida por la venta forzada de sus bienes raíces, y que la suma excedía, en efectivo, las setecientas libras. Y aún lo hicieron más interesante las extraordinarias experiencias de Jesse Hexam, que tantos cadáveres había rescatado del Támesis, y a quien un extasiado admirador que firmaba «Un amigo del entierro» (quizá alguien que se dedicaba a las pompas fúnebres) había enviado dieciocho sellos de correos, además de cinco cartas al director del Times.

El jurado, teniendo en cuenta las pruebas presentadas, adujo que el cuerpo del señor John Harmon había sido descubierto flotando en el Támesis en un avanzado estado de descomposición y con numerosas heridas; y que el mencionado señor John Harmon había encontrado la muerte en circunstancias altamente sospechosas, aunque no se podía demostrar delante del jurado quién había sido el autor ni de qué manera había obrado. Y adjuntaron al veredicto una recomendación para el Ministerio del Interior (que el inspector parecía considerar de lo más razonable) para que ofreciera una recompensa para la resolución del misterio. A las cuarenta y ocho horas, se estableció de manera oficial una recompensa de Cien Libras, junto con un indulto a cualquier persona o personas que no hubieran sido el autor o autores materiales, etcétera, etcétera.

Esta proclama dejó al inspector adicionalmente pensativo, y lo puso a meditar por los peldaños de los ríos y los embarcaderos, y lo tuvo merodeando entre botes y embarcaciones, encajando esta pieza y la otra. Pero, según como unas las piezas de un rompecabezas, te puede salir un pez y una mujer separados, o una Sirena si los combinas. Y el inspector tan solo dio con una Sirena, algo en lo que no podrían creer ni un juez ni un jurado.

De este modo, al igual que las mareas que lo habían llevado a conocimiento de los hombres, el Caso Harmon —como se lo conoció popularmente— subía y bajaba, fluía y refluía, ahora en la ciudad, ahora en el campo, ahora entre palacios, ahora entre chamizos, ahora entre lores y ladies y gentes de buena cuna, ahora entre peones, martilladores, estibadores, hasta que al fin, tras un largo intervalo de aguas mansas, se fue mar adentro y desapareció.

cap-7

 

IV

LA FAMILIA DE R. WILFER

Reginald Wilfer es un nombre de sonido un tanto rimbombante, que sugiere al principio placas conmemorativas en iglesias rurales, volutas en vidrieras pintadas, y en general a los De Wilfer que llegaron con Guillermo el Conquistador. Y resulta un hecho extraordinario de la genealogía que ningún De Nadie llegara con Nadie más.

Pero la familia de Reginald Wilfer era de una extracción y actividades tan corrientes que sus antepasados habían subsistido durante generaciones en los muelles, en Impuestos Internos, en la Oficina de Aduanas, y el actual R. Wilfer era apenas un pobre oficinista. Tenía un salario limitado y una familia ilimitada, y era un oficinista tan pobre que nunca había alcanzado lo que era su modesta ambición: llevar en alguna ocasión un atavío completo totalmente nuevo, sombrero y botas incluidos. El sombrero negro se le volvía marrón antes de poder comprarse una chaqueta, los pantalones palidecían en las costuras y las rodillas antes de poder comprarse un par de botas, las botas se le gastaban antes de poder regalarse unos pantalones nuevos, y para cuando conseguía llegar de nuevo al sombrero, ese artículo moderno y reluciente techaba antiguas ruinas de diversos periodos.

Si el querubín convencional pudiera llegar a crecer alguna vez y vestirse, sería como un retrato de Wilfer. Su aspecto mofletudo, terso e inocente era una de las razones por las que, cuando no lo denigraban, lo trataban con condescendencia. Un desconocido que entrara en su pobre casa a eso de las diez de la noche se habría sorprendido quizá al encontrarlo sentado para cenar. Tan infantil era en sus curvas y proporciones que, si su antiguo maestro se lo hubiera encontrado en Cheapside, quizá no habría sido capaz de resistir la tentación de darle con la palmeta allí mismo. En resumen, era el querubín convencional después de dar el estirón: bastante gris, con signos de preocupación en el rostro, y en circunstancias decididamente insolventes.

Era tímido, y poco propenso a responder al nombre de Reginald, pues era un nombre con demasiadas aspiraciones y personalidad. En su firma utilizaba solo la inicial R., y revelaba lo que significaba en realidad apenas a unos pocos amigos escogidos en régimen de confidencialidad. Por esta causa, había surgido en el barrio que rodeaba Mincing Lane la burlona costumbre de inventarle nombres a partir de adjetivos y participios que fueran más o menos adecuados: como Rancio, Retraído, Rubicundo, Redondo, Rollizo, Ridículo, Reflexivo; otros se los ponían porque nada tenían que ver con él: Rugiente, Rabioso, Rufián, Ruidoso. Pero su nombre más popular era Rumty, que en un momento de inspiración se lo había endilgado un caballero muy sociable relacionado con el mercado de productos farmacéuticos, como el comienzo de un estribillo social, cuya parte solista había llevado a ese caballero, en su ejecución, al Templo de la Fama, y cuya carga expresiva completa se daba en las líneas:

Rumty nenito, uau uau uau

canta el pequeñito, uau uau uau.

Y así se le dirigían constantemente, incluso en notas sin importancia en el trabajo, como «Querido Rumty»; a las que él respondía tranquilamente firmando: «Atentamente, R. Wilfer».

Trabajaba de oficinista en la empresa de productos farmacéuticos de Chicksey, Veneering y Stobbles. Chicksey y Stobbles, sus antiguos jefes, habían sido absorbidos por Veneering, antaño viajante de comercio a comisión: quien había dejado constancia de su ascenso al poder aportando al negocio unas cuantas ventanas de cristal cilindrado y una mampara de caoba pulimentada a la francesa, y una enorme y reluciente placa para la puerta.

Una tarde, R. Wilfer cerró su escritorio, se metió su manojo de llaves en el bolsillo como si fueran una peonza y se encaminó a casa. Vivía en la región de Holloway, al norte de Londres, entonces separada de la ciudad por campos y árboles. Entre Battle Bridge y esa parte del distrito de Holloway en la que residía había un trecho de Sáhara suburbano, donde se quemaban ladrillos y tejas, se hervían huesos, se azotaban alfombras, se arrojaba basura, peleaban perros, y los empleados de la limpieza amontonaban polvo. Mientras flanqueaba ese desierto por su ruta habitual, a la luz de los fuegos de los hornos que formaba chillonas manchas en la niebla, R. Wilfer suspiraba y negaba con la cabeza.

—¡Ay! —decía—. ¡Las cosas podrían haber sido de otra manera!

Tras ese comentario sobre la vida humana, que indicaba una experiencia de esta que no era exclusivamente propia, se apresuraba en finalizar el trayecto hasta su casa.

La señora Wilfer era, naturalmente, una mujer alta y angulosa. Como su señor era querúbico, ella era necesariamente majestuosa, siguiendo el principio de que el matrimonio une los contrastes. Tenía la persistente costumbre de tocarse la cabeza con un pañuelo que se anudaba bajo la barbilla. Parecía considerar ese tocado, en conjunción con unos guantes que llevaba dentro de casa, como una especie de armadura contra la desdicha (que invariablemente tomaba la forma del desánimo o las dificultades), y como una especie de atavío de calle. Su marido, por tanto, contemplaba tan heroica indumentaria con cierto decaimiento del espíritu cada vez que ella dejaba la vela en el pequeño vestíbulo y bajaba los peldaños que cruzaban el pequeño patio delantero para abrirle la puerta.

Algo había pasado con la puerta de la casa, pues R. Wilfer se detuvo en los peldaños, se la quedó mirando y gritó:

—Va-ya.

—Sí —dijo la señora Wilfer—, vino el hombre en persona con unas tenazas, la sacó y se la llevó. Dijo que como no tenía esperanza alguna de que se la pagáramos, y como tenía un pedido para otra placa de «ESCUELA DE SEÑORITAS», dijo que eso era lo mejor para todos (después de bruñirla).

—A lo mejor lo era, querida. ¿Qué te pareció a ti?

—Tú eres el señor de la casa, R. W. —replicó su esposa—. Lo que importa es lo que tú piensas, no yo. ¿Hubiera sido mejor que el hombre se llevara también la puerta?

—Querida, no podríamos pasar sin la puerta.

—Ah, ¿no?

—¡Vamos, querida! ¿Podríamos?

—Lo que importa es lo que tú pienses; no yo.

Con tan sumisas palabras, la esposa le precedió mientras bajaban unos escalones hasta la pequeña habitación principal de un sótano, medio cocina, medio salita, donde una muchacha de diecinueve años, con una cara y una figura singularmente hermosas, pero con una expresión impaciente e insolente en el rostro y en los hombros (que a su edad, y en su sexo, son muy expresivas de descontento), se hallaba sentada jugando a las damas con una chica más joven, que era la más joven de la casa de los Wilfer. A fin de no recargar esta página con detalles de los Wilfer y mostrarlos de manera somera, baste decir que el resto se hallaban en lo que se suele denominar «por el mundo» en sus diversas acepciones, y que eran muchos. Tantos que cuando uno de sus cumplidores hijos iba a verle, R. Wilfer generalmente parecía decirse, tras una cierta aritmética mental, «¡Oh! ¡Aquí tenemos a otro!», antes de añadir en voz alta: «¿Cómo te va, John?», o Susan, como podía ser el caso.

—Bueno, mis Pichurrinas —dijo R. Wilfer—. ¿Cómo estamos esta noche? Lo que estaba pensando, querida —esto a la señora Wilfer, ya sentada en un rincón, de guantes cruzados—, era que, ya que hemos alquilado también el piso de arriba, y como ahora no tenemos sitio donde puedas dar clase a los alumnos, aun cuando hubiera…

—El lechero ha dicho que conocía a dos jóvenes señoras respetabilísimas que buscaban un local adecuado, y cogió una tarjeta —interrumpió la señora Wilfer con severa monotonía, como si leyera en voz alta una ley del Parlamento—. Dile a tu padre si fue el lunes pasado, Bella.

—Pero si yo no he oído nada de eso, mamá —dijo Bella, la hija mayor.

—Por añadidura, querida —la instó su marido—, si no tienes sitio en el que meter a dos muchachas…

—Perdona —volvió a interrumpirle la señora Wilfer—, pero no eran dos muchachas. Se trataba de dos damas, jóvenes, de la máxima respetabilidad. Dile a tu padre, Bella, si no dijo eso el lechero.

—Querida, es lo mismo.

—No, no lo es —dijo la señora Wilfer, con la misma impresio

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