1000 años de alegrías y penas

Ai Weiwei

Fragmento

1. Noche diáfana

1

Noche diáfana

Una risa escandalosa estalla en el camino.

Una panda de borrachos sale del pueblo dormido,

Armando jaleo, hacia los campos dormidos

En esta noche, esta noche diáfana.

Versos de «Noche diáfana», escritos por

mi padre en la cárcel de Shanghái, en 1932

Nací en 1957, ocho años después de que se fundara la «Nueva China». Mi padre tenía cuarenta y siete. Durante mi niñez, mi padre casi nunca hablaba del pasado, porque todo lo envolvía la espesa niebla del discurso político dominante y cualquier indagación de los hechos podía provocar represalias demasiado terribles; no merecía la pena correr el riesgo. Cuando el pueblo chino se plegó a las exigencias del régimen lo pagó con la muerte de su espíritu y de la capacidad para contar las cosas tal como en verdad ocurrieron.

Tardé medio siglo en empezar a pensar seriamente en estas cosas. El 3 de abril de 2011, cuando estaba a punto de tomar un vuelo en el aeropuerto internacional de Pekín, un enjambre de policías de paisano se me echó encima. Pasé los siguientes ochenta y un días desaparecido en un agujero negro. Fue ahí, en mi encierro, cuando me puse a reflexionar sobre el pasado: pensaba, sobre todo, en mi padre, intentaba imaginarme cómo fue su vida entre rejas, ochenta años antes, en una prisión nacionalista.[1] Caí en la cuenta de que apenas sabía nada de aquel calvario suyo, de que nunca me había interesado de verdad por su vida. En mi niñez, el adoctrinamiento ideológico proyectaba sobre nosotros una luz tan invasiva e intensa que nuestros recuerdos se esfumaron como sombras. Los recuerdos eran un fardo del que convenía deshacerse. La gente no tardó en perder no solo la voluntad, sino también la facultad de recordar. Cuando el ayer, el mañana y el hoy se diluyen en un borrón informe, la memoria —salvo por su peligro potencial— no significa nada.

Muchos de mis recuerdos más tempranos están fracturados. El mundo para mí, de niño, era una gran pantalla dividida en dos: a un lado, los imperialistas estadounidenses pavoneándose con sus esmóquines, sus sombreros de copa y sus bastones en mano, seguidos de cerca por sus perrillos falderos —los británicos, franceses, alemanes, italianos y japoneses, sin olvidar a los reaccionarios del Partido Nacionalista Chino que se atrincheraban en Taiwán—. Al otro lado, Mao Zedong y sus girasoles, esto es, los pueblos de Asia, África y Latinoamérica que perseguían la independencia y la liberación del yugo imperialista y colonialista. Nosotros éramos la luz, el futuro. Ahí estaba el «abuelito» Ho Chi-Minh, líder de Vietnam, en las imágenes de propaganda, rodeado de jóvenes valientes con sombreros de bambú que apuntaban con sus fusiles a los cielos para derribar un avión militar estadounidense. Cada día nos agasajaban con los relatos heroicos de sus victorias sobre los bandidos yanquis. Entre un lado y otro, un abismo infranqueable.

En aquel tiempo carente de información las elecciones personales carecían, a su vez, de fundamento, de consistencia: eran como plantas flotando en un estanque. La búsqueda de la realización individual y los apegos perdieron su razón de ser, dejaron de cultivarse, y la memoria se fue secando hasta resquebrajarse y colapsar. «Es el deber inexcusable del proletariado liberar a la humanidad antes de liberarse a sí mismo», tal era la consigna. Las muchas convulsiones que sufrió China hicieron añicos las emociones genuinas y la memoria personal. Suplantarlas con el mito de la lucha y la incesante revolución fue fácil.

Lo bueno es que mi padre era escritor y gracias a la poesía sacaba a la luz sentimientos guardados en lo más profundo de sí, aunque esos regueros de honestidad y decencia dejaran de fluir cada vez que las aguas de la política se desbordaban y arramblaban con todo, cosa que sucedió a menudo. Lo que me queda, hoy en día, es recoger los pedazos que sobrevivieron e intentar componer con ellos una imagen, por incompleta que sea.

El año en que nací, Mao Zedong desató una tempestad con su «campaña antiderechista». Su objetivo era purgar a los intelectuales «derechistas» críticos con el Gobierno. El torbellino que puso patas arriba la vida de mi padre también afectó a la mía y me marcó para siempre. A él lo condenaron, por ser el más destacado de los escritores derechistas, al exilio y a someterse a un proceso de «reeducación mediante el trabajo». La vida más o menos cómoda que había llevado desde la instauración, en 1949, del nuevo régimen, acabó abruptamente. Nos mandaron primero a los desiertos helados del noroeste y, más tarde, a la ciudad de Shihezi, al pie de las montañas Tianshan de Xinjiang. Allí nos quedamos, como una barquita a resguardo de un tifón, hasta que los vientos cambiaron de nuevo.

Entonces, en 1967, la «Revolución Cultural» de Mao entró en una nueva etapa. A mi padre lo acusaron de suministrar al pueblo arte y literatura burgueses y de nuevo lo metieron en una lista negra, junto con otros trotskistas, renegados y desafectos al partido. Yo estaba a punto de cumplir diez años y lo que vino después no he podido quitármelo nunca de la cabeza.

Ese mismo año, en mayo, uno de los radicales revolucionarios más conocidos de Shihezi nos visitó en nuestra casa. Por lo visto, según dijo, mi padre había llevado hasta el momento una vida demasiado fácil, de manera que se disponían a mandarlo a una remota unidad de producción paramilitar con el objetivo de «reformarlo».

Padre no contestó.

El tipo le espetó entonces, con desprecio: «¿A qué esperas, a que te organicemos una fiesta de despedida?».

Al poco, una camioneta del Ejército Popular de Liberación se detuvo frente a nuestra casa. Cargamos en ella unos cuantos enseres y una pila de carbón, y echamos encima nuestros sacos de dormir. Era casi todo lo que teníamos. Empezó a lloviznar y padre se sentó en la cabina. Mi hermanastro Gao Jian y yo subimos al remolque y nos acuclillamos bajo la lona. El sitio al que íbamos estaba junto al desierto de Gurbantünggüt y en la zona se lo conocía como «la Pequeña Siberia».

Mi madre no nos acompañó. Decidió regresar a Pekín con mi hermano pequeño, Ai Dan. Los diez años de exilio le habían pasado factura. Ya no era joven, no tenía cuerpo para afrontar la perspectiva de vivir en condiciones aún más primitivas. Shihezi era lo más lejos que estaba dispuesta a llegar. No le supliqué a mi madre que viniera con nosotros ni que se fuera sin mi hermano pequeño. No había forma de mantener a la familia unida. Así que me mordí la lengua. Ni le dije adiós ni le pregunté si volvería. No recuerdo cuánto tardaron en desaparecer por el horizonte mientras nos alejábamos. Para mí, quedarse o irse era lo mismo, puesto que carecíamos de libertad para decidir.

La camioneta daba violentos tumbos mientras avanzaba como podía por un camino de tierra lleno de baches y zanjas que parecía interminable. Tuve que agarrarme con fuerza para que el viento no me llevara. Una estera salió volando y desapareció al instante en la nube de polvo que levantábamos a nuestro paso.

Tras varias horas de traqueteo la camioneta se detuvo finalmente. Habíamos llegado a nuestro destino, en las puertas del desierto: el Cuerpo de Construcción y Producción del distrito militar de Xinjiang, 8.ª División Agrícola, 23.er Regimiento, 3.ª Rama, 2.ª Compañía. Era una de las muchas unidades por el estilo que se habían establecido en las regiones fronterizas de China durante la década de los cincuenta con un doble objetivo: en tiempos de paz, los trabajadores del Cuerpo de Construcción y Producción debían preparar las tierras para el cultivo e implicarse de lleno en la producción agrícola para impulsar la economía nacional; si estallaba la guerra con algún país vecino, o las minorías étnicas provocaban disturbios, los obreros entonces debían adoptar su faceta militar y colaborar en la defensa de la nación. Pero de vez en cuando las unidades cumplían también, como tuvimos ocasión de comprobar, una misión adicional: alojar a los delincuentes desterrados de sus lugares de origen.

Atardecía. En el aire flotaba el sonido de una flauta procedente de una hilera de casitas bajas de adobe. Algunos obreros jóvenes nos miraban desde allí con curiosidad. Nos tocó una habitación con nada más que una cama doble. Mi padre y yo colocamos la mesita y las cuatro banquetas que habíamos traído desde Shihezi. El piso era de tierra compactada y en los ladrillos de barro de las paredes se veían algunas espigas de trigo. Fabriqué una lámpara sencilla con un frasco de medicamentos: lo llené de queroseno, agujereé el tapón e introduje por él un cordón de zapato.

A mi padre le bastaba muy poco para vivir, sus necesidades se reducían básicamente a tiempo para escribir y leer. No era un hombre de muchas responsabilidades. Mi madre se ocupó siempre de la casa y jamás esperó que le echáramos una mano. Pero ahora estábamos solos, mi padre, Gao Jian y yo, y nuestra forma de organizarnos en la casa llamó la atención de los demás trabajadores, «soldados granjeros», rudos, toscos, que fueron muy directos con sus preguntas. «¿Qué es, tu abuelo?», me decían, señalando a mi padre, o: «¿No echas de menos a tu mamá?». Con el tiempo aprendí a desenvolverme solo.

Intenté fabricar una estufa para que dispusiéramos de calor y pudiéramos hervir el agua, pero el humo que producía se escapaba por todos lados menos por la chimenea. Procurar que eso no ocurriera me acabó irritando los ojos y provocando asfixia, hasta que me di cuenta de que el aire tenía que fluir libremente hacia la cámara. Luego estaban las demás tareas: sacar agua del pozo, ir a buscar los almuerzos a la cantina, echarle leña a la estufa y quitar la ceniza. Alguien debía encargarse de todo eso y la mayoría de las veces ese alguien era yo.

Habían amputado el pasado de nuestra existencia. Para nosotros, no tenían nada en común el uno con la otra, salvo la salida y la puesta del sol. Ahora nuestra vida parecía un curso de supervivencia en la naturaleza, si es que teníamos la suerte de sobrevivir. La compañía del Cuerpo de Producción daba al norte, a un desierto del tamaño de Suiza. Cuando lo vi por primera vez me emocioné tanto que empecé a correr por la arena estéril hasta que me faltó el aliento. Luego me tumbé a contemplar el infinito azul del cielo. Pero la emoción me duró poco. No había sombras bajo el intenso resplandor del sol. La tierra era una llanura de sal tan blanca que parecía cubierta de densa nieve. Cada vez que una ráfaga ardiente de viento se levantaba, los arbustos espinosos rodaban de aquí para allá y los granos de arena me aguijoneaban la cara, se me clavaban como puñales.

Los obreros venían de muy diversos lugares, con pasados oscuros, incomunicables, que aquella región fronteriza les ayudaba a olvidar. Desarraigados de sus comunidades, vivían únicamente en el aquí y ahora. Muchos portaban el estigma de pertenecer a una de las «cinco categorías negras» —los terratenientes, los campesinos ricos, los contrarrevolucionarios, las malas influencias y los derechistas—. O el de ser hijos de ellos, como yo. Algunos eran antiguos soldados, otros, jóvenes indeseables en sus ciudades de origen o refugiados procedentes de zonas empobrecidas del interior del país. Al menos aquí podían cultivar un trozo de tierra baldía que les diera lo justo para no morir de hambre.

A mi padre lo destinaron, de entrada, al servicio forestal. Para neutralizar su influencia corruptora le entregaron unas cizallas y un pequeño serrucho y lo mandaron a podar los árboles en solitario, aislado del resto de los trabajadores. Los olmos y los cinamomos llevaban sin podarse desde que nacieron y habían crecido de un modo tan anárquico que, más que árboles, parecían puro matorral. Las ovejas les habían roído los troncos y un sinfín de ramas laterales brotaban en todas direcciones. Pero padre no tardó en cogerle el gusto a su nuevo trabajo, porque le alegraba la compañía de los árboles tanto como le molestaba la de la multitud.

Yo asistía por las mañanas a las clases impartidas por el único maestro que allí había, en la única aula, junto a otros seis o siete estudiantes de tercero. La compañía no se hacía cargo de la educación de los mayores, de modo que mi hermano Gao Jian, que me llevaba cinco años, iba a la escuela secundaria de otra unidad del Cuerpo de Producción, donde vivía en calidad de interno.

Al salir de las clases cogía un termo y caminaba un trecho bastante largo para visitar a mi padre. Lo veía desde lejos, dando vueltas alrededor de un árbol, cortando aquí y allá y separándose un poco para comprobar si el conjunto quedaba simétrico. Cuando se apercibía de mi llegada, tardaba todavía unos segundos en relajarse. Recuerdo que una vez, tras enjugarse el sudor de la frente mientras se bebía de un trago el agua que yo le había llevado, me entregó una rama de olmo. La había desbastado cuidadosamente, se había esforzado en quitarle las agallas y las asperezas hasta dejarla suave y lustrosa como un cetro antiguo.

En el lugar donde se encontraban los edificios centrales de la compañía, se alzaba también un auditorio con una estrella de cinco puntas en su fachada. El rojo esplendente de la estrella había empalidecido hasta adquirir un tono oxidado, sin vida. En el Cuerpo de Producción el auditorio tenía el mismo estatus que los santuarios antiguamente. Estas construcciones estaban ahora por toda China, en las fábricas y las cooperativas, junto a los edificios gubernamentales, en las escuelas y en los cuarteles del ejército. El retrato de Mao Zedong colgaba sobre el escenario, flanqueado a su izquierda por las efigies de Marx y Engels y a su derecha por las de Lenin y Stalin. Todos miraban al centro, con los ojos fijos en la lejanía.

Todos los días al anochecer, después de la cena, la compañía celebraba una reunión, sin importar lo agotadora que hubiera sido la jornada. Bajo la recia luz de una lámpara de mercurio, doscientos cuarenta obreros y sus familias esparcían sus banquetas por el piso y escuchaban el informe ideológico del instructor político, en el que analizaba el progreso desde el punto de vista político a escala nacional. En esta época en que la «política» invadía todos los aspectos de la vida, uno estaba obligado a pedirle al presidente Mao instrucciones antes de iniciar su jornada laboral o lectiva y, del mismo modo, al acabar el día, cumpliendo un ritual muy parecido, había que informarle de los progresos en los estudios o en el trabajo. La función del instructor político era servir de guía para que nadie se apartara de la línea marcada por el partido, para implementar sus políticas, ejecutar las decisiones y las directrices de las autoridades supremas, así como para el estudio del marxismo-leninismo y la filosofía de Mao Zedong. Después de la reunión, el comandante evaluaba el trabajo de la jornada y programaba el de la siguiente.

Era costumbre llamar a los incluidos en las «cinco categorías negras» para que subieran al escenario. Una vez arriba, debían inclinar la cabeza ante el público en señal de arrepentimiento. Daba igual que mi padre estuviera allí mismo, bien visible, el funcionario al cargo gritaba siempre, sin excepción: «¿Se encuentra aquí el gran derechista Ai Qin?». Amplificar con aquel «gran» el término «derechista» era una práctica habitual cuando se trataba de mi padre, aunque no teníamos ni idea de a qué se referían exactamente con el adjetivo. Una vez, hasta lo denunciaron por ser un «novelista burgués», cosa rara, ya que fue su poesía la que le granjeó la fama. Pero a los demás les daba lo mismo quién fuera o lo que hubiera hecho. Todo aquello no era más que un procedimiento regulado y perfectamente lógico para cubrir la necesidad de enemigos que tenía la revolución. Sin ellos habría sido difícil mantener al pueblo en calma.

Cuando lo convocaban, mi padre se levantaba de su banqueta y se abría paso entre los congregados hasta ocupar su sitio en la escena. El flequillo le caía por la frente mientras reconocía sus crímenes con la cabeza gacha. Durante unos instantes se hacía el silencio, pero la muchedumbre no tardaba en volver a su despreocupación de siempre, con los niños corriendo y armando alboroto, los hombres soltando groserías y las mujeres amamantando a sus bebés o comiendo pipas mientras chismorreaban.

Si la autoridad al cargo decía: «Ahora dejaremos que el gran derechista Ai Qin se vaya», padre salía rápidamente de allí. Nunca sabía con antelación si eso ocurriría. Todo dependía de si llegaba o no una «última directriz» del presidente Mao. Si llegaba, a la gente como padre no se le permitía estar presente.

En los últimos años de la Revolución Cultural las directrices del presidente Mao llegaban casi a diario. El encargado de recibirlas las copiaba letra por letra, línea por línea mientras se las transmitían por teléfono; luego se hacían públicas en la reunión de la noche. Estos mensajes cumplían una función similar a la de los tuits nocturnos de Donald Trump. Eran los pensamientos que un líder transmitía directamente a sus devotos seguidores para realzar el carácter sagrado de su autoridad. En el caso de China iban incluso más allá: eran equivalentes a decretos. Tan pronto como se anunciaban, una cacofonía de tambores y platillos celebraba la sabiduría de Mao e insuflaba en sus oyentes renovadas energías. Este tipo de escenas se representaron sin cesar a lo largo y ancho del país. Pasaron años antes de que se suspendiesen las emisiones de «últimas directrices».

La Revolución Cultural, según decían, era «una nueva etapa para ampliar la revolución socialista y profundizar en ella», para llevarla «hasta el alma misma de la gente». La meta era «desbancar a los poderosos que estaban tomando la senda capitalista, hacer una crítica de la burguesía y de todas las clases explotadoras, y reformar la educación, la cultura y todos los aspectos de la superestructura que no se ajustasen a los presupuestos económicos del socialismo, con el fin de desarrollar y consolidar el sistema». Este lenguaje hinchado era el pan de cada día durante mi niñez. Tenía un efecto hipnótico, narcótico, sobre la gente. Todo el mundo parecía poseído por él, por incomprensible que les resultara.

El auditorio hacía también las veces de comedor. Todos los días, a la hora de comer, mi padre estaba obligado a detenerse en la entrada y anunciar a los demás, mientras repiqueteaba en un viejo aguamanil lacado, su condición de derechista y criminal. Los obreros se familiarizaron muy pronto con el espectáculo y pasaban por allí sin prestar atención para formar la larga cola que desembocaba en el portillo de la cocina. Cuando les tocaba el turno, tenían que entregar su plato, sus cupones de comida y citar alguna frase del presidente Mao para recibir el rancho de manos del cocinero. Este, a su vez, también citaba a Mao para reafirmar su compromiso con la revolución mientras dejaba caer la comida en los platos. Nuestra vida era un teatro en el que cada uno interpretaba sin pensar el papel que le habían asignado. Cualquier pequeña modificación, como que mi padre no apareciera en la entrada del comedor cada día para autoinculparse, habría sido, quizá, el indicio de una desgracia mayor y una fuente de angustia.

En esta época mortecina y llena de privaciones, la imaginación de la gente se proyectaba entera en la cocina, aunque el menú cambiara poco de un día para otro. Todas las mañanas el cocinero mezclaba harina de maíz y agua caliente, y después colocaba la masa en un cajón de un metro cuadrado. Luego apilaba cinco de esos cajones en una olla de hierro y los ponía a cocer durante media hora. Pasado ese tiempo, levantaba la tapa y cortaba en pedazos el pan de maíz mientras el vapor inundaba la cocina. Cada trozo tenía un peso de doscientos gramos y él los pesaba a la vista de todo el mundo para que nadie dudara de su imparcialidad. Este era el pan que nos daban durante todo el año, desde el primer hasta el último día, salvo el 1 de mayo (fiesta internacional del trabajo) y el 1 de octubre (la fiesta nacional). En estas fechas señaladas, el pan se revestía de una fina capa rojiza producto del azúcar y de —con suerte— alguna que otra azufaifa. La posibilidad de encontrar en el pan una azufaifa despertaba siempre un poco de emoción. La compañía disponía de amplias extensiones de tierra dedicadas al cultivo de maíz, pero ni una sola vez nos dieron pan elaborado con harina fresca; siempre usaban el «grano de las provisiones de guerra», que llevaba en los almacenes Dios sabe cuánto, nos raspaba la garganta cuando lo tragábamos y apestaba a moho y a gasolina.

Padre, Gao Jian y yo recibíamos cada uno una paga mensual de quince yuanes, algo más de cinco dólares de la época, de modo que la suma de nuestros ingresos ascendía a cuarenta y cinco yuanes —el salario medio de un obrero era de treinta y ocho con noventa y dos yuanes al mes—. Padre fumaba cigarrillos baratos, de cinco yuanes la cajetilla, que lo llenaban todo de un olor acre, como de lana chamuscada, y se apagaban continuamente. Fueron aquellos cigarrillos los responsables de que la chaqueta militar acolchada de padre acumulara algunos agujeros de más. Las cerillas se consideraban «material de combate» y a cada familia le daban solamente una caja para todo el mes. A nosotros solían acabársenos antes que el mes y yo tenía que pedirles fuego a los vecinos para encender la estufa.

Para ahorrar, mi padre se cambió al tabaco que producía la propia compañía. Hacíamos pequeños cilindros de papel con recibos viejos y los llenábamos hasta rebosar de picadura. Cada noche, padre y yo liábamos unos veinte cigarrillos y luego los guardábamos cuidadosamente en un frasco de porcelana azul y blanca que había logrado sobrevivir, vete a saber cómo, a las redadas de la Guardia Roja en nuestra antigua casa. La tapa y el asa eran de plata fina y estaba decorado con un puente sobre un arroyo, un paje que tocaba la cítara junto a unas rocas, sauces llorones y una cabaña con el techo de paja en la que se veía una ventana entreabierta con el marco de madera. El frasco lo iluminaba todo, hasta el rincón más sombrío, con el brillo blanco y azul cobalto de su porcelana.

Cuando la noche llegaba, cuando la oscuridad impenetrable descendía sobre los campos de trigo y el zumbido constante de los insectos se adueñaba de todo, padre y yo nos sentábamos, cada uno en un lado de la mesa, mientras la lámpara proyectaba nuestras sombras —una grande, otra pequeña— en la pared que teníamos detrás. A menudo mi mente se quedaba tan vacía como la estancia, sin imaginación y sin recuerdos, y mi padre y yo éramos como dos extraños sin nada que decirse. En ocasiones me limitaba a mirar fijamente la llama saltarina de la lámpara.

A veces, sin embargo, justo cuando empezaba a quedarme traspuesto, padre se ponía a hurgar en su memoria y a revivir el pasado. Poco a poco me transportaba hasta los lugares donde estuvo, junto a los hombres y mujeres que había conocido, y algo aprendía de sus amores, sus matrimonios. Mientras él hablaba, era como si yo no estuviese allí, en aquella habitación. Sus narraciones no parecían tener ningún propósito salvo el de asegurarse de que su memoria no se había secado. Allí, en «la Pequeña Siberia», fue el aislamiento lo que nos aproximó, lo que forjó nuestro vínculo. Las privaciones trajeron consigo una clase especial de abundancia que conformó mi vida entera por venir.

2. Arden los corazones

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Arden los corazones

El parto de mi padre fue difícil. Mi abuela tuvo un sueño extraño mientras estaba embarazada: vio a su bebé abandonado en una pequeña isla perdida en un mar revuelto. Todos los parientes y amigos coincidieron en que aquel era un mal presagio, y mi abuela, que por entonces tenía veinte años y aún era budista —más tarde se convertiría al catolicismo—, se dedicó a quemar incienso y a rogar por la buena fortuna de su hijo todos los días. La angustia, sin embargo, no la abandonó. Parir a mi padre le llevó dos días y dos noches, y puso al límite su capacidad de resistencia. Pero por fin, de entre las cortinas de seda de una cama con dosel, lacada en rojo y teñida de dorado, brotó el llanto lastimero de una criatura.

Mi abuelo ya tenía elegido un nombre, un nombre pensado no solo para reflejar el lugar que el nacido ocupaba en la secuencia generacional, sino para mantener el prestigio moral y social de la familia. Como se labra un detalle de nácar en una vasija lacada, con el mismo mimo, con la misma delicadeza, sabiendo que habría de moldear el destino de su portador de un modo impredecible, así se insertaba el nombre en el linaje familiar. A padre lo llamaron Haicheng, de hai (海), «mar», y chéng (澄), «sereno».

Nació el día diecisiete de la segunda luna, en el año segundo del reino de Xuantong (es decir, el 27 de marzo de 1910), durante el equinoccio primaveral, según el calendario tradicional chino, cuando el día y la noche tienen la misma duración y la naturaleza experimenta un renacer lleno de júbilo.

Según las creencias populares, los niños nacidos aquel año «venían montados en la cola del dragón». De hecho, dieciocho meses más tarde, a unos cinco mil kilómetros de allí, en la ciudad de Wuchang, una facción progresista del ejército dio un golpe de Estado que desencadenó la Revolución de 1911. Las provincias del sur de China no tardaron en proclamar su independencia del imperio Qing. Poco después, en 1912, la dinastía Qing cayó, y con ella llegaron también a su fin dos milenios de gobierno feudal autocrático.

Para los supersticiosos, un nacimiento difícil era una señal desfavorable. Doce días después, cuando mi abuela estuvo en condiciones de recibir visitas, el abuelo hizo venir a un astrólogo, como era habitual en esos casos. Tras informarse de la hora precisa en que nació la criatura, y del año, el mes, el día y la hora en que vinieron sus padres al mundo, el visitante se puso a hacer cálculos con su brújula.

Fue un largo proceso que mantuvo en suspenso a todo el mundo y acabó con un pronóstico estremecedor: el recién nacido «chocaba» con el destino de sus padres y, si se quedaba con ellos allí, en su casa, podía «provocarles la muerte». Ellos interpretaron que debían ser otros, fuera del ámbito familiar, quienes criaran al niño. La alegría de tener consigo a su primogénito se transformó en temor de que el recién nacido fuese portador de la desgracia familiar. El adivino dijo también que, incluso si sobrevivía y llegaba a convertirse en adulto, lo mejor sería que este nunca los llamara «padre» ni «madre», sino «tío» y «tía».

El tono grave y temeroso de aquel hombre afectó profundamente a mis abuelos. Su conclusión parecía tan sólida e irrefutable como los enseres del hogar, y sus sombrías predicciones se grabaron en el destino de su hijo como una marca de nacimiento.

Mi padre, claro, no era consciente de nada. Ignorante de su mísero porvenir, descansaba cómodamente en su cuna de bambú, bien envuelto en su edredón, donde habían bordado la leyenda: DIEZ MIL ALEGRÍAS, y con un chichón en la frente como única huella de su lucha por nacer.

Mi padre vino al mundo en el seno de una familia de terratenientes que vivía en la aldea de Fantianjiang, en la esquina nordeste de la antigua prefectura de Jinhua, en la provincia costera de Zheijiang. Mis abuelos murieron mucho antes de que yo naciera, pero se parecían mucho entre sí, a juzgar por las dos fotos suyas que se han conservado. Salvo por la barba de mi abuelo resultarían prácticamente indistinguibles, ambos con las caras redondas, las frentes amplias, el pelo peinado hacia atrás y los ojos prominentes que se curvan un poco en los vértices. Ambos vestidos con pulcritud, ambos con una expresión amable.

En su aldea de un centenar de casas, a mi abuelo se lo tenía por un hombre culto. Llamó a su taller «Estudio del aspirante a la cultura», y colgó en él rollos de papel con su propia y hermosa caligrafía que daban fe de su compromiso con el cultivo del espíritu. En el recibidor había una placa de madera con la inscripción: LA DICHA RESIDE EN LOS LAZOS FAMILIARES, que resumía, de un modo más general, su forma de ver el mundo.

El abuelo era dueño de una tienda de salsa de soja y de un almacén de productos de importación. Además de a sus negocios, dedicaba su tiempo a estar al día de lo que ocurría en el mundo y a leer libros recientes. Estaba suscrito a Shen bao, un periódico en chino fundado por un londinense que vivía en Shanghái. Si un paisano quería saber cómo iba el mundo —por ejemplo, cómo le iba a China en su guerra con Japón—, le bastaba con echar un vistazo rápido al rostro del abuelo. También se dedicaba a estudiar en detalle su atlas mundial, a seguir el desarrollo de las nuevas técnicas para el pronóstico meteorológico y a leer Evolución y ética, de Thomas Huxley.

Sus paisanos lo consideraban un reformista. Fue uno de los primeros en cortarse la coleta, es decir, la larga trenza de pelo que simbolizó la sumisión de los chinos Han a la autoridad manchú durante el periodo Qing. Permitió a las mujeres de su familia no seguir la tradición de vendarse los pies y mandó a sus dos hijas a estudiar al colegio cristiano fundado por Stella Relyea, una misionera perteneciente a la Sociedad Misionera Bautista de Estados Unidos, Iglesia que contaba en China con doscientos cincuenta mil feligreses. El abuelo también era cliente de un banco francés radicado en Shanghái, la Sociedad Internacional de Ahorros. En aquel tiempo, confiar tus ahorros a un banco se veía prácticamente como una temeridad.

Mi abuela, Lou Xianchou, procedía de una familia acomodada del vecino distrito de Yiwu. Después de mi padre dio a luz a siete criaturas más. Tres de ellas murieron pronto, de modo que mi padre acabó teniendo dos hermanos y dos hermanas. Abuela era cariñosa y generosa, y solía dar a sus criados puñados de pepitas de melón o cacahuetes. Los estudiantes de secundaria de los alrededores acudían a menudo a visitarla para leer los periódicos y las revistas y charlar con ella. Aunque no sabía leer ni escribir, recitaba de memoria algunos poemas de la dinastía Tang y cancioncillas populares. Además, tenía un sentido del humor muy peculiar.

En 1910, cuando nació mi padre, mi abuelo había cumplido veintiún años. El reinado de la dinastía Qing, que había durado doscientos sesenta y seis, estaba a punto de acabar y solo faltaban siete para la caída de los zares y la instauración del régimen soviético. Aquel fue el año de la muerte de Mark Twain y de Tolstói, el año en que Edison, en la remota Nueva Jersey, inventó el cine sonoro. En Xiangtan, en la provincia de Hunan, Mao Zedong, que por entonces tenía diecisiete años, estaba todavía en el instituto. Su primera esposa, producto de un matrimonio concertado por su familia, murió un mes antes de que mi padre naciera. Pero Fantianjiang, como muchas otras aldeas de China, dormía el sueño de los justos, anodina y anónima.

No mucho después de los vaticinios del astrólogo, nació una niña en una familia de campesinos de Fantianjiang y su madre la ahogó de inmediato, o eso se cuenta, porque era más práctico y ventajoso emplearse como nodriza del recién nacido de los Jiang que criar una niña condenada a la insignificancia. Puede sonar despiadado, pero no sorprendente; sabemos que así eran las cosas entonces.

La familia de la madre de la niña se llamaba Cao y vivía en la cercana aldea de Dayehe (nombre que significa «gran hoja de loto»). Había llegado a Fantianjiang, siendo aún una cría, para casarse con un pariente lejano y pobre de mi abuelo. Nadie en la aldea se molestó en aprenderse su nombre real; la llamaban simplemente Gran Hoja de Loto, como su lugar de procedencia. Contaba treinta y dos años cuando empezó a amamantar a mi padre para mantener a sus cinco criaturas y al borracho de su marido. La gente de la aldea la consideraba una mujer afortunada por haber tenido esa oportunidad.

Su casa estaba muy cerca de la de los Jiang. Era una vivienda de dos habitaciones con techo bajo y paredes renegridas por el humo de la cocina. En uno de los rincones había una cama de madera y, cerca de ella, una mesa cuadrada y destartalada. Por las grietas del tejado se veían tiras de cielo y, junto a la puerta de entrada, fuera de la casa, había un gran bloque de piedra. En él se sentaba Gran Hoja de Loto para dar de mamar a su lactante.

En esta mísera cabaña pasaba mi padre sus días y sus noches, salvo en Año Nuevo y otras festividades importantes. Mis abuelos solían llevárselo entonces durante un tiempo.

La residencia familiar de los Jiang se componía de una vivienda principal con cinco habitaciones y de dos edificios anexos, cada uno de dos plantas y construidos con madera. En sus vigas, aleros y ventanas se habían tallado escenas históricas y protectoras del hogar. El patio era agradable y tranquilo en cualquier época del año, con sus losas oscuras y sus orquídeas y helechos en el cuenco de piedra, junto al depósito de agua de lluvia. Todas las edificaciones de la casa del abuelo se habían construido con los mismos materiales y en idéntico estilo. Aunque no había dos casas iguales, todas ellas estaban estrechamente unidas, entretejidas como un brocado cuya trama y urdimbre se hubieran teñido en las enseñanzas mismas de Confucio. Su diseño requirió de una gran creatividad y de una minuciosa labor artesanal, y encarnaba el orden tradicional que había pasado intacto de una en otra generación durante siglos.

De vuelta en la cabaña, padre comía, seguro, pasteles de arroz, cerdo curado y bollos crujientes rellenos de mostaza verde, que le encantaban. Luego se sentaba en el regazo de Gran Hoja de Loto, junto al fuego, y esta le contaba cuentos. Ella lo quería con devoción. Cuando él la llamaba, dejaba cualquier cosa que estuviese haciendo para cogerlo en brazos y apretar dulcemente contra la pálida tez infantil su rostro quemado por el sol. Gran Hoja de Loto colmó los primeros años de su niñez de cariño y calor humanos.

Jinhua, la ciudad más poblada de la zona, se hallaba en una cuenca rodeada de colinas y atravesada por dos ríos que acababan fundiéndose en su camino hacia el norte. A cuarenta kilómetros al nordeste de Jinhua, en el límite del distrito de Yiwu, estaba Fantianjiang. Por el lado norte de la aldea asomaban los picos llamados «Gemelos», que se teñían de un color cálido cuando la luz del sol incidía sobre ellos de una determinada manera. De las rocas subterráneas cubiertas de matojos brotaba el agua fresca de un manantial, y el suelo arcilloso, enrojecido por el óxido de hierro, albergaba una gran variedad de plantas, como bambúes, alcanforeros, abetos y nogales. También había, aquí y allá, camelias, azaleas, granados y olivos aromáticos esparcidos por el paisaje.

A la entrada de la aldea se alzaban dos alcanforeros enormes, centenarios. Hacían falta unas cuantas personas para rodear sus inmensos troncos, y las ramas, que les habían salido por todas partes habían ido tejiendo, siglo tras siglo, un denso y anchuroso dosel de hojas. Uno de los árboles tenía un agujero lo bastante grande como para que los niños jugaran en su interior, y un huequecillo con una efigie de Buda. Los lugareños llamaban a este árbol «la anciana» y acudían a él para pedirle que bendijera a sus hijos.

Mi padre tardó tres años en empezar a hablar. Algunos en el pueblo lo tomaban por idiota. A los cuatro, cuando entró en la edad escolar, el abuelo se lo trajo de la casa de Gran Hoja de Loto. En 1915, cuando tenía cinco años, se abrió una escuela primaria en el pueblo, financiada con fondos privados, que ofrecía clases de educación plástica a cargo de un profesor muy habilidoso con las manualidades. Estas clases fueron el desencadenante de la afición de mi padre por los trabajos manuales. Hizo una casa de madera, con puertas y ventanas que se abrían, y le puso dentro una linterna mágica tan encantadora como un caleidoscopio. Un día, en invierno, su madre le dio un brasero y él empezó a mecerlo de un lado a otro haciendo que el carbón pitara y explotara para regocijo de sus hermanos pequeños. El abuelo, viendo lo mucho que le gustaba a su hijo construir cosas con las manos, le dijo un día con sorna: «Voy a tener que llevarte al hospicio, con los pobres». En aquel entonces, las manualidades no gozaban de mucho prestigio.

Al abuelo le molestaban también otras cosas de su primogénito. Una vez, cuando un gorrión defecó en su coronilla —para el abuelo esto era una señal de mala suerte—, le pidió a mi padre que fuera con un cuenco a casa de unos vecinos y le trajera un té especial para «ahuyentar los malos augurios». Padre, que consideraba indigno aquel mandado, no se movió de la puerta. Ante semejante desafío, el abuelo reaccionó presionando con fuerza el cuenco sobre la cabeza de su hijo hasta que los bordes le rasgaron el cuero cabelludo y le salió sangre.

Su tía (la esposa del hermano mayor del abuelo) se quedó horrorizada cuando presenció la escena, se llevó a padre de la mano y le frio un par de huevos. «Si vuelve a pegarte —le decía—, te freiré más, ¿te parece?» El niño asintió con la cabeza. Más tarde escribió una nota: «Papá me ha pegado, ¡el muy bestia!». El abuelo encontró el papelito en un cajón. No volvió nunca más a levantarle la mano a su hijo.

Padre no tuvo una infancia feliz. Con el tiempo, la relación con sus progenitores se volvió cada vez más tensa. Un día le dijo a su hermana pequeña: «Cuando mamá y papá estén muertos, te llevaré a Hangzhou» —la capital de la provincia de Zheijang, a unos ciento cincuenta kilómetros de allí—. La abuela, que lo escuchó desde el pasillo, lo llamó y le colgó del cuello un par cintas con monedas que había sacado del cofre del dinero, mientras le decía: «¿Quieres irte? Pues adelante, vete ya, no tienes por qué esperar a que nos muramos». Padre se quedó allí, de pie, en silencio, mientras ella lo retaba. Por entonces, él ya atesoraba en su interior un secreto: se iría muy lejos de allí, vería mucho más mundo que aquellos pueblerinos, visitaría lugares con los que ellos ni siquiera habían soñado.

Poco después del fin de la Primera Guerra Mundial, en la primavera de 1919, las potencias aliadas se reunieron en el Palacio de Versalles, cerca de París, para firmar un tratado de paz y China estuvo presente entre los vencedores. Pero la Conferencia de Paz de París hizo caso omiso de las exigencias de los delegados chinos acerca de conservar la integridad territorial del país y concedió las posesiones coloniales alemanas de Qingdao y Shandong a Japón. Cuando la noticia llegó a China, los actos de protesta prendieron por todo el territorio nacional.

El 4 de mayo, unos tres mil estudiantes universitarios de Pekín se manifestaron enfrente de Tiananmen, junto a la imponente puerta del sur de la Ciudad Prohibida, para exigir respeto a la soberanía nacional y el cese inmediato de los oficiales chinos, a quienes se acusaba de colaborar con los japoneses. Este brote de nacionalismo, que más tarde se conocería como «Movimiento del Cuatro de Mayo», se contagió pronto al resto del país. Los intelectuales chinos, convencidos de que se necesitaba un cambio cultural drástico para quitarse de encima el atraso y evitar ulteriores humillaciones, empezaron a movilizarse en favor de «Don Demócrata» y «Don Científico» (el tratamiento «don» es indicativo de la deferencia debida a un maestro) y para criticar el confucianismo y el orden moral tradicional que había legitimado durante tanto tiempo el poder del emperador. Al grito de «¡Abajo con el negocio de la familia Kong!» (una referencia despectiva a la ideología confuciana), emplazaban a los jóvenes a tomar partido y despertar ante la crisis de China, así como a ensalzar la libertad, el progreso y la ciencia. Estas ideas venían calando ya en la educación que se impartía en Jinhua. Los rudimentos de la democracia y la ciencia se encontraban en los libros de texto de la escuela elemental a la que asistía padre.

Algunos intelectuales chinos, liderados por Chen Duxiu y Li Dazhao, empezaron a promover el marxismo-leninismo inspirándose en la Revolución rusa. En junio de 1921, Lenin mandó a Shanghái, para que presidiera el primer congreso del Partido Comunista de China, a un delegado de la Internacional Socialista que respondía al sobrenombre de Maring. Aquella reunión se organizó entre fuertes temores y tensiones; para evitar las miradas indiscretas del Gobierno nacionalista se decidió finalmente que se celebraría a bordo de un barco en el Lago Sur, en Jiaxing, a más de cien kilómetros de allí.

En el orden del día de la reunión aparecieron, por primera vez, conceptos como «lucha obrera», «lucha de clases», «dictadura del proletariado», «abolición del sistema capitalista basado en la propiedad» y «alianza con la Tercera Internacional». No existían equivalentes chinos de tales términos, quizá por eso las actas del congreso se escribieron en ruso. A Maring (que era, en realidad, un comunista holandés llamado Hendricus Sneevliet), lo acompañó otro delegado, un ciudadano soviético al que llamaban «Nikolski», y cuyo nombre real fue un misterio durante casi medio siglo, hasta que, gracias a Gorbachov, la apertura de un archivo ruso reveló que se llamaba Vladímir Abramóvich Neiman-Nikolski, y que murió fusilado en 1938, bajo la acusación de espionaje, por orden de Stalin. Así inició el Partido Comunista de China su larga y accidentada historia.

En 1925, con quince años, mi padre ingresó como interno en el instituto de secundaria de Jinhua, ubicado en la antigua mansión de un príncipe Taiping, un edificio imponente con un fastuoso salón central. Era una escuela para varones y la mayoría de ellos procedía de las familias acomodadas de la zona. Padre, influido por las corrientes progresistas que barrían el país, se identificó con la democracia occidental y los valores republicanos. Además, se convirtió en un admirador de Nueva Literatura, un movimiento que defendía el uso de la lengua vernácula. Cuando una vez, para un examen, se les pidió a los alumnos que escribieran un ensayo en lengua clásica, padre, como gesto de desafío, lo escribió en la vernácula y lo tituló: «Cada época tiene su propia literatura». Su profesor no pareció impresionarse mucho: «¡Ideas a medio hacer!», le soltó, burlonamente. Incluso hoy, aquella defensa ingenua de una literatura acorde con su época que escribió mi padre resulta un tanto aventurada en China.

Gran Hoja de Loto murió mientras mi padre estaba en el colegio. Tenía cuarenta y seis años. Sus cinco hijos la lloraron con ganas, y hasta su marido, que tan propenso había sido siempre a maldecirla y golpearla cuando estaba bebido, sintió su pérdida también un poco. Vivió toda su vida en la pobreza y su única posesión, al dejar este mundo, fue un endeble ataúd. Pero al menos su muerte temprana la libró de preocupaciones. No volvería a inquietarse por lo que sería de ella si su marido moría, ni se desvelaría más por culpa de su primogénito, el malhechor; no seguiría penando por el fallecimiento en combate de su segundo hijo, ni volvería a preguntarse cómo se las iban a arreglar el tercero, el cuarto y el quinto para malvivir. En un poema que padre escribió años después para homenajear su vida llena de privaciones y de lucha, imaginó a su madre adoptiva acudiendo a su boda y a su cariñosa novia llamándola «suegra»; era un reconocimiento, nostálgico, lleno de melancolía, del papel crucial que Gran Hoja de Loto desempeñó en su niñez.

En el colegio, padre estaba absorbido por el arte. Durante la clase de matemáticas, con el pretexto de ir al baño, salía al exterior a dibujar del natural. Volvía siempre cuando la clase estaba a punto de acabar. Cuando regresó a casa, en las vacaciones de verano, el abuelo le pidió que vigilara los campos de arroz, pero él cogió a sus hermanos y se los llevó a dibujar a un templo budista que se encontraba a casi un kilómetro de allí. Aquel templo databa de principios de la Edad Media y en su patio se alzaban cipreses centenarios que parecían casi tocar el cielo. En el recinto principal había una estatua del Buda Maitreya con el vientre prominente bajo un dístico que decía: «Gran Vientre acoge a todos los que no encuentran acogida / Boca que ríe se ríe de todos los que son dignos de risa». Padre, en un acto de rebeldía propio de aquellos tiempos, orinó a los pies del Buda para manifestar su desprecio hacia la religión.

En mayo de 1925, mientras padre se preparaba para sus exámenes de secundaria, miles de estudiantes se echaron a la calle en Shanghái para protestar por el maltrato que sufrían los obreros chinos a manos de los empresarios japoneses. Una fuerza policial armada se desplegó para arrestar a los manifestantes y la tarde del día 30, mientras los estudiantes y los habitantes de la ciudad exigían la liberación de los arrestados, los agentes británicos abrieron fuego. Más de veinte personas resultaron heridas o muertas. Las huelgas y los boicots se extendieron por todo el país para obligar al Gobierno a que aboliera los puestos coloniales establecidos por las potencias extranjeras en el territorio nacional. Las naciones occidentales habían venido instituyendo en China, desde mediados del siglo XIX, áreas con puertos comerciales que gobernaban ellos y violaban, por tanto, la soberanía de la nación. En enclaves como la Concesión Internacional de Shanghái, regida por los franceses, o el Acuerdo Internacional de Shanghái, por los británicos, los extranjeros lo controlaban prácticamente todo: los sistemas impositivos, el poder judicial, la aplicación de la ley, la educación, el transporte, los servicios postales y de telecomunicaciones, las obras públicas, la limpieza y recogida de basuras, e incluso disponían de tropas; funcionaban, a todos los efectos, como un Estado dentro del Estado.

En el instituto al que asistía padre, en Jinhua, se desencadenó un movimiento en pro de los manifestantes de Shanghái. Los estudiantes marcharon por la ciudad con banderas, profiriendo eslóganes contra los japoneses, llamando a los obreros a la huelga y a los comerciantes a que cerraran sus establecimientos. Echaron abajo los letreros de las tiendas y rompieron escaparates, desvalijaron almacenes en busca de productos importados y quemaron junto al río todos los bienes japoneses y británicos que encontraron. Padre se contagió de aquella fiebre revolucionaria y decidió irse a Guangzhou para matricularse en la Academia Militar de la República China. Cuando el abuelo se enteró de que su primogénito quería abandonar los estudios, se puso tan furioso que dejó de hablarle. Ante semejante oposición por parte del abuelo, su hijo no siguió adelante.

En 1927, la precaria alianza que mantenían los nacionalistas y los comunistas se vino abajo abruptamente. El 12 de abril de ese mismo año, tras la llegada a Shanghái de las fuerzas nacionalistas, su comandante en jefe, Chiang Kai-shek, ordenó el arresto y la muerte de los comunistas —consideraba que la capacidad de estos para movilizar a los obreros amenazaba su autoridad—. Los efectos de estas medidas represivas se dejaron sentir muy pronto en las ciudades de provincias como Jinhua. Una mañana, el director del instituto convocó a todos los estudiantes en el recinto deportivo. En apariencia, pretendía tan solo hablarles, pero, en realidad, las autoridades escolares querían registrar los dormitorios en busca de elementos comprometedores. Padre se escabulló y pudo trepar hasta la ventana trasera de su dormitorio para coger el panfleto que había estado leyendo: El materialismo histórico, de Plejánov. Después, se las apañó para tirarlo a un sumidero. Aquel panfleto mimeografiado lo empujó a estudiar el marxismo, una filosofía que marcaría profundamente su visión del mundo y su vida.

En otoño de 1928, tras graduarse en el instituto, padre fue admitido en la especialidad de pintura de la recién inaugurada Academia Nacional de Arte de Hangzhou. Aquella primera promoción constaba de ochenta alumnos y de profesores formados, en su mayoría, en el extranjero. Encontró en la escuela de arte un lugar donde refugiarse de los desórdenes políticos.

Hangzhou era célebre por su Lago del Oeste, un bello paraje próximo a la ciudad. Padre, en cuanto tenía la oportunidad, guardaba en un morral sus aparejos de pintura y se iba para allá a tomar apuntes. En los bosques que rodeaban el lago, en las colinas y campos de alrededor, registraba con minuciosidad cuanto captaban sus ojos, siempre en los tonos grises desleídos que tanto le gustaban. Era un estudiante aplicado y amaba la naturaleza como un muchacho de campo. En sociedad, era reservado, hasta el punto de resultar incómodo, pero sentía una profunda compasión por los pobres y los afligidos, por los vendedores ambulantes, barqueros y carretilleros, por los menesterosos dueños de las cabañas con techumbre de paja y sus hijos de rostro tiznado: a todos ellos los pintó sin parar en esa época.

Las brumas matutinas del Lago del Oeste y la luz, siempre cambiante, instilaron en padre una imprecisa sensación de soledad y de melancolía que le impidieron sentirse como en casa allí en Hangzhou. Su vida cambió cuando Lin Fengmian, el director de la academia de arte que, por aquel entonces, tenía veintiocho años y había vivido varios en Francia a principios de la década de 1920, se fijó en una de sus pinturas: «No aprenderás nada aquí —le dijo—, tienes que irte al extranjero».

Ir a estudiar al extranjero se había puesto de moda des

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