La Habana para un Infante Difunto

Guillermo Cabrera Infante

Fragmento

libro-4

Era la primera vez que subía una escalera: en el pueblo había muy pocas casas que tuvieran más de un piso y las que lo tenían eran inaccesibles. Éste es mi recuerdo inaugural de La Habana: ir subiendo unas escaleras con escalones de mármol. Hay la memoria intermedia de la estación de ómnibus y el mercado del frente, la Plaza del Vapor, arcadas ambas, colmadas de columnas, pero en el pueblo también había portales. Así mi verdadero primer recuerdo habanero es esta escalera lujosa que se hace oscura en el primer piso (tanto que no registro el primer piso, sólo la escalera que tuerce una vez más después del descanso) para abrirse, luego de una voluta barroca, al segundo piso, a una luz diferente, filtrada, casi malva, y a un espectáculo inusitado. Enfrente (para este momento mi familia había desaparecido ante mi asombro) un pasillo largo, un túnel estrecho, un corredor como no había visto nunca antes, al que se abrían muchas puertas, perennemente abiertas, pero no se veían los cuartos, el interior oculto por unas cortinas que dejaban un espacio, largo, arriba y otro tramo, corto, abajo. El aire movía los telones de distintos colores que no dejaban ver las funciones domésticas: aunque era pleno verano, temprano en la mañana había fresco y una corriente venía del interno. El tiempo se detuvo ante aquella visión: con mi acceso a la casa marcada Zulueta 408 había dado un paso trascendental en mi vida: había dejado la niñez para entrar en la adolescencia. Muchas personas hablan de su adolescencia, sueñan con ella, escriben sobre ella, pero pocos pueden señalar el día que comenzó la niñez extendiéndose mientras la adolescencia se contrae —o al revés. Pero yo puedo decir con exactitud que el 25 de julio de 1941 comenzó mi adolescencia. Por supuesto que seguiría siendo un niño mucho tiempo después, pero esencialmente aquel día, aquella mañana, aquel momento en que enfrenté el largo corredor de cortinas, contemplando la vista interior que luego asustaría hasta a un veterano de la vida bohemia, el pintor primitivo Chema Bue, que visitó la casa mucho tiempo después y se negó de plano a quedarse en ella un momento siquiera, espantado por la arquitectura de colmena depravada que tenía el edificio, aquel a cuya formidable entrada había un anuncio arriba que decía: «Se Alquilan Habitaciones – Algunas con Días Gratis – Apúrense mientras quedan», ese día preciso terminó mi niñez. No sólo era mi acceso a esa institución de La Habana pobre, el solar (palabra que oí ahí por primera vez, que aprendería como tendría que aprender tantas otras: la ciudad hablaba otra lengua, la pobreza tenía otro lenguaje y bien podía haber entrado a otro país: tiempo después, cuando llegaron las etimologías, aprendí que solar era una mera degradación de casa solariega, la palabra cortada, el edificio transformado en falansterio), sino que supe que había comenzado lo que sería para mí una educación.

Avanzamos todos juntos ahora, intimidados, por el largo pasillo hasta la única puerta cerrada, que enfrentaba otro pasillo más largo (el interior del edificio estaba diseñado como una alta T con un rasgo al final y a la izquierda, una suerte de serife donde luego encontraríamos los baños y los inodoros colectivos, nociva novedad), esa puerta era la nuestra —por un tiempo. Mi madre había logrado que una familia del pueblo, que regresaban por el verano, nos prestaran el cuarto por un mes. Mi padre (aunque debía haber sido mi madre quien lo hiciera) abrió la puerta y nos asaltó un olor que siempre asociamos con aquel cuarto, con aquella familia, que nunca habíamos sentido cuando visitábamos su gran casa en el pueblo, en reuniones comunistas. Mi madre descubrió que era producido por unos polvos misteriosos que usaban, aunque nunca supimos para qué. Ese olor, como el perfume que llevaba la primera prostituta con quien me acosté, era típicamente habanero y aunque el perfume de la puta tenía el aroma de lo prohibido, resultaba tentador y grato, este otro olor memorable que salía del cuarto podía ser llamado ofensivo, malvado, un hedor —el tufo del rechazo. Ambos olores son el olor de la iniciación, el incienso de la adolescencia, una etapa de mi vida que no desearía volver a vivir —y sin embargo hay tanto que recordar de ella.

Nos instalamos con nuestro equipaje (en realidad cajas de cartón amarradas con sogas) en el cuarto caótico dominado por el vaho exótico y mi madre, con su obsesión por la limpieza, comenzó a poner el caos en orden. Recuerdo la vida de entonces, del mes que vivimos allí, como una interminable sucesión de tranvías (yo estaba fascinado por los tranvías, vehículo para el que no conocía igual, con su paso rígido por sobre raíles cromados por el tránsito continuo, su aspecto de vagón de ferrocarril abandonado a su suerte, sus largas antenas dobles que al contacto con los cables arriba, paralelos a las vías, producían chispas como breves bengalas) por el día y por la noche la iluminación azul y rojo intermitente que originaba el letrero luminoso colgado afuera, ahí mismo junto a nuestro balcón, que decía alternativamente «DROGUERÍA SARRÁ – LA MAYOR». Ese letrero en dos tonos de continuo coloreaba mis sueños, poblados de tranvías alternativamente azules y rojos —pero ésa era la infravida de medianoche. La gran aventura comenzada sucedía más temprano, en La Habana de noche, con sus cafés al aire libre, novedosos, y sus inusitadas orquestas de mujeres (no sé por qué las orquestas que amenizaban los cafés del Paseo del Prado, al doblar del edificio, eran todas femeninas, pero ver una mujer soplando un saxofón me producía una inquietante hilaridad) y la profusa iluminación: focos, faros, bombillas, reflectores, letreros luminosos: luces haciendo de la vida un día continuo. Yo venía de un pueblo pobre y aunque la casa de mis abuelos quedaba en la Calle Real no había más que un bombillo de pocas bujías en cada esquina que apenas alumbraba el área alrededor del poste, haciendo más espesa la oscuridad de esquina a esquina.

Pero en La Habana había luces dondequiera, no sólo útiles sino de adorno, sobre todo en el Paseo del Prado y a lo largo del Malecón, el extendido paseo por el litoral, cruzado por raudos autos que iluminaban veloces la pista haciendo brillar el asfalto, mientras las luces de las aceras cruzaban la calle para bañar el muro, marea luminosa que contrastaban las olas invisibles al otro lado: luces dondequiera, en las calles y en las aceras, sobre los techos, dando un brillo satinado, una pátina luminosa a las cosas más nimias, haciéndolas relevantes, concediéndoles una importancia teatral o destacando un palacio que por el día se revelaría como un edificio feo y vulgar. De día las anchas avenidas ofrecían una perspectiva ilimitada, el sol menos intenso que en el pueblo: allá rebotaba su luz contra la arcilla blanca de las calles, haciéndolas implacables, aquí estaba el asfalto, el pavimento negro para absorber el mismo sol, el resplandor atenuado además por la sombra de los altos edificios y el aire que soplaba del mar, producido por la cercana Corriente del Golfo, refrescaba el verano tropical y luego crearía una ilusión de invierno imposible en el pueblo: ese paisaje habanero libre solamente compensaba la estrechez de vivir en un cuarto, cuando en el pueblo, aun en los tiempos más pobres, vivimos siempre en una casa. Esa puerta siempre cerrada (mi madre no había aprendido todavía el arte de utilizar la cortina como partición) me, nos, forzaba hacia el balcón, la única abertura libre, aunque sirvió también de sitio de terror, pues mi madre había continuado su costumbre, tan vieja como yo podía recordar, de lograr el clímax de una discusión doméstica cualquiera (el que mi hermano hubiera tiznado accidentalmente sus pantalones blancos, por ejemplo) con la amenaza de suicidarse, esta vez concretada en una acción: «¡Me tiro por el balcón y acabo ya de una vez!». Pero no es de la vida negativa que quiero escribir (aunque introducirá su metafísica en mi felicidad más de una vez) sino de la poca vida positiva que contuvieron esos años de mi adolescencia, comenzada con el ascenso de una escalera de mármol impoluto, de arquitectura en voluta y baranda barroca.

La primera persona que conocí en La Habana fue singular: un hombre que mi padre nos llevó a conocer, y aun la forma de conocerlo fue desusada. Según mi padre era una criatura extraordinaria. «Es todo un personaje», explicó pero no nos preparó lo suficiente. Ocurrió a los pocos días de llegar a la ciudad y el lugar del encuentro fue típicamente habanero y por tanto inusitado. Caminamos todos hasta lo que luego conocería como la esquina de los Precios Fijos (Águila, Reina y Estrella) y allí nos detuvimos a esperar no a una persona sino a un vehículo, un ómnibus que se había convertido en las palabras de mi padre, evidentemente habanizado, en una guagua y como guagua conoceríamos al ómnibus en el futuro. (Esta palabra, a la que algunos filólogos del patio atribuyen un origen indio —¡imagínense a los sifilíticos siboneyes o a los tarados taínos viajando en sus vehículos precolombinos, ellos que ni siquiera conocían la rueda!—, viene seguramente de la ocupación americana al doblar del siglo, cuando se establecieron los primeros carruajes colectivos, tirados por mulas y llamados a la manera americana wagons. Los wagons se convirtieron en La Habana en guagons y de ahí no fue difícil asimilarlos a la voz indígena guagua y el género femenino estuvo determinado no sólo por la terminación sino porque todo vehículo en inglés es femenino. El hecho de que en Chile, Perú y Ecuador llamen guaguas a los bebés llegaría a producir para un cubano momentos de un surrealismo descacharrante, como la frase, leída en un libro chileno, «Sacó la guagua del río y la cargó en sus brazos» —¡se necesita otro Hércules, quizás a otro Atlas, para encontrar a alguien capaz no sólo de sacar un ómnibus de un río sino cargarlo en vilo en los brazos!) Esperamos la guagua pero no sería una guagua cualquiera sino una perteneciente a la ruta 23 y de ésta un número dado que mi padre sabía. Después de un rato llegó la guagua indicada, mi padre le hizo la señal de parada, que era un cruce entre un saludo y la temerosa seña nazi: siempre me recordaría a esa mano adelantada con que se comprueba si todavía llueve o ha dejado de llover. Ante el perentorio aviso de mi padre (temeroso, como nunca después, de que se le fuera la guagua: era la guagua), el compacto, coloreado vehículo se detuvo y montamos La Guagua.

Resultó que la persona que mi padre nos llevaba a conocer era el conductor de la guagua, el cobrador, eso que se llamaba en La Habana un guagüero, un empleo no sólo humilde sino que conllevaba una particular psicología: una manera de ver la vida y de comportarse y de hablar, un oficio nada alto en la estratificada esfera social habanera. Pero por supuesto yo no conocía estas distinciones entonces y miré al amigo familiar como se mira a un héroe: de abajo arriba, casi con reverencia, y un héroe escandinavo parecía: era alto, rubio, de ojos zarcos, en marcado contraste con mi padre que nos presentaba a Eloy Santos, un nombre que le convenía. De hecho se parecía mucho a William Demarest, comediante del cine.

Eloy Santos nos recibió con gran alborozo a todos, pero sobre todo a mi madre. De más está decir que no pagamos el pasaje. (Esta generosidad con el dinero de la empresa le costaría el puesto a Eloy Santos años después: muchas veces no marcaba en el reloj los pasajes pagados y se embolsillaba los cinco centavos cada vez que podía, justificando el embolso con un verso evidentemente suyo: «Robar al capital / es justicia social», y como robaba al rico, la empresa, para dar al pobre, a sí mismo, se veía como un Robin Hood rodante.) Eloy Santos, como mis padres, había sido fundador del partido comunista clandestino, aunque lo había sido años antes en La Habana. Entonces Eloy Santos era sargento de la marina de guerra y había propuesto al partido organizar un motín en el barco en que (teóricamente) navegaba, uno de los pocos buques de guerra capaces de hacerse a la mar, aunque nunca la teoría naval se ponía en práctica marinera. Eloy Santos planeaba tomar el mando del barco, hacerlo salir del embarcadero en Casablanca, enfilar por la estrecha entrada del puerto, enderezar su rumbo unas cuadras (ni siquiera se podía hablar de nudos o millas náuticas), barloventear frente al Malecón, poner la nave al pairo, encañonar el Palacio Presidencial y bombardear al tirano hasta hacerlo capitular o huir. Como se ve, su plan era una mezcla de mitos revolucionarios rusos que envolvía el motín del acorazado Potemkin y la rebelión del crucero Aurora, el dictador Machado compuesto por sesenta partes del zar Nicolás II con cuarenta porciones de Kerensky. Su teoría amotinada sin embargo nunca se convirtió en práctica de tiros. El partido (que planeaba en esos días llegar a un acuerdo político con Machado) prohibió expresamente cualquier «movimiento sedicioso» (palabras del partido —¿o palabras de Eloy Santos?) y Eloy Santos, que opuso argumentos contundentes en favor del motín, cayó en una especie de desgracia que lo mantuvo, una vez que huyó Machado, y él dejó la marina (por motivos que nunca explicó), en una suerte de limbo político. Todavía era comunista (lo seguiría siendo toda su vida: es más, era un rusófilo acérrimo que se empeñaba, años después, en que yo leyera las más ortodoxas producciones del realismo socialista: por su insistencia y para no decepcionarlo tuve que leerme la execrable novela soviética Noches y días, pero me negué resueltamente a celebrar la arquitectura stalinista, de la que mostraba fotos y que él exaltaba al tiempo que denostaba las casas coloniales cubanas, calificándolas de decadentes, y cuando, más cayentes que decadentes, el ciclón de 1944 derribó un hermoso palacio de La Habana Vieja, explicó: «Eso no pasa nunca en la Unión Soviética», y fue tan críptico que al no decir nada más jamás supe si se refería a la arquitectura o a los huracanes) pero su actual categoría política era incierta: ciertamente nunca figuró en el panteón de los padres del partido, aunque los conocía a todos por sus nombres y sus alias políticos: para él, por ejemplo, el nombre formidable de Blas Roca, secretario general, siempre se reducía a un decaído Paco Calderío. Este Eloy Santos era el mejor amigo habanero (verdaderamente habanero: su acento me pareció enseguida la manera más cómica de hablar el español que había oído) de mi padre, y sus cuentos eran de la materia que está hecha la leyenda. Con él, en su vehículo temporal, viajamos todo el trayecto de la ruta 23, desde Águila y Reina y Estrella hasta El Vedado. No sé qué conversaron mi padre y mi madre con Eloy Santos, ya que todo el tiempo estuve ocupado en ver pasar a los lados el petrificado paisaje urbano. Recuerdo que no hicimos todo el viaje hasta el paradero de El Vedado sino que nos bajamos en el Parque Maceo, dejando a Eloy Santos completar su ruta, erizada de dificultades internas, él trabado en lucha incierta en ver cómo marcaba lo menos posible el reloj, el metro del pasaje y evadiendo la contabilidad exacta de los inspectores que subían al vehículo en los sitios más inesperados. Esa tarde, más bien casi esa noche, se confunde con otro paseo con Eloy Santos, esta vez a pie, reducida su estatura pero no su leyenda, contando cuentos mientras paseábamos por el Malecón a la altura del Parque Maceo. Ese día Eloy Santos contó a mi madre (pero sobre todo a mí, que lo estaba recogiendo en mi memoria) cómo regresó de entre los muertos. Tuvo una chiquita (era la primera vez que oía este diminutivo habanero para llamar a una muchacha) que era en realidad una prostituta (palabra de Eloy Santos que no comprendí muy bien y tal vez fuera una de las primeras veces que lo oyera referirse a temas escabrosos con el más cuidado lenguaje, empleando eufemismos cada vez que debía decir una vulgaridad, sí ocurrió que fue a él a quien le oí la novedosa palabra pederasta y la usó para humillar personalmente a la aristocracia: «Todos los aristócratas son unos depravados. Lord Byron, por ejemplo, era un pederasta», tuve que buscar en un diccionario qué quería decir pederasta, pero más tiempo me tomó identificar a Lord Byron, ya que Eloy Santos había dicho: «Lor Birion era un pederasta»). «Esa chiquita me quemó», añadió Eloy Santos. Años después vine a entender que quemar quería decir en argot habanero contagiar una enfermedad venérea. Pero lo memorable de esa narración no es el lenguaje sino el relato increíble que contó Eloy Santos. Se dio cuenta demasiado tarde de que estaba sifilítico y cuando fue al médico estaba muy enfermo. «Cuatro cruces», dijo él que fue el diagnóstico aunque para mí era un enigma. Trataron de curarlo pero ni el salvarsán podía salvarlo. «Me morí», dijo él sencillamente aunque eran palabras alarmantes para mí porque se veía que no estaba contando un cuento. Dado por muerto fue llevado al «cuarto de las papas» (léase morgue o necrocomio adjunto a la sala del hospital) y sólo su suerte hizo que pasara un interno, un médico haciendo su aprendizaje, y notara con ojo preciso un leve movimiento del dedo gordo del pie, la sola parte visible de Eloy Santos muerto, única porción viva de su cuerpo. El médico joven hizo que lo sacaran del necrocomio y lo llevaran a la sala de operaciones y comprobó que Eloy Santos estaba más muerto que vivo pero estaba algo vivo. Más como experimento que con experiencia el médico en cierne intentó resucitarlo, usando un método desesperado. Estaban haciendo reparaciones en el hospital o tal vez construyeran otra sala, pero de alguna manera había un soplete de acetileno cercano y el médico inmaduro hizo que se lo trajeran al quirófano que se iba a convertir en pirófano. Puso a funcionar el soplete y aplicó la llama directamente sobre el corazón de Eloy Santos, hasta producirle quemaduras de tercer grado. Contaba Eloy Santos que le contaban que la peste a carne quemada era insoportable. Después de una o dos aplicaciones (no muchas pues podía arder el mismo corazón) el mediquillo aplicó su estetoscopio (me imagino que el crujir de la carne hecha chicharrón produciría interferencias) y pudo oír, latiendo, el corazón de Eloy Santos —que siguió latiendo hasta el día que nos contaba el cuento. «Nada», fue su corolario, «que volví del otro lado». Pero la sífilis había hecho más estragos que la llama del soplete (que había dejado una cicatriz a lo ancho del pecho que Eloy Santos enseñaba para probar que su cuento era cierto) y Eloy Santos había perdido la visión de un ojo, el otro ojo dañado parcialmente —eso explicaba los ojos glaucos, escandinavos de Eloy Santos, pero no disminuía su estatura de héroe.

Desde el Malecón se veían los anuncios luminosos que enfrentaban el Parque Maceo por su flanco occidental y aunque no se podían comparar con los anuncios lumínicos del Parque Central (especialmente con la bañista de luces que se lanzaba desde el trampolín intermitente al agua radiante, todo luces, anunciando trusas, ingrávida de Jantzen) los otros anuncios que iluminaban la acera de enfrente le prestaban a la noche habanera un sortilegio único, inolvidable: todavía recuerdo ese primer baño de luces, ese bautizo, la radiación amarilla que nos envolvía, el halo luminoso de la vida nocturna, la fosforescencia fatal porque era tan promisoria: la vía con días gratis. Pero la fosforescencia de La Habana no era una luz ajena que venía del sol o reflejada como la luna: era una luz propia que surgía de la ciudad, creada por ella, para bañarse y purificarse de la oscuridad que quedaba al otro lado del muro. Desde esa curva del Malecón se veía toda la vía, la que da al paisaje de La Habana, de día y de noche, su calidad de única, la carrera que recorrería después tantas veces en mi vida sin pensar en ella como ámbito, sin reflexionar en su posible término, imaginándola infinita, creyéndola ilusoriamente eterna —aunque tal vez tenga su eternidad en el recuerdo. Caminamos desde el Parque Maceo hasta el encuentro de Malecón y Prado, junto al castillo de La Punta, donde la noche se hacía más luminosa en la vida pero no en el recuerdo y enfilamos Prado arriba, paseando más que caminando por debajo de los árboles que hacen una comba vegetal sobre el paseo central amurallado. Era la primera vez que advertía esta transformación del día volviéndose un largo crepúsculo eléctrico. En el pueblo no había más que el día y la noche, el día cegador, la noche ciega. La Habana (haciendo cierto el aserto, el viejo adagio que era más bien un allegro: «La Habana, quien no la ve no la ama» y yo la veía tal vez demasiado, la ciudad entrándome no sólo por los ojos sino por los poros, que son los ojos del cuerpo) era fascinante —pero no me hacía perder el menos (nostalgia en la nostalgia, ese recuerdo entre estos recuerdos) al pueblo natal, a mi perro dejado detrás, a mi abuela que muchas veces fue mi madre, al mar que estaba mucho más presente en el pueblo que en este puerto tan poco marino, a pesar del Malecón donde el mismo muro era una muralla contra el mar, y finalmente o principalmente me faltaba el campo al que salía a menudo con mi abuela. Estaba además para acentuar la añoranza nuestra reclusión en el cuarto. Pronto tendríamos menos que eso.

A los pocos días de estar en La Habana se apareció la primera visita del pueblo. Mejor dicho, casi del pueblo porque era un campesino, un guajiro, de la zona de Potrerillo, en las inmediaciones del central azucarero cercano al pueblo. Como hombre de campo, era cetrino pero tenía unos ojos amarillos transparentes que lo veían —o al menos miraban— todo. Era uno de los guajiros que mi madre en su celo de ganar prosélitos había convertido al comunismo, pero yo me temía que estaba en La Habana no por cuestiones de partido sino detrás de mi madre, que era entonces una belleza comunista. Este guajiro encontró en la ciudad un nuevo deporte: como nosotros, nunca había conocido la altura y ahora desde el balcón se ocupaba en tratar de escupir a los viandantes que pasaban abajo. Afortunadamente sus escupidas eran inexpertas pero a pesar de su mala puntería insistía en practicar cada vez que veía acercarse alguien por la acera. Mi madre no logró convencerlo nunca de que eso no se hacía (era un verdadero guajiro macho, frase que revela la naturaleza primitiva en su esplendor), que podía traernos problemas con alguien que resultara escupido. A lo que el guajiro macho respondió que él lo retaba, queriendo decir que lo desafiaría a un duelo a machete, tan frecuente en el campo cubano. Se había olvidado de que había dejado el machete en el bohío oriental pero igualmente lo hubiera retado a una pelea a trompadas —estaba hecho de la materia que están hechos los gauchos y los vaqueros y los rancheros mexicanos: machos a todo.

Sin embargo este guajiro resultó providencial, un enviado de los dioses, de Juno pero también de Eros. Mi padre trabajaba entonces en el recién creado periódico Hoy (él de nuevo fundador), órgano del partido comunista. Pero, contaminados, pagaban como si fueran canallas capitalistas: tres pesos a la semana, que aunque eran el equivalente de tres dólares entonces no dejaban de ser una miseria. El periódico Hoy significaba otro descenso para mi padre: de ser casi la cabeza del periódico del pueblo, de secretario de prensa del partido local, que escribía los discursos que pronunciaba la secretaria general, de redactor impecable con una gramática perfecta lo habían convertido en auxiliar de una periodista incapaz, asignado a tareas subalternas. Ni el descubrimiento de lo que luego sería mi hábitat diurno y nocturno, la redacción de un periódico, ni el conocimiento inmediato de esa maravilla mecánica —después de la prensa plana del pueblo— que es una rotativa, gallina autómata, los periódicos saliendo de debajo de ella como huevos ilustrados, me hizo olvidar la afrenta de la ignominia a que era sometido mi padre a diario, él preso político por la causa comunista, creyente en Marx y en Engels y en Lenin y hasta en Stalin, disciplinado hasta la obediencia ciega, devoto hasta parecer humilde y militante hasta ser indiscernible en las filas del partido —es esta calidad partidaria lo que hacía que no repararan en él: era tan buen comunista que había logrado hacerse invisible. Pero nosotros éramos visibles y ni siquiera con su familia en La Habana consiguió mi padre un aumento. Así llegó el día final en que debíamos dejar el cuarto, devolverlo a sus dueños que regresaban del pueblo y encontrar nuestra propia habitación. Pero mi padre no tenía un centavo. Fue mi madre a quien se le ocurrió pedir dinero prestado (mejor dicho, regalado: ¿cómo y cuándo se lo iba a devolver?) al guajiro que nos visitaba diariamente a probar la suerte de una escupida certera. Fue de esta manera, de noche (¿por qué de noche? nunca se me ocurrió preguntar por qué no pudimos dejar el cuarto de día: ¿por qué el dramatismo de una fuga de último minuto?), que salimos de aquella casa extraña —a la que fatalmente íbamos a volver un día: estábamos destinados a ella, como una condena que hay que cumplir.

Salimos a buscar donde pasar la noche, munido mi padre del dinero del guajiro (que desapareció en la noche y de nuestras vidas para siempre: más nunca lo volví a ver y no creo que mi padre le devolviera el dinero: durante muchos años por venir seríamos de los que siempre piden prestado (dinero, sal, azúcar) y de los que jamás pagan), tratando de encontrar un hotel por la vecindad. Nos dirigimos no hacia el Prado luminoso sino en dirección contraria, hacia Monserrate tenebrosa, donde abundaban los hoteles baratos, dejando detrás el café Castillo de Farnés (de A. Dumas e Hijo), bajando por Obrapía, pasando por la esquina de Bernaza (donde un día, muchos días, haría guardia erótica debajo de un balcón, esperando a tener siquiera un atisbo de Gloria Graña, la extraña trigueña de ojos azules, ella tan desdeñosa que se convertiría en mi primer amor lejano en La Habana, mi ideal amoroso, hasta el día vengador en que la vi vulgar, Dulcinea llevando a Aldonza Lorenzo al dorso) y un poco más abajo, en Obrapía, encontramos el hotel cuyo precio nos convenía, adecuado a nuestras finanzas fijas. Subimos la escalera ornamentada de azulejos, tan lustrosos que me dieron ganas de pasar la mano por su superficie brillante, hasta que mi madre de un manotazo me aconsejó dulcemente que no lo hiciera. Pasamos a nuestra habitación, los cuatro acomodados en una cama, incómodos. Por lo menos en el cuarto del solar (estoy adelantándome lingüísticamente: en mi vocabulario todavía no existía la palabra solar: ya me he adelantado antes, pero era la introducción, mientras que ahora estamos in medias res) dormíamos en dos camas. Pero como ya no era un niño no había manera de quejarme. Así decidí dormirme. No bien lo intenté fui despertado (mejor dicho, no llegué a dormirme, no que padeciera de insomnio —ese mal es un hábito adquirido de adulto— sino que nos habíamos acostado demasiado temprano) por unos extraños ruidos, difíciles de definir. Eran humanos pero parecían animales, como de grandes gatos. Los maullidos se disolvían en improbables sollozos, luego volvían a surgir por otra parte: estábamos rodeados de gritos. Más bien de gritones, aunque tengo que decir que en un momento logré identificarlos específicamente como gritonas. Eran mujeres las que ululaban, pero a veces los maullidos de las mujeres eran acompañados por mugidos de hombres. También oía palabras sueltas, frases que no podía identificar, dichas tal vez en otro idioma. Los mugidos y los maullidos duraron la mayor parte de la noche que estuve despierto. Recordé la horrorosa película mexicana La llorona, en la que un alma en pena viene a perturbar a los vivos y aterrorizar a los espectadores. Pensé en el zoológico que había visto frente al Parque Maceo, con sus animales exóticos. Pero ni recuerdo ni pensamiento pudieron explicarme la serie de sonidos oídos esa noche. ¿Sería el viento?

Al otro día abandonamos el hotel bien temprano. Mi padre estaba contrariado pero mi madre parecía divertida. Es más, se estaba riendo. Ambos sentimientos y reacciones de mis padres estaban dirigidos no uno al otro sino al edificio: mi madre se reía del hotel, mi padre estaba molesto con la fachada. Años después vine a enterarme de que habíamos pasado esa noche en lo que se llama en La Habana una posada: en un hôtel de passe, un hotelito, una casa de citas. Mi padre estaba amoscado, contrariado por su elección: era evidente que la noche y la premura lo confundieron y lo hicieron elegir un hotelito como hotel para familias, confusión explicable no sólo porque los términos son cercanos y las arquitecturas similares sino porque mi padre no conoció nunca una posada: no era hombre de citas en casa de citas por razones marxistas, es decir económicas. Mi madre estaba divertida con la aventura de la posada porque ella era mucho más liberal que mi padre, que usaba una mala palabra cuando tenía necesidad y en su juventud consumía novelas entonces eróticas, como las escritas por José María Carretero, autor español que se hacía llamar por el escandaloso nombre de Caballero Audaz. Fue ella quien me contó el incidente del hotelito confundido con hotel. Es más, para contrariedad de mi padre, lo contó a todos los amigos habaneros, cuando los tuvimos, y a los amigos del pueblo, cuando vinieron a reunirse con nosotros, emigrados también a La Habana —que fue más pronto de lo que se pueda imaginar.

De la posada que sonaba como cueva eólica fuimos a dar, no sé cómo, al otro lado de La Habana, al barrio de Lawton, en los suburbios, en lo que yo no sabía que era una de las barriadas más pobres de la ciudad, a vivir —¿con quién si no?— con Eloy Santos. No era la suya la morada de un héroe: era otro cuarto, esta vez en los bajos y al fondo de una casa, en una pequeña cuartería cerca del paradero de la ruta 23. Allí tocamos fondo, aunque yo nunca lo supe ni siquiera lo sospeché, pero no podíamos ser más pobres: de allí en adelante no podíamos hacer otra cosa que subir —teóricamente.

Esa estancia en la casa de Lawton la recuerdo por haber emprendido una aventura nueva: entré a formar parte de una pandilla juvenil local. Yo había visto pandillas juveniles en el cine (en Callejón sin salida, por ejemplo, o en la misteriosa El demonio es un pobre diablo, intrigante porque falló la corriente eléctrica en el pueblo a mediados de la película y nunca supe cuál fue el final de aquellos muchachos audaces y románticos) pero no había pandillas en el pueblo: ésa fue otra institución habanera, como el barrio de las putas o la función continua en el cine. Así entré alborozado en las filas de la pandilla de Lawton. No puedo recordar qué fue de mi hermano en ese tiempo. Él que era tan ubicuo antes, tanto que se entrometía en mis asuntos, echaba a perder mis juegos de escondite y era un apéndice inseparable, de pronto se esfumó. Lo busco en el recuerdo y no lo encuentro: por lo menos no estaba cuando la pandilla me puso a prueba en una incursión iniciática. Juntos fuimos todos los muchachos a robar guayabas a una finca cercana, a la que se llegaba después de subir una loma empinada, que era para mí casi la Escarpa Mutia, junto a unos tanques de gasógeno, obviamente a punto de estallar y engolfarme en llamas, y de allí se bajaba a una suerte de precipicio —que yo por supuesto no bajé. Me las arreglé para que me dejaran de centinela en aquella cumbre peligrosa, que daba vértigos, pero mucho más vertiginoso era el descenso al abismo sembrado de guayabas. Desde mi atalaya vi a los otros muchachos ocupados cosechando guayabas ajenas. Lo que no vi fue al guardián de la finca, que de pronto estaba persiguiendo a los ladrones entre los árboles, ellos haciendo eses y zetas por el guayabal, luego corriendo a campo abierto hacia la loma, trepando por la cuesta ágilmente, alpinistas apresurados, llegando todos sanos y salvos pero sin una sola guayaba adonde yo estaba de espectador más que de guardia —para echarme la culpa del fracaso de la incursión. Allí mismo terminaron mis días de pandillero local, por mutuo consenso. El resto del tiempo que estuvimos en casa de Eloy Santos lo pasé en el cuarto en silencio o sentado silente en la acera, viendo cruzar un automóvil ocasional, viejo, ya que ni siquiera había tranvías electrizados que admirar en los predios de la ruta 23. Solamente de noche, ya tarde, podía oír, como un radio lejano, pitar un tren poco puntual.

Esos días no fueron memorables por tener que dormir en el suelo (mi padre y yo y Eloy Santos, camarada sin cama ya que en la suya única dormían mi hermano, mi madre y la mujer de Eloy Santos, recién casados o amancebados como él decía, pues no creía en el matrimonio legal y mucho menos religioso: olvidé decir que el nombre de guerra de Eloy Santos no era una copia cubana, como el de Blas Roca, de Lenin o Stalin: Eloy Santos se había bautizado Iconoclasta y eso era él exactamente: un hereje que negaba todas las imágenes, sagradas o profanas) sino porque Eloy Santos, que odiaba las imágenes, nos llevó a mi hermano y a mí al cine y fue una inauguración: fui al cine de día, asistí al acto maravilloso de pasar del sol vertical de la tarde, cegador, a entrar al teatro cegado para todo lo que no fuera la pantalla, el horizonte luminoso, mi mirada volando como polilla a la fuente fascinante de luz. Vimos un programa doble, esa otra novedad: en el pueblo siempre exhibían una sola película. Pero hubo una revelación que fue un misterio. En un momento la película se repetía, obsesiva, y Eloy Santos murmuró: «Aquí llegamos», y se levantó como si fuera el fin de la tanda. No entendíamos ni mi hermano ni yo. «Es una función continua», explicó Eloy Santos. «Hay que irse.» «¿Por qué?», preguntó mi hermano casi fresco. «Porque la película se repite.» «¿Y eso qué tiene de malo?», quiso saber mi hermano. «Son las reglas del juego», dijo Eloy Santos. «Hay que irse. ¡Vamos!», y como sonó como una orden, nos levantamos y nos fuimos.

Ese domingo de velaciones y revelaciones (tuvo que ser domingo y si no lo fue el recuerdo declara el día festivo) vimos, vi, Sólo siete se salvaron, historia de un naufragio, y, más importante, The Whole Town's Talking, de la que luego supe el nombre propio en inglés, olvidando el inadecuado título en español, y que entonces significó el encuentro doble con un actor que se convertiría en uno de mis favoritos, Edward G. Robinson. Más que el inolvidable Paul Muni de Caracortada, Robinson vendría a personificar al gangster, tanto como a su revés: el hombre ingenuo: uno todo sabiduría del mal, el otro todo ignorancia en el bien —y aquí estaban los dos a un tiempo, el malvado y su doble que es su contrario. Fuimos, fui, al cine San Francisco, que fue el primer cine en que estuve en La Habana pero al que nunca volvería. Sin embargo, lo recordaré siempre con su arquitectura de pequeño palacio del placer, cine de barrio, cine amable y ruidoso, cine sin pretensiones dedicado a ofrecer su misa movie magnífica, pero cogido entre dos épocas, todavía sin ser el templo art déco que fueron los cines construidos en los finales de los años treinta que luego descubriría en el centro de La Habana, y sin la pretenciosa simplicidad de los cines de los finales de los años cincuenta, los últimos cines comerciales que se construyeron en Cuba. El San Francisco fue un lugar ideal para la iniciación. Podía haber sido mejor el cine Los Ángeles, que no estaba muy lejos, o todavía mejor el Hollywood, al que nunca fui. Pero el San Francisco, recordando en su nombre una de mis películas preferidas del pueblo, fue un regalo de Eloy Santos, quien a pesar de su pobreza y abrumado por la súbita visita que le cayó del cielo astronómico, no teológico, tuvo la delicadeza de invitarnos, de invitarme, de iniciarme al cine en La Habana ese domingo fausto de agosto del 41. Años más tarde Eloy Santos sería introductor de otra iniciación, tal vez más importante pero no más inolvidable.

Mis padres desaparecían durante el día. Mi padre a su trabajo y mi madre recorriendo incansable las calles de La Habana buscando desesperada donde mudarnos. Pronto sin embargo encontró lo que era para ella un lugar ideal: un cuarto en una accesoria frente al Mercado Único en Monte 822. Una accesoria, otra palabra nueva, era en La Habana una variante del solar. La accesoria estaba situada por lo regular en un pasaje. El pasaje era por supuesto un pasadizo que iba de una calle a otra pero con casas a ambos lados, mientras que el nombre de accesoria significaba que en vez de casas había cuartos a los lados del pasaje. Este cuarto nuestro (no sé de dónde sacó dinero mi padre para pagar el mes de alquiler adelantado y el mes en fondo que exigían) estaba situado a la entrada de la accesoria pero en una cuartería en el primer piso y se accedía a él por (otro descubrimiento en ascensos) una escalera de caracol de hierro mohoso. (Al principio me costó trabajo aprender a subir y bajar la estrecha espiral, pero pronto fui experto en ganarla corriendo, cogiendo sus volutas a gran velocidad.) El cuarto era interior pero tenía una ventana que daba a un cajón de aire, ¡sorpresa!, del cine Esmeralda. Tomó tiempo el que mi padre pudiera pagarme el cine pero muchos días me contenté con los ruidos que subían por el ventilador, órgano con arias de la nueva ópera: inigualables retazos de bandas sonoras, exóticos murmullos de actores americanos, música de película. No sé tampoco de dónde sacó mi padre una cama —se estaba convirtiendo en un mago del préstamo: en algún lugar de La Habana había una chistera dadivosa de la que extraía fondos. Sí sé de dónde salió la mesa de comer: Eloy Santos conocía a un negro carpintero, también comunista, que trajo unas tablas evidentemente partes de cajones de embalaje y otros maderos gruesos y ante nuestros ojos de espectadores, los de mi hermano y los míos, construyó una mesa en la que comimos mucho tiempo. Monte 822 tenía otras ventajas que estar frente a un mercado (nunca me molestó el olor, mezcla de frutas podridas, pescado pasado y aromas de especie —nunca me han molestado los olores animales o vegetales, es el hedor humano que me ofende—, y una diversión de sábado bohemio, muchos años más tarde, cuando trabajaba en Carteles y ganaba un sueldo que me habría parecido de muchacho no sólo fabuloso sino improbable, era ir al Mercado Único con varios amigos artistas a comer la deliciosa sopa del humilde restaurante chino, más bien fonda, que había en el primer piso) donde las compras eran más baratas sino que quedaba a pocas cuadras del periódico y al doblar, en la misma manzana, estaba el colegio que yo creí que se llamaba Rosa In pero en realidad era Rosaínz, la escuela pública más famosa de La Habana por su nivel de educación. Aún sin llegar septiembre mi padre nos inscribió a mi hermano y a mí en ese colegio que para bendición, tentación y desespero era mixto. Pero para mí lo que hacía perfecta la ubicación de nuestra casa (nunca se me quitaría esa costumbre de llamar casa a los cuartos en que vivimos) era su vecindad, puerta con puerta, del Esmeralda, donde hice ese gran descubrimiento del sueño como peripecia: las series de episodios de los años cuarenta. Yo era viejo (es un decir) conocedor de las series de los años treinta, la más memorable de ellas ya mencionada en otra parte. Pero pronto sería un fanático de El avispón verde (en que me enamoré, por primera vez, de un automóvil, la cuña que usaba el Avispón), El arquero verde (continuando la incomprensible adicción al color verde —en el cine en blanco y negro) y ya de despedida de las series, del Esmeralda y del barrio, El capitán Maravilla —¡Shazam! Todo eso sin embargo vendría después. Al principio de vivir en la cuartería lo único que me llegaba de la pantalla del Esmeralda eran los rumores, espectador del cine del ciego.

A mi padre, consideración comunista, le aumentaron por fin el sueldo en el periódico: cinco pesos a la semana ganaba ahora, un sueldo de miseria pero que nos permitió cambiar de cuarto, cuando se desocupó el primero, que era mucho más grande y en vez de la ventana de bartolina tenía una puerta al interior de la casa y otra que daba a una pequeña terraza amurallada: del otro lado del muro estaba la vasta azotea de la accesoria norte. Enfrente, cruzando el pasaje y haciendo pendant con nuestra cuartería, había una comunidad china. No eran chinos cubanos, que habrían hecho una familia, sino chinos de China, aislados y silenciosos. Apenas si conversaban y se les veía salir a su azotea, vestidos con túnicas y llevando sandalias, y por las ventanas era posible observarlos fumando unas cañas de bambú cortas y gordas de las que extraían un humo apenas visible. Para escándalo de mi padre, mi madre dijo que seguramente fumaban opio: «El humo que más que hacer dormir, hace soñar». Este conocimiento, la frase, debía de haberlos sacado mi madre de sus lecturas del Caballero Audaz. Pronto se reunieron con nosotros dos tíos, hermanos de mi madre, que hicieron el nuevo cuarto tan reducido como el anterior pero la vida se hizo más animada. Uno de mis tíos, Toñito, que era carpintero, tenía extrañas pesadillas ambulatorias: solía perseguir dormido imaginarios ladrones por el cuarto, la casa y la azotea a medianoche. Parecería que no había nada que robar en la casa, pero mientras menos se tiene más se hace su tenencia un tesoro y una tentación para los que los periódicos llamaban cómicamente cacos. Cuando vivíamos en el otro cuarto, mi madre recibió una caja de viandas de mi abuela del pueblo. Como estaban verdes puso a madurar un racimo en nuestra ventana y del piso de arriba, al lado, desde una ventana que daba al cajón de aire y a la escalera del edificio, nos robaron el racimo de plátanos limpiamente, para enojo perpetuo de mi madre y para asombro mío, intrigado con aquellos ladrones tan hábiles. Solía explicarle a mi hermano las más complejas teorías de cómo se llevó a cabo el robo, adelantándome a las lecturas de Poe: la mano robada. Mi otro tío, llamado para siempre el Niño por ser el menor hermano de mi madre, me descubrió el Zoológico, el verdadero no el simulacro del Parque Colón frente al Parque Maceo. Para ir al Zoológico había que caminar hasta el Bosque de La Habana, subiendo por la calle Monte hasta la Calzada del Cerro y bajar hasta su final en Ciénaga. Pero valía la pena la caminata pues ahí estaban casi al alcance de la mano los leones fieros entrevistos en el pueblo y no vistos de veras por falta de dinero para pagar la entrada al circo, la pantera, amenaza negra vista desde lejos, temida a pesar de la distancia y de las barras, pasando enjaulada en una parada publicitaria de otro circo por el pueblo, con los dromedarios (un álbum de postalitas de animales salvajes me había hecho familiares todas las bestias y me ayudó a distinguir los camellos de los dromedarios: una joroba, dos jorobas —o al revés), los elefantes nunca vistos y los cocodrilos inmóviles y por ello mismo más amenazantes que cuando perseguían tenaces a Tarzán en el agua. Había muchos animales fascinantes en el Zoológico, como el león de melena negra más imponente que el león de melena dorada, tal vez porque el otro, ya conocido, era una piel dorada uniformemente cubierta de moscas en el pueblo y aquí la melena oscura era un adorno real. Pero ningún animal más hermoso y terrible en esta arca en tierra que el leopardo, solitario y feroz en su jaula, prisionero renuente que se movía arriba y abajo de la celda incesante amarillo y moteado, y su solo movimiento era amenazador —bella bestia de ojos verdes que sólo ven la selva.

Regresábamos siempre a través del bosque a orillas del Almendares para salir a El Vedado con sus ricas mansiones (los rascacielos estaban confinados en La Habana propia y ya los había visto en el mes que viví allá: su verticalidad me dio vértigo invertido) y las avenidas interminables, rectas, abiertas, tan diferentes de las calles sinuosas de La Habana Vieja. También con mi tío el Niño exploré el litoral, que era un escaso arrecife del otro lado del muro del Malecón, al que había que bajarse con riesgos que me parecieron enormes y allí ocurrían aventuras marinas, entre pilones y bloques el mar profundo, muy diferente a ir a las suaves playas del pueblo.

Sin saber cómo ni cuándo (al menos no lo anotó mi memoria: debieron llegar de noche) aparecieron gentes del pueblo no sólo en La Habana (la ciudad no era mía) sino en la misma cuartería de Monte 822, con lo recóndita que era, situada dentro del pasaje de la accesoria, guardada bajo los portales de la calle que en el letrero se llamaba Máximo Gómez y no Monte, toda ella guarnecida de columnas, más toscas que toscanas. Llegaron mágicamente. Entre estos visitantes del mundo exterior, muchos vinieron no de visita sino para quedarse, entre ellos una familia de cierta distinción en el pueblo (vivían abajo junto al parque principal y eran diferentes a los que vivíamos en la loma —las alturas eran allí un descenso—, donde estaba la casa de mis abuelos, nuestro último refugio en la alta loma: vivir abajo era como vivir en un barrio bien, el Vedado del pueblo) ocupó las mejores habitaciones que tenían un balcón que daba a la calle (no exactamente a la calle sino a los portales de Monte, que interponían el ancho corredor y las columnas), ocupación que me pareció una forma de destino. Componían esta familia María Montoya (cuyo nombre era fuente de chacotas y de rimas obscenas para los graciosos del pueblo), viuda y por tanto jefa de la casa, su hijo Marianín, invariablemente llamado Marianín Montoya aunque su apellido era otro, Otero, y su hija Socorrito. María y Marianín eran buenos amigos de mis padres y Socorrito, que era sólo un poco mayor que yo, era la primera muchacha que yo había visto que usaba espejuelos (los espejuelos entonces eran para los hombres y los viejos), los que apenas disimulaban su bizquera. También vino a vivir a la cuartería, en uno de los cuartos más pobres, Rubén Fornaris, un mulato carpintero que estaba en la tradición del negro decente, más allá de ella de bueno y de inocente que era. Su inocencia fue tal vez mermada (nunca podría ser eliminada del todo) por mi madre. Rubén vivía en su cuarto pero solamente dormía allí, ya que no sabía cocinar. De alguna manera logró un acuerdo con María Montoya (los Montoya todos eran bastante racistas) en que él comería con ellos pagando una cantidad que debió ser razonable (o tal vez escasa) para María Montoya pero excesiva para el salario de Rubén. María Montoya se las arregló para no tener a Rubén comiendo con su familia (tal vez fuera sugerido por el propio Rubén) y Rubén comería siempre más tarde. El arreglo funcionó a satisfacción de todos. Pero sucedió que un día otra vecina, llamada Victoria, habanera, una mulata clara, delgada, que padecía según ella misma decía de «debilidad pulmonar», sin admitir nunca la tuberculosis evidente en su tos y aspecto tísico, le dijo a mi madre que quería enseñarle algo y la llevó a la cocina —pero no fue para darle una lección de cómo cocinar. Allí le mostró a mi madre unos platos con restos de comida y le dijo: «Eso es lo que le sirve María a tu amigo Rubén, y todo porque es un pobre mulato». En realidad mi madre era más amiga de María Montoya que de Rubén y pensó que la acusación eran prejuicios raciales invertidos de Victoria. «¿Cómo lo sabes?», preguntó mi madre. «Porque los he estado vigilando desde hace días», respondió Victoria. «Ya tú verás. Quédate aquí conmigo y haz como que estamos cocinando juntas.» Mi madre no tenía mucho tiempo que gastar pero tenía menos paciencia con las injusticias y decidió investigar la acusación terrible de Victoria. Al poco rato de estar las dos en la cocina entró María Montoya, les dijo algo trivial y comenzó a trajinar entre sus platos. Mi madre miró con disimulo y vio que efectivamente había vaciado los platos con restos de comida en una cazuela y estaba calentando este salcocho. Cuando había completado su confección salió de la cocina con un plato de comida aparentemente recién servida. Convencida, mi madre no tuvo otra alternativa que dar la razón a Victoria y llamar a Rubén y decirle que no podía seguir comiendo con los Montoya. «¿Pero por qué?», preguntó extrañado Rubén. «Ellos están de acuerdo en que yo coma con ellos.» Mi madre no sabía qué decir y se quedó callada, pensando, y pensó tanto en qué decir con tacto que finalmente exclamó: «¡Te están dando sobras!». Por el tono de mi madre, porque conocía su honestidad y tal vez porque había aprendido así otras lecciones de la vida, Rubén se dio cuenta de que le decía la verdad y perdió la inocencia suficiente como para decirle a María Montoya que no comería más en su casa —pero por supuesto no estalló en furia ni se quejó ni siquiera le dijo la verdadera razón por que terminaba su acuerdo. La vergüenza del engaño, sin embargo, lo obligó a mudarse de Monte 822 y por un tiempo creímos que no lo volveríamos a ver. Pero nos equivocábamos y luego cuando vivimos otra vez en Zulueta 408 llegó a convertirse en una persona importante para mí, por un tiempo tal vez esencial.

En Monte 822 ocurrió otro incidente con María Montoya, pero no sería un delito secreto —al contrario, se propagaría y se haría legendario en la colonia del pueblo en La Habana (porque pronto, atraídos por las oportunidades de trabajo en la capital y rechazados por las dificultades económicas o compelidos por la curiosidad de conocer La Habana, se reunieron muchos emigrados internos que dejaron lo que ellos llamaban cariñosamente la Villa Blanca casi convertida en un pueblo fantasma), tanto que muchos creían el sucedido una invención ingeniosa.

Sucedió que María Montoya envió a su hija Socorrito a un mandado, tal vez al mercado mismo. Pero doña María (así la conocía yo) olvidó encargar algo extra o tuvo una súbita inspiración y, como todavía Socorrito no iba lejos, se asomó al balcón y empezó a gritar a su hija: «Socorro, Socorro». Socorrito no la oyó pero sí los viandantes por el portal y tal vez la gente del cine: portero, empresario, habitués. Pronto hubo una alarma generalizada ante aquellos gritos de ayuda urgente emitidos por una matrona en apuros, la gente amontonada debajo del balcón de doña María, que no estaba muy alto, ella todavía gritando: «¡Socorro! ¡Socorro!», esta vez más fuerte porque Socorrito se alejaba calle arriba —pero eso no lo sabía la chusma diligente de debajo.

Pronto apareció un policía (próximos siempre cuando no son necesarios) que se dirigió a doña María, con autoridad y respeto: «¿Qué le pasa, señora?». Doña María, ahora convertida en María Montoya, molesta por no haber podido alcanzar a Socorrito a pesar de sus gritos, perturbada por aquella interrupción, respondió: «¿A mí? ¿Qué me va a pasar? ¡Nada!». Al agente de la ley no le gustó la respuesta, que encontró un tanto destemplada: «¿Entonces por qué pide auxilio?». «Yo no he pedido auxilio, señor mío», dijo todavía más molesta María Montoya, acostumbrada como estaba a llamar a su hija Socorro sin conectar su nombre con una emergencia desesperada. «Sí, señora», dijo el policía picado porque de autoridad había sido rebajado a mero señor, «usted estaba gritando socorro, que yo la oí». «No señor», insistió María Montoya, «yo estaba llamando a mi hija que se llama Socorro». El policía no quiso aceptar lo que creyó una excusa absurda o una broma peligrosa o lo que es inaceptable para la policía, una tomadura de pelo. «Usted sabe señora que con la ley no se juega», dijo el policía. María Montoya, tal vez poseída de su preeminencia en el pueblo, que era total anonimidad en La Habana, le respondió al vigilante: «Mire, déjeme tranquila y no se meta en lo que no le importa». El policía trató de encontrar la entrada a la casa del balcón de aquella mujer insolente que, además, como todos los orientales, cantaba al hablar. Pero afortunadamente en ese momento regresaba Socorrito y María Montoya la llamó por su nombre de Socorro y ella respondió «¿Sí, mamá?». El policía, que no había encontrado la entrada, pudo hallar una salida y quedó convencido de que todo había sido un malentendido. La gente aturbada más que perturbada volvió a caminar bajo los portales, Socorro se convirtió en Socorrito y el policía se fue a continuar su posta, que era como se llamaba en La Habana al recorrido de un agente de la ley uniformado y que en el pueblo, cosa de orientales, quería decir solamente un pedazo de carne de vaca de tamaño grande que usualmente se daba a los perros fatalmente envenenada, por lo regular en verano, tiempo de rabia.

Con los muy magníficos Montoya ocurrió otro incidente que fue una revelación. El protagonista esta vez no fue María sino su hijo Marianín. En el pueblo corrían raros rumores sobre Marianín, en conversaciones imprecisas y adultas pero que yo ya anotaba. María Montoya era viuda y ahora adoraba a Marianín, quien reciprocaba este amor con creces. Era decididamente un buen hijo y por ello alabado. Pero los rumores continuaban. Todos tenían como punto de partida el dato cierto de que Marianín, aunque ya era un hombre, no se interesaba en las mujeres —o mejor dicho, se interesaba de una manera extraña. Era por ejemplo capaz de describir un vestido de mujer con una precisión insólita en un hombre —a menos que sea un novelista. Marianín, además, solía usar palabras desusadas en un hombre, aun en un novelista. Por ejemplo, su frase favorita era «hay un detalle» y, al describir cualquier ocasión, siempre añadía: «Pero hay un detallito», y seguía su apreciación o su objeción. Parece que una vez logró reunir sus manías de modisto y de preciosista en un grado extremo y describió así una falda: «Preciosa. Pero hay un detalle en el dobladillo de ojo». Estas características de Marianín las oía en las conversaciones de mi madre con sus amigas. Marianín era por otra parte alto, fuerte, de abundante pelo negro (aunque ya mostraba amplias entradas que lo mortificaban mucho), ojos de pestañas desmesuradamente largas —para él eran aterciopeladas y añadía: «Ustedes saben, como las de Tyrone Power»— y un bigote fino, bien cuidado, copiado de Don Ameche, quien se convirtió en su ídolo desde que lo vio en En el viejo Chicago. («Siento tener que traicionar a Tyrone», decía sonriente.) Un día, una tarde mejor, al regresar del trabajo (Marianín era barnizador —él se describía como ebanista— pero no se veía que tuviera tal oficio, ya que se lavaba las manos con tal escrupulosidad que siempre las traía blancas, sin trazas de barniz, orgulloso de ellas y sobre todo de las largas uñas de sus dedos meñiques: esta pulcritud llevada hasta el último, como diría él, detalle, era la admiración de mi madre, que lo contrastaba con el aspecto de mi tío Toñito que siempre volvía, de la misma carpintería que Marianín, impoluto, cubierto de serrín hasta las pestañas, prematuramente encanecido por el polvo de cedro) Marianín le dijo a mi madre que tenía una sorpresa para ella, que se la daría más tarde. Mi madre no tenía idea de qué podía ser y se preguntaba cuál sería la sorpresa cuando tocaron a la puerta. Ella abrió y apareció ante nuestros ojos (los míos estaban allí para registrarlo todo) una muchacha montada en altos zapatos negros que realzaban sus piernas de amplias curvas, vestido violeta, boca pintada de rojo violento, ojos de grandes pestañas maquillados tal vez un poco exageradamente y un alto sombrero negro. La muchacha era Marianín, vestido —ataviado, especificaría él— con las ropas de su madre, tan bien transformado que pudo confundir a mi madre. Pero lo delataba un detalle: su bigote fino pero visible por debajo del maquillaje. Marianín estalló en una carcajada que fue coreada por María Montoya al aparecer detrás. Mi madre, pasada la sorpresa, también se rió con ganas. No recuerdo si estaba presente mi padre, tal vez para mostrar su desaprobación decidida ni si mis tíos acompañaron o no las risas de mi madre, de Marianín y de María Montoya. Recuerdo, sí, mi asombro inocente: acababa de ver mi primer travesti y no lo sabía. La ocasión no se volvería a repetir hasta un cuarto de siglo después.

El verano anterior —no, ese mismo verano del 41, antes de abandonar para siempre el pueblo— yo había realizado ciertas expediciones infantiles, una de ellas escaparme a las ruinas prohibidas del viejo Cuartelón y pasarme todo el día fuera, ahora que la autoridad paterna se había desvanecido. Sin embargo, yo, que no era nada estúpido, debí saber bien quién era la autoridad en casa. Ignorarlo me costó una paliza cruel, dada por mi madre, impelida más por el miedo de no saber dónde había estado yo todo ese tiempo que por la ira. Pero también aproveché la ausencia de mi padre para otras aventuras sigilosas, explorando solitario las ruinas vivientes de sus libros. La mayor parte de ellos constituía la herencia que le tocó de las posesiones de su tío Matías, quien fue prácticamente su padre, que era uno de los pocos intelectuales del pueblo, tal vez el Intelectual, que escribía en el mejor de los diarios locales con el seudónimo de Sócrates, quien nunca se casó, su biblioteca su Jantipa y fue famoso en mi familia por un consejo que dio a mi padre sobre cómo debía educarnos: «Críalos», dijo refiriéndose a mi hermano y a mí en tono sentencioso, «con el cerebro y no con el corazón». Mi padre trató de seguir aquel programa ético y criarnos con el intelecto —pero siempre se interpuso la pasión de mi madre. Ese verano sin padre pero sin amo hice un descubrimiento entre la biblioteca esparcida por el suelo. Había muchos libros pero recuerdo, por sus ilustraciones eróticas, una mitología que debía ser mi biblia, en que donosas damiselas desnudas eran acariciadas por cisnes, robadas por toros y asediadas por animales imposibles: medio hombres y medio caballos, mitad chivos y mitad hombres: supe entonces que existían los sátiros y los centauros y conocí la zoofilia exaltada. Había una edición que todavía era lujosa, a pesar del moho del muro, de La vida nueva, que apenas hojeé: me aburrió sólo pasar las hojas. Pero entre esos libros encontré un tomo pequeño, de aspecto humilde, en papel barato, con un nombre (para mí entonces eran nombres los de los libros, los títulos se referían siempre a películas) que parecía una referencia a los chivos y a los hombres-chivos: El satiricón. Comencé a hojearlo, intrigado por el título, la magia del nombre, buscando al chivo explicatorio y encontré de pronto lecturas extraordinarias, historias grotescas y cuentos que mi madre nunca me hizo: una pareja miraba a un muchachito y una muchachita hacer el amor (la frase pertenece al futuro, a La Habana y a la alta adolescencia: la palabra contemporánea era singar), una parejita singaba mientras otra pareja, adulta, la observaba oculta. Había más descripciones sexuales, muchas homosexuales (cundango era la palabra del pueblo para lo que en La Habana se llamaría maricón, cundanguería era la actividad, mera mariconería) y saltando las páginas aburridas, que eran pocas y estaban todas al principio, encontré escenas amorosas entre hombres y mujeres, muchos, en multitud, lo que luego supe que se llamaban orgías, palabra pronunciada por mí con el acento en la o, como en Borgias. Confieso que el libro me pareció inusitado que lo tuviera mi padre, tan serio, y escandaloso que estuviera entre los libros legados por mi tío Matías, que era verdaderamente adusto, el hombre más respetable del pueblo. Pero El satiricón me produjo una sensación inquietante, nueva, deliciosa y lo guardé donde pudiera encontrarlo cada vez que quisiera leerlo, releerlo en mi refugio, el sitio más privado, incluso alejado de la casa: el excusado, entre las heces y las zetas de las moscas verdes, olvidado de las miasmas, ensimismado leyendo, releyendo, anotando las anécdotas increíbles de la Roma imperial, que para mí era un lugar lejano pero posible, como La Habana vista desde el pueblo. La impresión que me produjo la lectura activa de El satiricón no sólo la recuerdo sino que la atesoro, como conservo todavía conmigo esa edición preciosa: mi primera literatura erótica.

Pero en Monte 822 me iba a encontrar con la verdadera literatura pornográfica, no escrita, como El satiricón, para sátira de una época, escarnio de un hombre y parodia de un libro, sino para pura pornografía, ese extraño mecanismo literario que entrando por los ojos (o por los oídos: más más tarde) actúa sobre la mente y pulsa el pubis, produciendo erecciones, titilando las tetas y estimulando el clítoris. No sé quién le prestó el libro a mi tío el Niño, que no conocía a casi nadie en La Habana y no tenía dinero para comprar nada. No podía haber sido Rubén Fornaris, tan inocente. No creo que mi tío el Niño habría admitido un préstamo semejante de Marianín marcado. Tal vez fuera Nila, una mujer (en realidad una muchacha: no tendría veinte años todavía pero yo seguía usando mis medidas infantiles y las hembras se dividían en niñas y mujeres) que se había mudado para nuestro antiguo cuarto interior pero parecía tener dinero (al menos tenía radio, que ni siquiera María Montoya poseía aparato tan precioso en la cuartería) y era atrevida. Nila tenía un marido llamado Reynaldo (en una conversación de mi madre le oí decir que parecía un chulo, lo que en los periódicos era siempre un proxeneta, pero esto no hacía de Nila una puta pues más que vivir con ella Reynaldo la visitaba: era un hombre alto que me impresionó por lo bien vestido que estaba siempre, con trajes blancos radiantes y un eterno sombrero claro: «Es un panamá», explicó mi madre, «el sombrero más caro que existe», y se decía que el panamá era virtualmente indestructible: esta cualidad del sombrero se contagió a su dueño) y ella había hecho amistad con nosotros, sobre todo con el Niño. En sus soledades Nila se entretenía en largas charlas con mi tío. A veces esas conversaciones se hacían muy íntimas y llegaron a preocupar a mi madre, que temía que Reynaldo los sorprendiera un día juntos. «Ese hombre es peligroso», solía advertir mi madre, y asocié su vestimenta al peligro: cada vez que veía a alguien con un traje blanco costoso y un panamá, invariablemente pensaba: «Ese hombre es peligroso», y más tarde aprendí: «He is dressed to kill». A veces el entretenimiento de Nila sólo era ir al cine, acompañada por supuesto por mí, que siempre me las he arreglado para ir al cine gratis. Recuerdo haber ido con ella al llamado escandalosamente Salón Rojo (su nombre tenía connotaciones aparentemente tan obscenas que, a petición de las familias decentes del barrio, fue cambiado al poco tiempo por el de Salón Regio), cine que tenía la arbitraria arquitectura de enfrentar los asientos a la entrada, la pantalla emplazada donde usualmente estaba la caseta de proyección y ésta donde queda siempre la pantalla. Nunca pude explicarme esa inversión caprichosa. Allí vimos más de una película inolvidable, yo embebido en el cine cuando debía haber puesto mis ojos en la belleza, roja o regia, que tenía al lado. Pero era todavía muy temprano: ya vendría mi tiempo del cine considerado como un coto de caza. Esta mujer, muchacha, Nila, debió prestarle el libro a mi tío el Niño, de seguro que se lo prestó, ahora no me cabe duda de que fue su préstamo pornográfico. Así llegó a las manos misteriosas de mi tío el Niño el libro que leía él con tanta tiniebla. No sé cómo me las arreglé para robarlo —robarlo, no: tomarlo prestado, no pedido, que fue lo que hice, devolviéndolo con tanto sigilo como cuando lo cogí: así aprendí a gozar enmascarado— y leí que se llamaba Memorias de una princesa rusa, desde el título un objeto de escándalo para mi padre. Ya en la primera página, sin preámbulos que serían una rémora, las descripciones sexuales, que se generaban, se degeneraban, se regeneraban, la princesa —llamada Vávara— gozando las aventuras más pornográficas, la singueta (ésa es otra excelente palabra, esta vez habanera, para describir el coito, los coitos repetidos, derivada del verbo singar, cúmulo sexual que vine a aprender unos años después) haciéndose cada vez más profusa, complicada y participaban un mayor número de personas en cada cuadro. Esta vez sí me excitó sexualmente el libro, libre de las complicaciones (tal vez fueran defectos de la traducción española o excesos de la literatura latina) de El satiricón y de haber sabido masturbarme (siempre fui un atrasado para el sexo aunque un adelantado para el amor) lo hubiera hecho, a pesar de que no tenía entonces un refugio equivalente del lejano excusado de la casa del pueblo y habría tenido que esconderme en el baño intercalado (frase que aprendí de mi madre en La Habana, que uso de manera irónica ahora, hagan el favor de notarlo: un baño intercalado, según la publicidad casera de la época, era un baño de un apartamento, colocado entre dos cuartos: en la cuartería había una ducha y una taza para todos, el baño tan colectivo como la cocina, pero no es de esa incomodidad ómnibus que quiero hablar sino de la ausencia de un buen lugar para masturbarme —si hubiera sabido cómo), por lo que me limité a la mera lectura pasiva.

Aunque Monte 822 fue un intermedio, un interregno, proseguí allí el aprendizaje del amor, que había empezado en el pueblo con una prima de ojos verdes legendarios en la familia —pero ésa es otra historia y pertenece a otro lugar. Aquí, en la cuartería momentánea, ocurrió una complicación amorosa que fue un regreso a la infancia que había perdido en Zulueta 408. Tomó la forma de un cuarteto, una complicación triple más bien, una ligazón con tres muchachas, una de ellas realmente una niña. Vivían en el cuarto de al lado, el que quedaba frente a la cocina y eran hijas de un chofer de taxi —máquina de alquiler entonces—, llamado Pablo Efesio, un mulato de bigote, calvo, de veras peligroso (no una estampa peligrosa como el marido de Nila, villano de postalitas), que había estado en la cárcel, según él mismo confesaba, y que sin embargo no me inspiraba demasiado respeto porque yo conocía su punto débil: sus hijas, que singularmente no eran adefesios. La madre ya la conocen ustedes: era Victoria, la sigilosa vengadora de Rubén Fornaris, la que se moría lentamente de tuberculosis lánguida.

Las muchachas eran tres hermanas a cuál más diferente: Ester, la menor, que debía tener diez años, era tullida de una pierna, padecía un leve prognatismo y llevaba su pelo, más lacio que el de sus hermanas, en bucles. Luego venía Fela, que tenía unos ojos enormes y la boca negroide grande y el pelo menos lacio, con bastante de rizos negros y que era de una picardía absolutamente precoz para sus doce años. Finalmente estaba Emilia, alta y delgada, tal vez con un toque de la tuberculosis que mataría a su madre poco tiempo después, muy seria, con sus catorce años que a mí me parecían veinte.

Fue de Ester de quien me enamoré, iniciando mi pasión por los amores imposibles, buscando la perfección en una mujer imperfecta. Mi amor anónimo tenía tanta necesidad de expresarse que tomé a la naturaleza por testigo: en un viaje que hicimos al pueblo vecino de Cuatro Caminos, a casa de unos parientes de mi padre, me las arreglé, siguiendo seguramente alguna película que vi con Nila, romántica y aburrida, para cortar las iniciales de Ester y mías en un árbol del patio al que seguramente dejé tullido por el gran corazón circundante. No sé cómo tatué aquel emblema pues mi padre me tenía prohibidas las cuchillas: debió de ser alguna clandestina. Cuando regresé a la cuartería iba a contarle a Ester esta hazaña amatoria, pero estaba su padre, de ogro ubicuo. Luego Fela no me dejó hacerlo.

Fue después de la escuela, jug ando parchís con Ester, con Fela y con Emilia, que ocurrió el primer incidente perturbador, uno de una serie que hizo deleble mi impronta. El parchís estaba en una mesa pequeña (no había en el cuarto lugar para un mueble más grande y seguramente comían sobre ella) y el juego estaba en lo más intricado de fichas y de dados, con todas las casillas ocupadas, cuando sentí que me tocaban entre las piernas y no fue un toque casual porque el miembro buscaba mi miembro. Miré a Ester, que estaba a mi lado, luego a Emilia que estaba al otro lado: las dos muy metidas en el parchís para pensar en otro juego. Entonces miré a Fela: tenía que ser ella la del pie táctil, ya que no podía ser la madre sentada a la ventana cosiendo. Pero Fela tenía los ojos bajos, mirando al parchís. De pronto levantó la mirada y no me hizo un guiño sino que se rió sin mover los labios, sus ojos brillando audaces: era ella. No volvió a tocarme pero después me confesó que fue ella: se había quitado un zapato y con el pie desnudo me había tocado exactamente el sexo. Desde ese momento cambió mi rumbo erótico —pero no mi amor, fiel hasta la muerte o por lo menos hasta la mudada. Mi amor era de Ester, la que no entendía de juegos eróticos: ni siquiera me permitía tocar sus senos, tal vez fuera porque no existían pero estaba su pecho que no me dejaba alcanzar. Sin embargo se dejaba besar, dulcemente, con sus ojos de larguísimas pestañas cerrados, para parecer la vera imagen de la castidad. Con Fela hubo otros juegos cada vez más íntimos. No sé cómo yo encontraba lugar —y hablo no sólo de tiempo sino de espacio en la reducida cuartería, vigilada como estaba ella no sólo por su madre sino también por Emilia. Pero encontramos momento y lugar. Una de las ocasiones el juego se hizo más serio, cuando junto con Fela fui a buscar alcohol lejos de la casa, pues ya había empezado la guerra y el alcohol estaba racionado. Fela y yo avanzamos por calles lejanas, algunas cerca del Salón Regio, pero laterales a Monte, cerca de Cristina, calles oscuras, hostiles, yo temeroso de encontrarme alguna pandilla (¿pueden los sueños convertirse en pesadillas con el tiempo? En seis meses las pandillas, a una de las cuales había pertenecido, si bien brevemente, habían pasado a ser de una asociación amistosa a una amenaza. Todas parecían tener su hábitat —que era en realidad su territorio— en los suburbios y las más peligrosas eran, no sé por qué, las del barrio de Luyanó, terreno vedado para mí hasta el día que más por bravear que por necesidad, con todo el miedo del mundo, lo atravesé de parte a parte con un compañero de escuela: anticlimáticamente, no pasó absolutamente nada, sobreviviendo a la aventura no sólo sin un rasguño sino siquiera con un gesto amenazante) en las búsquedas afanosas de alcohol (que no era una poción para beber mi padre abstemio sino combustible para cocinar: alimentaba una invención habanera llamada reverbero, que no reflejaba luz sino que producía calor: era una cocinita en miniatura, sumamente peligrosa, que se nutría de alcohol y tenía tendencia a estallar, más cóctel Molotov que hornilla: en un reverbero estuvo cocinando mi madre hasta que mi padre compró un anafe, pronunciado anafre, alimentado al carbón) siempre me acompañó Fela y tenía la costumbre de meter una de sus manos (en realidad, manitas) en uno de mis bolsillos, no refugiándola del frío sino entrometiéndola en mi intimidad, y protegidos por la oscuridad (no sé por qué esta búsqueda continua de combustible se hacía por la noche o tarde en la tarde cuando ya era oscuro, cuando tan propicio era para nosotros partir hacia la tierra del alcohol y del amor) ella me tocaba a bulto, tratando de acariciar mi pequeño pene, que ya estaba erecto —solamente meter ella su mano en mi bolsillo me producía una erección. Creo que la sola salida de la casa juntos ya era objetivo erótico. Como los viajes en busca de alcohol eran repetidos (los reverberos son como los borrachos: no sólo peligrosos sino ávidos de alcohol) tuve la maña de abrir un hueco al fondo del bolsillo y así pudo Fela meter su manita y encontrar mi penecito. No recuerdo ninguna eyaculación pero sí recorrer las calles paralelas a Monte, desde Rastro donde estaba una de las fuentes de alcohol, hasta Cuatro Caminos (el crucero de calles no el pueblo del mismo nombre a muchos kilómetros de allí) que era una esquina no sólo peligrosa sino muy frecuentada y lo que es peor (nunca pensé antes que podía llegar a detestar la profusión de luces en la noche habanera) muy alumbrada, recorrido que hacía en un embeleso, completamente entregado al sexo todavía incipiente pero ya poderoso, embrujante, envolvente —un halo invisible pero no menos radiante que la fosforescencia de la ciudad. La culminación de la relación con Fela (que los dos nos arreglábamos muy bien para disimular con maña de adultos) ocurrió un día que me estaba bañando en el minúsculo cuarto de baño, que tenía una ventana lateral, siempre cerrada, y abierto por arriba, con la pared de la puerta terminando por encima de ella, a una altura como de dos metros. Me estaba duchando cuando oí una voz que me llamó. Todo lo que se me ocurrió fue buscar su fuente en la ventana tapiada. La voz dijo entonces: «Aquí encima», y miré para arriba y era Fela, mirándome, riendo, precariamente sostenida al borde de la pared. No supe qué decir, acostumbrado ya hacía años a bañarme solo, resuelto a no dejarme ver desnudo. Tal vez hasta tratara de cubrirme y cubrirme de ridículo. Fela, muy contenta de su acción audaz, se reía, se reía. Luego, como colofón, me propuso que yo hiciera lo mismo cuando ella se estuviera bañando. «No me voy a tapar», me animó, pero yo nunca me atreví a imitarla, tal vez aprensivo ante su feroz padre, tal vez temeroso del cuerpo desnudo.

Tengo que recordar que yo era el único muchacho en aquella cuartería. Así tal vez no resulte raro lo que ocurrió poco después, sin tener que posar de irresistible. Fela y Ester debían de estar en la escuela pero Emilia, que se ocupaba de su madre, estaba cocinando algo en la cocina. No sé por qué yo no estaba también en la escuela, pero sucedió que acerté a pasar por la cocina (no tenía nada que hacer en esa parte de la casa: nuestro cuarto quedaba lejos de la cocina: tal vez yo estuviera buscando, como tantas otras veces, el sonido del radio del cuarto de Nila, que quedaba frente a la cocina) y de pronto me encontré dentro de la cocina, hablando con Emilia. La conversación era trivial: no teníamos mucho que decirnos, hasta le tenía cierto respeto por ser una muchacha mayor, casi una mujer, cuando de pronto me dijo: «¿Por qué te gustan Ester y Fela?», pero ahí no terminaba la pregunta sino que hizo una pausa: «¿Y no te gusto yo?». Me quedé pasmado: no supe qué decirle, qué contestarle, cómo enfrentar aquella pregunta tan directa. «¿Es porque ellas son más prietas?» Me sorprendió pero no por mucho tiempo: la explicación estaba a la vista: Emilia, al contrario de sus hermanas, salida más a su madre que a su padre, era casi blanca, y el suyo era una clase de racismo inverso que me encontraría muchas veces en el futuro: ella resentía no ser tan oscura como sus hermanas. Es verdad que había en Cuba un culto a la mulata, sobre todo en su aspecto sexual, pero ésta era una actitud masculina. Aunque por otra parte una mujer trigueña, de piel morena y ojos negros (había una variedad: la prieta de ojos verdes que pertenecía a cierta mitología popular, cantada en muchas canciones, forma folklórica del poema), era muy admirada pero por lo regular se refería a la mujer blanca de raza y de piel oscura. Ahora me encontraba esa admiración masculina expresada por una mujer y lo hacía todo muy complicado. Emilia era una muchacha complicada, no con las complicaciones de Ester debidas a su cojera, más bien era una complejidad nutrida por la neurosis de su madre complicada por la tuberculosis, mal neurótico. Era demasiado complicado para mis doce años, aunque yo estuviera acostumbrado a las conversaciones adultas por la educación que me había dado mi madre (terminé, para horror póstumo de mi tío Matías, siendo educado por el corazón de mi madre no por el cerebro de mi padre), por las asociaciones políticas de mi padre, por los argumentos de mi tío Pepe, por las conversaciones oídas a las amigas de mi madre, reunidas en torno a ella mientras bordaba en su eterna máquina Singer. Pero era verdaderamente complicado. No supe decirle a Emilia que ella me gustaba mucho (en realidad no me gustaba: había algo de monja en ella, tan devota a su madre, tan seria) y no pude hacer nada. Emilia debió adivinarlo porque me dijo: «Pera», que es la forma habanera de decir espera, y salió rápida de la cocina y, antes de que me pudiera dar cuenta de que me abandonó, había regresado. Después pensé que ella fue a ver a su madre, pero no tuve tiempo de pensar mucho más. Emilia de vuelta a la cocina como había salido, disparada, su cuerpo largo y flaco escurriéndose por la puerta siempre abierta (la cocina no tenía puerta sino un mero marco de acceso) y vino a mí silente. Sin decir nada me cogió por el brazo y me llevó hasta la zona libre de la pared, donde terminaba el fogón (que era en realidad una barbacoa de cemento para poner los reverberos o los anafes encima, centro de la cocina ómnibus: curioso: la pobreza pueblerina era más bien individual o familiar, mientras que la pobreza urbana me había hecho conocer primero en Zulueta 408 los baños colectivos y los inodoros colectivos, y ahora en Monte 822, la cocina colectiva: puedo decir que el resto de mi adolescencia estuvo dominada por entre tantos deseos, por el anhelo de regresar a la individualidad pueblerina, no por volver al pueblo, que fue un ansia pasajera, más bien una querencia, sino por, entre otras cosas, recobrar la privacidad: puertas que cerraran excluyendo la intrusión vecina, un inodoro propio, un baño propio, una cocina propia, volver a ser particular, pero otra de las ansias, que ya formaba parte de mis deseos, me la iba a colmar Emilia ahora, siendo propicia): y en el rincón se me encimó, arrinconándome contra la pared, pegando sus labios sobre los míos en el primer beso adulto que me daban en mi vida. No abrí la boca (no sabía cómo), tampoco la abrió ella, pero no era un beso adolescente: más que una muchacha Emilia era una mujer. Pero en vez de sentir alborozo lo que sentí fue confusión. No sabía por qué estaba haciendo ella lo que hacía: todo sucedió en silencio, sin preámbulo, sin motivo. Verdad que nos veíamos a menudo, que jugábamos (junto con sus hermanas, juegos domésticos, no todavía juegos de salón pero tampoco los juegos infantiles del pueblo), que conversábamos, que convivíamos en la cuartería, pero ella siempre se mantuvo distante y fría. No era como Ester que en su infantilismo podía jugar un juego más, el juego de los noviecitos. Ni como Fela, con sus ojos pícaros y sus grandes dientes blancos presentes en su sonrisa de labios gordos, sonriendo cómplice, insinuándose siempre. Emilia era muy reservada: hasta tenía los labios finos de los reservados, heredados de su madre que se callaba hasta su enfermedad, sin permitirse nunca ser delatada por la tos. Ester y Fela tenían las bocas gordas de su padre y habían heredado su temperamento, atenuados en Ester por la niñez pero a punto de desatarse en Fela que ya casi era lo que popularmente se conocía como una mulata caliente, criatura de la mitología sexual habanera. Emilia, delgada y pálida, era tan reservada como su madre, pero ahora me estaba besando como no lo había hecho ninguna de sus hermanas. En realidad, solamente Ester me había besado, besos de niña, mientras que Fela no estaba interesada más que en mi sexo: ponerlo en erección, tocarlo, verlo. Emilia me abrazaba pero sus manos no se dirigían nunca por debajo del pecho, mostrando una pasión (no voy a ser tan vanidoso que me crea que su pasión, tan súbita, era por mí: era una pasión antigua, universal, expresada en mi dirección porque yo era el único muchacho que vivía en la cuartería, ya que la otra persona joven era mi tío el Niño y ella debía sospechar que había algo entre el Niño y Nila o tal vez lo consideraba demasiado mayor) que años después yo podía calificar de romántica. Ahora apenas atendía a lo que ella me decía entre los besos o el largo beso sostenido, hablando ella ese esperanto del amor, el idioma que siempre espera más que expresa, sordo yo porque estaba más interesado en el beso en sí que en su literatura —en otra época podría haber dicho que atendía más a su lengua que a su lenguaje. En realidad trataba de tocarle sus senos, de bajar mi mano entre sus piernas, de acariciar las nalgas —acciones todas que ella impedía, controlando mis brazos con su abrazo, besándome, susurrando entre los besos palabras que yo no entendía. Cuando noté que pasaban los segundos con esa calidad que tienen ciertos segundos decisivos de parecer minutos y ella no se separaba de mí, comencé a preocuparme de que alguien viniera a la cocina: tal vez su callada madre entrando silenciosa. O lo que era peor, que regresara a deshora, en mala hora ahora, ese atropellado chofer errático que era su padre, peligroso. Cuando más pensaba en estas acechanzas del enemigo, debí trasmitir mi temor a Emilia —el miedo mayor que el amor— porque dejó de besarme con idéntica acción súbita a la que comenzó: se separó de mí y salió del abrazo y de la cocina como una sola sombra sólida. Yo me quedé allí, sin aliento, incapaz de moverme, absolutamente sorprendido, atónito ante el ataque (sí, había sido un ataque, una violación de besos) de Emilia. Pero también aguardaba: yo deseaba que ella volviera, esperaba que volviera, anhelaba que volviera —pero no volvió. Al cabo del rato (minutos con carga de horas por la espera) dejé la cocina y traté de buscar a Emilia por la casa pero no la encontré. (Claro que no la busqué allí donde la habría encontrado: en su cuarto, contradicciones del que se mueve entre el amor y el miedo.) Ésa fue la primera y la última vez que tuve relaciones íntimas con Emilia. Después hasta llegó a mostrarse distante, aunque ella no estuvo nunca muy cercana pero era accesible si uno se dirigía a ella. Luego, más tarde, cuando nos mudamos a Zulueta 408 de nuevo y vinieron a visitarnos las hermanas sólo lo hicieron Ester y Fela. Ester era la misma, infantil y como enfadada por su leve prognatismo —tal vez resintiera su pierna lisiada—, pero Fela había cambiado: al hacerse más mujer se había hecho consciente de una falta particular y parecía como acomplejada racial. Recuerdo que cuando nos reunimos en la azotea con algunos muchachos del edificio, me dio la impresión de que temía que yo hubiera contado nuestras escapadas en busca de alcohol aparentemente pero en realidad a practicar actos furtivos, pero antes esas aventuras sexuales no sólo no le importaban sino que le gustaba que se supiesen. Llegó, no me olvido, a preguntarme una vez, sonriente, dientes grandes, boca gorda: «¿No se lo dijiste a tu tío?», pero en realidad diciendo: «¿Por qué no se lo dijiste a tu tío?». En esa visita única (no volvieron más por la casa y luego supe que su madre había muerto) no vino Emilia y más nunca la volví a ver.

Dejábamos Monte 822 (significativamente en el mes de abril aunque la significación sea absolutamente personal) para volver al primer punto, la primera parada, que era como el lugar de origen: de alguna manera estábamos destinados a Zulueta 408. Desde que salimos de aquel falansterio mi padre estuvo tratando de regresar, entre otras cosas porque estaba frente al Instituto de La Habana, donde yo debía empezar mi bachillerato, razón que siempre me pareció una excusa. A mi madre también le gustaba vivir en el centro de La Habana, aunque fuera en aquel extraño edificio, con su arquitectura depravada. (Mi amigo Silvio Rigor, conocido ya estudiando bachillerato y una de mis primeras amistades en visitar mi cuarto, lugar de residencia que mantuve oculto todo lo que pude, escondido de mis condiscípulos el hecho de que yo habitaba el solar, Silvio lo llamó la Casa de las Transfiguraciones y nunca se refirió al lugar que yo habitaba por otro nombre: con el tiempo he llegado a comprender que no tuvo nombre más apto.) Pero antes de mudarnos de Monte 822 ocurrió una irrupción mía en una conversación que mantenía Pablo el chofer con mi madre, de noche ya, en la terraza de la cuartería, donde solían reunirse a conversar los vecinos. Ya la había entreoído antes pero ahora pude oírla claramente. Pablo le advertía a mi madre con su vozarrón en susurros inútiles que más que una educación yo lo que necesitaba era que me hicieran un hombre: él estaba verdaderamente preocupado porque me había visto mucho jugando con sus niñas, tal vez demasiado para un muchacho, decididamente nada bueno para un futuro hombre. «Un varón no debe jugar con hembras», sentenció con su chorro de voz. Recuerdo que aun entonces pude preguntarme qué pasaría si este hombre temible, ogro didáctico, supiera qué juegos realmente jugaba yo con sus queridas hijas.

Aunque había venido varias veces a esta parte de La Habana, a visitar con mi madre a una vieja amiga del pueblo y su hija (su madre se vio obligada a dejar el pueblo porque había tenido relaciones con un desconocido y resultó madre siendo soltera, a su vez su hija, una belleza antigua y pálida llamada Carola, murió misteriosamente en La Habana, de tuberculosis, según supimos), a visitar a mi padrino, que era dentista y tenía un consultorio en la calle Compostela, y a acudir como una alevilla a la luz al cine Actualidades, a sus luces y sombras a veces acompañadas por la nueva música americana, ese swing. Aunque había bojeado esa isla futura nunca había vuelto por Zulueta 408, este solar, falansterio que sería trascendental en mi vida, con el que sueño todavía sueños que tienen la composición de pesadillas y al que había entrado —más bien penetrado— niño y al que dejaría ya hombre, creando a la vez que consumía mi adolescencia.

Creo que debo dar una idea del edificio ahora que estábamos instalados allí más o menos definitivamente (en un principio pensé que indefinidamente, luego creí que eternamente), cuando tuve todo el tiempo del mundo para explorarlo. Tenía (o tiene todavía: su estructura perversa parecía estar hecha para durar para siempre) tres pisos, sin planta baja, en la que había sólo un cuartico para guardar utensilios de limpieza. Con un primer piso que era tenebroso porque estaba sumido en una oscuridad constante, los cuartos cerrados (menos el cuarto doble de la encargada, concierge que hacía las veces de criada, portera y cancerbera, su puerta una gran reja cancel que le permitía observar con ojo ubicuo todos los movimientos del pasillo interior, al que enfrentaba, y el descanso del primer tramo de escalera), el segundo piso era donde habíamos vivido, que veía ahora (no era un regreso: en realidad nunca lo había dejado) bañado en una claridad ceniza que venía de los cuartos abiertos, la luz filtrada por las cortinas que hacían de puertas, y al fondo y arriba estaba el tercer piso, al que se subía por una escalera de madera milenaria que era también de acceso a la azotea, donde todos los vecinos tendían su ropa al sol. Los cuartos de la azotea eran solamente cinco y parecían precarios, de techo de madera, pero en el segundo piso solamente había quince cuartos, en que vivían otras tantas familias. El cuarto que mi padre había alquilado (al que habíamos sido condenados: era una celda) no tenía ventana y daba al largo pasillo interior por una puerta y por la otra a una especie de terraza degenerada, de patio interior, de placita anterior a los baños, a los inodoros —y más importante, a la llamada pila (otro nombre nuevo para mí: la única pila que conocía entonces era la pila bautismal de la iglesia del pueblo), que era una llave de agua con un continente cuadrado debajo, rodeando a la pluma hasta un metro de altura por tres costados: por lo que el nombre de pila no era una mala metáfora. Detrás de la pila había un tragaluz de varios metros de largo y de ancho, cuadrilátero que daba escasa luz a la casa de los bajos. En vez de cristal el tragaluz estaba protegido de detritus por una amplia tela metálica y el borde era una baranda cuadrangular de metro y medio de alto. El tragaluz, por supuesto, pero también la pila y los techos de inodoros y baños daban al aire libre, flanqueados por una pared que era la del edificio anejo y detrás había una abertura en semicírculo por la que se podía ver la alta tapia del teatro Payret, y si uno se empeñaba mucho, el cielo. Por ese acantilado trepó memorable un chimpancé un día: el pobre animal, maltratado por su domador entrenándolo en el patio del teatro, escaló todo el muro vertical y luego accedió a la azotea para bajar por la escalera de madera y pasearse, entre bamboleante y majestuoso, triste versión humana pero simio suficiente para crear el pánico entre las mujeres del edificio, muchas de ellas, sin embargo, bellas incapaces de sentir miedo por su virginidad en aparente peligro ante la bestia peluda. Esto fue lo que hizo recordable ese retazo de pared. Aparte de la función de los baños, que era múltiple, estaba el tragaluz gigante, siempre atractivo por peligroso, donde un muchacho audaz (y de poco peso: yo también era de poco peso entonces y habría podido emular su acto, pero nunca me atreví) corrió un día sobre las maderas traviesas del marco de la tela metálica sobre el abismo urbano. Enfrentando el tragaluz había dos cuartos y al extremo izquierdo había otro cuarto. Pero nuestro cuarto dominaba la placita porque tenía una puerta grande (esta planta del edificio era de puntal muy alto), que solamente se cerraba en los pocos días que soplaba ese viento desconocido para mí en el pueblo: el norte que bajaba del Canadá y, aseguraban algunos, del polo, por el boquete de la Corriente del Golfo, ocasionando marejadas en el Malecón y frío en esa zona de una isla tan tropical. El resto del tiempo nuestra puerta estaba abierta y por las noches había una puerta secundaria, muy parecida a la puerta vaivén de un saloon, precaria, que cerrábamos con un tosco pestillo. La otra puerta, la que daba al pasillo, pronto ostentó una cortina, varias cortinas diferentes pero siempre con adornos florales. Mi madre se las arregló para pintar el cuarto de un tono lila que un día futuro, de visita Ricardo Vigón, que tenía tan buen ojo, al ver un ramo de flores artificiales (nunca supe por qué mi madre tenía tanta afición por las flores artificiales, me imagino que sería porque eran producto único de la ciudad: en el campo no crecen flores de papel), rosa contra el lila de la pared, se quedó extasiado, sus ojos abiertos a la contemplación, declarando a la combinación perfecta: «Es un Matisse», fue su veredicto.

Pero no he regresado al pasado para escribir unas memorias artísticas y así debo dejar fuera las tertulias literarias que llegaron a formarse con el tiempo en la zona de la placita que nos pertenecía por contigüidad con la puerta, nuestro espacio cultural, ocupado por sucesivas reuniones: primero las reuniones de los amigos artísticos del pueblo, como Colás que tarareaba óperas completas (la cultura del pasado), luego por compañeros de mi padre en el periódico, literariamente inclinados, que tanto influyeron en mí, y mis amigos del bachillerato más tarde, intelectuales en cierne (la cultura del futuro). Solamente quiero hablar del microcosmo de Zulueta 408, un mundo en sí, un orbe cerrado (la cultura del presente entonces). Tengo que mencionar de pasada cómo cambiamos el mobiliario ad hoc de Monte 822 por el juego de cuarto (ineludible frase comercial habanera que designaba una suerte de tresillo compuesto de armario —llamado escaparate en La Habana—, coqueta —otra palabra habanera para designar una suerte de consola-tocador que mi madre acogió encantada, ya que como mujer política era muy emancipada y eso significaba en el pueblo la audacia de pintarse el pelo, untarse colorete y usar creyón de labios —y una cama camera). No recuerdo si el juego de cuarto fue adquirido (sí estoy seguro de que fue comprado a plazos) inmediatamente después de la mudada o a los pocos meses de haber regresado a lo que se definía como nuestra meta, fin que era un eterno comienzo. Sí recuerdo que la tosca mesa improvisada por el anónimo carpintero negro, hecha en silencio, desapareció en la mudada como un objeto perdido en la cuarta dimensión de la memoria —pero no iba a disiparse así nuestra pobreza, marcada ahora por la oscuridad donde antes siempre hubo luz. Como en una prisión el único bombillo de nuestra celda se apagaba a las diez de la noche: la corriente eléctrica era gratis en el solar que anunciaba mendazmente que era posible obtener allí cuartos gratis, pero las luces se encendían variables al anochecer y se apagaban incoerciblemente a las diez. Tardaron muchos años en que pudiéramos disfrutar la posesión de ese mágico difusor de cultura popular, llamado por un locutor «fuente de solaz y esparcimiento», que era un aparato de radio. Mientras tanto, como en el orden de esta narración, me iba a contentar con la cultura del medio: la frecuentación de los vecinos, el establecimiento de grados diversos de intimidad, superando mi timidez, el conocimiento de aquel laberinto habitado —Zulueta 408, hábitat y destino. Che Sarrá, Sarrá.

La primera persona que conocí fue inevitablemente el vecino más próximo, en este caso la vecina de al lado. Se llamaba Isabel Escribá, quien sin el acento cumplía en su apellido mi futura condena. Es muy probable que Isabel Escribá descendiera de catalanes (muchos cubanos llevan nombres catalanes) pero tenía las suficientes gotas de sangre negra en sus venas para que su piel tuviera ese color yodado que yo asocio con ciertas bellezas jóvenes que van mucho a la playa o tienen la misma mezcla negra y que no he visto en su plenitud más que en muchas muchachas cubanas entonces y décadas después en varias bellezas brasileñas. Para mí Isabel Escribá era casi una anciana (debía de tener unos 45 años) vista desde mis doce, casi trece, años, pero hoy sé que había en su compañía la promesa retrospect

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