Para aquella que está esperándome sentada en la oscuridad

António Lobo Antunes

Fragmento

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Al despertar el gato estaba tumbado como de costumbre a los pies de la cama mirándome sin verme pero la ventana del estor a medio bajar parecía haber cambiado de la pared derecha a la izquierda, el árbol con las hojas de siempre en junio llegada casi a los marcos del mismo modo que los muebles, la cómoda, el armario, el sofá ocupaban ahora el lado de la ventana, explíquenme qué ha pasado por la noche, el gato levantó la cabeza porque la señora mayor que traía el desayuno y las pastillas entró en el dormitorio sonriendo, sonría siempre, por la puerta que al menos esa continuaba en su sitio, me informó al dejar la bandeja en la mesilla

—Al despertar tardamos en habituarnos al día

y no es verdad, no me cuesta habituarme al día, me cuesta que cambien cosas sin decírmelo, hacen lo que les da la gana y no me hacen ni caso, la señora mayor inclinó la almohada ayudándome a sentarme

—Recuerde que ya se ha manchado más de una vez

me dio las pastillas y el té mientras el gato vertía líquido sobre el suelo, cuando me roza se siente un motorcito dentro que dura hasta que acaba la cola y me olvida, por un instante me acordé de Faro, de mi madre poniendo la sopera de la cena en la mesa y de mi padre diciéndome, con la servilleta mitad en el cuello de la camisa mitad en la mano, con tirantes, sin chaqueta

—Acércate

mandándome sacar la lengua, mojándose el índice y frotando una mancha en la nariz

—Parecías un payasito pequeña

mientras yo me secaba con la manga refunfuñando, mi madre le quitaba las espinas al pescado mientras él comía con el cuello estirado para no mancharse la camisa, con la chaqueta en el respaldo de la silla de enfrente y el bolsillo del pañuelo lleno de bolígrafos, al acabar la taza de té desapareció Faro y mis padres con él, murieron hace siglos, a veces en la cama, todavía no me había dormido, sentía a mi madre diciéndole a mi padre

—Ven aquí

y solo el reloj de cuco en el salón, no el pájaro de madera que saltaba desde el postigo haciendo una reverencia, solo el mecanismo, lo recordaba cuando estaba casada y el Cristo del cabecero adelante y atrás, no consentía que la señora mayor me lavase y vistiese, como mucho me dejaba en el sillón con una revista y avisaba de su llegada

—Vengo a la hora de comer

tan gastada la pobre, le sobraba cuerpo en sitios donde no lo necesitaba y le faltaba donde era necesario, en los miembros sin fuerza o en el cuello encogido, los objetos del salón también en sitios diferentes, qué ha sido del paño del aparador y de la figura de la chica abrazada a un cisne, de vez en cuando mi padre me cogía en brazos

—Lo que pesas pequeña

y mi madre desde el ganchillo, contando puntos

—Diecisiete ¿verdad?

mi madre

—Como se descuiden se estampan los dos

la chica del cisne no sé por qué me perturbaba, mi padre enfermo tosiendo tras la puerta cerrada, cobre, cobre, el cisne y la chica de cobre, mi tía me prohibía el picaporte más allá del cual un olor extraño

—No entres ahí

mi madre con los ojos rojos

—Vete a jugar al patio lárgate

y al mismo tiempo abrazándome con el pañuelo en la manga con una punta fuera, esperé un poco y el crucifijo del cabecero mudo, reducido a los temblores de la garganta de mi padre, ahora flojos, la cabeza del médico surgió por una rendija de la puerta llamando a mi madre

—¿Le importaría venir?

al contrario de lo habitual no me guiñó un ojo

—Qué vida tiene

movía la boca casi sin hacer ruido mientras yo me fijaba en un botón a punto de soltarse, las agujas del reloj de cuco sin cuerda, el pájaro escondido en la casita de madera donde me daba la impresión de que hervía una colmena de horas, me pareció que un saltito del crucifijo pero tenue, breve, y un sollozo de mi madre acompañado de un silencio hecho de una textura diferente, del tipo de las palomas en los desvanes vacíos donde borbotean misterios pero la puerta no se abría, o mejor la abrió mi tía, toda ojos, buscándome

—Pírate a las traseras y no entres si no te llamo

en un tono menos autoritario de lo que ella suponía, rompiéndose al final de las palabras con un temblor de los labios, no me llevaron al entierro, me quedé sola en el patio mirando el colchón vacío de mis padres sin almohada ni sábanas, el suelo fregado con creolina, el crucifijo en paz, en cierto momento el reloj de cuco, dilatado por horas sin fin, empezó a crepitar, los encajes de las tablas se separaron y un enjambre de cucos que cargaban con todos los minutos del mundo atravesó la habitación, desordenado, confuso, agitando alas de madera, cruzó el níspero y fue disminuyendo hacia las olas en un chillido de bisagras torcidas dejando el tiempo fijo desde entonces, parece que se altera pero es siempre el mismo y es en el interior de ese tiempo donde me voy marchitando lentamente con el motor del gato hasta el final de la cola, callándose como yo me callo al miraros.

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PRIMER MOVIMIENTO

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1

Hay fases en las que me despierto asustada en medio de la noche, qué sé yo lo que es el medio de la noche, con un perro ladrando dentro de casa no sé dónde y sin que el gato cambie de postura en la colcha, una pata larguísima toda uñas y las demás pequeñas, enciendo la luz que vibra un poco al principio y nadie, por no mencionar, claro, la ventana y los muebles que se mueven disimuladamente pensando que no me doy cuenta, la chica del cisne me observa con el rabillo del ojo lista para avisar

—Se ha despertado

y todo enseguida quieto, suspendido, esperando a que me duerma de nuevo para volver recordándome a mí con cinco años siempre escuchando, de puntillas para llegar al espejo del lavabo con el carmín de mi madre, acertando en la barbilla o las mejillas, no en los labios, si me preguntasen

—¿Dónde estás?

no respondería como tampoco respondió el perro, solo ladraba, busqué en el pasillo y nada, en el salón y nada, me iba acercando lentamente al origen del sonido en el trastero y nada, me hice daño con la esquina de un banco y proseguí a la pata coja frotándome el hueso, he visto gente con bastones por mucho menos o colgada de muletas con cara de orfandad, descansando del tormento de la escayola en la calle, en la sala nada, en la entrada nada, el llavero balanceándose en la cerradura con una cadencia sospechosa hasta que un ladrido más cercano me empujó hacia la cocina, allí estaba el fogón, la pila de la ropa, todos los zarrios, los paños de secar la loza en una tira de madera llena de clavos en forma de anzuelo y entre los paños de secar la loza el delantal para no ensuciarme pero me ensuciaba igual, con un galgo rosa estampado y era el galgo el que ladraba, ladraba, siempre que cambia el tiempo se inquieta de modo que muy pronto lluvia seguro, se verían las gotas alrededor de las farolas y las ramas de las tipuanas curvadas, agua bajando por los cristales, frío, dónde está mi rebeca a la que le falta un corchete que no encuentro como no encuentro nada de nada, solamente lo que viene hasta mí sin quererlo, la chica del cisne o el gato que ronda el plato vacío, una mujer recogiendo camisas de un tendedero, no es un barrio de lujo este, me vine aquí cuando llegué a Lisboa al segundo piso de mi madrina que en paz descanse, igual que yo se pasó la vida en el teatro pero no en el escenario, era costurera, al final de su vida, debido a la enfermedad de los ojos, no sé si cosía con la mano o con las gafas, avisaba

—Hombres ni soñarlo pequeña

porque sus experiencias dolorosas, engaños, discusiones, bofetadas, yo virgen porque la simple idea de un crucifijo tintineando en el cabecero me hacía sentir pecadora, el marido de mi madrina una amante dueña de una quincallería con juguetes la verdad bonitos en el escaparate y mi madrina lo sabía, un payaso que tocaba el clarinete, un elefante, un mono, bastaba que llegara tarde a cenar y ella

—¿Has estado con la puta esa gilipollas?

mientras el marido tendía el chaleco con una lentitud satisfecha, los tirantes felices, atusándose el bigote con el dedo del anillo aprovechando el meñique para limpiarse la oreja

—Qué manía

que refregaba en la, yo diciéndole al galgo

—Callado

servilleta, el marido de mi madrina tirándome una ceja a la cara

—¿Hablabas conmigo?

y yo aclarándoselo

—Hablaba con el galgo del delantal que aún no existe

lo compré durante mi primer matrimonio, años después, en un momento en que estuve sin trabajo pero fue un capricho barato, el galgo descolorido seguro que en la tienda hacía siglos, esperando que me diese pena y me lo llevase, siempre me han impresionado los perros, los observamos mejor y reparamos que todos con lentillas, tan miopes los pobres, y después aquella mirada de soslayo que pide lo que no sé darles, mi primer marido en el capazo, perdón, en la cama

—¿Me ves más delgado?

con los dedos independientes los unos de los otros, olvidados en desorden sobre la sábana, el cuerpo iba abandonando las manos, seguía por las costillas y la garganta que se interrumpía y volvía a soplar

—Ayúdame

de cuando en cuando un silbido tenue, de cuando en cuando una burbuja de saliva, ahora que no vivo con nadie me da miedo encontrármelo, siento no sé qué, pienso

—No es él

pienso

—No puede ser él

de la misma forma que pienso

—¿Habrá sido él?

y la sospecha de una lágrima que no se mueve endureciéndose en el párpado, la señora mayor dejaba los huesos en el plato, apartándolos con una habilidad rápida

—Todavía lo estoy viendo hecho un pincel

con el traje a medida y la corbata con puntos, cruzando la pierna atento a la raya de los pantalones, tan orgulloso de su apariencia, tan contento consigo mismo y en esto pumba una molestia aquí, la palma evaluándolo, yo

—Vosotros los hombres no crecéis

yo

—Déjate de tonterías no es nada

pero lo era, afortunadamente después del galgo no me lo encontré en la cama, qué susto, aunque se mantuviera la sospecha de que un olor a angustia cerca, seco, ácido, me impedía dormir, situado exactamente entre mi sueño y yo, nada de viento en la calle, ninguna rama murmurando y el silencio, aunque apretase la almohada contra las orejas, me ensordecía, me gustaba que los cucos de los relojes presentes, seguro que pusieron huevos durante años y años, cuando era pequeña mi madre cantaba al bordar, si desconfiaba de que alguien cerca se callaba de inmediato

—Tonterías

ahuyentando la voz con el dorso de la mano, un grupo de teatro vino a hacer una representación en la sede de los bomberos y me llevaron, esto en Faro, ignoro el motivo por el que no echo de menos Faro, no aquí, una ciudad que no es fea pero entre el Algarve y yo, vamos a dejarlo, sufrimientos innecesarios para qué, uno de los actores que hizo la mili con mi padre comió con nosotros y nos hablaba como si hubiéramos pagado entradas para contemplarlo masticando, el día anterior lo mataron a puñaladas al final de la obra y se pasó siglos tambaleándose hacia delante y hacia atrás hasta caer con precaución, se notaba que ofendido porque no habían limpiado antes el suelo, anunciando

—Portugal me vengará

aunque Portugal observando quieto y sin instinto de venganza algunas de las sillas que trajeron del Ayuntamiento, mi padre al actor echando de menos el cuartel de Chaves

—Salta Charcos

mientras mi madre, impresionada con su agonía del día anterior, sin la seguridad de que se recuperase, indecisa entre un fantasma y un caballero gordo

—Señor Esteves

el actor a mi madre

—Para usted solo Esteves señora mía su marido y yo casi hermanos una noche me metió una rata muerta en la cama

yo al actor, categórica

—Cuando sea mayor voy a ser actriz

echando, con actitud imperial, a una criada demasiado criada en presencia de un rubio bien arreglado con meñiques en todos sus gestos

—Déjeme a solas con sir Robert que tenemos unos negocios que resolver Cacilda

Cacilda reculando con reverencias sucesivas sosteniendo la cofia mal plantada mientras el rubio se retocaba la melena con actitud lánguida, lo conocí ya calvo, colada por un electricista que se quedaba con su dinero

—Por lo que más quieras no me dejes Arnaldo

Faro más o menos y ya está, el amigo de mi padre, cuál amigo, casi hermano, preocupado por una vértebra que la muerte le lastimó en la obra, midiéndola con las falangetas pensando en hospitales

—Es bien posible niña es bien posible

un escarabajo entró de repente por la ventana chocando contra las paredes, la lámpara, el techo, mi madre se volvió del tamaño de la chica del cisne, aterrada, deseando que por una vez en la vida mi padre la protegiese cubriéndola con el cuerpo, el cuello, las alas y entonces entendí la figurita, el escarabajo se lanzó contra las lágrimas de la lámpara que tintinearon de pánico enmarañándose las unas con las otras, descolocó la punta de la alfombra, se me posó por un segundo en el hombro, me abandonó sin tragarme, pensé que me iba a comer la oreja de un solo mordisco y no lo hizo, cogió aliento para más bandazos desesperado por no encontrar la salida mientras mi padre lo perseguía con el periódico doblado que al llegar al bicho ya no lo encontraba, el escarabajo no acertó en la ventana pero acertó en la cortina enrollándose en ella, el actor que con el hambre no le hacía caso al insecto repitiendo el guiso

—Actriz es bien posible se le nota la vocación

mientras el escarabajo desaparecía en la calle dando tumbos, mi madre cerró inmediatamente la ventana comprobando que estaba completamente lacrada empujando y tirando, gemía pero aguantaba balanceándose en las bisagras, el Salta Charcos sin soltar el tenedor y yo pensando

—En un minuto agujerea la ropa coge un trozo con los cubiertos y se come a sí mismo

mi madre inquieta con la historia de la rata enfadada a la distancia de los años, apartándose lo más posible de mi padre

—No me toques

con miedo a un segundo animal en el bolsillo o algo parecido listo para invadir el mantel, en el gallinero desmantelado del patio más allá del nuestro en cuya casa no vivía nadie excepto mendigos de paso ratas atroces con patas peludas y dientes enormes y media muñeca de bruces en la hierba, mi marido

—De esta no salgo

y en efecto no salió, la señora mayor vino con la bandeja de la cena y las pastillas junto al vaso de agua, una azul y otra blanca con una ranura en el medio, enorme, me quedaba siglos con ella en la lengua adelante y atrás sin atreverme a tragármela, un día de estos me atraganto, se me atraviesa y no pasa, me muero con ella entallada como una cereza, la señora mayor

—¿Vamos a quedarnos así hasta mañana?

mientras yo más agua con los ojos fijos en nada, a veces en un retrato cualquiera

—Voy a morirme delante de la tía Alice

que no sé de qué murió, de lo que se moría antiguamente, díganme, apoplejía, fiebre de la garrapata, tísica, decidía

—Ahora

en el último momento, una vez decidido, me arrepentía y sacaba la pastilla de nuevo, el actor a mi padre

—Y encima pusiste el bicho en la funda de la almohada bandido no he dado un salto tan grande en mi vida te lo juro se me paró el corazón

un salto difícil de imaginar debido a la grasa pero en aquella época el amigo flaco como un fideo, se daba la vuelta con un soplo, el sargento

—Si todos fuesen como usted perderíamos todas las guerras

la pastilla bajó de milagro rodando como una piedra, la sentí en el cuello, dejé de sentirla, me he escapado de esta, es la próxima la que va a acabar conmigo, nadie tiene suerte toda la vida, a mi marido le bastó un sollozo y se quedó con un párpado más abierto que el otro, al cerrarle los ojos recuperó la simetría, me entretuve espiando los medicamentos en el bote, más de una docena todavía, intentando adivinar el futuro asesino pensando en aquel, en el otro más arriba, en ambos, volví a encontrar al amigo de mi padre muchos años después arrastrándose en la entrada de los artistas

—Compañero

mi padre ya no estaba aquí

—Salta Charcos

el delantal del galgo cada vez más sin el animal que daba vueltas por la casa, se escuchaba el tic tic de las uñas, tan ágiles, el actor

—Compañero

reconociéndome tantos años después, delgada, con el pelo te, ya no vestida de niña, vestida de mujer, ñido por culpa de la crueldad del tiempo, ningún escarabajo junto a la bombilla en las traseras del teatro, el señor Barata que trabajaba de portero echándolo

—Lárgate de aquí borracho

y el Salta Charcos marchándose humilde

—No molesto a nadie

rebuscando de camino en una caja cualquiera con interés por una cebolla, sin interés por la cebolla, desapareciendo poco a poco en la oscuridad porque nadie desaparece de repente, incluso cuando ya no están todavía están, el señor Barata a mí

—Todas las noches lo mismo

esperando a aquella a la que se iría a ahuyentar a su vez con interés por la misma caja y también sin interés, tiene que haber un escalón donde sentarse, tiene que haber una, la señora de edad con la bandeja

—Aquí tenemos otra pastillita

escalera donde dormir, tal vez una lágrima que se transforme en cebolla y menos hambre después de comerse el disgusto, puede ser que la melancolía alimente, aunque mi padre en el cementerio quedaba mi madre de momento

—¿Sigues usando mi carmín?

cuando ya no había carmín por no haber labios donde ponerlo, había faldas sin color, sandalias gastadas y un transistor siempre en la emisora de las oraciones y las misas puesto que Dios aumenta con los años, el Salta Charcos guardándose los restos de la cebolla en el bolsillo y calculando por lo que tuvo que inclinarse casi hasta los tobillos, la señora mayor señalándome el plato

—No quiero ver ni una patata no las esconda debajo de los cubiertos

Mientras mi marido

—No soy capaz de comer

no el primero, el segundo, el primero acabó también en esta casa, no el hígado como este, la diabetes, los hombres son como las ballenas, aunque vivan lejos acaban en la misma playa, la señora mayor rebuscando

—¿No se come la zanahoria que pone los ojos bonitos?

y en unos meses me toca a mí con el galgo saliendo del delantal para olisquearme, el gato dejó la cama y se escondió en la despensa, no beben agua del plato, no comen, se apartan de mí, se evaporan, una noche de estas estoy en la entrada de los artistas y el señor Barata expulsándome

—Zumbando

la señora mayor llevándose el plato

—¿Quién es esa niña?

acompañándome a la entrada de los artistas intentando protegerme

—No se habla así con una actriz como ella

tan bajita al lado del señor Barata y sin embargo enorme, cortando la carne en trocitos fáciles de masticar, no tenía que mover la mano izquierda que a veces, no sé por qué, me falla, bastaba la derecha, más segura, yo con la noche enfrente al otro lado de los cristales, el supermercado, la agencia de viajes, un primer travesti inmóvil en la esquina, con la tripa al aire, el pobre siempre con el mismo sujetador, si mi padre conmigo seguro que observando desde la ventana volviendo al sofá pensativo, mi madre

—¿Te gusta eso anormal?

qué extraña es la noche, todo igual y diferente, las sombras se convierten en cosas verdaderas y las cosas verdaderas en sombras, mi padre a mi madre

—Me impresiona ¿qué quieres?

hace siglos que vivo aquí, edificios antiguos, pensiones, el restaurante de los nepaleses que gorjean en la acera, un automóvil aflojó junto al travesti y aceleró enseguida, mi madre a mi padre

—¿Crees que no sé lo que tienes en la cabeza?

cómo se conocieron, cómo empezaron a salir, mi padre compañero de un primo de ella creo que los presentó un día, mi madre

—No me hizo ninguna gracia

y realmente por las fotografías guapo no era pero tampoco intentaba pasarse al menos eso, un sábado se cruzó con él del brazo con su tía cargada de bolsas de la compra y no sé qué en su delicadeza la emocionó, la atención, el cuidado, era sensible al amor de familia, su madrastra señalándolos

—Aprende porque no me haces ni caso

y se lo hacía a su manera, cada uno es como es, mi abuelo del tipo callado, sin sonreír, sin fijarse en nadie, al jubilarse se pasaba el día entero en pijama tocándose la barriga, mi abuela

—¿No te vistes?

y no se vestía, mirando la pared y a través de la pared la presencia de los vecinos, conversaciones de las que no se distinguían las palabras, niños, grifos, gente que vive por medio de sonidos, un suspiro femenino

—Ay yo

a veces suelas fugitivas en la escalera, saludos rápidos, el hombre que trajo el fogón nuevo descansando en el descansillo soplándose los dedos, esperé que la señora mayor olvidase el medicamento pero no se le olvidó, ahí estaba enorme, imposible, aumentando decímetros al salir del bote, virgen santa, y seguía aumentando mientras yo me encogía delante, yo aterrada a la señora mayor

—¿En serio cree que voy a poder?

el director de teatro a mí

—Quizá fuera mejor descansar unos meses

porque en su opinión me olvidaba del papel, tras una pausa tensa un actor cercano continuaba por mí inventando no importa el qué con el objetivo de anular el silencio mientras yo me movía en el sentido equivocado insistiendo en lo que había dicho antes sin darme cuenta de lo que había dicho antes, otro actor cuchicheando

—¿Te has quedado en blanco?

yo

—De eso nada

o si no frases de un espectáculo anterior, un bulto detrás del escenario gesticulando y por qué razón gesticulan, qué pretenden, todavía no tomaba pastillas, todavía no había aparecido la señora mayor, el sobrino de mi marido a ella cuando yo distraída

—De los episodios antiguos se acuerda es de lo que ocurre ahora de lo que se olvida si ha comido o dónde estuvo ayer por la tarde

y dónde estuve ayer por la tarde es verdad, el médico al sobrino de mi marido creyendo que yo iba a perderle las palabras, asegura que es así como empiezan estas enferme­dades

—Problemas con la memoria reciente los de la memoria remota llegarán más tarde

y en mi caso no llegaron, gracias a Dios estoy fenomenal, ahí está el galgo ladrando, la profesora en la escuela en Faro

—Divide estos versos en oraciones

o

—Haz la raíz cuadrada en la pizarra

y me acuerdo de los versos, Era de mi madre es un pobre chal que tiene para mí una pureza de ala etcétera, me acuerdo de la raíz cuadrada de once mil setecientos cuarenta y nueve como me acuerdo, estoy mintiendo, no me acuerdo de lo que he comido y es imposible no acordarme de lo que he comido, será esto la enfermedad o solo un fallito que se pasará, chocos fritos no, pastel de hojaldre tampoco, que me está pasando, tranquilízate, le voy a pedir que me hable de aquella a la que albergó en nuestra casa, si te tranquilizas entra todo en su cauce, he comido açorda de gambas tampoco, por favor no llores, el director del teatro

—Vuelve en octubre hace siglos que no descansas

mientras se reunía con mis compañeros, açorda de gambas es posible, yo al director del teatro

—He comido açorda de gambas señor

que me respondió casi simpático

—Claro

empujando a mis compañeros al despacho más una actriz que no conocía ni me saludó dejándome sola de acuerdo conmigo

—La açorda de gambas está estupenda

al otro lado de la puerta insistiendo

—Está estupenda

aunque las cáscaras a veces me hacen daño en las encías de modo que tal vez vuelva en octubre, tal vez no vuelva, volver para que el señor Barata en la entrada

—Tenga paciencia no insista niña que me cuesta echarla

mirándome con párpados inseguros y la mano temblando en mi hombro

—Cualquier día se libran de mí

y por un pelo no nos abrazamos pero soy una primera figura, no abrazo a los empleados, cuántas noches ni siquiera lo saludé, la señora mayor al sobrino de mi marido

—Puede estar tranquilo

enterándose de las pastillas, de las horas, mirándome de cuando en cuando con una curiosidad piadosa

—¿No recuerda haberse emocionado ayer no recuerda haber rezado el rosario por la radio?

con el motor del gato deslizándose por mis piernas hasta el final de la cola mientras el señor Barata en el escalón de la entrada de los artistas

—Me despiden con un mes de sueldo y ¿qué hago después?

quién le pagaría el cuarto, dónde iba a comer, el qué, con quiénes charlaría, inviernos e inviernos contemplando la lluvia envuelto en una manta y las palomas encogidas en el tejado de al lado, el sobrino de mi marido venía siempre con demasiado perfume, no francés, italiano, el francés para los maricas, el tío igual y por lo tanto probablemente una costumbre de familia, semana tras semana respirando aquello, los domingos me llevaba a visitar a los parientes que se aburrían con nosotros sustituyendo la conversación por miradas que se querían amables y no lo eran, deseando que nos marchásemos, escuchaba al sobrino de mi marido moviendo las llaves del coche en el bolsillo, se inventaba

—Es tarde

para que volviésemos a casa, sentía el alivio de la mujer y los hijos que por primera vez sonreían, no una sonrisa, una especie de cara satisfecha, de

—Por fin

ya en el descansillo sentía sus voces aliviadas

—Han tardado siglos

el sobrino de mi marido se subió al ascensor viendo cómo los botones se encienden uno detrás del otro, ocho, siete, seis, se apaga uno y se enciende el siguiente, aproveché para abrir la cartera, sacar la pistola y matarlo, es broma, solo me puse un poco de maquillaje en el índice y me retoqué la nariz, la señora mayor, fijándome bien, más joven que yo, se nos olvidan los años que tenemos, tratándome como si fuera una niña

—No esconda ese filete debajo de la ensalada cómaselo todo

y me lo comía todo, me tomaba la pastilla, oía ladrar al galgo, encontraba al gato tumbado a los pies de la cama con una de las patas larguísima, solo uñas, mirándome, el sobrino de mi marido a la señora mayor al dejarnos en el salón

—Si lo necesita ahí tiene el teléfono

con ganas de irse corriendo, no se guardaba las llaves ni se sentaba a charlar unos minutos, se quedaba de pie observando a la chica y el cisne, cuando me muera ya sé a dónde van, seguro que los mete enseguida en una bolsa, la mujer

—¿Dónde vas a guardar eso?

como ahora sobre mí

—Debías meterla en una residencia

y yo callado pensando en el precio, guarda mi tarjeta del banco, modera los gastos, dame algo de dinero para el pelo, las uñas, un café en una terraza que me dura horas sin prestarle atención a nadie, el viaje en taxi de aquí al teatro donde el director

—Vamos a ver vamos a ver

acompañándome a la calle y una única farola lejos, las bombillas de las demás fundidas y la piedad del señor Barata detrás del patrón que no me imagino capaz de piedad sea por quien sea mintiéndome

—Tiene que ser un drama a su altura no le voy a dar una farsa de mal gusto

mientras me iba empujando el cuerpo con su cuerpo y al fondo, muy a lo lejos, el río, el director del teatro

—Un texto americano que la merezca

el público de pie y exclamaciones de entusiasmo, flores, en cuanto crucé la puerta fue él quien la cerró, no el señor Barata y ambos desaparecieron de mi vida, volví a pie sin equivocarme de calles qué curioso, la señora mayor levantando la bandeja

—Hoy he preparado un postre

con su sonrisa por encima como por encima del río una nube olvidada por el día, no una nube nocturna, una de esas iguales a las de cuando me despierto, la mitad por encima del tejado y lo demás navegando lentamente hacia el sur, el galgo mudo en la cocina, una especie de paz en el salón incluyendo las paredes sin girar, el gato a los pies de la cama no levantó la cabeza cuando encendí la luz, sabía que me notaba porque la pata se alargó, porque el lomo, aunque no se alteró lo más mínimo, una curva esperando caricias pero no lo toqué, no me apetecía tocar a nadie como no me apetecía que me tocasen, me apetecía acostarme sin quitarme la ropa y marcharme sin cambiar de sitio, me apetecía mi padre desdoblando la servilleta con una lentitud satisfecha, la señora mayor cogió una de las cajitas de la mesilla

—Con la historia del postre casi se me olvida la pastilla

el postre amarillo en un bol transparente, el travesti de la esquina consiguió que un automóvil lo llamase y él gesticulando con el cigarro encendido inclinado junto al cristal en negociaciones complicadas hasta que el automóvil se cansó y nos quedamos solas, el travesti en la acera esperando y yo en la ventana y nadie más, nadie más en el barrio, casi mirándonos, casi cómplices, casi amigas, no necesitábamos ni vernos cara a cara para comprender que casi amigas de forma que cuando el director del teatro me llame

—Al final me ha llamado señor Barata se equivocaba

la invito al estreno no en una butaca de las de atrás claro, en primera fila para verla sonreír.

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2

Debería llevar al galgo al veterinario porque ya no anda por la casa, no ladra, se tumba al fondo del delantal con los ojos cerrados, inmóvil entre los paños de cocina cada vez más usado, más desteñido, más ajeno, si entrase con él en la clínica el señor de la recepción me devolvería la bolsa de plástico con el animal dentro, blando, de hule

—No somos costureras señora

señalando a un compañero mientras se atornillaba el índice en la cabeza, el compañero a mí con una mezcla de broma y piedad

—Si es algo que se le ha roto solo tiene que coserlo nosotros aquí tratamos a gente viva

como si el galgo no fuese gente viva, como si los cucos del reloj no fuesen gente viva, a veces me encontraba alguno en un árbol cercano agitando las alas de madera haciendo reverencias sin fin llenando el barrio de cientos de horas diferentes, la señora mayor levantando la tapa del bote

—¿Obligar a un dibujo de hule a tomar su pastilla niña?

el sobrino de mi marido a ella

—No le dé más vueltas que en cinco minutos ya se le ha olvidado

convencido de que yo tontita, no se me olvida nada, Faro por ejemplo me basta con cerrar los ojos y tengo las calles una a una aquí dentro hasta las olas solo que más antiguas como es natural, no es de extrañar que la energía disminuya, han pasado tantos años, mi padre a un colega refiriéndose a la farmacéutica

—¿Has visto qué culo?

y mi madre poseída

—¿Qué estás diciendo delante de la niña?

como mi padre no respondió, enredando con los dedos, respondí yo por él

—Ha preguntado si le has visto el culo

mi madre una bofetada fuerte en el mío y empecé a llorar, si me encontraba con la farmacéutica me alejaba enseguida preguntando en silencio

—¿Qué tiene su culo padre?

y otra semana cuando ya no esperaba nada de nada vi al galgo ladrando en la cocina, todavía dudoso, flaco, pero creciendo poco a poco y las patas lentamente en la alfombra del salón, un cuco pasó junto a la ventana haciendo una reverencia de media hora, con la bisagra del ala izquierda erizada, de vez en cuando me visita una compañera, el director del teatro la despidió unos meses antes que a mí

—Quiero probar a una chica joven en este interludio pero cuento contigo para la siguiente tragedia

y hasta hoy, dando con la puntera en su pie que intentaba mantener la puerta abierta

—Tenga paciencia es posible que la llame

de forma que un cuartito de pensión, tres pisos sin ascensor y a oscuras guiándome por el pasamanos inseguro, con los pulmones en la boca y después una sopa sobre las rodillas, en el cuarto de al lado una mujer que recibía a hombres quejosos

—Después de tantos escalones tengo que descansar

la mujer explotándose un grano

—Si pagas la siesta

la compañera aceptando el billete que le di y señalando la salita con el cuerpo

—¿Me lo parece a mí o tienes por ahí un perro ladrando?

tal vez debería pasear el delantal por la tarde, los animales encerrados mucho tiempo adelgazan, la señora mayor colgó el delantal en el clavo

—¿Adónde iba con él?

a darle un paseíto al animal claro, qué pregunta tan tonta, el sobrino de mi marido devolviendo al pañito a la chica y el cisne

—¿Cómo que ha tenido hoy ensayo si no ha salido de casa o es que ha ido al teatro en bata?

y en bata en efecto, no un vestido, sin maquillaje ni zapatos, una mentira tonta

—Me he cambiado al llegar

porque ningún vestido en la cama, ningún vestido en el suelo, el pelo hecho polvo necesitando tinte, esta cara imitando la mía cuando me despierto, arrugas, marcas, un párpado inflamado y todo debido al espejo porque no soy así, la prueba está en que ayer mi madre en Faro

—Aún no tienes edad para ponerte tacones

obligándome a quitarme los suyos con los que me tropezaba, debía ser el equinoccio porque el sonido del agua cercano y después en mi cabeza un vacío hasta la llegada a Lisboa, la voz de no sé quién en ese vacío

—Despídete de tu padre que van a cerrar el ataúd

solo la voz sin personas, un sujeto que me apretaba la mano, otro que se inclinaba sobre un agujero en la tierra, la farmacéutica

—¿Has visto qué culo?

besando a mi madre, con el culo muy diferente al suyo, el colega de mi padre a mi padre

—Confórmate

acabando la sopa en un tono sofocado porque la servilleta la limpiaba, mi padre lo hacía con una punta, primero a la izquierda y después a la derecha con un esmero de golpecitos delicados, se afeitaba con la precaución con que yo me pintaba los ojos, se peinaba como si fuese un trabajo de orfebrería pero no soy capaz de reconstruir sus facciones, conservo su peine ahí en un cajón, la cantidad de objetos que descubro en esta casa, el sobrino de mi marido asegurando que son míos y yo dispuesta a jurar que no los he visto en mi vida, a lo mejor vive otra persona en este apartamento y no nos vemos nunca, a veces escucho una voz en el pasillo con el tono de quien está hablando sola, un día me dio la impresión de que lloraba, me levanté, nadie y sin embargo un olor no de agua de colonia, de persona de verdad, la oí llamando

—Madre

durmiendo abrazada a un osito de peluche, es posible que se encuentre al bicho en la escalera solo con tres patas y el hocico abollado, podría llevárselo al teatro sin que nadie lo notara, no hay quien descubra la infancia de los demás, proyectos, disgustos, carruseles, el triunfo de pasar delante de los padres encima de una jirafa, mi madre vino una vez conmigo, en hipopótamo, aterrada con los baches

—¿Cuándo se acaba esto?

y no se acaba madre, vamos a girar para siempre, el médico al sobrino de mi marido, tengo esperanza de que giremos para siempre

—Normalmente son dos o tres años hasta que el cerebro se disuelve por completo

el sobrino de mi marido

—¿Y después?

el médico que era de los ordenados apilando análisis

—Después oiga vaya pensando en una residencia que esté bien comida líquida pañales oxígeno cuando menos se lo esperen hasta se ríen tuve una enferma que juraba en su agonía qué divertido

el médico desconcertado

—¿Qué divertido el qué doña Celeste?

antes de morir anunció

—¿Voy a coger el tren de las seis?

y palabra de honor que noté cómo se marchaba la locomotora, palomas desordenadas huyendo, una bandada de ángeles hasta desaparecer en una curva con sauces, no sé qué enterraron cuando ella se marchó, la compañera

—Mañana paso por el teatro puede que el director me consiga un papel de figurante

y ningún papel de figurante, el señor Barata creciendo

—Zumbando

señalando la esquina con el brazo, tras la esquina una fuente, gatos, el palacio del conde con tablas en lugar de vidrieras, por la noche luces sigilosas en las grietas de las ventanas porque probablemente un candelabro con velas antiguas na­vegando por las estancias desiertas, en el bajo minúsculo de la compañera su fotografía de joven en una caja al lado de la cama la llenó de esperanzas, más que figurante, su nombre aunque pequeño al final del cartel anunciando que estoy viva y el hecho de estar viva es un consuelo, cuando apareció el dolor en el pecho ya se encontraba tumbada, no exactamente dolor, una molestia entre la punzada y la presión, intentó sent

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