–¿Y a qué me dijo que venían a Nápoles?
–Una investigación. Soy periodista y tenía que llevar a
cabo una investigación.
–¿Y su amigo?
–Él sólo vino a traerme.
–Sólo a traerle.
–Sí, luego seguiría su viaje.
–¿Hacia dónde?
–No lo sé.
–No lo sabe.
–No. Creo que él tampoco. Había hablado de Estambul.
Quizá dijo algo acerca del canal de Suez, no lo recuerdo muy
bien.
–Pero nada de desaparecer.
–Nada de desaparecer.
–Y nada que hiciera intuir que sus intenciones eran esas.
–Nada.
El hombre se me quedó mirando como si le acabara de contar una mentira y él lo supiera y supiera también que yo lo sabía, una mirada un tanto paternalista, como de director de escuela a la espera de que el alumno confiese la travesura no demasiado grave ni demasiado meditada que acaba de cometer. Desvió la vista hacia unos papeles que tenía sobre el escritorio, luego volvió a centrarse en mí.
–Y ¿qué es lo que venía usted a investigar?
Parecerá absurdo, pero hasta ese momento no había caído yo en la cuenta de la evidente relación que había entre ambas cosas, la desaparición del gringo Ross y la que yo mismo andaba persiguiendo. Tampoco había caído en la cuenta –pero eso no lo sabría hasta mucho después, cuando finalmente hubiera logrado reunir todas las piezas y el rompecabezas hubiera quedado por fin completo– del modo en que las líneas del espacio y el tiempo habían querido conjurarse para hermanar, a más de ochenta años de distancia, las circunstancias por las que yo atravesaba con las acaecidas aquella noche de marzo en la que de alguna manera todo había comenzado.
–Vine a investigar una desaparición.
Hubo cierta malicia en el modo en que lo dije. La verdad es que estaba un poco harto de estar ahí sentado contestando a todas esas preguntas. Tenía hambre, tenía sueño, y por más que me hubieran dado ropa seca y una manta para envolverme, lo cierto es que la humedad y el frío aún no se me habían quitado de los huesos. Todo eso sumado a la irritante suspicacia con la que aquel hombre me interrogaba desembocó de pronto en el infantil impulso de hacerme el misterioso, de probar a desconcertarlo, de ver si conseguía sacarlo de ese sitio tan cómodo en el que se había instalado para hacerle poner cara de tonto por un momento. Él simplemente se sonrió.
–Una desaparición –repitió.
–Una desaparición –confirmé.
–Que no tiene nada que ver con la de su amigo.
–Que no tiene nada que ver con la de mi amigo.
–Y ¿se puede saber de quién se trata esta vez?
Me tomé mi tiempo para responder. Por más que lo hubiera disimulado bien, era innegable que este nuevo dato había despertado una cierta curiosidad en mi interlocutor, una imprecisa inquietud que me hizo sentir por un momento que la relación de fuerzas se equiparaba un poco. Aparté mi vista de la suya y la dejé escapar por la ventana, más allá del archivador de lata verde que flanqueaba el escritorio y del mapa de la bahía del que colgaban cientos de papelitos con nerviosas anotaciones; más allá de la fría luz incandescente de los tubos que colgaban del techo y de ese aire enrarecido que mezclaba el olor del tabaco con el de la humedad apelmazada de una moqueta vieja e inmunda; dejé escapar la vista hacia donde la oscuridad se mezclaba con el ronroneo sordo de unas calles dormidas, y más allá, hacia el rumor oscuro de aquel mar que a punto había estado de tragarme. ¿O debería decir de tragarnos?
–Se trata de un físico –dije–, un físico siciliano. Uno de los cerebros más ilustres que haya parido esta patria suya y que desapareció en misteriosas circunstancias el 25 de marzo de 1938. Su nombre era Ettore Majorana.
El que respondía a las preguntas era yo. El que las hacía, el comisario Salvatore Espósito de la cuarta comandancia de la policía municipal de Sorrento, provincia de Nápoles, y me gustaría decir que esto que aquí refiero se reduce a una simple anécdota policial, con sospechosos y desaparecidos y con pistas que tarde o temprano conducen a una solución más o menos satisfactoria, pero lo cierto es que es bastante más complicado. Ordenar los datos que forman parte de una historia implica siempre falsearlos, fundar sentidos allí donde no los hay, inventar relaciones que liguen las causas con los efectos. Los acontecimientos por sí solos no implican direcciones ni consecuencias, los acontecimientos nunca se relacionan entre sí, salvo en la mente de quien se siente a pensarlos. Los acontecimientos en sí mismos son descarnadamente neutros, absolutos. No tienen carga positiva ni negativa, o quizá sea más correcto decir que por cada uno con carga positiva hay otro idéntico y opuesto que se ocupa de anularlo y que en el fondo es el mismo, pero eso yo todavía no lo sabía. Siendo fieles a la verdad, de hecho, y limitándonos a lo ocurrido hasta ese momento, ni siquiera podría afirmarse que alguien hubiera desaparecido realmente, como tampoco era del todo exacto que yo hubiera llegado hasta allí con la intención de investigar nada. Había llegado, como la mayoría de las personas que llegan a los sitios, no tanto por lo que allí me esperaba como por lo que había querido dejar atrás. Y ni siquiera esto es del todo así, porque tampoco había sido ese el motivo de mi partida. Podría hablar del hastío de una vida gris y monótona o del modo providencial en que el gringo Ross se apareció ese mediodía en el muelle para otorgar algún sentido al ridículo encargo que mi jefe de sección me había hecho. Podría hablar quizá de la soterrada competencia que, aunque no quisiera admitir, aún sostenía con el imbécil de Galíndez, en cuya persona se condensaba la mayor parte del desprecio que sentía por la especie humana. Podría hablar de muchas cosas a las que no sé cómo referirme y de las que por entonces no tenía la menor noticia, cosas a las que la gente suele dar nombres grandilocuentes y que en el fondo no responden más que al modo en que los hechos tienen de ocurrir. Podría hablar de ti y de nuestros improbables planes de boda, y sin embargo nada de esto lograría explicar nada, porque aunque entonces no lo supiera, lo cierto es que en este mundo nunca hay nada que explicar, a menos que se tenga el coraje de querer explicar el todo, cosa que sólo unos pocos se han atrevido a hacer, hombres con una convicción y con una fe de las que yo carezco, hombres capaces de entregar su vida a una causa anónima y cuyo esfuerzo no anticipa ninguna clase de recompensa, hombres cuyo destino no se mide con el de otros hombres sino con el del Dios del cielo, lo cual nos lleva de nuevo al individuo cuya huella me habían encargado rastrear, porque por más absurdo que parezca y por más impreciso que resulte, lo cierto es que si a esa altura hubiera tenido que arriesgar alguna clase de respuesta acerca de por qué había llegado hasta la bahía de Nápoles, habría sido inevitable mencionar el nombre de Majorana.
Barcelona, algunos días antes
A propósito de Majorana, me dijo el jefe de sección del periódico en el que trabajaba como si la ocurrencia se le hubiera venido de pronto, como si no hubiera sido él mismo quien apenas un momento antes había sacado el tema con absoluta premeditación para luego pasar a hablar de lo que realmente le interesaba. A propósito de Majorana, dijo con los brazos cruzados y bajando la vista hacia el empeine de uno de sus zapatos, con aire desentendido, casi como si me estuviera siguiendo la corriente en algo de lo que yo hubiera querido hablar. A propósito de Majorana, dijo cadencioso, creo que sería interesante que alguien se dé una vuelta por ahí a ver qué encuentra. ¿Que alguien se dé una vuelta por ahí a ver qué encuentra? ¿Pero no estábamos hablando de un tipo que había desaparecido hacía más de ochenta años y que sólo había pasado en Nápoles los últimos tres meses de su vida? Además, ¿por qué me lo estaba contando a mí? ¿De verdad pretendía que yo me hiciera cargo? Había algo que no me cerraba en el modo en que lo anunciaba. Él era muy consciente de que un encargo como ese representaría una oportunidad para mí luego de años de redactar esquelas, ¿por qué era entonces que me lo decía como si se tratara de una putada que me estaba por hacer? Tenía que haber algo más, algo que me estaba perdiendo, y decidí que lo que necesitaba era tiempo para averiguarlo. Usando el mismo tono casual y desinteresado que él había utilizado conmigo le dije que sí, que era una buena idea, y seguí rastreando en el archivo alguna información acerca de la viuda del farmacéutico de cuyo fallecimiento me tocaba escribir.
No tuve que hurgar demasiado para dar con la pieza que faltaba. Generalmente era así como ocurría cuando Galíndez estaba de por medio. Supongo que en todos los trabajos pasa lo mismo, pero en un periódico el tema de las intrigas se agrava porque la gente se dedica justamente a eso, a sacar historias de donde no las hay, a convertir rumores en pistas y pistas en hechos consumados. En un periódico, como en ningún otro sitio, la gente dedica su tiempo a enterarse y a reproducir todos los detalles a los que tenga acceso de la vida de los otros. Y si la cosa involucraba a Galíndez, pues con mayor razón. Todos se apresuraban a informarte de sus siguientes movimientos como si se tratara del parte meteorológico que esperan los montañistas antes de comenzar el ascenso –¿o sería que sólo lo hacían conmigo, que secretamente disfrutaban de mis públicas humillaciones en lo que a mi rivalidad con Galíndez se refería?–. Resultó que mi investigación, aquella que el jefe de sección me encargara sobre el físico desaparecido, no era más que un apéndice de la que Galíndez iba a protagonizar. Digo bien: protagonizar. Galíndez no era la clase de periodista que servía de canal para conectar la noticia con el público. Galíndez fagocitaba la información, la regurgitaba, la convertía en el bolo alimenticio que su ego digería a conciencia para luego vomitarla convertida en una bola de pelo y sangre que de alguna manera se las arreglaba para que hablara sólo de él, y de modo accesorio quizá, de lo que la propia información contenía. Galíndez no era el presentador de la noticia, ni siquiera era su descubridor. Galíndez acomodaba los hechos de tal manera que pareciera que nada de eso habría ocurrido de no haber sido por él. Galíndez no redactaba la noticia. Galíndez era la noticia, esa que alguna pluma divina se había encargado de esculpir.
En este caso la cuestión tenía que ver con una de las menos conocidas de las partículas elementales: el neutrino. Se trataba, como digo, de una partícula menor, de cuya existencia se había dudado durante gran parte del siglo xx, pero que desde hacía unos días había saltado a la primera plana de los periódicos debido a un experimento que la involucraba. Ocurrió que en el CERN –el centro europeo para la investigación nuclear, ubicado en la frontera entre Francia y Suiza– se había llevado a cabo un experimento que pretendía medir la velocidad a la que los neutrinos se desplazan. En colaboración con el laboratorio del Gran Sasso, en Italia, los científicos del CERN habían disparado más de quince mil neutrinos que, en su carrera de 730 kilómetros por un corredor subterráneo, se habían obstinado en demostrar lo imposible: habían superado en sesenta millónesimas de segundo la velocidad de la luz. Probablemente al ciudadano común este dato no le resulte particularmente conmovedor –confieso que en un primer momento a mí tampoco me lo pareció– pero para la comunidad científica se trató de uno de esos hechos que hacen tambalear todo el edificio del conocimiento. Desde que Einstein afirmara que para alcanzar la velocidad de la luz había que ser luz, y que no había nada en el universo que pudiera superarla, toda la física conocida había operado bajo ese supuesto. ¿Qué pasaba pues con este tímido neutrino que había decidido echar por tierra todas esas creencias? Si los resultados del experimento llegaban a confirmarse, aquello significaría que el universo entero debía ser repensado. Y ¿cómo encaja en todo esto mi físico desaparecido? Pues da la casualidad de que uno de sus más importantes campos de estudio era justamente el del neutrino, para el cual ideó una concepción que difería radicalmente de la que se manejaba en la época y según la cual el neutrino era su propia antipartícula, algo que sus colegas anglosajones dieron en llamar el Majorana’s neutrino.
Absolutamente indiferente a los misterios de la física y con la cabeza a punto de estallar a causa de mis mucho más mundanos y recientes descubrimientos, bajé la calle Balmes hasta la plaza Cataluña, y desde ahí todas las Ramblas hasta el puerto, y en todo el recorrido no pude dejar de pensar en lo mismo: había vuelto a ocurrir. Como si se tratara de una maldición, como venía ocurriendo cíclicamente a lo largo de toda nuestra dispar y accidentada carrera, el destino volvía a encargarse de ponerme a la sombra de Galíndez. No había alcanzado a saborear el hecho de que me encargaran una tarea nueva, algo un poco más creativo que la mecánica relación de nombres y de fechas que hacía años venía realizando, cuando caía en la cuenta de que en realidad se trataba de una labor subsidiaria. Era en Suiza donde la noticia se estaba cociendo, hacia allí apuntaban todas las cámaras del mundo y hacia allí partiría raudo José Antonio Galíndez dispuesto a alcanzar –una vez más– el olimpo de la información escrita. Mi misión se limitaba apenas a un improbable apoyo logístico. En caso de que la noticia se estirara y hubiera que utilizar algún tipo de material de relleno, el jefe de sección –que era un cerdo mezquino e inescrupuloso y carente de toda humanidad, pero ningún tonto– había decidido cubrirse las espaldas enviándome al sitio desde el que uno de los padres del neutrino había desaparecido sin dejar rastro. Su olfato de perro viejo le decía que en determinado momento ese plus informativo podía marcar la diferencia con respecto a las unilaterales informaciones de la competencia, y el hecho de que yo hablara el idioma me con vertía en el candidato idóneo. Ni en sus mejores fantasías habría llegado a sospechar el grado de razón que el tiempo le daría. Lo cierto es que en ese momento el encargo no representó para mí más que otra piedra en el pesado saco de mis frustraciones, con lo que consideré que lo mejor que podía hacer era tomarme la tarde libre para meditar acerca del modo en que debía proceder.
Lo primero que pensé fue en dejar la escena. Supongo que es la primera reacción que cualquiera tendría. A la mierda con todo. Desaparecer. No era la primera vez que me veía invadido por un impulso de ese tipo. Desaparecer de las órdenes de mi jefe, de las humillaciones de mis compañeros y de los absurdos planes de boda que Ana, mi novia, había montado. Desaparecer como una victoria sobre los compromisos y los problemas, como una liberación, como la evaporación de todas las ligaduras y los dolores de cabeza a los que una existencia material y corpórea nos condena. Muchas veces había pensado ya en eso, pero de manera más bien imprecisa. En aquel momento, sin embargo, sentado allí en el muelle y viendo el modo en que la marea jugaba con la basura del puerto, estampándola una y otra vez contra la roca del pantalán, por primera vez intuí que había algo real en eso, y que ese algo tenía que ver conmigo. Que no era ya la orden del jefe, la burla del compañero o el reproche de la novia, sino que tenía que ver directamente conmigo, con lo que era, con lo que había sido y con lo que –secretamente– estaba por empezar a ser. Desaparecer. Tal vez fue por eso que no me resultó llamativo el hecho de verme envuelto en una empresa que, apenas unas horas antes, me hubiera resultado inconcebible.
–¡Me cago en Dios y en la Virgen y en los ángeles que nos custodian! –blasfemó el gringo Ross asomando su cabeza por la escotilla del barco y elevando los brazos al cielo como si de verdad estuviera dispuesto a enfrentarse con lo más sagrado.
Tardé un momento en reconocerle. El escenario hace mucho a la asociación de los rostros con sus procedencias, y lo último que me esperaba en la vida era tener que conjugar la cara del gringo Ross con la estampa del puerto de Barcelona.
–¿Gringo? –arriesgué casi seguro de estar equivocándome. –¿Quién carajo pregunta? –respondió el gringo Ross, y se me quedó mirando como quien mira a un espectro.
El gringo Ross había estado siempre bastante loco. No se puede decir que fuéramos amigos, él no tenía demasiada relación con nadie, pero sí que nos deparábamos un mutuo respeto basado en una cierta complicidad. Por razones muy disímiles, ninguno de los dos encajaba bien con el resto de los compañeros, y eso, a los catorce años, genera unos vínculos innegables. Además vivíamos en el mismo barrio, con lo que muchas veces nos encontrábamos en el autobús que nos llevaba a la escuela, pero por sobre todo creo que yo era el único que entendía plenamente –aunque si me lo pidieran, jamás lo sabría explicar– el motor de los desplantes que le habían robado al gringo Ross la mitad de los recreos de la escuela secundaria. No se trataba de simples rebeldías; había estilo en el modo en que desafiaba a la autoridad, como si no fuera algo que tenía que ver con quien tuviera enfrente, sino con convicciones mucho más profundas que ni siquiera haría el esfuerzo de intentar explicar. Era evidente para él que el resto no lo comprenderíamos.
Recuerdo una ocasión en que la profesora de inglés le ordenó que fuera a buscar a un alumno que un momento antes ella misma había expulsado. Nuestro colegio era un verdadero desastre en casi todos los aspectos, pero gozaba de unas instalaciones deportivas envidiables gracias al convenio que tenía con el club en cuyo predio se había construido. Esta curiosa circunstancia atentaba sutilmente contra la autoridad de los profesores de un modo que no estoy seguro que ellos hayan llegado a comprender cabalmente. El hecho de ser expulsado de clase suponía la posibilidad de unirse a cualquiera de los partidos de fútbol, básquet o lo que fuera que se estuviera disputando en ese momento, lo cual evidentemente aligeraba la gravedad del castigo. Supongo que algo de eso habrá intuido Mrs. Annie –la profesora de inglés–, cuando envió al gringo Ross a buscar a Pacchiarotti –el alumno con el mayor promedio de expulsiones por hora de clase que jamás haya pisado escuela alguna–. Encantado con la misión que le había sido encomendada, el gringo Ross pidió prestada una raqueta de tenis, y salió raudo hacia las pistas, sin ninguna intención de regresar. Sólo cincuenta minutos más tarde –cinco antes de que terminara la clase de Mrs. Annie–, todo traspirado, en pantalones cortos y con evidentes rastros de polvo de ladrillo en piernas y torso, el gringo Ross regresó sonriente y sin nadie que le acompañara. Cuando fue increpado acerca del paradero del compañero que había ido a buscar, el gringo Ross se limitó a explicar que cuando lo había encontrado y le había dicho que tenía que volver a la clase, éste le había contestado literalmente «Acarapito el ciame», lo cual en el lenguaje algo carcelario que manejaban los jóvenes de esa época –y que gustaba de intercambiar el orden de las sílabas de las oraciones– significaba nada menos que «Acariciame el pito». El desconcierto de Mrs. Annie fue tal que no supo qué hacer ni con el gringo Ross ni con Pacchiarotti, con lo que el incidente se disipó sin consecuencias para nadie.
A más de veinte años de distancia, el rostro del gringo Ross seguía exhibiendo esa chispa de malicia que en realidad no era tal, sino que hablaba de un extravío vocacional y profundo que en algún punto rozaba lo sacro, pero que esta vez encontré algo desgastado. En general se lo veía bien, joven y saludable, pero al mismo tiempo superado en algún punto por las circunstancias. Me explicó que su mal aspecto se debía a una ranita que lo había acompañado desde el puerto de Cádiz, y cuyo incesante croar no le había permitido pegar ojo en cuatro días. Entramos en el barco y, efectivamente, contra la madera de los tabiques retumbaba el eco de un potente y rítmico sonido gutural. Nunca voy a olvidar ese primer contacto con el interior del Victoria, el velero con que el gringo Ross venía navegando desde Buenos Aires y que en los siguientes días tan familiar se me volvería, el crujir de los tablones bajo mis pies, la luz tamizada por las escotillas que lograba sacar cierto brillo al opaco barniz de la madera y ese aroma inconfundible a sal, arena y cocina con el que los largos días de mar habían impregnado sus cuadernas, un aroma que aún hoy me hace pensar en la calidez del hogar. Nos colocamos a cuatro patas, y bajo una de las literas, parapetada contra el fondo y con una suerte de contenido espanto reflejado en el rostro, hallamos a la dichosa ranita. Se trataba de un ejemplar diminuto y blanquecino, de esos de piel casi transparente cuyas patas terminan en tres dedos redondos con ventosas en los extremos. El gringo Ross me explicó que había intentado con toda suerte de instrumentos –un gancho para la ropa todo retorcido así lo atestiguaba–, pero que a cada arremetida, la ranita respondía con un ágil movimiento que frustraba todo intento de captura. Recordé los ejemplares como ese que se pegaban al ventanal de la casa de mis padres, en las afueras de Buenos Aires. Se lo comenté al gringo con la esperanza de que los recordara también, pero me dijo que él nunca había estado en ese sitio. Entonces le expliqué que en las noches de verano, una gran cantidad de esas ranitas se atrincheraban allí, ya que la luz del interior atraía a los insectos que les servían de alimento. Un día una luciérnaga se acercó hasta donde una de las ranitas aguardaba. Su envergadura prácticamente igualaba a la de su potencial predador, por lo que la luciérnaga en ningún momento se sintió intimidada y se limitó a exhibir distraídamente su luminosa intermitencia. No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que la rana se abalanzara sobre ella, atrapándola entre sus fauces. Su tamaño le obligó a llevar a cabo trabajosos movimientos antes de lograr engullirla por completo. Cuando por fin lo consiguió, y para sorpresa de todos, una pálida lucecita verde comenzó a encenderse en su vientre, y así continuó haciéndolo hasta la hora de irnos a dormir.
–Y ¿qué hace por acá por Barcelona? –me dijo el gringo Ross al cabo de un momento, a todas luces encantado con la historia.
El gringo Ross tenía la costumbre de tratar a todo el mundo de usted. Antes de que pudiera contestar, sin embargo, noté que la ranita daba un salto hacia nosotros. Me preparé para agarrar algo con que atraparla, pero el gringo me hizo señas de que no me moviera.
–Se ve que su historia le dio hambre –me dijo.
La ranita dio otro salto y se posó justo entre el gringo y yo. Luego otros dos saltos la dejaron al borde de la escalera. Entonces saltó directamente al segundo peldaño y luego hacia el exterior. Nos asomamos por la escotilla justo a tiempo para verla lanzarse al agua.
–Usted me va a traer suerte, Aguiar –dijo el gringo sonriente, al tiempo que me palmeaba el hombro–. ¿Qué tiene que hacer en las próximas semanas?
Sorrento, el presente
El comisario Espósito dispuso para mí una pequeña celda en la misma comisaría en la que fui interrogado. Como por ese entonces no conocía mi condición de sospechoso, asumí que se debía a que a esa hora no tenía ningún otro sitio que ofrecerme. Al día siguiente, y dado que no llevaba conmigo identificación alguna, se harían las gestiones para comprobar los datos que les había dado acerca de mi identidad. Una vez cumplimentadas dichas formalidades, se me buscaría alojamiento y se pondría en marcha un operativo destinado a averiguar el posible paradero del gringo Ross. Por alguna razón tuve la certeza de que no lo encontrarían.
Por la mañana me permitieron hacer una llamada. Por la tarde mis temores se habían visto confirmados: ningún indicio de naufragio frente a las costas de Sorrento ni en el resto del litoral de Amalfi o de Nápoles, lo cual –supe después– no auguraba nada bueno para mí. Antes de decidir a quién llamar salí un momento a la puerta de la comisaría, me senté en el descanso del segundo escalón y encendí un cigarrillo. El comisario Espósito, probablemente intentando confraternizar para ablandarme y conseguir así algún tipo de información que él suponía que yo podría tener, decidió acompañarme. O eso fue al menos lo que yo quise creer. De pie y apoyado contra el marco de la puerta, sacó su propio paquete de tabaco y se puso a fumar también.
–Sorrento, quién lo iba a decir –soltó misterioso–. Casi cinco años viniendo cada semana y todavía no consigo acostumbrarme. Todo el mundo me dice que tengo que pedir el traslado definitivo, que Nápoles no es una plaza para un hombre de mi edad, que aquí podría sentarme tranquilo a esperar mi retiro, pero la verdad es que yo no me hago a la idea de dejar de ser ciudadano napolitano. Fue allí donde nací y donde algún día espero que me entierren. Anoche me pilló usted aquí porque me tocaba estar de guardia, pero esta misma tarde me vuelvo al Monte de Dio. ¿Conoce Nápoles?
–No –respondí.
No tenía la menor intención de favorecer el intercambio que el otro me proponía.
–Qué lástima entonces que su viaje se haya visto interrumpido de esta manera –dijo el comisario en un tono que supuse quería tener algo de informativo–, no es ese el modo en que hay que llegar a un sitio como este. Ver Napoli y después morir –agregó con cierto aire teatral.
–Pues yo no pienso morirme –respondí cortante. Además de no tener el menor interés en departir con aquel individuo, mi cabeza estaba ocupada en decidir a quién debía llamar. Supongo que lo lógico hubiera sido llamar a Ana, pero por alguna razón su presencia me quedaba entonces muy lejos, como si los días de mar hubieran puesto una distancia en medio que no tenía que ver ni con el tiempo ni con el espacio, sino con un grado diferente de concreción de la realidad. Quizá, y aunque no lo supiera aún, ya había empezado el proceso por el cual los lazos que me habían unido con la vida terrena se iban a ir debilitando hasta perderse, y Ana, como casi todo lo demás, se quedaría en la orilla de enfrente. Pero, como digo, por entonces yo no tenía noticia de nada de esto, y si no la llamé fue en gran parte porque no quería alarmarla. De alguna manera pensaba que todo aquel traspié del accidente y de mi consecuente detención se solucionaría en un par de días, y que con algo de fortuna podría estar en casa antes de que las alarmas hubieran saltado y sin tener que importunar a mi prometida. Bastante tenía ya la pobre con sus propios problemas sumados a los preparativos para la fiesta. Si bien hoy sé que no se trataba de ella, no logro evitar sentir una suerte de nostalgia al evocarla. Una nostalgia que la excede y que tiene que ver en realidad con la tristeza que sobreviene a la contemplación más o menos honesta de la vida de cualquier ser humano, esa pena ancestral de saber que en alguna parte del recorrido todos hemos extraviado algo que ya no podremos recuperar. Cuando evoco hoy sus ojos, esos ojos de libro viejo, no puedo evitar pensar en la distancia con la que miraban el mundo, en su dolor sordo y añejo. A veces tengo la sensación de que en ese dolor suyo se alojaba el de todos los habitantes del universo. No, no la podía llamar. Por más obvio que resulte, hay veces en que debemos asegurarnos de dejar algo a flote si no queremos arriesgarnos a que todo se termine de hundir. Por otra parte no hubiera sabido bien qué decirle y estaba bastante seguro de que era poco lo que ella habría podido hacer por mí. La alternativa de hablar con Ortega, mi jefe de sección, se convertía poco a poco –y muy a mi pesar– en la más viable. En ese momento Espósito volvió a la carga.
–Interesante personaje este que le han enviado a investigar –dijo–, el Majorana ese. Estuve leyendo algo en internet. ¿Puede creer que siendo yo napolitano no hubiera oído hablar nunca de él?
–Es siciliano.
–¿Cómo?
–Es de Sicilia, no de Nápoles.
–Pero usted vino a Nápoles a investigar su desaparición,
¿no?
El tono desafiante que creí entrever en este último comentario terminó de crisparme los nervios. Definitivamente no pensaba perder ni un minuto más en aquel intercambio absurdo. Una ráfaga de olor a mar que llegó repentinamente desde el acantilado hizo que toda aquella escena se viera aún más vulgar, más sin sentido.
–Si me lo permite voy a utilizar un momento el teléfono –dije al tiempo que me incorporaba.
–Por supuesto –respondió el comisario mientras apagaba su cigarrillo contra el muro–. Ahí lo tiene, sobre el escritorio.
El repiqueteo sordo del teclado de un ordenador inundaba la estancia, soleada ahora. Un chico joven, de uniforme, copiaba los datos de un informe no sin cierta dificultad. Los paños oblicuos de sol dibujados sobre la moqueta reducían en parte la sensación de humedad y de inmundicia que el sitio me había inspirado la noche anterior. Levanté el auricular del teléfono y marqué el número de la redacción.
–Hola, ¿Ortega?
–¿Aguiar? Me cago en la puta, ¿dónde coño te habías metido?
–En el mar, estuve viajando.
–Pero ¿una semana, tío? Me dijiste que en cuatro días a lo
sumo estarías en Nápoles y hace una semana que no sé nada
de ti. Lo de Suiza es un desastre, a Galíndez estamos a punto de
traerlo de vuelta…
–El viaje se estiró un poco, hubo ciertas complicaciones. –¿Ciertas complicaciones? ¿Sabes tú cuántos años hace que no me tomo yo una semana de vacaciones? ¿Dónde cojones estás?
––En Sorrento, cerca de Nápoles. En una comisaría. ––¿En una comisaría? ¿Me quieres decir en qué coño estás metido?
Le expliqué del accidente. Le expliqué de la desaparición del gringo Ross y del modo en que me había visto obligado a saltar al mar y a nadar hasta la costa. Le conté que no tenía ropa ni dinero ni documento alguno que confirmara mi identidad, y que necesitaría de su ayuda para poder moverme, ir al consulado, tramitar un pasaporte provisional y comprar un billete de vuelta. Si había algo en lo que Ortega era bueno era en mover contactos de toda índole en cualquier rincón del globo. En ese punto de la conversación, el comisario Espósito me interrumpió.
–Perdóneme, Aguiar, disculpe que me entrometa en la charla que mantiene con su amigo, pero me parece que usted no está entendiendo del todo lo que ocurre aquí. Tenemos a una persona desaparecida que viajaba con usted, y sólo con usted, en una embarcación de la que la última noticia que se tiene es que dejó el puerto de Barcelona con ustedes dos a bordo. Ni siquiera hemos encontrado la embarcación que usted dice que naufragó en nuestras costas, mucho menos un cuerpo como para poder tener alguna pista acerca de las posibles circunstancias de su deceso, si es que ése fuera el caso. Lo que le estoy queriendo decir, y espero que no se lo tome como algo personal, es que por lo que a la policía respecta, y hasta que no aparezca algún dato que diga lo contrario, usted viene siendo nuestro principal sospechoso. Me temo que por el momento no se va a poder ir a ninguna parte.
Barcelona, algunos días antes
Es curioso el modo en que ocurren las cosas, como si cada paso que damos, cada giro que proponemos, fuera capaz de alterar toda la lógica del universo. Basta mover una sola pieza, decidir por ejemplo salir del despacho una mañana de martes y bajar caminando todo el Ensanche barcelonés hasta el puerto, para que de pronto la vida, esa que hasta entonces habíamos intuido sensata y previsible, nos muestre todo el abanico de opciones que dejamos de lado cada vez que, con conciencia o no de ello, decidimos avanzar en una dirección concreta. ¿Qué tienes que hacer en las próximas semanas?, me había preguntado el gringo Ross a modo de invitación para que lo acompañara en su viaje. El rumbo era hacia el este, sin muchas más precisiones, por lo que no le supondría el menor problema dejarme en Nápoles si es que era ahí adonde tenía que ir. El trayecto tomaría menos de una semana si lo hacíamos del tirón. Algo más si íbamos parando. Yo no tenía una semana. Mi jefe de sección me quería en Nápoles en cuarenta y ocho horas a lo sumo. Además la tenía a Ana histérica porque en un mes teníamos cita en el registro civil y todavía quedaban cientos de detalles por resolver. En medio debía inventarme una serie de reportajes sobre un físico desaparecido y volver para elegir el traje, el menú, el disc-jockey y confirmar la lista de invitados. El solo hecho de tener que anunciarle a Ana que me mandaban al extranjero anticipaba ya un cuadro de crisis que, en condiciones ordinarias y sin otras complicaciones, no hubiera sabido bien cómo manejar. Por alguna razón, sin embargo, y por más que parezca una clara muestra de mi falta de estabilidad emocional, cuando contemplé la posibilidad de subirme a ese barco como una opción real, de pronto me pareció que todas las líneas del espacio y del tiempo se curvaban para empujarme en esa dirección, como si una voz celestial me dijera que ese era el verdadero camino, no importaba adónde me llevara, no importaba lo que ocurriera en el trayecto ni cuánto tardara en llegar. De pronto estaba clara como pocas veces en mi vida la dirección que las cosas debían tomar. Hasta el absurdo encargo de mi jefe se descubría de ese modo como un paso necesario. Desaparecer. Al comprenderlo esa palabra volvió a resonar en mi cabeza pero con un significado diferente esta vez, como si de pronto hubiera conseguido un grado de solidez mayor, como si al abstracto impulso de fuga de unas horas antes se le hubieran agregado ahora un plan preciso y una excusa concreta, como si un fenómeno que sólo había existido como mero campo de probabilidades hubiera colapsado de pronto en una forma acabada. Y entonces ya no me pareció una locura. De pronto lo imposible devino en real. Y lo real se convirtió en inevitable. Como esas películas que aún no se han filmado pero cuyas escenas y cuyas secuencias existen ya con nitidez en la mente del director. Como un recuerdo del futuro, de esos que yo por entonces todavía no sabía que se podían tener.
–¿A Nápoles?
Ana congeló en el aire el gesto de buscar las llaves en el bolso y se quedó ahí parada y mirándome. Su silueta recortaba contra la ventana del comedor. En la calle podía verse el modo en que el otoño había
