Relojes de hueso

David Mitchell

Fragmento

cap-1

30 DE JUNIO

Descorro de golpe las cortinas de mi cuarto, y ahí están el cielo sediento y el ancho río, lleno de barcos, botes y rollos, pero yo ya estoy pensando en los ojos color chocolate de Vinny, en el champú corriendo por la espalda de Vinny, en las perlas de sudor sobre los hombros de Vinny, en la risa traviesa de Vinny, y ya se me ha puesto el corazón a cien, Dios, ojalá me hubiera despertado en su apartamento de la calle Peacock y no en mi asqueroso dormitorio. Ayer por la noche, las palabras me salieron solas, «Joder, Vin, te quiero un montón», y Vinny escupió una nube de humo e imitó la voz del príncipe Carlos, «Hay que decir que uno también experimenta una inclinación especial a pasar tiempo contigo, Holly Sykes», y casi me meo de risa, aunque me quedé un poco planchada al ver que no contestaba «Yo también te quiero», la verdad. Pero, bueno, los novios hacen un montón de chorradas para esconder sus sentimientos, lo dicen todas las revistas. Ojalá pudiera llamarlo ahora mismo. Ojalá hubieran inventado teléfonos para hablar con quien quieras, cuando quieras, desde donde quieras. En estos momentos estará yendo a trabajar a Rochester en la Norton, con su chupa de cuero llena de tachuelas que ponen LED ZEP. Cuando llegue septiembre y cumpla dieciséis me llevará a dar una vuelta en la Norton.

Abajo, alguien cierra de un portazo un armario de cocina.

Mamá. Nadie más se atreve a dar portazos así.

«Como se haya enterado…», dice una voz retorcida.

No. Vinny y yo hemos tenido mucho cuidado.

Mamá está menopáusica. Será eso.

Tengo puesto el Fear of Music de los Talking Heads en el tocadiscos, así que bajo la aguja. Este LP me lo compró Vinny, el segundo sábado que nos encontramos en la tienda de discos Magic Bus. Es un disco alucinante. Mis preferidas son «Heaven» y «Memories Can’t Wait», pero no tiene ni un tema flojo. Vinny ha estado en Nueva York y los ha visto en concierto. Su colega Dan estaba de segurata, así que metió a Vinny en los camerinos después del bolo, y se fue de marcha con David Byrne y los músicos. Si el año que viene vuelve a ir, me llevará con él. A medida que me visto voy encontrando los chupetones; me gustaría volver a casa de Vinny esta noche, pero va a reunirse con unos colegas en Dover. A los tíos no les gusta nada que las mujeres se pongan celosas, así que finjo que no me importa. Stella, mi mejor amiga, se ha ido a Londres a buscar ropa de segunda mano al mercado de Camden. Mamá dice que aún soy demasiado joven para ir a Londres sin un adulto, así que Stella se ha ido con Ali Jessop. Conque lo más divertido que voy a hacer hoy será pasar el aspirador por el bar para ganarme mi paga de tres libras. Yuju. Y además tengo que estudiar para los exámenes de la semana que viene. Pues no me importaría entregar el examen en blanco para que se enteren de por dónde se pueden meter los triángulos de Pitágoras, El señor de las moscas y el ciclo vital de los gusanos. A lo mejor lo hago, mira.

Sí, señor. A lo mejor lo hago.

En la cocina hay un ambiente que parece la Antártida. «Buenos días», digo, pero solo Jacko levanta la vista desde el asiento de la ventana, donde está pintando. Sharon está al otro lado, en el salón, viendo dibujos. Papá está abajo, en el vestíbulo, hablando con el tío de los suministros mientras el camión de la cervecería gruñe delante del pub. Mamá está cortando las manzanas en cubos para la comida, haciéndome el vacío. Se supone que tengo que preguntar «¿Qué pasa, mamá, qué he hecho?», pero que le den. Obviamente, se ha enterado de que anoche llegué tarde, pero voy a dejar que saque ella el tema. Echo la leche sobre el Weetabix y me lo llevo a la mesa. Mamá planta la tapa sobre la sartén y se acerca.

—Muy bien. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?

—Buenos días a ti también, mamá. Hace calor otra vez.

—Te pregunto qué tienes que decir en tu defensa, jovencita.

Ante la duda, siempre hay que fingir inocencia.

—¿Defensa por qué exactamente?

Se le llenan los ojos de maldad.

—¿A qué hora llegaste a casa?

—Vale, vale, llegué un poco tarde, perdón.

—Dos horas no es «un poco tarde». ¿Dónde estabas?

—En casa de Stella. Perdí la noción del tiempo —respondo mascando el Weetabix.

—Pues mira qué raro. Porque a las diez en punto yo misma llamé a la madre de Stella para enterarme de por dónde diablos andabas, y adivina qué me dijo: que te habías ido antes de las ocho. Conque ¿quién es la mentirosa, Holly? ¿Tú o ella?

Mierda.

—Después de salir de casa de Stella fui a dar un paseo.

—¿Y adónde te llevó el paseo?

Afilo cada una de mis palabras:

—Por el río, ¿vale?

—¿En el sentido de la corriente o en el contrario?

Dejo pasar un silencio.

—Pero ¿qué más dará?

Se oyen unas explosiones en los dibujitos de la tele. Mamá le dice a mi hermana:

—¡Apaga eso y cierra la puerta, Sharon!

—¡No es justo! A la que estás riñendo es a Holly.

—Ahora mismo, Sharon. Y tú también, Jacko, quiero… —Pero Jacko ya se ha esfumado. Cuando Sharon se va, mamá vuelve al ataque—: ¿Y fuiste sola a darte el paseíto?

¿Por qué tengo la inquietante sensación de que me está tendiendo una trampa?

—Sí.

—¿Y cómo de largo fue ese «paseo» que diste sola, entonces?

—¿Lo quieres en kilómetros o en millas?

—Y digo yo, ¿no te llevaría el paseo por casualidad a la calle Peacock, a casa de un tal Vincent Costello?

La cocina me da como vueltas, y por la ventana, en la orilla del río que pertenece a Essex, un hombre diminuto, como un monigote, saca la bici del ferry.

—¿Se te ha comido la lengua el gato? Déjame que te refresque la memoria: ayer por la noche, a las diez, estabas cerrando las persianas de la ventana delantera, con una camiseta puesta y creo que no mucho más.

Sí que bajé a cogerle una cerveza a Vinny. Sí que bajé la persiana de la habitación de delante. Sí que pasó alguien. «Tranquila», me digo. ¿Qué probabilidades hay de que un desconocido me reconociera? Mamá está esperando que me derrumbe, pero no lo haré.

—Estás malgastando tu vida en el bar, mamá. Deberías hacerte agente del servicio de inteligencia.

Mamá me echa la «mirada terrible» de Kath Sykes.

—¿Cuántos años tiene?

Cruzo los brazos.

—No es asunto tuyo.

Mamá achina los ojos.

—Parece ser que veinticuatro.

—Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas?

—Porque que un hombre de veinticuatro acose a una colegiala de quince es ilegal. Podría ir a la cárcel.

—En septiembre cumpliré dieciséis, y digo yo que la policía de Kent tiene cosas mejores que hacer. Ya soy bastante mayor para decidir solita sobre mis relaciones.

Mamá se enciende uno de sus Marlboro Red. Yo mataría por uno.

—Cuando se lo cuente a tu padre, va a despellejar vivo al Costello ese.

Hombre, papá tiene que largar a los borrachuzos del local de vez en cuando, como todos los dueños de pubs, pero no le pega despellejar a nadie.

—Brendan tenía quince años cuando empezó a salir con Mandy Fry, y si te crees que no hacían más que cogerse de la mano en los columpios, estás muy equivocada. No recuerdo que le fueras a él con el rollo de «Podrías ir a la cárcel».

—Con los chicos es diferente —responde recalcando todas las sílabas, como si estuviera hablando con una retrasada.

Suelto un resoplido a modo de «No me puedo creer lo que estoy oyendo».

—Te lo digo, Holly… Tendrás que pasar por encima de mi cadáver para volver a ver a ese… vendedor de coches.

—¡Mira, mamá, en realidad veré a quien a mí me dé la gana!

—Nuevas reglas. —Mamá aplasta la colilla—. Te llevo yo al colegio y te recojo a la salida en la furgoneta. No pones un pie en la calle a no ser que vayas conmigo, con tu padre, con Brendan o con Ruth. Si vislumbro siquiera a ese asaltacunas por aquí cerca, cojo el teléfono y llamo a la policía para presentar cargos… sí, sí que lo haré, te lo juro. Y además llamaré a su jefe para que se entere de que va seduciendo a colegialas menores de edad.

Transcurren diez largos segundos hasta que lo asimilo todo.

Mis conductos lacrimales empiezan a contraerse, pero no pienso darle esa satisfacción a la señora Hitler.

—¡Esto no es Arabia Saudí! ¡No puedes encerrarme!

—Si vives bajo este techo, tendrás que obedecer nuestras normas. Cuando yo tenía tu edad…

Y respondo, imitando su acento:

—Sí, sí, sí, tenías veinte hermanos y treinta hermanas y cuarenta abuelos y veinte hectáreas de patateras que excavar porque así era la vida en la vieja Irlanda, pero esto es Inglaterra, mamá, ¡Inglaterra! Y estamos en los años ochenta. Si la vida era tan magnífica en esa cloaca inmunda del oeste de Cork, ¿por qué coño te molestaste en venir a…?

¡Zas! Bofetada en la parte izquierda de la cara.

Nos miramos: yo, temblando de estupefacción, y mamá, más enfadada que nunca, y —supongo— consciente de que acaba de romper algo que nunca podrá repararse. Salgo de la habitación sin decir una palabra, como si acabara de ganar una pelea.

Lloro solo un poco, y son lágrimas de indignación, no a moco tendido, y cuando termino me voy al espejo. Tengo los ojos un poco hinchados, pero eso se arregla con un poco de lápiz de ojos… Un poco de pintalabios, un brochazo de colorete… Ya está. La chica del espejo es una mujer, con su pelo corto y negro, su camiseta de Quadrophenia, sus vaqueros negros. «Tengo noticias para ti —me dice—. Te mudas hoy mismo a casa de Vinny.» Empiezo a enumerar las razones por las que no puedo y me detengo. «Sí», asiento, llena de vértigo y calma a la vez. Además, voy a dejar los estudios. Desde ahora. Las vacaciones de verano llegarán antes de que el asistente social pueda eructar siquiera, y en septiembre cumplo dieciséis, y entonces, que te den por saco, Windmill Hill Comprehensive. ¿Me atrevo?

Sí que me atrevo. Entonces, haz el equipaje. ¿Qué equipaje? Lo que quepa en mi bolsa de viaje grande. Ropa interior, camisetas, mi cazadora bomber; el estuche de maquillaje y mi caja de lata llena de pulseras y collares. Cepillo de dientes y un puñado de tampones (se me está retrasando el período, así que me llegará en cualquier momento). Dinero. Cuento trece libras con ochenta y cinco centavos ahorrados en billetes y monedas. Tengo ochenta libras más en la libreta del banco TSB. Además, Vinny no me va a cobrar alquiler, y me pondré a buscar trabajo la semana que viene. Puedo hacer de canguro, trabajar en el mercado, o como camarera: hay un montón de maneras de ganarse un dinerito. ¿Y qué hago con mis discos? No puedo llevármelos todos hasta la calle Peacock ahora, y a mamá la veo capaz de llevarlos todos a la tienda de Oxfam en un ataque de rabia, así que me cojo el Fear of Music, lo envuelvo con cuidado en mi bomber y lo meto en el bolso de modo que no se doble. Escondo los demás bajo la tabla floja del suelo, de momento, pero cuando estoy colocando la alfombra me llevo un susto de muerte: Jacko me está mirando desde el umbral. Aún lleva puesto el pijama y las zapatillas de Thunderbirds.

Le digo:

—Caballerete, casi me matas de un ataque al corazón.

—Te vas. —Jacko tiene un tono algo ausente.

—Entre nosotros, sí, me voy. Pero no muy lejos, no te preocupes.

—Te he hecho una cosa, para que te acuerdes de mí.

Jacko me tiende un círculo de cartón: una caja de quesitos aplastada con un laberinto dibujado. A Jacko le vuelven loco los laberintos: es por todos esos libros en plan Dragones y mazmorras que leen él y Sharon. El que ha dibujado Jacko esta vez es de lo más simple, para los que suele hacer: consta de ocho o nueve círculos uno dentro de otro.

—Cógelo —me dice—. Es diabólico.

—Yo no lo veo tan mal.

—«Diabólico» significa «satánico», hermanita.

—¿Y por qué es tan satánico tu laberinto, entonces?

—El Crepúsculo te va siguiendo mientras lo atraviesas. Si te toca, dejas de existir, así que un giro mal dado en un callejón sin salida acaba contigo. Por eso te tienes que aprender de memoria el laberinto.

Madre mía, qué hermano pequeño más rarito tengo.

—Vale. Bueno, gracias, Jacko. Tengo unas cosas que…

Jacko me coge de la muñeca.

—Apréndete este laberinto, Holly. Hazlo por el rarito de tu hermano. Por favor.

Me asusto un poco.

—Caballerete, qué comportamiento más extraño.

—Prométeme que vas a memorizar el camino, por si alguna vez necesitaras navegar por él en la oscuridad. Te lo pido por favor.

A los hermanos pequeños de mis amigos les gustan los Scalextric o las motos de motocross o intercambiar cromos; ¿por qué el mío hace estas cosas y dice palabras como «diabólico» y «navegar»? Solo Dios sabe cómo sobrevivirá en Gravesend como sea gay. Le alboroto el pelo.

—Vale, prometo aprenderme tu laberinto de memoria. —Entonces Jacko me abraza, lo cual es raro porque Jacko no es un niño muy de abrazar—. Oye, que no me voy muy lejos… Ya lo entenderás cuando seas mayor, y…

—Te mudas a casa de tu novio.

A estas alturas no debería sorprenderme.

—Sí.

—Cuídate, Holly.

—Vinny es muy guay. En cuanto mamá se acostumbre a la idea, nos veremos… Como seguimos viendo a Brendan después de casarse con Ruth, ¿no?

Pero Jacko se limita a meter la tapa de cartón con el laberinto dibujado hasta el fondo de mi bolsa de viaje, me echa una última mirada y desaparece.

Mamá aparece con una cesta llena de alfombrillas del bar en el rellano del primer piso, como si no hubiera estado al acecho todo el rato.

—No es un farol. Estás encerrada. Arriba de nuevo. Tienes exámenes la semana que viene. Ya es hora de que hinques los codos y eches un repaso como es debido.

Me agarro a la barandilla.

—Tú has dicho: «Nuestro techo, nuestras reglas». Pues muy bien, ya no quiero vuestras reglas, ni vuestro techo, ni que me pegues cada vez que te pongas de los nervios. Tú tampoco pasarías por el aro, ¿o sí?

La cara de mamá se descompone, y si en este momento dice lo que tiene que decir, podremos negociar. Pero no, tan solo repara en la bolsa de viaje y se ríe como si no pudiera creerse lo tonta que soy.

—Pero si tú antes tenías cerebro.

Así que sigo avanzando por las escaleras hasta la planta baja.

Se oye una voz tensa más arriba.

—¿Y el instituto?

—¡Pues ve tú, si es tan importante!

—¡Yo nunca tuve la puñetera oportunidad de ir, Holly! ¡Siempre he tenido que llevar el bar, y darte de comer a ti, a Brendan, a Sharon y a Jacko, y vestiros y mandaros a la escuela para que al menos vosotros no tengáis que pasaros la vida fregando baños y vaciando ceniceros con la espalda doblada sin poder ir a dormir temprano ni una sola noche!

Como quien oye llover. Sigo bajando.

—Pues nada, vete. Anda. Aprende por las malas. Te doy tres días para que tu Romeo te deje plantada. Los hombres no se fijan en la brillante personalidad de una chica, Holly. Nunca, joder.

No le hago caso. Desde el vestíbulo veo a Sharon detrás de la barra, al lado de la estantería de zumos. Está ayudando a papá a reponer, pero me doy cuenta de que nos ha oído. Le hago un leve gesto de la mano y me lo devuelve, nerviosa. La voz de papá sube desde la trampilla de la bodega tarareando el viejo éxito «Ferry ’Cross The Mersey». Es mejor dejarlo al margen. Si está delante mamá, se pondrá de su parte. Si están delante los clientes, se pondrá en plan «No soy tan tonto como para meterme en medio» y todos asentirán y murmurarán: «En eso llevas razón, Dave». Además, prefiero no estar presente cuando se entere de lo de Vinny. No es que me dé vergüenza, pero prefiero no estar. Newky está olisqueando su cesta. «Eres el perro más apestoso de Kent —le digo para contener las lágrimas—, saco de pulgas.» Le doy unas palmaditas en el cuello, quito el cerrojo de la puerta lateral y salgo al pasaje Marlow. Detrás de mí la puerta hace cloc.

La calle West está demasiado brillante y demasiado oscura, como una tele con el contraste estropeado, así que me pongo las gafas de sol, que convierten el mundo en un lugar de ensueño, más vívido y más real. Me duele la garganta y estoy temblando. Nadie sale corriendo del pub detrás de mí. Bien. Un camión de cemento pasa rodando y la vaharada de humo que suelta hace que el castaño de Indias se balancee con un leve crujido. Inspiro el olor a asfalto caliente, a fritanga y a basura de una semana que sale del contenedor (los basureros están en huelga otra vez).

Un montón de pajarillos agitados pían y chirlean como las flautillas celtas que les regalan a los niños en vacaciones, o que les regalaban antes, y un grupo de chavales está jugando a algo parecido al escondite en el parque de la iglesia en la avenida Crooked. «¡Cógelo! ¡Está detrás del árbol! ¡Libérame!» Niños. Stella dice que los hombres mayores son mejores amantes: con los chavales de nuestra edad, dice, el helado se derrite en cuanto coges el cono. Solo Stella sabe lo de Vinny —porque estaba en el Magic Bus el primer sábado—, pero ella sabe guardar un secreto. Cuando me estaba enseñando a fumar y yo no dejaba de vomitar, no se rió ni se lo chivó a nadie, y me ha contado todo lo que tengo que saber sobre los chicos. Stella es la chica más guay de nuestro curso, fijo.

La avenida Crooked se desvía del río, y desde allí giro hacia arriba por la calle Queen, donde casi me atropella Julie Walcott con el cochecito. El bebé va gritando a voz en cuello y ella parece agotada. Dejó el colegio cuando se quedó embarazada. Vinny y yo tenemos mucho cuidado y solo lo hicimos una vez sin condón, la primera, pero está científicamente probado que las vírgenes no se quedan embarazadas. Me lo ha dicho Stella.

Hay banderines colgados por la calle Queen, como si fueran a celebrar el Día de la Independencia de Holly Sykes. La señora escocesa de la tienda de lanas está regando sus macetas colgantes; el señor Gilbert, el joyero, está colocando los muestrarios de anillos en el escaparate; Mike y Todd, los carniceros, están descargando un cerdo sin cabeza de la parte trasera de una camioneta donde hay un montón de reses colgadas de ganchos. En la puerta de la biblioteca hay un grupo de sindicalistas recolectando dinero en cubos para los mineros en huelga con pancartas de los Trabajadores Socialistas que ponen: CARBÓN, NO PARÓN y THATCHER DECLARA LA GUERRA A LOS TRABAJADORES. Ed Brubeck pasa por allí montado en la bici, sin pedalear. Me meto en el mercado de abastos para que no me vea. Hace un año que se mudó de Manchester, donde pillaron a su padre por robo con agresión, a Gravesend. No tiene amigos y tampoco parece querer tenerlos. Normalmente eso en nuestro colegio te acarrearía la crucifixión, pero cuando uno de último curso se metió con él Brubeck le dio un puñetazo que le dejó la nariz deformada, así que desde entonces lo dejan en paz. Pasa sin verme, con una caña de pescar atada al tubo superior del cuadro de la bici, y sigo avanzando. Al lado de los recreativos hay un músico ambulante tocando una marcha fúnebre con clarinete. Alguien le echa una moneda en la funda y se arranca con la sintonía de Dallas. Cuando llego a la tienda de discos Magic Bus echo un vistazo al interior. Yo estaba buscando en la R de «Ramones». Vinny me dice que estaba buscando en la H de «Holly», la que quita el «hipo». También hay unas cuantas guitarras de segunda mano en la parte trasera de la tienda. Vin sabe tocar la introducción de «Stairway to Heaven», aunque nunca ha pasado de ahí. Voy a aprender yo sola a tocar la guitarra de Vin mientras él está trabajando. Vin y yo podríamos montar un grupo. ¿Por qué no? Tina Weymouth es una chica y es la bajista de Talking Heads. Me imagino la cara que pondría mamá si empieza con lo de «Ya no tengo hija» y luego me ve en un programa de la tele. El problema de mamá es que nunca ha querido a nadie tanto como Vin y yo nos queremos. Se lleva bien con papá, claro, aunque no es que su familia de Cork esté encantada con eso de que papá no sea irlandés ni católico. Mis primos mayores de Irlanda se divertían diciéndome que papá dejó preñada a mamá de Brendan antes de que estuvieran casados, pero ahora llevan casados veinticinco años, que tampoco está mal, digo yo, pero, bueno, la cosa es que mamá no tiene el mismo vínculo fantástico con papá que tengo yo con Vin. Stella dice que Vin y yo somos almas gemelas. Dice que es evidente que estamos hechos el uno para el otro.

En la calle Milton, a la puerta del Banco Nacional de Westminster, me encuentro con Brendan. Lleva el pelo engominado y peinado hacia atrás, una corbata de cachemira y la americana colgando del hombro; se diría que va a una escuela de modelos y no a las oficinas de Stott y Conway. Mi hermano mayor siempre queda de guaperas entre las hermanas mayores de mis amigas (dan ganas de vomitar). Se casó con Ruth, la hija de su jefe, el señor Conway, en el Ayuntamiento, e hicieron una recepción aparatosa en el club de campo Chaucer. No fui dama de honor porque yo no llevo vestidos, y especialmente vestidos que te hacen parecer un recortable de Lo que el viento se llevó, así que Sharon y las sobrinas de Ruth se encargaron de todo ese rollo y vinieron un montón de nuestros parientes de Cork. Brendan es el ojito derecho de mamá y mamá es el ojito derecho de Brendan. Después se pondrán a analizar con todo detalle lo que yo diga ahora.

—Buenos días —le digo—. ¿Qué tal?

—No me quejo. ¿Todo bien por el Captain?

—Genial. Mamá está como unas castañuelas hoy.

—¿Ah, sí? —Brendan sonríe, sorprendido—. ¿Y eso?

Me encojo de hombros.

—Debe de haberse levantado con el pie derecho.

—Guay. —Ve mi bolsa de viaje—. ¿Qué, de viaje?

—No del todo. Voy a estudiar francés a casa de Stella Yearwood y me quedo a dormir. Tengo exámenes la semana que viene.

Mi hermano parece impresionado.

—Muy bien, hermanita.

—¿Ruth está mejor?

—No mucho. Por qué las llamarán «náuseas matutinas», si lo peor llega en plena noche.

—A lo mejor es la manera que tiene la Madre Naturaleza de fortalecerte para cuando llegue el bebé —sugiero—. Las noches sin dormir, las broncas, los vómitos… Necesitas resistencia.

Mi hermano no coge la pulla.

—Supongo.

Es difícil imaginar a Brendan siendo el papá de alguien, pero para Navidad lo será.

Detrás de nosotros el banco abre sus puertas y los empleados entran en fila.

—Me imagino que el señor Conway no despediría a su yerno —le digo a Brendan—, pero ¿tú no entras a las nueve?

—Es verdad. Te veo mañana, si es que has vuelto de tu maratón de estudio. Mamá nos ha invitado a comer. Que tengas un buen día.

—Ya es el mejor día de mi vida —le digo a mi hermano y, de rebote, a mamá.

Brendan se aleja con un resplandor de su sonrisa de triunfador y se une a las masas en traje y uniforme que van a trabajar a oficinas, tiendas y fábricas.

El lunes me haré una copia de la llave de la puerta principal de Vinny, pero hoy me colaré por la entrada de siempre, la secreta. Subiendo una calle llamada «La Arboleda», justo antes de la oficina de recaudación de impuestos, hay un pasaje que queda medio escondido por un contenedor rebosante de bolsas de basura que huelen a pañales fermentados. Una rata marrón me observa con aires de señoritinga. Avanzo por el pasaje, giro a la derecha y me encuentro entre las rejas del jardín trasero de la calle Peacock y la pared de la oficina de recaudación de impuestos. La última casa al final de la calle, antes de la zanja del ferrocarril, es la de Vinny. Me deslizo entre las tablas sueltas y avanzo a trompicones por el jardín trasero. Las hierbas me llegan hasta la cintura y los ciruelos están empezando a dar frutos que irán en su mayor parte para los gusanos y las avispas, o eso dice Vinny, porque él pasa de recoger la fruta. Es como el bosque de La bella durmiente que envuelve el castillo mientras todos duermen durante cien años. Se supone que Vinny tendría que mantener el jardín limpio para su tía, pero ella vive en King’s Lynn y nunca va a verlo y además Vinny es motero, no jardinero. Cuando me instale domesticaré esta selva. Necesita un toque femenino, nada más. Igual empiezo hoy, después de una sesión de aprender a tocar la guitarra. Hay un cobertizo en la esquina, medio escondido entre los espinos, con las herramientas de jardinería y el cortacésped. Girasoles, rosas, pensamientos, claveles, lavanda y hierbas en macetitas de terracota, todo eso voy a plantar. Haré panecillos, tartas de ciruela y pasteles de café, y Vinny estará todo el rato: «Por Dios, Holly, ¿cómo me las he podido apañar sin ti?». Todas las revistas dicen que el camino al corazón de los hombres pasa por el estómago. Al lado del barril para recoger el agua de la lluvia hay un arbusto nudoso de color púrpura plagado de mariposas blancas, como confeti y encaje; es como si estuviera vivo.

La puerta trasera nunca está cerrada porque Vinny ha perdido la llave. Las cajas de pizza y los vasos de vino todavía están en el fregadero desde anoche, pero no hay rastro de desayuno. Vinny ha debido de quedarse dormido y salir pitando para el trabajo, como de costumbre. La casa entera necesita que alguien ponga orden, que quite el polvo y pase la aspiradora. Pero primero lo suyo es tomar un café y echar un pitillo; solo me comí la mitad del Weetabix antes de que mamá me montara el número a lo Mohamed Ali. Se me ha olvidado comprar tabaco al subir, se me pasó después de encontrarme con Brendan, pero Vinny tiene en la mesilla de noche, así que subo las escaleras y entro en su habitación. Nuestra habitación, debería decir. Aún tiene echadas las cortinas y huele a calcetines sucios, así que dejo que entre la luz, abro la ventana, me giro y me doy un susto de muerte porque Vinny está en la cama, con pinta de haberse cagado encima.

—Soy yo, solo soy yo —medio balbuceo—. Perdón, yo… pensaba que estabas en el trabajo…

Se da una palmada en el pecho y se ríe a medias, como si le acabaran de disparar.

—Por Dios, Hol. ¡Pensaba que eras un ladrón!

Yo también me río a medias.

—Estás… en casa.

—Ha habido un fregado con los turnos, porque la secretaria nueva no tiene remedio, así que llamó Kev para decir que al final tengo el día libre.

—Guay —digo yo—. Pues eso está genial, porque… Tengo una sorpresa.

—Genial, me encantan. Pero enchufa el hervidor antes, ¿eh? Ahora mismo bajo. Mierda, ¿qué estoy diciendo? Si me he quedado sin café. Sé buena, anda, acércate a la tienda de Staffa y tráete un frasco de Gold Blend. Te… doy el dinero cuando vuelvas.

Pero yo necesito decirle antes:

—Mamá se ha enterado de lo nuestro, Vin.

—¿Ah? Ah. —Parece pensativo—. Vale. ¿Cómo se lo…?

De repente me entra el miedo de que no quiera saber nada de mí.

—Pues no muy bien. En realidad ha ido un poco como el culo. Me dijo que ya no podía volver a verte y casi me amenazó con encerrarme en la bodega. Así que me largué. Así que…

Vinny me mira nervioso, sin darse por enterado.

—¿Puedo… quedarme contigo? Al menos por un tiempo.

Vinny traga saliva.

—Va-vale. Bien. Ya veo. Bien. Vale.

No suena muy, muy bien.

—¿Eso es un sí, Vin?

—Sí, sí. Claro. Sí. Pero de verdad que necesito un café.

—¿En serio? ¡Ay, Vin! —El alivio me envuelve como un baño caliente. Lo abrazo. Está sudoroso—. Eres el mejor, Vinny. Tenía miedo de que no…

—Bueno, no vamos a dejar a una gatita caliente como tú durmiendo debajo de un puente, ¿no? Pero de verdad te lo digo, Hol, necesito un café como Drácula necesita la sangre, así que…

No llega a terminar la frase porque me pongo a besarlo, mi Vinny, mi novio, que ha estado en Nueva York y ha estrechado la mano de David Byrne, y tengo como una especie de subidón de amor, como si explotara una caldera, y lo empujo hacia atrás y rodamos sobre una colina de edredón llena de bultos, pero la colina se revuelve, aparto el edredón con la mano y me encuentro a mi mejor amiga Stella Yearwood. En pelota picada. Como si estuviera en una pesadilla sexual, pero sin serlo.

Me quedo mirando su entrepierna hasta que dice:

—Bueno, no puede ser tan distinta de la tuya, ¿no?

Entonces me quedo mirando a Vinny, que tiene pinta de haberse cagado encima, pero que de repente suelta una risita nerviosa:

—No es lo que parece.

Stella, más fresca que una lechuga, se cubre con el edredón y le dice a Vinny:

—No seas lerdo. Esto es justamente lo que parece, Holly. Te lo íbamos a decir, pero, como ves, los acontecimientos se nos han adelantado. Lo cierto es que te han dejado tirada. No es agradable, pero pasa hasta en las mejores familias, o casi, así que c’est la vie. No te preocupes, hay un montón de Vinnys en el mar. Así que ¿por qué no te largas y así minimizas pérdidas, eh? Con un poquito de dignidad intacta.

Cuando por fin dejo de llorar estoy sentada en el escalón frío de un patio pequeño, con cinco o seis bloques de ladrillo viejo y de estrechas ventanas ciegas a cada lado; las malas hierbas han brotado de las baldosas y hay semillas de diente de león flotando como si estuviera en una bola de cristal de esas en las que nieva. Tras dar un portazo en casa de Vinny mis pasos me han traído hasta aquí, detrás del Hospital General de Gravesend, donde el doctor Marinus me libró de la señorita Constantin cuando yo tenía ocho años. ¿Le he dado un puñetazo a Vinny? Era como si estuviera sumergida en melaza. No podía respirar. Él me había cogido de la muñeca y me hacía daño —aún me duele— y Stella estaba graznando «Sé adulta y lárgate, Holly. ¡Esto es la vida real, no un episodio de Dinastía!», y salí corriendo, dando un portazo, lo más rápido posible, sin rumbo fijo… Sabía que en el momento en que me detuviese me desharía en una gelatina sollozante y mocosa, y entonces uno de los espías de mamá me vería y eso sería la guinda. Porque mamá tenía razón. Yo quería a Vinny tanto como a una parte de mí, y él me quería tanto como a un chicle. En cuanto se fue el sabor me escupió, cogió otro y se lo metió en la boca, y no uno cualquiera, sino a Stella Yearwood. Mi mejor amiga. ¿Cómo había podido Vinny? ¿Cómo había podido Stella?

¡Deja de llorar! Piensa en otra cosa.

Holly Sykes y las Movidas Raras, primera parte. En 1976 yo tenía siete años. No había llovido en todo el verano, los jardines se habían puesto marrones, y recuerdo estar haciendo cola con cubos en la mano al final de la calle Queen con Brendan y mamá para coger agua de las bocas de riego, de lo fuerte que fue la sequía. Las alucinaciones empezaron ese verano. Oía voces en la cabeza. No enfadadas ni flipadas, ni siquiera daban miedo, por lo menos al principio… yo las llamaba la Gente de la Radio, porque al principio creía que había una radio encendida en la habitación de al lado. Solo que nunca había una radio encendida en la habitación de al lado. Eran más nítidas por la noche, pero también las oía cuando estaba en el cole, si había bastante silencio; en un examen, por ejemplo. Tres o cuatro voces se ponían a murmurar enseguida, y nunca llegaba a distinguir qué decían. Brendan había hablado de hospitales psiquiátricos y de hombres con batas blancas, así que no me atreví a decírselo a nadie. Mamá estaba embarazada de Jacko, papá estaba todo el día en el pub, Sharon tenía solo tres años y Brendan era ya entonces un capullo. Yo sabía que oír voces no era normal, pero en realidad no me hacían daño, así que igual era uno de esos secretos con los que vive la gente.

Una noche tuve una pesadilla con unas abejas asesinas sueltas en el Captain Marlow, y me desperté sudando. Había una señora sentada a los pies de la cama que me dijo:

—No te preocupes, Holly, ya pasó.

—Gracias, mamá —respondí yo, porque ¿quién iba a ser si no?

Y entonces oí a mamá riéndose en la cocina, al otro lado del pasillo (eso fue antes de que mi habitación estuviera en la buhardilla). Entonces supe que solo había soñado con la señora de la cama, y encendí la luz para comprobarlo.

Y claro que no había nadie.

No te asustes —dijo la señora—, pero soy tan real como tú.

No grité ni me aterroricé. Estaba temblando, claro, pero hasta dentro de mi miedo sentí que era como un puzzle o como una prueba. No había nadie en la habitación, pero alguien me estaba hablando. Así que, con toda la calma que pude, le pregunté a la señora si era un fantasma.

Un fantasma no —dijo la señora que no estaba allí—, pero sí una visitante de tu mente. Por eso no puedes verme.

Le pregunté a la visitante cómo se llamaba.

—Soy la señorita Constantin —me dijo.

Dijo que había echado a la Gente de la Radio, porque era una distracción, y que esperaba que no me importara. Le dije que no. La señorita Constantin dijo que tenía que marcharse pero que le encantaría volver a pasarse pronto porque yo era «una jovencita de lo más singular».

Luego se marchó. Me costó años quedarme dormida, pero cuando al final lo conseguí me sentí más o menos como si hubiera hecho una nueva amiga.

¿Y ahora qué? ¿Irse a casa? Antes me clavaría chinchetas en las encías. Mamá me hará una tarta de mierda recubierta de mermelada de mierda y se sentará más ancha que pancha a verme devorar hasta el último trocito de mierda, y hasta el fin de los tiempos, si alguna vez digo algo que no sea «Sí, señor», «No, señor», me sacará a colación el incidente Vinny Costello. Vale, pues no voy a vivir en la calle Peacock, pero todavía puedo irme de casa, al menos durante el tiempo necesario para demostrarle a mamá que soy lo bastante mayor para cuidar de mí misma, a ver si deja de tratarme como si tuviera siete años. Tengo dinero suficiente para alimentarme un tiempo y la ola de calor parece que va a durar, así que supongo que mis vacaciones de verano han empezado antes de tiempo.

Que les den a los exámenes, que le den a la escuela. Stella le dará la vuelta a la tortilla, así que quedaré como la pegajosa, patética e histérica que era incapaz de aceptar el hecho de que su novio se hubiera cansado de ella. El lunes a las nueve de la mañana, Holly Sykes será el hazmerreír oficial de Windmill Hill. Garantizado.

La sirena de una ambulancia se acerca y se hace más urgente, su eco rodea el patio y se detiene como a mitad de la frase… Recojo la bolsa de viaje y me levanto. Vale, y ahora ¿adónde voy? Todos los adolescentes fugados de Inglaterra salen pitando para Londres, creyendo que algún cazatalentos o hada madrina los descubrirá, pero yo voy a tirar para el lado contrario, siguiendo el río, hacia las marismas de Kent: cuando creces en un pub oyes exactamente qué tipo de cazatalentos y hadas madrinas recogen en Londres a los adolescentes fugados. A ver si encuentro un granero o una casa de campo vacía para quedarme unos días. Eso podría funcionar. Me pongo en marcha, salgo por la parte delantera del hospital. El aparcamiento está lleno de parabrisas que resplandecen a la brillante luz del sol. En el vestíbulo sombrío y fresco del hospital se ven filas de gente fumando y esperando noticias.

Los hospitales son sitios extraños…

Holly Sykes y las Movidas Raras, segunda parte. Pasaron unas semanas y empecé a pensar que lo de la señorita Constantin no había sido más que un sueño, ya que no había vuelto. Solo que no conocía esa palabra que había dicho de mí, «singular»… La busqué, preguntándome cómo se me había metido en la cabeza si no la había puesto allí la señorita Constantin. A día de hoy sigo sin conocer la respuesta. Pero entonces, una noche de septiembre, después de volver al cole y de cumplir ocho años, me desperté y supe que estaba allí, y me sentí más contenta que asustada. Me gustaba ser singular. Le pregunté a la señorita Constantin si era un ángel, se rió un poco y me dijo que no, que era humana, como yo, pero que había aprendido a salirse de su cuerpo para ir a visitar a sus amigos. Le pregunté si yo era una de sus amigas y ella a mí si me gustaría serlo, y yo contesté que sí, claro, que me gustaría muchísimo, y entonces ella dijo: «Pues lo serás». Luego quise saber de dónde era y me explicó que era de Suiza. Yo, para presumir, le pregunté si era en Suiza donde se había inventado el chocolate, y me dijo que la mía era una de las cabezas más brillantes que había conocido. Y a partir de entonces me visitaba todas las noches, unos minutos, yo le contaba un poco mi día, ella me escuchaba, y me apoyaba o me animaba. Siempre estaba de mi parte, al contrario que Brendan o mamá, que nunca lo estaban. También le hacía preguntas. A veces me daba respuestas directas, como cuando le pregunté por su color de pelo y me dijo «rubio cromado», pero de vez en cuando se saltaba las preguntas con un «No echemos a perder el misterio todavía, ¿vale, Holly?».

Y entonces un día, la niña más abusona del colegio, Susan Hillage, me pilló al salir. Su padre era soldado en Belfast y, como mi madre era irlandesa, me puso las rodillas sobre la cabeza y me dijo que no me soltaría hasta que admitiera que éramos de esos pobres guarros del IRA que guardaban el carbón en la bañera. Yo no quería, así que me tiró la mochila a un árbol; después aseguró que yo iba a pagar por los amigos de su padre que habían muerto en Belfast, y que si le decía algo a alguien, el pelotón de su padre le prendería fuego al pub y mi familia se asaría viva, y todo por mi culpa. Yo no era una pringada, pero sí era pequeña, y Susan Hillage me había tocado un punto débil. No se lo conté ni a mamá ni a papá, aunque me moría de miedo al pensar qué iba a pasar al día siguiente en el cole. Pero esa noche, cuando me desperté en mi cama acolchada y calentita y me llegó la voz de la señorita Constantin, me di cuenta de que no estaba solo en mi cabeza; se hallaba de veras allí, en persona, sentada en el sillón a los pies de la cama, diciendo: «Despierta, dormilona». Era joven y tenía el pelo de un dorado blanco; los labios, a la luz de la luna, se le veían de un púrpura negruzco, pero debían de ser de color rosa encarnado, y llevaba una especie de túnica. Era muy guapa, como un cuadro. Al final conseguí preguntar si era un sueño y ella contestó: «Estoy aquí porque mi niña singular y brillante se sentía muy desgraciada esta noche, y quiero saber por qué». Así que le conté lo de Susan Hillage. La señorita Constantin no dijo nada hasta que acabé; entonces declaró que despreciaba a los abusones de todo tipo, y me preguntó si quería que remediara la situación. Le contesté que sí, por favor, pero antes de poder preguntar nada los pasos de papá recorrieron el pasillo y abrió la puerta; la luz del rellano me deslumbró. ¿Cómo iba a explicar yo que estuviera la señorita Constantin sentada en mi habitación a la una de la madrugada por lo menos? Pero papá actuó como si ella no estuviera allí. Se limitó a preguntarme si estaba bien, diciendo que había oído una voz, y claro, la señorita Constantin no estaba allí. Le contesté que debía de estar hablando en sueños.

Y eso fue lo que acabé por creer. Oír voces es una cosa, pero ¿mujeres con túnica sentadas en mi cama? A la mañana siguiente fui al colegio, como de costumbre, y no vi a Susan Hillage. Nadie la vio, de hecho. El director llegó tarde al consejo escolar y nos dijo que una camioneta había atropellado a Susan Hillage cuando iba en bici al colegio, que estaba muy grave y que teníamos que rezar para que se recuperara. Al oír aquello se me durmió todo el cuerpo, se me quedó helado, y se me fue tanta sangre de la cabeza que sentí como si el vestíbulo del cole se hubiera plegado sobre mí, y después ni siquiera me acordaba de haberme caído al suelo.

El Támesis tiene hoy unas ondas de color azul fangoso; no hago más que alejarme de Gravesend en dirección a las marismas de Kent y sin darme cuenta son las once y media y la ciudad es como una maqueta pequeña tras de mí. El viento desenreda nubes de las chimeneas de la fábrica Blue Circle, como los magos que se sacan hileras de pañuelos del bolsillo. A mi derecha se oye el rugido de la autopista A2 sobre las marismas. El viejo señor Sharkey dice que la construyeron sobre una carretera que hicieron los romanos en la época romana, y la A2 sigue llevando a Dover para coger el barco que lleva a Europa continental, igual que hacían los romanos. Voy dejando atrás las parejas de torres de alta tensión. En el pub, papá debe de estar pasando la aspiradora por el bar, a no ser que lo esté haciendo Sharon para llevarse mis tres libras. La mañana se ha vuelto bochornosa y larga, como pasa en la clase intensiva de mates, y el sol me hace daño en los ojos. Me dejé las gafas de sol en la cocina de Vinny, sobre el escurridero. Catorce libras con noventa y nueve, me habían costado. Las compré con Stella, que decía que había visto las mismas gafas en la calle Carnaby tres veces más caras, así que pensé que estaba comprando una ganga. Luego me imagino estrangulando a Stella y los brazos y las manos se me ponen rígidos, como si lo estuviera haciendo de veras.

Tengo sed. A estas alturas mamá le habrá dicho a papá algo de que Holly ha tenido una rabieta de adolescente, pero me juego un millón de libras a que lo ha liado todo. Papá estará haciendo bromas sobre «la pelotera de las chicas», y P. J., Nipper y Big Dex asentirán entre sonrisitas de gilipollas. P. J. estará fingiendo que lee The Sun. «Aquí dice que los astrónomos de la Universidad de Chórrez han descubierto nuevas pruebas de que sí, los adolescentes son el centro del universo.» Cacarearán todos a la vez, y el bueno de Dave Sykes, el dueño de bar con el que siempre has soñado, se unirá a ellos con la risa de «qué-gracioso-que-me-meo». A ver si se ríen tanto cuando no haya aparecido para el miércoles.

Más adelante, a lo lejos, hay unos hombres pescando.

Movidas Raras, último acto. Incluso mientras me llevaban a la enfermería, oía que la Gente de la Radio había vuelto. A centenares, todos murmurando a la vez. Eso me aterrorizó, pero no tanto como la idea de haberme cargado a Susan Hillage. Así que le conté a la enfermera lo de la Gente de la Radio y la señorita Constantin. La pobre pensó que como poco estaba conmocionada y como mucho para que me encerrasen, así que llamó a mamá, que a su vez llamó al médico de cabecera, y esa misma tarde me estaba viendo un otorrino en el Hospital General de Gravesend. No vio nada raro, pero le habló de un psiquiatra infantil que conocía del Gran Hospital de la calle Ormond en Londres que estaba especializado en casos como el mío. Mamá estaba en plan «¡Mi hija no está mal de la cabeza!», pero el doctor la asustó con la palabra «tumor». Tras la peor noche de mi vida —recé para que Dios mantuviera lejos a la señorita Constantin y puse la Biblia debajo de la almohada, pero, gracias a la Gente de la Radio, apenas pude pegar ojo—, nos llamó el otorrino para decirnos que su amigo el especialista llegaba a Gravesend en una hora, y preguntarle a mamá si podía llevarme.

El doctor Marinus era el primer chino que yo conocía, aparte de los del restaurante Mil Otoños, adonde íbamos de vez en cuando Brendan y yo a recoger comida si mamá estaba demasiado cansada para cocinar. El doctor Marinus hablaba en un inglés perfecto de clase alta con voz bastante queda, así que tenías que estar muy atento para pillarlo todo. Era bajito y flaco, pero de algún modo llenaba la habitación. Primero me preguntó por el colegio, la familia y todo eso, y luego ya pasó a las voces. Mamá decía todo el rato: «Mi hija no está loca, si eso es lo que está insinuando, es solo la conmoción». El doctor Marinus le dijo a mamá que estaba de acuerdo, que yo no tenía nada de loca, pero que el cerebro podía ser un lugar ilógico. Para ayudarlo a descartar un tumor, tenía que dejarme responder las preguntas sola. Así que le conté lo de la Gente de la Radio, y lo de Susan Hillage y la señorita Constantin. Mamá volvió a alterarse, pero el doctor Marinus le aseguró que las alucinaciones auditivas no eran poco frecuentes en las chicas de mi edad. Me dijo que el accidente de Susan Hillage había sido una gran coincidencia, y que las coincidencias, hasta las grandes, le ocurrían a todo el mundo: me había tocado, eso era todo. Mamá le preguntó si había algún medicamento que eliminase las alucinaciones, y recuerdo que el doctor Marinus le dijo que, antes de tomar ese camino, le gustaría probar una técnica más simple de «su venerable país». Era parecido a la acupuntura, dijo, pero no se usaban agujas. Hizo que mamá me presionase un punto del dedo corazón —que le marcó con boli— y luego me tocó en la frente, en el centro, con el pulgar. Como un artista que pusiera una pincelada de pintura. Cerré los ojos…

… y la Gente de la Radio se había ido. No se había callado, se había ido de verdad. Mamá se dio cuenta por mi cara de lo que había pasado, y estaba tan sorprendida y aliviada como yo. Dijo: «¿Ya está? ¿Sin cables ni pastillas?». El doctor Marinus le dijo que sí, que aquello debería bastar.

Le pregunté si la señorita Constantin se había ido también para siempre.

El médico dijo que sí, al menos en un futuro predecible.

Fin. Nos fuimos, crecí, y ni la Gente de la Radio ni la señorita Constantin volvieron nunca. Vi unos cuantos documentales y cosas así sobre las malas pasadas que te puede jugar la mente, y ahora sé que la señorita Constantin era solo una especie de amiga imaginaria —como el conejito Boing Boing de Sharon— pero en plan loco. El accidente de Susan Hillage no había sido más que una gran coincidencia, como el doctor Marinus me había dicho. No se murió, se mudó a Ramsgate, aunque la gente dice que viene a ser lo mismo. El doctor Marinus me había hecho una especie de hipnotismo, como con esas cintas que se compran para dejar de fumar. Mamá dejó de decir «Me han engañado como a un chino», y aún hoy en día se pone como una fiera si alguien lo dice. «Que los chinos no son tontos —les dice—; al contrario, son los mejores médicos del Sistema Nacional de Salud».

Mi reloj marca la una. Detrás de mí, a lo lejos, hay unos hombres que parecen monigotes pescando en los bajos vecinos al fuerte Shornemead. Un poco más adelante hay una gravera con un gran cono de piedra y una cinta transportadora cargando una barcaza. También se ve el fuerte Cliffe, con unas ventanas que parecen cuencas oculares vacías. El viejo señor Sharkey dice que albergaba defensa antiaérea durante la guerra, y que cuando la gente de Gravesend oía cañones sabía que tenía sesenta segundos —como mucho— para meterse en los refugios de debajo de las escaleras o del jardín. Ojalá cayera ahora mismo una bomba en cierta casa de la calle Peacock. Seguro que están dándose un atracón de pizza (Vinny se alimenta de pizza porque pasa de cocinar). Seguro que se están riendo de mí. Me pregunto si Stella llevaba allí desde ayer por la noche. Te enamoras y ya está, pensaba yo. ¡Imbécil! ¡Más que imbécil! Le doy una patada a una piedra, pero resulta que no es una piedra, sino un trozo de roca incrustado que me destroza el dedo del pie. El dolor traza una línea en zigzag hasta mi cerebro. Se me ponen los ojos calientes y acuosos, pero ¿de dónde narices sale tanta agua, joder? Si el único líquido que he tomado hoy ha sido al lavarme los dientes y la leche del Weetabix. Tengo la lengua como la espuma esa que se usa para los arreglos florales. La bolsa de viaje me está dejando el hombro dolorido. Mi corazón es un bebé foca apaleado. Debo de tener el estómago vacío, pero estoy demasiado triste para sentirlo de momento. Pero no me voy a dar la vuelta e irme a casa. Ni de coña.

Hacia las tres tengo toda la cabeza como una alpargata, no solo la boca. Nunca en mi vida he caminado tanto, creo. No hay ni rastro de una tienda, ni siquiera de una casa para pedir un vaso de agua. Entonces veo a una mujer menuda pescando al final de una especie de espigón, como dibujada en la esquina donde nadie la ve. Está a una buena distancia, pero la veo llenar una taza de su cantimplora. En circunstancias normales nunca haría esto, pero tengo tantísima sed que bajo por el terraplén y me acerco a ella por el espigón, haciendo retumbar los pies sobre las viejas vigas de madera para que no se asuste.

—Perdone, ¿podría darme un trago de agua? Por favor…

Ni siquiera se gira a mirarme.

—¿Te vale té frío?

Su voz ronca llega desde un lugar caluroso.

—Sería genial, gracias. No soy quisquillosa.

—Pues sírvete, entonces, si no eres quisquillosa.

Así que me lleno la taza sin pensar en gérmenes ni nada. No es té normal, sino lo más refrescante que he bebido nunca, y dejo que el líquido me enjuague toda la boca. Después la miro en condiciones por primera vez. Tiene unos ojos como de elefante en un rostro viejo y arrugado, y lleva el pelo corto y gris, una camisa cochambrosa estilo safari y un sombrero de piel de ala ancha que parece tener más de cien años.

—¿Está bueno? —me pregunta.

—Sí —respondo—. Mucho. Sabe a hierba.

—Té verde. Qué bien que no seas quisquillosa.

—¿Desde cuándo es verde el té? —pregunto.

—Desde que los arbustos hacen las hojas de ese color.

Un pez chapotea. Veo dónde estaba, pero no dónde está.

—¿Se ha dado bien hoy?

Hay una pausa.

—Cinco percas de río y una trucha. Una tarde lenta.

No veo cubo ni nada.

—¿Y dónde están?

Una abeja se posa en el ala del sombrero.

—Los suelto.

—Si no quiere los peces, ¿por qué los pesca?

Pasan unos segundos.

—Por la calidad de la conversación.

Miro alrededor: el camino, un campo lleno de maleza, un bosque con arbustos dispersos y un sendero tupido. Debe de estar de cachondeo.

—Aquí no hay nadie.

La abeja está contenta donde está, hasta cuando la mujer se mueve para recoger el sedal. Me echo a un lado mientras comprueba que el cebo está bien sujeto al anzuelo. Unas gotas de agua salpican los sedientos tablones del espigón. El río sorbe la orilla y chapotea alrededor de los pilares de madera. La anciana, aún sentada, manda bien lejos la pesa de plomo con un giro experto de la muñeca, el sedal hace su ruido como de cítara, y la pesa aterriza en el agua, donde estaba antes, en medio de ondas circulares que se alejan. Calma chicha…

Y entonces hace una cosa rarísima. Saca una tiza del bolsillo y escribe en la viga, al lado de su pie, MI. En la viga siguiente escribe NOMBRE. Y en la siguiente, LARGO. Y luego la anciana suelta la tiza y sigue pescando.

Me quedo esperando una explicación, pero nada.

—¿Y eso?

—¿Qué?

—Lo que ha escrito.

—Son instrucciones.

—Instrucciones ¿para quién?

—Para alguien, dentro de muchos años.

—Pero es tiza. Se va a borrar.

—Del espigón sí. Pero no de tu memoria.

Vale, está como una chota. Solo que no se lo digo porque quiero un poco más de té verde de ese.

—Acábate el té, si quieres —dice—. No vas a encontrar ninguna tienda hasta que el chico y tú lleguéis a Allhallows-on-Sea…

—Muchas gracias. —Me relleno la taza—. ¿Está segura? No hay más.

—Un favor se merece otro. —Me echa una mirada de experto francotirador—. A lo mejor necesito asilo.

¿Asilo? ¿Necesita asilo o se refiere a una institución?

—¿Qué quiere decir?

—Refugio. Una madriguera. Si fracasa la Primera Misión, como me temo que ocurrirá.

La gente loca da mucho la tabarra.

—Tengo quince años. No tengo asilo ni… ejem… madriguera. Lo siento.

—Eres ideal. Eres inesperada. El té a cambio de refugio. ¿Cerramos el trato?

Papá dice que la mejor manera de manejar a los borrachos es no llevarles la contraria y luego pasar de ellos, y lo mismo los chiflados son como borrachos que nunca están sobrios.

—Vale.

Asiente y yo bebo hasta que el sol es solo un débil resplandor a través del fondo del recipiente de plástico.

La cacatúa mira de nuevo al otro lado.

—Gracias, Holly.

Así que yo también le doy las gracias y me vuelvo a tierra firme. Luego me doy la vuelta y me acerco de nuevo.

—¿Cómo sabe mi nombre?

No se gira.

—¿Con qué nombre me bautizaron?

Qué juego más tonto.

—Esther Little.

—¿Y cómo sabes tú mi nombre?

—Pues porque… Me lo acaba de decir.

¿No? Debe de habérmelo dicho.

—Pues ya está todo solucionado.

Y esa fue la última palabra de Esther Little.

A eso de las cuatro llego a una lengua de playa de guijarros junto a una especie de dique de madera que entra en el río. Me quito las Doctor Martens. Tengo una ampolla impresionante en el dedo gordo del pie, parece una mora aplastada. Ñam. Saco el LP de Fear of Music de la bolsa de viaje, me enrollo los pantalones y me meto hasta las rodillas. El agua está fría como la del grifo y hace un sol de justicia, pero no tanto como cuando dejé a la vieja loca pescando. Entonces lanzo el LP tan lejos como puedo. No es especialmente aerodinámico, vuela hacia arriba hasta que se sale la funda de dentro con el disco y se cae al agua. La carátula cae como un pájaro herido y se queda flotando un rato. Me brotan lágrimas y más lágrimas de los ojos doloridos, y me imagino entrando hasta donde el disco está haciendo espirales, bajando por la pendiente del lecho del río, pasando junto a la trucha y la perca hasta llegar a las bicis oxidadas y los huesos de los piratas ahogados y los aviones alemanes y las alianzas de boda arrojadas al agua y Dios sabe qué más.

Pero en lugar de eso salgo a la orilla y me tumbo sobre un lecho de guijarros calientes, al lado de las botas. Papá estará arriba, con los pies sobre el sofá: «¿Y si hago una llamadita al Costello ese, Kath?», estará diciendo. «No, Dave. Eso es lo que quiere Su Alteza. Ignoremos sus grandes declaraciones un tiempo, y empezará a apreciar todo lo que hacemos por ella…»

Pero mañana por la noche mamá empezará a agobiarse porque llega el lunes y hay clase, y en cuanto en el instituto pregunten dónde estoy y por qué no asisto a los exámenes, será mucho menos estirada con mis «grandes declaraciones». Saldrá directa a casa de Vinny, con toda la artillería. Mamá le arrancará la piel a tiras a Vinny —¡ja!—, pero seguirá sin saber dónde estoy. Decidido. Acampo dos noches y luego veo cómo me siento. Mientras no compre cigarrillos, mis trece libras con ochenta y cinco en monedas me llegan para dos días de bocadillos de patatas fritas, manzanas y galletas. Si llego a Rochester incluso podría sacar dinero y prolongar mis pequeñas vacaciones.

Un carguero gigante que flota corriente abajo toca la sirena. En el casco naranja lleva escrito en letras blancas Estrella de Riga. Me pregunto si Riga es un lugar u otra cosa. Sharon y Jacko lo sabrían. Suelto un enorme bostezo, me tumbo sobre los guijarros crepitantes, y me quedo mirando cómo la estela del barco gigante lame los cantos de la orilla.

Dios, de repente me entra un sueño…

—¿Sykes? ¿Estás viva? Eh… Sykes.

La tarde irrumpe y pienso «¿Dónde estoy?», «¿Por qué estoy descalza?», «¿Qué coño hace Ed Brubeck tocándome el brazo?». Sacudo el brazo hacia atrás, me levanto y salgo corriendo un par de metros mientras las plantas de los pies se quejan de los guijarros calientes y luego me doy con la cabeza en la madera del dique.

Ed Brubeck no se ha movido.

—Eso duele.

—Ya sé que duele, joder. Es mi puta cabeza.

—Solo quería asegurarme de que no estabas muerta.

Me froto la cabeza.

—¿Parezco muerta?

—Bueno, sí, hace un segundo, sí, un poco.

—Pues no lo estoy, joder. —Veo que la bici de Brubeck está tirada de lado, y que la rueda aún gira. Todavía tiene atada la caña de pescar al tubo superior del cuadro—. Solo estaba… echando una siesta.

—No me digas que has venido andando desde la ciudad, Sykes.

—No, he venido en pelota saltarina, pero salió botando.

—Ya. Pues no te tenía yo por el tipo campestre.

—Ni yo a ti por el buen samaritano.

—Vivir para ver. —Hay un pájaro cantando, uno de esos que trinan, a un kilómetro y medio más o menos. Ed Brubeck se aparta el pelo negro de los ojos. Tiene la piel tan oscura que podría ser turco o algo así—. ¿Y dónde vas?

—Todo lo lejos de ese agujero de mierda que puedan llevarme los pies.

—¡Ahí va! ¿Qué te ha hecho Gravesend?

Me ato las botas. Me duele la ampolla.

—Y tú, ¿adónde vas?

—Mi tío vive por allí. —Ed Brubeck balancea un brazo hacia el interior—. No tiene mucha movilidad y está casi ciego, así que voy a hacerle un poco de compañía. Iba en bici hacia Allhallows para pescar un poco cuando te vi y…

—Pensaste que había muerto. Resulta que no es verdad, así que no te entretengo.

Me pone cara de «Como quieras» y sube por el terraplén.

Lo llamo:

—¿Cuánto queda para Allhallows, Brubeck?

Coge su bici.

—Unos ocho kilómetros. ¿Te llevo?

Pienso en Vinny y en su Norton y sacudo la cabeza. Se monta en la bici en plan chuleta y se larga. Recojo un puñado de piedras y las lanzo al agua, con fuerza y rabia.

Un Ed Brubeck diminuto desaparece tras un grupo de árboles puntiagudos más adelante. No ha mirado hacia atrás. Ojalá hubiese dicho que sí a su oferta. Los pies hinchados me palpitan; tengo las rodillas rígidas y los tobillos como si hubiesen sufrido el ataque de taladros minúsculos. A este paso, ocho kilómetros me llevarán una eternidad. Pero Ed Brubeck es un tío, como Vinny, y los tíos son todos pistolas de esperma. El estómago me lanza gruñidos de hambre seca. El té verde es estupendo mientras lo estás bebiendo, pero te hace mear como un caballo, y ahora tengo la boca como si me hubiera cagado dentro una rata moribunda. Ed Brubeck es un tío, vale, pero no es un capullo integral. La semana pasada se peleó con la señora Binkirk, la profe de religión, y lo mandaron al señor Nixon por llamarla «pedazo de intolerante». Un insulto maduro. La gente es como icebergs, se ve solo un poco de ellos y lo demás queda oculto. Intento no pensar en Vinny, pero lo hago, y recuerdo que esta misma mañana estaba soñando con montar un grupo con él. De detrás del montón de árboles puntiagudos sale un diminuto Ed Brubeck pedaleando de nuevo hacia mí. Probablemente haya decidido que es demasiado tarde para pescar y esté de regreso a Gravesend. Se hace cada vez más grande hasta que está a tamaño natural, y se marca un derrape que me recuerda que sigue siendo un niño además de un chico. Sus ojos son manchas blancas en su rostro oscuro.

—¿Por qué no te subes, Sykes? —Da una palmada en el sillín—. Allhallows está a kilómetros de distancia. Se te hará de noche antes de que llegues.

Nos tambaleamos por el camino a una velocidad aceptable. Cada vez que pasamos por un bache Brubeck pregunta si estoy bien y yo respondo que sí. La brisa del mar y la de la bici me suben por las mangas y me acarician la frente como un Don Cosquillas pervertido. La camiseta de Brubeck se le pega a la espalda por el sudor. Me niego a pensar en el sudor de Vinny y en el de Stella… Se me vuelve a romper el corazón y se me salen los mocos y me escuecen, como cuando te echan desinfectante en una herida. Me agarro al portaequipajes con las dos manos, pero el camino se vuelve más accidentado, así que me sujeto metiendo un pulgar por la trabilla del cinturón de Brubeck. Seguro que a Brubeck se le pone dura, pero ese es su problema, no el mío.

Unos corderos esponjosos mordisquean la hierba. Las ovejas se nos quedan mirando, como si estuviéramos planeando cocinar a sus bebés con coles de Bruselas y puré de patatas.

Asustamos a pájaros zancudos de picos acucharados: se deslizan por el río. Las puntas de las alas tocan el agua, creando círculos.

En este punto el Támesis se convierte en mar y Essex se pone dorado. Ese borrón es la isla de Canvey; más allá está Southend.

El Canal de la Mancha es de color azul bolígrafo; el cielo, del azul de la tiza de billar. Pasamos tambaleándonos por un puente peatonal que da sobre un riachuelo color óxido, y un terreno medio pantano, medio duna. BIENVENIDOS A ISLE OF GRAIN.

Ojo, que no es una isla. A lo mejor lo fue alguna vez.

Ese pájaro cantarín y saltarín nos ha seguido. Seguro.

Allhallows-on-Sea es básicamente un gran centro vacacional que se esparce por la costa a partir de un pueblo de nada. Está lleno de caravanas y de esas cabañas rectangulares sobre pilotes que en las pelis estadounidenses llaman «casas prefabricadas». Por todos lados hay niños medio desnudos y bebés completamente desnudos, correteando y jugando con pistolas de agua y raquetas con pelotas atadas a un poste. Mamás medio borrachas echan miradas torvas a papás sonrosados por el sol que achicharran salchichas en las barbacoas. Intento comerme el humo.

—No sé tú —dice Brubeck—, pero yo estoy muerto de hambre.

—Solo un poco —digo con demasiado entusiasmo, así que para la bici delante del puesto de pescado con patatas, al lado del minigolf de Lazy Rolf.

Brubeck pide bacalao y patatas, que cuestan dos libras, y yo pido solo patatas, que cuestan cincuenta céntimos. Pero entonces Brubeck le dice al tío del mostrador:

—Dos bacalaos con patatas, por favor.

Y tiende un billete de cinco libras; el tío me mira y le echa a Brubeck la mirada de «Muy buena, hijo» que se echan los hombres entre sí, lo que me molesta porque Brubeck y yo no somos novios y no vamos a serlo nunca, por mucho que me invite al cochino bacalao. Brubeck compra dos latas de Coca-Cola también y me ve el careto.

—Solo es bacalao con patatas, sin compromiso.

—Puedes estar seguro de eso. —Me sale un tono más borde de lo que pretendía—. Pero gracias.

Dejamos atrás la última cabaña y avanzamos hasta una caseta de cemento, justo al borde de las dunas. Una vaharada de olor a pis se escapa por las hendiduras de las ventanas, pero Brubeck se sube al suelo bajo y liso.

—Es un nido —dice—. Eran puestos de ametralladoras durante la guerra, por si había una invasión alemana. Aún hay centenares por ahí, si te fijas. Eso es la paz, si lo piensas: tener nidos de ametralladoras que se usan como mesas de picnic.

Lo miro: nadie se atrevería a decir algo tan inteligente en el instituto. Yo también me subo y disfruto de las vistas. Southend está al otro lado de las bocas del Támesis, de más de un kilómetro y medio, y más allá se ven los muelles de Sheerness, en la isla de Sheppey. Luego abrimos las Coca-Colas y yo quito con cuidado la anilla para meterla luego en la lata. Les rajan las almohadillas de los pies a los perros. Brubeck tiende su lata hacia mí para que brinde, como si fuera vino, pero no lo miro a los ojos no vaya a darle esperanzas, y bebemos. Mi primer trago es un buuum de efervescencia refrescante. Las patatas están calientes y saben a vinagre y el rebozado nos quema las manos al quitarlo para coger los gruesos trozos de bacalao.

—Está buenísimo —digo—. Salud.

—No tanto como los de Manchester —dice Brubeck.

Una cometa escribe en el cielo azul con su cola rosa.

Me lleno los pulmones con uno de los Dunhills de Brubeck. Esto está mejor. Entonces pienso en Stella Yearwood y Vinny fumando Marlboro en la cama y de repente tengo que fingir que se me ha metido algo en el ojo. Para distraerme le pregunto a Brubeck:

—Bueno, ¿quién es ese tío tuyo? Al que visitaste antes.

—El tío Norm. El hermano de mi madre. Trabajaba como operador de grúa en la fábrica de cemento Blue Circle, pero ha dejado de trabajar. Se está quedando ciego.

Doy otra calada honda.

—Qué horror. Pobre hombre.

—El tío Norm dice que la piedad es una forma de maltrato.

—¿Está ciego del todo, solo en parte, o…?

—Ha perdido alrededor de las tres cuartas partes de la vista en ambos ojos, y el resto va por el mismo camino. Lo que más lo deprime es que ya no puede leer la prensa. Es como buscar las llaves en nieve sucia, dice él. Así que casi todos los sábados voy en bici hasta su bungalow y le leo el Guardian a trozos. Luego habla de Thatcher contra los sindicalistas, de por qué están los rusos en Afganistán, de por qué la CIA se carga los gobiernos democráticos de Latinoamérica.

—Parece el insti —digo yo.

Brubeck sacude la cabeza.

—Lo único que quiere la mayoría de nuestros profesores es estar en casa a las cuatro y jubilarse a los sesenta. Pero a mi tío Norm le encanta hablar y pensar y quiere que a ti también te encante. Es más listo que el hambre. Luego mi tía prepara un buen almuerzo, mi tío da una cabezadita y yo me voy a pescar si hace bueno. Eso si no veo a nadie de mi clase tirado como un fiambre en la playa, claro. —Aplasta el cigarrillo en el cemento—. Bueno, ¿cuál es tu historia, Sykes?

—¿A qué te refieres con mi historia?

—A las 8.45 te vi andando por la calle Queen, colándote…

—¿Me viste?

—Sí, colándote en el mercado de abastos, y siete horas más tarde el objetivo es avistado a dieciséis kilómetros al este de Gravesend, junto al río.

—¿Y esto qué es? ¿Ed Brubeck, detective privado?

Aparece un perrillo sin cola que es puro culo renqueante. Brubeck le arroja una patata.

—Si realmente fuera un detective, sugeriría un problema con el novio.

Mi voz suena áspera.

—No es asunto tuyo.

—Eso es cierto. Pero ese capullo no se lo merece, quienquiera que sea.

Frunzo el ceño mientras le tiro una patata al perro. Lo devora con tal avidez que me pregunto si es un perro callejero. Como yo.

Brubeck hace un embudo con el papel de las patatas para meterse las crujientes migajas en la boca.

—¿Tienes pensado volver a la ciudad esta noche?

Aborto un gruñido. Gravesend es un nubarrón. Vinny, Stella y mamá están allí. Gravesend es ellos. Mi reloj marca las 18.19 y el Captain Marlow se irá llenando de alegría y de charlas a medida que entren los clientes asiduos. En la planta de arriba Jacko y Sharon estarán sentados en el sofá, viendo El Equipo A con galletas de queso y una rebanada de bizcocho de chocolate. Me gustaría estar allí, pero ¿qué hay de la bofetada de mamá?

—No —le digo a Brubeck—, no.

—Dentro de tres horas habrá oscurecido. Si tienes que encontrar un circo con el que fugarte no te sobra el tiempo.

Las dunas de hierba se mecen. Nubes que vienen de Francia se despliegan por el cielo. Me pongo la chaqueta.

—A lo mejor encuentro un nido de metralletas acogedor. Uno donde no hayan meado. O un granero.

Ahí llegan las gaviotas con sus brincos elásticos, chirleando en busca de patatas. Brubeck se pone en pie y agita los brazos en dirección a las gaviotas haciendo de Príncipe Loco de Allhallows-on-Sea porque sí, para que se dispersen.

—Tal vez yo conozca un sitio mejor.

Vamos de nuevo por una carretera en condiciones. Vastos campos más planos que una tortita en medio de la nada absoluta, llenos de sombras largas y negras. Brubeck está en plan misterioso y no me dice adónde vamos —«O te fías de mí, Sykes, o no»—, pero dice que se está caliente, seco y seguro, y que él mismo ha pasado allí cinco o seis veces la noche cuando ha ido de pesca por la noche, así que se lo compro, de momento. Dice que él se va a ir a Gravesend después. Ese es el problema con los chicos: tienen tendencia a ayudarte solo porque les gustas, pero no hay manera de enterarse de cuáles son sus verdaderas intenciones sin pasar vergüenza hasta que es demasiado tarde. Ed Brubeck parece buen tío, y se tira las tardes de los sábados leyéndole a su tío ciego, pero, gracias a los puñeteros Vinny y Stella, ya no estoy tan segura de ser buena juzgando el carácter. Sin embargo, con la noche encima, no tengo muchas opciones. Dejamos atrás una enorme fábrica. Estoy a punto de preguntarle a Brubeck qué es lo que fabrican cuando me dice que es la planta de Grain y que suministra electricidad a Gravesend y a la mitad del sudeste de Londres.

—Ya lo sé —miento.

Es una iglesia achaparrada que tiene una torre con aspilleras y se ve dorada a la luz agonizante. La madera resuena como un oleaje incesante y los grajos dan vueltas a su alrededor como calcetines en una lavadora. IGLESIA DE LA PARROQUIA DE SAINT MARY HOO, pone en un letrero, por encima del número de teléfono del párroco. El pueblo de Saint Mary Hoo está un poco más adelante, pero en realidad son solo unas cuantas casas viejas y un pub donde convergen dos avenidas.

—La cama es muy rústica —dice Brubeck al bajar de la bici—, pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo dan seguridad, y siendo gratis, se trata de un precio competitivo.

¿Se refiere a la iglesia?

—Estás de broma, ¿verdad?

—Hora de salida a las siete en punto, o la dirección se pone nerviosa.

Sí, está hablando de la iglesia. Pongo cara de duda.

Brubeck pone cara de «O lo tomas o lo dejas».

Tendré que cogerlo. Las marismas de Kent no están sembradas de acogedores graneros llenos de paja como en La casa de la pradera. El único que he visto ha sido uno de chapa ondulada, unos kilómetros más atrás, custodiado por dos dóberman rabiosos.

—¿No cierran las iglesias?

—Sí —responde él en el mismo tono en que yo diría «¿Y?».

Tras comprobar que no hay moros en la costa, lleva la bici hasta el cementerio. La esconde entre unos árboles oscuros rodeados de matorrales y la pared, y después me conduce al porche. Hay montones de confeti llenos de suciedad.

—Vigila la puerta —me dice.

Se saca del bolsillo una especie de monedero de piel; dentro hay una fila bamboleante de llaves escuchimizadas y una pieza de metal delgado en forma de L. Tras una última mirada a la avenida, mete una llave en la cerradura y la gira un poco.

Siento un ataque de miedo a que nos pillen.

—¿Dónde aprendiste a forzar la entrada de edificios?

—Mi padre no me enseñó a jugar al fútbol ni a reparar pinchazos.

—¡Nos podrían empapelar por esto! Se llama… Se llama…

—Allanamiento. Por eso te digo que estés al loro.

—Pero ¿qué se supone que hago si viene alguien?

—Hazte la avergonzada, como si nos hubieran pillado dándonos el lote.

—Ejem… No lo creo, Ed Brubeck.

Suelta algo entre risa y siseo.

—Que lo finjas, digo. Relájate, solo te arrestan si los polis pueden probar que has sido tú quien ha forzado la cerradura. Si no confiesas y tienes cuidado de no cargarte el mecanismo… —dice mientras mete una llave maestra en el ojo de la cerradura—. Entonces ¿quién puede decir que es mentira que pasaras por allí, te encontrases la puerta entreabierta y entrases a satisfacer tu interés por la arquitectura sajona? Por cierto, esa es nuestra excusa si nos pillan.

Brubeck ha pegado la oreja a la cerradura mientras la gira.

—Pero he dormido aquí tres noches de sábado desde Pascua y no he oído ni un susurro. Y además no nos vamos a llevar nada. Y además eres una chica, así que solo tienes que frotarte los ojos y hacer lo de «Por favor, padre, he salido huyendo de los golpes de mi padrastro», y lo más probable es que te marches con una taza de té y una galleta de chocolate.

Brubeck levanta la mano para pedir silencio: se oye un clic.

—Ya está.

La puerta de la iglesia se abre con un perfecto chirrido de goznes a lo transilvano.

Por dentro, la iglesia de Saint Mary Hoo huele a tienda de beneficencia, y la penumbra de los vitrales recuerda a la macedonia de frutas. Las paredes son gruesas como refugios nucleares y el ruido sordo que hace Brubeck al cerrar la puerta resuena a nuestro alrededor, como en una mazmorra. El techo está lleno de vigas y maderas. Recorremos el ala lateral, que es corta, solo dispone de diez o doce bancos. El púlpito es de madera, la pila bautismal de piedra, el órgano es como un piano de lujo con unos tubos exhaustos. El facistol o como se llame debe de ser de oro falso, porque si no un ladrón —el padre de Brubeck, sin ir más lejos— se lo habría mangado hace tiempo. Llegamos hasta la mesa del altar y levantamos la vista hacia la ventana que muestra la crucifixión. En el cielo del vitral hay una paloma de la que salen radios como de bici. Las Marías, dos discípulos y un romano al pie de la cruz parece que están discutiendo si va a empezar a llover o no. Brubeck pregunta:

—Tú eres católica, ¿no?

Me sorprende que haya pensado alguna vez en eso.

—Mi madre es irlandesa.

—Pero ¿tú crees en el cielo, en Dios y esas cosas?

Dejé de ir a la iglesia el año pasado: esa había sido la pelea más grande que había tenido con mamá hasta esta mañana.

—Digamos que he desarrollado alergia.

—Mi tío Norm dice que la religión es «paracetamol espiritual», y de algún modo espero que esté en lo cierto. A no ser que Dios efectúe trasplantes de personalidad cuando llegas, el cielo sería como una eterna reunión de familia con los semejantes de mi tío Trev. No puedo pensar en algo más infernal.

—¿Así que el tío Trev no se parece al tío Norm?

—Un huevo y una castaña. El tío Trev es el hermano mayor de mi padre. «El cerebro de la operación», dice él, lo cual es completamente cierto: tiene cerebro suficiente para convencer a los perdedores como mi padre de que hagan el trabajo sucio. El tío Trev coloca la mercancía si la cosa sale bien y si la cosa se va al garete hace su número de señor-sartén-antiadherente. Hasta le tiró los tejos a mi madre cuando empapelaron a mi padre, y en parte por eso nos mudamos al sur.

—Parece un cabrón de cuidado.

—Sí, ese es mi tío Trev. —La luz psicodélica de la cara de Brubeck se hace más opaca a medida que se pone el sol—. Hombre, si me estuviera muriendo en un hospicio, a lo mejor querría todo el paracetamol espiritual que tuviera a mi alcance.

Pongo la mano sobre el comulgatorio.

—¿Y qué pasa si el cielo es real, pero solo a ratos? Como un vaso de agua en un día caluroso cuando estás muerto de sed, o como cuando alguien es agradable contigo sin razón alguna, o… —Como cuando mamá hace tortitas con salsa de Toblerone; como cuando papá sube del bar corriendo solo para decirme «Que sueñes con los angelitos»; o como cuando Jacko y Sharon se ponen a cantar «Porque es un macaco imponente» en vez de «Porque es un chico excelente» en todos los cumpleaños, muertos de risa aunque no tiene ni pizca de gracia; y como cuando Brendan me dio su tocadiscos viejo a mí en lugar de a uno de sus colegas—. Pon que el cielo no es como un cuadro que está siempre ahí colgado, sino más como… Como la mejor canción que se haya escrito, pero una canción de la que solo pillas fragmentos que salen de los coches que pasan, mientras estás vivo, o… de ventanas de la primera planta cuando te vas…

Brubeck me mira como si realmente me estuviera escuchando.

Y me estoy poniendo roja, joder.

—¿Qué miras?

Antes de que pueda contestar, suena el repiqueteo de una llave en la puerta.

Unos segundos pasan por mi lado a cámara lenta, como borrachos haciendo la conga, y Brubeck y yo somos como Laurel y Hardy o como Starsky y Hutch o dos mitades de un disfraz de caballo; me arrastra al otro lado de una puerta de madera que yo no había visto, junto al órgano, a una habitación con una forma rara que tiene el techo alto y una escalera que sube por una trampilla. Creo que se la llama sacristía, y que la escalera debe de dar al campanario. Brubeck escucha por la rendija de la puerta: no hay otra salida, solo una especie de armario en el rincón. Las voces de al menos dos hombres se dirigen hacia nosotros; creo haber oído una tercera voz, femenina. Mierda. Brubeck y yo nos miramos. Tenemos las siguientes opciones: quedarnos aquí e intentar negociar nuestra salida; escondernos en el armario, o trepar por la escalera con la esperanza de que la trampilla se abra, y de que quienquiera que venga no suba por allí. En estos momentos probablemente no conseguiríamos lo de la escalera. De repente Brubeck me arrastra al armario, después se mete él también y cierra la puerta lo mejor que puede. Es más pequeño de lo que parecía desde fuera: es como esconderte en medio féretro vertical, pero con un chico contra el que no tienes el menor interés en aplastarte. Brubeck cierra la puerta…

—¡Ese tío se cree que él es el Segundo Advenimiento del puñetero Fidel Castro! —Las voces entran en la sacristía—. Te guste o no Maggie Thatcher, y hay muchos en ambos lados, por lo menos ha ganado unas elecciones, y Arthur Scargill no. Ni siquiera votó a su propio sindicato.

—La cuestión no es nada de todo eso —dice un londinense—. La huelga tiene que ver con el futuro. Por eso el gobierno está usando todos los trucos sucios que puede: espías del servicio de inteligencia, mentiras en los medios, quitar las prestaciones para las familias de mineros… Hazme caso: si pierden los mineros, tus hijos harán jornadas laborales de la época victoriana por un salario victoriano.

La rótula de Brubeck me está durmiendo poco a poco el muslo.

Me giro un poco: su «Ay, ay, ay» es más silencioso que un susurro.

—No podemos seguir manteniendo industrias moribundas para siempre —replica el pueblerino—, esa es la cuestión. Si no aún estaríamos pagándoles a los que construyen castillos, o canales, o a los druidas. Scargill defiende la economía de la Isla de la Fantasía y la política de la Montaña de las Chorradas.

Siento cómo el pecho de Brubeck se hincha y cae contra mi espalda.

—¿Has estado alguna vez en un pueblo minero? —pregunta el londinense—. Ahora no se puede ir, porque con tanto jaleo no podrás ni acercarte, pero si se va la mina, el pueblo muere. Gales y el norte no son el sur, el condado de York no es Kent, y la energía no es cualquier industria. La energía es seguridad. Los pozos de petróleo en el mar del Norte no van a durar eternamente, y después ¿qué?

—Un debate de calidad, caballeros —dice la mujer—, pero ¿y las campanas?

Unos pies retumban al subir la escalera: menos mal que no escogimos el campanario. Pasa un minuto. Sigue sin oírse nada en la vicaría. Creo que los tres han subido. Cambio mínimamente de posición y Brubeck traga saliva por el dolor. Me arriesgo a susurrar:

—¿Estás bien?

—No. Me estás aplastando los huevos, ya que preguntas.

—Siempre podrás adoptar. —Intento hacerle más espacio, pero es que no hay—. ¿Crees que podríamos salir corriendo?

—A lo mejor podríamos gatear sigilosamente, una vez que…

La oscuridad mal ventilada vibra con las campanas. Brubeck abre la puerta, nos inunda el aire fresco, sale medio cojeando y después me ayuda a desencajarme. Arriba, unas pantorrillas regordetas se balancean a través de la trampilla. Llegamos de puntillas a la puerta, como un par de idiotas sacados de Scooby-Doo

Brubeck y yo ponemos pies en polvorosa por la avenida, como si hubiésemos escapado del castillo de Colditz. Las campanas suenan como si chapotearan en la oscuridad azul. Me da flato, así que nos paramos en un banco junto al rótulo de entrada del pueblo.

—Típico —dice Brubeck—. Quiero presumir de mis habilidades de superviviente en medio hostil, y en vez de eso nos invaden los catetos. Necesito un pitillo. ¿Tú?

—Vale. ¿Se tirarán mucho rato con el ding-dong?

—Supongo. —Brubeck me tiende un cigarrillo y saca el mechero. Acerco la punta a la llama—. Te dejaré entrar de nuevo cuando se hayan marchado. Las cerraduras de cilindro están chupadas hasta en la oscuridad.

—Pero ¿no tendrías que marcharte a casa?

—Llamaré a mi madre desde la cabina de al lado del pub y le diré que al final me voy a quedar pescando esta noche. Una mentirijilla piadosa.

Necesito su ayuda, pero me angustia que pueda haber un precio.

—No te preocupes, Sykes. Mis intenciones son honestas.

Pienso en Vinny Costello y me encojo.

—Bien.

—Los tíos no piensan solo en enrollarse con tías, ¿sabes?

Le echo una vaharada de humo directamente a la cara, para que tenga que entornar los ojos y mirar hacia otro lado.

—Tengo un hermano mayor —le digo.

Estamos al lado de un huerto descuidado, así que cuando nos terminamos el cigarrillo nos encaramamos a robar unas cuantas manzanas verdes. Hay que trepar por una tapia. Las manzanas están más ácidas que si fueran limas, pero sientan bien después de la cena aceitosa. Unas luces parpadean en la gasolinera que dejamos antes atrás.

—Por ahí —Brubeck escupe el corazón de una manzana en una vaga dirección—, después de las luces borrosas de la isla de Sheppey, está la explotación frutícola de Gabriel Harty. El año pasado estuve recogiendo fresas y me sacaba veinticinco libras al día. Hay alojamiento para los recolectores, así que en cuanto termine los exámenes vuelvo. Estoy ahorrando para hacer el Interraíl en agosto.

—¿Qué es el Interraíl?

—¿De verdad no lo sabes?

—De verdad.

—Un pase para el tren. Pagas ciento treinta pavos y puedes viajar gratis por toda Europa, durante un mes. En segunda clase, pero bueno. Desde la punta de Portugal hasta lo más alto de Noruega. También a los países del Este, Yugoslavia y esos sitios. El Muro de Berlín. Estambul. En Estambul está el puente ese que tiene una parte en Europa y la otra en Asia. Voy a cruzarlo.

A lo lejos ladra un perro solitario, o quizá un zorro.

—¿Qué haces en todos esos países? —pregunto.

—Mirar a tu alrededor. Pasear. Encontrar una cama barata. Comer lo que comen los autóctonos. Encontrar birra barata. Intentar que no te timen. Pillar unas cuantas palabras de la jerga local. Estar allí, simplemente. A veces… —Brubeck le da un mordisco a una manzana—. A veces quiero estar en todas partes a la vez, tanto que podría…

Brubeck hace el gesto de una bomba que explota a la altura de su caja torácica.

—¿Nunca tienes esa sensación?

Pasa un murciélago aleteando; parece uno de los que están atados a una cuerda en las películas cutres de vampiros.

—Si te soy sincera, no. Lo más lejos que he estado ha sido Irlanda, visitando a la familia de mi madre en Cork.

—¿Cómo es?

—Diferente. No está lleno de puestos fronterizos y de bombas como el norte, aunque el conflicto está un poco en el aire, y es mejor no hablar mucho de política. Odian con toda su alma a Thatcher por lo de Bobby Sands y la huelga de hambre. Tengo una tía abuela, Eilísh, la tía de mi madre, que es genial. Tiene gallinas y una pistola guardada en la carbonera, y cuando era joven fue en bici hasta Katmandú. De verdad. Seguro que había sentido la explosión esa de querer estar en todas partes. He visto fotos y recortes de periódicos y cosas así. Vive en un largo cabo cerca de Bantry, la península de Sheep’s Head. Es como el fin del mundo. No hay nada, ni tiendas ni nada, pero me encantó, aunque no lo reconocería ante mucha gente.

Hay una luna tan afilada que podrías cortarte un dedo.

Nos quedamos un momento sin decir nada, pero no es incómodo. Después Brubeck dice:

—¿Sabes lo del segundo cordón umbilical, Sykes?

—¿Qué?

Ya no le distingo la cara.

—Cuando uno es un bebé en el útero, hay un cordón…

—Sé lo que es un cordón umbilical, gracias. Pero ¿otro?

—Bueno, los psicólogos dicen que hay otro cordón umbilical, uno invisible, emocional, que te ata a tus padres durante toda la niñez. Un día, te peleas con tu madre si eres una chica, o con tu padre si eres un chico, y esa pelea corta el segundo cordón. Entonces, y solo entonces, estás listo para salir al gran mundo exterior y ser un adulto según tus propias condiciones. Es una especie de rito de iniciación.

—Yo me peleo con mi madre prácticamente a diario. Me trata como si tuviera diez años.

Brubeck se enciende otro pitillo, da una calada y me lo pasa.

—Me refiero a una pelea más gorda, más fuerte. Después te das cuenta de que ha pasado. Ya no eres el niño de antes.

—¿Y se puede saber por qué estás compartiendo conmigo estas perlas de sabiduría?

Organiza con cuidado su respuesta.

—Si te has largado porque tu padre es un delincuente que le pega a tu madre y te tira por las escaleras cuando intentas detenerlo, entonces escaparse es lo más inteligente que puedes hacer. Lárgate. Te doy mi dinero del Interraíl. Pero si estás aquí sentada esta noche porque se te ha roto el cordón umbilical, entonces, vale, duele, pero tenía que pasar. Dale un poco de margen a tu madre. Es solo parte de hacerse mayor. No deberías castigarla por ello.

—Oye, que me dio una bofetada.

—Seguro que ahora se siente fatal.

—¡Pero si no la conoces!

—¿Y estás segura de que tú sí, Sykes?

—¿Qué diablos quieres decir con eso?

Brubeck lo deja estar. Así que yo también lo dejo estar.

En la iglesia hay un silencio sepulcral. Brubeck está dormido en un nido de cojines polvorientos. Estamos sobre la galería de la pared trasera, así que si vienen unos satánicos a hacer una misa negra no nos verán. Me duelen las pantorrillas, me late la ampolla y mi mente no deja de rebobinar la escena de Vinny y Stella. ¿No era lo bastante buena en la cama? ¿No me vestía bien, no hablaba bien, no me gustaba la música adecuada?

Son las 22.58, según el resplandor de mi Timex. Los minutos más agobiantes del Captain Marlow son justo ahora: los últimos pedidos del sábado por la noche. Mamá, papá y Glenda, que solo trabaja los fines de semana, estarán acelerados: un muro de bebedores que rugen blandiendo billetes de cinco y de diez en medio de la niebla del humo y el bullicio de charlas, gritos, risas, maldiciones y coqueteos… A nadie le importará dónde ha acabado hoy Holly. La gramola atronará el edificio con «Daydream Believer», «Rockin’ All Over The World» o «American Pie». Sharon se habrá quedado dormida con la linterna encendida debajo de la manta. Jacko estará dormido con la gente murmurando cosas en otros idiomas por la radio. En mi dormitorio, la cama estará sin hacer, y mi mochila colgando de la silla. Habrá una cesta de ropa lavada justo en la parte interna del umbral, donde mamá la pone cuando está cabreada conmigo. Que últimamente es casi todos los días. El gran resplandor de Essex desprenderá su luz anaranjada al otro lado del río, entre mis cortinas descorridas, sobre los pósters de The Smiths y de Zenyattà Mondatta que gorroneé del Magic Bus. Pero no voy a ponerme ahora a echar de menos mi habitación.

Ni de coña.

1 DE JULIO

Silbidos metálicos, crujidos, el canto de un pájaro y el ángel de un vitral. La pequeña iglesia en Isle of Grain, ahora lo recuerdo, iluminada por el sol que entra por la primera rendija del día. Mamá. La pelea. Stella y Vinny, despertándose el uno en brazos del otro. Se me cierra la garganta. Supongo que si un hombre ha estado dentro de una con bastante frecuencia lleva un tiempo librarse de él. El amor es pura alegría y libertad cuando funciona, pero cuando la cosa va mal pagas por los buenos ratos a precios de usura. Las 6.03, según mi reloj. Domingo. Ed Brubeck: ahí está, dormido en los cojines, con la boca abierta de par en par y el pelo lacio. Su gorra de béisbol yace sobre la camisa de leñador meticulosamente doblada. Me arranco el sueño frotándome los ojos. Estaba soñando con Jacko y la señorita Constantin, que tenían abierta una cortina de aire, y había unos escalones de piedra que subían, como en una peli de Indiana Jones…

¿A quién le importa? He perdido a Vinny. Stella me ha robado a Vinny.

Ed Brubeck ronca como un oso. Brubeck no engañaría a su chica. Si es que tiene. La mayoría de los chicos de mi clase sueltan indirectas de que han perdido la virginidad en la fiesta de un colega, sobre todo los que no la han perdido, mientras se atusan la pelusa esa que llevan por bigote… Ed Brubeck no hace nada de eso, lo cual quiere decir que posiblemente sí que lo haya hecho ya. Si ha sido con alguien de la escuela, me habría enterado. Aunque no sé. Es de los que mantiene la boca cerrada.

Aun así, fíjate todo lo que me contó ayer.

Su padre, su familia, todo. ¿Por qué yo?

Observo esa cara angulosa dormilona, mitad hombre y mitad muchacho.

Y la respuesta es obvia: «¡Pues porque le gustas, imbécil!».

Si le gusto, ¿por qué no me ha tirado los tejos?

Es listo, acabo de caer. Primero te hace sentirte agradecida.

Claro. Por supuesto. Creo que ya va siendo hora de que me marche.

A lo largo del sendero escabroso crecen dientes de león y cardos más altos que yo. El sol de la mañana recuerda a los rayos láser. No sé por qué he mangado la gorra de Brubeck al escabullirme, pero me alegro de haberlo hecho. No le importará, no mucho. Debería poder atrochar por los campos hasta la carretera principal de Rochester, serán unos diez u once kilómetros, supongo. Mis ampollas lo aguantarán. Tendrán que aguantar: no tengo botiquín en la bolsa de viaje. Siento una puñalada de hambre, pero mi estómago tendrá que resistir y callarse: ya encontraré algo de comer en Rochester. Igual debería haberme despedido de Brubeck y darle las gracias, pero si me hubiera respondido todo contento «De nada, Sykes, pero ¿estás segura de que no quieres que te lleve a Gravesend?», me habría costado demasiado decir que no.

Más adelante veo que el sendero termina en una granja.

Salto la entrada y rodeo un campo de coles.

Otra entrada. Un halcón o algo así, como un punto en el cielo.

Seis días deberían ser suficientes. La policía solo se interesa por los adolescentes desaparecidos una vez que transcurre una semana. Seis días le enseñarán a mamá que sí que puedo cuidar de mí misma en el gran mundo exterior. Estaré en una posición, cómo se dice… una posición de fuerza para negociar. Y voy a hacerlo sola, sin que Brubeck se me ponga en plan noviete. Tendré que estirar el dinero. Todavía me acuerdo de la vez en que hice mis pinitos en el hurto.

El año pasado, un sábado, unas cuantas fuimos a la discoteca con pista de patinaje de Chatham por el cumpleaños de Ali Jessop, pero era un rollo, así que Stella, Amanda Kidd y yo nos piramos a la calle comercial. Amanda Kidd dijo: «¿Quién quiere ir de pesca?». Yo no quería, pero Stella dijo que vale, así que hice como si no pasara nada y fuimos a los almacenes Debenhams. Yo no había mangado nada en mi vida y casi me meo encima, pero me fijaba en Stella. Le preguntó a la dependienta una estupidez y luego, sin querer queriendo, se le cayeron dos pintalabios de la estantería de cosméticos. Cuando se agachó a recogerlos, se metió uno en la bota. Yo hice lo mismo con unos pendientes que me gustaron, y al salir de la tienda hasta le pregunté a la dependienta hasta qué hora estaban abiertos. Una vez seguras fuera, el mundo parecía diferente, como si las reglas hubieran cambiado. Si mantienes la calma, consigues lo que quieres. Amanda Kidd había cogido un par de gafas que valían diez pavos, Stella unos pintalabios Estée Lauder y mis pendientes de diamantes falsos brillaban como si fueran de verdad. Después fuimos a la tienda de dulces Sweet Factory, donde Amanda Kidd y yo nos metimos gominolas en la ropa mientras Stella le decía al chaval que trabajaba allí los sábados que llevaba años viéndolo cada semana, y que hasta había soñado con él, y le preguntaba si querría ir a dar un paseo con ella cuando saliera de trabajar. Por último fuimos a los almacenes Woolworths. Stella y yo nos alejamos para echar un vistazo a los sencillos más vendidos, con aire de inocencia, pero al minuto siguiente el encargado y un dependiente nos estaban arrinconando, y un tío que era como el guardia tenía a Amanda Kidd —que estaba temblando, más blanca que el papel— cogida por el brazo y decía: «Estas son las dos con las que entró a la tienda». El encargado nos mandó a su oficina, a la planta de arriba. Todo el poder de mi voluntad se esfumó, junto con la desenvoltura, pero Stella le replicó:

—¿Podría saber quién me dirige la palabra? —Le salió una voz aguda de niña rica.

El encargado dijo:

—Ven sin montar jaleo, cariño.

E intentó ponerle la mano sobre el hombro.

Stella se la quitó de un manotazo y le espetó a voz en grito:

—¡Quíteme sus sucias zarpas de encima, hombrecillo horrible! No tengo ni idea de por qué nos ha relacionado a mi hermana y a mí con esta… ladrona —dijo con una mirada de desprecio a Amanda Kidd, que ahora temblaba y sollozaba—, pero ya me contará por qué exactamente íbamos a robar ninguna de las porquerías que venden en esta horrible tienda, y más le vale tener razón, o mi padre le pondrá una denuncia el lunes a primera hora. No se equivoque: conozco mis derechos.

Mientras decía la última frase, vació el bolso sobre el mostrador.

Había un montón de clientes mirando en nuestra dirección, y, ¡oh, milagro!, el encargado se echó atrás murmurando que a lo mejor el detective de la tienda se había equivocado y que podíamos marcharnos.

—¡Ya sé que puedo marcharme! —le espetó Stella mientras metía de nuevo las cosas en el bolso, y salimos muy indignadas.

Nos volvimos a colar en la discoteca y no le dijimos a nadie lo que había ocurrido. Al final la madre de Amanda Kidd tuvo que ir a buscarla. A mí me daba pánico que se chivara de nosotras, pero no se atrevió. Amanda Kidd comió a mediodía con un grupo distinto, y en realidad nunca volvimos a hablar. Este año está en la segunda mejor clase, así que a lo mejor le vino bien que la cogieran, no sé. La cosa es que, al contrario que Stella, no soy una ladrona nata ni una mentirosa nata. Aquel día en Woolworths casi me convenció hasta a mí de que éramos inocentes. Y mira cómo se rió de mí cuando me llegó el turno de hacer de Amanda Kidd. ¿Es que Stella no necesita amigos? ¿O es que para Stella los amigos son solo una forma de obtener lo que quieres?

A mi izquierda hay un terraplén muy empinado sobre el que pasa una carretera de doble sentido, y a mi derecha se ha desbrozado un campo para construir un complejo enorme de viviendas, según parece. Hay excavadoras y bulldozers y casas prefabricadas y altas vallas alambradas junto a rótulos que dicen OBLIGATORIO EL USO DE CASCO, y sobre un letrero que pone PROHIBIDA LA ENTRADA SIN AUTORIZACIÓN alguien ha pintado con espray GRAN BRETAÑA LIBRE DE NEGROS, junto a un par de esvásticas, por si acaso. Aún es temprano; las 7.40. Brubeck irá de camino a casa, pero en el pub, mamá y papá estarán aún en la cama. Más adelante está la entrada a un paso subterráneo que pasa por debajo de la autovía. Cuando estoy como a unos cien metros, veo a un chaval allí, y me detengo, porque esto es muy raro, pero juraría…

Es Jacko. Está ahí de pie, mirándome. El Jacko de verdad está a unos treinta y tantos kilómetros, ya lo sé, dibujando un laberinto o leyendo un libro sobre ajedrez o haciendo esas cosas que hace él, pero el chaval al que estoy mirando tiene el mismo pelo lacio y marrón, la misma forma y el mismo modo de estar de pie, hasta una camiseta del Liverpool. Yo conozco a Jacko y es él o un gemelo idéntico del que nadie sabe nada. Sigo andando sin atreverme a pestañear, no sea que vaya a desaparecer. Cuando estoy a unos cincuenta metros le saludo con la mano, y el niño que no puede ser mi hermano me devuelve el gesto. Así que lo llamo a gritos. No me responde, sino que se da la vuelta y se mete en el paso subterráneo. No sé qué hacer, pero ya voy medio corriendo, nerviosa ante la posibilidad de que Jacko se haya echado una carrera para venir a buscarme, aunque mi parte sensata está segura de que no puede ser él, porque ¿cómo sabría Jacko dónde buscarme?

Corro a toda velocidad, a sabiendas de que está pasando algo extraño, pero sin saber qué. El paso subterráneo es solo para peatones y ciclistas, así que es bastante estrecho, y tiene la longitud total de la anchura de los cuatro carriles bajo los que pasa más la del césped de la mediana central. Al otro lado, tras una cuesta que baja y luego una que sube, está la salida opuesta, formada por un cuadrado de campo, cielo y tejados. Ya he dado unos cuantos pasos cuando lo noto: en lugar de estar más oscuro hacia la mitad del paso subterráneo, por el contrario, hay más claridad; en lugar de haber más eco, los sonidos se oyen más ahogados. Me digo que no es más que una ilusión, que no tengo que preocuparme, pero unos pasos después, estoy segura: el paso subterráneo está cambiando de forma. Es más ancho y más alto, con cuatro esquinas y una habitación en forma de diamante… Se está convirtiendo en otro lugar. Es increíble y aterrador. Sé que estoy despierta pero también sé que no puede ser real. Dejo de caminar: me da miedo chocarme con la pared. ¿Dónde está esto? Nunca he estado en un sitio igual. ¿Es una alucinación? ¿Es que se está despertando todo eso otra vez? Hay ventanas estrechas a mi izquierda y a mi derecha, a unos diez pasos de distancia. No voy a mirar a través de ellas (debían de estar mucho más lejos que las paredes del paso subterráneo), pero por la ventana izquierda veo dunas, dunas grises, que suben hacia una elevación, aunque por la ventana de la derecha está más oscuro: las dunas van rodando hacia un mar, pero es un mar negro, de un negro absoluto, como oscuridad guardada en una caja metida en una cueva un kilómetro por debajo de la tierra. Estemos donde estemos, en medio de la habitación ha aparecido una larga mesa, y yo voy caminando a su izquierda, y mira, hay una mujer que camina al mismo paso que yo pero a la derecha. Es joven y de una belleza algo fría, como una actriz a la que no se puede tocar; tiene el pelo de un rubio blanco, la piel pálida color de hueso, unos labios generosos de rosa roja y un vestido color azul noche, como si hubiera salido de un cuento…

Es la señorita Constantin, la de mi armario cuando tenía ocho años. ¿Por qué me está haciendo esto mi mente? Nos dirigimos a un cuadro colgado en una esquina afilada, el retrato de un hombre que parece un santo de la Biblia, pero que no tiene ojos en la cara. Estoy a unos centímetros. Hay una manchita negra en la frente del santo, un poco más arriba de donde se encuentran las cejas. Está creciendo. La manchita se vuelve un punto. El punto es un ojo. Entonces siento uno en mi propia frente, en el mismo lugar, pero no estoy segura de seguir siendo Holly Sykes, no exactamente, aunque, si no soy yo, ¿quién más podría ser? Me sale algo del punto de entre los ojos que se pone a rondar por ahí. Si miro directamente, se va, pero si aparto la vista, es como una especie de pequeño planeta brillante. Luego sale otro, y otro, y otro. Cuatro resplandores. Noto el sabor del té verde. Después hay como bombas que explotan y la señorita Constantin aúlla y tiene las manos como garras, pero ha salido volando, una luz azul que chasquea como un látigo la manda rodando por la mesa. La boca del santo está abierta, repleta de dientes de animales, gritos metálicos y gemidos de piedra. Aparecen figuras y sombras, como si fuese un espectáculo de sombras chinescas en la mente de alguien que se está volviendo loco. Un hombre mayor se sube de un salto a la mesa. Tiene ojos de piraña, rizos negros, la nariz rota, un traje negro y desprende un extraño resplandor color índigo, como si fuera radioactivo. Ayuda a la señorita Constantin a levantarse, y ella tiende un dedo de uña plateada hacia mí. Unas llamas negras y un estruendoso rugido como de motor llenan la habitación, y no puedo ni huir ni defenderme, y ni siquiera veo nada, así que lo único que p

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