Papá Berromuerto despierta de la siesta que ha hecho de pie, ancho como una hectárea, y se rasca los posos soñolientos de bitumen, que brillan colmados por pegotes de basura líquida. Se tumba a escuchar los himnos de la tierra (no le llega ninguno, así que se pone a tararear), a continuación se encoge, se rasga una boca con la anilla oxidada de una lata y sorbe una piel húmeda de mantillo rico en ácidos y detritívoros afrutados. Se quiebra y se tambalea, se divide y se recompone, expectora una maceta de plástico y un condón petrificado, se interrumpe brevemente como una bañera de fibra de vidrio hecha añicos, tropieza y se arranca la máscara, se palpa la cara y la descubre hecha de botellas de ácido tánico enterradas tiempo ha. Desechos victorianos.
Irascible, Papá Berromuerto no debería dormir jamás por la tarde; ahora ignora quién es.
Desea matar algo, así que se pone a cantar. Suena lento, para nada como las burbujas que una ola de calor hace brotar en el pavimento. Le lleva una hora de sudores esbozar una sonrisa. Se anima, comienza a charlar con voz de idiota cultivado con las alas apergaminadas y con sus subalternos subcorticales, con las marcas que él mismo dejó allí el año anterior, con ratones y alondras, topillos y ciervos, con el peculiar recuerdo que le dice que es un ser de ciclos fiables, que forma parte del currículo campestre. Una y otra vez se cambia de lúgubre disfraz mientras sortea los árboles entre crujidos, goteos y maldiciones. Avanza algunos metros como un ingeniero de chaleco fluorescente. Da un paso vestido de esmoquin, el siguiente como un refugio antiaéreo del tipo Anderson, otro con chándal, luego como una capota de jeep oxidada, a continuación es una falda de cuero, pero nada acaba de funcionar. Se detiene como un tubo de escape, se retuerce para adoptar la forma de un cepo de conejos, luego una ortiga meada y un cordero rosa estrangulado. Coge un mirlo al vuelo y le parte el pico amarillo. Se asoma al rostro desgarrado como si se tratara de un estanque de aguas limpias. Lanza el ave a través del estadio forestal, se pone en pie desnudo de árboles, frondoso, estampa contra el suelo los pies azulados por la acción de los hongos cromógenos. Su cuerpo es una armadura hecha de corteza que lleva grabadas en su superficie las iniciales de amantes adolescentes tiempo ha fallecidos. Atraviesa el bosque con paso firme, completamente despierto, con hambre en los oídos.
Solo hay algo que pueda alegrarle el día al huraño Berromuerto, y ese algo es alimentar sus oídos.
Se desliza por el terreno a la velocidad exacta del ocaso y llega a su lugar preferido. Esponjado en la penumbra, el pueblo se incorpora hermoso para darle la bienvenida. Se sube a la verja que encierra al ganado. Es invisible y paciente y tiene más o menos el tamaño de una pulga. Se queda quieto.
Escucha.
Aquí llega.

El sonido de los humanos, ligado a su interés, arrastrándose campo a través, succionado por su imperiosa necesidad.

Qué maravilla.

Un delicioso momento del día.

Ahora le envuelve, se asoma a su interior y tira de los hilos con delicadeza, es el director de orquesta que extrae el sonido de sus músicos,

con destreza, sin prisas, con la misma lentitud con que el tiempo inflige la muerte a un organismo, poco a poco, escuchando. Oye cómo ese pueblo suyo se voltea camino de la hora de acostarse,


Papá Berromuerto exhala, se relaja,
se repantinga contra los tablones de la cerca,
sonríe y se deja empapar por ella, su sinfonía inglesa,

* Jerga para referirse a la teleserie Eastenders. Significa «borrachera» o «bujarrón». (N. del T.)

se zambulle en su interior, la engulle, se deja envolver por ella, se la restriega por todo el cuerpo, se la embute por cada uno de sus agujeros, hace gárgaras, juega, hace una pausa y araña, lame y sorbe a su son, desea sentirlo burbujeando en la lengua, este lugar suyo,


Papá Berromuerto mastica los ruidos del lugar en espera de su sabor favorito, pero aún no ha llegado a él,

y entonces lo oye, claro y verdadero, el encantador sonido de su preferido.
El niño.
Tendría cabeza de delfín y alas de
peregrino, sería un animal avisa-tormentas,
controlaría el clima mientras dormimos.
Papá Berromuerto se envuelve en sus brazos de alerce enfermo y un hilo de baba de cuco le recorre el mentón. Sonríe. ¡Cabeza de delfín y alas de peregrino! Le invade un anhelo quirúrgico, desea abrir el pueblo en canal y sacar al niño de allí. Extraerlo. Joven y anciano a la vez, espejo y llave. Un animal avisa-tormentas, controlaría el clima… Escucha al niño durante un rato, sus pensamientos mientras se mete en la cama, las palabras de buenas noches que le dedica a su madre, el flujo entre su mente despierta y el sueño visionario. Entonces, Papá Berromuerto abandona su posición y se aleja riéndose entre dientes, haciendo tintinear sus diversas pieles, vestido con un abrigo de lona crepuscular, ebrio de pueblo, rebosante de sensaciones, estremecido ante la idea de que una cosa lleva a la siguiente una y otra vez, constantemente, sin que exista nada parecido a un final.
MAMÁ DE LANNY
Me llegó el sonido de una canción,
cálido en su aliento de criatura.
El cantarín de mi hijo,
que me traía regalos.
Un segundo o dos antes de caer en la cuenta de que no es él.
¿Lanny?
PAPÁ DE LANNY
Me siento en la oficina, en la ciudad, y la idea de que él exista a sesenta minutos de viaje en tren desde donde estoy, de que no deje de dar la tabarra con lo que le sucede a lo largo del día en el pueblo, de que traslade su extraño cerebro arriba y abajo, me parece completamente imposible. Se me hace insólito, cuando estoy en el trabajo, que tengamos un niño y que ese niño sea Lanny. Si mis padres estuvieran aquí seguramente dirían No, Robert, lo has soñado. Los niños no son así. Duérmete otra vez. Ponte a trabajar.
El informe escolar dijo: «Lanny tiene un don natural para la cohesión social. A menudo sabe calmar la tensión de la clase con una broma oportuna o con una canción». Puedo ver, objetivamente, que debe de ser así. Me suena a Lanny. Pero ¿de dónde han salido esos dones? ¿Yo también los poseo? ¿Qué o quién se supone que debe gestionar y controlar a Lanny y sus dones? Ay, joder, nosotros. ¿Quién puede tener hijos y no volverse completamente majara?
«Lanny está especialmente dotado para el lenguaje, y su acróstico sobre Tarka, la nutria para el Día Internacional del Libro llegó a ojos del director y mereció el adhesivo del olmo dorado a la excelencia en etapas avanzadas.»
¿Cómo? Pero ¿de qué me estáis hablando? Yo quiero mi adhesivo.
PETE
Por aquella época me gustaba buscar esqueletos de cosas muertas y limpiarlos. Aves, principalmente. Los desmontaba, los cubría con una capa de pan de oro, los volvía a montar de manera equivocada y los colgaba en estructuras de alambre. Pequeñas esculturas móviles de pájaros contrahechos. Hice una docena o así. La galería quería algo que se pudiera exhibir. Que se pudiera vender.
También hacía moldes con diferentes tipos de corteza. Los colocaba en cajas con textos en pedacitos de papel.
Algunos dibujos. Algunos grabados medianamente decentes. Series. Cosas discretas.
Ella se presentó una mañana en el estudio y me trajo una rama con dos brazos perfectos. Había visto la talla de un hombre hecha por mí.
Habíamos pasado de charlar de vez en cuando por la calle a que se viniera a tomar el té una o dos veces por semana. A veces con Lanny, a veces ella sola. Apenas llevaban un año o dos viviendo en el pueblo.
Había visto la versión en bruto de un hombre que yo había hecho, un Cristo sin su cruz, y se le había ocurrido la posibilidad de que hiciera otro a partir de aquella rama tirada.
Eres de lo más amable, le dije.
Es un placer, Pete, me dijo.
Ella me gustaba. Tenía conversación. Era cálida, mostraba buen ojo para las cosas. A menudo le enseñaba mi trabajo y ella respondía con frases inteligentes. Me hacía reír, pero también sabía cuándo debía largarse. Parecía saber cuándo yo no tenía el día sociable.
Era actriz, había actuado en teatro, algo de televisión. Me contaba historias sobre todo eso. Sobre la de capullos que había en ese negocio. Nada me parecía terriblemente alejado del mundo del arte de aquella época.
No echaba de menos su trabajo como actriz, pero a veces se aburría, cuando Lanny se iba a la escuela, cuando su marido se iba a la ciudad. Estaba escribiendo un libro, me contó. Una novela de suspense y asesinatos.
Suena horriblemente sangriento, dije.
Es de lo más sangrienta y horrible, dijo, pero es electrizante.
A menudo se sentaba a mi lado mientras yo trabajaba. Sin que yo lo supiera, había comprado una de mis piezas en la galería. Una de las buenas, un bajorrelieve de gran tamaño. Le dije que le habría hecho precio de amigo en caso de haberlo sabido y ella dijo: Exactamente, Pete.
Me gustaba.
Solía ponerse a juguetear con cualquier cosa que hubiera por ahí.
Trozos de alambre. Un lápiz. Unas ramitas.
Haz algo, por favor, le dije una vez.
Oh, no, soy una inútil con las artes visuales, dijo ella.
Y recuerdo haber pensado que era muy extraño y triste que dijera algo así.
Una inútil con las artes visuales.
Alguien debía de haberle dicho algo para que esa idea se le quedara clavada.
Pensé en mi madre. Alguien le dijo una vez, cuando era muy joven, que no sabía entonar. Así que a lo largo de toda su vida jamás cantó ni silbó. No sé cantar, decía.
No fue hasta mucho después de su marcha cuando reconocí lo absurdo de aquella idea. «No sé cantar.»
Así que está sentada a mi mesa, haciendo una montañita con el liquen desmenuzado, mientras charlamos sobre esa monstruosidad que es el nuevo cubo de cristal que están construyendo en Sheepridge Hill.
La observo.
Primero lo ordena. Lo aplana. Lo divide en dos. Usa el pulgar y el índice para formar dos líneas. Acerca y aleja las dos líneas para obtener una hilera de dientes de color gris verdoso. Lo aplasta con la mano para que se transformen en un rectángulo y se sirve de la uña para limpiar sus bordes, y a continuación dibuja un círculo perfecto en el medio de la figura con un dedo humedecido.
Una inútil con las artes visuales pero ahí está, sentada, desplazando una montañita de musgo seco para darle media docena de formas encantadoras, haciendo dibujos con gesto ausente sobre la mesa de mi cocina.
Levanta la mirada y dice que es consciente de que estoy muy ocupado y que soy famoso, pero si no sería una idea demasiado ridícula que pudiera darle clases de arte al pequeño Lanny.
Clases de arte: mis cojones, pensé.
Le contesté que, por mucho que me gustara el crío y disfrutara de las charlas que mantenía con él, no se me ocurría nada peor que dar clases de arte.
Soy un cabronazo triste y solitario que apenas puede sostener el lápiz, le dije.
Y ella se rio, y dijo que lo entendía, y entonces se quedó frita de aquella manera tan agradable que tenía. Receptiva a la luz, la llamaría yo. Era de ese tipo de personas que tienen un pequeño extra de semejanza con el clima si las comparas con la mayoría de la gente, que están hechas con los mismos átomos que la tierra de manera más evidente que el común de la gente a día de hoy. Lo cual explica a Lanny.
Así que se marchó, aquella mañana, y yo me senté y respiré la atmósfera de su visita y pensé mucho en las mujeres cuando se van haciendo mayores, y entonces eché de menos a mi madre, y a mi hermana, y a algunas mujeres a las que he conocido, y coloqué con cuidado pequeños copos de oro sobre el cráneo de un petirrojo y me puse a tararear «Old Sprig of Thyme» para mí mismo.
MAMÁ DE LANNY
Me llegó el sonido de una canción,
cálido en su aliento de criatura,
y él se acurrucó contra mí, se subió a mi regazo,
se envolvió alrededor de mi cuello.
Dije: Lanny entra por la izquierda del escenario, cantando, huele muy fuerte a pino y a otras cosas agradables.
Pensé: Por favor, no crezcas demasiado para estos abrazos, mi bebito geotérmico.
PAPÁ DE LANNY
Si tomo el de las 7.21 me pierdo el desayuno con Lanny, pero evito a Carl Taylor y generalmente consigo asiento. Si tomo el de las 7.41 veré a Lanny pero Carl Taylor dará conmigo en el andén y tendré que oírle hablar sobre Susan Taylor y lo listas que son las chicas Taylor y las materias que están preparando para el título de la secundaria, y probablemente tendremos que ir de pie, alguna axila, alguna bicicleta plegada, el farragoso hilo de noticias de Carl Taylor mezclado con la música metálica procedente de los auriculares de alguna persona.
Bajo por la calle que lleva al pueblo, tomo la depresión del cruce bien y rápido para sentir cómo se me bambolea la barriga, subo por Ghost Pilot Lane, cruzo Ashcote, un doble carril que me conduce directamente al pueblo. Asumiendo que no haya tractores ni ciclistas, puedo llegar a la estación en menos de veinte minutos. Mi récord personal son catorce. Si reduzco la velocidad en Ghost Pilot Lane puede que haya algún ciervo en la carretera y que me detenga un minuto a contemplarlo. O puedo hacer sonar la bocina para advertirle de mi llegada y ponerme a 120 o 130, las ventanillas bajas para despertarme con el estallido de aire y para disfrutar del coche. El caso es que más me vale disfrutar del coche, que me costó lo suyo y se ha pasado la mayor parte de su vida aparcado, esperándome.
A veces, cuando conduzco rápido, dispongo de cinco minutos en el aparcamiento de la estación y me siento a hablar con el vehículo. Gracias, le digo. Ha sido un placer hacer negocios con usted. Bien hecho, colega. Bucéfalo, pedazo de belleza, eres el mejor caballo de la historia. En eso consiste tener que viajar cada día para ir al trabajo. En los pequeños placeres que puedas sonsacarle a la rutina si te la tomas como un juego. Los pequeños trucos del hombre de campo a tiempo parcial. Puede destrozarte el alma. Puede ser un tanto detestable. No lo sé.
Tengo un dibujo hecho por Lanny pegado encima del escritorio. Soy yo con una capa, volando por encima del perfil de una ciudad, y dice: «¿Adónde va papá cada día? Nadie lo sabe».
MAMÁ DE LANNY
Pete llamó a la puerta.
Había superado a la vieja Peggy sin el menor interrogatorio.
Felicidades, Pete, pero ya te pillará a la salida. Le preocupa que la gente pueda darle de comer a los milanos. ¿Una taza de té?
Él bajó la mirada hacia sus botas y se estiró la barba.
No me la tomaré. Pero mira. Después de que te fueras la otra noche me quedé pensando. Me quedé pensando que soy un cabronazo triste y solitario, y en qué existe sobre la faz de la tierra que pueda impedir que lo sea de este modo. No se me ocurre quÃ
