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Guy BassIlustraciones de Pete WilliamsonTraducción de V. M. García de Isusi




¿Que cuánto te amo? Deja que las maneras enumere.Te amo por tu veneno y porque mirada de hielo tienes.¿Que cuánto te amo? Deja que tus ocelos cuente.Tienes ocho, igual que patas,y eso disfrazarlo nadie puede.¿Que cuánto te amo? Deja que tus dientes cuente.¡Ay, querida, qué mordisco me has dado!debe tocarte ya que meriendes.¿Que cuánto te amo? Deja que esta oda redondee.Tu veneno empieza a surtir efecto,dudo que mucho tiempo me quede.¿Que cuánto te amo? Deja que los ojos cierre...No puedo imaginar un día mejorque ese en el que con arañas sueñe.ODa a la araÑa


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BienVeniDo a
TARADOS
DE ARRIBA
(Población 643)En algún momento entrelos viejos tiempos y antaño7



EN
MITAD
DE
LA
NOC
HE
(Más chiflado que una cabra)elucuBración n.º 13:«¡No se permiten visitas!».Sacado de Escritos ocasionalmente científicos del profesor Erasmus Erasmo.PróloGo

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—¡D
iosescristo! ¡Cuidado!El carruaje rodaba con urgencia por la calle, encharcada por la lluvia, y los caballos soltaban nubes de aliento al ritmo de los latigazos que les daba el anciano cochero desde el pescante. —¡Lo siento muchísimo! ¡Os pido disculpas!¡Pero haced el favor de quitaros de en medio! ¡Mis más sinceras disculpas! ¡Que paso! —les gritaba a voz en cuello a los pueblerinos, que se apartaban aterrados mientras el vehículo se abría camino por el pueblo.Una anciana que mecía a una niña en sus brazos pegó un salto para ponerse a salvo y aterrizó en un charco profundo a un lado de la calle.—¡Cochina cabra podrida! ¡Casi despachurras a mi nieta! —bramó la mujer, tras lo que comprobó que la niña estaba bien y recogió del charco una muñeca empapada.—¡Mil perdones, señora! —se disculpó el 

cochero mientras el carruaje salía de la población a toda prisa.—¡Métete los perdones por donde te quepan! —le gritó la mujer, que movió la cabeza de lado a lado y le ofreció la muñeca a su nieta—. ¿Ves, Arabella? Esto es lo malo de las personas hoy en día... que no muestran respeto. Por eso, te recomiendo que te defiendas a patadas


12primero y grites que te están agrediendo después. —¡Patada! —chilló la niñita.—¡Oooh, tu primera palabra! —la arrulló la abuela.El carruaje subió la colina bajo la lluvia torrencial. El anciano aguzaba la vista en la oscuridad. Ante él se alzaba una estructura siniestra e imponente... el castillo.—¡Ahí está! ¡Lo hemos conseguido! —exclamó.Nada más llegar, bajó de un salto y se apresuró hacia la Gran Puerta, a la que llamó con ambas manos, llorando.—¡Erasmus! ¡Erasmus! ¡Soy yo! ¡Abre la puerta, te lo suplico! ¡De hecho, insisto con educación!La pausa que siguió a sus palabras fue más larga de lo que cabría esperar hasta para el


13másinaccesible de los castillos. Por fin, desde el interior le llegó un grito:—¡No se permiten visitas!—¡Por favor, sé tan amable de dejarme entrar! ¡Soy yo! —replicó el anciano.—¿Yo?—¡Tú no, yo!—¿Tuno? ¿Qué tuno?—¡Tuno, no, diosescristo! ¡Soy Edmund! ¡Déjame entrar! —insistió el anciano.El silencio que siguió a aquellas palabras lo rompió, al rato, la voz que salía de detrás de la puerta:—¿Qué es lo que quieres?—¡Necesito tu ayuda, por lo que más quieras! Por favor, sé bueno y abre ¡o por mis calzoncillos congelados que me veré obligado a llamar de nuevo a la puerta!—¿Ayuda? ¡Yo no ayudo a nadie! —respondió la voz siseando, como si ni siquiera entendiese lo que significaba la palabra—. ¡Soy un


14profesor chiflado! ¡Ayudar no tiene nada de chiflado! —¡Ten por seguro que lo que voy a pedirte es de lo más chiflado! ¡Requetechiflado! ¡Más chiflado que una cabra! —insistía el anciano—. ¡Te lo imploro, por lo que más quieras, abre la puerta! ¡Por favor!Tuvo lugar otra pausa. El anciano tiritaba bajo la lluvia. Por fin se oyó el «clonc» y el «chirrinc» de la Gran Puerta al abrirse. Por ella salió un hombre con bata blanca y larguirucho como un lagarto al que iluminó la luz de la luna mientras se frotaba las manos con frenesí. —Ya di vida a una cabra chiflada la semana pasada —respondió con desdén—. Bueno, ¿qué quieres? ¡Suéltalo ya, que estoy en el punto crucial de mi experimento chiflado! Tienes diez segundos para explicarte o te daré con la puerta en las narices. ¡Jua, jua!—Con cinco me vale.


El anciano fue a la parte de atrás del carruaje, de la que volvió tambaleándose bajo la lluvia con algo en brazos. Fuera lo que fuera, estaba envuelto con una manta y era casi del mismo tamaño que él.—¿Qué es eso? —siseó el profesor mientras extendía el brazo y levantaba la manta.


16No tardó ni un instante en darse cuenta de que se trataba de un cadáver.—Te pido que hagas lo imposible. Te pido que le devuelvas la vida.El profesor puso los ojos como platos y el anciano permaneció tiritando bajo la lluvia. Por fin, en el rostro del profesor se dibujó una sonrisa chiflada, llena de dientes.—Pero ¿por qué no lo has dicho antes? Adelante... Voy a poner la tetera al fuego. ¡Jua, jua, jua, jua! ¡Jua, jua, jua, jua!


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DIEZ AÑOS
DES
PUÉS




caPítulo uno
EL REY DEL
C
AS
TILLO
(¡Cuidado los de abajo!)Aliviasangre Tónico antivampíricoPara tratar el antojo de sangre crónico o persistente. Dos cucharadas por la noche hasta que el ansia desaparezca. (Advertencia: puede causar la caída de los colmillos.)
