Tejer el alba

Elizabeth Lim

Fragmento

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CAPÍTULO 1

Una vez tuve tres hermanos.

Finlei era el mayor, el valiente. Nada le asustaba: ni las arañas, ni las agujas ni una zurra de Baba con el bastón. Era el más rápido de los cuatro, tanto que podía cazar una mosca utilizando solo el pulgar y un dedal. Pero su coraje conllevaba un anhelo de aventuras. Detestaba tener que trabajar en nuestro taller, malgastar la preciosa luz del sol cosiendo vestidos y remendando camisas. Además, era descuidado con la aguja; siempre llevaba los dedos vendados a causa de los pinchazos y estropeaba sus trabajos con puntadas desiguales. Unas puntadas que yo debía deshacer y rehacer para salvarlo de los sermones de Baba.

Finlei no tenía paciencia para llegar a ser sastre como Baba.

Sendo sí la tenía, pero no para coser. Mi segundo hermano era el poeta de la familia y lo único que le gustaba hilvanar eran las palabras, especialmente sobre el mar. Contaba historias acerca de las hermosas prendas de Baba con tan exquisito detalle que todas las señoras de la ciudad se peleaban por comprarlas, pero luego descubrían que no existían.

Como castigo, Baba lo hacía sentarse en el embarcadero que había detrás del taller a extraer hilo de los capullos de gusano de seda. A menudo me escapaba para sentarme con él y escuchar sus historias sobre lo que había más allá de aquel interminable horizonte de agua.

—¿De qué color es el océano? —me preguntó Sendo en una ocasión.

—Azul, tonto. ¿Qué más?

—¿Cómo vas a ser la mejor costurera de A’landi si no conoces los colores? —Sendo negó con la cabeza y señaló el agua—. Mira otra vez. Mira al fondo.

—Zafiro —dije, estudiando las suaves crestas y depresiones del océano. El agua centelleaba—. Zafiro, como las piedras que lleva lady Tainak alrededor del cuello. Pero hay tonos de verde... verde jade. Y la espuma se arremolina como si fueran perlas.

Sendo sonrió.

—Eso está mejor. —Me rodeó con el brazo y me apretujó contra él—. Algún día, tú y yo surcaremos los mares y verás el azul en todo el mundo.

Gracias a Sendo, el azul era mi color favorito. Pintaba el blanco de mis paredes cuando abría la ventana cada mañana y veía el mar resplandecer bajo la luz del sol. Zafiro o cerúleo. Azul celeste. Añil. Sendo me entrenó la vista para que distinguiera las variedades de color y apreciara desde el marrón más apagado hasta el rosa más vivo, cómo la luz podía insuflar mil posibilidades a algo.

Sendo anhelaba el mar, no ser sastre como Baba.

Keton era mi tercer hermano y el más cercano a mí por edad. Sus canciones y chistes hacían reír a todos, estuvieran del humor que estuvieran. Siempre se metía en líos por teñir nuestras telas de verde en lugar de púrpura, por pisar con las sandalias sucias nuestros vestidos recién planchados, por olvidarse de regar las moreras y por no tejer nunca hilo suficientemente fino para que Baba hiciera un jersey. El dinero se le escurría entre los dedos como si fuera agua. Pero Keton era el favorito de Baba, aunque no tuviera disciplina para ser sastre.

Luego estaba yo, Maia, la hija obediente. Mis primeros recuerdos son de cuando me sentaba con Mama mientras ella trabajaba con la rueca y oía a Finlei, Sendo y Keton jugando fuera mientras Baba me enseñaba a enrollar el hilo de Mama para que no se enredara.

Yo sí anhelaba ser costurera: aprendí a enhebrar agujas antes de saber caminar y a trazar líneas perfectas antes de saber hablar. Me encantaban mis bordados y era feliz aprendiendo la profesión de Baba en lugar de salir con mis hermanos. Además, cuando Finlei me enseñaba a pelear y disparar flechas, casi siempre erraba el blanco. Aunque me empapé de los cuentos de hadas y las historias de fantasmas de Sendo, nunca fui capaz de explicar una. Y siempre mordía el anzuelo con las bromas de Keton por más que mis hermanos mayores me advirtieran.

Baba me decía orgulloso que había nacido con un aguja en una mano y unas tijeras en la otra, que si no hubiera sido niña, tal vez me habría convertido en el mejor sastre de A’landi, buscado por mercaderes de una costa del continente a la otra.

—El valor de un sastre no se mide por su fama, sino por la felicidad que provoca —dijo Mama al ver lo mucho que me habían decepcionado las palabras de Baba—. Tú mantendrás unidas las costuras de nuestra familia, Maia. Ningún otro sastre en el mundo puede hacerlo.

Recuerdo que sonreí. En aquel momento yo solo quería que mi familia estuviera siempre feliz y unida.

Pero entonces Mama murió y todo fue distinto.

Vivíamos en Gangsun, una importante ciudad de la Gran Ruta de las Especias, y nuestro taller ocupaba media manzana. Baba era un sastre muy respetado y conocido en el sur de A’landi. Pero llegaron malos tiempos para nosotros, y la muerte de mi madre abrió la primera fisura en la férrea voluntad de Baba.

Empezó a beber mucho; era una manera de ahogar las penas, decía. Aquello no duró demasiado. Debido a la tristeza, la salud de Baba se deterioró tanto que era incapaz de digerir cualquier tipo de alcohol. Empezó a trabajar en el taller, pero nunca volvió a ser el mismo.

Los clientes se percataban de la pérdida de calidad de las hechuras de mi padre y se lo mencionaban a mis hermanos. Finlei y Sendo nunca se lo dijeron; no se atrevían. Pero años antes de la Guerra de los Cinco Inviernos, cuando yo tenía diez, Finlei convenció a Baba para que nos fuéramos de Gangsun y nos instaláramos en un taller en Puerto Kamalan, la pequeña ciudad costera situada cerca de la Ruta. El aire fresco del mar sería bueno para él, insistió.

Nuestro nuevo hogar ocupaba la esquina de las calles Yanamer y Tongsa, delante de una tienda que vendía unos fideos artesanales tan largos que podías saciarte con uno solo y de una panadería con los mejores bollos al vapor y pan de leche del mundo. Al menos eso nos parecía a mis hermanos y a mí cuando teníamos hambre, cosa que ocurría a menudo. Pero lo que más me gustaba eran las hermosas vistas del océano. A veces, mientras contemplaba las olas adentrándose en los embarcaderos, rezaba en secreto para que el mar sanara el corazón roto de Baba como poco a poco estaba haciendo con el mío.

El negocio iba mejor en verano e invierno, cuando todas las caravanas que viajaban de Este a Oeste por la Gran Ruta de las Especias hacían un alto en Puerto Kamalan para disfrutar de nuestro clima templado. El pequeño taller dependía de un suministro continuado de añil, azafrán y ocre para nuestros tintes. Era una ciudad pequeña, así que no solo confeccionábamos prendas, sino que también vendíamos telas e hilos. Hacía mucho tiempo que Baba no creaba un vestido digno de una gran dama, y cuando empezó la guerra tampoco había demasiado negocio.

El infortunio nos persiguió hasta nuestro nuevo hogar. Puerto Kamalan estaba tan lejos de la capital que pensé que mis hermanos nunca serían reclutados para la guerra civil que arrasó A’landi. Pero las hostilidades entre el joven emperador Khanujin y el shansen, el señor de la guerra más poderoso del país, no daban señales de amainar, y el emperador necesitaba más hombres para su ejército.

Finlei y Sendo eran mayores de edad, así que fueron los primeros en ser reclutados. Por aquel entonces yo era tan joven que la idea de ir a la guerra me resultaba romántica y tener dos hermanos soldados era honorable.

La víspera de su marcha yo estaba fuera pintando una franja de algodón blanco. Las flores de los melocotoneros que bordeaban la calle Yanamer me hacían estornudar y me derramé lo que quedaba del costoso añil de Baba encima de la falda.

Finlei se rio de mí y me limpió las gotas de pintura de la nariz.

—No te pongas nerviosa —dijo mientras yo intentaba salvar toda la pintura que pudiese.

—¡Cuesta ochenta jens la onza! ¿Y quién sabe cuándo volverán los mercaderes? —murmuré, frotándome aún la falda—. Empieza a hacer demasiado calor para que crucen la Ruta.

—Entonces te compraré un poco durante mis viajes —respondió Finlei, que me cogió de la barbilla—. Cuando sea soldado, veré todo A’landi. A lo mejor soy general cuando vuelva.

—¡Espero que no tardes tanto! —exclamé.

Finlei recobró la sobriedad. Puso una mirada triste y me apartó un mechón que el viento había arremolinado.

—Cuídate, hermana —dijo con una voz que irradiaba humor y tristeza a la vez—. No trabajes tanto como para...

—Convertirte en la cometa que no vuela nunca —acabé la frase por él—. Lo sé.

Finlei me tocó la mejilla.

—Vigila a Keton. Asegúrate de que no se mete en líos.

—Y cuida también de Baba —añadió Sendo, que apareció detrás de mí. Había arrancado una flor de los árboles que había delante de nuestro taller y me la colocó detrás de la oreja—. Y trabaja en tu caligrafía. Volveré pronto para cerciorarme de que ha mejorado. —Me alborotó el pelo—. Ahora eres la mujer de la casa.

Agaché la cabeza obedientemente.

—Sí, hermanos.

—Me haces parecer un inútil —terció Keton.

Baba estaba gritándole para que acabara sus tareas y él se encogió de miedo.

Finlei esbozó una sonrisa.

—¿Puedes demostrar que no lo eres?

Keton se apoyó las manos en las caderas y todos nos echamos a reír.

—En el ejército visitaremos lugares lejanos —dijo Sendo poniéndome la mano en el hombro—. ¿Qué quieres que te traiga? ¿Tintes de Gangseng occidental, quizás? ¿O perlas de Puerto Majestuoso?

—No, no —respondí—. Yo solo quiero que volváis los dos sanos y salvos.

Entonces hice una pausa y Sendo me dio un ligero codazo.

—¿Qué te pasa, Maia?

Tenía las mejillas coloradas y me miré las manos.

—Si veis al emperador Khanujin —dije—, hacedle un retrato, ¿vale?

Finlei empezó a reírse sacudiendo los hombros.

—Así que las chicas del pueblo te han dicho lo guapo que es, ¿eh? Todas aspiran a ser una de las concubinas del emperador.

Estaba tan avergonzada que no podía mirarlo.

—No tengo ningún interés en ser concubina.

—¿No quieres vivir en uno de sus cuatro palacios? —preguntó Keton con malicia—. Según me han dicho, tiene uno para cada estación.

—Keton, ya basta —intervino Sendo.

—A mí me dan igual sus palacios —dije, y me volví hacia Sendo. Sus ojos irradiaban bondad. Siempre había sido mi hermano favorito y sabía que él me entendía—. Quiero saber cómo es para ser su sastre algún día. Un sastre imperial.

Keton puso una mueca de desdén al oír mi confesión.

—¡Tienes tantas posibilidades de eso como de ser su concubina!

Finlei y Sendo le lanzaron una mirada fulminante.

—De acuerdo —prometió Sendo, tocándome las pecas de la mejilla. Éramos los dos únicos de la familia que las tenían, como resultado de las horas que pasábamos soñando despiertos bajo el sol—. Un retrato del emperador para mi talentosa hermana Maia.

Le di un abrazo, y aunque sabía que mi petición era una tontería, tenía la esperanza de que me lo trajera.

Si hubiera sabido que sería la última vez que estaríamos todos juntos, no habría pedido nada.

Dos años después, Baba recibió la noticia de que Finlei había muerto en combate. El emblema imperial al pie de la carta era tan rojo como la sangre recién derramada y lo habían estampado con tanta premura que los caracteres del nombre del emperador Khanujin estaban borrosos. Incluso meses después, aquel recuerdo me hacía llorar.

Y entonces, una noche, sin previo aviso, Keton escapó para alistarse en el ejército. Tan solo dejó una nota escrita rápidamente encima de mi colada matinal, consciente de que sería lo primero que vería cuando despertara.

He sido un inútil demasiado tiempo. Voy a buscar a Sendo y lo traeré a casa. Cuida de Baba.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y arrugué la nota en el puño. ¿Qué sabía él de combatir? Igual que yo, era delgado como un palo y apenas tenía fuerza para resistir una ráfaga de viento. No era capaz de comprar arroz en el mercado sin que lo estafaran y siempre intentaba resolver las peleas hablando. ¿Cómo iba a sobrevivir a una guerra?

También estaba enfadada porque no podía ir con él. Si Keton se consideraba un inútil, ¿qué era yo? No podía luchar en el ejército. Y, pese a las horas que había pasado creando nuevas puntadas y diseños para vender, nunca me convertiría en un maestro de la sastrería. Nunca podría tomar las riendas del taller de Baba. Era una chica. A lo máximo que podía aspirar era a un buen matrimonio.

Baba nunca habló de la partida de Keton y durante meses no mencionó a mi hermano menor. Pero noté que se le habían quedado los dedos rígidos como piedras; ni siquiera podía separarlos lo suficiente para coger unas tijeras. Se pasaba el día contemplando el océano y yo me encargaba del decaído taller. Era yo quien debía revitalizar el negocio y asegurarme de que mis hermanos tuvieran un hogar al que volver.

Nadie tenía necesidad de sedas y satenes, sobre todo cuando nuestro país estaba devorándose a sí mismo desde dentro. Así que hacía camisas de cáñamo para los pescadores locales y para sus mujeres vestidos de lino, material que también utilizaba para arreglar los abrigos de los soldados que estaban de paso. Los pescadores nos daban cabezas de pescado y sacos de arroz a cambio de mi trabajo, y no me parecía adecuado cobrar a los soldados.

A final de mes ayudaba a las mujeres que estaban preparando sus regalos para los muertos, normalmente ropa de papel, que era difícil de tejer, y que quemaban delante de los santuarios en honor a sus antepasados. Cosía papel en los zapatos de los mercaderes y cuerdas con monedas en sus cinturones para mantener a raya a los ladrones. Incluso reparaba amuletos para los viajeros que así me lo pedían, aunque yo no creía en la magia. No en aquel momento.

Los días que no había trabajo y nuestras existencias de trigo y arroz eran peligrosamente bajas, cogía mi cesta de ratán y guardaba en ella unos cuantos ovillos, un rollo de muselina y una aguja, y me iba a recorrer las calles, preguntando de puerta en puerta si alguien necesitaba un remiendo.

Pero en el puerto atracaban pocos barcos. El polvo y las sombras envolvían las calles vacías.

La falta de trabajo no me preocupaba tanto como los incómodos encuentros que había empezado a soportar de camino a casa. Antes me encantaba entrar en la panadería que había delante del taller, pero eso cambió durante la guerra. Ahora, cuando volvía a la calle Yanamer, Calu, el hijo del panadero, estaba allí esperándome.

Calu no me caía bien. No era porque no estuviera en el ejército; no había superado la revisión médica imperial, así que no podía. Era porque, en cuanto cumplí dieciséis años, se le metió en la sesera que sería su esposa.

—Detesto verte mendigando trabajo de esa manera —me dijo un día.

Luego me indicó que entrara en la panadería de su padre. El aroma de los panes y los pasteles llegaba al exterior y se me hizo la boca agua al oler la levadura, la harina de arroz fermentada, los cacahuetes asados y las semillas de sésamo.

—Es mejor que morirse de hambre.

Calu se limpió la pasta de alubias rojas que tenía en la palma de la mano. El sudor le corría por las sienes y caía en el cuenco de masa que había encima de la mesa. Normalmente me habría hecho arrugar la nariz. Si su padre veía lo descuidado que era, le daría una buena reprimenda. Pero estaba demasiado hambrienta para preocuparme.

—Si te casaras conmigo, nunca pasarías hambre.

Su franqueza me resultaba incómoda y me atemorizaba la idea de que me tocara, de dar a luz a sus hijos, de que mis bastidores cogieran polvo y mi ropa estuviera pegajosa por culpa del azúcar. Contuve un escalofrío.

—Siempre tendrías mucho que comer. Y tu baba también. —Calu lo intentó de nuevo y se relamió. Al sonreír, mostró unos dientes amarillos como la mantequilla—. Sé lo mucho que te gustan los hojaldres de mi padre, sus panecillos al vapor con pasta de loto y sus bollos de coco.

El estómago me hacía ruido, pero no permitiría que el hambre dominara mi corazón.

—Por favor, deja de pedírmelo. Mi respuesta no va a cambiar.

Calu se enojó.

—Eres demasiado buena para mí, ¿verdad?

—Tengo que regentar el taller de mi padre —repuse, intentando ser amable—. Me necesita.

—Una chica no regenta un taller —dijo él, y abrió el cestillo para sacar la última hornada de bollos al vapor. Normalmente nos daba unos cuantos a Baba y a mí, pero aquel día no lo hizo—. Podrías ser buena costurera, la mejor de la aldea, pero ahora que tus hermanos están combatiendo con el emperador, ¿no ha llegado el momento de ser sensata y sentar la cabeza? —Me cogió la mano. Tenía los dedos mojados y llenos de harina—. Piensa en tu padre, Maia. Estás siendo egoísta. Podrías darle una vida mejor.

Aparté la mano, dolida.

—Mi padre jamás renunciaría a su taller.

Calu resopló.

—Tendrá que hacerlo, porque no podrás ocuparte tú sola. Has adelgazado, Maia. No creas que no me he dado cuenta. —Me miró con desdén. Mi rechazo lo había vuelto cruel—. Si me das un beso, te regalo un bollo.

Levanté la barbilla.

—No soy un perro.

—Ahora eres demasiado orgullosa para mendigar, ¿eh? Permitirás que tu padre se muera de hambre porque eres una engreída...

Me había cansado de oírlo. Salí de la panadería y crucé la calle a toda prisa. Cuando cerré la puerta del taller de Baba oí el rugido de mi estómago una vez más. Lo más duro era que sabía que estaba siendo egoísta. Debería casarme con Calu. Pero quería salvar a mi familia yo misma, tal como Mama dijo que haría.

Me apoyé en la puerta del taller. ¿Y si no podía?

Baba me encontró allí sollozando en silencio.

—¿Qué te pasa, Maia?

Me enjugué las lágrimas y me levanté.

—Nada, Baba.

—¿Calu ha vuelto a pedirte que te cases con él?

—No hay trabajo —dije esquivando la pregunta—. Hemos...

—Calu es un buen muchacho —respondió—, pero es solo eso: un muchacho. Y no te merece.

Baba se inclinó sobre mi bastidor y estudió el dragón que había tejido. Era difícil trabajar con algodón en lugar de seda, pero había intentado plasmar todos los detalles: las escamas, parecidas a las de una carpa, las garras afiladas y los ojos demoníacos. Noté que Baba estaba impresionado.

—Tú mereces más, Maia.

Me di la vuelta.

—¿Cómo voy a hacerlo? No soy un hombre.

—Si lo fueras, te habrían enviado a la guerra. Los dioses te protegen.

No le creí, pero, para tenerlo contento, asentí y me sequé las lágrimas.

Semanas antes de mi dieciocho cumpleaños llegaron buenas noticias: el emperador anunció una tregua con el shansen. La Guerra de los Cinco Inviernos había terminado, al menos por ahora.

Pero la alegría por la noticia no tardó en convertirse en tristeza, porque llegó otra carta con un sello rojo sangre.

Sendo había fallecido combatiendo en las montañas solo dos días antes de la tregua.

La noticia volvió a destrozar a Baba, que se arrodilló frente a su altar toda la noche, meciendo los zapatos que Mama había hecho para Finlei y Sendo cuando eran pequeños. Yo no recé con él. Estaba demasiado enfadada. ¡Los dioses podrían haber cuidado de Sendo dos días más!

Dos días más.

—Al menos la guerra no se ha llevado a todos mis hijos —dijo Baba con seriedad, y me dio una palmada en el hombro—. Debemos ser fuertes por Keton.

Sí, todavía quedaba Keton. Mi hermano menor volvió a casa un mes después de la tregua. Llegó en un carromato cuyas ruedas crujían sobre el camino de tierra. Con las piernas estiradas, el pelo corto y tan delgado que apenas era reconocible. Pero lo que más me sorprendió fueron los fantasmas que habitaban en sus ojos, los mismos ojos que en su día brillaban al gastar bromas y hacer travesuras.

—¡Keton! —exclamé.

Fui corriendo hacia él con los brazos abiertos y llorando de alegría. Entonces me di cuenta de por qué yacía apoyado en sacos de arroz y harina.

La tristeza me inundó la garganta. Mi hermano no podía caminar.

Me subí al carromato y lo rodeé con los brazos. Keton me abrazó, pero el vacío de sus ojos era evidente.

La guerra nos había arrebatado muchas cosas. Demasiadas. Pensaba que se me había endurecido suficientemente el corazón tras la muerte de Finlei y Sendo, que podría ser fuerte por Baba. Pero parte de mí se desgarró el día que regresó Keton.

Fui corriendo a mi habitación y me acurruqué apoyada en la pared. Cosí hasta que me sangraron los dedos y el dolor engulló los sollozos que estaban destruyéndome. Pero a la mañana siguiente me había recuperado. Tenía que cuidar de Baba. Y ahora también de Keton.

Cinco inviernos y había crecido sin darme cuenta. Ya era tan alta como Keton y tenía el pelo liso y negro como mi madre. Otras familias con chicas de mi edad contrataban a casamenteros para que les encontraran marido. La mía también lo habría hecho si Mama estuviera viva y Baba siguiera siendo un sastre próspero, pero esos tiempos habían quedado atrás.

Cuando llegó la primavera, el emperador anunció que tomaría por esposa a lady Sarnai, la hija del shansen. La guerra más sangrienta de A’landi acabaría con una boda entre el emperador Khanujin y la hija de su enemigo. Baba y yo no estábamos con ánimo para celebrarlo.

Aun así, era una buena noticia. La paz dependía de la armonía entre el emperador y el shansen. Yo tenía la esperanza de que una boda real aplacara sus desavenencias y trajera más visitantes a la Gran Ruta de las Especias.

Aquel día, envié el mayor pedido de seda que podíamos permitirnos. Fue una compra arriesgada, pero me sentía optimista. Necesitábamos clientes para mejorar la situación antes de la llegada del invierno.

Mi sueño de convertirme en sastre del emperador había quedado relegado a un recuerdo lejano. Ahora, nuestra única fuente de ingresos era mi habilidad con la aguja. Acepté que me quedaría para siempre en Puerto Kamalan, resignada a mi rincón en el taller de Baba.

Pero me equivocaba.

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CAPÍTULO 2

Una colcha de densas nubes grises recorrió el cielo, con sus costuras tan prietas que apenas veía la luz que brillaba detrás. Era un día plomizo, extraño para comienzos de verano, pero no llovió, así que continué con mi rutina matinal.

Llevaba una escalera debajo del brazo y me subí a ella para examinar las moreras que crecían en nuestro pequeño patio. Gusanos de seda blancos y larguiruchos se alimentaban de las hojas, pero aquel día no había capullos que recoger. Mis pequeños gusanos no producían gran cosa durante el verano, así que no me preocupaba demasiado que la cesta estuviera vacía.

Durante la guerra, la seda era demasiado cara y nuestro taller no producía suficiente para venderla, así que el negocio había consistido mayoritariamente en lino y cáñamo. Trabajar con aquellas telas bastas había mantenido mis dedos ligeros y mi arte vivo. Pero ahora que había acabado la contienda, tendríamos que volver a trabajar más con seda, y esperaba que mi pedido llegara pronto.

—Baba, voy al mercado —le dije—. ¿Quieres algo?

No hubo respuesta. Probablemente seguía durmiendo. Desde el regreso de Keton se quedaba rezando hasta tarde en el altar de la familia.

Nuestro pequeño mercado estaba más concurrido que nunca y los vendedores ambulantes no bajaban los precios. Me tomé mi tiempo para intentar evitar a cierta persona de camino a casa. Pero, como me temía, Calu estaba allí.

—Déjame ayudarte con eso —dijo, alargando el brazo hacia la cesta.

—No necesito ayuda.

Calu agarró el asa y tiró de ella.

—¿Quieres dejar de ser tan testaruda, Maia?

—¡Ten cuidado! ¡Lo vas a tirar todo!

En cuanto Calu cedió un poco, le arrebaté la cesta y entré corriendo en el taller. Luego cerré la puerta y saqué los productos que había comprado: fardos de lino y muselina, pequeñas libretas para hacer bocetos, unas cuantas naranjas, una bolsa de melocotones amarillo-rosados que me habían regalado unos vecinos, ojos de salmón (los favoritos de Baba), huevas de atún y un saco pequeño de arroz.

Me entretuve tanto manteniendo a raya a Calu que no había visto el carruaje aparcado al otro lado de la calle ni al hombre que esperaba en el taller.

Era corpulento y proyectaba una sombra alargada. Al observar su atuendo me fijé en el botón de latón que le faltaba en el abrigo de brillante seda azul. Solía prestar más atención a la ropa de la gente que a su cara.

Enderecé los hombros.

—Buenos días, señor —dije, pero él no tenía prisa en saludarme. Estaba demasiado ocupado mirando el taller con desdén y me ruboricé.

Detrás del mostrador había tela esparcida por el suelo y del estante para teñir colgaba una tira de algodón. Habíamos descartado cualquier ayuda externa hacía años y no teníamos dinero para contratar personal de limpieza. Yo ya no veía las telas de araña en las esquinas ni las flores de melocotón que el viento había metido por debajo de la puerta.

Finalmente, el hombre desvió su mirada hacia mí. Me aparté el pelo de los ojos y me eché la trenza por detrás del hombro para intentar estar más presentable. Después hice una reverencia, como si mis buenos modales pudieran compensar las deficiencias del taller. Volví a intentarlo.

—Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

El hombre se acercó al mostrador. En la faja llevaba un gran colgante de jade con forma de abanico y una borla roja gigantesca hecha de cordeles de seda.

Era un funcionario imperial, pero no llevaba la típica guerrera gris y azul marino que lucía la mayoría. No, era un eunuco.

¿Qué hacía allí un eunuco de Su Majestad?

Miré fijamente aquellos ojos abultados y la barba bien perfilada, que no lograba ocultar la desdeñosa mueca de sus labios.

El hombre levantó la barbilla.

—Eres la hija de Kalsang Tamarin.

Asentí. Tenía sudor en las mejillas después de haber estado en el mercado y el aroma de las naranjas que había comprado hizo que me rugiera con fuerza el estómago.

El eunuco arrugó la nariz y dijo:

—Su Majestad, el emperador Khanujin, reclama la presencia de tu padre en el Palacio de Verano.

Sorprendida, dejé caer la cesta al suelo.

—Mi... mi padre se siente muy honrado. ¿Qué desea de él Su Majestad Imperial?

El funcionario se aclaró la garganta.

—Tus familiares han ejercido de sastres de la corte durante muchas generaciones. Necesitamos los servicios de tu padre. Lord Tainak lo ha recomendado encarecidamente.

Se me aceleró el corazón e intenté recordar el vestido que le había hecho a lady Tainak. Sí, consistía en una chaqueta y una falda de la mejor seda con grullas y magnolias pintadas a mano. El pedido nos había venido muy bien durante el invierno y yo había racionado concienzudamente el pago para que pudiéramos comer durante semanas.

No necesitaba conocer los detalles para saber que aquel trabajo salvaría a mi familia. Mi sueño de coser para el emperador, olvidado desde hacía tanto tiempo, volvía a borbotear en mi interior.

—Ah, el vestido de lady Tainak —dije, mordiéndome la lengua antes de decir que era yo quien lo había hecho y no Baba. Era incapaz de contener el entusiasmo y la curiosidad—. ¿Qué clase de servicios requiere Su Majestad de mi padre?

El eunuco frunció el ceño ante mi osadía.

—¿Dónde está?

—Señor, mi padre se encuentra indispuesto, pero será un placer trasladarle las instrucciones de Su Majestad.

—En ese caso, hablaré con tu hermano.

Decidí hacer caso omiso de aquel insulto.

—Mi hermano ha vuelto recientemente de combatir en la Guerra de los Cinco Inviernos. Está descansando.

El eunuco se apoyó las manos en las caderas.

—Dile a tu padre que venga, chica, antes de que pierda la paciencia e informe de que ha ignorado insolentemente una citación del emperador.

Fruncí los labios, hice una rápida reverencia y fui corriendo a buscar a Baba. Como de costumbre, estaba arrodillado con sus finas varas de incienso en el pequeño altar situado junto al hornillo de la cocina, e hizo tres reverencias, una a cada una de las tres tallas de madera de Amana, la diosa madre.

Mama había pintado las estatuas de Amana cuando yo era niña. La había ayudado a diseñar los vestidos divinos de la diosa: uno del sol, uno de la luna y uno de las estrellas. Aquellas estatuas eran de las pocas pertenencias que conservábamos de Mama y Baba les rezaba cada día hasta altas horas de la noche. Nunca hablaba de Mama, pero yo sabía que la echaba muchísimo de menos.

No quería interrumpir su oración, pero no tenía alterativa.

—Baba —le dije, tirando de sus frágiles hombros—, ha venido a verte un funcionario imperial.

Acompañé a mi padre al taller. Estaba tan débil que se apoyó en mi brazo. Aduciendo que no tenía las piernas rotas, se negaba a utilizar bastón.

—Maestro Tamarin —dijo el eunuco con rigidez. La apariencia de Baba no le impresionó, y se notaba—. Su Majestad necesita un sastre. Me han ordenado que lo lleve al Palacio de Verano.

Intentando no morderme el labio, agaché la cabeza. En su estado, Baba no podría emprender ese viaje al Palacio de Verano. Me puse nerviosa, pues ya sabía lo que Baba iba a decir.

—Pese a lo mucho que me honra su presencia, no puedo ir.

Vi que el eunuco levantaba la barbilla con una expresión mezcla de incredulidad y desdén. Guardé silencio, consciente de que no debía interferir, pero mi agitación iba a más. No podíamos dejar pasar aquella oportunidad.

—Yo sí que puedo —dije justo cuando el enviado del emperador se disponía a hablar—. Conozco la profesión de mi padre. Fui yo quien tejió el vestido de lady Tainak.

Baba se volvió hacia mí.

—¡Maia!

—Sé coser —insistí—. Mejor que nadie. —Di un paso hacia la estantería de tintes. Encima había rollos con suntuosos bordados en los que había estado trabajando durante semanas y meses—. Mire mi trabajo...

Baba negó con la cabeza para indicarme que parara.

—Las instrucciones de Su Majestad Imperial fueron claras —respondió el eunuco con un resoplido—. Llevar al maestro costurero de la familia Tamarin al Palacio de Verano. Una chica no puede ser maestra.

Baba, que estaba a mi lado, cerró los puños.

—¿Y quién es usted para decir quién es un maestro de mi profesión?

El eunuco hinchó el pecho.

—Soy Lorsa, del Ministerio de Cultura de Su Majestad Imperial.

—¿Y desde cuándo ejercen los ministros de mensajeros?

—Tiene usted un concepto demasiado elevado de sí mismo, maestro Tamarin —replicó Lorsa con frialdad—. Solo he acudido a usted porque el maestro Dingmar de Gangsun está enfermo. Puede que su trabajo fuese elogiado en su época, pero los años que ha perdido con la cerveza y el vino han mancillado el buen nombre de su familia. Si no fuera por la recomendación de lord Tainak, yo no estaría aquí.

No podía soportarlo más.

—No tiene derecho a hablarle así.

—Maia, Maia. —Baba me apoyó una mano en el hombro—. Hay arreglos que hacer en la trastienda.

Era su manera de pedirme que me fuera. Apreté los dientes y me di la vuelta, pero lancé una mirada fulminante al mensajero del emperador y caminé lo más lento que pude.

—Mi carruaje le esperará en la calle Yanamer —dijo Lorsa—. Si usted o su hijo no están allí mañana por la mañana, me veré obligado a transmitir esta generosa oferta a otro. Tengo mis dudas de que su humilde taller sobreviva a la vergüenza de fallarle a nuestro emperador.

Entonces se dio la vuelta y se fue.

—Baba —dije, corriendo hacia él en cuanto se cerró la puerta del taller—, no puedes ir.

—Es imposible ignorar la orden del emperador.

—Es una invitación —dije—, no una orden.

—Lo expresan así, pero sé lo que pasará si la ignoró. —Baba suspiró—. Se correrá la voz de que no atendí la llamada del emperador. Nadie vendrá al taller y lo perderemos todo.

Tenía razón. No era solo una cuestión de dinero u honor; era una invitación obligatoria, como si te reclutaban para luchar en la Guerra de los Cinco Inviernos.

—Ahora que ha terminado la guerra —dijo Baba—, el emperador necesita demostrar al resto del mundo que A’landi es grande. Lo hará contratando a los mejores músicos, sastres y pintores. No escatimará en gastos. Es un honor ser invitado, un honor que no puedo rechazar.

No dije nada. Baba no estaba en condiciones de viajar al palacio, y menos aún de convertirse en el nuevo sastre del emperador. Y Keton... Keton no podía tejer las costuras más básicas, por no hablar de prendas dignas de la corte imperial.

¿Y yo? Sabía que podía hacerlo. Quería ser el sastre imperial.

Fui a mi habitación y limpié las manchas del espejo con la manga para verme con claridad y honestidad.

Baba siempre me decía que me parecía a Mama, no a él. Yo nunca lo creí. Me miré la nariz recta, los grandes ojos redondos y los labios carnosos. Sí, eran de Mama. Pero Mama era la mujer más hermosa que había visto nunca, y yo, en cambio... Me había criado en una casa llena de hombres y ni siquiera sabía comportarme como una chica.

Finlei bromeaba con que, desde atrás, era un calco de Keton, flacucha como un niño. Las pecas en la cara y los brazos tampoco ayudaban. Se suponía que las chicas debían ser delicadas y pálidas. Aunque, quizá, y solo quizá, todo eso jugaría a mi favor.

No sabía cantar ni recitar poesía. No sabía bailar. No tenía elegancia ni encanto y no entendía de artimañas. Pero sabía coser. Vaya si sabía.

Tenía que ser yo.

Cuando Baba volvió a rezar, hundí el dedo en el carbón de la chimenea y me lo froté por las cejas. Junto a la mesa de trabajo tenía unas tijeras. Las cogí, pero dudé. Nunca me temblaban las manos cuando cortaba tela; podía trazar una línea recta con los ojos cerrados. Entonces, ¿por qué temblaba ahora?

Me toqué las puntas del cabello, que me llegaba por debajo de la cintura cuando lo cepillaba. Desaté los lazos y deshice las trenzas. Los rizos me cayeron por la espalda y me hicieron cosquillas en la columna.

Bajé la mano y, con ella, las tijeras. Lo que pretendía hacer era una locura. Debía ser racional, sopesar las consecuencias. Pero solo oía al ministro Lorsa y a Baba diciéndome que no podía ir.

Toda mi vida me habían dicho lo que no podía hacer porque era una chica. Aquella era mi oportunidad para averiguarlo. Solo podía aprovecharla.

Solté un poco el mango de las tijeras y apoyé las hojas en la nuca. Con un movimiento rápido, me corté el pelo a la altura de los hombros. Los mechones me cayeron por la espalda y formaron un charco de satén negro, que una brisa que entraba por una ventana abierta arrastró como si fueran hojas.

Dejaron de temblarme las manos y me recogí el pelo como hacían Keton y todos los chicos de su edad. Entonces me invadió una extraña sensación de calma, como si, además del pelo, hubiera cortado mis miedos. Sabía que no era cierto, pero era demasiado tarde para dejarse dominar por el pánico. Ahora necesitaba ropa adecuada.

Llevé una bandeja con sopa de melón de invierno y pescado hervido a la cama de Keton, que antes compartía habitación con Finlei y Sendo. En aquel momento, la casa parecía pequeña, ahora resultaba demasiado grande. La mitad de mi dormitorio era un almacén de telas, cuentas y tintes, y ahora Keton tenía toda la habitación para él.

Mi hermano estaba durmiendo y al roncar hacía muecas con la boca. Nos había dicho que no sentía dolor aunque tuviera las piernas rotas.

—¿Cómo voy a sentir dolor si no me noto las piernas? —bromeaba.

Le dejé la cena y le subí la manta hasta los hombros. Luego saqué unos pantalones del cajón, me los colgué del brazo y salí de puntillas.

—Maia.

Keton se incorporó y me di la vuelta.

—Creía que estabas durmiendo.

—Pues creías mal.

Mi hermano volvió a apoyar la cabeza en la almohada y me senté al borde de la cama.

—¿Tienes hambre? Te he traído la cena.

—Me has robado la ropa —comentó señalando con la cabeza las prendas que llevaba en el brazo—. ¿De qué va esto?

Me situé a la sombra para que no pudiera verme el pelo y fruncí los labios.

—Antes ha venido un funcionario al taller. Quiere que Baba vaya al Palacio de Verano para hacer ropa para el emperador Khanujin.

Keton cerró los ojos. La guerra había disipado la rebeldía de mi hermano pequeño y, aunque tenía diecinueve años, parecía varias décadas mayor.

—Hace años que Baba no cose. No puede ir.

—No lo hará —respondí—. Iré yo.

Keton se incorporó apoyándose en las manos.

—¡Por el aliento del demonio, Maia! ¿Estás loca? No puedes...

—No quiero oírlo.

—No puedes ir —zanjó mi hermano elevando el tono de voz—. Eres una chica.

—Ya no. —Me toqué el pelo y apreté los dientes—. Estoy cansada de que me digan que no soy digna.

—No es solo cuestión de ser digno —dijo Keton, que tosió y se tapó la boca con el antebrazo—. Es por tradición. Además, no querrían que una chica le tomara medidas al emperador.

Aunque intenté evitarlo, acabé sonrojándome.

—Me haré pasar por ti, Keton Tamarin.

—Baba jamás aprobaría esto.

—Baba no tiene por qué saberlo.

Keton negó con la cabeza.

—Y yo que te tenía por la obediente... —Se recostó y soltó un suspiro de resignación—. Es peligroso.

—Keton, por favor. Tengo que hacerlo. Por nosotros. Por...

—Precisamente por eso no deberías ir —interrumpió mi hermano—. No intentes convencerme. Si quieres comportarte como un chico, no puedes pensar como una chica. No mires tanto al suelo. Cuando hables con un hombre, mírale a los ojos y no titubees nunca.

Levanté la cabeza inmediatamente.

—¡No intento convencerte! Y no titubeo siempre. —Luego bajé de nuevo la mirada y Keton soltó un gruñido—. ¡Lo siento! No puedo evitarlo. Es la costumbre.

—No podrás hacerte pasar por un chico —dijo—. Te muerdes los labios y miras al suelo. Y, cuando no estás mirando al suelo, estás mirando al cielo.

Levanté la cabeza con aire de indignación.

—¡No es verdad!

—Sigue así —dijo Keton—. Grita más. Los chicos son malhumorados y arrogantes. Les gusta ser los mejores en todo.

—Creo que eso solo te pasa a ti, Keton.

—Ojalá tuviera tiempo para entrenarte.

—Me crie con vosotros tres. Sé cómo son los chicos.

—¿Ah, sí? —Keton frunció el ceño—. Eres una chica de pueblo, Maia. No tienes experiencia en cómo funciona el mundo. Te has pasado la vida tejiendo en un rincón del taller.

—Y ahora me pasaré el día tejiendo en un rincón del palacio.

Keton hizo una mueca, como si acabara de corroborar su argumento.

—Tú intenta no hablar demasiado. No llames la atención. —Se recostó con las manos detrás de la cabeza—. La gente verá lo que quiera ver.

La triste sabiduría que irradiaba su voz me recordó a Baba.

—¿A qué te refieres?

—Exactamente a eso —dijo—. Coses mejor que nadie en este mundo. Concéntrate en eso, no en si eres chica o chico. —Se apoyó en los codos y me observó—. Finlei tenía razón. De espaldas pareces un chico. Y con esas pecas, no estás pálida como la mayoría de las niñas... Baba te deja pasar demasiado tiempo al sol.

—Alguien tiene que recoger los gusanos de seda —contesté irritada.

—Tampoco tienes muchas curvas. —Me miró con los ojos entrecerrados—. Y tu voz no es muy melodiosa. Nunca se te ha dado bien la música.

Estuve a punto de arrojarle su ropa por el insulto.

—No tengo intención de ser concubina.

Keton chasqueó la lengua.

—No arrugues tanto la nariz e intenta no sonreír.

—¿Así? —pregunté, imitando la mueca que él hacía al dormir.

—Mejor. —Volvió a tumbarse con una sonrisa en los labios, pero desapareció tan pronto como había aparecido—. ¿Estás segura de que quieres hacerlo? Si se entera el emperador... Si se entera alguien...

—Me matarán —concluí por él—. Ya lo sé.

Pero era la mejor manera de cuidar de mi familia, la posibilidad de convertirme en un sastre de verdad, en el mejor sastre de A’landi.

—Ganaré mucho dinero —dije con firmeza—. Lo enviaré todo a casa. Además... —Conseguí esbozar una sonrisa—. Ya me he cortado el pelo.

Keton suspiró.

—No puedo creerme que vaya a decir esto, pero ten cuidado.

—Lo haré.

—Cuando vuelvas espero oír muchas historias sobre las chicas de la corte —dijo mi hermano con ligereza—. Y sobre el emperador Khanujin. —Se puso tenso—. A lo mejor incluso ves al shansen.

—Te lo prometo —dije en voz baja—. Volveré cargada de historias.

Observé el bastón que le había regalado cuando volvió hacía un mes. No lo había tocado jamás. ¿Cómo iba a utilizarlo si apenas podía mover las pierna

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