Cole de espías 2 - Campamento de espías

Stuart Gibbs

Fragmento

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CONTACTO

Academia de Espionaje de la CIA

Washington, D. C.

Residencia Armistead

10 de junio

15:00 horas

En el último día de la escuela de espías, mis planes de pasar un verano normal y tranquilo se fueron al traste al recibir dos cartas.

La primera me esperaba en mi habitación cuando volví tras el examen final de supervivencia. Ya había recogido todas mis pertenencias y tenía la esperanza de salir del recinto cuanto antes.

La nota estaba colocada sobre el montón de maletas.

Benjamin:

Ven a verme de inmediato.

El director

Estaba teniendo un buen día, hasta ese momento.

Para empezar, me sentía optimista con los exámenes. Me había esforzado mucho en la academia y había mejorado en todas las clases desde que llegué. Mi examen final de Historia del Espionaje era de diez, había clavado el de Códigos y Criptografía y aprobado el de Armas de Fuego y Armamento Rudimentario por los pelos. (No había conseguido dar en el blanco ninguna de las veces, pero, a diferencia de algunos de mis compañeros de primer año, al menos había disparado al objetivo y no me había hecho daño sin querer). La asignatura que más me preocupaba era Introducción a la Supervivencia, ya que siempre había sido la que peor se me daba; sin embargo, aquella tarde había logrado durar más de una hora en los campos de entrenamiento enfrentándome a un montón de «agentes enemigos» armados con pistolas de paintball, mientras que la mayoría de mis compañeros habían acabado embadurnados de azul antes de que pasaran cinco minutos siquiera. Así pues, daba por hecho que sacaría al menos un sobresaliente bajo.

Ahora me sentía liberado: ya no habría más clases durante el verano. Aunque iba a echar de menos a mis amigos de la escuela de espías, tenía muchas ganas de irme a casa, ver a mis padres y comerme un plato en condiciones por primera vez después de cinco meses. Además, solo me quedaba una semana para cumplir trece. Tenía pensado celebrarlo con amigos, sin que nadie intentara matarme o mutilarme.

La nota, sin embargo, insinuaba que se avecinaban problemas.

La recogí con cautela, como si fuera a explotar. En realidad habría preferido encontrarme una bomba. Sé cómo manejar bombas. El director, en cambio, era mucho más impredecible.

Pasé la nota por la trituradora de papel y luego quemé los restos. Parecía exagerado, pero este era el procedimiento habitual que había que seguir con toda la correspondencia escrita en la Academia de Espionaje, pósits incluidos. A continuación, me dirigí al despacho del director.

Afuera, el sol brillaba con fuerza, anunciando un verano glorioso. La academia, que durante el invierno había tenido una apariencia sombría y desoladora, ahora desplegaba su encanto. Los edificios góticos se alzaban con majestuosidad entre los bonitos parques de césped verde repletos de flores. Ahora que las clases habían acabado, mis compañeros espías en formación se divertían y aprovechaban el buen tiempo. Vi a varios amigos jugando al frisbee en el campo principal y a lo lejos oía el inconfundible ruido de las armas semiautomáticas en el campo de tiro.

—¡Hola, Tapaderas! —gritó una voz aguda.

Era Zoe Zibbell, una compañera de primer año y mi mejor amiga, que estaba con un grupo numeroso de estudiantes. Zoe me había puesto el apodo de «Tapaderas», ya que me tenía, erróneamente, por un espía increíble, aunque a menudo aparentara ser un incompetente para que el resto me infravalorara. Cada vez que dejaba al descubierto mi incompetencia, Zoe pensaba que era una treta.

—Estamos organizando un partido de fútbol en el patio Hammond. ¿Te apuntas?

—No puedo —dije y luego señalé el edificio de administración Nathan Hale—. El director quiere verme.

Zoe hizo una mueca, al igual que el resto de los estudiantes. Ni que les acabara de decir que me iba a enfrentar a un pelotón de fusilamiento.

—¿Ocurre algo?

—Espero que no —respondí.

—¡Bueno, si te apetece, búscanos cuando hayas terminado! —exclamó Zoe en un intento de ser positiva—. No nos vendría nada mal otro delantero.

Asentí con la cabeza y luego entré al edificio de administración. Dentro, todo estaba aún más apagado y triste, y mi estado de ánimo se volvió también más apagado y triste. Subí las escaleras hasta el quinto piso, pasé el escáner de retina, accedí a la zona segura y me planté ante los dos guardias que flanqueaban la puerta del despacho del director.

Uno me cacheó para comprobar que no llevara armas encima.

—Indique su nombre, su clase y el motivo de la visita.

—Benjamin Ripley, estudiante de primer año. El director me ha pedido que venga.

El otro guardia cogió un teléfono de seguridad y anunció mi presencia. La puerta se abrió pasados algunos segundos.

Cuando entré, el director estaba sentado tras su escritorio, fingiendo examinar algunos documentos de alto secreto. Me habría parecido intimidante si no llevara el peluquín ligeramente torcido. O si no supiera que el director es un cabeza de chorlito. Puede parecer sorprendente que el propio director de la academia de la CIA, creada para formar a futuros agentes inteligentes, no sea una lumbrera, pero es el gobierno quien dirige la CIA y la academia.

—Siéntate, Ripley —me ordenó el director.

Me senté en el antiguo sofá frente a su escritorio. Olía a sudor y a cloroformo.

—Mis fuentes me comunican que estás pensando volver a casa durante el verano.

—¿Fuentes? —pregunté—. ¿Qué fuentes?

—Ah, las de siempre. Seguro que ya sabías que vigilamos al alumnado de cerca. Dispositivos de audio, escuchas telefónicas, todas esas cosas.

No sabía nada de eso.

—¿Me han pinchado el teléfono?

—Es el procedimiento habitual. Debemos estar siempre alerta. Como ya sabes, hemos tenido algunos problemas con agentes dobles aquí en la academia.

—Ehhh, sí, claro. Fui yo quien pilló al agente doble —dije—. ¿No creerá que después de eso trabajaría para el enemigo?

—Te ofrecieron un trabajo.

—Y lo rechacé. Justo antes de ayudar a desactivar una bomba que habría acabado con todas las agencias de espionaje del país.

El director se encogió de hombros con indiferencia.

—Nunca se es demasiado precavido —dijo. Después hojeó un extenso informe de su escritorio. Parecía contener varias transcripciones de mis llamadas privadas—. Según esto, pasarás el verano en casa de tus padres e irás a un lugar llamado Divertrópolis con un tal Mike Brezinski. ¿Es correcto?

—Así es —respondí—. Podría habérmelo preguntado directamente...

—¿Cómo pensabas salirte con la tuya?

—Eh... ¿Salirme con la mía con qué?

—Para no acudir al curso de verano.

De repente sentí un mareo, algo que me pasaba con frecuencia en la escuela de espías.

—¿La academia tiene un curso de verano?

—Por supuesto. Si el mal no se coge vacaciones, ¿por qué íbamos a hacerlo nosotros?

—Nadie me había dicho que había un curso de verano —comenté.

—No digas tonterías. A todos los reclutas se os informa de la formación obligatoria de verano en la primera asamblea del año escolar.

—No estuve en la primera asamblea del año escolar —le recordé—, me reclutaron en enero.

El director me miró inexpresivo durante unos instantes. Era la cara que solía poner cuando se daba cuenta de que alguien había metido la pata hasta el fondo... y lo más probable es que hubiera sido él. Lo había visto poner esa expresión bastantes veces durante estos cinco meses en la Academia de Espionaje. Tras varios minutos, el director recurrió a su típica táctica para cubrir sus propias meteduras de pata: culpar al damnificado por su equivocación.

—Pues deberías haberte informado —me dijo—. Estás estudiando para ser espía, por el amor de Dios. Ni que la existencia de la escuela fuera un secreto.

—La existencia de la escuela sí es un secreto —lo rebatí.

—¡Mira, ya me he cansado de tus contestaciones! —exclamó de mala gana—. ¿Quieres comenzar el curso de verano castigado?

Negué con la cabeza y entonces me di cuenta de algo.

—El resto de los estudiantes ya ha hecho las maletas. ¿Qué pasa? ¿No van a asistir al curso de verano?

—Claro que sí. Todo el mundo de esta academia debe acudir a las clases de verano. Solo que no se imparten aquí.

—¿Y dónde se imparten?

—En nuestro centro de educación sobre la vida silvestre.

—¿Educación sobre la vida silvestre? —repetí.

—Eso es —dijo el director—. En estos meses de verano, dejamos atrás las aulas para centrarnos más en el entrenamiento físico, como una escuela de supervivencia al aire libre. Al fin y al cabo, un noventa y nueve por ciento del mundo está en el exterior. Un buen espía debe saber cómo desenvolverse en esas condiciones.

—Entonces ¿es como un campamento para espías?

—¡No es un campamento! —gritó el director—. Es un centro de entrenamiento de supervivencia de élite en zonas salvajes. Solo que parece un campamento. Y para tu familia, amigos o cualquier otra persona, será como si acudieras a un campamento. El Campamento Senderos Felices para chicos y chicas.

El director empezó rebuscar en el cajón del escritorio hasta que encontró un documento, que luego me pasó por la mesa.

Era una sola página con la dirección de un lugar en Washington donde me esperaría el vehículo oficial de la academia que me llevaría al campamento y una lista de artículos de supervivencia que había que llevar. Al final del todo y como pasaba con toda la documentación de la escuela de espías, había una directiva que obligaba a memorizar los contenidos de la página y después a destruirla.

—¿Cuándo empieza? —pregunté.

—Dentro de tres días —respondió el director—. Vete a casa y pasa un buen fin de semana con tu familia. Pero no le cuentes a nadie la verdad sobre este campamento...

—U os veréis obligados a matarme —añadí.

Ya sabía yo cómo funcionaba todo esto.

—Exacto. Nos vemos el lunes a las cero nueve cero cero.

El director volvió a centrarse en sus documentos secretos, como si yo hubiera dejado de existir de repente. Nuestra reunión había terminado.

Salí de su despacho y me dirigí a mi habitación.

Mi reacción inmediata ante la noticia de que debía acudir al curso de verano fue de molestia y frustración. Llevaba los últimos meses trabajando a destajo y echaba de menos a mi familia y amigos; merecía pasar varias semanas sin tener que estudiar. Pero mientras atravesaba el recinto, me empezó a cambiar el humor. Aunque mis primeras semanas en la escuela de espías habían sido complicadas —casi me asesinan, secuestran y salgo volando por los aires—, todo mejoró bastante cuando dejaron de intentar matarme. Había acabado disfrutando de la academia y había hecho muchos amigos. De hecho, por primera vez en mi vida, la gente pensaba que era alguien guay; evitar la destrucción de la academia donde te formas y capturar al agente que estaba detrás de todo ayuda bastante a mejorar tu vida social. Mientras tanto, en casa, nadie sabía aún que yo era un espía secreto. Todos creían que iba a una patética escuela de ciencias. Seguramente sería aún menos popular que cuando me fui. Así pues, la idea de pasar más tiempo con mis compañeros y futuros espías no era tan horrible. Además, que fuera al aire libre y no encerrados en aulas sucias y viejas la hacía sonar todavía mejor.

Cuando llegué a mi habitación, pasar el verano en un campamento de espías me parecía incluso divertido.

Y entonces encontré la segunda carta.

Estaba colocada justo en el mismo lugar donde había encontrado la otra, encima de todas mis maletas, pese a que había cerrado la puerta con llave antes de ir a ver al director.

¡Hola, Ben!

Solo queríamos que supieras que

iremos a por ti muy pronto.

Tus colegas de SPYDER

Me senté en la cama; de repente me costaba respirar.

SPYDER era la organización perversa que había infiltrado un topo en la academia, enviado a un asesino a mi habitación e intentado cargarse a todos los líderes de la comunidad de inteligencia con una bomba. No había sabido nada de ellos desde que ayudé a acabar con sus planes malvados.

Quizás este verano no fuera tan divertido como esperaba.

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COLABORACIÓN

Campo de tiro Eisenhower

10 de junio

16:00 horas

Aunque recibir una carta de una organización perversa que una vez intentó matarte suele dar bajón, por algún extraño motivo me hizo ilusión recibirla.

Me daba una excusa para hablar con Erica Hale.

Erica era, con diferencia, la espía más competente y lista de la academia y, además, la chica más guapa que había conocido nunca. Provenía de una familia de espías que se remontaba hasta el mismísimo Nathan Hale y había aprendido muchos trucos de sus antepasados. (Sin embargo, su padre, Alexander Hale, era la prueba de que a veces el talento se salta una generación). La última vez, la ayuda de Erica había sido fundamental para detener a SPYDER, pero, aunque esto había hecho posible que fuéramos amigos durante algún tiempo después de aquello —o tan amigos como uno puede ser de Erica, vaya—, ella había vuelto a comportarse como siempre y a mantener las distancias. Ni siquiera me había mirado en toda la primavera.

No había encontrado ninguna forma de acercarme a ella. Erica no era el tipo de persona que puedes pasarte a saludar como si nada. Para empezar, su puerta estaba llena de trampas. Aun así, la carta de un enemigo siempre sería una forma ideal de romper el hielo e iniciar una conversación.

La encontré en el campo de tiro. No era ninguna proeza por mi parte encontrarla ahí; Erica pasaba más tiempo trabajando en sus dotes de supervivencia que durmiendo. Estaba practicando la eliminación de terroristas con rehenes a unos doscientos setenta kilómetros de distancia. Con una ballesta.

Los demás estudiantes la evitaban. Erica parecía aún más fría de lo normal, como si algo la molestara sobremanera. Hasta Greg Hauser, el chaval más duro de la academia, mantenía las distancias. Mientras me acercaba a Erica, mis compañeros me miraban como si estuviera entrando en una guarida terrorista.

Erica apenas me miró. Se limitó a introducir otra flecha en la ballesta y disparó. Dio en el objetivo que estaba justo entre los ojos y partió la flecha anterior en dos, a lo Robin Hood.

—¿Qué tal tu visita al director? —me preguntó.

—¿Cómo sabes eso? —respondí al instante y sin pensar.

Ya sabía lo que me respondería.

—Estudio para ser espía —dijo—. Es mi trabajo saber cosas.

—Habría estado bien saber que había un campamento de espías.

Erica se encogió de hombros.

—Tú también estudias para ser espía. También es tu trabajo saber cosas.

Cargó la ballesta con otra flecha y apuntó.

Saqué la nota de SPYDER. La había metido en una bolsa de pruebas transparente para protegerla.

—Acabo de encontrar esto en mi habitación.

Erica leyó la nota sin sacarla de la bolsa. Intentó disimular su sorpresa, pero cuando volvió a disparar, la flecha, que iba directa al corazón de la diana, falló por solo un milímetro.

No pude evitar sonreír. Pillar a Erica desprevenida era como ver un eclipse solar: no sucedía a menudo y había que disfrutar las extrañas ocasiones en las que pasaba.

Erica bajó la ballesta con rapidez y la metió en su funda.

—Hablemos en un lugar más tranquilo. —Y echó a andar sin ni siquiera esperar a que respondiera.

La seguí fuera del campo de tiro y hacia el Edificio de Armas Químicas y Biológicas que estaba cerca. Como las clases habían acabado, el edificio estaba vacío. Aun así, seguía sin ser lo bastante seguro para Erica. Introdujo un código en la máquina expendedora, que se separó de la pared y dejó al descubierto unas escaleras ocultas. Bajamos hacia las plantas subterráneas secretas que había debajo de la academia. Erica se acercó a una puerta que ponía: RESTRINGIDO: PROHIBIDO ENTRAR SIN AUTORIZACIÓN, después forzó la cerradura y entró sin autorización.

La seguí a regañadientes. La sala restringida era tan silenciosa como un depósito de cadáveres, lo cual tenía sentido porque lo era. O al menos tenía el mismo aspecto que los depósitos de cadáveres que había visto en televisión. Las paredes estaban forradas de cajones refrigerados enormes.

—¿Ahí dentro hay muertos? —pregunté con recelo.

—Es probable. —Erica cogió unas pinzas esterilizadas y con cuidado sacó la nota de SPYDER de la bolsa de pruebas—. Algunos alumnos de quinto año dan clase de análisis forense en esta aula, pero lo más probable es que la hayan cerrado durante el verano y, como las morgues dan repelús a la mayoría de las personas, he pensado que sería más seguro hablar aquí.

La morgue también me daba repelús a mí, pero procuré que Erica no se diera cuenta.

—¿Crees que esta nota la han escrito los de SPYDER de verdad? —pregunté.

Erica dejó la nota en una mesa de autopsias y la examinó con detenimiento.

—¿De quién podría ser, si no?

—De alguien que quiere reírse de mí —sugerí con optimismo.

—¿Qué clase de persona consideraría gracioso enviar una nota falsa de una organización enemiga?

—Chip Schacter. O uno de sus lameculos. —No creía que Chip hiciera algo así por simple crueldad. Aunque él y yo habíamos empezado con mal pie, habíamos acabado de buen rollo tras descubrir que Chip no era el topo de SPYDER infiltrado en la escuela de espías. A ver, tampoco éramos colegas del todo; yo me sentía como el ratón que le había sacado una espinita de la pata al león. Chip ya no se metía conmigo, pero, a veces, estar en su bando era aún peor que no estarlo. Chip insultaba, vacilaba y se burlaba de sus amigos sin parar. Y le gustaba gastar bromas—. La semana pasada me congeló el libro de química con nitrógeno líquido —le conté a Erica—. No me di cuenta hasta que se me cayó en el comedor y se hizo añicos.

Erica negó con la cabeza.

—Esto no es de ningún estudiante. Tú y yo somos los únicos alumnos que sabemos que SPYDER existe. Ni siquiera la mayoría de los agentes reales sabe que existe.

—Ya ha habido filtraciones de seguridad antes.

—Cierto, pero esta información es muy clasificada. Ya sabes lo duros que fueron los de Asuntos Internos con nosotros.

Asentí. Después de que Erica y yo hubiéramos hecho fracasar el plan de SPYDER el invierno pasado, se llevó a cabo una investigación interna exhaustiva en la CIA. A los altos mandos de todas las agencias de espías nacionales les enfadó saber que habían estado a punto de matarlos y querían averiguar quién tenía la culpa del fallo de seguridad. A Erica y a mí nos interrogaron durante horas sin parar. Nuestros interrogadores se quedaron atónitos al enterarse de que habíamos establecido contacto con SPYDER y luego nos hicieron jurar que guardaríamos el secreto o nos expulsarían de la academia. No podíamos mencionar a SPYDER, ni siquiera entre nosotros. Lo cual significaba que estábamos infringiendo bastantes directivas de seguridad en ese momento. Pero, claro, dudaba que los interrogadores esperaran que SPYDER me dejara una nota.

—A ver, los de Asuntos Internos fueron duros con todo aquel que se vio implicado. —Erica continuó—: Tener conocimiento de SPYDER es de nivel de seguridad AA1.

—Aun así, alguien podría haberlo descubierto.

—Cualquiera que sea lo bastante listo como para averiguarlo no sería tan descuidado con esa información. Solo un imbécil bromearía con información secreta y esta institución no acepta imbéciles. Tiene a algunos delincuentes, canallas y réprobos, sí, pero no imbéciles.

Asentí.

—Entonces, esta nota sí es de SPYDER.

—No he dicho eso.

—¿De quién iba a ser, si no?

—De otra organización enemiga que quiere que pienses que es de SPYDER.

Miré la nota con cautela. Parecía tan inofensiva ahí encima de la mesa de autopsias. Un simple trozo de papel con diecisiete palabras. Y, sin embargo, la idea de que una organización enemiga pudiera haberla dejado en mi habitación suscitaba una avalancha de preguntas inquietantes.

—¿Cómo crees que me la han dejado? —pregunté—. En el recinto hay seguridad por todas partes.

—SPYDER ya ha burlado antes nuestra seguridad —respondió Erica—. Como recordarás, una vez mandaron a un asesino a tu habitación.

—Ya, pero la academia ha reforzado mucho la seguridad desde entonces.

—Eso no significa que sea impenetrable.

—El asesino se infiltró en el campus en mitad de la noche. Esto ha sucedido a plena luz del día. Todo el mundo estaba despierto.

—Eso no tiene por qué frenarlos —advirtió ella y añadió—: Infiltrarse en un sitio lleno de gente es mucho más fácil. ¿Qué resulta más sospechoso, alguien merodeando por el campus una calurosa tarde de verano o alguien por el recinto en mitad de la noche?

—Bien pensado. —Me molestaba no haberme dado cuenta yo mismo, claro que mi primera clase de infiltración enemiga no era hasta el próximo semestre—. Sin embargo, no habrá sido fácil entrar en mi habitación. Hay guardias, patrullas armadas, seguridad en la entrada de la residencia... y yo había echado la llave.

—Tienes razón —dijo Erica—. Pues entonces el enemigo habrá tenido que usar la manera más sencilla de atravesar todo eso.

—¿Y esa es...?

Erica me miró fijamente. Al parecer, la respuesta me debería de parecer obvia. Tardé varios segundos más en averiguar qué era.

—Ay, no —dije—. ¿Tienen a alguien dentro?

—Tendría sentido —contestó ella—. Si pudieron reclutar a un topo, ¿por qué no a dos? Y claro, si atrapas a uno, tal y como hicimos, estás tan orgulloso de ti mismo que bajas la guardia y así permites que el segundo cause estragos con sigilo.

—Pero si fuera así, ¿por qué iba el segundo...?

—O la segunda —añadió Erica.

—¿... a darse a conocer de esta manera? —terminé—. Dejarme una nota no es hacer algo con sigilo.

—Es verdad. —Erica frunció los labios—. Sí que es bastante raro. Pero los que están al mando de SPYDER no son idiotas. Deben de tener una razón muy buena para darse a conocer así. Solo hay que descubrirla.

—A no ser que, como has dicho, sea de algún otro grupo que quiera que pensemos que es SPYDER. Estarían utilizando esta estrategia para distraernos.

—Aun así, sean quienes sean necesitarían tener a alguien dentro —dijo ella—. Solo así tendrían acceso relativamente fácil a la residencia y, si te soy sincera, tampoco es tan difícil forzar la cerradura de tu habitación.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté—. ¿Lo has hecho?

—Ni que quisiera entrar en tu habitación. La cerradura estándar de las puertas de la residencia es un pestillo alfa tipo Pearson. Es una basura. Sé forzar esas cerraduras desde parvulitos.

Si esto lo hubiera dicho cualquier otra persona habría dado por hecho que era una exageración, pero Erica no. Me la imaginaba perfectamente de pequeña haciendo una incursión con alta tecnología para abrir el tarro de galletas de la familia.

—El topo también tendría que sortear las cámaras de seguridad —le dije—. Hay miles en el recinto.

—Sí, aunque como ya sabes, no es tan difícil esquivarlas. Aun así, entraré en el sistema de seguridad y comprobaré las cámaras para ver si hay algo sospechoso. Mmm.

Parecía que se había dado cuenta de algo. Agarró una lupa enorme y examinó la nota.

—¿Alguna pista? —pregunté.

—Puede —respondió—. Esta nota es casi estéril. No es que no haya huellas, es que no hay nada. Ni polvo, ni suciedad, ni fibras. Es como si la hubieran tenido envasada al vacío. Lo que encaja con el modus operandi de SPYDER. Pero hay una cosa...

Erica utilizó las pinzas para sacar algo de la nota. O al menos, movía las pinzas como si estuviera sacando algo. Me acercó las pinzas, pero estas no sujetaban nada.

—No veo nada —le dije.

—Anda ya. —Erica parecía decepcionada a más no poder—. Debe de tener al menos medio milímetro de diámetro.

Miré a través de la lupa. Justo en la punta de las pinzas había un puntito tan pequeño que ni una hormiga podría haberlo visto.

—¿Qué es?

—Una pista sobre la identidad de quien escribió esto. —Erica sacó otra bolsa de pruebas e introdujo ese granito—. Estaba incrustado a fondo en el papel, como si hubiera estado sobre una mesa y se hubiera clavado. Es mucho más probable que eso ocurriera cuando se escribió la nota que cuando tú, o quien sea que la entregó, la llevara encima. Tiene el aspecto de un trocito de tierra o un fragmento de piedra. Si averiguo de dónde viene, puede que sea una pista.

—¿Se pueden averiguar cosas de algo tan pequeño?

—A ver, no todo el mundo puede, pero yo no soy como todo el mundo. Has hecho bien al traerme esto.

Erica me dio una palmadita rápida e indiferente en el hombro y se dirigió a la puerta.

—¡Espera! —la llamé, con un tono más desesperado de lo que quería—. ¿Ya está? ¿Te vas?

—Sí. —Alzó la bolsa de pruebas que contenía el grano de lo que sea que fuera—. Tengo trabajo que hacer.

—Pero según la nota, SPYDER... o quien narices lo enviara... va a venir a por mí muy pronto.

—¿Y esperabas que yo te protegiera?

—Pues... sí, la verdad. —Me dio bastante vergüenza reconocerlo, pero Erica ya me había protegido de los malos en el pasado—. Ni siquiera sé qué debo esperar. ¿Vienen a matarme?

—Lo dudo —dijo Erica.

—¿Capturarme?

—Eso ya es más probable.

—O quizá solo quieran venir a hablar tranquilamente conmigo.

—No te hagas ilusiones.

Fruncí el ceño. Ya me imaginaba que esta última opción era remota, pero aun así me decepcionó que Erica estuviera tan segura.

—Entonces ¿de verdad crees que se trata de una situación de búsqueda y captura?

—No estoy segura, pero es lo que más sentido tiene. SPYDER ya te ofreció un trabajo como agente doble. Está claro que ven potencial en ti. No sé por qué, exactamente, pero lo ven. Los rechazaste, pero no son el tipo de gente que acepta un no por respuesta. Imagino que están intentando aumentar las posibilidades de que te unas a ellos.

—¿Cómo?

Erica se encogió de hombros.

—Seguro que lo averiguaremos muy pronto.

Y de repente se volvió a girar hacia la puerta.

Esto me desconcertó. Erica me estaba tratando como trataba..., bueno, a casi todo el mundo. De la misma manera que me trató cuando nos conocimos, antes de demostrarle de lo que era capaz de hacer. Aunque no esperaba que Erica se despidiera con un abrazo, no merecía que me abandonara en una morgue tras enterarme de que corría peligro. Sin apenas pensarlo, le pregunté:

—Erica... ¿estás enfadada conmigo?

Erica se detuvo una vez más y me miró con curiosidad, como si no entendiera del todo la pregunta. Era, con diferencia, la persona más inteligente que conocía, pero, aunque era capaz de entender un montón de idiomas, a menudo se la veía perdida al intentar comprender las emociones humanas básicas.

—¿Contigo? No. No estoy enfadada contigo. <

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