Susurros desde la oscuridad (Los Silverwalkers 5)

Chris de Wit

Fragmento

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Prólogo

Abrió la puerta de la habitación, ingresó en esta y se acercó con sigilo a la cama para contemplar a la muchacha. Descansaba profundamente, el suave movimiento de su pecho al respirar así lo evidenciaba.

Ruryk se inclinó hacia delante para observarla en detalle. Su piel lozana resultaba una tentación y controló el impulso de extender la mano para acariciar las pálidas mejillas. Los párpados, adornados por un abanico de largas y tupidas pestañas, impedían que Ruryk se regocijase en el manantial de oro que sus iris le recordaban. Prosiguió con la infinita cabellera, brillante y castaña, salpicada de errantes mechones dorados, y se preguntó qué sentiría al entretejer sus dedos en ella.

Y esa boca…

La vibración de su cuerpo interrumpió su dadivoso escrutinio, y comprobó que una oscura y maligna energía invadía el recinto.

«Una señal más acerca de lo que eres, Ivana —pensó, desilusionado—. Una caída».

De golpe, la joven abrió los ojos, y él, cautivo del candor de su mirada, no alcanzó a percibir a tiempo el cuchillo que ella extraía por debajo de las sábanas y que lanzó directo hacia su corazón. El espantoso dolor lo sumergió en una oscura neblina, salpicada de puntos amarillos, y, entre agónicos quejidos, Ruryk distinguió a lo lejos un añejo y espeso bosque de alerces, pinos y abetos.

—Desgraciada…

Captó el miedo de ella y se sintió fatal. Él gozaba de las mujeres, sin embargo, esa ninfa provocaba en él los peores sentimientos, entre ellos, el imperioso deseo de tenerla en sus manos para desenmascararla y hacerle confesar qué hechizo había arrojado sobre él para generar tal endemoniada obsesión por ella.

—Aquí no hallarás nada de lo que deseas, Ruryk. —Oyó que su voz le susurraba, y una inusitada furia envolvió su alma.

—¡Y tú qué sabes de mí!

El rostro de Ivana surgió en penumbras y musitó:

—Todo.

Colérico y agonizante, avanzó hacia ella, tan pequeña que podría retorcerle el cuello con una mano.

—¡Maldita caída! No tendré misericordia de ti.

Esperaba aterrarla con esas palabras, pero lo único que consiguió fue sentirse vulnerable ante la triste serenidad con que lo contemplaba. Sacudió la cabeza, en un intento por recuperar la sensatez. Esa mujer había tratado de asesinarlo, y la odiaba.

Al descubrir la presencia de un grupo de lobos de pelaje blanco con un manto grisáceo en el lomo y en el rostro, que se acercaba al acecho, Ruryk empuñó la espada.

—¡Ivana, cuidado! —advirtió, sin comprender por qué lo hacía.

Ella nunca respondió con palabras, en cambio, elevó la voz en un canto que le recordó al llamado de una sirena. Un desconocido anhelo inundó su alma, y sintió el impulso de avanzar hacia la muchacha, no obstante, la melodía había paralizado las fibras de sus músculos.

—¡Libérame! —ordenó Ruryk.

La joven no respondió, sino que sonrió con dulzura a las bestias que la rodearon conformando un escudo protector. Y, sin aviso, mujer y fieras desaparecieron frente a los ojos de él.

—Te encontraré, Ivana.

El eco de su grito se perdió en la lejanía.

Ruryk abrió los ojos y, jadeando, se sentó en la cama. Respiró hondo varias veces ante la sensación de ahogo que lo apremiaba. Estaba harto de los sueños que se repetían, noche tras noche, desde que Ivana Spoya había desaparecido

—¿Qué sucede, Ruryk?

La voz femenina lo obligó a girar el rostro y clavar la mirada en las dos mujeres desnudas que yacían entredormidas a su lado. Arrastró las manos por su cabello hasta entrelazarlas en la nuca y esperó a que su respiración regresara a la normalidad.

—¿Ruryk? —insistió la otra joven, que, al incorporarse, dejó caer la sábana que cubría su enormes pechos.

En otro momento, verlos lozanos y hambrientos de caricias habría sido suficiente para que su miembro se envalentonara de nuevo, pero cada vez que la visión de Ivana se presentaba ante él, quedaba por completo inutilizado.

—Joder… —refunfuñó.

Se levantó como un vendaval y buscó la ropa tirada en el suelo.

—¿No piensas repetir? —ronroneó la primera al abandonar la cama para abrazarlo desde atrás.

—Gracias, Michelle. Hemos disfrutado lo suficiente y tengo que irme.

—Por favor, quédate —suplicó María, que se acercó para darle un beso en la boca.

Intentó responder, pero no pudo. Apartó el rostro, como si esos labios le resultasen ajenos y no los que había besado durante toda la noche.

—Gracias por todo, chicas, pero en verdad debo irme —respondió entretanto se abrochaba los pantalones e iba por su camisa.

—Jamás has dejado de gozar de tus orgasmos mañaneros, Ruryk —le susurró María al oído—: los más potentes, por cierto.

Sintió nauseas al percibir el aliento de ella sobre su piel. ¿Qué mierda le pasaba? Jamás había experimentado ese rechazo ante un encuentro con las mujeres. Él las adoraba y disfrutaba con veneración, aunque sin comprometer su corazón.

—Lo lamento —se disculpó—. Será en otra oportunidad.

Sin decir una palabra más, y ante la asombrada mirada de sus amantes de turno, Ruryk abandonó la habitación del hostal, furioso consigo mismo.

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Capítulo 1

Delta del río Paraná, Argentina

—No.

—¿Cómo que no? —Metanón frunció el ceño ante la respuesta de su amigo.

—Oíste bien.

—Se lo prometí a Jackie.

Ruryk se detuvo con una muda de ropa en la mano y lo miró.

—Pues deberás explicar a tu esposa que te quedarás aquí y yo iré en tu lugar. —Prosiguió empaquetando la mochila que descansaba sobre la cama del dormitorio de Ruryk.

—No pienso hacerlo.

Ruryk sonrió con sorna.

—Tú y tus lealtades, Meta. Además, no sé por qué te sorprendes. Ivana, en el mensaje que le dejó a Jackie, le pidió que no la buscase, porque ella se pondría en contacto con tu mujer. —Se encogió de hombros—. De eso, hace más de siete meses. Por lo visto, ustedes también se han cansado de esperar y no piensan respetar el deseo de Ivana, así que ¿por qué tengo que hacerlo yo?

Metanón suspiró.

De alguna manera, comprendía a Ruryk. Su encono con Ivana había comenzado en Rusia, donde Jackie, Ivana y él mismo habían sido atacados por los caídos arriba de un tren. Ruryk había llegado para socorrerlos en helicóptero, y, en pleno vuelo, el aparato había resultado averiado. Su amigo había hecho un aterrizaje de emergencia en un inhóspito lugar, donde unos granjeros muy amables los habían hospedado en su casa. Ello había significado una bendición, máxime que Ivana había salido malherida de la reyerta con los caídos y había tenido que ser ubicada en un cuarto, donde, convaleciente, había permanecido desmayada.

El problema había surgido cuando el propio Metanón le había revelado a Ruryk que Ivana era una caída que huía de su propia gente.

Aún se asombraba de la forma en que el semblante de Ruryk se había transformado aquella tarde. El rostro repleto de hoyuelos, que subyugaba a las mujeres desde que Metanón tenía memoria, se había convertido en uno que le había recordado el de un monstruo. Encima, cuando Ruryk y él habían discutido por el futuro de la muchacha, su amigo, como si nada, le había manifestado la necesidad de desprenderse de ella, incluso, si era necesario, a través de su muerte. Metanón, repleto de ira, había puesto punto final a la riña verbal por temor a que ambos hubiesen terminado a los golpes.

Una noche, cuando Jackie y Metanón regresaban a la casa de los aldeanos, después de haber disfrutado de un íntimo momento junto a un arroyo, se habían topado con la sorpresa de que Ivana había desaparecido y que Ruryk yacía en el piso con un arañazo en la mejilla y un cuchillo incrustado en el corazón. Ruryk, escupiendo sangre por la boca y antes de desmayarse, había balbuceado que Ivana había intentado asesinarlo.

Metanón se había dedicado a asistir a Ruryk y Jackie, a rastrear la desordenada habitación en busca de alguna prueba de lo acaecido, aunque ninguno de ellos había tenido dudas de que una batalla se había librado en su interior. En medio de la indagación, Jackie había encontrado debajo de la mesa de noche el arma de Ruryk, inconfundible por la letra R grabada en oro sobre el mango, la cual había mostrado indicio de haber sido utilizada en forma reciente.

Todo había hecho suponer, a Jackie y a él, que Ivana se habría despertado y Ruryk y ella se habrían enzarzado en una terrible pelea. Sin embargo, su amigo lo único que recordaba era el instante en que Ivana, al despertar, le había clavado el cuchillo en el corazón. Al menos, de aquel episodio conservaban una nota de Ivana, descubierta por la granjera dueña de casa, que decía: «Jackie, no me busques. Prometo contactar contigo. Confía en mí. Te adoro».

Ante el desconsuelo de su esposa, Metanón había prometido a Jackie llamar a sus contactos rusos para conseguir protección especial para Ivana y ayuda para dar con su paradero. Y había cumplido. Andrey Solovióv, agente ruso de la Estirpe y amigo de Triel, hacía tiempo que se había infiltrado entre los caídos y operaba muy cerca de los principales cabecillas de la organización: Gustav Chavanel y Brad Drage.

Cuando Metanón había hablado con él, Andrey se había comprometido a ayudarlo en la causa. Lamentablemente, poco tiempo después, Amber, una caída con quien Jackie se había enfrentado en una pelea a muerte, poco antes de fallecer había confesado que Ivana había muerto. Metanón, preocupado por la aflicción de Jackie, había explicado a su esposa que la caída podía haberle mentido por el odio que siempre había manifestado hacia ella.

Durante todos esos meses, Metanón se había mantenido en contacto con Andrey, aunque, hasta la fecha, Ivana seguía desaparecida, o bien, si Amber había dicho la verdad, muerta, aunque no se había hallado ningún indicio.

Metanón suspiró. Le habría gustado iniciar la búsqueda de la joven varios meses atrás, pero el embarazo de Brenda, la esposa de Triel, se había complicado, y Jackie, junto a Aniel y Maia, estas últimas las señoras álmicas de Gabriel y Damián respectivamente, se habían dedicado a cuidar a su amiga con absoluta devoción.

Mientras tanto, Metanón había aprovechado ese tiempo para afianzar su relación con Jackie y, también, su vínculo con el elemento aire, gracias a Eohl, el gigantesco halcón que Jackie y él habían recibido como parte del símbolo, al cual Metanón había aprendido a comandar relativamente bien. Por suerte, a esa altura, Brenda se encontraba en buenas condiciones y a punto de dar a luz al bebé que, con Triel, tanto anhelaban.

—No me fío de ti, Ruryk —se obligó a decir, al regresar al presente—, no después de ver cómo te pones con esa muchacha. Además, ella puede estar muerta. Amber así lo aseguró.

Su amigo, furioso, lo señaló con el dedo.

—Entonces, debo comprobarlo. Esa chiquilla intentó matarme y, si está viva, quiero saber por qué.

—Estoy seguro de que intuyes la respuesta.

Ruryk se acercó a él con el cuerpo tenso y, a pocos centímetros de su rostro, siseó con los dientes apretados:

—¿Qué estás insinuando?

—Conozco tu historial con las mujeres, y no me extrañaría que hubieses confundido alguna reacción de ella con otra cosa. Quizá la asustaste.

—¿Me estás juzgando?

—Me remito a los hechos que he presenciado desde hace siglos.

—Jamás he impuesto algo a una mujer.

—Lo sé, pero con Ivana reaccionas diferente. ¡Nunca te vi así!

Las fosas nasales de Ruryk se dilataron al inhalar hondo. Metanón sabía que estaba cruzando los límites de tolerancia de su amigo, pero bajo ningún punto permitiría que dañase a Ivana, menos aún que atentase contra su vida. Jackie podría morir de tristeza y él jamás se lo perdonaría.

—Basta, Meta. Ni tú ni nadie me hará cambiar de parecer.

—Pero ¿por qué, de repente, te surgieron tantas ganas de ir a buscarla?

Ruryk cerró la mochila de un envión y exhaló.

—Ya te lo expliqué.

—¿Y desde cuándo te importa conocer la causa de que una chica haya querido matarte? —Ruryk alzó la mirada, molesto, pero Metanón no pensaba amilanarse y prosiguió—: ¡Infinidad de caídas han intentado cortarte el cuello!

—No pienso brindarte más razones.

Metanón inhaló hondo. Levantar la voz y mostrar su enfado no ayudaba una mierda. Contó hasta diez antes de decir con calma:

—Entiende, Ruryk. Andrey me ayudará a mí. Tu intromisión solo entorpecerá la investigación. ¡Ni siquiera sabes por dónde empezar a rastrear a la chica!

El caminante, que ya se había calzado la mochila en la espalda, se encogió de hombros ante sus palabras.

—No me subestimes, Meta. Llama a toda la gente que quieras, no me importa, porque, en definitiva, quien encontrará a Ivana soy yo.

Lo observó encaminarse con pasos decididos hacia la puerta, pero cuando tomó el picaporte, Metanón siseó:

—Si con tus acciones perjudicas el bienestar de mi mujer, te las verás conmigo. Y no me detendré hasta hacerte papillas.

Ruryk se detuvo. Lo miró sobre el hombro con una sonrisa que exaltaba los hoyuelos que había destrozado corazones femeninos durante centurias, y, con una inclinación de cabeza, abandonó la habitación.

Metanón suspiró. La pesadilla había comenzado.

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Capítulo 2

Siberia occidental, Rusia

—¿Cómo diablos ha sido posible? —se quejó Gustav Chavanel en tanto se sentaba detrás de su escritorio.

Brad Drage lo observó con el ceño fruncido. Él también se había hecho esa pregunta innumerables veces sin hallar una cabal respuesta. Por culpa de los silverwalkers, habían perdido cuatro de los cinco símbolos que la Estirpe de Plata y ellos se disputaban desde hacía más de una centuria, y solo contaban con una oportunidad para evitar el colapso de la organización de los caídos: apoderarse del quinto y último símbolo.

—Gustav, por favor, debemos enfocarnos en cómo enfrentar el futuro que se nos avecina.

Su amigo clavó la mirada en la de él. Brad contuvo la respiración ante la hermosura de esos ojos, que carecían de cualquier atisbo de vida.

—Mi paciencia se ha agotado. Los silverwalkers deben ser exterminados.

—Hemos hecho todo y más para conseguirlo, pero nada ha dado resultado.

Gustav, uniendo las puntas de los dedos de las manos, se reclinó contra el asiento.

—Por favor, Brad, abre el sobre sellado frente a ti.

Desvió la mirada hacia el escritorio. Tomó el sobre y de su interior extrajo una carpeta con una serie de documentos. Antes de alcanzar a preguntar algo, Gustav se adelantó.

—Lee el primero de ellos.

A medida que avanzaba en la lectura, los ojos de Brad se agrandaron y el corazón comenzó a latirle a toda velocidad.

—No puede ser… —susurró al llegar al último renglón.

—Tu hombre aguantó hasta donde fue capaz.

—¿Sabes lo que esto significa?

—Sí. Aunque en un principio reaccioné como tú, la nueva situación podría transformarse en nuestra oportunidad.

Brad se levantó como un resorte y comenzó a caminar de un lugar a otro.

—O nuestro acabose, Gustav. Al menos, ¡el mío!

—No digas tonterías. Esto, en realidad, es lo que estábamos esperando.

Con las manos sudadas, Brad se refregó la cara.

—No voy a permitir que se ponga en peligro la vida de ella, Gustav.

Su amigo se puso de pie con la parsimonia que lo caracterizaba, y se acercó a él.

—Jamás se me ocurriría. Pero este mensaje no podemos desoírlo.

Brad se aflojó la corbata en un intento por que ingresase aire a sus pulmones. En un segundo, su mundo se había dado vuelta y no lograba controlar el torbellino interior que lo sofocaba.

—¿Y Nandor?

—Sabes bien lo que pienso de él.

—Si se entera de esto, Gustav, la brecha que existe entre nosotros será mayor, y no quiero imaginar el resultado final.

—Debemos actuar con cuidado o ese tipo se convertirá en una verdadera amenaza.

—¿Y el quinto símbolo?

—Para dar con él necesitamos localizar a su guardiana.

Brad entornó los ojos.

—¿Tienes idea de quién se trata?

Gustav negó con la cabeza.

—Pero sé por dónde comenzar la pesquisa.

—Ilumíname, por favor.

—Prometo explicarte hasta el último detalle.

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Capítulo 3

Delta del río Paraná, Argentina

—Astos.

El druida de la Estirpe recibió a Ruryk con una sonrisa. Se encontraban en el salón principal de la casa de la organización.

—¿Te vas de viaje? —Antes de que pudiese responder, Astos lo sorprendió—: Abrígate el trasero, porque en ese sitio hace demasiado frío.

Ruryk respiró aliviado. El tipo, como siempre, conocía de antemano las intenciones y el accionar de cada uno de los silverwalkers, y, la mayoría de las veces, constituía una gran ventaja.

—Entonces, ¿me ayudarás a llegar hasta…?

—¿La muchachita de ojos dorados?

Tragó en seco al oír aquellas palabras.

—Sí, por favor.

El mago lo escrutó con detención, y, al hacerlo, Ruryk se sintió desnudo. Así era Astos, un burlón demasiado inteligente y perspicaz.

—¿Se puede saber por qué acudes a mí?

—No tengo la menor idea de dónde empezar a buscarla en aquella inmensidad. Tú mismo dijiste que allí hacía frío, por lo que entiendo que tú conoces…

—¿Y soy yo el que debe simplificarte el camino elegido por ti? —lo interrumpió.

Ruryk inhaló profundo. Astos comenzaba con los famosos interrogatorios que a todos los silverwalkers volvía locos.

—Jamás te he pedido nada.

La risa de su interlocutor le molestó. Jugaba con él, pero no estaba dispuesto a dejarse vencer.

—No se trata de que lo hagas o no, joven silverwalker, sino de que seas consciente del precio de tus acciones.

—No comprendo.

—Indaga en ti mismo un poco más y hallarás la respuesta.

Ruryk puso los ojos en blanco.

—¿De qué cuernos me hablas?

—De tu viaje.

—Justamente, necesito que me transportes a donde Ivana…

—No me refiero a ese.

—¿A cuál, entonces?

Los ojos verdes de Astos, esos que no tenían comparación con otros, irradiaron una luz especial.

—Vete, muchacho. Cuando seas capaz de responder a lo que te he manifestado, entonces te ayudaré.

—Pero…

—Adiós, Ruryk. Buena suerte en Abak… —No llegó a escuchar el final de la frase, porque el druida había desparecido.

Ruryk comenzó a buscarlo. El muy desgraciado, con toda intención, debía de haberle ocultado algo que resultaría vital para el viaje, pero, por más que hurgó hasta el último rincón de la casa, no hubo forma de dar con él. Y se rindió, consciente de que el druida se mostraba solo cuando él así lo decidía.

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Capítulo 4

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

—Ruryk.

Al oír su nombre, el caminante se dio la vuelta y divisó a Triel, el guerrero más temido de los silverwalkers. Se acercaba a él con pasos lentos, aunque determinados; el rostro repleto de ángulos, cuya siniestra mirada reflejaba las centenarias pesadillas que su alma albergaba.

—Gracias por venir —le dijo al levantarse para darle un apretón de manos.

—¿Por qué querías que nos juntásemos en Buenos Aires?

Ruryk suspiró. Con un gesto, invitó al gigante a sentarse junto a él en la mesa del bar del aeropuerto. No bien tuvo los ojos de Triel frente a los suyos, comenzó a narrar:

—Con Meta tuvimos un enfrentamiento por la amiga de Jackie, tú sabes, la caída Ivana Spoya.

—¿Por qué has decidido ahora ir tras ella?

Ruryk movió los dedos sobre la superficie de la mesa, sin saber cómo explicar la necesidad que lo agobiaba. Había tenido la esperanza de que, en esos meses, su ira se hubiese aplacado, pero no había contado con la presencia de la joven en sus sueños o, más bien, pesadillas, casi todas las noches.

—Necesito averiguar… por qué quiso asesinarme. —Triel lo observaba como si lo que él decía le importase un bledo—. No sé por dónde empezar la pesquisa, tengo una leve sospecha, pero requiero de ayuda. Y pensé en ti.

Triel apenas movió un músculo de su mandíbula.

—No me tomes por tonto, Ruryk. ¿Cuál es en realidad tu objetivo?

—Ya te lo dije.

—Esa razón no te las crees ni tú.

—No hay otra.

—Jamás has querido dar con el paradero de ninguna mujer, sea amiga o adversaria. ¿Por qué en esta ocasión es distinto?

Ruryk frunció el ceño. ¿Qué podía responder?

—Yo… no sé… ¡qué mierda! —Cerró la boca, incapaz de describir lo que sentía.

En ese instante, un camarero los interrumpió, y ambos pidieron dos cervezas. Apenas el hombre se retiró, Triel volvió a la carga.

—¿Qué, Ruryk?

La ronca voz de Triel no lo ayudaba, sino que lo confundía más. ¿Tal vez se había equivocado al acudir a él? Cuadró los hombros y se obligó a no claudicar tan rápido.

—Confórmate con lo que te he dicho, grandote. La única razón por la que te pedí venir es que necesito a Andrey de mi lado.

—Me temo que se comprometió con Meta para el mismo propósito —respondió Triel mientras sorbía de su cerveza.

—Hazlo cambiar de parecer.

—Metanón ha permanecido todos estos meses en contacto con Andrey, quien nunca ha mencionado la aparición de Ivana. Si estuviese viva, la joven podría encontrarse en cualquier lugar del mundo, o bien, enterrada bajo alguna lápida. Jackie mencionó que una caída, antes de morir, le aseguró que Ivana había muerto.

—Hay algo que me dice que ella no está muerta, Triel. Es más, me arriesgaría a decir que continúa en Rusia.

—¿Por qué presupones esto?

—No lo sé bien. De todas formas, hagamos de cuenta que lo que Amber, así se llamaba la caída, afirmó no es verdad. Cuando Ivana me atacó y huyó, llevaba una herida de bala en el pecho.

—Se habrá curado y, después, podría haber viajado a América o a cualquier otra parte.

—Ella no tenía dinero, Triel. Acababa de huir de una celda de los caídos.

—¡Por Dios! Habrá conseguido un empleo en algún sitio, o tendrá amigos en otros lados del planeta.

—Yo… he recibido imágenes que podrían… ayudar.

Triel lo escrutó con recelo.

—¿A qué te refieres concretamente?

Se mesó el cabello con nerviosismo. Debía de estar loco de remate, pero algo muy fuerte en su interior lo obligaba a actuar de la forma en que lo hacía.

—Me recuerda… —balbuceó— lo que le pasó a Gabriel con Aniel.

—No te entiendo.

—Los sueños…

—Ellos son señores álmicos, Ruryk.

—Lo sé. No es lo que intento transmitirte, no obstante, existe una cierta conexión entre esa chica y yo. Y debo descubrir el porqué.

—¿La ves cuando duermes?

—Me saca de quicio —asintió, molesto—. Por eso, quiero creer que, cuando la encuentre, mi vida regresará a la normalidad.

—Esos sueños pueden desaparecer antes, Ruryk.

—Cada noche resultan más vívidos.

—Quizá deberías hablar con Brenda. Jackie y ella son expertas en comunicarse a través de sueños.

—Jackie no debe enterarse, cree que quiero hacerle daño a Ivana.

—¿Y no es verdad?

Ruryk negó con la cabeza.

—En un primer momento, sí, después de todo, es una caída. Pero ahora no estoy tan seguro.

—¿Por qué?

—Digamos que… me intriga.

Triel frunció el ceño.

—No se te ocurra utilizar tu seducción con ella.

—No me refería a algo así, sino a curiosidad por lo que está ocurriendo. ¿Por qué me visita cada noche?

—Ella no lo hace, Ruryk. El que la atrae hacia ti eres tú.

Carraspeó. Triel lo enfrentaba a algo que él no había tenido en cuenta.

—Como quieras.

—¿Y Astos?

—Acudí a él antes de llamarte, pero, como de costumbre, me colmó de acertijos.

—Yo que tú, lo escucharía. Astos sabe muy bien lo que dice, aunque, al principio, nosotros no comprendamos una mierda.

Ruryk se encogió de hombros. Empezaba a agotarse de tantas vueltas.

—Triel, dejemos a Astos de lado. ¿Me ayudarás? He dibujado varias de las imágenes que veo en los sueños: paisajes repletos de nieve, montañas, géiseres, e incluso lobos. Me juego la cabeza de que son escenarios rusos. Para alguien que conoce muy bien el país, estoy seguro de que reconocerá algunas de ellas. Es la mejor forma en que se me ocurre de encontrar a Ivana.

El coloso oscuro reclinó la espalda sobre la silla sin contestar. Parecía meditar acerca de lo que respondería. Cuando Ruryk terminó de limpiarse el sudor que caía por sus sienes, Triel susurró:

—Metanón me matará. Jackie significa todo para él.

Ruryk respiró aliviado, pero también sorprendido porque Triel hubiese claudicado tan pronto.

—No haré daño a su esposa, por Dios.

—No te atreverías. Si Ivana llegase a sufrir por tu causa, Jackie se convertirá en tu peor enemiga, además de otras tres.

—Maia, Aniel y Brenda.

—Exacto. Y nosotros cuatro, porque no soportaríamos que nuestras mujeres derramen una sola lágrima por tu culpa.

—Me arriesgaré.

Triel asintió apenas, antes de extraer del bolsillo de la chaqueta su teléfono móvil y teclear.

—Andrey —musitó—. Necesito un favor.

Ruryk sonrió. Por fin, las cosas empezaban a acomodarse.

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Capítulo 5

Ciudad de Moscú, Rusia

La observó entre las frondosas palmas reales, casi desnuda, chapoteando con alegría en el espejo de agua que el gran salto conformaba en su base. El cuerpo, repleto de curvas imposibles, nadaba entre flores y hojas de diferentes colores, y el perfume a fresias colmaba sus fosas nasales. Esa mujer era un escándalo de pasiones, de besos húmedos y caricias insatisfechas, y el miembro de Ruryk se henchía ante su presencia. Pretendía alcanzarla, pero cada vez que se aproximaba, Ivana se alejaba con veloces y potentes brazadas. Aun así, Ruryk captaba sus pensamientos:

—Debo llegar a él.

«¿Quién es él?», se preguntó Ruryk, celoso.

Despertó cuando Dmitry, el chofer que Andrey había mandado para recogerlo en el Aeropuerto Internacional de Moscú-Sheremétievo, detuvo el vehículo.

Respiró hondo y se adecentó el pelo con los dedos. Una vez más, Ivana lo había visitado en sueños, y él, como de costumbre, había acabado con una insoportable erección. Sin embargo, en esa ocasión la había visto en un paisaje selvático y no correr en las montañas nevadas o darse un chapuzón en un géiser, como acostumbraba, y se sintió desconcertado. Acomodó su pantalón como pudo, en un intento por que nadie notase lo que esa chica había provocado en él.

Dmitry descendió del coche sin decir una palabra y le abrió la puerta. Ruryk sonrió, no acostumbrado a ese tipo de conductas.

—Большое спасибо —agradeció Ruryk en ruso, previo a preguntar por Andrey. Al oír que el agente lo esperaba en una oficina no muy lejos de ahí, Ruryk asintió satisfecho.

Su ascendencia rusa le permitía comprender bastante bien ese idioma, así como varias de las lenguas minoritarias, aunque, como hacía tiempo que se había desvinculado de esa cultura, no las manejaba a la perfección. No obstante, en la casa de los granjeros, donde el infortunado episodio entre Ivana y él había tenido lugar, Ruryk había sido capaz de descifrar el dialecto de los dueños de la vivienda al instante.

Se acomodó la capucha de la chaqueta térmica para protegerse de la nevisca y el gran frío, y caminó, junto al hombre de Andrey, un tramo no demasiado extenso hasta arribar a un edificio. En su interior, subieron a un elevador, donde Dmitry apretó el botón del piso ocho. Una vez ahí, marcharon por un pasillo en el que se divisaban varias puertas entornadas. Se trataban de oficinas de trabajo, en las que Ruryk divisó a varias personas frente a monitores de computadoras. La Estipe de Plata contaba con innumerables sitios como ese para desempeñar sus funciones, y no resultaba atípico desplazarse de un lugar a otro del planeta para burlar a los caídos.

Al final del corredor, Dmitry golpeó una puerta, la única que se encontraba cerrada, y al abrirse, Ruryk divisó a Andrey, a quien saludó con un apretón de manos.

—Bienvenido a Moscú.

—Gracias —respondió Ruryk, quitándose la chaqueta que colgó sobre el respaldo de la silla.

—Por favor, toma asiento.

Mientras lo hacía, su interlocutor, con un gesto de la cabeza, indicó al chofer que se retirase.

Una vez solos, Ruryk miró a Andrey.

—Sabes bien por qué estoy aquí.

—Sí —respondió el agente entrelazando las manos sobre el escritorio—. Le expliqué con claridad a Triel que no tenía noticias de la chica.

—Tú, mejor que cualquiera de nosotros, conoce este país. No me preguntes el origen de los dibujos que te presentaré a continuación, pero creo que pueden revelar el paradero de la muchacha.

No se atrevió a mencionar que había acabado de soñarla chapuzando en una selva.

—Muy bien. Adelante.

Ruryk extrajo de su mochila una carpeta con varios bocetos que colocó delante de Andrey. El hombre detuvo su mirada sobre ellos y los recorrió uno a uno como si en vez de ojos tuviese un escáner. Las piernas de Ruryk comenzaron a moverse de los nervios. Hacía mucho que no se sentía de esa manera, aunque todo lo que rodeaba a Ivana lo sacaba de balance.

—Estas montañas me recuerdan a unas que se han hecho conocidas en el mundo a raíz de una eremita que habita en ellas desde hace más de setenta y cinco años. Y este manantial...

—De aguas cálidas —se adelantó a concluir.

—¿Cómo lo sabes?

¿Qué podía responder? Había contemplado a Ivana, en varias oportunidades que la había soñado, bañarse en uno parecido a ese, suponía que un géiser, y se le ponían las mejillas rojas, pero explicar algo así equivaldría a que Andrey pensara que él estaba majareta.

—Lo imaginé.

Andrey asintió.

—Pues en esa zona se encuentran muy pocos con esa característica. Se dice que, incluso cuando nieva, la temperatura del agua ronda los 37 ºC.

Ruryk contuvo el aliento. ¿Podría ser que una territorio de más de cinco millones cuadrados comenzaba a acotarse a un sector determinado por las imágenes reveladas en los sueños?

—¿Tienes idea de cómo se llama el lugar? —murmuró.

—Cordillera de Abakan.

Llenó los pulmones de aire al recordar la frase inconclusa de Astos: «Adiós, Ruryk. Buena suerte en Abak…».

Y apostaría lo que fuese a que el nombre que Astos había murmurado era el mismo que Andrey acababa de revelar.

—¿Cómo puedo llegar hasta allí?

—Espera un poco. No supondrás que Ivana se encuentra en las montañas, ¿no?

—¿Cuál es el problema?

—No es una joven acostumbrada a la naturaleza de esa zona, menos, cuando estamos entrando al invierno. Las temperaturas pueden bajar a cuarenta grados bajo cero.

—¿No hablabas de que existe una eremita?

—Sí, pero esa mujer nació y se crio en el lugar. Muy diferente al caso de Ivana.

—Yo no la subestimaría.

—Ruryk, estamos dejando atrás el otoño y la taiga se pone cada vez más peligrosa. Esa mujer habrá elegido vivir en otro sitio, de lo contrario, no tendría chance de sobrevivir.

Al escuchar esas palabras, algo en el pecho de Ruryk se sacudió. Odiaba tal sensación, porque no comprendía el motivo, ya que Ivana Spoya no significaba nada para él.

«Joder», se dijo furioso.

—¿Qué es la taiga?

—Franjas de tierra virgen que componen un bosque subártico, el cual es conocido por la vasta extensión de coníferas que pueden llegar a más de cuarenta metros de altura. La vida salvaje es muy diversa y el frío en invierno resulta extremo.

—No tan virgen, diría yo.

—¿Te refieres a la eremita que reside allí?

—Sí.

Andrey sonrió apenas.

—La taiga ha ganado terreno a la civilización, y solo un puñado de pueblos, que asciende a unas pocas miles de personas, ha sobrevivido, Ruryk. La eremita es una de ellas.

—Entonces, es vital que demos con Ivana.

El agente se levantó y se dirigió al ventanal, desde el cual se observaban diferentes pistas de aterrizajes.

—Me parece descabellado que te largues a recorrer Rusia, a través de unas imágenes que ni siquiera me has comentado cómo las obtuviste, para dar con una chica sobre quien manifiestas una obsesión que no comprendo. No soy pro

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