French Kiss

Alina Covalschi

Fragmento

french_kiss-3

Capítulo 1

Amelia

Mi hermano sacó la pasta fresca del agua hirviendo y comenzó a lanzarla a través del pollo frito. Añadió un poco más de aceite de oliva y limón. Mientras el aroma llenaba el aire, puse un mantel blanco encima de la mesa y me senté.

Era un sábado soleado y había decidido quedarme en la casa en vez de salir con mis amigas Hannah y Sarah. Ellas no sabían que Iván me engañaba con Chelsea. Me sentía desolada y triste, y no quería preocuparles.

Ellas eran las únicas personas que no me habían fallado. La vida las había colocado en mi camino y estuvieron a mi lado en cada momento. Con ellas compartí miles de instantes buenos y alegres, risas y lágrimas, horas interminables conversando hasta quedarnos dormidas.

La amistad que había tenido con Chelsea fue diferente. Cuando ella y su familia se mudaron a mi barrio hace cinco años, era una chica tímida y retraída. Nadie quería hablar con ella y la ignoraban constantemente.

Un día la invité al club de lectura que tenía lugar cada viernes después de clases. Me gustaba la literatura y los libros me fascinaban.

Hannah y Sarah eran las cofundadoras del club. Fueron las que tuvieron la idea y se lo propusieron a nuestro director. No obstante, cuando vieron a Chelsea, protestaron. Solo se podía inscribirse a través de una petición y una breve carta de presentación, nombrando los últimos libros que habías leído.

Después de la primera clase, hablé con ellas y decidieron aceptarla.

—Sabes que hay una lista larga de espera, no podemos aceptarla —comentó Hannah.

—Lo sé, pero esta chica es nueva y necesita integrarse, hacerse amigos. ¿No ves que nadie quiere hablar con ella? —susurré.

—Amelia tiene razón. Deberíamos darle una oportunidad. Parece buena chica, y además dijo que leyó bastantes libros estos meses —dijo Sarah con entusiasmo—. Necesitamos nuevas opiniones en los debates.

Los meses pasaron y Chelsea se convirtió en mi mejor amiga. El club de lectura la ayudó a integrarse y hacer nuevos amigos.

Sin embargo, siempre me llamó la atención que, a pesar de ser bastante guapa, no tenía buena suerte con las relaciones sentimentales. Duraban poco o algunas no llegaban a concretarse.

Cosa contraria a mí. Iván se mostraba cariñoso conmigo y tenía todo lo que un chico de su edad debía poseer para ser un buen novio. Todo hasta que se lo presenté a Chelsea. Al principio pensé que ella era celosa, porque me pedía que la llevara conmigo a las citas. No vi que estaba prendada por él y que le hacía ojitos. No vi que él la miraba con deseo y que prestaba atención solo a lo que ella decía. Hasta que los vi besándose a escondidas.

Fue entonces cuando mi mundo se derrumbó y me costó afrontar lo sucedido. Descubrí que no todo aquello en lo que creía era tal y como había pensado.

Súbitamente, no sabía cómo sentirme. Todos los días me preguntaba si podría volver a confiar en alguien y en mi criterio. Estuve sumida en una relación en la que creí cosas inciertas, pero lo que sí existía y sentía como verdadero fue aquello vivido por mí. Y fue auténtico en mi mundo porque lo palpé de algún modo.

—Amelia... ¿Estás bien? —Mi hermano empujó el tenedor y me miró con atención—. ¿Pasó algo? Puedes contármelo.

Finalmente, levanté la vista de mi plato.

—Estoy bien —suspiré dolorosamente—. Solo un poco cansada, nada más.

—La semana que viene es la fiesta de tu graduación y no he visto a Iván por aquí.

—No quiero ir, bueno, no lo sé.

Desvié la mirada, me costaba hablar y mantener mi tono sin romper a llorar. Sentía tristeza por haber sentido, por haber creído y por haber confiado en Iván. Atesoraba rabia y resentimiento contra él por aquello que no existió en su corazón. Todo aquello me llevaba a una sola pregunta: «¿Y ahora qué?».

—Como quieras, yo no puedo obligarte. Pero no quiero que te arrepientas de no haber ido.

El timbre de la puerta sonó y él dejó de hablar. Suspiré con alivio y me puse de pie.

—Seguro que son mis amigas. —Empujé la silla y salí de la cocina.

Caminé hasta la puerta y la abrí sin mirar por la mirilla. Me quedé helada cuando me encontré frente a Iván.

—Hola, preciosa. —Esbozó una sonrisa y se apoyó en el marco de la puerta—. No me contestaste a los mensajes.

—No tuve tiempo, lo siento.

Me resultaba doloroso verlo de nuevo. Respiré de manera profunda, una cantidad inmensurable de pensamientos y emociones se agolpaban en mi mente de forma contundente, ampliando mi rabia. Fueron incontables las veces que me insté a mantener la mente en blanco y que me forcé a prestarle atención a las conversaciones que tenía con mi hermano diariamente para olvidarlo. En este momento estaba frente a mí como si nada hubiera pasado, apareció justo cuando había comenzado a tener un poco de paz.

Iván era un chico guapo y carismático. Se le daban muy bien las palabras, y siempre me había tratado bien. Su problema eran las mentiras y el engaño.

Mientras lo miraba, me preguntaba si continuaba respirando. Todo sucedía a cámara lenta y no me encontraba bajo control.

Su cabello estaba totalmente revuelto, pero en vez de verse horrible, se veía adorable y lo odiaba.

—Quería asegurarme de que vas a ir al baile conmigo. —Estiró una mano y acarició mi mejilla.

Tragué duro y apreté los puños. Mi corazón latía en el pecho, desesperado, y no sabía por cuál de tantas razones era; si por verlo, por la rabia que sentía por haberme engañado con mi mejor amiga o por sentirme tan indefensa delante de él.

Una sensación de temblor invadió mi cuerpo. Se congregaron tantos sentimientos en mi mente que me había quedado sin saber qué decir o hacer.

—¿No me invitas dentro? —susurró.

—No sé si voy a ir al baile —dije tajante—. Te llamaré.

Me aparté y le cerré la puerta en las narices. Me quedaba muy poco para romper a llorar y no quería que él me viera así. Planeaba plantarle cara, pero necesitaba encontrarme mejor y con fuerzas para hacerlo.

—¿Qué ha sido eso? —Harry me miraba con los brazos cruzados—. ¿Por fin rompiste con él?

—No, bueno... no quiero hablar.

Pasé por su lado y subí las escaleras corriendo.

—¡Es un idiota! —chilló mi hermano—. Pronto te vas a dar cuenta.

Cerré la puerta de mi habitación y me tiré en la cama. Miré fijamente el techo mientras la soledad de la habitación me embargaba. Un sollozo escapó de mis labios y mis sentimientos se apagaron. Imágenes de ellos dos burlándose de mí pasaban en mi cabeza como una grabación, y los temblores de mi cuerpo aumentaron.

Iván había sido mi novio durante un año y nunca había dudado de él. Fue el primer chico que se había fijado en mí; me había ilusionado muchísimo. Cuando murieron mis padres, rechacé a casi todos los que querían conocerme. Estaba rota, destrozada y pensaba que no merecía ser feliz.

Sin embargo, Iván rompió todas esas barreras que había levantado y me ganó el corazón. Fue hermoso mientras duró.

Nuestra historia de amor llegó a su fin y él tenía que saberlo cuanto antes.

french_kiss-4

Capítulo 2

Amelia

Me despertaron unos incesantes golpes en mi puerta. Parpadeé varias veces para ubicarme y cerré los ojos.

—Está abierto —dije con voz somnolienta.

Harry entró en la habitación y se acercó a la cama. Se quedó en silencio por un momento, mirándome, y luego dijo:

—Te quedaste dormida. Tienes que comer algo.

—Bajaré enseguida. —Mis hombros se desplomaron.

—Tus amigas están abajo y no paran de hacer preguntas. Sabes que eso me incomoda.

—¿Sarah y Hannah? —Me incorporé y quité la manta que cubría mi cuerpo—. Pero... oh, diles que suban.

—¿Qué pasa contigo últimamente? —Sus ojos recorrieron la habitación antes de volver a los míos—. Te noto distraída y no me gusta verte así. No soy papá, pero puedes hablar conmigo.

—Gracias, Harry. Lo haré.

Me deslicé fuera de la cama y me estiré para besar su mejilla. Asintió con la cabeza, parecía complacido. Sabía que podía contarle todo lo que había pasado, pero prefería esperar. No quería preocuparle y, aún más, no quería darle la razón. Harry siempre decía que Iván era un idiota y que no me quería.

Él salió de la habitación y me acerqué a la mesa para echar una mirada a los mensajes que tenía en mi móvil. Todos eran de Iván pidiendo explicaciones. Los borré, no quería saber nada de él, no me sentía capaz de afrontar la situación.

La puerta de la habitación se abrió y dejé escapar un sollozo cuando las vi. Sentí que mi alma se separó de mi cuerpo y una emoción se disparó a través de mí. Rompí a llorar y corrí para abrazarlas.

—Amelia... —Sarah soltó un suspiro—. Me ahogas, ¿qué pasa?

—¿Por qué lloras, amiga? —preguntó Hannah y se separó para mirarme a los ojos—. ¿Es por ese idiota?

—Todos lo llaman idiota. —Forcé una sonrisa y me sequé las lágrimas con el dorso de mi mano.

—Porque lo es. —Sarah se sentó en el borde de la cama y me miró con el ceño fruncido—. ¿Qué hizo ahora?

—Me engañó... con Chelsea. Ellos están juntos.

—¿Qué idiotez es esta? —Hannah se cruzó de brazos y apretó los labios—. ¿Cómo puede hacerte esto? Sabía que esa víbora trama algo. Hace unas semanas la pillé saliendo de los vestuarios de los chicos.

—Lo siento. —Sarah se puso de pie y me abrazó—. Sé que lo querías y también sé que ella era tu mejor amiga. ¿Pero sabes qué? Nosotras también somos tus amigas. No has perdido nada, nos tienes a nosotras.

—Así es —dijo Hannah—. Y tenemos que afrontar esto juntas. Mañana me puede pasar a mí...

Nos miró con el ceño fruncido y se echó a reír.

—Las amigas no se traicionan. —Sarah sonrió.

—Gracias, chicas. Soy afortunada por teneros a mi lado.

—Bien, ahora cuéntanos qué pasa con tu hermano.

Hannah se acercó a mi escritorio y tomó la única fotografía que se encontraba al lado de mi ordenador.

—¿Qué quieres decir? —Me acerqué hasta allí.

—Es tan guapo... —suspiró—. ¿Por qué no tiene novia? Yo me ofrezco y...

—Ay, por Dios. Siempre lo mismo —gruñó Sarah—. Cada vez que venimos aquí, no paras de decir lo mismo. ¿No ves que no le gustas? Y además es mayor que tú.

—Ya, pero puedo soñar. ¿Verdad?

—Mi hermano sale mucho con sus amigos. —Me aclaré la garganta—. Nunca trajo a una chica a casa, y eso también me preocupa. No sé si es porque no quiere molestarme, o porque le da vergüenza o porque no tiene una. Cuando murieron nuestros padres, todo el peso cayó encima de sus hombros y tuvo que hacerse cargo de mí, de mis estudios, de los gastos... prácticamente de todo. Se sacrificó bastante.

—Es un buen hermano —comentó Hannah.

—Sí, lo es. No sé qué haría sin él —añadí.

—¿Qué piensas hacer con Chelsea y con ese idiota? Tienes que plantarles cara. Mañana es el baile, y tengo una idea. —Hannah me guiñó un ojo y sonrió.

—Tus ideas acaban mal —dijo Sarah.

—Esta no. Lo primero que tienes que hacer es ir a la casa de Chelsea y decirle que Iván te propuso matrimonio.

—¿Qué? —La miré, sorprendida.

—Y le enseñarás un anillo de compromiso. Así no irán al baile juntos. Se lo merecen.

—No lo sé —pronuncié cada palabra lenta y deliberadamente.

—Es una buena idea.

Sarah aplaudió y sonrió de oreja a oreja.

Las miré con nostalgia y me pregunté por qué había dejado que Chelsea se metiera entre nosotras. Ellas dos eran mis mejores amigas, fueron las únicas que me ayudaron a superar la muerte de mis padres.

Me sentía afortunada por tenerlas a mi lado.

french_kiss-5

Capítulo 3

Amelia

Meses después

Me senté en el sofá jugando con los botones de mi camisa. No podía evitarlo, me sentía triste y con ganas de desaparecer por un tiempo. Tenía diecinueve años recién cumplidos y no sabía cómo manejar mi vida. No era una chica atractiva, ni siquiera sensual; sin embargo, muchos decían que mi cara era bonita y que tenía una vibrante alegría en mi expresión.

Vivía con mi hermano en un apartamento de tres habitaciones en el centro de la ciudad. Teníamos suficiente dinero para cumplirnos cualquier capricho, sin embargo, no me sentía afortunada. Mi hermano y yo tuvimos que pagar un precio lamentable por aquello hace dos años. La muerte de nuestros padres en un trágico accidente de tráfico nos dejó una gran fortuna, una que no habíamos esperado.

Los recuerdos se detuvieron de golpe y las emociones tomaron su lugar, aferrándose a mí con tesón. Presa de esas emociones, intenté borrar para siempre las imágenes de aquel fatídico día, pero se mantenían, atormentándome y llevándome hacia las tinieblas. Había perdido el control sobre mi vida y los sentimientos dañaron mi cuerpo impidiéndome pensar con claridad.

A todo ese dolor irreemplazable se asomaba la decepción de Iván. Me arrepentía de haberlo conocido, me había mentido y me había engañado con mi mejor amiga.

Evité los ojos de mi hermano, había una parte de mí que deseaba salir corriendo.

—Tu situación tiene remedio —dijo Harry y estiró las piernas para tocar las mías.

—Déjalo. Solo quiero olvidarlo. Tenías razón, se estaban burlando de mí y yo ni siquiera me había dado cuenta.

—Son tal para cual. Olvídalo, hermanita. —Pasó un brazo alrededor de mi cintura y se acercó un poco más—. Eres muy guapa, ya verás como los chicos harán cola detrás de ti.

—¿Y los vas a dejar? Te conozco. —Entorné los ojos.

—No, pero quería animarte.

—Decías que tienes una solución, ¿cuál es?

—Es una idea loca que tuve, déjalo.

—No, dímelo —insistí, tras soltar un suspiro.

—Puedes aprovechar estas vacaciones para ir a París. Hay dinero en el banco, nuestros padres nos dejaron una buena fortuna.

—¿Por qué a París? ¿Vendrás conmigo? —Lo miré directamente a los ojos.

—Irás sola. Tienes diecinueve años y puedes viajar por tu propia cuenta.

—Pero quiero ir contigo —dije, titubeando un poco—. ¿Tú a dónde vas a ir?

—Yo iré a Las Vegas —contestó riendo—. Tengo dinero para gastar.

—Yo también quiero ir. —Me levanté del sofá—. Esto no es justo. A mí me envías a París donde todo es aburrido y tú te vas a Las Vegas donde está toda la diversión.

—Ey, no soy yo quien no sabe besar. —Levantó las manos en el aire.

—Eso dolió. —Agaché la cabeza.

—Lo siento. —Esbozó una sonrisa de compasión y se acercó para abrazarme.

—No tenía que decírtelo, ahora esto es un motivo de burla para hacerme daño.

—Nunca, hermanita. Solo que esto tiene que ver con tu viaje a París. —Se alejó para mirarme—. Hay una academia que se dedica a enseñar a besar. Es el lugar perfecto, aprenderás a hacerlo como una verdadera francesa.

—Estás bromeando, ¿verdad? —pregunté y al ver que no contestó a mi pregunta, seguí hablando—. Es verdad...

—Sí, lo es y ya tienes una plaza reservada.

—¿Estás de broma? Una academia para aprender a besar... ¿y qué se supone que tengo que hacer? ¿Besarme con todos? —Lo miré con desconfianza.

—No lo sé, solo intenta no suspender. —Se echó a reír.

—¡Idiota! —grité mientras intentaba golpearlo.

—Luego me lo agradecerás. —Empezó a correr y tiré los cojines detrás de él—. Prepara tu maleta, tienes el vuelo para mañana por la tarde —gritó desde lo alto de la escalera.

—No iré, esto es una locura.

—Puede que sea una hermosa locura... —dijo con encomiable calma.

—Puede que sí.

Dejé caer mis manos hacia abajo y sentí debilidad en las piernas. Lo que quería y deseaba era captar la atención de un chico bueno y que no me hiciera sufrir. Envidiaba a mi prima. Tenía una relación estable con Thomas. No era un chico guapo, pero la trataba con cariño y la quería con locura.

Yo era una causa perdida.

El único quien confió en mí fue mi padre, pero él ya no estaba. Se esfumó de mi vida y se llevó a mi madre con él. El accidente de coche y el duelo fueron, probablemente, los hechos más grandes que he enfrentado. Manejaba mi madre y el informe policial dijo que estaba bajo influencia del alcohol. La culpaba, y mi hermano también. Ella nos arrebató la familia. Desde que la despidieron del trabajo, no dejó de beber. Mi padre la ignoró, pensando que volvería a su sensatez, y siempre nos decía que era solo algo temporal.

Ellos ya no estaban con nosotros. Mi hermano era el único pilar de mi vida, la razón por la que sonreía todos los días. Era el hermano perfecto, cariñoso y protector.

french_kiss-6

Capítulo 4

Amelia

El sol se hundía más y más detrás de los árboles. La luz del día se volvía dorada, luego gris. Mi mente estaba corriendo. No dejaba de pensar sobre las cosas que habían sucedido durante los últimos meses. Cómo mi novio me engañó con mi mejor amiga, cómo me fui a la graduación y les planté cara, cómo mi hermano planeó un viaje para mí a París.

Tomé aire y desvié la mirada hacia la izquierda. La tristeza anegó mi pecho. Había crecido junto a mi hermano en aquel barrio y en aquella misma casa. Los recuerdos se aferraron a mí con desesperación y en mi interior brotó una cascada de imágenes. Era extraño cómo se quedaron intactas en mi memoria y lograron sobrevivir con la ayuda de mis propios sentimientos.

Mientras estaba pensando en eso, cerré la maleta y me senté encima. Me había informado un poco sobre el curso y había mirado fotografías en Internet. Era un lugar agradable, con bonitas vistas y sin demasiadas pretensiones. Durante dos meses tenía que acudir todos los días a clases y, mientras, se nos daba la oportunidad de aprender a hablar el francés.

—¿Lo tienes todo preparado? —Mi hermano se irguió frente a la puerta.

Harry era alto y delgado como mi padre. La misma expresión risueña y los mismos ojos azules.

—Creo que sí. —Hice un esfuerzo para sonreír—. Voy a echarte de menos.

—Yo también. Es la primera vez que nos separamos. —Se sentó en el borde de la cama y miró a su alrededor—. No has cambiado nada en la habitación, ni siquiera este color tan feo.

—Me gusta el color naranja. —Puse una mueca—. A papá también le gustaba.

—No me acostumbro a esto —suspiró—. Hay días que me adentro en los recuerdos y los veo por la casa.

—Yo sueño con ellos por las noches. —Sorbí mi nariz—. Esto es injusto.

—Te tengo solo a ti y ahora nos tenemos que separar...

—No precisamente, me puedo quedar —dije con rapidez—. No hace falta que vaya a ese estúpido curso.

—Vas a ir, Amelia. Lo necesitas, tienes que distraerte con algo. Te veo triste y no me gusta. Me siento culpable —susurró en una rara admisión.

—No. —Me puse de pie y me agaché delante de él—. Tú eres quien me cuida. Deberías estar orgulloso porque lo haces muy bien.

—¿Tú crees? Apenas nos vemos, yo salgo con mis amigos y tú... ni siquiera sé lo que haces todos los días.

—Eres el mejor hermano del mundo. —Apreté sus manos—. Sabes que a mí me gusta mucho pasear, ver lugares peculiares y a veces me pierdo por el camino. Ayer fui a ver la casa del Almirante Hansen. ¿Sabes que antes de morir escribió dos poemas en la pared de su habitación? Eran de amor, para su amante...

—Estas cosas me aburren. —Entornó los ojos.

—Me alegro de tenerte en mi vida. Te quiero mucho.

—Yo también te quiero, hermana. —Besó mis manos y sonrió—. Quiero que vuelvas renovada y con más confianza en ti misma.

Me senté a su lado y coloqué mi cabeza en su hombro. Delante de nosotros, había un retrato de nuestros padres, colgado en la pared. Deberían de estar orgullosos de sus hijos. Habíamos terminado los estudios con brío y mi hermano encontró el trabajo de su vida. La arquitectura siempre fue su gran pasión y no dejó de soñar hasta que lo consiguió.

Yo amaba a los niños y quería ser maestra. Pero me había tomado una pausa de dos meses para hacer el curso en París y prepararme mentalmente para lo que vendría.

Echaba de menos a mis padres, la ausencia dolía; sin embargo, su recuerdo siempre estaría presente en mi mente. Los llevaba en mi alma.

french_kiss-7

Capítulo 5

Amelia

—Llámame cuando llegues —dijo con cierta calidez en su tono—. Te esperan en el aeropuerto, no te preocupes. —Me agarró por el brazo.

—No sé qué decir...

—¡Wow! Esto es nuevo. —Me miró con una ceja elevada—. A ti las palabras nunca te abandonan.

—Aún no lo tengo asumido. Irme sola a París y además... —suspiré—. No sé hablar francés.

—En eso no hay problema. Hablan inglés. —Sacó el billete y lo miró con atención—. Te queda media hora para facturar. Vamos.

—Espera. —Tiré de él—. Creo que me quedaré aquí.

—Oh, no. Irás, yo ya tengo planes con mis amigos.

—Pues iré contigo. —Me aferré a su cuello.

—No seas tan niña. —Quitó mis manos y me separó de él—. Es una experiencia única y tienes que aprovecharla.

—Es una tontería.

—Lo que tú digas, pero tienes que irte. —Agarró la maleta—. Vamos, hermana, vas a perder el avión.

Lo seguí en silencio y, mientras caminaba, mi estómago se retorció por la duda. Consideré tomar el viaje como un cambio de aires, pero por mucho que no quería pensar en ello, no podía ignorar la otra posibilidad, la que había estado intentando no considerar. ¿Podría aprender a besar?

Después de facturar, me despedí de mi hermano. Su verano tenía mejor pinta que el mío y eso frustraba bastante. Lo único que me hacía ilusión era visitar París. Siempre deseé hacerlo porque allí fue donde se conocieron nuestros padres.

Hice cola para subirme al avión y, cuando llegué a mi sitio, guardé la maleta y me deslicé en el asiento. Estaba cansada, no había conseguido pegar ojo en toda la noche. Me sentía extraña, nunca había viajado sola y era la primera vez que me separaba de mi hermano.

Cerré los ojos y dejé que el sueño profundo me aprisionara en sus brazos de plumas suaves que se movían a merced de los pensamientos que rondaban en mi cabeza.

***

—Señorita, despierta. —Sentí una fuerte sacudida—. Hemos aterrizado y todos los pasajeros han bajado del avión.

Abrí los ojos de golpe y miré a mi alrededor.

—¿Qué? —pregunté en silencio—. ¿Hace mucho tiempo?

—Hace unos diez minutos.

Se echó a un lado para dejarme pasar.

—Gracias. —Me estiré para coger la maleta.

Bajé del avión y corrí hacia la salida. Se suponía que tenían que venir a recogerme, no quería quedarme abandonada e incomunicada en un país extranjero. Cuando salí por la puerta, no vi a nadie esperando. La sala estaba prácticamente vacía y empecé a sentir pánico. Intenté tranquilizarme. La lógica indicaba que tenía que llamar a mi hermano y no actuar en caliente.

—Disculpe —dijo alguien detrás de mí—. ¿Es usted la señorita Amelia? —Su acento francés me hizo sonreír.

—Sí, soy yo. Salí tarde del avión... —Empecé a explicar, pero dejé de hacerlo al ver que se agachó para coger la maleta sin prestarme atención.

Decidí callarme y seguirlo.

Aunque no parecía una idea inteligente. No sabía quién era ese hombre, no me había dicho su nombre y tampoco que la academia lo había enviado. La duda se dibujó en mi rostro, pero no protesté.

Fuera había un coche lujoso, negro y brillante. Mis ojos se fijaron en la matrícula. Abajo había una frase con el nombre de la academia, justo lo que necesitaba para alejar el miedo.

El hombre guardó mi maleta y luego me abrió la puerta trasera, forzando una sonrisa. Supuse que no sabía hablar inglés y me subí en el coche en silencio. Sin embargo, le devolví la sonrisa.

Mis ojos se fijaron en el paisaje y en la cantidad de turistas que se movían como hormigas. Por alguna razón, deseaba estar allí con ellos, visitando cada rincón de este país tan grande donde los museos, los monumentos famosos, el glamour y la moda ofrecían una visión diferente de cualquier otro país.

Me gustaba, era algo nuevo y distinto a Nueva Jersey. Las personas parecían tener otro ritmo de vida, eran más risueñas y más tranquilas.

—¿Queda mucho? —pregunté y lo miré expectante.

Suspiré cuando no recibí respuesta; el hombre solo se limitó a sonreír y seguir conduciendo.

Después de media hora de viaje, el coche giró hacia la derecha, tomando una curva estrecha y paró delante de una puerta de hierro. Había una inscripción en grandes letras, pero como no sabía leer francés, no le presté atención.

Cuando las puertas se abrieron, el chofer arrancó el motor y siguió por un camino de piedras. Al final del todo, había un par de casas pequeñas y de color blanco. Estaban muy bien cuidadas y encajaban a la perfección con el paisaje que las rodeaba. Cuando giré la cabeza, vi cómo una mansión de tres plantas aparecía delante de mis ojos. La casa de piedra que se alzaba sobre la cima de la colina era una maravilla. La entrada circular estaba repleta de rosales en flor y el paisaje periférico me impresionó. No obstante, las persianas estaban todas bajadas, como si intentaran protegerse de algo.

El chofer detuvo el coche y mi cuerpo se puso tenso. Se bajó y me abrió la puerta. Una ráfaga de aire fresco heló mis huesos y mis labios empezaron a temblar. No hacía frío, pero el escalofrío que había sentido al bajarme del coche fue extraño.

Justo en ese instante, la puerta principal se abrió y una señora de mediana edad salió a mi encuentro. Se paró delante de mí y no se molestó en disimular ni un ápice su descarado escrutinio.

—Mi nombre es Brigitte. —Estiró una mano—. Bienvenida a la academia Amour et lettres[1], Los demás alumnos ya están dentro.

Ella se enderezó de forma rápida y me dio una media sonrisa.

—Gracias. —Sacudí su mano con movimientos bruscos.

—¿Tuviste un buen viaje? —Ella miró directamente hacia mí, sosteniendo fácilmente mi mirada.

—Es la primera vez que viajo sola y me sentí un poco extraña, pero bien.

Cuando intenté retirar mi mano, ella la apretó con fuerza y paseó su mirada inquisitiva por mi cuerpo, poniéndome aún más nerviosa de lo que estaba.

Por la mirada triste y apagada que ella tenía, parecía que la vida la había castigado duramente. Sin embargo, poseía una belleza poco común. Su cabello negro carbón caía sobre su cuello y hombros, acentuando el color blanco de su piel. Unos ojos azules brillantes y místicos, resaltaban como dos piedras preciosas en su rostro, mientras una piel perfecta la hacía lucir como un personaje de cuentos.

—Sígueme, mademoiselle[2] —dijo entre dientes y soltó mi mano.

Dio la vuelta y empezó a caminar.

La brisa fresca agitaba mi cabello y la repentina claridad me hizo entrecerrar los ojos, distrayéndome por momentos de las preocupaciones que insistían en atormentar mis pensamientos. Contemplar los alrededores mientras caminaba detrás de aquella enigmática mujer también ayudaba a tranquilizarme.

Vi por el rabillo del ojo cómo el chofer la siguió por las escaleras cargando con mi maleta.

—¡Este lugar es increíble! —exclamé.

—Pronto vas a cambiar de opinión. —Brigitte me disparó una sonrisa torcida.

No entendía por qué ella me hablaba así, y me sentía algo confusa. Sabía que algunos directores podían ser bastante exigentes, sin embargo, había algo más detrás de esa frialdad y pensaba descubrirlo. Me gustaban los misterios, y se daba en gran parte a mí curiosidad. También al gusto por las sorpresas. Me repugnaban la monotonía y la rutina.

french_kiss-8

Capítulo 6

Amelia

—Bonjour mademoiselle[3] —Su voz me sobresaltó. No lo había oído acercarse y estaba a solo unos centímetros de distancia. Me permití el lujo de examinarlo detenidamente. Era bastante bajito, regordete y con una calva incipiente.

—Eh... Bonjour —saludé aún sorprendida por su llegada. Antes de que hubiera terminado de pronunciar la palabra, el hombrecito ya se alejaba con mi maleta en su mano.

—La llevará a tu habitación —explicó Brigitte con brusquedad al ver mi cara de desconcierto—. Ahora sígueme y, por favor, mantente en silencio.

Casi como un robot, hice lo que me ordenaba y la seguí por el pasillo. Aquel lugar no tenía nada que ver con lo que yo me había imaginado.

Todas las persianas estaban bajadas de forma que solo dejaban que se filtrase una brizna de luz que apenas iluminaba para saber por dónde

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos