Las indiscreciones de lady Margaret (Minstrel Valley 12)

Begoña Gambín

Fragmento

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Prólogo

Londres. Verano de 1834

Queda fuera de toda cuestión que, en ocasiones, basta un solo instante, una breve visión, para cambiar una vida sin remisión, sin tener posibilidad de esquivarlo. En esos casos, es mejor dejarse llevar y confiar en que sea una metamorfosis que nos convierta en una hermosa mariposa.

El carruaje iba a pasar por delante de Ditton Manor camino de la vivienda de sus tíos maternos. El vizconde Ditton no pudo evitar desviar su mirada para no verla. Desde la muerte de sus padres, la otrora grandiosa mansión le recordaba a un panteón funerario.

Seis años ya. Seis años de oscuridad.

Andrew Kaye no quiso esquivar las imágenes que acudieron a su mente de los tiempos de su niñez, cuando su familia rebosaba salud y felicidad. Era un niño sin preocupaciones, amado por sus padres y su hermana, sin conocimiento de lo aciaga que podía ser la vida. Su madre era una mujer alegre y risueña que, por cualquier motivo, hacía una fiesta.

Con su padre le unía una estrecha relación en la que compartían aficiones que disfrutaban juntos. Entre ellas estaba la colección de obras de arte. Era muy habitual verlos a los dos acudir a la casa de subastas Christie’s para adquirir alguna pieza. Incluso, su padre solía soñar en voz alta con él sobre las esperanzas que tenía de ampliar de forma importante la colección de la familia cuando Andrew emprendiese un viaje cultural por la histórica Grecia al acabar la universidad. En su juventud, él había realizado el Grand Tour por Europa y quería que su hijo disfrutase de ello, pese a que ya no era una práctica tan arraigada como en su tiempo entre los jóvenes de las clases altas británicas como parte de su educación.

Pero la alegría y todos los sueños familiares desaparecieron en un solo instante cierto nefasto día. La prematura muerte de sus padres a consecuencia de unas fiebres tifoideas y la consecuente responsabilidad que había recaído sobre él lo sumieron en la más profunda negrura y lo convirtieron de inmediato en un joven responsable, pero también taciturno.

Por aquel entonces tenía quince años, llevaba dos años en Eton y tuvo que asumir el título de vizconde, aunque su fortuna la manejaban dos de los abogados de su padre y su tío. En cuanto cumplió los dieciocho e ingresó en la universidad de Oxford, comenzó a conocer sus entresijos cada vez que visitaba Londres, con la ayuda de su tío —marido de la hermana de su madre— y tutor. En poco tiempo despuntó como economista e hizo algunas propuestas sobre inversiones a sus albaceas, que estos aceptaron, y aumentaron cuantiosamente su capital.

En esos momentos, con veintiún años, por fin iba a asumir el gobierno total del título, comenzaría a realizar sus propias inversiones y a abrir sus propios negocios. Su seriedad y responsabilidad lo avalaban.

Durante esos años, el vizconde se había convertido en un hombre duro y curtido para todo el mundo, salvo para su hermana, la honorable Hester Kaye. Por ella tuvo que tragarse su propia amargura y camuflarla de alegría con sonrisas e ironía. El primer año después del deceso había sido muy duro para su querida Hester. Solo tenía ocho años y perder a sus padres a tan tierna edad… Pero gracias al amor de su hermano y al de sus tíos, fue distanciando los lloros hasta que desaparecieron.

Sabía que tarde o temprano tendría que mudarse de nuevo a la mansión familiar, pero eso ocurriría cuando no tuviese a su hermana viviendo en la casa de sus tíos. Hasta entonces, nada más que los estudios podían separarlo de ella.

El carruaje paró y fue cuando Andrew se dio cuenta de que había llegado a su destino. El verano lo esperaba después de unos meses intensos en la universidad. Hacía seis meses que no veía a Hester y estaba ansioso por hacerlo, pero no pudo ser. Sus tíos le informaron de que su hermana estaba pasando el día en Ashbourn House con lady Margaret Ashbourn.

No lo dudó ni un segundo, se despidió de sus tíos asegurándoles que volvería en breve para celebrar con ellos su llegada y se marchó a la mansión de su mejor amigo, lord Arthur Ashbourn.

La vivienda de los condes de Darenth, padres de Arthur y Margaret, era como una segunda casa para Andrew y para su hermana. Por lo tanto, cuando llegó a ella, el mayordomo lo acompañó hasta la biblioteca donde se encontraba su amigo sin necesidad de anunciarlo. Después de un breve saludo, Arthur lo acompañó hasta el jardín, donde se encontraban las dos jóvenes.

Antes de verlas escuchó las risas alborotadas de las dos amigas, pero en cuanto las localizó… Entre los parterres, Hester y Margaret daban vueltas unidas por las manos, con las faldas revoloteando alrededor de ellas mientras se reían a carcajadas iluminadas por el astro rey que ese día había decidido mostrarse en su máximo esplendor.

La escena le llenó el alma de luz. Ver a las dos disfrutando era lo más bello que había visto en los últimos seis años. Sintió una explosión de alegría al comprobar que su hermana era feliz.

La mirada del joven vizconde se desvió hacia la proveedora de tal dicha. La visión fascinante que pudo contemplar lo dejó boquiabierto. Margaret llevaba el pelo alborotado, los rayos de sol incidían en él convirtiéndolo en oro líquido. Sus mejillas, arreboladas por el esfuerzo, llamaban la atención en contraste con su pálida piel. Sus labios, seductores, estaban medio abiertos, como si fuese una invitación a ser cubiertos. La muchacha que contemplaban sus ojos no parecía la adolescente quinceañera que había visto la última vez que había estado en esa mansión hacía medio año; se había convertido en una hermosísima joven.

La nueva apariencia de Margaret le resultó tan gratificante que de inmediato comprendió que no volvería a verla nunca más como una chiquilla, hermana de su amigo.

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Capítulo 1

Londres. Principios de marzo de 1838

El amor debería ser franco, dadivoso y carente de enredos, pero a veces conduce al ser que ama a comportarse de una forma incoherente. Aunque gracias a tal hecho, el ser amado sea beneficiario de ello.

Andrew Kaye, o lo que es lo mismo, el vizconde Ditton, agradecía en esos momentos su obsesión por seguir los pasos de lady Margaret Ashbourn durante todas las soirées en las que coincidían, o más bien, en todas las que averiguaba que iba a asistir la joven. Margaret acababa de compartir una cuadrilla con William Barkham, conde de Ipswich. Por lo tanto, en cuanto observó que al terminar la pieza de baile se escabullían con cautela y, poniendo mucho empeño en pasar desapercibidos, se dirigían hacia las puertas de acceso al jardín, no tuvo ninguna duda y los siguió con un gesto impaciente.

«Pero ¿qué está haciendo esta muchacha? ¿De verdad pretende verse a solas con un hombre?», gruñó para sí mismo, frunciendo el ceño.

Conocía a Ipswich. Todo el mundo nocturno de Londres y que no estuviese aislado en un pueblo como Minstrel Valley conocía al conde. Mujeriego, juerguista y encantador de serpientes. Ese era su amigo.

Por otra puerta distinta a la que ellos habían utilizado, accedió al gran balcón que hacía de mirador y que servía para contemplar el entramado de plantas, setos y árboles del jardín de la mansión de los duques de Kenwood, cuyo enclave se encontraba en uno de los lugares más opulentos de Londres, Berkeley Square.

Disfrutaban de un baile organizado por Charlotte Wetherall, duquesa de Kenwood y tía de Margaret. La encantadora duquesa, patrocinadora de la Escuela de Señoritas de lady Acton, y amiga personal de la dueña de Minstrel House, donde residía el grupo de jóvenes, entre ellas Margaret, que tenían el privilegio de ser guiadas para adquirir todos los atributos necesarios para convertirse en Damas Selectas, era una dama muy respetada y estaba considerada como una de las mejores anfitrionas de la alta sociedad londinense.

Ditton se ocultó junto a una columna que le dio refugio además de la oscuridad suficiente para que la pareja no se percatara de su intrusión, y desde allí se dispuso a velar por la honra de su amiga.

Mientras los veía conversar cercanos a la balaustrada, se le escapó una sonrisa al recordar el día que había vuelto de sus estudios y vio a Margaret convertida en una esplendorosa adolescente, hermosa como jamás lo hubiera creído.

Para él era incomprensible cómo su corazón había detectado enseguida quién iba a ser su dueña, aunque ella era demasiado joven como para imponerle su amor, así que decidió aparcar sus sentimientos, ofrecerle su amistad y esperar el momento adecuado para cortejarla. Su amor era como una fogata ardiente y luminosa que se alimentaba de continuo al compartir su vida con la de ella y que se avivaba con los pequeños detalles que Margaret le ofrecía sin tener conocimiento.

Como consecuencia de ello, se conformaba con estar siempre a su disposición y atento a cualquier problema que tuviese.

La risa contagiosa de Margaret lo sacó de sus pensamientos. Esa risa tan habitual en ella, pero que en esos momentos era destinada a Ipswich. ¡Maldito fuese! El conde no se merecía que le dedicase ni una sola de sus sonrisas, ni escuchar su subyugadora voz.

Su voz.

No era la dulce y tímida dicción de una joven recién presentada en sociedad. En sus oídos sonaba cantarina y aterciopelada a la vez. Puro deleite para sus sentidos. Él la tenía grabada en su mente como una de las sinfonías más bellas jamás tocadas.

Súbitamente, sus ojos oscuros, que de normal eran impenetrables, se desorbitaron al ver cómo Ipswich alargaba los brazos, rodeaba la estrecha cintura de Margaret y la atraía hacia sí sin que la joven pusiera ni una sola objeción, más bien todo lo contrario, ya que posó sus delicadas manos enguantadas en el pecho del infame conde. De inmediato, elevó la mirada hacia sus rostros y vio la sonrisa lobuna de Ipswich.

Sus manos se convirtieron en puños ansiosos por chocar con su rostro masculino. Esa cercanía corporal le dolía en lo más profundo. Los últimos meses había practicado en el arte de la lucha gracias a algunos de sus conocidos de Minstrel Valley, así que la picazón en sus manos se reveló enseguida. Intentó templar sus nervios para no perder la compostura y formar un escándalo. Por el bien de la joven.

En eso se percató de que un grupo de jóvenes damas risueñas se dirigían hacia las puertas que había junto a él. Volvió su mirada de nuevo hacia la pareja que permanecía abrazada, pero, para colmo de males, el atractivo rostro del conde se acercaba de forma lenta pero constante para unir sus labios a los de Margaret.

—¡Maldita sea! —masculló. Por ahí no pensaba pasar. ¡Los labios de Margaret eran suyos!

Sin atisbo de duda, avanzó con paso vigoroso hasta ellos, la agarró por el brazo y tiró de él hasta que deshizo el abrazo ante la sorpresa de los dos.

—¡Ditton, ¿qué haces?! —exclamó Ipswich.

—¡Andrew! —exclamó Margaret a la vez que el conde.

Sin mediar palabra, la arrastró con él consiguiendo que la joven trastabillara en pos suyo, abrió una puerta, la introdujo en su interior y la cerró con tal fuerza que hizo vibrar sus cristales. Se encontraban en el despacho del duque. Margaret dio una fuerte sacudida con su brazo para soltarse del agarre de Andrew.

—¿Se puede saber por qué has obrado así? ¡Ipswich estaba a punto de darme un beso! —le espetó, molesta.

—¡Precisamente por eso, Margaret! ¡Observa! —Señaló hacia el exterior a través de las cristaleras.

En ese instante, el grupo de jóvenes, entre las que reconoció a lady Jane Walpole, compañera suya en la escuela de señoritas, hizo acto de presencia en la terraza. Margaret parpadeó conmocionada, con el aire atascado en los pulmones y una sensación de miedo en el estómago.

—¡Oh! Habría sido un gran inconveniente si me hubiesen descubierto con el conde de Ipswich —reconoció la joven llevándose la mano al pecho—. Gracias, Andrew.

—No se merecen, pero esto se podría haber evitado si tú no te hubieses escabullido con él. ¡¿En qué estabas pensando al hacer tal cosa?! —inquirió mirando de forma inquisitoria a la joven, con el ceño fruncido.

—Ha sido una bobada, lo reconozco, yo solo quería… —Margaret enmudeció de repente, reticente.

El vizconde profundizó en su mirada. Los hechizantes ojos de color añil de la muchacha solían observar todo su entorno como si estuviese viviendo en una fantasía y quisiese conocer todos los detalles para no olvidarlos. Y, en ese momento, él vio ese destello de curiosidad en ellos.

—¿Qué querías? —insistió con un tono algo imperativo, pese a que intentó evitarlo.

—Yo… —murmuró reacia.

—Adelante, Margaret, sabes que puedes confiar en mí sea lo que sea, que siembre estoy aquí para ti.

—Lo sé, Andrew. Siempre eres mi apoyo cuando me meto en algún enredo. Eres un gran amigo. ¡¿Qué digo?! ¡Más que un amigo! Eres como un hermano para mí. —Hizo una pausa, lanzó un suspiro y desvió su mirada hacia la chimenea de mármol blanco que presidía una de las paredes paneladas de madera noble—. Quería saber lo que se siente cuando te dan un beso —murmuró con gesto avergonzado a la vez que su níveo rostro se sonrojaba.

—¡Oh! —El vizconde no supo qué más decir.

Dos pensamientos confrontados luchaban dentro de él. Por un lado, se sintió defraudado al oír de los labios de Margaret el lugar que ocupaba en sus sentimientos ¡Un hermano! Y por otro, cuando confesó el motivo de su atrevimiento, el cuerpo del vizconde se sacudió como si esa voz suave como fino satén fuese un canto de sirenas, y que sus palabras eran una suave melodía dedicada a él. ¿Quería un beso? ¡Él estaba dispuesto a darle cientos en un instante!

Dio un paso hacia ella, pero se impuso la disciplina de la que siempre hacía gala, apretó las mandíbulas al tiempo que le daba la espalda. Había estado a punto de atraparla entre sus brazos y demostrarle personalmente lo que se siente al ser besada con infinita pasión.

Pero no podía hacerlo. No, más bien no debía. Tenía la obligación de respetarla a ella y a su familia. Además, Margaret se merecía un cortejo como mandaban las normas sociales, con el que le demostraría que no era su hermano.

La única muestra de todos esos sentimientos que atravesaron vertiginosamente su mente fue a través de sus ojos, que adquirieron una fuerza tormentosa durante unos segundos, para luego tornarse chispeantes.

—Sal de aquí y diviértete con mi hermana y tus amigas, por favor —le pidió con la intención de que abandonara la estancia antes de que no pudiese seguir controlándose y cometiese una imprudencia.

No vio cómo Margaret afirmaba con la cabeza, pero para sorpresa del vizconde, la escuchó obedecerlo sin rechistar.

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Capítulo 2

Compartir la amistad provee a la vida de palabras que alientan, sonrisas rutilantes, miradas comprensivas y lágrimas que se unen al dolor del amigo, ya que algunos vínculos pueden ser más sinceros, nobles y perdurables que los de la sangre y son los lazos de la amistad.

Era la primera vez que Margaret se había atrevido a ceder ante la insistencia de uno de los muchos caballeros que le habían propuesto algo parecido, y que la descubriese Andrew había sido bochornoso para ella.

Durante la primera temporada ni se le había pasado por la cabeza, pero durante los últimos meses algunas de sus compañeras se habían comprometido con excelentes hombres. Incluso la directora de la escuela y la profesora de protocolo, lady Eleanor y lady Valery respectivamente, habían encontrado a sus enamorados.

No era que a ella le atrajese el matrimonio, que no era así, pero tenía curiosidad por experimentar algunas de las sensaciones que sus amigas le habían confesado que sentían cuando estaban junto a sus prometidos. Por eso había aceptado el encuentro furtivo con lord Ipswich en la terraza.

Nada más entrar en uno de los salones profusamente iluminados y decorados con excelente gusto donde se bailaba, vio a su amiga Rose, lady Rosemary Lowell, bailando con su prometido, Richard Bellamy, conde de McEwan. Hacían una pareja admirable y en breve, al final de ese mismo mes, serían marido y mujer. Rose le había pedido que la ayudase a preparar su boda, motivo por el cual habían aprovechado el viaje a Londres para visitar a su modista habitual que le estaba confeccionando el traje de novia.

Ensimismada en sus pensamientos cariñosos hacia su amiga, no se dio cuenta de que otras compañeras de la escuela la habían rodeado hasta que notó un leve pellizco en el brazo.

—¿Perdida en algún discernimiento filosófico? —le preguntó su amiga Molly.

La señora Romola Hastings cumplía un año de casada el mes siguiente, por lo que ya no vivía en la escuela, pero no habían perdido el contacto. Solían verse muy a menudo por Londres, donde ella residía con su marido, Edward Hastings, antiguo profesor de baile de la escuela cuando sustituyó a su tío por un breve periodo de tiempo, durante el cual conoció a su esposa.

Margaret soltó unas alegres carcajadas.

—La filosofía te la dejo para ti, Molly. Yo me conformo con disfrutar del ambiente que reina a mi alrededor.

—Pues yo he bailado un vals con el profesor Lionel Hastings sin pisarlo una sola vez.

Escuchó la voz de la señorita Lorianne Bowler al otro lado de ella.

Se giró para mirarla con una amplia sonrisa en su tez de porcelana en la que destacaban sus luminosos ojos cerúleos y sus largas pestañas, que ensombrecían sus mejillas. De apariencia dulce y tranquila, en realidad había en ella un afán por absorber la vida con atrevimiento, como si lo que se le ofrecía no fuese suficiente para ella. Pero pese a lo que pareciese, una de sus mayores virtudes era su sentido de la amistad; por eso siempre estaba disponible para ellas.

—¡Excelente, Lori! Sabía que con el tiempo y tu tenacidad lo conseguirías y ya hace un tiempo que tus pies responden correctamente —se alegró Margaret.

—Es que el tío de mi esposo es un gran profesional —opinó Molly.

—Cierto, por eso he querido intentarlo antes con él. Ahora buscaré a mi prometido para que baile conmigo el siguiente vals, ¿alguna de vosotras sabe dónde se encuentra?

—Yo he visto antes al condestable hablando en la sala de al lado con el marqués de Northcott, el sobrino de lady Acton —informó la honorable Hester Kaye, la hermana del vizconde Ditton—. Creo que estaban comentando algo sobre unos robos que se han producido últimamente en Minstrel Valley. —Miró a sus compañeras de escuela con un gesto contrito—. No creáis que lo sé porque estuviese escudriñando, estaba a su lado porque su esposa me preguntó por lady Acton. Hace un mes que no han ido a visitarla a Minstrel House y quería que la informase de su estado.

Margaret enlazó su brazo con el de su íntima amiga y le dijo con mucha ternura en la voz:

—Jamás pensaríamos algo así de ti, querida. Eres tan discreta que a veces me pregunto si eres real. —Le dio unos golpecitos en la mano y añadió—: Pero cuenta, Hester, ¿de qué robos hablaba el señor Worth con lord Northcott? —se interesó, curiosa.

—Ya sabía yo que harías esa pregunta —aseguró Hester con un atisbo de burla en su sonrisa—. La verdad es que poco sé, porque poco oí. Parece ser que, desde hace un tiempo, poco en realidad, algunos vecinos del pueblo han sufrido robos.

Según Hester, había desaparecido una vaca de Ronan O’Neill, el quesero; un par de espadas de Angus McDonald, el herrero; y alguna pieza de joya a Marlene Mignon, una señorita francesa muy simpática que vivía en Legend Square.

—Tranquilas, seguro que Nerian atrapará al ladrón sin demorarse en demasía —afirmó Lori con unos toques de orgullo en su voz. El condestable de Minstrel Valley era muy apreciado en el pueblo por su eficiencia además de por su trato agradable.

La señorita Bowler todavía permanecía en la escuela, a pesar de estar comprometida con el condestable, como ocurría con otras alumnas, porque la Escuela de Señoritas de lady Acton no era una institución convencional. En ella se preparaba a las jóvenes debutantes para ser las más aptas para la temporada con el fin de encontrar el matrimonio adecuado a su condición, pero también para que fuesen unas Damas Selectas durante el resto de sus días. Además de aprender disciplinas nobles, durante el curso se realizaban sus presentaciones ante la corte del monarca, y, a continuación, asistían a los bailes más importantes de la temporada, o, como era el caso de esa fiesta, de la pretemporada. Por eso ellas estaban allí.

—¡Andrew! ¡Por fin apareces! Desde que nos has saludado cuando hemos llegado, no he vuelto a verte —exclamó Hester sonriendo y mirando a su hermano por encima del hombro de Margaret—. Quería preguntarte si vas a acudir al concierto que han organizado la Liga de las Mujeres en el salón del ayuntamiento de Minstrel Valley.

El vizconde las había estado observando desde hacía un rato. Hubiese podido delatar su presencia antes, pero disfrutaba contemplando lo bien que se llevaban su hermana y Margaret. Era otra de las cualidades que le fascinaba de la joven. Pese a que las dos amigas tenían casi la misma edad, Margaret se comportaba con Hester como una hermana mayor, pendiente de ella en todo momento, aunque, según la había oído quejarse en varias ocasiones, su hermana se había convertido en la voz de su conciencia, molesta la mayoría de las veces.

Por eso se había acercado con mucho sigilo atento a la cautivadora escena que representaban las muchachas, pese a que ese no era un comportamiento muy respetable. Pero en cuanto el resto de alumnas avistaron la impresionante figura imperturbable y vestida de negro del vizconde, se replegaron nerviosas.

—Efectivamente, hermanita. Por cierto —Margaret notó el aliento del joven en su cuello como una brisa que agitaba su suave cabello y un estremecimiento recorrió su cuerpo, que ella atribuyó a la duda que le asaltó en cuanto supo que estaba allí, por si la delataba de su escarceo con lord Ipswich—, ¿te importaría enviar a alguien del servicio de Minstrel House a la posada para que me reserven una habitación?

—Estaré encantada, Andrew. Hasta es posible que me acerque yo dando un paseo con alguna de las doncellas.

¡Dios mío! ¡Qué boba era! ¡Ditton jamás haría semejante bajeza! Siempre había podido confiar en él.

Las notas de un vals comenzaron a sonar y Margaret notó cómo Andrew la rodeaba por un costado y se colocaba frente a ella con una sonrisa traviesa en sus labios.

—Lady Margaret, ¿me haría el honor de concederme este baile? —le preguntó al tiempo que alargaba la mano y hacía una leve inclinación con su torso.

Miró a su grupo de amigas y observó que Lori ya atravesaba la sala en busca de su prometido; Molly hacía lo propio al divisar a su marido; y su primo, el marqués de Fairfax, en ese preciso instante hacía una grácil genuflexión delante de Hester para invitarla a bailar.

—Estaría encantada, lord Ditton, por supuesto —respondió a la vez que alargaba su mano para posarla sobre la de él, acompañada de la misma sonrisa traviesa.

Con un movimiento envolvente de su amplia falda, se colocó junto a él, Ditton colocó la mano de Margaret sobre su brazo y juntos se dirigieron hacia la zona de baile, en el centro de la amplia sala.

—Por cierto, vizconde Ditton, ¿se ha dado cuenta del efecto que produce entre mis compañeras cuando lo ven?

—¿Se enamoran perdidamente de mí?

Margaret se rio, jovial.

—¡No! Se escabullen como si llegase Belcebú.

—¡Demonios! Pues entonces he de comprarme un espejo nuevo.

—¿Y eso por qué? —inquirió la joven extrañada.

—Porque ninguno de los que tengo en mi mansión me refleja con cuernos y cola.

La joven le dio una ligera palmada en el brazo al tiempo que liberaba una de sus habituales carcajadas.

Sarah, la doncella personal de su tía Charlotte, le había realizado un elaborado peinado que enmarcaba de forma sublime su rostro de apariencia angelical y despejaba su grácil cuello de cisne. Entre rizos, bucles y mechones de su brillante cabello rubio, había colocado unas deslumbrantes y valiosas horquillas de plata con incrustaciones de zafiro, a juego con la única piedra preciosa, en forma de lágrima, que pendía de la cadena de plata que refulgía en su cuello, y que conseguía resaltar sus ojos claros con un brillo especial.

El vestido estaba confeccionado en una sutil seda de color hueso muy claro que se ajustaba a su diminuta cintura como un guante. Tenía un amplio escote de barca, el cual le dejaba los hombros al descubierto, y del que salía un doble volante de gasa con florecillas bordadas en un azul cielo que le cubría el pecho y parte del brazo.

Los mismos bordados de flores, pero más grandes, plagaban el borde de la falda con mayor abundancia en el filo e iba decreciendo a medida que se acercaba a su cintura, hasta desaparecer.

Realmente estaba preciosa. Andrew suspiró de emoción, como siempre le sucedía cuando una de sus manos se posaba en la espalda de ella y la otra sostenía la de Margaret. Adoraba los bailes porque le permitían tocarla, aunque fuese a través de los guantes y de la tela del vestido. ¿Cuántos años llevaba así? ¿Tres, cuatro? Para él eran una eternidad. El impacto que le causó descubrir su cambio de niña a mujer dejó paso a una fijación por seguir su figura cuando él visitaba la hermosa mansión de su familia o bien en Hyde Park o, para ser veraz, en cualquier lugar en el que coincidiesen.

Gracias a su minuciosa observación conocía a la joven en sus más mínimos detalles. Como, por ejemplo, el hecho de que permaneciese en el más absoluto de los

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