Mi vida, mis reglas

Julianne May

Fragmento

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Capítulo 1

«Estás despedido».

Sí. Esas fueron las primeras palabras que había oído en el día. Bueno, en realidad, las segundas después del matutino «Loser[1]» de mis dos hijos mellizos y preadolescentes. Digamos que solía ser el saludo afectuoso que me daban cada mañana antes de que partieran a la escuela. Y Vicky, mi escultural esposa, pues… no tenía tiempo ni para eso. Pero era algo que yo entendía. Vivía trabajando, pues ser una de las mejores relacionistas públicas de Hollywood implicaba varios sacrificios, o por lo menos eso era lo que ella decía. Y a mí de verdad que solo me importaba verla feliz, así que… sí, luego de esas mañanas, debía esperar durante todo el día hasta la noche a que alguien me dirigiera la palabra. Suena extraño, pero así era… Bueno, tal vez no siempre. Mónica y Bea, del sector de contabilidad, a veces me hablaban. No era que fueran largas conversaciones —porque, siendo honestos, no lo eran—, pero escuchar que alguien se dirigiera a mí aunque fuera con un «¡Hey! ¡Tú! Falta papel en el baño. Ve a comprar» era para mí suficiente. Al menos para saber que para alguien de mi trabajo yo existía. Y sé lo que estarán pensando: «¡Eres un idiota, bro[2]! ¡Deja ese trabajo de mierda!». Lo mismo que mi único y mejor amigo, Robert, me decía cada vez que nos juntábamos en la playa para terminar hablando de mi vida. Claro que lo último de lo que yo quería conversar era de mí, pero, luego de que lo observara montar y domar esas tremendas olas del mar californiano, pues se relajaba en la arena junto a mí a reflexionar al estilo Robert. En fin… Sabía a lo que se refería cuando me decía que renunciara, pero ese había sido mi primer y único trabajo por casi veinte años. En serio. Y sé que comprar papel higiénico o ser el eterno asistente personal de Hugh Lawrence, director de la compañía, nada tenía que ver con mi sueño de ser un gran columnista o escritor, pero lo tomaba como el trampolín ideal para lograrlo, pues no había persona que en todo el estado no deseara trabajar para el California News, el periódico más leído del oeste del país. Y el ver mi empleo de esa manera no era una mera fantasía mía. Hugh mismo me lo había asegurado el día que empecé a trabajar con él, cuando aún vivía mi madre. Me conocía desde mi infancia y, si bien aún no había cumplido del todo su promesa de nombrarme columnista de alguna de sus secciones, no dejaba de ser un gran hombre…, al menos hasta esa tarde de viernes.

—Lo siento mucho, Adam —dijo luego de que yo elevara la vista desde mi pequeño escritorio al haber oído el «Estás despedido».

No suelo ser una persona de esas que viven quejándose, pero, a decir verdad, aquella diminuta mesa nada se parecía a las del resto de la oficina. Eso sacando que la silla que solía usar tenía una de sus rueditas averiada desde tiempos inmemoriales… y esto sin tener en cuenta que estaba ubicado en un rincón, lo que me mantenía alejado de todo el departamento de inquietos y triunfadores periodistas. Sin embargo, según Hugh, el que yo me mantuviera al margen, alejado de todo el mundo, no era más que una ubicación estratégica para darme una mejor vista de lo que sería mi futuro. No estaba tan seguro de su método, pero él insistía en que la visualización directa era la mejor técnica para inspirarme.

Solté la agenda en la que organizaba su día a día —ya que carecer de un ordenador o tablet era parte de la técnica, pues se suponía que, al no poseer nada de todo eso, crecería en mí el deseo por adquirirlo— y parpadeé más de la cuenta antes de que pudiera abrir la boca, algo a lo que me animaba solo porque ya no había nadie en la oficina a excepción de nosotros dos.

—¿Es… es una broma, Hugh? —Mi titubeo se entremezcló con mi agitada respiración.

Bajó la mirada y, al tiempo que inspiró profundo, colocó las manos en jarra sobre su cintura. Aquello hizo que pasara lo que todo el día murmuraban Mónica y Bea, pues su pecho, claramente trabajado en el gimnasio, se elevó más y se fundió con la camisa slim fit[3] turquesa que amaba lucir cada viernes. Y claro, sus jeans de tiro bajo me confirmaron que era cierto que usaba ropa interior fluorescente…

Como fuera, largó todo el aire, calculo que con pena, y volvió a mirarme a los ojos.

—En serio, me agradas y no tengo nada para decir en contra de ti, pero… —Suspiró inseguro. Se tomó unos segundos y, tras sacudir la cabeza, continuó determinante—. Pero ya es hora de que tomes un nuevo rumbo. Lo siento, Adam. —Y resopló como si se hubiera sacado un enorme peso de encima.

¿Era cierto? Veinte años trabajando para él y otros tantos más de relación cercana que había tenido —pero que no va al caso mencionar—, ¡¿y no tenía nada más para decirme?!

Fruncí las cejas y el sudor frío que sentí en mis sienes me impulsó a levantarme. Claro que la vieja silla de escritorio hizo que casi me cayera gracias a su jamás reparada ruedita. Pero, por fortuna, Hugh me tomó por el brazo, lo que evitó que terminara en el suelo junto al clásico asiento de los noventa.

—¿Despedido? —Volví a parpadear varias veces y, tras un incómodo silencio, necesité seguir—. Hugh, ¿me estás diciendo lo último que hubiera esperado escuchar de ti y no puedes darme un motivo más que debo tomar un nuevo rumbo? —expresé sin quitarle la mirada de encima, pero él no se atrevía a elevar la vista, y creí saber por qué. Pero mi silencio y mi espera lo obligaron a hacerlo.

—¡Oh, por Dios! ¡No hagas esto más difícil de lo que ya es, Adam! —exclamó alterado y al tiempo que se pasó una mano por su gris pero moderna cabellera.

Nos quedamos mirando fijamente por varios segundos. Y pude haber continuado presionando para saber por qué, pero, además de que no era mi estilo ni por lejos, sus cejas fruncidas, su respiración nerviosa y su mirada, suplicante y llena de culpa, me decían que el motivo era tan impronunciable que no sabría si sería más doloroso para él, al tener que decirlo, o catastrófico para mí al tener que escucharlo. No hacía falta hacer grandes deducciones… Tenía bien en claro que el «loser» que mis hijos usaban como saludo por la mañana era la palabra con la que toda la oficina me identificaba.

En pocas palabras, Hugh nunca había creído en mí como futuro periodista. O peor aún: en todo ese tiempo, yo no había conseguido que él creyera en mí. Bajé la mirada, asentí con la cabeza y simplemente hice lo que Adam Style haría:

—Está bien, Hugh. No lo sientas. Te entiendo. —Y lo abracé.

Sin dudas que aquello lo sorprendió y dejó sin aliento, pues apenas se animó a apoyarme una mano en la espalda, y yo, después de eso, simplemente me marché.

***

—¡¿Eres idiota?! —gritó Rob. Por poco, destruye mi oído y el sistema de sonido de mi automóvil, por lo que agradecí no haber tenido el móvil pegado a mi oreja.

—Hey, cálmate, ¿sí? —Suspiré mientras mantenía la vista fija en el camino para volver a mi casa. Necesitaba relajarme—. Deberías haber estado allí. Pude sentir su culpa. Su mirada lo decía todo, Rob. Si tú hubieras…

—¡Si yo hubiera estado allí, le hubiese apretado las bolas contra aquel estúpido escritorio que jamás te cambió desde que trabajas con él! ¡Y no lo hubiese soltado hasta que rogara perdón y te diera el maldito puesto que te prometió desde siempre, Adam! —Y largó todo el resto de aire que tenía contenido.

Revoleé los ojos y frené ante la luz roja del semáforo.

—Rob, sé lo que dices y por qué, pero entiendo la posición difícil de Hugh. —Suspiré enojado conmigo mismo y avancé tras ver el cambio a verde—. El problema soy yo. Y si hay algo que debo admitir es que tampoco he hecho nada por merecerme un mejor lugar allí, así que…

—¡Cierra el maldito pico de la versión drogada del Buda que te hayas aspirado! ¡El que ahora tiene una posición difícil eres tú! ¡Acabas de perder el trabajo y todavía te queda lo peor! ¡Ni yo quisiera lidiar con la zorra esa!

—Calma, Rob… —le advertí, como siempre.

—OK, perdón. No debí llamar «zorra» a la zorra de Vicky… —Suspiró al tiempo que yo negué con la cabeza—. En fin… Calculo que aún no le has dicho nada, ¿cierto? De lo contrario, no estarías vivo…

—Rob… —suspiré.

La verdad era que, de algún modo, tenía razón. Vicky tenía un temperamento digamos que… fuerte, y sus aspiraciones eran, cada año, más altas. Y siendo honestos, no sabía cómo tomaría mi despido. O tal vez sí…

—Prepárate para el discurso del fracaso, Adam. Y luego no digas que no te lo advertí… —Respiró profundo. Podía sentir esa clásica furia que destilaba cuando hablaba de Vicky—. ¡Y hace doce años que te lo advertí! ¡Doce malditos años, Adam! —Y volvió a bufar, pero con más fuerza.

Creo que no hace falta que mencione que Vicky, mi espectacular Victoria Valentine, no le caía para nada bien a mi amigo de toda la vida, Robert Hunter. Tal vez fuera por la intempestiva boda que tuve con ella, por el poco tiempo que nos conocimos o, simplemente, porque eran tan distintos y opuestos como lo son el agua y el aceite.

—Lo sé, Rob, lo sé… —Tragué saliva y traté de mantener mi habitual calma. Hubiera cerrado los ojos para tomarme unos segundos, pero, de haberlo hecho y con el tráfico de entonces, lo único que hubiese conseguido habría sido estrellar mi coche y sumar algo más para el discurso del fracaso—. Solo espero que no lo haga…, aunque también entiendo si decide hacerlo.

—¡¿Pero me estás jodiendo?! —Hizo un gruñido y casi que pude imaginarlo darle un sorbo a alguno de sus peligrosos shots[4]—. ¡¿Por qué demonios vives entendiendo las pendejadas de los demás?! ¡¿Acaso no te das cuenta de lo mal que estás, Adam?! —Y bufó.

Chasqueé la lengua.

—La entiendo porque sé que lo hace por mi bien. —Escuché su gruñido otra vez, pero seguí hablando—. Pensamos distinto, sí, pero ella misma me lo ha dicho, Rob. Solo quiere que yo sea feliz. —Y me sentí un poco más esperanzado al saber que, a pesar de todo, Vicky estaría allí para apoyarme… luego de sermonearme, claro.

—¡¿Feliz?! —Rio a carcajadas con la ironía y cinismo que tanto lo identificaban—. ¡¿Dices «feliz»?! ¡Por Dios, Adam! ¡Esa mujer solo analiza todo, absolutamente todo, en función de éxito o fracaso! ¡¿Crees que eso te ayudará a ser más feliz?! —preguntó resaltando la última palabra.

Respiré y, al ver que solo estaba a unas pocas manzanas, sonreí.

—Ya lo soy, Rob.

Bufó, resignado.

—Y apuesto lo que sea que no por ella.

Revoleé los ojos y negué con la cabeza. Si había alguien más testarudo que yo, ese era, sin duda alguna, Rob.

—Estoy cerca de casa, pero luego te llamo.

—Olvídalo. Necesitarás venir. Créeme. —Suspiró profundo, un poco más calmado—. Te espero a la hora que sea que salgas del Infierno, ¿OK?

Negué otra vez con la cabeza y volví a tomar aire.

—OK. Allí estaré. —Y corté la llamada, pues ya estaba en la puerta de mi hogar… La casa de los sueños de Vicky.

Creo que jamás me hubiese imaginado viviendo allí, en una de las zonas más costosas de Los Ángeles, pero no me desagradaba para nada. En especial al saber lo feliz que eso hacía a Vicky y a los niños. Y sí, tal vez fuera cierto que no era la mujer más afectuosa del mundo, pero ella misma lo decía: en un mundo tan competitivo y salvaje, no podía sobrevivir si no era como era. Y la entendía, después de todo, su constante anhelo era triunfar en lo que amaba trabajar. Y, si bien le era imposible bajar la guardia, tenía sus momentos en los que demostraba las emociones tan efusivamente que no parecía la Vicky de siempre. Uno de esos días fue cuando compré la casa de sus sueños ni bien nos casamos. Jamás podré olvidar su rostro iluminado, su sonrisa imborrable y los alaridos de alegría.

Bajé del automóvil y, aunque sabía que no la encontraría por lo tarde que ella trabajaba los viernes, entré decidido a preparar su cena favorita mientras pensaba en cómo explicarle que la pérdida de mi trabajo no sería más que un tropiezo fácil de superar siempre que estuviéramos juntos, tal como lo habíamos hecho hasta entonces todas y cada una de las veces en que ella se vio en situaciones similares por su selvático empleo. Y estaba seguro de que, a pesar de todo, sería una gran noche. Una inolvidable para el resto de mi vida… Aunque no voy a mentirles: no estaba feliz por lo que me había pasado. Fue tan inesperado como doloroso, pero mi madre siempre me enseñó a levantarme tras caer y que no siempre las cosas grises de la vida son malas, sino incluso necesarias para que otras más maravillosas ocurran.

Pues bien… Mi mente estaba preparada para eso y para enfr

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