Un final feliz para Adriana (Bilogía Rebelde y real 2)

María José Avendaño

Fragmento

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Capítulo 1

Si fuéramos a vuelo de pájaro recorriendo París, podríamos admirar sus monumentos más preciados: el Louvre, la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo... Una ciudad plagada de gente y con una riqueza cultural que sigue siendo la admiración del mundo entero. Si dicho vuelo se sigue haciendo, pero a pocos metros del suelo, podrá observarse a los transeúntes, miles de ellos llenando las calles, saliendo de sus trabajos, bajando o subiendo de taxis, del subterráneo, entrando a negocios, mirando escaparates de tiendas... Y en medio de toda aquella muchedumbre de las cinco de la tarde: yo.

Estaba tan distraída que choqué con la barriga de un grueso oficinista parisiense de mediana edad, al que le planté, también, un taco aguja de mi propiedad en medio del pie.

—Excuse moi —murmuré para después desaparecer a toda velocidad de su vista. No aminoré la marcha hasta que llegué a mi departamento. Una sonrisa gigante invadió mi cara cuando me encontré con Xavier. Pese a tener su propia casa, en la que me instalé apenas llegué a Francia, tenía en su poder las llaves de la mía.

—¡Ah! —exclamamos los dos muy contentos mientras nos tomábamos de las manos.

—Ma chérie, ¿hace cuánto que no nos vemos? Algo así como, ¿dos semanas y tres días? Es demasiado —dijo el coiffeur muy contento.

—¿Cuándo llegaste?

—Llegué hoy por la mañana. ¿Algún chisme jugoso en la oficina?

—Nada interesante.

—Ve a darte un baño mientras preparo la cena, ¿descorcho un vino? ¿Tienes?

—No tuve tiempo para comprar nada en el camino.

—No te preocupes, pasé por una tienda y traje algunas cositas para cocinar, además de una botellita de malbec. ¿Dispongo todo para que cenemos pronto?

—Xav, quedé en ir a tomar una copa con Dimitri, lo siento mucho.

Dimitri era mi nuevo «peor es nada»: alto, de treinta y dos años, rubio como el sol, de ojos castaños, buen porte y engreído como él solo. Salía conmigo a razón de dos o tres veces por semana, y algún que otro sábado o domingo. Nada serio había entre nosotros, yo no quería compromisos y él mucho menos. La pasábamos muy bien juntos. ¿Qué más? Hacíamos el amor con intenso ardor; Dimitri no era un amante egoísta, eso es lo que debo reconocerle como un buen punto a favor... Y nada más.

—Ah... ese —dijo Xavier con una mueca—. Más bien deberíamos llamarlo Jean François en lugar de Dimitri, porque es un casanova.

—¿No vas a reconocer que está buenísimo?

—Bien podrías haberte conseguido algo mejorcito. ¿A qué hora vendrá a buscarte?

—En una hora y media.

—Algo de tiempo tenemos para charlar.

Mientras dejaba que el agua caliente de la ducha relajara mis músculos, pensaba que todo estaba bien en mi vida. Tenía un muy buen trabajo, vivía en un departamento de muy bonita apariencia y tenía un amiguito con derecho a roce que estaba bárbaro. Aun así no lograba sacarme la angustiante idea de que algo me faltaba. ¿Qué más pretendés de la vida, Adriana? Dimitri me llenaba de atenciones, pero nunca había conseguido llenar el vacío que Henry había dejado en mi vida, había pasado ya un año, pero ese vacío seguía acompañándome aunque el tiempo transcurrió muy rápido.

Recordé una noche que disfrutábamos de una relajante sesión de besos en el jacuzzi de su casa, Dimitri dijo a mi oído, cubriéndome de caricias:

—¡Ah, Adrianne! —exclamó con deleite—: Cara, carissima mía... —Aquellas mismas palabras con las que Henry me demostraba su amor. Carajo.

El excitante momento se evaporó como por arte de magia. Con el disgusto dibujado en las facciones, salí del agua y me cubrí con una toalla.

Dimitri me miró con sorpresa.

—Chérie, ¿qué pasó? ¿Por qué te vas? ¿Dije algo inapropiado?

—Me voy a mi casa.

—Pero quiero saber qué te molestó. Alors, hablemos. —Buscó su propia salida de baño y me condujo a la sala de estar.

—No me hagas caso, fue una tontería de mi parte haberme portado de esa manera —dije mientras apoyaba la cabeza en su pecho—. Pero se me fueron las ganas de que hagamos el amor.

—Ma bèlle. —Me tomó del mentón con ternura—. No soy un bruto, la cuestión es que los dos lo disfrutemos. Los dos estamos cansados, si no quieres sexo, lo entenderé.

—No es por eso, pero quiero pedirte una cosa.

—Dime.

—Nunca, pero nunca más, vuelvas a decirme «cara», «cara mía» o «carissima».

Con Dimitri nunca tocamos el tema «Henry» e ignoraba si estaba enterado de mi anterior noviazgo. Sospeché que le importaba poco y nada mi pasado, y mi presente tenía cierto sentido para él nada más que cuando estábamos juntos.

—D’accord.

Salí de la ducha sacudiéndome aquel mal recuerdo. Me cambié, fui casi volando a mi habitación y me engalané para mi salida con Dimitri. Volví al living junto a Xavier y lo encontré mirando retazos de películas de Disney por DVD. Enseguida se hizo cargo de mi cabello.

—Me dio tanta pena que te cortaras el cabello, por poco asesino a la peluquera que hizo tamaño ultraje —exclamó pasándome el cepillo con delicadeza para acomodar mi húmedo flequillo hacia el costado.

—Quería hacerme un cambio —dije. Xav no agregó nada más sobre el tema y empecé a mirar el video—: ¿Qué haces mirando estas pelis tan viejas?

—Necesito una inspiración para mi próxima colección de nuevos peinados. ¿Quizás algo medieval estaría bueno, no? —Xavier buscó su enorme pupa de maquillaje y empezó a pasarme base de tono tierra por la frente y mejillas.

—Si se me ocurre algo, te cuento.

—Primero cierra ese ojo que quiero ponerte un poco de rímel, ¿te parece bien que marque tendencia para la próxima temporada con tonos castaños o rubio oscuro?

—Yo diría que los castaños, quizás con una especie de iluminación en hebras muy finas. ¿O no?

—Ajá. Ahora cierra el otro ojo. Creo que voy a seguir con lo que me recomiendas. Pongo una sombra negra en los párpados y la esfumo un poquito así resalto tu mirada, ¿quieres?

—OK. —Algo me llamó atención. El video de Blancanieves había concluido y volqué mi mirada en el tramo de La Bella Durmiente, justo cuando la blonda y espigada Aurora exclamaba con admiración en medio del bosque: «¡Oh! Pero si es mi príncipe azul».

—Adriana, cuánto lo siento. Ahora mismo lo sacaré —dijo un apenado Xavier. Recordó que cualquier cosa que se refiera a un príncipe, aunque sea un inocente video de Disney, me afectaba evocando el recuerdo de Henry.

—Dejalo. —Con ansiedad busqué una caja de bombones que tenía cerca y engullí dos chocolates juntos.

En la película, el príncipe reemplazaba a los animalitos del bosque para ocupar su lugar cerca de la doncella; mientras Aurora cantaba extasiada, él la tomaba de la cintura.

Tomé dos bombones más de la caja.

Otra vez volví a ser la misma Adriana, alias «la salvaje», porque no vacilé en arrojar la bendita caja de bombones contra el smart TV.

Impasible, el coro de la película seguía entonando esa condenada y exasperante cancioncilla romántica mientras Aurora bailaba un vals con su príncipe.

—¡Mentiroso, igualito al otro! —exclamé—: ¡Príncipe azul, ¡ja!, todos destiñen por igual!

***

Tony dio un respingo y terminó de despabilarse. La luz de la luna entraba por la ventana.

«¿Qué hora es?», se preguntó extendiendo la muñeca para poder contemplar su reloj pulsera. Las cuatro de la mañana. Entonces se acordó de lo que en verdad lo preocupaba, a tal punto de despertarlo de un profundo sueño. «A que todavía no volvió de su paseo», murmuró para sí sintiéndose un jodido niñero. A regañadientes, buscó la bata y se deslizó por los oscuros pasillos de la casa. Claro, un niñero de un hombre de más de treinta años.

Desde la calle se oyó pasar un vehículo a toda velocidad que se detuvo en la calle siguiente, en medio del ensordecedor ruido de música y voces que hablaban a los gritos y también reían. De pronto alguien del grupo, una voz sospechosamente conocida para Tony, se destacó con un característico enojo de índole etílico:

—¡Te pasaste, estúpido! Mi casa es en la calle anterior.

—Me dijiste que era aquí —replicó otra voz con el talante propio de alguien que tampoco está del todo despabilado—. ¿Es que ya ni te acuerdas dónde vives?

—Debes retroceder, te dije que mi casa es en la otra calle.

Amargado, Tony se tomó la sien con una mano. El que discutía no era otro que Henry con alguno de sus compañeros de juerga. El coche retrocedió para estacionar en la calle correcta.

—¡Que alguien ayude a Henry que acaba de aterrizar de culo en medio de la calle! —dijo uno de los del auto. Resonaron algunas carcajadas.

—No me ayuden que yo puedo solo.

—Estás borracho —comentó otro.

—No me caí, tan solo me resbalé.

El guardia de seguridad de entrada de la mansión se apresuró a abrirle la puerta. Tony escuchó que, luego de varios intentos fallidos de poner la llave en la cerradura, acompañado de algunas maldiciones, Henry logró entrar a la casa. Pateó con furia el piso y estuvo a punto de caerse de nuevo.

—Esta alfombra de mierda siempre cruzándose en mi camino. ¡Y eso que ya di la orden de que la quiten!

—Mi señor, otra vez llega tarde. Recuerde que mañana, mejor dicho en un par de horas... —Prendió la luz de la sala. Henry se tapó los ojos.

—¿Qué haces despierto? Fuera esa luz que me mata la vista.

Tony apagó la luz.

—Alteza, usted dijo que volvería temprano. Recuerde el evento de mañana, es muy importante.

—Estás pareciéndote a mi padre y a Louis. Sabes que tuve que salir porque fue la despedida de mi primo Charlie, él se irá de viaje.

—Señor —dijo Tony con calma—, la despedida de su primo Charles, el futuro duque de Worcester, se viene extendiendo desde hace siete días.

Tony reflexionó que Robbie Shott, el excéntrico millonario y entrañable amigo de su señor, era San Francisco de Asís comparado con Charles.

—Es que fuimos por unas pocas copas y se armaron unas juergas divertidísimas.

—Me lo imagino, y lo que usted me cuenta me regocija el alma. Vaya a acostarse. Buenas noches. ¿Puede subir las escaleras?

—Claro que puedo, ¿o te piensas que soy un borracho perdido que puede caerse en el primer escalón? —Con esfuerzo, Henry se dirigió en dirección a las escaleras.

—Nada más lejos de mí pensar semejante locura de su aspecto, mi señor. Buenas noches.

Cada uno fue marchándose en dirección a sus habitaciones cuando escucharon que un coche estacionaba en la puerta de la casa. Se escuchó que una voz femenina se quejó:

—¡Byron, te dije que estoy en condiciones de manejar! Ahora vuelve a la casa que me quedaré a dormir aquí.

El auto se alejó de la calle.

—¿Chelsy? —dudó Henry con fastidio.

—Bravo —dijo Tony con sarcasmo. La noche iba a ser muy larga.

Se escucharon ruidos del portón de entrada al abrirse y pasos ligeros en dirección a la puerta. Tony corrió a abrirla antes de que la visita hiciera más escándalo de lo debido. Se apareció Chelsy, pero caminaba con tal torpeza que terminó tropezando con la alfombra de la entrada.

Emitió una exclamación y quedó sentada en el piso. Se acomodó, sobre la cabeza, la bandana con alambres de metal que terminaba en dos antenas con estrellitas rosas que despedían luces de brillantina desde las puntas.

Mientras se reía, Henry se balanceó de un lado al otro como si el viento intentara moverlo.

El asistente la asió por el brazo ayudándola a levantarse. Cuando ella estuvo de nuevo de pie, señaló con dedo acusador a su novio.

—¿Cómo osaste dejarme abandonada en el pub? Había varios fotógrafos en la puerta que pudieron darse cuenta de ese pequeño detalle. —En realidad a la Owen-Keller no se le pasó por la cabeza que ella también había olvidado algo en el pub: nada menos que a su amiga Carol. Chelsy tenía en su cartera el móvil, las llaves y la billetera de su confidente del alma. La pobre debería volverse a pie a su casa, que se encontraba a un par de kilómetros del centro de Londres.

—Chelsy, ¡nadie te invitó a la despedida de mi primo! ¿Por qué te apareciste allá? —preguntó Henry con mala cara.

—Ese vago y bueno para nada de tu primo —dijo la rubia.

Al hablar se le trababa la lengua, tal vez por la cantidad de copas que se había tomado:

—Tuve suerte de que Carol estuviera allí.

—¡Cuándo no! La tonta de tu amiga secundándote en tus planes de persecución.

Chelsy posó los puños sobre los ojos y simuló sollozar. La bandana lanzó destellos en la oscuridad. Y para sorpresa del príncipe y de su asistente, la rubia subió los escalones y se metió en los aposentos de Henry. Antes de cerrar la puerta con acritud, gritó:

—Dormiré sola aquí y no quiero que vengas a tocarme con tus sucias manos de borracho.

Tanto como se lo permitió su estado de embriaguez, Henry la siguió y empezó a golpear la puerta de la habitación con mucha energía.

—¡Chelsy, deberías hacerte la ofendida, pero en tu casa! —vociferó de muy mal humor, mientras aporreaba la puerta—. Para tu información, ese es mi cuarto y esta también es mi casa. Te lo advierto porque tiraré esta puerta abajo.

Tres horas después, Tony Pacheco desayunaba en el living soportando las quejas de Chelsy por su terrible dolor de cabeza; ella sostenía una bolsa llena de cubitos de hielo sobre su rubio cabello.

—¡Idiota! Quiero que reemplaces los cubitos que ya se derritieron. ¡Ay, cómo me duele la cabeza! —reprendió a una de las mucamas para volver después a sus gemidos lastimeros.

—Chelsy querida, la jaqueca habrá sido por la cantidad de copas que consumiste anoche

—¡Silencio, plumífera! Estás hablando en un tono muy alto de voz. ¿No ves que siento que una cuadrilla de guardias del palacio está caminando dentro de mi cabeza?

Apareció Henry en la mesa. Vestido de traje y corbata, acompañado por sus grandes ojeras y su larga cara de descontento, tomó un sorbo de café.

—Basta de quejarte, Chelsy. Por tu ocurrencia de adueñarte de mi habitación tuve que dormir en un cuarto de huéspedes.

—¡Es tu culpa! Y también estás gritando.

—Quiero verte fuera de esta casa cuando vuelva. Ve a lo de tu amiga Carol, a probarte vestidos al shopping o a adornar tus uñas a la francesa.

—Qué comentario más idiota. Ahora iré por una muda nueva de ropa a mi casa, así te acompañaré al evento al cual vas.

—No quiero que vayas. ¿Qué es lo que no estás entendiendo de lo que recién te dije?

—Hen, la gente hablará. ¿Y cuándo nos comprometeremos? Imagino que será pronto.

Henry lanzó una carcajada salpicada de ironía.

Tony escuchó los insultos de la pareja con tranquilidad, después hizo un gesto disimulado llamando a una de las mucamas.

—Diga, mister Pacheco —dijo una de las jóvenes acercándose.

—Necesito que traigas algunas cosas para mí. ¿Podrá ser?

Pacheco buscó un pequeño bloc y empezó a anotar. Cuando terminó con la tarea, dijo algo al oído de la mucama mientras Henry y Chelsy estaban en el apogeo de su pelea. En cierto momento, Chelsy arrojó una tostada con mermelada en dirección a Henry, pero con tan poca puntería que fue a dar a una de las paredes.

—Necesito otras cosas, aunque dudo que puedas conseguírmelas —dijo Tony cuando terminó de anotar.

—Dígame y yo buscaré todo —dijo la mucama.

—Necesitaría también un poco de armonía en esta casa, algo de amor, pasión y una pizca de ternura.

Cuando Henry se retiró de la mesa dejándola con la palabra en la boca, la Owen-Keller se puso a llorar con desconsuelo, y sus sollozos resonaron por casi toda la casa. Y cuando otra mucama reemplazó su bolsita de hielo por una que tenía su contenido recién sacado del freezer, emitió un chillido de sorpresa, además de gritarle en la cara:

—¡Estúpida! ¿Nadie te dijo que deberías ser más delicada?

***

Los días pasaron y Charlie, futuro duque de Worcester y primo de Henry, por fin hizo su anunciado viaje. No comentó que, después de tomarse unas largas vacaciones de placer en Río de Janeiro, su curiosidad también lo hizo desembarcar en Buenos Aires. ¿Qué pretendía conseguir allí? Conocer a la tan mencionada Adrianne, exnovia de su real pariente. Le costó bastante obtener la dirección de ella, y le valió miles de fallidos artilugios al intentar persuadir a su primo, quien ni siquiera deseaba oír mencionar el nombre de su anterior pareja.

***

A la salida del trabajo, Ximena se dejó caer en casa de Alejandra. Ella disfrutaba de los pocos meses que le quedaban de soltería porque pronto uniría su vida a la de su amado y queridísimo Patricio, su novio de hacía casi cuatro años.

—¿Me bancás que me doy una ducha? Así charlamos —dijo Alejandra.

—OK, te espero. Necesito contarte algo.

—Seguro que de tu nuevo amiguito con derechos. ¿Te dijo de ser novios?

Ximena sacudió la cabeza con amargura.

—Todo lo contrario, me dijo que no está preparado para un compromiso.

—Xime, cuánto lo siento. —Alejandra la abrazó—. Esperame diez minutos que ya salgo. ¿Dale?

—Claro, si total no tengo nada qué hacer. Andá tranqui que mientras pido una pizza.

—Diez minutos y estoy con vos —prometió Alejandra.

Pasaron cuarenta y cinco minutos. Alejandra seguía canturreando en la ducha y Ximena se entretuvo como pudo: miró un programa de televisión y llamó a un delivery para encargar pizza y empanadas. El timbre sonó en el departamento. Raro.

—¿Sí?

—Pizza —anunciaron y ella abrió la puerta.

Un sujeto de pelo castaño y ojos verdes sostenía el paquete del pedido. Era extraño que no tuviese puesto algún uniforme con el logo de la empresa en donde trabajaba. Y los delivery de pizza no tenían camisas impecables ni pulcros pantalones de vestir, tampoco usaban caros zapatos a medida. De manera inconsciente, Ximena se apuró a alisar uno de sus rizos.

—Gracias —dijo con una sonrisa.

El falso delivery respondió al gesto. Sus dotes de seductor volvieron a encenderse como un cartel de neón y no pudo dejar de felicitarse por el ardid que había empleado para llegar hasta la casa de la ex de su primo. No se le había ocurrido que Adrianne tuviese amigas tan lindas.

—De nada —dijo él y agregó en inglés—: ¿Puedo entrar?

Ximena, quien no sabía ni una palabra de ese idioma, lo miró con más curiosidad aún.

—Vos no sos el delivery, ¿verdad?

—Perdón, no entiendo español.

—Y yo no sé inglés.

Charlie largó una insinuante carcajada. «Qué lindos dientes», reflexionó Ximena.

—¿Viene a robarme? Quiero confesarle que tengo muchísimas deudas y como estamos a fin de mes no tengo un centavo. Pero le aconsejo que asalte la casa de al lado, hay una viejita que vive de manera muy acomodada.

—¿Qué? —dudó Charlie cuando comprendió lo que significaba «robo», y se apresuró a agregar—: Vengo a conocer a Adrianne.

Ximena no entendió de la frase más que «Adrianne», pensó que era algún amigo de ella recién llegado de Francia y lo llevó a sentarse a la sala.

—Decime, ¿qué hacés en Buenos Aires? —preguntó ella no pasando por alto que el desconocido la miraba con muchísima admiración, lo cual hacía muy bien a su alicaída autoestima.

—Un viaje de placer, y entonces se me ocurrió conocer a Adrianne.

—¡Ah, Adriana! ¿Viniste a traernos noticias de ella? Cuánta amabilidad de tu parte. ¿Cuál es tu nombre?

—Me llaman Charlie, ¿y tú?

Aquella conversación parecía el juego del teléfono descompuesto, pero tanto Ximena como Charles se sentían tan fascinados uno del otro, que a ninguno pareció importarle aquel detalle. De la pizza y de las empanadas, nadie se acordaba ya.

—¿Cómo te llamás?

—¿Mi nombre? Me llamo Ximena.

Alejandra por fin salió del baño con el pelo mojado y una bata sobre el camisón.

—Lamento la tardanza, Xime. —Miró con curiosidad a Charlie—. ¿Quién es este tipo?

—¿Qué tal? Me llamo Charles.

Alejandra lo miró muy seria y le respondió en inglés:

—Tu cara me hace acordar a alguien. ¿De dónde eres?

—De Inglaterra, soy el futuro duque de Worcester. Mucho gusto, ¿cómo te llamas?

Alejandra se volvió indignada hacia Ximena.

—¡Es un pariente de Henry! ¿Cómo dejaste que entrara a mi casa?

—Yo pensé que era un amigo de Adriana. Sabés muy bien que no entiendo inglés.

Alejandra alzó un brazo señalándole la puerta a Charlie.

—¿Vino a burlarse de mi amiga?

—No vine a burlarme de nadie.

—¡Fuera! Ella necesita olvidarse de toda aquella familia suya.

—Déjame explicarte —pidió Charlie tratando de remediar la situación.

—¡Váyase!

Charles hizo una inclinación de cabeza y se fue. Alejandra cerró la puerta de un manotazo. Con los labios apretados por causa del enojo, miró de nuevo a Ximena.

—No tiene vergüenza. ¿Por qué lo habría mandado Henry para acá?

—No creo que Henry lo haya mandado, quizás no deberías haberlo echado sin antes dejarlo hablar —murmuró Ximena todavía conmocionada por la visita de Charlie.

—No me interesa lo que haya querido decir acerca de su visita. ¿Dónde está la pizza? Decime cuánto salió, así te pago la mitad.

—No me salió nada, él la dejó en la mesada de la cocina.

—Si hubiera sabido ese detalle hasta le tiraba los billetes en la cara. Traé los platos a la mesa que caliento la comida.

Luego de comer y contarle a Alejandra, muy distraídamente, la ruptura con su amante, Ximena sintió ganas de irse.

—¿Ya? ¿Tan temprano?

—Es que me atacó un fuerte dolor de cabeza.

—Ha de ser por la visita de aquel individuo pariente de Henry. Y no te amargues porque el idiota con el que salías no quiera nada formal con vos. Él se lo pierde.

—Sí —agregó Ximena sin ganas—. Me voy. —Después de darle un ligero beso de despedida en la mejilla a su amiga, bajó por el ascensor y sacó la llave de la puerta de entrada. Pensó en ir a tomar un taxi.

—Me alegro de que hayas bajado, ya empezaba a aburrirme esperándote —dijo una voz cuando salió a la vereda. Ximena contempló con sorpresa la cara de Charles.

—¡Sos un tramposo, al final sabés español! ¿Qué querés de mí?

—Hablar, ¿quieres ir a tomar una copa? Alquilé un auto; lo que sí, guíame por la ciudad. Estuve aquí varias veces de visita, pero no recuerdo las calles.

Ximena lo miró a los ojos. ¿Por qué no? ¿Qué tenía de interesante ir a su casa? En cambio podía tomarse una copa con el tal Charles y averiguar acerca de su misteriosa visita.

—Está bien —respondió mientras se subía al auto de alquiler. Él le sonrió mientras la ayudaba a ubicarse el cinturón de seguridad y hacía lo mismo para sí.

—Ahora indícame dónde podríamos ir.

—Depende de dónde quieras llevarme.

Charlie la miró acercándose un poco para hablarle en un susurro seductor.

—Donde quieras, un lugar al que pueda llevarte y poder lucir tu belleza.

«No puedo caer en sus redes. No puedo, no puedo», se repitió Ximena como un mantra pensando en lo que haría Alejandra si la viese muy acomodada y sonriente al lado de él.

—¿Y?

—Yo te indico. Doblá por esta calle y seguí derecho, por ahí llegamos a la avenida.

—OK.

***

Salí del trabajo en compañía de Vivienne, otra colega de la oficina. Caminábamos cuando una gitana se nos cruzó en el camino. Pensé en ignorar sus inútiles presagios, pero Vivienne se detuvo frente a la vieja.

—Adri, ¿podrías esperarme? —preguntó con ansiedad mientras la mujer le leía la mano. Cuando le pronosticó toda suerte de hermosos y poco improbables hechos en su vida, la oscura mirada de la vieja, rodeada por millones de patas de gallo, se posó sobre mí. «Aggg, otra vez».

—Usted. Deme su mano.

Para no perder más tiempo e irme lo más rápido posible, extendí una mano en la cara de la vieja, quien se detuvo a leer las líneas de mi palma con atención. Parecía muy corta de vista, porque en un momento me tomó de la muñeca y la inclinó hacia un costado para poder leer con la luz del farol de la calle.

—Qué destino deslumbrante tiene usted —dijo con una vocecilla de bruja que me heló la sangre. Cuando levantó su apergaminado rostro para mirarme a la cara, agregó:

—Un amor volverá del pasado, un amor que usted nunca olvidó, este retornará a su vida con fuerza. ¡Esta vez será dichosa, porque se lo merece después de haber derramado tantas lágrimas por haberlo perdido!

Tragué saliva. A lo lejos vi acercarse un auto, cuando el vehículo se detuvo en nuestra misma acera, reconocí a Dimitri. No me sorprendió verlo; sin previo aviso, a veces, venía a buscarme a la salida del trabajo. Al darse cuenta de que era yo la que estaba parada en la calle junto a Vivienne, hizo un guiño con las luces delanteras del auto. Quise sacar la mano que tenía agarrada la vieja para leer mi futuro, pero ella la retuvo una vez más. Cuando le arrojé unos pocos billetes de dinero con la mano que tenía libre, sonrió y agregó con voz fatal:

—Diviértase con este mientras dure —dijo mirando con sarcasmo en dirección a Dimitri—, porque no falta mucho para que la rueda de la fortuna vuelva a girar para unirla a su antiguo y verdadero amor.

Saqué la mano de entre las de la vieja como si una serpiente me hubiera mordido. Me despedí de mi compañera Vivienne y corrí para subir al auto de Dimitri. La gitana aún me miraba cuando mi amiguito encendió el motor de su auto y pude leerle los labios: «Recuerde, falta poco para que la rueda de la fortuna vuelva a girar. Recuerde». Sumida en mis pensamientos, mientras Dimitri hablaba algo sobre ir a cenar a un nuevo restó que habían inaugurado esa misma tarde, no dejé de reflexionar sobre todo lo que la gitana me había comentado.

Después de la cena, ya acomodada en mi cama, no podía dormir porque el eco de la voz de la mujer se repetía en mi cabeza como una maldición. Me tapé la cabeza con una de las almohadas intentando dormir, pero la última palabra me perseguía en forma de cántico medieval: «Recuerde. Recuerde. Recuerde. Recuerde. Recuerde».

—¡Vieja bruja! —dije en la soledad de mi casa. Me levanté de un salto y fui a prepararme una taza de leche tibia para alentar el sueño.

Media hora después, encendí el smart TV de mi cuarto y dejé en volumen bajo un canal de videos musicales. Cuando por fin pude conciliar el sueño, la cara de la gitana volvió a atormentarme, esta vez de manera onírica.

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Capítulo 2

Mientras miraba algunos informes que Vivienne me había alcanzado, observé que varios folletos cayeron en mi escritorio. Alcé la mirada hacia quien los había arrojado.

—¡Xav! ¿Qué es esto que me traés?

—Fundaciones, asilos. —Me miró con más atención—. ¿Y esas ojeras tan espantosas que tienes? —Me pasé la mano por la frente con fastidio—. Ha de ser el exceso de trabajo —respondió Xavier sin darme tiempo a contestar—. Ni bien termines esa tarea que estás haciendo y observes los folletos que te alcancé, nos vamos a almorzar y basta por hoy. ¿Te parece? El jefe acá soy yo.

—OK. —Deslicé la mirada en los folletos. Había varias organizaciones famosas: Comité Internacional de la Cruz Roja, Unicef, Médicos Sin Fronteras, Save The Children. Levanté el folleto que hizo que me temblara hasta la última fibra de mi cuerpo.

—Xav, prefiero prescindir de esta, por favor —dije alzando el papel que decía en grandes letras doradas «Fundación Príncipes de Gales».

—Se habrá mezclado con los demás papeles sin que me diera cuenta, ya mismo lo desaparezco. —Y lo guardó en un bolsillo.

Hice un esfuerzo sobrehumano para enfocar mi mente en el lugar correcto, y pregunté:

—¿Qué necesitás que haga?

—Investiga, porque me gustaría colaborar en alguna de estas organizaciones. Y, por qué no, en un futuro no muy lejano, también tener mi fundación. ¡Imagínate cuánto glamour! —exclamó con entusiasmo haciendo grandes gestos de manos, como si construyera castillos en el aire.

Por la noche, y a punto de ir a dormir, puse un canal de modas. Siempre me gustaba mirar algún programa que me relajara, ya sea de gastronomía o sobre viajes. Mientras no hacía caso ni a los elegantes vestidos que llevaban las «esqueléticas» modelos ni a los zapatos que paseaban sus huesudos pies por la pasarela, busqué un cuadernillo de la mesita de luz y me puse a garabatear algo símil a unos esbozos. Siempre me había gustado dibujar, esa pasión la tenía desde muy chica, pero con el correr de los años, y por falta de tiempo, dejé de lado ese hobby que tanto adoraba. Pero ahora pude observar cómo el carboncillo del lápiz empezaba a hacer ágiles trazos sobre el papel. Sin pensar en lo que quería dibujar, empecé a imaginarme un par de zapatos. ¿Qué accesorio podía agregarle? ¿Cómo amaría usarlos? ¿De taco aguja? Seguro. ¿Con cintas que fueran atadas alrededor de las piernas como usaban los romanos? Sí. En una hora reuní varios dibujos. Cuando miré el reloj me horroricé, debía dormir porque al día siguiente me sentiría como sepultada bajo un montón de escombros, y no sé por qué también intuía que mister Dimitri se aparecería de «sorpresa» a la salida de la oficina para exigir su noche de salida semanal. Apagué la luz y me dediqué a impedir que la visión de la gitana que me había cruzado hacía un par de días en la calle volviera a atormentarme. ¿Qué pasó? Fallé porque ni bien cerré los ojos pude ver el apergaminado rostro de la vieja. Con hastío, me revolví inquieta en mi lecho y pude soñar con mis imaginarios zapatos dibujados.

***

Henry conocía de sobra a su novia, sabía que ella comenzaría a protestar. Así fue.

—¿Cruzarme con aquel tipo tan vulgar? ¿Es necesario? —chilló Chelsy.

—Chelsy, nadie te obligó a que vinieras —respondió Henry en el mismo mal tono.

—¿Y quedarme en mi casa? Ni lo sueñes, no quiero seguir llevando los cuernos más grandes de Europa.

El príncipe tuvo la tentación de abrir la puerta del auto y empujar a Chelsy, en pleno viaje, hacia la calle; para que ella, junto con sus stilettos puntiagudos y la cartera incluidos rodaran hasta llegar a los acantilados de Dover. Se contuvo muy bien de no hacerlo. Chelsy, que nada sospechaba de las intenciones de su futuro prometido, siguió parloteando:

—Hasta Bambi me envidiaría por el tamaño de cuernos que llevaría.

—Basta. Por Dios, Chelsy, basta —pidió Henry.

—Alteza, ya llegamos —dijo el chofer. Estaba más que acostumbrado a las constantes guerras que armaba la pareja en el auto; ya no temía desconcentrarse y terminar en un accidente.

—Y no quiero que pasemos más que unos minutos en compañía de ese bruto amigo tuyo. No lo soporto —dijo la Owen-Keller caminando junto a su novio para llegar a la discoteca.

—Lo saludarás con una gran sonrisa aunque te cueste horrores, Chelsy. Después podrás perderte de vista. Es más, si tuvieras tal gesto, te lo agradecería infinitamente.

Chelsy lo golpeó en la espalda con su sobre de cuero blanco.

—¡Miserable! ¡Te voy a...!

Un fotógrafo de un programa de chismes se les presentó de sorpresa. La rubia dibujó una tierna sonrisa y abrazó a Henry, apoyando el mentón sobre el hombro de él. Las luces de las cámaras también brillaron al compás de los flashes.

—Solo unas palabras —pidió un reportero acercando el micrófono a la pareja.

—Lo resumo en una: felicidad —respondió una radiante Chelsy mientras Henry miraba para otro lado.

—Esta pareja pasa por su mejor momento, no nos cabe la menor duda —dijo con entusiasmo otro periodista de chismes mientras hacía señas a un camarógrafo para que apuntara la luz de la lente en dirección a ellos—. ¿Para cuándo el compromiso, alteza?

—Eh... —dudó Henry y entonces la rubia le «robó» el micrófono al periodista y habló en dirección al expectante público que miraría al día siguiente ese programa de chismes.

—Es muy pronto aún para hablar de eso, ¡pero casi no podemos esperar! —dijo al borde de las lágrimas. Henry quería cavar un hoyo y hundirse en dirección al centro de la Tierra. Y la Owen-Keller gritó con infinita alegría—: Somos respetuosos del protocolo, ¿pero se imaginan cuando estemos ya casados y tengamos una pequeña princesita igual a mí, con mi encantador carácter?

—No quiero ni pensarlo —dijo Henry en voz muy baja.

—¿Decía, alteza? —preguntó un periodista.

—Que no alcanza a imaginar tamaña alegría —se apuró a replicar Chelsy.

—Chelsy, vámonos. Ni tu padre ni el mío estarán de acuerdo con semejante exposición. Deberías recordarlo.

—¿Pueden excusarnos? Ya que debemos entrar a la fiesta a saludar al querido amigo de mi novio. Lo adoro tanto que no puedo esperar a verlo —explicó Chelsy siempre sonriente plantando un taco aguja con total intención en el pie de Henry.

—Ay —protestó Henry—, estás haciéndole un agujero a mi dedo gordo.

—Es lo menos que te mereces —dijo ella con fingida ternura, mientras le daba un beso en la mejilla. Por fin apartó el pie del de su novio, devolvió el micrófono robado y corrieron en dirección al imponente castillo donde se ofrecía una fiesta en honor a Robbie Shott:

«Mami, es Robbie Shott un aluvión,

Es Robbie Shott, Shott, Shott,

Es Robbie Shott un ventarrón...».

Entonó un reconocido cantante de reggaetón al compás de la música desde un imponente escenario en el centro del salón. Varias chicas bailaban rodeándolo con movimientos de caderas.

—¡Cuánta vulgaridad! —se quejó Chelsy haciéndose oír a través del ruido del lugar.

«No canta, no filma, no escribe,

Y sin embargo es como una estrella de cine.

Se abraza con Clooney, besa a Angelina.

Es Robbie Shott, un aluvión,

Es Robbie Shott, Shott, Shott, baby...».

Un mayordomo los recibió conduciéndolos en dirección a una de las mesas cercanas al escenario. El anfitrión los recibió con una sonrisa.

—¡Principito! —dijo Robbie a los gritos mientras se abalanzaba a abrazarlo y tiraba su abanico en dirección a uno de sus amigos para que lo alcanzara en el aire.

—Gracias por haberme invitado a tu fiesta —dijo Henry—. Es espectacular, lo mismo que el tema que te hicieron. Hasta ahora nadie compuso ningún tema para mí.

—Entonces escucha esta parte que se trata de ti —dijo el magnate.

«Convence al modisto Benito para poderse vestir,

Con esa fabulosa ropa que le gusta lucir.

Ordena su empresa y vuelta de viaje,

Y se va de fiesta con el Principito de Gales...».

—Ya no nos vamos de fiesta hace tiempo —dijo Henry.

—Ahora no puedo, soy un hombre comprometido. ¿Te acuerdas de Miranda? —detrás de Robbie hizo aparición su espectacular novia, y con la Owen-Keller se saludaron con repugnancia.

—Es hora de que te diviertas en grande —dijo Shott y por fin se dio cuenta de que Chelsy estaba también allí—. Que se diviertan en grande, quise decir. Qué bueno verte, Betsy.

—Chelsy —corrigió ella con enojo.

—Creo que tu amiga Carol se encuentra por allá, según oí decir —informó Robbie recuperando por fin su abanico. El exótico traje símil leopardo que llevaba parecía hacerle sentir mucho calor, así que empezó a abanicarse con prontitud.

—¿Carol, aquí?

—No sé dónde diablos se habrá metido —gritó en dirección a su gente—. Que alguien ordene que suban la potencia de ese aire acondicionado de porquería que me estoy sofocando. ¡Rápido, inútiles!

Uno de los mayordomos hizo una inclinación hacia a los invitados y una reverencia exagerada a Henry.

—Señor —dijo hablando a Shott—, llegaron las señoritas. ¿Vienen a esta mesa?

—Por supuesto. Hagan lugar que vienen ellas. —Con un revoleo de abanico desalojó a varios de sus amigos.

—¿Quiénes? —se interesó Henry.

— ¡Nosotras! —gritaron a su lado casi dejándolo sordo.

—¿Alysa y Alysia Sfakianakis? —dudó el príncipe con sorpresa.

—¡Henry! ¡Henry! —gritaron las chicas abalanzándose sobre él para cubrirlo de besos y abrazos ante la atónita y ácida mirada de Chelsy.

Alysa y Alysia eran conocidas en el mundo como las gemelas griegas, hijas de Cyrano Sfakianakis, un empresario multimillonario. El viejo abandonó su condición de solterón tardíamente y quedó viudo al poco tiempo, y mimó en exceso a sus hijas. Revoltosas, inquietas y muy simpáticas, estas jóvenes de veinticinco años deambulaban de aquí para allá en busca de diversión constante y descabelladas aventuras. Eran dos gotas de agua: altas, delgadas, de tez mate, largo cabello castaño enrulado, ojos oscuros y grandes sonrisas.

—Pero, ¿será posible que ni bien lo ven a este se olvidan de su querido amigo Robbie? —dijo el magnate cruzándose de brazos simulando sufrir de celos.

Se dirigieron a él en medio de un popurrí de exclamaciones, gritos y saltitos para saludarlo. Chelsy casi se ahoga con su copa de vino.

—¿También deberemos aguantar a estos pajarracos bocones que no paran de gritar y reírse? —dijo a Carol.

—Pero tienen tanto dinero, Chel —agregó Carol—. Onassis era un pobretón al lado de la fortuna que heredarán estas dos cuando el viejo estire la pata. Empezamos a charlar enseguida, son muy divertidas; planean un crucero por una de sus islas privadas y me invitaron.

—Al que no pensarás ir, por supuesto. Me caen muy mal.

—Claro que no, amiga —se apresuró a responder Carol ante la severa mirada celeste de Chelsy.

En la otra punta de la mesa, las gemelas charlaban con Henry:

—¿Y dónde está tu primo Charlie? —consultó una de ellas.

—Se fue de viaje, Alysia.

—Soy Alysa.

—El champagne está empezando a nublarme el cerebro, así que si me confundo, sepan disculparme.

—Mentira, acertaste, Principito. ¡Soy Alysia! —gritó ella riéndose.

Alysa, también entre risas, sacó de su voluminoso bolso, idéntico al de su hermana, un par de coronitas, y luego de darle una a Alysia, se ubicó la joya en medio de su maraña de bucles castaños. La otra hizo lo mismo.

—Ahora somos todos príncipes y princesas —chillaron las dos sonrientes con las coronas puestas, cruzándose de piernas al mismo tiempo.

—Ah —dijo Henry sin saber muy bien qué decir. Las Sfakianakis no solían decir cosas demasiado profundas. Lo ideal era elegir un lugar donde no habría oportunidad de hablar demasiado, porque ellas saltaban de una conversación a otra.

—Charlie seguro se alegraría mucho de verlas.

—Me destrozó el corazón —lloriqueó Alysa muy compungida—. Pensé que le gustaba mucho.

—¿Cómo que te destrozó el corazón, tonta? ¡Él estaba enamorado de mí!

—¿Y decías que eras solo su amiga, traidora?

—Lo mismo digo, te metiste con mi chico.

Qué raro Charlie en medio de un lío de faldas. No era difícil pensar que se las había arreglado para salir con las dos, incluso con tanta habilidad como para que una no se diera cuenta de que salía a la vez con la otra. Las gemelas seguían peleándose:

—¡Mentirosa roba novios!

—¡Mala hermana!

Pero al oír un conocido tema de baile, cesó la pelea y se levantaron como un resorte.

—¡Es mi tema favorito, vamos a bailar!

—¡También es mi tema favorito, querida hermana!

—¡A bailar!

—¡A bailar! ¡Henry, vamos a bailar!

—Gracias, pero estoy un poco cansado.

—¡Vamos, vamos! ¡Estás a punto de volverte tan serio como tu hermano Louis! —bramó Alysia tirando del otro brazo de Henry.

O se caía de la silla o iba a bailar con ellas, así que optó por lo segundo ante las boquiabiertas Carol y Chelsy.

—¿No te da celos? —preguntó Carol—. Porque oí decir que no dejan títere con cabeza, se comenta que se prestan los novios.

—Si él quiere, por mí que hagan un ménage a trois —murmuró Chelsy eligiendo un canapé de la bandeja. Ese dúo de personajes de dibujos animados griegos no la amedrentaban en lo más mínimo.

—Ganaste. Ahora eres tú la que te vas a casar con Henry —dijo Carol sin darse cuenta de que Miranda, con disimulo, se acercaba hacia las sillas de las dos amigas para escuchar parte de la conversación.

—Menos mal que el inútil de Henry se creyó que lo acompañé, en lugar de Adrianne, en toda su convalecencia luego del secuestro. ¡Imagínate eso, ni muerta!

Al oír lo que Chelsy y su amiga decían, Miranda ahogó una exclamación. ¡Entonces así habían sucedido las cosas! Haciéndose la tonta, siguió de cerca lo que conversaban las dos amigas.

—Vámonos, Carol. Esta fiesta me hace doler la cabeza —exigió Chelsy.

—Pero si nos vamos ahora van a decir que somos unas desagradecidas.

—¿Estás de mi parte o de esta gentuza?

—Déjame saludar por lo menos a Robbie y a Miranda. —Carol se dirigió con amabilidad al millonario y a su novia—: Agradezco la invitación.

—Gracias, querida. —Robbie después miró a su novia, hablándole en español con modismos argentinos—: ¿Y a vos qué te pasa que tenés esa cara de asustada?

—Escuché una conversación entre Carol y su amiga Chelsy que me heló la sangre de las venas.

Miranda iba a contar lo que escuchó cuanto volvió Henry a la mesa en compañía de las Sfakianakis.

—¿Qué era lo que debías contarme de la conversación que tuvieron la tal Chelsy y Carol? —preguntó Robbie en español y Miranda no supo qué hacer.

—Después hablamos, es muy serio —dijo Miranda a Shott en el mismo idioma.

***

En mi hora de almuerzo, en lugar de comer, me dediqué a seguir con mis «diseños» de zapatos. Entusiasmada como una nena, compré una caja de lápices de acuarelas y comencé a darle color a mis bocetos. Era el colmo de la imbecilidad hacer todo aquello sabiendo que el tiempo que tenía para descansar en el duro trabajo de oficina era muy corto, pero me parecía tan relajante como pintar mandalas.

—¿Interrumpo? —dijo Xavier entrando de sopetón a mi oficina. Escondí mis dibujos hechos en carboncillo y colores detrás de un libro de cuentas—. ¿Cómo estás, mi reina?

—Muy bien —me apresuré a hablar de trabajo—. Cualquiera de estos organismos necesita ayuda, Xav. ¿Por cuál te inclinas más?

El coiffeur se mostró dubitativo.

—Tal vez deberíamos revisarlo con los abogados de la empresa, pero ya pensé en mi representante.

—¿Quién será? —pregunté con una sonrisa.

—Tú, por supuesto.

—Pero no sé nada de fundaciones de beneficencia.

—No te preocupes por eso, Adrianita. Es una idea que todavía no termina de materializarse en mi cabeza.

—Está bien, en cuanto decidas de qué forma podemos ayudar, avísame. ¿Voy a buscar un poco de café? —Fui en dirección a la cocina.

—Para mí un té, por favor.

Xavier empezó a hurgar en los papeles del escritorio de Adriana. «¡Qué bueno que encontré los impresos de las finanzas del mes anterior! Se los voy a llevar al contador», pensó al ver una carpeta en el escritorio, y cuando la levantó, se cayeron varios papeles. El coiffeur los miró atónito.

Volví con una bandeja y dejé en su lugar del escritorio la taza de té que había pedido y mi enésima ingesta de café, siempre presente.

—¿Qué te pasa? —pregunté.

—Tus bocetos son fantásticos.

—¿Qué? —Dudé pensando que había escuchado mal.

—Que los esbozos son bárbaros, tienes mucho talento. ¿Nunca pensaste en dedicarte a diseñar?

***

Varios días después de la resonada fiesta de Robbie Shott, Chelsy recibió un paquete con un mensaje que decía:

Mi señor está muy disgustado porque desairaste al magnate Shott y a su novia. Entonces, querida Chelsy: ¿no es hora de que actúes con inteligencia? Aquí te envío el anillo de su madre, en cuanto puedas deberías usarlo. Pensarás que esto que te digo es para causarte un perjuicio, pero lejos de mí está seguir peleándome contigo. Sin más que decir, te saluda.

Tony Pacheco O’Higgins

Chelsy estrujó el mensaje y lo tiró a un costado. Era cierto que no creyó ni una sola palabra de todo lo que Tony le aconsejó en la misiva. Pero ¿qué hacer? También era cierto que Henry se había negado a verla y a responder sus llamadas y sus frenéticos mensajes de WhatsApp, al parecer esta vez se había enojado en serio. Por fin comprendió que el haber alejado a Adrianne de los brazos de su ¿futuro? prometido no significó su total victoria. El noviazgo se estaba yendo a pique y no había manera de remontarlo. Casi sin respirar, abrió el estuche y se calzó el anillo. Todo desapareció: la enorme cama, las mesitas de luz, el tocador, el gran espejo al costado de su habitación, y una voz de mujer gritó enfurecida: «¡Ese anillo no te pertenece!». Temerosa de ver algo a través del enorme espejo, se quitó la alhaja y la arrojó a un costado de la sala. No la ayudó a sentirse mejor que afuera lloviera con intensidad y que solo se viera el jardín de la casa sumido en una densa oscuridad y los árboles movidos por una furiosa ventolina. «Es solo mi imaginación. Estoy aterrada por ideas idiotas. Nada más que eso. Calma, Chel, calma», se repitió frotándose los brazos.

—Permiso —dijo Carol entrando en la habitación.

—¡Ah!

—¿Qué te pasa?

—¿Nadie te enseñó modales? Me diste un susto enorme.

Carol se sentó a un costado de la cama. Chelsy respiraba con celeridad.

—Vine porque estaba cerca, mi chofer me trajo. ¿Qué ocurrió?

—El anillo de la muerta, otra vez escuché su voz —clamó la rubia señalando la joya. Carol se levantó y fue a recogerlo.

—Chel, no seas ridícula —dijo a su amiga y lo tomó entre dos dedos, mostrándoselo.

—Quema y mucho.

—Si no te conociera pensaría que estás loca de atar.

Chelsy empezó a llorar y no por eso dejó de gritar. Ahora sí parecía loca de verdad.

—No estoy loca. La plumífera de Tony, ese asqueroso sirviente rosa, me envió el anillo de ella.

—Necesitas calmarte. ¿Te traigo un vaso de agua?

—Quiero un trago de whisky de mi padre.

—Entonces iré a la sala a buscarlo o llamaré al mayordomo.

—¡No! —Chelsy tenía lágrimas de histeria que le corrían por las mejillas—. ¡No me dejes en compañía de ese anillo!

—No me iré de tu lado, no te preocupes. —Carol maldijo el momento en que se le ocurrió ir a visitarla.

Chelsy se levantó de la cama y empezó a buscar ropa en su gigantesco placard. Pantalones, sacos, blusas y faldas volaron por el aire.

—¿A dónde vas?

—A casa de Henry.

—Pero, Chel, él no quiere ni escucharte.

—No me importa, porque no dormiré sola en esta habitación. De paso iré a devolverle el anillo, ¡ni loca dejaré que se quede en mi casa!

Afuera, y a través de las ventanas, la tormenta se desataba con más furia. Carol lamentó haberle dicho a su chofer que se fuera. Pensaba pedirle a Byron que la alcanzara a su casa luego de dejar a Chelsy en la casa de Henry. O en el peor de los casos, pediría un taxi y esperaría en la sala de estar en compañía de la servidumbre. Tanto hablar de muertos, incluso, se sentía un poco perseguida. Cambiada de ropa y maquillada, Chelsy empezó a peinarse. Aún le temblaban las manos. Para cambiar de conversación, Carol la consultó:

—Chel, ¿hace cuánto que tú y Henry no tienen intimidad?

—Más de un mes. —Chelsy dejó de pasarse el cepillo y la miró de reojo.

—Es mucho.

—Demasiado. Y pienso en Byron, con lo atractivo que es.

—¿Otra vez con eso de tu chofer?

La rubia terminó de prender una hebilla de plata en su cabellera y la miró con expresión burlona.

—Ahora lo pienso más que antes.

Las dos clavaron la mirada en la araña de cristal del techo, e interrumpieron la charla. La luz empezó a titilar y se apagó. La habitación quedó a oscuras.

—El corte de luz seguro que lo provocó la muerta. ¿Dónde mierda quedó el anillo?

—Aquí lo tengo, Chelsy. ¿Te lo doy?

—¡Ahora no, estúpida! No lo quiero.

—Lo guardo... ¿En dónde?

—¡Lo dejas en su maldito estuche y después me lo das!

Bajaron las escaleras en dirección a la sala principal. Los relámpagos de la tormenta les iluminaba el camino. Mientras corría como llevada por el diablo en dirección a la entrada de la casa, Chelsy llamó desde su celular al chofer.

—¡Te quiero ahora mismo en el maldito garage!

Cuando abrió la puerta, lo que vio la paralizó por completo, era «ella». La mujer se quitó la capucha del impermeable para que la viera y que no le quedaran dudas: el blanco de la piel, sus grandes ojos azules sonriéndole sin sonreír como una nueva Gioconda, sus labios finos de natural tono rosado y los marfileños dientes parejos. El viento de la tempestad movía el fino y rubio cabello.

—¡Ahhhhhhh! —gritó Chelsy al borde del desmayo y corrió en dirección a su habitación.

—¡Ahhhhhhh! —la secundó Carol al ver aquella inesperada aparición.

Ante semejante escándalo, se hizo presente el mayordomo y miró cómo las dos amigas desaparecían en las escaleras del primer piso.

Con la educación propia de su rango, le habló a la extraña en voz alta para que se escuchara desde el piso de arriba, donde Chelsy y su amiga Carol estarían refugiadas debajo de la cama:

—¿Qué le hizo usted a las señoritas para que se fueran de esa manera?

—Nada —respondió la extraña encogiéndose de hombros.

La luz invadió de nuevo toda la sala. El mucamo suspiró con alivio.

—¡Hasta que por fin este bendito de Donovan pudo arreglar lo del corte de luz! Ahora dígame, ¿quién es usted?

—Soy la doncella que pidieron para esta casa.

—¡Ah! —El mayordomo se palmeó la frente—. Debería haber ingresado por la puerta de servicio.

—Discúlpeme usted, no tenía idea. Soy Mary Brewer, un gusto. —Le tendió una fina y muy delicada mano al mayordomo. Difícil pensar que se encontraba hecha para realizar trabajos domésticos.

—Yo me llamo James. Pase a la cocina, la presentaré a todo el personal de servicio. ¿Nunca le dijeron que su parecido con la fallecida madre del futuro rey es asombroso?

Mary Brewer lanzó una risita.

—Sí, en algunas oportunidades.

James le devolvió la sonrisa y, al borde de la carcajada, miró en dirección al primer piso. La señorita Chelsy sentía pánico por la imagen de «La Princesa de corazones». Como James odiaba con toda su alma a la Owen-Keller, al igual que los demás sirvientes de la mansión, se divirtió con la sola idea de pensar que se había llevado un buen susto. A los cinco minutos envió un whatsapp a Tony avisándole que el plan había tenido éxito. Una vez en la cocina, y sin peligro de que se descubriera la mentira, pagó a la falsa mucama y la despidió por la puerta de servicio.

***

Miranda no tuvo oportunidad de contarle a Robbie lo que escuchó en la fiesta en la que Henry había estado presente. Por eso, una semana después, el millonario cuestionó eso a su novia.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? Ya pasó bastante tiempo, pero igual es mi deber contárselo a Henry. ¿Vos que opinás?

—Esa espantosa mujer, la tal Chelsy, arruinó la vida de Adriana; y casándose con ella, Henry también arruinará la suya.

—Por eso volvió con esa tipa, como en un acto de gratitud, cuando en realidad nada de lo que ella le dijo fue cierto. ¡Qué amigo más compasivo e imbécil que tengo! Yo me voy a encargar de sacarle la venda de los ojos —dijo mientras tomaba el teléfono para llamarlo—: Hen, tengo que contarte algo.

Después de enterarse de la verdad, Henry permaneció en silencio durante un largo rato. Shott hasta llegó a pensar que había colgado.

—¿Por qué ni Tony ni mi hermano me lo dijeron?

—No lo sé. Solo me dejo llevar por la conversación que escuchó Miranda. Me sorprendió confirmar que no supieras la verdad sobre Adriana.

A Henry se le hacía inconcebible que Chelsy lo haya manipulado de aquella manera. ¿Cómo su propio hermano, Tony y hasta Amy pudieron hacerle algo así? Era Robbie quien estaba equivocado. Miranda, que mantenía una estrecha amistad con Adrianne, había armado ese plan con la intención de... Sin poder contenerse, le gritó con furia a Shott:

—¡No quiero escuchar esas falsedades!

—A ver, Henry, ¿qué gano con mentirte?

—Adiós, Robbie. —Cortó dejando a su amigo con el ruido de tono.

Contrario a su volcánico temperamento, Robbie no se enojó.

—¿No te creyó? —dudó Miranda consternada.

—No lo sé, porque estaba furioso. Tal vez porque hubo mucha gente empecinada en ocultarle la verdad. Pero no faltará oportunidad para refrescarle esta charla.

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Capítulo 3

Golpearon la puerta de su habitación y Byron fue a abrir. Era Chelsy.

—Le dije que no estaba aún en condiciones, señorita —se disculpó con vergüenza porque estaba con el torso desnudo, descalzo y vestido con pantalón de dormir. Hacía poco que se había duchado y gotitas de agua le brillaban en el pelo.

La Owen-Keller lo miró con deseo. Se acercó a él y se regocijó con el perfume varonil que emanaba de su piel, luego clavó sus celestes ojos en los de él. Cerró la puerta con un solo ademán.

—Muy bien, ahora estoy donde quiero —dijo rodeando con sus brazos el cuello de Byron.

El chofer no la apartó, sino que respondió al beso con mayor delirio que el de ella.

***

Finalizada la conversación con Robbie, Henry dejó el teléfono de la sala y miró interrogativamente a su asistente.

—Tony, ¿siempre me contarás todo?

—Por supuesto, mi señor. ¿A qué viene eso?

—Necesito saber si me dirías siempre la verdad.

Tony hizo una pausa antes de hablar.

—Mire, mi señor: usted sabe que, más que ser su consejero y asistente, lo considero un amigo. Si dependiera de mí, le diría absolutamente todo, siempre y cuando no hubiese fuerzas superiores que me lo impidiesen.

«No dijo que siempre me diría todo. Sin duda, si lo de Chelsy y Adrianne es cierto, pero si de por medio hubiese estado la mano de mi padre, y por qué no también la voz de mi hermano, se callaría... y eso fue lo que sucedió», pensó Henry.

—Señor, ¿se siente bien?

—Necesito que me saques de dudas.

—Dígame y yo le responderé.

Lo interrumpió la llegada de Mathew, el mayordomo.

—Alteza, vienen a buscarlo.

Tony arqueó una ceja y mientras lo miraba se preguntó: «¿Qué habrá querido decirme? ¿Alguien le habrá contado l

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